Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoAnécdota quinta

(Vol. III)


Flavio e Irene


Si todos los amigos fuesen verdaderos y tuviesen los honestos sentimientos que produce una virtuosa educación, sería inútil la precaución y prudencia para tratarlos; pero como son muy raros los fieles, y demasiado comunes los falsos y desleales, se necesita usar de alguna reserva con ellos hasta que una segura experiencia acredite la sinceridad de sus acciones y amistad. La ambición, la avaricia o la envidia corrompen los mejores corazones, y se paga frecuentemente muy caro el fruto de las amistades pasajeras, que no se fundan en la basa sólida de la virtud sino en otros cimientos vacilantes y trémulos sobre los cuales no pueden sostenerse cuando se disipan las miras y respetos bajos, indignos de un hombre de bien, en que estribaba el sentimiento de amistad frívolo, transeúnte y débil. Los jóvenes, como faltos de experiencia, se juntan con otros de su edad; y el mismo trato, por lo regular libertino, les hace confiar su amistad muchas veces a aquellos de quienes deberían desconfiar más. Un vivo e instructivo ejemplo presentará a la juventud la anécdota siguiente. ¡Ojalá que, aprovechándose de él, sepa precaver los daños que produce una incauta confianza!

En Lucera, ciudad episcopal del reino de Nápoles en el Capitanato, vivía el marqués de N..., rico, poderoso y antiguo caballero, el cual tenía un hijo llamado Flavio, de buena condición, de una índole amable y de una modestia más que común, efectos de la preciosa educación que el desvelo de su padre le había procurado. Era este joven de un talento vivo y despejado, su figura graciosa y atractiva, sus costumbres puras y sencillas y su virtud particular y heroica. Formaba las delicias de su anciano padre, cuyos días se prolongaban con el júbilo de ver que Flavio correspondía a sus cuidados.

Tenía el marqués la bella máxima, que tienen pocos padres, de no permitir que su hijo frecuentase sino las buenas compañías, para que a la vista de acciones religiosas, sabias y gloriosas se inflamase su corazón del noble entusiasmo de la virtud. Sin duda alguna hubiera formado un joven digno de la mayor estimación si la Parca no hubiese cortado el hilo de su vida al cumplir Flavio la edad de 18 años, edad que, como no perfeccionada enteramente, es capaz todavía de malas impresiones. Apenas murió el marqués cuando Flavio principió a gustar de aquellos inicuos placeres que franquea la libertad sin el freno de una autoridad que la contenga. Se juntó con otros jóvenes que, aunque eran de su calidad, no habían tenido tan buena educación. Poco a poco fueron venciendo y extinguiendo en él los sentimientos de virtud que tenía impresos en su corazón. En fin, con aquellos compañeros disolutos llegó después a ser como ellos, y entre todos cometían, aunque con alguna reserva, desarreglos dignos de castigo, abandonados al libertinaje.

Entre los amigos que Flavio había adquirido, un joven llamado Guillelmo era su mayor confidente. Éste era de mala condición, hipócrita y de peores inclinaciones que los otros. Sabía adular a Flavio, lisonjearle el gusto, y con una infame y servil condescendencia a sus pasiones más predominantes había logrado su total confianza. Esta práctica es muy común en el mundo para adquirir el favor y la privanza: caminos inicuos, sendas oblicuas y medios perniciosos, pero todo se emplea frecuentemente para entrar en el templo de la fortuna. Los grandes y poderosos del mundo están por lo regular rodeados de insectos reptiles que, cometiendo las mayores bajezas, empleando la negra adulación y lisonjeando su excesiva vanidad, infectan sus corazones, los hinchan de orgullo y causan su ruina y precipicio. ¡Oh, grandes y poderosos de la tierra!, abrid vuestros ojos, ofuscados de los vanos inciensos de la adulación, despreciad a los linsojeros, amad a los que os digan la verdad, pues así seréis felices y lo serán los que dependan de vosotros.

Esta vil adulación causó todas las desventuras de Flavio. Pasó éste en una vida relajada hasta los 22 años, en que, agitado de los remordimientos de su conciencia y acordándose de los honestos principios de educación que le había inspirado su difunto padre, volvió en sí de su letargo, se reconoció, y detestando sus vicios y pasiones volvió a vivir como antes. La hipocresía de Guillelmo y el interés que le resultaba de la amistad de Flavio, a quien estafaba con ingeniosa sutileza, le hicieron abrazar el mismo partido, aparentando que su corazón se había vencido al impulso de los mismos sentimientos, aunque realmente no era así.

Los dos amigos pasaron un año ocupados en honestos ejercicios y frecuentando las casas más ilustres y virtuosas de la ciudad, donde Flavio particularmente se hacía estimar por las muchas gracias con que la naturaleza lo había dotado. La casa a que más concurrían era la del duque de N..., en la cual hallaban los encantos más preciosos de la sociedad.

Este señor tenía una hija bien educada, discreta, hermosa y afable, cuyas gracias, con el mismo trato frecuente, fueron introduciendo insensiblemente en el corazón de Flavio un amor tierno. La señorita, que se llamaba Irene, no miraba a Flavio con indiferencia, y estimando sus bellas prendas y atractivo natural, gustaba mucho de su conversación y compañía. Nunca la dejaba sola la duquesa su madre ni le permitía la menor libertad, temerosa de que no perdiese aquel inestimable pudor que es el mejor garante de las mujeres. Pero como el amor es ingenioso para manifestarse, y a veces explican más los ojos que la lengua, casi recíprocamente se entendían entre sí Flavio e Irene; y como la privación aumenta el deseo, cuanto menos podían hablarse a solas más se inflamaban sus corazones sensibles y tiernos. Así como el vasto mar, agitado de la impetuosidad de los vientos, no pudiendo salir de los límites que lo circuyen levanta sus ondas furiosamente hacia el cielo, y viendo que no puede arrojarlas de su centro ni aun por el inmenso espacio de los aires, las recoge en sus profundos abismos, de este modo, oprimidos los corazones de Flavio e Irene por la violencia de su tierno amor, exhalaban sus íntimos suspiros por el aire, y viendo que no podían salir de los límites que les prescribía su sujeción, volvían a reprimirlos en su pecho para exhalarlos nuevamente. Conociendo Flavio que no le era posible enterar a su hermoso dueño del amor que alimentaba en su alma, descubre su pasión a Guillelmo, y con su acuerdo resuelve escribirle la carta siguiente:

Flavio a Irene.

«Aunque el amor no puede estar oculto, y me lisonjeo de que habéis conocido el que os profesa mi corazón por mis miradas expresivas y penetrantes, como nunca he podido hablaros a solas me tomo la libertad de escribiros este papel para declararos mi pasión. Sólo vuestra vista me consuela, y sin vos no hallo momento de reposo. Nuestra calidad y circunstancias son iguales. Mis deseos, llenos de Religión y de respeto, únicamente conspiran a que con un indisoluble lazo se unan nuestras almas. No creo que vuestros padres se opondrán a mis intenciones. Así que, si tenéis alguna piedad de mí, espero condescenderéis con mis ruegos, sin lo que nunca podrá tener paz ni sosiego vuestro afectísimo servidor y esclavo Flavio».

Luego que escribió este billete fue a casa de Irene, y a un ligero descuido de su madre pudo dárselo, diciéndole con una voz lánguida y sumisa: «Irene, de vos espero muerte o vida».

«Vida será si yo puedo», le respondió Irene, saliéndole los colores al rostro y bajando sus hermosos ojos con una amable modestia. Quedó Flavio sorprendido al oír estas dulces palabras de Irene, y así concibió la gustosa esperanza de lograr su mano. Fue necesario de parte de ambos acudir al disimulo para no dejar percibir un secreto que podía serles dañoso; y en fin, a la noche, cuando Flavio volvió a casa del duque, le dio Irene, sin poderle decir ni una palabra, un papel cuyo contenido era así:

Irene a Flavio.

«No creo que sea opuesta a la virtud una pasión honesta que conspira a unos fines que permite el honor; en este supuesto no puedo negaros que os estimo muy de veras, y si vuestros deseos son tan decorosos y cristianos como me decís, obteniendo previamente el consentimiento de mis amados padres, está pronta a datos la mano de esposa vuestra afectísima servidora Irene».

Así que Flavio lo leyó llamó a Guillelmo, su falso amigo, le dio parte de su felicidad y le pidió consejo sobre lo que debía hacer. De acuerdo común resolvieron era preciso que Flavio pidiese por esposa a Irene al duque su padre. Lo ejecutó así, y como en nada era Flavio inferior a Irene le fue otorgada al instante su demanda, con la sola condición de que dejase pasar un año, por no llegar aún Irene a los 17 de edad. Loco Flavio por sus dichas, principió a arreglar los intereses de su casa y demás necesario para que todo estuviese expedito y poder celebrar su casamiento al tiempo prefinido.

