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La muerte del Ñeque

[Versión original]

José Triana



La muerte del Ñeque se estrenó en la Sala Teatro Prometeo el 8 de diciembre de 1963, bajo la dirección de Francisco Morín e interpretada por Idelfonso Tamayo, Samuel Claxton, Reynaldo Rodríguez, Clara Luz Noriega, Carlos Peña, Marta Labatud, Zandra Gómez, Roberto Cabrera y Raúl Xiqués. El papel de Juvencio fue compartido también por Miguel Nin y Enrique Purdon. Realización de la escenografía Isaac Vermal. Ayudante de dirección Isaac Vermal y José Corrales Aguiar.



PERSONAJES
(por orden de aparición)
 

 
PEPE,    mulato.
JUAN EL COJO,   negro.
ÑICO,   blanco.
CACHITA,   negra, vieja.
BLANCA ESTELA,   pelo teñido de rubio, blanca, un poco gruesa.
PABLO,   blanco, parece un adolescente.
BERTA,   mulata, joven, hermosa.
JUVENCIO,   blanco, joven.
HILARIO GARCÍA,    mulato adelantado, 45 años.
 

Escenario: una escalera y cámara negra. Época: los años cincuenta. Lugar: Santiago de Cuba.

 




ArribaAbajoActo I

 

Al levantarse el telón, en escena, ÑICO, PEPE y JUAN EL COJO en semicírculo, en cuclillas, jugando a los dados. Mantienen un diálogo secreto que no llega al público.

 

PEPE.-   (Gritando.)  Mátalo. Mátalo. Tiene que morir...

JUAN.-   (En susurro.) Anoche tuve un sueño. Alguien me gritaba...  (Con voz grave y honda.) Mátalo. Mátalo. No te demores... Llévatelo en la golilla.

PEPE.-   (Con una sonrisa sarcástica.)  ¿Tú crees en eso?

 

(JUAN se encoge de hombros, dubitativo.)

 

ÑICO.-  Yo sí.  

(PEPE se echa a reír.)

  A veces entre sueños se anuncian...

PEPE.-   (Cortante.)  No comas catibía.

 

(Entre CACHITA. Mira a los personajes desdeñosamente. Se acerca a una tabla de planchar y hace como que mueve una sábana. Los personajes quedan un poco sorprendidos. Se oyen cantos del Orile. Estos cantos deben poseer la violencia y el embrujo necesarios para que la escena por momentos adquiera una dimensión de apoteosis sobrehumana. Recuérdese que según la creencia popular los cantos del Orile espantan, eliminan los malos espíritus y al mismo tiempo son una invocación a los buenos espíritus que aconsejan remedios y fórmulas para alcanzar la perfección. En una casa cercana se está celebrando una sesión espiritista. Se supone que sea la casa de Violeta, un personaje que no interviene directamente en la acción de la obra.)

 

CACHITA.-  Esa gente todavía ahí.

PEPE.-    (Molesto.)  ¿Qué es lo suyo vieja?

CACHITA.-  Nada bueno andan buscando.

ÑICO.-    (A PEPE.)  A ella qué le importa.

PEPE.-   (A ÑICO.)  Cada uno con su condena.

CACHITA.-   (Hablando con el público.) La sesión ya empezó. Ha venido gente de todas partes.  

(Se oyen gritos de alguien que se santigua: «Santísimo». Enseguida se intensifican los cantos. CACHITA hace como si se santiguara y también grita.)

  Santísimo.

ÑICO.-  Tendremos cantaleta para rato.

PEPE.-  Esta noche será lo bueno.

JUAN.-  Me luce que hasta muy de madrugada eso no termina.

CACHITA.-  Desde muy temprano Violeta estaba de lo más apurada preparando la comilona y me dijo: «Negra, dese una vueltecita después por acá...» Pero que va, es imposible... Pablo, el hijo de Hilario, me mandó un recado y me dijo que no dejara de subir allá arriba.

ÑICO.-  ¿Le metemos mano a la vieja?

PEPE.-  Hay que ponerse bien los pantalones.

JUAN.-  Calma, pueblo, calma.

ÑICO.-  Pero, mi socio...

JUAN.-  Nada, nada...

CACHITA.-  Yo no le puedo hacer un feo a Pablo. Es tan bueno y tan cariñoso conmigo. Habrá fiesta, y en grande, si se confirma la noticia. Su padre asciende, asciende... A mí me encantan esos bretes.  (Directamente al público.) A lo mejor ustedes mismos se pueden colar y pasan un buen rato.

JUAN.-   (En tono extraño.)  A lo mejor.  (Mira hacia la casa.) 

ÑICO.-   (Sonriendo.) Que Dios la oiga, vieja.  (Se arregla la gorra.) 

CACHITA.-   (Ofendida.) Qué falta de respeto. ¿A qué viene eso de vieja? Sesenta años no es nada. Al contrario, todavía me queda mucho por delante y seguiré dando guerra.

PEPE.-   (En tono de burla.) Vaya, vieja, vaya... Usted es igualita a esta casa: el día menos pensado se derrumba.

