Muerto el hombre prodigioso, que de una manera tan extraordinaria había dado cuerpo y forma a la sublevación; conseguido el objeto de ella con la abolición de los impuestos y gabelas y con el restablecimiento de privilegios, que imposibilitaban toda exacción arbitraria; cansada la plebe de tantos días de fatiga y de movimiento, deseosa la ciudad de Nápoles de quietud y de reposo, horrorizada además de las sangrientas escenas de que había sido teatro y restablecida de hecho la autoridad real, con fuerzas disciplinadas a sus órdenes, con la nobleza a su devoción, ganados los más influyentes jefes populares, y con gran parte del pueblo sumiso y obediente de buena fe, parecía que iban ya a amanecer para aquel desventurado reino días bonancibles de orden y de reposo y de tranquilidad. Pero la mala estrella del duque de Arcos amontonaba nuevas borrascas sobre su frente, y preparaba otras escenas de sangre y de escándalo, y más serios y graves peligros para la dominación española.
Si las exequias del dictador popular manifestaron un síntoma no dudoso de que la sublevación no había muerto con su caudillo, los días siguientes patentizaron claramente su existencia, y que no era el perplejo virrey capaz de sujetarla y de destruirla. Ya un grupo del pueblo asaltaba impunemente una panadería, so pretexto de que había vendido el pan falto; ya otro repetía los asaltos sin estorbo alguno a las casas de los matadores de Masanielo, refugiados en Castelnovo, y las saqueaban y las incendiaban; ya en el Mercado o en algún otro sitio de concurrencia se armaba una disputa, que nadie trataba de calmar ni de impedir, y que concluía a puñaladas, llamándose unos a otros forajidos y partidarios de Maddalone; ya la plaza de palacio se llenaba de gente desharrapada, que con «mueras» y «vivas» presentaban mal fundadas quejas, que eran siempre acogidas con indigna debilidad; ya los soldados tudescos y españoles, que discurrían solos y desarmados por las calles, tenían que refugiarse a sus cuarteles o a los cuerpos de guardia más inmediatos, siempre apedreados, y a menudo heridos. Y no aparecía una medida vigorosa que asegurase a unos y que contuviese a otros; no se publicaba un bando con disposiciones tales que imposibilitaran aquellos desórdenes; no se hacía un escarmiento que arredrase a los díscolos, que amedrentase a los facinerosos; en fin, no había gobierno.
Si era tan triste el estado de la capital, no era más lisonjero el de las provincias del reino. Por todo él había cundido de un modo o de otro la sublevación, y en todas estaba roto el freno de la obediencia al Poder legítimo. En las grandes ciudades se desarrolló el elemento popular; fueron arrojadas o asesinadas las autoridades, alzados todos los impuestos; repartiéronse armas al paisanaje, y se ejecutaron las más violentas rapiñas y las más atroces venganzas. En las villas y aldeas, en unas los barones, señores de la tierra, se fortificaron en sus palacios y castillos, para libertarse del furor de sus colonos, y ejercían sobre ellos la más dura tiranía, ayudados de bandidos que llamaron a sueldo; en otras, los colonos tomaron la delantera, incendiaron las casas fuertes y señoriales y se declararon de realengo. Sólo donde las guarniciones españolas y tudescas eran bastante numerosas para tener en brida a los habitantes se conservaba una aparente tranquilidad, o, por mejor decir, una mal comprimida sublevación.
Los altos señores feudales hacían, por su parte, esfuerzos para contener el desorden, demostrar fidelidad al rey y ayudar a la autoridad legítima; conociendo harto que, no siéndoles posible amalgamarse con el pueblo, no les quedaba otra tabla de salvación en tan deshecha borrasca. Pero la autoridad legítima, o porque aún desconfiaba de la ayuda de los potentados, o porque no quería combatir, les mandó derramar y despedir las fuerzas que a su costa levantaban y mantenían, perdiendo así un elemento de represión muy ejecutivo, y un medio seguro de mantener en el dominio de España aquel importantísimo Estado.
Las ciudades, villas, aldeas y campiñas que circundan la capital obedecieron a Masanielo, cuyos tenientes, con pelotones napolitanos, las recorrían y alarmaban. En las provincias más distantes no fue nunca tan absoluto el dominio del pescadero, pero se alzaron y seguían los movimientos y progresos de la insurrección. En la de Otranto fueron muy graves los conflictos. En la de Lecce las rivalidades entre los funcionarios públicos Anolini y Boccapianola, sobre quién debía dar cumplimiento a las órdenes del virrey suprimiendo las gabelas, dio margen a asesinatos, incendios y escenas de ferocidad inaudita. La ciudad de Aquila fue teatro de horrorosos desórdenes. La de Nardo, feudo del conde de Conversano, se declaró de realengo; acudió aquél a sujetarla con fuerza considerable de bandidos, y fue rechazado; pero por interposición del obispo monseñor Pappacoda hubo advenimiento, entregándose de nuevo la ciudad, con ciertas condiciones, a su señor, quien, en cuanto entró en ella, olvidándolas todas y hallándolas sin miramiento, se entregó a las más sangrientas venganzas96. En Chietti, cuidad del Abruzzo, comprada poco antes a la corona por don Ferrante Caracciolo, se levantaron los nobles para sacudir el moderno yugo feudal; asesinaron a los empleados, jueces y administradores del señor, y se declararon de nuevo vasallos del rey. En Foggia, un tiro que casualmente se escapó a un centinela fue origen de una sublevación espantosa, en que hubo gran derramamiento de sangre. La provincia de Basilicata estaba sometida a la dominación de Hipólito Postrena, que se apoderó de Salerno. Mateo Caivano, hombre oscurísimo, había levantado con buen éxito el estandarte popular en Tarento. La tierra de Bari estaba toda en fermentación. Ambos Abruzzos en el mayor desorden, presa de la más espantosa anarquía. Y las dos Calabrias, agitadas por Toraldo y Marota, comisionados del pueblo de Nápoles, eran campo miserable de los excesos revolucionarios y de las atrocidades de los bandidos, que o servían a los señores de la tierra, o se aprovechaban de la fuga de las tropas y de la ausencia de las autoridades para saquear las villas en desorden y los lugares sin defensa. Ni los respetables monasterios de la Cava y de Monte Casino se vieron libres de la invasión de los revoltosos, y corrieron gran riesgo aquellos ricos archivos, depósito y refugio en los siglos bárbaros de todo el saber humano, de ser reducidos a cenizas. Es muy curiosa la declaración que arrancó el abad del monasterio de la Cava al jefe popular que fue a atacarlo, documento que tenemos a la vista.
En fin, llegó a tal punto el vértigo de insurrección y desorden, que se difundía con la atmósfera y que se comunicaba como un contagio pestilencial, invadiendo todos los pechos, acalorando todas las cabezas, que en la aldea de Schiavoni, compuesta de unas treinta chozas, se reunieron un domingo los habitantes para hacer también su insurrección. Y como se encontrasen que eran todos parientes y amigos, que no había autoridad contra quien rebelarse, ni riquezas que saquear, ni gabelas que abolir, quedaron muy desconcertados y mohínos, cuando uno de ellos dijo, como si fuese inspirado: «Venid e incendiad mi choza, que nada me importa con tal que hagamos algo, y que no se diga que somos cobardes y malos patriotas.» Y la choza de este héroe, que así se inmolaba en las aras de la reputación de su aldea, fue inmediatamente reducida a cenizas, con grandes alaridos, y procurando aquellos inocentes rústicos contrahacer, lo mejor que supieron, los furores que habían oído contar de Nápoles y de otras ciudades de importancia. En Tuturano, aldea inmediata a Brindis, por hacer algo, prendieron fuego a la taberna97. Y en un casal de Calabria, las mujeres se rebelaron contra los maridos y quemaron a dos de ellos con sus hijos, incendiando un pajar en que se habían refugiado98.
Sentimos no haber encontrado bastantes materiales para escribir con más detención sobre estos acontecimientos, cuyas particularidades darían una exacta idea del carácter de la época y del estado en que llegó a ponerse el reino de Nápoles. Pero no existen documentos de aquel tiempo en los archivos públicos, y los escritores de entonces, dedicando toda su atención a las ocurrencias de la capital, sólo hacen leves indicaciones de lo acaecido en las provincias, y alusiones a casos particulares ocurridos en ellas, que no han llegado hasta nosotros. Mas lo que dejamos ligeramente apuntado, siguiendo a los más graves autores contemporáneos, basta para dar a conocer que el país todo estaba hondamente conmovido, aunque, por fortuna de España, sin un pensamiento nacional unánime, sin un objeto fijo, sin una dirección determinada, sin un caudillo solo a quien todos obedecieran. En fin, andaba revuelta la tierra, estaban amotinados los pueblos, reinaba una desconcertada y feroz anarquía; pero en el reino de Nápoles no había hasta entonces «rebelión». Ésta apareció al cabo, porque hasta debía suceder, como no tardaremos en referir.
En Nápoles cada instante asomaban nuevas pruebas de que continuaba, como antes, la sublevación. El día 19 de julio se alteró la ciudad, volviendo a ponerse en armas el populacho, porque se esparció la falsa nueva de haber sido asesinado por los españoles el electo del pueblo. Y el día 20 hubo un serio alboroto, porque los aduaneros empezaron a exigir, como antes, los impuestos abolidos por la capitulación. El furor popular quiso dirigirse, desde luego, contra el virrey; pero Julio Genovino, deseoso de mostrar su celo por el legítimo Gobierno, para no ver retardada la posesión de la presidencia del tribunal de la Sumaria, que le estaba ofrecida, consiguió con su maña y sagacidad calmar al pueblo y persuadirle que llevase sus quejas al arzobispo, el cual se entendería mejor con el duque de Arcos, sin cuyo conocimiento, osó asegurar, se estaba cometiendo aquella tropelía por los empleados subalternos. Y, efectivamente, fue dirigida al cardenal una respetuosa representación por escrito.
Corrió en aquella ocasión gran riesgo un caballero español, llamado don Miguel Sanfelices, porque, encontrando en la calle una de las turbas, dijo imprudentemente: «Gritad, gritad, que pronto comeréis piedras.» A la ligereza de un poderoso caballo en que iba montado debió la vida, huyendo a esconderse donde no pudieron dar con él. Pero tomó con este accidente tanto cuerpo la asonada, que tuvo el virrey, para calmarla, que poner a talla la cabeza del fugitivo, como si fuese la del mayor traidor o facineroso99.
Al mediodía, y cuando todo estaba ya tranquilo, alborotaron de nuevo la ciudad los habitantes de Milito, casal inmediato, entrando armados y con gran gritería por las calles de Nápoles, buscando, para matarlo, a su señor, el consejero Francisco Antonio Moscettola. Estaba éste muy descuidado comiendo con su familia, cuando vio invadida su casa por aquella furibunda turba de rústicos, seguida de gran número de curiosos, que aumentaban la confusión. Alterado y sorprendido, huyó con su mujer y logró esconderse, abandonando la casa con las muchas riquezas que contenía, y una preciosa biblioteca, al furor y codicia de sus rebeldes vasallos, que quemando, destruyendo y robándolo todo, sin que nadie lo impidiese, volvieron a su aldea satisfechos y triunfantes, pero pesarosos de no haberse llevado consigo la cabeza de su señor.
También hubo dos distintas asonadas harto cómicas. Las mujeres del populacho más soez se reunieron, recorrieron armadas y voceando las calles y plazas, y se dirigieron al Monte de Piedad, para exigir que se aboliesen ciertos artículos del Reglamento que, siendo favorables a las ropas buenas y a las joyas que empeñaban los ricos, perjudicaban a los harapos y miserias que empeñaban los pobres; y pedían, a favor de estos efectos de ningún valor, la preferencia. El director del establecimiento, hombre sagaz y de sangre fría, les abrió las puertas y las calmó con buenas razones, y con oferta de servirlas, con lo que se retiraron muy ufanas y contentas, cantando victoria y celebrando su soñado triunfo. La otra asonada la hicieron los mendigos de la ciudad contra los frailes cartujos. Repartía aquel monasterio a su puerta, un día de la semana, ciertas limosnas de una obra pía, fundada por la famosa reina Juana; y los que la recibían, no queriendo incomodarse en subir por ella a la cartuja, fundada en un cerro junto al castillo de San Telmo, exigieron que se les diese en la plaza del Mercado. Resistiendo los cartujos esta inconsiderada exigencia, los interesados trataron, sin más ni más, de hacerla efectiva por la vía de las armas. Y se vieron aquel día trepar por aquellos agrios recuestos a más de mil pobres ciegos, cojos, mancos y tullidos, armados de garrotes y de algunas alabardas y arcabuces, amenazando incendiar el monasterio y pasar a cuchillo a los monjes. Y eran tales sus bravatas y ademanes resueltos, que los religiosos cerraron las puertas y pidieron socorro al vecino castillo. Mas tomó tanto cuerpo el ataque con los valedores y amigos de aquella inmunda canalla, que tuvieron que salir los monjes con buenas razones y prudentes ofertas a calmar a los amotinados, volviendo éstos a la ciudad muy contentos con la muestra de su valentía100.
Pero cuando volvió a aparecer la sublevación en toda su fuerza, y amenazadora y terrible, fue el 29 de julio. Atravesando a primera mañana la plaza del Mercado el electo del pueblo Francisco Arpaya, fue llamado aparte con gran recato por Jenaro Annese, que ya empezaba a darse tono de sucesor de Masanielo, y por un tal Vanno Panariello, jefe popular de mucha valía. Y le dijeron que el pueblo había sido completamente engañado, porque al leerle las capitulaciones juradas habían dejado en silencio muchas frases do los artículos, cual aparecían impresos, y que echaban abajo o anulaban las disposiciones más importantes. Que, por fortuna, hasta entonces nadie había reparado en ello; pero que si no se remediaba pronto tan insigne mala fe, ellos serían los primeros en publicar la indigna superchería y en excitar a los napolitanos a hacerse por sí mismos pronta y cumplida justicia. Hízose de nuevas el electo, respondiéndoles que no encontraba motivo para aquella desconfianza, y Annese y Panariello le mostraron un ejemplar impreso de la capitulación, y en el artículo que disponía la abolición total de las gabelas y contribuciones, no existentes el tiempo del emperador Carlos V, la cláusula siguiente: «... exceptuándose aquellas que estuviesen arrendadas a particulares» con lo que, ciertamente, estándolo todas, quedaba inválido y sin efecto lo pactado en tan importante artículo. Desconcertóse el electo, y aseguró que era yerro de imprenta. Y que faltaba un «no», que había, sin duda, en el original, antes de la palabra «exceptuándose». Fueron los tres incontinenti a la imprenta para asegurarse, y el impresor, con los manuscritos a la vista, demostró que había estampado con toda exactitud. Arpaya entonces ofreció hablar al instante al virrey, para que se deshiciese la equivocación, y rogó a Annese y a Panariello que no lo divulgasen. Sobrevino en esto a hablar del mismo asunto un clérigo revoltoso, llamado don Onofre Jacutio, el que, cuando los otros se apartaron aparentemente satisfechos, y se vio solo con el electo, le exigió que se le diesen reservadamente dos mil cequíes por guardar el secreto. Rechazó aquél la proposición sin agraviar al clérigo, y fue a dar parte de todo al duque; no dudando de que la noticia iba muy pronto a difundirse por el pueblo y a producir funestísimos resultados101.
Perplejo, como siempre, el virrey, y desconociendo, a pesar de tan repetidos escarmientos, que cuando es forzoso hacer concesiones al pueblo alborotado es mejor hacerlas en los primeros momentos, cuando aún las pide de rodillas y como gracia que después cuando las exige con las armas en la mano y como derecho, entró en consultas dilatorias y evasivas, diciendo «que no podía arruinar así, de una plumada, a más de cincuenta mil familias, interesadas de antiguo en los arriendos de impuestos y gabelas». La razón era, ciertamente, poderosa; pero no aquél el momento oportuno de darle valor. Pues aunque es un principio de justicia que todos los derechos adquiridos son respetables, y que si están acaso fundados en abusos que necesitan de reforma debe ésta hacerse poco a poco y con mucho pulso, cuidando de indemnizar a los poseedores de buena fe y de subsanar intereses creados bajo el amparo de leyes buenas o malas, y con la sanción respetable de la costumbre inveterada, las circunstancias eran en extremo ejecutivas, y no para andarse en miramientos. La abolición terminante y completa de aquellas cargas había sido la condición primera del avenimiento: condición acordada, aceptada y jurada. No podía ya volver al campo de la discusión, y buscar medios rastreros para no hacerla efectiva era un perjurio, una muestra insigne de mala fe, que debía producir funestísimos resultados; un medio seguro de reanimar y de justificar un incendio tan mal apagado, y que aún podía, como se verificó, reaparecer más voraz, más terrible y de más trascendentales consecuencias. Estas reflexiones fueron expuestas al duque de Arcos por el cardenal arzobispo, por algunos consejeros y por muchas personas sensatas; pero él, sin negar su valor, no les dio la pronta acogida que en aquellos críticos momentos debía haberles dado; y con sus respuestas evasivas, y con sus medios dilatorios, dio tiempo a que, publicada la superchería, se alarmara toda la ciudad. Pues resonando en toda ella el grito de traición, acudió furiosa a las armas para reclamar con ellas la validez de la capitulación, no cual andaba impresa, sino cual se había leído al pueblo en la catedral.
Llenóse la plaza del Mercado de furibundo gentío, que a palos y pedradas dispersó a los picapedreros y marmolistas que trabajaban en las lápidas que deberían colocarse allí con los artículos de la avenencia. Y quisieron hacerlos pedazos, llamándolos falsarios y engañadores102; apareciendo la sublevación tan general, tan poderosa, tan embravecida cual lo estaba ocho días antes, cuando tenía a su cabeza, como supremo dictador, a Masanielo.
