Ibérica por la libertad
Volumen 12, N.º 3, 15 de marzo de 1964

«We Have a Common Cultural Background»
«Tenemos un pasado común cultural común»
IBÉRICA es un boletín de información dedicado a los asuntos españoles y patrocinado por un grupo de americanos que creen que la lucha de España por la libertad es una parte de la lucha universal por la libertad, y que hay que combatir sin descanso en cada frente y contra cada forma que el totalitarismo presente.
IBÉRICA se consagra a la España del futuro, a la España liberal que será una amiga y una aliada de los Estados Unidos en el sentido espiritual y no sólo en sentido material.
IBÉRICA ofrece a todos los españoles que mantienen sus esperanzas en una España libre y democrática, la oportunidad de expresar sus opiniones al pueblo americano y a los países de Hispano-América. Para aquellos que no son españoles, pero que simpatizan con estas aspiraciones, quedan abiertas así mismo las páginas de IBÉRICA.
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Recientemente, ante el enviado especial del gran periódico de París Le Figaro2, el general Franco reiteró una opinión suya que todos conocíamos ya: que en España no habrá República sino Monarquía o regencia cuando llegue la hora de la sucesión. En cuanto al momento de ésta, el general Franco considera que no ha llegado todavía el momento de tratar el asunto. No obstante, es indudable que ese momento llegará un día y, salvo que la oposición democrática esté debidamente organizada y tenga una solución seria que presentar al país, el perfil constitucional y el contenido político, social y económico del futuro régimen lo definirán quienes pueden hoy por hoy hacerlo, es decir, aquellos que tienen los resortes principales del mando en sus manos y benefician además de la apatía o de la inquietud angustiada de grandes sectores de la población que recuerdan aún con pavor los años de la guerra civil.
Mutatis mutandis, Francia nos ha estado ofreciendo en estos últimos años algunas analogías con nuestros problemas. La sucesión del general De Gaulle ha sido y sigue siendo en parte la gran incógnita planteada a los franceses; y es que por sus características personales, por la manera en que llegó al poder y por la estructura constitucional que ha dado al país, el Presidente de la República Francesa ha creado un régimen excesivamente centrado en su persona y, por ende, de difícil continuidad en caso de fallecimiento brusco de su principal protagonista. Cierto es que en los últimos tiempos el debilitamiento progresivo de la OAS ha contribuido a calmar la opinión pública. No obstante, tanto en Francia como en España, aunque con menos inquietud hoy en la primera, todos se preguntan: ¿Qué pasaría si falleciera mañana De Gaulle? ¿Qué ocurriría si desapareciera Franco? En el país vecino, terminado ya el drama de Argelia y estando de capa caída la OAS, cabe suponer que la estabilidad económica y la presencia de grandes partidos con fuertes equipos políticos contribuirían a suavizar la transición. En España, por lo que sabemos que ocurrió cuando el accidente de caza del general Franco, no parece que el Consejo del Reino tuviera gran fuerza para orientar los acontecimientos. Lo más probable es que una junta militar encabezada por el vicepresidente Muñoz Grandes se hiciera cargo de la situación. ¿Qué sucedería luego? Nadie lo sabe. Pero, frente a esa incógnita ¿cómo reacciona la oposición? He aquí donde se acaba la analogía, un tanto superficial, que acabamos de trazar entre Francia y España.
En Francia, la oposición de izquierda está en vías de elaborar un gran programa de renovación nacional que servirá de plataforma al futuro candidato que designe para la presidencia. Con un gran sentido de la realidad el Partido Socialista Unificado ha declarado que concede prioridad a la elaboración de un programa socialista común. A su vez, el Partido Socialista tradicional, encabezado por el Sr. Guy Mollet, y el Partido Comunista abrieron en enero un diálogo público en sus respectivos órganos de prensa con miras a aclarar y limar diferencias doctrinales y elaborar posteriormente una táctica común. Así, pues, es posible que asistamos a la unión tácita, sino explícita, de estos tres partidos en torno a una candidatura única, seguramente la del actual diputado y alcalde de Marsella, Sr. Gaston Deferre. Por otra parte, dada la personalidad del candidato y según sea la naturaleza del programa elaborado, es posible que otros partidos se sumen a este plan y contribuyan a formar un gran bloque nacional de la oposición democrática. Apoyan esto diversos órganos parapolíticos como, por ejemplo, el Club Jean Moulin que acaba de señalar en un extraordinario documento cuáles deberían ser las bases de un futuro programa electoral.
¿Qué sucede del lado español? Hoy por hoy, no cabe decir que la oposición democrática ha elaborado una verdadera solución si entendemos por tal no ya la exposición de unas normas tan ideales como generales, sino un verdadero programa en el que se exponga qué se entiende actualmente por Estado democrático, desde el aspecto político-constitucional hasta el económico-social. Es evidente que todos coincidimos en desear una democracia, pero ¿de qué género? ¿Queremos un Estado de corte liberal clásico, dirigista, con gobierno presidencialista de tipo americano o de estilo europeo, centralista o federalista, con una cámara única, con una cámara y un senado o en vez de éste un consejo económico y social, con unidad o multiplicidad sindical, etc.? A estas preguntas no se puede contestar diciendo: venga la democracia y luego veremos, porque así no habrá democracia. Tampoco se puede decir: el pueblo dirá lo que quiere, porque eso equivale a descargarnos de nuestros deberes sobre los hombros de la gran masa de españoles que espera para pronunciarse a que se le ofrezcan opciones claras. Los pueblos deciden siempre en función de lo que se les brinda a través de sus órganos de expresión naturales: los partidos políticos, los sindicatos y las corporaciones profesionales. Ahora bien, los partidos políticos no pueden esperar a estar en el poder para elaborar programas. El poder bien entendido es sobre todo la fase de aplicación de los programas elaborados paciente y cuidadosamente de antemano.
Mientras no hayamos elaborado ese programa a que me refiero y sobre el que vengo insistiendo desde hace varios años, seguirá siendo inevitable que toda referencia a una nueva estructura -monárquica o republicana- sea, más que una proyección orientada hacia el futuro, un retorno al pasado que, unos por unas razones y otros por otras, no desean actualizar. En efecto, es inevitable que, de no definir qué República queremos los republicanos, o qué Monarquía quieren los monárquicos, el hombre medio de la calle piense en la Monarquía de Alfonso XIII o en la República de 1931 al oír estas palabras.
Sentada esta premisa, comprobamos que de hecho la legitimidad republicana es una legitimidad debilitada por el tiempo y sometida a la corrosión de una derrota militar y de un largo exilio. En cuanto a la legitimidad monárquica, encarna una tesis anacrónica que, después de 31 años de interregno, sólo sirve de cobertura ideológica a algunos de los intereses -no todos- que apoyan al régimen actual. Para nosotros, aceptar una monarquía impuesta equivaldría a resignarnos ante un nuevo golpe de Estado. Aferrarnos, en cambio, a la legitimidad republicana como «última expresión de la voluntad popular» nos conduce a un integrismo jurídico que no tiene en cuenta ni el paso del tiempo ni el surgimiento de nuevas generaciones que, demográficamente hablando, alteraron profundamente lo que podría ser esa «última voluntad» del pueblo español. Hay que buscar otra solución. Pero ¿cuál? Hasta ahora, los españoles, que con tanta fecundidad elaboraban programas de gobierno y de restablecimiento del país en la época de los arbitristas, se han mostrado incapaces de presentarle una verdadera alternativa al país. Las dos únicas que se nos ofrecen son, o bien la explícita de los franquistas -o la estructura franquista, con Franco o sin él, o el comunismo-, o bien la implícita de la oposición mientras no presente un programa nuevo: o Franco o el retorno a los moldes de la República del 31. El país aguanta a la fuerza la primera y no muestra el menor interés por la segunda. La verdad pura y simple es que nadie está dispuesto a jugarse el pellejo por una etiqueta -monarquía o república- sin saber lo que lleva dentro.
Ante esta situación es muy comprensible que muchos se dejen llevar por el desánimo y adopten una postura posibilista, aunque con la esperanza de que en el peor de los casos se resuelvan las cosas del mejor modo posible. Esto es lo que ocurre en España donde hombres valiosísimos no ven más posibilidad que la de mejorar si cabe la solución que venga impuesta desde arriba el día en que se termine la actuación política del general Franco. Este posibilismo suele ser el resultado de una larga impotencia, conjugada casi siempre con una profunda soledad en el seno de una sociedad tan hosca como irascible. Y aunque para nosotros la tarea del político o del intelectual no consiste en refugiarse en el análisis desencantado de la realidad sino en tratar de mejorarla, no por ello vamos a acusarles de falta de honradez. Nuestro deber es preguntarnos si su postura no es acaso una consecuencia de nuestros propios defectos o, más claramente, si su desencanto no es el resultado de nuestra ausencia de cohesión y de programa para el futuro.
No pretenderé analizar aquí las teorías de todos los posibilistas, pues desvirtuaría la finalidad de este trabajo y además le daría un alcance enciclopédico. Citaré tan sólo a algunos de los que con mayor claridad y honradez han expresado esta posición, y en primer lugar al eminente profesor D. José Luis de Aranguren.
