Week-end
Pancho Oddone

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(Historia de Buda) André Bareau
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La habitación era pequeña y húmeda. La mitad de la pared estaba ocupada por una ventana. Enfrentaba otra a escasos dos metros. Otra habitación con otra gente. El sereno había dicho, es confortable y no hay muchos mosquitos. ¿Por lo menos tiene espirales? No, no quedan. Café sí tenía. No estuvo mal. Mariana quiso juntar las dos camas sacando de en medio la mesa de luz. Era difícil hacer cualquier movimiento. Aun ese que parecía tan simple. Además, los ruidos se multiplicaban y un roce era un estruendo. Cuando el sereno trajo el café tuve que pasar sobre la cama de Mariana y pisar el suelo frío y húmedo. ¿Por qué tan húmedo? «Es un hotel nuevo» contestó. Puse la bandeja sobre la cama y entré al baño. Tenía ganas de bañarme. De lavarme los dientes. De hacer como si no estuviera allí. El hecho de estarlo no era simple, natural o indiferente. No me explicaba por qué había ido con Mariana a Mar Del Plata. No hay que volver sobre las historias pasadas. Es que resulta difícil saber cuándo una historia es pasada y simplemente se extiende o continúa siendo presente o amenaza con no terminar nunca. Tampoco se sabe bien por qué tiene que terminar, si cuanto ocurre es placentero y bueno. Mariana dijo que estaba enamorada. Mario nos había despedido en su departamento cuando partimos. ¿Qué pensará ese tipo? ¿Sabrá que dentro de un rato Mariana estará durmiendo conmigo? En ese momento creí que él lo sabía, solamente —10→ que la cosa era tan grotesca y se había planteado tan sencillamente que su oposición se nos hubiera antojado escandalosa, absurda y arbitraria. A él también, naturalmente. Fue un viaje sin impaciencia. Apenas con interés. Estaba dispuesto a no tomar ninguna iniciativa. Pero eso era una trampa. El no tomar iniciativas implica una iniciativa. Ocho años atrás había terminado mi relación con Mariana. Después hubo encuentros fugaces y placenteros pero todavía con engaños y escenas y protestas de fidelidad en las cuales ninguno de los dos creíamos. Así fue limpiándose una relación caótica y apasionada. Se fue transformando en una relación placentera porque no teníamos necesidad de engañarnos. Cuatro días antes me había llamado:
«Debo ir a Mar Del Plata a buscar a mi hija. ¿Me llevas?» Le dije que sí. Y allí estábamos en ese hotel nuevo, pequeño, húmedo y con mosquitos. Me acosté y recogí el diario que estaba tirado en el suelo. «Nueva York 27, (AFP) -El informe Peers sobre la matanza de My Lay concluye que militares norteamericanos cometieron allí asesinatos, violaciones, mutilaciones y actos de sodomía- afirma el New York Times». Recordé lo que me había contado dos años atrás un periodista norteamericano con quien había estado en Bogotá. Que en Vietnam había prostíbulos con menores de doce años y que los principales usuarios eran los soldados norteamericanos. Había que pensar en eso. Los norteamericanos eran como cualquier otro pueblo. Lo importante es lo que está pasando en el mundo cuando estos hechos, que forman parte de todas las guerras, son publicados por la prensa y discutidos en casa por toda la familia. Sodomía, violación, asesinato. Los temas de la literatura universal. El punto de partida de la naturaleza humana. Toda la tragedia griega se reedita en la lectura diaria de la prensa.
Nada cambiará. ¿Importa que cambie? ¿Puede cambiar? Mariana se desvistió y se acurrucó a mi lado. Seguí leyendo. Ella empezó a besarme el pecho muy suavemente. Se entretuvo sobre mi estómago mientras con la mano me acariciaba. No habíamos dicho una sola palabra. Esta era la primera vez que hacíamos el amor desde hacía más de seis meses. Durante —11→ un rato continuó con sus caricias hasta que comencé a besarla. No podía apartar de mi mente la noticia sobre Vietnam. La brutalidad y la perversión ocurren porque las cosas no se hacen ni se asumen con normalidad. Dos horas más tarde Mariana dormía boca abajo y su piel blanca mostraba las curvas más perfectas. Estaba fatigado por manejar cuatrocientos kilómetros. También por dos horas de amor. Un mosquito comenzó a zumbar cerca de mi cabeza. Me cubrí totalmente con la sábana para evitarlo y traté de dormir. Al fin de cuentas el mosquito debería dejarme en paz. Tenía a su alcance un objeto más atractivo.
Me desperté temprano. Evité hacer ruido al levantarme y un momento después estaba bañado y vestido. Mariana dormía. Tomé el desayuno en un bar de la playa y empezaron a llegar los primeros bañistas. Familias con niños pequeños. Algunos muchachos y muchachas solas. El sol y la niebla de la mañana creaban reflejos dorados en la arena. Una hora más y la multitud habría ocupado bares, confiterías, playas, olas, aire, y espacio.
Volví al hotel donde Mariana se estaba vistiendo. Me besó con cariño. Yo estaba incómodo. Para mí la cosa había terminado. Ahora había que ir al mar y tomar sol y buscar un buen restaurante y comer mariscos y buen vino. Esa era la otra parte de la aventura. Fuimos a una playa distante de Mar del Plata. Cuando llegamos ya cada uno estaba en sus pensamientos. La noche había pasado. El agua fría y salada me hizo sentir joven y lleno de vida. Mariana caminaba por la playa. Me hizo señas para que me acercara y fingí no advertirlo. Estaba linda como siempre. Solamente que tenía ocho años más. Es decir, 28. Ahora era una hermosa mujer y solamente sus ocurrencias recordaban a la niña que había conocido una semana después de su matrimonio y dos días antes de su luna de miel que finalmente no se produjo nunca. Fue conmigo su luna de miel. Jamás quiso volver a ver a su marido. Durante dos años nos amamos a cada rato y en cualquier parte. Y ahora ocho años más tarde estábamos allí de nuevo y probando que ya no teníamos nada que ver. Solamente que lo pasábamos muy bien juntos y nos encantaba hacer el amor. En algún lugar de Mar del Plata estaba su hija que tenía ahora ocho años. Durante el almuerzo traté de convencerla de que —12→ debía casarse con Mario. No era una garantía de estabilidad. Actor y anarquista. Pero era un buen tipo. Le expliqué que yo era un solitario y que eso seguiría siendo toda mi vida. «Te vas a morir solo como un perro», dijo con rabia. No me sentí agredido. Estaba comiendo la mejor cazuela de mariscos que había comido en los últimos tiempos. Además me sentí libre de la preocupación que había tenido desde el día anterior y que recién ahora descubría con claridad. Mientras hablaba miré la calle sin notar lo que ocurría allí pero hubo algo que me llamó la atención. Un reflejo nada más, pero suficientemente claro como para ver sobre el asiento delantero de un automóvil una pistola ametralladora en el momento en que un muchacho se disponía a cerrar la puerta. Después metió el brazo por la ventanilla. Seguramente para poner el arma en el piso. Se volvió y entró al restaurante con tres personas más. Una muchacha y dos hombres. Mariana me hablaba de sus dudas sobre Mario y de cómo yo había destruido su vida sin darle alternativas. Eso fue cierto durante varios años. Aun después de terminar formalmente nuestra relación. Pero después fue ella la que se preocupó por realizar la tarea de destruir sus posibles amores utilizando los argumentos que yo había usado antes. No quería tener a Mariana a mi lado, pero tampoco quería no tenerla totalmente. La naturaleza humana es contradictoria y egoísta y yo me consideraba una cabal expresión de esa pauta de la condición humana. Los tres muchachos y la chica se sentaron cerca de nuestra mesa. La muchacha no era atractiva ni bella. Solamente saludable, rubia, rosada, gordita y aburrida. Ninguno de los cuatro hablaban. Solamente miraban el menú. El mayor andaría por los treinta años y era el único entre los tres hombres que estaba afeitado. Por eso era tan agresiva su nariz larga y roja. Acercaba el menú a los gruesos vidrios de sus anteojos de miope. Los otros dos muchachos eran más corrientes. A pesar de sus barbas. Era natural que usaran pantalones de vaquero y camisas de colores vivos, pero no eran indudablemente turistas. Por lo menos los turistas no acostumbran a viajar con una ametralladora en las manos. Y uno de ellos la tenía en las manos hasta el momento de dejarla sobre el asiento. ¿Y si no era una ametralladora? Sin embargo, resultaba difícil equivocarse. Mariana insistía en que Mario era bueno y generoso y creo que eso en realidad no le importaba demasiado. O no bastaba. El auto —13→ era un Chevrolet nuevo y brillaba al sol. La muchacha reía alegremente. El restaurante estaba colmado de tardíos veraneantes de marzo. Familias enteras. Gordos, flacos, altos, bajos, vestidos como turistas, niños llorones, matrimonios mayores solos, clase media de todos los niveles pero con el común denominador de poder pagar la cuenta bastante onerosa del restaurante. Todos, pacíficos, buenos, tolerantes, envidiosos, egoístas, generosos, sectarios, mediocres, inteligentes, torpes, rencorosos y resentidos. Es como la gente, simplemente. Incapaces de admitir la posibilidad de que todos esos calificativos pudieran encajar en cualquiera de ellos, pero inocentemente desprevenidos ante cuatro jóvenes de aspecto deportivo que aparentemente tienen la insólita costumbre de pasear con una ametralladora debajo del asiento del auto. Mariana me tomaba la mano. «No me escuchas» «Por supuesto que sí». «A mí no me digas por supuesto. Nos conocemos demasiado. Eso quiere decir que no me escuchabas y que te burlas». «No, claro que no». Por qué te interesa tanto esa gente. Supongo que no será por la gordita. No. Es por otra cosa. De pronto advierto que en el restaurante hay mucho ruido. Ruido de platos, cubiertos, voces, rumores, risas, llantos. Los mozos se mueven con rapidez, con sonrisas, con gestos. Sudan, se esfuerzan, trabajan. Quieren ser personales eficientes, naturales. Nadie logra eso. Ni los mozos ni los clientes. No pueden serlo. Se trata solamente de actitudes, formas, gestos, y mucha comida que atraviesa esos gestos y los alimenta. Los estimula. Mario nos despidió con recomendaciones de vieja. No corran demasiado. ¿Qué habrá querido decir? Quédense dos días, así podrán ir a la playa. Hay tipos extraños. Estaba un poco triste, comentó Mariana durante el viaje. ¿Quién? Mario. Ah. ¿Y por qué? Cretino. Cada día estás peor. Debo recordarte que Mario no es mi prometido, dije. Mucho más cretino por recordármelo. Curiosa gente. Un amigo me había invitado a comer con Inés, la hermana de Mariana. Yo no conocía a ninguna de las dos. Cuando llegamos ella abrió la puerta del departamento. Fue solamente un segundo, pero estaba todo dicho. Dos días atrás se había casado después de tres años de noviazgo. Clásico noviazgo de provinciana. Quiso que todo fuera convencional y en el viejo estilo. Reaccionaba así frente a la madre. Viuda, rica, fea, con amantes y rodeada de brujos y brujas que sobrevivían con su —14→ generosidad o irresponsabilidad o desaprensión. Cualquiera de los calificativos se acomodaba correctamente para definir la cosa. El esquema fue bueno hasta esa noche. El marido había salido esa mañana hacia el norte a arreglar algunos asuntos antes de iniciar el viaje de bodas. Ese fue su error. O por lo menos uno de ellos. Nos vimos ese día y el siguiente. Después todo fue natural y lógico. O completamente poco lógico, pero fue y eso es lo importante. Nos fuimos a Paraguay durante más de veinte días. ¿Por qué a Paraguay? Quién sabe. Cualquier lugar hubiera sido lo mismo. Puede ser que resulte exagerado pero prácticamente nos pasamos veinte días haciendo el amor. A cada rato, en cualquier parte. En la piscina del hotel, en los autos, en el campo sobre el pasto y bajo un sol ardiente y espantoso que nos parecía ideal y amable. Inventamos un código para comunicarnos delante de la gente sin que nos entendieran. Mariana tenía sentido del humor y una ingenuidad conmovedora. En esos días compré una edición francesa del Arte del Amor entre los hindúes. Estaba ilustrado con muchas fotografías de templos en cuyos bajos relieves se reproducían escenas de amor. En realidad diversas formas del acto sexual. Estábamos en la cama de nuestro cuarto en el hotel. Desnudos acostados boca abajo y mirando el libro que estaba en el suelo. Pasaba las hojas lentamente y en silencio. «Cómo chapaban los antiguos» fue el único comentario de Mariana. Y su voz era tan graciosa que hasta el día de hoy no lo he olvidado. Recordaba este episodio ahora sin razón aparente. Tal vez porque nos acercábamos al fin. Un auto patrullero de la policía pasó lentamente. Los cuatro jóvenes no lo advirtieron. Mariana contaba episodios de la infancia de Mario. En su natural exageración parecía una versión infantil de «La hora 25». Según parece a su padre lo habían matado en Yugoslavia, en su aldea, en la puerta de su casa. A su hermano también. Después de asesinarlos los ataron con alambre de púa en los árboles del jardín. ¿El padre era fascista? No, comunista. En realidad tampoco. En momentos de guerra a veces la gente termina en un bando o en otro y no se sabe bien por qué razones. Los enfrentamientos vienen de muy atrás. Es curioso cómo la crueldad tiene formas similares y parecidos recursos en lugares diferentes. También en Colombia, en el Caribe en general, las venganzas políticas terminan con el derrotado envuelto en alambre de púa y colgado de un —15→ árbol boca abajo. Pero en Colombia agregan un detalle. Los testículos en la boca del muerto. Un colombiano me lo explicó. Es un símbolo, dijo. ¿Símbolo? ¿de qué? Cómo, ¿no se da cuenta? No me di cuenta y no agregó más. Después calló. No valía la pena seguir hablando con alguien que no entendiera algo tan obvio. A los 10 años, Mario sobreviviente huyendo por Alemania. Después Italia. Francia más tarde. Mario a los 18 años sobreviviente embarcado como marinero. Mario terrorista en París. Mario en Buenos Aires. Basta de Mario. Y a pesar de todo, Mario no había aprendido nada. Como a esas mujeres que las violan veinte veces en la guerra y la experiencia para ellas no existe. Siguen tan niñas como lo eran antes de que la violencia las golpeara.