En este intermedio, su pérfido amigo Guillelmo, que también amaba a Irene, meditaba los medios de impedir este matrimonio, que absolutamente le quitaba toda esperanza; y posponiendo las leyes de la amistad y de la confianza a sus deseos, sugiere a un tío de Flavio que ponga un pleito sobre la pertenencia de ciertos bienes cuantiosos al duque, padre de Irene, cuyo carácter era excesivamente impetuoso y vengativo. Excitada esta contienda y pasando, como regularmente sucede, de las contestaciones legales a las injurias y ultrajes, fue tal el odio y rencor que concibió el duque, no sólo contra el tío de Flavio sino también contra éste, aunque inocente, que en despique injusto, raro y caprichoso se opuso ásperamente al matrimonio concertado, queriendo que pagase Flavio injustamente la culpa de su tío. Estos efectos vergonzosos son comúnmente los que producen los pleitos y desavenencias: el rencor que nace de ellos no sólo se extiende a los litigantes sino también muchas veces a toda una familia; mezclan los inocentes con los culpables y se forman unos bandos tan furiosos e irracionales que sólo buscan medios ilícitos para saciar su depravada venganza. ¡Injusticia, por cierto, que sólo cabe en corazones altivos, soberbios e inhumanos!

Tal era el del duque, padre de Irene, pues dijo a Flavio que no volviese más a su casa ni pensase en su hija. Flavio, resentido de este injusto procedimiento, lo reconvino modestamente; pero el duque, más irritado, le dijo en conclusión que si persistía en sus intentos le costaría la vida, y además lo maltrató de palabra con la mayor insolencia. Después prescribió a Irene que jamás hablase ni viese a Flavio, y que de lo contrario experimentaría el mayor rigor. ¡Cuánto de esto sucede en el mundo! Unos despiques necios son causa de las mayores ruinas. El encono y rencor de los padres suelen recaer sobre los hijos, y tal vez por unos fines indignos e injustos sacrifican impíamente la inocencia y la humanidad. ¿Quién podrá pintar el dolor que al oír esta novedad laceró los corazones de estos dos tiernos amantes, que ya miraban su dicha como segura e inmutable? Lleno Flavio de la más negra desesperación busca a Guillelmo, y con lágrimas y suspiros le habla así:

«Amigo mío, soy la más infeliz criatura del mundo: mi dolor es insufrible, mi desesperación implacable. El duque de N..., enconado por el pleito que le ha puesto mi tío, ha querido vengarse en mí como si yo fuese culpable o motor de este litigio. Me ha injuriado y aun amenazado con la muerte si insisto en unirme a Irene. Le he rogado, he suspirado, he derramado copiosas lágrimas; pero lejos de ablandarse su empedernido corazón, se ha inflamado de mayor furor. ¡Oh, injusticia! ¡Oh, tormento cruel! ¿Qué haré, amigo de mi alma, en lance tan sensible? ¿Qué medio pensaremos para que yo no pierda mi tesoro? Aconséjame, no sé lo que me hago; y si tu amistad no me saca de esta angustia, moriré al rigor de mi desventurada suerte».

Al instante medita el falso Guillelmo la más negra y horrible traición; y aparentando sentir como verdadero amigo sus pesares, le dice con una voz tierna y expresiva: «Sabe el Cielo, amigo Flavio, cuánto te compadezco. Tus penas me son tan sensibles como las mías propias. Estoy pronto a sacrificar mi vida para darte consuelo, y la misma experiencia te acreditará esta verdad. Yo no hallo otro medio más seguro que robar a Irene. Difícil es la empresa, pero el oro allana los más ásperos caminos. Aunque su aya es mujer de mucho talento y decoro, tal vez podré seducirla a fuerza de dinero para que coopere a esta acción, y cuando no pueda conseguir nada por este medio, no faltarán otros que faciliten el intento. Lo principal es que yo procure hablar a Irene y enterarla de este pensamiento, a cuyo efecto me darás una carta para ella, y no dudo consentirá en esta resolución conociendo la injusticia de su padre. Determinada Irene a seguir este medio, le diré que salga al jardín una noche. Concertado el modo, la hora y demás necesario, prevendré de antemano dos caballos y la llevaré a tu quinta. La precaución en estos casos es de la mayor importancia para el buen éxito, y no conviene acelerar la acción para no malograrla. Luego que esté convenida en todo Irene, dejaremos pasar algunos días; venderás tus mejores joyas y alhajas, juntarás dinero, lo enviarás a la quinta, y para que nadie pueda atribuirte el rapto de Irene permanecerás en la ciudad cuatro o cinco días después que nosotros hayamos partido; nos irás a buscar, desde allí iremos al Estado pontificio o florentino, celebrarás tu matrimonio, y logrado esto pensaremos lo que debemos hacer. Ve aquí el medio de conseguir tus deseos y de frustar la insana intención del duque, que no respetando los derechos de la naturaleza quiere sacrificar a su hija por un indiscreto resentimiento. Anímate. En las grandes empresas se necesita grande valor. Soy tu verdadero amigo: todo lo abandonaré por ti, y me contemplaré feliz si logro que tú lo seas, aun a costa de mi misma sangre».

Dicho esto lo estrecha Flavio en sus brazos, le manifiesta su reconocimiento, no vacila en la ejecución de lo que le había propuesto con apariencias sinceras; escribe la carta para Irene, se la da y le recomienda con abundantes lágrimas la prontitud y buen éxito de un negocio que creía el más interesante. Guillelmo le reitera sus expresivos ofrecimientos y parte con la carta a evacuar su comisión, animado solamente de su propio interés y no del de su amigo.

Considera Guillelmo en el camino lo difícil de la empresa, que tal vez era exponer el éxito el intentar seducir al aya, y que él no podía entrar en casa del duque porque así se lo había prevenido éste después del lance ocurrido con Flavio. Mas deseoso de lograr sus depravadas intenciones, piensa el modo de prevenir a Irene, por medio de una criada con quien él había tratado antes bastante confidencialmente, que ya fuese por una ventana o por la puerta del jardín hiciese por hablarle a las doce de aquella noche, pues tenía que comunicarle un secreto muy importante de parte de Flavio.

Con efecto escribe una carta a la criada, hace entregársela con mucha precaución y al instante le responde ésta que, habiendo comunicado a su ama el asunto, estaba conforme en salir a las doce de la noche al jardín, y que para que él pudiese entrar le enviaba una llave de la puerta del estanque. Luego que llegó la hora entró Guillelmo en el jardín, halló inmediato a dicha puerta a Irene y a la criada, entregó a aquélla la carta de Flavio y la enteró del designo proyectado. Irene, que estaba bien educada y tenía a sus padres la veneración y respecto debidos, sin embargo de su mucho amor respondió que de ningún modo podía consentir en semejante deliberación, ya por no faltar a la obediencia de sus padres, y ya porque era muy expuesta la acción. Guillelmo instó porfiadamente, pero Irene persistió en su primera resolución, manifestando que el encono de su padre era el primer impulso de la ira, que regularmente cedería y que con la paciencia esperaba llegarían a verificarse sus deseos. Finalmente, el pérfido Guillelmo, pareciéndole que las palabras de Flavio le harían más impresión, le suplicó que a lo menos diese el consuelo a Flavio de hablarle en aquel mismo lugar cualquiera otra noche. Irene le manifestó que podría traer consecuencias bastante perniciosas, porque su padre estaba muy receloso; pero que no obstante, en prueba de su mucho amor, saldría al mismo sitio la noche siguiente.

Se despidió, después de varios discursos, Irene de Guillelmo, y éste fue a referir a Flavio todo lo ocurrido. Fue inexplicable su desconsuelo al oír la resistencia de Irene a sus intenciones, pero se mitigaba con la linsojera esperanza de verla y hablarle a la hora señalada. Fueron infinitas las conversaciones que pasaron entre Flavio y Guillelmo; y éste lo estimulaba incesantemente a que emplease toda su persuasión y ternura para convencer a Irene.

Llegó la noche; a la hora referida fue Flavio con Guillelmo al jardín, y encontraron en el mismo sitio de la noche anterior a Irene y a su criada. Así como dos tiernos esposos a quienes la infeliz suerte tiene separados mucho tiempo, que creyéndose ya muertos el uno y el otro se ven por una rara casualidad cuando menos lo esperaban, y sorprendidos de gozo y alegría se abrazan estrechamente y no pueden en largo rato decirse una palabra a pesar de sus esfuerzos, de este modo, arrebatados del mayor júbilo Flavio e Irene, luego que se vieron permanecieron largo tiempo asidos de las manos, sin poder prorrumpir ni una sola palabra.