El duque de Arcos hizo entonces lo que siempre: refugiarse en las murallas de Castelnovo y enviar emisarios al pueblo con excusas y con todo género de concesiones. Mas nada consiguió: la general desconfianza rechazaba con indignación las ofertas de la depravada autoridad, e insultando a sus mensajeros dificultaba todo acomodo. Y el motín tomó un aspecto imponente y aterrador. Pero presentóse a caballo, en medio de las acaloradas turbas, el príncipe de la Rocca, sobrino del cardenal, y nombrado por su influjo superintendente de Abastos; y como era muy bienquisto de los napolitanos todos, logró que lo escuchara y atendiera la muchedumbre. Y calmándola poco a poco con buenas y concertadas razones, y esforzando la disculpa de que todo era error involuntario de los copistas, hijo de la premura del tiempo y de la precipitación con que se escribieron las capitulaciones, consiguió persuadir al pueblo que nombrase una persona de su confianza, que se entendiera con él, para corregir el artículo en cuestión, y de un modo tan claro y terminante que no diese lugar a dudas ni a siniestras interpretaciones. Fue inmediatamente nombrado por la multitud el mismo clérigo Jacutio, el que entró con el príncipe en la iglesia del Carmen para arreglar el negocio.
Pronto se pusieron ambos de acuerdo, redactando el artículo de nuevo, expresando en él terminantemente la abolición de todos los impuestos, y «particularmente de los arrendados». Salió el clérigo a dar parte de este arreglo a la multitud. Pero recibió tantas nuevas enmiendas y adiciones por escrito, para añadir más seguridades y dar más claridad no sólo a aquel artículo, sino a todos los demás de la capitulación que ofrecían algún sentido dudoso, que volvió a entrar en la iglesia y a conferenciar más largamente con el príncipe de la Rocca. No tardaron tampoco en entenderse, conociendo éste que era preciso contemporizar. Y saliendo ambos a la plaza y asociándose a un tal Gregorio Accietto, mercader de sedas, muy estimado del pueblo napolitano, fueron en diputación a presentar aquellas nuevas exigencias al virrey.
Recibiólos éste con la más fina cordialidad, y haciendo exageradas protestas de su buena fe y de su deseo de lo mejor, accedió sin el menor reparo a las enmiendas y considerables variaciones que le presentaron. Y adoptándolas todas, firmándolas inmediatamente y sin la menor dificultad, mandó reimprimir sin tardanza con ellas las capitulaciones, dando por nula y de ningún valor la edición publicada. Con lo que despachó contentísimos a los diputados de la sublevación, encargándoles asegurasen al pueblo que sólo deseaba afianzar su felicidad103.
El príncipe, el clérigo y el sedero tornaron al Mercado, donde los esperaban las armadas turbas, ya cansadas de su propia inacción, y que, enterándose de que quedaban plenamente complacidas, se dispersaron en alegres grupos por la ciudad.
La costumbre de reunirse y de alborotarse era ya segunda naturaleza en el populacho napolitano, y parecía que andaba solícito en busca de ocasiones para ejercer su terrible propensión. Y como no faltaban, ciertamente, pretextos, ni personas inquietas, animadas con la impunidad, que exaltaran los ánimos tan bien dispuestos, raro era el día en que no apareciese la asonada, y en que no se alterase de un modo o de otro la pública tranquilidad.
Uno de los primeros de agosto se reunió el pueblo armado en la plaza del Carmen, foco permanente de la sublevación, y resolvió atacar las casas públicas de juego. Asaltólas, efectivamente, con gran algazara, se apoderó del dinero que encontró en ellas, apaleó y maltrató a los jugadores y prendió fuego a los edificios. Y como un siciliano, hombre de corazón, que era dueño de uno de ellos, se presentase decidido con una alabarda en la mano a defender su propiedad, fue hecho pedazos por la multitud104.
Otra vez se dirigió el motín a la iglesia de padres teatinos de la calle de Toledo para sacar de ella a un soldado español allí retraído. Y después de maltratado grandemente, lo llevó a la presencia del virrey, pidiéndole lo sentenciase a horca, porque bahía disparado su arcabuz contra el pueblo en una de las anteriores asonadas. Resistióse debidamente la suprema autoridad a dar tal sentencia, y entonces el populacho, sin esperar más, lo llevó al patíbulo105.
El 8 de agosto saqueó e incendió el pueblo alborotado el palacio que tenía en Piedigrotta el príncipe de Caramanica, hombre oscuro y de bajísima extracción, que había juntado en pocos años incalculables riquezas.
Y entre los valiosísimos muebles que allí perecieron, hacen mención los historiadores contemporáneos de un sillón todo recamado y embutido de gruesísimas perlas106.
También, a instigación de los frailes franciscos, hubo un serio alboroto. Había decidido la ciudad declarar por uno de sus protectores a San Antonio de Padua, y le había erigido una estatua de plata que debía, con la de los otros santos patronos, sacarse en las procesiones y custodiarse en el tesoro de la catedral. Y una tenaz competencia entre franciscanos y capuchinos sobre la forma que se debía dar a la capucha del santo, pretendiendo aquéllos que fuera redonda y éstos que debía ser puntiaguda, obligó a que se despositara judicialmente la imagen, que estaba hecha a gusto de los primeros, en casa del regente Capecelatro, mientras se decidía el pleito formalmente entablado entre ambas religiones. Los franciscanos, temiendo perderlo por la influencia que entonces gozaban en Roma los capuchinos, aprovecharon las revueltas y acaloraron a sus devotos para que hicieran una asonada, sacaran al santo de su depósito y lo llevaran a la catedral, terminando así a su favor, por la fuerza, aquel negocio. Dispúsose, pues, la jornada en la plaza del Mercado, armáronse las turbas, y no sin choques y serias pendencias, pues también los capuchinos tenían, aunque en menor número, valedores, asaltaron la casa del regente, se apoderaron de la imagen y en tumultuosa procesión la llevaron a la capilla del Tesoro. Y en ella, hallando muchos capellanes nobles, los arrojaron de allí, sustituyéndolos clérigos plebeyos, y confiando su custodia a los canónigos, con lo que se captaron la benevolencia del cardenal arzobispo107.
Los estudiantes también quisieron, amparados del común desorden, exigir por la fuerza rebaja de los derechos de universidad. Y tomando las armas contra los doctores, que los percibían, se juntaron más de cuatro mil, ocuparon los alrededores del edificio y pusieron en grande apuro al claustro y al rector. Pero como la mayor parte de los amotinados escolares eran forasteros, y los doctores y empleados de la Universidad napolitanos, consiguieron éstos tener de su parte el populacho, que, amotinado a su vez, acudió a deshacer y castigar otro motín. Los estudiantes huyeron amedrentados, y unos salieron de la ciudad, otros se escondieron en ella y, habiendo sido muchos descubiertos, fueron maltratados y heridos, y los que opusieron resistencia hechos pedazos sin piedad108.
Estos desórdenes diarios, y las noticias de lo que ocurría en las provincias, donde a cada momento era mayor la anarquía, movieron, por fin, el ánimo del duque de Arcos (alentado tal vez con la esperanza de recibir socorros de España, habiendo tenido nuevas de que las cosas de Cataluña iban bien, pues habían levantado los franceses el sitio de Lérida) a hacer algunos castigos y a tomar algunas medidas de buen gobierno; pero éstas fueron desconcertadas, y aquéllos vinieron ya tarde. Trató, pues, aunque con mal efecto, de dar nueva organización a las armadas turbas populares, mudando los cabos, que a su manera las gobernaban. Pero nombró, con malísima elección, personas poco gratas al pueblo, y, como tales, de ninguna influencia, y que al mismo tiempo ofrecían poca seguridad de buena fe, pues hizo teniente de maestre de campo a Onofre Caffiero, de Santa Lucía (en cuya casa se creyó, como dejamos dicho, envenenado a Masanielo) y a Salvador Baroni, vecino del barrio de Mortelle (que se susurraba había tenido parte en su muerte), con lo que se disgustó la ciudad toda, viendo hombres tan sospechosos tan altamente colocados; bien que ellos supieron muy pronto restablecer su opinión con el populacho muy aventajadamente. Publicó también el virrey varios bandos prohibiendo de nuevo saqueos e incendios, y uno muy notable y de perversas consecuencias, previniendo a los pueblos de señorío que le presentaran las quejas que tuviesen contra sus señores, seguros de que les haría justicia. Las alas que dio semejante disposición a los lugares de propiedad particular, y el disgusto de la nobleza, se dejan discurrir.
Deseoso, en fin, de presentar algún escarmiento, negoció con los jefes populares de su devoción que prendieran, como de motu proprio, y le acusaran como infractores de la capitulación, a algunos de los que habían dirigido los últimos saqueos e incendios de las casas de juego y del palacio Caramanica. Y a dos que le llevaron los mandó inmediatamente ahorcar, sin más ni más, a la puerta de Castelnovo. Estas ejecuciones causaron, por lo pronto, buen efecto, haciendo profunda impresión en el populacho. Pero a poco rato, agolpándose la gente a ver a los ajusticiados, empezaron a decir los más audaces: «Así hará el virrey poco a poco con todos nosotros»; palabras que, repetidas, cundieron con rapidez, y empezaron a notarse síntomas de indignación y anhelo de prevenir el peligro. Súpolo el virrey, y mandó inmediatamente colocar en el pecho de los ahorcados un cartel con gruesas letras, que decía: «Arrestados y acusados por el fidelísimo pueblo por haber faltado a la capitulación, incendiando y saqueando sin licencia del virrey, ni orden de los jefes populares, han sido juzgados y condenados a muerte por este delito»; con lo cual se calmaron los ánimos y se deshizo instantáneamente la multitud109.
También amanecieron ahorcados en el mismo lugar, con sus correspondientes carteles aclaratorios, un fraile agustino apóstata, espía de los franceses; un cochero ladrón y un soldado español que había matado de un tiro a un paisano, ejecuciones todas que fueron muy aplaudidas110.
El día siguiente se alteró la gente de Lavinaro, y fue, armada, a pedir la libertad del hermano de Masanielo, que suponía preso en Castelnovo, y que muchos creían ejecutado secretamente en el calabozo. Y el duque de Arcos, contra su costumbre, afrontó el motín, se negó decididamente a complacerlo y dijo resuelto a aquellos furiosos que «el hombre cuya libertad pedían no estaba en Castelnovo, sino en Gaeta; mas que, aunque estuviera en el castillo, de ningún modo se lo entregaría». Entereza que deshizo el motín sin más resultas111, dando a conocer cuánto, usada a tiempo y cuerdamente, hubiera podido conseguir y evitado.
Pero por más que el duque de Arcos quisiera manifestar carácter, y que podía ser verdadero virrey, tomaba ya tarde tan buena resolución. Su constante debilidad anterior lo tenía harto desacreditado y con ella había cobrado demasiada osadía el movimiento popular, para que pasajeros alardes de fuerza y de inoportuna energía consiguieran resultados estables y positivos. Así que los conspiradores no dejaban de entenderse entre sí y de prepararse a más formales empresas. Y los jefes e instigadores de la permanente sublevación, soplando y manteniendo vivo el fuego nunca apagado, combinaban un vasto plan, para que reapareciera pronto, cual nunca, terrible y amenazadora, y con objeto más grande y de mayor importancia. No faltando ya en los conciliábulos y clandestinas reuniones agentes de Francia con instrucciones y dinero del marqués de Fontenay, embajador del rey cristinísimo en Roma, el cual desde los primeros momentos de la sublevación acechaba el oportuno para apoderarse de ella y dirigiría a su provecho.
Dispúsose, pues, en secreta conjura de los más osados el dar un golpe decisivo el mismo día de la Virgen de agosto, solemnísimo en Nápoles, apoderándose en un solo punto y en un solo momento del virrey, de su familia, y de los generales, consejeros y altos funcionarios españoles. Para lo cual resolvieron convidarlos a todos en nombre del pueblo a la función solemne que debía celebrarse en la catedral. Encargóse de hacer el convite el electo Francisco Arpaya, deseoso, sin duda, de restablecer con los conjurados su opinión, un tanto lastimada por los empleados lucrativos repartidos entre su familia. Y como la decisión se tomó precipitadamente la mañana misma de la fiesta, esto es, en la madrugada del día de la Asunción, fue muy temprano a palacio a desempeñar su solapada comisión. Escamó al duque tanta premura en convidarlo y tanto empeño en que llevara séquito tan numeroso. Y después de pensar mucho lo que le cumplía hacer, se determinó a ir solo a la, iglesia, como lo verificó, disculpando a la virreina con que en tan corto tiempo no había podido disponerse y ataviarse, y a los generales y autoridades con perentorias ocupaciones y con la dificultad de que les hubiese llegado a tiempo el aviso del convite.
Desconcertó esto a los directores de la intentona. Pero como el virrey asegurase a todos sin afectación que aquella tarde asistiría a las vísperas con su familia y con todo el séquito convidado, resolvieron dilatar algunas horas el golpe, teniéndolo por seguro.
Después de concluida la misa, volvió el duque a palacio con graves sospechas de la encubierta trama, ya por los semblantes que había observado en la iglesia, ya por las palabras sueltas que había cogido al vuelo. Y puso sin demora en actividad todos los medios de espionaje que tenía en la mano. Éstos, y una delación espontánea que recibió muy oportunamente de uno de los conjurados, le descubrieron el riesgo que acababa de correr, y cuanto se intentaba hacer aquella tarde. No estuvo entonces, ciertamente, tan perplejo e irresoluto como solía. Llamó sin perder momento a los jefes populares de toda su confianza, y, de acuerdo con ellos, prendió a los cabezas de la trama, los que, confesando en el tormento su proyectado crimen, y descubriendo todo el plan, fueron inmediatamente ahorcados, y sus cadáveres expuestos a la puerta del castillo112.
La actividad, acierto y energía que demostró entonces el virrey, y que tanto hubieran aprovechado antes y después, y la rapidez de las ejecuciones, consternaron a la ciudad toda, y asombraron a la masa popular, que ignoraba la conjuración aquella, pero que la hubiera sostenido, sin duda, en cuanto hubiera estallado. Deshízose la borrasca, pero quedando las nubes en el horizonte dispuestas a reunirse de nuevo a la primera ocasión.
Julio Genovino, tipo verdadero de los instigadores de motines y asonadas, veía con impaciencia que se le retardaba el pago de sus importantes servicios, y reclamaba el cumplimiento de las ofertas que se le hicieron, cuando verdadero director del espíritu de las turbas y oráculo de Masanielo, poda él solo, si no calmar la sublevación, darle el rumbo más favorable a los intereses del Gobierno, como lo había hecho, tanto predicando continuamente lealtad y obediencia al rey de España, cuanto reconociendo como válido el privilegio de Carlos V; oponiéndose después a la petición de ocupar el castillo de San Telmo, y últimamente preparando la ruina y la perdición del pescadero.
El duque de Arcos asegurábale continuamente que podía contar con el destino ofrecido; pero que dilataba darle el título correspondiente, temeroso de que iba a desacreditarlo y a echar por tierra toda su influencia, de la que aún tanto se necesitaba, estando en pie la sublevación. Mas fueron tan reiterados los esfuerzos del viejo, en quien la ambición, como acontece, pudo más que la sagacidad, que, al cabo, el virrey le dio el nombramiento y posesión de la presidencia del tribunal de la Sumaria, siendo el resultado el que se había previsto; esto es, que Genovino, descubierto su juego, perdió completamente la popularidad113.
Había este clérigo-magistrado conseguido del virrey (para restablecer un tanto su influencia con la clase de tejedores de seda, que era numerosa) una descabellada orden para que cuanta llegase a los almacenes de la ciudad no pudiera salir de ellos, ni consumirse más que en sus fábricas, sin poder surtir a los otros telares de la provincia. Y los tratantes y mercaderes reclamaron inmediatamente contra una disposición tan perjudicial a sus intereses, y que los sujetaba a la merced de unos cuantos fabricantes de la capital. Y presentaron una demanda en justicia, y se entabló litigio en forma entre mercaderes y tejedores. Veíase el pleito y debía darse la sentencia en un tribunal de que era presidente Fabricio Cenamo, que, como dejamos referido, fue uno de los perseguidos por el populacho en los primeros días de la sublevación, quemando su palacio y sus riquezas. Causa por la cual los abogados de ambas partes lo recusaron, apoyados en el artículo de la capitulación en que se establecía que ninguno que hubiese incurrido en el odio popular y sufrido incendio en los anteriores trastornos pudiera ejercer en lo sucesivo ningún cargo público. El recusado trató de probar, para mantener el puesto, que no había incurrido en el desagrado del pueblo, y que las persecuciones y daños padecidos habían sido venganzas de enemigos particulares, que obraron de por sí y sin orden de Masanielo, ni de los jefes populares. Y Julio Genovino le dio una certificación firmada por él y por otros de sus allegados, asegurándolo así. Andaba este documento con sobrada confianza de mano en mano para aumentar las firmas, y vino a caer en las de un tal Horacio Rosseto, conocido con el apodo de Razullo, capitán del barrio de la Zecca, y enemigo acérrimo del hoy presidente de la Sumaria, y ayer consejero del fidelísimo pueblo y director de Masanielo. Y en un numeroso corrillo de gente bien dispuesta leyó en voz alta aquel documento, glosándolo luego con acritud, y llamando a boca llena traidores a los que lo habían firmado. Creció la multitud que lo circundaba, y él, cada vez más enardecido, manifestó que con tales certificados volverían los mayores enemigos del pueblo a los altos empleos, donde saciarían sin freno sus venganzas. Que con tales certificados se anulaban todos los artículos de la capitulación, y volvía la ciudad a caer en la más pesada servidumbre; y, por último, que con tales certificados quedaría el pueblo infamado y tratado de ladrón, calificadas de venganzas personales sus justicias y triunfantes los funcionarios prevaricadores, que habían tan justamente incurrido en el odio universal. Las palabras de Razullo hicieron su efecto; y creciendo rápidamente, la masa popular corrió indignada, detrás de él, a asaltar el tribunal.
Era el día 21 de agosto, y estaban en él Genovino y Cenamo tratando justamente del pleito de la seda cuando recibieron aviso del virrey de que se dirigía el pueblo amotinado contra ellos, y orden de cerrar el tribunal. Pusiéronse inmediatamente ambos en salvo, y cuando llegó la turba, atropellando e incendiándolo todo, se encontró sin las víctimas designadas, acrecentando la fuga de éstas la indignación popular.
