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Un millón de soles. Capítulo primero

Jorge Eduardo Benavides






- I -

«Sudaremos, sudaremos, sudaremos»: la frase le salta inopinadamente, de vez en cuando, en medio del frenético ritmo que no lo ha abandonado desde hace cuatro días, tiñéndole el rostro de rojo, obligándolo a suspender lo que está haciendo en ese momento, avasallado de humillación. El general Carranza se lo ha preguntado en algún momento, ¿sucede algo, Juan? Y él hace un gesto con la mano, nada, Benito, nada, y continúa despachando con quien en ese momento se encuentre, pero ahí sigue la frase, como un maldito mal presagio, un nubarrón repentino en su futuro centelleante de obligaciones para con la patria: sudaremos, sudaremos, sudaremos, carajo, qué imbécil. Quizá a eso se debe el permanente mal humor que lo tiene empantanado en una ciénaga de blasfemias, piensa levantándose con sigilo para no despertar a Amparo, que duerme tranquilamente. Ya deben ser cerca de las cinco, calcula y atisba por entre las cortinas: el parque solitario, mustio, emboscado por la neblina, los dos coches patrulleros estacionados en la puerta, el murmullo de la conversación de los policías militares, qué ganas de fumar, maldición.

Sudaremos, sudaremos, qué imbécil, carajo. El reloj de la sala ha dejado caer otra gota de tiempo, lenta, pesada, que sugiere como un batir de aguas que inunda la casa y el general se revuelve incómodo, maldiciendo en voz baja, acezando como un buey por el cansancio, por el insomnio que no lo abandona pese a que el doctor Ezquenasi ha dicho que no es nada, un poco de relax, mi general, y él lo fulminó con un pestañeo, se quitó de mala manera la goma de medir la presión, cómo iba a tener relax, carajo doctor, masculló frente a los perplejos ojos azules del médico, cómo iba a conseguir tranquilidad si desde hace tres días apenas ha dormido unas horas, ha comido sin saber qué se llevaba a la boca, ha recibido en audiencia a cien, doscientas personas, ha tenido que despachar con Benito Carranza, con el general Cáceres Somocurcio, con el almirante Saura, con el comandante Carlin, con el coronel Figueroa, ha tenido que lidiar desde el principio para que los marinos y los aviadores participen y respalden al gobierno de la Nación, al gobierno del pueblo, al gobierno mío, carajo: ha tenido que bregar con gente cuyo nombre apenas recuerda y que se acercó a Palacio desde que él tomara el poder, y en algún momento ha sido asaltado por un sentimiento de burla, ha sentido que no era él quien había tomado Palacio, sino ese enjambre de gente que de pronto encuentra en salitas de espera, en salones solemnes, en el despacho contiguo al suyo. Carajo, si apenas ha tenido tiempo de familiarizarse con ese Palacio de arañas deslumbrantes y tapizones granates, de caminarlo de arriba a abajo sin desorientarse, incómodo porque se siente observado y todo ha sido tan rápido que apenas han conseguido un par de secretarias que andan tan extraviadas como él. De pronto, en algún momento del día, el general Nolasco se ha sentido perdido, embarullado y acechado: sácame de una vez a toda esta gente de aquí, Benito, le dijo ayer mismo al general Carranza mientras avanzaban apresuradamente hacia su despacho y dos civiles se acercaron a saludarlo, casi se le tiran encima, mi general, el placer de estrecharle la mano, le dijo uno de ellos adelantándose, bajito, calvo, de un bigote cuidado con relamido esmero. El primer ministro, al darse cuenta del gesto de sorpresa del general Nolasco, interpuso su mano de labrador entre él y el senador De la Puente y el senador Ramiro Ganoza, mi general, dijo haciendo un discreto movimiento como para contener o presentar a los otros: los señores han pedido audiencia con usted y están aquí desde las once, escuchó la voz de una de las secretarias a sus espaldas y Nolasco gruñó algo, estrechó las manos, un momento, por favor, caballeros, dijo con la voz exasperada, alzó una mano inapelable y entró a su despacho seguido del general Carranza, como un paquidermo adormecido, con una tranquilidad y una pachorra que es solo apariencia, simulación, estrategia: Juan, tranquilízate, vamos a organizar todo esto, pero tienes que comprender, tú mismo... sí, dijo Nolasco encendiendo un chalán, ya lo sabía, Benito, caracoles, que no amolara más, cholo, y se sentó frente a una ruma de documentos, sudaremos, sudaremos, qué imbecilidad, en todos los periódicos, malditos gacetilleros: sí, de acuerdo, ya sabía que él mismo había decidido aceptar casi todas las peticiones de audiencia que habían hecho repiquetear exasperadamente los teléfonos de Palacio, mientras unos operarios instalaban otros aparatos más porque los que tenían eran insuficientes, había exigido el general Carranza desde el primer momento en que llegó a la Casa de Pizarro, y Nolasco le dio una palmada en el hombro, lo miró con sus ojillos diminutos y maliciosos, que le pongan además línea directa con el general Carranza, su mano derecha, carajo, el único en el que podía confiar plenamente, cholo, le dijo casi al oído cuando se encontraron en las instalaciones del Centro de Instrucción Militar de Chorrillos, a la una de la mañana del 3 de octubre, y junto con el coronel Blacker y el coronel Martínez del Campo esperaron tensamente que sonara el teléfono. En la División Blindada del Rímac, a solo dos kilómetros de Palacio de Gobierno, el general Arrisueño por fin marcó el número convenido: «General Nolasco, nos ponemos en marcha». En aquel momento se abrazaron, todavía habitantes de esa redoma tibia de intimidad que pronto se desbarataría, casi desde que a cinco minutos para las seis de la tarde del mismo 3 de octubre descendiera del helicóptero que lo dejó en el parque de Palacio, junto a su equipo de gobierno.