Pasado aquel gozoso sobresalto principió Flavio a exagerar a Irene su constante amor, a manifestarle las insufribles penas que padecía, y finalmente le declaró su determinación rogándole, anegado en lágrimas, que condescendiese con ella. Irene correspondió a las expresiones de Flavio con la mayor ternura, lo acompañó en su caudaloso llanto y le hizo con el mayor amor las más vivas reconvenciones sobre sus designios. Después de varias contestaciones prolijas se despidieron repitiéndose recíprocamente las mayores pruebas de su invariable afecto, y quedando en volver a verse en el mismo sitio y a la misma hora pasados cuatro días, para evitar las malas resultas que podría traer el verse todas las noches, si el duque llegaba no sólo a descubrirlo sino aun a sospecharlo.

En este intermedio, viendo el duque muy afligida a su hija, y conociendo que provenía del constante amor que profesaba a Flavio, le dijo con un tono bastante airado que era inútil se afligiese por un amor que jamás vería satisfecho, pues en el instante que supiese permanecía en la idea de casarse con Flavio la encerraría en un monasterio para que absolutamente perdiese toda esperanza. Irene quedó sumamente desconsolada al oír estas palabras de su padre, y temerosa de que no ejecutase esta amenaza procuró reprimir su dolor, y no le respondió cosa alguna.

A la noche prefinida volvió Flavio puntualmente al jardín e Irene, luego que lo vio, prorrumpió en un mar de lágrimas, sin poder articular una sola palabra. Sorprendido Flavio de esta novedad procuró con las más dulces palabras serenarla, y a fuerza de ruegos hizo le confesase la causa de su pena. Aprovechándose Flavio de esta oportunidad, le repitió las más vivas instancias para que se resolviese a salir de su casa. Sus persuasivas expresiones, dictadas del corazón, sus lágrimas y sus tiernos suspiros, después de bastante resistencia vencieron en fin a Irene, y le ofreció someterse en todo a su voluntad. Acordaron entre sí que dentro de ocho días, a las dos de la noche, emprendería su viaje con Guillelmo en los mismos términos que éste había propuesto, pareciéndoles todo muy conveniente.

Cuál fue el júbilo de Flavio es imposible explicar. Las gracias que éste dio a Guillelmo, porque por su dirección, industria y manejo le había proporcionado ver a Irene, fueron infinitas. Al instante empezó a vender secretamente sus mejores alhajas, a prevenir los caballos y cuanto era necesario para ver verificados sus proyectos. Las expresiones que hacía a Guillelmo eran indicios claros de su gratitud. Las lágrimas que derramaba eran intérpretes de su contento. Ya le parecía verse en brazos de Irene, y ya no creía hubiese obstáculo alguno a sus deseos. El amor es niño, se lisonjea con juguetes y apariencias, no prevé las consecuencias y sin reflexión se precipita por los mayores escollos. ¡Cuántos ejemplos ha habido en el mundo! ¡Cuántas ruinas ha ocasionado su ceguedad!

Todo se ejecutó y dispuso con felicidad: envió Flavio el dinero a la quinta con lo demás necesario para el viaje; y parecía que los sucesos correspondían a los deseos. Llegó la noche prefijada entre Flavio e Irene; tomó Guillelmo los caballos, entró en el jardín, sacó a Irene y se encaminaron hacia la quinta. Luego que llegaron a ella, que fue antes de amanecer, se desmontaron, y a persuasión de Guillelmo se echó Irene a dormir un poco. Entretanto el infiel amigo estuvo meditando los medios de engañar a Irene valiéndose de que Flavio, fiándose enteramente en su amistad, había prevenido a su amada Irene siguiese en todo los consejos de Guillelmo.

Apenas despertó Irene cuando el inicuo Guillelmo le dijo que, habiendo reflexionado con su amigo lo expuestos que estaban a que los encontrasen en la quinta si permanecían en ella a esperar a Flavio, había creído sería más conveniente para lograr sin obstáculo alguno sus deseos que por la posta saliesen de la quinta aquella noche para ir a las montañas de Génova, y que esperasen a Flavio en un valle de ellas donde había unas casas de campo, de cuyo sitio estaba bien informado porque, los dos yendo a ver la Italia, habían pasado en él un verano. Como Irene sabía que Flavio había estado en Génova algún tiempo y no creía ni remotamente capaz a Guillelmo de una traición, se persuadió fácilmente de todo.

Salieron a media tarde la quinta, llevando consigo Guillelmo todo el dinero. En la primera posta vendió los caballos y siguieron en ella su viaje. En breves días arribaron a las referidas montañas, y cuando estuvieron en un valle sombrío, donde había unas casas de pastores, se hospedaron en la que habitaban un hombre y una mujer ancianos. Despidió Guillelmo a los postillones diciendo a Irene que aquel era el oculto sitio en donde debían esperar a Flavio, el cual llegaría, según habían quedado acordes, dentro de cinco o seis días; y aún, para más persuadirla, le dijo que sin embargo de que allí cerca había algunas quintas de conocidos y amigos de Flavio y suyos, les había parecido más del caso hospedarse en alguna casa de pastores para evitar el ser descubiertos.

Creyó Irene toda la trama de Guillelmo como una verdad sincera. Pasaba todo el día en coloquios con él, renovando siempre la memoria de su amante y esperando con ansia su arribo. Pasados los seis días, y viendo Irene que no llegaba Flavio, empezó a melancolizarse considerando si le habría sucedido alguna desgracia. Ya se figuraba que, sospechando el duque su padre que Flavio habría sido cómplice en su robo, le habría hecho quitar la vida; ya imaginaba que algunos salteadores podían haberlo asesinado en el camino, y ya se le representaban en su fantasía otras imágenes diversas y sensibles. Todos estos pensamientos laceraban cruelmente su corazón, y sus suspiros y lágrimas eran incesantes y copiosos. Guillelmo aparentaba la misma aflicción y le hablaba siempre de Flavio, derramando abundante llanto. Ya hacía diez días que estaban en el valle cuando creyó Guillelmo era oportuno dar principio a su inicua traición. Con esta idea, pero aparentando era por divertir a Irene, la sacó a pasear por aquel monte. Cuando hubieron andado un corto trecho, se sentaron debajo de un árbol y allí habló Guillelmo a Irene de este modo:

«Señora, la tardanza de Flavio me causa la mayor aflicción y me da mucho que sospechar cuando, habiendo pasado casi doble plazo del que convinimos, no ha llegado aún a este valle. Imagino si tal vez le habrá sucedido algún infortunio imprevisto; pero también es fácil que haya tomado la inicua resolución de dejaros abandonada, por no exponerse a la venganza de vuestro padre o por no separarse de sus estados y dejarlos en manos mercenarias, con pérdida considerable de sus riquezas. Luchan el interés y el amor en el corazón del hombre, y muchas veces triunfa el primero, sin embargo de los atractivos del segundo. En fin, si lo han muerto o se ha olvidado de sus juramentos y promesas, vos estáis ya perdida: ya no podéis volver a casa de vuestros padres ni tampoco adonde os conozcan, porque seréis el oprobrio e irrisión de las gentes. Yo compadezco vuestro deplorable estado, y no sé qué aconsejaros. Resolved, pues estoy pronto a sacrificar mi vida por vuestro honor».

Quedó Irene un poco suspensa; cayeron de sus hermosos ojos copiosas lágrimas, exhaló unos suspiros tan lastimosos que parecía le arrancaban el corazón, y con una voz tierna y penetrante dijo a Guillelmo estas palabras:

«¡Oh, gran Dios! ¡Qué fiero y repentino asalto de tormentos me ha ocasionado vuestro discurso! Conozco la fuerza de vuestras razones, me hago cargo de los reveses de la fortuna y considero la poca fe de los hombres. Pero, ¡ay de mí!, no puedo resolverme a creer que mi amado Flavio sea capaz de haberme olvidado. Es muy sensible su corazón, yo lo sé. No es fácil que alimente sentimientos tan pérfidos. Yo me he expuesto por su amor al riesgo más inminente, ¿y él podrá pagarme con tanta ingratitud? No, no por cierto. Es caballero, me ama de veras y no me persuado que en tan poco tiempo se haya mudado. Alguna imprevista desventura es causa de su demora, no lo dudéis. Esperemos algunos días más; el Cielo compasivo tendrá piedad de mí, pobre, miserable y sola. ¡Ay Flavio, cuánto me cuesta tu amor! Desprecié la obediencia que debía prestar a mis padres, me expuse a ser un objeto de infamia y de deshonor, nada miré por seguir tu voluntad (¡ciego amor!) y si eres falso y perjuro, ¿qué será de mí? Consoladme, Guillelmo, fortificad mi abatido espíritu, hacedme concebir alguna esperanza, aunque lisonjera, si no queréis que deje en estas breñas mi mísera vida».

Acabó este discurso redoblando su abundante llanto, rodeada de confusión y dando los más tiernos gemidos como presagios de su cruel infortunio. Guillelmo, aunque interiormente se complacía de ver a Irene en aquella penosa situación, creyendo más fácilmente lograr sus insanos pensamientos acudió al disimulo, consoló a Irene, y hablándole cosas que pudiesen mitigar su justa opresión la condujo a la casa donde habitaban, y allí pasaron la noche, Irene asaltada de sus pesares y Guillelmo lisonjeado de conseguir sus esperanzas.

