Considero oportuno a los efectos de este libro, que no es otra que, en vez de narrar, narrarme, incluir algunos juicios que contribuyan a una valoración más cierta de las huellas que alguna vez terminarán en un recodo final. En el prólogo de «Los Hombres de Celina», José Luis Appleyard había escrito:
Por su parte, en el prólogo de la tercera edición, Josefina Pla, expresaba:
—146→Ya que estamos en juicios valiosos, pido la licencia para citar el de Bacón Duarte Prado, quien expresa en parte del prólogo de «Cuentos y Anticuentos».
En el párrafo final de un extenso prólogo al libro «Los Habitantes del Abismo», escribe el Dr. Roque Vallejos:
En el portal del libro «Teatro Paraguayo Inédito», escribe Francisco Pérez Maricevich:
De la pluma del poeta y crítico Hugo Rodríguez Alcalá, tanto en textos sobre literatura paraguaya como en artículos periodísticos, existen valiosos estudios sobre la estilística literaria que atribuyen a mis cuentos, muy en especial, al lenguaje figurado que descubre el autor en el cuento «El Puente» del que realiza un extenso análisis.
Después de «Los Hombres de Celina», siguió «Memoria Adentro», novela a la que Leandro Prieto Yegros considera la más «desgarrante y devastadora novela paraguaya», que lleva 3 ediciones, incluida la de la Colección de Clásicos Paraguayos de la Editorial El Lector.
También en esa misma colección figuran las siguientes novelas, además de «la Quema de Judas»; «Ocho Mujeres y los Demás»; «Amor de Invierno» y «Manuscrito Alucinado», que llevan, cada una, no menos de 4 ediciones y no más de seis. Con respecto a «Amor de Invierno», muy apreciada por los estudiantes para trabajos prácticos de Literatura, afirma José Luis Appleyard, en el prólogo de la primera edición, lo —153→ que expresaba el suscrito en este mismo libro sobre la extensión del término «narrativa» que se refiere tanto a la novela, al cuento y al teatro. En efecto, «Amor de Invierno» es una novela escrita con técnica teatral, y sobre dicho método se explayó el gran poeta y escritor desaparecido, saludando, en el mencionado prólogo, el buen resultado del experimento.
Cierta vez que tuviera una entrevista con estudiantes que hacían un trabajo práctico sobre mi producción literaria, la pregunta de una estudiante me tomó de sorpresa porque descubrió en mí algo que yo mismo no percibía. ¿Por qué, tanto en teatro como en la novela y el cuento sus personajes son mayoritariamente femeninos? Después de satisfacer la pregunta con algún formulismo de ocasión, yo mismo hice un autoexamen. En «Los Hombres de Celina» se narraba la historia de una mujer, en «La Quema de Judas» también. En «Ocho Mujeres y Los Demás» la cuestión era obvia. En «Manuscrito Alucinado» una mujer -difunta para más- lo provocaba todo. En «Memoria Adentro» era también mujer quien desarrollaba la trama. Sólo en «Amor de Invierno» asomaba en primer plano una pareja. En cuanto en el teatro, los más grandes aciertos de mis obras se debían a personajes femeninos, como en «La Madama», «Virutas», «En Busca de María», «Magdalena Servín», «El Solterón» y «La Mano del Hombre», donde, estas dos últimas, el papel principal correspondía a la madre del protagonista masculino, en ambos casos, con la interpretación de la inolvidable Sara Giménez.
Examinando la cuestión, la primera conclusión fue que la inclinación por los personajes femeninos nunca fue deliberada. Entonces, como lo haría Freud, había que volver atrás. Y atrás en el tiempo estaba mi infancia. Huérfano de padre muy temprano, mi infancia convivió con dos mujeres de fuerte carácter, mi madre y la abuela Venancia. La primera autoridad que reconocía fue femenina. Elaboraba mis juicios sobre las cosas y las personas, a través del juicio de dos mujeres y empezaba a ver el mundo mirando por el prisma femenino. Creo en tal sentido, que me condicioné sin saberlo para concebir el drama humano mayoritariamente transitado por mujeres.