CACHITA.-   (En el mismo tono.)  Que se quiten eso de la cabeza, corazón. Lo digo yo. No son los primeros que me lo dicen, pero el tiempo pasa y seguimos ahí, ahí, siempre ahí, duélale a quien le duela y pésele a quien le pese. Ah, y para que se enteren: Hilario difícilmente dejará esta casa... Por nada ni por nadie... Porque oportunidades ha tenido... Y ya ves...

PEPE.-   (Interrumpiendo.) A mí me han dicho que ese tipo tiene plata cantidad.

CACHITA.-   (En el tono anterior.) La política, mi vida, la política. (A alguien determinado del público.)  ¿Qué te has figurado tú? Hilario, Hilario no es ningún bobo. Lo que pasa es que las cosas no le han salido siempre como él hubiera querido. Su padre tenía buena plata y, qué sé yo, cuanto Dios crió... Y él mismo reconstruyó esta casita que antes era un bajareque.

JUAN.-   (Con sorna.)  Y, ¿qué más...?

ÑICO.-   (Implacable.)  A Hilario le decían El Mulato.

CACHITA.-   (Fingiendo.) Ah, eso sí que no...  (Con cara de asco.)  La gente es tan envidiosa... y no soporta que uno siempre esté arriba, como la espumita, como la espumita.

PEPE.-   (Molesto, a ÑICO.)  Bueno... y... ¿qué tiene de particular? Aquí el que no tiene de Congo tiene de Carabalí.

ÑICO.-   (Hipócritamente.) Dicen que es muy buena gente.

CACHITA.-   (En tono de soliloquio.)  A mí, en lo que me toca, no tengo ninguna queja. Conmigo se ha portado de lo mejor.  (Satisfecha, sonriente.)  Es un bárbaro. Lo que yo le he visto hacer. La gente dice y repite y habla hasta por los codos, pero nadie dirá nunca la clase de hombre que es.

ÑICO.-  Mi madre dice que él era abogado hace algunos años atrás...

JUAN.-  ...Y que andaba comiendo candela...

PEPE.-  ...Y cuando murió su mujer daba grima verlo...

ÑICO.-  ...Entonces el padre de Juvencio lo metió en la Policía.

CACHITA.-   (Con evidente malestar.)  Hilario ha tenido que vivir de sabe Dios cuántas cosas. Imagínese usted que a los 12 años tuvo un disgusto con su padre y se fue de la casa y se hizo dependiente en una tienda. Ese mismo año murió el viejo y entonces tuvo que hacerse cargo de la casa y la madre y su hermana que luego se metió a bailarina y andaba enseñando los muslos al mismo pipisigallo... Después, no sé... Un hombre cuando está en apuros y tiene tantos compromisos en la cabeza... Esta noche tendremos la noticia de su ascenso. Ya estoy nerviosa pensando: ¿será? ¿o no será?... Cuando lo sepa voy a coger una fuega de padre y muy señor mío.

JUAN.-  A la verdad que ese tipo se las traquetea.

PEPE.-  Caballero, ¿qué les parece si hago una apuesta?

 

(Los tres personajes se levantan.)

 

JUAN.-  ¿Qué clase de apuesta?

PEPE.-  Allá va eso. Ahora veremos quién es valiente a prueba.  (Se ríe.) Ahí va la bola. ¿Quién se atreve a decir lo que piensa de la mujer de Hilario?  

(A ÑICO y a JUAN les hace muy poca gracia la apuesta de su compañero. El comienza a moverse como si fuera un catcher que recibe la bola en un juego de pelota. Su voz tiene el tono de los narradores deportivos de la época. Mira y sonríe a los amigos.)

  Strike one. Strike two. Que no se diga. Strike three. Ponchao.  (Se incorpora. En otro tono.)  A ver, yo quiero sinceridad.  (Con un gesto gracioso de los brazos. A JUAN.)  Sinceridad mi tierra. Es una preguntica de poca importancia. ¿La repito? ¿Vuelvo a repetirla?  (Fingiendo desaliento.) Que no se diga que no hay hombre aquí.  (Entre risas y gritos que más bien parecen vómitos.)  ¿Quién se atreve y me dice lo que piensa de la mujer de Hilario?

ÑICO.-   (Haciéndose el bobo.) ¿De su mujer?

JUAN.-   (Haciéndose el indiferente.)  Bah, de su mujer...

PEPE.-   (Rectificando.)  Sí, de su mujer.

CACHITA.-   (Indignada.)  No tienen otra cosa que hacer.

PEPE.-  Eh, eh, cálmese, vieja.

CACHITA.-  Mientras yo esté aquí, no permito...

PEPE.-  No se agite que eso no se cura.

CACHITA.-  ¿Cómo se atreven?

PEPE.-  Usted es la que tiene que callarse.

CACHITA.-  Ya esto es el colmo. ¿Así que me van a dar órdenes? ¿A mí? ¿A mí? Están locos o estuvieron fumando marihuana.  (Enérgica.) ¿Qué andan buscando?

PEPE   (Como un gallito de pelea.) Eso a usted no le importa ni tiene por qué averiguar. He hecho una pregunta y estoy esperando que me contesten.

 

(CACHITA, indignada, recoge las sábanas.)

