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Octubre

Madrid se ilustra

     La suma importancia del acontecimiento del año, o más bien del siglo actual; la grande Exposición Universal terminada en Londres el día 15 de este mes, y la descripción detallada e ilustrada que de aquel inmenso espectáculo ha dado La Ilustración a sus lectores, nos ha robado el espacio para atender y reseñar en debido tiempo los otros sucesos del día, que si no pueden compararse a aquél en importancia, tienen para nosotros el interés de las cosas propias, el grato saborete indígena o de casa.

     Por aquella perentoria razón hubimos de pasar en silencio en la primer semana del mes que termina la solemne ceremonia de la apertura de los Estudios universitarios, celebrada el día 1.º en el nuevo edificio de la calle Ancha de San Bernardo; -acto imponente y majestuoso, que todos los años excita el mayor interés, especialmente en las antiguas y celebradas aulas de Salamanca, Valencia, Sevilla y Granada; pero que pasa como uno de tantos en la capital del Reino, que apenas sabe que encierra entre sus recientes adquisiciones la celebrada Universidad Complutense, gloria del gran cardenal Cisneros.

     Nuestra moderna central, aunque la más concurrida del reino por reunirse en ella estudios de todas las facultades y hallarse situada en la corte y pueblo de mayor vecindario; y a pesar de poder ostentar un edificio construido nuevamente, vasto y decoroso, y ver acompañados todos sus actos del mayor aparato y ostentación, con asistencia del supremo Gobierno, numeroso y lucido claustro y brillante concurrencia de espectadores, todavía, sin embargo, carece de fisonomía propia, y de aquella severidad clásica que distingue a las antiguas fundaciones de Salamanca y Valladolid, y que a nuestros ojos hacía también respetables e interesantes las bóvedas y claustros de San Ildefonso de Alcalá. -Esta respetable investidura, aquel suntuoso y sagrado carácter, no lo reciben generalmente los establecimientos, como los hombres, con títulos y honores improvisados, con gracias y mercedes como llovidas del cielo; -lo imprimen los siglos, las numerosas páginas de una historia esclarecida, y el origen excelso, enlazado las más veces con los grandes acontecimientos nacionales o con los personajes heroicos del país.

     Y como nada de esto puede aún ostentar nuestra prosaica Universidad Matritense; como su existencia en nuestros muros no prueba más que un capricho o un cálculo más o menos fundado de los Gobiernos, su edificio incompleto no recuerda más que la innecesidad de haber destruido el bello del Noviciado, que siquiera tenía carácter y tradiciones propias, y que ampliado como pudo haber sido, habría bastado a su nuevo destino, a nuestro modo de ver, con ventajas sobre el actual; -y el aparatoso claustro, en fin, y la mucha concurrencia estudiantil no suscita en la mente otra idea que la duda, por lo menos, de la utilidad de haber aumentado de este modo con el refuerzo de toda la juventud de la capital el contingente de futuros letrados, teólogos y médicos; -de haber destruido ab irato la vitalidad de un pueblo célebre a las puertas de Madrid; -de haber gastado sumas inmensas en la construcción del edificio, sumas que hubieran bastado ampliamente para hacer un ferrocarril de Madrid a Alcalá, si se querían tener las aulas a media hora de distancia: -por todas estas razones, y algunas otras que omitimos, la Universidad Central, que imprime su nombre a un distrito de la villa, carece aún de importancia propia; excita escasas simpatías, y está muy lejos de dar a aquel mismo distrito la fisonomía escolar que presta al Cuartel latino de París la antiquísima Sorbona.

     Pero basta de estudios, y pasemos a recordar otros sucesos del mes de octubre; de este mes de grata transición entre el estío y el invierno, entre los placeres del campo y los no menos sabrosos de la corte y la ciudad.

     Restituida a sus hogares la parte más vital y más brillante de nuestra sociedad matritense, que a falta de châteaux y de villas en nuestra árida campiña, corrió a principios del verano a buscar sensaciones diversas a las playas del Océano Cántabro, a los jardines de San Ildefonso, a los baños termales o a los pajizos techos del Cabañal; -y reforzada además con la emigración extranjera (este año mucho mayor que los anteriores con motivo de la Exposición de Londres), vuelven en este dichoso mes a reanudarse las relaciones amorosas interrumpidas; a tomar cuerpo las combinaciones políticas aplazadas; a cultivarse los placeres de las artes y la sociedad. -Se preparan salones donde ostentar las bellas sus encantos; se inauguran teatros donde ganen los artistas coronas sin ducados, y ducados sin coronas; se inventan modas, y se aprestan, según las diversas condiciones, nuevas fuerzas para la nueva campaña política, amorosa o industrial. -Por resultado de ella habremos presenciado desde el uno al otro equinoccio algunas reputaciones improvisadas; -algunas fortunas hundidas; -tal cual astro nuevo de vivo esplendor en el cielo de la hermosura; -tal cual vuelta rápida en la rueda de la fortuna; -media docena de leyes nuevas elaboradas a grande orquesta; -dos o tres ministerios salidos del caos o hundidos por escotillón.

     De todo esto hemos empezado a tener un poco en el mes de octubre. -Ya nuestros teatros, desde el más elevado y aristocrático hasta el más humilde y vergonzante, abrieron sus puertas a la numerosa concurrencia. -Tenemos, pues, teatro español, teatro italiano, teatro andaluz, y en la próxima semana tendremos teatro francés. -No se puede pedir más. -Ópera seria, ópera cómica, comedia de rostro feo, de risa, de magia, de susto y de pañuelo en mano, -bailes campestres y de campaña, monos sabios, perros inteligentes, ratas maravillosas, caballos, toros, y demás artistas de escuela. -Los espectáculos se multiplican hasta el extremo de que, no bastando el número de concejales para presidirlos, ha dispuesto el Gobierno (a nuestro ver con mucho acierto) que los presida el sentido común. -Las sociedades de bailes a escote y de amor a cielo raso crecen asombrosamente; -las taurómacas de aficionados progresan; -los panoramas, cosmoramas, neoramas, dioramas, curoponamas e industrioramas caen como llovidos del cielo; -y hasta por calles y paseos, por plazas y cafés se ve el pueblo madrileño acariciado por ambulantes prodigios de arpas y teclados; voces inverosímiles de artistas di cartello; fenómenos prodigiosos de fuerza y destreza, y en las altas horas de la noche, parejas luminosas de vigilantes de farol en cinto, que también tienen que ver.

     La alta sociedad, sin embargo, no ha abierto todavía sus salones, que generalmente se inauguran otros años con los suntuosos bailes de Palacio en los días de Sus Majestades, 4 y 10 de este mes. -El estado interesante de nuestra Reina, y el cuidado que reclama una salud y una esperanza tan grata para todos los españoles, han hecho suspender por este año aquellas magníficas solemnidades, que en semejantes días eran la señal de la apertura de la nueva estación. -También en el pasado reinado se celebraba por los mismos días y con la propia solemnidad el natalicio del Monarca (día 14), y el día 1.º del mes, el aniversario de su salida de Cádiz, con gran regocijo del cuerpo de Voluntarios realistas, que asistía en semejante día a dar la guardia al palacio del Escorial, donde solía estar la corte a la sazón.

     En aquella ominosa década y en uno de aquellos llamados años, hubo también (en 1826, si no estamos trascordados) un jubileo solemne de año santo, semejante al concedido cada 25 años por su Santidad, y que ha dado principio en el arzobispado de Toledo en 5 del actual por treinta días consecutivos. -Pero entonces, como la ostentación de religiosidad era lo que ahora la ostentación de patriotismo -un medio de medrar- fue mucho más suntuosa la representación de aquel santo jubileo, y apenas hubo persona alguna, desde el Monarca hasta el último mendigo, que no tomase parte en él. -Las congregaciones y cofradías religiosas (que eran entonces las únicas asociaciones posibles y pasaban de doscientas); los consejos y tribunales supremos e inferiores; las oficinas públicas; los colegios y enseñanzas; y todos los demás establecimientos, el clero, la guarnición y el vecindario, asistieron en numerosas y lucidas procesiones a visitar las iglesias marcadas, a presenciar las funciones solemnes celebradas en ellas a sus expensas. -Todo esto era muy vistoso y socorrido para cereros y sacristanes; pero ahora, en estos tiempos no ominosos, de atrasos de pagas y descuentos proporcionales, de contribuciones de cuota fija y de subsidio piramidal, hubiera sido arriesgado el ensayar en tan grande escala aquellas preces solemnes; y por eso han estado limitadas a la procesión del clero, ayuntamiento y cofradías, verificada el domingo 19 bajo la presidencia del Emmo. Cardenal Arzobispo de Toledo; y a las parciales de algunas congregaciones religiosas, que han hecho privadamente después la santa visita.

     Ya que el giro de nuestro presente artículo nos ha conducido como por la mano a consideraciones religiosas, no podemos concluirle sin traer a la memoria la muerte de dos personas notables en diversos tiempos y por diversos conceptos, ocurrida en este mes que reseñamos. -La primera, acaecida el día 8 en París, es la del decano de nuestra historia política contemporánea, el Príncipe de la Paz D. Manuel de Godoy; -la segunda, el día 11, en Madrid, la del primer actor de nuestro teatro nacional, don Carlos Latorre. -Elevado personaje el primero en la escena política, aunque jubilado y retirado de ella hacía ya cuarenta y tres años, apenas ha excitado su muerte la curiosidad de la generación actual, que sólo le ha conocido en los libros; el segundo, justamente encumbrado a un alto puesto artístico, deja en nuestra escena un vacío por ahora irreparable y una triste sensación en nuestra memoria.

     ¿Quién hubiera predicho al serenísimo Príncipe de la Paz, al Gran Almirante, Generalísimo y Ministro universal de España e Indias; al Duque de la Alcudia y de Evora-Monte, Señor del Soto de Roma y de la Albufera de Valencia; a aquel que podía llenar de sus títulos cien pergaminos y veía pendiente de su cuello la regia insignia del Toisón de oro y todas las grandes condecoraciones de Europa; -al poderoso valido, o más bien dueño de sus reyes; -quién le hubiera dicho que desde sus palacios de Buenavista o de doña María de Aragón donde regía a su antojo los destinos de veinticinco millones de hombres en ambos mundos; donde guardias especiales custodiaban su persona o abrían paso a su carroza regia; donde los primeros magnates del reino asistían todos los miércoles a su corte y se disputaban una mirada o una sonrisa de su augusta faz; donde hasta los mismos monarcas venían a visitarle como pariente o amigo; quién le hubiera dicho, repetimos, que a casi medio siglo de distancia había de acabar su abandonada y triste vejez en una reducida habitación de la rue Michaudière, núm. 20, cuarto tercero, y en un miércoles también, y servido únicamente de una cocinera y un ayuda de cámara?

     Nosotros le hemos visto, a aquel coloso que vieron nuestros padres regir omnímodamente durante quince años los destinos de la monarquía y ostentar los tesoros del Nuevo Mundo, reducido a la triste pensión de seis mil francos que le señaló Luis XVIII, viviendo pobremente en un piso cuarto, y tan resignado, al parecer, con su suerte y las asombrosas peripecias de su vida, que no era difícil hallarlo sentado en una silla de los jardines del Palacio Real o de las Tullerías, entretenido con los niños que jugaban, recogerles los aros o las peonzas, prestarles su bastón para cabalgar, o sentarles sobre sus rodillas para recibir sus caricias infantiles. -Otros de sus comensales en dicho jardín solían ser los cómicos de provincia que se reúnen allí, como en Madrid en la plazuela de Santa Ana, los cuales solían tomarle por un actor jubilado o un aficionado veterano; y le conocían únicamente por Monsieur Manuel, no figurándose jamás que sobre aquella hermosa cabeza había descansado una corona efectiva de príncipe; que aquellos hombros, hoy encorvados, habían llevado suspendido un manto verdaderamente regio; que aquel anillo que aún brillaba en su mano era el anillo nupcial que colocara en ella una nieta de Felipe V y de Luis XIV! -Viendo su sonrisa placentera, su benevolencia e interés, ¡cuántas veces llegaron a proponerle una plaza de regiseur o una covachuela de apunte al mismo a quien habían obedecido ejércitos y armadas, que había hecho la guerra a la gran República, y que había celebrado tratados de potencia a potencia con el grande Emperador!