Cuando volvimos de Paraguay el melodrama y el escándalo. El marido de Mariana me buscó y me encontró. Lo cierto es que no le costó mucho hacerlo porque la reunión, no provocada, pero sí prevista tuvo lugar en la casa de la mecenas de los brujos. Dijo cosas vulgares, groseras, violentas, cursis, grandilocuentes. En realidad, fue el único que habló. Ese derecho no se le podía negar. Yo esperaba un golpe en cualquier momento y estaba dispuesto a asimilarlo. Pero no llegó. La perorata continuaba. Meretriz. Eso ya fue tan gracioso que no pude contener la risa. Tampoco Mariana. A partir de ese momento me resultó imposible escuchar el final del discurso. Creo que una hora después continuábamos riendo. La madre de Mariana, que naturalmente había oído todo desde una habitación contigua, entró al living de la casa donde se había desarrollado el drama. Nos pidió que no le contáramos nada de lo que había pasado porque no le interesaba, pero que esa noche venían a comer unos parientes que llegaban de Europa y que nada sabían del escándalo, entonces, lo menos que podía hacer yo por el honor de la familia y la dignidad de la hija, era participar de la comida fingiendo que era realmente el marido de Mariana. Después de esta perorata expresada con toda dignidad, se marchó. Nuestras carcajadas debieron oírse en todo el edificio. Tal vez en el barrio. Resolvimos que ya que era de la casa y debía oficiar como marido de Mariana, era natural que cumpliera mi rol con absoluta autenticidad. Nos fuimos al cuarto de soltera de Mariana, cerramos la puerta con llave e hicimos el amor hasta que nos —16→ quedamos dormidos. Esa no fue la única vez que desempeñé mi papel de falso marido a pedido de esa insólita mujer que cada día era sistemáticamente despojada por sus adivinos, videntes, brujos y enamorados.
La gente se renovaba con frecuencia en el restaurante. Un hombre que estaba detrás del mostrador, seguramente el dueño, se acercó a saludarme. Me preguntó si la cazuela había estado de mi gusto. Le respondí afirmativamente y aproveché para preguntarle si conocía a alguno de los cuatro jóvenes. Dijo que jamás los había visto. Nos recomendó un buen postre y se marchó.
Mariana me preguntó si conocía tanto al dueño del local. En realidad era la primera vez que lo veía. Seguramente me había confundido con alguien. No lo creyó y curiosamente insistió en que por alguna absurda razón yo negaba conocer al hombre. Me pareció inútil insistir en la verdad. Hace tanto que te conozco y todavía no termino por conocerte, dijo. Me tomó una mano cariñosamente. Esas cosas en público me ponen muy incómodo. Le ofrecí un cigarrillo para liberarme de la cosa. Mariana dijo que termináramos pronto de comer y que buscáramos algún lugar al sol en la playa, lejos de la gente. Yo realmente no tenía ganas. Ni del sol ni de la playa ni de lo que inexorablemente ocurriría entonces. Una vez me había acompañado a La Plata y en el camino se le ocurrió bajar a tomar sol en el parque Pereira Irala. Terminamos haciendo el amor sobre el pasto interrumpidos a medias por los gritos de toda una familia de chacareros de la zona que paseaban en un auto viejo. No les hicimos caso y se fueron. Jamás conocí a alguien que fuera una expresión más cabal de la vida que Mariana. Descendiente de una familia tradicional, rica desde su nacimiento había aceptado sin protestas y sin interés las excentricidades de la madre que precipitó a la familia a una situación económica difícil e incierta. Dos años atrás alquiló un departamento pequeño en el que apenas cabían algunos muebles que pertenecieron al General Lavalle, antepasado de la familia, que por una casualidad había logrado salvar de la pasión enajenadora de la madre. A ese departamento que yo no conocía, la llamé —17→ una noche en que me asaltó un deseo irrefrenable de saber cómo estaba. Hacía meses que no hablaba con ella y varias semanas atrás había recibido un mensaje suyo en el que me comunicaba su nueva dirección y teléfono. Fue poco después de uno de sus frustrados intentos de nuevo casamiento. Me atendió con voz llorosa, triste, como si le costara hablar y expresarse. Podría jurar que en el momento en que levantó el auricular del teléfono yo sabía perfectamente qué estaba pasando. Me dijo que era bueno escuchar mi voz después de tanto tiempo, sobre todo en esa oportunidad y cortó la comunicación. En diez minutos hice un viaje que normalmente lleva veinte y llegué al departamento. Toqué el timbre inútilmente y de un empujón abrí la puerta. El olor a gas era insoportable. Busqué el interruptor de la luz y encendí, lo cual fue una locura, pero no pasó nada. Antes de asomarme al pequeño dormitorio corrí a la cocina y cerré las llaves de gas.
Mariana estaba acostada en su cama completamente vestida y alrededor se veían sobres rotos de muestras de somníferos. Conté quince. Necesitaba saber cuántos había tomado. Estaba semiinconsciente. Me había hablado de una vecina que vivía sola y de la cual se había hecho amiga. Toqué el timbre de la puerta de su departamento y apareció una muchacha de unos treinta años, bien parecida, a quien le dije quién era. Respondió con un ¡ah! que bastó para enterarme de que sabía quién era. Le pedí que preparara bastante café porque Mariana se sentía muy mal. También le indiqué que llamara a la hermana de Mariana, si tenía el número, y que le dijera que viniera enseguida. Contestó afirmativamente a ambas cosas. Volví al departamento de Mariana. Traté de despertarla para lo cual la levanté con violencia abofeteándola.
Luego de un momento se derrumbó nuevamente sobre la cama. Había un montón de cartas y fotografías rotas. Solamente una fotografía mía que le había enviado desde Londres a los pocos meses de conocernos estaba intacta. Entró la vecina con el café. Le pregunté cómo se llamaba. Laura, dijo. Me preguntó si podía hacer algo. Estaba asustada. Le dije que no era nada grave. Tampoco yo lo sabía. Volví a levantar a Mariana y la obligué a caminar. Sosteniéndola con mis brazos la obligué a tomar un largo trago —18→ de café muy caliente que se derramó en parte sobre su vestido. La hice caminar de un lado a otro. A veces interrumpía la caminata para darle una bofetada. Laura se había sentado en uno de los sillones de Lavalle (después me enteré que había sido de él) y observaba sin hablar. No tengo idea de cuánto duró esto pero mientras realizaba el trabajo que sabía que tenía que hacer, pensaba en todo el episodio y crecía dentro de mí una furia irracional, fría e inexpresada que se traducía en silencio y en mayor energía para continuar las idas y venidas por la pequeña habitación. Diez minutos más tarde fue despertando completamente y comenzó a llorar. Casi como un balbuceo. Un ligero y absurdo ronquido mientras las lágrimas se deslizaban lentamente por sus mejillas. ¿Por qué llamaste? decía. Por qué llamaste. Eras el único que podía darse cuenta. Después vino la hermana. El hermano. Una hora más tarde llegó un médico y Mariana bebía su café juiciosamente sentada en la cama. Ya no lloraba. Me miraba. Comentó: me debo ver hecha un desastre sin haber ido a la peluquería. En ese momento comprendí que todo había pasado y me podía ir. Es lo que hice.
Miraba ahora a Mariana en el restaurante y advertía que nada había cambiado en ella desde el momento en que la conocí. Nada había cambiado en lo fundamental. En el brillo de sus ojos, en su alegría de vivir, en su afán por desplazarse y hacer cosas. A la luz de esta observación me resultaba imposible explicarme su intento de suicidio. Jamás había conocido a nadie tan reñido con la muerte, la tristeza y la derrota. Sin embargo, había ocurrido. Muchos meses más tarde le pregunté por qué lo había hecho y respondió solamente: Estaba cansada. No explicó de qué y hubiera sido inútil preguntárselo.
Volvió el auto patrullero. Tal vez fue un segundo de indecisión en un cambio de marcha o simple impresión mía, pero me pareció que estuvo por detenerse. Continuó la marcha. Esta vez los cuatro jóvenes lo advirtieron. Solamente dos de ellos continuaron durante un momento mirando hacia la ventana. No podía estar seguro que lo que había visto en el asiento delantero del automóvil era una ametralladora, pero tampoco estaba seguro de que no lo fuera. De manera que la relación entre los cuatro jóvenes y el —19→ patrullero de la policía resultaba obvia. Nadie es capaz de decir cuál es el aspecto de una cosa o de la otra. Vivíamos, sin embargo, una época confusa en que los terroristas políticos son buscados por la policía como delincuentes y terroristas políticos. Formalmente existe una línea divisoria muy sutil entre el criminal y el héroe y nadie más o menos inteligente es capaz de definir ambas situaciones con precisión y seguridad. Solamente existe una manera y es refiriendo el análisis de la conducta formal a sus fundamentos esenciales. Allí, en el fondo del espíritu humano podrá encontrarse la clave que nos permita saber si el policía que reprime salvajemente es un asesino o un abnegado servidor de la comunidad o si el terrorista es un neurótico presionado y condicionado por oscuras frustraciones o un mártir capaz de arriesgar su vida y su muerte por un ideal que tiene como objetivo el beneficio directo e indirecto de la comunidad. Lo cierto es que yo no tenía una particular inclinación por la violencia, no obstante lo cual las circunstancias de la vida me habían llevado a conocer la cárcel por razones políticas cuando aún no había cumplido los quince años. Y después de más de veinte años de reflexiones sobre la violencia, era absolutamente incapaz de salir a la calle para informar al patrullero de la policía que en ese Chevrolet estacionado en la puerta del restaurante había una ametralladora debajo del asiento. También era cierto que mi escasa actividad política no había sido consecuencia de una actitud definida y clara hacia ese objetivo. Había sido arrastrado a ella por la circunstancia. En los últimos años mi actitud había cambiado. Observaba los hechos sin tomar partido y analizando y criticando la lucha permanente, eterna, incansable por alcanzar el poder y conservarlo, que es en definitiva la política. Como en estos momentos seguía con atención este episodio planteado entre la policía y los cuatro jóvenes, porque no quería evitar conocer de qué manera se resolvería. Independientemente de que la policía supiera o sospechara algo, o que los tres muchachos y la chica fueran delincuentes o héroes. Lo cierto es que entre ambos grupos había un auto con una ametralladora y eso no podía quedar sin expresarse de alguna manera. Pero no ocurrió nada. Había menos gente en el restaurante y los cuatro jóvenes y nosotros terminamos de comer casi al mismo tiempo. Cuando llegamos a la puerta ellos ya habían salido. Abrí y me hice a un —20→ lado para que pasara Mariana. Entonces empezaron los gritos y las corridas. Una voz de alto y simultáneamente dos disparos. Otro más. El Chevrolet se puso en marcha con un rugido y saltó para adelante. Por la ventanilla salió el caño brillante de la ametralladora. Ruido y Sol. Ta-tac-tac. El auto empezaba a doblar la esquina y un policía de rodillas en medio de la calle disparaba tomando su revólver con las dos manos. En pocos segundos había terminado el tiroteo. Entonces empezaron los llantos y los gritos. La calle poco antes vacía, donde los tiros y las voces de alto resonaban como una campana, se había llenado de gente. Miraban hacia donde yo estaba con expresión de miedo y curiosidad. Entonces me di cuenta de que Mariana había caído detrás mío. Me agaché maquinalmente. Sin saber muy bien qué había pasado ni qué podría hacer levantándola. Estaba con los ojos cerrados. Al pasar mi brazo por la cintura sentí una humedad tibia y pegajosa. La levanté como pude y salí a la calle. Los policías se acercaron corriendo. Me señalaron el auto patrullero. La gente nos rodeaba por todas partes y los policías los apartaban a empujones. El sol era más intenso que nunca. Brillaba sobre la capota del patrullero. Pensé por qué estaría allí en lugar de perseguir al Chevrolet. Cuando estuve más cerca y la gente se apartó advertí que cambiaban una rueda. Mariana estaba realmente bella. Como si durmiera en paz.
—21→
El sol brillaba sobre el empedrado de la plaza. Un perro cruzó lentamente y desapareció por un extremo. Luego sacó la cabeza y miró a los diez hombres parados uno al lado de otro, frente a lo que parecía el edificio de la municipalidad o una iglesia. Sus cabezas eran redondas y sin rasgos. El sol las hacía brillar y se tornaron opacas casi negras. Sonó un estampido. Como un trueno gigantesco. Enorme. Tal vez el ruido que precede a los terremotos. O a las tormentas en la montaña. Pero nada se movió. O alteró. Las diez cabezas rodaron hasta el suelo. Los cuerpos quedaron parados en su lugar. Pero la niebla, el polvo, los hacía desvanecerse. Las cabezas empezaron a crecer. Cambiaban de color, verdes, rojas, amarillas. Eran poco a poco enormes esferas de las que crecían ramas, tentáculos, hojas, flores. Los cuerpos ya habían desaparecido. Y las esferas poco a poco ocupaban la plaza. En un extremo el perro observaba con atención sin mostrar el cuerpo. El brillo del sol era enceguecedor, enfermante, opresivo. Ahora blanco. Casi azulado. Sentí frío. La plaza quedó desnuda. Vacía, sin esferas, sin perro, sin sol. Solamente un tipo con cara bastante siniestra que me hablaba. A su espalda el corredor parecía un desierto de hielo encajonado. «Lo desperté. Me parece que estaba soñando. Hacía gestos con las manos. Es un mal lugar para dormir». -Miró a su alrededor. «Hubiera ido a su hotel. La chica se —22→ pondrá bien. Su mujer, ¿no?» -No esperó la respuesta. «El comisario quiere verlo. ¿Puede venir?»
Noté que estaba entumecido. Sentí frío a pesar de mi grueso capote. Pasó la enfermera con la cual había hablado la noche anterior. ¿Anterior? Era todavía de noche. Miré mi reloj. Las siete de la mañana. La llamé.
-Cómo está.
-Bien, no se preocupe. Tuvo mucha suerte. No se interesó ningún órgano.
Recién descubría que Mariana tenía órganos. Sangre, huesos, estómago, páncreas, intestinos. Qué absurdo. La periferia era lo más importante. Tan bien hecho. Modelado. Terso. Y adentro los órganos. Una lección de anatomía. No. De plástica. Cómo conocer una persona si no se le conocen los órganos. Ni siquiera se le adivinan.
La enfermera se fue. El policía aguardaba. El bigote le caía a los costados de la boca. La frente estrecha mostraba una cicatriz de lado a lado. Como hundida. Mas bien partida de un hachazo. El cuello encajado entre los hombros. Por lo menos allí debía estar. Las manos en los bolsillos del sobretodo negro y gastado. La imagen de un pistolero mejicano. Solamente que no tenía sombrero. Le dije que lo acompañaría. No sé qué hubiera pasado en el caso de negarme. Pasé por la sala de guardia y pregunté por el médico que atendía a Mariana. Vino a los cinco minutos y me explicó que no había sido nada grave. Nuevamente lo de los órganos. La bala había quedado alojada entre las costillas, pero la extrajeron en cuanto llegó al hospital. No había perdido mucha sangre. Necesita unos días para reponerse. Por lo pronto, durante esta semana permanecerá en el hospital. Quedará perfectamente, solamente usted verá la cicatriz -dijo. Guiñó un ojo. Sonreí. El médico seguramente no supo por qué.