 

ÑICO  Pues, chico, ¿a qué viene tanto alarde y tanto cuento?  (Desafiante.) Aquí nadie tiene miedo. A ver, ¿qué cosa es el miedo? (Comienza a gesticular, a hacer piruetas como si estuviera temblando.)  Que me come el león.  (Pausa. En otro tono. Como si fuera a correr.)  Liberales del Perico, a correr.  (De pronto se detiene.)  ¿Tú, de verdad, quieres saber...?  (Encogiéndose de hombros.) La mujer de Hilario es la mujer de Hilario.  

(Risas de PEPE y JUAN.)

  Aquí todo el mundo lo sabe, hasta los perros. Es algo que se cae de la mata. Yo, a mí no me lo crean; pero, desde que era un fiñe, oía decir que la mujer de Hilario, antes que él la metiera en su casa, tenía... vaya, era la dueña de una casa, cerca de Trocha, y habían, no sé por qué, muchos problemas con la Policía y como la plata corría a burujón puñao...   (En tono de sorna.)  Hilario...  (En otro tono. Rápido.) Por aquellos días había muerto el padre de Juvencio. Y, así, de buenas a primeras, a Hilario lo ascendieron a Jefe. No creas, hubo su comentario; pero, bueno... al fin y al cabo... De esa manera tuvo la oportunidad de conocer a Blanca Estela... Porque ella era mujer que no trataba a cualquiera por su cara linda. Hilario enseguida se metió con ella y como habían varios tipos influyentes que le andaban detrás y ella no se decidía por ninguno... Una noche, sin más ni más, se formó tremenda bronca y entonces se pusieron de acuerdo y decidieron jugársela en una partida de siló. El que ganara se llevaba la perla. Hilario se quedó con ella.

CACHITA.-   (Terminando de recoger los trastos.) No aguanto más. Esto es el colmo. Me meto en mi cuarto y se acabó. Las cosas que uno tiene que aguantar, Ay, Virgen del Cobre. La culpa, después de todo, la tengo yo.  

(Risas de los tres personajes.)

  Ya no hay respeto ni consideración.  (Hace mutis.) 

ÑICO.-   (Gritando, mientras sus dos compañeros se divierten.) Ataja. Ataja.  (En otro tono.)  La vieja se fue como bola por tronera.

JUAN.-   (Divertido.)  Caballero, que el relajo sea con orden.

PEPE.-  Esa vieja está chiflada, compadre. Mira que ponerse con ese aspaviento.

ÑICO.-  Si eso lo sabe todo el barrio. Si la gallega Dolores y Maricusa y el negro de Sibanicú y la mujer del chino...

PEPE.-  Lo que yo digo lo digo y no tengo pelos en la lengua.

ÑICO.-  A mí ella no me pone un tapón en la boca.

JUAN.-  Cálmense, señores, por favor.

ÑICO.-   (A JUAN.) Mira, chico, que no me ande jeringando mucho la vieja esa, que Juvencio bien claro habló y...

JUAN.-   (Llamando al orden. Con violencia contenida.) Oye, hazme el grandísimo favor. Aguántate, mi socio, porque así si es verdad que los planes se van al carajo. Una cosa es agitar a la vieja y otra desembuchar como un manso cordero. Esa vieja a nosotros no nos interesa y ella, sin saberlo, nos ayudará. Tenemos que sacarle la hora que viene Hilario. No nos convendría quedarnos montándole guardia... enseguida la gente empezaría con el sigilo, con la sospecha, que si esto, que si lo otro y la mujer de Hilario...

 

(BLANCA ESTELA aparece en lo alto de la escalera. Se oyen los cantos de invocación a San Hilarión.)

 

PEPE.-   (Dando un fuerte silbido.) Hablando del rey de Roma...

JUAN.-  A esconderse, compadre.

ÑICO.-   (Señalando debajo de la enredadera.)  Aquí, viejo, desde allí nos pueden chequear.

JUAN.-  No te chupes el dedo, Ñico.

 

(A regañadientes accede. Los tres personajes se esconden a un lado de la escalera.)

 

PEPE.-   (A sus dos compañeros.)  Mírenla.

BLANCA.-  Ay, qué recondenación.  (Bajando la escalera.)  ¿Por qué se demorará tanto? Le dije que viniera enseguida... No tiene sangre en las venas. Ahorita llega el otro y me va a aguar la fiesta... Ay, Dios mío, qué ganas tengo de acabar con todo esto.  (Desaparece por un lateral.) 

ÑICO.-  Qué mujer, consorte.

PEPE.-  ¿No la habías visto antes?

ÑICO.-  ¿Yo? Naturalmente que sí. ¿Acaso vivo en la Conchinchina?  (Respirando hondo. Exagerado.)  Qué clase de hembra.

 

(PEPE hace gesto afirmativo.)

 

JUAN.-  Ah, pero eso no es nada.  (Sonríe maliciosamente.)  En sus buenos tiempos... Cuando llegó aquí.  (En otro tono.)  Ahora no es ni la sombra. Había que verla. ¿Sabes cómo le decían?  (Tono especial.)  La Millonaria.

PEPE.-  ¿Y eso?

JUAN.-  Por la cantidad de trapos que se ponía y la calidad. En eso sigue igualita. Es un fenómeno.