     Ciertamente que la suerte singular de este hombre, tanto en su rápida y asombrosa elevación, como en su profunda caída y dilatada agonía, es notabilísima en los anales de la Historia. -La nuestra especialmente, tan próvida en azares de esta especie, no presenta, sin embargo, uno idéntico en ambos casos. -Don Álvaro de Luna y don Rodrigo Calderón, muriendo en un cadalso en las plazas de Valladolid y de Madrid, concluyeron lógicamente su trágica historia; -Antonio Pérez, sublevando el reino, e intrigando en los extranjeros contra su perseguidor, sólo se le parece en haber dejado sus huesos en la vecina capital francesa; -el Conde-Duque de Olivares y el de Lerma, refugiados en sus Estados o bajo la sagrada púrpura romana, apenas sobrevivieron a su desgracia; -el P. Nithard, D. Fernando Valenzuela, Alberoni, Riperdá, la Princesa de los Ursinos y el Marqués de Esquilache, todos murieron alejados, sí, del teatro de sus triunfos, pero no olvidados, ni anulados completamente en grandeza política. -Godoy solo ha arrastrado durante casi medio siglo una existencia incógnita y miserable, en presencia de los grandes acontecimientos europeos, y sin figurar en ninguno de ellos ha sobrevivido a su propia historia; ha oído los juicios de la posteridad; ha asistido a sus propias exequias, y ha visto indiferente el olvido de tres generaciones. -Sólo su muerte a los 84 años de su edad, y 43 de su caída, volvió a hacer resonar su nombre por un momento y a revelar a la capital vecina su existencia en ella: -¡solos algunos españoles, testigos de aquella respetable ruina, acompañaron su cadáver a la bóveda de San Roque, donde fue depositado mientras se traslada a su patria! -¡Sólo las presentes líneas ha merecido a la prensa española la memoria del Príncipe de la Paz!... (11)

     Algo más justa y deferente ha andado con la del grande actor que sucedió a Isidoro Máyquez en el coturno escénico, D. Carlos Latorre, que falleció el día 11. -Su cadáver fue conducido a la última mansión con un numeroso acompañamiento de poetas y actores, que en artículos necrológicos y en discursos y composiciones improvisadas sobre su tumba consignaron la simpatía popular hacia el eminente artista que tan dignamente supo interpretar las altas creaciones de Melpomene y de Talía. -No lo extrañamos. -La pérdida del grande actor es irreparable por ahora, mientras que la del gran personaje político no ofrece vacío alguno. -Con efecto, desde la caída de Godoy, ¡cuántos y cuántos ídolos no hemos visto encumbrados por la fortuna, cuántos ministros y favoritos del poder! -Todos mal o bien representaron su papel respectivo; todos, como Godoy, brillaron más o menos en el gran teatro político cortesano; pero muerto Latorre (que heredó de Máyquez el cetro y el puñal de Melpomene), ¿quién suplirá su ausencia en la escena patria? -¿Quién se encargará de interpretar dignamente las grandes creaciones de la musa trágica, Edipo, Pelayo, Marino Falliero, Ángelo, Otelo, Óscar, Alfonso el Casto, el Rey loco, y el Justiciero?



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Noviembre

Madrid se abre

     «Dichoso mes, que entras con Todos Santos, medias con San Eugenio y acabas con San Andrés.» -Así decían nuestros abuelos en aquellos tiempos felices en que no se conocía otro calendario que el religioso, y en que las festividades de la Iglesia eran los únicos puntos que marcaban las diversas épocas del año en tal era de apacible tranquilidad y beatitud. -Ahora, bendito Dios, es otra cosa. -La vida pública y los derechos imprescriptibles, que hemos adivinado y ganado a fuerza de pulmones y de tinta, nos marcan en cada mes, en cada semana, en cada día, nuevas ocasiones en que lucirnos, nuevas solemnidades en que regocijarnos, fuera de aquellas en que, como todo fiel cristiano, estamos obligados a tener devoción.

     El mes que termina, por ejemplo, ha sido una buena prueba de estas conquistas de nuestra moderna cultura, y nos ha presentado a manos llenas ocasiones brillantes en que hacer suntuoso alarde de aquellos soberanos derechos civiles, amén de los religiosos deberes a que la santa Iglesia nos invita, en más de una solemne ceremonia.

     Abriéronse en 1.º del mes las urnas electorales para recibir los votos simpáticos de los electores hacia aquellos de sus convecinos que juzgaban dignos de representar a la heroica villa en las procesiones y fiestas públicas, en la plaza de toros y en la casa consistorial; -y no hay que decir el placer inefable, el entusiasmo y orgullo con que todos acudiríamos a ejercer el acto sublime de depositar en la urna de la opinión aquella papeletita que nos circularon las comisiones del barrio con los nombres de los ciudadanos que la dicha opinión designaba de oficio, y que obtenían las mayores simpatías hasta de los electores que jamás los habían oído nombrar. -Primera apertura del mes; primer derecho cumplido.

     Aquel mismo día, víspera del otro en que la santa madre Iglesia hace la conmemoración de los fieles difuntos, abrieron también sus fúnebres salones para recibir las visitas de deudos y amigos; y los sagrados templos para escuchar las plegarias por su eterno descanso. -Unos y otros estuvieron concurridísimos, y en unos y otros brillaron por su modestia la fe y la devoción de una parte del pueblo, sobre el fingido aparato y las demostraciones de la vanidad arregladas al último figurín. -Aquéllos, animados de una verdadera ternura, de una sincera piedad, regaron con sus lágrimas la modesta huesa donde yacen en común las prendas de su cariño; -éstos, movidos más bien por el orgullo mundanal, adornaron con festones y coronas las marmóreas tumbas de sus parientes, hicieron quemar delante de ellas fúnebres antorchas, y enviaron a sus lacayos y dependientes a llorar de ceremonia y vestidos de gran gala. -Todos, sin embargo, y cada cual a su manera, usamos de este derecho, del derecho de contemplar nuestra última mansión, y visitamos con preferencia aquellos de estos establecimientos, que por su mayor lujo o por su moderna construcción están más en moda; que hasta en ellos la fútil deidad ha llegado a extender su poderío.

     Tras de esta segunda apertura del mes, vino a los dos días siguientes la de la representación nacional, exornada con el aparato correspondiente, y ha seguido desde entonces ofreciendo sus funciones diarias y a grande orquesta, con entradas llenas, y salidas... vacías hasta ahora de cosa de provecho, a no ser la de haber permitido a nuestros padres ejercer el derecho imprescriptible de cansar sus pulmones y mostrar que estaban en voz.

     La apertura del teatro francés, verificada en los mismos días, llamó al antiguo coliseo de la Cruz a toda la concurrencia comm'il faut, y merced a cuatro pesetas por la luneta -(léase stalle),- y otras tres por un par de guantes pajizos, todos pudimos hacernos la ilusión de creernos transportados por algunas horas a la rue Richelieu o al boulevard des Italiens; ilusión por cierto de que volvíamos rápidamente al hallarnos a la salida del teatro en el antiguo callejón del Gato o en el estrecho albañal de Majaderitos. -Pero de esta apertura, y de las demás funciones públicas no queremos ocuparnos, por haberlo ya hecho en su tiempo todos los periódicos de Madrid, incluso el nuestro, y no ser tampoco ésta la especialidad del artículo actual.

     También la sociedad literaria tuvo su apertura por aquellas calendas en la solemne inauguración de las cátedras del Ateneo, que tienen el privilegio de atraer a sus salones, desde la instalación del mismo en 1835, la parte más escogida de la sociedad política y literaria de la corte; y a la verdad que este año debió quedar altamente satisfecha con el admirable discurso inaugural pronunciado por el Sr. D. José Joaquín de Mora, uno de los pocos restos venerables que ya quedan de los tiempos en que el saber no se improvisaba, sino que era fruto de profundos estudios, vigilias y tareas.

     Por último, hasta la plebe infeliz, hasta el pueblo sensual y descuidado ha tenido o celebrado en este bendito mes sus aperturas, y ejecutado sus derechos más caros. -Se ha abierto a los intrépidos aficionados (excepto los ancianos y muchachos) el circo nacional, con valientes novillos embolados, que les han proporcionado la ocasión de describir parábolas en los aires o buscar en la tierra su centro de gravedad; -se han abierto a sus pies salones de picadero, donde pueden trotar y hacer cabriolas a su sabor; -se han abierto a sus bocas los montes del Pardo, brindándoles el sabroso y primitivo manjar del Siglo de Oro; -y por último, en el mismo día en que se abrían todas estas cosas, se abría también, por disposición de la autoridad, la San Barthélemy del sustancioso mamífero proscrito en la ley de Moisés, o en términos prosaicos, la matanza oficial del ganado de cerda, que proporciona a todo cristiano viejo sus suculentos lomos, sus sabrosas salchichas, embuchados y morcillas; -todo esto amén de que, por costumbre inmemorial y autorizada, era también el mismo día el día clásico de los buñuelos, hojaldres y panecillos. -¡Qué de aperturas en un mes! ¡Qué de derechos imprescriptibles que disfrutar!

     Esto en cuanto a los religiosos, políticos y civiles, movibles y manducables; que no acabaríamos si quisiéramos hablar de otros derechos que también hemos tenido ocasión en el presente mes de hacer efectivos, v. gr., los municipales, territoriales, industriales y de consumo, -que todos son derechos, si no imprescriptibles, por lo menos adelantados y obligatorios, que para el caso es lo mismo.

     El único de los derechos que nos ha sido negado o suspendido por la Providencia divina en el presente mes ha sido el de pasear nuestras personas al sol, y regalarnos con el templado ambiente de la primera quincena de noviembre, que en todos los pueblos de la Europa meridional, y en Madrid especialmente, es conocida por el título de el veranillo de San Martín. -Este año, bendito Dios; merced a algún arreglo ministerial de allá arriba, se ha inhibido de este negociado al santo obispo de Tours, para pasarlo quizá al apóstol que cierra la mesada, que sin duda ha sido elevado con esta ocasión a ministro de Fomento, cambiando también la denominación del ramo con el título de veranillo de San Andrés. -Lo mismo da seguramente para los que sobrevivimos al arreglo; en cuanto a los que fallecieron, o quedaron cesantes por él, merced a los desapacibles nortes y nordestes del dicho período, pueden descansar en la seguridad de que se tendrán presentes sus servicios y circunstancias para mejor ocasión.

     «De-funciones (contestaba el alcalde de un pueblo de estas cercanías al interrogatorio del jefe político sobre el movimiento de aquella población) no ha habido otra que la de San Sebastián.» -En el presente mes, de funciones no ha habido notables más que la de San Eugenio, que se celebra en este arzobispado atracándose de bellotas en el monte del Pardo; -la de los días de S. M. la Reina, que la augusta madre solemnizó con un magnífico baile, y la del domingo 23, en que se verificó por el clero y autoridades la solemne rogativa de costumbre por haber entrado S. M. en el último mes de su preñez.

     Pero en cuanto a defunciones (que era lo que quería preguntar el culto jefe político al lego alcalde de San Sebastián), el mes de noviembre quedará señalado con piedra negra en los fastos de 1851. -El suave vientecillo nordeste, humedecido con las moléculas níveas del Somosierra, y apellidado aire de Madrid, que mata a un gigante y no apaga un candil, reforzado de vez en cuando por los violentos aquilones que desnudan nuestros árboles de sus amarillentas hojas y cubren de escarcha nuestras áridas campiñas, se han llevado de calle multitud de habitantes de la heroica villa, merced a sus rápidos procedimientos de pulmonías y congestiones fulminantes. -Entre estas desgraciadas ocurrencias ha habido que lamentar la pérdida de varias de las eminencias sociales; de las cuales las más visibles por su posición fueron: el Excelentísimo Patriarca de las Indias, Sr. Posada; el Sr. Gamazo, último abad de San Martín; el Sr. Miñano, comisario general de los Santos Lugares; la Excma. Sra. Duquesa de Villahermosa y la Excma. Sra. Marquesa de Santa Cruz; lamentables pérdidas todas ellas respectivamente para la Iglesia, para el Estado, y para la más alta sociedad de la corte.

     Ciertamente que la muerte en estos últimos tiempos parece haberse ensañado contra las más elevadas jerarquías. -Todavía no hace más que diez y ocho años que falleció el último rey, y ya toda la grandeza de su corte ha visto renovado su personal, quedando sólo diez o doce vivos de los titulares de las primeras casas en vida de Fernando VII. -Estos pocos, que todavía le sobreviven, son los venerables duques de Bailén y de Castro-Terreño el de Híjar, el de Villahermosa y el de Veragua; los marqueses de Malpica, Alcañices, Valmediano y Miraflores, y los condes de Santa Coloma, Cervellón y Pinohermoso (12). -Pero en cambio han bajado al sepulcro, en este corto período de diez y ocho años (y muchos en lo mejor de su edad), los duques de San Fernando, de Osuna, del Infantado, de Alagón, de Abrantes, de Rivas, de Frías, de Medinaceli, de Alba, de Benavente, de Noblejas, de la Roca, de Montellano, de Granada, de Gor y de Zaragoza; -los príncipes de Anglona y de la Paz; -los marqueses de Santa Cruz, de Santiago, de Bélgida, de Camarasa, de Ariza, de Povar, de Cerralvo, de Valverde, de Pontejos, de Castelar, de Campo-Sagrado, de San Martín, de Monasterio y de Albaida; -y los condes de Altamira, de Oñate, de Chinchón, de Puñonrostro, de San Román, de Miranda, de Fuentes, de Bornos, de Montijo, de Campo Alanje, de Toreno, de Corres, de Mora, de Parsent, de Torrejón y de Ofalia. -Esto sólo de los Grandes de primera clase; que si tendemos la vista por los altos personajes religiosos, políticos y militares de aquella época tan cercana, hallaremos haber desaparecido ya de entre los vivientes todos o casi todos los arzobispos y obispos que asistieron en 1833 a la jura de la Princesa de Asturias; -los Ministros de los diez años, Calomarde, Zambrano, Alcudia, Salazar y Pinofiel; -los célebres generales Amarillas, Eguía, España, Cartagena, Venadito, Saarfiel, Quesada, Casasarria, Valdés, Llauder, O'Donell, Canterac, Mina, Vives, Eroles, Alós, etc.; -el presidente de Castilla, Puig de Samper; el comisario de Cruzada, Varela, y otros infinitos personajes que figuraron en primera línea en la historia contemporánea, aunque de éstos no hay que extrañar su muerte, por haber sólo llegado a tan altos puestos en una edad avanzada.