En la puerta aguardaba el patrullero. Subí a la parte trasera. En el auto hacía calor. Atravesamos en silencio la ciudad hasta el camino de la costa. —23→ Llegamos al destacamento del barrio de pescadores. A pocas cuadras del restaurante donde se produjo el tiroteo.
Esperé durante diez minutos en la guardia, mientras me tomaban los datos que ya me habían pedido durante la noche. Lo hice notar, pero me explicaron que se habían perdido. No les creí y tampoco pretendieron ser convincentes. Pasé al despacho del comisario. Este era bastante alto y de pelo claro. Vestía como un funcionario bancario. En un extremo de la oficina colgaba en una percha el correaje y la chaqueta del uniforme. Las paredes estaban adornadas con fotografías amarillentas. Seguramente de ex oficiales muertos. Con esas caras ausentes y artificiales que muestran las fotografías antiguas. Parecen tan remotas y sin ubicación. Sin tiempo. Sin espacio. Simplemente de gente que ya no existe.
«Esto no es un interrogatorio» -mintió. «Solamente una conversación. Ha pasado un momento difícil». Su voz era bastante agradable. Amistosa. «Esa gente estaba en el restaurante».
No creí necesario contestar. Estaba corroborando una certeza. Jugaba con un anillo de oro con una piedra azul. Se esforzaba por adivinar qué clase de interrogado podía ser yo. No había llegado a comisario por tonto.
-¿De paseo por Mar del Plata?
-Sí.
Hasta allí duró su actitud indiferente y sociable. Abrió un paquete de cigarrillos y me ofreció uno. Lo acepté y mientras me lo encendía seguramente buscaba las palabras más adecuadas para iniciar su faena. Fue todo muy lento. Como si le costara decidirse. Se sentó muy erguido y miró la punta del cigarrillo. Permaneció en esta actitud hasta que terminó la introducción. Solamente me miraba fugazmente. De vez en cuando. Seguramente para ver qué efecto producían sus palabras.
«Se trata de un episodio muy grave. Hace tiempo que buscamos esa —24→ gente. Son delincuentes dispuestos a llegar a cualquier extremo. Suponemos que asaltaron un banco en Tres Arroyos y colocaron bombas en una garita de la base de submarinos de Mar del Plata. No tenemos su filiación y seguramente, como consecuencia de todo esto que ha pasado y por este episodio en el cual casi pierde la vida su señora, tenemos la seguridad que comprenderá la gravedad de la situación y colaborará con nosotros. En estas épocas de crisis es responsabilidad de todos los ciudadanos colaborar con las autoridades y eso esperamos de usted. Lo que ha ocurrido es en cierto modo bueno, por lo instructivo. Perdone esta afirmación, pero por lo general cuando la gente lee sobre estos actos de terror en los periódicos supone que son cosas ajenas a ellas mismas. Casi irreales. Usted lo ha visto. Casi ha sido víctima de ello. Eso es importante.»
Terminado el discurso guardó silencio. -No es mi esposa-, dije. Creo que le molestó. Se puso el anillo. Por lo general a la gente le gusta contar episodios en los cuales ha sido protagonista. A mí no. El comisario acababa de enterarse de esta característica de mi personalidad, lo cual perturbaba su deber profesional. Los planos se mezclaban. Para mí no era tan claro como para el comisario. No había tan estrecha y terminante relación entre el episodio vivido durante la mañana del día anterior y mi colaboración con la tarea policial. No era una cosa de causa y efecto. No tan simple. Tampoco había detenido al patrullero para decirle que en el Chevrolet había una ametralladora. También me indignaba lo que le había ocurrido a Mariana. Más aún, lo que pudo haberle ocurrido si la bala afectaba algún órgano, como decían el médico y la enfermera. Y seguramente deseaba romperle la nariz al idiota que aparentemente comandaba ese equipo de adolescentes. Tal vez alguna vez tendría la oportunidad de hacerlo. Pero eso nada tenía que ver con la policía. Y esta conclusión era bastante grave. Angustiosa. Era como descubrir que lo razonable era arreglárselas solo. Pero no solamente aquí, frente al comisario. También frente a los supuestos delincuentes. Con esas caras. Terroristas. Esa gordita saludable. Imbécil. La revolución. Aquí en la Argentina. Tal vez treinta y cinco millones de estómagos en el año 2000. Y dos vacas y media para cada uno. Pero tampoco con la policía.
—25→«Usted quiere colaborar con nosotros, ¿verdad?». Parecía una pregunta, pero no era así.
Ahora era yo quien observaba la punta de mi cigarrillo encendido. Después lo miré francamente.
-Señor comisario. La señora que me acompaña ha recibido un disparo. Todavía no sé de quién. Si de los delincuentes, como usted dice o de la policía. Vamos a distinguir dos cosas. Por una parte quién es el agresor. Por otra, todas esas cosas que usted explica sobre los antecedentes de los que se tirotearon con sus policías.
-Con la policía. No es mía.
-Quiero manifestarle, que tampoco mía. Aun cuando tal vez lo diga en un sentido diferente. El hecho es que no sé qué ideología o intención tenía la bala que hirió a la señora Cullen. Creo que en definitiva se trató de un accidente, porque nadie seguramente pensó en matarla, ni quería hacerlo. Igualmente podría haber sido yo el herido, tal como lo explicó hace un momento. De allí a participar en la persecución de esas personas y aceptar como válidas todas sus afirmaciones sobre ellos, existe una distancia que yo no me propongo recorrer.
Permanecí mirándolo para ver qué efecto habían causado mis palabras. Sonrió con cortesía. Casi afectuosamente.
-Debo entender entonces que quiere proteger a los delincuentes.
-No, señor, y usted sabe que no es así. No tengo ningún dato que pudiera servirle. (Esto había sido un retroceso) En segundo lugar no creo que sea oportuno, ni dé resultados más o menos constructivos, analizar los elementos a través de los cuales ustedes llegan a la conclusión de que se trata de delincuentes.
-De manera que a su juicio la gente que anda con ametralladoras por —26→ la calle, ni son delincuentes ni tienen el propósito de delinquir.
«Digamos mejor que no abro juicios precipitados sobre esa conducta.» Esto era el absurdo, pero me divertía probar hasta qué punto el comisario era capaz de entrar en el juego. Pero no entró. En realidad no lo había sobreestimado. Se rió echándose para atrás en el sillón. Por primera vez rompió el esquema formal que había asumido desde el primer momento. Demostraba que tenía sentido del humor. Empecé a preocuparme. No iba a resultar fácil llevarlo a mi juego. Pero ¿cuál era mi juego? Hasta ahora era el de un estúpido, porque simplemente debería haberme limitado a contestar cuatro tonterías intrascendentes y ya hubiera terminado todo. Pero cierta absurda convicción de una imprecisa impunidad, y el fastidio de suponer que este tipo tenía resueltas todas las preguntas, me determinó a mostrarme sin ningún espíritu de colaboración.
-¿Cuál es su profesión?
-Periodista.
-¿Dónde escribe?
-En muchas partes. Trabajo por mi cuenta y vendo lo que hago a quien quiera comprarlo.
-Si es así, no tengo necesidad de explicarle las cosas que pasan.
-No.
-Entonces apoya a los elementos subversivos.
-Supongo que usted se refiere a esa gente que anda por la calle con ametralladoras. No. No los apoyo.
Se paró y comenzó a pasear por la habitación. Largos trancos a mi espalda.
—27→No volví la cabeza ni seguí sus andanzas. Seguramente lo advirtió. Traté de imaginar qué estaría pasando, para adivinar cuál sería su actitud. Tal vez solamente evaluaba qué consecuencias podría tener el hecho de que yo fuera periodista, ante la posibilidad de aumentar la presión. Los héroes muertos desde sus fotografías miraban hacia mi espalda. En dirección al héroe vivo que tenía que decidirse. De pronto el paseo se detuvo. El silencio fue total y por eso lleno de rumores. Se oía el tableteo de una máquina de escribir en una oficina lejana. Los gritos exhaustos de algún borracho encerrado. El murmullo plagado de estática de la radio policial en la habitación vecina.
El comisario se sentó nuevamente. Estaba serio. Dio las últimas pitadas a su cigarrillo. Lo apretó lentamente sobre el vidrio del escritorio.
-Está haciendo una tontería -dijo-. Da la impresión de que usted estaba en el restaurante con los terroristas. Aparentemente los defiende. No es normal su actitud. Otra persona estaría indignada contra quienes son capaces de ejercer la violencia de esa manera. Reaccionaría. Clamaría por justicia. Una persona que estaba con usted ha sido herida. Podría estar muerta. No me importa que sea su mujer o no. Pero por lo que me han dicho, para usted no es indiferente lo que le pase. Lo llamo, esperando que colabore con nosotros y con toda tranquilidad me dice que no, y además duda que se trate de delincuentes. ¿Qué quiere que piense?
Poco a poco fui advirtiendo que estaba en el barro hasta las rodillas. Así que esa era la cosa. El comisario no era ningún estúpido. El camino era bueno. O hablo o soy cómplice. Mi actitud no era normal. ¿Quién es normal? ¿Qué cosa es normal? Viajar a Mar del Plata con una mujer ajena, que se pasa horas hablando del tipo que es su amante y tal vez su marido a breve plazo. Y esto poco después, o poco antes, de hacer el amor conmigo. Yo no sé si esto es normal o no es anormal. Son cosas que ocurren. Me divertían las referencias hacia la violencia del comisario. Resulta que los cuatro prófugos eran delincuentes con su ametralladora, pero la policía cuando golpea de más y se le va la mano, no ejercita la violencia, sino que —28→ impone el orden. El orden para que nadie haga otra cosa que lo establecido. Muy bien, ¿por quién? ¿Qué legitimidad? ¿Valía la pena discutir esto con el comisario? Era una carrera perdida. Me tenía atrapado.
-Analicemos la cosa desde el principio. Usted no tiene ninguna prueba de que yo haya estado en el restaurante con los delincuentes o terroristas o como quiera usted llamarlos. En cambio, yo sí tengo pruebas de que estábamos solos. En segundo lugar, cuando salimos del restaurante los tipos estaban en su auto. En ese momento empezó el tiroteo y la señora Cullen cayó herida. Lo mismo podría haberle pasado al dueño del kiosco de golosinas que está enfrente del restaurante. Y si hubiera sido herido a usted no se le hubiera ocurrido establecer ninguna relación. Está utilizando un elemento de presión que implica una amenaza. Además, prueba que me equivoqué con usted y que no es capaz de aceptar la verdad y la franqueza. Debería haberle hecho una descripción cualquiera de los tipos y estaría encantado. Aunque fueran mentiras. En realidad, cuando me llamó aquí no esperaba obtener de mí algún dato que le sirviera para la investigación. Fue seguramente pura rutina. En diez minutos me hubiera despachado y hasta me hubiera demostrado su fingida o auténtica pena por el suceso. Pero eso ya está superado. Ya no se trata de la investigación ni de los datos que hubiera podido darle y que no le servirían. Se trata de que no estoy dispuesto a entrar en su esquema de plañidera consideración porque un puñado de delincuentes miserables pretende turbar el orden y la paz. No puede soportar la idea de que alguien piense de que todo eso no tiene demasiada importancia. Sería, naturalmente, restarle importancia a su propia actividad. Si esos tipos no fueran delincuentes, ni guerrilleros, y simplemente un grupo de idiotas intrascendentes, la acción de la policía no sería tan heroica, ni tan sacrificada, ni tan justa e indiscutible. Por el contrario, esa sospecha es la que no puede tolerar. Por eso inventó lo de la presunta relación entre los tipos del Chevrolet y nosotros. Pero no me va a enredar. -Decidí jugar hasta el final-. Como lo que propone como hipótesis es tan absurdo, que no va a poder sostenerlo, le voy a explicar la cosa hasta sus últimas consecuencias. Claro está, si le interesa.
—29→Guardé silencio. Quería obligarlo a tomar una decisión rápida antes de continuar. Entró un cabo y le puso un papel sobre el escritorio. El comisario debió aprovechar esa fracción de tiempo para pensar y decidirse. Era un diálogo absurdo. A esa hora. Con frío y hambre. En Mar del Plata, adonde había ido a pasar dos o tres días con una mujer que me gustaba. A quien me unían muchas cosas y me separaban muchas más. Pero que siempre me resultaba atractiva. Ahora en ese hospital. Herida. Afortunadamente no afectó ningún órgano. El órgano sexual es el único que le conocía bien. Pero los otros también se habían salvado. Mientras este estúpido con su mundo de orden, de buenos y de malos, de justos y pecadores se molestaba porque no estaba de acuerdo con el casillero, ni con la ubicación de los términos en el casillero. Volví a repetirme que era un estúpido. No él. Yo. Que me había metido en el lío sin que al fin de cuentas me importaran ninguna de las dos partes. Era la historia de siempre. El campesino que sale de su casa para ver cómo el ejército del señor feudal, que dicta la ley e impone el orden, lucha contra los bandidos que quieren escamotearle sus bienes. Por su parte el señor feudal, mientras va ganando la guerra, también le cobra los impuestos. Igual que los bandidos, si ganan. Porque entonces serán ellos señores feudales. Y este papanatas, esbirro transitorio del señor feudal, a esta altura de la vida y de la muerte y de la historia y de los triunfos y las derrotas, pretende moralizar y explicar dónde están los buenos y dónde los malos. La diferencia está en que el campesino, que es sabio, trata de esconderse hasta que pase todo. En cambio yo, que pretendo ser un estúpido civilizado y con derechos, hago lo posible por meterme en el campo de batalla, aunque puramente dialéctico, para que me den un palo.
-Está bien. Cuénteme toda la historia.
-No hay historia. No vi a nadie. No sé quiénes eran los que disparaban. Solamente el cañón de una ametralladora saliendo por la ventanilla del auto. Ahora, ¿puedo irme?
-No, se va a quedar un rato. Parece que los han localizado. Voy a ver —30→ qué pasa.- Se levantó y fue a la habitación vecina donde funcionaba la radio.
Antes de que saliera le pregunté si estaba detenido. -Solamente demorado -dijo. Retornó su sonrisa amable.