ÑICO.-  Me hubiera gustado verla.  (En otro tono.)  ¿De dónde diablos habrá salido esta mujer?

JUAN.-  Ah, por ahí se corren muchas historias... Unos dicen que es de Caracas. Otros afirman que no... que es de más lejos, donde el diablo dio las tres voces... Qué sé yo. A lo mejor es de Yateras.

ÑICO.-   (A JUAN.)  Oiga, mi socio, con una mujer así uno no tiene para cuando acabar. Se imagina usted el trance. Ave María Purísima.  (Se rasca la cabeza. A PEPE.)  Mucha luz indirecta. Mucho perfume...  (Risita nerviosa.)  Lo que yo le digo es para morirse.  (A JUAN. Haciendo pantomima.)  Usted viene despacito, entra, se quita la buena camisa de hilo... y la tiene allí... y entonces se dispara como un loco...

JUAN.-   (A PEPE.) Al muchacho le ha dado fuerte.

PEPE.-   (A ÑICO, sacudiéndolo.)  Déjate de comer basura.

ÑICO.-   (Exaltado. A PEPE.) Qué cuadro consorte.  (Dando grandes saltos.)  Qué tremendo cuadro.

JUAN.-   (A PEPE, en voz baja.)  De todas maneras, a mi entender, creo que hemos resuelto algo. Ya sabemos lo que podemos hacer aquí. Hemos adelantado terreno, ¿no? ¿Qué te parece a ti?...  

(PEPE no contesta. Lo mira interesado.)

  Ahora, a esperar. Cuando venga la ocasión, responderemos como un solo hombre. (Señala hacia el fondo.)  Ahí mismo le daremos el golpe y se irá al otro lado sin decir ni pío. ¿Estás de acuerdo? Cumplimos con nuestro trabajo... ah, y si Juvencio no nos hace una charranada, entraremos en la mangadera y a gozar, mi hermano.

ÑICO.-   (Que todavía permanece abstraído en BLANCA ESTELA. A PEPE.) Me luce que ningún tipo podría confiar mucho en esa mujer.

JUAN.-  Es igualita a Hilario.

ÑICO.-  ¿Sí? ¿Por qué?

PEPE.-  Nadie sabe nunca a qué atenerse con él.

ÑICO.-  No juegues.

PEPE.-  Pregúntale a Juvencio lo que le hizo Hilario a su padre. Pregúntaselo. Vamos, hombre, no me digas que no lo sabes. Pues dile que te lo cuente. Vas a llevarte una buena sorpresa... Y así sabrás lo que son estas gentes.

JUAN.-  Cuidado, caballero. Ahí viene la negra loca. (Más bajo.)  Después seguimos.

 

(Aparece CACHITA.)

 

CACHITA.-  ¿Qué esperan...?

JUAN.-  Nosotros...

CACHITA.-  ¿Nosotros qué? A mí ninguno de ellos me engaña. Nada bueno andan buscando. Yo tengo un negro congo que me lo dice todo y ése nunca se equivoca... Así que miren a ver... Pónganse para su número... Se lo aconsejo. Es una advertencia. Esta negra, que ven aquí, sabe mucho.  

(Los tres personajes comienzan a reírse.)

  Partida de degenerados.  (Gritando.)  ¿Todavía no están satisfechos? ¿Quieren saber algo más?  (En tono íntimo.)  Esto sí que no tiene nombre. Mal rayo los parta.

 

(Los tres personajes se van alejando. Sus risas se contienen al aparecer PABLO, el hijo de HILARIO. Es un muchacho de movimientos bruscos. Viene vestido con sencillez. Su piel es bronceada. Sus facciones son vigorosas. Al verlo, JUAN le hace señas a sus compañeros. CACHITA termina de recoger los trastos de planchar imaginarios.)

 

JUAN.-   (En voz baja.) Es el hijo de Hilario.

ÑICO.-  Madre mía, cómo se parece al viejo.

JUAN.-  Ay, viejo, no te confundas. Ese es el mismo retrato de su madre, que en paz descanse.

CACHITA.-   (Refunfuñando.) Pero esto no se queda así. Hablaré. Hablaré con quien tenga que hablar.

 

(Los personajes han desaparecido. PABLO, que ha llegado al inicio de la escalera, al oír la voz de CACHITA, se detiene.)

 

PABLO.-   (Con una sonrisa en los labios.)  ¿Qué le pasa, vieja?

CACHITA.-   (Mecánica. Refunfuñando.)  Nada, hijito, nada. Es que ya estoy más aburrida. Estos ma...  (Dándose cuenta de la presencia de PABLO.) Ah, pero... si eres tú. Qué elegante.

 

(CACHITA se acerca a PABLO y lo besa. PABLO le devuelve el beso, al mismo tiempo).

 

PABLO.-  Usted siempre me ve con buenos ojos.

CACHITA.-  Lo digo porque lo siento.  (Se ilumina su rostro.) Tengo noticias fresquecitas.

PABLO.-   (Ocultando su interés.)  Cuánto me alegro.

CACHITA.-   (Muy confidencial.)  Berta, mi nieta, regresó de la Habana y me preguntó enseguida por ti.  

(PABLO frunce el ceño.)