Que nos sea permitido dejar a Irene y Guillelmo en este estado para referir la lastimosa y desesperada situación de Flavio. Deseoso de encontrar a su dueño amado, a los cuatro días salió de Lucera, por la tarde; fue a su quinta y se halló sin el dinero, sin su amante y sin su amigo. Así como el pensamiento de un hombre que ha viajado por muchas provincias y ha notado cuidadosamente todo lo que ha visto en ellas recorre con la mayor rapidez los lugares en donde ha estado, y más ligero que un relámpago pasa desde donde el Sol oculta sus luminosos rayos hasta donde la Aurora en su carro de plata sale a anunciar el día a los mortales, de esta misma manera vuela rápidamente el pensamiento e imaginación de Flavio, fijándose ya en su amigo, ya en su Irene, y ya quedando suspenso sin saber a qué atribuir la causa de este inesperado accidente.

Para salir de sus dudas pregunta a un doméstico si había visto a Irene y a Guillelmo, y éste le responde que sí, que hacía cuatro días habían estado en la quinta, que se habían llevado el dinero, que él se lo había entregado según le tenía mandado antecedentemente, y que después habían seguido su ruta sin decir nada. Esta respuesta del doméstico hizo que Flavio sospechase alguna traición en Guillelmo, y considerándose engañado por un falso amigo que creía tan fiel, previno a su doméstico guardase el mayor secreto, salió de su quinta y tomó el camino a elección del caballo, con ánimo de hacer mil pedazos a Guillelmo si lograba encontrarlo. Encendido en ira y asaltado de sus celos y de su dolor, caminó algunas leguas sin saber por dónde iba ni hallar reposo. Al entrar en un bosque bastante enmarañado llegó la noche, y las tinieblas aumentaron su confusión y su tormento. Sus ojos bañados de lágrimas, su corazón lleno de aflicción, espanto y sobresalto, era un objeto digno de la mayor compasión; y como se vio solo y cercado de la más negra desesperación, exclamó en voz alta:

«¡Oh, montes; oh, valles, compañeros indolentes de mi soledad; oh noche oscura, fúnebre y triste! ¿A dónde voy, errante y sin guía? ¿A dónde me conduce mi tormento y confusión? ¿Adónde hallaré a mi amada Irene? ¡Qué desconsuelo! ¡Qué angustia! ¡Qué soledad! Pérfido amigo, ¿son éstas tus palabras, son éstas tus ofertas? ¡Perjuro, indigno! No pararé hasta encontrarte, y con mis propias manos te arrancaré el corazón. ¿Qué ingratitud, qué acción inicua he usado contigo jamás para que así te vengues? Yo te he franqueado mi corazón, he depositado mis mayores arcanos en tu pecho, ¡pérfido pecho!, te he dado las pruebas más sólidas de mi amistad, te he amado como a mí mismo. Bajo la más buena fe te he confiado mis tesoros y mi misma vida; y tú, indigno monstruo, ¡me sacrificas a tu interés propio, faltas a tus repetidas ofertas, prostituyes tu honor y ultrajas la humanidad! ¿Quién ha visto tan infame traición? ¡Oh, alevoso! Nunca dejan los Cielos impune al malhechor, y tú serás, sí, serás un ejemplo desgraciado que causará terror al mundo. ¡Oh, qué lance tan imprevisto! Virtuosa Irene, objeto de mi tierno amor, ¿a dónde iré yo a buscarte, qué antorcha me guiará adonde estás? ¡Ah, cuál será tu dolor! Esa pérfida fiera tal vez te habrá sugerido que soy infiel para lograr mejor sus inicuos deseos, tal vez intentará atropellar tu honor..., tal vez te dará impíamente la muerte..., tal vez... Mas, ¡ay de mí!, ¿qué funestas imágenes me rodean? ¡Cuántos pensamientos pavorosos y dolientes agitan mi afligido corazón! Ya no puedo respirar, ya no sé qué determinar. Pero, ¿qué me acobarda? Yo sé que Irene es muy virtuosa; sé cuánto me ama, y no es fácil... ¡Bárbara suerte mía! ¿Qué resuelvo, qué hago? ¡Qué he de hacer! Buscar a mi amada Irene, recorrer el universo de polo a polo hasta encontrarla y vengar la infame alevosía de un amigo tan indigno y cruel».

En semejantes exclamaciones iba Flavio desahogando su insufrible angustia cuando llegó a una casa de postas, y le vino al pensamiento que tal vez podrían darle allí alguna luz para seguir su ruta en busca de Irene y Guillelmo. Con efecto, le dijeron habían tomado allí la posta para Roma un caballero y una señora hacía unos cuatro días, y le dieron tan buenas señas que, no dudando eran los mismos, sin detenerse un instante tomó también la posta y siguió su camino por si podía alcanzarlos. Pudo tomar esta determinación sin volver a su casa respecto de que, además del dinero que se había llevado Guillelmo, traía consigo una porción muy considerable y varias letras de cambio. Continuó su viaje hasta Roma, habiendo dejado el caballo en la casa de postas con encargo de que lo llevasen a la quinta, que no estaba muy distante; y aunque en aquella ciudad buscó cuidadosamente a Irene y a Guillelmo, no sólo no pudo hallarlos sino ni aun quien le diera la menor razón de ellos, porque el pérfido Guillelmo, regalando bien a los postillones, había precavido este lance que siempre temió, pues estaba bien asegurado del amor de Flavio y se figuraba iría en su busca inmediatamente. Sin embargo de que Flavio nada pudo descubrir, insistió en su resolución y salió de Roma en derechura para Turín. Lo que le sucedió en su viaje, las tierras que corrió y lo que parezca necesario para la inteligencia de esta historia lo diremos más adelante; pues ahora nos llama la atención lo que sucedió con Irene y Guillelmo en las montañas de Génova.

Ya se habían pasado más de quince días, y como Irene no veía a Flavio se consumía de tristeza. Dudaba y se confundía discurriendo qué motivos le habrían impedido su arribo, y en semejante angustia ninguna cosa podía consolarla. Guillelmo había tentado todos los medios posibles para hacerle creer que Flavio la habría abandonado, pero nunca pudo persuadirla. Ya resuelto a cometer, si era necesario, una indigna acción para lograr sus intentos, la retiró en medio de aquellos bosques y le dijo así:

«Señora, vos pasáis una vida deplorable llena de confusión y de tormento, llorando la pérdida de un hombre que, sea fiel o no lo sea, ya murió para vos. Ya debéis pensar diversamente. Según las circunstancias y sucesos debe toda persona sabia y prudente mudar de consejo. Cualquiera dudará de vuestro honor. Nadie, sino yo, creerá que lo conserváis. A los ojos del mundo sois una mujer infame, y ya perdisteis aquel concepto común que es el único apoyo en que se sostiene la buena opinión. La acción de abandonar la casa de vuestros padres es bastante motivo para que os cubran de infamia. No hay cosa más delicada que el honor; se pierde con facilidad y se recupera muy difícilmente. Yo soy amigo de Flavio, lo soy igualmente vuestro; me compadezco de vuestra penosa situación, y no hallo sino un remedio para mejorarla. Tal vez os parecerá duro por la pasión que alimenta vuestro corazón, pero, creedme, el amor es una débil preocupación, y la firme opinión y entusiasmo del honor la vencen con pocas reflexiones. A mí mismo toca también conservar el vuestro y el mío. Yo os he sacado de vuestra casa con él, y no debo permitir que volváis a ella denegrida. Vos misma podéis precaver vuestra infamia si, haciéndoos cargo de cuanto os he referido, os resolvéis a darme la mano de esposa, y...»

«Callad, le interrumpe Irene con un noble valor; callad, monstruo infame, pérfido amigo, hombre inicuo e inhumano. ¿Cómo pretendéis que yo haga una traición semejante a un amante que idolatro, a un amigo vuestro? ¿Cómo intentáis que yo sea perjura y que falte a mis promesas? Si Flavio es falso e infiel, ¿me da su misma infidelidad derecho para cometer una infamia? Si por mi causa ha muerto, ¿podré entregarme plácidamente en brazos de otro dueño? No, no, esos consejos son inicuos, y no debo seguirlos. Pero, ¡ah!, cuán tarde conozco vuestra alevosía! Esta misma confesión que hacéis me da claros indicios de vuestra hipocresía. Vos me habéis engañado. Los rodeos con que siempre me habéis hablado me confirman ahora en mi sospecha. ¡Ciega de mí! ¡Ah, bárbaro Guillelmo! ¿Qué os ha hecho un amigo tan fiel para que así le devoréis el corazón, hombre vil? ¡Ay, Flavio! Tú andarás, rodeado de la mayor desesperación, buscando a Irene. Creerás que te es infiel, que te ha olvidado y que es una inicua mujer. ¿Y quién tiene la culpa? ¡Quién la ha de tener! Este monstruo, este indigno que no merece lo alimente la tierra. Idos de mi presencia, alma baja; dejadme morir en esta lúgubre soledad y vivid donde nadie os vea, en compañía de vuestros mismos remordimientos».