Capitaneado siempre por Razullo, se dirigió el pueblo, que a cada paso se reforzaba con pelotones de gente que llegaban al alboroto, desde el tribunal a la plaza de palacio, pidiendo en voces altas y descompuestos gritos al virrey los dos fugitivos114, creyéndolos refugiados en Castelnovo. Procuró el duque de Arcos con benignas palabras y benévolos ademanes conjurar aquella tormenta y calmar los ánimos, manifestando a todos que ignoraba el paradero de los dos presidentes. Mas creciendo la multitud y poniéndose en armas toda la ciudad, Salvador Baroni, deseoso de ganar crédito, a la cabeza de los amotinados del barrio de Mortelle, atacó de motu proprio la plaza de los Ángeles y el importantísimo puesto de Pizzo-Falcone. Guarnecíalo el Tercio viejo de Nápoles, al mando del maestre de campo don Próspero Tuttavilla, y, aunque sorprendido, se puso en defensa. Pero como al mismo tiempo Onofre Caffiero, con la gente del barrio de Santa Lucía, se apoderase del puesto de la Cruz y del convento de San Luis, dándose la mano con Baroni, y reforzando su ataque, no pudieron sostenerse las tropas napolitanas, y se replegaron, no sin dificultad y pérdida, al palacio. Los sublevados se apoderaron del duque de Ascoli, del cuartel de los Alemanes y de la punta de Trebico, que domina al castillo del Ovo.
Estas ventajas del pueblo, conseguidas tan fácilmente por el arrojo de dos hombres, y la espantosa gritería de la plaza de palacio, henchida de sublevados, que pedían no sólo a Genovino y a Cenamo, sino también al hermano de Masanielo, obligaron al virrey a tomar su disposición favorita; esto es, a refugiarse con toda su familia en Castelnovo, encargando a su guardia que no exasperase al pueblo y que no provocase un conflicto.
Ignorando las turbas que ya el virrey se había puesto en salvo, continuaban con furor creciente sus gritos y amenazas; y desesperados de hallar satisfacción, empezaron a apedrear el puesto de la guardia tudesca. Viendo los soldados que los dejaban allí como abandonados a los insultos del populacho, y que iban a ser arrollados, trataron de defenderse, a pesar de la terminante orden que habían recibido, e hicieron una descarga de mosquetería. Cayeron muertos sólo dos hombres del pueblo, porque la multitud, al ver calar las cuerdas, se arrojó repentinamente en tierra para evitar el efecto de las balas. Esto pareció a los que estaban más lejos que era el que la descarga había tenido completo efecto, haciendo un incalculable destrozo. Y en vez de acobardarlos, los irritó a tal punto, que arremetieron furiosos el palacio, mientras algunos, los más cobardes, corrieron a dar la equivocada noticia a los barrios más apartados y a llamar a la venganza a toda la ciudad. Hízose instantáneamente general el movimiento, y empezó la más horrenda matanza de españoles que puede discurrirse, asesinando a cuantos hallaron desperdigados por todo Nápoles115. Hubo napolitano que mojó pan en la caliente sangre de sus víctimas, y que se lo comió, chupándose luego los dedos con bárbara e inaudita ferocidad116. Trabóse entre las tropas y el pueblo un horrible combate; pero aquéllas, sorprendidas, diseminadas y sin órdenes a qué atenerse, fueron vencidas y arrolladas en todas partes, y tuvieron que encerrarse y fortificarse en los cuarteles y en el palacio, y hacer allí una gallarda defensa.
Jamás el pueblo napolitano, aunque sin una sola cabeza que dirigiera sus operaciones, se mostró tan acertado en el ataque, ni tan tenaz en la pelea. Mientras unas turbas combatían, aunque diezmadas por la arcabucería española, otras se apoderaron de la Aduana, y sacaron de ella gran cantidad de armas de fuego y cuatro mil espadas; y otras conducían artillería y la colocaban, no sin acierto, en los puntos desde donde podían molestar más al palacio y a los castillos; y otras, en fin, abastecieron el torreón del Carmen de vituallas, municiones y cañones gruesos.
El ardiente alborotador del barrio de Mortelle, Andrea Polito, de oficio batihoja, armó un pelotón de sus vecinos, y con él sorprendió la cartuja de San Martín y se apoderó de ella, poniendo en gran peligro el castillo de San Telmo, que está contiguo al monasterio, colocando oportunísimamente cuatro piezas de artillería en aquellas alturas. En terrible aprieto iban poniendo al virrey y a las armas españolas las rápidas ventajas que aquel tremendo día daba la ciega fortuna a la sublevación. Y mientras los españoles fortificaban a toda prisa el palacio, colocando falconetes en los balcones y azoteas y atajando la plaza con cortaduras y fajinas, sin cesar un momento el fuego, y estrechados sin respiro por las embravecidas turbas, el duque pensó en abastecer el castillo, apretado y sitiado por todas partes, escasísimo de municiones y de vituallas, y dominado ya por los puestos populares establecidos en San Martín y en Pizzo-Falcone. Mandó, pues, a las galeras, que, por quitarse del tiro del torreón del Carmen, se habían alejado bastante de la playa, que fueran a remo a la torre de la Anunciata y a Castellamare a recoger cuanto grano y harina hubiera en los molinos. Pero todo fue en vano: el pueblo conoció a lo que iban las galeras, y despachó emisarios que imposibilitaran su intento.
Llegaba la noche, no cesaba la pelea, ni cesaba un punto la fatiga universal. Y abatido y confuso, el virrey acudió al cardenal arzobispo pidiéndole encarecidamente que saliese a probar la mano con el pueblo, tratando de calmarlo de un modo o de otro para salvar la ciudad y el reino todo de los horrores sin cuento que sobre él se precipitaban. No rehusó el prelado la comisión, y sin vacilar un momento recorrió a caballo las calles y plazas, acompañado de José Palumbo (que, sin querer nunca ser el primero en el mando, conservaba prudentemente el mismo puesto y la misma reputación que en tiempo de Masanielo), y sin evitar los sitios en que silbaban las balas y en que era más espantosa la carnicería, exhortaba a todos con ruegos y con lágrimas a la paz y a la tranquilidad. Vanos fueron sus esfuerzos, pues si bien halló, como siempre, en todas partes respeto y aun veneración, no encontró en ninguna más que sed de sangre y de exterminio y una especie de rabia infernal que no dejaba lugar alguno a la razón. Trató varias veces de penetrar en Castelnovo para conferenciar con el virrey, pero le fue imposible conseguirlo; y rendido y horrorizado regresó a su palacio, sin haber logrado nada, cuando ya estaba muy avanzada la noche.
Ésta fue aún tan trágica y tan espantosa como el día que la precedió, pues no cesó el tiroteo, retumbando sin cesar los cañonazos y continuando las obras de ataque y de defensa a la horrenda luz de las llamas de los incendios.
Al día siguiente, reunidos los distintos jefes populares, que separadamente y sin un plan determinado habían dirigido las felices y oportunas operaciones del anterior, trataron de buscar una cabeza suprema que, dando unidad al movimiento, utilizase las ventajas conseguidas; y resolvieron ponerse en manos del acreditado militar don Carlos de la Gatta, el que, como dejarnos dicho, defendió la importante plaza de Orbitello. Pero este leal caballero rechazó cuantas propuestas le fueron hechas, y se resistió tenazmente a ponerse a la cabeza de los sublevados, manifestando que no sólo sus dolencias y su avanzada edad se lo impedían, sino también, sus creencias, su honra y sus juramentos.
Desahuciados los revoltosos por hombre de tanta importancia, se desconcertaron, y volvieron los ojos a don Francisco Torrado de Aragón, príncipe de Massa, maestre de campo general, acreditado últimamente de perito y esforzado guerrero en las revueltas de Cataluña. Grandemente sorprendió a tan ilustre personaje la elección del pueblo sublevado, y trató de eludirla con noble entereza. Pero el cariño de su mujer, joven y hermosa, que cayó en poder de los alborotadores, custodiándola como rehenes de la decisión del marido, y las secretas persuasiones de los confidentes del virrey, temeroso de que cayese el supremo mando en otras manos menos fieles a la corona de España, le obligaron a aceptar, para evitar mayores males, la dirección suprema de una rebelión furibunda. No juzgamos, sin embargo, disculpada su aceptación, porque creemos que el que no participa de las ideas y proyectos de las turbas que capitanea tiene escasa fuerza para contenerlas y evitar males, y falta, con un especioso pretexto, a los deberes de la honra y de la conciencia. El príncipe Toraldo quiso tranquilizar la suya, y para conseguirlo exigió una declaración solemne de los jefes populares, que se extendió ante notario público y en toda forma, de que la sublevación no era de modo alguno contra los derechos de la soberanía real117.
Púsose, pues, a la cabeza del amotinado pueblo, y nombró su teniente de maestre de campo general a Onofre Desio, entendido militar, fiel a la corona de España, y sujeto de altas conexiones en el Consejo colateral y muy bienquisto del virrey, y acreditó en aquella ocasión su extrema sagacidad, navegando sin tropiezo en aquel mar tan borrascoso y tan erizado de escollos y de bajíos.
Reconocido por todos los barrios de la ciudad sin la menor contradicción como capitán general del fidelísimo pueblo, don Francisco Toraldo montó a caballo con su teniente, y visitó todos los puntos militares, donde fue recibido con vivas aclamaciones. Al llegar al de la cartuja de San Martín, donde mandaba Andrea Polito, se sorprendió al ver que este hombre audaz había concebido el proyecto de minar el castillo de San Telmo, y que llevaba ya no sólo comenzada, sino muy adelantada su obra, dirigida con inteligencia suma hacia la cisterna de la fortaleza. Y conociendo el peligro en que estaba punto tan importante, elogió el proyecto para inspirar confianza y aprobó la ejecución; pero para retardarla manifestó que no debía apresurarse hasta que estuviesen hechos los preparativos necesarios para entrar con toda seguridad en el fuerte, de los que ofreció ocuparse sin demora. Y dio aviso secreto de la mina al castellano para que estuviera alerta, y al virrey para que mandara refuerzos.
Entre tanto, el duque de Arcos quiso tentar algún medio de concordia, y envió mensajeros al pueblo con una cédula de indulto y con nuevas ofertas de observar la capitulación. Pero todo en vano, pues no consiguió más que recoger nuevas pruebas de desconfianza y de desprecio, degradantes insultos a su autoridad y atroces maldiciones a su detestada persona.
Con más fruto trabajaba el cardenal arzobispo: recorriendo desde muy temprano la ciudad conoció el verdadero estado de los ánimos, y trató de sacar el partido posible. A pesar del aspecto terrible de la sublevación en el día anterior y de las positivas ventajas que había obtenido, no era tan unánime como parecía, ni tan compacta como se juzgaba, pues mientras las turbas de proletarios y la gente verdaderamente acalorada combatían con buen éxito, y combatían sin cesar y encarnizadamente, la parte del pueblo que tenía algo que perder: los mercaderes, los curiales, los propietarios, deseaban que no pasasen las cosas muy adelante, porque aquel estado de agitación y de guerra perjudicaba a sus intereses, y en ellos buscó el sagaz prelado el apoyo de sus negociaciones. Logró, no sin trabajo, reunir en el convento de San Agustín una Junta compuesta de gente granada, con los electos de los sediles y muchos capitanes del pueblo. Y allí, reconocido como principio de la nueva conmoción la ocurrencia del presidente Cenamo, se decidió que se propusieran al virrey nuevos artículos adicionales a las capitulaciones. Y que en ellos se expresase terminantemente: que todos aquellos, y sus hijos, cuyas casas y efectos habían sido quemados por el pueblo, saliesen desterrados para siempre del reino; que los signatarios del certificado en favor de Cenamo salieran de él por diez años, y que el pueblo pudiera castigarlos, además, a su gusto; que se concediese el pleno indulto por los acontecimientos del día anterior; que no se persiguiera a los que habían asaltado la Aduana y apoderádose de las armas que en ella había; que se entregara al pueblo el castillo de San Telmo, y que se guarneciera el palacio con tropas Populares; con otras disposiciones aclaratorias, componiendo en todo cincuenta y ocho artículos. Y para que la negociación pudiera entablarse con facilidad, dispuso la Junta una suspensión de armas el tiempo que duraran las conferencias.
En señal de esta tregua pronto enarboló bandera blanca el torreón del Carmen, fortaleza de los sublevados, y lo mismo hizo Castelnovo, adonde se dirigió Filomarino con general aplauso. Pero los sublevados que ocupaban a Pizzo-Falcone, o no vieron la señal, o no quisieron sujetarse a ella, y atacaron el palacio con gran furia por la parte del jardín, ocupando las casas que lo dominaban. Apretado el general Tuttavilla, que tenía el mando de las tropas, pidió socorro al virrey; mas éste, perplejo e indeciso, como siempre, y temeroso de echar a perder la negociación pendiente rompiendo la tregua, nada resolvió. Cuando un caballero español, que estaba a su lado mientras se discutía vagamente en Consejo pleno, levantándose impaciente, dijo con rostro encendido y acalorado acento: «¿Qué se espera?... ¿Queremos acreditarnos de cobardes y morir como gallinas?...» Palabras que, como dice el historiador Santis, despertando al duque de su pesado letargo, le compelieron a dar la inesperada orden de que obrara la artillería de los castillos.
Los primeros tiros de Castelnovo bastaron para desalojar al pueblo de las inmediaciones del jardín. Y volviendo luego la puntería a las calles del puerto, empezaron a causar grave daño en las masas populares allí reunidas. Los jefes de éstas, para obligar a que cesase el fuego, discurrieron levantar de pronto y de cualquier modo un dosel con el retrato del rey Felipe IV. Y como una bala lo echase por tierra, empezaron todos a gritar como energúmenos que el duque y los españoles eran traidores y reos de muerte por tan grave desacato, delito de lesa majestad118.
Empezó San Telmo también a jugar su artillería, con daño de los sublevados que se agolparon al puente de los Ángeles, en Pizzo-Falcone, adonde acudió confuso y turbado Francisco Toraldo. Derribaron las balas algunos edificios, aumentando la confusión. Pero Sin amilanarse los amotinados, empezaron por desquite a disparar sus cañones desde la punta de Trebico contra Castelnovo, contra el castillo del Ovo y contra las galeras. Y éstas, acosadas además del fuego del torreón del Carmen, zarparon apresuradamente y fueron a fondear detrás de la isla de Nisida, en la Punta de Posilipo.
El cardenal Filomarino, que por estos imprevistos acontecimientos no pudo llegar a Castelnovo, adonde dijimos que, desde el convento de San Agustín, se dirigía, refugióse en casa de Cornelio Espínola, y desde allí envió al virrey cuatro diputados de los que asistieron a la reunión, con los artículos en ella acordados y con ardientes ruegos de que no retardase la aprobación. El duque, reanimado con este mensaje, vio un rayo de esperanza, y volvió a enarbolar la bandera blanca, dando a todos los puestos orden terminante de dar fin a las hostilidades.
Andrea Polito, entre tanto, apretó el castillo de San Telmo y avanzó la mina, obligando al valiente gobernador Galiano a pedir instrucciones y socorros al virrey. Y como éste no le contestase, trató aquel leal y valeroso castellano no sólo de defenderse, sino de caer con toda su fuerza sobre el sitiador. Detuviéronle algunos personajes de alta categoría, que estaban allí refugiados, y más que todos, las señales de paz que vio enarboladas en Castelnovo.
Don Francisco Toraldo, por otra parte, de acuerdo con el virrey también trabajaba para restablecer la tregua. Y poco a poco iba consiguiendo poner en razón a las turbas y hacer cesar el fuego y las hostilidades. Y envió a su teniente Desio a avistarse con Polito, de quien era amigo, para hacerle desistir del empeño de la mina, con reservadas ofertas de dinero, de mercedes y de una mitra para un hijo fraile que tenía. Con lo que, amansado el patriota incorruptible, se disipó por entonces aquel peligro119.
Cesó, por fin, en todos los puntos de la ciudad la pelea, lo que agradó mucho a cuantos la paz de buena fe deseaban. Pero el duque de Arcos no envió en todo el día la ratificación de los artículos propuestos, lo que volvió a encender los ánimos, culpándole todos, con voz unánime, de los desastres que apuraban a aquella infeliz ciudad.
No eran más venturosas las provincias del reino. En todas se había considerablemente desarrollado la anarquía. Y en Chieti y en Lanciano ocurrieron lastimosos desórdenes, y se regaron las calles con sangre. Y la ciudad de Capua, plaza sobre el Volturno, fronteriza al Estado romano, y hasta entonces tranquila, se tocó del contagio general, obligando a la guarnición, muy disminuida, a encerrarse en los cuarteles y a presenciar en inacción el desenfreno del populacho y los horrores de la sublevación. Estas noticias abatieron más y más al duque de Arcos y aumentaron su funesta perplejidad.
Al amanecer del 29 de agosto, como nada hubiese aún resuelto el virrey, continuó el pueblo los aprestos de ataque, sin curarse de la tregua. Donde más preparativos hostiles se agolparon aquella noche fue en San Martín, porque la empresa favorita de los sublevados, y tenían razón, era el ataque de San Telmo. Y concurrieron a ella a la primera luz del día más de cincuenta mil hombres, armados y preparados para en cuanto volase la mina (que creían más adelantada, porque ignoraban la mudanza de Polito) arrojarse al asalto. El gobernador Galiano, conociendo el peligro en que estaba la fortaleza, aunque aquella noche había sido socorrido por el virrey, y aumentando el número de oficiales con sujetos de acreditado arrojo, hizo señales a Castelnovo. Y como no recibiese respuesta, hizo salir por una poterna, disfrazado, al alférez don Alonso de Céspedes, para que fuera a abocarse con el duque. Llegó aquél felizmente a Castelnovo, y encontró a éste muy apurado porque los sublevados habían levantado aquella noche una trinchera en la calle del Olmo y colocado en ella dos gruesas piezas de artillería, que podían destrozar la puerta de Castelnovo y derribar la cortina, aumentando el peligro el haber tomado el mando de aquel puesto Octavio Marchese, inteligentísimo artillero.
Reclamó entonces el duque contra aquella infracción del armisticio, y le fue contestado que la obra estaba hecha desde el día anterior. Pero no satisfecho y alarmado con las noticias que le trajo Céspedes, avisó secretamente de todo a don Francisco Toraldo y al arzobispo para que pusiesen remedio. Y quejóse públicamente a los diputados que habían venido al Tratado y pasado allí la noche de esta falta de buena fe.