  Eso me gusta; deja ver si así se encarrila y no anda bobeando tanto.  (Al descubrir la fría impresión que le ha causado esta noticia a PABLO, cambia la conversación.) Y tu padre todavía no ha llegado. Hoy es el día. Ojalá que todo salga a pedir de boca. Lo contento que se pondrá.

PABLO.-  Eso espero. Aunque...

CACHITA.-  Déjate de andar pensando cosas raras.

PABLO.-  ¿Qué quieres decir...?

CACHITA.-   (Casi cantando.) Me figuro, me figuro...  (En otro tono.)  No sé... Algo me quieres ocultar. Hace dos días que apenas te veo. Ya no vienes a conversar conmigo. Ni a tomar el buche de café que tanto te gusta... ¿Te he hecho yo algún desaire?

PABLO.-  No seas boba. En estos días tuve exámenes en el Instituto y como andaba en ese corre-corre... Vamos, viejita linda, no se ofenda. Usted sabe que yo la quiero...

CACHITA.-   (En tono falso.)  Sí, hijito.  (En un tono frío, sutil, inquietante.)  Blanca Estela me dijo que habías ido a ver al médico porque estabas nervioso...

PABLO.-   (Sorprendido en su fallo.) Sí...  (En tono débil.)  Me fui hasta Enramada.

CACHITA.-  Comprendo que no te sientas bien. (Con furia interior.)  Es un descaro. Es una vergüenza.

PABLO.-   (Tratando de disimular.) ¿De qué hablas? No entiendo ni media palabra.

CACHITA.-  Pues no estoy hablando en chino ni cosa que se parezca.

PABLO.-   (Con una sonrisa fría.) Aclárame entonces.

CACHITA.-  Prefiero la tranquilidad de mi conciencia, antes que nada. (En tono severo.)  Creo que debes andar con pies de plomo, que debes averiguar a fondo eso que te mortifica; y que Dios me perdone si soy mal pensada...

PABLO.-  Cada vez te entiendo menos. ¿De qué se trata?

CACHITA.-   (Con sigilo, mirando a todos los lados.) De Juvencio...

PABLO.-  ¿De Juvencio?

CACHITA.-   (En tono desenfadado.) Ese tipo me trae muy mala espina.

PABLO.-  ¿En qué te basas?

CACHITA.-  Ay, chico, no sé...

PABLO.-  Eso no tiene sentido.

CACHITA.-  Es un presentimiento. Algo que no atino yo misma a descubrir.  (Haciendo una caricatura de JUVENCIO.) Es que tiene una manera tan desfachatada de tratarla a una...  (Con gran aspaviento.)  No soporto esa carita de «yo no fui». Me cae como una patada en la boca del estómago... Ah, y esa miradita... Que parece que se va a derretir como la mantequilla.  (En otro tono.)  Él se cree que es el bárbaro, el conquistador, el Jorge Negrete de la película... Y conmigo, mi cielo, ese carro se ponchó.

PABLO.-   (Nervioso.) Pero es que...  (Se sonríe y disimula. De golpe.)  Son imaginaciones tuyas.

CACHITA.-   (Con gran convicción. Tajante.) Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Te lo digo yo.

 

(En ese instante aparece BERTA, es una joven mulata, de hermosas facciones y porte distinguido.)

 

CACHITA.-  No me hagas caso.  (Al ver a BERTA sonríe. Entre ellas se descubre cierta complicidad. Cantando.) Laralila, Lararila... El amor... Laralilla...  (Corriendo y entrando en la casa.)  Los frijoles deben haberse achicharrados.

PABLO.-   (A CACHITA.)  Tenemos que seguir hablando. No te olvides.

 

(Comienza a subir las escaleras. BERTA, en medio del escenario, lo contempla extasiada.)

 

BERTA.-   (Dulcemente dolorida.)  ¿Te vas?  (Pausa.) Está bien... sube.

PABLO.-  No me siento bien.

BERTA.-  ¿Entonces...?

PABLO.-  Quiero darme una ducha.

BERTA.-  Será mejor que me vaya.

PABLO.-  No te ofendas.

BERTA.-   (Hondamente emocionada.) Quédate. Es una lástima que te sientas mal.

PABLO.-   (Con las manos apoyadas en el pasamanos de la escalera.) No me hagas caso.  (Sonriente. Compasivo. Bajando la escalera.) Ya se me pasará.

BERTA.-  ¿Quieres que vaya a...?

PABLO.-  Si no es nada del otro mundo.

BERTA.-  Deja ver si abuela...

PABLO.-  No la molestes. Bah, olvidemos eso.  (Cerca de ella, en tono amable.) ¿Así que llegaste hoy? ¿Qué tal de viaje?

BERTA.-   (Indiferente.)  Bien.

PABLO.-  ¿Y por la capital?

BERTA.-  Bueno... (Sin darle la menor importancia a lo que dice.)  A la verdad que no me fijé mucho. Creo que todo sigue igual.

PABLO.-   (Sin saber cómo continuar la conversación.) Algo debe haber cambiado...

BERTA.-  A mi me pareció...

PABLO.-  A lo mejor no te fijaste.

BERTA.-  Es que yo...

PABLO.-   (Inquisitivo.) ¿Tú, qué?