Por su parte, estudiosos de la literatura paraguaya, en trabajos publicados en el Diario Noticias, consideran que desde —154→ «La Quema de Judas» (1965) y siguiendo por todos mis títulos publicados, la narrativa paraguaya abandona su reiterada temática rural e incursiona en el género de narrativa ciudadana, con la ciudad de Asunción como escenario. Me atribuyen así el carácter de iniciador de la novela urbana en el Paraguay, mérito no del todo absoluto, teniendo en cuenta de que en la década de los años veinte, Juan Stefanich ya había escrito y publicado la novela «Aurora» que discurre en la ciudad e incluso describe la catastrófica epidemia de gripe que diezmó a la población asuncena y también se había publicado por entonces una novela lacrimosa, «Papito, Tengo Hambre y Tengo Frío» de Raúl Mendonca, que llegó a ser Director de La Tribuna e hizo llorar a generaciones de amas de casa que nunca habían leído un libro, y cayeron en la fiebre de leer que produjo la novela que tuvo una extensa circulación, constituyendo el primer fenómeno popular de la literatura paraguaya.
Lejos de mí la pretensión de ser excluyente. Lo que estoy narrando es la relación de mis trabajos, pequeña parte de un todo mayúsculo, dentro de un universo donde crecían y se imponían caudalosos talentos de la narrativa paraguaya como Augusto Roa Bastos: Gabriel Casaccia: Hugo Rodríguez Alcalá; Guido Rodríguez Alcalá; los hermanos Juan Bautista y José María Rivarola Matto, Josefina Pla; mi propio hermano Gerardo Halley Mora; José María Villarejo; Ana Iris Chaves de Ferreiro: José Luís Appleyard como novelista; Raquel Saguier, Jesús Ruiz Nestosa; Juan Manuel Marcos y otros grandes fabuladores cuyas obras ya fueron reconocidas y aplaudidas, o recién ahora empiezan a ser revaloradas.
Mi libro «Cuentos y Microcuentos», y «Cuentos y Anticuentos» que llevan numerosas ediciones, contienen invariablemente como portal el cuento «Perrito» conocido y analizado por generaciones de estudiantes secundarios, de la misma manera que entre una veintena, «La Libreta de Almacén», también frecuentemente reproducido en textos de literatura y antologías, tal como los cuentos contenidos en el libro «Los Habitantes del Abismo», en el que se incluye el cuento «La Quiebra del Silencio», plagiado por guionistas paraguayo-brasileños para la película «El Toque del Oboe».
Me han publicado hasta la fecha 25 títulos, incluyendo la edición de mis novelas y los textos teatrales más importantes, —155→ incluso, libros de teatro corto como «Para el Pequeño Tinglado»; «Teatro Breve de Mario Halley Mora» y una antología teatral donde figuran, en el mismo libro, piezas teatrales de Josefina Pla, Ezequiel González Alsina, y quien suscribe.
Incursioné también en la poesía con el librito de poemas «Piel Adentro» en los años ochenta. Roque Vallejos comentó la colección de poemas calificándome, en tanto a poeta, como «centauro ontológico», que hasta hoy no sé si interpretar como insulto o como elogio.
No quedaría completa esta relación de este largo trecho de 73 años de vida, si no me refiriera al periodismo que ejercí durante mucho tiempo, en radios y periódicos, logrando de alguna manera conciliar esta actividad con la de la escritura narrativa en sus tres vertientes, teatral, cuentística y novelística, y hasta con períodos de trabajos como funcionario público, en el Ministerio de Agricultura primero, en el de Educación después, la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia y finalmente en el Ministerio de Industria y Comercio e Instituto de Bienestar Rural, en ninguno de cuyos cargos manejé intereses ni valores, y mucho menos, se me quedaron pegados a las manos, hasta el punto de que si hiciera hoy mi declaración jurada de bienes, sólo incluiría mi casa y un automóvil modelo 1986. Y punto. Pero lo que interesa es el periodismo, de humilde operador en la vieja Radio Teleco, pasé a ser redactor de noticiosos, y esa fue mi primera experiencia. Después pasé al diario El Paraguayo, terminada la revolución de 1947, y que era por entonces órgano oficial del Partido Colorado, al que me había afiliado en 1946, hace 53 años.
