Cursa sus primeros
estudios en la ciudad de Valladolid.
Contrae matrimonio
con una de sus primas, de la que enviuda al poco tiempo de casarse.
No se tienen noticias de que tuviera descendencia.
Desde ese momento
su vida trascurre entre sus libros, cargos oficiales y diversas
aventuras.
Desempeñó los cargos de Procurador en Cortes,
Corregidor de León y Logroño. Y sobre todo fue
conocido como ayo del bastardo Juan José de Austria.
En
veintidós de sus sonetos muestra su pasión amorosa
por una dama llamada Celia; en otros once, por Filis; en nueve, por
Lesbia, y en uno de ellos, su agradecimiento al Conde-Duque de
Olivares.
Durante su vida en
la Corte fue protegido del Conde-Duque de Olivares y cuando ya no
pudo gozar de su crédito se retiró a su Toro natal,
donde fallece en 1674.
Se dedicó a
escribir poesías y comedias, siendo su obra más
importante Raquel, en la que trata de los amores de
Alfonso VIII con una hebrea, tema tratado anteriormente por Lope de
Vega en La Judía de Toledo.
En los sonetos
dedicados a los incendios del Colegio de Santo Tomás
(LXXXIV) y del Monasterio del Escorial (CII) acaba con el mismo
endecasílabo: «para que se redima la
malicia».
Hay muy pocas
referencias de este poeta en los libros de poesía,
antologías y diccionarios.
- I -
A las cenizas de un amante puestas en un reloj
de arena
Esta que te
señala de los años
las horas de que gozas en empeño,
muda ceniza, y, en cristal pequeño,
lengua que te refiere desengaños,
un tiempo fue Lisardo, a quien
engaños
5
de Filis, su querido ingrato dueño,
trasladaron del uno al otro sueño:
prevente, huésped, en ajenos
daños.
En tanto estrecho al miserable
puso
el incendio de amor y la aspereza
10
de condición esquiva y
desdeñosa.
Póstumo el polvo guarda
el primer uso
inobediente a la naturaleza:
padeció vivo, y muerto no reposa.
- II -
Encarece su amor con ocasión de
eclipse
Filis, ¿no
ves la saña del planeta
que, amenazando trágica ruina,
llama vierte feroz, sangre fulmina,
en alterada forma de cometa?
¡Mira cual tiembla la
tiara inquieta
5
de lo que el vano astrólogo imagina,
y cuántos cetros al horror destina
oscura voz de equívoco profeta!
Y advierte que, seguro en sus
enojos,
de tu semblante prende mi cuidado,
10
que ni sabe otro cielo ni le mira;
y, atento a las estrellas de tus
ojos,
ni quiere más fortuna que su agrado,
ni teme más prodigios que su ira.
- III -
A la memoria amorosa de una dama, en una
ausencia
Oye, Filis, que
muero, oye que muero;
ya tu nombre en tu voz suena imperfeto,
oye como te invoca mi respeto
entre las ansias del dolor postrero.
Lo demás que te ofrece el
verdadero
5
y último ejemplar de amor perfeto,
quede oculto, señora, en mi secreto.
No lastimarte, prevenirte quiero,
resto verás que el sacro
Manzanares
envuelve mi ceniza en las arenas
10
más veneradas del sagrado río.
Si alguna vez sus
márgenes pisares,
en tanto que te adoran sus sirenas,
vuelve los ojos al sepulcro frío.
- IV -
Salid, crecidos
áspides que entrasteis
sólo a dejarme el corazón
desecho,
salid, pues os parece tan estrecho
esto, que un tiempo tan capaz juzgasteis.
Por señas de que
ingratos, os mudasteis
5
y del sangriento estrago que habéis
hecho
lleváis, al desasiros de mi pecho,
los pedazos del alma que arrancasteis.
Ni en mi silencio ni en mi fe
cupiste,
siendo mi amor, lo sabe, y vuestro olvido,
10
de adoración enmudecido ejemplo.
De la desierta parte en que
viviste
(Memoria es mucho ya) lástima os pido
que la dejéis sepulcro y era templo.
- V -
Al poema de la invención de la Cruz de
Francisco López de Zárate, natural de
Logroño
Si ya por vuestra
lira en su campaña,
Zárate insigne, el Ebro cristalino
os coronó del mirto, que previno
sin competencia de nación
extraña,
a cual emulación no
desengaña
5
que premiando la fe de Constantino,
junte de tantos siglos el destino
la mejor pluma y la mejor hazaña.
