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Viaje al centro de la tierra

Julio Verne

El domingo 24 de mayo de 1863, mi tío, el profesor Lidenbrock, volvió precipitadamente a su casita, situada en el núm. 19 de Königstrasse, una de las calles más antiguas del barrio viejo de Hamburgo.

Su criada, Marta, debió creer que se le había pasado la hora, pues apenas empezaba a cocerse la comida.

-Bueno -dije para mí-; si mi tío, que es el más impaciente de los hombres, tiene hambre, va a poner el grito en el cielo.

-¡Tan pronto el Sr. Lidenbrock! -exclamó Marta estupefacta entreabriendo la puerta del comedor.

-Sí, Marta, pero la comida tiene derecho a no estar cocida porque todavía no son las dos. Apenas acaba de dar la media en el reloj de san Miguel.

-Entonces, ¿por qué vuelve tan temprano?

-Él nos lo dirá probablemente.

-Ya está aquí; me marcho, Sr. Axel, hacedle vos entrar en razón.

La criada Marta volvió a la cocina.

Yo quedé solo; pero mi carácter, algo indeciso, no me permitía hacer comprender la razón al más irascible de los profesores; por lo mismo me preparaba a volver prudentemente a mi habitación del piso segundo, cuando los goznes de la puerta de la calle rechinaron y los peldaños de la escalera crujieron bajo el peso de dos grandes pies, y el dueño de la casa, pasando por el comedor, entró rápidamente en su gabinete de trabajo.

Al pasar dejó en un rincón su bastón de puño de plomo, sobre la mesa su gran sombrero de pelo erizado, dirigiéndome estas palabras:

-Axel, sígueme.

Apenas había tenido tiempo para moverme, cuando ya había exclamado el profesor con vivo acento de impaciencia:

-¡Qué! ¿No estás ya aquí?

Apresurome, pues, a entrar en el gabinete de mi temible tío.

Otto Lidenbrock no era un hombre malo, convengo en ello; pero a no ocurrir cambios improbables, estaba destinado a ser terriblemente original hasta su muerte.

Era profesor en Johannaeum, donde explicaba mineralogía, encolerizándose cuotidianamente dos o tres veces, no porque le preocupara tener discípulos asiduos a sus lecciones, ni por el grado de atención que le concedieran, ni por el éxito que pudiera obtener en su consecuencia. Estos detalles le importaban poco. Enseñaba subjetivamente, según la expresión de la filosofía alemana, para sí y no para los demás. Era un sabio egoísta, un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando se quería sacar algo de él; en una palabra, un avaro.

En Alemania hay algunos profesores de esta clase.

Desgraciadamente, mi tío no gozaba gran facilidad de pronunciación cuando hablaba en público, defecto grave para un orador. En efecto, durante sus explicaciones en Johannaeum, sucedía, que a veces se detenía el profesor de repente y luchaba con una palabra recalcitrante que no quería salir de sus labios una de esas palabras que se resisten y terminan por brotar en la forma poco científica de un juramento. De aquí su terrible cólera.

Ahora bien; hay en mineralogía algunos nombres semigriegos, semilatinos, difíciles de pronunciar que escoriarían los labios de un poeta. No es por hablar mal de esta ciencia -¡Dios me libre!-, pero cuando se encuentra uno en presencia de cristalizaciones romboédricas, de resinas retinasfálticas, de selenitas, de tungstitas, de molibdatos de plomo, de magnesio, de titanatos de circonio, permitido es a la lengua más comedida enfurecerse.

Los estudiantes conocían este perdonable defecto de mi tío, y abusaban induciéndole a pronunciar párrafos difíciles que le enfurecían; reíanse de él, aunque esto no sea de buen gusto ni aun para alemanes, y si había siempre grande afluencia de auditorio en la clase de Lidenbrock, muchas de las personas que a ella asistían, más que para aprender la ciencia, iban a divertirse con los cómicos furores del profesor.

Prescindiendo de esto, puedo decir muy alto que mi tío era un verdadero sabio. Aunque algunas veces rompiera los ejemplares al ensayarlos demasiado bruscamente, unía al genio del geólogo el ojo del mineralogista. Con su martillo, su cincel de acero, su aguja imantada, su soplete y su frasco de ácido nítrico, era un hombre de mérito. Por la fractura, por el aspecto, por la dureza, por la fusibilidad, por el sonido, por el olor, por el gusto de cualquier mineral lo clasificaba sin titubear entre las seiscientas especies que cuenta hoy la ciencia.

De aquí que el nombre de Lidenbrock figurase honoríficamente en los liceos y asociaciones nacionales. Los señores Humphry Davy, Humboldt y los capitanes Franklin y Sabine le visitaron a su paso por Hamburgo; y los señores Becquerel, Ebelmen, Brewster, Dumas, Milne-Edwards y Sainte-Clare-Deville le consultaban sobre las cuestiones más palpitantes de la química. Esta ciencia le debía muchos descubrimientos notables, y, en 1853, apareció en Leipzik un Tratado de cristalografía trascendental, por el profesar Otto Lidenbrock, magnífico infolio con láminas que no cubrió los gastos de impresión.

Añadid a esto que mi tío era conservador del museo mineralógico del señor Struve, embajador de Rusia, preciosa colección muy renombrada en Europa.

Este era el personaje que con tanta impaciencia me llamaba. Para conocerle mejor, representaos un hombre alto, delgado, de salud de hierro y de cabellos de un rubio juvenil, que le quitaban diez años largos de sus cincuenta. Sus grandes ojos se movían incesantemente tras enormes anteojos; su nariz, larga y afilada, parecía una hoja de cuchillo: los malévolos pretendían que estaba imantada y atraía las limaduras de hierro; pero esto era una calumnia; la verdad es que solo atraía tabaco rapé, pero en grande abundancia.

Añadiendo que mi tío daba pasos de media toesa, matemáticamente medidos, y que al andar apretaba sólidamente los puños, señal de impetuoso temperamento, se le conocerá bastante para no desear su compañía.

Habitaba su casita de Königstrasse, construida mitad de madera y mitad de ladrillo, con vistas a uno de los sinuosos canales que cruzan el barrio viejo de Hamburgo, y que por fortuna respetó el incendio de 1842.

Es verdad que la tal casa era algo vieja y que enseñaba el vientre a los transeúntes; que el techo lo tenía inclinado sobre la oreja, como la gorra de un estudiante de Tugudlennd, y que dejaba mucho que desear el aplomo de sus líneas; pero a pesar de estos ligeros defectos, se conservaba bien, gracias a un viejo olmo, vigorosamente incrustado en la fachada y que en primavera extendía sus retoños a través de las ventanas.

Mi tío era bastante rico para lo que puede serlo un profesor alemán. La casa le pertenecía en absoluta propiedad, tanto el continente como el contenido. Este estaba formado por su ahijada Grauben, joven virlandesa de diecisiete años, la cocinera Marta y yo, que en mi doble cualidad de sobrino y huérfano, pasé a ser ayudante preparador de sus experimentos.

Confesaré que me apliqué con ardor a las ciencias geológicas; tenía sangre de mineralogista en las venas, y jamás me fastidié en compañía de mis preciosos ejemplares.

En una palabra, en la casita de Königstrasse se podía vivir felizmente, a pesar de las rarezas de su propietario, porque prescindiendo de sus arrebatos, no dejaba de tenerme cariño. Pero aquel hombre no sabía esperar y hoy venía más impaciente que de ordinario.

Cuando en abril plantaba en los tiestos de las ventanas reseda o volubilis, todas las mañanas iba a tirar de las hojas para que crecieran pronto.

Con semejante original no se podía hacer otra cosa que obedecer; así es que me precipité hacia su gabinete.

Este gabinete era un verdadero museo. Allí había ejemplares de todo el reino mineral, clasificados con el orden más perfecto, según las tres grandes divisiones de minerales combustibles, metálicos y litoideos.

¡Qué bien conocía yo aquellos representantes de la ciencia mineralógica! ¡Cuántas veces, en vez de ir a jugar con los muchachos de mi edad, había preferido limpiar y colocar por orden aquellos pedazos de grafito, antracita, hulla, lignito y turba! ¡Y los betunes, resinas y sales orgánicas a las que se había de preservar hasta del más ligero átomo de polvo! ¡Y aquellos metales, desde el oro al hierro, cuyo valor relativo desaparecía ante la igualdad absoluta del valor científico! ¡Y todas aquellas piedras que hubiesen bastado para reconstruir la casa de Königstrasse, añadiendo una buena habitación para mí!

Pero en ninguna de estas maravillas pensé al entrar en el gabinete. Mi tío ocupaba todo mi pensamiento. Al llegar, le vi sepultado en su inmensa butaca de terciopelo de Utrecht y contemplando con profunda admiración un libro que tenía en la mano.

-¡Qué libro!, ¡qué libro! -exclamó.

Aquellas palabras me recordaron que el profesor Lidenbrock era también bibliómano en sus ratos perdidos; pero a sus ojos solo tenía valor un libro cuando no se le podía encontrar o por lo menos cuando era ilegible.

-¿Pero no ves? -me dijo-; ¿no ves este libro? Es un tesoro que he encontrado esta mañana registrando en la tienda del judío Hevelius.

-¡Magnífico! -exclamé con fingido entusiasmo.

En efecto, ¿por qué había de causar tanto ruido aquel viejo tomo en 4.° encuadernado en mala piel y del que pendía una cinta descolorida?

Pero las interjecciones admirativas del profesor no cesaban.

-¿Pero ves qué hermoso? -se decía preguntando y respondiendo él mismo-. ¡Sí!, ¡es admirable! ¡Y qué encuadernación! ¿Se abre fácilmente? ¡Yo lo creo, en cualquier página queda abierto! ¿Pero se cierra bien? Sí, porque las hojas forman un todo compacto sin que ninguna se separe. ¡Y este dorso que no tiene la menor abertura, después de setecientos años de existencia! ¡Ah!, ¡he aquí una encuadernación de la que estarían orgullosos Bozerian, Closs o Purgold!

Hablando así, mi tío abría y cerraba el viejo libraco, y aunque nada me interesaba su contenido, no pude menos de preguntarle:

-¿Qué título tiene ese maravilloso libro?

-¡Este libro! -respondió mi tío animándose- es el Heimskringla de Snorri Sturluson, famoso escritor islandés del siglo XII. Es la crónica de los príncipes noruegos que reinaron en Islandia.

-¿Y sin duda será una traducción alemana? -exclamé fingiendo más entusiasmo.

-¡Quita allá! -replicó vivamente el profesor-; ¡una traducción! ¿Para qué querría yo una traducción? ¡Esta es la obra original en lengua islandesa, ese magnífico idioma a la vez rico y sencillo, que autoriza las combinaciones gramaticales más variadas y numerosas modificaciones de palabras!

-Como el alemán -insinué yo con dulzura.

-Sí -respondió mi tío encogiéndose de hombros, añadiendo que la lengua islandesa admite los tres géneros como la griega, y declina los nombres propios como el latín.

-¡Ah! -exclamé empezando a salir de mi indiferencia-; ¿y son bellos los caracteres de ese libro?

-¡Caracteres!, ¿quién te habla de caracteres, desgraciado Axel? Aquí no se trata de caracteres. ¡Ah!, ¿tomas esto por un impreso? Pero, ignorante, esto es un manuscrito, ¡y un manuscrito rúnico!...

-¿Rúnico?

-¡Sí! ¿Vas a decirme ahora que te explique esa palabra?

-Me guardaré de ello -repliqué como hombre herido en su amor propio.

Pero mi tío continuó hablando, y, a pesar mío, me instruyó en cosas que nada me importaban.

-Los runos -añadió- eran caracteres de escritura usados antiguamente en Islandia, inventados por el mismo Odin, según la tradición. ¡Pero admira, impío, admira estas letras salidas de la imaginación de un dios!

Confieso que a falta de contestación iba a arrodillarme, cosa que debe agradar tanto a los dioses como a los reyes, cuando un incidente cambió el giro de la conversación.

Este fue la caída de un grasiento pergamino que se deslizó del libro al suelo.

Mi tío se precipitó sobre él con avidez fácil de comprender. A sus ojos no podía dejar de tener gran valor un documento que tal vez estaba encerrado en aquel viejo libro desde tiempo inmemorial.

-¿Qué es esto? -exclamó.

Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamente sobre la mesa un pedazo de pergamino, de cinco pulgadas de largo y tres de ancho, cubierto de líneas transversales formadas por signos cabalísticos.

Aquellos extraños signos fueron los que determinaron al profesor Lidenbrock y a su sobrino a emprender el viaje más extraño del siglo XIX.

El profesor los miró atentamente durante algunos momentos, y en seguida dijo levantándose los anteojos:

-¡Es rúnico! Estos caracteres son absolutamente iguales a los del manuscrito de Snorri Sturluson. Pero... ¿qué significará esto?

Como, en mi concepto, el rúnico era una invención de los sabios para burlarse del pobre mundo, me alegré en mi interior de que mi tío no comprendiera una palabra. Al menos así me pareció al ver que empezaba a agitar los dedos con movimiento febril.

-¡Sin embargo, es antiguo islandés! -murmuraba entre dientes.

Y el profesor Lidenbrock debía saber lo que decía porque pasaba por verdadero políglota. No precisamente porque hablase los dos mil idiomas y cuatro mil dialectos usados en la superficie del globo, pero, aunque no todos, sabía bastantes.

Ya estaba a punto de entregarse a la violencia de su carácter, ante aquella dificultad, y yo preveía una escena violenta, cuando sonaron las dos en el reloj de la chimenea.

En el mismo momento abrió Marta la puerta del gabinete y dijo:

-La sopa está servida.

-¡Que se la lleve el diablo! -exclamó mi tío-, ¡y a la que la ha hecho y a los que la coman!

Marta echó a correr. Yo escapé detrás de ella, y sin saber cómo me encontré sentado en el comedor en mi sitio habitual.

Esperé algunos instantes. El profesor no apareció. Era la primera vez que lo veía faltar a la solemnidad de la comida. ¡Y qué comida! Sopa de yerbas, tortilla con jamón, un solomillo de vaca, y para postres langostinos con azúcar, acompañado todo con vino del Mosela.

El viejo pergamino hacía perder todo esto a mi tío. Pero en mi cualidad de cariñoso sobrino, me creí obligado a comer por él y por mí, y aseguro que lo hice concienzudamente.

-¡Jamás he visto cosa igual! -decía la vieja Marta-. ¡No estar en la mesa el señor Lidenbrock!

-Es increíble.

-¡Esto presagia algún acontecimiento grave! -añadió la cocinera.

En mi concepto, aquello no presagiaba más que una escena espantosa cuando mi tío viera devorada su comida.

Comiendo estaba el último langostino, cuando una voz sonora me arrancó a las delicias de los postres. De un salto llegué al gabinete.

-Evidentemente es rúnico -decía el profesor frunciendo las cejas-; pero aquí hay un secreto que descubriré, si no...

Un ademán enérgico acabó su pensamiento.

-Ponte ahí -dijo dando un puñetazo en la mesa-; escribe.

En un segundo estuve dispuesto.

-Voy a dictarte las letras de nuestro alfabeto que corresponden a cada signo islandés. Veremos el resultado que da esta. Pero ¡por san Miguel! Cuida de no equivocarte.

Mi tío empezó y yo trabajé con sumo cuidado. Reunidas las letras, solo produjeron la siguiente incomprensible serie de palabras:

m. rnllsesreuelseecJde
sgtssmfunteiefniedrke
qut. samnatrateSSaodrrn
emtnael nuaect rrilSa
Atvaar .nscrc ieaabs
ccdrmi eeutul frantu
dt, iac oseiboQuediii

Terminado este trabajo, cogió mi tío el papel que yo acababa de escribir, y lo examinó con suma atención.

-¿Qué quiere decir esto? -repetía maquinalmente.

Confieso que nada podía decirle. Además, no me preguntaba, y continuaba hablando consigo mismo.

-Esto es lo que llamamos un criptograma -decía-; medio de ocultar el sentido trastornando de intento las letras que, convenientemente ordenadas, forman la frase inteligible. ¡Cuando pienso que tal vez existe en este pergamino la explicación o revelación de un gran descubrimiento!

Por mi parte pensaba que no había absolutamente nada, pero guardé mi opinión.

El profesor cogió entonces el libro y el pergamino y los comparó de nuevo.

-No están escritos por la misma mano -dijo-; el criptograma es posterior al libro. La prueba evidente es que la primera letra es una doble M, que en vano se buscaría en el libro de Sturluson, porque no se añadió al alfabeto islandés hasta el siglo XIV. De esto resulta que existen doscientos años lo menos entre el manuscrito y el pergamino.

Convengo en que esto me pareció muy lógico.

-Creo que trazaría estos misteriosos caracteres alguno de los poseedores del libro. Pero ¿quién diablo era este poseedor? ¿Habrá puesto su nombre en alguna página del manuscrito?

Mi tío se levantó los anteojos, tomó una fuerte lupa y examinó atentamente las primeras hojas del libro. En el reverso de la segunda encontró una especie de mancha que ofrecía el aspecto de un borrón de tinta. Pero mirándola de cerca, se distinguían algunos caracteres. Mi tío comprendió que allí estaba la clave del enigma, y examinando atentamente la mancha con el auxilio de su lente, reconoció los caracteres rúnicos que expresaban el nombre siguiente:

Arne Saknussemm.

-¡Arne Saknussemm! -exclamó con tono triunfante-; ¡esto es un nombre, y un nombre islandés por cierto, el de un sabio alquimista del siglo XVI!

Al oír aquello miré a mi tío con admiración.

-Aquellos alquimistas -añadió- aquellos Avicenas, Bacon, Lulio, Paracelso y otros eran los verdaderos sabios de su época. Hicieron descubrimientos de los que, con razón, nos asombramos. ¿Por qué no había de haber ocultado Saknussemm bajo este criptograma algún invento sorprendente? Esto debe ser. Esto es.

La imaginación del profesor se inflamaba con aquella hipótesis.

-Sin duda -me atreví a responder-; ¿pero qué interés podía tener aquel sabio para ocultar de ese modo su prodigioso invento?

-¿Qué interés? ¿Qué interés? ¿Y lo sé yo por ventura? ¿No obró así Galileo respecto al planeta Saturno? Además, ya lo sabremos; he de descifrar este secreto y no he de comer ni dormir hasta conseguirlo.

-¡Oh! -murmuré en voz baja.

-Ni tú tampoco, Axel -añadió.

-¡Diablo! -dije para mí-, bueno ha sido comer por dos.

-En primer lugar -continuó mi tío- es necesario encontrar la clave de la cifra. Esto no debe ser difícil.

Al escuchar aquellas palabras, levanté vivamente la cabeza. Mi tío continuó su monólogo:

-Nada más fácil. En este documento hay ciento treinta y dos letras repartidas en setenta y nueve consonantes y cincuenta y tres vocales. Ahora bien, casi en esta proporción están formadas las lenguas meridionales, mientras que en los idiomas del norte abundan infinitamente más las consonantes. Trátase, pues, de una lengua del Mediodía.

Estas consecuencias eran muy justas.

-Pero ¿qué lengua es?

Aquí esperaba yo a mi sabio, a pesar de que descubría en él un profundo analista.

-Este Saknussemm era un hombre instruido, y no escribiendo en su lengua natural, debía elegir la usual entre los sabios del siglo XVI, es decir, la latina. Si me equivoco, podré ensayar la española, francesa, italiana, griega o hebrea. Pero los sabios del siglo XVI escribían generalmente en latín. Puedo, desde luego, asegurar a priori que esto es latín.

Al escuchar a mi tío, di un brinco en la silla. Mis recuerdos de latinista se rebelaban contra la pretensión de que pertenecieran al dulce idioma de Virgilio aquellas palabras sin sentido.

-¡Sí!, latín -continuó mi tío-; pero latín confuso e ininteligible.

-¡Enhorabuena! -pensé yo-. Como llegues a descifrarlo, listo serás, tío mío.

-Examinemos detenidamente -dijo tomando la cuartilla que yo había escrito-. He aquí una serie de ciento treinta y dos letras que se presentan en aparente desorden. Hay palabras formadas únicamente por consonantes, como la primera nrnlls, otras, por el contrario, en que abundan las vocales, como por ejemplo, la quinta uneeief o la antepenúltima oseibo. La disposición en que se encuentran estas letras no resulta de una combinación estudiada, sino que es un efecto matemático de la razón desconocida que ha presidido a la serie de las mismas. La primitiva frase debió escribirse del modo ordinario, y después se la alteró según una ley que es preciso descubrir. El que poseyera la clave de esta cifra la leería correctamente. ¿Pero cuál es esta clave? ¿La tienes tú, Axel?

Nada respondí a aquella pregunta que apenas oí. Mis ojos estaban fijos en un lindo retrato colgado de la pared, el retrato de Grauben. La pupila de mi tío se encontraba entonces en Altona, casa de un pariente suyo, y su ausencia me tenía muy triste, porque puedo decir ahora que la hermosa virlandesa y yo nos amábamos con la paciencia y tranquilidad alemana. Nos habíamos dado palabra de matrimonio sin saberlo mi tío, demasiado geólogo para comprender estos sentimientos. Grauben era una joven encantadora, rubia y con ojos azules, su carácter era algo grave y formal, pero no por esto me amaba menos. En cuanto a mí, la adoraba, si es que este verbo existe en lengua tudesca. La imagen de mi linda virlandesa me había trasportado del mundo real al de las ilusiones y recuerdos.

Pensaba en mi fiel compañera de trabajos y placeres que diariamente me ayudaba a arreglar los preciosos minerales de mi tío; ella los clasificaba conmigo. ¡Era muy entendida en mineralogía la señorita Grauben! Hubiese dado lecciones a más de un sabio y gustaba de profundizar las arduas cuestiones de la ciencia. ¡Qué dulces horas hemos pasado estudiando juntos! ¡Y cuántas veces envidié a aquellas insensibles piedras que ella tocaba con sus lindos dedos!

Cuando terminábamos el estudio, salíamos juntos, y paseando por las umbrosas alamedas del Alster, íbamos al viejo molino que tan buen efecto hace en el extremo del lago. Cogidos de la mano, y refiriéndole yo cosas que le hacían reír, llegábamos a orillas del Elba, y después de saludar a los cisnes que se bañan entre grandes ninfeas blancas, volvíamos en el vapor.

En esto pensaba cuando dando mi tío un puñetazo en la mesa, me volvió a la realidad.

-Veamos -dijo-; cuando se quieren barajar las letras de una frase, lo primero que se debe ocurrir es escribirlas verticalmente en vez de colocarlas en línea horizontal.

-¡Calla! -murmuré en voz baja.

-Es preciso ver qué resultado da esto. Axel escribe en esa cuartilla una frase cualquiera; pero en vez de poner las letras una al lado de otra, ponlas sucesivamente en columnas verticales de modo que formen cinco o seis.

Al momento comprendí a mi tío, y escribí lo siguiente:

Tmeae
eu rGn
achmr!
mo ou
oh sb

-Bien -dijo el profesor sin leer-. Ahora coloca esas palabras en línea horizontal.

Obedecí y obtuve lo siguiente:

Tmeae eurGn achmr! moou ohsb

-¡Perfectamente! -dijo mi tío arrancándome el papel de las manos-. He aquí un escrito que tiene algo del aspecto del viejo pergamino; las vocales y las consonantes están agrupadas en igual desorden; hay mayúsculas en medio de las palabras, y signos ortográficos como en el manuscrito de Saknussemm.

Confieso que encontré muy ingeniosas aquellas observaciones.

-Ahora bien -continuó mi tío dirigiéndose a mí-; para leer la frase que acabas de escribir, y que yo no conozco, me bastará tomar la primera letra de cada palabra, enseguida la segunda, después la tercera, y así sucesivamente.

Y con gran asombro suyo, y sobre todo mío, leyó mi tío lo siguiente:

-¡Te amo mucho, hermosa Grauben!

-¡Heim! -dijo el profesor.

Sin saberlo había trazado aquella comprometedora frase.

-¡Ah!, ¿con que amas a Grauben? -dijo mi tío con verdadero tono de tutor.

-Sí... No... -balbuceé yo.

-¡Ah!, ¡con que amas a Grauben! -repitió maquinalmente-. Y bien, apliquemos mi procedimiento al pergamino en cuestión.

Cayendo mi tío otra vez en sus meditaciones olvidó mis imprudentes palabras. Digo imprudentes, porque la cabeza del sabio no podía comprender las cosas del corazón. Afortunadamente el grave asunto del documento le absorbió por completo.

En el momento de hacer la aplicación capital de la teoría, la vista del profesor Lidenbrock lanzó relámpagos a través de sus anteojos. Sus dedos temblaban cuando cogió el viejo pergamino. Estaba profundamente conmovido. Al fin tosió con fuerza, y tomando la primera letra de cada palabra, después la segunda, y así sucesivamente, me dictó con voz grave:

mmessunquaSenrcA. icefdoQu. segnittamurtn

ecertserrtte, rotaivsadua, ednecsedsadne

lacartniiiluJsiratracSarbm utabiledmek

meretarcsilucoIlsleffenSnI


Al concluir estaba asombrado; aquellas letras nombradas una a una, nada habían dicho a mi espíritu y esperaba que el profesor pronunciara una pomposa frase latina.

¡Pero quién lo hubiera previsto! En vez de la frase, descargó un violento puñetazo en la mesa, que hizo saltar la tinta del tintero y la pluma de mi mano.

-¡No es esto! -exclamó mi tío-; ¡estas letras no tienen sentido!

Y atravesando el gabinete como una bala de cañón, bajó la escalera como una avalancha, y salió de Königstrasse a la carrera.

-¿Ha marchado? -exclamó Marta, acudiendo al ruido de la puerta de la calle que, cerrada con violencia, había conmovido toda la casa.

-¡Sí -contesté-, ha marchado!

-¿Pero no come? -preguntó la anciana cocinera.

-No comerá.

-¿Pero cenará?

-Tampoco.

-¿Por qué? -preguntó Marta.

-Buena Marta, mi tío no comerá ni nadie en la casa; ¡a todos nos pone a dieta hasta que descifre un viejo pergamino que es absolutamente indescifrable!

-¡Jesús! ¡Vamos a morir de hambre!

No me atreví a decirle que con un hombre tan despótico como mi tío era muy probable que sucediera aquello.

La pobre criada volvió gimiendo a la cocina.

Cuando estuve solo, se me ocurrió ir a referirlo todo a Grauben. Pero ¿cómo había de abandonar la casa? El profesor podía volver de un momento a otro. Podía llamarme; podía querer entregarse de nuevo a aquel trabajo logogrífico que en vano hubieran propuesto al viejo Edipo, y ¿qué sería de él si no acudía yo a su primer llamamiento?

Lo más prudente era esperar.

Precisamente nos había mandado un mineralogista de Besançon una colección de geodas silíceas que era preciso clasificar. Púseme, pues, a la obra colocando por orden en los armarios aquellas piedras huecas en cuyo interior brillaban pequeños cristales.

Pero esta ocupación no absorbía todo mi pensamiento. El viejo pergamino me preocupaba mucho. Me hervía el cerebro y experimentaba vaga inquietud, presintiendo una próxima catástrofe.

Al cabo de una hora estaban clasificadas las geodas. Entonces me senté en la gran butaca de mi tío, dejando caer los brazos e inclinando a la espalda la cabeza. Encendí mi larga pipa, cuyo vaso representaba una náyade tendida con descuido, y después me entretuve en seguir los progresos de la carbonización que poco a poco hacían de mi náyade una negra. De vez en cuando escuchaba, por si sonaban pasos en la escalera. Pero nada interrumpía el silencio. ¿Dónde estaría mi tío en aquel momento? Me lo representaba corriendo bajo los frondosos árboles del camino de Altona, gesticulando, apaleando los troncos con el bastón, decapitando los cardos con mano febril y turbando la quietud de las solitarias cigüeñas.

¿Volvería triunfante o abatido? ¿Quién vencería, el secreto o él? Así pensaba cuando cogí maquinalmente la hoja de papel en que había escrito la incomprensible serie de letras que me dictó mi tío.

-¿Qué significa esto? -me dije.

Imposible me fue agrupar aquellas letras de modo que formaran palabras. Aunque las reuní en grupos de dos, tres, cinco y seis, nada inteligible obtuve. La catorce, quince y dieciséis, formaban la palabra inglesa ice. La veinticuatro, la ochenta y cinco y la ochenta y seis, formaban la palabra sir. En fin, en la tercera línea del documento observé las palabras latinas rota, mutabile, ira, nec y atra.

-¡Diablo! -me dije- estas últimas palabras parecen dar razón a mi tío sobre el idioma en que está escrito el documento. En la cuarta línea veo la palabra luco, que se traduce bosque sagrado. Es verdad que en la tercera línea se lee la palabra tabiled, de construcción completamente hebraica, y en la última los vocablos mer, arc, mere, que son completamente franceses.

El dichoso pergamino era capaz de hacer perder el juicio a cualquiera. ¡Cuatro idiomas diferentes en aquellas absurdas frases! ¿Qué enlace podían tener las palabras hielo, señor, cólera, cruel, bosque sagrado, cambiando, madre, arco y mar? La primera y la última eran las únicas que podían reunirse y no era extraño que se hablara en un documento escrito en Islandia de un mar de hielo. Pero de esto, a comprender el sentido del criptograma, había inmensa distancia.

Sin poderlo evitar, me obstinaba contra el indisoluble problema; mi cerebro ardía y mis ojos no podían separarse del papel; las ciento treinta y dos letras voltejeaban en derredor mío, como parece hacerlo todo lo que nos rodea cuando se nos sube la sangre a la cabeza.

Una especie de alucinación se apoderó de mí; me ahogaba; necesitaba aire.

Maquinalmente me abaniqué con la hoja de papel, cuyo anverso y reverso se presentaron alternativamente a mi vista.

¡Cuál fue mi sorpresa cuando en uno de aquellos rápidos movimientos creí ver algunas palabras perfectamente legibles, palabras latinas, entre otras, craterem y terrestre!

La luz se hizo para mí instantáneamente, aquellos indicios me hicieron entrever la verdad; había descubierto la clave de la cifra. No era necesario leer a través del papel para comprender el documento. No. Podía hacerse tal y como había sido dictado. Las ingeniosas combinaciones del doctor se realizaban por completo. Había acertado en cuanto a la colocación de las letras y en cuanto al idioma del documento. Había faltado muy poco para que lo leyera correctamente, y la casualidad me había revelado ese muy poco.

¡Puede comprenderse mi emoción! Turbáronse mis ojos. No veía. La hoja de papel estaba sobre la mesa. Bastábame pasar la vista por ella para apoderarme del secreto.

Al fin conseguí calmar la agitación que me dominaba, dando dos paseos alrededor del gabinete para tranquilizar mis nervios; enseguida volví a sentarme en la butaca.

-Leamos -dijo, después de respirar con fuerza.

Inclinándome sobre la mesa y poniendo el dedo sucesivamente bajo cada letra, sin detenerme, sin vacilar, leí cuanto estaba escrito en el papel.

¡Cuán grande fue entonces el terror que se apoderó de mí! Al pronto quedé aturdido. ¡Se había realizado alguna vez lo que acababa de leer! ¡Había existido un hombre bastante audaz para penetrar!...

-¡Ah! -exclamé saltando en la butaca-. ¡No!, ¡no!, ¡mi tío no lo sabrá jamás! ¡Solo nos faltaba que tuviese noticias de este viaje! ¡Querría hacerlo también! ¡Nadie podría detener a ese atrevido geólogo! ¡Partiría a pesar de todos los obstáculos y a despecho de todo el mundo! ¡Me llevaría con él y ninguno de los dos volveríamos! ¡No, jamás lo sabrás, jamás!

En aquel momento me encontraba en una sobreexcitación difícil de describir.

-¡No, no sucederá! -exclamé con energía-; y puesto que puedo impedir que ocurra tal idea a mi tirano, lo impediré. Volviendo y revolviendo este documento podría descubrir la clave por casualidad. ¡Destruyámosle!

Con mano febril cogí no solo la hoja de papel, sino también el pergamino de Saknussemm, e iba a arrojarlos sobre los carbones que quedaban en la chimenea y sepultar para siempre aquel secreto, cuando se abrió la puerta del gabinete, y apareció mi tío.

Apenas tuve tiempo para dejar sobre la mesa los terribles documentos.

El profesor Lidenbrock parecía absorto en sus reflexiones. Una idea fija le dominaba; evidentemente había hecho nuevos análisis y combinaciones, había desplegado todos los recursos de su imaginación durante el paseo, y volvía a aplicar algún nuevo procedimiento.

En efecto, sentose en la butaca, y cogiendo la pluma, empezó a escribir fórmulas parecidas a las de los cálculos algebraicos.

Mi vista no se separaba de su temblorosa mano, y no perdía ni el menor de sus movimientos. ¿Qué resultado tendrían aquellos cálculos? Este pensamiento me estremecía, aunque sin motivo, porque encontrada ya la verdadera combinación, la única, todas las demás eran necesariamente erróneas.

Mi tío trabajó durante tres horas sin hablar ni levantar la cabeza, borrando, raspando, corrigiendo y empezando mil veces de nuevo.

Comprendía desde luego que si el profesor lograba ordenar aquellas letras, según todas las posiciones relativas en que podían encontrarse, aparecerían las palabras y las frases. Pero también sabía que veinte letras solamente pueden formar dos quintillones, cuatrocientos treinta y dos cuatrillones, novecientos dos trillones, ocho billones, ciento setenta y seis millones, seiscientas cuarenta mil combinaciones. Ahora bien, el documento tenía ciento treinta y dos letras, y esta cantidad daba un número de combinaciones que escapa a toda apreciación.

Respecto a este medio heroico de resolver el problema, estaba tranquilo.

Sin embargo, el tiempo pasaba; llegó la noche; los rumores de la calle se extinguieron poco a poco, y mi tío, inclinado constantemente sobre el papel, nada vio, nada oyó, ni aun a la vieja Marta, que entreabriendo la puerta, preguntó:

-¿Cenará el señor esta noche?

Marta tuvo que marcharse sin respuesta. Respecto a mí, después de resistir algún tiempo, me invadió invencible sueño, y quedé dormido sobre un sofá mientras mi tío calculaba, borraba y volvía a calcular.

Cuando desperté ya era de día, y el infatigable trabajador continuaba en su tarea. Sus enrojecidos ojos, su color pálido, sus cabellos enmarañados bajo su mano febril, y sus purpurinas mejillas, indicaban la fatiga de aquella noche, y la lucha que estaba sosteniendo con lo imposible.

Me dio lástima verlo así. A pesar de las censuras que creía tener derecho a dirigirle, se apoderó de mí cierta emoción. El pobre Lidenbrock estaba de tal modo absorto en su idea, que hasta olvidaba encolerizarse.

Toda su actividad se reconcentraba en un punto, y como no escapaba por la válvula ordinaria se podía temer que le hiciese estallar de un momento a otro.

Con una sola palabra podía quitarle el círculo de hierro que le oprimía la frente; ¡con una sola palabra! Y, sin embargo, no la pronuncié.

Pero mi corazón era sensible. ¿Por qué permanecía silencioso en tan crítica circunstancia? Porque así lo exigía el interés de mi tío.

-No, no -repetía mentalmente-. ¡No hablaré! Querría ir; nadie podría detenerle. Tiene una imaginación volcánica y arriesgaría su vida por hacer lo que no han intentado otros geólogos. Callaré, pues; ¡guardaré este secreto del que me ha hecho dueño la casualidad! ¡Revelarle sería matar al profesor Lidenbrock! Que lo adivine, si puede. No quiero que llegue un día en que me acuse la conciencia de haberle arrastrado a su perdición.

Decidido a guardar silencio, me crucé de brazos y esperé. Pero contaba sin una circunstancia que sobrevino algunas horas después.

Cuando la vieja Marta quiso salir de casa para ir al mercado, encontró cerrada la puerta. La llave no estaba en la cerradura. ¿Quién la había quitado? Probablemente mi tío cuando el día anterior volvió de su precipitado paseo.

¿Lo habría hecho a propósito? ¿Habría sido por inadvertencia? ¿Quería entregarnos a los rigores del hambre? Esto me parecía demasiado. ¿Marta y yo íbamos a ser víctimas de una situación que en nada nos concernía? En aquel momento recordé un precedente espantoso. Algunos años atrás, cuando trabajaba mi tío en su gran clasificación mineralógica, permaneció cuarenta y ocho horas sin comer y todos los de casa tuvieron que sujetarse a aquella dieta científica que me produjo dolores de estómago poco gratos a un mozo de voraz apetito como yo.

Al ver la obstinación de mi tío ante el indescifrable documento, me pareció que el desayuno iba a marchar por el mismo camino que la cena de la víspera. Sin embargo, me decidí a resistir heroicamente, y no ceder ante las exigencias del hambre. Marta tomaba el asunto por lo serio y se desconsolaba. A mí me afectaba mucho más la imposibilidad de salir de casa. Ya se sabe la razón.

Mi tío trabajaba sin descanso; su imaginación se perdía en el mundo ideal de las combinaciones; vivía lejos de la tierra, y evidentemente fuera de las necesidades materiales.

Cerca de mediodía empezó a aguijonearme seriamente el hambre. Marta había devorado la víspera todas las provisiones de la despensa y nada quedaba en casa. Pero todavía resistí. Mi honra estaba empeñada en ello.

Dieron las dos. La situación empezaba a ser ridícula e intolerable. Mis ojos se abrían desmesuradamente, y empecé a decirme que tal vez exageraba la importancia del documento; que mi tío no le daría crédito; que solo vería en él una burla, y que si trataba de hacer el viaje se lo impediríamos a pesar suyo; en fin, que por sí mismo podría descubrir la clave de la cifra, y que entonces nada habría ganado yo con someterme a la abstinencia.

Estas razones que la víspera hubiese rechazado con indignación, me parecieron entonces excelentes; hasta creí absurdo haber esperado tanto tiempo, y me decidí a revelarlo todo.

Empezaba a buscar un modo suave de entrar en materia, cuando se levantó el profesor, tomó el sombrero y se dispuso a salir.

¿Iba a dejarnos encerrados otra vez? ¡Jamás!

-¡Tío! -le dije.

El profesor no me oyó.

-¡Tío Lidenbrock! -repetí alzando la voz.

-¡Eh! -dijo como un hombre bruscamente despertado.

-Y bien, ¿ha encontrado la clave?

-¿Qué clave?

-La del documento.

El profesor me miró por encima de los anteojos, y sin duda observó algo extraño en mi rostro, porque me cogió violentamente por un brazo, y, sin poder hablar, me interrogó con los ojos.

Sin embargo, jamás pregunta alguna fue hecha con tal precisión.

Al comprender la interrogación de mi tío, moví la cabeza de alto abajo, y él sacudió la suya con lástima como si me creyera loco.

Entonces hice un ademán más afirmativo.

Sus ojos brillaron con más intensidad y su mano empezó a ser amenazadora.

Aquella muda conversación, en circunstancias tan críticas, hubiese interesado al espectador más indiferente.

Al ver la sobreexcitación de mi tío, empecé a temer hablar, porque era capaz de ahogarme con sus abrazos de alegría. Pero llegó a apremiarme tanto, que fue preciso contestarle.

-Sí, esa clave..., la casualidad...

-¿Qué dices? -exclamó con indescriptible emoción.

-Tomad -le dije dándole la cuartilla de papel escrita por mí-; leed.

-Pero eso no significa nada -respondió estrujando el papel.

-Nada, empezando a leer por el principio, pero por el fin...

Aún no había terminado la frase cuando el profesor lanzó un grito, o mejor dicho, un rugido. Su espíritu había experimentado una revolución. Mi tío estaba trasformado.

-¡Ah!, ¡ingenioso Saknussemm! ¿Escribisteis el documento al revés?

Y precipitándose sobre el papel, con turbada vista y conmovida voz, lo leyó sin vacilar, empezando por la última letra.

El escrito decía así:

In Sneffels Yoculis craterem quem delibat umbra Scartaris Julii intra calendas descende, audax viator, et terrestre centrum attinges Quod feci. Arne Saknussemm.


Este mal latín podía traducirse del modo siguiente: Audaz viajero, baja al cráter del Yocul de Sneffels que antes de las calendas de julio acaricia la sombra del Scartaris y llegarás al centro de la tierra. Así lo hice yo. Arne Saknussemm.

Al leer mi tío el documento, dio un salto como si hubiese tocado una botella de Leyden. Su rostro estaba magnífico de audacia, alegría y convicción. Sin cesar iba y venía, se sujetaba la cabeza con las manos, desarreglaba las sillas, apilaba los libros y, cosa increíble, tiraba y cogía al aire sus preciosas geodas; saltando y corriendo, descargaba un puñetazo en un lado y una palmada en otro, pero al fin se calmaron sus nervios y cayó en la butaca como hombre rendido por excesivo trabajo.

-¿Qué hora es? -me preguntó después de algunos instantes de silencio.

-Las tres -respondí.

-Pronto ha pasado la hora. Me muero de hambre. Vamos a la mesa; enseguida...

-¿Enseguida?

-Arreglarás mi maleta.

-¿Vuestra maleta? -exclamé.

-¡Y la tuya! -añadió el inhumano profesor entrando en el comedor.

Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo al escuchar aquellas palabras. Sin embargo, me contuve y hasta procuré poner buena cara. Solo podían detener al profesor Lidenbrock argumentos científicos y los había muy buenos contra la posibilidad de semejante viaje. ¡Llegar al centro de la tierra! ¡Qué locura! Reservé, pues, mi dialéctica para el momento oportuno y solo me ocupé entonces de la comida.

Inútil es referir las imprecaciones de mi tío ante la desnuda mesa. Fácilmente se comprenderá su exaltación; Marta recobró la libertad; corrió al mercado, y tan bien se portó, que una hora después, quedaba satisfecho mi estómago y volvía a hacerme cargo de la situación.

Durante la comida, mi tío estuvo casi alegre, gastando conmigo muchas de sus inocentes bromas de sabio. Terminados los postres, me mandó seguirle al gabinete.

Obedecí, y los dos nos sentamos frente a frente en la mesa de trabajo.

-Axel -me dijo con voz casi suave- eres un muchacho muy ingenioso, me has prestado un gran servicio cuando, desmayado ya, iba a abandonar mis combinaciones. ¿A dónde hubiera parado? ¡No es posible saberlo! Jamás olvidaré lo que has hecho, hijo mío, y tendrás tu parte en la gloria que vamos a adquirir juntos.

-¡Vamos! -pensé yo- está de buen humor; ha llegado el momento de poner a discusión esa gloria.

-Ante todo -continuó mi tío- te encargo el más absoluto secreto, ¿entiendes? No carezco de envidiosos en el mundo de los sabios y muchos emprenderían ese viaje que deben ignorar hasta nuestro regreso.

-¿Habrá muchos tan audaces?

-De seguro; ¿quién había de resistir al deseo de conquistar tanta gloria? ¡Si fuera público ese documento, se precipitaría tras las huellas de Arne Saknussemm un ejército de geólogos!

-Pues yo lo dudo mucho, querido tío, porque nada nos prueba que ese documento sea auténtico.

-¡Cómo!, ¿y el libro en que lo hemos encontrado?

-¡Bah!, concedo que Saknussemm escribiera esas líneas; pero ¿se deduce de eso que realmente hiciera el viaje? ¿Ese viejo pergamino no puede encerrar una falsedad?

Casi en el acto de pronunciar esta palabra, algo aventurada, me arrepentí de haberlo hecho. El profesor frunció sus espesas cejas y creí comprometido el resultado de la conversación. Afortunadamente no sucedió así, y mi severo interlocutor dejó vagar por sus labios una especie de sonrisa, respondiendo:

-Eso es lo que vamos a ver.

-¡Ah! -dije yo algo contrariado-; pero me será permitido presentar todas mis objeciones relativas al documento.

-Habla, muchacho, no te detengas. Tienes absoluta libertad para manifestar tu opinión. En este momento no eres mi sobrino, sino mi colega. Habla como tal.

-Pues bien, en primer lugar, deseo saber qué son ese Yocul, ese Sneffels y ese Scartaris que nunca he oído nombrar.

-Nada más sencillo. Precisamente hace poco tiempo recibí un mapa de mi amigo Augusto Peterman, de Leipzig, que no podía venir más a tiempo. Toma el tercer atlas de la segunda tabla del armario grande, serie Z, sección 4.ª

Me levanté, y, gracias a tan precisas indicaciones, encontré enseguida el atlas pedido. Mi tío lo abrió y dijo:

-He aquí uno de los mejores mapas de Islandia, el de Henderson; creo que ha de resolver todas las dificultades.

-Mira esta isla formada por volcanes -continuó el profesor al ver que me inclinaba sobre el mapa- y observa que todos llevan el nombre de Yocul. Esta palabra significa en islandés ventisquero, y debes tener en cuenta que en la elevada latitud en que se encuentra Islandia, la mayor parte de las erupciones se abren paso a través de las capas de hielo. De aquí esa denominación de Yocul aplicada a todas las montañas ignívomas de la isla.

-Bien -respondí-; pero ¿qué es el Sneffels?

Esperaba que mi tío no podría responder a esta pregunta, pero me engañaba, porque dijo:

-Sígueme a la costa occidental de Islandia. ¿Ves a Reikiavik, su capital? Sí. Bien. Remonta los innumerables arrecifes de esas playas corroídas por la mar y detente un poco más arriba del 65° de latitud. ¿Qué ves?

-Una especie de península parecida a un hueso descarnado que termina en una enorme rótula.

-La comparación es exacta; pero ¿nada ves sobre esa rótula?

-Sí, una montaña que parece haber brotado del mar.

-¡Bien!, ese es el Sneffels.

-¿El Sneffels?

-Precisamente, una montaña de cinco mil pies de elevación, una de las más notables de la isla, y seguramente la más célebre del mundo entero, si su cráter llega al centro del globo.

-¡Pero eso es imposible! -exclamé, encogiéndome de hombros y rechazando semejante suposición.

-¡Imposible! -repitió el profesor Lidenbrock con severidad- ¿Y por qué?

-Porque ese cráter debe estar obstruido por las lavas y rocas encendidas, y en ese caso...

-¿Y si es un cráter extinguido?

-¿Extinguido?

-Sí. El número de volcanes en actividad no pasa ahora de trescientos; pero existe mayor número de extinguidos. El Sneffls pertenece a estos últimos, no habiendo tenido más que una erupción desde los tiempos históricos, la de 1219; desde esta época han cesado sus estremecimientos, y no pertenece a los volcanes activos.

Nada tenía que oponer a tan positivas afirmaciones, pasando, por lo tanto, a los demás puntos oscuros que encerraba el documento.

-¿Qué significa ese nombre Scartaris, y qué tienen que ver ahí las calendas de julio? -pregunté.

Mi tío reflexionó algunos instantes, durante los cuales tuve alguna esperanza; pero pronto se desvaneció, porque me respondió en estos términos:

-Lo que tú encuentras oscuro es luz para mí. Ese nombre es una prueba más del ingenioso cuidado con que quiso precisar ese descubrimiento Saknussemm. El Sneffels está formado por muchos cráteres, y, por lo tanto, era preciso indicar cuál de ellos conduce al centro del globo. ¿Qué ha hecho el sabio islandés para conseguirlo? Observó que al acercarse las calendas de julio, es decir, en los últimos días de junio, uno de los picos de la montaña, el Scartaris, proyectaba su sombra hasta la abertura del cráter en cuestión y consignó el hecho en su documento. ¿Podía imaginar una indicación más exacta? En llegando a la cumbre del Sneffels, ¿podremos vacilar acerca del camino que deberemos seguir?

Decididamente, mi tío tenía respuesta para todo. Vi perfectamente que era invulnerable respecto a las indicaciones del viejo pergamino, y cesé, por lo tanto, de hacerle objeciones respecto a él, y como ante todo, era preciso convencerle, pasé a los argumentos científicos, mucho más fuertes en mi opinión.

-Convengo -dije- en que son terminantes las indicaciones de Saknusemm y no dejan la menor duda en lo que expresan. Confieso también que el documento me parece auténtico. Ese sabio bajó al fondo del Sneffels, allí vio la sombra del Scartaris acariciar los bordes del cráter antes de las calendas de julio; indudablemente vio en las leyendas de su época que aquel cráter conducía al centro de la tierra; pero en cuanto a penetrar él mismo, en cuanto a hacer el viaje y volver, si lo emprendió, ¡no, y mil veces no!

-¿Y por qué razón? -dijo mi tío con tono singularmente burlón.

-¡Porque todas las teorías científicas demuestran que es imposible llegar al centro de la tierra!

-¿Dicen eso todas las teorías? -replicó el profesor afectando candidez-. ¡Ah, condenadas teorías y cómo nos van a molestar!

Estaba viendo que se mofaba de mí, pero, no obstante, continué.

-Sí, está perfectamente demostrado que el calor aumenta cerca de un grado por cada setenta pies de profundidad en la tierra; ahora bien, admitiendo esta proporción constante resulta que teniendo quinientas leguas el radio terrestre, existe en el centro una temperatura de más de dos mil grados. Así, pues, en el interior de la tierra, las sustancias se encuentran en estado de gas incandescente, porque los metales, el oro, el platino y hasta las rocas más duras no pueden resistir ese calor. Me parece que en vista de esto puedo preguntar si es posible penetrar en esas profundidades.

-¿Es decir, Axel, que lo que te apura es el calor?

-Sin duda. Si llegásemos solamente a diez leguas de profundidad, encontraríamos el límite de la corteza terrestre, porque allí la temperatura excede ya de mil trescientos grados.

