El conocimiento de los primeros auxilios que deben prestarse en casos de accidentes, tiene innegable valor práctico, no sólo por lo que respecta a los niños que asisten a las escuelas, sino también, en muchas localidades, relativamente a otros niños y aun a las personas mayores. En este sentido, la escuela y el maestro pueden prestar inapreciables servicios, que contribuirán a ganarles voluntades y simpatías en las poblaciones a que aludimos. Esto sin contar con el deber en que están de atender, en la medida que les sea posible, a la salud de los alumnos, que es a lo que principal y primeramente se encaminan las indicaciones que siguen. No se olvide, por otra parte, que mediante lo que aquí proponemos, se coadyuvará grandemente a popularizar conocimientos que todos necesitamos, y que más de una vez hemos lamentado no poseer. ¿Quién al ver en su casa o en la calle una persona afectada de uno de esos accidentes a que nos referimos, no se ha dolido de su impotencia para poder suministrar al paciente los primeros auxilios, a fin de mitigar con ellos los sufrimientos del enfermo, cuando no evitar un desenlace de dolorosas consecuencias?
Para las indicaciones que siguen, nos hemos asesorado de varios médicos que nos han favorecido con sus consejos y observaciones, y además de consultar algunos tratados de Medicina, hemos tenido presentes los siguientes trabajos de índole análoga o igual al nuestro, a saber:
BROQEÉRE. Médecine des accidents (vol. LXXXVIII de la «Bibliothèque utile»). Paris, lib. Germer Baillière, 1886.
BUYS. Manuel des premiers secours en cas d'accidents et de maladies subites. Bruxelles, imp. de Veuve Julien Baertsœn, 1875.
ESPINE y PICOT. Manuel pratique des maladies de l'enfance (3e édition). Paris, librairie J. B. Baillière et fils., 1884.
HARO (D. Justo de). Higiene y Medicina doméstica (2ª edición). Madrid, lib. de Antonio Castilla, 1876.
PÉCAUT (Dr. Félix). Cours d'hygiène (La segunda parte trata de Higiene escolar y la tercera de los primeros auxilios en casos de accidentes). Paris, lib. Hachette, 1882.
SAFFRAY. La Médecine à la maison (un vol. de la «Petite Bibliothèque ilustrée»). Paris, lib. Hachette, 1879.
SERAINE. De la santé des petits enfants, ou avis aux mères, etc. (4ª édition). Paris, librairie F. Savy.
También hemos consultado los artículos que a este particular se refieren, del Dictionnaire de Pédagogie et d'Instruction primaire que se publica en Paris, bajo la dirección de M. BUISSON, y edit a la casa Hachette.
Para los casos de persistencia de estas hemorragias, aconsejan algunos doctores la aplicación de un sinapismo Rigollot en la nuca; inyectar en las fosas nasales una solución de percloruro de hierro (una cucharada de percloruro en un vaso de agua), o, lo que es mejor, licor de Piazza; en fin, en caso de necesidad se hacen ligaduras en la raíz del brazo y del muslo de un mismo lado: estas ligaduras, hechas mediante una venda, de un cordón o de una cuerda, deben estar suficientemente apretadas para hacer hincharse las venas superficiales, pero nunca deben estarlo al punto de producir entorpecimiento en la circulación.
Si la fractura es en las costillas, se aplicarán sobre la parte fracturada, unas tiras de aglutinante y se rodeará el pecho del paciente con una tela, como franela, por ejemplo, o con una servilleta o toalla en dos o tres dobleces, de modo que forme un cinturón ancho y muy apretado.
No rechaza la medicina para esta clase de quemaduras, antes los aconseja como medios que están al alcance de todos, los remedios caseros, que consisten en aplicar a la parte lesionada las raspaduras de patatas, harina de arroz humedecida en agua, y la tinta. La nieve y el hielo se recomiendan mucho para las quemaduras.
El doctor PASTEUR, de París, ensaya el medio de prevenir la rabia mediante una inoculación del virus, semejante a la que se hace para prevenir la viruela, por medio de la vacuna. Parece fuera, de duda la eficacia de esta especie de vacuna, y hasta se citan casos de haber curado el sabio doctor francés a personas mordidas por perros rabiosos, no obstante no hallarse sujetas a su tratamiento preventivo.
Componían la Comisión especial que redactó esta Instrucción, MM. GOUBAUX, LÉON COLIN, TRÉLAT y DUJARDIN-BEAUMETZ, ponente.
En el caso en que no se tengan a mano los vomitivos citados, y el vómito no obedezca al agua caliente (la que también pudiera faltar), debe acudirse al remedio casero de producir con insistencia cosquilleo en la garganta mediante las barbas de una pluma, por ejemplo; medio que debe emplearse con preferencia, sobre todo cuando no se sepa si la acción del veneno causa del accidente puede favorecerse por el agua y el aceite, que contribuyen a la disolución de algunos, como, por ejemplo, sucede con el último de esos líquidos respecto del fósforo.
En este sentido, las asfixias son de varias clases. Las más frecuentes pueden ser determinadas: 1º, por una presión fuerte y sostenida de las paredes del pecho, v. gr.: hundimientos de terrenos, de habitaciones, etc.; 2º, por compresión de las vías respiratorias, la garganta especialmente: ahorcados, estrangulados; 3º, por falta de aire, o sea, sumersión prolongada en el agua: ahogados; 4º, por la permanencia en una atmósfera de aire no respirable o viciado, como, por ejemplo, el gas de la combustión de los braseros (atufados), de las letrinas, salas mal ventiladas y en que se aglomeran muchas personas, etc.; 5º, por la acción prolongada del frío (congelación), 6º, por la acción del fuego o de una temperatura muy elevada; y 7º, por la de la electricidad, o sea, de las chispas eléctricas.
En toda casa, al menos en las de familias pudientes y medianamente acomodas, debiera haber un botiquín, que, aparte de otros usos, sería el auxiliar de toda madre inteligente y ordenada en la tarea de preservar la salud de los niños, los cuales padecen con frecuencia indisposiciones que atendidas a tiempo, no pasan de tales en gran número de casos, sin necesidad de acudir al médico; esto aparte de que muchas veces, por esperar a éste, por no saber la madre qué hacer ni tener a mano medicamentos, se pierde un tiempo precioso, el accidente toma incremento y se convierte en verdadera enfermedad, que suele concluir con la vida del niño. En una casa bien organizada no debiera, pues, faltar nunca lo que con razón se ha llamado la farmacia de las madres de familia.