Mas sin juzgar el premio
merecido,
árbitro dicen, que con vos Homero
10
el heroico laurel divide Apolo,
porque si el griego en tiempo
preferido
la suerte os usurpó de ser primero,
vos le quitáis la gloria de ser solo.
- VI -
A Miguel Zebollón, enfermo del
juicio
Virgen, si
explican vuestra perfección
cuantas cría fragancias el vergel,
hoy permita legumbres el cartel,
también es criatura un
Zebollón.
O que resplandeciente (del
dragón
5
pues la planta en la cerviz cruel)
llena de gracia estáis, diga Gabriel
si os cabe un tilde de común
borrón.
El que imagina culpa
pertinaz
donde la gracia se colmó sin fin
10
y os presume manchada, es un atroz,
lo bueno de defecto es
incapaz,
por una imperfección fuérades
ruin,
a mi locura fiel horrible voz.
- VII -
Al aposento de sus libros
Leyes al
escarmiento se establecen
en esta tabla, Licio, construida
al ocio de las musas, redimida
del mar cuyas tormentas se fenecen.
En breves descripciones le
parecen
5
ruinas de la edad envejecida,
confusiones y ejemplos a la vida
en la pintura y el cristal se ofrecen.
Aquí ya defendido a la
violencia,
del poder excusado a las porfías,
10
de la ignorancia logro desengaños,
y a tanto cuanto pudo la
experiencia,
un rato río los sobrados días,
otro lamento los perdidos años.
- VIII -
A un epigrama de Marcial
No siempre a los
groseros y vulgares
alimentos asiste la templanza,
ni la segura libertad se alcanza
precisamente en los humildes lares.
Libre, Mario, serás si en
los pesares
5
se acompaña constante la esperanza,
y si atendiendo a la común mudanza
el temor y el deseo limitares.
Sin elación del
ánimo modesto,
en las altivas sienes victorioso,
10
el laurel vividor logra trofeos.
Y en el seno caduco siempre
expuesto
a la envidia descubre la emoción
ruinas de imposibles y deseos.
- IX -
Metáfora de una yedra que
ceñía un laurel, a los dos privados de España
y Francia
Esta yedra rebelde
y lisonjera
que de asombrar este laurel blasona,
que con mentido culto le aprisiona
y oprime lo que finge que venera,
de ceniza es su voz, y si la
oyera
5
la sacra majestad cuando perdona
o permite cautivo su corona,
que ambición alevoso le prefiera.
Si para culpa tal tarde las
leyes
introducen el público consuelo,
10
que a ceniza sus derechos pasen.
¡O España! ¡O
Francia!: Redimid los reyes,
fulminad rayos que, imitando al cielo,
respeten el laurel, la yedra abrasen.
-
X -
Una dama que celebró con el nombre de
Celia
Estos que Apolo
quieren que te igualen,
a sus alientos, y en la causa exceden,
conceptos, que a los fuertes se conceden,
para que en su firmeza se señalen,
estos suspiros, que a mis penas
valen,
5
cuando el anhelo de mis ansias pueden,
que de mi ardiente corazón proceden,
y de la fragua de mi pecho salen;
exhalaciones son de una
centella,
que resulta de Angélica hermosura,
10
con luz de resplandores inmortales,
no lleguen los profanos a
entendella,
quede suspensa la ignorancia oscura,
lejos de los misterios celestiales.
-
XI -
En ocasión de haberle faltado dos
días demostración de la memoria de Celia
Hoy también
niegas a las ansias mías,
de tus memorias, Celia, las señales,
así me dejen solo con mis males
en las eternidades de dos días.
Aquel dulce veneno que
vertías,
5
lisonja de mis penas inmortales,
repetido por términos iguales,
templaba las sedientas agonías.
Como me le suspende tu
mudanza,
mas, hay temores atrevidos, paso
10
que llegáis a lo vivo del sosiego.
Todo lo emprende la
desconfianza.
Ojos, agua, y más agua, que me abraso,
pero tampoco tanta, que me anego.
-
XII -
Viendo lo dicho que excusase demostraciones
porque se notaban
Ya con tu
arbitrio, Celia soberana,
a los humos de honor, sino a los fuegos,
sacrifico la vista de dos ciegos,
a vana adoración, ofrenda vana.
No nos miremos, si la envidia
ufana
5
introduce rumor, turba sosiegos,
demos a Venus invisibles ruegos,
y exteriores aplausos a Diana.
Baste juntar las almas, que en
sus lazos
a la parte inferior también previene
10
sus intereses frágiles Cupido.