-¿Y temes derretirte?

-Podéis decirlo -respondí con mal humor.

-Pues oye lo que decido -respondió el profesor tomando un aire más grave-; ni tú ni nadie sabe con certeza lo que pasa en el interior del globo, puesto que apenas se conoce la diezmilésima parte de su radio. La ciencia es eminentemente perfectible y cada día nuevas teorías destruyen las anteriores. ¿No se creyó hasta Fourier que la temperatura de los espacios planetarios iba en constante disminución, y no se sabe hoy que los mayores fríos de las regiones etéreas no pasan de cuarenta o cincuenta grados bajo cero? ¿Por qué no ha de suceder lo mismo con el calor interno? ¿Por qué a cierta profundidad no ha de llegar a un límite infranqueable, en vez de llegar hasta el grado de fusión de los minerales más refractarios?

Llevando mi tío la cuestión al terreno de las hipótesis, nada podía objetarle.

-Pues bien; te diré que, verdaderos sabios, entre otros, Poisson, han demostrado que si existiera en el interior del globo un calor de dos mil grados, los gases incandescentes que provendrían de las materias fundidas, adquirirían tanta elasticidad que, no pudiendo resistirla, la corteza terrestre estallaría como las paredes de una caldera bajo la tensión del vapor.

-Eso no pasa de una opinión de Poisson, tío.

-Convenido; pero también opinan lo mismo otros distinguidos geólogos, que sostienen que el interior del globo no está formado de gas, ni de agua, ni aun de las piedras más pesadas que conocemos, porque en ese caso pesaría dos veces menos de lo que pesa.

-¡Oh!, ¡con números se prueba lo que se quiere!

-¿Y sucede lo mismo con los hechos, Axel? ¿No es evidente que el número de los volcanes ha disminuido de un modo notabilísimo desde los primeros días del mundo? Y si existe calor central, ¿no se puede deducir de este hecho que tiende a disminuir?

-Tío, si entramos en el campo de las suposiciones, no podremos discutir.

-Pues te diré que mi opinión es la de muchas personas competentes en la materia. ¿Recuerdas una visita que me hizo el célebre químico inglés Humphry Davy en 1825?

-No, tío, porque nací diecinueve años después.

-Pues bien, Humphry Davy vino a verme cuando pasó por Hamburgo. Por largo rato discutimos, entre otras cosas, la posibilidad de la licuación del núcleo terrestre y los dos estuvimos de acuerdo en cuanto a la negación de este hecho y por una razón a que la ciencia no ha podido contestar nunca.

-¿Y cuál es esa razón? -pregunté algo asombrado.

-Que esa masa líquida estaría sujeta como el océano a la atracción de la luna, y, por lo tanto, se verificarían dos veces cada día mareas interiores, que levantando la corteza terrestre ocasionarían terremotos periódicos.

Sin embargo, es evidente que la superficie del globo se ha encontrado en ignición y se puede suponer que la corteza exterior se enfrió primero y que el calor se refugió en el centro.

-Error -dijo mi tío-; la tierra ha sido calentada por la combustión de la superficie, pero nada más. La superficie estaba compuesta de gran cantidad de metales, tales como el potasio y el sodio, que tienen la propiedad de inflamarse al contacto del aire y del agua; estos metales ardieron cuando los vapores atmosféricos cayeron en forma de lluvia sobre el suelo, y poco a poco, cuando las aguas penetraron en las hendiduras de la corteza terrestre, produjeron nuevos incendios con explosiones y erupciones. De aquí que los volcanes fueran tan numerosos en los primeros días del mundo.

-¡Ingeniosa hipótesis! -exclamé algo a mi pesar.

-Y que aquí mismo me demostró Humphry Davy con un experimento muy sencillo. Hizo una esfera metálica, compuesta principalmente de sodio y potasio, que representaba perfectamente nuestro globo; cuando se derramaba suave rocío sobre su superficie, se entumecía irregularmente, se oxidaba y formaba una pequeña montaña en cuya cumbre se abría un cráter; verificábase la erupción y comunicaba a toda la esfera tanto calor, que era imposible conservarla en la mano.

Empezaba, en verdad, a encontrarme cortado ante los argumentos del profesor, que además los exponía con su pasión y entusiasmo habituales.

-Ya ves, Axel -añadió-; el estado del núcleo central ha promovido diversas hipótesis entre los geólogos; nada hay menos demostrado que la positiva existencia del calor interno; en mi opinión, ni existe ni puede existir; además, pronto lo veremos, y, lo mismo que Arne Saknussemm sabremos a qué atenernos en esa grave cuestión.

-¡Pues bien, sí! -exclamé seducido por el entusiasmo de mi tío-; ¡sí!, lo veremos, si es que se ve allí.

-¿Y por qué no se ha de ver? ¿No podemos contar con fenómenos eléctricos para iluminar los parajes que recorramos? ¿No podemos contar también con la atmósfera que, por la presión, puede ser luminosa al acercarse al centro de la tierra?

-¡Sí! -dije yo- ¡sí!, en último caso es posible.

-No es posible, si no seguro -respondió triunfalmente mi tío-; ¡pero silencio!, ¿comprendes? Ni una palabra sobre esto, que a nadie se le ocurra descubrir antes que nosotros el centro de la tierra.

Así terminó aquella memorable conversación, cuyo resultado fue ponerme en un estado febril. Salí del gabinete de mi tío como aturdido, sin encontrar bastante aire en las calles de Hamburgo para calmar mi excitación. Maquinalmente llegué a la orilla del Elba, por el sitio donde toca el vapor que pone en comunicación la ciudad con el ferrocarril de Hamburgo.

¿Estaba convencido por lo que acababa de oír? ¿No había cedido al dominio que ejercía en mí el profesor Lidenbrock? ¿Debía considerar como formal su proyecto de penetrar hasta el centro de la tierra? ¿Acababa de oír insensatas teorías de un loco, o las deducciones científicas de un gran genio? En todo aquello, ¿dónde terminaba la verdad, dónde comenzaba el error?

Mi mente vagaba entre mil contradictorias hipótesis, sin poder fijarse en ninguna.

Aunque mi entusiasmo empezaba a disiparse, recordaba que llegaron a convencerme las razones de mi tío; pero hubiese querido partir inmediatamente para no dar tiempo a la reflexión. En aquel momento no me hubiese faltado valor para cerrar mi maleta.

Pero una hora después ya no existía aquella sobreexcitación: calmáronse mis nervios, y de los profundos abismos de la tierra volví a la superficie.

-¡Esto es absurdo! -exclamé-, ¡no tiene sentido común! La proposición de mi tío no debe hacerse a un hombre sensato. No existe nada de esto. Habré dormido mal y experimentado una pesadilla.

Meditando así, había seguido la orilla del Elba y dado la vuelta alrededor de la ciudad; después de remontar el puerto, había llegado al camino de Altona. Un presentimiento me guiaba, presentimiento que quedó justificado, porque muy pronto vi a mi linda Grauben que con ligero paso volvía a Hamburgo.

-¡Grauben! -le grité de lejos.

La joven se detuvo algo turbada, tal vez a causa de oírse llamar de aquel modo en medio de un camino. En un segundo estuve a su lado.

-¡Axel! -exclamó sorprendida-, ¡has salido a mi encuentro! Muy bien hecho, caballero.

Pero al mirarme no pudo menos de observar mi trastorno e inquietud.

-¿Qué tienes? -me preguntó tendiéndome la mano.

-¡Qué tengo, Grauben! -exclamé.

Y en pocos momentos refería a mi linda virlandesa todo lo que ocurría. Por algún tiempo guardó silencio. ¿Su corazón palpitaba como el mío? Lo ignoro, pero su mano, que yo tenía cogida, no temblaba. Sin hablar nada, anduvimos unos cien pasos.

-¡Axel! -me dijo al fin.

-¡Querida Grauben!

-Ese viaje será magnífico.

Estas palabras me hicieron dar un salto.

-Sí, Axel, un viaje digno del sobrino de un sabio. Los hombres deben distinguirse por las grandes cosas que realizan.

-¡Qué! Grauben, ¿no intentas hacerme desistir de semejante expedición?

-No, querido Axel, y si una pobre joven no fuera cosa molesta para vosotros, os acompañaría a tu tío y a ti.

-¿De veras?

-Sí.

-¡Ah, mujeres, corazones femeninos eternamente incomprensibles! ¡Cuando no sois las más tímidas de los seres, sois las más valientes de todos! Nada puede hacer con vosotras la razón. ¡Aquella niña me alentaba a tomar parte en la expedición! ¡No hubiese temido intentar ella la aventura! ¡Me impulsaba a mí, a mí a quien ella amaba!

Estaba desconcertado, por no decir lleno de vergüenza.

-Grauben -le dije-, veremos si mañana dices lo mismo.

-Querido Axel, mañana hablaré como hoy.

Cogidos de la mano, pero guardando profundo silencio, continuamos andando. Las emociones del día me habían quebrantado.

-Después de todo -me dije- aún falta mucho para las calendas de julio, y sucederán muchas cosas que quitarán a mi tío la manía de viajar bajo tierra.

Cuando llegamos a casa era ya de noche, y esperaba encontrarla tan tranquila como siempre, a mi tío acostado y a Marta dando la última mano de limpieza al comedor.

Pero no contaba con la impaciencia del profesor, a quien encontré gritando y gesticulando entre una porción de mozos de cuerda que descargaban ciertas mercancías a la puerta de la casa; la vieja criada no sabía qué hacer.

-¡Ven corriendo, Axel; corre, desgraciado! -gritó mi tío en cuanto me vio-. ¡Aún no has arreglado tu maleta, ni ordenado mis papeles; no encuentro la llave de mi saco de viaje, ni me han traído los botines!

Estupefacto quedé al oír a mi tío. Faltome la voz y apenas pude articular estas palabras:

-¿Pero es que partimos?

-Sí, aturdido joven, que te vas a paseo cuando debías estar aquí.

-¿Partimos? -repetí con débil voz.

-Sí, pasado mañana muy temprano.

No pude oír más, y marché a mi pequeña habitación.

No se podía dudar. Mi tío había empleado la tarde en procurarse una parte de los objetos y utensilios necesarios para el viaje; el portal de casa estaba lleno de escalas y de cuerdas con nudos, antorchas, calabazas para líquidos, escarpias, picos, bastones herrados y azadones, objetos con que se hubiese podido cargar a diez hombres.

Pasé una noche terrible. Al siguiente día, oí muy temprano que me llamaban. Decidido estaba a no abrir la puerta. Pero ¿cómo resistir a la dulce voz que pronunciaba estas palabras:

-¿Querido Axel?

Salí de mi habitación, creyendo que mi palidez y mis ojos enrojecidos por el insomnio iban a producir grande efecto sobre Grauben, y a cambiar sus ideas.

-¡Ah!, querido Axel -me dijo-; veo que estás mejor y que te ha tranquilizado la noche.

-¡Tranquilizado! -exclamé precipitándome hacia el espejo-; y, cosa increíble, me encontraba mejor de lo que suponía.

-Axel -me dijo Grauben-, he hablado largo rato con mi tutor. Es un sabio atrevido, un hombre de gran valor, y debes recordar que corre su sangre por tus venas. Me ha confiado su proyecto, sus esperanzas, cómo y por qué cree que conseguirá su objeto. Lo conseguirá, no lo dudes, Axel; ¡cuán hermoso es sacrificarse de esa manera por la ciencia! ¡Qué gloria tan grande espera al sabio Lidenbrock, gloria que radiará sobre ti! Cuando vuelvas, Axel, serás ya un hombre libre para hablar, para obrar, y para...

La joven se ruborizó y no concluyó la frase. Sus palabras me animaban. Pero me resistía aún a creer en la marcha. Para salir de dudas, llevé a Grauben gabinete del profesor.

-Tío -le dije-, ¿es cosa decidida el viaje?

-¡Cómo! ¿Lo dudas?

-No -dije para no contrariarle-. Pero os preguntaré qué es lo que nos apremia tanto.

-¡El tiempo! ¡El tiempo que huye con incomparable rapidez!

-Sin embargo, estamos a 26 de mayo y hasta fin de junio...   

-¿Y crees, ignorante, que tan fácilmente se va a Islandia? Si no te hubieses ausentado como un loco, te hubiera llevado a casa de Liffender y Compañía, consignatario para Copenhague. De esa manera hubieses sabido que desde Copenhague a Reikiavik solo hay un servicio el 22 de cada mes.

-¿Y bien?

-¡Y bien! Si esperáramos al 22 de junio llegaríamos demasiado tarde para ver la sombra del Scartaris acariciar el cráter del Sneffels. Necesitamos llegar a Copenhague lo más pronto posible, y buscar allí un medio de trasporte. Ve a preparar tu maleta.

Nada podía responder, y subí a mi habitación seguido de Grauben, que se encargó de colocar en una pequeña maleta los objetos necesarios para el viaje. La joven estaba tan poco conmovida como si se tratase de un paseo a Lubeck o a Heligoland. Sus manecitas lo arreglaban todo con la mayor tranquilidad. Hablaba con calma y me daba las razones más sensatas sobre nuestra expedición. Me encolerizaba tanta impasibilidad, y algunas veces quise dejarme llevar de mi mal humor; pero ella lo evitaba y proseguía metódicamente su trabajo.

Pasada por la hebilla la última correa de la maleta, bajé al piso inferior.

Durante aquel día llegaron sin cesar almacenistas de instrumentos de física, armas y aparatos eléctricos. La pobre Marta estaba aturdida.

-¿Se ha vuelto loco el señor? -me dijo.

Yo la contesté con una señal afirmativa.

-¿Y os lleva con él?

Igual afirmación.

-¿A dónde?

La contesté señalando con el dedo al centro de la tierra.

-¿A la cueva? -exclamó la anciana.

-No -dije al fin-, más abajo.

Sin que tuviese conocimiento del tiempo trascurrido, llegó la noche.

-Hasta mañana -me dijo mi tío-; partimos a las seis en punto.

A las diez caí sobre el lecho como una masa inerte.

Durante la noche me invadió de nuevo el terror. Soñé abismos y el delirio me dominó por completo. La vigorosa mano del profesor me arrastraba y caía al fondo de insondables precipicios con la creciente velocidad de los cuerpos abandonados en el espacio. Mi vida era una caída interminable.

A las cinco de la mañana me desperté quebrantado de fatiga y emoción. Bajé al comedor y encontré a mi tío sentado en la mesa. No comía, devoraba. Sin poderlo evitar, le miré con horror; Grauben estaba allí y nada dije; pero no pude comer.

A las cinco y media se oyó rodar un carruaje en la calle. Era el que nos había de llevar al ferrocarril de Altona. Pronto quedó cargado con las maletas y efectos de mi tío.

-¿Y tu maleta? -me dijo.

-Dispuesta está -contesté con voz desfallecida.

-Corre a bajarla, que nos vas a hacer perder el tren.

Imposible me pareció luchar entonces con mi destino. Subí a mi habitación, y dejando caer la maleta por la escalera, bajé detrás.

En aquel momento ponía solemnemente mi tío en manos de Grauben las riendas de la casa. Mi linda virlandesa conservaba su tranquilidad habitual. Besó a mi tío, y al rozar mi mejilla con sus dulces labios, no pudo contener una lágrima.

-¡Grauben! -exclamé.

-Ve con Dios, Axel -me dijo-; dejas a tu prometida, pero al volver encontrarás a tu esposa.

Estreché a la joven en los brazos, y entré en el carruaje. Marta y Grauben nos saludaron por última vez desde el portal, y después, estimulados los caballos por el látigo del conductor, salieron a galope por el camino de Altona.

Altona, verdadero barrio de Hamburgo, es estación de término del ferrocarril de Kiel, que debía llevarnos a la playa de los Belt. En menos de veinte minutos entraríamos en el territorio del Holstein.

A las seis y media se detuvo el carruaje delante de la estación; descargáronse los numerosos paquetes y abultados fardos que encerraban los objetos de viaje de mi tío, y cuando estuvieron pesados y rotulados, los colocaron en el vagón de equipajes, y a las siete, el profesor y yo estábamos sentados frente a frente en el mismo departamento. Silbó el vapor y la locomotora se puso en movimiento. Habíamos partido.

¿Estaba resignado yo? ¡Aún no! Sin embargo, el fresco aire de la mañana y los detalles del camino, rápidamente renovados por la velocidad del tren, me distrajeron de mi gran preocupación.

El profesor pensaba indudablemente en que el tren andaba muy despacio. Estábamos solos en el vagón y no hablábamos. Mi tío registraba con minuciosa atención los bolsillos de su traje y su saco de viaje, pero bien vi que nada le faltaba de las cosas necesarias para la ejecución de sus proyectos.

Entre estas se encontraba una hoja de papel, con el sello de la cancillería danesa, con la firma de monsieur Christiensen, cónsul en Hamburgo y amigo del profesor. Aquel documento debía servirnos para obtener fácilmente en Copenhague recomendaciones para el gobernador de Islandia.

También vi el famoso documento preciosamente guardado en la bolsa más recóndita de la cartera. Desde el fondo de mi corazón le maldije y volví a ocuparme de la contemplación del paisaje, formado por una inmensa serie de llanuras monótonas, cenagosas y muy fecundas; campiña a propósito para la construcción de vías rectas, de las que tanto agradan a las compañías de ferrocarriles.

Pero no me enojó largo tiempo aquella monotonía, porque tres horas después de nuestra partida se detuvo el tren en Kiel, a dos pasos del mar.

Como nuestro equipaje estaba consignado para Copenhague, no tuvimos que ocuparnos de él. Sin embargo, el profesor lo siguió con vista inquieta mientras lo trasportaron al vapor. Allí desapareció en el fondo de la cala.

En su precipitación, había calculado tan bien mi tío las horas de correspondencia del tren y el vapor, que teníamos todo el día libre. El steamer Elleonora no se hacía al mar hasta la noche. De esto resultó una fiebre de nueve horas, durante las cuales, el irascible viajero mandó a todos los diablos la administración de los ferrocarriles y de los vapores y a los gobiernos que toleran tales abusos. Yo me veía obligado a hablar como mi tío; pero este no se contentó con esto, sino que apostrofó al capitán del Elleonora queriendo obligarle a salir al momento. Como era consiguiente, el capitán le mandó a paseo.

En Kiel, como en todas partes, pasan los días. A fuerza de pasearnos por las verdes playas de la bahía, en cuyo centro se levanta la pequeña ciudad, de recorrer los frondosos bosques que la dan el aspecto de un nido entre ramaje y de admirar las quintas de recreo, provistas todas de su casita de baños, después de pasear por todas partes, dieron las diez de la noche.

Los torbellinos de humo del Elleonora oscurecían el aire; la cubierta retemblaba al hervor de las calderas; mi tío y yo estábamos a bordo ocupando dos literas en la única cámara del buque.

A las diez y cuarto largaron las amarras y el steamer se deslizó rápidamente sobre las sombrías aguas del Gran Belt.

La noche era oscura, la brisa fresca y fuerte la mar; entre las tinieblas se veían algunas luces de la costa; después brilló sobre las olas no sé qué faro; esto es cuanto recuerdo de aquella travesía.

A las siete de la mañana desembarcamos en Korsor, pequeña ciudad situada en la costa occidental del Seeland. Allí pasamos del vapor a un ferrocarril que nos llevó por campos tan llanos como los del Holstein.

Aún teníamos que caminar tres horas antes de llegar a la capital de Dinamarca. Mi tío no había cerrado los ojos en toda la noche. Creo que en su impaciencia empujaba el vagón con los pies.

Al fin distinguió el mar.

-¡El Sund! -exclamó.

A nuestra izquierda se alzaba un grande edificio parecido a un hospital.

-Es un manicomio -dijo uno de nuestros compañeros de viaje.

-Ahí debían encerrarnos -dije para mí-. ¡Por grande que fuese aquel hospital no bastaría para contener toda la locura del profesor Lidenbrock!

En fin, a las diez de la mañana estábamos en Copenhague; cargáronse los equipajes en un coche que nos llevó a la fonda del Fénix en Bredgade. En esto empleamos media hora, porque la estación está fuera de la ciudad. En cuanto estuvimos en la fonda se aseó un poco mi tío y me mandó acompañarle. El portero del establecimiento hablaba alemán e inglés; pero el profesor, en su calidad de políglota, le interrogó en buen danés y en la misma lengua le indicó aquel hombre la situación del Museo de antigüedades del norte.

El director de este curioso establecimiento, en el que están reunidas maravillas que permitirían reconstruir la historia de la nación, como son antiguas armas de piedra, vasijas y joyas, era un sabio, amigo del cónsul de Hamburgo, el profesor Thomson.

Mi tío llevaba para él una eficaz carta de recomendación. Por regla general, un sabio recibe bastante mal a otro sabio. Pero en esta ocasión sucedió lo contrario. El señor Thomson acogió cordialmente al profesor Lidenbrock y a su sobrino. No es necesario decir que nada se reveló del secreto al digno director del Museo, al que solo dijimos que deseábamos visitar Islandia por curiosidad.

El señor Thomson se puso enteramente a nuestra disposición, y recorrimos los muelles en busca de un buque que estuviera para hacerse a la vela.

Esperaba que faltasen por completo los medios de trasporte, pero no sucedió así. Una pequeña goleta danesa, la Valkyrie, debía salir el 2 de junio para Reikiavik. El capitán, M. Bjarne, estaba a bordo. Su futuro pasajero, en su alegría, le estrechó la mano hasta estrujarla. Aquel bravo marino quedó bastante asombrado del arrebato. El capitán encontraba muy sencillo ir a Islandia, puesto que era su oficio, pero mi tío lo encontraba sublime. El digno marino aprovechó aquel entusiasmo para hacernos pagar doble el pasaje en su buque. Pero mi tío no se paraba en bagatelas.

-Estad a bordo el martes a las siete de la mañana -dijo M. Bjarne metiéndose en el bolsillo un puñado de monedas.

Dimos las gracias a M. Thomson por su complacencia, y volvimos a la fonda del Fénix.

-¡Esto va bien, esto marcha! -repetía mi tío-. ¡Qué fortuna haber encontrado ese buque dispuesto a partir! Ahora almorcemos, y enseguida recorreremos la ciudad.

Inmediatamente nos dirigimos a Kongens Nytorv, plaza irregular, en donde existe un fortín con dos inocentes cañones que a nadie asustan. Cerca del número 5 había un restaurant francés, dirigido por un cocinero llamado Vicent, donde almorzamos bastante bien por la corta cantidad de cuatro marks cada uno.

Terminado el almuerzo salimos a recorrer la población; en esto encontré un placer de niño; mi tío se dejaba llevar de un lado para otro, sin ver ni el insignificante palacio del rey, ni el lindo puente del siglo XVII que atraviesa el canal delante del Museo, ni el inmenso cenotafio de Thorlvaldsen, adornado con horribles pinturas murales, y cuyo interior contiene las obras de este estatuario, ni un hermoso parque, el castillo de Rosenborg, parecido a una caja de dulces, ni el admirable edificio de la Bolsa, ni su campanario formado con las entrelazadas colas de cuatro dragones de bronce, ni los grandes molinos de los baluartes, cuyas inmensas aspas se hinchan como las velas de un buque al viento del mar.

¡Qué deliciosos paseos hubiera dado con mi linda virlandesa por aquel puerto en el que dormían tranquilamente las baterías de las fragatas, por las verdes orillas del estrecho o a través de las frondosas alamedas, donde se oculta la ciudadela, cuyos cañones alargan su negro cuello entre el follaje de la madreselva y las ramas de los sauces!

Pero mi pobre Grauben estaba muy lejos, y tal vez ya no la vería más.

Mas si mi tío no se fijaba en ninguna de estas bellezas, en cambio observó atentamente cierto campanario situado en la isla de Amak, que forma el barrio sudoeste de Copenhague.

Por orden de mi tío me dirigí hacia aquel punto y juntamente con él me embarqué en el vaporcito que hace el servicio de los canales, y, pasados algunos minutos, saltamos a la calzada de Dock-Yard.

Después de atravesar algunas calles estrechas, en las que, bajo la vara de los vigilantes, trabajaban presidiarios vestidos con pantalones mitad grises y mitad amarillos, llegamos delante de Vor Frelsers Kirk. Nada notable ofrece esta iglesia; pero su elevado campanario tiene, desde la plataforma, una escalera exterior que rodea la aguja hasta su parte más elevada. Esto era lo que había llamado la atención del profesor.

-Subamos -dijo mi tío.

-¡Vamos a experimentar vértigos! -exclamé.

-Por eso precisamente debemos subir; necesitamos acostumbrarnos.

-Sin embargo...

-Te digo que vengas, no podemos perder tiempo.

Necesario era obedecer. El guarda, que vivía en el otro extremo de la calle, nos dio la llave de la torre y empezó la ascensión.

Mi tío iba delante, marchando aceleradamente, y yo le seguía lleno de miedo, porque con suma facilidad sentía mareos. Mis nervios eran demasiado sensibles.

Mientras caminamos entre las paredes interiores, todo fue bien; pero después de ciento cincuenta escalones me hirió el rostro el aire libre; habíamos llegado a la plataforma de la torre. Allí comenzaba la escalera aérea, guarnecida con un débil pasamanos, y cuyos peldaños, cada vez más cortos, parecían subir hasta lo infinito.

-¡Jamás podré! -exclamé.

-¿Serás cobarde, por ventura? ¡Sube! -respondió inhumanamente el profesor.

Fuerza era subir. El aire me aturdía; se me figuraba que la torre oscilaba al impulso de las ráfagas; pronto empecé a subir de rodillas, después boca abajo: el vértigo me dominaba y cerré los ojos.

Al fin mi tío me levantó tirándome del cuello de la levita; habíamos llegado cerca de la veleta.

-¡Mira! -me dijo- ¡y mira con atención! Es preciso que tomes lecciones de abismo.

Cuando me decidí a abrir los ojos, vi entre nubes de humo las casas muy pequeñas y como aplastadas. Sobre mi cabeza pasaban tenues nubes que por una ilusión óptica me parecían inmóviles, mientras que la torre, la veleta y yo éramos arrastrados con fantástica rapidez. Por un lado, se extendía a lo lejos la verde campiña, por otro, brillaba la mar bajo los rayos del sol.

El Sund se desarrollaba en la punta de Elsinor, surcado por algunas velas blancas, verdaderas alas de gaviota, y en las brumas del E. ondulaban confusamente las costas de Suecia. Todo este panorama daba vueltas en derredor mío.

Pero era preciso levantarme, permanecer de pie y mirar. Una hora duró mi primera lección de vértigo. Cuando me permitió mi tío bajar, cuando puse el pie en el sólido piso de la calle, estaba encorvado.

-Mañana volveremos -me dijo el profesor.

Y, en efecto, durante cinco días tuve que entregarme a aquel vertiginoso ejercicio, y con gusto o sin él, hice notables progresos en el arte de las altas contemplaciones.

Al fin llegó el día de partir. El complaciente señor Thomson nos había dado la víspera eficaces cartas de recomendación para el conde Trampe, gobernador de Islandia; para el señor Pictursson, coadjutor del obispo, y para el señor Finsen, alcalde de Reikiavik. Mi tío dio, en cambio, calorosos apretones de manos al director del Museo.

El día 2, a las seis de la mañana, nuestros equipajes estaban a bordo del Valkyrie. El capitán nos alojó en unos camarotes bastante estrechos.

-¿Tenemos buen viento? -preguntó mi tío.

-Excelente -respondió el capitán Bjarne-; viento de sudeste. Vamos a salir del Sund a toda vela.

Algunos instantes después aparejó la goleta y salió del estrecho viento en popa.

Una hora después, parecía sumergirse en las lejanas olas la capital de Dinamarca, y el Valkyrie rozaba las costas de Elsinor.

En la nerviosa excitación que me dominaba, esperaba ver la sombra de Hamlet vagando por la galería de su castillo.

-¡Sublime loco! -exclamaba yo-; ¡tú nos aprobarías sin duda! ¡Tú nos acompañarías, tal vez, al centro de la tierra para buscar una solución a tu eterna duda!

Pero nada apareció sobre las antiguas murallas. Además, el castillo es mucho más moderno que el heroico príncipe de Dinamarca. En la actualidad sirve de suntuosa morada al portero del estrecho del Sund, por donde pasan anualmente quince mil buques de todas banderas.

Pronto desapareció entre la bruma el castillo de Kronborg, así como la torre de Helsinborg, construida en la costa sueca, inclinándose después la goleta bajo las brisas del Kattegat.

La Valkyrie era tina y velera; pero con un buque de vela jamás sabe uno a qué atenerse. Nuestra goleta llevaba a Reikiavik carbón, utensilios domésticos, vasijas, ropas de lana y trigo para completar el cargamento. La tripulación la formaban cinco daneses.

-¿Cuánto durará la travesía? -preguntó mi tío al capitán.

-Unos diez días -respondió este- si a la altura de Feroe no encontramos demasiados granos del nordeste.

-¿Pero no tendremos que sufrir grandes retrasos?

-No, señor Lidenbrock, estad tranquilo, llegaremos.

Al anochecer dobló la goleta el cabo Skagen, punta septentrional de Dinamarca, atravesó durante la noche el Skagerrak, pasó por el extremo de Noruega a la altura del cabo Lindness y salió al mar del norte.

Dos días después reconocimos las costas de Escocia a la altura de Peterhead, y la Valkyrie se dirigía hacia Feroe, pasando entre las Orcadas y las Seeland.

Pronto mecieron a nuestra goleta las olas del Atlántico; entonces tuvo que luchar con el viento del norte, y con mucho trabajo llegó a las Feroe. El día 8 reconoció el capitán a Mykines, la más oriental de estas islas, y desde aquel momento navegó en línea recta al cabo Portland, situado en la costa oriental de Islandia.

La travesía no ofreció ningún incidente notable. Yo soporté bien la mar; pero mi tío, con gran despecho, y sobre todo con gran vergüenza, estuvo constantemente mareado.

Esto le impidió enterarse del capitán Bjarne sobre lo relativo al Sneffels, sobre los medios de comunicación y facilidad de trasportes. Como durante la travesía se vio obligado a permanecer en su camarote, tuvo que aplazar estas preguntas para después del desembarco. Preciso es convenir en que merecía su suerte.

El día 11 reconocimos el cabo Portland. Como estaba despejada la atmósfera pudimos ver el Myrdals Yotul que le domina. El cabo está formado por un cerro redondeado de pendientes escarpadas y aislado en medio de la playa.

La Valkyrie se mantuvo a respetuosa distancia de la costa, siguiéndolas hacia el oeste en medio de manadas de ballenas y tiburones. Pronto se vio una inmensa roca taladrada sobre la que se precipitaba furiosamente la mar. Los islotes Vestman parecían brotar del océano como sombrados sobre la líquida llanura. La goleta se internó para doblar a gran distancia el cabo Reikianes, que forma el ángulo Occidental de Islandia.

El fuerte oleaje impedía a mi tío subir a cubierta para contemplar aquellas recortadas costas combatidas por los vientos del sudoeste.

Cuarenta y ocho horas después, al calmar una tempestad que obligó a la goleta a huir a palo seco ante el viento, se vio al oeste la baliza de la punta Skagen, cuyas peligrosas rocas se prolongan a gran distancia sobre las olas. Un piloto islandés vino a bordo y tres horas después anclaba la Valkyrie delante de Reikiavik en la bahía de Faxa.

El profesor salió al fin del camarote, algo pálido y fatigado, pero siempre entusiasta y mirando con satisfacción a todos lados.

Los habitantes de la ciudad, muy interesados por la llegada de un buque del que todos esperaban recoger algo, se agrupaban en el muelle.

Mi tío deseaba vivamente salir de su flotante prisión, por no decir su hospital. Pero antes de abandonar la cubierta de la goleta, me llevó a la proa desde donde me señaló con el dedo una alta montaña con dos puntas que se alzaba en la parte septentrional de la bahía, un doble cono cubierto de nieves eternas.

-¡El Sneffels! -exclamó- ¡el Sneffels!

Y recomendándome enseguida riguroso silencio, bajó al bote que le esperaba. Seguile, y muy pronto pisamos el suelo de Islandia.

Allí encontramos a un señor de buen aspecto, vestido con uniforme de general, aunque no era más que un magistrado, el gobernador de la isla, el barón Trampe en persona.

El profesor le reconoció, y en el acto le entregó las cartas recibidas en Copenhague, mediando entonces entre los dos una corta conversación en danés, a la que permanecí completamente extraño por la sencilla razón de que no la entendía. De aquella conversación resultó que el barón Trampe se puso enteramente a disposición del profesor Lidenbrock.

El alcalde, señor Finsen, tan militar en el traje como el gobernador, pero tan pacífico como este por estado y temperamento, recibió amablemente a mi tío.

El coadjutor, Sr. Pictursson, hacía en aquel momento la visita episcopal al bailiato del norte, y, por lo tanto, no pudimos ser presentados a él. Pero, en cambio, encontramos a un señor muy amable, cuyo concurso nos fue en extremo precioso; este fue M. Fridriksson, profesor de ciencias naturales en la escuela de Reikiavik. Este modesto sabio no hablaba más que islandés y latín; en el idioma de Horacio se me ofreció y comprendí desde luego que estábamos formados para comprendernos. En efecto, esta fue la única persona con quien pude hablar durante mi permanencia en Islandia.

Aquel hombre excelente puso a nuestra disposición dos de las tres habitaciones que formaban su casa, y pronto quedamos instalados en ella con nuestros equipajes, cuyo volumen asombró a los habitantes de Reikiavik.

-Ya ves, Axel -me dijo mi tío- esto marcha; lo más difícil está hecho ya.

-Cómo, ¿lo más difícil? -exclamé.

-Sin duda, ya no tenemos que hacer más que bajar.

-Tenéis razón si así lo tomáis; pero creo que después de bajar tendremos que subir.

-¡Oh!, eso no me preocupa. Pero no tenemos tiempo que perder. Voy a la biblioteca. Tal vez encuentre en ella algún manuscrito de Saknussemm y me alegraría mucho poder consultarle.

-Pues entre tanto, voy a recorrer la población. ¿No lo hará V. también?

-No tengo grande interés en ello; lo curioso en esta tierra de Islandia no está encima, sino debajo.

Después de oír esto, salí y vagué al azar.

No es cosa fácil perderse en las calles de Reikiavik; así es, que no tuve necesidad de preguntar por mi camino, lo que, en el lenguaje mímico, expone a muchas equivocaciones.

La ciudad se extiende sobre un suelo bajo y cenagoso, entre dos colinas. Una capa de lava la cubre por un lado, descendiendo en suaves pendientes hacia el mar. Al otro se extiende la gran bahía de Faxa, cerrada al norte por el enorme ventisquero del Sneffels, bahía en la que no había entonces más que la Valkyrie. Ordinariamente los cruceros ingleses y franceses anclan fuera, pero en aquel momento estaban de servicio en la costa oriental de la isla.

La calle más larga de las dos de Reikiavik, es paralela a la playa; en ella viven los comerciantes y gente de negocios en cabañas de madera formadas con troncos colocados horizontalmente; la otra calle, situada algo más al oeste, se dirige a un pequeño lago entre las casas del obispo y de otros personajes extraños al comercio.

Pronto recorrí aquellas sombrías y tristes calles; de vez en cuando veía algún pedazo de musgo descolorido, como una vieja alfombra raída, o bien alguna apariencia de huerta, cuyas escasas legumbres, patatas, coles y lechugas, hubiesen estado en su centro sobre una mesa liliputiense; algunos enfermizos alhelíes trataban también de recoger un rayo de sol.

En el centro de la calle no comercial, vi el cementerio público, grande espacio de terreno rodeado de un muro de tierra. Después llegué en pocos pasos a la casa del gobernador, una choza comparándola a la casa consistorial de Hamburgo, un palacio al lado de las cabañas de la población islandesa.

Entre el pequeño lago y la ciudad se elevaba la iglesia, construida al gusto protestante, con piedras calcinadas arrojadas por los volcanes; las rojas tejas de su techo debían volar ante las fuertes ráfagas del oeste con gran detrimento de los fieles.

En una eminencia inmediata vi la Escuela nacional, donde, como después supe para vergüenza nuestra, se enseñaba hebreo, inglés, francés y danés, cuatro idiomas de los que no conocía una palabra. Yo hubiese sido el último de los cuarenta alumnos que contaba aquel pequeño colegio, e indigno de dormir con ellos en sus armarios de dos hojas, donde los delicados se asfixiarían desde la primera noche.

En tres horas recorrí no solo la ciudad, sino sus alrededores. El aspecto general era singularmente triste, no habiendo árboles, ni siquiera vegetación, por decirlo así. Por todas partes se veían los agudos perfiles de las rocas volcánicas. Las chozas de los islandeses están hechas con tierra y turba y construidas con las paredes inclinadas hacia dentro. Parecen techos colocados en el suelo, pero estos techos son prados relativamente fecundos, porque, gracias al calor de la habitación, brota y crece bastante bien la yerba, segándola cuidadosamente cuando llega a sazón, porque, de lo contrario, vendrían los animales domésticos a pastar sobre las verdes casas.

Pocos habitantes encontré durante mi excursión. Cuando volví a la calle del comercio, encontré a la mayor parte de la población ocupada en secar, salar y cargar bacalao, principal artículo de exportación. Los hombres parecían robustos, pero pesados, especie de alemanes rubios y con ojos meditabundos que se ven apartados de la humanidad, pobres desterrados en aquel país de hielo, en donde debiera haber colocado esquimales la naturaleza, puesto que les condena a vivir en el límite del círculo polar. En vano traté de sorprender una sonrisa en sus labios, alguna vez se contraían los músculos de la cara; esta era toda su risa.

Su traje se componía de una blusa de lana negra, conocida en los países escandinavos con el nombre de vadmel, un sombrero de anchas alas, un pantalón con franja roja y un pedazo de cuero sujeto al pie a manera de calzado.

Las mujeres, cuyo rostro triste y resignado era de un tipo bastante agradable, pero sin expresión, vestían corsé y saya de vadmel oscuro; las solteras llevaban sobre sus trenzados cabellos un gorrito oscuro; las casadas un pañuelo de color claro con un adorno de tela blanca.

Cuando, después de mi largo paseo, volví a casa del Sr. Fridriksson, encontré a mi tío en compañía de nuestro huésped.

La comida estaba dispuesta y fue devorada con avidez por el profesor Lidenbrock, cuyo estómago estaba convertido en un abismo sin fondo, merced a la dieta de a bordo. La comida, más danesa que islandesa, no tuvo nada notable; pero el huésped, más islandés que danés, me recordó los héroes de la antigua hospitalidad, pues parecía que más bien estábamos nosotros en nuestra casa que él en la suya.

La conversación fue en lengua indígena, que mi tío mezclaba con palabras alemanas y el Sr. Fridriksson con latinas, para que yo pudiese comprenderles. Como era de esperar entre sabios, versó sobre cuestiones científicas; pero el profesor Lidenbrock se mantuvo en la más excesiva reserva, recomendándome a cada momento con la vista el más absoluto silencio sobre nuestros proyectos.

Sin embargo, el Sr. Fridriksson preguntó a mi tío sobre el resultado de sus pesquisas en la biblioteca.

-Vuestra biblioteca está formada de libros desparramados en estantes casi vacíos.

-¡Cómo! -exclamó el Sr. Fridriksson-; poseemos ocho mil volúmenes, entre los que hay muchos raros y curiosos, obras en antigua lengua escandinava, y todas las novedades que nos remite anualmente Copenhague.

-¿Dónde están esos ocho mil volúmenes? Yo creo...   

-¡Oh!, Sr. Lidenbrock, van corriendo por el país. En nuestra vieja isla de hielo hay gran pasión por el estudio. No hay un labrador ni un pescador que no sepa leer y escribir. Creemos que los libros, en vez de envejecer inútilmente tras los cristales de un armario, lejos de toda mirada, están destinados a ser leídos. Así es, que esos volúmenes pasan de mano en mano, y son hojeados, leídos y releídos hasta el punto de que algunos no vuelven a su puesto hasta uno o dos años de ausencia.

-Y entre tanto -replicó mi tío con cierto despecho- los extranjeros...

-¿Qué queréis? Los extranjeros tienen en su país bibliotecas, y, ante todo, es necesario que se instruyan nuestras gentes. Os repito que la sangre islandesa lleva en sí el amor al estudio. Así es que en 1816 fundamos una Sociedad literaria que cada día progresa; los sabios extranjeros se honran con pertenecer a ella; esta sociedad pública libros destinados a la ilustración de nuestros compatriotas y presta verdaderos servicios al país. Si queréis ser individuo corresponsal de nuestra sociedad, señor Lidenbrock, nos honraréis mucho.

Mi tío, que pertenecía ya a un centenar de Sociedades científicas, aceptó el ofrecimiento del señor Fridriksson.

-Ahora -añadió este- dignaos indicarme los libros que esperabais encontrar en nuestra biblioteca, y tal vez pueda daros algunos datos sobre ellos.

Al oír esto, miré a mi tío que vacilaba en contestar. Aquellas palabras tocaban directamente a sus proyectos. Sin embargo, después de reflexionar algunos momentos, se decidió a responder.

-Señor Fridriksson -dijo- quería ver si entre las obras antiguas poseíais las de Arne Saknussemm.

-¡Arne Saknussemm! -respondió el profesor de Reikiavik-. ¿Habláis del sabio del siglo XVI, que a la vez fue gran naturalista, gran alquimista y gran viajero?

-Precisamente.

-¿Una de las glorias de la antigua literatura islandesa?

-En efecto.

-¿Un hombre ilustre entre los ilustres?

-Concedo que lo fuera.

-¿Y cuya audacia igualaba a su genio?

-Veo que le conocéis bien.

Mi tío rebosaba de alegría al oír hablar así de su héroe. Con los ojos devoraba al señor Fridriksson.

-¡Y bien! -exclamó-; ¿sus obras?

-¡Ah!, no tenemos sus obras.

-¡Qué! ¿En Islandia?

-No existen ni en Islandia ni en ninguna parte.

-¿Y por qué?

-Porque Arne Saknussemm fue perseguido por causa de herejía, y en 1573 se quemaron sus obras en Copenhague por mano del verdugo.

-¡Muy bien! ¡Perfectamente! -exclamó mi tío con gran escándalo del profesor de ciencias naturales.

-¡Eh! -dijo este.

-¡Sí!, todo se explica, todo se encadena, todo se esclarece, y ahora comprendo por qué Saknussemm, puesto en el índice y obligado a ocultar los descubrimientos de su genio, tuvo que disfrazar en un incomprensible criptograma el secreto...   

-¿Qué secreto? -preguntó vivamente el señor Fridriksson.

-Un secreto que... cuyo... -respondió mi tío balbuceando.

-¿Tenéis acaso algún documento particular? -preguntó nuestro huésped.

-No..., hacía una mera suposición.

-Bien -dijo el señor Fridriksson que tuvo la bondad de no insistir al ver la turbación de su interlocutor-. Espero que no dejareis nuestra isla sin haber examinado sus riquezas mineralógicas.

-Ciertamente -respondió mi tío-; pero llego algo tarde; ¿han pasado ya sabios por aquí?

-Sí, señor Lidenbrock. Han contribuido mucho al conocimiento geológico de Islandia, los trabajos de los señores Olafsen y Povelsen, ejecutados por orden del rey; los estudios de Troil y la comisión científica de los señores Gaimard y Robert a bordo de la corbeta francesa la Recherche, y últimamente las observaciones de los sabios embarcados en la fragata Reina Hortensia. Pero, creedme, queda mucho por hacer.

-¿Lo creéis así? -preguntó mi tío aparentando ingenuidad y conteniendo el brillo de sus ojos.

-Sí. Hay muchas montañas, ventisqueros y volcanes poco conocidos que se deben estudiar. Y sin ir más lejos, mirad esa montaña que se alza en el horizonte. Es el Sneffels.

-¡Ah! -exclamó mi tío-, el Sneffels.

-Sí, un volcán muy curioso, y cuyo cráter lo han visitado muy pocos.

-¿Está apagado?

-¡Oh, sí! Desde hace quinientos años.

-¡Pues bien! -respondió mi tío, cruzando frenéticamente las piernas para no saltar-; deseo empezar mis estudios geológicos por ese Peffel... Fessel... ¿Cómo le llamáis?

-Sneffels -respondió el excelente señor Fridriksson.

Esta parte de la conversación se había verificado en latín, así es que le había comprendido perfectamente, costándome mucho trabajo contener la risa al ver a mi tío dominar la satisfacción que le poseía y aparentar cierta candidez que en su rostro era una mueca de diablo viejo.

-Sí -dijo-; me deciden vuestras palabras. Trataré de subir a ese Sneffels, y quizá visitaré su cráter.

-Siento mucho -respondió el señor Fridriksson- que mis ocupaciones no me permitan ausentarme de aquí; os acompañaría con mucho gusto.

-¡Oh!, no, no -exclamó vivamente mi tío-; no quiero incomodar a nadie, señor Fridriksson; os doy las gracias de todo corazón. La compañía de un sabio como vos, me hubiese sido muy útil; pero los deberes de vuestra profesión... 

Creo que nuestro cándido huésped no comprendió la malicia de mi tío.

-Apruebo completamente, señor Lidenbrock -dijo- que empecéis por ese volcán. Es indudable que haréis infinidad de curiosas observaciones. Pero decidme, ¿cómo pensáis llegar a la península del Sneffels?

-Por mar, atravesando la bahía. Es el camino más rápido.

-Sin duda. Pero es imposible seguirle.

-¿Por qué?

-Porque no tenemos ni un solo bote en Reikiavik.

-¡Diablo!

-Necesitaréis ir por tierra, siguiendo la costa. El camino será más largo, pero más interesante también.

-Bien. Trataré de buscar un guía.

-Puedo ofreceros uno.

-¿Seguro e inteligente?

-Sí, un vecino de la península, un hábil cazador de eders del que quedaréis satisfecho... Habla perfectamente el danés.

-¿Y cuándo podré verle?

-Mañana, si queréis.

-¿Y por qué no hoy?

-Porque no llegará hasta mañana.

-Pues hasta mañana -dijo mi tío lanzando un suspiro.

Algunos momentos después terminó esta interesante conversación con ardientes manifestaciones de amistad del profesor alemán al islandés. Durante la comida había sabido mi tío cosas importantes, entre ellas, la historia de Saknussemm, la razón de su misterioso documento, que el señor Fridriksson no le acompañaría y que al día siguiente tendría un guía a su disposición.

Por la tarde di un corto paseo por las playas de Reikiavik y volví temprano a acostarme en una cama de gruesas tablas, en la que dormí profundamente.

Cuando desperté oí a mi tío hablando en la habitación inmediata. Me levanté enseguida y me apresuré a reunirme con él.

Le encontré conversando en danés con un hombre alto y fornido. Aquel gañán debía poseer descomunal fuerza. Su cabeza era bastante gruesa y sus azules ojos, colocados en un semblante ingenuo, parecían inteligentes. Largos cabellos, que hasta en Inglaterra hubieran pasado por rojos, caían sobre sus atléticos hombros. Aquel indígena tenía movimientos bastante vivos, pero dejaba inertes los brazos como si ignorara o despreciara el idioma de los gestos. Todo su aspecto revelaba un temperamento tranquilo, pero no indolente. Comprendíase a primera vista que era de los que no piden nada a nadie, que trabajaba en provecho propio, y que, en este mundo, nada podía alterar su tranquilidad.

Por largo rato estuve observando la calma con que escuchaba el islandés la arrebatada verbosidad de su interlocutor. Con los brazos cruzados e inmóvil contemplaba los incesantes gestos de mi tío, moviendo de derecha a izquierda la cabeza para negar, o inclinándola para afirmar, pero tan levemente que apenas se movían las puntas de sus largos cabellos. Aquel hombre llevaba hasta la avaricia la economía del movimiento.

Al verle no hubiera adivinado nadie su profesión; de seguro que no espantaría la caza, pero ¿cómo la alcanzaría?

Todo quedó explicado cuando el señor Fridriksson me dijo que era cazador de eders, pato cuyo plumón constituye la mayor riqueza de la isla. Para recoger este artículo no se necesita demasiada agitación.

En los primeros días del estío, la hembra del eder construye su nido entre las rocas de la costa. Una vez construido, lo tapiza con el fino plumón que se arranca del vientre. Enseguida el cazador, o, mejor dicho, el comerciante, llega, coge el nido, y la hembra tiene que comenzar de nuevo su trabajo. Esto se repite mientras le queda plumón. Cuando ya no tiene, entonces le llega la vez al macho. Pero como el plumón de este es basto y duro, no tiene valor en el comercio, y, por lo tanto, el cazador no se toma el trabajo de despojar el nido; este queda terminado al fin; la hembra deposita los huevos en él, salen los polluelos, y al año siguiente se vuelve a hacer la recolección del plumón.

Como el eder no elige las rocas escarpadas para anidar, sino las más suaves y horizontales que se dirigen al mar, el cazador islandés puede ejercer su oficio sin gran fatiga.

Puede decirse que es un labrador que no siembra ni siega, sino que recoge.

El flemático, grave y silencioso individuo que escuchaba a mi tío, se llamaba Hans Bjelke, y era el recomendado por el señor Fridriksson. Aquel hombre era nuestro guía, y por cierto que sus modales contrastaban singularmente con los de mi tío.

Sin embargo, fácilmente se entendieron, porque ni uno ni otro regatearon, estando dispuesto Hans a recibir lo que le dieran y mi tío a dar lo que le pidiesen. Jamás hubo contrato más fácil y ligero.

