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Te llaman los poetas

Enrique Cerdán Tato

Ahora sabemos que su corazón nunca ha tiritado helado en varios tomos, que su corazón es materia en combustión, a veces, silenciada, pero siempre aventada por el pueblo, y es lumbre que deslumbra tantos ojos boquiabiertos -que fue así, de forma adventicia, como resolvió los de Delia del Carril-, y verso y encarte de diarios, lectura de calle y escuela, de multitudes y retiro, de biblioteca, de grafitis y aulas, de cafés y de apresurado bocata de fábrica. Ahora sabemos que su corazón es un mapa gestatorio, pintado de elegías y heridas, de asechanzas y besos, de carceleros y vuelos, de coraje y dignidad, de pana y pena. Y sabemos que los poetas han escudriñado cuidadosamente ese mapa y se lo han llevado a hombros, como costaleros de la evocación y testigos de su peripecia literaria y vital, para acudir a esta cita, puntuales y diáfanos. Uno tras otro, han dejado su equipaje de palabras, de memorias y papeles, hasta levantar un monolito que suena como un canto estremecido. Si, en una ocasión, Miguel Hernández llamó a los poetas, ahora y desde aquí, los poetas llaman a Miguel Hernández, lo reclaman matasellados de urgencia y nos lo cuentan. Y nos lo cuentan, cada quien tal y como lo vio y lo vivió y lo escuchó y se lo leyó, desde su pueblo, donde ramoneaba cabras y metáforas, o peritaba lunas al gongorino modo, hasta la capital de estruendos y trajines, de arrogancia y banalidad. Desde un Alberti disparado por la poesía, como una de las saetas más agudas, más brillantes, más silbadoras, que han cruzado los aires de la lírica española, según rubrica Pedro Salinas, hasta la ensayista y filósofa María Zambrano, quien salía a pasear con el poeta oriolano por «aquellos lugares de la entrada de Madrid, cuesta abajo calle de Segovia, para sentarnos algún rato en el puente o sobre alguna piedra a la entrada de la Casa de Campo, solos y como si estuviéramos abandonados».

Y de entre todos, probablemente Vicente Aleixandre y Pablo Neruda ya habrán tomado silla, en estos pliegos, como la tomó Miguel Hernández en la tierra, cuando los llamó, tal vez porque han sentido su corazón cercano. Cercano a cuantos, en estos mismos pliegos comparecen, y a cuantos, con la lectura de estos mismos pliegos, se conmuevan, se enardezcan, se inquieten, y finalmente puede que hasta den en hablar, unos con otros, sobre el vino y la cosecha, como les pedía Miguel.

A su actitud obstinada y al interés de algunos de sus nuevos amigos y de algunos de sus amigos de Orihuela, debe Miguel Hernández ese ir y venir de lo sagrado a lo profano, de El Gallo Crisis a Cruz y Raya, del huerto a la villa y corte, del Segura al Manzanares, de Ramón Sijé a José Bergamín, y de Bergamín, a José María de Cossío, a Luis Rosales, a Luis Felipe Vivanco, de la poesía pura a la poesía comprometida, de un descubrimiento a otro, y después de tomar lecciones en la Escuela de Vallecas y de admitir el magisterio de Vicente Aleixandre y de Pablo Neruda, al mundo se le esfumaron los confines y se dilató más allá de donde alcanzaban el tino de su honda y el tino de su vista.