El capitán general del pueblo montó inmediatamente a caballo para acudir al mayor riesgo. Fue a la cartuja de San Martín. Allí consiguió, ayudándole con maña y sagacidad el mismo Andrea Polito, calmar el ardor de la muchedumbre.
Con argumentos tomados de la ciencia militar, logró persuadirles que tanta gente y tanta confusión no servían más que para hacer imposible la empresa. Y dispuso que se retirase de allí aquel inútil y embarazoso gentío, quedando sólo: las tropas armadas, que dijo bastaban. Dióles por jefe la persona que le pareció, más a propósito para tranquilizar los ánimos, y nombró compañero de Polito, para proseguir la mina, a un ingeniero llamado Avellone, amigo de Desio, y con instrucciones reservadas para detener la operación. También cambió la guarnición del monasterio, so pretexto de que debían de volver a sus casas a descansar los pelotones que hacía tres días estaban allí padeciendo grande escasez de agua. Y cuidó de introducir otros de gente menos alborotada, con cabos más maleables. Lo mismo hizo con los demás puestos populares, recorriéndolos todos con muestras ardientes de celo por la sublevación, pero realmente para debilitarla.
Manifestóle su teniente Desio que, mientras concurriesen sólo a las armas la gente perdida y las turbas proletarias, era imposible ningún razonable concierto, y que convenía obligar a tomarlas y a concurrir a los puestos a los ciudadanos acomodados, mercaderes, curiales, etc., para tener en ellos, interesados en la pública tranquilidad y en el fin de aquellos trastornos, un apoyo y una prenda de orden. Conoció Toraldo lo sagaz y oportuno de la idea, y publicó un bando llamando a las armas a todos los habitantes de la ciudad para que entre todos se repartieran las fatigas y las glorias. Disposición que agradó mucho al populacho, no conociendo que contra él estaba precisamente dictada.
El cardenal Filomarino, por otro lado, conferenciaba con unos, hablaba con otros y reunía otra vez en San Agustín las personas más influyentes. Y como todos se quejaban de que hacía ya veinticuatro horas que el virrey tenía en el castillo los emisarios que habían ido a tratar la nueva avenencia, sin que nada resolviera, le escribió y envió varios mensajeros, que no consiguieron, por cierto, activar la negociación.
Entre tanto, los diputados negociadores quisieron con disimulo conquistar a Julio Genovino, que estaba refugiado en Castelnovo, y trataron de abocarse con él. Bien que efectivamente creyesen necesarias aún a la sublevación la sagacidad y experiencia de aquel viejo, bien que quisieran haberlo a la mano para ejecutar en él su venganza. Pero Genovino, como zorro experimentado, eludió toda entrevista, y contestó a las propuestas que con gran reserva le hicieron que no se fiaría jamás de la inestabilidad de un pueblo ingrato que había desconocido sus servicios. Pocos días después, el virrey lo embarcó para Cerdeña; de allí quiso ir a Madrid, y de arribada en Mahón, murió abrumado de años y de traiciones120.
Aquella mañana, aprovechándose de la tregua, que, aunque tan mal observada existía, salieron de Castelnovo el prior de la Roccella, el gran cruz Juan Bautista Caracciolo y el duque de San Pedro, muy desabridos con el virrey, que los trataba con poco miramiento121. Pero cuando creían, no habiendo con ellos odio particular, que los dejarían tranquilos en sus casas, el populacho dio sobre ellos, queriéndolos hacer pedazos, y los llevó ante don Francisco Toraldo para que los mandase ahorcar. Horrorizado éste, trató de convencer a la turba de que aquellos caballeros eran habitantes pacíficos, y no criminales, y que, aun cuando lo fueran, la tregua los amparaba. Pero se armó tal gritería y se desmandaron tanto aquellos furiosos, llamándolos espías y traidores, que corrieron gran riesgo, y sólo los salvaron las lágrimas y los ruegos de la hermosa princesa de Massa, logrando que se los entregasen a ella en calidad de presos, ofreciéndose a ser su carcelera122.
No fue tan dichoso don Juan de Sanfelice, padre del que afortunadamente pudo libertarse de la muerte que provocó su imprudencia. Estaba este buen anciano en una iglesia extramuros, fue reconocido y trató de esconderse en un corral inmediato. Las mujeres de la casa creyeron que era un ratero, y la emprendieron con él a pedradas. Díjoles en mal hora su nombre, ofreciendo regalarlas largamente si lo ocultaban y le salvaban la vida. Y ellas, enfurecidas, lo asaltaron con los utensilios caseros y lo amarraron hasta la llegada de los maridos, a quienes lo, entregaron ufanas de su ferocidad. En poder de los hombres fue conducido, apurando insultos y golpes, a presencia de Toraldo, que, por más esfuerzos que hizo, no logró sacarlo de manos de la canalla, pues, llevándoselo ésta, viendo que nada conseguía del capitán general, a la plaza del Mercado, le cortaron la cabeza, arrastrando el tronco por las calles, abandonándolo, por último, en un muladar.
Se hallaba la ciudad de Nápoles en una situación sin nombre. Existía una tregua y no se peleaba, es verdad; pero no cesaban las otras hostilidades, pues seguían con actividad suma en todas partes las obras de ataque y de defensa. Y mientras el virrey nada resolvía, y los diputados del pueblo permanecían en Castelnovo, y la reunión del convento de San Agustín no se disolvía, el pueblo se entregaba, desenfrenado, a particulares venganzas y a saquear e incendiar los palacios de los nobles y de los altos funcionarios refugiados en los castillos. Continuaba también la mina de San Telmo, pero dirigida según las buenas intenciones de Toraldo. De lo que, ignorante el valiente Galiano, y advirtiendo que le andaban ya en los cimientos de la fortaleza, se dispuso a practicar la contramina y a preparar tantos medios, de defensa, que, notándolo la gente del pueblo, empezó a gritar, reclamando la observancia de la tregua. Contestóle vigorosamente el castellano que él obraba según obraban sus enemigos. Y avisó de todo, pidiéndole instrucciones, al virrey, que nada le contestó.
Fue víctima de aquel estado de anarquía el desdichado presidente Cenamo. Estaba oculto desde que, huyendo del motín, se retiró, como dejamos referido, del tribunal en una casa de Pizzo-Falcone, donde, no encontrándose ya seguro, trató de salir para buscar en la playa de Santa Lucía una barca que lo condujera a Sorrento, donde estaba su familia. Metióse en una silla de manos, con las cortinillas echadas, y por mayor precaución se cubrió el rostro con un pañuelo. Pero de poco le valió: al llegar a Santa Lucía fue reconocido y detenido por un pelotón de pueblo, que lo quiso matar. Ayudado de algunos amigos y valedores y del favor de Onofre Caffiero, influyentísimo en aquel barrio, logró hallar asilo en una casa, adonde pronto vino a buscarle una turba de asesinos. Noticioso de ello el virrey, mandó salir algunos soldados de palacio, que nada consiguieron, pues se apoderó, al cabo, el feroz populacho del desventurado presidente, y dilatándole una terrible agonía entre los más groseros insultos y los más dolorosos golpes, le cortaron la cabeza en el Mercado, arrastrando y mutilando el cuerpo, que, abandonado luego bajo el puente de la Magdalena, sirvió de pasto a los perros y a las aves de rapiña123.
Después de tantas consultas y dilaciones, manifestó, por fin, el duque de Arcos a los diputados del pueblo que no podía convenir con el artículo en que se pedía la entrega del castillo de San Telmo, por las razones expuestas cuando otra vez se hizo la misma petición, ni acceder al otro en que se pretendía desalojar a los españoles de la guardia del palacio, porque sería esto un desaire para las tropas del rey. Salieron de Castelnovo los diputados con esta repulsa, que, divulgada por el populacho, le hizo prorrumpir en furibundos alaridos de guerra y correr a las armas, dando la tregua por terminada. Pero el activo cardenal arzobispo, los hombres que deseaban la paz y los jefes populares que se avenían a la razón, y que estaban verdaderamente subordinados al general Toraldo, calmaron aquella efervescencia y se reunieron de nuevo en San Agustín. La idea de si el apoderarse del castillo de San Telmo era o no acto de rebelión se discutió muy detenidamente.
Y se hizo una consulta de letrados para dilucidarla, opinando éstos que sí, como igualmente que el virrey no tenía dominio sobre los castellanos, porque la autoridad de éstos procede directamente de la corona, con lo que casi todos los concurrentes se pusieron de acuerdo. Pero como no faltaban en la Junta algunos díscolos, interesados en que continuara el desorden, y empujados tal vez por los agentes extranjeros, no se convinieron con la decisión, persistiendo, furiosos, en que se rompiese la negociación y se obtuviese por la vía de las armas lo que se deseaba. Acaloróse el altercado entre unos y otros, ayudado de la gritería de la turba, que hervía en las calles circunvecinas. Cuando uno de los presentes, que era letrado, clamó en alta voz: «Señores, ¿queremos o no ser vasallos del rey de España? Si lo queremos, mostrémoslo con las obras y hagamos una honrosa sumisión; si no, rompamos el juramento de fidelidad y aventurémoslo todo en una guerra de rebeldes.»
Pasmó a todos los reunidos la cuestión planteada en términos tan explícitos, y Mateo Jovele, mercader de sedas, levantándose y dominando la asamblea toda con una voz de trueno, contestó: «Sí, señor; queremos ser vasallos del rey de España; pero queremos ser bien gobernados.» Aplaudieron todos la respuesta, y aprovechando el momento, Desio, el teniente de Toraldo, dijo: «Pues si somos y queremos ser vasallos del rey de España, sometámonos al virrey, que lo representa, y aseguremos el buen gobierno con la capitulación, cumpliéndola todos de buena fe.» Convino la Junta, siguió la discusión tranquila y sosegada y se determinó en ella desistir de la exigencia de San Telmo y de la guardia del palacio y rogar al virrey de nuevo la aceptación de los otros artículos124.
Fueron a Castelnovo con noticias de lo ocurrido dos diputados: el hijo de Polito, que debía ser obispo, y el cleriguín Fatturosso, de quien ya hemos hecho mención en esta historia. Y Desio y Marchesse montaron a caballo y recorrieron la ciudad con pañuelos blancos en los bastones, gritando paz. Pero al llegar al puesto de Pizzo-Falcone, donde estaba la gente más alborotadora, fue tal el disgusto por tan grata nueva, que, apoderándose aquellos furiosos de Desio, porque tropezó su caballo y no pudo huir, como lo verificó Marchesse, llamándole traidor y engañador del fidelísimo pueblo, se dispusieron a ahorcarlo. Ya estaban preparados el confesor y el verdugo cuando llegaron oportunamente el príncipe de Celamare y el marqués de Oliveto, señores muy queridos en Nápoles, y los plebeyos Onofre, Rosmundo, Genovino Ottone y Pedro Cano y le salvaron la vida, gritando a los que lo iban a matar: «Que la paz estaba ya ajustada, y que si ellos querían otra cosa, se fuesen a sus casas, porque toda la ciudad estaba de acuerdo para que no hubiera más guerra.»
También la noticia de la paz llegó a San Telmo justamente en el momento en que, escamado del bullicio y movimiento general, se preparaba Galiano a poner en juego su artillería. El electo Arpaya fue el que le llevó la nueva, arbolando un ramo de olivo para que le dejasen penetrar los puestos y los rastrillos.
Mucho contentó al duque de Arcos el que el pueblo desistiera de su empeño de apoderarse de San Telmo. Y para asegurar tan favorable resolución exigió del príncipe Toraldo que se hiciera acto público, en que se extendiera en debida forma el desistimiento de aquella petición, con pena determinada para el que la reprodujese. El capitán general del pueblo, por complacer al virrey, convocó inmediatamente otra reunión en San Agustín, en donde se extendió el instrumento con las formalidades de estilo, firmado por el electo del pueblo, y condenando a la pena de los rebeldes al que volviese a hablar de apoderarse del castillo. Y publicóse en seguida a son de trompeta por toda la ciudad.
Pero, entre tanto, un pelotón de pueblo había concluido una trinchera en la calle de San Bartolomé contra la puerta principal de Castelnovo y otras obras importantes de ataque contra el palacio en la calle de Toledo y en la bajada de Pizzo-Falcone. Lamentóse amargamente de esto con los diputados el duque de Arcos, manifestándoles que, faltando así a la tregua, era imposible toda negociación, y que cuando era él el primero en solicitar la paz, hostilizar con tanto descaro el castillo manifestaba poquísimo deseo de avenencia. Convencidos los diputados, salieron a hablar con los jefes de aquellos puestos para hacerles entrar en razón. Y como respondieran que hacían aquellos preparativos porque los españoles no cesaban de hacer los suyos y que aquella misma noche habían hecho reparos y cortaduras en el jardín de palacio y aumentado su guarnición, dispuso el virrey, para que se desengañaran de que era falso cuanto decían, que entraran dos de ellos a reconocer el puesto. Hiciéronlo así, y viendo que todo estaba como ocho días antes, se sosegaron. Toraldo, de acuerdo con el virrey, aprovechó la coyuntura y logró persuadir a todos que, pues se iba a firmar la paz y que los españoles, seguros de ella, no aumentaban sus reparos, eran ya inútiles aquellas obras; que las zanjas, espaldones y empalizadas tenían la ciudad intransitable, con grave perjuicio del vecindario, y que lo mejor era destruirlos y allanarlos. Mucho dolía al pueblo el hacerlo así; pero viendo que los españoles empezaron a derribar sus obras de defensa, que, sin duda, cuidarían de hacerlo con las que eran inútiles o de pronta reparación, y persuadidos de que era preciso dejar expeditas las calles para las fiestas con que debla celebrarse la paz, destruyó en un momento la obra de tantos días, desconociendo, incauto, toda su importancia.
También consiguió el virrey, por medio de Toraldo, del electo Arpaya, que viendo el giro que tomaban ya los negocios, trató de ponerse en buen lugar, y de muchos de los capitanes del pueblo, que deseaban la paz de buena fe, el que se desistiera del capítulo en que se pedía que el general y jefes de la armada y de las galeras fuesen napolitanos, pues no sólo renunció la reunión de San Agustín a esta exigencia, sino que estableció pena de la vida para el que de nuevo la provocase, y para todo aquel que opusiera obstáculos a la completa paz, que con tanto anhelo se deseaba. Y el mismo Arpaya mandó, pocas horas después, arcabucear en la Vicaría a un hombre del pueblo que había perorado acaloradamente en un corrillo en favor de la guerra.
Pero, aun conseguidas tantas ventajas, el perplejo duque dilató algunos días la conclusión de la avenencia, esperando tal vez los socorros que por todos los conductos imaginables había pedido a Madrid, y que ya, ciertamente, tardaban. La dilación en terminar un negocio con tanta facilidad allanado en ventaja del Gobierno no dejó de producir graves inconvenientes. Pues conservó la ciudad en un estado anómalo, en que, si bien no se tiró un tiro de una ni de otra parte, ni se hizo obra ninguna de ataque y defensa, la mutua desconfianza tenía siempre las armas en la mano; y el pueblo, poco disciplinado, hallándose mal, ocioso y armado, se dio a saquear e incendiar los palacios y efectos de los nobles y de los pudientes que estaban o en las provincias o refugiados aún en Castelnovo. El general don Francisco Toraldo trataba en vano de impedir estos desórdenes y de atajar las venganzas particulares; pero su autoridad era tan escasa, como lo es siempre la que tiene por origen la elección de un pueblo amotinado. Por fortuna, no se pensó más en el prior de la Roccella ni en los otros caballeros custodiados en su casa, y de que era carcelera su hermosísima y gallarda mujer, pues se retiraron a donde quisieron en plena libertad, y aun entre los aplausos de los mismos que pocos días antes querían beber su sangre. Así pasan los odios populares, tan terribles en el primer momento.
Las provincias del reino, siguiendo los movimientos de la capital, habían sido teatro de grandes desórdenes, y nuevas revueltas y nuevos asesinatos tenían la tierra toda en combustión. Y las noticias de tan tristes acontecimientos aumentaban la inquietud de la ciudad, que iba escaseando de víveres, y cada día se veía más aislado el Gobierno legítimo y con más obstáculos que superar para su completo restablecimiento.
El día 5 de septiembre se adhirió, por fin, el virrey a la nueva capitulación. Y puestos todos de acuerdo, con gran satisfacción de la mayoría de los habitantes de Nápoles, que deseaban el término de tantas angustias, se dispuso su solemne publicación y juramento en la catedral.
Empezaron los preparativos necesarios para dar el correspondiente aparato a aquella solemnidad. Pero recibió el virrey varios avisos de que los díscolos y bulliciosos, bien que en pequeño número, audaces sobre manera, acalorados por emisarios extranjeros, conspiraban secretamente para llevar a cabo el plan frustrado el día de la Virgen de Agosto. Y muchos clérigos y religiosos le dijeron con gran reserva que sabían por el confesonario que se tramaba contra su vida: noticias todas que lo dejaron confuso y sin saber qué partido tomar. Consultólo con varias personas, que creyendo de muy mal efecto el que manifestara desconfianza y que también podían ser exagerados los avisos, fueron de parecer de que debía ir el duque a la catedral, tomando de antemano todas las precauciones que aconsejaba la prudencia. Pero el bizarro Vargas Machuca, gobernador de Castelnovo, dijo con calor que su opinión era que de ningún modo debía la suprema autoridad ponerse en manos de los facinerosos; que nada importaba que la generalidad del pueblo estuviese de buena fe si una docena de revoltosos podían a su gusto inflamarla y empujarla a los más horrendos atentados, y que una vez apoderados del virrey, cuya persona representaba la del soberano, era de temer un desacato a la majestad real y que el motín tomase descaradamente el carácter de rebelión. Las palabras de este pundonoroso, entendido y experimentado militar hicieron el debido efecto, y desistió el duque, en lo que no hizo un gran sacrificio, de salir de su guarida para asistir a la ceremonia125.