En un «futurible» publicado en París en 1961 con el patrocinio de la Fundación Ford, el Sr. Aranguren nos traza un panorama bastante inquietante de lo que ha de ser la España a fines del presente decenio. En su opinión, la monarquía es un fenómeno poco menos que inevitable, y no será el fruto de una elección, sino un hecho, que se producirá «pese a los no monárquicos, a los indiferentes, y, sobre todo, a los monárquicos mismos»3. Pero ¿qué monarquía? Veamos qué opina el Sr. Aranguren.
El Sr. Aranguren no nos oculta que «la juventud española actual es absolutamente antimonárquica»,
que a la opinión obrera «le es totalmente indiferente»
la monarquía y que, en general, no despierta en el pueblo la menor emoción, salvo «en algunos grupos
reducidos de aristócratas, de cortesanos, de políticos en ciernes, de reaccionarios de extrema derecha, de intelectuales un tanto pasados y sobre todo de pseudointelectuales».
Como clientela no parece que sea la mejor a que pueda aspirar una
futura monarquía. Añádase a esto el cariz sociopolítico que «independientemente de las intenciones reservadas del Pretendiente, está tomando la Monarquía»;
ésta se ofrece hoy, nos dice el Sr. Aranguren, «como una promesa esencialmente ambigua, insuperablemente equívoca. Oficialmente debería ser la continuación del "Movimiento" y no se desmiente nunca esta perspectiva. En la realidad parece ofrecer un porvenir "Antiguo Régimen", absolutista al modo histórico,
patrimonio a repartir entre el integrismo, el tradicionalismo, la voluntad política del Opus Dei y el partido político monárquico de Acción Española. Clandestinamente y gracias a la labor del grupo político conocido bajo el nombre de Unión Española, se presenta como la única garantía de una democratización pacífica del país».
Desde un punto de vista teórico, el Sr. Aranguren estima que la Monarquía, al constituir institucionalmente una barrera contra el comunismo y la anarquía, permitiría evitar un retorno al militarismo. Además, mientras «una tercera República, por el hecho mismo de llamarse "República" y para compensar su izquierdismo nominal se vería obligada a orientarse desde su principio hacia la derecha, o sea, ser una República conservadora, la Restauración podría hacer lo contrario: una vez pagado a la poderosa derecha el tributo de la forma monárquica, quedaría relativamente libre para ensayar una política de democratización real del país (...) en la España post-franquista, la Monarquía podría -teóricamente- imponer más fácilmente que la República el programa que cabría esperar de ésta».
Esto, en el plano teórico, abstracto. La perspectiva real se ofrece con un aspecto más inquietante al Sr. Aranguren que prevé que «esta Monarquía tratará de apoyarse, sobre todo al principio, en los grupos sociales e instituciones ostensiblemente leales a la Corona: grupos monárquicos, ejército, oligarquía financiera, alto clero».
«Salvo tal vez algunas excepciones -prosigue el Sr. Aranguren- el bloque monárquico será un bloque de derechas y probablemente de extrema
derecha».
Claro está, queda siempre la incógnita de las intenciones del rey que podría, eligiendo un buen gobierno, rectificar el curso de las cosas. En caso contrario, si el futuro rey, frente a la hostilidad de una opinión pública que
no hubiera sabido conquistarse la Monarquía, siguiera la tendencia de su padre e instaurara un gobierno presidencial-monárquico, entonces «la razón de ser, la única justificación de la Monarquía desaparecería y la situación, deteriorándose progresivamente, terminaría, tal vez a través de un despotismo inconcebible en el siglo XX, con la desaparición de la Institución».
Si ésa es la democracia que nos espera -y lo más probable es que sea así, pues frente a una monarquía impuesta, reaccionará sin duda la mayor parte de la oposición democrática actual- no es de extrañar que «la mayoría de los observadores políticos, persuadidos de que una monarquía conservadora y palaciega sería incapaz de resistir una confrontación con la opinión pública, no vean en ella más que un régimen provisional, destinado a servir de simple paso
hacia otra cosa y a desaparecer en un plazo muy breve; el ejemplo de Italia acude enseguida a la mente de cada uno».
Al señalar esto, no se le escapa al Sr. Aranguren la gravedad de la situación. Después de recordarnos que «sólo una Monarquía no monárquica sería viable»,
nos señala claramente el peligro de la restauración de facto, sin consulta previa del país: «El fracaso de la Monarquía sería muy grave, porque después de este fracaso la estabilidad de una República sensata se volvería mucho más problemática, y la sombra de una dictadura militar que no resolvería nada, así como la de una especie de castrismo oscilante entre el comunismo y el anarquismo apuntaría al horizonte».
La tesis alarmante del Sr. Aranguren se basa en un supuesto previo para nosotros inadmisible: la fatalidad de la Monarquía. Hasta tal punto le parece inevitable que llega a decirnos que incluso en caso de que falleciera el general Franco y se celebrara un plebiscito, las gentes votarían, aun a su pesar, en favor de la Monarquía. Es, en suma, el aplastamiento de la conciencia ciudadana por una especie de fatum adornado además de virtudes hipnóticas. Partiendo de esta tesis y dando por bueno que en semejantes coyunturas sólo cabe una actitud de resignada espera, no se podría explicar ninguna de las resistencias que surgieron en Europa a principios de la última guerra, cuando hacía falta estar poco menos que loco para creer que Hitler no alcanzaría la victoria definitiva. Y, sin embargo, contra viento y marea, desafiando la tortura y los campos de exterminio, brotaron hombres dispuestos a cumplir su misión y no a ver los toros desde la barrera.
El Sr. Aranguren no ve más que dos hipótesis: la monarquía buena, especie de república coronada, y la monarquía mala, dominada por los sectores más reaccionarios del país. Pero ¿dónde están las fuerzas democráticas que se prestarían a apoyar la democratización de la Monarquía a partir de su hecho consumado? Aunque los socialistas se avinieran a ello -cosa de momento improbable- y se unieran a las derechas demócratas cristianas, que aún están en pañales, muy escaso sería su peso frente a unas fuerzas poderosísimas cuya única ambición es legitimar intereses creados a lo largo de dos decenios de dictadura. Es más ¿quién persuadiría a estas fuerzas, una vez que hubieran traído la Monarquía, de que debían compartir el poder con la izquierda? ¿A santo de qué ese regalo digno de un Francisco de Asís? ¿Cuándo se ha visto una extrema derecha en el poder dispuesta a dejar que la izquierda le revise sus intereses, hurgue en los orígenes de su fortuna y le discuta su legitimidad? Esto no se ha producido nunca en parte alguna, ni siquiera durante la Edad Media que tan fecunda fue en milagros. Tan sólo en el caso de que la amenazara seriamente un frente unido que hubiera sabido conquistarse las clases trabajadoras de la nación, la derecha abandonaría a regañadientes una parte de sus privilegios. Hoy por hoy, lo previsible, lo «futurible» es que la extrema derecha se organice su propia sucesión sin soltarle prenda a nadie. Frente a esto ¿cuál es la misión del intelectual? A mi modo de ver no debe consistir solamente en denunciar el peligro, sino en buscar soluciones, ofrecerlas y luchar por ellas. El intelectual no puede resignarse al papel de Casandra, que sólo le sirve, años más tarde, para exclamar: ¡ya les había dicho que iba a ocurrir esto! En todo caso, siempre le es bueno recordar que, a la caída de Troya, en vano anunciada por Casandra, ésta cayó primero en manos de Agamenón que la hizo su esclava, y más tarde en las de Clitmenestra que acabó con su vida.
En suma, cabe resumir la tesis del Sr. Aranguren con estas palabras: ¡Ojo, que aquí se puede armar la de Troya! Pero, por muy honrado e inteligente que sea su análisis -y lo es sin duda alguna- no desemboca en ninguna tarea concreta y esto no es, en mi modesta opinión, lo que la juventud «absolutamente antimonárquica»
y la opinión obrera «totalmente indiferente»
a la monarquía, esperan de las cabezas rectoras con que contamos en los sectores democráticos de nuestro país.
Otra posición interesante por lo que ha significado y significa su defensor en el panorama político del país, es la de Dionisio Ridruejo, que incluyo aquí entre los posibilistas del interior pues, aunque hoy está en el exilio, expresó claramente su postura cuando se hallaba aún en España. En una interesante y ágil meditación sobre el pasado y el presente de nuestra patria, Ridruejo adopta, en efecto, la postura posibilista al declararnos que «la Monarquía es la solución que corresponde al sentimiento de impotencia en que yace el pueblo español»
4. Me permitirá Ridruejo que, muy amistosamente, le exponga mi discrepancia: en situaciones como la que
atravesamos el político y el intelectual no pueden actuar como si fueran notarios que se limitaran a levantar acta del fallecimiento de la voluntad de un pueblo. La impotencia del pueblo español se debe a muchos factores entre los que figuran no
sólo la opresión del régimen, la sangría de la guerra civil y la división anacrónica de la oposición (de esto nos ocuparemos más lejos), sino también la falta de una proyección clara y explícita en lo que atañe al porvenir del país.