Del convenio resultó que el guía se obligaba a llevarnos a la aldea de Stapi, situada en la costa meridional de la península del Sneffels, al pie del volcán. Para llegar a esta aldea necesitábamos andar veintidós millas, dos jornadas, en opinión de mi tío.

Pero cuando supo que se trataba de millas danesas de veinticuatro mil pies, tuvo que modificar el cálculo, y en vista de las dificultades del camino poner siete u ocho días.

Cuatro caballos debían quedar a nuestra disposición; dos para llevarnos y dos para los bagajes. Hans iría a pie, según su costumbre. Conocía perfectamente aquella parte de la costa, y prometió guiarnos por el camino más corto.

El compromiso del guía no terminaba a nuestra llegada a Stapi, sino que quedaba a disposición de mi tío mientras duraran sus expediciones científicas, por el salario de tres rixdales por semana. Esta cantidad se debía entregar a Hans cada sábado por la noche, condición sine qua non de su contrato.

La partida se fijó para el 16 de junio. Mi tío quiso dar al cazador algo a cuenta, pero este rehusó.

-Efter -dijo.

-Después -me dijo el profesor sin duda para mi enseñanza.

Terminado el contrato, se retiró Hans sin decir palabra.

-Es un hombre precioso -exclamó mi tío-; pero de seguro no espera el importante papel que le reserva el porvenir.

-¿Nos acompañará hasta?...

-Sí, Axel, hasta el centro de la tierra.

Aún nos quedaban cuarenta y ocho horas que, con gran sentimiento, tuve que emplear en nuestros preparativos. Todos los objetos de viaje quedaron colocados en cuatro paquetes de la manera más ventajosa posible; los instrumentos en uno, las armas en otro, y en los otros dos los víveres y las herramientas.

Los instrumentos eran:

  1. Un termómetro centígrado de Eigel, con escala hasta ciento cincuenta grados, lo que me parecía poco o demasiado. Demasiado, si el calor había de subir hasta allí, en cuyo caso quedaríamos cocidos. Poco, si se trataba de medir la temperatura de manantiales calientes o de materias en fusión.
  2. Un manómetro de aire comprimido, dispuesto de modo que pudiera medir presiones superiores a la de la atmósfera al nivel del mar. El barómetro ordinario no hubiese bastado, puesto que la presión atmosférica debía aumentar proporcionalmente a nuestro descenso bajo la superficie de la tierra.
  3. Un cronómetro de Boissonnas joven, de Ginebra, arreglado al meridiano de Hamburgo.
  4. Dos brújulas de inclinación y de declinación.
  5. Un anteojo de noche.
  6. Dos aparatos de Ruhmkorff, que, por medio de una corriente eléctrica, daban una luz muy portátil, segura y poco incómoda.

Las armas consistían en dos carabinas de Purdley, More y compañía, y dos revólveres Colt. No sé para qué las llevábamos, puesto que no podíamos temer encontrarnos con salvajes ni fieras. Pero mi tío cuidaba tanto de su arsenal como de sus instrumentos; así es que llevó una cantidad notable de algodón pólvora, inalterable a la humedad, y cuya fuerza expansiva es tres veces mayor que la de la pólvora ordinaria.

Entre las herramientas iban dos picos, dos azadones, una escala de seda, tres bastones herrados, un hacha, un martillo, una docena de cuñas y escarpias de hierro y largas cuerdas con nudos. Todo esto formaba un voluminoso fardo, porque solamente la escala tenía trescientos pies de larga.

El paquete de las provisiones, aunque no muy grueso, me tranquilizaba bastante, porque sabía que en carne reconcentrada y en galleta llevábamos víveres para seis meses. Los líquidos estaban reducidos a ginebra, no llevando provisión alguna de agua; pero teníamos calabazas que mi tío esperaba poder llenar en los manantiales; las objeciones que hubiera podido hacerle sobre su calidad, temperatura y hasta su ausencia, nada hubiesen conseguido.

Para concluir la enumeración de nuestros artículos de viaje, diré que llevábamos también un botiquín portátil que contenía tijeras de hojas encorvadas, apósitos para fracturas, vendas de hilo, trapos y compresas, esparadrapo, lancetas y demás espantosos instrumentos; también encerraba el botiquín una serie de frascos con dextrina, colodión, acetato líquido de plomo, éter, vinagre y amoniaco, drogas de empleo poco tranquilizador; y además las sustancias necesarias para poner en actividad los aparatos de Ruhmkorff.

No había olvidado mi tío la provisión de tabaco, de pólvora de caza, y de yesca, lo mismo que un cinto de cuero que llevaba ceñido, en el que encerraba cierta cantidad de monedas de oro y plata, y además papel. En el fardo de las herramientas iban también seis pares de zapatos impermeables por efecto de un barniz de alquitrán y goma elástica.

-Vestidos, calzados y equipados de este modo, no hay razón para no ir lejos -me dijo mi tío.

Todo el día 14 lo empleamos en la colocación de estos diferentes objetos. Por la tarde comimos en casa del barón Trampe, en compañía del alcalde de Reikiavik y del doctor Hyaltalin, médico principal del país. Entre los convidados no estaba el señor Fridriksson; después supe que el gobernador y él estaban en desacuerdo sobre una cuestión de administración, y que no se visitaban. Como se habló en danés en aquella comida semioficial, no comprendí una palabra. Solamente observé que el que más habló fue mi tío.

En la mañana del 15 quedaron terminados los preparativos. Nuestro huésped sorprendió agradablemente a mi tío dándole un mapa de Islandia mucho más perfecto que el de Henderson, el de Olaf Nikolas Olsen, reducido a 1/480.000 y publicado por la Sociedad literaria islandesa, según los trabajos geodésicos de Scheel Frisac y el plano topográfico de Bjorn Gumlaugsonn. Aquel mapa era un documento precioso para un mineralogista.

La última noche la pasamos en conversación con el Sr. Fridriksson por el que experimentaba viva simpatía; a la conversación siguió el sueño que, por mi parte, fue muy agitado.

A las cinco de la mañana me despertaron los relinchos de los caballos que piafaban bajo mi ventana. Vestime de prisa y bajé a la calle. Hans acababa de cargar los bagajes casi sin moverse. A pesar de esto, obraba con suma destreza. Mi tío hacía más ruido que otra cosa, y el guía aparentaba cuidarse muy poco de sus advertencias.

A las seis estaba todo concluido. El Sr. Fridriksson nos estrechó las manos. Mi tío le dio las gracias en islandés por su amable hospitalidad. Por mi parte me limité a saludarle cordialmente en el mejor latín que pude emplear, y enseguida cabalgamos, dirigiéndome el Sr. Fridriksson con su último saludo este verso que Virgilio parecía haber hecho para nosotros, viajeros en camino desconocido:

Et quaqumque viam dederit fortuna sequamur.



Habíamos partido con tiempo cubierto pero fijo. No teníamos que temer molestos calores ni desastrosas lluvias. Teníamos verdadero tiempo de viajeros.

El placer de correr a caballo por un país desconocido me hacía olvidar el objeto de nuestra expedición. Completamente me entregaba al ejercicio de la equitación, y si me asaltaba la idea del fin de nuestro viaje, no podía menos de decirme:

-¿Qué arriesgo? Solo tengo que viajar por uno de los países más curiosos, subir una montaña muy notable y a lo sumo bajar al fondo de un cráter extinguido. Evidentemente no hizo otra cosa Saknussemm. La existencia de una galería que conduce al centro del globo es pura ficción. Así pues, gocemos de lo único bueno que puede tener nuestro viaje.

Apenas había terminado estas reflexiones, salimos de Reikiavik.

Hans caminaba delante con paso rápido, igual y sostenido. Los caballos cargados con los bagajes le seguían sin necesitar dirección. Detrás íbamos mi tío y yo, y la verdad que no hacíamos mala figura sobre nuestras cabalgaduras pequeñas, pero fuertes.

Islandia es una de las grandes islas de Europa. Su superficie es de mil cuatrocientas millas, y solo tiene sesenta mil habitantes. Los geógrafos la han dividido en cuatro partes, y teníamos que atravesar casi oblicuamente la que lleva el nombre de País del Sudoeste, Sudvestr Fjordungr.

Al salir de Reikiavik había empezado Hans a seguir la orilla del mar. Atravesábamos prados, que con suma dificultad conseguían estar verdes; el color amarillo dominaba en ellos. Las rugosas cimas de montañas traquíticas se amontonaban al horizonte entre las brumas del este; en algunos momentos, espacios cubiertos de nieve, concentrando la luz difusa, brillaban en las vertientes de lejanas cumbres, y algunos picos que se elevaban atrevidamente rasgaban las grises nubes, apareciendo sobre los movibles vapores, como escollos que brotaban del cielo.

Frecuentemente estas cadenas de áridas rocas se adelantaban hacia el mar, pero siempre quedaba espacio suficiente para pasar. Además, nuestros caballos elegían instintivamente los sitios mejores y no aflojaban nunca el paso. Mi tío no tenía el consuelo de excitar su cabalgadura con la voz o con el látigo; en aquella ocasión no podía ser impaciente. Al verle sobre su pequeño caballo, no podía menos que reír, porque las largas piernas del profesor casi llegaban al suelo, y parecía un centauro con seis pies.

-¡Buena bestia! ¡Buena bestia! -decía-. Ya verás, Axel, como no hay ningún animal que supere en inteligencia al caballo islandés. Nada le detiene, nieves, tempestades, caminos impracticables, rocas ni ventisqueros. Es valiente, sobrio y seguro. Jamás da un paso en falso, jamás se encabrita. Si se presenta un río que atravesar, o alguna pequeña ensenada de las comunes en estas costas, que de seguro se presentará, le verás arrojarse al agua como un anfibio y nadar a la orilla opuesta. Si no les molestamos y les dejamos a su paso, andarán diez leguas por día.

-¿Pero el guía andará lo mismo? -pregunté yo.

-¡Oh!, no me cuido de él. Estas gentes andan sin conocerlo. El nuestro se mueve tan poco, que no debe fatigarse. Además, en caso necesario, le cederé mi cabalgadura. Muy pronto sentiré calambres si no hago algún ejercicio. Los brazos van bien, pero es preciso pensar en las piernas.

Nuestros caballos nos llevaban a paso rápido. El país estaba ya casi desierto. Veíase alguna granja aislada, algún boer solitario, construido con tablas, tierra y pedazos de lava, apareciendo como un mendigo en un camino. Aquellas resquebrajadas chozas parecían implorar la caridad del viajero. En aquel país no había caminos ni senderos, y la vegetación, por lenta que fuese, borraba pronto las huellas de los escasos pasajeros.

Sin embargo, se contaba entre las comarcas habitadas y cultivadas de Islandia, aquella parte de la provincia, situada a dos pasos de la capital. ¿Qué serían las desiertas? Habíamos recorrido media milla sin encontrar un labrador en la puerta de su choza, ni un pastor salvaje apacentando un rebaño menos salvaje que él; solo habíamos visto algunas vacas y carneros abandonados a sí mismos. ¿Qué serían las regiones agitadas por los fenómenos eruptivos, originados por las explosiones volcánicas y las conmociones subterráneas?

Más tarde debíamos conocerlo; pero consultando el mapa de Olsen, vi que podíamos evitarlas siguiendo la sinuosa línea de la costa. En efecto, el gran movimiento volcánico está reconcentrado en el interior de la isla; las capas horizontales de rocas superpuestas, llamadas trapp en lengua escandinava, las fajas traquíticas, las erupciones de basalto y demás productos volcánicos, los arroyos de lava y de pórfido en fusión, han formado allí un país horrible. Desde entonces comprendí el espectáculo que nos reservaba la península de Sneffels, donde los estragos de aquella naturaleza ígnea han formado un confuso caos.

Dos horas después de salir de Reikiavik llegamos al pueblo de Gufunes, llamado Aoalkikja, o iglesia principal. Nada notable ofrece este pueblecito formado por escaso número de chozas.

Hans se detuvo una media hora, tiempo que repartió entre nuestro frugal desayuno y responder con monosílabos las preguntas de mi tío sobre las circunstancias del camino; cuando le preguntó este dónde pensaba pasar la noche:

-Gardar -dijo solamente.

En el acto miré el mapa para saber lo que era Gardar, y vi una aldea de este nombre a orillas del Hvalfjord, a cuatro millas de Reikiavik. Enseguida lo enseñé a mi tío.

-¡Cuatro millas solamente! ¡Cuatro millas teniendo que andar veintidós! ¡Pues damos lindo paseo!

Tres horas después, marchando siempre sobre el descolorido musgo de los prados, tuvimos que rodear el Kollafjörd, camino más corto y fácil que la travesía de este golfo. Pronto entramos en un pingstoer, llamado Epilberg, en cuyo campanario hubiesen dado las doce en aquel momento, si las iglesias islandesas fuesen bastante ricas para poseer un reloj; pero en esto se parecen a sus feligreses, que tampoco le tienen, y pasan sin ellos.

Allí descansaron los caballos, y tomando después por una playa estrecha, encerrada entre una cadena de montañas y la mar, nos llevaron sin detenerse al Aoalkirkja de Brantar, y una milla después a Saurböer Anexia, iglesia aneja, situada en la ribera meridional del Hvalfjord.

Eran las cuatro de la tarde, y habíamos andado cuatro millas.

La ensenada que forma la costa en aquel punto tenía media milla de ancho, las olas rompían ruidosamente sobre los agudos arrecifes: aquel golfo se extendía entre dos rocas cortadas a pico, de tres mil pies de elevación, y notables por las capas de color oscuro que separaban fajas volcánicas de color rojizo. Por muy grande que fuera el instinto de nuestros caballos, no hubiese deseado atravesar sobre ellos aquel brazo de mar.

-Si tienen instinto -dije- de seguro que no querrán pasar. Y si no lo tienen, yo me encargo de ser inteligente por ellos.

Pero como mi tío no quería esperar, espoleó su cabalgadura que llegó hasta la última ondulación de las olas; allí se paró. Mi tío, que también tenía su instinto, le espoleó otra vez; pero el caballo no se movió y sacudió la cabeza. Entonces el profesor empezó a jurar y a darle latigazos; pero el caballo le contestó encabritándose y amenazando arrojar al suelo al jinete. No pudiendo conseguirlo, el pequeño animal replegó los jarretes y escapó de entre las piernas del profesor, dejándole plantado sobre dos piedras como el coloso de Rodas.

-¡Ah!, ¡maldito animal! -exclamó el jinete súbitamente trasformado en peatón, y avergonzado como un oficial de caballería que pierde la silla.

-Färja -le dijo el guía tocándole en el hombro.

-¡Qué!, ¿hay una barca?

-Der -respondió Hans señalando un esquife.

-Sí -exclamé yo- hay una barca.

-Pues debíais haberlo dicho. En marcha.

-Tidvatten -añadió el guía.

-¿Qué dice?

-Marea -respondió mi tío traduciendo la palabra danesa.

-¿Es preciso esperar la marea?

-¿Förbida? -preguntó mi tío.

-Ja -respondió Hans.

Mi tío golpeaba el suelo de impaciencia, mientras que los caballos se dirigieron a la barca.

Desde luego comprendí que era necesario para atravesar la ensenada, esperar al momento en que, llegando la mar a su mayor altura, permanece inmóvil. En este momento no tienen acción sensible el flujo y redujo, y la barca no correría riesgo de ser arrastrada al interior del golfo ni a la mar.

El momento favorable llegó a las seis de la tarde; mi tío, yo, el guía, dos remeros y los cuatro caballos, nos colocamos en una especie de barca plana, bastante débil. Como estaba acostumbrado a las barcas de vapor del Elba, me parecieron pobres motores los remos de los bateleros. Más de una hora empleamos en atravesar la ensenada, pero al fin llegamos sin novedad a la otra orilla.

Media hora después llegábamos al Aoalkirkja de Gardar.

A aquella hora debía ser ya de noche, pero la claridad nocturna de las regiones polares no debía extrañarme, encontrándonos bajo el paralelo sesenta y cinco. Durante los meses de junio y julio no se oculta el sol en Islandia.

La temperatura había bajado; tenía frío y sobre todo hambre; así es que saludé cariñosamente al boer que se abrió hospitalariamente para recibirnos.

Aquella casa era de un campesino, pero en punto de hospitalidad equivalía al palacio de un rey. El dueño salió a estrechar nuestra mano en cuanto llegamos, y sin otra ceremonia, nos indicó que le siguiéramos.

Seguile, en efecto, porque era imposible acompañarle. Un pasillo largo, estrecho y oscuro daba entrada a la casa construida con toscos maderos, y llevaba a cada una de sus cuatro habitaciones; cocina, taller de tejido, badstofa, habitación en que duerme la familia, y la sala de los huéspedes, la mejor pieza de la casa. Como no se había tenido en cuenta la estatura de mi tío al edificar la casa, dio dos o tres veces con la cabeza en las desigualdades del techo.

Lleváronnos a la habitación que nos destinaban, especie de salón con piso de tierra endurecida e iluminado con una ventana, cuyas vidrieras estaban formadas con membranas de carnero muy poco trasparentes. Las camas se componían de yerbas secas arrojadas sobre un tablado pintado de rojo. No esperaba tanta comodidad; pero en aquella casa reinaba fuerte olor de pescado seco, carne macerada y leche agria, por lo que mi olfato se encontraba bastante mal.

Cuando nos despojamos de nuestro equipo de viajeros, oímos la voz del huésped que nos invitaba a pasar a la cocina, única estancia donde se encendía fuego, aun en la época de los grandes fríos.

Mi tío se apresuró a aceptar aquella amistosa invitación, y yo lo seguí.

La chimenea de la cocina era de antigua forma, es decir, que consistía en una piedra para hogar, colocada en medio de la habitación, y un agujero en el techo, por el que salía el humo. La cocina servía de comedor.

Cuando entramos nos saludó el huésped como si nos viera por primera vez, pronunciando la palabra soellverta, que significa, sed felices, y nos besó en las mejillas.

Después de él, pronunció la misma palabra su esposa, acompañándola de igual ceremonia; enseguida, poniéndose los dos esposos la mano sobre el corazón, se inclinaron profundamente.

Debo decir que la islandesa era madre de diecinueve hijos, que en aquel momento andaban revueltos entre las nubes de humo que llenaban la cocina. A cada momento veía salir de la niebla una cabecita rubia, algo melancólica. Hubiérase dicho que eran una guirnalda de ángeles algo sucios.

Mi tío y yo acogimos bastante bien aquella pollada y pronto tuvimos sobre los hombros tres o cuatro de aquellos periñanes, otros tantos sobre las rodillas, y los demás entre las piernas. Los que sabían hablar repetían soellvertu en todos los tonos imaginables, y no gritaban menos los que no sabían hablar.

El anuncio de la cena interrumpió el concierto. En aquel momento entró el cazador que venía de proveer a las necesidades de los caballos, es decir, que los había soltado en los campos; los pobres animales tenían que contentarse con el escaso musgo de las rocas y algunas ovas poco nutritivas, sin que por esto dejaran de acudir por sí mismos a la mañana siguiente para volver a empezar el trabajo de la víspera.

-Stellvertu -dijo Hans al entrar.

Después, tranquila y automáticamente, besó al huésped, a su esposa y a sus diecinueve hijos, pero todo con excesiva calma y sin acentuar un beso más que otro.

Terminada esta ceremonia nos sentamos a la mesa; éramos veinticuatro, y, por lo tanto, teníamos que estar unos sobre otros, en el verdadero sentido de la palabra. Los más favorecidos solo tenían dos chiquillos sobre las rodillas.

En cuanto trajeron la sopa callaron todos, recobrando su imperio la taciturnidad peculiar de los islandeses. Nuestro huésped nos sirvió sopado liquen bastante agradable y después una cantidad enorme de pescado seco nadando en manteca rancia de veinte años que, en el gusto gastronómico de Islandia, es preferible a la fresca. Después de esto nos sirvieron skyr, especie de leche cuajada, acompañada de bizcochos y sazonada con el jugo de las bayas del enebro. La bebida consistió en leche mezclada con agua, bebida llamada blanda en el país. No podré decir si esta singular comida era buena o no. Tenía hambre y a los postres comí hasta la última cucharada de una natilla de trigo.

Terminada la cena, desaparecieron los niños, y las personas mayores rodearon el hogar, donde ardía carbón de piedra, ramaje, estiércol de vaca y huesos de pescados secos. Después de tomar su ración de calor, cada grupo volvió a su respectiva habitación. La islandesa nos ofreció, según costumbre, quitarnos las medias y los pantalones, pero rehusándolo nosotros con política, no insistió, y al fin pude enterrarme en mi cama de yerbas.

A las cinco de la mañana nos despedimos del campesino islandés, costando mucho a mi tío hacerle aceptar una recompensa conveniente. Hans dio la señal de marcha.

A cien pasos de Gardar, empezó a cambiar de aspecto el terreno, siendo el suelo cenagoso y poco a propósito para caminar. Más allá del estrecho, se prolongaba indefinidamente la serie de montañas como un inmenso sistema de fortificaciones naturales, cuya contra escarpa seguíamos nosotros; frecuentemente teníamos que atravesar arroyos y procurábamos hacerlo por vados para no mojar mucho los bagajes.

Cada vez era más desierta la comarca; sin embargo, algunas veces parecía huir a lo lejos una sombra humana; si los recodos del camino nos acercaban de improviso a alguno de aquellos espectros, sentía repugnancia al ver una cabeza hinchada, con la piel reluciente, desprovista de cabellos y al ver también las asquerosas llagas que se descubrían entre los miserables harapos de aquellos desgraciados, que no venían a presentarnos su deforme mano, sino que, por el contrario, huían, aunque no tan pronto que no les saludara Hans con el soellvertu habitual.

-Spetelsk -decía.

-¡Un leproso! -repetía mi tío.

Y esta palabra producía un efecto repulsivo. La terrible enfermedad de la lepra es bastante común en Islandia, donde no es contagiosa sino hereditaria, razón por la cual se prohíbe él matrimonio a los desgraciados que la padecen.

La aparición de aquellos seres no era la más a propósito para alegrar el paisaje que empezaba a ser profundamente triste; las últimas yerbas acababan de desaparecer a nuestra espalda. No se descubría un árbol, a no ser algunos grupos de abedules que parecían matorrales. Tampoco se veían animales; solo algún caballo de los que abandonan sus dueños por no poder alimentarles, vagando por las sombrías llanuras. A veces veíamos un halcón que volaba rápidamente hacia el sur; la melancolía de aquella salvaje naturaleza nos dominaba, evocando en mi mente el recuerdo de mi país natal.

Pronto tuvimos que atravesar multitud de ensenadas sin importancia, y al fin un verdadero golfo; la marea, baja en aquel momento, nos permitió pasar sin tardanza y llegar a la aldea de Alftanes, situada a una milla de allí.

Por la tarde, después de vadear dos ríos, abundantes en truchas y sollos, el Alfa y el Heta, nos vimos obligados a refugiarnos en una habitación abandonada, digna de ser frecuentada por todos los duendes de la mitología escandinava; el genio del frío la había elegido sin duda por morada, y durante toda la noche estuvo haciendo de las suyas.

La jornada del día siguiente nada ofreció de particular, presentándose el mismo suelo cenagoso, la misma uniformidad, el mismo triste aspecto. Por la tarde habíamos franqueado la mitad de la distancia que teníamos que recorrer, y pernoctamos en la anexia de Krösolbt.

El 19 de junio se extendió a nuestros pies durante una milla un terreno de lava; en el país llaman a estos terrenos hraun; rizada la lava en la superficie ofrecía el aspecto de cables, unas veces estirados, otras arrollados sobre sí mismo; de las montañas vecinas descendía un reguero inmenso; aquellas montañas son volcanes extinguidos en la actualidad, pero sus productos atestiguan su pasada violencia. Algunas humaredas de manantiales termales brotaban en distintos parajes.

No podíamos detenernos a observar aquellos fenómenos, porque necesitábamos seguir adelante sin perder tiempo. Muy pronto volvimos a encontrar el terreno cenagoso, entrecortado por pequeños lagos. Nuestra dirección era entonces al oeste; habíamos rodeado la gran bahía de Faxa y la doble y blanca cima del Sneffels se alzaba hasta las nubes a menos de cinco millas de distancia.

Los caballos marchaban bien; las dificultades del suelo no les detenían: yo empezaba a encontrarme fatigado, pero mi tío continuaba tan derecho y firme como el primer día; tampoco podía dejar de admirar al impasible cazador, que consideraba aquella expedición como un sencillo paseo.

El sábado 20 de junio llegamos a las seis de la tarde a Büdir, pueblo situado a orillas del mar; el guía reclamó su salario. Dióselo mi tío y la familia de Hans, es decir, sus tíos y primos, nos ofreció hospitalidad; todos nos recibieron bien, y sin abusar de la bondad de aquellas honradas gentes, con placer hubiese descansado en su casa de las fatigas del viaje. Pero mi tío, que no estaba cansado, no opinaba de este modo, y por la mañana fue preciso cabalgar de nuevo.

El suelo revelaba la proximidad de la montaña, cuyas raíces de granito sobresalían de la tierra como las de una haya vieja. Empezábamos a rodear la inmensa base del volcán. El profesor no le perdía de vista, gesticulando y como desafiándole. Indudablemente, decía en su interior: ¡He ahí al gigante que voy a vencer! En fin, al cabo de cuatro horas de marcha, los caballos se detuvieron espontáneamente a la puerta del presbiterio de Stapi.

Stapi es una aldea formada por treinta chozas, construidas en plena lava bajo los rayos del sol, reflejados por el volcán. Extiéndese en el centro de una pequeña ensenada rodeada de muros basálticos del más extraño efecto.

Sabido es que el basalto es una roca de color oscuro y origen ígneo. Esta roca presenta formas regulares sorprendentes por su disposición. La naturaleza obra en ella geométricamente y como pudiera hacerlo el hombre con el cuadrante, el compás y el nivel. Si por todas partes afecta disposiciones artísticas con sus grandes masas colocadas en desorden, sus conos apenas contorneados, sus imperfectas pirámides y la extraña serie de sus líneas, aquí, queriendo dar ejemplo de regularidad, y precediendo a los arquitectos de las antiguas edades, ha creado un orden severo, que jamás pudieron superar los esplendores de Babilonia ni las maravillas de Grecia.

Había oído hablar de la Calzada de los Gigantes en Irlanda y de la Gruta del Fingal en una de las Hébridas; pero aún no habían contemplado mis ojos una construcción basáltica.

En Stapi se presentaba este fenómeno en toda su belleza.

El muro de la ensenada, como toda la costa de la península, estaba formado por una serie de columnas verticales de treinta pies de elevación. Estas columnas, de la forma más pura, sostenían otras horizontales que formaban una media bóveda al aire sobre el mar. En ciertos intervalos, y sobre este impluvium natural, se veían aberturas ojivales de admirable dibujo, a través de las cuales pasaban las espumosas olas. Algunos pedazos de basalto arrancados por los furores del océano yacían en el suelo como ruinas de un templo antiguo, ruinas eternamente nuevas sobre las que no hacían mella los siglos.

Tal era la última etapa de nuestro viaje terrestre. Hans nos había guiado hasta entonces con inteligencia, y me tranquilizaba algo la idea de que nos había de acompañar aún.

Al llegar a la puerta de la casa del rector, simple cabaña, ni más bella ni más cómoda que sus vecinas, vi a un hombre disponiéndose a herrar un caballo, martillo en mano y colgado el delantal de cuero.

-Soellvertu -lo dijo el cazador.

-God dag -respondió el herrador en danés.

-Kyrkoherde -dijo Hans volviéndose hacia mi tío.

-¡El rector! -repitió este-. Parece, Axel, que ese hombre es el rector.

Entre tanto, el guía enteraba al Kyrkoherde de la situación; este dejó el caballo, lanzó un grito, usado sin duda por los chalanes, y acto continuo salió de la cabaña una mujer feísima, lo menos de seis pies de estatura.

Por un momento temí viniera a ofrecernos el beso islandés, pero no lo hizo, y hasta nos introdujo de muy mala gana en la casa.

La habitación destinada a los viajeros me pareció la peor del presbiterio; era estrecha, sucia e infecta. Pero era necesario contentarse con ella, pues el rector nos parecía partidario de la antigua hospitalidad. Antes de que terminara el día, comprendí que nuestro hombre más tenía de herrero, pescador, cazador y carpintero que de ministro del Señor. Es verdad que estábamos en medio de semana y los protestantes se guardan para el domingo.

No quisiera hablar mal de esos pobres ministros, que, después de todo, son bastante infelices; el gobierno danés les da una renta ridícula y reciben el cuarto del diezmo de sus parroquias, con lo que no llegan a reunir anualmente sesenta marks. De esto resulta la necesidad en que se ven de trabajar para vivir; pero ocupándose en pescar, cazar o herrar caballos, concluyen por adquirir las maneras, el tono y las costumbres de los cazadores, pescadores y otras gentes de ordinario algo rudas; aquella noche pude observar que nuestro huésped no contaba la sobriedad en el número de sus virtudes.

Pronto comprendió mi tío que, en vez de un digno sabio, tenía que tratar con un campesino ignorante y grosero. En vista de esto, resolvió comenzar enseguida su gran expedición y separarse de aquel ministro inhospitalario; y, como no tenía en cuenta la fatiga, decidió pasar algunos días en la montaña.

En el mismo día que llegamos a Stapi, empezamos los preparativos de marcha. Hans contrató a tres islandeses para llevar los bagajes, en la imposibilidad de que lo hicieran los caballos, pero en cuanto llegáramos al fondo del cráter, los bagajeros debían volverse y dejarnos solos. Este asunto quedó terminado enseguida.

Con motivo de esto, hubo mi tío de manifestar al cazador, que su intención era reconocer el volcán hasta los últimos límites.

Hans contestó inclinando la cabeza. Por lo visto, no encontraba diferencia entre ir a un lado o a otro, entre sepultarse en las entrañas de su isla o recorrer la superficie. Hasta entonces, distraído yo por los incidentes del viaje, casi había olvidado el porvenir, pero en la actualidad me invadía de nuevo el temor. ¿Qué hacer? Resistir al profesor Lidenbrock hubiera podido hacerlo en Hamburgo, pero no al pie del Sneffels. Entre las ideas que se me ocurrían, había una que me martirizaba; idea espantosa y capaz de conmover nervios menos sensibles que los míos.

-Veamos, me decía, vamos a trepar al Sneffels. Bien. Vamos a visitar su cráter. Perfectamente. Otros lo han hecho y no han muerto por eso. Pero no es esto todo. Si se presenta un camino para bajar a las entrañas del globo, si ese desgraciado Saknussemm ha dicho la verdad, vamos a perdernos en las galerías subterráneas del volcán. Ahora bien: nada prueba que el Sneffels esté extinguido. ¿Quién puede asegurar que no se prepara en este momento una erupción? De que el monstruo duerma desde 1229 no se deduce que no pueda despertar. Y si despierta, ¿qué será de nosotros?

Bien merecía esto el trabajo de reflexionar, y reflexioné mucho en ello. No podía dormir sin soñar erupciones, y confieso francamente que me parecía algo brutal desempeñar el papel de escoria.

Como no podía callar sobre el asunto, me decidí a someterlo al juicio de mi tío, cuidando de hacerlo con suma destreza y bajo la forma de una hipótesis completamente irrealizable.

Busquele y le participé mis temores, retrocediendo lo bastante para dejarle estallar a su gusto.

-Pensaba en ello -respondió sencillamente.

¿Qué significaban aquellas palabras? ¿Iba a escuchar la voz de la razón? ¿Trataría de suspender sus proyectos? Esto era demasiado bueno para ser posible.

Después de algunos momentos de silencio, durante los cuales no me atreví a interrogarle, añadió:

-Pensaba en ello. Desde que llegamos a Stapi me ha preocupado la grave cuestión que acabas de consultarme, porque es preciso no obrar como locos.

-No -respondí con energía.

-Hace seiscientos años que calla el Sneffels; pero puede hablar. Ahora bien, las erupciones van siempre precedidas de fenómenos perfectamente conocidos. He interrogado a los habitantes del país, he examinado el suelo, y puedo decirte, Axel, que no habrá erupción.

Ante aquella afirmación quedó estupefacto y no pude replicar.

-¿Dudas de mis palabras? -dijo mi tío-; pues bien, sígueme.

Obedecí maquinalmente. Al salir del presbiterio tomó el profesor un camino directo que, pasando por una abertura del muro basáltico, se alejaba del mar. Pronto nos encontramos en campo raso, si se puede dar este nombre a una inmensa aglomeración de productos volcánicos. El terreno parecía hundido bajo una lluvia de piedras enormes, de trapp, basalto, granito y de todas las rocas piroxénicas.

Por algunos lados veía brotar del suelo nubecillas de blanco vapor, llamadas regkir en lengua islandesa, procedentes de manantiales termales y que indicaban la actividad volcánica de aquel terreno. Esto justificaba mis temores, al menos en mi opinión. Así es que quedé sumamente sorprendido cuando me dijo mi tío:

-¿Ves esas humaredas, Axel? Pues bien, eso nos prueba que nada debemos temer del volcán.

-¡Diablo! -exclamé.

-Fíjate bien en esto -añadió el profesor-: cuando se acerca una erupción, redobla la actividad de esas humaredas que desaparecen completamente mientras dura el fenómeno, porque careciendo los fluidos de la tensión necesaria, se dirigen al cráter en vez de escapar por las hendiduras del globo. Ahora bien, si esos vapores se mantienen en su estado habitual, si no aumenta su energía, si a esto añades que no ha sustituido al viento y la lluvia una calma pesada, puedes deducir que no habrá erupción.

-Pero...

-Basta. Cuando la ciencia decide, se debe callar.

Cabizbajo volví a nuestro hospedaje. Mi tío me había derrotado con argumentos científicos, pero aún me quedaba una esperanza, que una vez en el fondo del cráter, sería imposible bajar más, puesto que no habría galerías para ello, a pesar de todos los Saknussemm habidos y por haber.

Toda la noche siguiente la pasé soñando que me encontraba en el centro del volcán, y sintiéndome lanzado desde las profundidades de la tierra a los espacios planetarios bajo la forma de roca eruptiva.

El 23 de junio por la mañana nos esperaba Hans con sus compañeros cargados de víveres, instrumentos y demás bagajes. Dos bastones herrados, dos carabinas y dos cartucheras nos estaban reservadas a mi tío y a mí. Hans había tenido la precaución de añadir a nuestro equipaje un odre lleno de agua, que unida a la de nuestras calabazas, nos aseguraban este líquido para ocho días.

Eran las nueve de la mañana. El rector y su colosal compañera esperaban delante de la puerta. Sin duda querían darnos el último adiós del huésped al viajero. Pero aquel adiós tomó la inesperada forma de una cuenta formidable en la que se ponía precio hasta al aire de la casa, que desde luego aseguro era infecto. Aquella digna pareja nos estafaba como un posadero suizo, haciéndonos pagar demasiado cara su hospitalidad.

Mi tío dio el dinero sin regatear; Hans rompió la marcha, y algunos momentos después estábamos fuera de Stapi.

El Sneffels tiene cinco mil pies de elevación, terminando con su doble cono una faja traquítica que se separa del sistema orográfico de la isla. Desde nuestro punto de partida no se podían ver sus dos picos destacándose en el fondo gris del cielo; solo un enorme casquete de nieve sobre la frente del gigante.

Caminábamos en fila siguiendo al cazador que subía por estrechos senderos, por los que no hubieran podido pasar dos personas a la par. Marchando de este modo era casi imposible toda conversación.

Más allá del muro basáltico de la ensenada de Stapi encontramos en primer lugar un suelo de turba herbácea y fibrosa, residuo de la antigua vegetación de los pantanos de la península; aquel combustible inexplotado bastaría para el consumo de toda la población de Islandia durante un siglo. Aquella inmensa hornaguera, metida en el fondo de algunos barrancos, tenía en muchos lados setenta pies de elevación, presentando capas sucesivas de restos carbonizados separadas por fajas de productos volcánicos.

Como verdadero sobrino del profesor Lidenbrock, y no obstante mis preocupaciones, observaba con interés las curiosidades mineralógicas reunidas en aquel gabinete de historia natural, al mismo tiempo que recordaba la historia geológica de Islandia.

Esta curiosa isla ha surgido evidentemente del fondo de las aguas en una época relativamente moderna. Quizá continúa elevándose aún por un movimiento insensible. Si así es, no se puede atribuir su origen más que a la acción de los fuegos subterráneos. En este caso, la teoría de Humphry Davy, el documento de Saknussemm, y las suposiciones de mi tío se disipaban como el humo. Esta hipótesis me hacía examinar atentamente la naturaleza del suelo, y pronto pude darme cuenta de la serie de fenómenos que presidieron a su formación.

La Islandia, privada absolutamente de terreno sedimentario, se compone de productos volcánicos, es decir, de una aglomeración de piedras y de rocas de estructura porosa. Antes de la existencia de los volcanes estaba formada por roca estratificada, algo elevada sobre las olas, merced a las fuerzas centrales. Los fuegos interiores no se habían abierto paso aún al exterior.

Pero después se abrió diagonalmente una ancha hendidura de sudoeste a nordeste, por la que escapó poco a poco toda la materia traquítica. Este fenómeno se verificaba entonces sin violencia; la salida era enorme, y las materias fundidas, rechazadas de las entrañas del globo, se extendieron paulatinamente en grandes capas o en formas mamelonares. En esta época aparecieron los feldespatos, las sienitas y pórfidos.

Gracias a estas capas aumentó considerablemente el espesor de la isla, creciendo, por lo tanto, su fuerza de resistencia. Compréndese cuán grande sería la cantidad de fluidos elásticos que se aglomeraría en su seno, cuando después del enfriamiento de la masa traquítica no presentó ya salida alguna. Llegó un momento en que la fuerza expansiva de estos gases fue tal, que levantaron la pesada corteza y abrieron altas chimeneas. De aquí el volcán por el levantamiento de la capa terrestre, y el cráter súbitamente abierto en la cúspide del volcán.

Entonces reemplazaron a los fenómenos eruptivos los volcánicos. Por las aberturas nuevamente formadas salieron en primer lugar los productos basálticos, de los que presentaba maravillosos ejemplares el terreno que atravesábamos. En aquel momento andábamos sobre estas pesadas rocas de color gris oscuro, que al enfriarse tomaron la forma de prismas hexágonos. A lo lejos se veía gran número de conos aplanados, que en otro tiempo fueron cráteres.

Agotada la erupción basáltica, el volcán, cuya fuerza aumentó con la de los cráteres extinguidos, dio paso a las lavas y a las cenizas y escorias, de que veía anchos regueros desparramados por sus flancos como abundante cabellera.

Tal fue la serie de fenómenos que formaron a Islandia; todos procedían de la acción de los fuegos subterráneos, y era locura suponer que no permaneciera ya la masa interna en estado de incandescente licuefacción. ¡Locura era también pretender llegar al centro del globo!

Pensando en esto me tranquilicé sobre el resultado de nuestra empresa, y continué marchando hacia el Sneffels. El camino era cada vez más difícil; el terreno ascendía, las rocas se quebraban y era necesaria mucha atención para evitar peligrosas caídas.

Hans avanzaba tranquilamente, como si anduviera por terreno llano y firme; algunas veces desaparecía tras grandes peñascos y momentáneamente le perdíamos de vista; en estos casos lanzaba un agudo silbido para indicarnos la dirección que debíamos seguir. Frecuentemente, también, se paraba, recogía algunos pedazos de roca, los colocaba de una manera particular, y de este modo obtenía señales que le habían de servir para encontrar el camino al regreso. Precaución muy buena desde luego, pero que los acontecimientos hicieron inútil.

Tres fatigosas horas de marcha no nos habían llevado más que a la base de la montaña. Hans dio allí la señal de alto y entre todos repartimos frugal desayuno. Mi tío comía a dos carrillos para hacerlo más de prisa; pero como aquella detención tanto era para comer como para descansar, tuvo que esperar a que el guía diese la señal de marcha, como lo hizo una hora después.

Los tres islandeses, tan taciturnos como su compañero el cazador, no hablaron una palabra y comieron con sobriedad.

Empezábamos a subir las pendientes del Sneffels. Por una ilusión óptica, muy frecuente en las montañas, nos parecía muy próxima su cumbre, y, sin embargo, ¡cuántas horas habían de pasar antes de llegar a ella! Y, sobre todo, ¡cuánta fatiga habíamos de experimentar! Las piedras que no estaban sujetas entre sí por tierra ni por yerbas, rodaban bajo nuestros pies y marchaban a perderse en la llanura con la rapidez de la avalancha. En algunos sitios, los flancos de la montaña formaban con el horizonte un ángulo de treinta y seis grados; era imposible, por consiguiente, subir, viéndonos obligados entonces a dar penosos rodeos. En estos casos nos ayudábamos unos a otros con los bastones.

Debo decir que mi tío iba a mi lado siempre que le era posible; no me perdía de vista, y más de una vez me sirvió su brazo de sólido apoyo. Por su parte, debía poseer el sentimiento innato del equilibrio, porque jamás vacilaba. Los islandeses, a pesar de la carga, trepaban con la agilidad de montañeses.

Al ver la altura de la cima del Sneffels, me parecía imposible llegar a ella por aquel lado, si no se cerraba el ángulo de inclinación de las vertientes. Por fortuna, después de una hora de fatigas y esfuerzos, se presentó inesperadamente, en medio del manto de nieve que cubría las cuestas del volcán, una especie de escalera que simplificó nuestra ascensión. Aquella escalera estaba formada por los torrentes de piedras arrojadas por las erupciones y que los islandeses llaman stina.

Si la disposición de los flancos de la montaña no hubiera detenido a aquel torrente en su caída, se hubiese precipitado en el mar, formando nuevas islas en él.

De mucho nos servía tal y como se encontraba. La aspereza de las pendientes aumentaba más y más, pero aquellos escalones de piedra permitían trepar fácilmente y con tanta rapidez, que habiéndome quedado atrás un momento mientras continuaban subiendo mis compañeros, cuando me puse en marcha, les encontré reducidos a proporciones microscópicas por efecto de la distancia.

A las siete de la tarde habíamos subido los dos mil peldaños de la escalera y dominábamos una extumecencia de la montaña, especie de asiento en el que descansaba el verdadero cono del cráter.

La mar se extendía a tres mil doscientos pies debajo de nosotros. Habíamos pasado la línea de las nieves perpetuas, poco elevada en Islandia por efecto de la constante humedad del clima. A aquella altura experimentábamos intenso frío.

El viento silbaba con violencia. Yo estaba extenuado. El profesor se convenció de que no podía mover las piernas, y a pesar de su impaciencia, se decidió a detenerse. Hizo, por lo tanto, seña al cazador para que parásemos, pero este movió la cabeza diciendo:

-Ofvanfor.

-Parece que es preciso subir más -dijo mi tío.

Enseguida preguntó a Hans la razón de su negativa.

-Mistour -respondió el guía.

-Ja, mistour -repitió uno de los bagajeros con asustado tono.

-¿Qué significa esa palabra? -pregunté con inquietud.

-Mira -dijo mi tío.

Dirigí la vista a la llanura. Una inmensa columna de piedra pómez pulverizada, arena y polvo se elevaba dando vueltas como una tromba; el viento la arrastraba sobre el flanco del Sneffels, por donde subíamos nosotros; aquel velo opaco, extendido delante del sol producía oscura sombra en la montaña. Si se inclinaba aquella tromba debía cogernos inevitablemente en sus torbellinos. Este fenómeno, bastante frecuente cuando el viento soplaba de los ventisqueros, tiene el nombre de mistour en islandés.

-Hastigst, hastigst -gritó el guía.

Aunque no comprendía el danés, conocí que debíamos seguir a Hans rápidamente. Este empezó a dar vuelta al cono del cráter, pero en sentido diagonal para hacer más fácil la marcha. Pronto cayó la tromba sobre la montaña que se estremeció al choque; cogidas las piedras por los remolinos del viento saltaron como en una erupción. Por fortuna nos encontrábamos en la vertiente opuesta, libres de todo peligro. Sin la precaución del guía, destrozados y pulverizados nuestros cuerpos, hubiesen caído a lo lejos como productos de un meteoro desconocido.

Hans no juzgó prudente pasar la noche en los flancos de la montaña. Continuamos, pues, nuestra ascensión en zigzag y empleamos cerca de cinco horas en trepar los quinientos pies de altura que quedaban aún; los desvíos y rodeos equivalían a tres leguas por lo menos. Ya no podía más; el hambre y el frío me agobiaban y el aire rarificado no bastaba a mis pulmones.

En fin, a las once de la noche, en plena oscuridad, llegamos a la cima del Sneffels y antes de buscar abrigo en el fondo del cráter, pude ver el sol de medianoche en lo más bajo de su carrera, proyectando sus pálidos rayos sobre la isla dormida a mis pies.

En pocos momentos devoramos la cena, y cada uno se acostó como pudo. La cama era dura, el abrigo ligero, y penosa nuestra situación a cinco mil pies sobre el nivel del mar. Sin embargo, yo dormí tranquilamente durante aquella noche, una de las mejores que había pasado desde mucho tiempo. Ni siquiera soñé.

Por la mañana nos levantamos todos medio helados por efecto de un viento muy frío. Dejé mi lecho de granito y fui a contemplar el magnífico espectáculo que se desarrollaba ante mi vista bajo los espléndidos rayos del sol.

Desde el pico sur del Sneffels donde me coloqué, descubría la mayor parte de la isla. El fenómeno de óptica, propio de las grandes alturas, hacía que se destacaran las orillas mientras que el centro estaba deprimido. Parecía que lo que tenía a mis pies era uno de los mapas en relieve de Helbersmer. Veía los profundos valles cruzarse en todos sentidos, abrirse los precipicios como pozos, los lagos como estanques y los ríos como arroyos. A mi derecha se extendían innumerables ventisqueros y picos, algunos adornados con ligeros penachos de humo. Las ondulaciones de las montañas cubiertas de nieve, me parecían las olas de un mar agitado. Si miraba al oeste, encontraba la majestuosa extensión del océano, como continuación de las montañas. Apenas podía distinguir la línea de división entre la tierra y el agua.

Con placer me entregaba al delicioso éxtasis que producen las altas cimas, sin experimentar vértigos ahora, porque al fin me había acostumbrado a las sublimes contemplaciones. Mi deslumbrada vista se bañaba en la trasparente irradiación del sol. Olvidado de mí mismo y del sitio en que estaba, vivía en aquel momento como los silfos, imaginarios habitantes de la mitología escandinava. Sin pensar en los abismos a donde iba a sumergirme dentro de poco, me embriagaba en la voluptuosidad de las alturas. Pero la llegada del profesor y de Hans a la cumbre del pico, me volvió a la vida real.

Volviéndose mi tío hacia el oeste, me señaló con la mano un ligero vapor, una niebla, una apariencia de tierra que dominaba la línea de las olas.

-La Groenlandia -dijo.

-¿La Groenlandia? -exclamé.

-Sí. Apenas dista treinta leguas: durante los deshielos los osos blancos llegan hasta Islandia sobre los témpanos. Pero todo esto importa poco. Estamos en la cumbre del Sneffels y tenemos un pico al norte y otro al sur. Hans nos dirá el nombre que dan los islandeses a este que pisamos.

-Scartaris.

Mi tío me dirigió una mirada de triunfo.

-¡Al cráter! -exclamó.

El cráter del Sneffels representa un cono invertido cuyo orificio puede tener media legua de diámetro. Su profundidad, según mi opinión, podía ser de dos mil pies aproximadamente. Júzguese el estado de semejante recipiente cuando se llenara de lavas y de llamas. El fondo de aquel embudo tendría quinientos pies de circunferencia, de modo que, siendo bastante suaves las pendientes, se podía bajar fácilmente a la parte inferior. Involuntariamente, comparé aquel cráter a un enorme mortero, y confieso que me aterraba la comparación.

-Bajar a un mortero -pensaba yo- cuando quizá está cargado y el menor choque puede dispararle, es acción de locos.

Pero no podía retroceder. Hans se puso a la cabeza de la expedición con su acostumbrada indiferencia, y yo lo seguí sin pronunciar una palabra.

Con objeto de facilitar el descenso, describía Hans en el interior del cono elipses muy prolongadas. Teníamos que bajar entre rocas eruptivas, algunas de las cuales se precipitaban, rebotando, hasta el fondo del abismo. La caída de estos peñascos producía repercusiones de ecos de extraña sonoridad.

Algunas partes del cono formaban galerías interiores, y en estos puntos caminaba Hans con suma precaución, sondeando el suelo con su bastón herrado para descubrir las hendiduras. En ciertos pasos difíciles, tuvimos que sujetarnos con cuerdas unos a otros con objeto de que quedara sostenido por los demás aquel cuyo pie resbalara. Precaución muy prudente, pero que no estaba exenta de peligro.

A pesar de las dificultades de un descenso por pendientes desconocidas al guía, no experimentamos otro contratiempo que la caída de un paquete de cuerdas que dejó caer un islandés y que llegó al fondo del abismo por el camino más corto.

A mediodía llegamos al fondo. Cuando levanté la cabeza vi el orificio superior del cono, por el que se descubría un pedazo de cielo singularmente reducido, pero de una circunferencia casi perfecta. Por un lado, se destacaba el pico del Scartaris que se perdía en la inmensidad.

