Tras la generación perdida
Ricardo Gullón
Este es el título de un libro de John Aldridge que está siendo muy discutido en los Estados Unidos. Irving Howe, el notable crítico de Sherwood Anderson y de William Faulkner, le ha dedicado en The Kenyon Review -último número de 1951- un comentario polémico en donde puntualiza algunos extremos interesantes con relación a los escritores actuales, especialmente los aparecidos en el campo literario después de la llamada generación perdida norteamericana.
Aldridge, opina el comentarista, dice la verdad sobre los sentimientos generales cuando los describe cargados de desilusión y desesperanza, aunque Howe crea que al hablar de generación perdida está usando no una categoría literaria, sino sociológica. Un grave reproche puede hacerse -añade- a los que como él consideran posible escribir historia intelectual y literaria sin confrontar directa y formalmente las ideas.
Howe figura entre quienes creen que ni todos los jóvenes escritores cedieron a la influencia de Hemingway, ni todos se resignan a dar por buena la genialidad de Scott Fitzgerald.
Aldridge considera que la verdadera existencia del escritor depende de la existencia, dentro de su sociedad, de un orden estable de valores. Faltando ese orden y esa estabilidad, el escritor está, en su opinión, desorientado. Howe, vigorosamente, remueve lo que considera un tópico crítico. Nunca -escribe- encuéntrase en el pasado una aceptación de tales estructuras. «Muchos grandes escritores trabajaron en tiempos de valores precarios, y es inocente suponer que somos los primeros en sentirnos asaltados en la raíz por la crisis espiritual, la desintegración de las clases o, si así se prefiere expresar, por la falta de nervio». La solución no se la dará al escritor un orden estable de valores, sino la confianza en sus valores propios. Esto es lo que necesita recuperar. La crisis, por lo tanto, es de creencias; sin olvidar que los valores engendrados por esas creencias existen, aunque nos parezcan abominables.