Estrecha más de los
mentales brazos,
la dulcísima unión, verás,
que tiene
lisonja el gusto, engaños el sentido.
-
XIII -
Volviendo a verla después de
ausencia
Del pecho
vanamente defendido,
al poder de tus armas homicidas,
vierten sangre reciente las heridas,
que curaba el cuidado, no el olvido.
Así en el pedernal
endurecido
5
se ceban las entrañas encendidas,
y salen en centellas esparcidas,
al golpe del acero repetido.
Culpa tu actividad, no mi
secreto,
si en la ceniza descubriere el fuego
10
de mi primer ardor, segundo indicio,
o fía tu Deidad de mi
respeto,
y los que vieren, que a tus Aras llego,
verán, Celia, sin voto el Sacrificio.
-
XIV -
Reconoce lo imposible de mudar su
voluntad
Alma, no puede
ser, está cautiva,
a redimirte en vano te dispones,
que importará que limes las prisiones,
si has de quedar esclava, y fugitiva.
No en la cadena, por dureza
esquiva,
5
admiración, ni lástima
propones,
que de la fuerza de tus eslabones
no hay libertad, que sin envidia viva.
Forjóles el amor de la
belleza,
en que mezcló el cariño y el
recato
10
la discreción, la gala, talle y
brío.
No será que se gaste tu
fineza,
ni se podrá romper, que con el trato,
ha perdido la fuerza el albedrío.
-
XV -
Dificulta los medios para librarse de su
pasión
Celia, mi alma
libre no se mueve
por la disposición de alguna Estrella,
que cuanta lumbre resplandece en ella,
a la razón de tu beldad se debe.
Del claro incendio, que a
inmortal se atreve,
5
y luces celestiales atropella,
no han podido templar una centella,
cuantos avisos la clemencia llueve.
Nada mitiga el fuego que ha
encendido,
aquel hechizo todo poderoso
10
de los fieles halagos de tu trato.
Oh corazón, dos veces
combatido,
un medio desleal, otro alevoso,
idolatrar, y arder, o ser ingrato.
-
XVI -
Al mismo propósito
Bien sé yo,
Celia, el riesgo con que vivo
en la fuerza invencible de adorarte,
después que mi pasión para
olvidarte,
ni a la esperanza permitió motivo.
Ningún aviso en la
prisión recibo
5
por donde lime la cadena el Arte,
ni en la razón se reconoce parte,
que pueda redimirse de cautivo.
Porque si deslumbrada
prevarica,
en la ley que profesa soberana,
10
o idolatra la ciega tu belleza.
Presume que el engaño
justifica,
viendo en las señas de formarte humana
tan desmentida la naturaleza.
-
XVII -
A las lágrimas de una ausencia
Este dolor oculto
trasladado
del interior del alma a los sentidos,
por conceptos del pecho despedidos,
en cristales sangrientos explicado.
Esta postrera esencia del
cuidado,
5
destilada de afectos oprimidos
si un tiempo fue la voz a tus oídos
hoy es de mis finezas el sagrado.
En las aras que erige mi
tristeza,
halle la culpa de vivir sin verte
10
de tus desconfianzas acogida.
Y mientras llega la postrer
fineza,
recibe, Celia, en prenda de mi muerte
estas señales de mi triste vida.
-
XVIII -
La ausencia de Celia disculpa no haber muerto
de amor
Dirás,
Celia, que finge, o que encarece
mi artificio el dolor, porque la vida,
que en tantas quejas se mostró
rendida,
rebelde a la fatiga permanece.
Y así en la luz que tu
beldad ofrece
5
de los soplos del Austro defendida,
se muestre en el Diciembre tan florida,
la púrpura de Abril como amanece.
Que se ha visto en el
tránsito postrero
varias veces el alma: y el aliento
10
del padecer feliz, vence al destino.
Para que pene más, porque
no muero,
y viva desluciendo lo que siento,
con las mismas finezas que imagino.
-
XIX -
En una enfermedad de Celia
Físico
Apolo del dolor te mueve,
que el sentimiento general anima,
no ya la fiebre venenosa oprima,
cuanto de amor a la beldad se debe.
Naturaleza victoriosa
pruebe,
5
a no rendirse, cuando más lastima,
y liberal alguna vez redima,
en lo admirable la pensión de breve.
Y yo Sacra Deidad, que en las
legiones
de Espíritus, que en paz viven
contigo,
10
admites humos de devoto Templo.
Sin todas las humanas
perfecciones
niegas la duración para castigo,
permítenos alguna para ejemplo.