Ahora bien, o este sentimiento de impotencia es real y definitivo, o no es más que pasajero. Lo último es lo más verosímil. Las clases trabajadoras españolas demostraron con las huelgas de Asturias que eran capaces de movilizarse para
el logro de objetivos concretos y ajustados a sus intereses. Lo que no harán nunca es movilizarse en pro de una restauración monárquica. Ridruejo se percata perfectamente de ello al decirnos: «... hay un hecho indudable: para la pura y simple
restauración de la monarquía, "a lo que salga", no es posible organizar un movimiento popular. Es más: la presión popular no se producirá nunca para un simple cambio de forma. Lo que puede promover una reagrupación popular activa trasciende a tal cambio y se refiere directamente a los problemas reales del país y particularmente al más grave de todos: al de sus condiciones sociales y económicas»
5. Convencido de esto, adopta Ridruejo la misma posición que hemos venido defendiendo otros desde hace muchos años, desgraciadamente sin éxito, y nos declara que «un acuerdo entre la derecha y la izquierda, un pacto de unidad entre las diversas fuerzas de la oposición, debería considerar uno por uno todos los problemas
que el país tiene pendientes (...) para convertir esa alianza en la verdadera propuesta de un futuro régimen»6. Sin embargo, aunque esto parece claro en el fondo no lo es; no sabemos si esta izquierda es toda la izquierda o parte de ella, ni cuáles son las fuerzas de la derecha que integrarían el pacto.
Las cosas se vislumbran mejor al precisarnos Ridruejo las posibilidades de tal pacto: «El único pacto posible, a mi juicio, sobre la espinosa cuestión, deberá suponer estas actitudes: que ante todo, derecha e izquierda antepongan la afirmación democrática a la cuestión formal o institucional. En la decisión de exigir, en todo caso, una democracia y de rechazar, en todo caso, una situación que se oponga a su pleno establecimiento, se puede fundar un acuerdo. En
segundo término, es preciso que se acepte la probabilidad de hecho de la restauración monárquica sin oponerle reparos formalistas. En tercer lugar, es necesario que unos y otros se avengan a someter a la decisión pública la legitimación del hecho, absteniéndose de comprometerse en la contienda: esto es, organizando la consulta popular en un clima de neutralidad absoluta, de modo que, decidida la cuestión por el fallo popular, unos y otros puedan habitar con los mismos derechos y aceptar con la misma plenitud el orden constitucional y la decisión recaída. Un acuerdo de esa naturaleza exigiría, claro es, el compromiso firme por parte de la derecha de desertar la monarquía si ésta intentase soslayar,
con fórmulas equívocas, la constitución democrática exigida»
7.
Al margen de que un pacto en el que se admitiera la restauración de hecho de la monarquía sería inadmisible para republicanos y comunistas -con lo cual quedaría singularmente mermada la izquierda-, he de hacer observar que la propuesta de Ridruejo entraña un error histórico: la izquierda, toda la izquierda, ha antepuesto ya reiteradamente la afirmación democrática a la cuestión institucional al proponer un gobierno sin signo institucional encargado de someter a la voluntad del pueblo español la elección del régimen futuro -república o monarquía- que ha de presidir los destinos del país. Es la derecha la que se ha opuesto hasta ahora a anteponer la afirmación democrática a la cuestión institucional. Tan sólo últimamente el sector del Sr. Gil Robles se sumó a la clásica posición de la izquierda, pero este sector no representa por ahora más que una fracción minoritaria de la derecha y no podemos caer nosotros en el error de creer que con que media docena de hombres distinguidos se pongan a tocar la trompeta democrática se van a caer ipso facto las murallas de Jericó levantadas por el régimen en veinte años de cuidadosa labor.

Supongamos que los partidos de izquierda aceptaran todos la tesis de Ridruejo. Si sus dirigentes dieran ese paso se quedarían sin la poca o mucha base que aún tienen estos partidos; las escisiones entre partidarios y enemigos del pacto se desencadenarían inmediatamente. En cuanto a la presión popular no se movería un milímetro. La reacción sana de Juan Pueblo sería decir: allá ellos, si quieren la monarquía que se las entiendan con los monárquicos. Pero, es más: ¿con quién pactarían estas fuerzas? ¿Con qué derecha? ¿Con la extrema derecha que está en el poder? No les concedería ni la primera audiencia. ¿Con la derecha monárquica del Consejo Privado de Don Juan? Pero este Consejo sólo quiere entenderse con los franquistas y seguir el nomenclátor definido por D. José María Pemán. ¿Con el Ejército? Pero el Ejército no se prestará a negociaciones mientras no exista una verdadera presión popular y un órgano que la canalice, la represente y ofrezca una verdadera alternativa al país.
Lo malo para la tesis posibilista es que mientras no reúna fuerzas suficientes para modificar el edificio actual o el que se prepara para el futuro, la extrema derecha en el poder no le hará ninguna concesión, ni de orden institucional, ni aún menos de orden constitucional. Es inútil que la izquierda y una fracción de la derecha se disfracen de «buenos chicos» y digan: admitimos la monarquía si nos dejan introducir luego una constitución con unas cuantas reformas sociales y económicas. Para introducir la monarquía de hecho, saltándose a la torera la voluntad popular, ya contamos con los franquistas. Y para introducir reformas ya están los sindicatos que, por la cuenta que les tiene y por ser herederos del mismo aparato con idénticos derechos que los demás detentores actuales del poder, se apresurarán a promoverlas aunque no sea más que para calmar cualquier presión popular que pudiera producirse al abandonar Franco su puesto.
Estamos como siempre ante un problema de relación de fuerzas: unas reales, porque disfrutan del poder y tienen los resortes de la represión en sus manos; otras hipotéticas, las que existen o puedan existir en el interior, sumergidas hoy en el anonimato, y, por último, las del exilio debilitadas por el paso del tiempo. La extrema derecha no ignora estos datos: sabe que, dadas sus dimensiones actuales, ni el Partido Socialista ni la CNT -por no citar más que dos órganos de la oposición- representan para ella un peligro serio. Un simple aviso a la policía de fronteras basta para impedir su entrada hoy y mañana en el país. El único partido «peligroso» para el poder actual es el comunista, en la medida en que se ha adentrado en el país. Otro peligro, potencial también, es el de una rebelión popular. Pero nunca se organizará una rebelión popular para implantar la monarquía. Si ésta viene será porque la hayan impuesto los que están hoy en el poder, y una vez que lo hayan hecho ¿quién les impedirá organizarse un partido monárquico conservador dirigido por los actuales componentes del Consejo Privado, un partido «social progresista» con el aparato sindical de Falange, y un partido agrario con las hermandades campesinas, promulgando además una ley de asociaciones que impida la constitución de otros partidos? Con ello, los franquistas darían el cambiazo con plena satisfacción de ciertos gobiernos occidentales que están deseando, no que en España se restablezca una auténtica democracia, sino que se le dé una cobertura jurídica tal a esta situación que permita a nuestra extrema derecha ingresar en la OTAN y en el Mercado Común. La evolución de Francia y de la República Federal de Alemania coincide cada vez más con esta posible realidad futura.
Tal y como se plantea actualmente la realidad, no veo por qué habrían de permitir los franquistas que la oposición democrática organice e implante la sucesión del régimen. No me los imagino retirándose a sus tiendas para dejarnos paso, no sintiéndose realmente amenazados. ¿Y cómo lograr que se sientan amenazados? ¿Cómo obtener un grado de tensión tal en el país que sea capaz de disuadir a la extrema derecha de mantener sine die sus pretensiones al mando y convencer al Ejército de que no salga a la calle para organizar una represión a sangre y fuego?
Nada mejor ilustra la política de los posibilistas que la contestación que me dio hace algunos meses un ilustre republicano, al preguntarle yo qué programa pensaba llevar a cabo: «mi política consiste en convencer a los generales, a
los banqueros y a los obispos de que echen a Franco».
Me imagino que de haberles hecho la pregunta le habrán contestado en términos parecidos a los que se atribuyen a Stalin en la última guerra cuando alguien le habló del poder del Vaticano: «¿cuántos tanques tiene el Papa?».
En
este caso, la contestación habría sido: ¿cuántos hombres tiene usted consigo? Potencialmente, la mayoría del pueblo está a favor de la república -de una tercera república, claro es, muy distinta de la de 1931-, pero en la práctica muy poca gente está dispuesta a moverse por la sencilla razón de que a nadie se le propone con claridad lo que deberá llevar en sus entrañas esa nueva república.