«Reflexionad, señora, lo que decís, replicó Guillelmo como confuso; yo no soy indigno ni traidor. Jamás alimenté en mi corazón tan viles pensamientos. Ofendéis mi virtud. Mis propuestas se dirigen a conservar vuestra honestidad y decoro. Conozco que el único medio es el que he propuesto. Si os agravié..., si me creéis culpable...»

«No prosigáis. Esa misma hipocresía os condena. No podréis persuadirme. Todas vuestras palabras, con el velo de la sinceridad, ocultan la más engañosa cautela. Ya nunca tendré reposo en vuestra compañía. Dejadme sola, y no penséis, pérfido, que jamás daré crédito a vuestras expresiones».

Viendo Guillelmo la constancia, la virtud y la fe de Irene, se arroja a una maldad aún más indigna, escandalosa y enorme, ya como un hombre sin Religión, sin honor y sin conciencia; y arrebatado de su loca pasión le dice:

«Confundíos, ingrata mujer, avergonzaos al veros en tan mísero estado. Yo os he amado y amo. Nunca quise descubriros mi amor, por no irritar a Flavio. Os he engañado, y he engañado a él. Os he traído a este valle fingiendo a Flavio os conducía a otra parte, con ánimo de lograr vuestra mano. Pero ya, cruel, que tan irritada estáis contra mí, yo abatiré vuestro orgullo. Solos estamos los dos, y lo que no puede la persuasión podrá la fuerza. Ya no podéis huir de mí. Vuestro honor depende de mi voluntad, y si la vuestra no se inclina a mis deseos, en breve experimentaréis mi violencia». Armada Irene de su virtud, colérica y enfurecida le dice:

«¡Bárbaro impostor! ¿Cómo os atrevéis a proferir tan indignas expresiones? ¿Cómo no respetáis a una mujer inerme y sola? ¿Cómo os olvidáis de vuestro nacimiento? ¿Cómo abandonáis los sentimientos de Religión y de honor? ¡Ah, inicuo! No penséis que vuestras amenazas me consternan. El Cielo defiende la inocencia, y él me defenderá. Aunque me veis sola, no lo estoy; me acompañan mi virtud y mi decoro. Aunque la mujer es débil, armada con estos escudos no teme a la insolencia ni a la maldad. En vano intentaréis oponeros contra mí, pues como una víbora ponzoñosa os despedazaré ese pérfido corazón».

«Poco valor tenéis para resistir al mío. Ahora lo veréis. Llamad al Cielo que os defienda; nada me causa terror. Vuestro honor será la víctima que sacrificaré en las aras de mi apetito; y después de haberlo conseguido os dejaré abandonada a vuestro despecho, a vuestra vergüenza y a vuestra miseria».

Dicho esto, y sin considerar que el Cielo lo miraba, va a poner en ejecución su negro designio. Coge los brazos a Irene para atárselos; pero ella, inflamada de un superior auxilio, pone en uso sus débiles fuerzas para desprenderse de él, y viendo que no podía exclama: «¡Oh Dios, prestadme socorro, no me abandonéis en tan estrecho y vergonzoso lance, conservad mi pudor, castigad a este malvado, amparadme, Señor!» Al pronunciar estas últimas palabras puede libertar una mano; con el mayor denuedo coge la espada a Guillelmo, y en un pronto, sin poderse éste precaver, se la entra por el pecho y cae sin aliento. ¡Oh, cómo el Cielo protege la virtud y la inocencia! Ningún insolente triunfa de ella, antes bien experimenta su castigo cuando intenta violarla.

Ya que había triunfado Irene de aquel indigno hombre, quitándole la vida quedó su corazón libre del sobresalto en que lo había puesto su insolencia. Anduvo buscando por allí adonde poder ocultar el cadáver. Halló una especie de sima de una profundidad inmensa, y arrastrando como pudo lo llevó y echó en ella. Volvió al instante a la casa que habitaban, y allí empezó a pensar lo que debía hacer. Resolvió rogar a un pastor la condujese al pueblo más inmediato en un caballo de los que tenían para llevar el hato pues como había bastante dinero y algunas alhajas le pareció no tendría fuerzas para conducirlo todo. Desde allí formó la intención de tomar la posta y vestida de hombre pasar a Lucera, informarse del paradero de Flavio, ir a buscarle adonde estuviese y referirle la inicua acción de su falso amigo; pero la Suprema Inteligencia, que la había sacado del peligro en que la había puesto la insolencia y temeridad de Guillelmo, preservando sin mancha su honor, quiso, por uno de sus incomprensibles juicios, castigarla por la falta de obediencia y consideración a sus padres. Estaban el viejecito, la vieja e Irene ya para irse a recoger cuando unos salteadores de caminos, impelidos del hambre, se llegaron a la cabaña a que les diesen lo que tuviesen para cenar. Con efecto les dieron lo que tenían; pero no contentos con esto, viendo a Irene bien vestida y con algunas joyas, la amenazaron con la muerte si no se las daba juntamente con el dinero que tuviese. Ella, por salvar su vida, les dio todo cuanto tenía, a excepción de un anillo que pudo ocultar.

En este estado tan calamitoso, y sin tener socorro alguno, determinó Irene quedarse en aquellos montes ejercitando el oficio de pastora. Pidió a los viejos con grande llanto pusiesen a su cuidado una manadilla de ovejas, ofreciéndoles toda su asistencia para consuelo de su senectud. Los pobrecitos pastores, compadecidos de su mísero estado, no sólo le concedieron lo que pedía sino también le ofrecieron tratarla como hija y partir con ella sus cortos bienes. ¡Qué digna de lástima era Irene cuando, al despuntar de la Aurora, regando con sus lágrimas la tierra que pisaba, salía vestida con el humilde traje de pastora a apacentar su rebaño! La consideración de verse en aquella humillación angustiaba su corazón; la memoria de haber perdido a Flavio por la traición de un falso amigo la reducía al mayor tormento, y sumergida en las más íntimas confusiones y desconsuelos exclamaba:

«¡Oh, Cielos, cuán inescrutables son las disposiciones de la Divina Providencia, cuán varia es la fortuna, qué infortunios trae consigo la humana vida! Ha pocos días que me veía rodeada de riquezas, de criados y de placeres, y hoy me hallo en la precisa necesidad de apacentar el ganado para ganar mi alimento. Conozco que éste es castigo del Cielo porque he sido inobediente a mis padres, porque, sin mirar por mi mismo decoro, me aparté de su compañía. Pero, ¡oh, gran Dios!, doleos de mi desventura. ¿Cómo podré vivir en esta soledad sin mi amado Flavio? ¡Oh, Señor, no os irritéis! Yo lo amo con un amor honesto, lo amo como vos mandáis. Permitid que logre un deseo que no se opone a mi virtud. Pero, ¡ay de mí, ya acabó mi esperanza; ya no hallaré ningún consuelo en mis penas. Los infelices días que me quedan tendré precisión de pasarlos entre estas breñas, donde no encontraré sino el eco fúnebre que responda a mis quejas. ¡Ah, pérfido Guillelmo! Tú eres la causa de todas mis desgracias, de mi oprobrio, de mi miseria. La muerte que te he dado no es bastante castigo a tu delito. En las eternas llamas lograrás para siempre el fruto de tus cautelas y padecerás la continuada pena de tu cruel remordimiento. ¡Ah, desventurada de mí! ¡Qué digna de compasión es una mujer sola y desamparada como yo! Entre las desgracias del mundo, ¿podrá hallarse otra más funesta que la mía? No. Sola aquí, sin esperanza de mejorar mi suerte me oprimirá mi mismo dolor, y con estas fatigas a que no estoy acostumbrada me veré reducida a la mayor languidez. Sí, mi vida acabará en breves días, y la muerte dará fin a mis desdichas».