Cuando mis hermanos Gerardo y Antonio fundaron Radio Paraguay, también fui redactor de noticiosos, aparte de libretista de numerosos programas radiales. Más tarde, fui co-director, primero con don Leopoldo Ramos Giménez, insigne poeta y prosista de quien aprendí mucho, y después con don Ángel Peralta Arellano, de quien no aprendí nada, del diario El País, que se editaba con las viejas maquinarias del diario El Orden, de la familia Artaza, y que ya habían pasado a —156→ pertenecer al Coronel don Pablo Rojas, y después, modernizadas, sirven al actual diario Última Hora, de cuyos inicios también tuve ocasión de participar, en el orden periodístico, naturalmente.
Llegué a hacer, incluso, periodismo cinematográfico, cuando el Coronel Pablo Rojas inició el Noticioso Nacional, para cuya financiación se cobraba un extra a los espectadores de los cines, configurando respetables ingresos que yo, personalmente, nunca llegue a ver, ni a contar, ni administrar y mucho menos ganar. No dudo que alguien se hizo rico con esas recaudaciones. Yo no, porque mi trabajo consistía en llevar los rollos de negativos a un laboratorio de Río de Janeiro, donde se los elaboraban y se agregaban -grabados- los relatos escritos por mí, con la voz de Álex Solhberg, que residía entonces en la «Cidade Maravilhosa» felizmente casado con la hija de un banquero. Aquellos viajes a Río de Janeiro fueron odiseicos, porque tenía que realizarlos en el «Correo Militar Brasilero», un viejo DC 3 de uso militar, sin asientos y sin tapizados, con el viento frío de las alturas colándose por miles de resquicios. Además, para empeorar las cosas, el avión aterrizaba y decolaba caprichosamente en cada ciudad, aldea o poblacho de su itinerario, y tardaba como 18 horas en llegar a destino.
No me resisto, en este punto, a contar una anécdota referida al Noticioso Nacional. Tenía un colega, Manuel Chamorro Damus, celoso del trabajo que yo realizaba. Se ofreció a escribir él los textos narrativos, poniendo más pasión y fervor político de los que yo ponía. Le aceptaron y me reemplazó. Pero la cosa no era fácil, porque se grababa a la ventura. En el laboratorio, sólo nos informaban que tal escena tiene tantos pies de película y que a tantos pies de película correspondía tantas líneas de texto y cada línea de texto tanta cantidad de palabras, un verdadero acertijo. El mal resultado se daba cuando se calculaba mal, y el locutor contaba una escena que no correspondía, atrasada o adelantada. Ahí se equivocó el bueno de Chamorro Damus. La escena correspondía a la inauguración del Hipódromo del Jockey Club, donde asistía el Presidente Stroessner. Durante los primeros pies de película, se mostraba el caballo histórico que había ganado la primera carrera en el nuevo circo y de inmediato —157→ pasaba a mostrar al Presidente aplaudiéndolo. A Chamorro se le desincronizó el relato verbal, y el que correspondía al caballo quedó para el Presidente, de modo que cuando en escena se lo veía a Stroessner aplaudiendo, el relato decía «y aquí vemos la estampa del noble bruto ganador». Demás está decir que allí terminó la carrera de Chamorro Damus.
Tanto el ejercicio del periodismo como el de la literatura me valieron honores que se resume en la condecoración de la Orden Nacional del Mérito. Pero lo más importante, fue la oportunidad de conocer casi toda Europa, Estados Unidos, Japón, China. Largos fueron los viajes a que fui invitado. Sirvieron para conocer mejor al mundo, y amar más a mi infortunado país.