Así, pues, los posibilistas se encierran a sí mismos en una contradicción insostenible: para condicionar la monarquía y darle un cariz democrático, necesitarían disponer de una verdadera fuerza popular, sin la cual no son más que una minoría de hombres distinguidos y no «interlocutores válidos» frente a los que de verdad pueden implantar la monarquía. Pero, por otra parte, es imposible organizar una fuerza popular para implantar la monarquía «a lo que salga» y eso lo reconoce implícitamente Ridruejo al señalarnos que la derecha debería comprometerse firmemente a desertar la institución si ésta intentase soslayar con fórmulas equívocas la constitución democrática exigida. Eso quiere decir que la derecha -el sector liberal, se entiende- no puede desde ahora garantizar la trayectoria de la monarquía por carecer de fuerza suficiente para hacerlo. Pero, es más, la deserción que prevé Ridruejo desemboca en un callejón sin salida: supongamos que la monarquía soslaya la democracia y que la derecha liberal se retira. ¿Qué ocurriría entonces? ¿Otro golpe militar? ¿Otra guerra civil? No podemos adoptar esta hipótesis como programa político. Estoy seguro de que muy pocos compatriotas nuestros se sentirían tranquilos ante esta perspectiva que desemboca, clara y directamente, en gobiernos inestables -militares o civiles- instituidos y destituidos por el Ejército con los enormes daños consiguientes para la restauración económica del país. Poco a poco, nos encaminaríamos hacia ese despotismo de que habla Aranguren o hacia una situación caótica que terminaría en una revolución popular o en una nueva guerra civil.
XAVIER FLORES
(Continuará)
La vista, recientemente celebrada en Madrid, del proceso instruido contra 33 socialistas españoles acusados de seguir siendo fieles al partido fundado hace ya casi un siglo, por el patriarca Pablo Iglesias, ha puesto una vez más de manifiesto un hecho alentador: el de la desfranquización de España.
Superación de la guerra civil
Ya el escritor francés K. A. Jelenski, redactor de la revista Preuves, de París, lo había hecho notar en un artículo del cual me ocupé en otra ocasión. En mayo de 1961 hizo un recorrido por España. Al regresar, dos años más tarde, le impresionó ese proceso de «desfranquización», es decir, el proceso cada vez más visible de superación de la guerra civil. En la vista a que al principio me refiero se ha puesto una vez más de manifiesto. Bastaría destacar este detalle: el coronel Oras de la Torre, uno de los militares que dirigieron en el año de 1936 el ataque al Cuartel de la Montaña, donde perdió la vida -en tal ataque- su señor padre, conocido ingeniero socialista, ha sido defendido por el licenciado Juan Manuel Fanjul, hijo del general Fanjul, jefe de la sublevación en Madrid, quien, habiéndose parapetado con su estado mayor en el cuartel, fue fusilado allí no bien el pueblo conquistó el parapeto. Y esto otro: el licenciado Zubillaga, presidente de la Audiencia Territorial de Madrid durante la guerra, condenado a muerte al final de la misma por su actuación republicana e indultado después por la presión mundial, ha actuado como defensor al lado del licenciado Giménez Fernández, miembro de la CEDA, el partido que con más acritud combatió a la República, y ministro durante el denominado «bienio negro». Los dos han empleado en ese juicio argumentos idénticos.
Franco, el obstáculo
Franco, en cambio, tanto por vocación como por necesidad política, encarna y alimenta el espíritu de la contienda de 1936. Sin división, sin guerra, se hundiría irremisiblemente. Es la viga, el obstáculo en el camino. Digámoslo con claridad: lo único que impide a los españoles -a todos los españoles- precipitarse los unos en brazos de los otros, es la presencia personal de Franco. Por más que intenten quienes le rodean -hablo de los ilusos tecnócratas y de los menos ilusos del Opus Dei- democratizar el régimen actual, nada en España podrá evolucionar bajo la égida de Franco. Con él, como en ciertas jugadas de ajedrez, todo termina en «tablas».
Hay que cambiar el juego, aunque sea con Muñoz Grandes, quien tuvo (ya lo contaré otro día) muchos partidarios e importantes valedores en el campo republicano. Es necesario dar motivo para que, con el cambio de jugada, cambien también las falsas posiciones en que unos y otros nos hallamos. El español es orgulloso y terco; nadie, aunque sus hechos sean objeto de perdón u olvido, quiere aparecer como perdonado, y nadie, aunque olvide o perdone, quiere figurar como obligado a perdonar. No es el momento de analizar aquí si se trata de una virtud o un vicio: es simplemente un hecho, y como tal, hay que contar con él. «España y yo somos así, señora»,
como dijo el político a la reina que tampoco se lo explicaba.
Evolución de la conciencia nacional
No; no se trata de una influencia o de una moda o de un cansancio natural o del deseo, más bien necesidad, de penetrar en el Mercado Común Europeo: se trata de una evolución de la conciencia nacional. Los imparciales observadores extranjeros advierten que en España acaece algo raro, tanto a los hombres nuevos del régimen como a los hombres, también nuevos, de la oposición; pero no se lo explican, o cuando menos no se lo explican bien. Lo que sucede es que esos hombres son efectivamente nuevos, es decir, miembros de una cuarta generación que no es ya ni la que por históricos errores desencadenó la guerra civil, ni la que la sostuvo con las armas en las manos, ni la llamada «generación perdida», esto es, la que por su desgracia hubo de soportar las consecuencias. Estos hombres nos miran a los restantes españoles con asombro y nos condenan en el total conjunto, no a los rojos por rojos ni a los azules por azules, sino a todos, en general, por inútiles o por estúpidos; a todos cuantos fraguamos, alentamos o sostuvimos una guerra insensata que arruinó a España y detuvo su evolución histórica, en relación con cualquier pueblo europeo, con un retraso de doscientos años.
La nueva y firme actitud del clero joven, la no menos significativa de los jóvenes oficiales del ejército, y la perfectamente clara de los trabajadores «de todas clases» (como decía la Constitución de la República), es decir, la de toda la masa laboral, que ya no está formada, como en los heroicos tiempos del primitivo socialismo español, por sencillos obreros de encallecidas manos, constituyen hechos muy relevantes. Pero de todo esto me ocuparé, con mayor extensión, en otro artículo.
MARIANO GRANADOS
Simultáneamente con el proceso de los socialistas y de los sindicalistas, que ha sido ampliamente difundido en el extranjero, pero del cual la prensa española no ha dicho nada, el acontecimiento notable de estas últimas semanas es la aparición y la intensa distribución en las principales ciudades de la Península, del importante manifiesto que la Federación Siderometalúrgica ha dado a conocer recientemente en España.
El interés del documento consiste primeramente en que supera los documentos sindicales publicados o inspirados por los exilados, los que, en su mayor parte, parece que no pueden comprender las realidades actuales del país. La Federación Siderometalúrgica, cuyas actividades se desarrollan en la misma España, define los objetivos y precisa los problemas del movimiento obrero después de 25 años de dictadura franquista.
Por primera vez después de 1939 -y a pesar de las grandes dificultades de la clandestinidad- los metalúrgicos de las diferentes zonas industriales de la Península han sabido reunirse y elaborar una plataforma común orgánica y de acción.
Esta plataforma precisa la fidelidad de los metalúrgicos a las viejas tradiciones obreras encarnadas en la CNT y UGT, hoy reunidas en la «Alianza Sindical Obrera»; pero precisa también que esta fidelidad no debe ser ni será un obstáculo
para enfrentarse con las realidades del presente y aquéllas que impondrá el futuro. La primera es la unificación sindical, la ocupación y la democratización del aparato sindical que el régimen ha construido «con el sudor de los trabajadores y para encadenarlos mejor».
El hecho mismo de organizarse en Federación de Industria indica que el proletariado español sabrá hacer frente a sus problemas. La renovación del sindicalismo ibérico parece, pues, iniciada.
Tampoco es indiferente que la Federación Internacional de los Obreros de los Metales haya aceptado la afiliación de esta Federación Metalúrgica. No se trata, en efecto, de antiguos cuadros sindicales emigrados que tienen desde hace ya 20 años contactos con las organizaciones internacionales. Ésta es la primera vez que los jóvenes cuadros del sindicalismo de hoy, formados en la dura lucha de la clandestinidad, se ponen en contacto con las organizaciones internacionales de los trabajadores, cuyo acceso, más que nunca, está y permanecerá prohibido a los delegados de la dictadura que se presenten como sindicalistas verticales.
Es de estos jóvenes cuadros del sindicalismo democrático de los que depende el futuro del país, sobre el plano económico y social, pero también, bien entendido, sobre el plano político.
Secretariado General de la U.G.T. de Cataluña en el exilio
De Barcelona
El primer número que llega a mis manos de la revista IBÉRICA que usted dirige, y que de nombre ya conocía, es el 12 del pasado año, fechado el 15 de diciembre. Yo me encargo de hacerla llegar a los obreros de las fábricas del Llobregat. La generosidad de las páginas de IBÉRICA me hace confiar en que publicará usted esta carta, por la explicación que pretendo dar de cierto movimiento espiritual referido a estos obreros y obreras que, como usted sabrá, integran una masa considerable de la población trabajadora de Cataluña, desde las fuentes mismas del Llobregat hasta su desembocadura en el Mediterráneo. En estas activas colonias fabriles se vive no sólo para alimentar el cuerpo, sino también con inquietudes espirituales.
Un centro de mira y al mismo tiempo marco de variadas ocasiones de la vida social de estas colonias fue siempre la montaña y, desde luego, el monasterio de Montserrat, por lo que todos conocemos al padre Escarré de mucho antes de las encíclicas del papa Juan XXIII, que parece ser le han animado a recordar la justicia y la verdad que encontramos en los Evangelios, pero no en la vida diaria de la España de Franco. Acostumbrados a ver a la Iglesia española bendecir a los hombres y los actos del régimen, lamentábamos lo mucho que tardaba en llamarle la atención; no me atrevo a decir que se pusiera de nuestra parte.