En el fondo del cráter se abrían tres chimeneas, por las cuales arrojaba sus lavas y vapores el foco central en tiempo de las erupciones del Sneffels. Cada una de estas chimeneas tenía cerca de cien pies de diámetro. Abiertas estaban a nuestros pies, y, sin embargo, no tuve valor para mirar por ellas. El profesor Lidenbrock las había examinado rápidamente y se encontraba en un estado de terrible ansiedad, corriendo de una a otra, gesticulando y pronunciando palabras incomprensibles. Sentados sobre pedazos de lava, Hans y sus compañeros le tomaban indudablemente por un loco.

De pronto lanzó un grito mi tío. Por un momento creí que había resbalado y caído por uno de los tres abismos. Pero me engañaba, porque le vi con los brazos abiertos y las piernas separadas ante una roca granítica que se alzaba en el centro del cráter, como un enorme pedestal preparado para una estatua de Plutón. La actitud de mi tío era la de un hombre estupefacto, pero su asombro se convirtió muy pronto en insensata alegría.

-¡Axel, Axel! -gritó-. ¡Ven, ven!

Marché corriendo a su lado, pero Hans ni los islandeses se movieron.

-¡Mira! -me dijo el profesor.

Y con tanto asombro como él, si no con tanta alegría, leí en la superficie occidental del peñasco, en caracteres rúnicos, medio borrados por el tiempo, este nombre mil veces maldito:

Arne Saknussemm.



-¡Arne Saknussemm! -exclamó mi tío-; ¿dudarás aún?

Sin contestar volví a mi asiento de lava. La evidencia me confundía.

Ignoro el tiempo que permanecí sumido en mis reflexiones. Lo único que sé es que cuando levanté la cabeza, vi a mi tío y a Hans solos en el fondo del cráter. Los islandeses habían sido despedidos, y en aquel momento bajaban las cuestas exteriores del Sneffels para volver a Stapi.

Hans dormía tranquilamente al pie de una roca, en un reguero de lava, en el que se había improvisado un lecho; mi tío daba vueltas en el fondo del cráter, como una fiera en la trampa donde ha caído. No quise ni tuve fuerza para levantarme, y tomando ejemplo del guía, me dejé dominar por doloroso adormecimiento, creyendo escuchar ruidos y sentir estremecimientos en los costados de la montaña.

Así pasamos aquella primera noche en el fondo del cráter.

Al día siguiente descubrimos por el orificio del cono, un cielo gris y nebuloso. La oscuridad del cráter despertó furiosa cólera en mi tío.

Desde luego comprendí la razón, y mi alma acarició una débil esperanza. He aquí por qué.

De los tres caminos abiertos a nuestros pies, uno solo había seguido Saknussemm. Según el sabio islandés, debía conocerse por el dato que consignaba el criptograma, esto es, que la sombra del Scartaris venía a acariciar sus bordes durante los últimos días del mes de junio.

Podía considerarse aquel agudo pico como el gnomon de un inmenso cuadrante solar, cuya sombra, en un día señalado, marcaba el camino del centro del globo.

Ahora bien, si faltaba el sol, no habría sombra, y, por lo tanto, tampoco indicación. Estábamos a 25 de junio. Si el cielo permanecía cubierto durante seis días, sería necesario dejar la observación para el año siguiente.

Renuncio a describir la terrible cólera del profesor Lidenbrock. Durante aquel día, ni la más ligera sombra se dibujó en las pendientes del cráter. Hans no se movió de su puesto; si era capaz de pensar en algo, debía preguntarse qué esperábamos. Mi tío no me dirigió la palabra ni una sola vez. Sus miradas, dirigidas invariablemente al cielo, se perdían en el tinte gris de las nubes.

El 26 pasó lo mismo. Durante todo el día llovió y nevó. Con placer veía las innumerables cascadas que se improvisaban en los flancos del cono, cuyo ensordecedor murmullo aumentaba con la caída de las piedras.

Mi tío no podía contenerse. Es verdad que había motivo para que se irritara hasta el hombre más pacífico, porque aquello era naufragar en el puerto.

Pero el cielo mezcla siempre grandes alegrías a los grandes dolores, y reservaba al profesor Lidenbrock una satisfacción tan grande como duras habían sido sus pruebas.

Durante el día 27 estuvo cubierto todavía el cielo; pero el domingo 28 de junio, antepenúltimo día del mes, con el cambio de luna vino el cambio de tiempo. El sol derramó oleadas de luz en el cráter. Cada montecillo, cada piedra, cada aspereza tuvo su parte en el luminoso efluvio, y proyectó su sombra en el suelo.

La del Scartaris se destacó entre todas con extraordinaria precisión, y empezó a dar vuelta insensiblemente con el astro del día.

Mi tío giraba con ella.

A mediodía vino a tocar dulcemente la chimenea central.

-¡Esta es! -exclamó el profesor-; ¡por aquí al centro del globo! -añadió en danés.

Yo miré a Hans.

Förut! -dijo tranquilamente el guía.

-¡Adelante! -respondió mi tío.

Era la una y trece minutos de la tarde.

Empezaba el verdadero viaje. Hasta entonces habían sido más las fatigas que las dificultades; pero ahora iban a brotar estas bajo nuestros pies.

Aún no había mirado a aquel abismo por donde iba a sumergirme; pero había llegado el momento. Todavía me era posible seguir a mi tío o retroceder. Pero tuve vergüenza de hacer esto último delante del cazador. Hans aceptaba la aventura con tanta tranquilidad, con tanta indiferencia y desprecio del peligro, que no quise mostrarme menos valiente que él. A estar solo hubiese comenzado la serie de grandes argumentos que podía oponer a mi tío; pero delante del guía, callé. En mi mente evoqué la imagen de mi linda virlandesa, y me acerqué a la chimenea central.

Ya he dicho que medía cien pies de diámetro o trescientos de circunferencia. Inclinándome sobre una roca, la dominaba; miré al fondo. Se me erizaron los cabellos. Apoderose de mí el sentimiento de la vida, y sentí que perdía el centro de gravedad, y que me asaltaba el vértigo como terrible embriaguez. Nada aturde tanto como la atracción del abismo. Iba a caer, cuando una mano me detuvo, la de Hans. Decididamente, no había tomado bastantes lecciones de abismo en el Frelsers-Kirk, de Copenhague.

Por poco que miré al abismo, me había podido dar cuenta de su configuración. Sus paredes, casi perpendiculares, presentaban numerosas asperezas que debían facilitar el descenso. Pero si bien teníamos escalera, carecíamos de rampa. Una cuerda atada al orificio hubiese bastado para sostenernos; pero ¿cómo soltarla cuando llegáramos al extremo inferior?

Para salvar esta dificultad empleó mi tío un medio muy sencillo. Desarrolló una cuerda gruesa como el pulgar y de cuatrocientos pies de largo, y dejó caer la mitad; enseguida la rodeó a un peñasco de lava que sobresalía de la chimenea, y arrojó la otra mitad al fondo. Reuniendo en la mano las dos mitades de la cuerda, podíamos bajar sin temor de que se deslizara, y una vez recorridos los doscientos pies, nada más fácil que bajar la cuerda soltando un cabo y tirando del otro. Enseguida emprenderíamos el mismo ejercicio usque ad infinitum.

-Ahora -dijo mi tío después de terminar sus preparativos-, ocupémonos de los bagajes; los dividiremos en tres paquetes y cada uno de nosotros se atará el suyo a la espalda; hablo de los objetos frágiles.

Indudablemente, el audaz profesor no nos contaba entre esta clase de objetos.

-Hans -añadió- se cargará las herramientas y una parte de víveres; tú, Axel, otra parte de víveres y las armas; yo, el resto de las provisiones y los instrumentos delicados.

-Pero y los vestidos y ese paquete de cuerdas y de escalas, ¿quién se encarga de bajarlos? -pregunté yo.

-Bajarán solos.

-¿Cómo?

-Vas a verlo.

Mi tío empleaba los grandes medios sin vacilar.

Por su orden, reunió Hans en un solo fardo los objetos no frágiles, y liándolo fuertemente con una cuerda, lo arrojó al abismo.

Oí el sonoro mugido que produce la alteración de las capas aéreas, y mi tío inclinado sobre el abismo, siguió con satisfacción la caída de sus bagajes, sin levantarse hasta que les perdió de vista.

-Bien -dijo-. Ahora nosotros.

Pregunto yo a todo hombre de buena fe si era posible escuchar aquellas palabras sin estremecerse.

El profesor se ató a la espalda el paquete de los instrumentos, Hans tomó el de las herramientas y yo el de las armas. El descenso comenzó en el orden siguiente: primero Hans, después mi tío y últimamente yo. Nada interrumpía el silencio; solo los pedazos de roca que caían al abismo.

Yo me dejé deslizar, por decirlo así, oprimiendo frenéticamente los dos cabos de cuerda con una mano y apoyándome con la otra en el bastón herrado. Solo me dominaba una idea; la de que me faltara el punto de apoyo. Aquella cuerda me parecía muy delgada para resistir el peso de tres hombres, por cuya razón me apoyaba en ella lo menos posible, haciendo milagros de equilibrio sobre las asperezas de las lavas que mi pie trataba de coger como si fuese una mano.

Cuando alguno de aquellos frágiles apoyos se desmoronaba bajo el peso de Hans, decía con voz tranquila:

Gif akt!

-¡Cuidado! -repetía mi tío.

Al cabo de media hora llegamos a la superficie de una roca fuertemente incrustada en la pared de la chimenea. Hans tiró de un extremo de la cuerda y el otro empezó a subir; después de pasar la roca superior cayó arrastrando pedazos de piedra y lavas, lluvia, o, mejor dicho, granizada altamente peligrosa.

Inclinándome sobre la estrecha meseta en que nos apoyábamos, observé que el fondo del agujero era invisible aún.

Volvió a empezar la maniobra de la cuerda y media hora después habíamos bajado otros doscientos pies.

No sé si el geólogo más entusiasta hubiera tratado de estudiar, durante aquel descenso, la naturaleza de aquellos terrenos que le rodeaban. Por mi parte no me cuidé de ello; poco me importaba que fuesen primitivos, intermedios, secundarios, terciarios, cuaternarios, supercretáceos, cretáceos, oolíticos, de aluvión moderno o antiguo, carboníferos, fosilíferos, etc. Pero sin duda el profesor hizo observaciones y tomó notas, porque en una de las paradas, me dijo:

-Cuanto más avanzo, más confianza tengo. La disposición de estos terrenos volcánicos confirma la teoría de Davy. Estamos en pleno terreno primitivo, terreno en que se verificó la operación química de inflamarse los metales al contacto del aire. Rechazo absolutamente la hipótesis del calor central. Además, pronto lo veremos.

Siempre lo mismo. Como no tenía deseos de discutir, interpretó mi tío como señal de aquiescencia mi silencio y volvimos a empezar el descenso.

Al cabo de tres horas, aún no veía el fondo de la chimenea. Cuando levanté la cabeza, vi el orificio superior que disminuía sensiblemente. Las paredes tendían a reunirse por efecto de su ligera inclinación y poco a poco iba aumentando la oscuridad.

Sin embargo, continuábamos bajando y me parecía que las piedras que se desprendían de las paredes, resonaban de un modo más opaco, lo que indicaba que encontraban pronto el fondo del abismo.

Como había cuidado de contar las veces que soltamos y enganchamos la cuerda, pude darme exacta cuenta de la profundidad a que habíamos llegado y del tiempo trascurrido.

Catorce veces habíamos repetido aquella maniobra que cada vez duraba media hora. Sumaban, por lo tanto, siete horas, y además catorce cuartos de descanso, o sea tres horas y media. Total, diez horas y media. Habíamos partido a launa; en aquel momento debían ser las once.

La profundidad a que habíamos llegado debía ser de dos mil ochocientos pies, puesto que esta cantidad resultaba de las catorce veces que recorrimos la cuerda.

En aquel momento oímos la voz de Hans:

Halt! -dijo.

Al oírle me detuve en el momento en que iba a poner el pie sobre la cabeza de mi tío.

-Hemos llegado -dijo este.

-¿Dónde? -pregunté deslizándome a su lado.

-Al fondo de la chimenea perpendicular.

-¿Y no hay otra salida?

-Sí, una especie de corredor que entreveo, y que se inclina a la derecha. Mañana lo reconoceremos. Vamos a cenar y a dormir.

La oscuridad no era completa aún. Abrimos el paquete de las provisiones, comió cada uno lo que le pareció y nos acostamos como pudimos sobre camas de piedras y pedazos de lava.

Cuando una vez tendido abrí los ojos vi un punto brillante en el extremo de aquel tubo de tres mil pies de largo que se trasformaba en gigantesco anteojo.

Según mis cálculos, aquella estrella desprovista de centelleo, debía ser la B de la Osa menor.

Enseguida quedé profundamente dormido.

A las ocho de la mañana nos despertó un rayo de luz, rayo que convertían en lluvia de brillantes centellas las mil facetas de lava de las paredes, recibiéndole y reflejándole.

Aquella luz era bastante intensa para distinguir los objetos que nos rodeaban.

-Y bien, Axel, ¿qué dices? -exclamó mi tío frotándose las manos-. ¿Has pasado alguna noche tan tranquila en nuestra casa de Königstrasse? ¡Aquí no hay ruido de carros, ni gritos de vendedores, ni vociferaciones de barqueros!

-Sin duda, estamos bastante tranquilos en el fondo de este pozo, pero esta calma tiene algo de terrible.

-¡Quita allá! Si tan pronto te asustas, ¿qué será después? ¡Aún no hemos penetrado una pulgada en las entrañas de la tierra!

-¿Qué queréis decir?

-Quiero decir que solo hemos llegado al suelo de la isla. Ese largo tubo vertical que desemboca en el cráter del Sneflels, termina sobre poco más o menos al nivel del mar.

-¿Estáis seguro?

-Segurísimo; consulta el barómetro.

En efecto, después de haber subido poco a poco el mercurio a medida que descendíamos, había llegado a veintinueve pulgadas.

-Ya ves -dijo mi tío- que solamente tenemos la presión de una atmósfera, y estoy impaciente por reemplazar ese instrumento con el manómetro.

El barómetro nos sería inútil desde que el peso del aire excediera a la presión calculada al nivel del mar.

-Pero ¿no debemos temer que nos sea fatigosa esa presión creciente?

-No. Bajaremos con lentitud y nuestros pulmones se acostumbrarán a respirar una atmósfera más comprimida. Los aeronautas concluyen por carecer de aire elevándose a las capas superiores de la atmósfera; tal vez nosotros tengamos demasiado. Pero prefiero lo último. No perdamos un momento. ¿Dónde está el fardo que arrojamos?

Entonces recordé que en vano le habíamos buscado la noche antes. Mi tío preguntó a Hans, que después de mirar a todos lados con ojos de cazador, respondió:

Der huppe!

-Allá arriba.

En efecto, el fardo se había enganchado a una saliente de la roca, a cien pies sobre nosotros. Inmediatamente trepó como un gato el ágil islandés, y a los pocos minutos cayó al suelo el fardo.

-Ahora -dijo mi tío- almorzaremos, pero como hombres que pueden verse obligados a hacer larga jornada.

Algunos tragos de agua mezclada con ginebra acompañaron la galleta y carne seca, y terminado el desayuno, sacó mi tío del bolsillo un cuaderno destinado a apuntar las observaciones y tomando sucesivamente los instrumentos, anotó los siguientes datos:

Lunes 1.º de julio.

  • Cronometro: 8 h 17 m de la mañana.
  • Barómetro: 29 p 7 l.
  • Termómetro: 6º
  • Dirección: E-S-E.

Esta última observación se aplicaba a la oscura galería, y estaba indicada por la brújula.

-Ahora, Axel -exclamó el profesor con entusiasmo- vamos a penetrar verdaderamente en las entrañas del globo. En este momento empieza nuestro viaje.

Dicho esto, cogió mi tío con una mano el aparato de Ruhmkoff suspendido a su cuello, y poniendo con la otra en comunicación la corriente eléctrica con el serpentín de la linterna, viva luz disipó las tinieblas de la galería.

Hans llevaba el segundo aparato que se puso también en actividad. Esta ingeniosa aplicación de la electricidad, nos permitía crear por mucho tiempo un día artificial, hasta en medio de los gases más inflamables.

-¡En marcha! -dijo mi tío.

Cada uno se echó a la espalda su paquete. Hans se encargó de llevar rodando el fardo de cuerdas y vestidos, y siendo yo el tercero, penetramos en la galería.

En el momento de entrar en aquel oscuro pasadizo, levanté la cabeza, y por última vez miré por el inmenso tubo, aquel cielo de Islandia que no había de ver más.

En la última erupción de 1229 se había abierto paso la lava a través de aquel túnel, cuyo interior cubría con espeso y brillante barniz; la luz eléctrica reflejaba en él, centuplicando su intensidad.

Toda la dificultad de la marcha consistía en no deslizarnos con demasiada rapidez por aquella pendiente que tenía cerca de cuarenta y cinco grados de inclinación. Afortunadamente, nos servían de escalones algunas prominencias y escabrosidades, y solo teníamos que bajar dejando correr nuestros bagajes atados con una larga cuerda.

Las desigualdades que nos servían de escalones, se convertían en estalactitas en las paredes. La porosa lava presentaba en algunos sitios pequeñas ampollas redondeadas; cristales opacos de cuarzo, adornados con brillantes gotas de esmalte, y suspendidos a la bóveda a manera de lámparas, parecían iluminarse a nuestro paso. Diríase que el genio de las cavernas encendía las lámparas de su palacio para recibir a los habitantes de la tierra.

-¡Esto es magnífico! -exclamé involuntariamente- ¡Qué espectáculo, tío! ¡Ved esos matices de las lavas que pasan insensiblemente desde el rojo oscuro al amarillo dorado! ¿Y esos cristales que parecen globos luminosos?

-¡Ah, ya vuelves en ti, Axel! -respondió mi tío-. ¿Encuentras espléndido este espectáculo? Sin embargo, espero que hemos de ver cosas mejores. ¡Adelante, adelante!

Nuestra marcha era más bien un deslizamiento, porque sin fatiga nos abandonábamos por inclinadas pendientes. Aquello era el facilis descensus Averni de Virgilio. La brújula, que consultaba con frecuencia, señalaba invariablemente el sudeste. Aquella galería no se inclinaba a un lado ni a otro. Tenía la inflexibilidad de la línea recta.

Sin embargo, el calor no aumentaba considerablemente, cosa que confirmaba la teoría de Davy. Más de una vez consulté con asombro el termómetro. Dos horas después de nuestra partida solo marcaba 10º, es decir, cuatro de aumento. Esto me hacía creer que nuestra marcha era más horizontal que vertical. Nada más fácil que conocer la profundidad a que nos encontrábamos. El profesor medía con exactitud los ángulos de desviación e inclinación de la galería, pero se callaba el resultado de sus observaciones.

A las ocho de la noche dio la señal de alto. Hans se sentó enseguida. Colocamos las lámparas en unas escabrosidades de la lava, y nos encontramos en una especie de caverna en la que no escaseaba el aire. Todo lo contrario. Algunas ráfagas llegaban hasta nosotros. ¿Qué causa podía producirlas? ¿A qué agitación atmosférica habíamos de atribuir su origen? La cuestión era esta que no traté de resolver en el momento.

El hambre y la fatiga no me dejaban pensar en nada. No se practica un descenso de siete horas seguidas sin gran consumo de fuerza. Estaba extenuado. Con placer escuché la palabra alto. Hans colocó algunos víveres sobre un peñasco de lava, y todos comimos con apetito. Una cosa me inquietaba mucho; nuestra provisión de agua estaba reducida a la mitad. Mi tío esperaba renovarla en los manantiales subterráneos, pero hasta entonces no habíamos encontrado ninguno absolutamente. No pude contenerme, y le llamé la atención sobre esto.

-¿Te sorprende la falta de manantiales? -dijo.

-Sin duda, y no solo me sorprende, sino que me inquieta. Solo tenemos agua para cinco días.

-Tranquilízate, Axel, te respondo de que encontraremos agua, y más de la que deseemos.

-¿Cuándo?

-Cuando hayamos atravesado esta envoltura de lava. ¿Cómo quieres que puedan atravesar estas paredes los manantiales?

-Pero tal vez se prolongue esta galería a grandes profundidades. Me parece que no hemos adelantado gran cosa en sentido vertical.

-¿Por qué lo supones?

-Porque si hubiésemos penetrado mucho en la corteza del globo, sería más intenso el calor.

-Según tu sistema, desde luego -respondió mi tío-. ¿Qué grados señala el termómetro?

-Apenas quince, lo que solo supone un aumento de nueve grados desde nuestra partida.

-Y bien, ¿qué deduces de eso?

-Deduzco lo siguiente: Según las observaciones más exactas, la temperatura aumenta en el interior del globo un grado por cada cien pies de profundidad. Ciertas condiciones locales pueden modificar la proporción. Así es que, en Yakutsk, en Siberia, se ha observado que el aumento de un grado se verificaba por cada treinta y seis pies. Esta diferencia depende evidentemente de la conductibilidad de las rocas. Añadiré también que en las inmediaciones de un volcán extinguido y a través de rocas de gneis, se ha observado que la elevación de temperatura era de un grado por ciento veinte pies. Tomemos esta última hipótesis, que es la más favorable, y calculemos.

-Calcula, muchacho.

-Nada más fácil -dije empezando a escribir números en mi cartera-. Nueve veces ciento veinte pies, dan mil ciento veinticinco de profundidad.

-Exactamente.

-¿Y bien?

-Y bien, según mis observaciones, estamos a diez mil pies bajo el nivel del mar.

-¿Es posible?

-Sí, o los números no son números

Los cálculos del profesor eran exactos. Habíamos pasado ya más de seis mil pies de las mayores profundidades a que había llegado el hombre, tales como las minas de Kitz-Bahl en el Tirol y las de Wurtemberg en Bohemia.

La temperatura, que debía ser de ochenta y un grados en aquel sitio, apenas llegaba a quince. Esto me hacía reflexionar mucho.

Al día siguiente, 30 de junio, volvimos a empezar el descenso a las seis de la mañana.

Verificábase este por la misma galería de lava, verdadera rampa natural, tan suave como esos planos inclinados que, en algunas casas antiguas, sirven de escalera. De esta manera, continuamos hasta las doce y diecisiete minutos, hora en que llegamos junto a Hans que acaba de detenerse.

-¡Ah! -exclamó mi tío- hemos llegado al extremo de la galería.

Al oírle, miré en derredor y me encontré en una plazoleta en que desembocaban dos caminos oscuros y estrechos. ¿Cuál debíamos seguir? Esto ofrecía alguna dificultad.

Pero mi tío no quiso que ni el guía ni yo le viéramos dudar y señaló al túnel del este por el que penetramos los tres.

Por otra parte, cualquiera duda delante de aquel doble camino, se hubiese prolongado indefinidamente, porque ningún indicio hacía preferir al uno o al otro; preciso era entregarse a la casualidad.

La pendiente de esta galería era casi insensible, y su estructura muy desigual. A veces se extendía delante de nosotros una serie de arcos como los de las naves de una catedral gótica. Los arquitectos de la Edad Media hubieran podido estudiar allí todas las formas de ese orden religioso que tiene la ojiva por generador. Una milla más adelante teníamos que bajar la cabeza bajo arcos rebajados de estilo romano, sostenidos por gruesos pilares incrustados en las paredes. En otros sitios reemplazaban a estos arcos bajas construcciones que parecían obra de castores, teniendo que arrastrarnos por estrechos canalizos.

El calor era bastante soportable. Involuntariamente, pensaba en su intensidad cuando las lavas vomitadas por el Sneffels se precipitarán por aquel camino tan tranquilo entonces. La imaginación me representaba los torrentes de fuego que rebotarían en los ángulos de aquella galería y la acumulación de hirvientes vapores que se precipitarían en ella.

-¡Con tal que el viejo volcán no tenga todavía algún capricho! -exclamaba involuntariamente en mi interior.

Guardábame mucho de comunicar estas reflexiones a mi tío Lidenbrock que de seguro no las hubiese escuchado. Su único pensamiento era marchar adelante y caminaba, se arrastraba y deslizaba con admirable convicción.

A las seis de la tarde, después de un paseo poco fatigoso, habíamos adelantado dos leguas al sur, pero apenas un cuarto de milla en profundidad.

Mi tío dio la señal de descanso. Comimos casi sin hablar y nos acostamos sin reflexionar.

Nuestros preparativos para la noche eran muy sencillos; una manta de viaje componía todo el lecho. Nada teníamos que temer del frío ni de importunas visitas.

Los viajeros que penetran en los desiertos de África, o en las selvas del Nuevo Mundo, se ven obligados a velar alternativamente durante las horas de descanso. Pero nosotros gozábamos de absoluta soledad y completa seguridad. Nada teníamos que temer de los salvajes ni de las fieras.

Por la mañana nos despertamos descansados y dispuestos, emprendiendo la marcha por un camino de lava como la víspera. Imposible nos era reconocer la naturaleza de los terrenos que atravesábamos. El túnel, en vez de penetrar en las entrañas del globo, tendía a la línea horizontal. Hasta creí observar que remontaba hacia la superficie de la tierra. Esta disposición se manifestó tanto cerca de las diez de la mañana, siendo por consiguiente tan fatigosa, que tuve que moderar el paso.

-¿Y bien, Axel? -dijo el profesor con impaciencia.

-Y bien, no puedo más -respondí.

-¡Qué! ¡Te fatigan tres horas de marcha por un camino tan llano!

-Llano no digo que no lo sea, pero también fatigoso.

-¡Cómo! Cuando solo tenemos que descender.

-Subir, queréis decir.

-¡Subir! -dijo mi tío encogiéndose de hombros.

-Sin duda. Hace media hora que se han modificado las pendientes y si continúan así subiremos indudablemente a la superficie de Islandia.

El profesor movió la cabeza como el que no quiere convencerse, y aunque traté de renovar la conversación, no me contestó, y dio la señal de marcha. Desde luego comprendí que su silencio era mal humor concentrado.

Sin embargo, cogí con valor mi fardo, y seguí rápidamente a Hans, al que precedía mi tío. Tenía grande interés en que no me dejaran atrás. Mi mayor preocupación era no perder de vista a mis compañeros. Temblaba a la idea de extraviarme en las profundidades de aquel laberinto.

Además, si la marcha ascendente era más penosa, me consolaba pensando que de aquel modo me acercaba a la superficie de la tierra. Esta era mi esperanza. Cada paso la confirmaba más, y me regocijaba la idea de ver pronto a mi linda Grauben.

Cerca de las doce observamos un cambio de aspecto en las paredes de la galería, cosa que advertí por la debilidad de la luz eléctrica reflejada por los muros. Al revestimiento de lava reemplazaba la roca viva, formada por capas inclinadas y algunas veces verticales. Estábamos en plena época de transición, en pleno período siluriano.

-Es evidente -exclamé-; los sedimentos del agua formaron en la segunda época de la tierra estos esquistos, estas capas calcáreas y estos greses. ¡Volvemos la espalda a las formaciones graníticas! Nos parecemos a los que desde Hamburgo tomaran el camino de Hannover para ir a Lubeck.

Hubiera debido callar mis observaciones; pero mi temperamento de geólogo se sobrepuso a la prudencia, y mi tío Lidenbrock oyó cuanto dije.

-¿Qué tienes? -dijo.

-¡Mirad! -le dije, señalando la variada serie de greses, calizas y los primeros indicios de los terrenos pizarrosos.

-¿Y bien?

-Que estamos en el período en que aparecieron las primeras plantas y los primeros animales.

-¡Ah!, ¿crees eso?

-Pero mirad, examinad, observad.

Obligué al profesor a proyectar la luz de su linterna sobre las paredes de la galería, y aunque esperaba una exclamación de su parte, nada dijo, y continuó caminando.

¿Me había comprendido? ¿No quería confesar por amor propio de tío y de sabio que se había engañado eligiendo el túnel del este, o trataba de reconocer aquella galería hasta su extremo? Era evidente que habíamos dejado el camino de las lavas, y que el que seguíamos no podía llevarnos al foco del Sneffels.

Yo me preguntaba si acaso daría más importancia de la que merecía a aquella modificación de los terrenos. ¿Me engañaría? ¿Atravesaríamos acaso las capas de rocas superpuestas de las formaciones graníticas?

-Si mi observación es cierta -me decía- debo encontrar algún resto de planta primitiva, y necesario será rendirse a la evidencia. Busquemos.

No había andado cien pasos cuando se presentaron ante mis ojos incontestables pruebas. No podía menos de ser así, porque en la época siluriana encerraban los mares más de mil quinientas especies de vegetales o animales. Acostumbrados mis pies al duro suelo de lava, encontraron un polvo formado de restos de plantas y conchas.

Sobre las paredes se veían distintamente señales de algas y licópodos. El profesor Lidenbrock podía engañarse; pero creo que cerraba los ojos y continuaba su marcha con invariable paso.

Su obstinación excedía a todo límite. No pude callar; cogí una concha perfectamente conservada que debió pertenecer a un animal semejante al dopórtido actual, y adelantándome hasta mi tío, le dije:

-¡Mirad!

-Y bien -respondió tranquilamente-; es el caparazón de un crustáceo del perdido orden de los trilobites. No es otra cosa.

-¿Pero qué se deduce de esto?

-Lo que deduces tú. Que hemos abandonado la capa granítica y el camino de las lavas. Es posible que me haya engañado; pero no estaré seguro de mi error hasta que llegue al extremo de esta galería.

-Tendríais razón para obrar así, tío, y de seguro que yo os aprobaría si no tuviéramos que temer un peligro inminente.

-¿Cuál?

-La falta de agua.

-Pues bien, Axel, nos pondremos a ración.

Necesario fue, en efecto, ponernos a ración. No teníamos agua más que para tres días. Cuando cenamos aquella noche adquirí este triste convencimiento, y la perspectiva más terrible era que había pocas esperanzas de encontrar un manantial en aquellos terrenos de la época de transición.

Durante toda la jornada del día siguiente continuaron presentándose delante de nosotros los interminables arcos de la galería. Caminábamos casi sin pronunciar palabra. El mutismo de Hans nos contagiaba.

El camino no ascendía, al menos sensiblemente. Algunas veces parecía inclinarse. Pero aquella leve inclinación no podía tranquilizar al profesor, porque la naturaleza del terreno no se modificaba, y el período de transición se indicaba más y más.

La luz eléctrica hacía brillar espléndidamente los esquistos, las calizas y gres antiguo de las paredes. Parecía que caminábamos por una galería abierta en medio del Devoushire, que da nombre a esta clase de terrenos. Muestras de mármoles magníficos adornaban las paredes, unos de color gris ágata con venas blancas caprichosamente dibujadas, otros de color rosa o amarillo con manchas rojas; en otros sitios se veían ejemplares de jaspes de colores oscuros entre los que brillaban calizas de vivos matices.

La mayor parte de los mármoles presentaban fósiles de animales primitivos. Como el terreno que recorríamos estaba mucho más determinado que el de la víspera, en vez de rudimentarios trilobites, veía restos de animales mucho más perfectos, entre otros, peces ganoideos y esos sorópteros en los que ha descubierto el paleontólogo las primeras formas del reptil. Los mares deveníamos estaban habitados por gran número de animales de esta especie y los depositaron por millares en las rocas de nueva formación.

Evidentemente, remontábamos la escala de la vida animal, cuya cumbre ocupa el hombre. Pero el profesor Lidenbrock no se fijaba en ello.

Era indudable que esperaba una de dos cosas: o que se abriera a sus pies un pozo vertical que le permitiese bajar, o que un obstáculo le cerrara el camino. Pero llegó la noche sin que se realizara ninguna de estas dos cosas.

El viernes, después de una noche durante la cual empecé a sentir las primeras torturas de la sed, nos adelantamos de nuevo por los rodeos de la galería.

Después de diez horas de marcha, empecé a observar que disminuía considerablemente la reverberación de nuestras lámparas sobre las paredes. El mármol, esquisto, caliza y gres de los muros estaba reemplazado por un revestimiento oscuro y sin brillo. En un punto en que el túnel era muy estrecho me apoyé en la pared de la izquierda; cuando separé la mano estaba completamente negra. Miré con atención y reconocí que nos encontrábamos en plena hullera.

-¡Una mina de carbón! -exclamé.

-Mina sin mineros -respondió mi tío.

-¿Quién lo sabe?

-Yo lo sé -replicó mi tío con breve acento-; estoy seguro de que no ha abierto la mano del hombre esta galería a través de las capas de hulla. Pero poco nos importa que sea o no obra de la naturaleza. Ha llegado la hora de cenar. Cenemos.

Hans preparó algunas provisiones de las que apenas comí, bebiendo enseguida las escasas gotas de agua que constituían mi ración. Lo único que quedaba para apagar la sed de tres hombres era la calabaza del guía medio llena.

Terminada la cena, mis dos compañeros se acostaron sobre sus mantas y encontraron en el sueño el descanso de las fatigas; pero yo no pude dormir en toda la noche.

El sábado a las seis de la mañana nos volvimos a poner en camino. Veinte minutos después llegamos a una grande excavación; entonces reconocí que no había podido abrir aquella hullera la mano del hombre; las bóvedas hubieran estado apoyadas en pilares y podíamos reconocer que solo se sostenían por un verdadero milagro de equilibrio.

Aquella especie de caverna medía cien pies de ancha por ciento cincuenta de alta. El terreno había sido abierto violentamente por alguna conmoción subterránea. La masa terrestre, cediendo a algún poderoso empuje, se había dislocado, dejando aquel ancho vacío en el que, por primera vez, penetraban los habitantes de la tierra.

La historia del período carbonífero estaba escrita en aquellas sombrías paredes, y el geólogo podía seguir fácilmente sus diversas fases. Los lechos de carbón estaban separados por extractos de gres o de arcilla, compactos y como comprimidos por las capas superiores.

En la edad del mundo que precedió a la época secundaria, cubrieron la tierra vegetaciones inmensas debidas a un calor tropical y a una humedad persistente. Una atmósfera de vapores rodeaba al globo por todas partes, robándole los rayos del sol.

De esto se deduce que las elevadas temperaturas de la tierra no procedían de aquel nuevo foco. Quizá no podía desempeñar aún su brillante papel el astro del día. Aún no existían los climas, y tórrido calor se extendía por toda la faz de la tierra, calor igual en el Ecuador y en los polos. ¿De dónde dimanaba? Del interior del globo.

A pesar de las teorías del profesor Lidenbrock, violento fuego se reconcentraba en el centro de nuestro esferoide, dejándose sentir su acción hasta en las últimas capas de la corteza terrestre; privadas las plantas de los benéficos efluvios del sol, no daban flores ni perfumes, pero sus raíces absorbían poderosa vida en los abrasados terrenos de los primeros días.

Pocos árboles existían entonces; solamente plantas herbáceas, inmensos musgos, helechos, licópodos, sigilarías, asterofilitas, familias raras cuyas especies se encontraban entonces por millares.

A esta exuberante vegetación debe su origen la hulla. La corteza del globo, elástica aún, obedecía a los movimientos de la masa líquida que recubría. De aquí que se originaran numerosas grietas y hundimientos. Las plantas, arrastradas bajo las aguas, formaron poco a poco considerables aglomeraciones.

Entonces sobrevino la acción de la química natural; las masas vegetales en el fondo de las aguas se convirtieron primeramente en turba; después, mediante la influencia del gas y bajo el fuego de fermentación, experimentaron completa mineralización.

Así se formaron esas inmensas masas de carbón que su consumo excesivo debe agotar en menos de tres siglos, si los pueblos industriales no cuidan de que no suceda así.

Estas reflexiones se me ocurrían mientras consideraba las riquezas hulleras acumuladas en aquella parte de la corteza terrestre. Probablemente nunca serán descubiertas. La explotación de tan profundas minas exigiría sacrificios demasiado considerables. Y, además, ¿para qué buscar la hulla a tales profundidades cuando aún se encuentra en muchas comarcas casi en la superficie del suelo? Aquellas intactas capas permanecerán lo mismo hasta la última hora del mundo.

Yo era el único de los tres que me perdía en consideraciones geológicas mientras caminábamos. La temperatura era casi igual a la que encontramos mientras fuimos atravesando entre esquistos y lavas; la única diferencia era un olor muy pronunciado de protocarburo de hidrógeno que reinaba entonces. Inmediatamente, reconocí la presencia en la galería de considerable cantidad de este peligroso fluido, cuya explosión ha causado frecuentemente espantosas catástrofes.

Felizmente, nos servíamos de los ingeniosos aparatos de Ruhmkorff. Si hubiésemos querido explorar aquella galería llevando antorchas, una terrible explosión hubiera puesto fin al viaje y a los viajeros.

Nuestra excursión por la hullera duró hasta la noche. Mi tío apenas podía contener la impaciencia que le causaba la horizontalidad del camino. Las sombras, que a veinte pasos de distancia no podían disipar ya nuestras lámparas, impedían apreciar la longitud de la galería, y en cuanto a mí ya empezaba a considerarla interminable, cuando a las seis de la tarde encontramos repentinamente un muro delante de nosotros. Todo estaba cerrado por derecha e izquierda, por arriba y por abajo. Habíamos llegado al término de la galería.

-¡Y bien, tanto mejor! -exclamó mi tío-. Ya sé a qué atenerme. No seguimos el camino de Saknussemm y debemos retroceder. Descansemos esta noche, y antes de tres días volveremos al punto en que se bifurcan las dos galerías.

-Sí -dije yo-; ¡si tenemos fuerzas para ello!

-¿Y por qué no?

-Porque mañana quedaremos sin agua.

-¿Y sin valor también? -dijo el profesor mirándome con severidad.

No me atreví a responderle.

Al día siguiente partimos muy temprano. Necesitábamos apresurarnos. Distábamos cinco jornadas de la encrucijada.

No describiré los sufrimientos que experimentamos en aquella contramarcha. Mi tío los soportaba con la cólera de un hombre enérgico que se siente desfallecer; Hans con la resignación de su tranquilo carácter; yo, lo confieso, quejándome y desesperándome; no podía tener valor en nuestro actual infortunio.

Conforme había previsto, quedamos sin agua al terminar el primer día de marcha. Nuestra provisión de líquidos estaba reducida a ginebra; pero este infernal licor abrasaba la garganta y ni siquiera podía verlo. La temperatura me parecía sofocante. Me paralizaba la fatiga y más de una vez estuve a punto de caer sin movimiento. En estos casos nos deteníamos y mi tío o el islandés me prodigaban sus cuidados. Pero ya veía que el primero resistía penosamente a la fatiga y a las torturas causadas por la falta de agua.

En fin, el martes 8 de julio, arrastrándonos sobre manos y rodillas, llegamos medio muertos al punto de unión de las dos galerías. Allí quedé como una masa inerte, tendido sobre el suelo de lava. Eran las diez de la mañana.

Hans y mi tío, apoyados en las paredes, trataron de comer algunos pedazos de galleta. Prolongados gemidos escapaban de mis entumecidos labios. Profundo sopor se apoderó de mí. Pasado algún tiempo, se me acercó mi tío y me levantó entre sus brazos.

-¡Pobre joven! -murmuró con verdadero acento de compasión.

Aquellas palabras me conmovieron, porque no estaba acostumbrado a la ternura del áspero profesor. Cogí sus temblorosas manos en las mías, y vi que estaban húmedos sus ojos.

De pronto cogió la calabaza que llevaba colgada, y con gran asombro mío, sentí que me la acercaba a los labios.

-¡Bebe! -dijo.

¿Había oído bien? ¿Estaba loco mi tío? Mirole con estupefacción, porque me resistía a comprenderle.

-¡Bebe! -repitió.

Y levantando la calabaza la vació en mi boca.

-¡Oh, placer infinito! Un sorbo de agua humedeció mi abrasada garganta, un sorbo únicamente, pero que bastó para volverme a la vida que perdía por momentos.

Di las gracias a mi tío, uniendo las manos, y entonces me dije:

-¡Sí, un sorbo de agua, el último! ¿Oyes bien? ¡El último! Lo guardaba como un tesoro. ¡Veinte veces he tenido que resistir a un ardiente deseo de beberlo, pero lo guardaba para ti, Axel!

-¡Tío mío! -murmuré, mientras que gruesas lágrimas rodaban por mis mejillas.

-Sí, pobre hijo, sabía que al llegar a esta encrucijada caerías casi muerto, y he conservado las últimas gotas de agua para reanimarte.

-¡Gracias, gracias! -exclamé.

Aunque mi sed no estaba completamente mitigada, sin embargo, había recobrado alguna fuerza. Los músculos de mi garganta, contraídos hasta entonces, se dilataban y disminuía la inflamación de mis labios, hasta el punto de poder hablar.

-Carecemos de agua -dije-: solo nos queda un partido que tomar; es necesario salir de aquí.

Mientras decía esto, evitaba mirarme mi tío, bajaba la cabeza, y sus ojos huían de los míos.

-¿Es preciso salir -exclamé- y emprender el camino del Sneffels? ¡Plegue a Dios darnos fuerzas para subir hasta los bordes del cráter!

-¡Salir! -murmuró mi tío, como si se contestara a sí mismo.

-Sí, salir sin pérdida de tiempo.

A estas palabras siguió largo rato de silencio.

-Es decir, Axel -dijo el profesor con extraño acento- que esas gotas de agua no te han devuelto el valor y la energía.

-¡Valor!

-Te veo tan abatido como antes, y pronunciando palabras de desesperación.

¿Qué proyectos formaría aún aquel hombre temerario?

-¡Qué! ¿No queréis?...

-¡Renunciar a esta expedición cuando todo indica que podemos triunfar en la empresa! ¡Jamás!

-Entonces, ¿es necesario resignarse a morir?

-¡No, Axel, no! Márchate. ¡No deseo tu muerte, que te acompañe Hans, déjame solo!

-¡Abandonaros!

-¡Déjame! He comenzado este viaje y lo terminaré o perderé la vida. ¡Márchate, Axel, márchate!

Mi tío hablaba con extenuada sobreexcitación. Su voz volvía a ser dura y casi amenazadora. Luchaba con sombría obstinación contra el imposible. No quería abandonarle en el fondo de aquel abismo, y, por otra parte, el instinto de conservación me impulsaba a huir de allí.

El guía presenciaba aquella escena con su acostumbrada impasibilidad. Sin embargo, comprendía lo que pasaba entre sus dos compañeros. Nuestros ademanes indicaban claramente el distinto camino por el que cada uno de nosotros quería llevar al otro; pero Hans parecía interesarse poco en aquella cuestión en que estaba en juego su existencia, encontrándose dispuesto a partir si daban la señal, y dispuesto a quedarse si así lo deseaba su amo.

¡Qué desgracia no poder hacerme comprender por él en aquel momento! Mis palabras, mi acento y mis gemidos hubieran conmovido a aquel impasible carácter. Le hubiese hecho tocar con la mano los peligros que nos amenazaban y que ni siquiera sospechaba. Tal vez entre los dos hubiéramos convencido al obstinado profesor. En caso necesario le hubiésemos llevado por fuerza hasta la cima del Sneffels.

Acerqueme a Hans. Puse mi mano en la suya, pero no se movió. Le señalé al camino del cráter y permaneció inmóvil. Mi ansioso rostro expresaba todos mis sufrimientos, pero el islandés movió dulcemente la cabeza, y señalando a mi tío:

-Master -dijo.

-¡El amo! -exclamé- ¡insensato! ¡No, no es dueño de tu vida! ¡Es necesario huir! ¡Es necesario llevarle con nosotros! ¿Me entiendes? ¿Me oyes?

Diciendo esto, había cogido de un brazo a Hans. Quería obligarle a que se levantara y empezaba a luchar con él, cuando intervino mi tío.

-Calma, Axel -dijo-. Nada conseguirás de ese impasible servidor. Por lo tanto, oye lo que voy a proponerte.

Me crucé de brazos y miré a mi tío cara a cara.

-El único obstáculo que se opone a la realización de mis proyectos, es la falta de agua. En esa galería del este, formada de lavas, esquistos y hullas, no hemos encontrado una sola molécula líquida. Es posible que seamos más afortunados siguiendo el túnel del oeste.

Al oír esto, moví la cabeza con ademán de profunda incredulidad.

-Escúchame hasta el fin -continuó el profesor esforzando la voz-. Mientras yacías aquí sin conocimiento, he reconocido la conformación de esa galería. Directamente desciende a las entrañas del globo, y en pocas horas nos llevará a las capas graníticas, en las que debemos encontrar abundantes manantiales. La naturaleza de esas rocas lo indican así, y el instinto está de acuerdo con la lógica en apoyo de mi convicción. Ahora, he aquí lo que te propongo. Cuando Colón pidió tres días a sus tripulaciones para descubrir tierra, aquellos hombres, enfermos y desesperados, se los concedieron y descubrió el Nuevo Mundo. Yo, el Colón de estas regiones subterráneas, solo te pido un día. Si pasado este no he encontrado agua, te juro que volveremos a la superficie de la tierra.

A pesar de mi irritación, me conmovieron las palabras y la violencia que se hacía mi tío para pronunciarlas.

-¡Bien! -exclamé- hágase lo que deseáis, y que Dios recompense vuestra sobrehumana energía. Pocas horas tenéis para decidir nuestra suerte; ¡en marcha!

Esta vez comenzaba el descenso por la nueva galería. Hans marchaba delante según costumbre. No habíamos adelantado cien pasos cuando el profesor reconoció las paredes a la luz de la lámpara y exclamó:

-¡He aquí los terrenos primitivos! ¡Estamos en el buen camino! ¡Marchemos, marchemos!

Cuando en los primeros días del mundo se enfrió poco a poco la tierra, la disminución de su volumen produjo en la corteza dislocaciones, rupturas, arrugas y hendiduras. La galería que recorríamos era una abertura de este género, por donde, en otra época, salió el granito eruptivo. Sus mil revueltas formaban un inexplicable laberinto a través del suelo primordial.

A medida que descendíamos, aparecían más claramente las capas que forman los terrenos primitivos. La ciencia geológica considera este terreno como la base de la corteza mineral, reconociendo que se compone de tres capas diferentes, los esquistos, gneis y micaesquistos, descansando sobre esa inalterable roca que se llama granito.

Jamás mineralogista alguno se había encontrado en tan maravillosas circunstancias para estudiar la naturaleza de los terrenos. Lo que la sonda, máquina inteligente y brutal, no podía sacar de las capas internas a la superficie del globo, íbamos a verlo con nuestros propios ojos y a tocarlo con nuestras propias manos.

A través de la capa de esquistos, coloreados de hermosos matices verdes, serpenteaban filones metálicos de cobre y de manganeso con muestras de platino y oro. ¡Aquellas riquezas estaban sepultadas en las entrañas de nuestro globo y jamás las gozaría la humanidad! Los cataclismos de los primeros días han enterrado a tal profundidad estos tesoros, que ni el pico ni el barreno los arrancarán jamás de su tumba.

A los esquistos siguieron los gneis, de estructura estratiforme, notables por la regularidad y paralelismo de sus hojas, y después los micaesquistos, extendiéndose en grandes láminas que brillaban por efecto de la mica plateada que contenían.

La luz de las lámparas, reflejada por las pequeñas facetas de la masa de rocas, cruzaba sus rayos por todos los ángulos y me parecía que viajaba a través de un diamante hueco, en el que se quebraban los rayos en mil cascadas resplandecientes.

Cerca de las seis empezó a disminuir sensiblemente aquella vistosa iluminación; las paredes tomaron un tinte cristalizado, pero sombrío; la mica se mezcló más íntimamente con el feldespato y el cuarzo para formar la roca por excelencia, la piedra dura entre todas, la que sostiene firmemente las cuatro capas que forman la corteza del globo. Estábamos encerrados en una inmensa prisión de granito.

Eran las ocho de la noche. Continuábamos careciendo de agua. Yo sufría horriblemente. Mi tío marchaba delante, sin querer detenerse y aplicando el oído para sorprender el murmullo de algún manantial. ¡Pero nada se oyó!

Mis piernas se negaban a sostenerme y resistía a mis tormentos por no obligar a mi tío a detenerse. Esto hubiera sido para él el golpe de gracia, porque terminaba el último día de que podía disponer.

Al fin me abandonaron las fuerzas y caí lanzando un grito.

-¡Socorro! ¡Yo muero!

Mi tío retrocedió. Me miró cruzando los brazos y brotaron sordamente de sus labios estas palabras:

-¡Todo ha terminado!

Por última vez hirió mis ojos un terrible gesto de cólera, y los cerré.

Cuando los volví a abrir, vi a mis dos compañeros inmóviles y envueltos en sus mantas. ¿Dormían? En cuanto a mí, no podía conseguir un momento de sueño. Sufría demasiado y sobre todo con la idea de que mi mal no tenía remedio. Las últimas palabras de mi tío resonaban aún en mi oído. ¡Todo ha terminado!, porque en aquel estado de debilidad no se podía pensar ya en volver a la superficie del globo.

Había sobre nosotros legua y media de tierra; me parecía que todo su peso lo soportaban mis hombros. Me sentía agobiado y me extenuaba haciendo violentos esfuerzos para volverme en mi lecho de granito.

Algunas horas pasaron así. Profundo silencio reinaba en derredor nuestro; el sombrío silencio de las tumbas. Nada se oía a través de aquellas paredes de las que, la más delgada, tenía cinco millas de espesor.

Sin embargo, en medio de mi sopor creí escuchar un ruido. Empezaba a quedar más oscuro el túnel. Miré con atención y me pareció que se ausentaba el islandés llevándose una lámpara.