De la calle le llegaba un rumor de ensueño, de repiqueteo de botellas de leche, de tráfico sosegado y luces aún dormidas. Ya serían las cinco y media de la mañana, aventuró.



Es un rumor sordo, al principio apenas audible, que a medida que se acerca va haciendo vibrar las paredes de los edificios y poniendo en marcha un concierto de perros que ladran enloquecidos, que despierta a la vecindad, como la lenta furia de un animal apocalíptico que se acerca y a su paso obliga a encender luces, a correr a los balcones, a fisgar por las ventanas, el corazón bombeando exhausto, ¿qué ocurre?, y hay quien piensa que es un terremoto, el flagelo ancestral de los limeños, algunas mujeres se persignan, otros rezan de rodillas, Señor aplaca tu ira, pero desde el final del viejo Jirón Trujillo, la calle colonial y vetusta que conduce al puente de Palacio de Gobierno, emerge el hocico fosco de un tanque, lento, siniestro, implacable, y luego otro, y otro más, hasta treinta, y después versátiles carros blindados color verde petróleo, con cachacos en las escotillas abiertas y fusiles en la mano, soldaditos que desde allí se saben observados por el estupefacto gentío, ¡golpe!, ¡los militares van a sacar a Belaunde!, y empiezan a repicar frenéticos los teléfonos de la ciudad, una relampagueante red de llamadas, de comentarios, los milicos han tomado el poder, escóndete hasta que todo se aclare, de precauciones, de miedos, comentarios y consejos, mejor ni asomarse por ahí.