Sabemos que las nuevas generaciones de sacerdotes luchan y siguen luchando con sus obispos para modernizar la Iglesia, para ponerla más de acuerdo con los tiempos que vivimos. Ellos habrán sido los primeros en dar la voz de alarma sobre errores y anacronismos, en contra de los encastillamientos de los rutinarios aferrados a lo que forzosamente tenía que cambiar. Se diría que al fin, en parte al menos, incluso estos últimos han apartado su ceguera y comprendido que el rebaño andaba disperso y que cada día les sería más difícil volverlo al redil. La inquietud de las masas trabajadoras, y concretamente de las del Llobregat, ha sido dolorosa. Al comentar la angustia de la emigración, preguntaban: «¿Y nosotros, los que nos quedamos dentro?».
Debe usted saber que, aparte la miseria económica, la masa obrera de esta cuenca ha respirado una atmósfera de estrechez espiritual. El ver a la Iglesia, durante años, del brazo de los mandamases no era un consuelo. Ello explica que en el pecado haya llevado la Iglesia su penitencia. Esos obreros, hambrientos de algo más que de hambre de estómago, y no contando ni con la guía de sindicatos ni de prensa libres, considerando además a la Iglesia enemiga de sus propios intereses, ha buscado compensación. Los timoratos pasaron al protestantismo, tan pronto vieron la posibilidad de celebrar reuniones y culto. Otros se refugiaron en las reuniones más o menos clandestinas del espiritismo y teosofía, siempre en busca de una respuesta al más allá. Los más rebeldes, y no pocos, se volvieron agnósticos. Esto en el campo religioso. En el campo político esta masa obrera se muestra seducida por la trilogía Kruchov, Castro, Mao, es decir, lo más contrario a la prensa, la radio y la televisión con que han pretendido indigestarnos.
En las horas libres del trabajo y de ocio se discute la trilogía arriba mencionada, debiendo hacer constar, sin embargo, que cunde la opinión de que Rusia acabará por pactar con el capitalismo, y probablemente con el mismo General que nos
tiene a dieta de libertades desde hace veinticinco años. El padre Escarré, pues, de cuyas declaraciones algo se sabía ya por aquí, podría hacer mucho para evitar la desbandada a que antes me refería, desbandada consecuencia natural de la
tolerancia de las potencias llamadas democráticas con un régimen totalitario amigo de los desaparecidos en la segunda guerra mundial. Consecuencia también de la ceguera de la Iglesia en estos años. Me temo que el dicho aquel de «nunca es tarde cuando llega»
no reza con los obreros que yo conozco. Algunas cosas llegarán, efectivamente, tarde.
Atentamente le saluda,
TIRABAL
(Un estudiante de la Universidad de
Barcelona, oriundo del Alto Llobregat)
De Madrid
(Carta de una funcionaria de Madrid)
JEAN SARRAILH
Acaba de morir en Bayona Jean Sarrailh, rector honorario de la Universidad de París. Era el más distinguido de los hispanistas franceses, había publicado numerosas obras de una erudición y una claridad perfectas. Dirigió en Madrid el Instituto Francés durante muchos años y de 1916 a 1924 vivió y enseñó en la Villa Velázquez en Madrid. Amaba a España como si fuera su segunda patria y la recorrió cientos de veces de Norte a Sur y de Este a Oeste.
Era liberal, y se puede decir que era un liberal español, tolerante y generoso. La guerra civil española le destrozó moralmente. Sufrió persecuciones cuando las fuerzas nazis invadieron Francia, fue depuesto de su cargo de rector de la Universidad de Montpellier por el Gobierno de Vichy y participó activamente en la Resistencia. Era además Sarrailh hombre generoso y sencillo.
Al finalizar la guerra mundial, Sarrailh fue nombrado rector de la Universidad de París; gracias a él buen número de universitarios españoles encontró pan y hogar en Francia, enseñando lengua y literatura española, en liceos, en centros de cultura superior y en la «Recherche Scientifique».
Al sentimiento unánime de esta dolorosa pérdida para Francia y la España culta y democrática, nos unimos fervorosamente.
¿Vientos de locura?
No pasa día sin que una noticia, un hecho, un rumor venga a añadirse al desconcertante panorama de la política española. Que si un día se empeñan en comerciar con Cuba, y al otro ceden más y más en cuanto a las bases nucleares, sin perjuicio de airear al día siguiente sus relaciones con diplomáticos del Este... Que si los falangistas, alféreces o no, amenazan con dar mamporros, y alternan su «revolucionarismo» con la defensa de un extraño príncipe apoyado por lo más recalcitrante del carlismo, mientras el ABC se permite llamarles reaccionarios y enemigos de «la trayectoria de los países desarrollados de Occidente»,
lo cual no es óbice para que Solís y sus amigos contraataquen por la banda del Congreso Sindical con el decidido propósito de «enganchar por la faja a los tecnócratas»
y presentarlos a su vez como reaccionarios. Los militares, por primera vez desde hace mucho, están inquietos, pues el porvenir deja de ser color de rosa
y tantas aristas ofrecen sus complicadas camarillas que el Caudillo ha preferido sustituir al fallecido ministro Martín Alonso, con un incondicional (suyo y de Alonso Vega) que era el Jefe de su Casa Militar. No hablemos de la inquietud del clero, tras el aldabonazo que significa la identificación de más de 400 religiosos catalanes con el abad Escarré, y si la indudable ductilidad del Vaticano ha permitido que se nombren algunos obispos, las cuestiones esenciales quedan de pie y allá
ha ido -a Roma- flamante y con hálito de prestigio, el nuevo embajador Garrigues, a negociar lo que fuere más espinoso.
Y no paran aquí los hechos dispares: mientras que los Sres. Amat, Villar, Raventós y sus amigos que, con sus abogados, han dado verdaderas conferencias políticas ante el tribunal que los juzgaba, están en la calle gracias a condenas mínimas para ello calculadas, se mantiene el «delito» de pensar como socialista. Algo más grave; se van encerrando cada semana estudiantes en Madrid o en Barcelona, acusados de catolicismo «antiespañol» o de pertenecer a la FUDE según la ciudad, paran en la cárcel numerosos jóvenes del nacionalismo vasco, pero se pone en libertad vigilada a bastantes mineros de los que estaban presos desde las huelgas del verano pasado. No para aquí el absurdo; André Philip habla un día de lo que quiere -democracia, socialismo y todo y todo-, pero al día siguiente se prohíbe el coloquio que debía tener con españoles en la Asociación de Cooperación Europea; la censura anda a bandazos, como en sus «mejores» tiempos. Y la prensa «fiel», lo mismo la emprende con Estados Unidos por el asunto de Cuba, que dice son nuestros mejores aliados.
Cualquiera estaría tentado de decir que corren vientos de locura por dependencias, despachos, salones y pasillos de edificios oficiales, casas sindical-falangistas, cuartos de banderas y hotelitos de barrios «bien» donde se cocina la salsa política de un Estado que vive al día, donde se afanan los remendones del régimen para que sus zurcidos y emplastos ofrezcan engañosa apariencia de novedad y todo se vaya arreglando sin mayores quebrantos de quienes desde hace un cuarto de siglo confunden lamentablemente su patrimonio y sus intereses con el patrimonio moral, material, legal y cultural de España entera.
Sin embargo, nada sería más erróneo que dejarnos llevar por una apreciación superficial de los hechos, por lo que éstos tienen de espectacular o de «novedoso», por la algarabía de quienes ya se están disputando la piel del oso. El mosaico de hechos que ofrece la más reciente actualidad política tiene un sentido; lo que sucede es que ese sentido es más complejo, hay que descubrirlo examinando las conexiones de unos hechos con otros, la situación nacional e internacional, los múltiples intereses que entran en juego, etc. Hay que afinar los instrumentos de observación, para que no nos deslumbren las apariencias ni caigamos en fáciles espejismos. A esa tarea, partiendo simplemente de los hechos acaecidos este mes, convido al lector que tenga la paciencia de seguirme.
La desconcertante política exterior
En primer lugar, la desconcertante política exterior; se han enviado los camiones y los remolques a Cuba «por encima del mundo» y don Manuel Fraga explicó, una vez más, que la posición del Gobierno sigue siendo la misma y es bien conocida: «los regímenes políticos no deben impedir, con países de la misma estirpe, las relaciones económicas y de otro tipo»,
procurando añadir que «el Gobierno reitera su posición anticomunista de siempre»,
añadiendo la nota jactanciosa: «En este sentido nadie nos puede dar lecciones».
No parece decidido el Gobierno a cambiar de criterio; la falta de mercados exteriores (el año pasado bajaron las exportaciones, y el plan de desarrollo exige para su cumplimiento un aumento anual del 10%), el déficit extraordinario de azúcar y el descenso en los dos últimos años de la construcción naval, son factores importantes para que, a falta de otra cosa, abandonen sus negocios con Cuba.