Y es que, cuando Miguel Hernández Gilabert llegó al mundo, el 30 de octubre de 1910, el mundo era Orihuela, y Orihuela, un encaje de tintas bermejas, de aromas de incienso y miel, de campanarios y misterios gozosos, de rebaños de pezuña hendida, de dátiles y confituras de clara de huevo batida con canela, de palmas y estampas evangélicas, de un Gabriel Miró acosado por los jesuitas, de huertas fértiles por los caudales del Segura, de troveros que improvisaban picardías o devociones marianas, según pintara el reto, según pintara el rezo. El mundo era también un padre severo y distante, y era un tajo implacable en la trama urbana: de aquí para allá, la nobleza provinciana y decadente; los oligarcas y terratenientes herederos del cacicato de la Restauración; la acicalada y arrogante jerarquía eclesiástica: vicarios, canónigos, doctores en teología; la burguesía mercantil, acomodada y pretenciosa, con sus letrados y registradores de la propiedad, en el privilegio del casino orcelitado. De aquí para ese otro allá, más sombrío y arrinconado en la sierra, gañanes, vendedores ambulantes, menestrales, braceros, humildes tenderos y peones del hambre y la desventura. Cuando Miguel Hernández aprendió el juego de los poliedros, guardó sus secretos en una octava real y supo quién vivía del trabajo ajeno y quién moría asalariado de sepultura. Entonces, miró por encima de las palmeras y decidió dejar atrás los dominios espirituales y las devotas exhortaciones del vicario diocesano, Luis Almarcha, y archivó los créditos de neocatolicismo que, a punta de El Gallo Crisis, le dispensaba el talento y la tutela de Ramón Sijé, sin duda, embebidos de aquellas inclinaciones filofascistas, que le imputaba certeramente José Bergamín. No mucho después, Miguel Hernández se distanciaría de tan sutil y perversa pedagogía, y encontraría amparo entre las páginas de dos inmensidades poéticas: La destrucción o el amor y Residencia en la tierra. La superación de un pasado resuelto en convenciones, lecturas vigiladas, docilidad y bisbiseos, y la adquisición de otras experiencias, lo llevarían de asombro en asombro, al arrebato amoroso -«una auténtica aventura poética», en criterio de Agustín Sánchez Vidal- y de aquí, con el tiempo y por imperativo popular, a erigirse en poeta del pueblo y de la revolución, en poeta comprometido y social, en poeta civil, me insistiría Darío Puccini, que se expresa directamente, con voz propia, en sus dos libros épicos: el vibrante Viento del pueblo, dedicado a Vicente Aleixandre, y el de tono más intimista El hombre acecha, cuyo destinatario es Pablo Neruda, escritos, junto a sus obras dramáticas, durante la guerra, contra aquellos facciosos, que se excitaban con el ácido aliento del fascismo. Y, por último, a Miguel -como a tantos miles-, casi de golpe, se le vino encima toda una extensión de cárceles.

En una de ellas, en la madrileña de Conde de Toreno, coincidiría con Antonio Buero Vallejo, ambos combatientes por la República y militantes del Partido Comunista. «Reunidos por el azar», escribiría el extraordinario dramaturgo y pintor, quien allí, entre aquellos muros, dibujará a lápiz el más conocido retrato del poeta. Y lo fechó el 25 de enero de 1940, o sea, exactamente una semana después de que Miguel Hernández fuera sentenciado a la pena de muerte. Pasados muchos años, Antonio Buero Vallejo reseñó cómo «en sus poemas premortales, alcanzará la más desnuda y lúcida hondura». Se refiere, por supuesto, a su libro póstumo Cancionero y romancero de ausencias, que es «la hipótesis de una obra que no tuvo conclusión», como ha observado acertadamente José Carlos Rovira.