¿Por qué marchaba? ¿Nos abandonaba Hans? Mi tío continuaba dormido. Yo quería gritar, pero la voz no pudo salir de mis secos labios. La oscuridad había llegado a ser profunda y acababan de extinguirse los últimos ruidos.

-¡Hans nos abandona! -exclamé- ¡Hans, Hans!

Estas palabras no se podían escuchar porque apenas salían de mis labios. Sin embargo, pasado el primer instante de terror, me avergoncé de dudar del hombre cuya conducta nada nos había dado que sospechar hasta entonces. Su partida no podía ser una fuga. En vez de subir, bajaba por la galería, cosa que demostraba que no tenía malos designios. Estos pensamientos me tranquilizaron algo, y me entregué a otra serie de ideas. Solo un motivo muy grave podía haber arrancado a Hans de su sueño. ¿Descubriría algo? ¿Habría oído en el silencio de la noche algún murmullo que no había podido escuchar yo?

Durante una hora se agolparon a mi delirante imaginación todas las razones que podían hacer obrar de aquel modo al tranquilo cazador. Las ideas más absurdas se me ocurrían y llegué a creer que me volvía loco.

Pero al fin oí un ruido de pisadas que venía del interior del túnel. Hans volvía. Incierta luz empezaba a reflejarse en las paredes, después apareció en el orificio de la galería. Enseguida se presentó Hans.

Acercose a mi tío, y le despertó tocándole ligeramente en el hombro. El profesor se levantó.

-¿Qué hay? -dijo.

-Vatten -respondió el cazador.

Preciso es creer que, bajo la impresión de grandes padecimientos, todo el mundo es políglota. Yo no sabía una palabra de danés, y, sin embargo, comprendí por instinto lo que había dicho el guía.

-¡Agua, agua! -exclamé, batiendo palmas y gesticulando como un loco.

-¡Agua! -respondió mi tío.

-¿Havar? -preguntó al islandés.

-Nedåt -respondió Hans.

-¿Dónde? ¡Abajo! -Todo lo comprendí. Sin poderme contener, había cogido las manos del cazador, y las estrechaba mientras este me miraba con calma.

No fueron largos los preparativos de marcha, y muy pronto caminábamos por un pasadizo cuya pendiente era de dos pies por toesa.

Una hora después habíamos recorrido cerca de mil toesas, y descendido dos mil pies.

En aquel momento oí un ruido extraño que corría por los muros de granito, una especie de sordo mugido como el rumor de lejano trueno. No encontrando el anunciado manantial durante la primera hora de marcha, sentí que volvían a invadirme las angustias; pero entonces me manifestó mi tío el origen del ruido que escuchaba.

-No se ha engañado Hans -me dijo-; ese rumor que oyes es el mugido de un torrente.

-¿Un torrente? -exclamé.

-Sin duda. Un río subterráneo circula en derredor nuestro.

Sobreexcitados por la esperanza, aceleramos el paso. Aquel ruido de agua me fortalecía hasta el punto de no sentir fatiga alguna. El torrente, después de haber circulado largo rato sobre la bóveda, corría ahora por la pared de la izquierda. Frecuentemente, puse la mano sobre la roca, esperando encontrar señales de humedad, pero no lo conseguí.

Otra media hora pasó aún, durante la cual recorrimos media milla.

Era evidente que el cazador durante su ausencia no había podido reconocer aquellos parajes. Guiado por el instinto peculiar de los montañeses, de los hidroscopios, sintió aquel torrente a través de las rocas, pero no había podido ver el precioso líquido, no había bebido.

Pronto comprendimos que, si continuábamos avanzando, nos alejaríamos de la corriente, cuyo murmullo tendía a disminuir.

Retrocedimos, pues, y Hans se detuvo en el punto en que parecía estar más cerca el torrente.

Sufriendo terrible angustia me senté junto al muro mientras el agua corría a dos pies de mí con extremada violencia; ¡pero separado de ella por una pared de granito!

Sin reflexionar, sin que me preguntara si había medio de hacer brotar aquella agua, me entregué a la desesperación.

Hans me miró y creí ver una sonrisa en sus labios.

Levantose y cogió una lámpara. Yo le seguí. Dirigiose al muro, y vi que aplicaba el oído a la árida roca, y que la reconocía con gran cuidado. Desde luego comprendí que buscaba el punto donde más perceptible era el ruido del torrente. El punto lo encontró en la pared de la izquierda, a tres pies del suelo.

¡Cuán grande era mi emoción! ¡No me atrevía a adivinar lo que quería hacer el cazador! Pero no pude menos de comprenderle, aplaudirle y hasta prodigarle mis caricias cuando le vi coger un pico para atacar la roca.

-¡Nos hemos salvado! -exclamé.

-Sí -respondió mi tío con frenesí-. ¡Hans tiene razón! ¡Ah, bravo cazador, no se nos hubiese ocurrido a nosotros!

¡Bien lo creo! Por sencillo que fuera aquel medio no lo hubiésemos encontrado nosotros. Nada había tan peligroso como dar un golpe de pico en aquella capa del globo. ¡Si ocurriera un hundimiento que nos sepultara! ¡Si brotando el torrente, a través de la roca, nos envolviera en sus aguas! No eran imaginarios estos peligros, pero en aquel momento no podían detenernos los temores de hundimiento o de inundación; nuestra sed era tan intensa que para apagarla hubiésemos hecho un agujero bajo el fondo del océano.

Hans comenzó un trabajo que ni mi tío ni yo hubiésemos podido realizar. Moviendo la impaciencia nuestra mano, hubiera volado en pedazos la roca bajo sus precipitados golpes. Por el contrario, el guía, tranquilo y moderado, atacó la roca con pequeños y continuos golpes, haciendo una abertura de seis pulgadas. El ruido del torrente crecía, y ya me figuraba que el agua bienhechora humedecía mis labios.

Pronto se sepultó el pico a dos pies en el muro de granito. El trabajo duraba ya más de una hora. La impaciencia me agitaba. Mi tío quería emplear los grandes medios, y apenas pude contenerle; ya cogía un pico, cuando oímos un agudo silbido. Un caño de agua brotó del muro, yendo a chocar con la pared opuesta.

Hans, medio derribado por el choque, no pudo contener un grito de dolor. Comprendí la razón de ello, cuando poniendo las manos en el manantial, lancé a mi vez una exclamación violenta. El agua brotaba hirviendo.

-¡Agua a cien grados! -exclamé.

-Y bien, ya se enfriará -respondió mi tío.

La galería se llenó de vapores, mientras se formaba un arroyo que iba a perderse en las sinuosidades subterráneas; pronto bebimos el primer sorbo.

¡Ah! ¡Qué placer! ¡Qué incomparable delicia! ¿Qué agua era aquella? ¿De dónde venía? Poco importaba. Era agua, y aunque caliente aún, nos devolvía la vida que estábamos a punto de perder. Yo bebía sin detenerme, sin percibir el sabor del agua.

Solo después de un minuto exclamé:

-¡Esta agua es ferruginosa!

-Excelente para el estómago -respondió mi tío-; y por cierto que posee elevada mineralización. Tanto vale venir aquí como ir a Spa o a Toeplitz.

-¡Ah, qué agua tan buena!

-¡Ya lo creo, ¡un agua que brota a dos leguas bajo tierra! Tiene cierto sabor a tinta que no es desagradable. ¡Famoso recurso nos ha proporcionado el buen Hans! Propongo que demos su nombre a este arroyo.

-¡Bien! -exclamé.

E inmediatamente quedó adoptado el nombre de Hans-bach.

No se enorgulleció por esto el guía, el que después de haber bebido moderadamente se acostó en un lado con su calma habitual.

-Creo -dije- que no debemos dejar perder esta agua.

-¿Por qué no? -contestó mi tío-. Supongo que este manantial es inagotable.

-¡No importa! Llenemos el odre y las calabazas y después obstruiremos la abertura.

Siguiendo mi consejo, trató Hans de cegar con pedazos de roca la abertura; pero no fue fácil. Todos nos quemamos las manos sin conseguirlo, porque la presión era demasiado considerable.

-Es evidente -dije- que las capas superiores de esta corriente, tienen grande elevación, a juzgar por la fuerza del caño.

-No se puede dudar -respondió mi tío-; si esta columna de agua tiene treinta mil pies de altura, produce una presión de mil atmósferas. Pero se me ocurre una idea.

-¿Qué?

-¿Por qué hemos de obstruir esa abertura?

-Porque...

Difícil me hubiese sido dar una razón.

-¿Tenemos seguridad de poder llenar nuestras calabazas cuando queden vacías?

-De seguro que no.

-¡Pues bien, dejemos correr el agua! Como naturalmente ha de descender, nos acompañará y refrescará el camino.

-Perfectamente -exclamé-; y con ese arroyo por compañero, no veo por qué no hemos de triunfar en nuestro proyecto.

-¡Ah!, al cabo tienes esperanzas -dijo el profesor riendo.

-Más que esperanza, seguridad.

-Pues empecemos por descansar algunas horas.

Olvidaba que era de noche, pero el cronómetro se encargó de decírmelo, y muy pronto los tres, suficientemente refrigerados, quedamos profundamente dormidos.

A la mañana siguiente, ya habíamos olvidado nuestros pasados sufrimientos. Al pronto me extrañó no tener sed, y me pregunté la razón. El arroyo, que murmuraba a mis pies, se encargó de responderme.

Almorzamos y bebimos de aquella excelente agua ferruginosa. Yo me sentía completamente restablecido y dispuesto a ir lejos. ¿Por qué no había de triunfar un hombre tan entusiasta como mi tío, yendo acompañado de un guía tan industrioso como Hans y de un sobrino tan determinado como yo? Estas eran las hermosas ideas que se me ocurrían ahora. Si me hubiesen propuesto subir a la cima del Sneffels, hubiera rehusado con indignación.

Pero afortunadamente solo se trataba de bajar.

-¡En marcha! -exclamé despertando con entusiastas acentos los viejos ecos del globo.

Estábamos en jueves y eran las ocho de la mañana. La galería de granito, abriéndose en sinuosos recodos, presentaba ángulos inesperados, y formaba verdadero laberinto, pero su dirección principal continuaba siendo al sudeste. Mi tío no cesaba de consultar la brújula con el mayor cuidado, para darse cuenta del camino recorrido.

La galería apenas tenía dos pulgadas de pendiente por toesa. El arroyo corría sin precipitación a nuestros pies. Yo le comparaba a un genio familiar que nos guiaba a través de la tierra, y acariciaba con la mano la tibia náyade cuyo canto acompañaba nuestros pasos. Mi buen humor me llevaba a pensar en la mitología.

Mi tío, el hombre de las verticales, maldecía la horizontalidad del camino. La galería se prolongaba indefinidamente, y en vez de seguir el radio terrestre, según la expresión del profesor, marchaba por la hipotenusa. Pero no podíamos elegir, y mientras descendíamos, aunque fuese muy poco, no podíamos quejarnos.

Además, de tiempo en tiempo se hacía algo más marcada la cuesta; la náyade saltaba mugiendo y bajábamos más profundamente con ella.

En resumen, durante aquel día y el siguiente adelantamos mucho en sentido horizontal, pero poco en el vertical.

Según los cálculos hechos por mi tío, el viernes por la tarde, 10 de julio, debíamos encontrarnos a treinta leguas de Reikiavik y a dos leguas y media de profundidad.

Bajo nuestros pies se abría un pozo inmenso. Mi tío no pudo menos de batir palmas al ver sus paredes casi perpendiculares.

-He aquí lo que nos ha de llevar muy lejos -exclamó- porque las asperezas de la roca forman verdadera escalera.

Hans colocó las cuerdas para precaver todo accidente y comenzó el descenso, que no me atrevo a calificar de peligroso, porque ya estaba familiarizado con aquel ejercicio.

Aquel pozo era una estrecha grieta abierta en el granito, de las que los mineros llaman falta, fallo o soplado. Evidentemente, la había producido la concentración de las capas terrestres en la época de su enfriamiento. Si en otro tiempo había servido para dar paso a las materias eruptivas vomitadas por el Sneffels, no podía explicarme cómo no habían dejado rastros. Nuestro descenso se verificaba entonces por una especie de escalera de caracol que parecía hecha por mano del hombre.

De cuarto en cuarto de hora teníamos que detenernos para tomar el necesario reposo y dar a nuestras piernas la indispensable elasticidad. En estos casos nos sentábamos en alguna aspereza de la roca, dejábamos colgar las piernas y hablábamos comiendo y bebíamos en el arroyo.

No es necesario decir que, en aquel pozo, el Hans-bach se había convertido en cascada con detrimento de su volumen; pero aún bastaba y sobraba para mitigar nuestra sed; además, en declives menos pronunciados volvería a su tranquilo curso. En aquel momento me recordaba a mi digno tío, con sus impaciencias y sus cóleras, mientras que en las suaves pendientes se parecía al tranquilo cazador islandés.

El 11 y el 12 de julio seguimos las espirales del pozo, penetrando dos leguas más en la corteza del globo, lo que venía a hacer cerca de cinco leguas bajo la superficie del mar. Pero el 13, cerca de mediodía, tomó el pozo hacia el sudeste una inclinación mucho más suave, siendo de unos cuarenta y cinco grados.

La marcha fue entonces muy monótona. Difícilmente podía suceder de otro modo, porque no podía estar variada por los accidentes del paisaje.

En fin, el miércoles 15, estábamos a siete leguas bajo tierra y a cincuenta próximamente del Sneffels. Aunque nos encontrábamos algo fatigados, nuestra salud era buena y el botiquín estaba intacto aún.

Mi tío anotaba de hora en hora las indicaciones de la brújula, del cronómetro, del manómetro y del termómetro, las mismas que después publicó en el relato científico del viaje. De esta manera podía darse cuenta fácilmente de nuestra situación. Cuando me dijo que estábamos a una distancia horizontal de cincuenta leguas, no pude contener una exclamación.

-¿Qué tienes? -me preguntó.

-Nada, es que hacía una reflexión.

-¿Cuál?

-Qué si son exactos vuestros cálculos no estamos ya bajo Islandia.

-¿Eso crees?

-Fácil es asegurarnos de ello.

Inmediatamente, tomé algunas medidas con el compás sobre el mapa.

-No me engaño -dije-. Hemos pasado del cabo Portland, y estas cincuenta leguas al sudeste nos han traído bajo plena mar.

-¡Bajo plena mar! -exclamó mi tío frotándose las manos.

-De modo -continuó- que sobre nuestra cabeza se extiende el océano.

-¡Bah! Axel, nada hay tan natural. ¿No existen en Newcastle minas de carbón que se adelantan mucho bajo el agua?

El profesor podía encontrar muy natural aquella situación; pero a mí no dejaba de preocuparme la idea de un paseo bajo la masa de agua que forma el mar. Pero poco importaba, en último caso, que descansaran sobre nosotros las llanuras y montañas de Islandia, o las olas del Atlántico, supuesto que era resistente el cimiento de granito que las sostenía. Además, pronto me acostumbré a esta idea, porque la galería, en tanto recta, en tanto sinuosa, tan caprichosa en sus pendientes como en sus recodos, pero dirigiéndose siempre al sudeste, y bajando cada vez más, nos conducía rápidamente a grandes profundidades.

Cuatro días después, el sábado 18 de julio, por la noche, llegamos a una especie de gruta muy grande; mi tío entregó a Hans sus tres rixdales hebdomadarios, y se decidió que el día siguiente sería de descanso.

El domingo por la mañana me desperté sin la preocupación habitual de una partida inmediata, cosa que no dejaba de ser agradable, aunque ocurriera en el fondo de los abismos.

Además, estábamos acostumbrados ya a aquella existencia de trogloditas. Por mi parte no me acordaba del sol, de las estrellas, de la luna, de los árboles, casas, pueblos, ni de las demás superfluidades terrestres de que se han hecho una necesidad los seres sublunares. En nuestra cualidad de fósiles despreciábamos esas inútiles maravillas.

La gruta formaba un vasto salón. Sobre su suelo de granito corría dulcemente nuestro fiel arroyo. Como nos encontrábamos a gran distancia del manantial, el agua no tenía otra temperatura que la de la atmósfera, y podíamos beberla sin dificultad.

Después del almuerzo, el profesor quiso dedicar algunas horas a ordenar sus notas cuotidianas.

-En primer lugar -dijo- voy a rectificar mis cálculos para saber exactamente dónde nos encontramos; quiero, a nuestro regreso, poder trazar un mapa de nuestro viaje, una especie de sección vertical del globo, que representará el perfil de la expedición.

-Eso será muy curioso, tío; pero ¿serán bastante exactas vuestras observaciones?

-Sí. He anotado cuidadosamente los ángulos de las cuestas, y estoy seguro de no engañarme. Veamos, en primer lugar, dónde estamos. Toma la brújula y observa la dirección que indica.

Miré el instrumento y, después de atento examen, respondí:

-Este cuarta al sudeste.

-¡Bien! -dijo el profesor, anotando la observación y haciendo algunos cálculos rápidamente-. Deduzco que hemos recorrido ochenta y cinco leguas desde nuestro punto de partida.

-¿Es decir, que viajamos bajo el Atlántico?

-Justamente.

-¿Y quizá en este momento se desencadena una tempestad y los buques son combatidos sobre nuestra cabeza por las olas y el huracán?

-Es posible.

-¿Y las ballenas azotan con su cola los muros de nuestra prisión?

-Tranquilízate, Axel, no los derribarán. Pero volvamos a nuestros cálculos. Estamos a ochenta y cinco leguas al sudeste de la base del Sneffels, y según mis notas anteriores, creo que hemos llegado a dieciséis leguas de profundidad.

-¡Dieciséis leguas! -exclamé.

-Sin duda.

-Pero ese es el extremo límite asignado por la ciencia al espesor de la corteza terrestre.

-No digo que no.

-Y siguiendo la ley del aumento de temperatura, debía existir aquí un calor de mil quinientos grados.

-Debía, hijo mío.

-Y todo este granito no estaría en estado sólido, sino en completa fusión.

-Ya ves que nada hay de eso y que los hechos, según costumbre, desmienten las teorías.

-No puedo menos de convenir en ello, pero me asombra esto.

-¿Qué marca el termómetro?

-Veintiséis grados seis décimas.

-Faltan, por lo tanto, mil cuatrocientos setenta y cuatro grados y cuatro décimas para que tengan razón los sabios. Por consiguiente, el aumento proporcional de temperatura es un error. Humphry Davy no se engañaba. De manera que no hice mal en escucharle. ¿Qué tienes que objetar a esto?

-Nada.

Muchas cosas hubiera podido decir. Yo no admitía la opinión de Davy bajo ningún punto de vista y creía siempre en el calor central, aunque no experimentaba sus efectos, atribuyéndolo a que aquella chimenea de un volcán extinguido, revestida por las lavas de un barniz refractario, no permitía a la temperatura propagarse a través de sus paredes.

Pero sin detenerme a buscar nuevos argumentos, me limité a aceptar la situación conforme se presentaba.

-Querido tío -dije-; creo exactos vuestros cálculos, pero permitidme deducir una consecuencia rigurosa.

-Veamos esa consecuencia.

-En el punto en que nos encontramos, bajo la latitud de Islandia, ¿no tiene el radio terrestre mil quinientas ochenta y tres leguas?

-Mil quinientas ochenta y tres leguas y un tercio.

-Pongamos mil seiscientas leguas. ¿Para un viaje de mil seiscientas leguas hemos recorrido dieciséis?

-Conforme lo dices.

-¿Y esto, mediante ochenta y cinco leguas de diagonal?

-Exactamente.

-¿En veinte días?

-En veinte días.

-Ahora bien, dieciséis leguas son la centésima parte del radio terrestre. Continuando de este modo, emplearemos dos mil días, o sea cerca de cinco años y medio para bajar.

El profesor no respondió.

-Sin contar que, si una vertical de dieciséis leguas nos cuesta una horizontal de ochenta, resultarán ocho mil leguas al sudeste y saldremos por cualquier punto de la circunferencia sin llegar al centro.

-¡Vete al diablo con tus cálculos! -replicó mi tío con cólera-. ¡Lleve el diablo tus hipótesis! ¿Sobre qué descansan? ¿Quién te asegura que esta galería no vaya directamente al centro? Además, tengo un precedente. Lo que yo hago lo ha hecho otro antes, y si él consiguió su objeto, yo también lo conseguiré.

-Así lo espero, pero al fin puede uno...

-Callarse, Axel, más bien que decir desatinos.

Comprendí que el terrible profesor iba a reemplazar al tío, y me tuve por advertido.

-Ahora -dijo- consulta el manómetro. ¿Qué indica?

-Una presión considerable.

-Bien. Ya ves que bajando poco a poco y acostumbrándonos lentamente a la densidad de esta atmósfera, no experimentamos ningún sufrimiento.

-Ninguno, a excepción de algunos dolores de oídos.

-Eso no es nada, y pronto harás desaparecer esa molestia, poniendo al aire exterior en rápida comunicación con el contenido en tus pulmones.

-Desde luego -respondí, decidido ya a no contradecir a mi tío-. Hasta se experimenta placer en sentirse uno bañado por esta densa atmósfera. ¿Habéis notado con qué intensidad se propaga el sonido?

-Sin duda. En sordo oiría aquí perfectamente.

-¿Pero esta densidad irá en aumento?

-Sí, siguiendo una ley poco determinada. Ya sabes que su acción más fuerte es en la superficie de la tierra, y que en el centro del globo no pesan los objetos.

-Sí, lo sé; pero decidme, ¿el aire no concluirá por adquirir la densidad del agua?

-Sin duda, bajo una presión de setecientas diez atmósferas.

-¿Y si la presión fuera mayor?

-Alimentaría la densidad.

-¿Y cómo descenderíamos entonces?

-Metiéndonos piedras en los bolsillos.

-Para todo tenéis respuesta, tío.

No me atreví a seguir más adelante en el terreno de las hipótesis, porque hubiese chocado con alguna nueva posibilidad que hubiera irritado al profesor.

Sin embargo, era evidente que, bajo una presión que podía llegar a millares de atmósferas, concluiría el aire por pasar el estado sólido, y en este caso, admitiendo que nuestro cuerpo hubiese resistido hasta aquel punto, preciso sería que nos detuviéramos, a pesar de todos los raciocinios del mundo.

Pero no quise exponer este argumento. Mi tío me hubiese contestado con su eterno Saknussemm, precedente que no tenía valor para mí, porque, aun admitiendo el viaje del sabio islandés, había una cosa muy sencilla que responder.

En el siglo XVI no se habían inventado el barómetro ni el termómetro, ¿cómo pudo determinar Saknussemm su llegada al centro del globo?

Pero me guardé esta objeción y esperé los acontecimientos.

El resto del día lo empleamos en cálculos y conversación. Constantemente fui de la opinión del profesor Lidenbrock, envidiando la absoluta indiferencia de Hans, que se abandonaba ciegamente en brazos del destino sin tratar de averiguar causas ni efectos.

Preciso es convenir que hasta el presente todo iba bien, y no hubiera tenido razón al quejarme. Si las dificultades no aumentaban, no dejaríamos de conseguir nuestro objeto. ¡Y qué gloria obtendríamos entonces! Hasta había llegado a pensar seriamente en esto como mi tío Lidenbrock. Tal vez consistía en las extrañas circunstancias en que me encontraba.

Durante algunos días, rápidas pendientes, algunas casi verticales, nos hicieron penetrar mucho en las capas terrestres. En ciertas jornadas adelantamos legua y media o dos leguas hacia el centro. Tuvimos que verificar peligrosos descensos, en los cuales nos fueron utilísimas la destreza y serenidad de Hans. Aquel impasible islandés se sacrificaba por nosotros y, gracias a él, salimos de algunos malos pasos que no hubiésemos podido franquear a estar solos.

Su mutismo aumentaba de día en día. Creo que nos contagiaba. Los objetos exteriores tienen acción directa sobre nuestra mente. El que se ve encerrado entre cuatro paredes concluye por perder la facultad de asociar las ideas y las palabras. ¡Cuántos prisioneros celulares se han vuelto imbéciles y aun locos por falta de ejercicio de las facultades mentales!

Durante las dos semanas que siguieron a nuestra última conversación, no ocurrió nada digno de ser referido. Solo recuerdo un acontecimiento de suma gravedad. Difícil es que pueda olvidar ni su menor detalle.

Nuestro continuo descenso nos había hecho llegar el 7 de agosto a treinta leguas de profundidad, es decir, que teníamos sobre nosotros treinta leguas de rocas, de océano, de continentes y ciudades. Debíamos encontrarnos entonces a doscientas leguas de Islandia.

Aquel día, el túnel seguía un plano poco inclinado.

Yo marchaba delante llevando uno de los aparatos de Ruhmkorff, con el que examinaba las rocas de granito. Mi tío llevaba el otro.

Al volverme en cierto momento, vi que estaba solo.

-He caminado demasiado de prisa -me dije- o Hans y mi tío se han detenido. Es preciso que me reúna a ellos. Por fortuna la pendiente es muy suave.

Volví atrás, y durante un cuarto de hora recorrí la galería, mirando por todos lados, pero sin ver a nadie, llamando y sin obtener respuesta; mi voz se perdía entre los cavernosos ecos que despertaba.

Empecé a sentirme inquieto. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.

-Tengamos calma -dije en alta voz-; estoy seguro de encontrar a mis compañeros. No hay más que un camino, yo iba delante; pues bien, retrocedamos.

Durante media hora continué recorriendo la galería, escuchando por si me llamaban, porque en aquella densa atmósfera podía oírse desde muy lejos la voz; pero profundo silencio reinaba en el inmenso túnel.

Sin poder creer en mi aislamiento, me detuve. No quería convencerme de que me había perdido, sino extraviado, y los que se extravían se encuentran al fin.

-Vamos -me dije-; no habiendo más que un camino y siguiéndole ellos, debo encontrarles. Bastará que continúe subiendo. Quizá olvidando que les precedía, hayan vuelto atrás. Si lo han hecho así, apresurando el paso, es evidente que les encontraré.

Estas últimas palabras no las pronunciaba con convencimiento. Además, para asociar estas ideas tan sencillas y formar juicio, tuve que emplear un tiempo muy largo.

Entonces me asaltó una duda. ¿Iba yo delante en realidad? Ciertamente. Hans me seguía, precediendo a mi tío, y recordaba que se había detenido para sujetarse bien el paquete que llevaba. Precisamente en aquel momento era cuando yo debí continuar la marcha.

-Además -pensaba- tengo un medio seguro de no extraviarme, un hilo para guiarme en este laberinto y que no puede quebrarse, mi fiel arroyo. Remontando su curso no puedo menos de encontrar las huellas de mis compañeros.

Este razonamiento me fortaleció, y me puse en marcha sin pérdida de tiempo.

¡Cuánto bendije entonces la previsión de mi tío, cuando no quiso que el cazador cegase el manantial! Aquel bienhechor arroyo, después de haber mitigado mi sed, me iba a guiar a través de las sinuosidades de la corteza terrestre.

Antes de subir pensé que me sería provechosa una ablución, y me incliné para bañar el rostro en el Hans-bach.

¡Júzguese mi asombro!

¡Solo encontré seco y árido granito; el arroyo no corría a mis pies!

Imposible describir mi desesperación. No tiene palabras para ello la lengua humana. Estaba enterrado vivo con la perspectiva de morir de hambre y de sed.

Maquinalmente, reconocí el suelo con mis febriles manos. ¡Cuán seca me pareció aquella roca!

¿Pero cómo había podido abandonar el arroyo? Entonces comprendí la razón de aquel extraño silencio, cuando escuché por última vez por si me llamaban mis compañeros. Cuando di el primer paso en aquel peligroso camino, no había observado la falta del arroyo. Evidentemente en aquel momento se abría delante de mí una bifurcación de la galería; yo marché por un camino, mientras el Hans-bach, obedeciendo a los caprichos de la pendiente, corría por otro con mis compañeros a ignoradas profundidades.

¿Cómo volver? No había huellas. Mi pie no dejaba señal alguna en el granito. Mi mente enloquecía buscando medio de resolver aquel insoluble problema. Mi situación se encerraba en una sola palabra: ¡Perdido!

¡Sí! ¡Perdido a inmensa profundidad!

Aquellas treinta leguas de corteza terrestre pesaban espantosamente sobre mí. Me sentía sofocado.

En aquella situación traté de recordar las cosas de la tierra, pero apenas pude conseguirlo. Hamburgo, la casa de Königstrasse, mi pobre Grauben, todo pasó cual visión fantástica ante mi mente extraviada. En viva alucinación, ¡recordé los incidentes del viaje, la travesía, la Islandia, el señor Fridriksson, el Sneffels!

¡Conservar esperanzas en aquella situación era locura; más valía desesperar!

En efecto, ¿qué fuerzas humanas podrían llevarme a la superficie del globo y taladrar aquellas bóvedas que se amontonaban sobre mi cabeza? ¿Quién podía hacerme encontrar a mis compañeros?

-¡Oh!, ¡tío mío! -exclamé con desesperación.

Esta fue la única censura que pronunciaron mis labios, porque comprendí cuánto debía sufrir él también en aquel momento buscándome a su vez.

Cuando me vi privado de todo auxilio humano e imposibilitado de hacer nada para mi propia salvación, pensé en los socorros del cielo. A mi memoria volvieron los recuerdos de mi infancia y la imagen de mi madre que apenas conocí. Aunque muy tarde, me acordaba del cielo y rogué con fervor.

Aquella invocación a la Providencia me dio alguna tranquilidad y pude reconcentrar sobre mi situación todas las fuerzas de mi mente.

Tenía víveres para tres días y la calabaza llena de agua. Sin embargo, no podía permanecer solo largo tiempo. ¿Pero debía subir o bajar?

¡Subir evidentemente! ¡Subir sin descanso!

De esta manera debía volver al punto en que me había separado del arroyo, a la funesta bifurcación. Desde allí, teniendo la corriente por guía, podría llegar a la cumbre del Sneffels.

¡Cómo no había pensado antes en esto! Evidentemente obrando de este modo tenía algunas probabilidades de salvación. Lo más urgente era encontrar el arroyo.

Me levanté por lo tanto y apoyado en mi bastón herrado, subí por la galería. La pendiente era bastante áspera, pero yo caminaba con la decisión del que no puede elegir camino.

Durante media hora ningún obstáculo detuvo mis pasos. En la forma del túnel, en la salida de algunas rocas y en la disposición de las asperezas, trataba de reconocer el camino que antes seguí. Pero no encontraba ninguna señal particular, y pronto conocí que aquella galería no podía llevarme a la bifurcación. ¡Estaba cegada! Un impenetrable muro de piedra se elevaba delante de mí; al chocar con él me dejé caer sobre la roca.

Nunca podré describir el espanto y desesperación que me invadió. Quedé anonadado. Mi última esperanza acababa de desvanecerse ante aquella pared de granito.

Perdido en aquel laberinto cuyas sinuosidades se cruzaban en todos sentidos, no podía intentar salir. ¡Iba a morir del modo más terrible! Y, cosa extraña, en aquel momento se me ocurrió que si un día se encontraba mi cuerpo fosilizado, su hallazgo a treinta leguas bajo la superficie de la tierra promovería graves cuestiones científicas.

Quise hablar en voz alta, pero solo roncos acentos salieron de mis labios. Estaba anhelante.

En medio de estas angustias, nuevo terror se apoderó de mi espíritu. Mi lámpara se había estropeado cuando caí; no tenía medio alguno de componerla; la luz empezaba a palidecer y pronto se extinguiría.

Miraba con ansiedad la corriente luminosa que disminuía en el serpentín del aparato. Sobre las oscurecidas paredes se agitaba una serie de sombras movibles. No me atrevía a bajar los párpados temiendo perder el menor átomo de aquella fugitiva claridad. A cada momento me parecía que iba a faltarme y que me invadía la noche.

Al fin tembló por última vez la luz en la lámpara. Seguí su movimiento, la aspiré con la vista, reconcentré sobre ella toda la fuerza de mis ojos, como si fuera el último rayo que habían de ver, y quedé envuelto en profundas tinieblas.

¡Un grito brotó de mis labios! En la superficie de la tierra, la luz no abandona jamás sus derechos ni aun en medio de la noche más tenebrosa. Es difusa, es sutil, pero, por débil que sea, la retina consigue recogerla. Pero en aquella profundidad las tinieblas eran completas y hacían de mí un ciego en toda la extensión de la palabra.

Entonces perdí el juicio. Levanté los brazos y traté de dirigirme a tientas, experimentando dolorosos choques. Quise huir, y caminaba precipitadamente a la aventura en aquel inextricable laberinto, descendiendo sin descanso, corriendo a través de la corteza terrestre como un habitante de las cavernas subterráneas, llamando, gritando, enronqueciendo, y muy pronto, me encontré aturdido por los golpes que me daba en las rocas, cayendo y levantándome ensangrentado, tratando de beber la sangre que me inundaba el rostro, y esperando siempre que un muro imprevisto presentara un obstáculo contra el que se estrellaba mi cabeza.

¿A dónde me llevaría aquella insensata carrera? Lo ignoraba. Después de muchas horas, extenuado por la fatiga y los golpes, caí al pie del muro como una masa inerte, y perdí el conocimiento.

Cuando volví a la vida, mi rostro estaba mojado; pero mojado de lágrimas. No podría decir cuánto tiempo permanecí en aquel estado de insensibilidad. No tenía medio alguno de calcularlo. ¡Jamás hubo soledad más absoluta, más completo abandono!

Había perdido mucha sangre por efecto de la caída. Me sentía inundado de ella. ¡Cuánto sentí no haber muerto! No quería pensar en mi situación. Rechazaba todas las ideas que acudían a mi mente, y vencido por el dolor, fui rodando hasta la pared opuesta.

Ya empezaba a apoderarse de mí el desvanecimiento, y con él la suprema extenuación, cuando hirió mi oído violento rumor, parecido al sordo retemblar de lejano trueno; las ondas sonoras se perdían poco a poco en las profundidades del abismo.

¿De dónde procedía aquel ruido? Sin duda de algún fenómeno que se verificaba en el seno de las capas terrestres. ¡Una explosión de gas, o el hundimiento de alguna caverna!

Quería saber si se reproducía aquel fenómeno, y continuó escuchando. Trascurrió un cuarto de hora. Profundo silencio reinaba en la galería. No escuchaba ni aun los latidos de mi corazón.

De pronto, aplicando por casualidad el oído al muro, creí escuchar palabras vagas, lejanas, casi imperceptibles. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo.

-Es una alucinación -pensé.

Pero no. Escuchando con más atención, oí distintamente un murmullo de voces, pero mi debilidad no me permitía comprender lo que decían. Sin embargo, estaba seguro de que hablaban.

Por un momento temí que aquellas palabras fueran las mías, repetidas por el eco. Tal vez había gritado sin saberlo.

Cerré fuertemente los labios y apliqué de nuevo el oído a la pared.

-Sí, ciertamente; ¡hablan!, ¡hablan!

Adelantándome algunos pies a lo largo del muro, oí distintamente, llegando a entender palabras extrañas. Parecíame que las pronunciaban en voz baja, como si las murmuraran, por decirlo así. La palabra forland la repetían muchas veces con acento de dolor.

¿Qué significaba? ¿Quién la pronunciaba? Evidentemente mi tío o Hans. Pero si yo los oía, ellos podían oírme también.

-¡Socorro! -exclamé con todas mis fuerzas- ¡Socorro!

Con anhelante atención escuchó por si llegaba hasta mí una respuesta, un grito, un suspiro. Nada se oyó. Pasaron algunos minutos. Un mundo de ideas se agitaba en mi mente, y creí que, debilitada mi voz, no podía llegar hasta mis compañeros.

-Ellos son -repetía yo-. ¿Qué otros hombres podían encontrarse a treinta leguas bajo tierra?

Volví a escuchar con atención, y al aplicar el oído al muro encontré el punto matemático en el que parecía oírse la voz en el máximum de intensidad. La palabra forlard llegó otra vez hasta mí, y después aquel ruido como de trueno que me sacó de mi abatimiento.

-No -dije- no. Esas voces no se oyen a través del muro. Este está formado de granito y no podría atravesarlo ni la detonación más fuerte. Este ruido llega por la galería. Preciso es que aquí se verifique algún extraño fenómeno acústico.

Escuché de nuevo, y esta vez ¡sí!, esta vez oí distintamente mi nombre lanzado a través del espacio.

¡Mi tío lo había pronunciado! Sin duda hablaba con el guía, y la palabra forlard era de lengua danesa.

Entonces lo comprendí todo. Para que pudieran oírme era preciso que hablara a lo largo del muro que servía de conductor de la voz, como el alambre conduce la electricidad.

No tenía tiempo que perder. Si mis compañeros se alejaban algunos pasos, cesaría el fenómeno acústico. Acerqueme, por lo tanto, al muro, y pronuncié estas palabras, tan distintamente como pude:

-¡Tío Lidenbrock!

Con la mayor ansiedad esperé. El sonido no se propaga con gran rapidez. La densidad de las capas de aire no aumenta la velocidad, sino solamente la intensidad. Pasaron algunos segundos, largos como siglos, y al fin llegaron estas palabras hasta mí:

-¡Axel, Axel! ¿Eres tú?

-¡Sí, sí! -respondí.

-¡Hijo mío! ¿Dónde estás?

-¡Perdido, en la más profunda oscuridad!

-Pero ¿y tu lámpara?

-¡Apagada!

-¿Y el arroyo?

-Ha desaparecido.

-¡Axel!, ¡mi pobre Axel, ten valor!

-¡Esperad, estoy extenuado! ¡No tengo fuerza para contestaros! ¡Pero habladme!

-Valor -continuó mi tío-. No hables, escúchame. Te hemos buscado subiendo y bajando la galería. No hemos podido encontrarte. ¡Ah!, ¡te he llorado mucho, hijo mío! Suponiendo que continuarías en el mismo camino que el arroyo, hemos bajado disparando nuestras armas. Si nuestras voces pueden sentirse ahora por un efecto de acústica, nuestras manos no pueden tocarse. ¡Pero no desesperes, Axel, algo es que podamos oírnos!

Mientras me hablaba mi tío, reflexionaba yo. Cierta esperanza, muy vaga aún, volvía a mi corazón. Había, sin embargo, una cosa que era de suma importancia saber. Acerqué los labios al muro, y dije:

-¡Tío!

-¿Hijo mío? -oí pasados algunos instantes.

-Necesitamos saber, ante todo, qué distancia nos separa.

-Es muy fácil.

-Pues bien, tomadle. Pronunciad mi nombre, observando exactamente el segundo en que lo hacéis. Yo lo repetiré en cuanto lo oiga, y observaréis igualmente el momento preciso en que oigáis mi respuesta.

-Bien, y la mitad del tiempo trascurrido entre la pregunta y la respuesta, será el que emplee mi voz en llegar hasta ti.

-Exactamente, tío.

-Pues bien, atención, voy a pronunciar tu nombre.

Apliqué el oído al muro, y en cuanto escuché la palabra Axel, respondí inmediatamente Axel, y enseguida esperé.

-Cuarenta segundos -dijo mi tío-. Han trascurrido cuarenta segundos entre las dos palabras; el sonido emplea, por lo tanto, veinte segundos en llegar hasta nosotros, y a mil veinte pies por segundo, hace veinte mil cuatrocientos pies, o sea, legua y media y un octavo.

-¡Legua y media! -murmuré.

-¡Bien se puede recorrer esa distancia, Axel!

-¿Pero se debe subir o bajar?

-Bajar, y oye por qué. Hemos llegado a un vasto espacio en el que desembocan muchas galerías; la que has seguido tú debe venir también aquí, porque parece que todas estas hendiduras del globo, son radios alrededor de la inmensa caverna que ocupamos nosotros. Levántate y ponte en marcha. Arrástrate si es preciso, déjate deslizar por las pendientes rápidas, y encontrarás nuestros brazos que te recibirán al fin del camino. ¡En marcha, hijo mío, en marcha!

Estas palabras me reanimaron.

-Adiós, tío mío -exclamé-; parto. No podremos escuchar ya nuestras voces en el momento en que me separe de este sitio. ¡Adiós, pues!

-¡Hasta la vista, Axel, hasta la vista!

Tales fueron las últimas palabras que oí.

Aquella extraña conversación verificada a través de la masa terrestre y a más de una legua de distancia, terminó con estas palabras de esperanza. Antes de ponerme en marcha, di gracias a Dios porque me había llevado por aquellas sombrías inmensidades, quizá el único punto donde podía escuchar la voz de mis compañeros.

Este asombroso efecto de acústica se explicaba mediante las leyes físicas, dimanando de la forma de la galería y de la conductibilidad de la roca. Hay ejemplos de estas propagaciones de sonidos que no son perceptibles en los espacios intermedios entre el punto de término y partida. Entonces recordé que este fenómeno se observó en la galería interior de la cúpula de la iglesia de San Pablo en Londres, y sobre todo en las curiosas cavernas de Sicilia y en los circos construidos cerca de Siracusa, de los que, el más maravilloso por este efecto, se conoce con el nombre de Oreja de Dionisio.

Estos recuerdos me hicieron comprender que, puesto que llegaba hasta mí la voz de mi tío, no debía existir obstáculo alguno entre nosotros. Siguiendo el camino del sonido, debía lógicamente llegar como él, si no me faltaban las fuerzas.

Levantome, pues, y empecé a caminar casi arrastrándome. La pendiente era bastante rápida y me dejó deslizar por ella.

Pronto creció en espantosa proporción la velocidad del descenso, amenazando convertirse en caída. No tenía fuerzas para detenerme.

De pronto faltó el terreno bajo mis pies, y sentí que rodaba rebotando en las asperezas de una galería vertical, un verdadero pozo. Mi cabeza chocó contra un agudo pico, y perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí, me encontré rodeado de semioscuridad, y acostado en blandas mantas. Mi tío velaba, espiando en mi rostro la más leve señal de vida. A mi primer suspiro me cogió la mano, y a mi primer mirada lanzó un grito de alegría.

-¡Vive! ¡Vive! -exclamó.

-Sí -respondí con débil voz.

-Hijo mío -dijo el profesor estrechándome contra su pecho- ¡estás a salvo!

El acento con que pronunció aquellas palabras, me impresionó vivamente, y sobre todo, los cuidados con que las acompañaba. Pero se necesitaban circunstancias tan extremas como aquellas para provocar en el profesor tanta ternura.

En aquel momento llegó Hans; vio mi mano en la de mi tío, y me atrevo a asegurar que sus ojos expresaron cierta alegría.

-Gog dag -dijo.

-Buenos días, Hans, buenos días -murmuré yo-. Y ahora decidme, tío, ¿dónde estamos?

-Mañana lo sabrás, Axel, mañana; hoy estás muy débil aún; te he puesto vendajes en la cabeza y es preciso que no los trastornes; duerme, hijo mío, mañana lo sabrás todo.

-Pero al menos decidme, ¿qué hora y qué día es?

-Las once de la noche; hoy es domingo 9 de agosto, y no te permito que me preguntes nada hasta mañana.

Verdaderamente estaba muy débil y mis ojos se cerraban involuntariamente. Necesitaba una noche de reposo.

Y quedé dormido con la idea de que mi aislamiento había durado cuatro días.

Cuando desperté a la mañana siguiente miré en derredor. Mi lecho, formado con todas nuestras mantas, estaba colocado en una gruta encantadora, adornada con magníficas estalactitas y con el suelo cubierto de fina arena. Reinaba en ella una semioscuridad. No había antorcha ni lámpara, y, sin embargo, cierta inexplicable claridad venía del exterior penetrando por la estrecha abertura de la gruta. Oía también una especie de murmullo vago e indefinible, parecido al ruido de las olas que rompen en la playa y algunas veces el silbido de la brisa.

Dudaba si estaba despierto, o si soñaba aún, o si conmovido mi cerebro por la caída, escuchaba ruidos puramente imaginarios. Sin embargo, no podían engañarse hasta aquel punto mis ojos y oídos.

-Es un rayo de la luz del día que penetra por esta abertura de las rocas, pensé yo. ¡Ese murmullo parece el de las olas! ¡Ese silbido es el del viento! ¿Me engañaré, o habremos vuelto a la superficie de la tierra? ¿Habrá renunciado mi tío a su expedición, o la habrá terminado felizmente?

Estas preguntas me hacía cuando entró el profesor.

-¡Buenos días, Axel! -dijo alegremente-. ¡Apuesto a que te encuentras bien!

-Bastante bien -dije incorporándome en el lecho.

-Así debía ser, porque has dormido con tranquilidad. Hans y yo te hemos velado alternativamente, y hemos visto progresar tu curación.

-En efecto, me siento con fuerzas, y la prueba es que aceptaría el desayuno.

-Comerás, hijo mío. Ya no tienes fiebre. Hans te ha puesto en las heridas no sé qué ungüento, cuyo secreto tienen los islandeses y se han cicatrizado maravillosamente. ¡Es un hombre precioso nuestro cazador!

Mientras hablaba me dio mi tío algunos alimentos que yo devoré a pesar de sus recomendaciones. Entre tanto, le abrumé con preguntas a las que se apresuró a responder.

Entonces supe que mi providencial caída me había llevado al extremo de una galería casi perpendicular, y como llegué entre un torrente de piedras de las que la menor hubiese bastado para aplastarme, fue preciso deducir que había caído conmigo una parte del terreno, Este espantoso vehículo me llevó a los brazos de mi tío, en los que caí ensangrentado y desvanecido.

-Es verdaderamente asombroso -dijo mi tío- que no te hayas matado mil veces. Pero no nos separemos más, por Dios, porque sería muy posible que no nos volviéramos a ver.

¡No nos separemos! ¿No había terminado el viaje? Yo abrí desmesuradamente los ojos, por lo que me preguntó mi tío:

-¿Qué tienes, Axel?

-Tengo que haceros una pregunta: ¿decís que estoy ya curado?

-Sin duda.

-¿Tengo todos los miembros intactos?

-Ciertamente.

-¿Y la cabeza?

-A excepción de algunas contusiones, se encuentra bastante bien, y en su puesto sobre los hombros.

-Pues bien, temo que mi cerebro esté trastornado.

-¿Trastornado?

-Sí. ¿No hemos vuelto a la superficie del globo?

-¡No!

-¡Entonces, preciso es que esté loco, porque veo la luz del día, oigo el silbido del viento y el ruido del mar!

-¡Ah! ¿No es más que eso?

-¿Me explicaréis?...

-No te explicaré nada, porque el hecho es inexplicable; pero verás y comprenderás que aún no ha llegado a su apogeo la ciencia geológica.

-Salgamos, pues -exclamé, levantándome bruscamente.

-No, Axel, no; el aire libre podría perjudicarte.

-¿El aire libre?

-Sí, es bastante violento en este instante. No quiero que te expongas así.

-Pero os aseguro que me encuentro muy fuerte.

-Un poco de paciencia, hijo mío. Una recaída nos perjudicaría mucho, y es preciso no perder tiempo, porque puede ser larga la travesía.

-¿La travesía?

-Sí, descansa hoy aún, y mañana nos embarcaremos.

-¿Nos embarcaremos?

Estas palabras me hicieron dar un salto.

¡Embarcarnos! ¿Teníamos, por ventura, a nuestra disposición algún río, algún lago, acaso un mar? Cuando mi tío vio que la impaciencia podía perjudicarme más que la satisfacción de mis deseos, cedió.

Me vestí rápidamente, envolviéndome en una manta por exceso de precaución, y salí de la gruta.

Al principio nada vi. No acostumbrados mis ojos a la luz desde mucho tiempo, se cerraban involuntariamente. Cuando pude abrirlos, quedé estupefacto.

-¡El mar! -exclamé.

-Sí -respondió mi tío- el mar Lidenbrock; creo que ningún navegante me disputará el honor de haberle descubierto y el derecho de darle mi nombre.

Una vasta extensión de agua, el principio de un lago o de un océano, se extendía más allá de los límites a que alcanzaba mi vista. La playa ofrecía a las últimas ondulaciones de las olas una arena fina, dorada y sembrada de esas pequeñas conchas en que vivieron los primeros seres de la creación. Las olas rompían con el sonoro murmullo peculiar a los inmensos espacios cerrados. El moderado soplo del viento levantaba ligeros copos de espuma, de los que algunos llegaban hasta mí. Sobre aquella playa ligeramente inclinada y a cien toesas de la línea de las olas, venían a morir los estribos de rocas que subían ensanchándose a inconmensurable altura. Algunas penetraban en el mar como agudas puntas, formando cabos y promontorios corroídos por la resaca. Más lejos podía seguir la vista el recortado perfil de las montañas sobre el brumoso fondo del horizonte.

Era aquel mar un verdadero océano, con el caprichoso contorno de las costas terrestres, pero desierto y de un aspecto terriblemente salvaje.

Mi vista podía extenderse a lo lejos sobre aquel mar, porque una luz especial iluminaba hasta sus menores detalles. No era ciertamente aquella luz la del sol con sus espléndidos rayos, ni tampoco la melancólica del astro de la noche, que solo es una reflexión sin calor. No. El poder luminoso de aquella luz, su temblorosa difusión, su blancura clara y seca, su escasa temperatura y su intensidad superior a la de la luna, revelaban evidentemente su origen eléctrico. Era como una aurora boreal, un fenómeno cósmico continuo, que llenaba aquella caverna capaz de encerrar un océano.