Pero esa política tiene otra cara; la otra noche, en la misma conversación del Sr. Fraga con los periodistas, se
le preguntó qué pasaba con las bases de submarinos «Polaris» en Rota (el rumor corría por Madrid desde hacía dos días, y era claro que la instalación en la base gaditana aparecía como inminente). Respondió el ministro que
«el Gobierno está perfectamente informado de este asunto, que no ha terminado todavía y sigue su camino. Es asunto que lleva meses en tratos».
Al día siguiente -sábado- se supo por las radios francesas y británicas que la instalación de los «Polaris» en Rota era un hecho. El domingo publicaba la noticia Arriba de manera ostensible y el Ya de forma más tímida. Sin duda alguna, se discutía del asunto desde hacía seis o siete meses, pero en los medios gubernamentales siempre se habían mostrado muy «farrucos» diciendo que esa concesión sólo se realizaría a cambio de la entrada en la OTAN. De repente, casi subrepticiamente, los submarinos van a llegar a Rota (yo me permito recordar al lector, que la cuestión de principio de los españoles, piensen como piensen, es que las bases no han sido negociadas ni concedidas por un Gobierno representativo de la voluntad nacional), mientras que el Gobierno se salta a la torera otras recomendaciones de orden
internacional hechas por Estados Unidos. Para complicar más las cosas, acaece en la misma semana la disposición norteamericana de retirar la ayuda a los países que comercien con Cuba. Aquí se enfadan mucho pero, al mismo tiempo, se muestran segurísimos de que «la sangre no llegará al río». El mismo domingo, se aseguraba en medios oficiosos que los diplomáticos españoles y norteamericanos estaban buscando una fórmula para que España continúe recibiendo la ayuda militar norteamericana, e incluso que esa fórmula consistiría en la aplicación de una cláusula relativa a «la importancia excepcional de un país -España en este caso- para la seguridad de los Estados Unidos».
Naturalmente, hasta los más lerdos han relacionado el nuevo fondeadero de los «Polaris» con una probable tolerancia del Gobierno norteamericano respecto a las piruetas comerciales de quienes se prestan dócilmente a sus demandas estratégicas. No está excluido que el Gobierno
acceda a hacer algunas concesiones de forma en cuanto al funcionamiento de las líneas aéreas Iberia (Madrid-La Habana), con su correspondiente contrapartida.
Juegos demasiado toscos
Ahora bien; mientras este singular juego se desarrolla por un lado, también aparece por otro el de las relaciones con el Este, con países que no son de «la misma estirpe», para utilizar las frases oficiales. El lector sencillo ha tenido que sorprenderse a la lectura de un amplio comunicado de la agencia oficiosa Pyresa, que algunos diarios han titulado así: «El bloque comunista tiene en España tres embajadores oficiales. Son los representantes comerciales de Polonia, Bulgaria y Yugoeslavia». La nota revela, entre otras cosas, que el representante polaco está instalado en España desde 1960 y el de Bulgaria desde 1958, y que el intercambio con Polonia fue en 1963 de 588 millones de pesetas de exportaciones y 472 de importaciones. La cantidad es mínima, y apenas rebasa el uno por ciento del comercio exterior español, pero la publicidad que se le da responde a un fin preciso. El más aparente es el de maniobra de intimidación -inocente sin duda- ante la reunión de los «Seis» del Mercado Común. Hay un hecho evidente: la situación económica de España se complica cada día que pasa fuera del Mercado Común. Los exportadores de productos agrícolas han realizado fuertes presiones sobre los medios oficiales estos últimos meses; la misma preocupación alcanza a las empresas españolas que, en combinación con otras extranjeras, han realizado inversiones para producir mercancías que el mercado español no puede hoy absorber, y son producidas con vistas al mercado europeo. Presiones e inquietudes han dado lugar a una nueva gestión del Gobierno, que se ha dirigido al Sr. Spaak, presidente en ejercicio del organismo de ministros de la CEE, solicitando que en la reunión de éstos en Bruselas, los días 24 y 25 de febrero, la CEE decida abrir conversaciones «exploratorias» para la asociación de España al Mercado Común. Siguiendo los procedimientos tradicionales de la casa, se ha apoyado esta demanda tanto con la súplica como con la amenaza. Se ha contado con el decidido apoyo de los gobiernos de Francia y Alemania, pero no se ha conseguido convencer al de Bélgica, cuya actitud opuesta a que la dictadura española se asocie a la Comunidad Europea, parece ser secundada por Holanda. En cuanto al Gobierno italiano, sabido es que no está dispuesto a brindar esa carta al franquismo. Hábiles diplomáticos utilizaron resortes que creyeron eficaces para convencer al Sr. Saragat. Todo ha sido inútil; los gobernantes de Madrid han parecido ignorar que los grupos socialistas del Mercado Común ratificaron hace pocas semanas su oposición tajante a la colaboración del franquismo con la Comunidad Europea. Los defensores de Amat y Raventós explicaron algunas de estas cosas, pero en los medios oficiales se cree que basta con que un tribunal sea «magnánimo», sin dejar de considerar como delincuente al socialismo occidental. Y ese juego es demasiado tosco. En el momento de escribir estas líneas no ha habido la menor noticia de que la reunión de Bruselas haya tomado en consideración la demanda española.
Hay, pues, una intensa búsqueda de mercados por parte de los medios oficiales españoles, que no supone el menor cambio en su actitud política. Pero hay también otro fenómeno; en el seno del equipo gobernante hay gentes que piensan ya en «normalizar» las relaciones internacionales de España, lo que no es sino proseguir, con mayor audacia, el juego de balanza utilizado por el Caudillo al que ya sueñan con reemplazar. En suma, la política exterior española no responde ya a criterios estrictamente unívocos. Éste es un primer dato a retener. No son ajenas a él sutilidades que exigen hoy las relaciones con el Vaticano. No es casual que el Sr. Garrigues (que es creyente, pero en modo alguno militante católico) haya sido enviado a la Santa Sede. Y no es que S.S. Paulo VI pretenda nada que pueda perjudicar al régimen, sino que se dice y se susurra que hay cuestiones de aplicación del Concordato, que sí convendría revisar esto o aquello... Urge negociar -le urge a Madrid- pues el menor asomo de diferencia con el Vaticano estimularía a los cada vez más numerosos sacerdotes que forman parte de la oposición al régimen.
Política interior: los pseudofalangistas y el congreso sindical
En política interior, falangistas y neo-falangistas, cuya base social es reducida y sienten que pasa la época de prestar servicios al Estado (eufemismo para designar la participación en el poder)
ponen en línea todos sus medios de acción. Por un lado, la caricaturesca propaganda del príncipe Hugo-Carlos de Borbón Parma, con el sólo fin de obstaculizar el camino de don Juan Carlos hacia el trono -y lo paradójico es la coyunda de
los «camisas azules» con unos millares de «boinas rojas» navarros dispuestos a defender a este «ultra» francés. Luego viene el manifiesto de los antiguos alféreces provisionales, hombres ya talluditos como puede suponerse, bien situados en cargos, «enchufes» y sinecuras. No todos quienes fueron alféreces provisionales (muchos de ellos forman parte de la oposición actual al régimen) sino quienes se abroquelan con tal nostálgico título para galvanizar fuerzas un poco desgastadas. Sus
frases «revolucionarias» esconden mal el despecho de verse lanzados del poder por quienes ya no necesitan de ellos. Reconozcamos que estas dos «ofensivas» pseudofalangistas han proporcionado a los editorialistas de ABC la rara ocasión de publicar dos artículos cargados de razón. Si ABC defiende a los «técnicos» es porque defiende a quienes tiran de sus hilos tras los bastidores, pero no deja de tener fundamento su crítica así expresada del documento pseudorrevolucionario: «sintetiza una buena parte de aquello que a los españoles de la segunda mitad del siglo XX, les parece más trasnochado y contraproducente: la incontrolada vehemencia, la retórica grandilocuente, el negativismo universal, el inquisitorial totalitarismo, el desprecio a los técnicos de la Administración y la hostilidad al proceso de institucionalización del Estado».
Pero los falangistas no se limitan a eso, y todo hace suponer que sus bazas mejores van a ser jugadas en el Congreso Sindical que se abre el 9 de marzo. Les será fácil mostrar que esos «técnicos» defienden los intereses de la banca y de las grandes empresas en el Plan de Desarrollo, cuyo remoquete de «social» puesto a última hora no se encuentra justificado por su contenido. Sin embargo, los intransigentes del falangismo no desean el cambio de estructura de la Organización Sindical, y en ese aspecto es muy probable que sean minoritarios, e incluso que Solís y sus amigos dejen a los «ultras» en la estacada, para buscar algunas fórmulas de mayor porvenir.
Fischetti from New York Herald Tribune Service
«In our sacred cause of the fight for freedom, what's in it for me if I let you have a Polaris base in Spain, Mr. Kennedy?»
«En nuestra sagrada causa de la lucha por la libertad, ¿qué hay para mí si le dejo disponer de una base para los Polaris en España, señor Kennedy?»