En el Diccionario de la Literatura Paraguaya, la distinguida autora, Teresa Méndez Faith, incluye mi nombre, Mario Halley Mora, y seguidamente, la información de que fue Jefe de Redacción del diario strosnista Patria, y sólo después, la relación de lo que ella recoge de mi trayectoria literaria. Esa es la síntesis del prejuicio que me marcó durante toda la vida. Primero la postura política, o lo que se considera una postura política, y sólo después, miradas ya a través de un prisma oscuro, la persona y la obra del literato.
Semejante prejuicio penetró tanto, que hasta se dio el caso pintoresco de un crítico norteamericano, redactor de una revista de la Unesco, si mal no recuerdo, de apellido Squiú, que cuando apareció la novela «Los Hombres de Celina», escribió una crítica sin leer el libro, tocando de oído, y manifestando que se trata de una obra rastrera, cortesana y servil con los consabidos elogios y ditirambos al dictador. Quien conoce «Los Hombres de Celina», y no son pocos, conoce que en la novela, como en ninguna de las otras seis y menos en el medio centenar de obras teatrales estrenadas y publicadas muchas, y en la veintena de cuentos, no hay una sola línea cortesana y servil, y a la prueba me remito del examen de lectores y críticos.
Tampoco recuerdo haber publicado un poema, oda o elegía dedicada a Stroessner o a Perón, o a Stroessner y Perón juntos, y a quien me demuestre lo contrario, le pediré humildemente perdón por esta mentira.
Mi tarea como Jefe de Redacción del diario Patria, y el —158→ de literato, dramaturgo, cuentista o novelista, siempre se desarrollaron en compartimientos y estancos separados, y a veces hasta conflictivos, hasta el punto de que aquí debo convocar al juicio de un intelectual irreprochable, el Dr. Helio Vera, quien al referirse alguna vez a mi producción teatral, al que vio cargada de sutilezas, entrelíneas y sugerencias audaces, escribió que «no me explico cómo Halley Mora no fue a dar con sus huesos a la cárcel». Esto, no sólo refiriéndose al texto mismo de las obras, sino a los agregados de Ernesto Báez, tantas veces irreverentes y con filos toledanos con la «autoridad» que, lo confieso, me producían escalofríos.
Convencido colorado, ejercí la jefatura del diario Patria como tal. Pensaba sinceramente estar al servicio de mi partido. No fui editorialista ni ideólogo. No avalé con mi firma la clausura de ningún diario ni de ninguna radio, como descubrieron muchos hurgadores de sentinas que buscaron desesperadamente y sin resultado en los archivos algún material que me comprometiera en tal sentido, así como no avalaré hoy, el apresamiento y la persecución política, judicial y policíaca de hombres de prensa.
Mi cargo de Jefe de Redacción, evidentemente implicaba una responsabilidad política y moral, que no rehuyo porque yo, ni nadie entonces, podía salirse de las circunstancias imperantes sin tener algún poderoso padrino empresarial-periodístico, ni de sustraerse al universo nacional y político, ni caer en el extrañamiento propio y de su familia dándose el lujo de orinar contra el viento. Quién era yo, quién era Juan Pueblo, para oponerse a la fuerza incontenible de un régimen bendecido por sus virtudes anticomunistas por los mismísimos Estados Unidos de Norteamérica. Además, creía que Stroessner lo estaba haciendo bien dentro de las circunstancias históricas y políticas de la época, y sigo pensando lo mismo hoy, con perdón a los que sufrieron los rigores de un sistema autoritario que fue un mal necesario después de la anarquía entre 1947 y 1954, que se repite con otros perfiles de 1989 hasta hoy, aunque con los moños y los oropeles de una vestidura «democrática», y el oficialismo está en todas partes, la oposición en ninguna o callada, y la ciudadanía es una convidada de piedra en la merienda de negros, con el perdón de los negros, en que se ha convertido todo.