El reloj de la cercana estación ferroviaria de Desamparados ha señalado las dos de la madrugada y en ese momento las puertas de Palacio se han abierto desde dentro. Ya hay allí una veintena de policías de investigación discretamente ocultos, a la espera de recibir instrucciones del coronel Figueroa, que va en el primero de los tanques, el corazón embravecido a tal punto que casi no puede escuchar lo que le explica el general Arrisueño desde la División Blindada, a través del walkie talkie, sólo mirar ese puente mohoso, diseñado por Eiffel, que conecta el viejo barrio colonial con Palacio de Gobierno: coronel, explica entre crepitares estáticos Arrisueño desde su base en el Rímac, ya está cercada la Casa de Gobierno en un kilómetro a la redonda, todo seguía tal como lo habían previsto. Los militares también han tomado los tres canales de televisión, Radio Nacional, Radio Victoria y el ministerio del Interior. La prefectura, la sede del partido aprista y la universidad Villarreal están bajo control, no ha habido ninguna complicación, explica el general Arrisueño llamando nuevamente por teléfono al Centro de Instrucción Militar de Chorrillos porque sabe que Nolasco querrá información puntual, está reunido allí con su plana mayor, a la espera de lo que ahora empieza a ocurrir en Palacio, cuando el tanque 233 termina de cruzar ese puente de piedra cuya extensión no es mayor que la de un bostezo, da la vuelta al edificio gris y se enfrenta a las rejas de la entrada principal: ¡Que abrieran en nombre del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas!, exigió con letras de bronce el coronel Figueroa, absolutamente seguro de la trascendencia de sus palabras, y nadie opone resistencia. Rauda, fugaz como un mal sueño, una veintena de rangers ha ingresado en Palacio de Gobierno por la puerta posterior y ahora toman posiciones, se adhieren a muros y cornisas, se agazapan entre setos y escaleras, buscan rellanos y columnas: ya están dentro. El coronel Figueroa, al mando de cuatro oficiales, cruza un pasillo largo y silencioso que huele vagamente a humedad, a blando. Agitados, en silencio, como autómatas, suben por unas escalinatas, recorren otro pasillo más corto que se abre en dos direcciones, por aquí, vacilan un instante y uno de ellos se lleva una mano a la pistola, vamos, murmura Figueroa con una voz pastosa, daría lo que sea por un buche de agua, abre violentamente una puerta y allí tropieza con el presidente Belaunde Terry. Por un momento tarda en entender que todo es cierto y no una representación teatral, como le parece al principio: lo encuentra acompañado por su hija y su secretaria, parecen estar esperándolo, hay un gesto de desprecio mayestático en el rostro del presidente que cubre con toda la largura de su brazo a ambas mujeres. «Está usted arrestado por orden de las Fuerzas Armadas del Perú», dice Figueroa avanzando unos pasos, escuchando embrujado sus propias palabras, y el presidente camina resueltamente hacia él, pero se detiene a medio metro del militar, que se identificara, so miserable, ahora mismo, ruge y se vuelve como un tigre hacia los demás oficiales que han quedado desconcertados tres pasos detrás del coronel, son ustedes unas ratas traidoras, están insultando el digno uniforme que llevan, y acerca temerariamente su pecho a una de la pistolas que le apuntan, maricones de porquería, ¿necesitaban tantas armas para enfrentarse a un hombre desprotegido y dos mujeres? Disparen, pues, so carajos. El grupo retrocede unos pasos, hay un instante de confusión en que Carito, la hija del presidente, chilla y quiere correr hacia su padre, pero Violeta Correa, la secretaria de Belaunde, la contiene. En ese mismo momento -como si todo no fuera más que una impecable coreografía largamente ensayada- el coronel Figueroa grita ¡agárrenlo! y se produce un torbellino de manos y cuerpos, el presidente patea y trata de golpear fallidamente a un oficial, rasguña a otro con el que tropieza, siente que tiran de su chompa, que alguien lo acogota hasta casi hacerle perder la conciencia, sí, ya es 3 de octubre: a estas horas su hermano Francisco debe estar festejando feliz su cumpleaños, piensa incongruentemente y siente una pena inmensa por él, por sí mismo, por el Perú, sumergido en una negrura atroz de donde repentinamente sale a flote, da trompazos contra piernas y estómagos, farfulla enloquecido, de aquí lo sacaban muerto, jadea con una voz llena de espasmos, muerto, malditos, descubre de pronto su rodilla encendida por el fuego de una patada, golpea un abdomen pero es en vano, alguien le ha doblado el brazo hasta hacerlo aullar, lo levantan casi en vilo, recorren nuevamente el pasillo sin escuchar los gritos de las mujeres, mal nacidos, traidores, milicos de mierda, mientras se alejan con el presidente y salen al frío de la noche, lo meten de cualquier manera en un furgoneta, al fin puede escuchar el presidente la voz cortante como una navaja de uno de los oficiales que tiene un rasguño en la mejilla y lo mira con rencor: rápido, al aeropuerto, todo en orden mi general, llama aún jadeante el coronel Figueroa y al otro lado, entre chisporroteos y ruidos estáticos escucha la voz del general Arrisueño, entendido, todo estaba bajo control, y se apresura a llamar a Nolasco, mi general, Palacio de Gobierno ha caído, no ha habido bajas, en estos momentos Belaunde va camino del Aeropuerto Jorge Chávez, dice con la voz más neutra y marcial que puede, siente el pecho inflamado de emoción, el Comando Revolucionario de las Fuerzas Armadas tiene el poder, agrega y escucha la voz solemne del general Nolasco, «bien hecho, mi general, ¡viva el Perú!».





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