Resuelto así, envió el virrey a llamar a los jefes populares de su devoción, y les habló del modo más conveniente para que estuvieran alerta y a punto las masas populares de que disponían. Y luego llamó a los otros menos deseosos de paz y del restablecimiento de la tranquilidad, y con palabras magníficas, halagándolos primero, acabó por manifestarles que, habiéndose introducido entre el pueblo muchos facinerosos y algunos emisarios de los enemigos del rey, capaces, para imposibilitar todo ajuste, de arrojarse a cualquier crimen que mancharía la reputación del pueblo napolitano y desvirtuarla la justa causa de sus esfuerzos, había resuelto, para evitar todo compromiso, jurar la capitulación en la capilla del castillo, siendo para la validez del acto enteramente diferente que la ceremonia se verificase en uno u otro santuario. Si estas palabras del virrey desconcertaron a alguno de los ocurrentes, cuidó de disimularlo. La mayoría las creyó sinceras, y muchos muy fundadas; y como fueron repetidas a las turbas, no hicieron el mal efecto que era de presumir.
El día 6, por la tarde, sin haber de antemano manifestado tal intento, salió el virrey imprevistamente a caballo, rodeado de oficiales de guerra, y paseó algunas Calles de la ciudad, con precaución, sí, pero sin temor, seguro de que, ignorándose que iba a dar aquel paseo, no podía estar urdida trama alguna contra su persona. Esta aparente muestra de confianza acabó de asegurar los ánimos de los que deseaban la paz y no tomaban parte en las secretas conspiraciones. Por lo que no dejó de oír algunos «vivas» y aplausos el duque antes de regresar al castillo, como lo verificó al anochecer.
Al día siguiente, por la mañana, concurrieron a Castelnovo, a caballo y en solemne procesión, el electo Arpaya, el capitán general don Francisco Toraldo, muy mortificado de la gota; los maestres de campo, los jefes populares Desio, Polito y Marchesse, y detrás de todos, en una carroza de gala con lucido séquito, el cardenal Filomarino, seguido de numeroso pueblo.
Dejaron todos los caballos para poder pasar el puente levadizo, y las armas, para atravesar los rastrillos, cosa que mortificó muchísimo a los populares, y más aún al ver toda la guarnición formada, grandes retenes en las plazas de armas y preparadas y a punto las baterías.
En la capilla de Santa Bárbara, ocupando cada cual su puesto correspondiente, y dejando entrar alguna gente del pueblo, se leyeron los cincuenta y ocho artículos de la nueva capitulación adicional, y se juró en debida forma por unos y otros su cumplimiento. Terminado este importante acto, se cantó un solemne tedéum. Y en seguida tomó la palabra el virrey, y arengó con destreza y sagacidad a los concurrentes, elogiando al pueblo; pero condoliéndose de los excesos inevitables que habían tenido entrada en aquellos días de confusión. Insistió en que el alzamiento había sido razonable y promovido con motivos muy justos; pero afeó el que la primera capitulación hubiese sido infringida; trató de inculcar la idea de que emisarios extranjeros de los enemigos del rey eran los que agriaban los ánimos y abusaban del candor de los napolitanos, y concluyó manifestando el estado de penuria en que se hallaba el Tesoro y la necesidad de que la ciudad hiciera un nuevo generoso esfuerzo y un extraordinario servicio no ya al rey, sino a sí misma.
Pues no se trataba, en realidad, de enviar socorros a España, sino de procurarlos a los mismos habitantes de Nápoles, donde las circunstancias habían aumentado tanto la miseria, que faltaba subsistencia para todos y no se podía atender a la manutención de las tropas y a las necesidades urgentísimas de la Marina. A esta arenga, que fue muy bien escuchada y recibida, contestó el teniente Desio, poniéndose en pie y proponiendo con desenfado que, en virtud de que estaban completamente abolidas las gabelas para no aparecer más y siendo indispensable atender a los gastos del servicio público, se diese a su majestad una voluntaria contribución de quince carlinos (22 reales de vellón) por cada hogar. La aprobación fue unánime. Los vivas asordaron el aire y se creyó terminada de veras la sublevación126.
Publicado solemnemente el juramento de las nuevas capitulaciones, quedó por algunos días en reposo la ciudad de Nápoles, pero no en completa tranquilidad. El poder de la-autoridad legítima no se restableció cual se esperaba, y para lo que no le faltaban apoyos; y el pueblo, armado y obediente siempre a los jefes de la sublevación, estaba pronto a volver a la pugna y a renovar los desórdenes, con pretexto o sin él, según se les antojase a los que de hecho lo gobernaban. La mayoría de los habitantes de la ciudad deseaba ardientemente que no se interrumpiera el sosiego, conociendo que éste es el primer bien, la necesidad primera de la sociedad. Pero la minoría, que nada tenía que perder y sí mucho que ganar en el desorden, quería nuevo movimiento. Y, como acontece que siempre dominan todas las situaciones los pocos que se mueven, y no los muchos que se están quietos, pronto empezaron otra vez a conmoverse los ánimos y a presentarse síntomas de alarma y presagios de nuevos desconciertos. Aparecieron en las esquinas pasquines y carteles acusando a los españoles y a los nobles de planes de reacción y de venganza. Y corrieron por los corrillos de la gente baldía, que nunca falta en los puestos públicos de las grandes capitales, noticias alarmadoras y especies absurdas, pero de seguro efecto. Por lo que el electo del pueblo publicó el 11 de septiembre un bando, con pena capital para los autores de pasquines y para los noveleros, ofreciendo dos mil ducados de gratificación a los que los delatasen. Confirmó el virrey esta disposición, y mandó, además, sabiendo que la ciudad hervía en emisarios extranjeros, que en el término de tres días saliesen de ella los franceses, piamonteses, saboyanos y sicilianos que no contaran dos años de domicilio. Revalidó los privilegios de los tejedores de seda, con lo que disgustó grandemente a los mercaderes, renovándose el litigio entre unos y otros. Arregló el precio de los víveres, y trató, esperando ya de un momento a otro la Armada española, de abastecer de vituallas y municiones los castillos y de recomponer y aumentar con disimulo los reparos y obras defensa. Y como cayeran en sus manos varias cartas en cifra de algunos jefes populares al marqués de Fontenay, embajador de Francia en Roma, pintándole el momento favorable para, con poca fuerza, apoderarse del reino, renovó la vigilancia y el cuidado, temiendo a cada instante verse atacado por los franceses.
El día 12 recibió aviso el virrey, por una falúa que llegó en pocas horas de Cerdeña, de estar allí detenida por los contrarios vientos la Armada española, al mando del hijo natural del rey. Y esta circunstancia desagradó mucho al duque y le aguó el contento de ver tan próximo el suspirado socorro. Tratóse en su Consejo íntimo de mantener secreta la noticia; pero el día 18 empezó a transpirar y a producir diferentes efectos por la población. La mayoría de ella celebró la venida de aquellas fuerzas, que debían restablecer un orden duradero en el país; pero los alborotadores de profesión y los jefes populares que no querían volver a las tareas de su condición privada y que se saboreaban con el mando compelieron al general Toraldo a avistarse con el duque y a proponerle que mandara detener aquellas fuerzas navales en Gaeta para evitar mayores daños. Excusóse el virrey con decir que, viniendo directamente de España y a las órdenes de un príncipe real, no podía darles orden alguna. Respuesta que dejó muy poco satisfecho al populacho conmovido, pues empezó descaradamente a aprestarse a la resistencia, proveyendo largamente de armas, víveres y municiones la torre de San Lorenzo, el torreón del Carmen y otros puntos fortificados.
Dispuso el duque de Arcos, ya con más ánimo, fundado en las esperanzas de inmediato socorro, que se fortificasen unos edificios que estaban entre Castelnovo y el arsenal, y que en los pasados días había ocupado el pueblo, interrumpiendo la comunicación de aquellos puntos importantes. Empezóse la obra el 22 de septiembre, y alarmado el populacho, manifestó desde luego su disgusto. Iban creciendo los grupos de descontentos y empezando a manifestarse clara alteración cuando la noticia de haber sido preso Pione, el compañero de Masanielo, y jefe de una de las bandas de muchachos que, como dejamos dicho, dieron principio a la sublevación, y uno de los que mayores atrocidades habían cometido durante ella, vino a dar un pretexto plausible para el ya preparado rompimiento. Montaron en cólera las desharrapadas turbas y quisieron matar a uno de los jefes populares, llamado Milone, ya mal visto por partidario de la paz y que había tenido en su casa a aquel revoltoso y atrevido mancebo. Fueron, pues, a asaltar su vivienda, jurando matarlo, y matar en seguida al virrey y a todos los españoles127.
El rumor del motín y la noticia de su objeto llegaron a un mismo tiempo al duque de Arcos, que recurrió al electo del pueblo para que tratara de conjurar la tempestad, que acaso en aquella ocasión hubiera podido un cañonazo ahuyentar para siempre. Acudió también a Desio, que, en unión con Arpaya, calmó el alboroto. Pero ¿cómo?... Mandando, con beneplácito del virrey, suspender inmediatamente los obras de fortificación comenzadas y presentando en la plaza y en plena libertad al preso, con una reverente excusa de la autoridad suprema, asegurando a la pillería que la prisión de Pione se había hecho sin su conocimiento y haciendo castigar a los que la habían verificado. Con tan enérgicas y dignas disposiciones quedó el motín contento y servido, y se deshizo la alterada reunión de aquellos pocos alborotadores. ¡Y tenía el virrey a pocas millas una Armada mandada por un príncipe español, y tenía tropas leales indignadas de tanta condescendencia, y tenía de su parte la mayoría de una ciudad fatigada de desórdenes y de confusión!
Al siguiente día volvió a alterarse, con disgusto de todos, la pública tranquilidad, por dos capuchinos que predicando, como solían, en la plaza del Mercado conmovieron el populacho. Pero como el movimiento no encontró eco en otros barrios, se deshizo pronto por sí mismo. Y los predicadores, y nuevamente el mancebo Pione, y un cuñado de Masanielo fueron aquella noche arrestados y conducidos con sigilo a Castelnovo, de donde no volvieron a salir128.
En todos estos alborotos tomaba parte, más o menos, según se lo aconsejaba su sagacidad, José Palumbo, que nunca quiso figurar en primer término, contentándose con el mando de un barrio y con ejercer una secundaria influencia. El que desde la muerte de Masanielo ambicionaba ardientemente sucederle, y ser cabeza suprema de la sublevación, era el maestro arcabucero Jenaro Annese. Pero, aun, que contaba con muchos partidarios, no había podido conseguirlo, y se sujetó de malísima gana al general Toraldo y a su teniente Desio, conservando, empero, con casi absoluto dominio, el mando del torreón del Carmen, ciudadela del populacho, y el gobierno del barrio de Lavinaro, foco permanente de alborotos. Este hombre, aunque cobarde audacísimo, era el que con más calor se oponía a todo avenimiento, sembrando las noticias más alarmadoras y las especies más a propósito para desacreditar a Toraldo, a Desio y a los jefes populares que propendían a la paz y al orden. Y espiando continuamente las ocasiones de alborotar, la encontró muy oportuna el día 30 de septiembre.
Habíase ya negado a dejar trasladar la exorbitante cantidad de pólvora (que, con peligro del fuerte y de los barrios circunvecinos, estaba depositada en el torreón del Carmen), a los almacenes y castillos. Y como aquella mañana, por disposición del capitán general del pueblo y del electo Arpaya, se condujese una gran cantidad de ella a San Telmo, Annese levantó el barrio de Lavinaro, y con la gente más perdida de él atacó la recua que conducía la pólvora, y, dispersando la escolta, se la trajo a su torreón. La noticia de este atentado, que conmovió algún tanto la ciudad, llegó al convento de San Agustín, donde Toraldo, su teniente Desio, el electo Arpaya y otros jefes populares estaban en conferencia. Y Desio, con el rostro encendido y ademán violento, dijo a Toraldo: «¿A qué juego jugamos?... ¿De qué sirve que los hombres de bien estemos aquí trabajando para asegurar la paz si otros la rompen y atropellan con tanto descaro? Tales atentados merecen pronto escarmiento.» Don Francisco Toraldo, conociendo lo nulo de su posición, se encogió de hombros, y respondió: «El señor electo, que tiene más autoridad que yo, puede tomar las disposiciones que juzgue más oportunas.» Con lo que Arpaya, enardecido y sin reflexionar lo que decía, ni delante de quién hablaba, se levantó, exclamando: «Hagamos matar a ese tunante. Yo, por mí, daré doscientos ducados al que nos haga tal servicio.» Y salió apresurado y resuelto, como para evitar las consecuencias que podía tener aquel grave incidente.
En el mismo momento llegó por distinto lado a San Agustín Jenaro Annese, y al verlo Panarella, jefe del barrio de la Congeria, animado por las palabras del electo y por el espíritu que reinaba en la Junta, se arrojó a él con un puñal enarbolado. Interpusiéronse algunos frailes, que evitaron el golpe, y fue tal el susto de Annese, que, buyendo despavorido, se ocultó en el coro, detrás del órgano, y a poco rato, saliendo por un postigo secreto, se fue al barrio del Lavinaro a pedir cumplida venganza. Corrió pronto la noticia de este suceso, y conociendo el electo que podía encontrar graves peligros en la plaza del Mercado, adonde se encaminaba, mudó de rumbo y se fue al barrio de Santa Lucía, que estaba a su devoción. Panarella, despechado de no haber asegurado el golpe, fue en su busca y le ofreció poner inmediatamente sobre las armas todo el distrito de la Congeria y atacar al del Lavinaro, como hospedaje y asilo de la pillería que alteraba continuamente el reposo de la ciudad y que imposibilitaba toda medida de orden. Desio, que estaba presente, lo aprobó, y marchó a levantar también con el mismo objeto los barrios altos.
Tocóse alarma, resonaron las campanas a rebato, conmovióse la capital toda y se puso en defensa el Lavinaro, con Annese a la cabeza, ayudado de los barrios del Carmen y de la Marina, que hicieron causa común; mientras que el de la Congeria, con su jefe, Panarella, y seguido del de las Vírgenes, San Juan y Puerta Capana, se preparaban al ataque con resolución. Prontos, pues, estaban a combatir y a destruirse entre sí los sublevados, dividida en bandos la ciudad, y decidido el que capitaneaban Panarella y Desio, que era el más granado y numeroso, a pasar a cuchillo a la pillería y a destruir con fuego los barrios en que habitaba. Reinando tan ciego furor y tan enardecido encono entre ambas facciones, como si no fueran las mismas que pocos días antes formaban un solo cuerpo, peleando por la misma causa y perpetrando crímenes tan horrendos.
Sabedor el duque de Arcos de lo que ocurría en la ciudad, creyó, gozoso, llegado el momento de su seguro triunfo. Y para caer oportunamente sobre el pueblo así dividido, asegurando una completa venganza, mandó poner a punto la artillería de los castillos y preparar las guarniciones para hacer una repentina salida en la ocasión conveniente. Los barrios de la ciudad que no quisieron tomar parte en aquella lucha fratricida permanecieron tranquilos, aunque aprestando las armas para defensa propia y para declararse a tiempo por el partido vencedor.
Iba la ciudad a inundarse de sangre. Ambas fracciones del pueblo napolitano marchaban ya a embestirse para empezar una lucha de exterminio cuando el príncipe de Massa, don Francisco Toraldo, guiado por los impulsos de su corazón benéfico y generoso, y sin más objeto que el de impedir los desastres del momento, corrió a probar fortuna y a meterse entre los opuestos y encarnizados bandos para exhortarlos a la paz. Llegó a caballo al sitio en que casi comenzaba la pelea, y tuvo tan buena suerte, habló con tanta oportunidad y se sirvió de tan buenos ayudadores, que logró muy pronto ser escuchado y consiguió en pocos minutos conjurar y deshacer completamente aquella borrasca. Y llamando ante sí a Annese y a Panarella, los obligó a hacer las paces, abrazándose en presencia de todos, y a que mandaran retirarse en sosiego y dejar las armas a las encontradas turbas que capitaneaban.
Desconcertó al virrey este imprevisto desenlace de aquel drama, que tan sangriento y espantoso había aparecido. Y él y otros muchos hombres de Estado juzgaron que Toraldo había cometido una gravísima falta, ora mirase por los intereses de lo corona a quien decía servir, ora por los del pueblo sublevado a cuya cabeza e hallaba. Pues vencida la gentuza alborotadora del Lavinaro, como lo iba a ser sin remedio, se hubieran evitado los desórdenes y matanzas que sobrevinieron; y la ciudad de Nápoles, libre de la levadura de discordias y sin continuar en aquel estado horrendo de anarquía, hubiera conseguido el objeto de quedar desahogada de impuestos arbitrarios y regida de la manera más conveniente a sus verdaderos intereses. Y el mismo Toraldo, obrando por el instinto de hombre de bien, empeoró muchísimo su difícil posición, pues se atrajo el odio de los españoles y de los napolitanos que deseaban acabar con los motines, sin ganar ni el afecto ni la confianza de los alborotadores.
Al día siguiente, 1 de octubre de 1647, avisó al amanecer el castillo de San Telmo que una gruesa Armada se descubría en el horizonte. No faltó quien temiese y quien esperase que fuera de franceses, y aun el mismo virrey estuvo dudoso. Pero muy pronto la bandera real enarbolada en el vigía aseguró a todos que era española la que ya entraba en el golfo de Nápoles, con viento favorable y con mar bonancible. Cundió rápidamente la nueva por la ciudad, causando efectos diversos y despertando temores y esperanzas.
Cubriéronse de curioso gentío las playas, marinas, muelles y azoteas para ver llegar aquellos bajeles, cuyo arribo debía producir tan importantes resultados. Una salva general de todos los castillos Y fuertes, incluso del torreón del Carmen, saludó la insignia real, que tremolaba en la alta popa de la capitana. Y a media tarde fondearon majestuosamente enfrente de la Marinela, bajo el cañón de Castelnovo, veintidós hermosas galeras, doce gruesas naves y otros catorce barcos menores.
Don Juan de Austria, hijo natural de Felipe IV, joven de dieciocho años de edad, de gallarda presencia, benigno carácter y capacidad precoz, era el general de aquellas fuerzas. Traía por director y consejero (bien que se había quedado atrás por los malos tiempos y para recoger algunos bajeles que venían de Génova) al valiente caballero y experimentado marino don Carlos Doria, duque de Tursi, nieto del célebre Andrea y padre de Gianetino, que mandaba las galeras napolitanas. Venían, además, con su alteza el duque de Gandía y el barón de Batteville, como consejeros, y un tal Gaspar Leguía, como secretario129.