La bóveda suspendida sobre mi cabeza, el cielo, si se quiere llamar así, parecía formado por densas nubes, móviles vapores que, por efecto de la condensación, debían resolverse en ocasiones, en lluvias torrenciales. Hasta entonces creía yo que no era posible se evaporase el agua bajo tan fuerte presión atmosférica, y, sin embargo, por una razón física que no conocía, grandes nubes se extendían en el aire. Pero en aquel momento reinaba bonanza. Las ondas eléctricas producían asombrosos juegos de luz sobre las elevadas nubes. Densas sombras se dibujaban en las capas inferiores, y a veces un rayo de viva intensidad llegaba hasta nosotros por entre dos nubes separadas. Pero, en último caso, no era aquella la luz del sol, puesto que no venía acompañada de calor. El efecto de aquella claridad era muy triste y melancólico. En vez de un firmamento tachonado de estrellas, presentía sobre aquellas nubes una bóveda de granito que me agobiaba con su peso. Aquel espacio, por grande que fuera, no bastaría al paseo del satélite menos ambicioso.

Entonces recordé aquella teoría de cierto capitán inglés que comparaba la tierra a una inmensa esfera hueca, en cuyo interior era luminoso el aire por efecto de la presión, mientras que dos astros, Plutón y Proserpina, trazan allí sus misteriosas órbitas. ¿Resultaría verdadera esta hipótesis?

Estábamos realmente encerrados en una inmensa caverna. No podíamos juzgar de su anchura, porque la playa se iba ensanchando hasta perderse de vista, ni tampoco de su longitud, porque un horizonte algo indeciso detenía la mirada. En cuanto a su altura debía ser de muchas leguas. El ojo no podía descubrir dónde se apoyaba aquella bóveda en los muros de granito; pero las nubes debían estar a dos mil toesas de elevación, altura superior a la de los vapores terrestres, debida, sin duda, a la considerable densidad del aire.

La palabra caverna no es a propósito para denominar aquel inmenso espacio. Pero el lenguaje humano no basta al que penetra en los abismos del globo.

Además, no sabía por qué hecho geológico explicar aquella inmensa excavación. ¿Habría podido producirla el enfriamiento del globo? Conocía algunas cavernas célebres por relatos de viajeros; pero ninguna presentaba tales dimensiones.

Si la gruta de Guácharo, en Colombia, visitada por el barón de Humboldt, no había revelado el secreto de su profundidad al sabio que la reconoció en un espacio de dos mil quinientos pies, verosímilmente no se extendía mucho más. La inmensa caverna, del Mammouth, en Kentucky, presenta ciertamente gigantescas dimensiones, puesto que su bóveda se eleva quinientos pies sobre un lago insondable y los viajeros la recorren en un espacio de diez leguas sin encontrar el fin. ¿Pero qué son estas cavidades ante la que contemplaba entonces, con su cielo de vapores, sus irradiaciones eléctricas y un océano encerrado en su seno? Mi imaginación se confesaba impotente ante aquella inmensidad.

En silencio contemplaba aquellas maravillas. Faltábanme palabras para expresar mis sensaciones, y creía presenciar en un planeta lejano, Urano o Neptuno, fenómenos de los que no tenía conciencia mi naturaleza terrestre. Para expresar sensaciones nuevas necesitaba nuevas palabras, y mi imaginación no las producía. Con asombro mezclado de miedo, miraba y admiraba aquel espectáculo.

Lo imprevisto de la situación había traído a mi rostro los colores de la salud, estaba a punto de tratarme por medio del asombro y curarme en virtud de esta nueva terapéutica. Además, me reanimaba aquel aire denso que suministraba más oxígeno a mis pulmones.

Comprenderase fácilmente que después de un encierro de cuarenta y siete días en estrechas galerías, era para mí un verdadero goce aspirar aquella brisa cargada de emanaciones salinas.

Así es que no tuve por qué arrepentirme de haber abandonado mi oscura gruta. Acostumbrado ya mi tío a aquellas maravillas, no se asombraba.

-¿Te sientes con fuerzas para dar un paseo? -me preguntó.

-Sí -respondí-; nada me sería tan agradable.

-Pues bien, cógete de mi brazo, y sigamos las sinuosidades de la playa.

Acepté sin vacilar y empezamos a recorrer la costa de aquel nuevo océano. A mi izquierda abruptas rocas, colocadas unas sobre otras, formaban una aglomeración titánica de prodigioso efecto. Por sus flancos caían innumerables cascadas que se perdían formando límpidos y ruidosos torrentes. Algunas ligeras nubecillas de vapor indicaban entre las rocas el sitio de fuentes termales, y algunos arroyos corrían dulcemente hacia el recipiente común, buscando en las pendientes ocasión de levantar la voz.

Entre ellos reconocí nuestro fiel compañero de viaje, el Hans-bach que venía a perderse tranquilamente en el mar, como si no hubiera hecho otra cosa desde la creación del mundo.

-En adelante, ya no le tendremos -dije suspirando.

-¡Bah! -respondió el profesor- ¿qué importa que sea él u otro?

Aquella contestación me pareció algo ingrata.

Pero en aquel momento me llamó la atención un espectáculo inesperado. A quinientos pasos, después de rodear un elevado promontorio, apareció a mi vista una selva espesa y oscura. Los árboles que la componían, de medianas proporciones, formaban parasoles regulares y tenían los contornos marcados de un modo geométrico; las corrientes atmosféricas no parecían causar efecto en el follaje, permaneciendo inmóviles en medio de las ráfagas, como si estuvieran petrificados.

Al ver aquel bosque, apresuré el paso. Imposible me era dar nombre a aquellos extraños vegetales, puesto que no pertenecían a ninguna de las dos mil familias conocidas hasta entonces, y era necesario asignarles puesto especial en la flora de las vegetaciones lacustres. Pero cuando llegamos junto al bosque, mi sorpresa se trocó en admiración.

En efecto, nos encontrábamos ante productos enteramente terrestres, pero recortados por gigantesco patrón. Mi tío les dio inmediatamente su nombre.

-Es una selva de hongos -dijo.

Y no se engañaba. Enorme era el desarrollo de esas plantas propias de los sitios húmedos y cálidos. Sabía yo que el lycoperdon giganteum, llega, según Bulliard, a ocho o nueve pies de circunferencia; pero nosotros veíamos hongos blancos de treinta o cuarenta pies de alto, con un casquete de diámetro proporcional. Contábanse por millares. La luz no podía penetrar la densa sombra que producían, y completa oscuridad reinaba bajo aquellas cúpulas superpuestas como los redondos techos de una ciudad africana.

Sin embargo, quise penetrar más adelante. Mortal frío descendía de aquellas carnosas bóvedas. Durante media hora vagamos entre aquellas húmedas tinieblas, experimentando verdadero bienestar cuando volvimos a orilla de las olas.

Pero la vegetación de aquella comarca subterránea no estaba reducida a aquel bosque de hongos. Más lejos se elevaban grupos de numerosos árboles de hojas descoloridas. Fácil era reconocer que pertenecían a la clase de humildes arbustos de la tierra, con dimensiones fenomenales, licópodos de cien pies de altura, sigilarías gigantescas, helechos arborescentes tan grandes como los abetos de las altas latitudes, lepidodendrones de tallo cilíndrico y bifurcado, terminado por anchas hojas y erizados de rígidos pelos, como monstruosas plantas carnosas.

-¡Asombroso, magnífico, espléndido! -exclamó mi tío-. He aquí la flora de la segunda época del mundo, del período de transición. He aquí las humildes plantas de nuestros jardines que fueron árboles en los primeros siglos del globo. ¡Mira, Axel, mira! ¡Jamás botánico alguno presenció tan asombroso espectáculo!

-Tenéis razón, tío. Parece que la Providencia ha querido conservar en este inmenso invernadero estas plantas antediluvianas que la sagacidad de los sabios ha reconstruido con tan buena fortuna.

-Dices bien, hijo mío, esto es un invernadero; pero quizá lo calificarías mejor añadiendo que tal vez es una cueva de animales.

-¡Una cueva de animales!

-Sin duda. Mira ese polvo que pisamos, esas osamentas desparramadas por el suelo.

-¡Osamentas! -exclamé-. Es verdad, son huesos de animales antediluvianos.

Diciendo esto empecé a recoger algunos de aquellos restos formados de una sustancia mineral indestructible.

Y sin vacilar di su nombre propio a aquellos gigantescos huesos, que parecían troncos secos de árboles.

-He aquí la mandíbula inferior del mastodonte -decía-; he aquí los dientes molares del dinoterio; este es un fémur que solo puede haber pertenecido al más grande de todos estos animales, al megaterio. Sí, verdaderamente, es esto una cueva de animales, porque estas osamentas no pueden haber llegado hasta aquí por efecto de un cataclismo. Los animales a que pertenecieron han vivido en las costas de esta mar subterránea, a las sombras de estas plantas arborescentes. Esperad, veo esqueletos enteros. Y, sin embargo...

-¿Sin embargo? -dijo mi tío.

-No comprendo la presencia de semejantes cuadrúpedos en esta caverna de granito.

-¿Por qué?

-Porque la vida animal no existió sobre la tierra hasta el período secundario, cuando los aluviones formaron los terrenos de sedimento y reemplazaron a las rocas incandescentes de la época primitiva.

-Pues bien, Axel, se puede dar una respuesta muy sencilla a tu objeción; este terreno es sedimentario.

-¡Cómo!, ¡a tanta profundidad bajo la superficie de la tierra!

-Sin duda, y este hecho puede explicarse geológicamente. En cierta época, la tierra estuvo formada por una corteza elástica, sometida a movimientos alternativos de alto abajo, en virtud de las leyes de atracción. Probablemente, ocurrieron hundimientos y una parte de los terrenos sedimentarios cayeron al fondo de abismos súbitamente abiertos.

-Así debe ser. Pero si los animales antediluvianos han vivido en estas regiones subterráneas, ¿quién nos asegura que no vaga aún alguno de esos monstruos por esas oscuras selvas o detrás de las escarpadas rocas?

Al ocurrirme esta idea, interrogué con temerosa mirada los cuatro puntos del horizonte, pero ningún ser viviente apareció en las desiertas playas.

Como estaba bastante fatigado, fui a sentarme al extremo de un promontorio a cuyo pie rompían las olas con estrépito. Desde allí abrazaba con la vista toda aquella bahía que formaba una escotadura de la costa. En el fondo de esta había un pequeño puerto formado por rocas piramidales. Las aguas dormían en él al abrigo del viento. Un brick y dos o tres goletas hubieran podido fondear cómodamente allí. Parecíame que había de ver algún buque salir del puerto a toda vela y hacerse al mar impulsado por la brisa del sur.

Pero esta ilusión se disipó rápidamente. Éramos nosotros los únicos seres vivientes de aquel mundo subterráneo. Cuando calmaba el viento, se extendía sobre las áridas rocas y la superficie del mar un silencio más profundo que el del desierto. Entonces procuraba penetrar las lejanas nieblas y romper el velo que ocultaba el misterioso horizonte. ¡Cuántas preguntas se agolpaban a mis labios! ¿A dónde terminaba aquella mar? ¿A dónde conducía? ¿Podríamos reconocer alguna vez la opuesta orilla?

Mi tío no dudaba de ello y yo lo deseaba y temía a la vez.

Después de contemplar por espacio de una hora aquel maravilloso espectáculo, volvimos a emprender el camino de la gruta, y bajo la impresión de extraños pensamientos quedé profundamente dormido.

Al día siguiente desperté completamente curado, y creyendo que me sería provechoso un baño, fui a sumergirme durante algunos minutos en las aguas de aquel Mediterráneo, que indudablemente merecía este nombre mejor que otro alguno.

Cuando volví para almorzar, sentía grande apetito. Hans estaba preparando nuestros frugales alimentos y, como tenía agua y fuego a su disposición, pudo variar algo nuestros platos. A los postres nos sirvió algunas tazas de café, que jamás me pareció tan excelente.

-Ha llegado la hora de la marea -dijo mi tío- y es preciso no perder la ocasión de estudiar este fenómeno.

-¡Cómo!, ¡la marea! -exclamé.

-Sin duda.

-¿Se siente aquí la influencia de la luna y del sol?

-¿Por qué no? ¿No están sujetos los cuerpos en su conjunto a la gravitación universal? Esta masa de agua no puede estar fuera de la ley general. Así es que, no obstante, la presión atmosférica que sufre su superficie, la vas a ver levantarse del mismo modo que el Atlántico.

En aquel momento pisábamos la arena de la playa, y las olas ganaban altura por momentos.

-¡Ya comienza la marea! -exclamé.

-Sí, Axel, y por esta línea de espuma puedes conocer que la mar se eleva diez pies lo menos.

-¡Esto es maravilloso!

-No, es natural.

-No digáis eso, tío; todo me parece extraordinario, y apenas me atrevo a creer a mis ojos. ¿Quién hubiera imaginado jamás que existe bajo la corteza terrestre un verdadero océano, con su flujo y reflujo, sus brisas y tempestades?

-¿Por qué no? ¿Hay alguna razón física que se oponga a ello?

-No la veo, desde el momento en que hay que abandonar la teoría del calor central.

-Así, pues, hasta ahora está justificada la teoría de Davy.

-Evidentemente, y no puedo contradecir la existencia de mares y continentes en el interior del globo.

-Sin duda; pero deshabitados.

-¿Y por qué no han de albergar esas aguas peces de especies desconocidas?

-En todo caso, hasta ahora no hemos visto ninguno.

-Pero podemos construir anzuelos y ver si son tan afortunados aquí como en los océanos sublunares.

-Trataremos de hacerlo, Axel, porque es preciso penetrar todos los secretos de estas nuevas regiones.

-¿Pero dónde estamos? Porque aún no os lo he preguntado, y debéis saberlo por vuestros instrumentos.

-Horizontalmente, a trescientas cincuenta leguas de Islandia.

-¿Tan lejos?

-Estoy seguro de no equivocarme en quinientas toesas.

-¿Y la brújula continúa indicando el sudeste?

-Sí, con una declinación occidental de diecinueve grados y cuarenta y dos minutos, absolutamente lo mismo que en la tierra. Pero ocurre en la inclinación un fenómeno muy curioso que he observado cuidadosamente.

-¿El qué?

-Que la aguja se levanta en vez de inclinarse hacia el polo, como hace en el hemisferio boreal.

-De lo que se debe deducir que el punto de atracción magnética está comprendido entre la superficie del globo y el sitio en que nos encontramos.

-Precisamente, y es probable que si nos aproximamos a las regiones polares, cerca del paralelo setenta, donde descubrió James Ross el polo magnético, veamos levantarse verticalmente la aguja. De lo que resulta que ese misterioso centro de atracción no se encuentra a considerable profundidad.

-En efecto, y he ahí un hecho que no ha sospechado la ciencia.

-La ciencia, hijo mío, tiene errores; pero errores que es bueno conocer, porque poco a poco llevan al conocimiento de la verdad.

-¿Y a qué profundidad nos encontramos?

-A treinta y cinco leguas.

-De modo -dije consultando el mapa- que tenemos sobre nosotros la parte montañosa de Escocia y los montes Grampianos que elevan allí a prodigiosa altura su nevada cumbre.

-Sí -respondió riendo el profesor-. Algo pesan esas montañas; pero la bóveda es sólida, el grande arquitecto del universo la ha construido con buenos materiales, y jamás el hombre hubiera podido darle tanta elevación. ¿Qué son los arcos de los puentes y catedrales al lado de esta nave de tres leguas de radio, bajo la cual se extiende un océano y pueden desencadenarse las tempestades?

-¡Oh!, no temo que se desplome ese cielo sobre nuestra cabeza. ¿Pero cuáles son vuestros proyectos en la actualidad, querido tío? ¿No pensáis volver a la superficie de la tierra?

-¡Volver! ¡De ningún modo! Continuaremos nuestro viaje, puesto que tan bien se ha presentado todo hasta ahora.

-Sin embargo, no veo cómo hemos de atravesar esa líquida llanura.

-No pretendo arrojarme de cabeza a ella. Pero si, hablando con propiedad, los océanos no son más que lagos, puesto que están rodeados de tierra, con mayor razón debe estar circunscrita por costas esta mar interior.

-No se puede dudar.

-¡Pues bien! Estoy seguro de encontrar salidas en la otra orilla.

-¿Qué latitud suponéis a este océano?

-Treinta o cuarenta leguas.

-¡Ah! -exclamé sospechando que podía ser inexacta aquella apreciación.

-Así es que no tenemos tiempo que perder y desde mañana nos haremos a la mar.

Involuntariamente, busqué con la vista el buque que debía trasportarnos.

-¡Ah! -dije- nos embarcaremos. ¡Bien! ¿Y en qué buque tomaremos pasaje?

-No será en un buque, hijo mío, sino en una buena y sólida balsa.

-¡Una balsa! -exclamé-. Tan imposible es construirla como un buque, y no veo...

-¡No ves, Axel, pero si escucharas podrías oír!

-¿Oh?

-Sí, ciertos martillazos que te indicarían que está ya trabajando Hans.

-¿Está construyendo una balsa?

-Sí.

-¡Cómo! ¿Ha derribado ya los árboles con el hacha?

-¡Oh!, estaban ya en el suelo. Ven y verás la obra.

Después de un cuarto de hora de marcha por el otro lado del promontorio que formaba el puentecillo, vi a Hans trabajando. Cuando llegué a su lado, con gran sorpresa vi sobre la arena una balsa a medio hacer, formada con palos de una madera particular; gran número de tablas y otras piezas sembraban el suelo. Había allí materiales para construir una escuadra.

-Tío -exclamé-, ¿qué madera es esta?

-Pino, abeto, álamo, todas las especies de coníferas del norte, mineralizadas por la acción del mar.

-¿Es posible?

-Esto es lo que se llama surtarbrandur o madera fósil.

-Pero en ese caso ocurrirá como con el lignito; tendrá la dureza de la piedra y no podrá flotar.

-Algunas veces ocurre eso; algunos de estos maderos se han convertido en verdaderas antracitas; pero otros, como por ejemplo estos, solo han experimentado un principio de transformación fósil. Mira -añadió mi tío arrojando al mar un pedazo de aquella madera, que después de sumergirse volvió a la superficie oscilando a merced de las olas- ¿estás convencido?

-Sobre todo, estoy convencido de que no es creíble lo que veo.

Gracias a la habilidad del guía, la balsa estuvo terminada en la tarde del día siguiente: sus dimensiones eran diez pies de longitud por cinco de latitud; atados con fuertes cuerdas los maderos, presentaban una superficie sólida, y una vez botada nuestra improvisada embarcación, flotó tranquilamente sobre las aguas del mar Lidenbrock.

El 13 de agosto despertamos muy temprano. Tratábase de inaugurar un nuevo género de locomoción tan rápido como cómodo.

Un mástil formado con dos palos unidos, una verga hecha con otro y una manta trasformada en vela, constituían todo el aparejo de la balsa. Como no carecíamos de cuerdas, habíamos podido fijarlo todo con solidez.

A las seis dispuso el profesor que nos embarcáramos. Los víveres, bagajes, instrumentos, armas y considerable cantidad de agua dulce recogida en las rocas, estaban colocados ya en la balsa.

Hans había construido un timón que le permitía gobernar el flotante aparato. Empuñó la caña, yo solté la amarra que nos sujetaba a la costa, largamos la vela, y rápidamente salimos al mar.

En el momento de dejar el puertecillo, mi tío, que tenía grande interés en la nomenclatura geográfica, quiso darle un nombre eligiendo el mío.

-No -dije yo-; tengo otro que proponeros.

-¿Cuál?

-El de Grauben. Puerto Grauben; este nombre hará bien en el mapa.

-Vaya por Puerto Grauben.

Y de este modo quedó unido a nuestra aventurera expedición el nombre de mi linda virlandesa.

La brisa soplaba del nordeste, y navegábamos viento en popa con gran velocidad. Las densas capas de la atmósfera tenían considerable fuerza y obraban sobre la vela cual poderoso ventilador.

Al cabo de una hora, mi tío había podido apreciar exactamente nuestra velocidad.

-Si continuamos navegando así -dijo- adelantaremos lo menos treinta millas cada veinticuatro horas, y no tardaremos en llegar a la orilla opuesta.

No contesté y fui a colocarme en la proa de la balsa. La costa septentrional empezaba a confundirse ya en el horizonte. Los dos brazos de la costa se abrían anchamente como para facilitar nuestra partida. Ante mis ojos se descubría inmensa extensión de mar. Grandes nubes proyectaban sobre la superficie del agua sus sombras grises. Los argentinos rayos de la luz eléctrica, reflejados en algunos puntos por las gotas que saltaban en la estela, formaban puntos luminosos que seguían a nuestra embarcación, Pronto perdimos de vista las costas y sin la espumosa estela que dejaba la balsa, hubiera podido creer que no se movía.

Cerca de mediodía, vimos inmensas algas ondular sobre el agua. Conocía la potencia de vegetación que poseen estas plantas, que se desarrollan a una profundidad de más de doce mil pies en el fondo de los mares, se reproducen bajo presiones de cuatrocientas atmósferas y frecuentemente forman bancos bastante considerables para estorbar la marcha de los buques; pero creo que jamás hubo algas tan gigantescas como las del mar Lidenbrock.

Nuestra balsa pasó junto a algunas de tres y cuatro mil pies, inmensas serpientes que ondulaban hasta perderse de vista; experimentaba algún placer en seguir con los ojos aquellas cintas sin fin, creyendo constantemente que iba a encontrar sus extremos, pero pasaban horas enteras sin conseguirlo, cosa que aumentaba mi asombro.

¡Cuán grande debía ser la fuerza natural que produjera aquellas plantas, y cuán magnífico debió ser el aspecto de la tierra en los primeros siglos de su formación, cuando bajo la acción del calor y la humedad, solamente se desarrollaba en su superficie el reino vegetal!

Llegó la tarde, y conforme había observado la víspera, no sufrió disminución alguna el estado luminoso del aire. Aquel resplandor era un fenómeno constante, con cuya duración podíamos contar.

Después de cenar me acosté al pie del palo, y no tardé en quedar dormido entre indolentes pensamientos.

Inmóvil Hans en el timón, dejaba correr la balsa, que, por otra parte, impulsada viento en popa, no necesitaba dirección.

Desde nuestra partida de Puerto Grauben, el profesor Lidenbrock me había encargado llevar el diario de a bordo y anotar hasta las menores observaciones, consignar los fenómenos interesantes, la dirección del viento, la velocidad de la marcha, la distancia recorrida, en una palabra, todos los incidentes de nuestra extraña navegación.

Me limitaré, por lo tanto, a reproducir aquellas notas diarias, escritas bajo el dictado de los acontecimientos, por decirlo así, con objeto de hacer exacto relato de nuestra travesía.

Viernes, 14 de agosto.- Brisa igual del NO. La balsa marcha con rapidez y en línea recta. La costa queda a treinta leguas a sotavento. Nada se descubre en el horizonte. La intensidad de la luz no varía. Buen tiempo, es decir, que las nubes están muy elevadas, son poco densas y se ven bañadas en una atmósfera blanca, como si estuviese formada de plata en fusión.

Termómetro: 32 °C

A mediodía dispuso Hans un anzuelo al extremo de una cuerda, lo cebó con un pedacito de carne y lo echó al mar. Durante dos horas nada cogió. ¿Estarían inhabitadas aquellas aguas? No. Verificose una sacudida, y Hans tirando de la cuerda, sacó un pez que se agitaba violentamente.

-¡Un pez! -exclamó mi tío.

-¡Es un esturión! -exclamé yo a mi vez-. ¡Un esturión pequeño!

El profesor le miró atentamente y no convino conmigo. Aquel pez tenía la cabeza deprimida y la parte anterior del cuerpo cubierta de placas óseas; su boca carecía de dientes y sus natatorios pectorales muy desarrolladas estaban unidas al cuerpo desprovisto de cola. Aquel pez pertenecía sin duda al orden en que colocan los naturalistas al esturión, pero se diferenciaba de él por caracteres bastante esenciales.

Mi tío no se engañó, porque después de breve examen, dijo:

-Este pez pertenece a una familia extinguida siglos ha, y de la que solo se encuentran indicios fósiles en los terrenos devonianos.

-¡Cómo! -dije yo-. ¿Habremos conseguido coger vivo uno de los habitantes de los mares primitivos?

-Sí -respondió el profesor, continuando sus observaciones-; y ya ves que esos peces fósiles no tienen identidad alguna con las especies actuales. Así es que obtener vivo uno de estos seres es una verdadera felicidad para el naturalista.

-Pero ¿a qué familia pertenece?

-Al orden de los ganoideos, familia de los cefalaspídeos, género...

-¿Y bien?

-Género de los Pterichthys, según me parece. Pero este ofrece una particularidad que se encuentra, según dicen, en los peces de las aguas subterráneas.

-¿Cuál?

-Que es ciego.

-¡Ciego!

-No solamente ciego, sino que carece absolutamente de órganos de visión.

Examiné el pez y vi que era exacto lo que decía mi tío. Pero tal vez fuera aquel un caso particular. Cebamos de nuevo el anzuelo y lo arrojamos al mar. Aquel océano era muy abundante en pesca, porque en dos horas cogimos gran cantidad de Pterichthys y de otros peces pertenecientes también a una familia extinguida, la de los Dipterides; pero cuyo género no pudo reconocer mi tío. Todos carecían del órgano de la vista. Aquella inesperada pesca renovó felizmente nuestras provisiones.

Parecía cosa probada que aquella mar solo encerraba especies fósiles en la superficie de la tierra, siendo tanto más perfectos los peces y reptiles que pertenecían a ellas, cuanto más antigua es su creación.

¿Encontraríamos algunos de esos saurios que ha reconstruido la ciencia con un pedazo de hueso o de cartílago?

Cogí el anteojo y examiné el mar. Estaba desierto. Sin duda estábamos aún muy cerca de las costas.

Miré a lo alto creyendo que alguna de las aves reconstruidas por el inmortal Cuvier agitaría con las alas aquellas pesadas capas atmosféricas; los peces les hubieran proporcionado suficiente alimento; pero el espacio estaba tan desierto como las costas.

Sin embargo, la imaginación me llevó a las maravillosas hipótesis de la paleontología, y soñé despierto. Creí ver en la superficie de las aguas aquellos enormes quersitos, tortugas antediluvianas, parecidas a flotantes islotes. Sobre las sombrías playas creí que pasaban los grandes mamíferos de los primeros días, el leptoterio, encontrado en las cavernas del Brasil, el mericoterio, venido de las heladas regiones de la Siberia. El paquidermo lofiodon, ese gigantesco tapir, se ocultaba más lejos tras de las rocas, dispuesto a disputar su presa al anoploterio, extraño animal, que participaba de los caracteres del rinoceronte, del caballo, del hipopótamo y del camello, como si demasiado apresurado el Criador en las primeras horas del mundo, hubiera querido reunir muchos animales en uno solo. Parecíame ver al mastodonte gigante agitando la trompa y taladrando con sus defensas las rocas de la costa, mientras que el megaterio, apoyado en sus enormes patas, horadaba la tierra, despertando con sus rugidos el eco de los sonoros granitos.

Más lejos trepaba a la copa de los árboles el protopiteco, primer mono que apareció en la superficie del globo, y más lejos aún el pterodáctilo de aladas manos, se desliza como un murciélago enorme por entre el aire comprimido. En fin, en las últimas capas, inmensas aves, más poderosas que el casuar y más grandes que el avestruz, desplegaban sus anchas alas subiendo hasta tocar con la cabeza en la bóveda de granito.

Todo este mundo fósil renacía en mi imaginación. Me había remontado a las épocas bíblicas de la creación, mucho antes del nacimiento del hombre, cuando incompleta la tierra no podía bastarla aún. Mi sueño me hacía elevarme a épocas anteriores a la de los seres animados. Desaparecían los mamíferos, después las aves, después los reptiles de la época secundaria, y últimamente los peces, los crustáceos, los moluscos y los articulados. Los zoófitos del período de transición desaparecieron a su vez. Toda la vida de la tierra se reconcentraba en mí, y mi corazón palpitaba solo en aquel mundo desierto. No había estaciones; no había climas; el calor propio del globo aumentaba sin cesar, neutralizando el del astro del día. La vegetación se exageraba. Yo pasaba como una sombra entre helechos arborescentes, hollando a mi paso las irisadas margas y abigarradas arcillas del suelo; me apoyaba en el tronco de inmensas coníferas, y descansaba a la sombra de sfenófilos, asterófilos y licópodos de cien pies de elevación.

¡Los siglos pasan como los días! Remonto la serie de las trasformaciones terrestres. Desaparecen las plantas; pierden su dureza las rocas graníticas; bajo la acción de un calor más intenso, el estado líquido va a reemplazar al sólido; corren las aguas por la superficie del globo; hierven, se volatilizan; los vapores envuelven la tierra, que poco a poco se convierte en una masa gaseosa, con la temperatura del hierro enrojecido hasta el blanco, tan grande como el sol y tan brillante como él.

En el centro de esta nebulosa, un millón cuatrocientas mil veces mayor que el globo que ha de formar, me veo arrastrado a los espacios planetarios. Mi cuerpo se sutiliza, se sublima a su vez, y se mezcla como un átomo imponderable a esos inmensos vapores que trazan en el infinito sus inflamadas órbitas.

¡Qué sueño! ¿A dónde me llevó? ¡Mi mano febril trazó extraños detalles sobre el papel! ¡Todo lo olvidé, al profesor, al guía y a la balsa! De mi espíritu se apoderó una alucinación...

-¿Qué tienes? -dijo mi tío.

Mis ojos, completamente abiertos, se fijaron en él sin verle.

-¡Ten cuidado, Axel, vas a caer al mar!

Al mismo tiempo me cogió vigorosamente Hans. Sin él hubiera caído al agua.

-¿Pero estás loco? -exclamé el profesor.

-¿Qué sucede? -dije al fin, recobrando el conocimiento.

-¿Estás malo?

-No; he tenido un momento de alucinación, pero ya ha pasado. ¿Continúa todo bien?

-¡Sí!, ¡buena brisa, mar bella! Marchamos con rapidez, y si no me engaño, no podemos tardar en encontrar tierra.

Al oír estas palabras, me levanté y miré al horizonte, pero la línea del agua continuaba confundiéndose con la de las nubes.

Sábado, 15 de agosto.- La mar conserva su monótona uniformidad. No se ve tierra. El horizonte parece muy lejano.

Tengo la cabeza pesada aún a consecuencia de mi sueño.

Mi tío no ha soñado, pero está de mal humor. Recorre todos los puntos del espacio con su anteojo, y se cruza de brazos con despecho.

Observo que el profesor Lidenbrock va a volver a sus impaciencias y consigno el hecho en mi diario. Necesarios fueron mis peligros y sufrimientos para despertar en él sentimientos humanitarios, pero desde mi curación, ha vuelto a manifestarse su carácter. Y, sin embargo, ¿por qué se impacienta? ¿No se realiza nuestro viaje en favorables condiciones? ¿No navega la balsa con maravillosa rapidez?

-¿Parecéis inquieto, tío? -le dije, viendo que llevaba repetidas veces el anteojo a la vista.

-¿Inquieto? No.

-Impaciente entonces.

-Motivo hay.

-Sin embargo, caminamos con una velocidad...

-¿Qué me importa? No es pequeña la velocidad, pero la mar es demasiado grande.

Entonces recordé que, antes de partir, apreciaba el profesor en unas treinta leguas la anchura de aquel océano subterráneo. Habíamos recorrido una distancia tres veces mayor y aún no descubríamos las costas del sur.

-¡No bajamos ya! -añadió el profesor-. Todo esto es tiempo perdido y no he venido aquí a dar un paseo por un estanque.

¡Llamar paseo a la travesía, y al mar, estanque!

-Pero habiendo seguido el camino indicado por Saknussemm... dije yo:

-Esa es la cuestión. ¿Hemos seguido ese camino? ¿Encontró Saknussemm este mar? ¿Lo atravesó?

¿Ese arroyo que tomamos por guía nos habrá extraviado?

-En todo caso, no podemos sentir haber llegado hasta aquí. Este espectáculo es magnífico, y...

-No se trata de ver. Me he propuesto un objeto y quiero conseguirlo. ¡No me hables de espectáculos!

Me tuve por advertido y dejé al profesor que se royera las uñas con impaciencia. A las seis de la tarde reclamó Hans su paga, y mi tío le entregó los seis rixdales.

Domingo, 16 de agosto.- Nada nuevo ocurre. Igual tiempo. El viento tiende ligeramente a refrescar. Al despertarme, mi primer cuidado es observar la intensidad de la luz. Temo continuamente que se debilite y se extinga por cesar el fenómeno eléctrico que la produce, pero nada de esto sucede. La sombra de la balsa se marca con precisión sobre el agua.

¡Verdaderamente este mar no tiene límites! Debe tener la anchura del Mediterráneo o tal vez del Atlántico. ¿Por qué no?

Mi tío sondea las aguas repetidas veces. Para hacerlo ata uno de nuestros pesados picos a una cuerda que deja correr hasta doscientas brazas. Pero no encuentra fondo. Nos cuesta gran trabajo recoger la cuerda.

Cuando subió el pico a bordo, nos hace observar Hans profundas señales en su superficie. Diríase que este pedazo de hierro ha sido vigorosamente oprimido entre dos cuerpos duros.

Yo miré al cazador.

-Tänder -dijo.

No le comprendí y me volví hacia mi tío completamente absorto en sus reflexiones. No quise distraerle y volví a mirar al islandés, que abriendo y cerrando repetidas veces la boca, me hizo comprender su pensamiento.

-¡Dientes! -dije estupefacto mirando con más atención la barra de hierro.

Sí, son huellas de dientes. Las mandíbulas que han hecho esto deben tener prodigiosa fuerza. ¿Acaso algún monstruo de las especies perdidas, más voraz que el tiburón y más temible que la ballena, se agita en las profundas aguas? No podía separar la vista de aquella barra medio corroída. ¿Se convertirá en realidad mi sueño?

Estos pensamientos me agitaron durante el día, y apenas calmó mi imaginación un sueño de algunas horas.

Lunes, 17 de agosto.- Trato de recordar los instintos particulares de los animales antediluvianos de la época secundaria, que, sucediendo a los moluscos, a los crustáceos y a los peces, precedieron a la aparición de los mamíferos en la superficie del globo. El mundo pertenecía entonces a los reptiles. Aquellos monstruos eran los soberanos de los mares jurásicos. La naturaleza les había dotado de organización perfecta. Su estructura era gigantesca, prodigiosa su fuerza. Los actuales saurios, caimanes o cocodrilos, los más grandes y terribles, solo son pequeñas reducciones de sus padres de la primitiva edad.

Me estremecía al recuerdo de aquellos monstruos. Ningún ojo humano los ha visto vivos. Mil siglos antes que el hombre, aparecieron sobre la tierra, pero sus osamentas fósiles, encontradas en las calizas arcillosas que los ingleses llaman lias, han permitido reconstruirles anatómicamente y conocer su colosal formación.

Había visto en el Museo de Hamburgo el esqueleto de uno de estos saurios que media treinta pies de longitud. ¿Estaría destinado yo, habitante de la tierra, a encontrarme frente a frente con los representantes de una familia antediluviana? ¡No!, ¡imposible! Sin embargo, la marca de los poderosos dientes grabada en la barra de hierro, lo hacía temer, y en la huella que dejaron había conocido que eran cónicos como los del cocodrilo.

Con terror dirigía la vista al mar. Temía ver salir a la superficie uno de aquellos habitantes de las cavernas submarinas.

El profesor Lidenbrock debía participar de mis ideas, si no de mis temores, porque después de examinar el pico, extendió a lo lejos la vista por el océano.

-¡Endiablada idea de sondear! -exclamé en mi interior-. ¡Habrá turbado el reposo de algún animal y si no nos ataca en el camino!...

Pensando así, miré a las armas, asegurándome de que se encontraban en buen estado. Mi tío me vio y me aprobó con un gesto.

Las extensas ondulaciones de la superficie del agua indicaban la conmoción de las capas profundas. El peligro se acercaba, preciso era vigilar.

Martes, 18 de agosto.- Llegó la noche, o mejor dicho, el momento en que el sueño cierra nuestros párpados, porque no hay noche en este océano y la implacable luz fatiga nuestros ojos como si navegásemos bajo el sol de los mares árticos. Hans está en el timón. Durante su cuarto quedo dormido yo.

Dos horas después me despertó una sacudida espantosa. La balsa había sido levantada fuera del agua con indescriptible fuerza y arrojada a veinte toesas de distancia.

-¿Qué ocurre? -gritó mi tío-. ¿Hemos chocado en algún escollo?

Hans señaló entonces a doscientas toesas de distancia, una masa negra que subía y bajaba alternativamente. Yo miré y exclamé:

-¡Es un marsuino colosal!

-Sí -dijo mi tío-; y mira ahora aquel lagarto de extraordinaria magnitud.

-¡Y más lejos un cocodrilo monstruoso! Mirad su terrible mandíbula y la línea de dientes que la guarnecen. ¡Ah!, ¡ya ha desaparecido!

-¡Una ballena! ¡Una ballena! -exclamó entonces el profesor-. ¡Veo sus enormes aletas y el agua que arroja por sus fosas nasales!

En efecto, dos columnas líquidas se elevaban a considerable altura sobre la superficie del mar. ¡Ante aquellos monstruos marinos quedamos sorprendidos, estupefactos, aterrados! Todos tenían gigantescas proporciones y el menor de ellos destrozaría la balsa de un coletazo. Hans quiso ceñir el viento para alejarnos más pronto de aquellos peligrosos parajes, pero vio al lado opuesto otros enemigos no menos temibles y una tortuga de cuarenta pies de ancha, una serpiente de treinta que levantaba su enorme cabeza sobre las olas.

Imposible huir. Aquellos reptiles se acercaban, giraban en derredor de la balsa con rapidez superior a la de los trenes de gran velocidad; al verlos trazar círculos concéntricos en torno nuestro, empuñé la carabina. Pero ¿qué efecto había de producir una bala en las escamas de que estaba cubierto el cuerpo de aquellos animales?

El miedo nos hacía enmudecer. ¡Los monstruos se acercan! Por un lado, el cocodrilo, por otro, la serpiente. Los otros animales marinos han desaparecido. Iba a hacer fuego, cuando me detuvo Hans. Los dos monstruos pasaron a cincuenta toesas de la balsa, precipitándose uno contra otro, sin vernos en su furor.

A cien toesas de la balsa se trabó el combate. Distintamente, veíamos atacarse a los dos monstruos.

En aquel momento me pareció que tomaban parte en la lucha los otros animales, el marsuino, la ballena, el lagarto y la tortuga. A cada momento los veía. Los indiqué al islandés, y este movió la cabeza negativamente.

-Två -dijo.

-¡Qué! ¡Dos! Pretende que dos animales solamente...

-Tiene razón -exclamó mi tío, que no había separado el anteojo del combate.

-¡Imposible!

-Sí, el primero de esos monstruos tiene el hocico de marsuino, la cabeza de lagarto y los dientes de cocodrilo; eso es lo que nos ha engañado. Es el más temible de los reptiles antediluvianos; ¡el ictiosauro!

-¿Y el otro?

-El otro es una serpiente oculta en el caparazón de una tortuga, el terrible enemigo del primero, ¡el plesiosauro!

Hans tenía razón. Dos monstruos solamente agitaban la superficie del mar, y ante los ojos tenía dos reptiles de los océanos primitivos. Veía distintamente el ensangrentado ojo del ictiosauro, tan grueso como la cabeza del hombre. La naturaleza le ha dotado de un aparato de óptica, de extraordinaria fuerza, capaz de resistir la presión de las capas de agua en las profundidades que habita. Con razón se le ha llamado la ballena de los saurios, porque tiene sus dimensiones y rapidez. El que veíamos no tenía menos de cien pies, pudiendo juzgar de su magnitud cuando levantaba sobre el agua las aletas verticales de la cola. Su mandíbula era enorme, y, según los naturalistas, no contaría menos de ochenta y dos dientes.

El plesiosauro, serpiente de cuerpo cilíndrico y cola corta, tiene las extremidades dispuestas en forma de remo. Su cuerpo está completamente cubierto de un caparazón, y su cuello, tan flexible como el del cisne, se levanta a treinta pies sobre la superficie del agua.

Aquellos animales se atacaban con indescriptible furia, levantando montañas de agua que alcanzaban a la balsa. Veinte veces estuvimos a punto de zozobrar. Oíamos silbidos de prodigiosa intensidad. Los dos monstruos están tan entrelazados, que no se les puede distinguir separadamente. Todo se debe temer de la rabia del vencedor.

Dos horas trascurrieron así, continuando la lucha con igual encarnizamiento.

Los combatientes se acercan y se alejan alternativamente de la balsa. Nosotros estábamos inmóviles, y dispuestos a hacer fuego.

Repentinamente, el ictiosauro y el plesiosauro desaparecieron, abriendo un verdadero abismo en el seno de las olas. Trascurrieron algunos minutos, ¿Irían a terminar la lucha en las profundidades del mar?

De pronto salió del agua una cabeza enorme, la del plesiosauro. El monstruo estaba herido de muerte. Ya no veía yo su inmenso caparazón. Solamente su largo cuello se levanta, cae, se encorva y azota las olas, cual gigantesco látigo, y se retuerce como un gusano cortado. El agua salta a considerable distancia. La espuma nos ciega. Pero muy pronto toca a su fin la agonía del reptil, disminuyen sus movimientos, cesan sus contorsiones, y el enorme cuerpo de la serpiente queda como una masa inerte sobre las tranquilas olas.

¿Habría vuelto el ictiosauro a su caverna submarina, o reaparecería en la superficie de las olas?

Miércoles, 19 de agosto.- Felizmente, el viento que sopla con violencia nos ha permitido huir con rapidez del teatro de la lucha. Hans continúa dirigiendo el timón, y mi tío, a quien los incidentes del combate habían distraído de sus constantes ideas, vuelve a su impaciente contemplación del mar.

Continúa el viaje con su monótona uniformidad, la que por mi parte no deseo ver alterada al precio de los peligros de ayer.

Jueves, 20 de agosto.- Brisa NNE bastante desigual; temperatura elevada. Marchamos con velocidad de tres leguas y media por hora.

Hacia el mediodía se oye un ruido muy lejano, y consigno aquí este hecho sin poder explicarle. Parece un continuo mugido.

-Sin duda -dijo el profesor- existe a lo lejos alguna roca o algún islote en el cual se rompen las olas.

Hans sube a lo alto del palo, pero no señala ningún escollo. El océano continúa unido hasta la línea del horizonte.

Pasan tres horas. Los mugidos provienen, al parecer, de una lejana caída de agua.

Se lo hago notar a mi tío que mueve la cabeza en sentido negativo, y, sin embargo, yo estoy convencido de que no me engaño. Corremos hacia alguna catarata que nos precipitará en el abismo. Esta manera de descender, por lo que se aproxima a la vertical, es posible que agrade al profesor; lo que es a mí...

En todo caso es seguro que debe haber a algunas leguas de distancia un fenómeno ruidoso, porque los mugidos se oyen ahora con gran violencia. ¿Vienen del cielo o del océano?

Dirijo la vista a los vapores suspendidos en la atmósfera, y procuro sondear su profundidad. El cielo está tranquilo y las nubes elevadas a lo más alto de la bóveda, parecen inmóviles, perdiéndose en la intensa irradiación de la luz. Es, pues, necesario buscar en otra parte la causa de aquel fenómeno.

Examino entonces el horizonte, puro y limpio de todo celaje. Su aspecto no ha cambiado. Si el ruido lo produce una caída, una catarata, si todo este océano se precipita en una cavidad inferior, si los mugidos los produce una masa de agua que cae, la corriente debe activarse y su creciente velocidad me dará idea del peligro que nos amenaza. Consulto la corriente, es nula. Una botella vacía que arrojo al agua permanece sin movimiento.

Hacia las cuatro Hans se levanta y sube hasta el tope del palo, desde donde recorre con la vista el arco de círculo que el océano describe delante de la balsa, y fija su mirada en un punto. Su fisonomía no expresa admiración, pero continúa con la mirada fija.

-Ha visto algo -dijo mi tío.

-Así lo creo.

Volvió a bajar Hans y extendió su brazo hacia el sur, diciendo:

-Der nere.

-Allá abajo -respondió mi tío.

Y cogiendo su anteojo miró atentamente durante un minuto, que me pareció un siglo.

-Sí, sí -exclamó.

-¿Qué se descubre?

-Un inmenso surtidor que se eleva sobre las olas.

-¿Tendremos algún otro animal marino?

-Puede ser.

-Entonces dirijamos la proa más al oeste, porque ya sabemos a qué atenernos respecto al peligro de encontrar estos monstruos antediluvianos.

-Dejémonos ir -respondió mi tío.

Me volví hacia Hans que sostenía con inflexible tenacidad la barra del timón.

Si a la distancia que nos separaba de aquel animal, y que apreciaba en doce leguas lo menos, se podía ver la columna de agua que arrojaba por sus narices, debía tener una corpulencia sobrenatural. Huir sería conformarse con las leyes de la más vulgar prudencia; pero no habíamos llegado allí para ser prudentes.

Seguimos adelante. Cuanto más nos acercábamos, mayor se veía el surtidor. ¿Qué monstruo podía absorber aquella cantidad de agua y lanzarla de aquel modo sin interrupción?

A las ocho de la noche distábamos de él unas dos leguas. Su negruzco cuerpo, enorme, monstruoso, se extendía en el mar como un islote. ¿Es una ilusión, es efecto del miedo? Paréceme que tiene más de mil toesas de largo. ¿Qué cetáceo es este no previsto ni por los Cuvier ni por los Blumenbach?

Está inmóvil y como dormido, y parece que el mar no tiene fuerza bastante para moverle, ondulando las olas sobre sus flancos. La columna de agua arrojada sube a quinientos pies de altura y cae en forma de lluvia con ruido atronador. Corremos como insensatos hacia aquella poderosa masa que con cien ballenas apenas tendría alimento para un día.

El terror me domina; no quiero ir más lejos, cortaré si es necesario la driza de la vela. Me subleva el silencio del profesor que no me contesta.

De pronto Hans se levanta, y señalando con el dedo el punto amenazador:

-Holme -dice.

-Una isla -exclama mi tío.

-¡Una isla! -dije yo a mi vez encogiéndome de hombros.

-Evidentemente -respondió el profesor soltando una sonora carcajada.

-¿Pero esa columna de agua?...

-Geyser -dijo Hans.

-Es claro, geyser, respondió mi tío-; un geyser parecido a los de Islandia.

Al pronto no quise convencerme de mi grosero engaño. ¡Haber tomado un islote por un monstruo marino! Pero la equivocación era evidente y me vi obligado a convenir en ella. Aquel fenómeno era puramente natural.

A medida que nos acercábamos, las dimensiones del surtidor aparecían más grandiosas. El islote parecía, hasta el punto de poder equivocarse, un inmenso cetáceo cuya cabeza de diez toesas de altura dominaba las olas. El Geyser, palabra que los islandeses pronuncian geysir y que significa furor, se elevaba majestuosamente a su extremidad. Oíanse a cada momento sordas detonaciones y el enorme surtidor, como dominado de violenta cólera, sacudía su penacho de vapores, saltando hasta las primeras capas de nubes. Estaba solo en la isla, no rodeándole ni humaredas ni manantiales termales. Toda la potencia volcánica se resumía en él. Los rayos de luz eléctrica reflejaban en el brillante surtidor, y cada una de sus gotas aparecía con todos los colores del prisma.

-Abordemos -dijo el profesor.

Pero era preciso evitar con cuidado aquella tromba de agua que echaría a pique la balsa en un instante.

Hans, maniobrando diestramente, nos condujo a la extremidad del islote.

Inmediatamente, salté sobre la roca; mi tío me siguió, y el cazador permaneció en su puesto como hombre curado de admiraciones. Andábamos sobre un granito mezclado con productos volcánicos. El suelo temblaba bajo nuestros pies como las paredes de una caldera llena de vapor a alta presión. El piso quemaba. Llegamos a la vista de una pequeña cavidad central por donde brotaba el surtidor. Metí en el agua que corría hirviendo un pirómetro, y señaló un calor de 163 grados.

Aquella temperatura demostraba que el agua salía de un foco ardiente, lo que contradecía las teorías del profesor Lidenbrock, como se lo hice observar.

-Y bien -replicó mi tío-; ¿qué prueba eso contra mi doctrina?

-Nada -respondí con tono seco, viendo que luchaba contra una tenacidad absoluta.

Sin embargo, debo confesar que la fortuna nos había favorecido singularmente hasta entonces y que por razón incomprensible para mí se realizaba nuestro viaje en condiciones especiales de temperatura. Sin embargo, parecíame cierto, evidente, que llegaríamos un día u otro a esas regiones en que el calor central alcanza un límite que no pueden medir las más altas graduaciones pirométricas.

-Allá veremos, era la frase del profesor que después de haber bautizado aquel islote volcánico con el nombre de su sobrino, dio la señal de embarque.

Yo permanecí durante algunos minutos contemplando el surtidor y noté que su salida era irregular, pues a veces disminuía en intensidad para recobrar enseguida nuevo vigor, lo que atribuí a variaciones de presión de los vapores acumulados en el lugar de su nacimiento.

Al fin partimos costeando las escarpadas rocas del sur. Hans aprovechó aquella detención para componer la balsa.

Antes de emprender de nuevo el camino, hice algunas observaciones para calcular la distancia recorrida y las anoté en el diario.

Habíamos andado doscientas setenta leguas marinas, desde Puerto Grauben, y nos encontrábamos a seiscientas veinte leguas de Islandia, debajo de Inglaterra.