BERTA.-   (Consigo misma.) Qué guanaja soy.  (De golpe y temblorosa.)  No me siento bien en ningún lado.

PABLO.-   (Abstraído.)  Eso ocurre a menudo.

BERTA.-   (Con el rostro iluminado.)  ¿Sí? ¿A ti también?

PABLO.-   (Sin darse cuenta.) A mí también.

BERTA.-   (En un arrebato de alegría. Lo coge por los hombros y lo sacude.)  Y yo creía que no... que no... que era pedir mucho...

PABLO.-   (Severo.) Perdona... ¿de qué estás hablando?

BERTA.-   (Apasionada, como una niña.) Te quiero, Pablo. Me gustas. Mucho. Muchísimo.

PABLO.-   (Cruel, implacable.)  No vuelvas a decir eso.

BERTA.-  Pero si es la verdad.

PABLO.-  Olvida lo que has dicho.

BERTA.-  ¿De veras...?

PABLO.-  No quiero esos problemas por ahora. Tengo que terminar en el Instituto. Luego la Universidad... Papá quiere que sea un buen abogado.

BERTA.-  Pero, si habíamos quedado, que cuando regresara de la Habana, íbamos a hablar con calma... y hasta creo yo que...

PABLO.-  Olvida Berta. Quítate eso de la cabeza.  (En tono seguro.) En estos últimos días lo he decidido. Papá me necesita.

BERTA.-   (Rápida, igual que una muchacha ingenua.) ¿Y vas a sacrificarte? ¿Acaso tú crees que tu padre se lo merece?

PABLO.-   (Duro. Firme.)  ¿Por quién mejor que por él?

BERTA.-   (Arrepentida. Cabizbaja.) Perdóname.  (Pausa. Temblorosa. Balbucea.)  Pablo, ¿no hay acaso...? ¿Acaso no hay otra?

PABLO.-   (Indignado.) No seas mentecata. Te he dicho que no me casaré.

BERTA.-  Abuela dice que alguien anda contando cosas por ahí.

PABLO.-   (Rotundo.) Pues tu abuela se equivoca.

BERTA.-  Esta mañana, me dijeron que Juvencio se puso a hacer alardes y...  (Con intención) y Blanca Estela...  (De golpe.) A Blanca Estela le gusta...  

(No termina de decir la frase. PABLO, bruscamente, hace ademán de irse. Tratando de contenerlo.)

  No te pongas así. No es para tanto. Es que lo tenía en la punta de la lengua...  (En otro tono.) Como Blanca Estela se cree tan importante y todos los hombres se vuelven locos por ella.... Juvencio se paró en la esquina y miraba para aquí y parecía comerse la casa... Yo me puse a pensar... Nada... Que ya tú ves... Boberías...

PABLO.-  Juvencio es amigo de la familia.

BERTA.-  ¿Tú sabes quién es?

PABLO.-  Papá dice...

 

(BLANCA ESTELA aparece. Su rostro expresa una maligna satisfacción.)

 

BLANCA.-   (Sonriente, con voz dulce. A PABLO.) Me parece que tratas muy mal a Berta. (Con intención.)   No se lo merece.  (Insinuante.)  ¿No es verdad, Berta?  

(BERTA, aturdida, balbucea, mueve las manos sin saber qué hacer.)

  En realidad, no sé qué estaban hablando... Aunque me lo figuro.  

(PABLO mira a BLANCA ESTELA con odio.)

  ¿Por qué pones esa cara?  

(BERTA muestra deseos de salir corriendo.)

  Yo, a tu edad...  (Suspirando.)  Ay, los años a una la van acabando...

BERTA.-   (Moviendo la cabeza y apretándose las manos en señal de nerviosismo.)  A mi madre le pasa lo mismo allá en la Habana.

BLANCA.-   (Suspira.) Es una desgracia.

BERTA.-  Tengo que ver a Beba para un vestido que le voy a hacer. Adiós, Pablo. Hasta otro momento, señora. (Hace mutis.) 

BLANCA.-  Hasta luego, hijita. (Mirando a PABLO con intención.)   Oye, no dejes de venir esta noche.

PABLO.-   (Con odio.) ¿Por qué lo hiciste?

BLANCA.-   (En tono mesurado.) ¿Hice algo malo?  (Dulce, ingenua, con la mano izquierda en el pecho.)  Perdóname. (Como si pensara o reflexionara interiormente.)  No sé; pero, realmente... no veo el motivo.

PABLO.-  ¿Me meto yo en tus cosas?

BLANCA.-  Ah, esa manera que tienes de hablar... ¿Estás ofendido conmigo?

PABLO.-  Lo que me pasa, a ti no te importa.

BLANCA.-    (Muy suave. Acercándose a PABLO.)  Es doloroso saber que un muchacho como tú, a tu edad, sea capaz de decir semejante barbaridad. ¿De qué te quejas? ¿De mí? ¿De tu padre?  (Con una sonrisa.) Eres injusto, Pablo.

PABLO.-  Pienso lo que tengo que pensar.

BLANCA.-   (Cínica.)  Nadie va a quitarte tus pensamientos. Pero ten presente que pueden ser castillos en el aire o agua de borrajas.