Encendí un cigarrillo. No era la primera vez que estaba en una comisaría. Detenido o demorado. Los eufemismos del orden. Esta vez no me preocupaba demasiado. Tenía tiempo. Nada que hacer. Mariana en el hospital. Me intrigaba el destino de esos cuatro huyendo en el Chevrolet, seguramente por algún camino secundario. Asustados. Decididos. Tal vez con alguna dirección precisa o sin ninguna. Como al trazo de una luz de bengala que finalmente se apaga. ¿Tenían aspecto de salteadores o de terroristas? No lo sabía. Pero era más fácil ubicarlos en algún café vecino a alguna facultad o en un bar automático de barrio. Tomando refrescos. No conspirando ni planeando un atraco.
Tomé un diario que estaba sobre el escritorio del comisario. En primera página informaban sobre un terremoto en Perú. «Lima, 3 AFP- Mientras las muertes aumentan a causa del frío y del hambre, el Gobierno anunció oficialmente que no hay esperanza de que el balance de treinta mil muertos se reduzca y, por el contrario, hay que temer que aumente». A partir de allí un largo relato de desolación, hambre, aldeas arrasadas, muertos.
Varios años atrás había estado en un terremoto en Chile. Las ciudades con muchos sitios baldíos donde antes había casas. Las calles fracturadas. A distintos niveles. Mostrando la tierra negra y húmeda a pocos centímetros de la superficie. La costanera como un complicado rosario de cuentas dispersas. De vez en cuando un rumor amenazante. Nos mirábamos inmóviles en nuestro sitio. Nadie sabía en qué dirección estaba la seguridad. La salvación. Porque nada ocurría hasta que ya no había tiempo de huir, o salvarse o alcanzar la seguridad. Lo mismo ocurría frente a la violencia, el disparate, la revolución, la crisis, el conflicto ingobernable. Es la vida —31→ misma. Es el mundo que transita y ama y odia, y crea y destruye. Esta generación, y la anterior y las que nos sucederán. Cambio, cambio, cambio. Los que quieren permanecer y conservar. Los que quieren transformar y trajinar hacia otro esquema. No hay diálogo. Ni con la naturaleza, ni con los hombres. Cuatro chicos huyendo en la noche entre la tierra, el miedo, el coraje, la impaciencia, la oscuridad y la esperanza.
Un puñado de policías persiguiendo la tierra, el miedo, el coraje, la oscuridad y la esperanza entre sus propios miedos y oscuridades. Los buenos y los malos. Mariana herida absurdamente. Se salvaron sus órganos. Eso está bien. ¿Testigo? El campesino que no tuvo tiempo de esconderse. La vida que permanece y simplemente existe. Es. Sin asaltos a bancos ni dinamitando puestos militares. Llorando como un niño, acurrucada en su cama después de los barbitúricos y el gas y la resolución, la desesperación y la muerte. Ya no quería vivir. ¿Eso es posible? La imagen misma de la vida, la alegría, el amor, el placer. No quería vivir. ¿Por qué tuviste que hablar? Me siento cansada. Inútil. Sin esperanzas sin respuestas. ¿Pero dónde querés buscar las respuestas? No importa dónde. Sé que no las hay. Estás equivocada. Vos sos una respuesta. Para otros. No para mí. Mi padre murió solo en el extranjero. Me enteré porque alguien envió una carta con un recorte de diarios en los cuales se hablaba de su vida y de su muerte. Tu padre está muerto. Terminado. Problema resuelto. No. No. Quiero hacerte el amor. ¿Dónde? ¿Aquí? Sí, aquí mismo. Pero estás loco. A treinta metros un cuidador vestido de gris recogía flores secas en una carretilla. El sol brillaba sobre las lápidas y las placas que recordaban y evocaban o intentaban fabricar virtudes, sentimientos, congojas, lejanía, soledad, silencio. La Recoleta. Como a cien metros cincuenta personas reunidas recordaban algún muerto ilustre. Alguien pronunciaba un discurso. ¿Sería para Lavalle? Estás loco. Loco o no loco te hago el amor aquí. Mariana se reía. Trataba de sofocar su risa para no llamar la atención del guardián. No se resistió en absoluto y me dejó hacer. No advertí si fue incómodo. Cuando todo pasó, descubrí que frente a mis ojos, entre su pelo, brillaban las palabras de una placa: «Silencio. Un guerrero reposa en paz». Se la —32→ señalé. Cuando salimos del panteón el cuidador nos miró con gesto de sorpresa. Observó un momento y después continuó con su tarea. El comisario volvió y trató de comunicarse infructuosamente por teléfono. Me miraba inexpresivamente.
-Parece que los encontramos. Va a tener que identificarlos.
La radio policial continuaba su monótona transmisión plagada de estática. Un cabo trajo varios papeles abrochados y los dejó sobre el escritorio. De pronto hubo mayor movimiento. Varios agentes salieron de oficinas interiores y marcharon por el patio rumbo a la puerta. Llevaban armas largas. Un sargento los detuvo preguntándoles adónde creían que iban. A Balcarce. ¿No? No. Solamente el comisario y yo, contestó el sargento. Volvieron a sus oficinas arrastrando pesadamente los pies. Negro, seguimos el partido. Está bien, pero ¿te acordás qué cartas teníamos? El borracho del fondo empezó a gemir. ¡Cállate, loco!, gritó alguien. Por el corredor de entrada de la comisaría resonaron risas de mujeres. Por su aspecto resultaba fácil adivinar que no habían sido detenidas por razones políticas. Las cuatro primeras eran arrastradas a empujones por dos policías. Una quinta marchaba rezagada. Esta se queda acá, dijo el sargento. La hicieron sentar en un banco del patio interior, frente a la sala de guardia. ¿Y por qué se queda acá? preguntó una de las mujeres. A vos no te importa. Métanlas al calabozo. ¿Y esto es justicia? ¿Acaso la loca esa tiene el culo de oro? Risas y gritos.
La muchacha miraba indiferente la punta de sus zapatos. Bajo las pinturas, afeites y adornos no llegaba a los quince años. El pelo lacio le caía sobre los hombros. Parecía realmente bella.
—33→
«Tres hombres jóvenes y una mujer se tirotean con la policía. Un herido». Después el relato. La acción policial. El dinamismo y la eficacia del comisario Toquero. Una turista herida. Se supone que en pocas horas más caerán los delincuentes. Una foto del lugar y los simples, usuales, reiterados reportajes, al dueño del restaurante, los mozos, el hombre del kiosco de cigarrillos, los policías. La sociedad en todos sus niveles clamando por justicia. No nombraban a Mariana. Tampoco a mí. Cortesía del colega. Casi te matan. ¿Los viste? No. No los vi. Volví la página del diario. Ayer secuestraron al embajador de la República Federal Alemana en Brasil. ¿Por qué se ensañan con los alemanes? Misterio. La Argentina propone en la Organización de Estados Americanos que no se dé asilo a los terroristas o delincuentes, que obtienen la libertad al ser canjeados por personalidades secuestradas. Si no hay asilo, no hay canje. Si no hay canje, hay homicidio. Ya ocurrió en Guatemala. Pero aceptar el canje es someterse a la violencia y promover los secuestros. No me gustaría tener que resolver la alternativa.
El patrullero marchaba a más de cien kilómetros por hora. El sol parecía una naranja colgada en el horizonte. A pesar de la calefacción hacía frío. El sargento manejaba el auto. A su lado la espalda cuadrada del gorila —34→ que me había buscado en el hospital. Inmutable. El comisario me observaba con disimulo. Esperaba seguramente un comentario sobre las noticias que estaba leyendo. Curioso tipo. El buen humor debe ser una defensa frente a su frialdad para cumplir con el deber. ¿Qué pensará de su deber? Solamente que es eso. Nada más. Un deber. Basta.
El sargento manejaba con corrección. Veloz. Sin disminuir la velocidad en las curvas. Estoy en el lío y el lío no me interesa. Me sacaron de la butaca de espectador. El mar cambiaba su color de violeta a dorado. Las gaviotas sobrevolaban la costa sin dirección precisa. Silencio. El rugido del motor y silencio. La voz del comisario sonó perfectamente modulada:
-¿Los podrá reconocer?
-No sé.
-No entiendo su actitud. Usted no es un delincuente. Anoche pedí sus antecedentes. Su familia es tradicional. Importante. Decente.
Lo miré con sorpresa.
-¿Qué quiere decir importante?
-Bueno, usted sabe qué quiere decir. Me enteré que tiene parientes militares. Su padre es un profesional conocido. Usted mismo es bastante conocido.
-¿Eso nos hace importantes?
-Sí. Mire, yo no soy bruto. Por qué no hablamos. No somos enemigos.
Lo miré con atención. No era bruto. No éramos enemigos. ¿Éramos enemigos? ¿Qué es ser enemigos en este mundo complicado? Una vez durante los años de estudiante me llevaron a la sección especial de la policía. No tienen derecho a tenerme aquí. No me digas, pibe. Era un tipo —35→ gordo. Morocho. Cuadrado. Como ese que iba de espaldas al lado del sargento. Contame, pibe, ¿por qué no? Tengo mis derechos. Vos sos un anarquista hijo de puta. Una bofetada. Me la aguanté. Después otra. Quise reaccionar. Te las das de guapo. Se reía. Apenas sentí los dos puñetazos. Desperté cuando alguien me tiró un balde de agua. Este se afloja como manteca. Tiene débil la mandíbula. Me dejaron solo. Miedo. Indignación. Impotencia. Imaginaba venganzas y actitudes heroicas. Quería irme. Salir. Huir. Me toqué la boca lastimada. Hinchada. Después advertí que un tipo estaba sentado a mi espalda. ¿Cómo te sentís? ¿Estás mejor? Era una voz suave. Amiga. Preocupada. Perdónalos, no saben tratar con la gente. Son brutos. Creen que cumplen su deber, pero son brutos. ¿Por qué no hablamos? Al fin de cuentas no somos enemigos. Somos todos argentinos. Más tarde me enteré que le llamaban «guantes blancos».
Era el que hacía hablar. Estuve tentado de contarle la historia al comisario.
El espectáculo del mar siempre me ha parecido sobrecogedor. Un mensaje. Un símbolo. Eterno. Infatigable. Eterno otra vez. ¿Hay algo, eterno? Sí. Tal vez. El mar. La vida. Hay también pequeñas eternidades. La mentira. La verdad. La violencia. El amor. La amistad. El odio. La injusticia. La debilidad de la naturaleza humana. Su heroísmo. Su cobardía. Su fortaleza. Eternidades transitorias. Eternidades efímeras. Cambian, se transforman, desaparecen y vuelven a gobernar, existir, vivir, durar, enajenarse y condenarse.
-No somos enemigos, comisario. Pero la situación nos torna enemigos. Usted puede disponer de mí, decir que estoy demorado. Hacerme hacer un viaje que no quiero. Obligarme a un supuesto reconocimiento que no tengo interés de hacer. Esas son las diferencias que engendran la condición de enemigos. Que un puñado de gente pueda arbitrariamente obligar a otro puñado de gente a hacer un montón de cosas.
-De otra manera no habría orden ni autoridad. Yo lo único que hago es ejercitar un poder de policía que me da la sociedad.
—36→-El razonamiento es correcto. La premisa es falsa. Le han encomendado el orden y la autoridad. Solamente que ese poder emana de un grupo de gente que pretende ser la expresión formal de la sociedad. Allí esta el error. Usted debería decir. Soy la autoridad, porque así lo ha resuelto el grupo de gente que transitoriamente tiene el poder. Y mientras esto sea así continuaré siendo la autoridad y ejercitando mi poder de policía.
-Está bien. Acepto cualquiera de las dos alternativas. Puede ser que la segunda sea la más realista, pero simplemente es así y como usted lo ha dicho, así también son los hechos. Yo no puedo entrar a discutir o analizar si el Gobierno tiene derecho a hacer uso del poder o no. Para mí simplemente es el Gobierno y yo soy un empleado del Gobierno a quien le pagan un sueldo para cumplir con su deber. Y sé cuál es mi deber. Conservar el orden, evitar la delincuencia y proteger a la sociedad de sus enemigos. Al fin de cuentas ya lo dijo el Papa en una de las encíclicas. Todos los cristianos están obligados a colaborar para proteger a los seres humanos y los preservamos de sus enemigos antisociales que ponen bombas y secuestran gente decente. Es natural que todos los cristianos apoyen y colaboren con la policía.
Había sido dicho con voz clara. Bien modulada. Nada agresiva. Con intención persuasiva. Guantes blancos. Los brutos no saben cómo tratar a la gente. ¿Por qué no hablamos un poco? Ahora resulta que el Papa es el jefe de relaciones públicas de la policía. No había sombra de humor en las afirmaciones del comisario. La firme y serena convicción de estar cumpliendo un apostolado. Y los cuatro chicos corriendo en el automóvil. O ya no. Parados, como dijo el sargento.
-Terroristas. Delincuentes. Antisociales. ¿Qué fueron los guerrilleros para los alemanes durante la ocupación? ¿Qué son los terroristas árabes para los judíos en Israel? ¿Qué eran los negros norteamericanos del poder negro para los defensores del statu quo? ¿Qué son los blancos para los negros en Estados Unidos? ¿Cómo califican los campesinos centroamericanos a la clase dirigente? ¿Qué opinan los refugiados —37→ palestinos árabes del ejercito judío de ocupación? Preguntas. Preguntas. No hay respuestas. Hay muchas respuestas. Infinidad de respuestas. Cientos de respuestas. Falsas, verdaderas, auténticas, injustas, justas, arbitrarias, oportunistas, realistas, sólidas, débiles, estúpidas, inteligentes. Mil respuestas para unas pocas preguntas. Sólido. Coherente. El Papa reclamó el apoyo popular hacia nuestra faena. Ni su deber, ni la santidad de la causa, ni el sacrificio. Tampoco me importa la de los delincuentes, terroristas o como quiera llamarlos. Seguramente ellos están tan seguros de su deber y su sacrificio como ustedes. Y eso es lo que debería hacerlo pensar. El brazo armado del poder. Está bien. Pero es razonable que cualquiera aspire a reemplazar ese poder con la misma legitimidad o con la misma ilegitimidad. Es posible que los terroristas no tengan apoyo popular. Como no lo tiene la policía. Ni este Gobierno. Mientras tanto la gente contempla esa guerra como los que no participan del juego. Observan posiblemente con la misma indiferencia, las peleas de los chicos cuando hacen de vigilantes y ladrones. Solamente que no es un juego. Hay muchos muertos, torturados, sangre, dolor, violencia y a veces el juego termina bruscamente para uno u otro de los bandos o para cualquier desprevenido que se cruzó delante de una bala. Ellos para imponer algo que no me interesa, y ustedes para defender algo que me interesa menos. Ayer hubo un tiroteo entre policías y terroristas. Pero el único herido es una chica que terminaba de comer una cazuela de mariscos y para quien sus preocupaciones fundamentales rondan alrededor de la vida y no de la muerte. Sin embargo, podía haber sido el único muerto en el episodio. Así están las cosas.