En estas y semejantes exclamaciones, que sería largo referir, Pasaba Irene su deplorable vida, apacentando su rebaño y cuidando con tanta atención de los dos ancianos como si fuesen sus padres. La ternura con que éstos la amaban era singular. El mismo trato les fue aumentando el cariño recíprocamente; y aunque Irene lograba algún descanso por la compasión y afecto que le manifestaban los dos viejecitos, el recuerdo de toda la serie de sus infortunios, el trabajo de apacentar el ganado, la rusticidad de los manjares que comía y las inconstancias del tiempo que sufría su delicadeza la redujeron a una suma debilidad en su salud. Fue resistiendo cerca de seis meses, hasta el rigor del invierno; pero, agobiada su naturaleza del gravoso peso de tantos males y de la intemperie de aquellas montañas, decayó tanto que tuvo que hacer cama. La calentura se le aumentaba y el vigor le iba faltando, cuando llamó a los dos ancianos y con una voz lastimosa les dijo:

«¡Oh, amados padres! No extrañéis que os dé este nombre; no merece otro vuestra humanidad ni vuestro corazón. La languidez que siento en mi espíritu y la debilidad que padece mi delicado cuerpo son un seguro presagio de mi muerte. Siento más dejaros solos y sin ningún apoyo que acabar con una vida tan llena de pesares y de confusión. Quisiera poder pagaros todo el bien que me habéis hecho. Pero el Cielo, que ama a los bienhechores, os premiará la caridad que habéis tenido con esta infeliz, víctima de su desventurada suerte y de su desgracia. La historia mía es muy funesta; no la sabéis toda, ni ya es tiempo de decirla. La perfidia, la traición y el engaño me han reducido a tan lamentable situación; y el Cielo, que mira la falta de obediencia a los padres como un delito digno de castigo, ha querido que yo sea un ejemplo al mundo que inspire a los hijos el justo temor al que les espera si faltan a su deber. Ya no tienen remedio mis males; el aliento desfallece y sólo espero la muerte. Pero antes quiero suplicaros un favor. Sobre los muchos que me habéis hecho, éste será el mayor. Esta carta, que va al duque de N..., que habita en Lucera, espero la haréis poner en su propia mano. Y ésta, que se dirige al marqués Flavio de N..., haréis las mayores diligencias para entregársela. Puede ser que no esté en aquella ciudad; y si acaso no podéis indagar su paradero, quemadla. Para ejecutarlo habéis de esperar que yo muera, y vendiendo este anillo podéis enviar sujeto de vuestra satisfacción que practique esta comisión, pues su valor es bastante y con su importe podrá hacer el viaje con comodidad. Hacedme esta fineza, amados compañeros de mi soledad. Recibid un abrazo en testimonio de mi gratitud y cariño, y quedad con Dios, ¡ay de mí!, para siempre».

Los viejos le prometieron, con lágrimas a los ojos, que ejecutarían cuanto les mandaba, e Irene, repitiéndoles sus más expresivas gracias, quedó tan turbada y exánime que no pudo hablar más palabra. Fue agravándose rápidamente su enfermedad; aquellos ancianos prolongaban su vida con la asistencia y el cuidado, pero ni éste ni algunas medicinas que le daban dejaban esperanza alguna de su vida.

En este infeliz estado se hallaba Irene cuando Flavio, que con el incesante anhelo de encontrarla había recorrido casi toda la Italia y parte de Inglaterra y Francia, viendo que todas sus diligencias eran inútiles determinó volverse desde este último reino a Lucera para proveerse de algún dinero, ver si podía indagar el paradero de su amada Irene o seguir recorriendo el mundo en su busca, como había prometido. Haciendo su viaje por las montañas de Génova, una noche lúgubre y oscura perdieron el camino los postillones, pasaron por algunas piedras, y a los golpes que recibió el coche se le quebró el eje. Viéndose sin poder seguir su ruta, por no exponerse a la inclemencia del tiempo, que era frío y lluvioso, determinó refugiarse en la primera cabaña de pastores que hallase. Anduvo bastante tiempo errante por el bosque, y al fin alcanzó a ver una pequeña luz, que le sirvió de guía hasta llegar a la morada donde habitaba Irene, que estaba casi en los últimos alientos de su vida. ¡Suceso verdaderamente inesperado!

Luego que arribó Flavio en compañía de un criado, suplicó a aquellos ancianos que los recogiesen en su albergue por aquella noche. Estos os recibieron con su natural agrado y humanidad, y les ofrecieron todo cuanto poseían para su obsequio. Mientras que el criado componía alguna cosa de cenar, viendo Flavio que los viejos lloraban y suspiraban sin cesar, compadecido de su aflicción les preguntó la causa. Exhalando el viejo un tétrico y lastimoso suspiro, le dijo: «¡Ah, señor! Nuestra desventura nace de ver a una pobre zagala, que era nuestro consuelo en nuestra soledad y vejez, estar ya casi para expirar. El amor que le tenemos, la atención con que cuidaba del ganado y de nosotros nos hacen llorar más amargamente su pérdida. No he visto una mujer más virtuosa. Habrá unos siete meses que llegó a este sitio, acompañada de un joven. Éste no sabemos dónde fue; ella quedó sola, y unos salteadores de caminos entraron aquí, la robaron, y hallándose sin dinero ni amparo alguno nos pidió que la tuviésemos en nuestra casa, ofreciéndonos cuidaría del rebaño y de nosotros. Lastimados de su desgracia, la hemos tratado como hija. La pobrecita se ha esforzado cuanto ha podido para asistirnos; nos amaba como si fuésemos sus padres, y su discreción, su virtud, su modestia y resignación excitaban nuestro amor y formaban nuestras mayores delicias. La infeliz, que no estaba acostumbrada a la fatiga de pastora ni a la intemperie de estas montañas, ha ido perdiendo la salud y hoy se halla sin esperanza de vida, agravada de una penosa enfermedad. ¡Ah!, si la conocieseis, si vieseis aquella flor tierna marchitarse en el verdor de su belleza, os causaría la mayor compasión, pues todas las gracias de la naturaleza se han reunido en ella para hacerla más amable».

El corazón de Flavio halló un oportuno momento de ejercitar su humanidad. Creyó que no era casualidad la que lo había conducido por tan raro medio a aquella cabaña; y ofreciendo al viejo contribuir al alivio de aquella pobre mujer con todo cuanto tenía, le pidió licencia para entrar a verla. Se la concedió al instante, agradeciéndole su piedad. Entró en un miserable cuarto y halló sobre un lecho de paja, y cubierta con una manta, una belleza expirante, que le penetró el corazón. Quedó turbado al verla; le pareció Irene, pero la languidez y la miseria la habían reducido a tal extremo que no pudo conocerla. ¡Qué asalto tan repetino de sobresaltos le oprimieron su corazón! Y transportado de su turbación, dolor y espanto, dice precipitadamente a los ancianos: «¿Cómo se llama esa belleza? ¿De dónde es? Decidme lo que sepáis, sacadme de confusión».

«Se llama Laura; no sabemos de dónde es, ni otra cosa más que lo que os hemos referido».

«¡Ah, qué dolor! ¿No tenéis algunas otras noticias? ¿No podré saber quién es? ¡Ay de mí! Hablad... ¡Ah, pérfida enfermedad, cómo has desfigurado su rostro! Ancianos venerables, mirad si tiene alguna alhaja, si podéis darme algunos indicios para que acaben mis dudas...»

«Señor, solamente podemos deciros que nos ha dado unas cartas, encargándonos con muchas lágrimas que las enviemos a Lucera...»

«¡A Lucera! ¡Ay, Dios! ¿Dónde están? Dádmelas, por piedad..., no os detengáis...»

«Éstas son, señor».

«Al duque de N.. ¡Ay de mí! Ésta es la letra de mi Irene. ¡Piadosos Cielos! Irene... Irene... No, responde. ¡Oh, dolor! Ésta dice: Al marqués Flavio de N... ¡Ah! Ésta es para mí, no hay duda». Se arroja precipitadamente a la cama, coge la mano a Irene, la besa y llena de lágrimas. «Irene mía, exclama, ¡qué desgracia es la mía! Sí, os hallo; pero, ¿cómo? Expirando. ¡Cruel muerte! ¡Bárbaro destino! Yo moriré contigo; sí, amada Irene, te seguiré a la tumba. ¡Oh, pena! ¡Oh, lance cruel e inesperado! ¡Oh, irreparable desconsuelo!»

Se turba, enmudece y cae casi exánime sobre un poyo que había cerca de la cama. Atónitos los viejos de este suceso, llaman al criado, procuran entre todos socorrerlo para que vuelva en sí. Todo se convirtió en llanto, en admiración y dolor. En fin, a corto rato vuelve Flavio a cobrar el sentido, ve que aún respiraba Irene, y oprimido de congoja dice: «¡Ah, gran Dios! Aún respira... Sí..., aún vive... ¡Ah, Lorenzo, (éste era el nombre del criado) corre, vuela a la ciudad más cercana...! Toma dinero..., trae los mejores médicos que halles... El Cielo te pagará esta caridad..., yo te recompensaré...; parte... ¡Ay, Cielos, permitid que lleguen a tiempo. ¡Desventurado de mí! Buen viejo, traed mi catre de camino, que mi criado ha conducido hasta aquí, y colocaremos en él a esta infeliz señora».

Inmediatamente marchó Lorenzo, acompañado de un pastor que le enseñase el camino, ofreciendo no descansar hasta traer los médicos; y el anciano pastor trajo el catre. El mismo Flavio lo armó, y colocaron en él a Irene. ¿Quién podrá pintar las lágrimas que Flavio derramó, las ansias que padeció y las congojas que oprimían su corazón al ver a su hermosa Irene tan cerca de perder la vida? Sus ayes y sus quejas podían compadecer a los más insensibles; los viejos no podían detener su llanto, y todo era en aquel albergue confusión, pena y sentimiento.