     Otra generación, otros principios, otras ideas les han sucedido; y si ahora levantaran de nuevo la cabeza, creeríanse extraños en una sociedad tan diversa, aunque cercana, y apenas en el mismo Senado (panteón de las celebridades políticas) hallarían con quién departir sobre los sucesos y los hombres de su época... Sic transit gloria mundi!



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Diciembre

El turrón

     De mes de las aperturas calificábamos en nuestra Revista anterior al pasado noviembre, en atención a las muchas e importantes que en él tuvieron lugar: por la razón contraria pudiéramos muy bien apellidar al que acaba de trascurrir mes clásico de las cerraduras y finiquitos.

     Con efecto, y en prueba de nuestra aserción, bastará recordar que en él se ha cerrado la Representación nacional, concluyendo con un tercer acto, o más bien ligero epílogo, su trabajoso drama de 1851. -Cerráronse además las velaciones matrimoniales con la primer semana de Adviento, dando lugar a los novios a saborear la luna de miel sin la misteriosa y emblemática imposición de la coyunda matrimonial. -Cerráronse después los tribunales, las cátedras y estudios públicos y privados, los talleres, la Bolsa, y hasta las puertas de la eternidad para una buena parte del vecindario, que a impulsos del rigoroso cierzo se dejó conducir a pasar las Pascuas al otro barrio: -verificados todos los cuales cierres, el viejo despiadado de las alas y la segur sacó las llaves del año de gracia 1851, y encargó a San Silvestre que le cerrase a las doce en punto de la noche; con lo cual, al abrir de nuevo nuestros cerrados ojos, nos encontramos de súbito en pleno 1852.

     Pero en cambio de tantas cerraduras, que hacen aparecer al mes de diciembre cargado de pestillos y candados, todavía se han abierto en él a las fundadas esperanzas de la patria los gratos horizontes de un risueño porvenir. Y dicho se está que semejante apertura es para consolar con creces de los cerramientos de cabo de año.

     El natalicio de la augusta Princesa heredera del trono español ha sido, pues, el verdadero acontecimiento que realza para el país el mes de diciembre de 1851: y combinada su halagüeña sensación con el regocijo y festiva solemnidad con que la Iglesia celebra en estos días la conmemoración de otra Natividad más alta, ha acabado por borrar en todos los ánimos la siniestra memoria de anteriores desmanes, e imprimir a la última década del mes esa fisonomía propia, cordial, alegre y bulliciosa que la distinguen en todos los pueblos de la cristiandad.

     Además del carácter religioso, sublime y de evangélica alegría que lleva consigo el recuerdo de tan augusto misterio, reúne, como es sabido, para nosotros, otras circunstancias profanas, que contribuyen poderosamente a hacer de la Pascua de Navidad una verdadera fiesta popular. -En ella recordamos y celebramos, no solamente la terminación del año, sino también la entrada del nuevo; los strenuae que los antiguos romanos consagraban a Strinuo, diosa de la fuerza, con ramos simbólicos y mutuos obsequios el primer día del año, y los étrennes con que los pueblos modernos festejan igual día, se han resumido entre nosotros en el no menos antiguo aguinaldo o aguilando, que, según el filólogo Covarrubias, trae su origen de la voz griega guininaldo (que vale tanto como regalar el día del natalicio), o cuando menos, de la arábiga guineldum, que expresa simplemente el acto de regalar; -pero sea de esto lo que quiera, lo cierto es que ambas costumbres, los estrenos y el aguinaldo, son entre nosotros una misma cosa, y para probarlo (si ya en el hecho no estuviese probado) bastaría recordar el dicho de un célebre autor, que hace ya dos siglos escribía: «y por ser a cuatro días de mi llegada día de Año Nuevo, cobré mi aguinaldo de los señores de aquella corte.»

     De todos modos, y sea cualquiera su origen, terrible cosa es la tal costumbre para aquel desdichado que está sometido a la dura e inexorable del paganismo. -Y ¿quién no es pagano en esta tierra clásica de la cristiandad? -La publicación oficial hecha en estos mismos días por la Gaceta del presupuesto de mil y doscientos millones y pico (13) nos sirve de memento para consolarnos con la idea de que la mayoría de los españoles nos acompaña en esta triste calamidad. -Además, y para complemento de aquélla, sufrimos en estos días otros impuestos o contribuciones indirectas (aunque tampoco votadas en Cortes), cuales son los que a pretexto de Pascuas de Navidad hay que dedicar al médico, al abogado, al notario, al agente, a los dependientes y criados, al barbero, al sereno del barrio, al cartero, al repartidor de los diarios, a la lavandera, y a todo bicho viviente de la sustancia ajena.

     Esto es lo que en el lenguaje alegórico se denomina aguinaldo, ya sea o se presente bajo forma de pavos o capones, ya bajo la de vajillas de plata o barriles de malvasía; ora se disfrace en el elegante vestido de terciopelo o de chiné, ora tome la simbólica figura de billete de palco del teatro Real; ya, en fin, se trasforme en prolongados cartuchos de centenes isabelinos, ora se convierta en peseta reformada, o tosca moneda de diez céntimos de fábrica segoviana. -Pero hay sobre todo una materia que por la casi generalidad de su aplicación para este caso representa emblemática y perfectamente este agasajo general; esta materia (ya lo habrán conocido nuestros lectores) es el turrón; comprendiendo bajo este título las dulces elaboraciones de Toledo y Zaragoza, de Jijona y Alicante, de Valencia, Vitoria, Barcelona y Madrid. -En ella, pues, vienen a convertirse gran parte de los mutuos obsequios de la época; para ella disfrutan, como es justo, los funcionarios públicos un reparto oficial, una paga las viudas y cesantes, una gratificación los servidores subalternos, para que todos acudan a sacrificarla en aras de la deidad.

     Este ídolo dominante del mes tiene también su significación en todo el año, y en el lenguaje moderno sirve de emblema a las gracias y favores cortesanos, a los empleos y honores, a la participación, en fin, del presupuesto nacional. -Y si, como ha sucedido en el mes que nos toca historiar, un acontecimiento plausible viene a reforzar la devoción al turronismo, viene a despertar las esperanzas de los adeptos (quorum infinitus est numerus); viene, en fin, a destapar el cuerno de Amaltea en las mil abiertas bocas que reclaman sueldos y emolumentos, bandas y cruces, fajas y capisayos, puede inferirse la algarabía y el bisbiseo que se habrá armado en el tal mes, esperando diariamente que hable la Gaceta para saber a punto fijo quién ha merecido aquellos dones en gracia del Real alumbramiento, quién ha logrado ingresar o ascender en el sacerdocio del dios Turrón. -Entre tanto, los que nada esperamos de la fiesta andamos muy entretenidos calculando cuánto nos habrá de costar la música; duda de que en verdad saldremos muy luego con la publicación de la Guía de forasteros (los forasteros somos los no comprendidos en ella).

     Pero dejando a un lado esta materia, que forma la índole especial y dulcísima del mes, y continuando nuestra plácida revista matritense, quisiéramos encontrar otros materiales u objetos con que hacerla interesante; mas por mucho que fatigamos nuestra memoria, no hallamos cosa que de contar sea, suponiendo que no entran en nuestra jurisdicción ni los teatros ni diversiones públicas, que han desplegado en la última quincena todos sus recursos para cobrar el aguinaldo de la población entera; ni las reuniones y sociedades privadas que en tal época son de cajón; ni las intrigas y peripecias caseras a que ellas dan lugar; ni las bodas en proyecto; ni los corazones en infusión; ni las pragmáticas de las modas invernales de 1852, ni los comentarios políticos de 1851. -Tampoco queremos por hoy ocuparnos en las vicisitudes de la atmósfera, que, como es uso y costumbre en tales días, se ha mecido agradablemente entre los 1 y 5 por bajo de Reaumur, amenizado el todo con las ventiscas de Somosierra, y blanqueando, nuestra heroica villa con las nieves del Guadarrama, con gran contentamiento de los cocheros de plaza, de los aficionados al besugo, de los músicos festeros, de los médicos, sacristanes y enterradores.

     Pero como, en fin, nuestro deseo consiste en hallar algo de que hablar, y ya está visto que no nos lo brinda el mes, habremos de retrotraer nuestra crónica matritense del último del año a todos los anteriores, para ver si topamos por acaso materia digna de alabanza en punto a mejora material de nuestra villa. -Por desgracia, la Administración se ha dado tanta prisa a no hacer nada en todo el año, que aun ampliada a todo él tendrá que ser negativa nuestra reseña; quiere decir, que en lugar de consignar lo que se ha hecho, tendremos que limitarnos a indicar simplemente lo que se ha dejado de hacer.

     Cabalmente al final de los años anteriores, y cuando la población de Madrid estaba acostumbrada a ver emprendidas o realizadas muchas obras y reformas importantes, tuvimos el placer de reseñarlas, dando a sus promovedores el justo tributo de alabanza; no podemos, pues, prescindir del triste deber de consignar nuestro disgusto por no hallar medios de rendir en este año igual testimonio de nuestra imparcialidad y gratitud.

     Todo Madrid recuerda que en dichos años, y especialmente (seamos justos) en los del 1848 al 50, se verificó en la policía urbana y en el aspecto material de esta villa una completa y favorable trasformación. -A los señores Conde de Vistahermosa y Marqués de Santa Cruz, que se hallaron en aquellos años al frente de la Administración local y del Ayuntamiento, cabe la mayor parte de la gloria de aquellas utilísimas reformas, y los mismos murmuradores de ellas, que hoy disfrutan sus beneficios, no pueden menos de hacer justicia a aquella Administración.

     Durante aquella época se llevó a cabo la difícil reforma del sistema de limpiezas; se planteó en el mismo estado que le vemos el alumbrado del gas; se adoptó y planteó el empedrado de adoquines, trasformando de un modo inmejorable las calles principales de la villa; se abrieron nuevos paseos y caminos, y se aumentó en ellos y en las plazas y calles anchas el arbolado; se rotularon los faroles primero y último de cada calle para servir de gula a los forasteros durante la noche; se fijaron en las esquinas cubetas urinarias; se colocó en la Puerta del Sol un nuevo reloj, y delante del Buen Suceso la placeta de asfalto y una gran farola de gas; se emprendieron rompimientos de nuevas calles en el Barquillo, que han dado lugar a la construcción de muchos y hermosos edificios en aquel distrito; se llevó a cabo la completa trasformación del pavimento de la Plaza Mayor, y se colocó en el centro la estatua de Felipe III. Igualmente se hizo la costosa y útil obra de la Cuesta de la Vega, la del Dos de Mayo, la de la Plaza de Bilbao, la valla del Prado, y otras parciales en los edificios de la Villa, Panadería, Almacenes, Pósito y Casas Consistoriales; se reconstruyó, puede decirse, de nuevo, el edificio del Saladero con destino a cárcel de Villa, se abrieron y levantaron varias fuentes públicas, y por una combinación feliz, coincidieron con todas estas obras de la villa otras aun más importantes del Gobierno, como fueron en el año último la del teatro Real (que dio motivo a la formación simultánea de una magnífica barriada contigua), la del Palacio del Congreso, la del teatro Español, la de la nueva Bolsa y la del ferrocarril de Aranjuez. El Real Patrimonio contribuyó por su parte espléndidamente a esta serie de mejoras, continuando con celo las reales obras de Palacio, jardines y Plaza de Oriente; y los particulares rivalizaron igualmente con la Administración, construyendo en aquellos tres años más de cuatrocientas casas elegantes, y aun magníficas algunas.

     Al mismo tiempo que todas estas reformas materiales se llevaban a cabo otras administrativas. Se formaban discutían y publicaban las Ordenanzas de policía urbana, el Reglamento interior del Ayuntamiento, y los de las cárceles, matadero y teatros; se terminaba el gran Plano de Madrid, levantado a costa del Ayuntamiento, por una comisión de ingenieros; se hizo una excelente estadística de la villa; se planteó un servicio de coches de plaza, que tanta falta hacía; se adoptaba el de carros cubiertos para la conducción de carnes; se estableció la Guardia Municipal de caballería, y se formaban, discutían y aprobaban otros cien proyectos de pública utilidad y sucesiva aplicación.