—159→No obstante, si mi conciencia me hacía reclamos, los aceptaba y encontraba escape en el mismo diario Patria, donde hice famosa y recordada la columna, totalmente apolítica de «Comentario-i», por la que hasta se me reclama reunir en un libro, y donde -en el diario- mi preocupación era la diagramación aceptable del diario, y fuera del diario, en mi producción en general, impolutamente virgen de compromiso político (Recuerdo un apunte periodístico de Roque Vallejos, de que mi obra literaria carece de compromiso político), partidario o sectario. Somos productos de nuestras circunstancias, y cuando ellas son recias y determinantes, siempre cabe la respuesta de algún sesgo de libertad interior, como sucediera con mi producción en las tres caras de la narrativa.
Si el cargo me hacía strosnista, pues entonces lo fui, en igual medida que los que después lo derrocaron a Stroessner, y que luego de beneficiarse de sus privilegios (yo no alcancé ninguno) abjuraron de su posición, denostaron al Gran Jefe, asumieron mimetismo de demócratas, y hoy están de nuevo de vuelta con un nuevo discurso y no muy distintos métodos, salvo excepciones.
Yo era colorado, y si el coloradismo, por lo menos el formal, era stronista o no era coloradismo, yo, necesariamente era strosnista, como lo eran todos los colorados y todos los opositores que no siendo strosnistas, legitimaron al strosnismo participando en los obedientes parlamentos de la época, y de esos sobreviven y hasta se han ensalzado muchos grandes «referentes de la libertad» de hoy, que han olvidado prudentemente su pasado. Yo, por un acto de decencia, no niego el mío, no lo niego ni me afilio a ningún rabioso, condenatorio, y oportunista anti-estrosnismo, pero en esta hora crepuscular de mi vida, con la mano sobre el corazón, afirmo que aunque nunca fui perfecto, ni santo ni virtuoso y pequé, tuve debilidades vergonzantes, conflictos duros y ríspidos, gimnasias espinales dolorosas e inevitables en la vida de todo ser humano, odios irracionales y amores prohibidos, jamás robé, ni apresé, ni clausuré, ni delaté, ni hice que nadie quedara sin el pan con un acto de arbitrariedad. Mi blasón es haber llegado a la ancianidad, un poco, sólo un poco, más que pobre. Y en paz con la gente y con mi conciencia, con pocos —160→ buenos amigos, pero sin un solo enemigo.
En algún capítulo anterior, mencioné la revolución de 1947, con la que la sociedad perdió, por primera vez, su pastoral inocencia. La segunda vez, en la década de los años sesenta, se produjo con Itaipú. El proyecto, por su majestuosidad deslumbró al pueblo ingenuo y anhelante de progreso. Íbamos, por fin, tener energía inagotable, limpia y barata. El país se iluminaría y los trenes eléctricos trazarían una red de itinerarios por todo el territorio de la República. La electricidad llevaría civilización y bienestar a todos los rincones del país, movería fábricas y nos facilitaría tecnologías de avanzada. Se llegó a acuñar la proclama optimista de que el Paraguay sería el Kuwait hidroeléctrico de América.
El monstruo benefactor costaría dos mil millones de dólares y nosotros sólo pondríamos el río. Costó veinte mil millones y terminamos endeudados por generaciones. Pero lo peor que sobrevino, aunque parezca paradójico, es el río de dinero que la obra volcó sobre el país, que no se canalizó para beneficio de muchos, sino se embalsó para privilegio de pocos.
Donde fluye el dinero hay codicia, y donde hay codicia los valores se pierden, la inocencia se renuncia, la solidaridad se borra. El amigo se vuelve socio, el socio, mañoso, el competidor, sin ética. Itaipú rompió la inocencia y los paraguayos aprendimos a especular para la ganancia fácil. Allí empezó el proceso que nos llevó al vicio nacional del deslumbramiento de la riqueza, haciéndonos corsarios, piratas, falsificadores y contrabandistas. Los paraguayos son los cartagineses de América Latina, dijeron de nosotros en Chile.
Hoy, mi reflexión es que Stroessner hizo mucho bien material al país -se palpa en la comparación de la calidad de vida de entonces a hoy- y quizás hizo mal a mucha gente, inocente o culpable según la tabla de valores de entonces que nadie en el partido Colorado se atrevió a atacar, y muy pocos valientes fuera de él.