-¿Y hace responsable a la policía?
-¿Por qué no?
-¿Por qué no a los terroristas?
-A la policía, a los terroristas, a todos. Parece suponer, comisario, que los terroristas son sencillamente un grupo de maniáticos que quieren —38→ matar gente o asaltar bancos. En ese caso para eliminarlos no se necesitarían policías sino sicólogos. Yo creo que la cosa es mucho más simple. Cuando uno tiene un medio normal para expresarse lo hace. Cuando ese medio le falta, usa la violencia para hacerse notar y proclamar su protesta. Cada uno de esos hechos tienen necesariamente que ser publicitados y difundidos por la prensa. Podrán calificarlos mal, pero seguramente los terroristas confían en el juicio popular y piensan que la gente sabrá hacer la evaluación correcta. Si este razonamiento es acertado, el método para superar el terrorismo no es el de los tiros. Permita que se expresen y no habrá secuestros, bombas, ni asaltos.
-Así de fácil, ¿no? Cómo se nota que usted no está en este oficio ni los conoce. Mire, le concedo que los de acá son idiotas útiles. Seguramente no saben ni lo que quieren. Pero los que los mandan y planean sus ataques, esos sí que saben adónde van. Son sirvientes del comunismo internacional. Quieren destruir nuestras instituciones, pero se niegan a colaborar con quienes los defienden. Eso es grave y trágico.
El comisario guardó silencio. Había llegado a la conclusión de que yo era un idiota más que no sabía apreciar su sacrificio. Su abnegación. Su misión. Es sorprendente la cantidad de gente que tiene vocación mesiánica en nuestra época. Gente a la cual no le basta sentirse vivo, reír, llorar, sufrir, amar, comer, tener un oficio, procrear hijos y algún día jubilarse o morirse o pintar paisajes en un asilo de ancianos. Es como la guerra de los señores feudales, que no permite al campesino esforzarse por alcanzar su pan de cada día. Debe esconderse si quiere sobrevivir. No participar. Si participa debe olvidar su vida. Salvo que el participar sea su vida. En ese caso se pertenece al pequeño núcleo de los que quieren defender la cosa como está o al otro pequeño grupo de los que quieren cambiarla. Los que tienen la misión. Entre ellos toda una humanidad que vive y muere cada día por todas las pequeñas cosas que componen, estructuran, fundamentan, caracterizan, orientan y determinan la vida y la muerte de los hombres. El juego de vigilantes y ladrones en la expresión adulta de orden y subversión. Ya no tan adulta. Ni sicológicamente ni físicamente. Lo curioso es que —39→ cada día hay más gente que participa de una u otra manera. Parece ser que el espectador se muere. En lugar de ser lo permanente y eterno. El coro griego. El pueblo testigo frente al cual vive la tragedia. Ahora se muere el coro atrapado por la tragedia. O se salva con la participación. Se toma partido de un lado o de otro. El que está en el medio recibe los golpes. Las actividades humanas son más independientes. La existencia. La posibilidad de existir, sobrevivir, durar, permanecer, estar en el mundo. O rápidamente dejar de estar, pero sin chance ni opción. ¿Se acabó el cuadro clásico de la tragedia? Protagonizar. Nadie se salva de ser protagonista de la vida ajena. De la vida total.
Hasta puede llegar a olvidar la propia. ¿Y entonces qué? ¿Para qué? ¿Por qué? Fabricar un medio de vivir en los otros. Qué me puede importar este comisario maniático o esos muchachos ridículos que van a comer mariscos con una ametralladora en el auto. Señor, dame fuerzas y audacia para asesinar a mis enemigos, decía un pequeño, negrito, dulce campesino colombiano en la catedral de Bogotá frente a la imagen de Jesús. Y porque unos tipos eran liberales y otros conservadores, hubo quinientos mil muertos en dos años. Quinientos mil. Nada se pierde, todo se transforma. Sobre sus tumbas crecerán flores. ¿Hubo tumbas? ¿Esos muertos habrían leído a Marx? ¿También los de Vietnam que hace mil años que pelean? Pero que mil años no había nacido Marx. Qué lío. ¿Cazar elefantes en el África fue parte de la aventura? ¿También la pasión por el riesgo? ¿La vida romántica de los cazadores? Pero los mau-mau no entendían de romanticismo ni de aventura. También fueron delincuentes subversivos hasta que echaron a los ingleses.
Las gaviotas parece que no tienen rumbo. Pero vuelven al mismo lugar. Desde el auto las miraba planear en un vuelo perezoso e infalible. Seguro. Habló el sargento que conducía.
-El cabo que murió en el puesto de la base de submarinos que volaron los terroristas tenía cuatro hijos.
—40→Se hizo un espeso silencio. La frase había sido como un disparo. Bien elaborada. Con voz contenida. Tensa. Seria. Sin intentar una polémica. Señalando el hecho más importante. Un cabo de guardia cumpliendo su deber. Ni siquiera ejerciendo el poder de policía, como decía el comisario. Tal vez un correntino voluntario en la marina. El éxodo de la provincia lo acercó a la armada y allí encontró estabilidad. Seguridad. Trabajo. La forma de ganarse el pan. Todo eso terminado en una fracción de tiempo multiplicado por miles de fragmentos de acero y millones de moléculas de calor y fuego y tierra. Hasta el cemento del techo desplomado. Silencio, un guerrero reposa en paz. ¿Se puede hacer pedazos la dignidad humana? No hay dignidad en la muerte. Nada más poco digno que el hombre sorprendido brutalmente por la muerte. Los que se mueren en la cama. No hay ninguna dignidad en esas bolsas macabras y terribles en que se juntan los pedazos que quedan de los desastres. Pobre cabo. ¿Habrá tenido tiempo de sorprenderse? El sargento recordaba a su hermano. Ese era un buen punto de partida para reflexionar sobre los hechos políticos.
Más allá del deber, la sombra, la disolución y la muerte. Nadie había respondido al sargento. No había respuesta. La respuesta estaba en nuestra loca carrera hacia la encerrona que le habían preparado a los cuatro terroristas. Metido en el túnel. Solamente dos salidas. El auto redujo la velocidad. Dos patrulleros cerraban el camino. Nos acercamos lentamente. Un oficial se aproximó y saludó al comisario.
-¿Dónde están?
-Más adelante. En el primer camino de tierra a la derecha. A diez kilómetros. Nos dieron orden de cerrar el camino y revisar los autos. Hay gente de la federal que piensa que no trabajan solos y pueden venir otros a ayudarlos.
-¿Están vivos?
-No lo sé, comisario. Los de la federal no me dijeron nada.
—41→-Hasta luego. Vamos, sargento.
Entramos por el camino de tierra. El sargento aumentó la velocidad. Durante los diez kilómetros nadie habló. Cada uno pensaba seguramente en lo que encontraríamos. Yo pensaba en Mariana. El pelo revuelto cayendo sobre los hombros. La mirada brillante. ¿Todavía me querés? Por supuesto. Sos un miserable. ¿La había querido alguna vez? Igual que ahora. ¿Serías capaz de casarte conmigo? No. ¿Por qué no? No lo sé. Muchos quieren casarse conmigo. No lo dudo. Yo tampoco me casaría con vos. ¿Sabés por qué? Porque sos desleal, infiel, egoísta, vanidoso, interesado. En todos estos años no me has traído ni siquiera un ramo de flores. Las flores son para los muertos. Cretino. Sos incapaz de seducir a una mujer. Eso pone de manifiesto mi buena índole. Cínico. Honrado en todo caso. No sabés nada de honradez. Ni sabés qué quiere decir la palabra. Entonces ¿por qué estás aquí? Porque yo también soy desleal, infiel. Egoísta. Te aprovecho. Te uso. Hago el amor y basta. Mi corazón será para quien lo merezca. Reí. Eso es cursi. Cretino. No se puede hablar en serio. Decime, ¿creés en algo? Sí, en lo cambiante que es la naturaleza humana. A veces no te reconozco. No sé con quién estoy acostada. Eso puede ser fascinante. No. Me asusta. Se acurrucó a mi lado. No te miro los ojos porque seguramente no se puede ver nada. ¿No has advertido que cuando uno mira a los ojos de alguien desde muy cerca se ve a sí mismo? Estaba amaneciendo. La madrugada se insinuaba por la persiana entrecerrada. Tengo frío. Tápate. Soy una puerca. Silencio. ¿No te parece que soy una puerca? No sé qué quiere decir eso. Que anoche hemos comido con ese tipo honrado y decente que quiere casarse conmigo y dos horas más tarde le pedí que me dejara en casa porque estaba cansada. Mentira. Quince minutos después estaba aquí con vos. Soy una puerca. Sí, sos una puerca. Se irguió sorprendida. ¿Me lo decís en serio? Claro, no por estar aquí conmigo sino por salir con ese tipo honrado como decís. Seguramente te preguntó si lo amabas y le contestaste, por supuesto. También te estuvo besando en su auto y cuando te dejó se fue feliz pensando que el mundo era generoso con él. Cumplís una tarea apostólica. No me ha tocado un dedo. Era la época de las mentiras. ¿Te —42→ importaría si me entregara a él? No. ¿En serio? No, no me importaría. Más aún, creo que tenés que hacerlo, así podrás establecer las comparaciones del caso. Sos un inmoral. ¿Qué tiene que ver la moral con el sexo? Vos querrías que yo me acostara con él seguramente para callar tu conciencia. Tus remordimientos. No quiero apenarte pero me he esforzado por tener remordimientos. Sin éxito hasta ahora. Se levantó de un salto y comenzó a golpearme con la almohada. La derribé sobre la cama. Rodamos sobre la alfombra. Fingía un furor que no sentía de ninguna manera. Me golpeaba y arañaba mientras procuraba que le hiciera el amor. Te uso, ves, te uso. Su furia fingida se convirtió en pasión fingida. Después en ternura. Suavidad. Un gemido dulce como un llanto apenas perceptible. Amanecía. Nos cubrimos con una manta. Todo el misterio de la vida. Un hombre y una mujer. Eterno y transitorio. Permanente y efímero. Los celos. Has destruido mi vida. Yo ya no soy yo, soy lo que has hecho de mí. Mentira. Nadie hace nada a nadie. Todos se hacen entre sí. Nada le pasa a nadie. Todo ocurre entre la gente. Por lo general entre dos. Pero siempre uno es diferente. Y uno permanece. Entonces son dos, por diez o quince o veinte veces dos, con alguien que no cambia. Que es apenas cambiado. Que da y recibe y se transforma pero siendo uno. Uno, menos todo lo que ha dado. Uno, más todo lo que ha recibido. Nadie está libre de lo que ha amado. Nadie está libre de quien amó. Cuando esto ya no ocurre es que estamos muertos. Mariana miraba el techo. Qué vida inútil. ¿O útil para quién? ¿Qué es una vida útil? Es fácil encontrar respuestas. Es difícil encontrar una respuesta.
A veces el auto metía las ruedas en la huella y saltaba hacia los costados hasta que recuperaba la estabilidad. Habíamos hecho los diez kilómetros y no se veía a nadie. Desde que dejamos atrás a los dos patrulleros, sobre la ruta principal, no se había recibido ningún mensaje por la radio policial. Tampoco fue posible comunicarse con la gente que presumiblemente había detenido a los terroristas. El comisario ordenó detener el auto. Hacia ambos lados solamente campo sembrado y algunas garzas en los charcos que flanqueaban el camino. Abrimos las ventanillas. Viento. Sol. Un reflejo irritante sobre el trigo maduro. Silencio.
—43→-Pruebe la radio.
Solamente estática.
-¿Qué habrá pasado? Sargento, sigamos hacia aquel monte.
A la derecha se veía un monte y a poco de andar advertimos una casa muy grande casi oculta por los árboles. Franqueamos la tranquera y avanzamos por el camino de acceso. El sargento detuvo el auto y miró alrededor. Desconfiaba.
-Hay huellas de auto.
Siguió avanzando. Muy lentamente. Mientras tanto nos esforzábamos por descubrir algún signo de vida o actividad en la casa. Nada. Ni siquiera perros. El parque que rodeaba la casa parecía abandonado. Cubierto por yuyos y cardos. La construcción era insólita en ese lugar. Un castillo escandinavo en la pampa. A cada lado dos torres con techo de pizarra gris. Las paredes descascaradas mostraban restos de pintura rosada. Humedad. Decrepitud. Abandono.
-Sargento. No, mejor vos Mejía, da vuelta a la casa y mira si ves algo por aquel lado.
Bajó con la pistola ametralladora entre las manos. Lo vimos desaparecer por el extremo derecho de la casa, caminando con cautela. El sargento había sacado su 38 especial y revisaba la carga. Lo cerró con un golpe seco.
-Voy por la puerta de adelante -dijo. El comisario no contestó. Tenía que tomar una decisión y no sabía cuál. El esquema cambiaba. Seguramente había esperado encontrar policías. Era muy extraño lo del radio. El hecho de no haber visto a nadie. Tampoco pudo comunicarse. Esa casa aparentemente desierta.
—44→El sargento trató de abrir la puerta principal. Miró en nuestra dirección e hizo un gesto negativo. Mejía ya debía haber vuelto. El sargento se dirigió a una puerta lateral. Maquinalmente la empujó. Ante su sorpresa cedió a la presión de su mano. Dio un salto atrás. Luego se acercó lentamente, abrió y se introdujo en el interior de la casa.
El comisario descendió del auto y se acercó a unos diez metros de la puerta principal. Mejía no aparecía. Tampoco el sargento. De pronto tuve la convicción de que el comisario también desaparecería. Y el auto. Cualquier rastro de quienes me habían llevado a ese lugar. Y debería enfrentarme solo a la casa. Al silencio. A la ausencia. A los fantasmas que podían vagar por esa expresión decadente de un mundo terminado. No tuve tiempo de continuar la fantasía. El comisario corrió hacia el auto, pero cayó pocos metros antes de llegar. El estampido había sido seco y débil. Casi como un chisporroteo. Una puerta se abrió en la galería del primer piso y un muchacho apareció con una ametralladora por la puerta principal. Levanté los brazos. Por la puerta que abrió el sargento salió corriendo otro tipo que se detuvo al lado del comisario. Se agachó sobre él unos segundos y luego se acercó. Me miró atentamente. Era uno de los cuatro del restaurante. El mayor. Me apuntó con una 45.