     Ahora bien; ¿qué se ha hecho de aquel entusiasmo de la municipalidad matritense, o por lo menos, qué resultados positivos ha ofrecido a nuestra alabanza en todo el año de 1851? -Por más que quisiéramos consignarlos aquí, no recordamos ninguno, si no es que ya tuviéramos por tales el por lo menos dudoso beneficio de la reforma de los serenos o vigilantes nocturnos, y unos cuantos faroles de gas con que nos ha obsequiado esta Noche Buena. -Por lo demás, ni se ha llevado a cabo, como estaba convenida y escriturada, la adopción general de este alumbrado a todas las calles de la población; ni se ha continuado el empedrado de adoquines; ni se ha mejorado el ramo de limpiezas, ni el arbolado, ni los caminos; ni se han aumentado las aguas; ni se han terminado las obras de la Cuesta de la Vega y de la Plaza; ni se han emprendido las proyectadas en la puerta de Atocha, en las de Segovia, Santa Bárbara y Fuencarral; ni se han construido nuevas fuentes; ni se han subastado los mercados cubiertos de la plazuela de la Cebada y los Mostenses; ni se han abierto nuevas alcantarillas; ni se ha hecho el proyectado Matadero. -Tampoco se ha llevado a cabo la formación de las Ordenanzas de construcción, ni mejorado las de policía urbana, ni creado la Compañía de bomberos y arreglado el servicio de los incendios, ni otras infinitas necesidades, todas reconocidas, todas previstas, discutidas, y propuestos ya los medios de su posible reparación. -Para todas ellas ha trascurrido inútilmente el año de 1851, y eso que algunas, como la de incendios y la de aguas, han hecho sentir en este año su apremiante exigencia, que no se satisface con proyectos remotos, ni con nuevas comisiones, ni con añadir hojas inútiles a expedientes ya de robustas formas y de clásica y venerable antigüedad. -¡Quiera el cielo que en la Revista de diciembre de 1852 (si nos toca hacerla) tengamos que ser menos severos y entregarnos a nuestra inclinación natural de disponer elogios y parabienes siempre que hallamos motivos de combinarlos con la justa imparcialidad!



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Enero

El Año Nuevo

     En todos los pueblos, desde la más remota antigüedad, ha sido y es celebrado el primer día del año con expresivas demostraciones, símbolo de la fraternidad que debe unir a la especie humana; y a decir verdad, que ningún día parece más propio para esta clase de recuerdos de reconciliación y de ternura que aquel en que el giro del planeta que habitamos marca una nueva época en el período de los siglos y en la edad breve de la vida humana.

     No hablaremos aquí, por miedo de que se nos achaquen deseos de ostentar una pedantesca o trivial erudición, ni de los pueblos orientales del Celeste Imperio, de las Indias, de la Asiria, Persia, Arabia y Egipto, en todos los cuales se celebraba con grande aparato esta solemnidad; ni de los griegos y romanos, que tenían deidades y sacrificios consagrados a ella; ni de los antiguos gaulas, que se hacían en semejante día simbólicos regalos de ramas de encina al son del cántico Au gui l'an neuf (cuyas expresiones pue den ser acaso el verdadero origen de la voz aguilando o aguinaldo); ni, en fin, de nuestros propios antepasados, de quienes hay motivos para creer que imitaron o siguieron aquella costumbre.

     Baste a nuestro propósito consignar que aun en los pueblos modernos existe, y que, no sabemos por qué causa, sólo ha caído en desuso en el nuestro. En Inglaterra, en Alemania, en Italia, en Francia, en toda la Europa, en fin, ya con festividades religiosas, ya con públicos regocijos, cordiales y mutuas felicitaciones, el día de Año Nuevo es el más celebrado y expresivo; la Iglesia le dedica sus más solemnes pompas; los monarcas y sus cortes, sus recepciones y fiestas oficiales; los pueblos, sus regocijos privados, sus festines de familia, sus mutuos agasajos y parabienes.

     Sólo entre nosotros pasa como desapercibido entre las fiestas pascuales el día que abre la nueva era; y a no ser por celebrar en él la Iglesia el misterio de la Circuncisión de N. S. J., y conmemorarse con este motivo el sagrado nombre de Enmanuel, tan común entre los españoles, pudiera decirse que en nada se diferenciaría de los demás días del año, nada que le distinguiese y diese relieve en el curso de nuestra vida social.

     Otra costumbre antigua, también muy autorizada en el extranjero, especialmente entre nuestros vecinos los franceses, es la ceremonia, igualmente halagüeña y filosófica, que celebran en los banquetes privados el día de la Epifanía con el nombre de La torta de los Reyes. -Reúnense, pues, en tal día las familias y sus amigos en alegre festín y a cuyo final es de rigor el que haya de servirse un gran pastel o empanada, dentro del cual se encierra un grano de haba; dividido el tal pastel en tantas partes iguales como son los convidados, y después de cubrirle con una servilleta y darle muchas vueltas para evitar preferencias o trampas, se reparte a cada cual uno de los trozos al son de una canción alusiva a la fiesta, que todos entonan; y aquel en cuyo trozo se encuentra el haba, es declarado con grandes ceremonias rey de la fiesta, tiene que elegir entre los concurrentes sus consejeros y ministros, ordenar los compadrazgos, las reconciliaciones, los agasajos mutuos, y al domingo siguiente convidar a toda la sociedad a otro banquete para dar fin y abdicar en sus manos aquel reinado feliz.

     Déjase desde luego conocer el objeto tierno y moral de esta sencilla fiesta, de esta graciosa y patética costumbre, que mereció las siguientes líneas de Chateaubriand en su obra inmortal El Genio del Cristianismo:

     «Los corazones sensibles (dice aquel sublime escritor) no recuerdan sin enternecimiento aquellas horas de inocente entusiasmo en que las familias se reunían en torno del pastel que traía a la memoria los presentes de los Reyes Magos al Hijo de Dios. El abuelo, retirado durante todo el año en el interior de su cuarto, aparecía este día como el astro del doméstico hogar; sus nietecillos, que desde muchos días antes no hablaban ni soñaban más que de la haba misteriosa, saltaban a las rodillas del viejo y reanimaban con sus caricias la expresión de su fisonomía secular. Todas las frentes radiaban de alegría, todos los corazones rebosaban de cordialidad; la sala del festín estaba decorada e iluminada; los circunstantes vestían aquel día su traje más vistoso, y entre el choque de las copas y el humear de los manjares se proclamaba, al son de alegres cánticos, al rey de la fiesta, se levantaba un cetro pacífico, que sólo para hacer felices había sido inventado. A veces una superchería mal disimulada, una trampa inocente, designaba por reyes con grande algazara a la joven hija de la casa y al hijo del vecino recientemente arribado del ejército o de la universidad; estos dichosos monarcas, ruborizados de su causal advenimiento al trono, no sabían qué hacer de su elevada dignidad; las madres y los parientes brindaban a su salud; el cura del lugar, presente por lo regular a la fiesta, consagraba su unión, y concluida la comida, rompían un baile instintivo, cordial e interminable, en que el abuelo, los nietos, las madres, los hermanos y los domésticos tomaban parte al son de un violín destemplado o de un instrumento pastoril.»

     Algo de esta fiesta íntima se conserva todavía entre nosotros las vísperas de Año Nuevo y de los Reyes en la graciosa lotería o juego de suerte para sacar compadres o estrechos, que se celebra en muchas familias aun no reñidas con los antiguos usos; pero las estrambóticas coplas que, con el nombre de Motes nuevos para damas y galanes, sirven, hace acaso un siglo, para acompañar a aquel juego, para poetizar aquella prosaica extracción, han muerto por el ridículo una costumbre que sin duda alguna tuvo en sus tiempos un origen noble y ofreció en ellos un espectáculo halagüeño. -Y que es ya antigua nos lo dicen varios de nuestros autores, y aun algunos de ellos, como Hurtado de Mendoza, Solís y otros, no desdeñaron incluir en sus obras poéticas algunos de aquellos viejos epigramas, por supuesto muy diferentes de la sandia entonación de los Motes nuevos.

     También en la noche víspera de los Reyes se verifica en muchas de nuestras poblaciones, y en Madrid especialmente, otra extravagante y mal tolerada farsa, que consiste en el engaño más o menos efectivo o simulado de los pobres asturianos o gallegos recién venidos cuya supuesta ignorancia les hace servir de juguete a los pilluelos de la corte, bajo el pretexto de llevarlos a esperar a los Reyes Magos, que han de venir aquella noche repartiendo dones a todo el que encuentren. -Y si no fuera por lo repugnante que es siempre el ver convertido en objeto de ludibrio a un ser más o menos racional, seguramente que el espectáculo de tantos cándidos mozallones ridículamente ataviados con esteras y coronas, con enormes escaleras al hombro y sendos hachones en las manos, seguidos de la turba vocinglera de los embromadores, y dando aullidos, saltos y cabriolas, no dejaría de ser chistoso; pero lo peor es que esta soez e irracional costumbre suele concluir con los descalabros y quimeras que todas las diversiones de la plebe; así que no tiene ningún motivo de alabanza, ni aun de disculpa, ni por su origen, ni por su objeto, ni por sus resultados, y haría bien el Gobierno en no tolerarla más.

     Otra barbaridad semejante (aunque más disfrazada con un santo objeto) se verifica también en este mes de enero, con motivo de la fiesta de San Antonio Abad, que celebra la Iglesia a 17 del mismo, y es la romería o paseo de las vueltas cerca de la iglesia de aquel santo anacoreta. -Consiste esta costumbre en sacar muy enjaezadas las caballerías a pretexto de conducirlas a probar la cebada bendita, suministrada por los padres escolapios de San Antón; y como ellas no van solas, sino montadas por sendos jinetes, y éstos, en vez de cebada, usan, por la misericordia divina, de otros alimentos más espirituosos, de aquí la necesidad de que la tal carrera de las vueltas se halle cubierta de tiendas y puestos improvisados con todo género de mendrugos y guijarros de colores, bautizados con el nombre de Panecillos del Santo; toda clase de líquidos más o menos inocentes, decorados con los epítetos de vino manchego, rosolis y anisetas; así como también que los pedestres bípedos de todos los sexos posibles que encierran en su seno los fecundos barrios de Lavapiés, el Rastro y Maravillas, se trasladen en tal día a la angosta y prolongada calle de Hortaleza, para servir de primer término a aquel estrambótico cuadro, de objeto a aquella algazara, de blanco de aquellos tiros, coces y saludos; de coro, en fin, digno de aquella rueda infernal. -Por fortuna las luces del siglo han eliminado de ella el paseo de los cerdos, que (sea dicho con perdón) constituían en el pasado cierto privilegio de los Padres de San Antón, y que no sólo este día, sino todos los del año, inundaban, ensuciaban y ensordecían las calles de la villa; de ellos sólo hemos alcanzado a ver en nuestros tiempos el individuo o ejemplar que se rifa en la Puerta del Sol a beneficio de la Inclusa, y conocido aún con el nombre de El cochino de San Antón.

     He aquí, pues, todas las novedades que nos ha ofrecido Madrid en el mes de enero del año de gracia 1852; porque, por viejas que sean, aun no lo son tanto como las pulmonías y congestiones que en estas vecindades del Guadarrama hacen su asiento en el dichoso mes; ni como los intentos de motines de que también tuvimos en él algunas muestras; ni como las intrigas cortesanas y las ambiciones políticas que han dominado constantemente como afecciones endémicas del país; ni como los robos domésticos, los ejercicios de navaja, los desafíos de fonda, los tapetes verdes, los incendios, los atropellos, los petardos, y las multas y exacciones de que estamos en posesión, en éste y los demás meses del año los heroicos habitantes de la villa muy leal. -Nihil novum sub sole; nada, pues, ha habido de nuevo en Madrid; nada sino el año, y el uso del papel sellado hasta para los abanicos de caña o los libritos de fumar.



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Febrero

Drama horrible. -Divertido sainete

     Un drama... un terrible e imponente drama ocupa el mes que termina, y lo hará memorable, no sólo en los fastos madrileños, sino en la historia de la nación española.

     Y puesto que ni la índole de nuestro periódico, ni nuestro propio carácter, nos inclinan a tratar de los sucesos políticos contemporáneos, careceríamos no sólo del título de españoles, sino hasta del dictado de hombres, si habiendo de reseñar nuestra modesta crónica mensual de febrero, prescindiéramos de un suceso de tal magnitud, de tan gigantescas proporciones, que le ocupa todo, y que formará del año 1852 época tan señalada en la historia nacional.

     El cuadro primero de este drama colosal, representado el 2 de febrero, pudiera llevar por epígrafe o título: «La reina y la madre.» Una joven hermosa, una madre tierna, una reina augusta, amable y adorada de sus pueblos, aparece en el primer término del cuadro, rodeada de todo el esplendor del trono, adornada con la corona y las joyas de dos mundos, radiante de belleza, de alegría y de ternura; acompañada de su esposo, de su madre y sus hermanos; seguida de toda su corte; aclamada por todo un pueblo, y llevando en sus brazos maternales el primer fruto logrado de su tálamo real, que va a presentar en el templo del Altísimo a la heredera de cien reyes; que va a rendir gracias al Ser Supremo por el beneficio que la ha dispensado al concedérsela. -Los cánticos sagrados de la Iglesia se mezclan y confunden a su vista con el armónico sonido de la marcha Real española, con el estruendo de la artillería, con las fervientes aclamaciones del pueblo fiel y entusiasmado. -Cubren el suelo que han de pisar sus plantas ricas alfombras y flores aromáticas; blancas palomas y parleros pajarillos esperan a su paso recobrar la libertad para ir a remotos climas a llevar la noticia feliz; el incienso y el aroma humean ya en los altares del Ser Supremo, que se hallan magníficamente decorados para la piadosa visita de la humana majestad; el pueblo hinche las calles y paseos del tránsito; las tropas militares cubren la carrera; los balcones y ventanas están ricamente tapizados; las campanas redoblan con alegre sonido; y Madrid entero presenta un conjunto inexplicable, un cuadro gigantesco de animación, de alegría y de entusiasmo.