IBÉRICA, 15 de marzo de 1963
Claro es que la mayoría de los militares que se ocupan de política, no secundan los proyectos falangistas, pero sería un error creer que todos ellos son monárquicos. La idea dominante es la de «mantener el orden», pero no el de hoy, sino el de un mañana inmediato; para lograrlo estarían dispuestos a más de un compromiso. No cabe duda que hoy no se identifican con el fidelísimo general Menéndez Tolosa, que ha servido de «parche» para cubrir el hueco dejado por Martín Alonso, sin favorecer a ninguno de los clanes en presencia.
Aparente benignidad y represiones a granel
Naturalmente que, como siempre, se habla de reorganizaciones ministeriales. Que si Castiella está más que gastado y Garrigues espera reemplazarlo (cuando venga del Vaticano), que si López Rodó sería ministro, que el almirante Nieto Antúnez es casi tan importante ya como Muñoz Grandes, que Fraga cambiaría de puesto... Todo ello no tiene demasiada importancia. Los grupos políticos (y me refiero ahora a los del poder) piensan en otra reorganización más de fondo, que llevaría implicados los problemas de jefatura del Estado, jefatura del Gobierno, pluralidad de tendencias o «estatuto de partidos» en el marco doctrinal del Movimiento, organización sindical que agrupase por separado a obreros y patronos, etc.
No terminan aquí las aparentes contradicciones. ¿Cómo hablar de benignidad de la represión cuando decenas de estudiantes están siendo lanzados en prisión? Se trata, por un lado, de los nueve estudiantes catalanes (dos chicas entre ellos) acusados de desgarrar el retrato de Franco y de repartir propaganda clandestina; luego, de varios estudiantes y jóvenes del ETA vasco. Por último las numerosas detenciones de estudiantes madrileños de la FUDE. El asunto este empezó la noche del 4 de febrero, hacia las nueve, cuando fueron tiroteados varios estudiantes, que al parecer pintaban letreros de la FUDE en la Facultad, por un coche patrulla de la policía armada que detuvo a dos de ellos. Durante los tres días siguientes fueron detenidos en sus domicilios ocho estudiantes más; el 18 de febrero fue detenido el estudiante de Ciencias Políticas, Carlos Lles, de 19 años. Los otros estudiantes detenidos son Marcia López Linares, Dionisio Usano, Ricardo Aldanondo, Juan Carlos Rámila, José M. Redondo, Ricardo Visado, Jesús Ruiz, Martínez Figuero, García Cotarelo y Fraguas González, todos ellos entre 18 y 21 años de edad.
La FUDE comunica que a Marcia López Linares se le ha mantenido incomunicada durante tres días, impidiendo que su madre la visitase; que Ricardo Aldanondo ha sido sometido a malos tratos y vejaciones, a consecuencia de los cuales tiene destrozado un hombro y que, a todos ellos, se les ha infligido daños físicos.
En un manifiesto de la FUDE se dice:
¿Qué ha pasado en la Universidad de Madrid? Pues que el delegado que quiso imponer la Jefatura del Distrito en la Facultad de Derecho ha sido puesto en la calle a puntapiés (físicamente), no admitiendo los estudiantes más delegado que el elegido por ellos. En vista de la actitud de la dirección nacional del SEU, la Cámara Sindical de Derecho y todos los estudiantes han decidido separarse del SEU, mientras no se les reconozca el derecho a elegir libremente su delegado, pidiendo también que los «mandos» nacionales y de distrito sean de elección democrática.
Pocos días después, la Cámara Sindical de los estudiantes de Ciencias Políticas y Económicas ha adoptado una decisión análoga, y se niega, desde luego, a reconocer ninguna autoridad al delegado impuesto por la jefatura del SEU y ha invitado a los estudiantes de las demás Escuelas y Facultades a que secunden su ejemplo.
La situación del jefe nacional, Martín Villa, y de los gubernamentales y falangistas es insostenible. La propaganda de la FUDE es cada día mayor, pero lo grave son estos hechos de escisión, por encima de todas las leyes escritas, más importantes aún que el movimiento de 1956. El régimen ha perdido la Universidad y su reacción es policíaca, dejando al desnudo la falacia de su «liberalismo».
El mismo carácter tiene la prohibición del coloquio con el Sr. Philip. A éste se le dejó hablar, porque era de buen tono para la operación del Mercado Común, pero, ¡ah! los españoles no tienen derecho a dialogar.
Podríamos añadir que el Conde de Montarco, ha sido absuelto por la sala correspondiente del Supremo que lo volvió a juzgar; que el estatuto de los protestantes es una farsa según dicen los propios interesados, que López Rodó viaja por todas partes para lanzar su Plan de desarrollo y captarse amistades, que son ya varios los casos de nuevas huelgas en minas asturianas y en talleres de La Felguera y de Moreda, que hay una campaña bien orquestada de los agricultores contra las importaciones de «choque» y la política de precios...
Complejidad de la situación
No, no son vientos de locura. Es la complejidad de la situación, las fracturas, las grietas que se profundizan en el bloque de los vencedores de 1939. Verdad es que a todos les une el temor a la democracia, pero hay muchas cosas que los separan. De ahí, la doble faz política según que el imperativo del día o de la hora sea asestar un zarpazo al «fraternal enemigo» o enfrentarse con lo que para ellos sigue teniendo un impreciso carácter de «rojismo».
Vivimos un momento en que son posibles todos los estira y afloja, los zig-zags, las volteretas de grupos y grupitos. Recuérdese las maniobras y la angustia de los mismos equipos hacia 1945, al terminar la guerra mundial. «Todas las concesiones de forma para salvar el fondo»,
le oí decir a un alto cargo en su despacho, al empezar el año 1946. Y lo de hoy es más grave; su frente está escindido, roto. Ya no tiene una Iglesia decidida a apoyarles, los falangistas de la «Cruzada» son padres de familia, los estudiantes están en la oposición, la cual cuenta también con fuerzas nuevas -entre ellas la democracia cristiana- que se han unido (aunque no lo estén todavía operacionalmente) a los vencidos de 1939 en condiciones que no es preciso recordar. Hoy el mal no les viene de fuera, sino de dentro, de la entraña del sistema. No es locura, no; locura sería la de una oposición que no comprendiese esta coyuntura.
TELMO LORENZO
Madrid, 26 de febrero de 1964
Dada la situación de España cualquier incidente que se presente en la vida política cuenta, no por él en sí, sino por el ambiente nacional. Así la aparición de ese joven Hugo-Carlos hay que situarla en el lugar que le corresponde en la escena española. No estamos, ciertamente, en los tiempos de María Cristina de Borbón y de Isabel II, estamos en el siglo XX y España ha atravesado una atroz guerra civil y ha padecido veintiséis años de dictadura.
Debemos examinar la actitud de la prensa española. Ella aclara situaciones ocasionadas por la aparición del nuevo pretendiente a la herencia del carlismo. Lejos de silenciar las pretensiones del nuevo personaje, toma partido por él, como el periódico Arriba, o, como lo hace el ABC, trata de fijar con toda clase de detalles que don Hugo Carlos no puede presentar carta válida para sus aspiraciones por ser francés, por haberse extinguido la rama dinástica de los carlistas y por haberse reconocido en Estoril, en 1957, que los derechos de esa línea habían recaído en don Juan de Borbón, conde de Barcelona.
Ahora bien, no hay que olvidar que aun existiendo las circunstancias que señala el periódico monárquico a que aludimos, el nuevo pretendiente se declaró adscrito a España y a la causa carlista ese mismo año 1957, unos meses antes del acto de Estoril. Su reciente aparición ha despertado antagonismos y pasiones. Estos acontecimientos han hecho salir a la plaza pública una situación nueva: la creada por tres pretendientes al trono de España, con lo que se ha puesto sobre el tapete, sin el menor recato, el problema de la sucesión del general Franco. En los distintos grupos monárquicos -aunque no son numerosos- se advierten ya los partidarios de don Juan, los de Juan Carlos y los tradicionalistas navarros empeñados en reconocer como «rey» a Hugo Carlos.
De otro lado nos encontramos con una efervescencia en los sindicatos, con inquietudes en el ejército y hay aires renovadores en el clero, circunstancias que ya hemos señalado en otras ocasiones. Los ministros que más se hacen notar, como el Sr. Solís y el Sr. Fraga Iribarne, rivalizan en promesas democráticas; Solís pretende poner de acuerdo la tendencia de los demo-cristianos que desean separar los sindicatos de
obreros del de los patronos y el propósito de los llamados falangistas de «izquierda» -opuestos a esa tendencia- que quieren la constitución de una empresa sindicalizada. La pretensión del Sr. Solís es poner de acuerdo ambas tendencias
y obtener un triunfo en el Congreso Sindical. El Sr. Fraga Iribarne se hace el paladín de las relaciones con el Este. Una gran parte del clero se solidariza con la actitud del abad Escarré, con lo que marca su postura frente a la dictadura franquista. La división del partido comunista español hay que tenerla en cuenta también. Los alféreces provisionales, otro grupo de Falange, lanza un manifiesto señalando fallas del régimen. La prensa católica se lanza a pedir una renovación política, el periódico YA declara abiertamente que «es necesaria la representación de los intereses legítimos y ella debe completarse con las diferentes corrientes de opinión que son la expresión misma del país».
