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Te seguiré escribiendo


Paloma Pedrero





Querido Antonio: Vengo del María Guerrero de verte, de verte muerto. Ahí estabas tan digno, tan galante, con ese gesto de poeta dramático que parece que no se entera de lo que ocurre a su alrededor y que, sin embargo, no necesita abrir los ojos para observarlo todo. Es el alma la que ve, y la tuya estará intacta siempre para mí. Intacta para todos los amantes del teatro verdadero. Supongo, conociéndote, que pasar estos últimos momentos encima de un escenario te llenará de gozo. Ese fue siempre el lugar de tus anhelos, a él has dedicado tu vida. A eso tan complicado que es hacer de lo vulgar belleza para meterla después toda en esa caja sin una pared, en esa hermosa madera abierta que, una vez llena, se convierte en un fragmento íntegro del universo.

Sé que estás bien ahora, has peleado tanto, tanto, que descansar debe ser un placer. No tener que dar la mano a los ministros, no tener que buscar al productor, no tener que saludar a algún que otro crítico, no tener que sortear navajas, no tener que explicar qué quisiste decir con tus obras. Ahora estás sobre el escenario haciendo lo más difícil para un actor: estar callado y quieto ante miles de miradas. Hoy eres el primer actor de la obra de tu vida en el último acto. Hoy desde el escenario nos dabas tu cuerpo para que viéramos el instrumento que construyó tanta poesía en acción, tanto personajes complejos y tiernos, tanta fuerza y hermosura. No, no te preocupes, no voy a hablarte de tu obra. Ésa está en los libros coleando, viva y peleona como una heroína. Ella hablará por ti durante siglos unida a tu alma intacta.

Te he visto guapo, Antonio, en esa otra cajita más pequeña en la que sólo cabe un actor. Y aunque me ha entrado un temblor infinito, una especie de sueño triste y hondo, me he dicho: tengo que escribirle. Aquí entre tanta gente no se puede hablar. Así que me he acercado a Victoria, tu amor, y se lo he comentado. Ella emocionada me ha dicho: «Pues si le vas a escribir dale recuerdos de mi parte». Es tan inteligente tu mujer, Antonio, que sabe que nosotros compartíamos un lenguaje.

Un lenguaje que yo descubrí en la adolescencia viendo La Fundación en el Teatro Fígaro de Madrid. A mis diecisiete años me transmitiste ese dulce lenguaje, el dulce veneno del teatro. Esa noche, al acabar la función, me dije a mí misma, y casi en secreto, que yo de mayor quería crear historias como ésa, personajes radiantes moviéndose entre la poesía y la denuncia, que yo de mayor también quería ser maga. ¿Quién me iba a decir a mí que nueve años después iba a bailar un tango contigo? Uno no, que bailé un montón entre tus brazos, entre los brazos del dramaturgo más importante del teatro español. Por aquel entonces yo sólo visitaba las tablas como actriz y no me atrevía ni a contarte mis deseos. Pero pronto, quizá por las buenas trampas del azar, escribí mi primera obra y tú, con la generosidad de los grandes, te convertiste encantado en mi colega. En todas las ocasiones, muchas por fortuna, que nos hemos encontrado en el camino, siempre me has preguntado: «¿Qué estás escribiendo ahora? ¿Cuándo estrenas?». Si yo te hacía una mueca de escepticismo tú, con gesto severo, me decías: «No se te ocurra desfallecer. Esto es lo tuyo». Y a mí se me llenaba el pecho de aire contento. La última vez que me lo preguntaste fue también el último sábado que pudiste ir a saludar a tu público al Teatro Español. ¿Te acuerdas? Ahí, saliste tú, con tu bastón, y la platea saltó emocionada al ritmo de un inmenso aplauso. ¿Qué vamos a hacer los dramaturgos sin ti? Tú eres el único que conoce la gente de la calle, tú eres el dramaturgo de este país, aunque algún taxista te siguiera felicitando por tus novelas. Pero tú no callabas ante el error. Tú levantabas la voz y decías: «Obras de teatro, señor, yo escribo obras de teatro». Aquel sábado en el hall del Teatro Español, me contaste, con aliento muy tenue, que ya estabas pensando la que sería tu nueva obra. Victoria se sorprendió, no lo sabía, y yo me sentí tan privilegiada con la confidencia. Porque aunque yo jugaba a llamarte maestro, y lo eres, tú siempre me has mirado como a una colega, una compañera, decías.

Maestro, me has enseñado generosidad. Me has enseñado también lo que es un autor teatral de pura raza: ése que no puede vivir sin estar imaginando personajes a los que dar escenarios, historias, emociones, pensamientos, conflictos que les hagan íntegramente humanos, enteramente teatrales. En ti, Antonio, he encontrado un modelo. Gracias a ti sabré siempre a lo que puede llegar un dramaturgo cuando no pierde el paso ni la esperanza. Me has enseñado firmeza ante las críticas, ante las fieras, ante la ardiente oscuridad de nuestro mundo teatral.

Tú sabes lo que te quiero, y me alegro de habértelo dicho de tantas maneras: con palabras, artículos, homenajes, pero, sobre todo, con besos. Una noche en un estreno, me sentaron en una butaca detrás de ti, me incorporé al verte y, sin pensarlo, te tomé por la espalda y te di un beso en la mejilla. Tú te volviste sonriente y me dijiste: «Sabía que era la Palomita por la forma de besar». «¿Cómo es?», te pregunté. «Rotunda y llena». Sí, Antonio, te he besado y abrazado con todo el cariño. Admiración, también, claro, pero la parte que llevaba el beso de esa no es lo que más te gustaba. De admiración estabas sobrado, de amor siempre andamos escasos.

Te vas, te has ido de aquí. Al final se te ha derramado tanta imaginación, tanto pensamiento hondo y extenso, tanta existencia. Este lugar, tu propio cuerpo, ya se hacía pequeño para meter un sueño tan grande, para escribir tu última obra. Ahora, en el nuevo espacio, podrás recuperar la maravillosa insolencia, la fuerza de la juventud. Y otra vez tus manos, nuevamente firmes, llenarán de diálogos el folio del universo. Te prometo leerte. Te prometo traducirte. Te prometo no desfallecer.

Aquí nos dejas los teatritos de tus sueños realizados y la varita de mago. Un día, no hace mucho, me dijiste que la cogiera. «Tómala, vosotros, los jóvenes dramaturgos, seréis mi continuación».

Sí, padre, no te preocupes. El teatro vivirá con nosotros y tú en él. Pero por favor échanos una mano. Desde allá donde estés, échanos una manita, la vamos a necesitar.

Te seguiré escribiendo.





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