La llegada de tan gran príncipe causó un momentáneo movimiento de alegre entusiasmo en el pueblo de Nápoles, «sublevado» hasta entonces, pero no «rebelde». Mas pronto se calmó para dar lugar a otros menos favorables, que cuidaron de mantener y de acalorar los hombres desconfiados y recelosos y los interesados en llevar las cosas más adelante. Pues, aunque temían que aquellas fuerzas, al parecer formidables, con que contaban ya los españoles pudiesen dificultar sus planes, esperaban mucho de los franceses, con quienes tenían muy adelantadas sus negociaciones.
El duque de Arcos, aunque no muy contento de encontrarse con un personaje superior suyo en clase y en autoridad, cuando esperaba sólo medios de ejercer sin límites la suya de virrey, disimuló sagazmente su disgusto, y trató de apoderarse del ánimo del joven príncipe, para dominarlo, tener en él un escudo y servirse de las fuerzas que traía para restablecer su dominio y desquitarse con usura de las humillaciones a que lo habían conducido su imprevisión, primero, y luego, su debilidad. Envió a felicitarlo del deseado arribo a su yerno, el marqués de Lombay, y poco después al visitador general del reino, bien adiestrado en las ideas que sagazmente debía sembrar en el recién llegado acerca del estado del país y de las medidas de rigor que reclamaba. No hicieron gran mella en el ánimo de don Juan de Austria estas insinuaciones, pues comparaba las fuerzas populares y el cuerpo que tenía la sublevación, de la que había adquirido poco favorables noticias, con las fuerzas que traía a bordo, y que no pasaban de tres mil quinientos infantes, formando cuatro tercios, tres de españoles y uno de napolitanos. Y seguimos en esta enumeración al contemporáneo De Santis y al maestro de Campo Capecelatro, aunque autores posteriores, que han querido, acaso, aumentar la gloria de los triunfos del pueblo rebelde, acrecentando el número de las tropas que lo combatían, afirman que pasaban de seis mil hombres los que trajo la Armada. Número siempre escaso paria competir con más de cincuenta mil, no ya tímidos paisanos, sino guerreros avezados a las armas, mandados con inteligencia y sostenidos por circunstancias de mucha gravedad y por el estado del reino todo.
Al anochecer fue el virrey en persona a visitar al príncipe, y cuidó de llevar adelante su plan y de dar más extensión a las pláticas ya entabladas por su confidente el visitador. Habló a don Juan frío y discursivo, y muy dudoso en el partido que debía adoptar. Pero le contó los hechos a su manera, y le pintó las circunstancias tan favorables, asegurando que todos los barones del reino y más de veinte mil paisanos bien organizados y dispuestos en la ciudad le darían inmediatamente apoyo, que el joven príncipe y sus sesudos consejeros quedaron casi convencidos de las razones del duque, decidiendo, sin embargo, que se obrara con mucho pulso, y que, antes de apelar a la fuerza, se apurasen los medios de prudencia y de conciliación130.
Al día siguiente reunió el virrey en Castelnovo a don Francisco Toraldo, capitán general del pueblo; a su teniente Desio, a los electos y diputados de los sediles, al del pueblo y a los jefes de los barrios, con otros ciudadanos de los más influyentes. Y les manifestó que la Escuadra española destinada a cruzar en el Mediterráneo, para proteger y defender las costas y perseguir a los piratas berberiscos, había llegado por casualidad al Puerto de Nápoles, sin más objeto que el de refrescar víveres y reparar las averías causadas por el último temporal de equinoccio, y de modo alguno para hostilizar a los napolitanos, de cuya lealtad y obediencia estaba tan seguro el rey. Pero que viniendo de almirante de aquella Escuadra un príncipe tan excelso, un hijo querido del soberano, y que miraba como hermanos a todos los súbditos de su padre, razón era obsequiarlo y servirlo como merecía, abastecer largamente sus bajeles y separar de sus ojos todo resto de los pasados disturbios. Que debía, pues, convidársele a honrar con su presencia la ciudad el tiempo que necesitara para reponerse, y que para que su venida a tierra fuera un nuevo vínculo de paz y de concordia, debía el pueblo deponer las armas, y si aún tenía mercedes que pedir o reclamaciones que demandar, hacerlo con toda confianza a tan excelso y benigno huésped, sin darse el aire de exigirlas, porque no sería decoroso ni para la autoridad de tal personaje, ni menos para la reputación de fiel y de leal de que gozaba la ciudad de Nápoles.
El discurso del virrey, bien que muy estudiado, y sin la menor expresión que pudiese inspirar desconfianza o herir la susceptibilidad de los sublevados, hizo muy mal efecto en la asamblea, por más que Toraldo y los otros partidarios de los españoles trabajaron con el rostro y los ademanes para evitarlo. Y uno de los circunstantes, poniéndose en pie, entre el murmullo general de descontento, manifestó, con el rostro encendido y la voz alterada, que el pueblo no creía tan casual e inocente la llegada de la Escuadra, ni tan bien dispuesto a su comandante. Que veía su perdición en el momento de dejar las armas, como se le pedía. Y que asunto tan grave y trascendental no podía tratarse tan a la ligera, y que era preciso discutirlo y resolverlo en una asamblea general. Con esto se disolvió aquella reunión, quedando todos sospechosos y desabridos.
En seguida se convocó otra mucho más numerosa en el convento de San Agustín, a que concurrieron todos los jefes populares y muchos habitantes de la ciudad de todos colores, y púsose sin preámbulo a discusión si debla o no dejar las armas el pueblo para recibir en la ciudad al señor don Juan de Austria. Acaloradísimo fue el debate; hablóse largamente en pro y en contra. Las personas de responsabilidad, lastimadas de los pasados desórdenes, secundaron los deseos del virrey y de Toraldo. Las que miraban más adelante, y debían a la sublevación su importancia y engrandecimiento, se opusieron con sentidísimas razones, manifestando que sería el soltar las armas entregarse a discreción de enemigos poderosos y enconados; y abastecer la Armada, robustecerlas fuerzas que los habían de destruir.
Pero prevaleciendo estas opiniones en la numerosa asamblea, se decidió, después de largos discursos, que el pueblo se conservase armado, y que se enviaran diputados a cumplimentar y a regalar a su alteza «como deber de cortesía», manifestándole las quejas y recelos que obligaban a los napolitanos a no deponer las armas a sus pies.
No contentó a don Francisco Toraldo semejante resolución, y, animado con el recuerdo del buen éxito que tuvieron dos días antes su presencia y sus palabras con las masas populares, montó a caballo, y antes que se divulgara fue a recorrer los barrios bajos, para ver si podía sorprenderlos y hacerles consentir en la deposición de las armas. Empezó a trabajar con buenos auspicios a fuerza de arte y de buenas razones. Y ya dirigía la palabra a una masa considerable de pueblo que rodeaba su caballo, y que le oía con deferencia, cuando le ocurrió en mal hora servirse inoportunamente de un argumento ad terrorem, diciendo que era ya preciso avenirse a un pacífico acomodo, porque si no, la Armada, que era la más poderosa del mundo, podría muy fácilmente, con una sola descarga de su artillería, destruir la ciudad. Esta fanfarronada produjo grandes carcajadas, y tras de ellas tal repentino furor en la turba, que faltó muy poco para costarle caro al capitán general del pueblo.
También el virrey, por otra parte, mientras, valiéndose de la autoridad y astucia del consejero Miraballo, negociaba con los barones y grandes señores que se reuniesen y armasen, quiso probar la mano, y envió emisarios por todos los barrios de la ciudad a predicar el desarme, revalidando las juradas capitulaciones, ofreciendo nuevas mercedes y asegurando que pondría tan estrechos a los nobles, que nada tuviese que temer de ellos el pueblo. Pero tales mensajes hicieron corto efecto, y se llevó a cabo lo resuelto en San Agustín131.
Al día siguiente, 3 de octubre, fueron a bordo los diputados del pueblo para cumplimentar y regalar al joven príncipe. Recibiólos éste con grandes muestras de amor y de consideración, admitiendo con cordialidad los refrescos abundantes y exquisitos que le presentaron. Manifestáronle humildemente el lastimoso estado de la ciudad, que haba tenido que apelar a las armas para libertarse de la total ruina a que la arrastraban, como al reino todo, los malos y codiciosos ministros, los insolentes y corrompidos nobles. Que, por tanto, no extrañara hallarlos con las armas en la mano para defenderse de tales domésticos enemigos, pero de ningún modo para deservicio de su majestad.
Eludió don Juan sagazmente la cuestión, contestando con palabras generales, y despidió a los diputados, contentos y satisfechos de la gallarda presencia y noble discreción de tan excelso príncipe. Pero mientras esto pasaba en la nave real, en ella y en las demás de la Escuadra se derramaron varias personas del pueblo, so pretexto de vender chucherías, frutas, pan fresco y otros regalos, y examinaron cuidadosamente el estado de los bajeles, sus provisiones y aprestos, y sobre todo el número de tropas que transportaban. Y vueltos a tierra, publicaron en los corrillos el mal estado de la Armada, la escasez de sus recursos y lo corto de las fuerzas que la tripulaban y guarnecían. Estas fidedignas noticias hicieron su efecto, y empezó a decirse en todas partes sin rebozo (como refieren De Santis y Capecelatro, contemporáneos) que la Armada era una vejiga llena de viento. Con lo que levantaron cabeza todos aquellos que al ver aparecer tales fuerzas habían desmayado, y, avergonzados de su infundado temor, volvieron más feroces y encarnizados a oponerse a todo acomodamiento.
Sin embargo, los españoles y todos los que tenían que lamentar alguna pérdida o insulto en los pasados desórdenes, ponderaban lo oportuno y decisivo del socorro y lo seguro de su resultado para obtener reparaciones y venganzas. Y nadie más que el virrey, corto de vista en todas ocasiones, participaba de estas ideas; y ufano más de lo que la prudencia dictaba, ensoberbecido más de lo que su situación permitía y creyéndose ya omnipotente, no volvió a pensar en el cardenal arzobispo, ni en lo mucho que hubiera valido su influencia, tantas veces puesta felizmente a prueba, en aquellas nuevas circunstancias. Pues sin contar para nada con él, y desdeñando sus relaciones, se dedicó exclusivamente a acalorar y organizar la nobleza en favor de sus planes de rompimiento y guerra, y a dominar el ánimo del príncipe, para que sirviese de ciego instrumento a su venganza.
Entre tanto, don Francisco Toraldo, Desio y otros cabos populares, que deseaban de buena fe el restablecimiento del orden y de la autoridad legítima y que, viendo más claro que el virrey, no querían llevar las cosas al último extremo, prosiguieron en la reunión de San Agustín las negociaciones. Y lograron, al cabo, el que se decidiese en ella que dejase el pueblo las armas depositadas en un almacén de la plaza de la Sellería, situada en el centro de la ciudad. Y que quedasen sólo seis mil hombres armados para defender las capitulaciones y asegurarse contra alguna intentona de los nobles, o algún rebato de los bandidos. Razonable y de muy buen acomodo parecía este partido, y el mismo Toraldo con otras personas de cuenta fue a bordo de la real a dar parte al señor don Juan de Austria de este acuerdo, que debía producir el más feliz resultado. Recibiólos el príncipe con benignidad y agasajo, y aunque no le disgustó el arreglo, como ya habían extraviado su buen juicio, no se atrevió a resolver. Y contestando en términos generales, sin aceptar ni rechazar la propuesta, los despidió honrándolos y acariciándolos con cordialidad. Y despachó en seguida a su secretario Leguía a avisar de todo al virrey.
Éste, no ya perplejo en sus decisiones y dócil a todas las exigencias, como lo era pocos días antes, sino resuelto, inexorable, decidió que no era de modo alguno aceptable la proposición de la Junta de San Agustín, porque seis mil hombres armados eran suficientes para ser dueños absolutos de Nápoles e imposibilitar toda autoridad. Mas o porque no podía menos el virrey de manifestar siempre indecisión, o porque quiso obrar con más apoyo, de, terminó tomar sin pérdida de tiempo consejo de personas sensatas para su definitiva resolución. Ciertamente no comprendemos cómo el que quería con la fuerza de la Armada poner en brida ciento cincuenta mil hombres aguerridos y ya en rebelión abierta, hallaba tanto peligro en sólo seis mil, y después de haber hecho el pueblo todo un acto positivo de sumisión.
Celebró, pues, el duque de Arcos al día siguiente, una consulta poco numerosa, y a la que cuidó de convocar las personas que habían de apoyar su pensamiento. Pero no pudo eximirse de Cornelio Espínola, el negociante genovés, que, como dejamos escrito, aconsejó tan a tiempo la abolición de la gabela sobre la fruta, origen de los acontecimientos que vamos narrando. Entablada la discusión, este hombre prudentísimo, que conoció la propensión de la asamblea a adoptar medios violentos, manifestó con moderación y gravedad que no los juzgaba convenientes, cuando se presentaban otros no despreciables. Que no era tan fácil como se suponía el sujetar a viva fuerza la sublevación armada y aguerrida. Que los medios con que se contaba no eran bastantes para tan ardua empresa, pues, aunque la artillería arrasase la ciudad, no se lograría más que arruinar casas y palacios. Y, en fin, que el saber acomodarse a las circunstancias y sacar partido del amor y del respeto que inspiraba la presencia del príncipe real podría tener más ventajoso resultado. El capitán de la guardia del virrey, que asistía a la junta, caballero español, joven y acalorado, impaciente con el discurso del sesudo anciano, lo atajó con viveza, diciendo que la presa no era tan difícil y costosa como pintaba el miedo, y que el humo de los cañonazos bastaba para acabar con la sublevación. Que se recordara lo que había sucedido en tiempo de don Pedro de Toledo, cuando el tumulto contra la Inquisición, y que bastaron entonces tres mil españoles para sujetar y escarmentar a Nápoles, revuelta. Repúsole Espínola, con acento tranquilo y modesta sonrisa, que aquéllos eran tiempos muy diferentes. Que entonces vivía y reinaba un Carlos V, de tanto prestigio en el mundo, que a su nombre sólo se postraba el Universo. Que entonces tenía la ciudad de Nápoles la cuarta parte de población que al presente, y sólo quince mil hombres sobre las armas, los que fueron vencidos no con tres mil, sino con diez mil españoles y cincuenta galeras. Y que, a pesar de todo, la Inquisición no se estableció132.
O hicieron impresión en el ánimo del duque de Arcos las razones de Espínola, o, aunque ya resuelto y decidido por la guerra, le asombró, como sucede a los caracteres débiles, su propia resolución, y aún luchaba con el estorbo de la habitual perplejidad pues disolvió la reunión sin que nada quedara decidido, y dispuso que se celebrase otra muy numerosa en San Agustín. En ella manifestó, por medio de sus comisionados, que el príncipe hijo del rey no podía ni debía venir a tierra hasta que los napolitanos todos depusieran las armas a sus pies. Gran tormenta levantó en la asamblea esta manifestación, que rechazaba completamente el medio conciliatorio propuesto al mismo príncipe, y entablóse una reñida y larga discusión. Los partidarios del virrey, apoyados por los que anhelaban reposo y tranquilidad a toda costa, juzgaron aceptable la condición, aunque con ciertas cortapisas; pero los que tenían intereses creados que sostener, o justos temores que considerar, levantaron el grito en contra, apoyados y sostenidos por los revoltosos y por el clamoreo de la turba popular, que circundaba el convento, pidiendo guerra y anhelando combatir. Dejó, como astuto, el teniente Desio desfogar la borrasca, y en un sagaz discurso, sin declararse partidario de unos ni de otros, y sin aceptar ni rechazar la proposición del virrey, manifestó que era insostenible el estado a que habían llegado las cosas; que no era decoroso tener al hijo del rey relegado en los bajeles; que el pueblo armado seguía cometiendo tropelías inauditas y faltando abiertamente a la capitulación; que la insubordinación de Jenaro Annese y de otros cabos populares, que continuaban almacenando pólvora en el torreón del Carmen y trabajando en las fortificaciones, no se podía tolerar, y que era necesario, para el bien común, dar fin a tantos desórdenes y avenirse a la razón. No pudo acabar su discurso, que no dejaba de ir causando buen efecto. Las voces de Palumbo, Panarella, Caffiero y otros, que no sólo con descompuestas palabras le interrumpieron, sino que le atacaron furiosos con dagas y puñales, le obligaron a ponerse en salvo para huir de una muerte cierta. Refugióse en la sacristía, y alejóse luego de San Agustín para ponerse a buen recaudo133.
Otra reunión se verificó al anochecer en palacio, presidida por el virrey, donde se mostró éste más conciliador y razonable de lo que solía; pero nada se resolvió en ella. Y en seguida, en un Consejo privado a que asistieron sólo el general don Vicente Tuttavilla, el visitador general del reino, el acalorado capitán de la guardia y los pocos jefes populares de entera confianza, se volvió a ventilar el negocio, y se decidió definitivamente apelar a la fuerza. El duque creyó así a cubierto su responsabilidad, y para más asegurarla hizo extender un acta prolija, firmada por cuantos estaban presentes. Verificóse así, aunque Tuttavilla, antes de firmar, expuso algunas juiciosas observaciones sobre lo poco que se debía fiar en las ofertas de los nobles, que contaban con escasos recursos, y que no tenían ya tanta influencia como se imaginaban, y sobre la poca fe que merecían las seguridades de los jefes populares, los que brindaban con la cooperación de una fuerza que, acaso, no encontrarían disponible ni decidida en el momento del conflicto. No se tomaron en cuenta estas reflexiones; firmó, pues, el documento, y al hacerlo aconsejó que antes de todo se asegurase la persona de Toraldo, porque iba a ser un obstáculo de mucha gravedad. Dijo el duque que Toraldo estaba ya escamado y sospechoso, y que sería difícil hacerse con él, porque no vendría ni al palacio ni al castillo aunque se le enviase a llamar. Replicó Tuttavilla que no se resistiría a ir a la nave real si el príncipe lo convocaba, y que podía arrestársele a bordo, debiéndose hacer lo mismo con el electo Arpaya, que, fingiéndose partidario del orden y celoso servidor del rey, era el que más acaloraba la sublevación y el que más imposibilitaba todo arreglo.