Viernes, 21 de agosto.- Al día siguiente había desaparecido el magnífico surtidor. El viento ha refrescado, alejándonos rápidamente del islote Axel. Los mugidos se apagan poco a poco.

El tiempo, si es posible decirlo así, va a cambiar dentro de poco. La atmósfera se carga de nubes que llevan consigo la electricidad formada por la evaporación de las aguas salinas. Las nubes bajan sensiblemente tomando un tinte verduzco. La luz eléctrica apenas puede atravesar el opaco velo extendido sobre el teatro donde va a verificarse el drama de las tormentas.

Me siento particularmente impresionado como lo está en tierra toda criatura cuando se aproxima un cataclismo. Los cúmulos (nubes de formas redondeadas), amontonados al sur, presentan siniestro aspecto y tienen esa singular apariencia, que con frecuencia se nota al principiar las tempestades. El aire es pesado; el mar está tranquilo.

A lo lejos parecen las nubes gruesas balas de algodón amontonadas con pintoresco desorden; poco a poco se ensanchan perdiendo en número lo que ganan en magnitud. Su pesadez es tal que no pueden apartarse del horizonte; pero al impulso de elevadas corrientes de aire se mezclan poco a poco, se oscurecen y presentan una capa uniforme de amenazador aspecto. De vez en cuando una nube, iluminada todavía, salta sobre este tapiz parduzco, yendo a perderse enseguida en la masa opaca.

Evidentemente, la atmósfera está saturada de fluido, y yo me impregno de él por completo.

Mis cabellos se erizan como si estuvieran en contacto con una máquina eléctrica, y creo que, si mis compañeros me tocaran en aquel momento, sufrirían una conmoción violenta.

A las diez de la mañana, los síntomas de la tempestad son más marcados; diríase que el viento se detiene para redoblar después su ímpetu. El nublado se parece a un inmenso odre, en el que se acumulan los huracanes.

No quiero creer en las amenazas del cielo, y, sin embargo, no puedo menos de decir:

-Mal tiempo se prepara.

El profesor no responde. Está de un humor endiablado al ver que el océano se prolonga ilimitadamente ante su vista. Al oír mis palabras se encoje de hombros.

-Tendremos tormenta -añado señalando con la mano al horizonte-. Estas nubes bajan sobre el mar.

Silencio general. El viento cesa. La naturaleza tiene aspecto de muerte y no respira. Veo sobre el palo apuntar un ligero fuego de San Telmo, y la vela, floja por falta de aire, cae en pesados pliegues. La balsa queda inmóvil en medio de un mar denso y sin ondulaciones. Si no caminamos, ¿a qué conservar la vela que puede ser causa de nuestra perdición al primer choque de la tempestad?

-Bajémosla -digo-; quitemos también el palo. Esto será lo más prudente.

-¡No!, ¡qué diablos! -exclamó mi tío-; ¡cien veces no! ¡Que el viento nos arrastre, que el huracán nos arrebate, pero que vea yo al fin las rocas de una costa, aunque nuestra balsa se haga contra ella mil pedazos!

Aún no había terminado esta frase, cuando el horizonte del sur cambió de aspecto. Los vapores acumulados se resolvieron en agua. El viento, violentamente atraído para llenar los vacíos producidos por la condensación, se convirtió en huracán, viniendo desde las más apartadas extremidades de la caverna. La oscuridad redobla. Apenas puedo tomar algunas notas incompletas.

La balsa se empina, dando saltos sobre las olas. Mi tío es arrojado del sitio que ocupa; me arrastro hacia él y veo que se ha cogido fuertemente a la punta de un cable y que parece considerar con placer el espectáculo de los elementos encadenados.

Hans no se mueve; sus largos cabellos, que el huracán desordena sobre su rostro sereno, le dan el aspecto más extraño porque cada una de sus extremidades brilla con chispas luminosas. Tiene la fisonomía espantosa de un hombre antediluviano contemporáneo de los ictiosauros y de los megaterios.

El palo resiste, sin embargo, y la vela se hincha de tal modo que parece próxima a romperse. La balsa camina con una celeridad que no puedo apreciar.

-¡La vela! ¡La vela! -digo haciendo señal de que la arríen.

-¡No! -responde mi tío.

-Nej -dice Hans moviendo dulcemente la cabeza.

Sin embargo, la lluvia forma mugiente catarata ante ese horizonte hacia el cual volamos como insensatos. Pero antes que llegue a nosotros el velo de la nube se desgarra, el mar empieza a hervir y la electricidad producida por una basta acción química que se opera en las capas superiores empieza a desempeñar su papel. A los estampidos del trueno se mezclan las brillantes fulguraciones del rayo. Innumerables relámpagos se entrecruzan en medio de las detonaciones; la masa de vapores llega a ser incandescente, el granizo que choca contra el metal de nuestras herramientas o de nuestras armas se hace luminoso, las olas levantadas parecen otros tantos collados ignívoros que ocultan un fuego interior y cuyas cunas adorna un penacho de llamas. Mis ojos están deslumbrados por la intensidad de la luz y mis oídos sordos por el fragor del rayo. ¡Tengo que agarrarme al palo que se dobla como una caña a impulsos del vendaval!

(Al llegar aquí, mis notas de viaje son muy incompletas. No he encontrado en ellas más que algunas fugitivas observaciones tomadas, por decirlo así, maquinalmente. Pero en su brevedad, en su oscuridad misma, nótase la emoción que me dominaba y, mejor que mi memoria podría hacerlo, dan idea de la situación).

Domingo, 23 de agosto.- ¿Dónde estamos? Seguimos arrebatados con indecible rapidez.

La noche ha sido espantosa. La tempestad no se calma. Vivimos en medio del ruido, en medio de una incesante detonación. Mis oídos arrojan sangre. No se entiende ni una palabra.

Los relámpagos no cesan. Veo zigzags retrógrados, que después de bajar suben hasta tocar en la bóveda de granito. ¡Si cayera sobre nosotros! Otros relámpagos se bifurcan o toman la forma de globos de fuego que estallan como bombas. Parece que aumenta el estruendo general; ya ha pasado del límite de intensidad que puede resistir el oído humano, y aunque todos los polvorines del mundo estallaran a la vez, no podíamos oír más.

En la superficie de las nubes se verifica una continua emisión de luz; incesantemente se desprende de ellas fluido eléctrico; es evidente que están alterados los principios gaseosos del aire; innumerables columnas de agua se lanzan desde el mar y caen convertidas en espuma.

¿A dónde vamos?... Mi tío está tendido al extremo de la balsa.

El calor aumenta. Miro al termómetro qué marca... (Está borrada la cifra).

Lunes, 24 de agosto.- ¿No terminará nunca esto? Una vez modificado el estado de la atmósfera, ¿continuará así indefinidamente?

Nos encontramos extenuados de fatiga; pero Hans continúa impasible. La balsa corre constantemente hacia el sudeste. Nos hemos alejado más de doscientas leguas del islote Axel.

A mediodía redobla la violencia de la tempestad. Nos vemos obligados a sujetar fuertemente todos los objetos que llevamos. Nosotros nos atamos también. Las olas pasan sobre nuestra cabeza.

Hace tres días que no podemos cambiar ni una palabra. Abrimos la boca, movemos los labios, pero no brota ningún sonido apreciable.

Aunque nos hablamos al oído, no podemos entendernos.

Mi tío se ha acercado a mí. Ha articulado algunas palabras; creo que ha dicho: «Estamos perdidos», pero no lo puedo asegurar.

Tomo el partido de decirle por escrito: «Arriemos la vela».

Me indica por señas que consiente en ello.

Aún no ha terminado su ligero movimiento de cabeza cuando aparece sobre la balsa un globo de fuego. El mástil y la vela quedan hechos pedazos instantáneamente y los he visto subir a prodigiosa altura, como lo hubiera hecho un pterodáctilo, esa ave fantástica de los primeros siglos.

Estamos helados de terror. El globo de fuego, mitad blanco y mitad azulado, tiene las dimensiones de una bomba de diez pulgadas y gira con sorprendente velocidad ante el soplo del huracán. Sube y baja, pasa sobre la balsa, salta sobre el saco de las provisiones, bota y vuelve a caer, se acerca a la caja de la pólvora. ¡Horror! ¡Vamos a volar! No. El resplandeciente globo se separa; se acerca a Hans, que le mira fijamente, luego a mi tío que se precipita de rodillas para librarse de él; después a mí, que estoy pálido y tembloroso ante el brillo de la luz, y la intensidad del calor; voltea cerca de mi pie, que trato de retirar, pero no lo puedo conseguir.

La atmósfera está impregnada de un olor de gas nitroso, que penetra en nuestra garganta y pulmones. Nos ahogamos.

¿Por qué no puedo retirar el pie? ¡Está fijo a la balsa! ¡Ah!, el globo de fuego ha imantado el hierro de a bordo, las herramientas y las armas se agitan y chocan con ruido, los clavos de mis zapatos se adhieren fuertemente a una plancha de hierro incrustada en la madera. ¡No puedo retirar el pie!

Con un esfuerzo desesperado le arranco al fin en el momento en que iba a cogerle el globo de fuego en su movimiento giratorio y a arrastrarme con él; sí...

¡Ah!, ¡qué deslumbradora luz! ¡El globo estalla! ¡Estamos cubiertos de llamas!

Pero todo se apaga. He tenido tiempo para ver a mi tío tendido sobre la balsa y a Hans cogido al timón, y escupiendo fuego bajo la influencia de la electricidad que le penetra.

¿A dónde vamos?, ¿a dónde vamos?

Martes, 25 de agosto.- Salgo de un prolongado desvanecimiento. La tempestad continúa; los relámpagos se desencadenan cuál nidada de serpientes soltadas en la atmósfera.

¿Continuamos aún sobre el mar? Sí, arrastrados con incalculable velocidad. ¡Hemos pasado bajo Inglaterra, bajo el Canal de la Mancha, bajo Francia y quizá bajo toda Europa!

¡Nuevo ruido se oye! ¡Sin duda es el mar que rompe sobre rocas!... Pero entonces...

Aquí termina lo que he llamado Diario de a bordo, salvado felizmente del naufragio. Sigo, pues, mi relato como anteriormente.

No podría decir lo que aconteció al chocar la balsa contra los escollos de la costa.

Yo caí al agua, y si escapé a la muerte, si mi cuerpo no quedó destrozado contra las agudas rocas, fue porque el vigoroso brazo de Hans me sacó del abismo.

El valeroso islandés me llevó lejos del alcance de las olas, colocándome sobre una arena abrasadora donde me vi al lado de mi tío.

Después volvió hacia las rocas, donde rompían las furiosas olas, con objeto de salvar algo del naufragio.

Imposible me era hablar; estaba extenuado por la fatiga y las emociones, y necesité más de una hora para reponerme.

Continuaba cayendo una lluvia torrencial, pero con esa fuerza particular que presagia la terminación de la tempestad. Algunas rocas superpuestas nos ofrecieron abrigo contra los torrentes de las nubes.

Hans preparó la comida, a la que no pude tocar; y rendidos todos por aquellos tres días de tempestad, caímos en doloroso sueño.

A la mañana siguiente era magnífico el tiempo. El cielo y la mar se habían calmado. Habían desaparecido las señales de tempestad, siendo estas las primeras palabras que me dirigió el profesor cuando despertó. Se encontraba excesivamente alegre.

-Y bien, hijo mío, ¿has dormido bien?

¡Cualquiera hubiese dicho, al oírle, que nos encontrábamos en la casa de Königstrasse, que bajaba a almorzar y que aquel mismo día se iba a celebrar mi matrimonio con mi pobre Grauben!

Si la tempestad hubiese impulsado nuestra balsa algo más al este, hubiéramos pasado bajo Alemania, bajo mi querida ciudad de Hamburgo, bajo aquella calle donde vivía lo que amaba yo más en el mundo. ¡Apenas me hubieran separado entonces de Grauben cuarenta leguas! Pero cuarenta leguas verticales de roca de granito, y, en realidad, más de mil leguas que teníamos que recorrer.

Todas estas dolorosas reflexiones cruzaron por mi mente antes de que pudiera contestar a la pregunta de mi tío.

-¡Ah! -repitió-. ¿No quieres decirme si has dormido bien?

-Muy bien -respondí-; estoy aún algo quebrantado por la fatiga, pero esto no es nada y pronto pasará.

-Absolutamente nada, ya lo verás.

-Pero me parecéis muy alegre esta mañana, tío.

-¡Mucho, Axel, mucho! ¡Hemos llegado!

-¿Al término de nuestra expedición?

-No, al término de este mar que no acababa. Ahora continuaremos por tierra, y verdaderamente penetraremos en las entrañas del globo.

-Permitidme que os haga una pregunta, querido tío.

-Te lo permito, Axel.

-¿Cuándo volveremos?

-¡Volver! ¿Piensas en volver cuando no hemos llegado aún?

-No, solo quiero preguntar cómo volveremos.

-Del modo más sencillo del mundo. Una vez en el centro del esferoide, o encontraremos un camino nuevo para subir a la superficie, o volveremos como tranquilos paseantes por el que hemos recorrido, que me atrevo a creer no se cerrará a nuestra espalda.

-En ese caso debemos componer la balsa.

-Necesariamente.

-¿Pero nos quedan bastantes provisiones para hacer todo eso?

-Sí, ciertamente. Hans es un mozo muy hábil, y estoy seguro de que ha salvado la mayor parte del cargamento. Vamos a asegurarnos de ello.

Dicho esto, salimos de aquella gruta abierta a todos los vientos. Por mi parte sentía cierta esperanza, que al mismo tiempo era un temor; me parecía imposible que el terrible choque de la balsa no hubiera destrozado cuanto llevaba esta. Cuando llegamos a la playa, vi a Hans entre una multitud de objetos colocados con orden. Mi tío le estrechó la mano en señal de reconocimiento. Aquel honrado servidor, cuya abnegación no tendrá igual nunca tal vez, había trabajado mientras dormíamos y salvado los objetos más necesarios con peligro de su vida.

No por esto dejábamos de haber experimentado sensibles perdidas; entre otras cosas, las armas, pero al fin podíamos pasar sin ellas. La provisión de pólvora se conservaba intacta, después de haber estado en peligro de estallar durante la tempestad.

-Y bien -dijo el profesor-; puesto que hemos perdido las carabinas, todo se reduce a no cazar.

-Bien; ¿pero y los instrumentos?

-He aquí el manómetro, el más útil de todos y por el que todos los hubiese dado. Con él puedo calcular la profundidad y saber cuándo llegamos al centro. Sin él correríamos el riesgo de pasar más allá y salir por los antípodas.

Aquella alegría era feroz.

-¿Pero y la brújula? -exclamé.

-Ahí está. Sobre esa roca, en tan perfecto estado como el cronómetro y los barómetros. ¡Ah!, ¡el cazador es un hombre precioso!

Preciso será concederlo. Ningún instrumento nos faltaba. En cuanto a las herramientas y demás efectos, vi desparramados por la playa, escalas, cuerdas, picos, azadones, etc.

Sin embargo, quedaba que dilucidar la cuestión más grave, la de los víveres.

-¡Para cuatro meses! -exclamó el profesor-. ¡Tenemos para ir y volver, y con lo que sobre, daré una gran comida a todos mis colegas de Johanneum!

Debía estar acostumbrado desde mucho tiempo al temperamento de mi tío, y, sin embargo, aquel hombre me asombraba siempre.

-Ahora -dijo- renovaremos nuestra provisión de agua con la que ha depositado la lluvia en todos estos recipientes de granito, y, por consiguiente, nada tendremos que temer de la sed. Respecto a la balsa, encargaré a Hans que la componga lo mejor que pueda, aunque presumo que no tendremos necesidad de ella.

-¿Cómo? -exclamé.

-Creo, Axel, que no hemos de salir por donde hemos entrado.

Al oír al profesor le miré con cierta desconfianza, preguntándome si conservaba su juicio. Sin embargo, mi tío acertaba sin saberlo.

-Vamos a almorzar -añadió.

Después que dio sus instrucciones al cazador, le seguí sobre un alto promontorio. Allí almorzamos opíparamente con carne seca, galleta y té, y debo confesar que fue una de las mejores comidas de mi vida. El apetito, el aire libre, la tranquilidad después de la agitación, todo contribuía a que hiciera honor al almuerzo.

Mientras comíamos propuse a mi tío averiguar dónde estábamos.

-Me parece algo difícil de calcular -le dije.

-Calcularlo exactamente, sí -respondió-; hasta es imposible, porque durante esos tres días de tempestad, no he podido tomar nota sobre la velocidad y dirección de la balsa; pero podemos calcular aproximadamente nuestra situación.

-En efecto, hicimos la última observación en el islote del surtidor...

-En la isla Axel. No rechaces el honor de haber dado tu nombre a la primera isla descubierta en el interior del globo.

-Sea. Hasta la isla Axel habíamos recorrido cerca de doscientas sesenta leguas de mar, y nos encontrábamos a más de seiscientas leguas de Islandia.

-¡Bien! Partamos de ese punto y contemos cuatro días de tempestad, durante los cuales nuestra velocidad no debe haber sido menor de ochenta leguas cada veinticuatro horas.

-En ese caso, debemos añadir trescientas leguas.

-Sí, de lo que resulta que el mar Lidenbrock debe tener seiscientas leguas de una orilla a otra. ¿Sabes, Axel, que puede competir en extensión con el Mediterráneo?

-Sí, y quizás solo le habremos cruzado a lo ancho.

-¡Es muy posible!

-¡Y cosa particular! -añadí-; si nuestros cálculos son exactos, en este momento tenemos el Mediterráneo sobre nosotros.

-¡Es verdad!

-¡Sí, porque estamos a novecientas leguas de Reikiavik!

-Hemos dado buen paseo, Axel; pero solo sabiendo que no hemos cambiado de dirección, podremos asegurar si estamos bajo el Mediterráneo, Turquía o el Atlántico.

-No habremos cambiado, porque el viento parece constante; creo que esta costa debe estar al sudeste de Puerto Grauben.

-Fácil nos es asegurarnos de ello consultando la brújula. Vamos a ver.

El profesor se dirigió a la roca donde había dejado Hans los instrumentos. Estaba alegre, se frotaba las manos y hacía graciosos ademanes. ¡Parecía un muchacho! Yo le seguí con deseo de saber si me engañaba o no en mis cálculos.

Cuando llegamos a la roca, mi tío cogió el compás, lo colocó horizontalmente y observó la aguja, que, después de oscilar, se detuvo en una posición fija bajo la influencia magnética.

El profesor miró, se frotó los ojos y volvió a mirar. Después se volvió hacia mi estupefacto.

-¿Qué hay? -le pregunté.

Me hizo seña de que examinara el instrumento, y al observarlo, brotó de mis labios una exclamación. La aguja marcaba al norte, allí donde suponíamos el mediodía, volviéndose hacia la playa en vez de señalar al océano.

Sin creer lo que veía, moví el instrumento, lo observé por todos lados, pero estaba completo y sin deterioro alguno. Cualquiera que fuese la posición en que colocáramos a la aguja, esta tomaba obstinadamente aquella inesperada dirección.

No se podía dudar; durante la tempestad había ocurrido un salto de viento del que no nos habíamos apercibido y había llevado la balsa a las playas que mi tío creía dejar a la espalda.

Imposible me sería describir la serie de emociones que agitaron al profesor Lidenbrock, su asombro, su incredulidad, y, por último, su cólera. Jamás he visto a un hombre tan abatido al principio y tan irritado después. ¡Las fatigas de la travesía, los peligros corridos, todo había sido en vano!

Pero mi tío se repuso enseguida.

-¡Ah!, ¡la fatalidad quiere burlarse de mí! -exclamó-. ¡Los elementos conspiran en contra mía! ¡El aire, el fuego y el agua, combinan sus esfuerzos para oponerse a mi paso! ¡Pues bien! ¡Pronto se sabrá lo que puede mi voluntad! ¡No cederé, no retrocederé una línea y veremos quién vence, el hombre o la naturaleza!

De pie sobre la roca, irritado, amenazador, Otto Lidenbrock, se parecía al feroz Ayax desafiando a los dioses. Pero yo juzgué conveniente intervenir y poner freno a aquel insensato furor.

-Escuchadme -le dije con tono firme-. Hay un límite para la ambición humana; es preciso no luchar con lo imposible; estamos mal equipados para viajar por mar; no se recorren quinientas leguas sobre desvencijados maderos, con una manta por vela y un palo por mástil, para resistir a los vientos desencadenados. No podemos maniobrar, somos juguete de las tempestades y obraremos como locos intentando segunda vez esa imposible travesía.

Durante diez minutos pude presentar una serie de razones tan irrefutables como estas; pero mi tío no oía palabras.

-¡A la balsa! -exclamó.

Esta fue su respuesta. Por más que resistí y luché, nada pude conseguir; me estrellaba contra una voluntad más dura que el granito.

En aquel momento concluía Hans de componer la balsa. Parecía que aquel hombre singular adivinaba los proyectos de mi tío. Había reforzado la embarcación con algunos pedazos de lignito, y una vela se desplegaba al viento.

El profesor dijo algunas palabras al guía, y enseguida empezó este a embarcar los bagajes y a prepararlo todo para la marcha. La atmósfera estaba bastante pura y el viento se mantenía del noroeste.

¿Qué podía hacer yo? ¿Resistir solo contra dos? ¡Imposible! ¡Si Hans hubiera estado de mi parte!... ¡Pero no! Parecía que el islandés había prescindido de su propia voluntad y hecho voto de abnegación. Nada podía obtener yo de un criado tan adicto a su amo. Preciso era seguir adelante.

Iba ya a ocupar en la balsa mi puesto de costumbre, cuando mi tío me detuvo por la mano.

-No partiremos hasta mañana -dijo.

Yo le contesté con el ademán de un hombre que se resigna a todo.

-No debo descuidar nada -añadió-; y puesto que la fatalidad me ha traído a esta parte de la costa, no la abandonaré sin haberla reconocido.

Comprenderase esta determinación del profesor, sabiendo que habíamos vuelto a las playas del norte, pero no precisamente al sitio de nuestra partida. Puerto Grauben debía estar más al oeste. Nada más razonable, por lo tanto, que examinar las cercanías de aquella costa.

-¡Hagamos ese reconocimiento! -dije.

Y dejando a Hans entregado a sus ocupaciones, partimos. El espacio comprendido entre la línea del agua y los estribos de las montañas era bastante considerable. Se podía caminar más de media hora antes de llegar a las rocas. Nuestros pies deshacían innumerables conchas de todas formas y magnitudes en las que vivieron los animales de las primeras épocas. Frecuentemente, veía inmensos caparazones, cuyo diámetro era algunas veces mayor de quince pies. Sin duda pertenecieron a gigantescos gliptodons del período plioceno, de los cuales es una pequeña reducción la tortuga actual. Además, el suelo estaba sembrado de guijarros, especie de cantos rodados, desgastados por las olas y colocados en filas sucesivas. De esto deduje necesariamente que la mar debió ocupar en otro tiempo aquel espacio. Sobre las rocas, que en la actualidad estaban fuera de su alcance, habían dejado las olas evidentes señales de su paso.

Esto podía explicar hasta cierto punto la existencia de aquel océano a cuarenta leguas bajo la superficie del globo. En mi opinión, aquella masa líquida debía perderse poco a poco en los senos de la tierra y evidentemente procedía de las aguas del océano que se abrieron paso a través de alguna hendidura. Sin embargo, era necesario admitir que en la actualidad estaba obstruida aquella hendidura, porque de lo contrario, toda aquella caverna, o mejor dicho, aquel inmenso recipiente, se hubiera llenado en poco tiempo, o tal vez, teniendo que luchar el agua con el fuego subterráneo, se había vaporizado en parte. De esta manera se podía explicar la existencia de las nubes suspendidas sobre nuestra cabeza, y el desprendimiento de aquella electricidad que creaba tempestades en el interior del globo.

Esta explicación de los fenómenos que habíamos presenciado, me parecía suficiente, porque las maravillas de la naturaleza, por grandes que sean, se pueden explicar siempre por leyes físicas.

Caminábamos, pues, sobre una especie de terreno sedimentario, formado por las aguas como todos los de este período, tan abundantes en la superficie del globo. El profesor examinaba atentamente los intersticios de las rocas. No veía una abertura cuya profundidad no sondeara.

Habíamos seguido las playas del mar Lidenbrock por espacio de una milla, cuando súbitamente cambió de aspecto el suelo, que se presentaba ahora trastornado y lleno de extumecencias como si hubiese ocurrido alguna vez una violenta conmoción en las capas inferiores. En algunos sitios, las prominencias y los hundimientos indicaban poderosa dislocación en las capas terrestres.

Con dificultad caminábamos por aquellas quebraduras de granito, mezclado con sílice, cuarzo y depósitos de aluvión, cuando se presentó a nuestra vista un campo, mejor dicho, una llanura de osamentas. Hubiérase dicho que era aquel un vasto cementerio donde confundían su polvo las generaciones de veinte siglos. Aglomeraciones de despojos se elevaban a lo lejos, ondulando en el horizonte, y perdiéndose entre la bruma. En un espacio de tres millas cuadradas, estaba comprendida quizá toda la historia animal, apenas escrita en los terrenos demasiado modernos del mundo habitado.

Impaciente curiosidad nos arrastraba. Nuestros pies pulverizaban con seco ruido los restos de aquellos animales antehistóricos y fósiles que se disputan los museos de las grandes ciudades. La vida de mil Cuviers no hubiera bastado para recomponer los esqueletos de aquellos seres orgánicos, depositados en aquel magnífico osario.

Estaba estupefacto. Mi tío había levantado sus largos brazos hacia la maciza bóveda que nos servía de cielo. Su boca abierta desmesuradamente, sus ojos brillantes bajo las lentes de sus gafas, su cabeza moviéndose de alto a bajo y de derecha a izquierda, toda su actitud, en fin, denotaba profundo asombro. Tenía delante una colección inapreciable de leptoterios, mericoterios, lofodions, anoploterios, megaterios, mastodontes, protopitecos, pterodátilos y demás monstruos antediluvianos, amontonados allí para su satisfacción personal. Para comprender el estado del profesor Lidenbrock, fórmese idea de lo que ocurriría a un bibliómano entusiasta trasportado de pronto a la famosa biblioteca de Alejandría quemada por Omar, a la que un milagro hiciera renacer de sus cenizas.

Pero su alegría llegó al colmo, cuando corriendo sobre aquel polvo orgánico, cogió un cráneo seco y exclamó con voz temblorosa:

-¡Axel, Axel, una cabeza humana!

-¡Una cabeza humana, tío! -exclamé no menos estupefacto.

-¡Sí, Axel! ¡Ah, señor Milne-Edwards! ¡Ah, señor de Quatrefages! ¡Que no estéis vosotros aquí donde estoy yo, Otto Lidenbrock!

Para comprender aquella evocación que hacía mi tío a estos ilustres sabios franceses, es preciso tener presente que, poco antes de nuestra partida, había ocurrido un hecho de alta importancia en paleontología.

El 28 de marzo de 1863, los trabajadores de las excavaciones que dirigía el señor Boucher de Perthes en las canteras de Moulin Quignon, cerca de Abbeville, en el departamento del Saonne, en Francia, encontraron una mandíbula humana a catorce pies bajo la superficie del suelo. Era el primer fósil de esta clase que se encontraba. Cerca de él hallaron hachas de piedra y sílices tallados revestidos por el tiempo de un barniz uniforme.

Este descubrimiento hizo mucho ruido no solo en Francia, sino en Inglaterra y Alemania. Muchos sabios del Instituto francés, entre otros los señores Milne-Edwards y Quatrefages, se interesaron en el asunto, demostraron la incontestable autenticidad del hueso en cuestión, y fueron ardientes defensores de aquel pleito de la mandíbula, como dijeron los ingleses.

A los geólogos del Reino Unido que admitieron el hecho como cierto, los señores Falconer, Bask, Carpenter, etc., se unieron los sabios de Alemania, y entre ellos, en primer lugar, el más fogoso, el más entusiasta, mi tío Lidenbrock.

La autenticidad de un fósil humano de la época cuaternaria parecía incontestablemente demostrada y admitida.

Es verdad que el hecho había encontrado un adversario terrible en el señor Elie de Beaumont. Este sabio, que tan grande autoridad tenía, aseguraba que el terreno de Moulin Quignon no pertenecía al diluvium, sino a una capa menos antigua, y de acuerdo en esto con Cuvier, no admitía que la especie humana fuese contemporánea de los animales de la época cuaternaria. Mi tío Lidenbrock, de acuerdo con la gran mayoría de los geólogos, había resistido, disputado, discutido, y el señor Elie de Beaumont había quedado casi solo en su partido.

Conocíamos todos estos detalles; pero ignorábamos que después de nuestra partida, había hecho nuevos progresos la cuestión. Otras mandíbulas idénticas, aunque pertenecientes a individuos de tipos diversos y de distintas naciones, se encontraron en tierras movedizas y grises de ciertas grutas en Francia, Suiza y en Bélgica, como también armas, utensilios herramientas y osamentas de niños, adolescentes hombres y ancianos. La existencia del hombre cuaternario se confirmaba más y más cada día.

No era esto todo. Restos encontrados en terrenos terciarios habían permitido a sabios más audaces asignar una época más antigua a la raza humana. Es verdad que estos restos no eran osamentas de hombres, sino objetos de su industria, tibias y fémures de animales fósiles, estriados con regularidad, tallados por decirlo así, y que llevaban el sello del trabajo humano.

De esta manera el hombre saltaba gran número de siglos en la escala del tiempo, haciéndose anterior a mastodonte, llegaba a ser contemporáneo del elephas meridionalis y tenía cien mil años de existencia, puesto que tal es la edad que asignan los geólogos más famosos a la formación del terreno plioceno.

Tal era entonces el estado de la ciencia paleontológica, y lo que de ella conocíamos, explica nuestra actitud ante el osario de la mar Lidenbrock. Comprenderase, pues, el asombro y la alegría de mi tío, sobre todo, cuando veinte pasos más lejos, se encontró, puede decirse cara a cara, con un ejemplar del hombre cuaternario.

Aquel cuerpo humano se reconocía perfectamente. ¿Le habría conservado de aquella manera el suelo en que se encontraba, y que se parecía al del cementerio de san Miguel, en Burdeos? No podría decirlo. Pero aquel cadáver, con la piel estirada y apergaminada, los miembros blandos aún, al menos a la vista; los dientes intactos, y con las uñas de las manos y los dedos de los pies de espantosa magnitud, estaba ante nosotros tal y como vivió.

Yo había enmudecido ante aquella aparición de edades pasadas. Mi tío, tan locuaz habitualmente, callaba también. Habíamos puesto en pie el cadáver que nos miraba con sus vacías órbitas y tocábamos su sonoro pecho.

Después de algunos minutos de silencio, el tío fue vencido por el profesor. Arrastrado por su temperamento, Otto Lidenbrock olvidó las circunstancias de nuestro viaje, el sitio donde estábamos y la inmensa caverna que nos encerraba. Sin duda se creyó en Johannaeum explicando a sus discípulos, porque tomando un tono doctoral y dirigiéndose a un auditorio imaginario:

-Señores -dijo-; tengo el honor de presentaros un hombre de la época cuaternaria. Grandes sabios han negado su existencia, otros no menos grandes la han defendido. Los Santos Tomás de la paleontología le tocarían con el dedo si estuviesen aquí y se verían obligados a renunciar a su error. ¡Bien sé que la ciencia debe estar en guardia contra esta clase de descubrimientos! No ignoro la explotación de hombres fósiles que han hecho Darmum y otros charlatanes del mismo género. Conozco la historia de la rótula de Ajax, del pretendido cuerpo de Orestes encontrado por los Spartiatas, y del cuerpo de Asterio que medía diez codos de largo, según Pausanias. He leído los relatos sobre el esqueleto de Trapani, descubierto en el siglo XIV, y en el que se quería reconocer a Polifemo, y conozco también la historia del gigante exhumado en el siglo XVI en las cercanías de Palermo. Vosotros no ignoráis, señores, el análisis hecho de estas grandes osamentas en 1577, osamentas que el célebre médico Félix Plater declaraba pertenecer a un gigante de diecinueve pies de estatura. Yo he devorado los tratados de Cassanion, y todas las Memorias, estudios, discursos y contestaciones públicas a propósito del esqueleto del rey de los Cinabrios, Tentoboco, invasor de la Galia, exhumado en un arenal del Delfinado en 1613. En el siglo XVIII hubiera combatido con Pedro Capeto la existencia de los preadamitas de Scheuchzer. Sé de memoria la obra denominaba Gigans...

Aquí apareció la enfermedad habitual de mi tío, que no podía pronunciar en público las palabras difíciles.

-La obra denominada Gigans... -repitió-. No podía pasar.

-Giganteo...

¡Imposible! ¡La desgraciada palabra no quería salir! ¡Cuántos se hubieran reído en Johanneum!

-Gigantosteologia, acabó de decir el profesor entre dos juramentos.

Enseguida, continuando y animándose:

-Sí, señores, sé todas esas cosas. Sé también que Cuvier y Blumenbach solo vieron en estas osamentas huesos de mamut y otros animales de la época cuaternaria. ¡Pero aquí la duda sería una injuria a la ciencia! ¡El cadáver está ahí! ¡Podéis verle, tocarle! ¡No es un esqueleto, es un cuerpo intacto, conservado con un fin exclusivamente antropológico!

Me guardé muy bien de contradecir aquella aserción.

-Si pudiera lavarle con una disolución de ácido sulfúrico, haría desaparecer todas las partes terrosas y esas conchas que se han incrustado en él. Pero carezco de ese precioso disolvente. Sin embargo, ese cuerpo, en el mismo estado que se encuentra, me referirá su historia.

Diciendo esto, cogió el profesor el cadáver fósil y empezó a moverle con la destreza de un titiritero.

-Ya veis, señores -continuó- que no tiene más que seis pies de alto, y que estamos muy lejos de los pretendidos gigantes. Respecto a la raza a que perteneció, es indudablemente la caucásica, es decir, la blanca, la nuestra. El cráneo de este fósil es ovoidal, sin desarrollo de pómulos ni proyección de la mandíbula. No presenta ningún carácter de ese prognatismo que modifica el ángulo facial. Medid ese ángulo, tiene cerca de noventa grados. Pero avanzaré más en el camino de las deducciones y me atreveré a decir que este ejemplar humano pertenece a la familia jafética, extendida desde las Indias hasta los límites de la Europa occidental. ¡No riais, señores!

Nadie reía; pero ¡tenía tal costumbre el profesor de ver dilatarse los semblantes!...

-Sí -continuó con creciente animación-; sí, es un hombre fósil, contemporáneo de los mastodontes, cuyas osamentas llenan este anfiteatro. Pero no me atreveré a deciros por qué camino ha venido aquí, cómo han caído en esta enorme cavidad del globo las capas en que estaba sepultado. Sin duda ocurrían aún en la época cuaternaria tremendos cataclismos en la corteza terrestre; el continuo enfriamiento del globo producía grietas, aberturas, abismos donde caían porciones del terreno superior. Nada doy por seguro en esto; pero en último caso, el hombre está ahí, rodeado de las obras de sus manos, de esas hachas, de esas sílices labradas que han constituido la edad de piedra, y a no ser que viniera como yo, es decir, como soldado de la ciencia, no puedo poner en duda la autenticidad de su antiguo origen.

El profesor calló, y yo prorrumpí en aplausos. Mi tío tenía razón y otros más sabios que su sobrino no hubieran podido contradecirle.

Otro indicio más. Aquel cuerpo fosilizado no era el único del inmenso osario. A cada paso que dábamos encontrábamos otros y mi tío podía escoger el mejor conservado de aquellos ejemplares para convencer a los incrédulos.

Era en verdad asombroso espectáculo el de aquellas generaciones de hombres y animales confundidos en el mismo cementerio. Pero se presentaba una grave cuestión que no nos atrevimos a resolver. ¿Aquellos seres habían caído hasta las orillas del mar Lidenbrock por efecto de una convulsión del globo cuando ya estaban fosilizados? ¿O vivieron aquí, en este mundo subterráneo, bajo este cielo ficticio, naciendo y muriendo como los habitantes de la tierra? Hasta entonces solo habíamos visto vivos monstruos marinos y peces. ¿Vagaría aún por aquellas desiertas playas algún hombre del abismo?

Durante media hora hollaron aún nuestros pies aquellas capas de osamentas. Ardiente curiosidad nos impulsaba hacia adelante. ¿Qué otras maravillas encerraba aquella caverna? ¿Cuántos tesoros para la ciencia? Mi vista esperaba nuevas sorpresas, mi imaginación todo género de asombros.

Mucho tiempo hacía que habían desaparecido las riberas del mar tras las colinas del osario; el imprudente profesor se cuidaba poco de extraviarse y me arrastraba consigo. Avanzábamos en silencio, bañados por las ondas eléctricas. Por un fenómeno que no puedo explicar y gracias a la completa difusión de la luz, esta iluminaba uniformemente todas las caras de los objetos. Como el foco no ocupaba ningún punto determinado del espacio, no producía efecto alguno de sombra. Hubiéramos podido creer que estábamos en mediodía, en pleno estío, bajo los rayos verticales del sol de las regiones ecuatoriales. Habían desaparecido todos los vapores. Las rocas, las montañas lejanas, algunas confusas masas de bosque tomaban extraño aspecto bajo la igual distribución del fluido luminoso. Nos parecíamos a esos fantásticos personajes de Hoffman que han perdido su sombra.

Después de recorrer una milla llegamos al lindero de una selva inmensa, pero no ya de una selva de hongos como los de Puerto Grauben.

Allí se desarrollaba en toda su magnificencia la vegetación de la época terciaría. Grandes palmeras de especies que han desaparecido de la superficie de la tierra, soberbios palmacitos, pinos, tejos, cipreses y tuyas, representaban la familia de las coníferas, enlazándolos entre sí trepadoras colosales. Un tapiz de musgo y hepáticas, revestía blandamente el suelo. Algunos arroyos murmuraban bajo un follaje que no producía sombra. En las orillas del agua crecían helechos arborescentes parecidos a los de los calientes invernaderos del globo habitado. Pero privados aquellos árboles, aquellos arbustos y plantas del vivificante calor del sol, no tenían color. Todo el bosque se confundía en un tinte uniforme, oscuro y como marchito. Las hojas carecían de verdura, y hasta las flores tan abundantes en aquella época terciaria que las vio nacer, sin matices ni perfume, parecían hechas de papel descolorido por la acción de la atmósfera.

Mi tío Lidenbrok penetró bajo aquellas gigantescas enramadas, siguiéndole yo, aunque con cierto temor. Puesto que la naturaleza había alimentado aquella vegetación, ¿por qué no hablan de encontrar su nutrición en ella los mamíferos? En los claros que dejaban los árboles caídos veía leguminosas, acerinas rubiáceas y mil plantas comestibles, apetecidas por los rumiantes de todos los períodos. Después aparecían confundidos y mezclados, árboles de las diferentes partes del globo, el haya crecía junto a la palmera, el eucalipto australiano se apoyaba en el abeto de Noruega, el abedul del norte confundía sus ramas con las del Kauris zelandés. Aquel bosque hubiera confundido y desesperado a los clasificadores más ingeniosos de la botánica terrestre.

De pronto me detuve cogiendo de la mano a mi tío.

La luz difusa permitía distinguir hasta los menores objetos entre las enramadas. Había creído ver... ¡No! ¡Veía realmente formas inmensas agitarse bajo los árboles! En efecto, eran animales gigantescos, un rebaño de mastodontes, no fósiles ya, sino vivos, y parecidos a aquellos cuyos restos se descubrieron en 1801 en los pantanos del Ohio. Veía aquellos inmensos elefantes cuyas trompas se agitaban entre los árboles como una legión de serpientes. Oía el ruido de sus largos colmillos que taladraban los troncos. Las ramas crujían, y arrancadas las hojas en cantidades considerables, desaparecían en la inmensa boca de aquellos monstruos.

¡Aquel sueño en que había visto renacer los seres de los tiempos prehistóricos, de las épocas terciarias y cuaternarias, se realizaba al fin! Y estábamos allí solos, en las entrañas del globo, a merced de sus feroces habitantes.

Mi tío miraba.

-Vamos -dijo cogiéndome de un brazo-; ¡adelante, adelante!

-¡No! -exclamé yo-. ¡No! ¡Estamos sin armas! ¿Qué haremos en medio de ese rebaño de gigantescos cuadrúpedos? ¡Venid, tío mío, venid! Ninguna criatura humana puede arrostrar impunemente la cólera de esos monstruos.

-¡Ninguna criatura humana! -respondió mi tío bajando la voz-. ¡Te engañas, Axel! ¡Mira, mira allá abajo! ¡Me parece que veo un ser viviente! ¡Un ser semejante a nosotros! ¡Un hombre!

Yo miré encogiéndome de hombros y decidido a no creer más que a mi vista. Pero tuve que rendirme a la evidencia.

En efecto, a menos de un cuarto de milla, apoyado en el tronco de un kauris enorme, un ser humano, un proteo de aquellas comarcas subterráneas, un nuevo hijo de Neptuno, guardaba aquel innumerable rebaño de mastodontes.

Immanis pecoris custos, immanior ipse! ¡Sí! Immanior ipse! No era ya el hombre fósil que habíamos encontrado en el osario, era un gigante capaz de dirigir monstruos. Su estatura pasaba de doce pies. Su cabeza, tan grande como la de un búfalo, estaba cubierta de inculta cabellera, semejante a las crines de los elefantes de las primeras edades. Blandía en su mano una rama enorme, digno cayado de aquel pastor antediluviano.

Mi tío y yo permanecíamos inmóviles, estupefactos. Pero podíamos ser vistos. Era preciso huir.

-¡Venid, venid! -exclamé arrastrando al profesor que, por primera vez, se dejó llevar.

Un cuarto de hora después, habíamos perdido de vista a aquel temible enemigo.

Ahora que reflexiono tranquilamente; ahora que mi espíritu está en calma, que han trascurrido meses desde aquel extraño y sobrenatural encuentro, ¿Qué debo pensar? ¿Qué debo creer? ¡No! ¡Es imposible! ¡Nuestros sentidos se engañaron, nuestros ojos no vieron bien! ¡Ningún ser humano existe en aquel mundo subterráneo! ¡Ninguna generación de hombres habita aquellas cavernas inferiores del globo, sin tener noticia de los moradores de la superficie, sin comunicación con ellos! ¡Todo fue una alucinación insensata, un sueño!

Admito más bien la existencia de algún animal cuyas formas se aproximen a las del hombre, de algún mono de las primeras épocas geológicas, de algún protopíteco, de algún mesopíteco parecido al que descubrió Lartet en la gruta osífera de Sansan. Pero este excedía por su magnitud a todas las medidas que la moderna paleontología les asigna. ¡No importa! Debía ser un mono, por inverosímil que parezca. Pero un hombre, un hombre vivo, y con él toda una generación sepultada en las entrañas de la tierra... ¡Jamás!

Mudos de asombro y dominados por una estupefacción que llegaba al embrutecimiento, salimos de la luminosa selva. Maquinalmente corríamos. Nuestra fuga era igual a la penosa que se emprende durante algunas pesadillas. Sin saber cómo, volvíamos al mar Lidenbrock, y no sé hasta qué alucinación hubiera llegado mi espíritu, a no sugerirme ideas más prácticas una nueva observación.

Aunque estaba seguro de que pisábamos un terreno que no habíamos recorrido antes, frecuentemente veía agregaciones de rocas cuya forma me recordaban las de Puerto Grauben. Esto venía en confirmación de las indicaciones de la brújula y de nuestro involuntario regreso al norte del mar Lidenbrock. Todo contribuía a hacer mayor la semejanza. Arroyos y cascadas se precipitaban por centenares de las rocas. A cada momento esperaba ver la capa de lignito, nuestro fiel Hans-bach y la gruta en que volví a la vida. Pero algunos pasos más lejos, la disposición de las rocas, la aparición de un arroyo o el sorprendente perfil de una montaña volvían a sumergirme en la duda.

Participé a mi tío mi indecisión, y quedó tan dudoso como yo. En medio de aquel uniforme panorama no podía orientarse.

-Evidentemente -le dije- no hemos abordado a nuestro punto de partida, sino que la tempestad nos ha arrojado algo más abajo, y siguiendo la playa llegaremos a Puerto Grauben.

-En ese caso -respondió mi tío- es inútil continuar esta exploración, y lo mejor es volver a la balsa. ¿Pero no te engañas, Axel?

-Difícil es saberlo, tío, porque todas estas rocas se parecen. Sin embargo, creo reconocer el promontorio a cuyo pie construyó Hans la embarcación. Debemos estar cerca del puerto, si es que no estamos en él, añadí, examinando una pequeña ensenada que creí reconocer.

-No, Axel; encontraríamos nuestras propias huellas, y nada veo...

-Pero yo veo algo, exclamé lanzándome hacia un objeto que brillaba en la arena.

-¿Qué ves?

-Esto -respondí.

Y enseñé a mi tío un puñal, cubierto de óxido, que acababa de coger.

-¡Calla! -dijo-. ¿Habías traído esta arma?

-¿Yo? ¡De ningún modo!, pero vos...

-Tampoco. Jamás he tenido yo un arma de estas.

-Pues ahora es más extraño.

-No, es muy sencillo, Axel. Los islandeses usan armas de esta clase; y Hans, que llevaría esta, la habrá perdido...

Al oír a mi tío, moví la cabeza, porque nunca había visto aquel puñal en poder de Hans.

-¿Será acaso un arma de algún guerrero antediluviano -exclamé- de un hombre vivo, de un contemporáneo de ese gigantesco pastor? ¡Pero no! ¡No es un arma de la edad de piedra! ¡Ni aun de la edad de bronce! Esta hoja es de acero...

Mi tío me detuvo en mis observaciones, diciéndome con su acostumbrado aplomo:

-Cálmate, Axel. Ese puñal es un arma del siglo XVI, una verdadera daga de las que llevaban los caballeros para dar el golpe de gracia. Es de origen español. No nos pertenece a nosotros, ni al cazador, ni tampoco a los seres humanos que tal vez habitan el interior del globo.

-¿Os atreveréis a decir?...

-Mira, no se ha estropeado de este modo al penetrar en la garganta de los hombres; la hoja está cubierta de una capa de óxido que no data de un día, ¡de un año ni de un siglo!

El profesor se animaba según costumbre, dejándose arrastrar por su imaginación.

-Axel -continuó-; estamos en el camino del grande descubrimiento. Esta arma está abandonada sobre la arena hace trescientos años quizá, se ha mellado en las rocas de esta mar subterránea.

-¡Pero no ha venido sola aquí! -exclamé yo-. ¡Alguno nos ha precedido!...

-¡Sí!, un hombre.

-¿Y ese hombre?

-¡Ese hombre ha grabado su nombre con este puñal! ¡Ese hombre ha querido señalar con su mano una vez más el camino del centro! ¡Busquemos! ¡Busquemos!

Y fuertemente excitada nuestra curiosidad, empezamos a reconocer la roca, penetrando hasta en las más pequeñas hendiduras que podían transformarse en galería.

De esta manera llegamos a un punto en que se estrechaba la playa.

La mar venía casi a lamer el pie de las rocas, dejando en seco un espacio de menos de una toesa. Entre dos rocas avanzadas se veía la entrada de un túnel oscuro.

Allí, sobre un pedazo de granito, aparecían dos letras misteriosas medio borradas, las dos iniciales del atrevido y fantástico viajero:

A. S.



-¡A. S.! -exclamó mi tío-. ¡Arne Saknussemm! ¡Siempre Arne Saknussemm!

Tantos espectáculos asombrosos había presenciado desde el principio del viaje, que podía creerme ya al abrigo de toda sorpresa. Sin embargo, al ver aquellas dos letras, grabadas allí desde trescientos años atrás, quedé profundamente admirado. No solo leíamos en la roca las iniciales del sabio alquimista, sino que teníamos en la mano el puñal con que las trazó. A menos de ser un hombre de mala fe, no podía poner en duda la existencia del viajero y la realidad del viaje.

Mientras hacía yo estas reflexiones, el profesor Lidenbrock se entregaba a un acceso algo ditirámbico sobre Arne Saknusemm.

-¡Maravilloso genio! -exclamaba-. ¡Nada has olvidado de lo que podía abrir a los demás mortales los caminos de la corteza terrestre, y tus semejantes pueden encontrar las huellas que dejaron tus pies hace tres siglos en el fondo de estos oscuros subterráneos! ¡Has reservado la contemplación de estas maravillas a otros ojos que los tuyos! Tu nombre, grabado en distintos sitios, sirve de seguro guía al viajero que es bastante audaz para seguirte, y, en el centro mismo de nuestro planeta, lo encontrará escrito también por tu propia mano. ¡Pues bien! ¡Yo iré como tú a firmar con mi nombre esa última página de granito! ¡Pero desde ahora, ese cabo que tú viste después de descubrir este mar, que lleve el nombre de cabo Saknussemm!

Esto decía mi tío, y el entusiasmo que respiraban sus palabras me invadía poco a poco. En mi pecho se reanimó el ardimiento. Olvidé todos los peligros del viaje, lo mismo que los que habíamos de arrostrar al regreso. Quería hacer lo que otro había hecho ya, y nada humano me parecía imposible.

-¡Adelante, adelante! -exclamé.

¡Y ya me lanzaba hacia la oscura galería, cuando me detuvo el profesor, teniendo que aconsejarme paciencia y tranquilidad aquel hombre de los arrebatos!