Dejo para el análisis la contrastación que deban hacer los estudiosos. Con Stroessner los derechos humanos eran desconocidos, (en rigor, no eran el garrote norteamericano que son hoy) hoy los hay pero van declinando en la medida en que la política se judicializó, el poder judicial se politizó, y la policía no es auxiliar como debe ser sino protagonista como lo es. —161→ Con el autoritarismo había miedo y la delación era una de las caras de la perversidad personal y política. Hoy también ha asomado la fea cara del miedo y la delación reduce a nivel de vecindario la vida política nacional, instalándose hasta en el Congreso, salvo las excepciones que confirman la regla, de algunos señores que han envuelto su señorío en cauto silencio, cuando no en ambigua definición de posiciones. Sólo cambiaron los cucos porque antes eran los policías y los pyragüés y hoy son los jueces, los fiscales y los caudillejos de barrio o de villorrios ensalzados a portavoces de las verdades absolutas. Antes no había democracia, pero había menos pobreza. Había más seguridad entonces, pero no había la libertad que existe ahora, aunque reducida por prudente autocensura. Antes teníamos una corrupción administrada por el Único Líder, hoy la tenemos suelta y en manos de líderes locales -pequeños aprendices de Stroessner- que comparten y compiten el poder a la manera de los generales chinos antiguos, cada cual con su ejército, dicho en forma figurada. El autoritarismo era intrínsecamente inmoral, hoy la democracia la es por contagio y herencia. Antes el inconforme, rebelde o perseguido se exiliaba en el extranjero si se salvaba de la prisión: hoy grandes sectores de la población, pobres de la periferia pestilente de las ciudades y campesinos sin campos, indigentes, olvidados, indios, niños, excluidos en general, viven exiliados en su propio país, abandonados de la Justicia y víctimas de la paternidad irresponsable del Estado que no atina a concebir su propio papel. El Poder, con mayúsculas, fue antes privilegio de políticos y/o financieros; hoy cambió poco, es de político-financieros. Incapaces de resolver nuestros propios problemas, por mucho tiempo, los políticos golpeaban las puertas de los cuarteles; hoy seguimos en lo mismo, sólo que tocamos el timbre de las embajadas. Curiosamente, con el régimen autoritario floreció el teatro y se publicaron más libros que hoy. Merecemos una explicación del por qué la democracia, o lo que asumimos como tal hoy, provoca tanta modorra cultural.
No defiendo la opresión del pasado, sino la incoherencia de todos los tiempos, genética, racial, folklórica. Asumo que hubo opresión en los cercanos tiempos autoritarios, y que en cierta manera, aunque fuera por omisión, formé parte de ella. —162→ Si es culpa, la he asumido, y la he pagado y la pago con el pudor de mi silencio, de no meterme de rondón y con un cinismo que no tengo, en el mundo de la política, porque no puedo exhibir credenciales válidas, ni me siento cómodo en un partido que ya no es lo que fue y en un país que no ha logrado ser lo que debe. Además, hoy sólo prevalece el clamor apatotado de los jóvenes cuyo fresco idealismo no se escucha sino se manipula, y así, se pierde en el estruendo de los fuegos artificiales la débil voz de alerta de los viejos o se pierde también en el naufragio de la propia claudicación. No es lo mío arrepentimiento, sino razonamiento. No es expiación, sino respeto a la conciencia.
La vida, amable lector, es aparte de la acumulación de los años y de experiencias, también acumulación de enigmas existenciales. Por qué fui lo que fui y por qué soy lo que soy, son interrogantes sin respuestas que irán aferradas, como las semillas espinosas de la yerba mala (tajhá-tajhá) enganchadas a las vestiduras del caminante, hasta la mortaja final.
Si en cada ser humano conviven un ángel y un demonio, cuál de ellos se llevará el alma al final del camino, sólo Dios lo sabe.
En qué país viví, qué país le dejo a mis nietos. En la respuesta, o en la falta de ella, está la luz de nuestra inocencia o la carga de nuestra culpa.