     En un instante (¡instante fatal e inconcebible!) aquel magnífico y solemne cuadro había cambiado; aquel ruido y movimiento de agitación se había convertido en estupor, en ansiedad universal; aquellas músicas, aquellas voces, aquellos vivas, aquellos cánticos, aquel estruendo marcial, habían dado lugar a un sepulcral silencio; aquella reina, en fin, aquella madre, aquella joven había desaparecido de la escena y yacía en el lecho del dolor; había visto salpicado de su propia sangre su magnífico regio manto; había sentido en su maternal seno el agudo y frenético puñal de un asesino... Éste, pues, con su figura lívida, con su aspecto patibulario, opuesto al de aquel ángel de bondad, ocupaba el término primero de este segundo cuadro, y escribía en él con sangre preciosa este horroroso epígrafe: El Regicida.

     Arrancado difícilmente a la indignación y a la ira del pueblo, preso y aherrojado en oscuro calabozo, aguardando por momentos escuchar la sentencia fatal que le condenaba a una oprobiosa muerte, ese hombre (mal decimos), ese aborto de la humana especie, ostenta el cinismo de un alma sin Dios y sin conciencia; desafía osado a la espada de la ley, y burla y escarnece el aspecto de la muerte y la perspectiva de la eternidad. -¿Este hombre era un monstruo, era un frenético, era una aberración singular y única de la humanidad? -Al Supremo Hacedor, que ya le habrá juzgado, queda reservado este profundo misterio; a las leyes humanas tocaba hacer justicia con arreglo a los principios del sentido común; tocaba librar a la sociedad de un monstruo inconcebible, anatematizar con el castigo tamaño atentado, satisfacer con la muerte del malvado el justísimo horror y la indignación universal. -Y en tanto que por una parte ofrecía su negro aspecto tan horrible cuadro, si volvemos los ojos a la víctima augusta, pidiendo el perdón de su verdugo; si los fijamos ante el inmenso pueblo postrado al pie de los altares, derramando lágrimas de ternura y orando piadosamente por la vida de su madre y de su reina, ¡qué espectáculo admirable y consolador, qué compensación tan espléndida no hallaremos para borrar la mancha que un hombre, que un español, que un ministro indigno del altar se atrevió a echar en las páginas de nuestra historia, limpia hasta ahora de esta clase de crímenes!

     El malvado, el monstruo, el regicida, concluyó su existencia en afrentoso patíbulo, a los cinco días y a la misma hora en que cometió su alevoso atentado. La reina, la madre, la hermosa señora recobró, por la misericordia divina, su preciosa salud; el pueblo leal y piadoso vio dichosamente escuchadas sus plegarias; y el llanto y los clamores tornáronse en himnos de gracias y en cánticos de alegría.

     «La reina y el pueblo español.» he aquí el título propio de este tercero y último acto del drama; para tratarle como merece necesitábamos la pluma de Tácito, la trompa épica del Tasso o la lira de Píndaro y de Herrera. Todo lo que la imaginación más fecunda puede idear de bello, de grande, de sublime; todo lo que el corazón más ardiente puede inspirar de tierno y de patético, no es comparable con la cordial alegría, el entusiasmo y popular delirio de un pueblo numeroso, apasionado, y herido materialmente en la persona de su reina y de su madre, vuelto a la vida, a la esperanza y al contento por la infinita bondad del Ser Supremo. -Al lado de su ferviente anhelo, en comparación de su sincero enternecimiento a la vista de la real carroza en que se encerraban los sagrados objetos de su veneración y su cariño, ¿qué son el aparato majestuoso, el séquito brillante, la magnífica decoración de aquella marcha triunfal? ¿Qué los arcos y columnas, qué los alcázares y templetes alegóricos, qué las iluminaciones, las músicas y los fuegos, al lado de aquel mágico cuadro, en que una reina de catorce millones de súbditos, en que una madre cariñosa, en que una hermosa matrona, en cuyo augusto semblante brillan a un tiempo la majestad, la ternura y la belleza, entre las oleadas del pueblo, entre las brillantes filas de guerreros, entre la nube de palomas y de flores que cubrían la atmósfera o tapizaban el suelo, entre el ruido de la artillería y el repicar de las campanas, ahogados por las férvidas aclamaciones de la multitud, atravesaba lentamente su heroica capital desde el alcázar regio hasta el pie del altar de la Reina de los cielos, de la augusta Patrona de los monarcas españoles?

     Para pintar convenientemente tan asombroso y simpático cuadro no hay colores bastantes en el pincel; para trazar tan sublime suceso no hay fuerza suficiente en la pluma de la Historia. Podrán, sí, ambos, como ya lo han hecho, dejar consignada la descripción de los festejos reales, la decoración de las calles y paseos, los monumentos triunfales, las orquestas, los fuegos, luminarias, y las demás demostraciones materiales que el Gobierno y el pueblo han preparado en breves días para dar a la augusta ceremonia un suntuoso aparato; pero lo principal de ella, lo que no se pinta, lo que no se describe, es el armonioso conjunto de alegría, de entusiasmo y de ternura popular; la sincera espontaneidad de esta verdadera ovación, única de su especie en el siglo, y que sólo puede tener lugar en nuestra España, y de que sólo puede ser objeto la persona de su reina.

     Sin poderlo remediar hemos llenado el espacio destinado a nuestra crónica mensual con la consideración del gran suceso que ha absorbido la atención pública en las tres semanas primeras del mes. -La última han venido a ocuparla las farsas y bacanales del carnaval; pero naturalmente desprovistas de prestigio y simpatía, como suele acontecer a las gracias insulsas o chocarreras de un mezquino sainete, tras las profundas y verdaderas emociones de un patético drama. -En vano los empresarios de las mil y una sociedades danzómanas anunciaban desde principios del mes anterior la llegada del Carnaval, y revelaban en inmensos carteles y pintorescos programas las gratas combinaciones que tenían dispuestas para regocijar a sus suscritores y concurrentes. -El Carnaval no venía, y los concurrentes no iban a celebrarle. -Pasaron las azarosas circunstancias de la primer semana del mes, y volvieron a enarbolar sus banderolas, tirsos y cascabeles, La Juanita, La Sílfide, La Minerva, La Floreciente, La Aurora, Los Capellanes, La Madera, La Extranjera, La Vascongada, La Juventud, La Última, La Primera, La Segunda, etc. (hasta diez o doce docenas de emblemas más o menos polkables). -La concurrencia continuaba absteniéndose de concurrir, esperando indemnizarse gratis con las fiestas reales. -Vinieron éstas, y embargaron no sólo la atención de las sociedades, de los directores y de los socios, sino que embargaron las orquestas, y ni el refuerzo de los teatros Real, del Circo, del Instituto, etc., pudo hacer ganar terreno a la carátula, hasta que, en fin, terminadas aquéllas, llegaron los tres días clásicos de la farsa a indemnizar algún tanto a las Empresas de sus gastos y sacrificios; pero esto no tanto, que no hayan lamentado la prisa que se dieron a abrir e iluminar sus salones quince días antes. -Y por si llega a tiempo para otro año, queremos darles un consejo, o presentarles un ejemplo, que acaso tuviérales cuenta el imitar; y es el de un director de esta clase de diversiones en París, que tuvo el buen sentido de anunciar la serie de sus fiestas en estos términos: -«Habiendo observado que en los primeros bailes suele ser muy escasa la concurrencia, este año se empezará por el segundo.» -Bajo este punto de vista puede decirse que el carnaval de 1852 no ha empezado propiamente en Madrid hasta las doce de la noche del martes en los salones del teatro de Oriente, y concluirá el domingo en los mismos con el baile de piñata, pasando antes el miércoles por la pradera del Canal. -Para otro año aconsejamos a los directores de las Empresas que, siguiendo la idea del arriba citado, empiecen los bailes de los días de Carnaval por el primer domingo de Cuaresma.



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Marzo

Memento homo

     «Dichosos los pueblos (decía Montesquieu) cuya historia es fastidiosa.» -Si esta observación es exacta, como nos inclinamos a creerlo, pocos podrán compararse en felicidad con la heroica y coronada villa, por lo menos durante el mes tercero del año de gracia 1852. -Y es que a las terribles peripecias y profundas sensaciones del anterior ha sucedido en él la calma y tranquila posesión de una situación normal; a los furiosos huracanes del invierno, las risueñas brisas y el perfumado ambiente de la primavera; a las fiestas reales y a las borrascosas orgías del Carnaval, el piadoso recogimiento y la templanza de la santa Cuaresma.

     Esta apacible y grata trasformación, si bien nos consuela y satisface a fuer de vecinos honrados, habitantes de la capital, y partícipes a prorrata de sus buenas o malas venturas, nos compromete y aflige bajo el aspecto de cronistas mensuales de su vida, por la escasez, por la absoluta carencia de materiales para dar a nuestro obligado artículo el menor vislumbre de interés palpitante; del aliquid latentem que el curioso lector de La Ilustración paga anticipado a razón de sendos seis reales al mes.

     Pero como no es cosa de responder a su fundada interpelación con aquella sabida fórmula de los partes militares, «sin novedad», probaremos, pues, a ingeniarnos en llenar el papel de palabras sin cosa, como los artículos de fondo de ciertos periódicos; de variaciones sin tema, como los discursos de ciertos oradores; de ruido sin armonía, como la mayor parte de lo que ahora ha dado en llamarse música española. -Y echando mano, por de pronto, de aquel socorrido resorte de la conversación en sociedad, sacaremos a relucir el temporal, y nos entusiasmaremos aparentando la mayor sorpresa al ver brillar de nuevo nuestro esplendente sol, verdear nuestros ateridos campos, jugar y volotear de rama en rama los incautos pajarillos, esparcir al viento sus colores y perfume lirios y violetas, crecer las apacibles tardes y menguar las tristes veladas, hasta llegar al perfecto equinoccio (vísperas de San José), ostentando, en fin, de nuevo la próvida naturaleza sus encantos, su juventud y lozanía.

     Todo esto en verdad es lo que en el lenguaje hiperbólico se llama música celestial, y en términos vulgares suele expresarse por el de tocar el violón; también pudiera creerse (Dios nos libre) que éramos poetas, y que nos habíamos levantado esta mañanita en son de idilios y pastorelas; pero a todo responderemos lo que nos respondió un autor dramático, más poeta que filósofo: -«Mis dramas son libretos puestos en música; imágenes de madera revestidas de seda y oropel; pues precisamente por esto agradan y seducen al público: y si los críticos me preguntan ¿qué objeto me propuse en el argumento? les respondo que el de escribir sin él; y si me replican ¿qué es lo que ha pasado en el drama? les respondo que han pasado tres horas, y que nadie las ha echado de menos.»

     Consecuencia, pues, de aquella poética entonación de la atmósfera en el mes que llamó germinal la vieja república francesa ha sido el reverdecer nuestro Prado matritense con las galanas flores del año anterior, y apuntando al mismo tiempo amplia y próvida cosecha de nuevas beldades, única recolección -es verdad- que brindan a los hijos del oso y el madroño sus áridas campiñas; -flores únicas que nacen espontáneas en su Prado concejil. -Pero de éstas es preciso convenir en que es rico de una fecundidad asombrosa, y que la muestra del año ofrece poner en olvido la memoria del anterior. -Recomendamos a los floricultores inteligentes que, si quieren convencerse de ello, dediquen un par de horas, de cinco a siete de la tarde, a herborizar con los infatibables lentes nari-colgantes por todo el ámbito que se extiende desde el carro de la Diosa de la tierra hasta el del Dios de los mares, entre el pedestal del padre de la poesía y las prosaicas sillas del Prado.

     Estas flores delicadas, que durante la cruda estación germinaron envueltas en sus capullos, o recogidas en las templadas estufas de salones y teatros, abandonan ya, a impulso de la primavera, sus invernáculos, y brillan y seducen con sus primores bajo un cielo esplendente y azulado. Abono de sus plantas productoras, a más del saludable de nuestro ardiente sol meridional, suele ser también el gusto y los caprichos de la Moda; los elegantes trajes y tocados, las magníficas telas y joyería, que para auxilio de la madre naturaleza ofrecen en amplia colección los ricos talleres de madamas Perrad y Bernós, los copiosos almacenes de la Villa de París, de Bruguera y de Nicanor. -Todos estos y otros muchos templos de la diosa aprestan y preparan sus productos para la grande exposición de primavera, que se celebra anualmente en esta capital del católico reino, desde el Jueves Santo al jueves santísimo del Corpus (ambos inclusive); todos estudian y comentan el programa de la Moda, presidenta nata y directora de la Exposición; todos aspiran a las medallas materiales del premio, si bien renunciando en cambio, y a favor del mismo objeto premiado, el lisonjero galardón del entusiasmo y el encomio públicos.