-
XX -
A un retrato de Celia
Oh milagrosa
emulación de aquella
hermosura Divina, en quien el arte
que feliz imitó la inferior parte,
de no verla animada se querella.
Como se suspendiera, imagen
bella,
5
el ansia de mi ausencia en contemplarte.
si nuestra soledad tuviera parte
capaz de contemplarla y entendella.
Mas mi pecho afligido, y
lastimoso,
como dará la voz, ni tú el
oído,
10
moderando al semblante el dulce ceño,
si por fuerza de amor,
maravilloso
vives, tu sin sentir, yo sin sentido,
y las almas de entrambos en tu dueño.
-
XXI -
Otro al mismo propósito
En esta que el
pincel ha trasladado,
de original hermoso, imagen pura,
así a la voz suspensa se figura,
que no llega a ser mudo lo callado.
Y tanto persuade lo
informado
5
de aliento, y de razón en la pintura,
que no sólo la vista se asegura,
la voluntad se mueve y el cuidado.
Misterio encierra superior al
arte,
que por virtud oculta las colores,
10
fuerzan influyan de amor, y de respeto.
Parece que el Pintor miró
a la parte,
con que inclinan las causas superiores
y copió a las estrellas el secreto.
-
XXII -
Otro al pintor que no sacó parecido al
retrato de Celia
Qué
inteligencia celestial regía,
artífice, el error de tu destreza,
que quiso examinar, si la belleza
copiarse de su esfera permitía.
Cual estrella de lápiz te
servía
5
en qué porción de Angélica
pureza
bañaba los pinceles su rudeza,
que trasladar la perfección
quería.
No fue sujeto hermoso, la
hermosura
libre de humanidad fue la que viste,
10
y asombrado de luces te cegaste.
O feliz de intentar de su
locura,
que hará gloriosa en lo que no
pudiste,
la fama que te ha dado lo que osaste.
-
XXIII -
A Celia hallándole dormido
Así duermen
las almas; no solía
entre sombras de olvido porfiado
estar tan soñoliento tu cuidado,
cuando con mi desvelo competía.
Toda mi fe, Lifardo,
desconfía,
5
que un pecho en el incendio sosegado,
o a la impresión del fuego está
negado,
o persuade a que la llama enfría.
Pero mi pensamiento
temeroso,
con esta suspensión de tu fineza,
10
halla en la pena la mayor ventura.
Que cuando está de tu
atención quejoso,
si olvido le amenaza tu tibieza,
tu sosiego de celos le asegura.
-
XXIV -
La respuesta
Las almas nunca
duermen, Celia mía,
y el sueño en los sentidos retirado,
del Templo a tu hermosura consagrado,
no puede suspender la idolatría.
Pierde de su violencia la
porfía,
5
el amoroso fuego en mi cuidado,
y así como en su centro sosegado,
ni me quema la llama, ni ella enfría.
No atiendas del incendio
misterioso,
como es tranquilidad y no tibieza.
10
Arder, y sosegar en llamas pura.
Que el afecto de celos
temeroso,
es humana pasión, y tu belleza
en su divinidad está segura.
-
XXV -
Pondera la fuerza de su amor cuando más
debiera desengañarse
A tu poder amor, y
a tu porfía,
los despojos inútiles entrego,
ardan también en el incendio ciego,
como el robusto corazón ardía.
Tirano el vencedor, a sangre
fría,
5
tale los frutos que sembró el sosiego,
pues hay materia tan capaz de fuego,
cuando toda ceniza parecía.
O cuando presumiendo que
acredita,
esta apariencia lisonjera infama
10
lo frágil del aliento que fallece.
Si en la violencia del ardor,
imita,
el esfuerzo caduco de la llama,
que en el fin de la vida resplandece.
-
XXVI -
Al mismo propósito
Celia, de tus
centellas abrasada,
como el Verano de la infancia ruda,
arde la edad, que se introduce muda,
ya del Invierno en la estación helada.
Poco de los avisos
recatada,
5
al gran incendio la obediencia duda,
mejor que pudo la atención desnuda,
la emprende ahora de experiencia armada.
Que mucho, si en las llamas
inmortales
descubre el alma la inmortal pureza,
10
y entre los pensamientos encendidos.
Muestra el respeto, y el amor
iguales,
separado el deseo y la belleza,
conformes la razón, y los sentidos.
-
XXVII -
Anima la confianza de Celia con el ejemplo de
la rosa
De esta que
admiras rica de tributos,
que varias flores a su aliento ofrecen,
y reina de la selva la establecen
jurisdicción de imperios absolutos.