En suma,
los síntomas de la situación actual española señalan vísperas de acontecimientos, de acontecimientos finales de un período: la sucesión del general Franco está abierta.
¿A quién irá el poder? Las discordias entre los sectores monárquicos -«juanistas» y «carlistas»- van contra cualquier solución monárquica que pudiera salir de los designios del general Franco; la oposición republicana -la clandestina y la del exilio- es la que sale beneficiada de estas escaramuzas de encuentros entre los partidarios de los tres pretendientes. Como se ha dicho, reside en la voluntad del general Franco, según la Ley de Sucesión votada por sus Cortes, el designar el futuro rey o un regente previsto también en la mencionada ley. ¿Llegará Franco a la designación de un futuro rey? Dada la agitación y la inquietud que reinan en los sectores sociales que venimos señalando, no parece probable. ¿Designará un regente? Esta solución se presenta como probable por entrar quizá dentro de los proyectos del general Franco, coincidente con sus aspiraciones, una próxima etapa de un gobierno a la sombra del franquismo.
Sea como sea, está descartada una guerra de sucesión y carente de posibilidades la restauración monárquica. Queda, como hemos señalado, una solución en las manos del general Franco, solución que puede conducir a una etapa de «franquismo sin Franco» con el nombramiento de un regente. Pero ella desembocará en una solución sostenida por un grupo gobernante que, lo quiera o no lo quiera, será la salida al cauce libre de las fuerzas democráticas. El poder irá a quien legítimamente le corresponde, al pueblo español.
407 sacerdotes apoyan al Abad de Montserrat
PARÍS, 14 febrero, Ibérica: -Una crónica publicada ayer en Le Monde, de su corresponsal particular J. A. de Novais, dice lo siguiente:
España sigue pidiendo su ingreso en el M.C.
PARÍS, 23 febrero, Ibérica: -Recogemos del periódico Le Monde de ayer la siguiente información:
El citado periódico dice en su edición del 24:
La prensa parisién en general señala que la petición de España ha sido aplazada hasta el próximo 10 de marzo.
Conferencia en España sobre el socialismo
PARÍS, 21 febrero, Ibérica: -Le Figaro de ayer insertaba la noticia que a continuación reproducimos:
Coloquio suspendido
Le Monde del 22 inserta la siguiente información:
Declaraciones sobre la base de los «Polaris»
PARÍS, 22 febrero, Ibérica: -El diario Le Monde de ayer publica un comunicado de Escocia del que señalamos los párrafos siguientes:
Razones para escoger Rota
La escuadra, fuerza americana
En un paréntesis final de esta información, el periódico añade:
España podrá comerciar con Cuba sin sanciones
NEW YORK, 26 febrero: -El New York Times de hoy inserta un comunicado de Washington del que reproducimos, traducidos, los siguientes párrafos:
Ese mismo día el mencionado periódico insertó un telegrama de Madrid en el que se lee:
«El régimen del Generalísimo Francisco Franco expresó su confianza hoy en que los Estados Unidos reconocerán una relación especial entre España y Cuba». |
Manifiesto de Falange ataca grupo dirigente
MADRID, 22 febrero, Ibérica: -Un manifiesto de los alféreces provisionales ha sido difundido ampliamente entre miembros del Ejército, de la Administración y muchos particulares. No le hubiésemos dado mayor importancia si ella no la subraya el periódico ABC que dedica todo un editorial del 19. Pretende el editorial minimizar o destruir la importancia del manifiesto, pero en realidad la pone de relieve.
El manifiesto ataca a las jerarquías actuales de Falange, a los sindicatos, al Opus Dei y a la monarquía. De él son estos párrafos:
Los jesuitas franceses solicitan información
PARÍS, 2 marzo, Ibérica: -Recogemos del boletín informativo OPE la siguiente información:
La libertad en España tiene grandes riesgos
NEW YORK, 1 marzo: -Con este título el New York Times de hoy publica una crónica de su corresponsal en Madrid, Paul Hofmann, de la que damos los párrafos siguientes:
Disolverán tribunal de persecución comunista
PARÍS, 12 febrero, Ibérica: -En Le Monde salió publicada hoy una información que dice:
Prohibida una película sobre la División Azul
BRUSELAS, 26 febrero, Ibérica: -La película española «Los condenados del infierno» relatando los combates de la División Azul española, que se proyectaba en el cine Victoria de esta capital hace dos días, ha sido retirada de los carteles y prohibida su proyección. La medida ha sido tomada por las protestas de las organizaciones belgas de la Resistencia.
Una conferencia de los comunistas españoles
PARÍS, 7 marzo, Ibérica: -El periódico Le Monde de ayer inserta la siguiente noticia:
España pone en peligro la Europa de «los seis»
BRUSELAS, 27 febrero, Ibérica: -En el artículo de fondo del periódico Le Peuple, órgano de los socialistas belgas, y bajo la firma de su director político Albert Housiaux, se comenta:
La rama carlista quedó extinguida desde el 36
MADRID, 19 febrero, Ibérica: -Después de la polémica surgida en torno a la persona y antecedentes familiares de Hugo-Carlos o Carlos-Hugo, entre los partidarios de D. Juan y los del joven pretendiente de la rama carlista, se ha llegado, al fin, a establecer la verdadera situación.
El último pretendiente de la rama dinástica carlista, D. Alfonso Carlos, murió en 1936; murió sin sucesión, con lo que quedó extinguida la línea de varones. Pero dejó en su testamento como «Regente» a D. Javier de Borbón Parma -padre del joven Hugo- para que procediera a entregar los derechos sucesorios de la rama carlista al príncipe que reuniera la legitimidad de origen y de ejercicio. Es decir, el joven Hugo puede pretender ser el sucesor de esa rama, pero sin que le asista la legitimidad en su pretensión, ya que quedó extinguida la rama carlista en línea de varones con la muerte de Alfonso Carlos en 1936.
Sobre la nacionalidad y los nombres del nuevo aparecido no hay ya duda, el ABC del 18 de este mes publica una fotocopia del acta de bautismo de D. Hugo: Nació en París el 8 de abril de 1930 con los nombres de Hugo, María, Sixto, Roberto, etc., etc. Pero el 20 de septiembre de 1962, pidió el interesado una «rectificación» de su primer nombre que deseaba fuera Charles. Así, pues, el Sr. Charles, Hugo de Bourbon Parma es de nacionalidad francesa y se llama Charles -y no Carlos- desde el 20 de septiembre de 1962. Sin duda apreció, a sus 32 años, algunas posibilidades de enarbolar la bandera carlista.
(Los datos y fechas que señalamos están tomados del ABC del 10 y 18 de este mes).
Comentarios sobre el traslado de Garrigues
MADRID, 20 febrero, Ibérica: -El Sr. Garrigues, que hasta hace unas semanas fue embajador en Washington, ha sido nombrado con el mismo cargo en el Vaticano. Lleva, al decir de fuente autorizada, dos problemas en cartera: uno enfrentarse con la posible revisión del Concordato firmado en 1953 entre la Santa Sede y España, que está en estudio, otro conseguir la destitución del Abad de Montserrat.
El primer problema hay que darlo como existente -recuérdese la carta de los sacerdotes vascos a los Padres Conciliares-; el segundo no carece de fundamento si tenemos en cuenta los rumores de haber pedido el Nuncio Apostólico en Madrid al Abad la dimisión de su cargo. Aunque estos rumores han sido desmentidos por ambas partes, la cólera del Gobierno ante las declaraciones del Abad es de todos conocida. Pero ese asunto -como decimos aquí- es un hueso duro de roer.
Presos políticos en Cuba vuelven a España
MADRID, 12 febrero, Ibérica: -El ABC de hoy inserta la noticia siguiente en un telegrama fechado en La Habana el 10:
Por nuestra parte añadimos que es lástima que teniendo el Gobierno español presos políticos al alcance de su mano en todas las cárceles de España, los continúe ignorando.
Detienen a familiares de prelados catalanes
BARCELONA, 14 febrero, Ibérica: -La agitación sigue reinando aquí. Después del juicio bufo organizado por los estudiantes de Derecho en los últimos días de diciembre, con motivo de la festividad de San Raimundo de Peñafort, en el que se hizo una durísima crítica del régimen, vivamente aplaudida por estudiantes y profesores de todas las facultades que se hallaban reunidos en la de Derecho, el día 3 de este mes hubo huelga de los estudiantes de esa Facultad. Se han efectuado detenciones en la semana anterior. Entre los estudiantes detenidos figuran: Ramón Batlle, sobrino del padre Roberto Batlle, director de la Congregación Mariana de los Jesuitas y Pilar Porcel, sobrina del padre Olegario Porcel, prior del Monasterio de Montserrat.
Hay otros jóvenes encarcelados por el mismo motivo, pero por el momento desconocemos sus nombres.
Entrevista con el prof. Enrique Tierno Galván
PARÍS, 4 marzo, Ibérica: -El periódico Le Figaro de ayer inserta una entrevista celebrada por su corresponsal en Madrid, Guillemé-Brûlon, con el profesor Tierno Galván. De ellas les envío los párrafos siguientes que corresponden a contestaciones dadas por el entrevistado:
En nuestro próximo número daremos amplia información de esta entrevista.