     Aquellas plantas, aquellas flores, así cultivadas, engalanadas y expuestas, darán, como es natural, sus frutos a debido tiempo, y las crónicas de los meses sucesivos nos proporcionarán sin duda la ocasión de ir consignando sus adelantos, sus triunfos, su ramificación y entronques con los árboles genealógicos más primorosos, altivos y venerandos de nuestro plantel.

     Ya en el presente mes que nos ocupa ha empezado este misterioso fenómeno creador, y ya en los primeros días de la estación primaveral han inclinado sus tempranas corolas, han abierto su seno virginal en el altar de la fecundidad, varias de las más primorosas flores del Prado madrileño, según consta bien y fielmente en los registros parroquiales y en las oficinas de la vicaría eclesiástica; y si no lo han hecho todas las demás, no hay que achacarlo por cierto a falta de disposición y deseos de su parte, sino que hasta ahora no han sido comprendidas sus almas, no ha sido estudiada su forma material, sus gracias, sus dotes y sus ricos tesoros de ternura. -Pero ellas trabajarán por conseguirlo, y siguiendo el sagrado precepto del crescite et multiplicamini, estudiando las benéficas leyes y los sistemas económicos que tratan del fomento de la población, harán que la de nuestra heroica villa reciba el año próximo el contingente de aumento que es la primera condición de su mejora material.

     Por desgracia lo necesita, si ha de cubrir con creces las numerosas pérdidas que han ocasionado en su vecindario los cierzos invernales; terrible e inevitable tributo, que no ha perdonado en las últimas semanas ni a la encumbrada grandeza, ni a la brillante hermosura, ni a la poderosa fortuna, ni a la modesta e ignorada virtud; que con el mismo rigor ha descargado su fatal guadaña sobre los jóvenes Marqués de Bélgida y Pizarro que sobre el octogenario y opulento Marqués de Casa Gaviria; sobre el tierno cuello de dos brillantes jóvenes, hijos del acaudalado señor Matheu, que sobre la flor infantil de una hermosa criatura, esperanza y embeleso de una de las primeras familias de nuestra aristocracia.

     Pero basta de necrología y de filosóficos mementos, aunque a decir verdad, esta crónica, escrita en el tiempo santo de Cuaresma y consagrada exclusivamente a él, debería ocuparse, más que otra cosa, de esta clase de considerandos, y velar las páginas de su historia con el mismo fúnebre que cubre nuestros altares. -Mas como por desgracia somos escritores profanos, y como estamos persuadidos de que el ascetismo no es tampoco el fuerte de los lectores de La Ilustración, nos creemos dispensados de tratar estas sublimes materias, y dejamos a plumas más dignas y autorizadas el hablar de ellas debidamente. Sancta sanctè tractetur.

     Por eso no reseñamos la fisonomía especial que una parte de nuestra población madrileña ofrece en el tiempo cuaresmal; renunciamos, aunque con sentimiento, a bosquejar el cuadro consolador que nuestros templos religiosos, henchidos de gente, radiantes de luz y de armonía, ofrecen a las almas piadosas en tal período; no tomamos en cuenta las magníficas funciones del culto; la elocuente y apasionada voz de los oradores sagrados; los penitentes ejercicios de una parte del pueblo; la religiosa ostentación de otra. -Y como contraste repugnante y escandaloso, queremos también huir de las escenas indignas, de los abominables cuadros que la impiedad y la licencia suelen ofrecer en tales momentos, como para hacer alarde del descreído cinismo y feroz inclinación. -Los asesinatos, los suicidios, robos y violencias, las lúbricas bacanales, los insultos y desafíos, los crímenes, en fin, de toda especie, proscritos en todo tiempo y en todos los pueblos por la religión y por las leyes, son aun más dignos de reprobación en el tiempo en que nuestra santa madre Iglesia celebra sus más sublimes misterios, y repugnan también a nuestra pluma, más que inclinada a combatir el crimen, a pintar y castigar festivamente el ridículo y las debilidades humanas.

     Amplia materia, sin embargo, prestaría a nuestra risueña imaginación y modesta pluma la manera convencional y la conciencia acomodaticia con que mucha parte de nuestra sociedad halla medio ingenioso de cumplir, a su entender, con los preceptos de la Iglesia en este tiempo de penitencia, sin por eso moderar sus inclinaciones, refrenar sus apetitos ni mortificar su vida sensual. -Propondríamos, por ejemplo, el tipo del honrado ciudadano y piadoso creyente que para observar rigorosamente el ayuno incorpora a su inveterado chocolate matutino un par de chuletas de ternera, o una tortilla de jamón en cambio de la taza de sopas o del bizcocho borracho que durante el resto del año es su indispensable tente-tente de entre mañana; o que trueca los viernes la inmemorial olla enciclopédica por tres o cuatro pescados regalados y otras tantas delicadas y dulces combinaciones de huevos y lacticinios. -Sonreiríamos tal vez de la ingeniosa estratagema de la joven doncella, que multiplica en tales días sus citas y entrevistas amorosas bajo el pretexto de novenas y misereres; o de la vieja y entonada señora que, acabado de oír el sermón sobre los excesos del lujo, corre las tiendas de la calle del Carmen a trocar en trajes y atavíos las rentas de sus haciendas o el sueldo de su esposo. -Ya llamaría nuestra atención la modesta compostura y el contrito recogimiento de aquel cofrade que lleva el estandarte o la vela, creyendo hacer olvidar que con la misma mano mide escasas las varas de su mercancía o cobra centuplicados los capitales con que trafica; -o bien el fingido entusiasmo y la estudiada pasión del orador sagrado que ante un auditorio ilustre busca con su elocuencia mover el corazón del magnate, más que en favor de su doctrina, en el sentido de su protección;-la numerosa concurrencia, en fin, que hinche el espacioso templo llamada por los ecos de una brillante orquesta o por la fama de un nuevo tenor; -o la pública ostentación de caridad de la elegante dama, que se presenta a implorar el ochavo del pobre, cubierta de joyas y pedrería.

     Todos estos y otros mil contrasentidos que ofrece a los ojos del filósofo observador lo que llamamos buena sociedad, en este tiempo santo, podrían, ¿quién lo duda? dar materia a largos y risueños comentarios; pero entonces no escribiríamos un artículo de crónica, sino trazaríamos un cuadro de costumbres; y no es para esto, y sí para aquello, para lo que hoy tomamos la pluma y renunciamos al pincel.

     Pero contraídos por aquella misma imperiosa ley a la condición de simples cronistas, y habiendo de prescindir absolutamente de observaciones generales, y fijarnos sólo en narrar los acontecimientos del mes, ¿qué podremos decir a nuestros lectores, que no sepan ya por el calendario, es decir, que la primavera y la cuaresma le han ocupado por entero? -Y si, según la opinión de un sabio, «para hacer un conejo guisado lo primero es tener el conejo», ¿sobre qué materia habremos de confeccionar nuestro discurso, faltos absolutamente de objeto? -Pues entonces, buen remedio, se nos dirá: no escribir el artículo. -Es verdad, pero hay el pequeño inconveniente de que, bueno o malo, insulso o insípido, ya está escrito. -Pero, ¿cuál es su argumento? (nos preguntará justamente algún crítico); y nosotros responderemos lo que el poeta dramático antes citado: que tampoco le hemos hallado. -¿Qué es lo que ha pasado, pues, en el período que describisteis? -A esto ya podemos responder, con la arrogancia del que no teme ser contradicho: -«Ha pasado un mes.»



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Abril

Crónica sin ilustrar

     Ciertamente que para corresponder al título, un poco exótico en verdad, de esta publicación (14), en el sentido forzado a que se aplica aquella voz bajo el punto de vista editorial, necesitábamos, más bien que de nuestra propia ilustración, de la ilustración ajena, esto es, del concurso de los artistas, dibujantes, grabadores y tipógrafos, encargados de representar materialmente los sucesos, sitios y personas que hayan de ocupar esta nuestra insípida narración, para que pudieran darle así el atractivo que necesita, y de que ha de carecer naturalmente a falta de tan esencial adminículo.

     Mas por desgracia nos hallamos en tierra en que la ilustración no es todavía de uso general, y en que las leyes, la opinión y las artes han adelantado poco o nada en su prosperidad y libre cambio. -Las primeras, ofreciendo mil y mil trabas fiscales, contrariedades y obstáculos de todo género; la segunda, presentando un inconveniente aun mayor con su indiferencia y desdén; las últimas, en fin, marchando a paso de tortuga en el estrecho círculo a que naturalmente las reducen las oposiciones de los unos y la apatía o desidia de los otros.

     Por eso La Ilustración española, que, a semejanza de las de otros países, debiera ser la expresión fiel y palpitante de nuetra vida actual, tiene que reducirse a generalidades vagas, trabajos exóticos, incoherentes, tomados unas veces de los países extranjeros; incompletos y mezquinos otras, cuando un espíritu de nacionalidad nos hace dar preferencia a los nuestros. -Por eso nuestra crónica mensual, que en otras manos y en otros países podría aparecer abundante y rica en argumento, narración y accesorios de adorno, tiene que resignarse a pasar por el mezquino conducto de nuestra pluma, y aparecer a los ojos de un público (también, es verdad, poco exigente), pobre, modesta, descolorida y sin ilustrar.

     Pero, pues ha de ser forzosamente así, y habremos de continuar nuestra tarea sin protección en la ley, sin apoyo en la opinión y sin el concurso de las artes, vamos a cubrir el expediente, a llenar, que diríamos, lo menos mal que podamos esta nuestra misión sin mandato, este nuestro discurso sin auditorio, este nuestro cuadro sin luz y sin color; y cuando a nuestro juicio le hubiésemos concluido, colgaremos el marco de una de las columnas de nuestro periódico, y leerase debajo esta breve leyenda, indispensable para entender el texto: -Aquí debiera estar la Crónica Matritense del mes de abril de 1852. -Vamos adelante; ánimo, pues, y manos a la obra.

                                  «Lo que yo pintare, el tiempo dirá:
Si sale con barbas, será San Antón;
Y si no, la pura y limpia Concepción.»

     El mes de las aguas, que los almanaques pintorescos o ilustrados representan bajo el signo del Toro, y que tan grato es a las campiñas, como molesto y enfadoso en las poblaciones, ha pasado en nuestra heroica Madrid con toda aquella coquetería o veleidad de humor con que suele, resumiendo en él, y no pocas veces en el término de una semana y aun de un solo día, las cuatro estaciones del año, y obligando a las pieles y al terciopelo a alternar en notable discordancia con las gasas y el abanico, según es ya antigua costumbre en nuestra villa, si hemos de creer el testimonio del inmortal Quevedo:

                                  «Abril, que a febrero hacía,
Comenzó ayer a mayar,
Y hoy a manera de marzo
Nos ha vuelto el vendaval.»

     En los días claros y templados (que han sido los menos) la heroica población se ha entregado al entusiasmo anacreóntico, a la ternura del idilio, en el Prado, en el Retiro, en la Fuente Castellana y en los demás sitios públicos de reunión; ha saludado con alborozo el primero y fugitivo verdor de nuestras alamedas y tierras de pan llevar, y ha acudido, llena de ardor y de movimiento, a dejarse mecer en coche al través de aquel esmaltado tapiz, o a moverse en cuerpo y alma al compás de la polka o del jaleo en los pintorescos patios del Hipódromo o en los floridos vergeles de Chamberí. -En los días turbios y lluviosos han hecho su agosto los coches de plaza, los teatros, los zapateros, sastres y paragüistas, y de resultas de aquellos amables contrastes, han prosperado también los médicos y boticarios, los sacristanes y enterradores.

     Pero, en compensación de tales desmanes, hemos tenido un verdadero suceso, un acontecimiento que formará época en las efemérides matritenses: una avenida del Manzanares, que nos recuerda otra de hace algunos años, a que un nuestro amigo, insigne literato y disfrazado con el nombre de D. Crispín Centellas, entonaba un bellísimo romance, cuyos primeros versos decían:

                                  «Allá vas don Manzanares,
Tan fuera de ti en tus aguas,
Que te vienes tropezando
Beodo de banda en banda.
   El mes de abril te ha embriagado,
Que hay meses malas compañas,
Vaciándote en el modrego
Las bodegas de su casa.
   Vas hecho mar de los ríos,
Y de estatura tan alta,
Que un sargento de milicias
Te hará llegar a la marca, etc., etc.»

     Pero al fin sucedió lo de siempre, y es que al día siguiente todo estaba como antes, y los madrileños (que ya contaban con tener al pie de sus muros un Garona o un Guadalquivir) hubieron de contentarse con ver serpentear un hilo plateado (según la expresión de Góngora),

                               «Destilando gota a gota
Por los ojos de su puente»,

como decía Tirso de Molina, con lo que volvieron los votos al suspirado Canal de Isabel II, que ha de venir (Dios mediante) en algunos años o jornadas a hacer noche en la última a las alturas de Santa Bárbara, y aflojaron con esta dulce esperanza los gastos del segundo dividendo del empréstito hidráulico. -Entre tanto la Municipalidad matritense, no menos sedienta de gloria que de agua la población que dignamente representa, parece que trata de echar por otro camino, y recoger a la Montaña de Pío unos trescientos reales que andan sueltos por el sitio del Pardo, y que se dejarán coger (previo beneplácito del Real patrimonio), mediante la módica cantidad de tres millones, o lo que es lo mismo, a razón de diez mil de vellón por cada uno de los de la medida fontanera. Esto es ponerse muy en la razón, y sería preciso, no tener quinientos duros en el bolsillo para no adquirir la propiedad de noventa y seis cubas diarias, que es la traducción asturiana de la medida hidráulica del real fontanero.