La fragancia, el color, los
atributos,
5
que en púrpura soberbia resplandecen,
verás, que fugitivos desvanecen,
si atiendes a su ser breves minutos.
Tanto esplendor la usura
codiciosa
de las horas usurpa a quien tributa,
10
por instantes los réditos mortales.
No temas Celia, al tiempo
milagrosa
se opone tu belleza, y no es segura
la edad, sino en efectos naturales.
-
XXVIII -
Encarece su amor con ocasión de un
eclipse de luna que pareció muy sangriento
Celia, no ves la
saña del Planeta,
que amenazando trágica ruina,
llama vierte feroz, sangre fulmina
en usurpada forma de Cometa.
Mira cual tiembla la Tiara
inquieta,
5
de lo que el vano Astrólogo imagina,
y cuantos Cetros al horror destina,
oscura voz de equívoco Profeta.
Y advierte, que seguro en sus
enojos,
de su semblante pende mi cuidado,
10
que ni sabe otro cielo, ni le mira,
y atento a las estrellas de tus
ojos,
ni quiere más fortuna que tu agrado,
ni teme más prodigios, que tu ira.
-
XXIX -
Desigualdad ordinaria en la correspondencia de
amor
Juzgaba Celia la
ignorancia mía,
que el ciego Dios, que mueve los afectos,
estrechándose a músicos
preceptos,
ninguna disonancia permitía.
Y que cuando suave los
hería,
5
si al examen sonaban imperfectos,
ajustarlos por términos secretos
era la perfección de su
armonía.
Ya conoce mi error con que
distancias
los puntos que reduce a variedades,
10
sin proporción de números
reparte.
Y que afina discordes
consonancias,
siendo para templar las voluntades,
el dejar una falta todo el arte.
-
XXX -
A una dama que se ofendía de que la
mirasen con atención
Culpo en los ojos
la elocuencia muda,
de Lifardo infeliz, Filis hermosa,
si hipócrita fe duda, o religiosa,
si cruel, y soberbia no se duda.
Que turba tu pureza o que la
muda
5
(dijo Lifardo) de mi fe amorosa
el culto, que con arte misteriosa
de accidentes humanos se desnuda.
Si es delirio adorar en tu
belleza,
la luz que trasladada fe deriva
10
del Autor de las almas inmortales.
Acusa de los Templos la
grandeza,
la Religión de los Altares priva,
condena los retratos celestiales.
-
XXXI -
A la contradicción de sus afectos
Este fuego que
alumbra, y que no abrasa,
pues hay alguna parte que no encienda
esta dificultad, esta contienda,
que en la razón y en los afectos pasa.
Este incendio de fuerza tan
escasa,
5
que no hay sentido que guardar emprenda,
y sin contradicción que le defienda,
tan eficaz a las potencias pasa.
Parece material en el
tormento,
y eterno se descubre en lo que dura,
10
sin consumir el alma en quien se ceba.
Yo no sé descifrar mi
pensamiento,
sé que el amor su calidad apura,
con el examen de una llama nueva.
-
XXXII -
Efectos de la hermosura y el trato de una dama
que ocasionó este delirio y los demás versos que
tienen el nombre de Lesbia
Lesbia, tu trato
infiel, y tu hermosura
están en un sujeto tan unidos,
que los dos han de ser aborrecidos,
o quererlos a ciegas mi locura.
En vano el alma señalar
procura
5
por término a tu imperio los sentidos,
que al tiempo de entregarlos divididos,
nada de las potencias asegura.
Asido a tu beldad todo lo
lleva
a mi despecho la violencia fuerte,
10
que oculta los engaños del encanto.
Bien, que con una diferencia
nueva,
formada de mirarte, y entenderte,
ámote más, y no te quiero
tanto.
-
XXXIII -
Muestra mal empleada la fuerza
Lesbia, mi
pensamiento malogrado,
de su misma fineza perseguido,
te desobliga más con lo rendido,
te desagrada más con lo adorado.
Esto sutil de Amor, que mi
cuidado
5
ajustar a tus fueros ha querido,
o no lo miras bien por desvalido,
o te parece mal por desusado.
Tomemos medio, pues en mi
sosiego,
ni bien lo libres, ni lo prendas todo,
10
cuando nada mortal se redefiende.
Y tirana en la vida que te
entrego,
usa de los sentidos a tu modo,
a Celia deja el alma, que la entiende.
-
XXXIV -
Reconoce alivio en su mal con alguna luz del
desengaño