-Bajate.
Obedecí. Me hizo apoyar las manos en el techo del auto, me revisó y advirtió que no llevaba armas. Estaba sorprendido. Revisó el interior del patrullero. Sacó una escopeta de dos caños que estaba debajo del asiento.
-¿Vos manejás esto?
-Yo no manejo nada.
-No te hagás el guapo que nosotros también sabemos cagarlos a patadas. Andá para la casa.
—45→Como para que no vacilara me empujó en esa dirección. Al llegar a la puerta lateral por donde había entrado el sargento, advertí en la penumbra del interior otro tipo con un fusil entre las manos. Salió cuando el que me vigilaba le ordenó que se hiciera cargo del patrullero.
-Ponelo junto con el otro. Vamos adentro-. Otro empujón.
Alguien encendió las luces. La casa estaba desmantelada. Sin muebles, ni lámparas. Por adentro tenía el mismo aspecto que por fuera. Solamente bultos y cajones. Mejía y el sargento estaban sentados al pie de una escalera que conducía al primer piso. Una chica y un tipo los cubrían con pistolas ametralladoras. Me obligaron a sentarme a su lado. Dos hombres trajeron al comisario. Estaba vivo pero herido en una pierna. Lo sentaron como pudieron con la espalda apoyada en la pared. Uno de los que lo había arrastrado hasta ese lugar cortó el pantalón para ver la herida. «No está mal», reflexionó. Abrió el maletín y sacó varios elementos para ponerle una inyección. Nadie hablaba. Desde el primer piso llegaba un rumor de voces. A veces alguien levantaba la voz. Con violencia. Era difícil atender qué decían. El que había observado la herida del comisario salió de la habitación y volvió unos minutos más tarde con una cacerola pequeña y humeante.
-Te pongo una inyección de antibióticos. Para que no se infecte demasiado. Después te curarán tus amigos.
El comisario no respondió. El sudor de su frente brillaba bajo la lamparita que iluminaba apenas el hall.
-¿Qué pasó con los otros? Un patrullero con cuatro hombres-. No se oía bien su voz. Casi un murmullo de dolor y miedo. Sorpresa. Curiosidad. ¿Cómo habían resultado las cosas así? Por la radio habían dicho, antes de partir de Mar del Plata, que la situación estaba controlada.
El dolor le desfiguraba el rostro.
—46→-No hagas preguntas. Vamos a emplear el método de la policía. Las preguntas las haremos nosotros.
Guardó la jeringa en el maletín. Tiró el agua caliente de la cacerola sobre el piso.
Las voces se aproximaban. Varios hombres bajaron desde el primer piso. El que encabezaba la marcha, nos miró con curiosidad.
-Esto venían en el patrullero -dijo la muchacha.
-¿Quién es el jefe? -preguntó el que parecía comandar el equipo.
-No te puede responder porque se ha desmayado. Es ése-. Señaló al comisario tumbado hacia un costado.
-Y estos, ¿quiénes son?
Nos señaló con un gesto vago. Indiferente.
-Soy el sargento Quiroga y este es el cabo Mejía, de la policía de la provincia. El señor no es policía.
El Comandante se volvió con curiosidad. Me miró durante un instante. Trataba de adivinar. Alto, pelo negro, cara inteligente, boca mediana, con un ligero, impreciso rasgo irónico. Daba la sensación de una gran indiferencia. Sus gestos eran vagos, apenas insinuados. Pero claros en cuanto a lo que querían indicar.
-¿Y qué hace aquí?
Me formuló la pregunta a mí, pero parecía que todos eran los destinatarios. Como si al mismo tiempo los hiciera responsables de que algo no encajara en el esquema.
-No sé -contestó el que había hablado-. ¿Qué hacés aquí?
—47→-Ayer hubo un tiroteo en el barrio de pescadores. Hirieron a una persona que estaba conmigo. Como los que se tirotearon con la policía presumiblemente estuvieron en el restaurante donde yo comía, me trajeron para identificarlos.
-Eso quiere decir que colaborás con la policía.
-Eso quiere decir que me trajeron para ver si los identificaba -contesté con violencia.
-A la fuerza, ¿no?
-A la fuerza no. De la misma manera en que actuarían seguramente ustedes si yo ahora le dijera que quiero marcharme.
Me miró en silencio. Pensaba una respuesta.
-Ya podrá hacerlo cuando estemos lejos de aquí.
-¿Dónde están los policías que vinieron en el otro patrullero?-. Era el sargento. Tomaba el mando ante el silencio de su jefe.
-Están muertos. Les dimos la voz de alto pero no quisieron entregarse.
-¿Dónde están?
-Qué importa, están muertos y basta.
-Cuatro asesinatos más.
El Comandante se volvió y miró fijamente al sargento. Solamente unos segundos. Contestó con voz pausada. Sin entusiasmo ni dramatismo. Se refirió al tema como si se tratara de un hecho objetivo. Impersonal. Ajeno. Casi lejano. Sin involucrarse. Como si los cuatro cadáveres de los policías fueran parte de la crónica de otros. Una noticia de dos líneas en un —48→ diario de la tarde. Un albañil cayó de un andamio. Puede ocurrir cuando alguien trabaja en eso. Nadie pregunta si tiene mujer, hijos, deudas, acreedores, amante, amor, fantasía o dramas privados. Igual que los cuatro boca abajo. ¿Por qué boca abajo? Como se vuelcan las cartas cuando terminó el juego.
-Seguramente habrá muchos más. Los que maten ustedes y los que deberemos matar nosotros. Pero no deben quejarse. Ustedes empezaron el juego y fijaron las reglas.
-No entiendo.
-El sargento no entiende-. La voz venía de lo alto de la escalera. Reconocí la voz y el rostro. Era el que me había hecho bajar del patrullero. Uno de los que estaba en el restaurante. Descendió lentamente. El sargento se puso tenso. Los pasos se acercaban a su espalda.
-El sargento no entiende -repitió-. Debería pedirle al comisario Toquero que le explique.
-Lástima que no pueda hacerlo ahora -continuó-. El juego empezó cuando le rompió la cabeza a los hermanos Martínez en nombre de la democracia y el orden. ¿Vos colaboraste, sargento? No sé. Tal vez. ¿No te acordás de Ayala? Ese tuvo la estúpida idea de no querer ser detenido en averiguación de antecedentes. Se desacató, dijeron ustedes. Cuando lo llevaron al hospital ni su madre hubiera podido reconocerlo. Se murió sin despertarse. Mejor para él. Vaya uno a saber cómo hubiera quedado. ¿Te doy todos los nombres? No creo que sea necesario. ¿Ahora vas entendiendo?
El sargento escuchaba atentamente. Lo miraba a la cara. Sin asomo de miedo. Con seriedad.
-Hace 28 años que sirvo en la policía. No hay otra manera de hacer hablar a un delincuente.
—49→Tranquilo. Serio. Con voz clara. ¿Los provocaba? No. Daba una respuesta. La síntesis de una experiencia de muchos años. Casi toda su vida. Sencillo. No hay delincuente sin confesión. Nadie confiesa voluntariamente. Mejía lo miro sorprendido. ¿Para qué agravar la cosa? El que había bajado la escalera lo enfrentó.
-Para ustedes son delincuentes todos los que no se someten a la dictadura. Para ustedes es delincuente cualquier tipo que tiene dignidad.
-No señor, está equivocado. Para la policía es delincuente el que comete un asesinato, roba, estafa, destruye bienes públicos o privados que no le pertenecen, incita a la rebelión o altera el orden público. Hay un código y allí está todo explicado. Nosotros estamos para hacerlo cumplir. Yo no sé nada de política, pero el que incendia una casa es un incendiario, así lo haga por razones políticas o porque no le gustó la cara del dueño. Ahora se asaltan bancos. Yo no sé si los ladrones son políticos o no, pero se llevan la plata del banco y nosotros tenemos que impedirlo.
Lo miraban con cierta curiosidad. Como si resultara sorprendente que no se diera cuenta de su situación. Intervino otro.
-Y si detienen a alguien, aunque no sea el culpable, hay que molerlo a palos para que confiese. Si habla a tiempo se salva y va a la cárcel. Si no habla porque no sabe qué decir, lo matan a palos como a Ayala. Culpable o muerto. Esa es la alternativa que dan ustedes.
-Basta, Manuel-. Era el Comandante.
-No. Dejame que siga. Tenemos tiempo y al fin de cuentas muchos de estos infelices no saben ni por qué matan a la gente. Hay que explicárselo de alguna manera.
Intervino uno de los muchachos que vigilaba al sargento.
-Dejame que yo se lo explico mejor. A los intelectuales como vos no —50→ los entiende nadie. El método es simple. Si el sargento no se reconoce culpable de la muerte de Ayala lo muelo a golpes hasta que afloje y diga que sí. Será una explicación práctica.
-Vos sos tan bruto como ellos. Si no estuvieras en nuestro grupo seguro que serías policía.
-Andá a la mierda.
-Mire, sargento: el país está en guerra. Desde hace varios años. Hay dos bandos. Los grandes monopolios internacionales, las empresas extranjeras, los bancos extranjeros y los sirvientes nativos de todos esos intereses, que son empleados del extranjero o ministros. Esos por un lado. Por el otro lado está el pueblo que trabaja, lucha, se esfuerza por hacer un país grande y poderoso. Desde hace treinta años esta guerra es más evidente. Nadie puede engañarse. Hasta ahora triunfa el enemigo. Porque el pueblo no puede elegir, porque no hay elecciones o porque a esas elecciones puede concurrir solamente una parte del pueblo. Entonces un pequeño grupo de gente, todos ellos empleados de los monopolios, son los que dirigen el país. Para hacer eso cuentan con el apoyo del ejército y de la policía. Es decir, que para conservar el poder usan la fuerza y la violencia. No hay otro camino. No hay elecciones, ni podemos comprar una radio o hacer un diario para decir lo que pensamos. Eso cuesta mucha plata y no la tenemos. Entonces debemos emplear sus mismos métodos. La fuerza y la violencia. Eso quería decir el Comandante cuando le contestó que ustedes inventaron el juego y las reglas-. El sargento no estaba demasiado sorprendido. Escuchaba con atención. Hizo un gesto como para interrumpir. Manuel calló.
-Escuche, señor. Yo gano treinta mil pesos al mes. Le juro que no conozco más extranjeros que los tanos de la banquina de pescadores que llegaron aquí antes de que yo naciera. El cabo que mataron en la casilla de la base de submarinos era criollo y tenía cuatro hijos. Correntino. Hombre humilde. Tal vez demasiado correntino, pero argentino. Yo me he baleado —51→ con delincuentes muchas veces y tuve suerte porque hasta ahora no me mataron. Hace poco fue en la puerta del banco de la provincia. ¿Cree que debía parar al pistolero que salía del banco tirando tiros para todos lados y preguntarle si era un verdadero delincuente, o un argentino patriota que quería liquidar los monopolios? Si hubiera hecho eso no estaría aquí para contarlo. Se lo aseguro. ¿Y todos los ladrones que detuve? ¿Y los asesinos? ¿Para ganar treinta mil pesos por mes después de 28 años de servicio? No, porque éste es mi oficio y estoy orgulloso de él. Porque represento el orden y la ley. Es cierto que fajamos a los delincuentes. Pero ¿ustedes conocen algún delincuente que se reconozca culpable sin que se le aplique la máquina o una buena patada? No. Además les probamos el delito, los mandamos al palacio y los jueces lo ponen en libertad. Me torturaron, dicen. Después se lee en el diario que detuvimos a un tipo que tiene veinte procesos y sigue en libertad. Cómo puede ser que un tipo con veinte procesos esté libre, se pregunta la gente. Allí tiene la respuesta.
-Escuchá, sargento. -Era el que había sido calificado como bruto por Manuel-. Si la ley y el orden sirven para matar gente inocente, si sirve para que unos pocos doctorcitos atorrantes entreguen el país a los extranjeros, si sirve para que un grupo de gente sea la que mande y tenga todos los privilegios, contra la mayoría de la gente que tiene que aguantárselas, porque sino la policía le mete la máquina o le da una buena patada como decís, entonces yo te contesto que todo tipo que viola la ley, esa ley, es mi hermano y tiene razón. Cualquiera sea la razón porque lo haga. Para liquidar los monopolios o para salir de pobre. Si la ley es mala entonces son buenos los que la violan.
-¿Eso es lo que piensan ustedes? -preguntó el sargento.
-No. -Era el Comandante-. No todos pensamos así. Pero forma parte de nuestro grupo, gente que piensa así. A eso conduce la indignación. El ser víctima del atropello y la arbitrariedad. La violencia y el abuso del poder, fabrica gente desesperada, por impotencia y rabia. Entonces se hacen delincuentes, asesinos, terroristas, anarquistas, agitadores o místicos. —52→ Sergio aprendió esto desde muy chico. Su padre fue un dinamitero asturiano en la guerra civil española. Allí también se fabricó el caos y la violencia, y después muchos murieron sin saber bien por qué. Pero el padre de Sergio parece que allí no cubrió suficientemente su cuota de violencia. Lo mataron hace quince años en una huelga de los frigoríficos. También defendía el orden y la ley. Era del servicio de vigilancia del frigorífico. Los obreros le pasaron por arriba. Los mismos obreros que eran sus compañeros ideológicos. Reaccionaban estimulados por la angustia y la misma indignación que lo hicieron dinamitero a él, en las montañas asturianas, durante la guerra civil. Parece una paradoja. Injusto. Absurdo. Inútil. Pero está dentro de las leyes del juego.
-Puede ser que haya pasado lo mismo con el cabo muerto de la base de submarinos-. Tuve la impresión de que todos habíamos pensado en él. Manuel continuó.
-Al fin de cuentas, seguramente se escondía en su uniforme para escapar de la miseria. Pero la culpa no es nuestra. En todo caso es de los que se resisten a compartir sus privilegios con el pueblo y de los que los defienden como usted, sargento.
Manuel había abandonado su actitud agresiva. Hasta diría que se dirigía al sargento con alguna simpatía. La muchacha que vigilaba a los dos policías había abandonado su puesto. Retornó al rato con una gran cacerola humeante. Otro trajo tazas.
-¿Quiere café? -me preguntó el Comandante.
-Sí.