No se apartaba Flavio de la cabecera de la cama de Irene; frecuentemente le tomaba el pulso, anegaba en lágrimas sus delicadas manos, y la esperanza que tenía de que con el auxilio de los médicos lograría algún alivio daba algunas treguas a su inexplicable dolor. Impaciente y sin reposo, ya lloraba, ya quedaba casi sin sentido, y ya acompañaba a los dos ancianos en su amarga angustia. No tenía un momento de tranquilidad, y por si podía tomar algunas noticias de los funestos sucesos de Irene abrió las cartas y leyó primero la que escribía al duque su padre, que decía así:

«Venerado padre mío: La poca reflexión con que me aparté de vuestra compañía la ha mirado el Cielo como un delito digno de su enojo. Me ha castigado reduciéndome a la más deplorable situación. El pérfido Guillelmo me trajo engañada a las montañas de Génova, fingiendo que así era la orden de Flavio, su amigo. En un valle casi inhabitable nos detuvimos, siendo nuestra morada la mísera casa de unos pobres pastores. Después descubrí su impostura; quiso manchar mi honor, me resistí, y con la asistencia del Cielo le quité la vida. Unos indignos salteadores me despojaron de cuanto tenía, y viéndome sola y sin amparo tomé, para ganar el sustento, el humilde ejercicio de pastora. Sería largo referiros todas mis desgracias, pero ya no es fácil. Tan miserable y laboriosa vida me ha reducido a la mayor flaqueza. Ya escribo ésta en los últimos alientos, únicamente para que sepáis mis desventuras e implorar de vuestra piedad el perdón de mi inobediencia. Sí, padre mío, espero me lo concederéis. Os lo pide una desdichada hija, aunque indigna e ingrata. Cuando os entreguen ésta ya mi alma gozará de mejor esfera, porque no será hasta después de mi muerte. Abrazad a mi amada madre, ¡ah, pobre madre mía!, y llorad mi deplorable destino. Ya no puedo más, padre mío; a esta voz me siento morir; sí, ya muere vuestra más apasionada hija de corazón, q. v. p. b., Irene».

Acabada esta carta leyó Flavio, anegado en lágrimas, la que le escribía Irene, que así decía:

«Amado Flavio: la indigna traición de vuestro falso amigo Guillelmo, ¡horrible monstruo!, ha causado la más funesta tragedia. Persuadiéndome que era mandato vuestro, me condujo a un valle sombrío de las montañas de Génova, donde me hizo parar en una cabaña de pastores, asegurándome que dentro de cinco o seis días vendríais vos a buscarnos. Yo, incauta, lo creí, pero viendo que ya habían pasado quince días y que no veníais principié a sospechar alguna impostura. Sus discursos llenos de hipocresía me confirmaron en mis presunciones. El indigno tuvo valor para ofrecerme su mano; yo lo desprecié con constancia. Pero no paró aquí su osadía. Quiso oponerse a mi honor; me defendí con denuedo, y protegida del Omnipotente triunfé de su insolencia, dándole con su misma espada la muerte. Mas el Cielo, en castigo de mi inobediencia y falta de respeto a mis padres, permitió que, cuando yo había formado la resolución de pasar a Lucera en traje de hombre, informarme de vuestro paradero e ir a buscaros, entrasen unos ladrones y me robasen el dinero y cuanto tenía. Viéndome ya destituida de todo consuelo y frustrados mis intentos, rogué con llanto a los dos ancianos pastores en cuya casa estaba me recibiesen por su criada y me encargasen la custodia de un corto rebaño. Así lo hicieron, y he recibido de su bondad los mayores testimonios de humanidad, de amor y buen corazón. En este mísero estado he pasado más de seis meses, habiendo derramado tantas lágrimas y pasado tantas penas que no me es fácil explicaros. Al fin, la aspereza de una vida tan incómoda y penosa, a que no estaba habituada, ha ido consumiendo mi salud, y ya escribo ésta en los últimos momentos de mis infelices días. Quisiera prolongarme más para daros una idea de mis desgracias, pero ya fallece mi ánimo y mis lágrimas impiden el curso de la pluma. Cuando os entregarán ésta ya estaré sumergida en el sepulcro, pues así lo he encargado. Muero por vos, y esta consideración, ¡ay de mí!, minora las terribles ansias y congojas de mi muerte. A Dios, Flavio amado; a Dios para siempre. Consolaos, y no os acordéis jamás de vuestra infeliz Irene».

Agitado Flavio de los más extraños movimientos, oprimido del más íntimo dolor e impelido del mayor furor exclama: «¡Ah, inicuo Guillelmo! ¡Ah, pérfido amigo! ¡Tanta maldad alimentabas en tu pecho! ¡Tanta ingratitud conservabas en tu corazón! ¡Oh, hipócrita impostor! ¡Oh, monstruo indigno de que te sustentase la tierra! No, no es bastante castigo la muerte que te dio la virtuosa Irene. Eternamente padecerás los mayores tormentos; el Cielo es justo y ejecuta sus venganzas con los malvados y traidores. Tú has sido la causa de que se haya marchitado la mejor flor, de que se halle lidiando con la impía muerte la mujer más virtuosa de la tierra. ¡Ah, pobre Irene! ¡Ah, desgraciada víctima de la perfidia y de la alevosía! No, yo no me apartaré de ti. Si falleces te seguiré a la tumba en breves días; no podré sobrevivir a golpe tan inhumano. Mas, ¡ay de mí, los médicos no vienen, el socorro no llegará oportunamente. ¡Desventurado tormento, bárbara suerte mía! ¡Ay, Irene desdichada!... Pero abre los ojos... ¡Oh, gran Dios!... Irene..., Irene... No me conoce... La turbación..., la debilidad... Amigos, socorro..., no me abandonéis...»

Así hablaba Flavio, como un hombre arrebatado de un frenesí, cuando, siendo las cuatro de la mañana, llegó Lorenzo acompañado de un médico. «Señor, le dice, aquí está un médico». Transportado del mayor júbilo, si es que en lance tan amargo podía tenerlo, exclama Flavio: «¿Dónde está?... Venid, amigo..., mirad esta hermosura cadavérica...; usad de todos los medios posibles para restaurar su salud... Dinero..., cuanto poseo... todo será vuestro...; no os detengáis, amigo..., por piedad..., llegad, no perdáis los momentos.., considerad que de un golpe salváis dos vidas... ¡Ah, si pudierais...!, yo sería feliz... ¡Oh, Cielos, amparadme, doleos de mi desconsuelo».

Asombrado y compadecido el médico de tan extraño caso, llega a pulsar la enferma. «La calentura, dice, es maligna, la debilidad suma, ya tal vez no hay remedio».

«¡Ah! No me quitéis una débil esperanza, replica Flavio; empezad a hacer uso de vuestra ciencia...; acaso llegarán a tiempo las medicinas». El médico prepara un cordial con varios simples que traía prevenidos, se lo da a Irene y ésta principia a cobrar algunas fuerzas. «La medicina ha hecho efecto, dice el médico; ya podemos, señor, concebir alguna esperanza».

«¿Me engañáis?»

«No, señor, continuaremos la misma bebida; me valdré de cuantos medios me sean posibles para vuestro consuelo».

«Hombre piadoso y humano, vuestras palabras confortan mi expirante corazón; yo os seré eternamente agradecido».

Prosigue el médico poniendo en uso los mayores esfuerzos. Irene ya abre más los ojos, vuelve de aquel mortal letargo y exclama: «¡Ay, desventurada de mí! Gracias os doy, mi Dios, por el alivio que me habéis concedido en tan angustiado mal». Quiere Flavio hablar a Irene y el médico lo detiene, diciéndole que no es aún tiempo. Ya revivía su esperanza, ya con ella se consolaba. Estaba rodeado de la mayor confusión; sus llantos, sus gemidos y suspiros eran indicios de su tribulación. Irene, ya más despejada, advirtió que aquél no era su acostumbrado lecho. «¡Qué es esto, Cielos!, dice, ¿dónde me hallo? Esta cama, ¿quién pudo traerla aquí? Padres míos, amados ancianos, ¿qué novedad es ésta, quién tuvo piedad de mí?»

«Yo, le responde Flavio, acercándose precipitadamente a la cama; yo fui, Irene mía».

«¡Flavio!»

«¡Irene!»

«¿Sueño?»

«¿Es realidad?»

«¡Vos aquí!»

«Sí».

«¿Quién os condujo?»

«El Cielo».

«¡Piadoso Cielo! Mas, ¿cómo?»

«Por un extraño evento».

«¡Ah, qué confusión! Vos..., sí...; no es apariencia... ¡Ay de mí!»