     Esta solicitud, este ardor que ha impulsado a la población madrileña en el mes de las aguas hacia las mismas, no es, sin embargo, comparable al entusiasmo que la agita e impele hacia la tierra del vino. -Un ejército de veinte mil hombres la preparan en este instante fácil acceso por medio de un ferrocarril hacia los fértiles viñedos de la Mancha; y con la ayuda de Dios, podemos prometernos que para la revista próxima de setiembre tendremos, como quien dice, a la puerta de casa, los monumentos y variadas producciones de Tembleque, como ya tenemos las bellezas de Pinto y los espárragos de Aranjuez. -Y entre tanto que la Europa entera llamará a nuestras puertas por las fronteras del Norte con máquinas infernales de la fuerza de doscientos caballos, nosotros la saldremos al encuentro con galeras de catorce bueyes, o con sendas mulas del calibre de doscientas pulgas, uncidas a la caja de un desvencijado calesín; pero también correremos a puto el postre, y como alma que lleva el diablo, por el teatro de los triunfos de Don Quijote, en demanda de las costas africanas o de la blanca luna de Valencia. -Todo es correr.

     La primera jornada de este risueño viaje (o sea la del hermoso sitio de Aranjuez) se ha inaugurado este mes bajo excelentes auspicios, habiéndose trasladado a él su majestad la reina en los primeros días, y arrastrando en pos de sí, por deber o por recreo, una buena parte de nuestra más brillante sociedad. Esta fuerza de atracción que la corte y los encantos de aquel delicioso pensil ejercen en la estación presente sobre la población madrileña ha ido en progresión ascendente durante todo el mes, y en más rápida proporción continuará en el siguiente, y tanto, que para mediados de mayo todo Madrid -este todo Madrid que forma la parte más vital, aunque menos numerosa, de la población -podrá considerarse trasladado al sitio, de suerte que nuestra próxima Crónica Matritense tendrá indudablemente que ir fechada a las orillas del Tajo.

     Pero limitándonos por la presente a las del humilde Manzanares, diremos que el primer término del mes le han ocupado las solemnes funciones religiosas de la Semana Santa, aunque, por la razón ya dicha de la traslación de la corte, no pudieron tener lugar las pomposas ceremonias de Palacio -el lavatorio y la visita de estaciones por Su Majestad y Real servidumbre; -y por el inveterado chubasco de la tarde del viernes tuvo que retirarse a los primeros pasos la procesión de los mismos, única que ha quedado permanente de las muchas que en tales días se verificaban antes en Madrid. -Por estas razones ha carecido esta Semana Santa en nuestro pueblo de gran parte de la suntuosidad que forma su especial fisonomía, siendo, por lo demás, el fondo del cuadro tan interesante como

de costumbre, con el religioso aparato de los templos, la inmensa concurrencia de los fieles, la caridad cristiana representada por las más nobles y bellas damas de nuestra sociedad y servida por los cuantiosos donativos de toda la población, el fervor de los oradores sagrados, el humo del incienso y los encantos de la armonía.

     La parte profana del cuadro también tiene en Madrid su brillo especial, pues ninguna de las capitales de provincia puede siquiera imitar el conjunto brillante de elegancia, de fiesta y de lujo que ostentan las calles de Madrid el Jueves y el Viernes Santo, en aquellos días en que desde el Monarca hasta el último artesano las huellan materialmente con sus plantas; en que desaparecen instantáneamente las diferencias sociales; en que el grande y el magnate se confunden a la entrada del templo del Altísimo, con el último menestral; en que el uno abandona su elevada carroza, en que el otro deja de oprimir las calles con el peso de su carreta o de asordarlas con el ruido de su taller. -Todas ellas son entonces apacibles paseos, magníficos y variados salones, en que la aristocrática beldad luce su esbelto talle, su breve pie y su agraciado semblante, con la mantilla nacional y sin el apéndice del gorro extranjero, al paso que la modesta hija del pueblo procura rivalizar con ella en aseo y compostura; el grande y el magnate pasan como desapercibidos con el modesto traje de paisano, y el paisano se confunde con aquél, afectando el continente del caballero. Pero todo esto de una manera especial, que resalta en Madrid más que en pueblo alguno de nuestra nación; porque en ningún otro hay ni puede haber la variedad de posiciones sociales que en la corte; en ninguno puede hacerse tan sensible la desaparición de los carruajes y del tráfico, el silencio de las campanas, la suspensión de los oficios mecánicos y bulliciosos, y la nivelación, en fin, exterior de una inmensa población. -Hemos visto las ponderadas fiestas de Semana Santa en Sevilla, Valencia, Burgos, Toledo y Barcelona, y si bien en todas ellas la parte religiosa pueda llevar ventaja a Madrid, por la mayor suntuosidad de sus templos catedrales y la ostentación de sus procesiones y ceremonias, también éstas suelen ir acompañadas de accidentes impropios, de farsas ridículas, y las calles de la población son pura y simplemente lo que todos los días, y cuando más, como el domingo anterior. -Sólo Madrid representa en tales momentos un cuadro unísono y general de magnificencia, de religiosidad y de buen tono, digno del más delicado pincel; y aunque no puede competir, bajo el primer aspecto con la capital del orbe católico, ni bajo el segundo con el célebre paseo de Longchamps en la República vecina, se distingue notablemente en el conjunto entre las capitales de segundo orden.

     Esta misma ostentación religiosa continúa luego en las siguientes semanas de Pascua, especialmente en la primera, que la ilustre y piadosa congregación del Santísimo Sacramento consagra de una manera realmente incomparable a su culto en el espacioso templo de Santo Tomás; y en los domingos siguientes, en que las diversas parroquias de la capital administran el Sagrado Viático a los enfermos impedidos, con la mayor pompa y solemnidad. También este año ha sido señalado el primer día pascual con una magnífica procesión de la sagrada imagen de Nuestra Señora de Atocha, en que ostentaba el regio manto y las preciosas joyas, ofrenda de S. M. la Reina, por haber salvado milagrosamente su vida del horrible atentado del 2 de febrero.

     Pasando luego de las festividades religiosas a las profanas, la Pascua de Resurrección es el principio de una nueva vida, es el pretexto de un desusado movimiento. -Las corridas de toros, este espectáculo verdaderamente clásico y nacional, comienzan en ellas, en el año presente se han inaugurado con todos los alicientes que pueden favorecerlas: con un ganado escogido, con unos lidiadores de incomparable mérito y celebridad, con una concurrencia inmensa, y hasta con la grata novedad de haberse presentado en ellas las más elevadas y bellas damas de nuestra aristocracia, ricamente ataviadas con el pintoresco traje de Andalucía, ocurrencia feliz, que nos trajo a la memoria otra semejante de la reina Doña María Cristina en 1831, en el sitio de Aranjuez, que fue celebrada dignamente por la elegante pluma del difunto Duque de Frías, en un magnífico soneto, que, si mal no recordamos, decía así:

                                  «Bella, gentil, alegre, placentera,
Porque el circo español su pompa guarde,
Del vestido andaluz haciendo alarde,
Regocijas del Tajo la ribera.
   Entre el bullir de turba lisonjera,
Animando al valiente y al cobarde,
La luz hermosa de tus ojos arde,
Y aun embravece a la acosada fiera.
   Ninfas del Betis, que en arenas de oro
Undoso baña la imperial Sevilla,
De gracias mil riquísimo tesoro;
   Vuestros encantos eclipsando, brilla
Con majestad y nacional decoro
La incomparable Reina de Castilla.»

     Los teatros, a excepción del Real, todos volvieron a abrir sus puertas con nuevos bríos, todos procuraron, con el esmero y variedad de sus espectáculos, disputar la atención del público, que por su parte se mostró galante aun más que de costumbre; las sociedades taurómacas, filarmónicas y danzómanas lucharon con heroísmo para hacer más agradables a nuestra población las risueñas tardes y noches de abril; y hasta los espectáculos trashumantes de cajas misteriosas, autómatas inverosímiles, fenómenos humanos y pulgas inteligentes desplegaron sus programas, encendieron sus faroles y ostentaron sus primores al redoble del parche o al bramido de la trompeta. -Y como si todo esto no bastase para festejar la entrada de la primavera, se nos anuncia ya para los primeros días de mayo la apertura de un jardín monstruo de recreo, a imitación de los de Mabille y Asnières, de París, o de los difuntos Apolo, Delicias, Tívoli y Vista-Alegre, madrileños; la competencia pública de diversos profesores pirotécnicos en suntuosos artificios de fuegos; la exposición de varias colecciones de curiosas alimañas; la de un prestidigitador inconcebible, y de un improvisador de la fuerza de cuarenta caballos; la ascensión de globos inverosímiles; la presentación en los salones filarmónicos hasta de una docena de presuntos Paganinis o de Listz de tierna edad; la de otra colección de parejitas de rumbo en el género juncal; la de trescientos y un drama, en el calentito y tierno de Adriana Lecouvreur, o en el cantabile del Marqués de Caravaca; la publicación de diez o doce tomos de poesías y de otros tantos nuevos periódicos (cuya necesidad se deja sentir generalmente en las tiendas de ultramarinos); y por último, por si a consecuencia de todos estos desahogos naufragase nuestra bolsa, o hiciese noche nuestro pobre juicio, se nos presenta la halagüeña perspectiva de la próxima fundación del hospital de la Princesa o la inauguración novísima del manicomio de Leganés.



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Mayo

Fiestas populares

     Hace cosa de un siglo que decía el cáustico Voltaire, que la primera de las reputaciones usurpadas era la del mes de mayo, y que lo templado de su atmósfera y lo regalado de su ambiente eran una de tantas mentiras inventadas por los poetas; y por cierto que desde entonces acá no ha hecho otra cosa el susodicho mes sino acreditar más y más aquella crítica observación. -Y no hablemos sólo de lo que sucede en el país en que fue hecha, ni en los más avanzados del Norte, sino que hasta en las mismas penínsulas meridionales, Ibérica e Itálica, es un hecho cierto la verdad de aquella mentira, y que el mes de las flores es el más caprichoso e inconstante de la docena. -Nuestros poetas, sin embargo, siguiendo el convenio tácito arriba dicho, se esmeraron siempre en pintarle con los más risueños colores, desde Calderón, que ejecutoriaba la belleza de las Mañanas de Abril y Mayo, hasta Meléndez, que se extasiaba a la vista de la yerba aljofarada y al son del cáramo pastoril.

     La apertura de este dichoso mes se celebraba también en Madrid, en otro tiempo, con una poética romería a las orillas del Manzanares, titulada de Santiago el Verde, que también dio lugar a los alardes de la poesía bucólica; aunque es de presumir que muy de ordinario aquella fiesta campestre se viera amenizada con los destemplados aquilones y los chubascos improvisados que la vecina sierra nos regala. A pesar de todo, preciso es convenir en que, si no todos los días del mes de mayo, suelen contarse en él hasta tres o cuatro en que realmente aparece como le soñaron los poetas; y siendo como son aquellos días los más halagüeños del año, habrá que perdonarle, en gracia de ellos, las jugarretas de las cuatro semanas restantes.

     Empero si la atmósfera no viste constantemente de gala en esta mesada, la Iglesia, la corte y la villa parece que se han convenido en enaltecerla con sus más solemnes festividades, sus mayores pompas y sus más halagüeños regocijos; pudiendo decirse que toda ella ha sido y es una serie no interrumpida de fiestas, en que los días laborables vienen, por decirlo así, a formar el descanso de los de recreo y solemnidad.

     Tres fiestas, sobre todo, de las del mes de mayo en Madrid, emblematizan respectivamente la poesía de la religión, del patriotismo y del trono. -Es la primera la que consagra la villa a su glorioso patrón San Isidro Labrador, aquel hijo del pueblo que representa su piedad religiosa y está enlazado con sus más antiguos y preciados blasones históricos; la segunda, aunque precede a aquella en el orden cronológico, es la fiesta nacional del Dos de Mayo, simbolizado en las víctimas madrileñas de 1808; la tercera y última, la fiesta de corte dedicada al augusto y sagrado monarca que representa al trono español y ocupa un lugar tan señalado en la Historia y tan excelso en los altares.

     Prescindiendo ahora de la representación religiosa, histórica y política de estas tres festividades, nacional, de corte y de villa, basta sólo a nuestro propósito consignar aquí la coincidencia de ellas en este mes, sin que tampoco hayamos de detenernos en pintar su aparato, de todos conocido, y los accesorios, siquier patéticos, siquier burlescos, que las prestan su respectivo e interesante colorido; únicamente diremos que las dos primeras en este año fueron favorecidas por un magnífico temporal, y acertaron a sacar en lote dos de aquellos tres o cuatro días privilegiados de que hablábamos antes; y la tercera, aunque hoy decaída algún tanto de su pompa cortesana, por carecer de la circunstancia de celebrarse en ella el nombre del monarca reinante, ha sido celebrada en la capilla del Palacio Real de Madrid y en los jardines de Aranjuez.