PABLO.-   (En un tono misterioso y cruel.)  No lo creas. Ya lo sabrás en el momento oportuno.

BLANCA.-   (Burlándose.)  Ay, cuidado con el coco. (En otro tono.) Eres un chiquillo atolondrado que no sabe dónde tiene puestos los pies.

PABLO.-  Si eso te conviene, sigue pensando así.

BLANCA.-  En estos días no has parado en casa y no he querido decírselo a tu padre.

PABLO.-  Necesito estar solo.

BLANCA.-  ¿A dónde te metes?

PABLO.-  Por ahí, en cualquier lado. En el cine, en los billares, en la pelota.

BLANCA.-   (Enérgica.) ¿Y las clases del Instituto? Cuando tu padre se entere va a poner el grito en el cielo.

PABLO.-  Si no se lo dices....  (En un tono inquisitivo.)  Yo sé bien que no le dirás nada, porque no te conviene.

BLANCA.-  ¿Me amenazas?

PABLO.-  Me juego una carta.

BLANCA.-   (Con una sonrisa, llena de miedo, tratando de ser superficial.)  Las cartas de la baraja... Rey de bastos...

PABLO.-   (Muy suave. Ladino.)  Triunfo.

BLANCA.-   (Lo mira con desprecio. Sin darle mucha importancia a lo que dice.) Hoy, al mediodía, fui a casa de Violeta y me tiraron las cartas. Lo hice por no aburrirme. Estaba sola. La casa parecía que se me iba a caer encima. A veces siento que estoy metida en un hoyo y me entran unos deseos locos de echar a correr y pedir auxilio... Violeta me aconsejó que pusiera un vaso de agua debajo de la cama para tranquilizar a los espíritus y a las malas influencias. Quizás ella tenga razón. Y que cuando tuviera un mal pensamiento...   (Con indiferencia.)  A propósito, en la esquina, me encontré con Juvencio...  (Tratando de ser confidencial.) Ese hombre está loco.  (Ríe.) Loco de remate. Me dijo que esta noche vendría a hacernos la visita.

PABLO.-   (Nervioso.)  Y tú, ¿qué le dijiste?

BLANCA.-  ¿Qué iba a decirle?

PABLO.-   (Cruel.)  Le dijiste que sí.

BLANCA.-   (Haciéndose la ingenua.)  ¿Qué otra cosa podía hacer? No me iba a portar como una grosera. Además, si esta noche vienen otros amigos, ¿por qué negarle la entrada? La idea de la fiesta es cosa tuya; y fue hoy cuando me vine a enterar... Si quieres aprovecharte de eso, haz lo que se te antoje.

PABLO.-  ¿Sabe papá que Juvencio te ve con tanta frecuencia?

BLANCA.-  ¿Hay que decírselo?

PABLO.-   (Enfático.) Ese hombre no me gusta. Anda buscando algo. (Suplicante.)   Tú no debías ser tan...

BLANCA.-  ¿Por qué me hablas en ese tono?

PABLO.-   (Con una sonrisa. Tono suave.) No te preocupes. La sangre no llegará al río.

BLANCA.-  Sigues así... y tendré que...  

(PABLO abraza a BLANCA ESTELA y ésta comienza a forcejear.)

  No me faltes al respeto, Pablo. ¿Te figuras que voy a seguir aguantando tus insolencias? No te lo permitiré. ¿Me estás oyendo? Antes tendrás que... Ni muerta.  (Separada de PABLO. Burlándose.)  ¿Me oyes? Ni muerta.  (Comienza a subir la escalera.) 

PABLO.-   (En tono de sarcasmo.) Cálmese, señora. No se agite.  (En tono hiriente.)  Pronto hablaremos, tú y yo, frente a frente. Entonces... veremos. Ése es el juego.

 

(PABLO hace mutis. BLANCA ESTELA queda inmóvil en lo alto de la escalera. Se oyen cantos que anuncian la entrada de JUVENCIO, acompañados por el toque del bongó, las maracas y las claves. JUVENCIO avanza hasta el centro del escenario en primer plano.)

 

JUVENCIO.-  A ése lo tumbo yo. ¿Qué te parece? No estoy haciendo alarde, mi socio. Ven acá, Pancho, ¿tú crees que yo soy un berraco?  (En otro tono. Con gran sabrosura.)  Cuidado con eso.  (Pausa.) Todavía recuerdo cuando llegaba a casa... Hilario y mi padre eran amigos. Mi padre era Jefe de la Policía y le buscó trabajo en la oficina. Hilario comenzó a hacer negocios sucios con la gente de la Aduana. Mi padre le llamó la atención. No le gustaban los chanchullos.  (Comienza a subir la escalera.)  Hilario aspiraba, aspiraba, aspiraba a ser un tipo importante. Mi padre era un obstáculo. Un día...

BLANCA.-   (Horrorizada.)  ¿Lo mató?

JUVENCIO.-  No sé.

BLANCA.-  Es horrible.

JUVENCIO.-  Lo encontraron con la boca llena de hormigas. Hilario aprovechó que tenía un amigo en el Senado.

BLANCA.-  Cállate, amor mío.

JUVENCIO.-  No puedo olvidar.

BLANCA.-  ¿Qué vas a hacer? Aún podremos ser felices. ¿Me quieres?