-Busquemos antes a Hans -me dijo- y traigamos la balsa a este sitio.

Con disgusto obedecí esta orden, y rápidamente me deslicé entre las rocas de la costa.

-¡Sabéis, tío, que hasta ahora os han servido maravillosamente las circunstancias!

-¿Eso crees, Axel?

-Sin duda; hasta la tempestad nos ha servido para traernos al verdadero camino. ¡Bendito sea el huracán! ¡Él nos ha traído a esta costa de la que nos hubiese alejado el buen tiempo! Suponed por un momento que hubiera tocado vuestra proa (¡la proa de una balsa!) las costas meridionales del mar Lidenbrock; ¿A dónde hubiésemos ido a parar? No hubiese aparecido a nuestra vista el nombre de Saknussemm y estaríamos abandonados en una playa sin salida.

-Sí, Axel, hay algo de providencial en que, navegando hacia el sur hayamos vuelto precisamente al norte del cabo Saknussemm. Debo convenir en que todo esto es asombroso e inexplicable.

-¡Poco importa explicar los hechos, lo esencial es aprovecharlos!

-Sin duda, hijo mío; pero...

-Vamos a emprender nuevamente el camino del norte; pasaremos por debajo de las comarcas septentrionales de Europa, Suecia, Rusia, la Siberia, ¿qué sé yo?, en vez de sepultarnos bajo los desiertos de África o las olas del océano: ¡no quiero saber más!

-Sí, Axel, tienes razón, todo lo ocurrido es en provecho nuestro, toda vez que abandonamos esa mar horizontal que a ninguna parte podía conducirnos. ¡Vamos a bajar otra vez, a bajar más, a bajar siempre! ¿Sabes que solo nos quedan ya quinientas leguas que recorrer para llegar al centro del globo?

-¡Bah! -exclamé- ¡eso no merece la pena de hablar de ello! ¡En marcha, en marcha!

Aún duraba esta insensata conversación, cuando llegamos junto al cazador. Todo estaba preparado para nuestra inmediata partida. Nada quedaba por embarcar. Nos colocamos, pues, en la balsa y largando la vela, se dirigió Hans costeando hacia el cabo Saknussemm.

El viento no era favorable a aquella embarcación que no podía ceñirlo; así era que algunas veces teníamos que avanzar con auxilio de nuestros bastones herrados. Frecuentemente, las rocas que descubríamos a flor de agua, nos obligaban a dar grandes rodeos. Al fin, después de tres horas de navegación, es decir, cerca de las seis de la tarde, tocamos en un sitio propicio al desembarque.

Inmediatamente, salté en tierra seguido de mi tío y del islandés. La travesía no me había calmado. Todo lo contrario. Hasta llegué a proponer que quemáramos nuestras naves para no tener retirada; pero se opuso mi tío. Lo encontraba excesivamente tibio.

-Al menos -dije- partamos sin pérdida de tiempo.

-Sí, hijo mío; pero examinemos antes esta nueva galería para saber si hemos de preparar las escalas.

Mi tío puso en actividad el aparato de Ruhmkorff, y atando sólidamente la balsa a un peñasco, partimos, yo el primero, hacia la entrada de la galería que estaba a veinte pasos de allí.

El orificio era casi circular y de cinco pies de diámetro próximamente; el sombrío túnel estaba abierto en roca viva y sumamente alisado por las materias eruptivas a las que dio paso en otro tiempo; la parte inferior del citado orificio llegaba al suelo, de modo que pudimos entrar sin dificultad.

Seguíamos un plano casi horizontal, cuando a los seis pasos, una enorme roca detuvo nuestra marcha.

-¡Maldito peñasco! -exclamé con cólera, viéndome detenido bruscamente por un obstáculo infranqueable.

Por más que buscamos a derecha e izquierda, arriba y abajo, no encontramos paso alguno ni la más pequeña abertura. Me resistía a creer en la realidad del obstáculo y miré por debajo de la roca; no había el menor intersticio; por encima, igual barrera de granito. Hans proyectó la luz de la lámpara sobre todos los puntos de la pared, pero esta no presentaba ninguna solución de continuidad. Preciso era renunciar a toda esperanza de pasar por allí.

Yo me había sentado en el suelo y mi tío recorría el túnel a largos pasos.

-¿Pero Saknussemm?... -exclamé.

-Sí -me interrumpió mi tío-. ¿Le detuvo también esta roca?

-¡No! ¡No! -respondí con vivacidad-. Este peñasco ha cerrado bruscamente esta galería, cayendo aquí por efecto de alguna sacudida o de esos fenómenos magnéticos que agitan la corteza del globo.

Entre el regreso de Saknussemm y la caída de esta roca deben haber trascurrido muchos años. ¿No es evidente que esta galería fue en otro tiempo el camino de las lavas, y que entonces circulaban libremente por aquí las materias eruptivas? Mirad esas recientes hendiduras que surcan ese techo de granito: esa bóveda está formada por una aglomeración de enormes peñascos; algún día uno de ellos se desprendió por efecto de irresistible impulso y cayó obstruyendo este camino. ¡Este es un obstáculo accidental que no encontró Saknussemm, y si no le removemos, seremos indignos de llegar al centro de la tierra!

¡De este modo hablaba! El alma del profesor había pasado a mi cuerpo. El genio de los descubrimientos me inspiraba. Olvidaba el pasado y despreciaba el porvenir. Nada existía para mí en la superficie de este esferoide, en cuyo seno estaba sepultado; ni ciudades, ni campos, ni Hamburgo, ni Königstrasse, ni mi pobre Grauben, que debía creerme perdido para siempre en las entrañas de la tierra.

-¡Pues bien! -dijo mi tío-. ¡Abramos paso a golpes de pico y azadón! ¡Derribemos esa muralla!

-¡Es demasiado dura para el pico y el azadón!

-¡Pero!...

-¡La pólvora! ¡Minemos el obstáculo y hagámoslo volar!

-¡La pólvora!

-¡Sí! ¡Solo se trata de hacer saltar un pedazo de roca!

-¡Hans, a la obra! -exclamó mi tío.

El islandés volvió a la balsa y pronto llegó con un pico, con el que abrió un hornillo de mina. No era fácil trabajo. Tratábase de abrir un agujero capaz de contener cincuenta libras de algodón-pólvora, cuya potencia expansiva es cuatro veces mayor que la de la pólvora de cañón.

Por mi parte puedo asegurar que me encontraba prodigiosamente excitado. Mientras trabajaba Hans, ayudaba yo activamente a mi tío a preparar una larga mecha, formada con pólvora mojada y envuelta en una larga funda de tela.

-¡Pasaremos! -decía.

-¡Pasaremos! -repetía mi tío.

A medianoche quedó terminado el trabajo; la carga de algodón-pólvora estaba encerrada en el hornillo, y desarrollándose la mecha por toda la galería, iba a terminar en el exterior.

Solo faltaba la chispa para producir la explosión.

-¡Mañana! -dijo el profesor.

¡Preciso era que me resignara a esperar seis largas horas aún!

El día siguiente, 27 de agosto, fue uno de los más célebres de nuestro viaje. No lo recuerdo sin que palpite mi corazón con temor. Desde aquel momento nada pudieron hacer nuestra razón ni nuestras fuerzas, y quedamos a merced de los fenómenos de la tierra.

A las seis estábamos en pie. Se acercaba el momento de que nos abriera paso la pólvora a través de las capas de granito.

Yo solicité el honor de prender fuego a la mina. Una vez hecho esto, debía reunirme a mis compañeros en la balsa que no había sido descargada; enseguida nos haríamos a la mar con objeto de evitar los peligros de la explosión, cuyos efectos podían no quedar exclusivamente concentrados en el interior de la roca.

La mecha debía arder diez minutos, según nuestros cálculos, antes de comunicar el fuego a la pólvora. Tenía, por consiguiente, bastante tiempo para volver a la balsa.

Me preparé, pues, a desempeñar mi cometido, aunque con cierta emoción.

Después de ligero almuerzo se embarcaron mi tío y el cazador, quedando yo en la playa, provisto de una linterna encendida que debía servirme para dar fuego a la mecha.

-Ve, hijo mío -me dijo el profesor- y vuelve inmediatamente.

-Descuidad -le contesté-; no me distraeré en el camino.

Inmediatamente, me dirigí al orificio de la galería, abrí la linterna y cogí la mecha.

El profesor tenía el cronómetro en la mano.

-¿Estás dispuesto? -gritó.

-Sí.

-¡Pues bien, fuego, hijo mío!

En el mismo momento acerqué la llama a la mecha que centelleó a su contacto, y volví corriendo a la playa.

-¡Embarca -dijo mi tío- y a la mar!

Con vigoroso empuje nos separó Hans de la costa. La balsa se alejó unas veinte toesas.

Aquel fue un momento palpitante. El profesor seguía con la vista la aguja del cronómetro.

-Cinco minutos aún -decía-; ¡cuatro, tres!

Mi pulso latía medios segundos.

-¡Dos, uno!... ¡Caed, montañas de granito!

¿Qué pasó entonces? Creo que no llegué a oír la detonación. Pero la forma de las rocas se modificó súbitamente ante mi vista, abriéndose como una cortina. Vi un espantoso abismo que se abría en la playa. La mar, como invadida de vértigo, solo formó una enorme ola, sobre cuyo dorso se elevó la balsa perpendicularmente.

Mi tío, Hans y yo fuimos derribados. En menos de un segundo quedó reemplazada la luz por la más profunda oscuridad. Después sentí que faltaba el apoyo sólido, no a nuestros pies, sino a la balsa. Creí que se sumergía. Pero no sucedió así. Hubiera querido hablar a mi tío, pero el mugido de las aguas le hubiese impedido oírme.

A pesar de las tinieblas, del ruido, la sorpresa y la emoción, comprendí lo que acababa de suceder.

Al otro lado de la roca que acaba de volar, existía un abismo. La explosión había producido una especie de terremoto en aquel suelo surcado de grietas; se había abierto el antro, y la mar, convertida en torrente, nos arrastraba con ella.

Me creí perdido.

Una hora, dos horas, ¡qué sé yo!, pasaron de aquel modo. Los tres nos estrechábamos y nos cogíamos de las manos para no ser precipitados fuera de la balsa. Algunas veces chocábamos violentamente contra las rocas; pero aquellos choques eran cada vez más raros, de lo que deduje que se ensanchaba la galería. No podíamos dudar que aquel era el camino seguido por Saknussemm; pero en vez de bajar solos, en nuestra imprudencia habíamos arrastrado al mar con nosotros.

Estas ideas se presentaban a mi espíritu de una manera vaga y oscura. Yo las asociaba difícilmente durante aquella vertiginosa carrera que se asemejaba a una caída. A juzgar por la violencia con que el aire me azotaba el rostro, nuestra velocidad debía ser mayor que la de los trenes más rápidos. Imposible era encender una antorcha en aquellas condiciones y nuestro último aparato eléctrico había quedado roto en la explosión.

Muy sorprendido quedé al ver brillar de pronto una luz a mi lado. Iluminose el tranquilo rostro de Hans. El diestro cazador había conseguido encender una linterna, y, aunque su llama vacilaba y casi se extinguía, arrojó alguna luz en aquella espantosa oscuridad.

La galería era ancha. Con razón la había juzgado así. La escasa luz de la linterna no nos permitía distinguir las dos paredes a la vez. La pendiente de las aguas que nos arrastraban superaba a la de las corrientes más rápidas de América. Su superficie parecía formada por haces de flechas líquidas lanzadas con extraordinaria fuerza. No encuentro comparación más exacta para dar idea de la impresión que experimentaba. Cogida la balsa en algunos remolinos, caminaba algunas veces dando vueltas. Cuando nos acercábamos a una pared, proyectaba la luz de la linterna, y podía juzgar de la velocidad, al ver los picos salientes de las rocas convertirse en rasgos continuos, de tal manera que parecía que estábamos encerrados en una red de líneas movibles. Debíamos correr a razón de más de treinta leguas por hora.

Mi tío y yo nos mirábamos con ojos espantados, cogidos a un pedazo del mástil que se había partido en el momento de la catástrofe. Para no quedar sofocados por la rapidez de aquel movimiento que ninguna fuerza humana podía contener, volvíamos la espalda al aire.

Las horas pasaban. La situación no cambiaba, pero un incidente vino a complicarla.

Al querer arreglar el cargamento, observé que la mayor parte de los objetos embarcados habían desaparecido en el momento de la explosión, cuando nos asaltó la mar con tanta violencia. Quise saber a qué atenerme con exactitud sobre nuestros recursos, y, con la linterna en la mano, empecé mis pesquisas. De todos los instrumentos, solo nos quedaban la brújula y el cronómetro. Las escalas de cuerda estaban reducidas a un pedazo de cable rodeado al trozo del mástil. Ni un azadón, ni un pico, ni un martillo, y lo que era infinitamente peor, ¡solo teníamos víveres para un día!

Registró los intersticios de la balsa, hasta las menores hendiduras que quedaban entre los maderos. ¡Nada! Nuestras provisiones estaban reducidas a un pedazo de carne seca y a algunas galletas.

¡Miraba a la balsa con aspecto estúpido y sin querer comprender! Y, sin embargo, ¿por qué me preocupaba de aquel peligro? Aunque hubiésemos tenido víveres para dos meses, para dos años, ¿cómo habíamos de salir de aquel abismo a donde nos arrastraba el irresistible torrente? ¿A qué temer los tormentos del hambre cuando se nos presentaba la muerte bajo otra forma? ¿Tendríamos acaso tiempo para morir de inanición?

Sin embargo, por un extraño fenómeno de imaginación, olvidé el peligro inmediato y se me presentó el porvenir con todos sus horrores. Además, tal vez podríamos escapar del furor del torrente y volver a la superficie del globo. ¿Cómo? Lo ignoro. ¿Dónde? ¿Qué importaba? Una probabilidad entre mil, siempre es una probabilidad, mientras que la muerte por el hambre no nos dejaba ninguna.

Ocurrióseme decirlo todo a mi tío y manifestarle el estado en que nos encontrábamos, para calcular con exactitud el tiempo de vida que nos quedaba. Pero tuve valor para callar. Quería dejarle toda su sangre fría.

En aquel momento la luz de la linterna bajó poco a poco y se extinguió al fin. La mecha se había quemado completamente. La oscuridad volvió a ser absoluta. No había que pensar en disipar aquellas impenetrables tinieblas. Aún quedaba una antorcha, pero no hubiera podido permanecer encendida. Entonces cerré los ojos como hacen los niños, para no ver aquella oscuridad.

Pasado algún tiempo, redobló la rapidez de nuestra marcha. Lo conocí en la fuerza con que me azotaba el rostro, el aire. La pendiente de las aguas era excesiva. Creo verdaderamente que no nos deslizábamos, sino que caíamos. Sentía la impresión de una caída casi vertical. Hans y mi tío me sujetaban vigorosamente por los brazos.

Después de un tiempo que no pude apreciar, sentí como un choque; la balsa no había tocado a ningún cuerpo duro, pero se había detenido. Una tromba, una inmensa columna de agua, cayó sobre nosotros. Yo estaba asfixiado. Me ahogaba...

Pero la inundación no continuó. A los pocos segundos pude respirar el aire libre. Mi tío y Hans me estrechaban fuertemente los brazos; la balsa nos llevaba aún a los tres.

Supongo que debían ser entonces las diez de la noche. El primero de mis sentidos que se despejó después del último aturdimiento, fue el oído. Oí, porque fue un verdadero acto de audición, oí que el silencio reemplazaba en la galería a los mugidos que habían reinado hasta entonces, y después estas palabras que llegaron hasta mí como un murmullo:

-¡Subimos!

-¿Qué queréis decir? -exclamé.

-¡Sí, subimos! ¡Subimos!

Extendí los brazos y toqué el muro, rozándome la mano hasta brotar sangre. Subíamos con extraordinaria rapidez.

-¡La antorcha!, ¡la antorcha! -exclamó el profesor.

Con gran dificultad pudo encenderla Hans, y la llama, manteniéndose de abajo arriba, a pesar del movimiento ascensional, arrojó bastante luz para iluminar la escena.

-No me engañaba -dijo mi tío-. Nos encontramos en un pozo estrecho que no llega a tener cuatro toesas de diámetro. El agua ha llegado al fondo del abismo y recobra su nivel subiéndonos con ella.

-¡A dónde!

-Lo ignoro, pero debemos estar prevenidos para cualquier acontecimiento. Subimos con velocidad de dos toesas por segundo, a lo que puedo calcular, es decir, ciento veinte toesas por minuto, o más de tres leguas y media por hora. A este paso se anda mucho.

-¡Seguramente, si no nos detiene algo, si este pozo tiene salida! ¡Pero si está cerrado, si el aire se comprime poco a poco por la presión de la columna de agua, si nos aplastara!...

-Axel -dijo el profesor con tranquilidad-; nuestra situación es casi desesperada, pero tenemos algunas probabilidades de salvación, y las examino. Si a cada momento podemos perecer, a cada momento también podemos vernos en salvo. Estemos dispuestos a aprovechar las circunstancias.

-¿Pero, qué hacer?

-Reparar nuestras fuerzas comiendo.

Al oír esto miré a mi tío con ojos extraviados. Era preciso decirle al fin lo que hasta entonces le había ocultado.

-¿Comer? -repetí.

-Sí, al momento.

El profesor añadió algunas palabras en danés. Hans movió la cabeza.

-¡Qué! -exclamó mi tío-; ¿hemos perdido las provisiones?

-Sí, ¡mirad lo que nos queda! ¡Un pedazo de carne seca para los tres!

Mi tío me miró sin querer comprender mis palabras.

-¡Y bien! -añadí-; ¿creéis aún que nos podemos salvar?

Mi pregunta no obtuvo respuesta.

Una hora pasó así. Empezaba a experimentar con violencia el hambre. Mis compañeros sufrían igualmente y ninguno de los tres se atrevía a tocar aquel miserable resto de alimento.

Pero continuábamos subiendo con extraordinaria rapidez. Algunas veces nos cortaba la respiración el aire como a los aeronautas cuya ascensión es demasiado rápida. Pero si estos experimentan un frío proporcional a medida que se elevan en las capas atmosféricas, nosotros experimentamos un efecto absolutamente contrario. El calor aumentaba de un modo alarmante, debiendo llegar en aquel momento a cuarenta grados.

¿Qué significaba aquel cambio? Hasta entonces los hechos habían confirmado las teorías de Davy y Lidenbrock; hasta entonces, particulares condiciones de rocas refractarias, electricidad y magnetismo, habían modificado las leyes generales de la naturaleza, proporcionándonos moderada temperatura; porque para mí era siempre verdadera la teoría del fuego central, y la única explicable. ¿Íbamos a llegar al punto donde se realizaban estos fenómenos en todo su rigor, donde el calor reducía las rocas al estado de fusión? Así lo temía, y dije al profesor:

-Si no nos ahogamos o despedazamos contra las rocas, si no morimos de hambre, aún nos queda la probabilidad de quemarnos vivos.

El profesor se encogió de hombros y continuó en sus reflexiones.

Otra hora pasó, y exceptuando un ligero aumento de temperatura, ningún incidente modificó nuestra situación. Al fin rompió el silencio mi tío.

-Es necesario tomar una determinación -dijo.

-¿Una determinación? -repliqué yo.

-Sí. Es preciso que reparemos nuestras fuerzas. Si no lo hacemos, comiendo ese resto de alimento, solo conseguiremos estar débiles hasta el fin.

-Sí, hasta el fin, que no se hará esperar.

-¡Y bien!, si se presenta una probabilidad de salvación, si es necesario obrar, ¿cómo hemos de encontrar fuerza para ello, si nos dejamos debilitar por la inanición?

-Y si devoramos ese pedazo de carne, ¿qué nos quedará?

-Nada, Axel, nada. ¿Pero te alimentará más comiéndole con los ojos? ¡Estás hablando como un hombre sin energía!

-¿Pero es que no desesperáis vos también? -exclamé con irritación.

-¡No! -replicó firmemente el profesor.

-¡Qué! ¿Aún creéis que podemos salvarnos?

-¡Sí!, ¡ciertamente que sí! Mientras palpité el corazón, ningún ser dotado de voluntad debe desesperar.

¡Qué palabras! El hombre que en aquellas circunstancias las pronunciaba tenía seguramente un temple poco común.

-En fin, ¿qué pretendéis hacer?

-Comer las provisiones que nos quedan hasta la última migaja, y reparar nuestras perdidas fuerzas. Esta será nuestra última comida; pero al menos, en vez de estar extenuados como ahora, volveremos a ser hombres.

-¡Pues bien! ¡Comamos! -exclamé.

Mi tío cogió el pedazo de carne y las escasas galletas que habían escapado del naufragio; hizo tres partes iguales, y las distribuyó. La porción recibida por cada uno venía a constituir una libra de alimento. El profesor comió ávidamente con una especie de arrebato febril; yo sin placer, a pesar del hambre, y casi con repugnancia, y Hans tranquilamente, despacio, sin hacer ruido y a pequeños bocados, saboreando los alimentos con la tranquilidad de un hombre que no se cuida del porvenir.

Registrando bien, había encontrado una calabaza medio llena de ginebra; nos la ofreció, y aquel benéfico licor nos reanimó algo.

-Fortafffig -dijo Hans bebiendo a su vez.

-¡Excelente! -respondió mi tío.

Yo había recobrado alguna esperanza. Habíamos terminado nuestra última comida. Eran entonces las cinco de la mañana.

Puede decirse que la salud del hombre es un efecto puramente negativo; una vez satisfecha la necesidad de comer, difícilmente se forma idea de los horrores del hambre; es necesario experimentarlos para comprenderlos. Por esta razón, después de largo ayuno, algunos bocados de galleta y de carne triunfaron de nuestros dolores pasados.

Después de comer, cada uno se entregó a sus reflexiones. ¿En qué pensaba Hans, aquel hombre del extremo occidente que mostraba la resignación fatalista de los orientales? Respecto a mí, mis pensamientos consistían en recuerdos y me llevaban a la superficie del globo que nunca debí dejar. La casa de Königstrasse, mi pobre Grauben y la vieja Marta, pasaron como visiones ante mis ojos y en los lúgubres rumores que circulaban por las rocas, creía oír el ruido de las ciudades de la tierra.

Mi tío, siempre en su negocio, con la antorcha en la mano, examinaba atentamente la naturaleza de los terrenos, tratando de conocer nuestra situación por la observación de las capas superficiales. Este cálculo, o mejor dicho, esta apreciación, no podía ser muy exacta; pero un sabio siempre es un sabio, cuando consigue conservar su sangre fría, y el profesor Lidenbrock poseía esta cualidad en grado heroico.

Oíale murmurar palabras geológicas; le comprendía, y a pesar mío me interesaba en aquel supremo estudio.

-Granito eruptivo, decía. Aún estamos en la época primitiva; ¡pero subimos!, ¡subimos! ¿Quién sabe?

¡Quién sabe! Aún esperaba. Examinaba con la mano la pared vertical, y algunos momentos después continuaba diciendo:

-¡Aquí está el gneis! ¡He aquí los micasquistos! ¡Bien! Pronto vendrán los terrenos de la época de transición, y entonces...

¿Qué quería decir el profesor? ¿Podía medir el espesor de la corteza terrestre suspendida sobre nuestra cabeza? ¿Poseía algún medio para hacer este cálculo? No. Carecía de manómetro, y ninguna observación podía reemplazarle.

Sin embargo, la temperatura crecía en fuerte proporción y me sentía rodeado de una atmósfera abrasadora como la que reina en derredor de los hornos de fundición al salir el metal. Poco a poco habíamos tenido que despojarnos de los vestidos; hasta la ropa más ligera venía a ser causa de malestar, por no decir de sufrimiento.

-¿Subimos acaso hacia un foco incandescente? -exclamé al sentir aquel aumento de calor.

-No -respondió mi tío-; ¡es imposible!, ¡es imposible!

-Sin embargo -dije tocando la pared-; este muro abrasa.

En aquel momento, habiendo tocado el agua, y tuve que retirar violentamente la mano.

-¡El agua quema! -exclamé.

El profesor solo respondió con un gesto de cólera.

Desde aquel momento se apoderó de mí un terror que ya no pude dominar. Presentía una catástrofe próxima y tan terrible que la imaginación más audaz no hubiera podido concebirla. Una idea, primeramente vaga o indecisa, se fue cambiando en certeza ante mis ojos. Procuraba rechazarla; pero volvía con obstinación. No me atrevía a formularla. Sin embargo, algunas observaciones involuntarias contribuían a corroborarla. A la dudosa luz de la antorcha, observaba desordenados movimientos en las capas graníticas; evidentemente iba a ocurrir un fenómeno en el que tomaba parte la electricidad; además, ¡aquel excesivo calor!, ¡aquella agua hirviendo!... Quise observar la brújula.

¡Estaba loca!

¡Loca, sí! La aguja saltaba de un polo a otro con bruscas sacudidas, recorriendo todos los puntos del cuadrante y girando como acometida de vértigo.

Sabía bien que, según las teorías más aceptadas, la corteza mineral del globo nunca está en absoluto reposo; las modificaciones producidas por la descomposición de las materias internas, la agitación procedente de las grandes corrientes líquidas y la acción del magnetismo, la conmueven incesantemente, aunque los seres que habitan la superficie no adviertan la agitación. Este fenómeno no me hubiera asombrado en otras circunstancias, o al menos, no me hubiera sugerido una idea terrible.

Pero otros acontecimientos, algunos detalles sui generis, no me dejaron duda de lo que ocurría. Las detonaciones se multiplicaban con espantosa intensidad. Solo podía compararlas al ruido que producirían gran número de cajas de artillería arrastradas rápidamente sobre losas. Aquello era un trueno continuo.

Loca la brújula y sacudida por los fenómenos eléctricos, confirmaba mi opinión. La corteza mineral amenazaba romperse, el vacío donde estábamos iba a llenarse, y nosotros, pobres átomos, quedaríamos sepultados para siempre.

-¡Tío mío, tío mío! -exclamé-; estamos perdidos.

-¿Qué te aterra ahora? -me respondió con sorprendente tranquilidad-. ¿Qué tienes?

-¡Qué tengo! ¡Observad esas murallas que se agitan, esas capas que se dislocan, este calor tórrido, esa agua que hierve, esos vapores que brotan, esa brújula loca, todos estos indicios de terremoto!

Mi tío movió levemente la cabeza.

-¿Un terremoto? -dijo.

-¡Sí!

-¡Creo que te engañas, hijo mío!

-¡Qué! ¿No reconocéis estos síntomas?...

-¿De terremoto? ¡No! ¡Espero otra cosa mejor!

-¿Qué queréis decir?

-Una erupción, Axel.

-¡Una erupción! ¿Estaremos acaso en la chimenea de un volcán en actividad?

-Así lo creo -dijo el profesor sonriendo-; ¡eso es lo mejor que puede sucedemos!

¡Lo mejor! ¿Estaría loco mi tío? ¿Qué significaban aquellas palabras? ¿Por qué estaba tranquilo y se sonreía?

-¡Cómo! -exclamé-. ¡Estamos cogidos en una erupción! ¡La fatalidad nos ha traído a un camino de lavas incandescentes, de rocas enrojecidas, de aguas hirvientes y demás materias eruptivas! ¡Vamos a ser lanzados, vomitados al aire entre pedazos de roca, entre una lluvia de cenizas y escorias, entre torbellinos de llamas, y es lo mejor que podía ocurrirnos!

-Sí -respondió el profesor mirándome por encima de los anteojos-; porque es la única probabilidad que tenemos de volver a la superficie de la tierra.

Omito las mil ideas que se agitaban en mi mente. Mi tío tenía razón, y nunca me pareció tan audaz como en aquel momento, esperando y calculando con tranquilidad las probabilidades de una erupción.

Continuábamos subiendo, y la noche pasó en este movimiento ascensional; a cada instante redoblaba el fragor que nos rodeaba; estaba casi asfixiado; creía tocar a mi última hora, y, sin embargo, la imaginación es tan extraña, que me entregaba a investigaciones verdaderamente infantiles. ¡Pero sufría el efecto de mis pensamientos que no podía dominar!

Era evidente que nos impulsaba una erupción; bajo la balsa se agitaba el agua hirviendo, y bajo aquellas aguas, una pasta de lava, un agregado de rocas que, en la cúspide del cráter, se dispersarían en todos sentidos. Estábamos, pues, en la chimenea de un volcán. No podía dudarlo.

Pero no se trataba ahora del Sneffels, volcán extinguido, sino de otro en plena actividad. Entonces me preguntaba qué montaña podía ser aquella, y sobre qué parte del mundo íbamos a ser lanzados.

No podía dudar que en las regiones septentrionales. Hasta que quedó loca, había señalado constantemente la brújula esta dirección. Desde el cabo Saknussemm habíamos sido arrastrados al norte durante centenares de leguas. ¿Habríamos vuelto bajo Islandia? ¿Seríamos arrojados por el cráter del Hecla o por algunos de los siete volcanes de la isla? En un radio de quinientas leguas al oeste, no había bajo aquel paralelo más volcanes que los casi desconocidos de la costa noroeste de América. Al este, existía uno solo bajo el grado ochenta de latitud, el Esk, en la isla de Jan Mayen, cerca de Spitzberg. Los cráteres no escaseaban ciertamente, y eran bastante espaciosos para vomitar un ejército entero. Pero ¿por cuál saldríamos? Esto era lo que trataba de adivinar.

Cerca de amanecer aumentó el movimiento de ascensión. Si al acercarnos a la superficie del globo aumentaba el calor en vez de disminuir, es porque estaba localizado, y procedía de una influencia volcánica. Nuestro género de locomoción no podía dejarme duda de ello. Una fuerza enorme, fuerza de muchos centenares de atmósferas producida por los vapores acumulados en el seno de la tierra, nos impulsaba irresistiblemente. ¡Pero a cuántos peligros nos exponía!

Pronto penetraron siniestros reflejos en la galería que se iba ensanchando; a derecha e izquierda veía profundos túneles de los que se escapaban densos vapores; las llamas lamían las paredes de aquellas cavidades.

-¡Mirad! ¡Mirad, tío! -exclamé.

-¡Y bien! Son llamas sulfurosas. Nada más natural en una erupción.

-¿Pero si nos rodean?

-No nos rodearán.

-¿Pero si nos asfixiamos?

-No nos asfixiaremos. La galería se ensancha, y si es preciso, abandonaremos la balsa y nos guareceremos en una caverna.

-¡Y el agua!, ¡el agua que sube!

-No es agua. Axel, sino una especie de pasta lávica que nos sube con ella al orificio del cráter.

En efecto, la columna líquida había desaparecido, siendo reemplazada por materias eruptivas, bastante densas e hirvientes. La temperatura era insoportable, el termómetro hubiera marcado en aquella atmósfera más de setenta grados. El sudor me inundaba. Sin la rapidez de la ascensión hubiéramos quedado asfixiados indudablemente.

El profesor no realizó su proyecto de abandonar la balsa, e hizo bien. Aquellos maderos mal unidos presentaban una superficie sólida, un punto de apoyo de que hubiéramos carecido al dejarles.

Cerca de las ocho de la mañana ocurrió por primera vez un nuevo incidente. El movimiento ascensional cesó de pronto. La balsa quedó absolutamente inmóvil.

-¿Qué es esto? -pregunté, casi derribado por aquella súbita detención como si hubiera ocurrido un choque.

-Un alto -dijo mi tío.

-¿Acaso calmará la erupción? -exclamé.

-Espero que no.

Me levanté y traté de ver en derredor. Quizá detenida la balsa en algún pico de la roca, oponía momentánea resistencia a la masa eruptiva. En este caso era preciso desengancharla enseguida.

Pero nada de esto ocurría. La columna de cenizas, escorias y pedazos de roca había cesado de subir.

-¿Acaso cesará, la erupción? -exclamé.

-¡Ah! -dijo mi tío con los dientes apretados-; ¿eso temes? Tranquilízate, no se prolongará este momento de calma; ya dura cinco minutos; pronto volveremos a subir hacia el orificio del cráter.

Mientras decía esto, el profesor, no quitaba los ojos del cronómetro. Pronto fue cogida la balsa en un movimiento rápido y desordenado que duró dos minutos, deteniéndose de nuevo.

-Bien -dijo mi tío observando la hora-; dentro de diez minutos volveremos a subir.

-¿Diez minutos?

-Sí. Estamos en un volcán de erupción intermitente. Nos deja respirar con él.

Tenía razón el profesor. Cuando pasó el tiempo marcado, nos sentimos arrastrados de nuevo con extraordinaria rapidez, necesitando cogernos a los maderos de la balsa para no ser arrojados fuera de ella. Enseguida quedamos parados otra vez.

Después he meditado en aquel singular fenómeno sin encontrar razón que lo explique satisfactoriamente. Sin embargo, me parece evidente que no ocupábamos la chimenea principal del volcán, sino un conducto accesorio, en el que se hacía sentir el rechazo de la erupción.

No podría decir las veces que se reprodujo aquel fenómeno. Lo único que puedo asegurar es que, cada vez que nos poníamos en movimiento, éramos impulsados con creciente velocidad. En los momentos de alto, me asfixiaba, en los de movimiento, el aire abrasador me cortaba la respiración. En aquellos instantes pensaba con voluptuosidad en el frío de treinta grados bajo cero de las regiones hiperbóreas. Sobreexcitada mi imaginación, se paseaba por las heladas llanuras de las comarcas árticas, y suspiraba por el momento de arrojarme sobre el frío manto del polo. Poco a poco, quebrantada mi cabeza por las reiteradas sacudidas, me desmayé. Sin el brazo de Hans, más de una vez me hubiese roto el cráneo contra la pared de granito.

Nada recuerdo de lo que ocurrió en las horas siguientes. Creo haber oído continuas detonaciones, haber notado cierta agitación en las rocas y un movimiento giratorio en que fue cogida la balsa que flotaba sobre olas de lava, en medio de una lluvia de cenizas. Las llamas la rodearon rugiendo. Un huracán, que parecía producido por un inmenso ventilador, activaba los fuegos subterráneos.

Por última vez se me apareció el rostro de Hans entre el incendio, y ya no experimenté otro sentimiento que el de un hombre atado a la boca de un cañón en el momento en que estalla el tiro y dispersa sus miembros en el aire.

Cuando abrí los ojos, sentí que me tenía cogido por la cintura la vigorosa mano del guía. Con la otra sostenía a mi tío. No estaba herido, pero sí quebrantado. Vime tendido en la vertiente de una montaña, a dos pasos de un abismo, en el que me hubiera precipitado el menor movimiento. Hans me había salvado de la muerte, cuando caía rodando por los flancos del cráter.

-¿Dónde estamos? -preguntó mi tío, que me pareció irritado por haber vuelto a la superficie de la tierra.

El cazador se encogió de hombros en señal de ignorancia.

-En Islandia -dije yo.

-Nej -respondió Hans.

-¡Cómo! ¡No! -exclamó el profesor.

-Hans se engaña -dije levantándome.

Después de las innumerables sorpresas del viaje, nos estaba reservada otra más. Esperaba ver un cono cubierto de nieves eternas, en medio de los áridos desiertos de las regiones septentrionales, bajo los pálidos rayos del cielo polar, en las latitudes más elevadas, y contra todas nuestras suposiciones, mi tío, el islandés y yo estábamos tendidos en la vertiente de una montaña calcinada por los ardores del sol que nos abrasaba con sus rayos.

Me resistía a dar crédito a mis ojos, pero la verdadera coacción a que estaba sometido mi cuerpo, no me permitía dudar. Habíamos salido medio desnudos del cráter, y el astro radiante, al que nada habíamos pedido durante dos meses, se mostraba con nosotros excesivamente pródigo de luz y calor.

Cuando mis ojos pudieron resistir aquel resplandor de que habían perdido la costumbre, procuré rectificar los errores de mi imaginación. Quería estar en Spitzberg y no renunciaba fácilmente a esta idea.

El profesor tomó la palabra y dijo:

-En efecto, este país no se parece a Islandia.

-¿Será la isla de Jan Mayen? -dije yo.

-Tampoco. Este no es un volcán del norte con sus colinas de granito y su casquete de nieve.

-Sin embargo...

-¡Mira, Axel, mira!

A quinientos pies sobre nuestra cabeza, se abría el cráter de un volcán por el que brotaba de cuarto en cuarto de hora, acompañada de fuerte detonación, una elevada columna de llamas, mezclada con piedra pómez, cenizas y lavas. Sentía los estremecimientos de la montaña que respiraba como las ballenas, arrojando de tiempo en tiempo fuego y aire por su enorme boca. Las sustancias eruptivas caían por ásperas pendientes a siete u ochocientos pies de profundidad, lo que no llegaba a dar al volcán una altura total de trescientas toesas. La base se perdía en un verdadero ramillete de verdes árboles, entre los que distinguía olivos, higueras y viñas cargadas de dorados racimos.

Preciso era convenir en que no era aquel el aspecto de las regiones árticas.

Cuando la vista pasaba más allá de aquel verde recinto, se perdía en las aguas de una mar admirable o de un lago, que hacían de aquella encantadora comarca una isla de pocas leguas de extensión. Veíase a levante un puertecillo precedido de algunas casas y en el que se mecían sobre las azuladas olas embarcaciones de forma particular. Más allá, sobresalían de la líquida llanura grupos de islotes tan numerosos que parecían un extenso hormiguero. Lejanas costas se descubrían hacia el poniente, formadas unas por azuladas montañas de armoniosa conformación; sobre otras más lejanas, aparecía un cono prodigiosamente elevado, en cuyo vértice se agitaba un penacho de humo. Al norte brillaba bajo los rayos del sol una inmensa extensión de agua, sobre la que se distinguía por algunos sitios la extremidad de una arboladura o alguna vela hinchada por el viento.

Lo imprevisto de aquel espectáculo centuplicaba su maravillosa belleza.

-¿Dónde estamos? ¿Dónde estamos? -repetía yo a media voz.

Hans cerraba los ojos con indiferencia, y mi tío miraba sin comprender.

-Sea la que quiera esta montaña -dijo al fin- lo cierto es que hace algún calor en ella; las explosiones no cesan y no valía la pena de salir de una erupción, hubiésemos de recibir ahora un pedazo de roca sobre la cabeza. Bajemos y sabremos a qué atenernos. Además, me muero de hambre y de sed.

Decididamente, el profesor no gozaba de espíritu contemplativo. Olvidando el hambre y la fatiga hubiese permanecido yo largas horas aún en aquella montaña; pero era preciso seguir a mis compañeros.

El talud del volcán presentaba pendientes muy ásperas; bajábamos por verdaderos barrancos de cenizas, evitando los arroyos de lava que corrían como serpientes de fuego. Mientras descendíamos hablaba yo con volubilidad, porque mi imaginación estaba demasiado sobreexcitada para no prorrumpir en palabras.

-¡Estamos en Asia -exclamaba-; en las costas de la India, en las islas Malayas, en plena Oceanía! Hemos atravesado la mitad del globo para salir por los antípodas de Europa.

-¿Pero y la brújula? -respondió mi tío.

-¡Sí! ¡La brújula! -decía yo con embarazo-. Guiándonos por ella, debíamos creer que habíamos caminado siempre hacia el norte.

-¿Habrá mentido?

-¡Oh!, ¡mentido!

-¡A menos que esto sea al polo norte!

-¡El polo! ¡No! Pero...

Había en nuestra situación algo inexplicable. No sabía qué pensar.

Poco a poco nos acercábamos a aquella vegetación tan agradable a la vista. Me atormentaba el hambre y la sed. Felizmente, después de dos horas de marcha, apareció a nuestra vista una linda campiña, enteramente cubierta de olivos, granados y viñedos que, por lo abandonados, parecían pertenecer a todo el mundo. Además, en la situación en que nos encontrábamos, no podíamos fijarnos mucho en el derecho de propiedad. ¡Con cuánto placer exprimimos en nuestros labios los sabrosos frutos y comimos los dorados racimos de las viñas! Cerca de allí, bajo la deliciosa sombra de los árboles, descubrí un fresco manantial, en el que bañamos con delicia el rostro y las manos.

Mientras que todos nos abandonábamos a los goces del reposo, apareció un niño entre los olivos.

-¡Ah! -exclamé-; ¡un habitante de este dichoso país!

Aquel niño parecía un mendigo, vestido miserablemente y de aspecto enfermizo. Nuestra presencia pareció asustarle mucho. En efecto, medio desnudos y con las barbas crecidas e incultas, teníamos bastante mal aspecto, y si aquel país no estaba poblado de ladrones, debíamos asustar a sus habitantes.

En el momento en que el niño iba a emprender la fuga, Hans corrió hacia él y le trajo, a pesar de sus gritos.

Mi tío empezó por tranquilizarle como pudo, y le preguntó en buen alemán:

-¿Cómo se llama esta montaña, niño?

El niño no respondió.

-Bien -dijo mi tío-; no estamos en Alemania.

Y repitió la misma pregunta en inglés.

Tampoco obtuvo contestación. Mi curiosidad iba en aumento.

-¿Será mudo? -exclamó el profesor, que aprovechando su poliglotismo, repitió la pregunta en francés.

Igual silencio por parte del niño.

-Ensayemos el italiano -dijo entonces mi tío preguntando en este idioma:

-Dove noi siamo?

-¡Sí! ¿Dónde estamos? -repetí yo con impaciencia.

El niño no respondía.

-¡Caramba! ¿Hablarás? -exclamó mi tío que empezaba a encolerizarse, y tirando al niño de las orejas-: Come si noma questa isola?

-Stromboli -respondió el niño escapando de entre las manos de Hans y echando a correr.

Ya no pensábamos en él. ¡El Stromboli! ¡Qué efecto produjo en nuestra imaginación aquel nombre inesperado! Estábamos en pleno Mediterráneo, en medio del archipiélago cólico de la Mitología, en el antiguo Strongilo, donde Eolo tenía encadenados los vientos y las tempestades. Las azuladas montañas que se descubrían a Levante, eran las de la Calabria. Y aquel volcán que se elevaba en el horizonte, el Etna, ¡el terrible Etna!

-¡Stromboli, Stromboli! -repetía yo.

Mi tío me acompañaba con sus gestos y palabras. ¡Parecía que cantábamos en coro!

¡Ah!, ¡qué viaje! ¡Qué maravilloso viaje! Habíamos penetrado por un volcán y salíamos por otro, y este otro distaba más de mil doscientas leguas del Sneffels, ¡de aquel árido país de Islandia, arrojado a los confines del mundo! Los azares de nuestra expedición nos habían traído al seno de la comarca más hermosa de la tierra. Habíamos trocado la región de las nieves eternas por las de la verdura infinita, y abandonado las grises nieblas de las zonas heladas para venir al puro cielo de Sicilia.

Después de un delicioso almuerzo compuesto de frutas y agua pura, nos pusimos en marcha hacia el puerto de Stromboli. No nos pareció prudente decir cómo habíamos llegado a la isla: el espíritu supersticioso de los italianos, no hubiese dejado de considerarnos como demonios vomitados del infierno; necesario nos fue, por consiguiente, pasar por humildes náufragos, que era menos glorioso, pero más seguro.

Mientras caminábamos oía murmurar a mi tío:

-¡Pero la brújula!, ¡la brújula que marcaba el norte! ¿Cómo se explica esto?

-¡A fe mía! -dije con acento desdeñoso- ¡más sencillo es no explicarlo!

-¡Sería una vergüenza que un profesor de Johannaeum no encontrara la razón de un fenómeno cósmico!

Hablando así, mi tío, medio desnudo, ceñido un cinto de cuero, y con los anteojos sobre la nariz, volvía a ser el terrible profesor de mineralogía.

Una hora después de salir del olivar, llegamos al puerto de san Vincenzo, en el que Hans reclamó el salario de la semana decimotercia que se le entregó con un fuerte apretón de manos.

Si en aquel momento no llegó a participar de nuestra natural alegría, se entregó, sin embargo, a una expansión extraordinaria.

Con la punta de los dedos estrechó ligeramente nuestras dos manos, y se sonrió.

- XLV -

He aquí la terminación de un relato al que rehusarán dar fe hasta las personas más acostumbradas a no asombrarse de nada. Pero de antemano estoy prevenido contra la incredulidad humana. Los pescadores de San Vincenzo nos recibieron con los miramientos debidos a los náufragos. Diéronnos vestidos y víveres, y después de esperar durante cuarenta y ocho horas, el 31 de agosto, un pequeño speronare nos llevó a Mesina, donde descansamos de nuestras fatigas durante algunos días.

El viernes, 4 de septiembre, nos embarcamos en el Volturne, vapor correo de las mensajerías imperiales de Francia, y tres días después llegamos a Marsella, sin tener otra preocupación que la de la maldita brújula. Aquel inexplicable fenómeno me martirizaba seriamente.

El 9 de septiembre por la noche llegamos a Hamburgo.

Renuncio a describir el asombro de Marta y la alegría de Grauben.

-¡Ahora que ya eres un héroe -me dijo mi adorada prometida- no necesitarás separarte de mí, Axel!

Al decir esto lloraba sonriendo.

Omito también la sensación que produjo en Hamburgo el regreso del profesor Lidenbrock. Gracias a las indiscreciones de Marta, se había propagado por el mundo entero la noticia de su partida para el centro de la tierra. Nadie quiso creer en ello y al verle no se creyó mucho más.

Sin embargo, la presencia de Hans y algunos informes venidos de Islandia modificaron algo la opinión pública.

Entonces mi tío fue un grande hombre y yo el sobrino de un grande hombre, que ya es algo. Hamburgo celebró una fiesta en nuestro honor. En Johannaeum hubo sesión pública en la que refirió el profesor los detalles de su expedición, omitiendo los relativos a la brújula. Aquel mismo día depositó en los archivos de la ciudad, el documento de Saknussemm, manifestando vivo pesar porque, las circunstancias, más poderosas que su voluntad, no le hubiesen permitido seguir hasta el centro mismo de la tierra las huellas del viajero islandés. Como fue modesto en la gloria, su reputación aumentó.

Tanto honor debía necesariamente suscitarle envidiosos. Los tuvo, y como sus teorías, apoyadas en hechos ciertos, contradecían los sistemas de la ciencia sobre la cuestión del fuego central, sostuvo con la pluma y la palabra notables discusiones con todos los sabios del mundo.

En cuanto a mí, nunca pude admitir su teoría del enfriamiento: a pesar de cuanto he visto, creo y creeré siempre en el calor central; pero no puedo desconocer que, ciertas circunstancias, mal explicadas aún, pueden modificar esa ley bajo la acción de fenómenos naturales.

En el momento en que las cuestiones estaban en su período más palpitante, experimentó mi tío un vivo sentimiento. Hans, a pesar de nuestras instancias, abandonó Hamburgo; aquel hombre, al que todo lo debíamos, no nos dejó tiempo para pagarle nuestra deuda. Le acometió la nostalgia de Islandia.

-Farväl -dijo una mañana-; y con esta sencilla despedida, partió para Reikiavik, a donde llegó con felicidad.

Habíamos tomado mucho cariño a nuestro bravo cazador de eders; la ausencia no le hará olvidar nunca a aquellos a quienes salvó la vida, y no pienso morir sin verle otra vez.

Para terminar, debo decir que este viaje al centro de la tierra, produjo gran sensación en todo el mundo. Se imprimió y tradujo a todos los idiomas; los periódicos más acreditados publicaron los principales episodios, que fueron comentados, atacados y defendidos con igual convicción por creyentes e incrédulos; y ¡cosa rara! Mi tío gozó en vida de toda la gloria que había adquirido y hasta recibió una proposición de M. Barnum para exhibirlo a elevado precio en los Estados Unidos.

Pero en medio de aquella gloria, experimentaba un tormento el profesor. Quedaba un hecho inexplicable, el de la brújula, y un fenómeno que no se explica es un suplicio para un sabio.

Pero el cielo reservaba a mi tío la completa felicidad en este mundo.

Un día que arreglaba yo una colección de minerales en su gabinete, encontré la famosa brújula, y empecé a observarla.

Hacía seis meses que permanecía en un rincón, sin sospechar el tormento que causaba al profesor.

¡Pero cuál fue mi asombro! Lancé mi grito, y acudió mi tío.

-¿Qué ocurre? -preguntó.

-Esta brújula...

-¿Y bien?

-Que la aguja señala el sur en vez del norte.

-¿Qué dices?

-¡Mirad!, están invertidos los polos.

-¡Invertidos!

Mi tío miró la brújula, la observó e hizo temblar la habitación dando un salto prodigioso.

-¡Ah! -exclamó cuando pudo hablar-; ¿con qué desde nuestra llegada al cabo Saknussemm la aguja de esta condenada brújula señalaba el sur en vez del norte?

-Ahora se explica nuestro error. Pero ¿qué fenómeno ha podido producir esta inversión de los polos?

-Uno muy sencillo.

-Explícate, hijo mío.

-Durante la tempestad en el mar Lidenbrock, aquel globo de fuego que imantó el hierro de la balsa, invirtió los polos de la aguja.

-¡Ah! -exclamó el profesor soltando la carcajada-. ¿Con qué ha sido una broma de la electricidad?

Desde aquel día, mi tío fue el más feliz de los sabios, y yo el más dichoso de los hombres; porque mi linda virlandesa, saliendo de su condición de pupila, tomó en la casa de Königstrasse el doble carácter de sobrina y esposa. Inútil es decir que su tío fue el ilustre profesor Otto Lidenbrock, miembro corresponsal de todas las Sociedades científicas, geográficas y mineralógicas de las cinco partes del mundo.

FIN