Determinado así, fueron a deshora a la capitana el virrey y el visitador general para obligar al príncipe a que llamase a Toraldo. hízolo; mas éste, o porque algún aviso secreto le advirtió del peligro, o porque temió desconfiar al pueblo, que lo observaba cuidadoso, yéndose a bordo a tales horas; o porque juzgó prudente evitar en aquellas difíciles circunstancias todo compromiso, no acudió al llamamiento. Entonces se trató decididamente de desembarco y de ataque, haciendo con pluma y papel mil soñados cálculos de las fuerzas populares que se unirían a las tropas, les guardarían las espaldas y asegurarían el triunfo. Con lo que don Juan, joven inexperto, y sus consejeros, no bien informados del estado de las cosas, accedieron completamente a los intentos del obcecado virrey. Decidióse, pues, que desembarcaran aquella misma noche con sigilo en el arsenal dos mil quinientos hombres; que el teniente Desio, aprovechando los momentos, avisase a los confidentes y partidarios y aprestase con recato las fuerzas populares que habían de ayudar a la operación, y que esperaran todos para obrar la señal que daría la torre del homenaje de Castelnovo, adonde se retiró el virrey antes de amanecer, llevándose consigo al secretario de su alteza.
No encontró Desio tan bien dispuestas como se creía las gentes con quienes se contaba. Y advirtió, además, que el pueblo, o bien por instinto o por haber barruntado lo que ocurría, pasó la noche toda muy vigilante, fortificándose con zanjas y reparos y acrecentando sin estrépito los repuestos de armas y de municiones. Estas noticias no agradaron mucho al virrey, y, despertando algún tanto su perplejidad, le obligaron a reunir nuevo Consejo. Mas ya estaban las cosas muy adelantadas para retroceder, y se decidió llevar a ejecución el proyectado y dispuesto ataque; pero que antes de romperse las hostilidades se atrajesen con cualquier pretexto a Castelnovo al electo Arpaya, a los dos hermanos Caffiero, a Salvador Barone, al secretario de Polito, a su sobrino Bautista, a su hijo fray Hilario, a Gregorio Accieto y a algunos otros de los que acaloraban al pueblo, y que eran más capaces de dirigirlo, y de tomar oportunas disposiciones de defensa. Enviáronseles astutos mensajeros, cayeron en el lazo y se presentaron casi todos en el castillo. Ya estaba instalado en él (pues no se perdía el tiempo) el Consejo de guerra que los debía juzgar; tomóseles declaración sin demora; confesaron, aterrados y sin apremio, que, a instigación de Palumbo y de Jenaro Annese, se disponían a sorprender la noche venidera los puestos altos de la ciudad, y a empezar desde ellos la agresión, combatiendo los castillos y cañoneando a la Armada. Y que hacía días estaban en correspondencia con el marqués le Fontenay, esperando una gruesa armaga francesa. Convictos de traición, fueron inmediatamente sentenciados y condenados a muerte, y sin más esperar ejecutalos, salvándose sólo fray Hilario Polito, Para tenerlo como en rehenes, y Francisco Arpaya. De éste exigió en el acto el virrey que, como «electo del pueblo», le pidiera en nombre de la ciudad la ocupación a viva fuerza, cual único medio de restablecer en ella el orden y el sosiego. Resistióse el magistrado popular, con una energía digna de un hombre de mejores antecedentes, a autorizar aquella agresión, que tenía todo el carácter de venganza. Y dice la Historia que, indignado el virrey de aquella noble repulsa, prorrumpió en frases y aun se propasó a acciones indignas de su alta jerarquía, de su madura edad, de su elevada posición.
El pobre Arpaya quedó sumido en un calabozo, trasladado después a Cerdeña y de allí a España, donde un tribunal lo condenó al presidio de Orán, en el que murió a los pocos años134.
A media mañana del día 5 de octubre, los caballos de un coche que estaba parado a la puerta de Castelnovo se dispararon, y corrieron desbocados y sin cochero hacia la calle de Toledo, atropellando a la multitud y causando espanto general, desorden y confusión. Aprovechando lo cual, mandó impetuosamente el virrey salir un tercio de españoles gritando: «¡Viva el rey! ¡Vivan las gabelas!» Enarboló en la torre del homenaje la señal de arremeter, y en medio del trastorno general envió un mensaje al arzobispo, con quien para nada contaba hacía ya muchos días, encargándole mandase inmediatamente manifestado en las iglesias el Santísimo Sacramento, y hacer rogativas por el buen éxito de las armas del rey. Indignóse el prelado, y contestó que jamás prostituiría así su santo ministerio, ni demandaría los socorros espirituales en favor de una venganza atroz e inaudita. Repulsa que no dejó de atemorizar al duque, casi arrepentido, pero ya tarde, de su resolución.
El pueblo, que aunque esperaba el ataque no lo creía tan inmediato, aterrado y sobrecogido, huyó delante de aquellas fuerzas, que lo atropellaban todo. Y, aunque acudió a la defensa de sus puestos, lo hizo en desorden y con flojedad. Nuevas tropas españolas salieron del castillo tras de las que marchaban triunfantes por la calle de Toledo. Y dividiéndose unas y otras en pelotones, mandados por bizarrísimos oficiales, ejecutaron un plan muy bien combinado de antemano, atacando a un tiempo los puntos más importantes de la ciudad, y apoderáronse de ellos con poca pérdida y escasa resistencia. Las fosas del grano, el almacén de aceites, la Aduana de la harina, el hospitaleto, la cartuja de San Martín y Pizzo-Falcone quedaron pronto en poder de los españoles. Y los populares, arrollados en todas partes, sin tener ya dónde repararse y hacer resistencia, y habiendo perdido muchos de sus jefes, unos muertos en la refriega, otros apresados y conducidos a Castelnovo (como aconteció a Andrea Polito, el famoso inventor de la mina de San Telmo, que fue inmediatamente ahorcado y expuesto su cadáver en las almenas)135, huían despechados, sin saber cómo evitar su exterminio.
Pero las fuerzas españolas, tan escasas en número y esparcidas así por la ciudad, no tenían en ningún punto de ella gente bastante para extenderse por los barrios circunvecinos y darse la mano. Y quedando diseminadas y aisladas en los distintos puestos que habían ocupado, pensando sólo en mantenerse en ellos, dieron tiempo para reponerse de su primer espanto al pueblo, tan práctico ya en los combates, y para que con aquel aliento que da la desesperación tratara no sólo de defenderse de tan inesperada acometida, sino de recuperar con un valor desesperado las ventajas que una sorpresa le acababa de quitar.
Tocóse a rebato en toda Nápoles, y toda ella se alzó como un solo hombre en defensa de sus hogares, ansiando venganza de sus opresores. Los mismos que, partidarios del orden y de la paz, se habían mostrado deseosos de un acomodamiento, volvieron indignados a las armas y volaron a la pelea. Y aparecieron de repente, como si brotasen de la tierra, masas populares, unidas y resueltas, componiendo más de cincuenta mil hombres bien armados y decididos, que cayeron de un golpe y a un tiempo, despreciando la muerte, sobre todos los puntos que con tanta facilidad habían ganado los españoles. Éstos, viéndose, a su vez, tan vigorosamente atacados y por tan considerable número de enemigos, se defendieron esforzadísimamente, sin cejar un paso; pero con las señales convenidas pidieron socorro a Castelnovo. Mas ¿cómo podía mandárselo el virrey, si había dispuesto de todas las fuerzas y no había dejado ninguna reserva?... Envió orden a los castillos y a la Armada para que rompiesen el fuego de cañón contra la ciudad. Encarnizadísima andaba la pelea. San Telmo, Castelnovo, Castel del Ovo y las galeras, avanzando sobre la playa de la Marinella, empezaron a jugar su artillería con un espantoso estruendo que, retumbando en torno, esparcía el terror y la confusión por toda la comarca.
El señor don Juan de Austria, en el alcázar de la capitana, presenciaba con dolor el estrago. Y como viese en todas partes apretados a los españoles, sin ser socorridos ni ayudados por nadie, exclamó varias veces con desconsuelo: «¿Y dónde están los veinte mil hombres del pueblo que debían ayudarnos? ¿Dónde están?»136. Reconvención amarga al virrey y a sus consejeros, que con falsos cálculos lo habían decidido a un paso que repugnaba a su corazón.
Combatíase en toda la ciudad con tesón y encarnizamiento. Los españoles, aunque al cabo fueron arrojados de algunos puntos, resistían con valor heroico el empuje de las inmensas masas populares que los ahogaban. El pueblo, irritado con la ruina que las balas y bombas causaban en el hermoso caserío, peleaba rabioso y sediento de sangre. En las fosas del grano fue donde la pugna estuvo más empeñada. Dos veces perdieron y recobraron tan importantes puestos los españoles, y al cabo quedó en poder de los napolitanos, que incendiaron el grano allí almacenado, no pudiéndolo retirar oportunamente137.
El teniente Desio se había quitado la máscara y decidídose abiertamente por el virrey. Y con los poquísimos del pueblo que aún seguían ciegamente la causa española hizo prodigios de valor aquel día, ocupando el barrio de Mortelle.
El fuego de la Armada causaba gran daño en el barrio del Lavinaro y en el del Mandaracho. Pero la artillería del tocón del Carmen, donde mandaba Jenaro Annese, causaba en las naves considerable avería. Y aunque don Juan hizo desembarcar quinientos hombres, última fuerza que quedaba a bordo, para dar una arremetida a aquel fuerte, no consiguieron más que aumentar la reputación de su bizarría, teniéndose, con pérdida noble, que replegar, al cabo, sobre Castelnovo. Y los bajeles, ya desguarnecidos muy malparados, lo hicieron detrás de Castel del Ovo, prosiguiendo desde allí a cubierto sus tiros contra el barrio y las marinas de Chiaya.
Mandaba aquel desastroso día todas las fuerzas españolas el general de artillería Batteville, noble borgoñón138, que, como dejamos dicho, había venido acompañando al príncipe en calidad de consejero. Y no acertamos la causa por qué no las mandó en persona el mismo duque de Arcos como parece que hubiera convenido más a su reputación, y las confió a este caballero, famoso militar, sin duda, pero que no conocía la ciudad, ni el carácter peculiar de aquel género de guerra. La falta de estos conocimientos indispensables aumentó harto grandemente su embarazo; tanto, que hallándose con un número de enemigos superior al que había calculado, con continuos ataques mucho más ordenados y vigorosos de lo que esperaba, y con tan escasas fuerzas diseminadas en posiciones que no conocía, se arrepintió de haberse fiado de los planes del duque y de haberse plegado a sus exigencias; por más que como bueno, y apoyado en el esfuerzo y disciplina de sus tropas, no cediese un punto, y corriendo de uno a otro lado con actividad suma, tomase las más acertadas disposiciones para no perder los puestos ocupados y para recuperar los perdidos.
Don Francisco Toraldo, en su anómala y delicadísima posición, si de veras anhelaba la paz y el mejor servicio del rey, como lo demostraba cumplidamente en las conferencias, trabada la lucha, se dejaba llevar de su instinto de leal caballero y de valiente soldado, y dirigía las operaciones sin engañar a los que se habían puesto en sus manos. Y como militar entendido y experimentado, ponía en muy duro aprieto a los españoles.
El continuo tronar de tanta artillería, el estallido de las bombas, el estruendo de los edificios que se desplomaban, las descargas continuas y la gritería de los combatientes, los lamentos de heridos y moribundos, los gemidos de niños, ancianos y mujeres que corrían, en medio de la matanza, de peligro en peligro, buscando en vano donde refugiarse; el son de trompas y tambores y el clamoreo de las campanas formaban un espantosísimo rimbombe muchas leguas a la redonda, que aterró a los pueblos de la comarca, haciéndoles temer la destrucción completa de su hermosísima capital. En unos el terror obligó a decidirse por los españoles, cuyo triunfo se juzgó asegurado. En otros, el patriotismo hizo empuñar las armas a sus habitantes, para volar denodados a socorrer a Nápoles o a perecer entre sus ruinas. Llegó también en pocas horas, si no el rumor, la noticia vaga e inexacta de lo que pasaba en la ciudad, a la de Benevento, donde los nobles de más valía, entre ellos el famoso duque de Maddalone, reunidos bajo la inspiración del consejero Miraballo, trataban de socorrer al virrey. Y reuniendo repentinamente las fuerzas allegadizas que habían levantado, y repartiéndose los mandos de ellas, salieron en campaña para cortar los víveres a la sublevación e impedir los socorros que de las provincias pudiera recibir. Y enviaron un mensaje al virrey, pidiéndole nombrase un general entendido que los dirigiera y gobernara139.
Declinaba la tarde y continuaba más encarnizada la pelea; en ambas partes se hacían portentos de valentía, sin decidirse por ninguna la victoria. Y ni las sombras de la noche, oscura y borrascosa, pusieron término al combate y a la matanza. Habiendo sido aquel funesto día uno de los más espantosos que ha pasado ciudad alguna y en que a más alto punto hayan llegado la furia y la tenacidad de encarnizados enemigos.
Continuó al siguiente la pelea con el mismo ardor, con la misma incierta fortuna. El pueblo, reforzado con gente armada de los lugares circunvecinos, que habían abrazado resueltos, por un instinto vago de nacionalidad, el partido de la sublevación, se había engrosado considerablemente. Y para asegurarse el dominio de una parte de la ciudad, determinó apoderarse del importante puesto de Jesús-María, donde se habían hecho firmes los españoles. Arriesgada y difícil era la empresa. Pero como las fuerzas populares estaban muy bien dirigidas por viejos soldados napolitanos que, sirviendo al rey de Flandes, en Lombardía y hasta en América, se habían acostumbrado a la guerra y conocían todas las reglas del arte, ningún riesgo ni dificultad los arredraba. Multiplicaron con denuedo y resolución los ataques a aquel punto certificado, embistiéndolo con maestría suma; pero siempre se estrellaron en el valor de los defensores. Buscábase un medio de llevar a cabo el intento, y don Francisco Toraldo propuso la construcción de un mantelete con ruedas, que facilitara la operación. Hízose a toda prisa; pero resultando pesado, embarazoso y de mal efecto, se alborotó el pueblo, diciendo que era traición del general para entretenerlo y dar un respiro a los enemigos. Acaloraron la idea los que miraban de mal ojo a Toraldo. Y se dispuso tumultuosamente, ya que no deponerlo, como algunos exigían, darle por teniente, o con este nombre por verdadero superior, un hombre de más confianza. Y quedó elegido teniente de maestre de campo general, puesto vacante por la abierta defección de Desio, Jerónimo Donnarumma. vendedor de hortaliza y pariente de Masanielo140.
Desistióse por entonces del ataque a Jesús-María, pero fueron embestidos otros puestos también de importancia; unos resistieron gallardamente; otros, siendo en vano la más obstinada defensa, tuvieron que rendirse, y aquellos prisioneros fueron bárbaramente despedazados por el pueblo, indignado más que atemorizado con el bombardeo de la ciudad, que no cesaba un momento.
El día 7, queriendo Donnarumma acreditar su aptitud para el mando, determinó atacar la Aduana de la harina, ocupada desde el principio por los españoles y fortificada con una estacada, un pequeño foso y parapetos de fajina. Mas conociendo la dificultad de sobrepujar estos reparos al descubierto, inventó la siguiente estratagema: reunió un gran número de búfalos montaraces y, acosados y mordidos por perros de presa, los encaminó de modo que, derribando, ciegos, las estacas, salvando el foso y descomponiendo el parapeto, desordenasen la tropa. Y lo consiguió todo como se había propuesto, arremetiendo denodadamente detrás de aquellos animales feroces y apoderándose del punto sin dificultad. Grande fue la matanza de españoles en él. Y los pocos que salvaron la vida lo debieron a que, tirándose a la mar, ganaron a nado el castillo141.
Despechado el virrey con esta desgracia ocurrida delante de sus ojos, mandó salir la escasísima guarnición de Castelnovo para recobrar aquel importante puesto y escarmentar a los vencedores. Pero muy luego tuvo que retroceder con pérdida considerable, porque el pueblo, apoderado de las casas vecinas, le atajó el paso con un fuego muy nutrido desde los balcones y azoteas.
Aquel día recibió la sublevación considerables refuerzos de la Cava, Nocera, Paganí y San Severino; pero los que venían de otras ciudades más lejanas fueron detenidos por la caballería de los nobles que corría la campaña.
El cansancio iba haciendo ya no tan activa la pelea. Y don Francisco Toraldo, despechado y confuso con el desaire que le había hecho el pueblo, nombrándole un teniente, o más bien un superior, de condición tan baja y humilde como Donnarumma, no deseaba más que el término de aquella confusión. Y después de recobrar por medio de sus amigos y parciales alguna parte de su pasada influencia, recordando la lealtad, bizarría e inteligencia con que habla dirigido el primer día las operaciones, aprovechó aquel momento en que, necesitando ya todos de algún reposo, se combatía con flojedad, proponiendo que se pidiera una tregua de seis días al virrey para reponerse algún tanto y buscar aún, si era posible, algún medio de honrosa conciliación. Era tan grande la fatiga general y la necesidad de respiro, que no fue mal acogida la propuesto; y aprovechando la buena disposición del momento, fue Octavio Marchesse a negociar a Castelnovo.
El duque de Arcos, siempre tan inexorable cuando se creía con ventajas, cuanto débil y complaciente cuando se creía sin ellas, y obcecado, desde que empezaron a combatirlo tan extraños sucesos, a tal punto que jamás juzgó con acierto las circunstancias, equivocando siempre sus resoluciones todas, juzgó, a pesar de la situación en que veía la ciudad y el reino, de la escasez de sus tropas y del mal estado de su inconsiderada empresa, que la propuesta de tregua era indicio de debilidad y de desfallecimiento. Y dando nuevo pábulo a sus descabelladas esperanzas, creyó que aquél era el tiempo de seguir impertérrito su malhadado plan, con la seguridad del triunfo. Y negándose a toda habla de acomodamiento, mandó redoblar el fuego de los castillos y tentar nuevos ataques y embestidas a las puntos reconquistados par el pueblo. Afligido Marchesse con el mal éxito de su comisión iba a retirarse, pero fue detenido y preso por haberse encargado de ella142.