JUVENCIO.-   (Sensual. Estrechándola en sus brazos.) ¿No lo estás sintiendo?

BLANCA.-   (Con desenfado.) Es el amor, Juvencio. El amor. No debimos ir a vernos a casa de Violeta. Debí traerte a esta casa. Te quiero demasiado. Es como si mi piel y mi sangre... No vivo si no estoy en tus brazos, si no siento tu cuerpo. Bésame.  

(Él comienza a besarle el cuello, los labios, los ojos, la frente, en un arrebato, murmurando palabras ininteligibles.)

  Ay, amor mío. Bésame. No sabes de las noches que he deseado morir. Ay, apártame de ese hombre. Llévame contigo. No quiero ver más, nunca más a Hilario. Me repugna. Siento asco de sus manos húmedas. A veces yo misma he pensado matarlo.

JUVENCIO.-  Eso es lo que yo quiero.

BLANCA.-  No, tú no.

JUVENCIO.-  ¿Por qué?

BLANCA.-  Te meterían en la cárcel.

JUVENCIO.-  Déjate de boberías.

BLANCA.-  ¿Para qué vamos a seguir soñando? Soñemos un sueño distinto.

JUVENCIO.-  Te echas para atrás.

BLANCA.-   (Jugando, mimosa.) Te quiero. (Le besa los labios repentinamente.) 

JUVENCIO.-  Decídete.

BLANCA.-   (En el mismo tono de juego.)  ¿Qué buscas?

JUVENCIO.-  Necesito plata.

BLANCA.-   (Contemplando extasiada.) ¿Cuánto?

JUVENCIO.-  Lo que sea.

BLANCA.-  ¿Cuánto será?

JUVENCIO.-  Esta noche unos tipos...

BLANCA.-  ¿Esta noche? (Saca un rollo de dinero del seno y se lo entrega a JUVENCIO.) 

JUVENCIO.-  No podemos perder tiempo.  (Se guarda el dinero y la abraza.) 

 

(La escena va cobrando una luz misteriosa. Los tres personajes [JUAN, PEPE y ÑICO], entran en escena hacia el primer plano. Juegan al billar. Se oye el golpe del taco a la bola y el choque de una bola contra otra. Los tres personajes comienzan a moverse extrañamente.)

 

JUAN.-   (Gritando.) Así mismo.  (En otro tono.) Blanca Estela y Juvencio... Qué barbaridad. Y el hijo de Hilario no lo sabe, compadre.

PEPE.-  Qué compadre ni comadre. Dale a la bola y olvida el tango.

 

(Se oye el golpe de la bola.)

 

JUAN.-  Ah, pero a lo mejor tampoco sabe lo que dicen por ahí.

ÑICO.-  Bola sucia.

JUAN.-  El viejo Hilario ha dejado de estar en gracia con la gente de arriba.

ÑICO.-  Bola mala.

PEPE.-  Vamos a ver ahora cómo se las arregla. (Ríe.)  Cuando todos le vayan a pedir cuentas...

ÑICO.-  Bola blanca.

JUAN.-  No, a lo mejor, no. Es muy probable que nosotros nos adelantemos.

PEPE.-  Si Juvencio se decide y nos aclara el negocio...

JUAN.-  Plata en mano y uno menos soplando.

 

(La escena siguiente debe dar la sensación de que los tres personajes están observando un acto sexual.)

 

BLANCA.-  Soy feliz. Haré lo que tú quieras.  (Aferrándose a sus hombros.)  Ya sé que no tienes escrúpulos. Soy igual que tú. Yo también tengo que vengarme. Iremos al final... Eres mi dueño... ¿Será esta noche...?

JUVENCIO.-  Te lo prometo.

ÑICO.-  Mira esa bolita. Redondita. Como me la recetó el médico. En su punto, consorte. Déjamela, no me la toques. Apártate. No me vayas a quitar la inspiración. Esta va al directo.

 

(BLANCA ESTELA y JUVENCIO se besan.)

 

PEPE.-   (En el mismo tono.)  En el centro, en el centro. Pongan una cervecita.

JUAN.-  Hay que estar vigilando. Hilario segurito llega de un momento a otro.

PEPE.-   (En un grito.)  Mátalo.

JUAN.-   (En el juego.)  Ese tipo no tiene agallas para eso.

 

(BLANCA ESTELA y JUVENCIO van quedando en la sombra.)

 

BLANCA.-  Júramelo.

JUVENCIO.-  ¿Cómo quieres que te lo jure?

 

(Desaparecen.)

 

PEPE.-  Por aquí.

ÑICO.-  Suave.

PEPE.-  Por acá.

ÑICO.-  Suave.

PEPE.-  Afinca, dale duro.

JUAN.-  No lo pienses.

PEPE.-  En el centro, en el centro.

JUAN.-  Un golpe y nada más.

PEPE.-  Métela.

ÑICO.-  Suave.

PEPE.-  Rápido.

JUAN.-   (En un grito.) Carambola.

PEPE.-  Eres un paquete, mi socio.

BLANCA.-   (Gritando desde dentro.) Al fin podré respirar en paz.


 
 
(CAE EL TELÓN.)
 
 

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