Todo resultaba extraño. Ridículo. Un puñado de terroristas que cometieron asaltos y agresiones. Mataron varios policías. Perseguidos y cercados en una casa de campo. Logran destruir a sus perseguidores, conservan herido alguno y pierden tiempo explicándole a un policía por —53→ qué hace mal al cumplir con su deber, mientras toman café como si nada los apremiara o preocupara. Mientras tanto dos patrulleros cierran el camino a diez kilómetros de allí, sin imaginar cuál es el rumbo tomado por los acontecimientos. ¿Por cuánto tiempo? ¿No les sorprenderá el silencio de la radio? ¿Cuánto tiempo fumarán cigarrillos y controlarán coches sin preguntarse por qué no hay noticias de sus compañeros? Y este Comandante. Yo lo llamo Comandante, porque indudablemente es el jefe. ¿Qué espera? ¿Que toda la policía y el ejército le caiga encima? Si es el jefe, es el que tiene que pensar en estas cosas. Varios hombres entraron y hablaron en voz baja con él. Luego salieron de la casa. Seguramente hacían guardia. Pero una vez sorprendidos, pocas alternativas les quedarían. Habían tenido suerte con los patrulleros anteriores y eran muchos. Más de los que el comisario Toquero supuso. Los policías perseguían tres muchachos y una chica y se habían topado con un grupo de veinte, con buenas armas y organización disciplinada. De manera que los terroristas no eran fantasmas rastreados solamente a lo largo de los rastros dejados en sus acciones, publicitadas por la prensa. Si aquí había veinte ¿cuántos habría en el resto del país? ¿O serían los únicos? El comisario Toquero seguía desmayado. Una lástima. Me hubiera gustado verle la cara durante el diálogo con el sargento. El ruido inconfundible del motor de un helicóptero se acercaba. El comandante miró a su alrededor. Tomó un largo sorbo de café cuando el ruido pasó por sobre nuestras cabezas. Fue disminuyendo y luego regresó. Pasó de largo. La policía andaba cerca. Buscaba sus patrulleros perdidos. En ese momento Mejía dio un salto y corrió hacia la puerta. Extendió una mano para abrirla pero quedó como suspendido en el aire. El tableteo de la ametralladora lo detuvo en la mitad del gesto. Cayó pesadamente. Manuel se acercó, le levantó un brazo y luego lo dejó caer.
-Está muerto -dijo.
El Comandante hizo un gesto de fastidio. Miró su reloj.
-Ya es hora de prepararse.
—54→ —55→
La desaparición de los tres patrulleros y su tripulación fue la noticia bomba que se filtró del departamento central de policía, por obra de un periodista que había jurado por su honor que mantendría la información en secreto. El oficial que le hizo la confidencia seguramente se tomó en un escéptico en relación al honor de los periodistas. Lo cierto es que la información restalló en los noticiosos radiales y los diarios de la tarde lo consignaron en tapa con variados estilos. Algunos lo presentaban como un enigma a lo Ágata Cristie y otros como la más sensacional operación de los comandos de la guerrilla urbana.
Objetivo fundamental: demostrar su poder y particularmente llevar a cabo una venganza contra un conocido y probado representante de la ley y el orden, el comisario Toquero.
Los informativos daban cuenta de una amplia operación que abarcaba varios partidos de la provincia de Buenos Aires. La prefectura vigilaba la ribera. Más de treinta helicópteros fueron incorporados a la búsqueda y 1.500 hombres de las fuerzas de seguridad, con toda clase de vehículos, seguía el rastro de los terroristas. Esta información era matizada con reflexiones sobre si cabía la posibilidad de aplicar la pena de muerte, ya —56→ que se trata de agresión a las fuerzas de seguridad y posible secuestro y asesinato de funcionarios. Lo más grave de la situación fue insinuado por algunos comentaristas radiales, quienes seguramente se esforzaban por evitar el ridículo, en el caso de que los acontecimientos desmintieran la información que aparentaba ser una realidad para todos los medios de prensa. Opinaban que la clave de la situación era que hasta ahora se trataba solamente de conjeturas. Lo único cierto, concreto, evidente e indiscutible era que los tres autos patrulleros habían desaparecido, cuando se dirigían a cumplir un operativo contra cuatro terroristas que huían en un automóvil cerca de Balcarce. Solamente eso. A partir de allí el misterio. Fascinante misterio que fue el tema de conversación de todo el país. Hubo reuniones en la Casa de Gobierno con el Presidente, el Ministro del Interior, el jefe de la Policía y los titulares de las fuerzas de seguridad. El Comandante del Ejército envió un radio a los jefes de unidades detallando concisamente el episodio y ordenando medidas especiales de seguridad en los cuarteles. Los servicios de informaciones del Estado y de las tres armas enviaron una legión de agentes a la zona, lo que según parece, incrementó lánguidamente el melancólico fin de la temporada turística en Mar del Plata. Ningún noticioso ni periódico señalaba mi presencia en el episodio ni destacaba mi desaparición. Esto era finalmente satisfactorio. Hubiera vivido con mucha vergüenza mi rol de víctima de los terroristas. Pero mirando la cosa desde otra perspectiva, en el caso de que me hubieran mencionado, más tarde podía vender a precio de oro la crónica del asunto. Esto es, si sobrevivía. De todas maneras valía la pena correr el riesgo.
Un diario de Mar del Plata decía que la señorita herida en el tiroteo del barrio de pescadores, había recibido en el hospital un ramo de flores. Este iba acompañado de una nota, en la que un desconocido se disculpaba en el caso de que alguna de sus balas hubiera herido a la muchacha. Nadie reprodujo esa información en la prensa de Buenos Aires. Sería un dato destinado a cambiar la imagen que debía tener el público, de los delincuentes y terroristas. Sin embargo hubiera durado poco, porque un par de días más tarde otra noticia ensombreció la primera plana de los —57→ periódicos e hizo vibrar de indignación a los comentaristas radiales. En una casa abandonada a diez kilómetros de la ruta principal un perro de la policía dedicado al rastreo de los desaparecidos, había logrado desenterrar parcialmente un cuerpo al fondo de un descuidado jardín. El descubrimiento fue macabro. Los cuerpos eran siete. Cinco de policías y dos de desconocidos aún no identificados. Mejía y los conductores de los dos primeros patrulleros atrapados por los guerrilleros. Los desconocidos eran dos guerrilleros muertos en la operación.
De eso me enteré más tarde. No se había mencionado durante el diálogo con el sargento. Uno de los terroristas muertos había estado en el restaurante donde hirieron a Mariana. Apenas tenía veinte años.
Después de la orden de apresto dada por el Comandante, en una hora se equiparon varios autos y dos camiones para transportar a los guerrilleros. También al comisario Toquero, al sargento y a mí. Subimos a un camión de mudanzas, completamente cerrado, de manera que resultaba imposible conocer el camino. La muchacha y dos de los guerrilleros quedaron con nosotros. Uno parecía tener conocimientos médicos, igual que la muchacha y atendieron al comisario. Le limpiaron la herida y le inyectaron morfina por el dolor. Llegamos así a un lugar donde bajaron al comisario. Hicimos ademán de seguirlo pero la boca de una pistola ametralladora nos disuadió. Uno de los guerrilleros quedó de guardia y fue imposible hablar con él. El sargento me habló de su familia. «Sabe, señor, me resulta difícil entender a estos muchachos. No lo que dicen. Entiendo lo que dicen. Lo que no comprendo es que sea tan importante como para matar y matarse. Se llega a eso cuando uno está desesperado. Yo he visto a muchos hombres jugarse la vida. Eran tipos hechos y derechos, castigados, culpables, sufridos, criados en cualquier parte, sin padres ni destino. Pero estos son educados. Vio, la mayoría. Si yo hubiera podido educarme así. Si hubiera tenido una familia que me hiciera estudiar, no hubiera sido policía y hubiera tenido tiempo de trabajar para el país sin necesidad de calzar ametralladora. Al que no puedo sintonizar es al Comandante. Apenas habla, pero me juego —58→ las pelotas que ése es militar. Tiene toda la manera de comportarse de un militar. ¿Y cómo puede ser un terrorista? Expliquen. Lo habrán echado del ejército. Es raro, estos son capaces de matar, pero lo cuidan al comisario como si fuera un nene. Yo creí que lo tiraban por allí. Estos me hacen acordar al fiero Paz. Un personaje raro.»- El sargento se rascaba la cabeza. Fue hace más de diez años. El fiero estaba en la banda de Zanotti. Asaltaban bancos y siempre mataban alguno, porque tenían que matarlo, o porque se cruzaba o por cualquier razón. Lo cierto es que no hacían operaciones limpias. Nosotros sabíamos quiénes integraban la banda, pero estaban muy bien organizados. Zanotti era una bestia. Él decía que había que dejar una marca. Un rastro. Cuando la gente se acostumbrara bastaría solamente que gritara, esto es un asalto, soy Zanotti, para que nadie opusiera resistencia. Tenía razón. Fue el terror de los bancos de la provincia cercanos a la capital. El fiero Paz era de la banda. El jetón lo llamaban en el barrio de Núñez donde había vivido desde chico. Se parecía un poco a Mejía. Pobre tipo. Creyó que podía avisar al helicóptero que ya había pasado. Es que era un poco lento. Pensaba despacio. El jetón Paz, decían que venía de una buena familia. Él también lo repetía pero no decía de dónde. Tenía una cara que daba miedo. Todos le atribuían muertes misteriosas para vengar a su familia no se sabe de qué agravios. Si uno le veía la cara creía en todo lo que se decía de él. La cabeza enorme, frente chica y arrugada. Dos cejas que parecían flequillos. La cara cruzada de cicatrices. Atracaron un banco cerca de San Martín y me llevaron como rehén para facilitarles la huida. Escapaban algunos en un camión como éste, cerrado, y el jetón iba atrás conmigo para vigilarme y matarme cuando estuviéramos en campo abierto. Zanotti le había dado la orden. Tenía que tirarme en cualquier cuneta cuando ya no me necesitaran. Íbamos muy rápido. El jetón me apuntaba con una 45 y yo no decía ni palabra. Sos un boludo, dijo, te dejaste agarrar. No le contesté. De pronto el camión empezó a dar tumbos. Habíamos pinchado una goma. Traté de abalanzarme sobre él pero me dio un golpe en la cabeza con la 45. Sentí que se nublaba todo y tuve ganas de vomitar. Cuando desperté estaba tirado al borde de un camino a la sombra del camión. Escuché gritos y discusiones. Era el jetón —59→ que le gritaba a los dos que iban en la cabina del camión. Ya habían cambiado la goma y querían matarme antes de seguir viaje. Se porta bien -decía el jetón- para qué lo vamos a matar. Tenemos orden. Me cago en la orden del gringo. Si un tipo molesta hay que matarlo, pero si no, ¿para qué? Uno de los de la cabina apuntó con una escopeta al pecho del jetón. Te digo que lo mates o la ligás vos.
Tal vez fue una compadrada, o tal vez no, pero antes que terminara de hablar tenía una bala entre los ojos. El otro quiso apoderarse de la escopeta pero el jetón se la arrancó de un golpe. Abrió la puerta de la cabina del camión y el cuerpo del muerto rodó hasta la banquina. El fiero Paz subió y le gritó al que conducía. Seguí, carajo, y basta de discutir. El camión se perdió entre la polvareda. Yo me quedé allí con el muerto que me miraba. Todavía tenía cara de sorpresa. Varias horas más tarde llegué a un pueblo y allí vinieron a buscarme. Y pasó algo raro. No le conté a los oficiales lo que había ocurrido. Dije solamente que me golpearon en la cabeza y que al despertar me había encontrado con este tipo muerto a mi lado. Parece chiste pero no quería comprometerlo al jetón ante su gente, ni ponerlo en manos de la venganza de Zanotti. A ese asesino loco, con la frente chiquita y la cara de bruto. Pero ¿por qué no me mató? Nunca lo sabré. ¿Cuidaba una vida? Ridículo. Disparó contra el otro. ¿Qué idea de la vida y de la muerte podía tener ese animal? ¿Qué idea de la vida y de la muerte tiene cada persona? ¿Qué puede pensar sobre algo así el Comandante? ¿Usted lo vio cuando mataron a Mejía? -No esperaba respuesta-. Ni se volvió para mirarlo. Ni se le arrugó la cara con el ruido de la ametralladora. «Matan sin asco a Mejía y después lo cuidan al Comisario como si fuera un bebé. Yo no los entiendo». La muchacha volvió e interrumpió las reflexiones del sargento. Era muy linda. El pelo castaño claro enmarcaba un rostro de rasgos suaves y dulces. Los ojos grandes. Serios. Sorprendidos a veces. Unos pantalones ajustados mostraban su perfección y resaltaban sus movimientos graciosos y ágiles. Vamos a seguir, comunicó al hombre que nos vigilaba. Este se volvió al sargento. Había escuchado el relato del episodio del jetón Paz.
—60→-Los asesinos son enfermos mentales. La culpa de que haya muertos no es de una u otra persona. Es del sistema. Las dictaduras fabrican muertos. Las revoluciones también. En otra época tal vez el jetón Paz hubiera sido un revolucionario, pero le tocó una época en la que lo único que podía ser era pistolero.
-¿Qué van a hacer con el comisario? -pregunté a la muchacha.
-Lo van a operar. Le sacarán la bala.
-Sí, y no hay que hacerse ilusiones -terció uno de los guerrilleros- ese puerco se salvará. El sargento me miró. -Es lo que yo decía -comentó.
El camión emprendió la marcha y nadie habló más. Alguien encendió en la oscuridad una radio de transistores. Música beat. Cambio. Buscaba un informativo. La esfera luminosa de mi reloj indicaba las ocho de la noche.
Radio Mar del Plata continuaba repitiendo informaciones viejas. Se estaba en la pista de los cuatro delincuentes que protagonizaron el episodio del restaurante en el barrio de los pescadores. Una breve mención sobre la mejoría de Mariana. Sin nombrarla. Hubo dos atentados con bombas en Rosario y los obreros metalúrgicos tomaron fábricas en Córdoba. ¿Qué hacía yo en este camión fantasma por caminos de tierra en la provincia de Buenos Aires?
No se puede planear un buen fin de semana en Mar del Plata. Atrapado. Así me sentía. Atrapado por algo que no busqué. Lejano. Desconocido. Imprevisto. El azar. Siempre dije que el azar era fascinante. Recitaba. Lo misterioso, caótico, alucinante. No previsto. Que no es lo mismo que imprevisto. La cazuela de mariscos más complicada de mi vida. El juego de los héroes entre la vida y la muerte. ¿Qué hacía yo entre los héroes? Yo no era un héroe. Nunca me atrajo el rol. Un puñado de locos contra el orden y la ley. Un puñado de policías contra los locos. Mientras tanto todo sigue su rumbo. Cierto. Fijo. Inalterable. Mataron al Che —61→ Guevara en las montañas bolivianas. Lo hizo un negrito intrascendente que se quejó amargamente porque no fue premiado como esperaba. Resulta que el premio fue de otro que llevaba su mismo nombre.