Sí la tuvo, antes de que se consumara la traición y se ilustraran de carnicerías los campos de batalla, y cerrándola apresuradamente con la fíbula de su «Elegía a Ramón Sijé», El rayo que no cesa, del que José María de Cossío, uno de sus valedores más acreditados, en los tenebrosos tiempos de rejas y juzgados, nos recuerda, en estos pliegos, cómo él publicó en la Colección Austral, unidos los dos, el que fue primer proyecto y borrador de El rayo que no cesa, El silbo vulnerado. Y, mientras, sin que apenas nadie se percatara, ha llegado la figura delicada, pulida, como una porcelana vienesa, de Juan Gil-Albert, poeta, ensayista, memorialista, quien revive su primer encuentro, en la casa-imprenta del también poeta Manuel Altolaguirre, con Miguel Hernández, donde intercambiaron libros con el común deseo de un trato más vasto. Y Miguel le firmó precisamente un ejemplar de El rayo que no cesa, en las Ediciones Héroe, que Altolaguirre había sacado de su prodigiosa y contumaz Minerva, «y yo a él -dice Juan Gil-Albert- mi Misteriosa presencia, que el abandono de la imprenta dejó sin repartir. Sonetos en ambos casos». Ya en plena contienda, coincidirían, con Ramón Gaya, quien, por supuesto, también ha acudido a esta cita, y otros varios jóvenes intelectuales republicanos, en la ponencia colectiva leída en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura -Madrid, Valencia, Barcelona, julio de 1937-. Una ponencia de indudable rigor intelectual y literario, despojada de todo dogmatismo y sectarismo, que sería publicada en el número VIII de la revista mensual Hora de España. Aquel grupo entonces joven que redactó la citada ponencia -en realidad y por delegación, la redactó Arturo Serrano Plaja- era heterogéneo en muchos aspectos, y Juan Gil-Albert en sus Notas de un carnet, advierte la diversa procedencia de los mismos, que se revela con elocuencia en uno de sus párrafos: «Distancias como las que hay entre el origen enteramente campesino de Miguel Hernández, por ejemplo, y el de una burguesía refinada, que puede significar Gil-Albert».

Y siguen llegado los poetas y los amigos, y aquellos que eran niños y que solo supieron del sacrificio de Miguel Hernández, pasados unos cuantos años, como José Agustín Goytisolo, que anuncia: «A diferencia de otros poetas Hernández no tiene imitadores, sino admiradores. Y esta es una gran suerte para todo creador». Entre tanto, y está al caer la hora, al monolito que suena como un canto estremecido continúan llegando Juan José Domenchina, Ángel Lázaro, Leopoldo de Luis, José Ángel Valente, Eduardo de Ontañón, Gabriel Celaya, y el monolito crece y crece, con las sucesivas aportaciones, y ya es un solo tomo insólito, abrasador y colectivo de episodios, secuencias, panoramas inciertos, interpretaciones, sabidurías, frustraciones, exilios, estampas de contienda y llanto, barquitos marineros, fotos para la nostalgia, despedidas y hallazgos, entereza y melancolía. Es un tomo de historia y memoria, donde se dicen las verdades y se cuentan las cosas que fueron y se fueron, y donde siempre queda un renglón para el martirologio y otro, para la esperanza.

Y, de pronto, por sobre los riscos y las constelaciones, se balancea el mapa gestatorio al ritmo de los versos mulatos, al son entero de Nicolás Guillén, costaleros de evocaciones y de fragancia insurrecta y frutal de los trópicos, con la percepción de lo real maravilloso de un Alejo Carpentier, que recoge a espuertas todos los pasos perdidos, los propios y los del prójimo, aún conturbado por la incierta noticia, que se difundió por Cuba en septiembre de 1939, de la muerte por fusilamiento de Miguel Hernández, y con ellos, a toda carrera desde México DF empapado de sudores terrenales y de poemas visuales y metafísicos, Octavio Paz, iluminando los caminos con el fuego de cada día, y así cumplen ante el reloj y el alba, con la cita, y se entregan a estos pliegos de conmemoración y testimonio, y se afirman en la amistad y en la querencia, y se imprimen en un acto de afectiva y generosa inmolación.

Si en una ocasión Miguel Hernández llamó a los poetas, cuando el hombre permanecía al acecho, ahora los poetas lo llaman, lo reclaman, matasellados de urgencia, y aquí lo esperan, dispuestos a nadar en esta alberca de papel, en estas páginas de fragmentos y encuentros, en este libro escrito, para todos, con la perdurable tinta de tantos sentimientos. Miguel, los poetas te llaman.