Queda Irene sin sentido, y túrbansele los ojosy la lengua. Flavio queda en el mismo abatimiento. A breve rato se recobra un poco. Ve aun a Irene sumergida en el parasismo. No halla palabras para explicar su dolor. Recurre al llanto y a los suspiros. Llama al médico, le ruega que socorra a aquella hermosura. A beneficio de algunos remedios vuelve en sí Irene: «¡Ah Flavio! ¡Ay, esposo mío!, prorrumpe bañada en lágrimas, al fin ha querido el Cielo que os vea antes de expirar. Ya muero consolada».

«No, no moriréis. Tened confianza en su misericordia. Ya se acabó su rigor».

«¡Ah, que son pocas mis fuerzas! Estoy muy debilitada».

«Pero la medicina...»

«La mejor medicina es haberos visto; vuestra presencia me anima y vivifica. Sí, siento que voy cobrando algún vigor».

La pulsa el médico, halla aquella naturaleza más fortificada, sigue en sus medicamentos; le parece que da ya indicios de vida: «¡Ah, señores, dice, no hay que desmayar. Ya va adquiriendo algunas fuerzas esta pobre señora».

«¡Ay, amigo!, le interrumpe Flavio, ¡qué me decís! ¿Ya puedo tener esperanza? ¡Ah!, respira, corazón mío. Animaos, virtuosa Irene. La Suprema Inteligencia ha calmado su furor. Vuestra paciencia y vuestra virtud expiaron vuestra culpa. Sí, Dios es el Padre de las misericordias, y aunque quiere experimentar nuestra resignación y constancia no abandona a los que le piden con fervor».

«Sí, así lo espero, amado Flavio. Un superior impulso parece que me reanima. Cada instante se va disipando mi debilidad. Me hallo ya muy mejorada».

«¡Si es ilusión cuanto veo! El gozo..., el sobresalto..., la novedad... Sí, todo tiene en movimiento mi alma. ¡Querida Irene!»

«¡Amado Flavio!»

«¡Es posible que os hallo!»

«¡Es posible que os veo en un sitio tan oculto y extraviado!»

El médico les advierte que aquélla no es ocasión de hablarse más; que era necesario aprovechar los instantes, que el alivio era conocido y que convenía a Irene alguna quietud. Aunque Flavio hubiera querido en aquel lance explicar a Irene los tiernos sentimientos que lo agitaban, el deseo de su curación lo contuvo, y moderando su pasión sólo se empleaba en cuidarla y asistirla. Ya eran las cinco de la tarde cuando Irene, con el socorro de las medicinas, se hallaba bastante aliviada. Nada omitían para su asistencia. Todos se interesaban en su salud; ninguno descansaba, procuraban animar a estos dos infelices, y el médico con la mayor vigilancia cuidaba de la enferma.

El piadoso Cielo, que ya quería poner fin a las desgracias de estos miserables, casi de un modo milagroso iba fortificando la naturaleza de Irene y extinguiendo la malignidad de la enfermedad. A los tres días dijo el médico: «Señores, consolaos; ya está fuera de peligro esta virtuosa mujer. No ha sido mi ciencia la que la ha reanimado, ha sido únicamente la piedad del Omnipotente, de una manera prodigiosa. Cuando yo vine la creí mortal; su frialdad, su flaqueza, su languidez, la maligna fiebre y todos los síntomas de la enfermedad eran indicios muy claros de su muerte. Sin los auspicios del Cielo hubiera sido yerto cadáver digno de compasión. Pero ya es segura su vida».

«¡Ay, amigo!, dice Flavio, ¿cómo podré pagaros este beneficio? La sangre de mis venas será corta recompensa. Mis tesoros, todos los bienes que la fortuna me ha dado son vuestros. Disponed de mí. Mi vida está pronta para serviros. Habéis recuperado la alhaja más preciosa del universo, por quien he caminado gran parte de la Europa, por quien solamente me era amable la vida que me alienta, a pesar de mis penas y desvelos; sí, vos me habéis conservado lo que más amaba en el mundo, y mi gratitud será indeleble».

No es fácil explicar las vivas expresiones con que Flavio se mostró reconocido al médico, las lágrimas que derramó de alegría, las tiernas palabras que decía a Irene, las señales de agradecimiento que manifestaba a los dos ancianos, ni cuantos movimientos de admiración, de júbilo y de amor agitaban su sensible corazón. En fin, a los quince días ya se levantaba Irene e iba recobrando su primera robustez y belleza. Los coloquios que en este tiempo pasaron entre los dos fueron tan tiernos y tan patéticos que no puede expresar la pluma más elocuente. Se refirieron el uno al otro las fatigas, las ansias, los desvelos, los sucesos de su desgracia y los pesares que habían padecido desde el infeliz día en que salió Irene de casa de sus padres; y en estas conversaciones pasaban todo el día, sin saber hablar de otra cosa. Se aseguraban mutuamente de su amor, de su fe y de su constancia. Nada igualaba a su placer, bendecían al Cielo, se manifestaban reconocidos a su piedad; las penas se trocaron en contentos, y en aquel albergue en que antes habitaba el luto, el llanto y el dolor resonaba entonces un eco alegre y todos respiraban un aire tranquilo y delicioso.

Ya creyó el médico que su presencia no era necesaria, y se despidió de Flavio e Irene. Éstos volvieron a repetirle sus expresiones de gratitud, con tanta ternura que no podían detener el llanto. Flavio le dio un regalo magnífico de dinero, de joyas preciosas y de cuanto tenía, reiterándole sus afectuosas expresiones y promesas. Partió el médico, y a pocos días después empezaron a tratar Flavio e Irene de su viaje. Resolvieron marchar a Génova, celebrar en aquella ciudad su casamiento y después ir a Lucera a echarse a los pies del duque, padre de Irene, y pedirle su perdón y bendición. Bien hubieran querido ir a efectuar su casamiento a Lucera, pero les pareció necesario ejecutarlo en Génova para mayor decoro de Irene. Resolvieron igualmente llevarse consigo a los dos ancianos pastores, asistirlos y cuidarlos en su vejez y pagarles la beneficencia que Irene había recibido de su piadosa mano. ¡Sentimientos de gratitud, dignos de almas generosas! ¡Cuán pocos ejemplos de ella se encuentran en el mundo! En la necesidad todos se manifiestan agradecidos, mas en mejorando de fortuna se olvidan del beneficio, les es gravosa la obligación de él, y con una indigna ingratitud pagan el favor. Pero esto no debe desanimar al corazón benéfico. Si en los hombres no halla la recompensa merecida, la encuentra en sí mismo y en el Cielo, cuya justicia es equitativa y recta.

Las reflexiones que Flavio e Irene hacían sobre su estado pasado y el presente eran infinitas. La memoria de la traición de Guillelmo los confundía. El castigo que Dios les había enviado por sus delitos los consternaba, y la piedad que habían recibido de su mano misericordiosa los llenaba de veneración y de consuelo. Las conversaciones que los dos excitaron en su viaje fueron diversas. Les parecía un rápido sueño todo cuanto acababa de sucederles en tan corto tiempo. Les era muy grata la memoria de sus desgracias, como que ellas mismas les habían enseñado lo que era la instabilidad de la fortuna, las vicisitudes de las cosas humanas, lo poco que el hombre debe fiar en el aspecto brillante de las glorias del mundo, el temor y respeto que se debe tributar a la Inteligencia Suprema, cuánto tiene de odioso y horrible el delito, las funestas consecuencias que suceden a las pasiones, lo que puede la envidia y la avaricia en el corazón humano y la poca confianza que puede tenerse en los hombres.

Últimamente llegaron a Génova; refirieron al arzobispo la serie de sus sucesos y éste, compadecido de un caso tan digno de lástima, los casó inmediatamente. Sin perder tiempo tomaron la posta para Lucera, y luego que llegaron fueron a casa de los padres de Irene, les noticiaron todas sus desgraciadas e imploraron con lágrimas y suspiros su perdón. La admiración que les causaron tan lastimosos sucesos y la alegría de ver a su hija cuando menos lo esperaban vencieron su enojo y resentimiento. Se abrazaron mutuamente y el llanto fue intérprete del contento. El lance fue patético, tierno e interesante de parte de todos; calmaron tantas desventuras y miserias y los dos esposos, dando gracias al Cielo por las prosperidades y satisfacciones que les preparaba, quedaron gozando la perfecta paz y tranquilidad que logran en recíproca unión dos almas amorosas y sensibles, y vivieron siendo ambos ejemplos de honestidad, de amor y de virtud.

Sirva este lamentable caso de ejemplo a los jóvenes incautos para corregir sus pasiones; para no perder, por seguirlas, el respeto y veneración debidos a los padres; para no fiarse de aquellos amigos que no conocen los principios del honor ni de la Religión; y para tener siempre presente que la Justicia Divina no deja impune la iniquidad, la traición, el engaño, la insolencia ni la maldad.