Un error. Y todo siguió igual. El monopolio internacional del estaño fijando su precio. Los mineros muriendo tuberculosos. Los campesinos con hambre. Los militares asesinándose regularmente para controlar el poder. La rueda del destino. La rueda de la fatalidad para nuestros países. ¿Nada había cambiado? Nadie podía responder esa pregunta. La camisa del Che Guevara guardada por los campesinos de La Higuera. ¿Un recuerdo? ¿Un mito? Un símbolo. Los agentes de la CIA fueron a analizar el episodio. Hablaron con todos los protagonistas. Tomaron datos. Chequearon lo que habían propuesto las computadoras y seguramente a través de otras computadoras, analizaron si los resultados eran correctos. Se acabó el Che. ¿Se acabó? ¿Y estos que había visto durante el día de hoy? ¿Qué eran? Esto no puede triunfar. No aquí, en la Argentina.
Nadie se muere de hambre. Y los que se mueren de hambre son pocos y no se hacen notar.
Cuando descubran los cadáveres de los policías, los militares se afirmarán en su convicción de que con el terror no hay diálogo. Los nativos empleados por los monopolios tratarán de convencer a sus patrones que esa manía revolucionaria es nada más que una peste transitoria. Hay que curarla con energía. Pero se cura. ¿Se cura? ¿Adónde vamos en medio de la noche con este camión que salta para todos lados? Veinte héroes a la deriva. Un sargento que entiende más de lo que expresa. Un comisario abatido. Y yo. Treinta años de juego rebelde.
¿Y la revolución? Apenas rebelde. Como los hippies, que por rebeldes no se atreven a ser revolucionarios. Con sus miradas lejanas. Casi alegres. Flores en la barba y en el pelo. Aspecto sucio, pero cuidados. Es costosa la ropa de hippies. Haced el amor y no la guerra. ¿Adónde? ¿En este mundo que vive de amor y de guerra? ¿Qué diría un adolescente de Indochina, —62→ cualquiera sea su bando si alguien le dijera «haced el amor y no la guerra»? Querría ver sus ojos abiertos por la sorpresa y el humor. Entretenimiento de chicos bien alimentados. Para quien la guerra en las montañas bolivianas es una crónica heroica que se lee o se filma con Omar Shariff.
Haced el amor y no la guerra. Las moscas alrededor de los veinte tiros que mataron al Che.
El sudor rancio de su camisa despedazada y quemada por el fuego. ¿Dónde está el amor? Hay que entender. ¿Es posible entender? Mejía muerto, sorprendido en el aire, al comienzo de la parábola a pocos centímetros de la libertad, del heroísmo, de la luz, de la ayuda, de los amigos, del ruido camarada, de la protección de la intemperie. Y sin entender nada. Murió sin entender más que su propio deber. Todos creen entender su propio deber. ¿Pero el ajeno? El deber de conservar, aunque lo que se conserva sea podrido, injusto, ruin, equivoco, atrasado, estable, sólido, frágil, justo, armónico, inarmónico, torpe, brutal, arbitrario. El deber de destruir esas mismas razones y muchas más. Válidas. Sí. No válidas. Sí. Siempre las razones son válidas. Para cualquiera de las dos cosas. El que sobrevive impondrá la validez definitiva. Sobre los muertos y los vivos, y el derecho y la ley y la guerra. Haced el amor y no la guerra. Gracioso. Hasta vulgar. Inútil. Aunque quiera. Yo no vine a este camión. Ni hice cien kilómetros para ver gente. Ni participé de los asesinatos en Colombia, ni del terrorismo en Brasil, ni de las manifestaciones y los incendios en Chile, ni de los fusilamientos en Cuba, ni de la guerrilla en Venezuela. Ni de la estrategia del Pentágono, ni de los objetivos de los monopolios, ni del mercado del petróleo. Pero estoy aquí en este camión bamboleante y frío. Cerca de alguien con quien me gustaría hacer el amor, pero ambos estamos condenados a la guerra. Yo no. Si puedo me escapo. Me voy. Que queden ellos con sus ametralladoras con las cuales piensan cambiar el mundo. Al mundo no lo cambia nadie. Así fue siempre. Y así continuará. Policías y ladrones. El juego de siempre. Y la gente que solamente quiere vivir en paz. No protagonizar.
—63→Solamente que ya no sirve el rol de testigo. Los que no juegan son sospechosos. Carecen de todos los derechos. No tiene organizadas sus defensas. Se mueren también. Como Mejía. Sin saber por qué.
-Usted nunca habla-. Era la muchacha. Estaba muy oscuro y era imposible verla pero no tenía dudas de que se refería a mí.
-Nadie me pregunta nada.
-Parece estar tranquilo.
-¿Tengo algo que temer?
-Todo el mundo tiene algo que temer.
-No tengo ese sentido dramático de la vida.
-¿No le importan los muertos?
-No los mato yo. Esa debería ser una pregunta para usted y sus amigos.
El camión saltó y al tratar de enderezarme advertí que ya el sargento no estaba a mi lado.
¿Estará por hacer una idiotez este héroe gordo y tranquilo? Espero que no. En un lugar tan reducido el que no reciba un tiro estará protegido por Dios.
-¿Nos considera un grupo de asesinos?
-No exactamente. Los considero un grupo de maniáticos que suponen que volando algunos puestos militares y matando algunos policías pueden cambiar el curso de la historia. Usted supone que yo me divertía durante la discusión sobre la violencia. Tiene razón. Me divertía porque a ninguno se le ocurría analizar la cosa en sus términos reales. Despojados de prejuicios —64→ y resentimientos o sentimentalismos. Y eso es lo que determina que yo tome o no tome partido. Ni por el Gobierno ni por ustedes.
De pronto quedé en silencio. Me sentía francamente idiota. Era una conversación parecida a la que había tenido con el Comisario Toquero. Inútil. Los que no toman partido están perdidos. No tienen sus defensas organizadas. El coro ha muerto. O está condenado, lo que en definitiva es más o menos la misma cosa. Siempre es así. Cuando era estudiante y hacíamos manifestaciones callejeras, los heridos eran desconocidos. De ningún bando. El tipo que salió a comprar cigarrillos y de pronto una granada de gas le rompió la cabeza. Hasta iba preso, seguramente.
-No se detenga. -Era la vocecita dulce que llegaba desde la oscuridad-. Díganos por qué somos tan poco inteligentes.
Ahora era ella la que se reía. Se divertía. Pero no del todo. En realidad no se divertía nada. Solamente fingía ironía y lo hacía mal. Fue una revelación sorprendente. Tuve la convicción de que había hablado como un estúpido. Poco importaba en realidad la justificación intelectual de la violencia para quienes cada día arriesgaban su vida en el juego. Juego de la vida y de la muerte. Tuve la convicción de que en ese momento, ante la vida, la acción, el riesgo, la decisión y el coraje, las palabras, la explicación formal, el análisis intelectual resultaba ridículo e inoportuno en ese camión bamboleante, en medio de la noche, en la marcha tensa del silencio, la precipitación, la fuga y la guerra. No solamente era inoportuna. No importaba.
-«No es problema de inteligencia. Tal vez de tiempo. Y tiene tiempo quien no hace cosas. En este momento son ustedes quienes hacen cosas. También el sargento o el comisario. No yo. Todo Gobierno que es Gobierno tiene poder y lo ejercita. Eso es así y tiene que ser así. Tiene que preservarse. No me importa que esté bien o mal. Es, simplemente. Y si ese Gobierno no es legítimo, como éste, y produce hechos que afectan a la gente, cada uno tiene derecho de alzarse contra él y esforzarse por —65→ destruirlo. Tampoco me importa ahora si está bien o mal. Simplemente es así.
-Entonces todos tenemos razón. Buena manera de lavarse las manos. Con Dios y con el Diablo. Ustedes los intelectuales son personajes de ficción. No existen.
Ahora sí había desprecio en su voz. Rabia. Hubo un largo silencio. Nadie hizo comentarios. Una voz surgió de la oscuridad a mi derecha. Era el sargento.
-Entonces todos tenemos derecho a matarnos unos a los otros. No lo entiendo muy bien. Yo soy la autoridad y el orden. Bueno, soy, represento la autoridad y el orden. Pero la autoridad y el orden de un Gobierno que no tiene derecho de serlo. Entonces soy un asesino a sueldo. Por otra parte estos chicos son delincuentes y ladrones. Asesinos también, pero tiene derecho a serlo. Pero como el Gobierno es Gobierno, tiene que defenderse y hace bien en tener asesinos como yo para evitar que lo destruyan. Entonces no soy tan pistolero a sueldo. ¿En qué quedamos?
-Parece difícil de entender pero es así. Habría solamente que hacer un agregado. Los gobiernos como el nuestro se dicen democráticos y en nombre de la democracia matan, invaden países, destruyen, corrompen y en definitiva lo que quieren es continuar ejerciendo el poder defendiendo las condiciones en las cuales se desenvuelven. Simplemente porque no son democráticos ni representativos, de manera que la violencia forma ya parte del sistema. Para evitar el cambio hay que ejercitar la violencia sobre los que pretenden el cambio. Entonces la violencia ya se torna una necesidad permanente, eterna, fundamental, inexorable. Es diferente el caso de los que pretenden el cambio. De los subversivos. Para ellos se supone que la violencia es instrumento para alcanzar sus objetivos democráticos y podemos suponer también que una vez alcanzados, la violencia cesará. Esta tiene un límite. Un tiempo determinado.
—66→-Tenga cuidado que se está poniendo de nuestro lado. Poquito, pero algo.
-No es así. Pienso que voy a frustrar su buen humor. Eso sería así si en realidad lo que ustedes buscan es la democracia y una auténtica representatividad. Pero no me consta que así sea. Inicialmente buscan el poder. Ese es el objetivo de toda lucha política, armada o no, y nada permite suponer que una vez alcanzado, la violencia cese y los objetivos teóricos se transformen en hechos concretos.
-¿Usted cree en algo? -nuevamente era la joven.
-Es una pregunta muy vaga.
-Y eso ni siquiera es una respuesta. Voy a ser más precisa. ¿Usted tiene ideales políticos?
-No tengo ideales, tengo tal vez objetivos. Y no diga que es lo mismo, porque no es así.
-¿Cuál es la diferencia?
-No la entendería.
-Usted supone que es el único tipo inteligente. Nadie entiende nada en realidad. Solamente unos pocos iniciados en los secretos de la vida y la política, que de tanta sabiduría alcanzan la meta de la total inacción, de la abulia, el conformismo y la esterilidad.
-Es verdad. Cuanto más se sabe menos se está dispuesto a matar a nadie en función de objetivos efímeros. La vida humana se convierte entonces en la cosa más importante.
-Aunque se la desprecie, como hace usted. Todo lo que dice está condicionado por una carga de agresión hacia todos nosotros que a su juicio somos inferiores, vulgares e ignorantes.
—67→-Aun cuando eso sea cierto, y no digo que lo sea, no estaría alegremente dispuesto a asesinarlos de una u otra manera. Y si por casualidad tuviera que hacerlo, por lo menos para defenderme, tampoco me sentiría un héroe como en alguna medida les pasa a ustedes.
-¿El Comandante Guevara es un héroe?
-Sí. Lo era. Pero mucho más que eso. Era un hombre que había hecho su experiencia intensamente y se fijó un objetivo sabiendo que podía morir antes de alcanzarlo. Y eso ocurrió. Cuando alguien, que escasamente tiene veinte años, que jamás tuvo contratiempos en su vida, que la experiencia política y el dolor le son ajenos, o llega solamente como un rumor, asiste indiferente al asesinato o participa de él, aun cuando se ejercite sobre gente que está mucho más cerca del Che Guevara por infinidad de razones, como el sargento, por ejemplo, o el cabo muerto en el destacamento de Mar del Plata, debo suponer que hay algo falso, arbitrario, débil y profundamente vergonzoso en el fondo de esa actitud. No convincente. Es un rol, más que una actitud vital.
Silencio. Durante algunos minutos esperé un golpe de uno de nuestros guardianes. Silencio. Ridículo. ¿Qué estarían pensando? ¿Les importaría lo que había dicho? No les importaba nada.
¿Me importaba a mí en realidad? Qué podía saber esa chica del torturado camino de la ilusión, la decepción, la fe, la incredulidad, el abandono, el amor, la desesperanza, la rebelión y la cobardía. ¿Y qué me importa a mí? La aventura se estaba tomando no solamente aburrida, sino estúpida. Es curioso. Oyendo al comisario Toquero entiendo a los guerrilleros, o terroristas o como quieran llamarles. Escuchando a los terroristas pienso que el Estado hace bien en preservarse. El Estado. El gobierno. El que manda. La autoridad. ¿Qué es peor? ¿Qué es mejor? ¿Hay en realidad algo peor o mejor? Los héroes se acaban cuando uno los conoce. Toquero. El sargento. Mejía. Los otros dos muertos. El cabo de la base. En la época de Perón baleaban policías en las paradas de las esquinas. —68→ ¿Cuál es el sentido? Cuántos gloriosos héroes de la libertad y de la democracia pasaron al lado de Perón, hablaron con él, le estrecharon la mano, lo veían pasar con su automóvil por la Avenida del Libertador, bajo la mira de cualquier fusil de caza, sin atreverse a disparar. Sin embargo, gritaban la necesidad de acabar con él.
Era más fácil el cabo de facción. Conspirar en el Jockey Club. Antes que lo quemaran, claro.
Los filósofos de la violencia parecen tener la manía de errar en la definición del enemigo.
Entonces habló uno de nuestros guardias. Se había quedado pensando seguramente y se sintió obligado a dar una respuesta.
-Vos pertenecés a la clase de los que hay eliminar. Los que no se comprometen. Los que explican las cosas, pero jamás las hacen. Obtienen los beneficios, ya sea que gane uno u otro. Además; después aclaran el panorama diciendo donde estuvo el error. Nunca antes. Se ponen a gimotear como monjas ante la violencia, pero ni siquiera rezan. No creen en nada. Sólo opinan sobre lo mal que funcionan los otros. Sos en realidad el típico producto de esta sociedad podrida, sin valor y sin gloria. Si ganan los otros, bien. Si ganamos nosotros, también. Mientras tanto procurás aprovecharte de las cosas tal como vienen. Vivís porque el aire es gratis y tratás de pasar inadvertido. Estás en el mundo, pero ajeno al mundo. Una especie de vegetal. Algún día te morirás y habrá que poner en la lápida: «Aquí yace un tipo que jamás existió».
Silencio nuevamente. Había dicho todo sin rencor. Apenas con fastidio. Cansancio. Melancolía. Soledad. Desprecio.