Abiertas con nuevo furor las hostilidades, arrojó el pueblo del puesto de los Estudios a las tropas tudescas que lo guarnecían, y se revolvió sobre el monasterio de San Sebastián para hacer lo mismo con las españolas. Muy heroica fue la defensa que éstas hicieron. Pero era tal la multitud resuelta que daba el asalto, y tan repetidos y vigorosos los ataques, que al cabo se apoderaron los napolitanos de la parte baja del edificio, quedando los españoles en el piso principal y continuando así por muchas horas la pelea. Escena muy repetida modernamente en la inmortal Zaragoza, cuando la sitiaron los franceses en la gloriosa guerra de la Independencia.
Raros sonaban ya los gritos de «viva el rey de España». Y como algunos jefes del pueblo, oyéndolos aún en medio del combate, manifestaron que era absurda gritar «viva el rey», y pelear con sus tropas, y cañonear sus bajeles, y desafiar sus estandartes, cesaron del todo aquellas aclamaciones, se. abatieron las banderas en que había armas reales de España y empezó, cundiendo con suma rapidez y aplauso, el grito de «viva el pueblo y San Pedro».
Mucho agradó el cambio al cardenal Filomarino; se aprovechó de él para ganar partidarios al Papa, recordando su soberanía, y escribió a Roma muy satisfecho, y (no duele el decirlo) pidiendo el nombramiento de capitán general del reino143. No agradó este incidente al Padre Santo, que quería conservar a toda costa el Estado de Nápoles bajo el dominio de España, temiendo que cayese en manos de los franceses. Desaprobó el celo del prelado y le dio órdenes terminantes, no sólo de trabajar activamente en evitar todo personal compromiso, sino de rechazar cualquier propuesta de sumisión que intentase hacerle el pueblo.
Los nuevos bríos que iba adquiriendo la sublevación, ya tornada en rebelión descarada con este completo alejamiento de los principios de lealtad y de amor al rey, hasta entonces nunca conculcados; el ver que sin esperanzas de socorro y con las pocas y fatigadas fuerzas que le obedecían no era fácil salir adelante de tanto apuro; el conocer que ni los castillos, ni las naves podían causar ya más estrago en la ciudad, y el encontrarse apretado con las exigencias de la Escuadra, que pedía víveres y municiones, escasísimas ya para todos, amilanaron el ánimo del virrey, que abriendo, aunque tarde, los ojos, conoció sus desaciertos y lo mal que había hecho en no conceder la tregua, que había el mismo pueblo solicitado. Pero como era su estrella la de no acertar nunca en sus resoluciones, se le ocurrió la peregrina idea de pedirla él a su turno, creyendo que la obtendría con facilidad y que con ella ganaría tiempo para obrar según las circunstancias se presentasen.
Escribió, pues, un billete lleno de ofertas y de palabras blandas, como solía, a don Francisco Toraldo, haciéndole la proposición. Recibiólo este general en el momento en que acertadamente dirigía la construcción de una trinchera en la plaza del Puerto, con que combatir a Castelnovo, y para demostrar al pueblo que lo circundaba su lealtad y buena fe, lo mandó abrir y leer en público. Indignada la muchedumbre con la petición de tregua tan inoportuna, hecha por el mismo que la había rechazado el día anterior y juzgándola también, a su vez, indicio de debilidad, respondió con el grito unánime de guerra y arboló en el torreón del Carmen una bandera encarnada, por la que conoció el pobre duque de Arcos el mal éxito de su inconsiderada tentativa144.
Grande empeño tenía el pueblo en desalojar a las tropas que se habían fortificado en la iglesia de Santa Clara, punto céntrico de la ciudad. Y construyó con acierto una trinchera en la calle de Torcella y unos carros fuertes con artillería, cubiertos de gruesos tablones, para aproximarse sin riesgo de las nutridas descargas de la certera arcabucería española, y después de un tenaz ataque y de una obstinadísima resistencia, los soldados españoles, faltos enteramente de municiones, tuvieron que rendirse y fueron inhumanamente hechos pedazos por la muchedumbre enfurecida.
Esta pérdida lamentable fue seguida de otra también de consideración. Escaseando los víveres en todos los castillos, mandó el virrey que fuese una galera a la torre del Greco para recoger grano y barinas de aquellos molinos, en la que, y al llegar a las playas de Resina, se rebeló la chusma, embistió en tierra y rompió sus hierros. El comandante y algunos hombres de mar, no pudiendo poner remedio, se salvaron con gran peligro, arrojándose en el esquife y huyendo en él a fuerza del remos a Castelnovo; mientras el paisanaje, acudiendo a la playa y entrando en el mar con el agua a la cintura, recibió en los brazos, con el mayor entusiasmo. a los galeotes, y quemó el casco, no siendo posible desencallarlo; pero retirando antes la artillería, que fue con gran algazara conducida en triunfo al torreón del Carmen145.
Desesperado el virrey con tanto descalabro, se echó en brazos de la nobleza, buscando en ella socorro y sostén. Envió emisarios a Capua, donde estaba Miraballo, y con él el duque de Maddalone, el príncipe de Torrella, el duque de Gravina y otros señores, reuniendo nuevas fuerzas de sus vasallos y de los bandidos. Y les mandó no abandonar la campaña, procurar víveres a los castillos y continuar cortando los de los rebeldes e impidiendo que les llegasen socorros y refuerzos de las provincias.
Entre tanto, el fuego de los castillos empezaba a ser más lento por la escasez de municiones y por el poquísimo efecto que causaba ya en los sublevados. Pero los combates parciales eran continuos, y mucha la sangre que de una parte y otra se derramaba. Violentó el pueblo la cárcel de la Vicaría, hasta entonces respetada. Quemó el archivo del real patrimonio y dio libertad a los presos por tratos con Francia. Hallábase entre ellos un hombre audacísimo, llamado Luis del Ferro, al cual, con otros partidarios de los franceses, se le ocurrió levantar en la plaza del Mercado un trono y colocar en él el retrato del Rey Cristianísimo. No habían llegado las cosas al punto de madurez necesario para esta demostración harto significativa, y produjo un efecto contrario al que se habían propuesto sus inventores; pues si una osada cuadrilla, prevenida de antemano, corrió a vitorear al monarca francés, otra, no pequeña, corrió a derribar el trono y el retrato, como se verificó, no sin derramamiento de sangre de unos y de otros, quedando tranquila espectadora de aquella parcial contienda la masa popular146. Este acontecimiento le pareció al virrey que demostraba no haber perdido aún el pueblo napolitano su adhesión a la corona de España, y que ofrecía, por tanto, ocasión oportuna para tentar de nuevo la vía de la negociación. Y pidió inmediatamente al señor don Juan que escribiera al pueblo dándole las gracias por aquella muestra de lealtad, lo que el príncipe no verificó entonces, y él lo hizo a Toraldo con proposiciones nuevas de acomodamiento. La respuesta que tuvo fue ver enarbolar un estandarte negro en el torreón del Carmen y renovarse con gran furia el ataque simultáneo de todos los puntos ocupados por las tropas, llevando el pueblo a su frente por bandera la camisa ensangrentada de un español de cuenta que acababan de asesinar.
Afligido el ánimo generoso del joven don Juan de Austria y disgustado de las escenas de sangre y de destrucción que presenciaba; desabridísimo con el duque de Arcos, que, con sus falsas relaciones y apasionados consejos, le había comprometido a usar de sus fuerzas físicas y morales para verlas desairadas; viendo consumidas casi sus municiones, escasísimos de víveres sus marineros, rendidas de cansancio las chusmas, muy averiados sus bajeles, resolvió retirarse a la bahía de Baya, detrás del monte Posilipo. Verificólo sin más consulta, con gran despecho del virrey, a quien dejó sólo las galeras de Giannetin Doria, fondeadas al abrigo de Castelnovo y dos naves armadas, que en las playas de Resinas trataban de vengar el incendio de la galera sublevada.
La ausencia de la escuadra hizo el debido efecto en el pueblo, por más que el virrey trató de divulgar que no era más que una manifestación del deseo de que cesasen las hostilidades; pero que volvería muy pronto más terrible y asoladora si las cosas no se mejoraban. Los sublevados cobraron nuevo brío y se arrojaron, no teniendo ya que temer en la marina, a embestir la trinchera de Monserrate, que defendía la aproximación a Castelnovo. Guarnecíanla, como punto importantísimo, ochenta ilustres caballeros escogidos, cuarenta españoles y cuarenta napolitanos. Don Francisco Toraldo, que ya se había podido sobreponer a Donnarumma, dirigió en persona el ataque con pericia y con valor. Pero los que defendían la trinchera lo hicieron con tanta bizarría y resolución, que rechazaron constantemente a las tropas populares, causándoles una pérdida horrorosa. Este descalabro fue juzgado por los sublevados traición de su caudillo. Lo atropellaron y llevaron casi como preso abrumado de insultos y de amenazas a la plaza del Mercado, donde hubiera perdido violentamente la vida a manos de aquellos furiosos, sin los esfuerzos de sus amigos y parciales, que consiguieron apaciguar un tanto el embravecido populacho. El angustiado Toraldo, cuya posición era harto lastimosa, quiso hacer allí mismo dimisión del generalato. Pero los mismos que pocos minutos antes lo iban a despedazar, se opusieron con la misma violencia a su renuncia del mando. Con lo que rogó al pueblo que a lo menos le dieran algunas personas que mereciesen la confianza general para servirle no sólo de consejeros, sino de testigos y hasta de espías de su conducta leal. Fue complacido en esto, y nombráronse por tumultuosa elección cuatro plebeyos de los más exagerados para servirle de consultores147.
Aquel día se cometieron algunos asesinatos, so pretexto de castigar traidores, que andaban en tratos para vender la ciudad a los españoles. Y también fue asaltado el convento de jesuitas, profanando la iglesia, y muertos a puñaladas varios religiosos. Y hubieran sido mayores el escándalo y la matanza si el arzobispo cardenal no hubiese acudido a contener, con riesgo de su persona, a los furiosos que perpetraban tan horrendos crímenes.
Continuaban en tanto los ataques a las obras avanzadas de los castillos y a los demás puestos, que con tanta fatiga y gloria mantenían los españoles, sin esperanza de socorro, escasos ya de municiones, faltos absolutamente de víveres, y abrumados de cansancio. Volvió a jugar su artillería Castelnovo, sin más efecto que el de derribar algunas casas que quedaban en pie de la calle del Olmo. Y viendo el virrey que el pueblo no se amansaba que la fuerza española con una constancia heroica se consumía en hazañas sin resultado, quiso terminar tan angustiosa situación, y se dirigió al ofendido cardenal Filomeno, rogándole humildemente que se pusiera de nuevo de acuerdo con él y desplegara de nuevo su poderosa influencia y los recursos de su ministerio, para calmar el furor de los napolitanos y persuadirles a aceptar una honrosa capitulación. Rechazó con entereza el Prelado este mensaje, diciendo «que no se maravillaba de que quien había perdido el reino con su mala fe tuviera en tan poco el decoro de la Iglesia que quisiera comprometerla de nuevo, después de haberla obligado a comparecer a los ojos del pueblo como engañadora y perjura»148. Indignó tanto esta respuesta al virrey, que, ciego de cólera, mandó inmediatamente asestar la artillería contra el palacio arzobispal y destruirlo. Y sólo el prudente Espínola, que se hallaba presente y que sobornó con disimulo a los artilleros para que hicieran mal la puntería, salvó al duque de un crimen inútil y de una venganza insensata149.
Llegaron comisionados de los barones que, teniendo por cuartel general a Capua, corrían las avenidas de la ciudad para ponerse de acuerdo con el príncipe don Juan y tomar sus órdenes. Pero éste, que confiaba poco en su socorro, y que sólo deseaba ardientemente no continuar aquella guerra desastrosa e interminable, procurando una paz honrosa para la tranquilidad de aquel infeliz reino, los envió a entenderse con el virrey. Pidieron a éste nuevas instrucciones, y, sobre todo, que les diera un caudillo que los dirigiera y mandara; y el duque eligió para ello a don Carlos de la Gatta. Mas como se resistiese este entendido militar a aceptar el cargo, lo confió al general Tuttavilla. El cual, autorizado con el correspondiente nombramiento, marchó inmediatamente con dos galeras a Baya, para ir desde allí, con setenta españoles, cincuenta alemanes y sesenta caballos borgoñones, a Aversa y Capua, probando, de pasada, con la gente de guerra de Puzzoli, que se mantenía leal, si podía apoderarse de la gruta de Posilipo, ocupada por los sublevados, y abrir un camino de abastecer las tropas y las fortalezas. No logró esta empresa porque se encontró con más oposición de la que había calculado, y marchó sin tardanza en busca de los barones, acompañándolo algunos caballeros.
En tanto, el señor Juan, deseoso de entablar por sí mismo y directamente negociaciones de acomodamiento, se valió del cura párroco Arinolfo para escribir a Toraldo, tomando por pretexto el desaire que los napolitanos habían hecho al retrato del rey de Francia, una carta muy afectuosa, y dando margen con sencillas ofertas a una aceptable capitulación. El capitán general de los sublevados la leyó a los cabos populares, y con su acuerdo contestó respetuosamente, pero sin comprometerse a nada, manifestando harto que la desconfianza con que todos lo miraban le ataba las manos para todo. Pero de esta correspondencia resultaron nuevas reuniones populares propendiendo a un ajuste, y el que se cruzaran, con un seguro que dio el príncipe, varios mensajeros de la plaza del Mercado a Baya, haciendo diversas propuestas. Redujéronse todas, por parte de los napolitanos, a que su alteza tomara el mando del reino, confirmando las capitulaciones juradas por el duque de Arcos, y entregando al pueblo el castillo de San Telmo, exigencia que imposibilitaba todo acomodo. Pues si a todas las demás, por exageradas que fuesen, se prestaba el príncipe, anhelando la conciliación, de ningún modo podía acceder a que el pueblo se apoderara de tan importantísima fortaleza. Rota, pues, la negociación, por esta causa, creció la rabia de los sublevados. Revocaron con público bando la concesión del tributo de quince carlines por hogar, decretada, como dijimos, el día que se juró la capitulación adicional. Declararon en forma solemne guerra a muerte a España y a sus valedores. Mandaron tomar las armas a todos los habitantes del reino. Tornaron con nuevo furor a atacar los puntos fortificados. Y advertidos de que los nobles andaban ya en campaña, publicaron de ellos una lista de proscripción, poniendo a talla su cabezas, y circulando por las provincias órdenes terminantes para que los persiguiesen y exterminasen, imponiendo la pena de incendio a los lugares y aldeas que los admitiesen sin resistencia.
Al mismo tiempo, desconfiado siempre el pueblo del general Toraldo, por más que en las operaciones militares lo dirigía con acierto, y disgustado ya de Donnarumma, ignorantísimo en la guerra, y cuyos recursos de entendido capitán se agotaron con la estratagema de los búfalos, quiso poner en su lugar un soldado experto en el arte y capaz de dirigir las operaciones complicadas de ataque y de defensa en regla, a que estaba ya reducida la pelea en las calles de la capital. Puso los ojos la muchedumbre en Marco Antonio Brancaccio, que, aunque pasaba de setenta y cinco años, conservaba todo el vigor de la edad juvenil y una justa reputación de militar científico y arrojado, adquirida bajo las banderas venecianas, siendo, además, conocido por su odio acérrimo a los españoles. Reuniéronse, pues, los sediles, y por unanimidad fue elegido maestre de campo general.
Recibió don Francisco Toraldo este nuevo desaire con despecho. Pues si le mortificó la anterior elección de Donnarumma, por lo zafio y humilde del compañero, o, por mejor decir, simulado superior que le daba el desconfiado pueblo, ahora lo humillaba la elección de un caballero igual suyo, y más entendido en el mando de la milicia y en las operaciones científicas de la guerra.
Brancaccio se resistió a aceptar el nuevo cargo, diciendo abiertamente que no quería ponerse a la cabeza de una sublevación que, según el rumbo que llevaba, había de concluir, tarde o temprano, en un acomodamiento con los españoles, que ejercerían a mansalva crueles venganzas. Pero como le asegurasen en unánime voz los que le eligieron que jamás, jamás llegaría tal avenencia, y que ya se combatía para sacudir el yugo extranjero, admitió el mando, y empezó a ejercerlo con suma energía150. Como hubiesen vuelto a resonar, aunque rara vez, los gritos de «¡viva el rey de España!», ya por la fuerza de la costumbre, ya por sugestión de los partidarios de la Casa de Austria, reforzó Brancaccio las razones que militaban contra tan absurda aclamación, contradicha con los hechos, y la prohibió con severas penas. Mandó abatir en todos los edificios públicos las armas reales, y ponderó en continuas peroratas la ventaja de establecerse en república libre e independiente. Muy bien acogidas fueron sus indicaciones, y aunque sin preceder acuerdo formal ni declaración en regla de tan importante mudanza, empezó a mirarse la ciudad como cabeza de la república napolitana. Y se acordó en la junta popular la redacción de un documento muy curioso, titulado «Manifiesto del pueblo», que se esparció por toda Europa, y que se envió oficialmente a diferentes Gobiernos.
Mucho alarmó a Toraldo el supremo ascendiente que tomaba el maestre general Brancaccio y el giro que, sin contar para nada con él, que, al cabo, era de derecho la suprema autoridad, iba dando a la sublevación. Pero, conociendo su propia debilidad, trató de contemporizar y de procurar, valido de sus amigos y parciales, que aún eran muchos, balancear y entorpecer los osados proyectos de su rival, y cada día era aún más embarazosa su posición. Don Juan de Austria lo miraba como enemigo; el virrey, como hombre despreciable y de fe dudosa; los nobles, como desertor; los amantes de la paz, como inútil para obtenerla; el pueblo, como traidor solapado y encubierto instrumento de sus opresores; y hasta sus mismos partidarios como demasiado blando y contemporizador: triste y merecida suerte de los que en las discordias civiles quieren servir a todos los partidos a un tiempo y contemporizar con encontrados intereses por la vana esperanza de concertarlos.