     A propósito de este Real y pintoresco Sitio, residencia hoy de la corte, y al que en nuestra anterior Revista suponíamos trasladado a la sazón a aquel todo Madrid que ocupa frecuentemente los teatros y paseos, las tertulias y cafés, desde luego declararemos que nos equivocamos en aquella suposición; y que lo destemplado de la estación por una parte, y la facilidad de regresar por otra, ha hecho que si aquel Madrid ha ido a visitar las orillas del Tajo, ha dicho muy luego: -«a Madrid me vuelvo» -y en Madrid está, excepto aquella parte menos afortunada, que por indisposición de las locomotoras suele pasar tal cual noche entre Pinto y Valdemoro.

     Además de las fiestas ya dichas y de los cinco domingos, jueves de la Ascensión y Pascua del Espíritu Santo, han consagrado nuestras iglesias diarios y solemnes cultos al Mes de María, tierna y poética festividad, que hace pocos años ha progresado extraordinariamente en España, Francia e Italia. Los espectáculos profanos también han abundado, desde el exótico e insulso de las carreras de caballos, hasta el animado y clásico de los toros; desde los pintorescos fuegos artificiales en el Sitio del Buen-Retiro, hasta las grotescas zambras del Hipódromo y de la Pradera del Canal; desde las risueñas y populares zarzuelas del teatro del Circo, hasta las crispaciones nerviosas del de la calle del Desengaño, o el narcótico arrullo de la del Príncipe.

     Dos novedades también ha ofrecido este mes a los madrileños, y ambas han sido otras tantas negaciones del calendario. -La primera fue la del aniversario de la publicación de la Constitución de 1845, que aquél rezaba para el domingo 23, y nadie se ocupó de ello; la segunda, el eclipse total visible, que aquél no predijo, para el día 5, de todos o casi todos los astros periódicos de las luces, verificado por la interposición de un cuerpo opaco a manera de decreto, o por el vacío de un espacio a manera de sombra de editor. -Esta segunda novedad ha ocasionado la carencia absoluta de novedades en la plaza, o que si se han expendido en ella, haya sido gratis; pero si nadie ha podido mentir en letras de molde, todo el mundo ha sido muy dueño de hacerlo sin borrador, y ser al mismo tiempo editor y consumidor, y responderse al -«¿qué hay de nuevo?» -con toda aquella serie de suposiciones más o menos halagüeñas que le cumpliesen, y despacharse a su gusto con todos aquellos argumentos y paráfrasis que suele cada cual encargar a su periódico, mediante la módica retribución de 12 reales al mes. -Vale más así, y encargaríamos a los noticieros este método antiflogístico, esta dieta racional de lectura, que tan bien parece haberles probado en las últimas calendas, repitiéndoles para su consuelo aquella sabida y antigua copla:

                                  «De saber novedades
Non vos curedes;
Hacerse han ellas viejas
Y las sabredes.»


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Junio

Toros y verbenas

     Otra fiesta religiosa y también popular se verifica en el mes de junio, y es acaso la más lucida y ostentosa de la cristiandad, grande por su objeto y magnífica por su forma y aparato. -Nos referimos a la solemnidad del Sanctisimum Corpus Christi, que casi siempre cae dentro de dicho mes, y que celebra Madrid con una vistosísima procesión, en que figura todo lo más brillante de la corte de España, desde el monarca inclusive hasta las últimas jerarquías eclesiásticas, civiles y militares; lo cual suple en gran parte a la poética ostentación que suelen desplegar en este día las santas iglesias de Sevilla, Granada, Toledo y Barcelona.

     La extensión y hermosura de las calles de la carrera, enarenada y cubierta de toldos, que templan el ardiente sol meridional; el adorno de los balcones con vistosas colgaduras; la inmensa concurrencia de todas las clases de la sociedad; el lujo de ya caprichosos atavíos, y la hermosura de las graciosas madrileñas, que se ostenta en este día en todo su esplendor, son accesorios que realzan en gran manera aquella solemnidad religiosa, cortesana y popular. -Ya lo describimos minuciosamente, con todos sus detalles, en 1835 (15), y poco o nada podríamos añadir; pues, aunque algo amenguada en aparato oficial, todavía ostenta el suficiente para llamar la atención de propios y extraños. Aun recordamos el entusiasmo, la excitación que experimentaba Theophile Gauthier (a quien acompañábamos en su primer visita a Madrid) ante la magnificencia del acto religioso y el encantador espectáculo de las bellezas matritenses en el paseo de la calle de Carretas.

     Desde la Pascua de Resurrección hasta la canícula empiezan en Madrid las populares corridas de toros, que se celebran todos los lunes por la tarde en el circo extramuros de la Puerta de Alcalá; mas como el verano suele tardar en asegurarse, no desplegan aquéllas todo su lucimiento, ni el ganado toda su bravura, hasta bien entrado junio, y entonces es de rigor para la sociedad madrileña, desde las más altas hasta las más populares clases, la asistencia puntual a este terrible y esplendoroso espectáculo. Los más célebres luchadores del Reino, a cuyo frente brillan los valientes espadas Arjona (Cúchares), Redondo (el Chiclanero) y Francisco Montes; el ganado más bravo y escogido, la plaza mejor servida, la concurrencia numerosa e inteligente, y la animación y el bullicio consiguientes dan a este espectáculo una animación deslumbradora, un alegre bullicio, que se extiende en tales días a la población general de Madrid.

     El espectáculo que ofrece en ellos la anchurosa calle de Alcalá, con el agitado movimiento de carruajes de todas fechas y condiciones; de pedestres de todas las clases de la sociedad; y el magnífico golpe de vista de la inmensa plaza, cubierta literalmente de concurrentes de todos sexos, edades y condiciones, desde la aristocrática beldad de los palcos, que ostenta el vestido andaluz y la donosa mantilla blanca, hasta la multitud del pueblo, que ocupa gradas y tendidos con sus variados trajes, su animación y algazara, es realmente un cuadro seductor y que consigue desarmar a los más atrabiliarios censores naturales y extranjeros de estas fiestas; les seducen, les fascinan y no pueden menos de prestarlas su entusiasmo y simpatía. Hemos visto a muchas celebridades extranjeras, tales como Alejandro Dumas, padre e hijo, el Vizconde D'Arlincourt, Roger de Beauvoir, Teophile Gauthier, Charles Didier, y otros, manifestar su entusiasmo delirante en presencia de la lidia taurina; hémosles oído después repetir de viva voz las impresiones recibidas, y consignarlas luego en sus relaciones de viaje; todo lo cual prueba claramente que algo simpático, algo irresistible tiene nuestra fiesta popular. Y cuenta que esta confesión es tanto más imparcial cuanto que nuestra repulsión a las fiestas taurinas data de toda la vida y no está basada en un hipócrita sentimentalismo, sino en que no hallamos en ella (sin duda por ignorancia) aquella variedad, aquellas emociones que suponen los aficionados más o menos inteligentes, más o menos afectados, que de todo hay.

     Tampoco nos convencen ni las apasionadas diatribas de los filósofos humanitarios contra esta que llaman bárbara diversión, ni menos aún los elogios exagerados que la consagró D. Nicolás Fernández de Moratín en su erudita Disertación histórica, ni los ditirambos que empleara en su famosa oda al matador Pedro Romero, si bien sean tan bellos como los contenidos en los siguientes versos:

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«El bruto impetuoso
Muerto a tus pies, sin movimiento y frío,
Con temeraria y asombrosa hazaña,
Que por nativo brío,
Solamente no es bárbara en España.»

     Si bien luego lo echa a perder con la fanfarronada siguiente:

                               ...............................................................
«En el extenso mundo,
¿Cuál rey que ciña la imperial corona
Entre hijos de Belona,
Podrá mandar a sus vasallos fieros,
Como el dueño feliz de las Españas,
Hacer tales hazañas?
¡Cuál vencerán a indómitos guerreros
En lances verdaderos,
Si éstos sus juegos son y su alegría!
¡Oh, no conozca España qué varones
Tan invencibles cría!
¡Rogádselo a los cielos, oh naciones!»

     Esto es llevar la hipérbole hasta lo sublime del ridículo.

     Mas prescindiendo de todo ello, encomios o recriminaciones, más o menos exagerados, se ve claramente que la afición a las lides taurinas es ingénita en los españoles desde la más remota edad, y que está basada en la especial combinación de la bravura de la fiera, peculiar a nuestro clima, y la natural inclinación del hombre a dominarla; así como los indios malavares ejercitan sus juegos de destreza con las serpientes, los ingleses presencian con ardor las luchas de gallos y las carreras del hipódromo, los franceses los peligrosos ejercicios de los acróbatas, y los árabes las fantasías con sus briosos corceles y espingardas. Vese, por lo tanto, que la afición de los españoles a esa diversión es una cosa natural, y que, a pesar de las leyes, de las persecuciones y de los razonamientos filosóficos, no acabará nunca; como no acaba la costumbre de saborear todos los días la olla de ricos garbanzos castellanos y chorizos extremeños; como no acabará en Holanda y Flandes, en Alemania e Inglaterra, la afición a la cerveza, que suple la falta del vino. No se templará, en fin, la arrogancia del español, natural o heredada de los romanos, de los godos y de los árabes, y su inclinación a la lucha y a los peligros, mientras no decaiga la bravura de las reses que beben las aguas del Guadalquivir, del Tormes o del Jarama.

     Las veladas o verbenas de San Juan, San Antonio y San Pedro concurren también a dar al mes de junio un aspecto animado y pintoresco. La primera especialmente, célebre desde la antigüedad más remota, y común a todos los pueblos de la cristiandad, ha dejado en Madrid una huella luminosa, impresa en las poéticas descripciones que de ella hicieron los más célebres dramaturgos del siglo XVII, Lope, Calderón, Tirso, Montalván y otros, y especialmente por el recuerdo de las suntuosas fiestas con que en semejante noche plugo embriagar el ánimo del rey poeta, D. Felipe IV, a su poderoso valido el Conde Duque de Olivares. -Las crónicas matritenses llenas están de ampulosas descripciones de estas célebres fiestas, entre las cuales merece especial mención la que inserta Pellicer, celebrada en la noche de San Juan de 1631 en los tres jardines reunidos de las casas del Duque de Maceda (hoy de Villahermosa), del Conde de Monterrey (hoy San Fermín), y de D. Luis Méndez Carrión, Marqués del Carpio (hoy de Alcañices), a lo largo del Prado. En ella se representaron dos comedias, una de Lope, titulada La Noche de San Juan, y otra de Quevedo y de Hurtado de Mendoza, con el título de Quien miente más medra más.

     Hubo además baile, música, cena y mascarada, y luego una suntuosa rua de la corte por el paseo del Prado, hasta el amanecer. -No fueron menos aparatosas las celebradas en tal noche de 1639 y 1640; pero éstas tuvieron efecto en el nuevo sitio del Buen-Retiro, y la última en el estanque grande, en cuya isleta central (y que aun se distingue cuando se limpia dicho estanque) se alzó un teatro para representar con gran aparato La Circe, comedia famosa de Calderón, acaeciendo, empero, que en medio de la fiesta se levantó tal torbellino de viento, que apagó las luces, arrastró los telones del tablado y las máquinas teatrales, dispersando las numerosas barcas tripuladas por los aristócratas espectadores, que estuvieron a pique de perecer en aquel improvisado golfo.

     Muy lejos estamos ya de aquellos aparatosos espectáculos, y la velada de San Juan en Madrid, donde hablamos, se halla reducida a los términos más prosaicos y vulgares. Hoy, siguiendo el espíritu del siglo, se ha democratizado y convertídose en una simple noche de holgura y desenfado, bacanal de las clases inferiores de la sociedad, que al son de bandurrias y panderos invaden el antiguo Prado de San Jerónimo, sembrado todo él de puestos de buñuelos, torrados y aguardiente, y animado por las castañuelas de los danzantes y las rápidas vueltas del juego de caballos del Tío Vivo, con el trasiego del mosto y la consiguiente intervención de algún garrote o navaja. -Todos estos adminículos figuran también en las otras verbenas del mes, o sean la de San Antonio, en el paseo de la Florida, que era antiguamente la más animada y pintoresca, y hoy la menos frecuentada, y la de la víspera de San Pedro, que suele ser la más bulliciosa y trascendental.

     Todas estas expansiones del regocijo popular se traducen en simples danzas y borracheras, en las que suele tomar no poca parte la autoridad municipal.

     El Madrid cortesano, el Madrid político suele ofrecer, por el contrario, más intencionadas verbenas en las citadas de junio, y del Carmen, en el próximo julio (16), peripecias más hondas, dramas, en fin, más trascendentales, representados a grande espectáculo a beneficio de los partidos políticos; pero en el teatro casero de El Curioso Parlante no caben estas atrevidas representaciones, y cuando quisiera tocar en ellas, diríale a su pluma lo que maese Pedro al chico que mostraba el retablo: «Muchacho, muchacho, sigue tu canto llano y no te metas en dibujos ni en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles.»

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