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Lo que dicen las cacerolas

Sergio Ramírez





Dice el escritor Augusto Monterroso, conocido por sus relatos que de tan breves se leen como aforismos, que en América Latina vivimos hoy en día más que una democracia de papel, una «democracia de papeleta», porque la democracia sólo es válida el día que los votantes depositan su papeleta en las urnas. Después, cuando los gobernantes electos entran en los palacios presidenciales, llenos de buenas intenciones, o de malas intenciones ocultas desde el principio, los cambios de poder no hacen sino multiplicar los desencantos de los votantes. En primer lugar, porque las promesas de bienestar y empleo, que son las más socorridas durante las campañas, por lo general nunca se cumplen. Y luego, porque los escándalos de la corrupción, dada su magnitud y sus artimañas, desafían la imaginación del mejor de los escritores de ficciones, aún la de alguien como el propio Monterroso.

Algunos candidatos que llegan al poder, algunas veces no pueden cumplir lo que prometen, no porque no quieran, sino porque no pueden. Si algo han perdido en general los países latinoamericanos en las últimas dos décadas, es la capacidad de tomar decisiones independientes sobre sus políticas económicas y financieras. El Fondo Monetario Internacional se encarga de sentar a los presidentes recién electos en el pupitre de los alumnos principiantes para leerles la cartilla de lo que es tolerable, y de lo que no lo es. Y generalmente, tras unos pocos meses, o tal vez años, resultan aplazados los que prometieron mucho, y aún los que prometieron poco.

La dura realidad se encarga de deshacer las promesas electorales que llenan de esperanzas, y entusiasmo muchas veces, a los votantes, que van cada vez a las urnas olvidándose del desengaño anterior. Usualmente, un candidato promete empleo, en países como los nuestros, con altas tasas de desocupación. Y promete escuelas, salud, caminos. Promete créditos para los agricultores, cuyos ciclos de ruina son cada vez más frecuentes. Y la gente espera con paciencia que pase un período prudencial de prueba para el nuevo gobernante, a ver qué hacer con sus promesas.

De paso, las promesas de uno y otro candidato, sus programas electorales, se parecen como dos gotas de agua, aunque sus ideologías sean opuestas. Es que no hay nada nuevo, ni diferente, que prometer. Y las campañas son manejadas ahora por las agencias de publicidad, que piensan en la envoltura del jabón, más que en su poder de lavar bien. Al concepto de democracia de papeleta, tendríamos que agregar el de democracia publicitaria, la democracia del marketing.

El gobernante electo hace todo lo contrario de lo que había prometido. No sólo no crea nuevos empleos y dedica más dinero a la salud y a la educación, sino que bajo la mira del Fondo Monetario, recorta brutalmente el gasto público para cuadrar las cuentas nacionales. Recortar el presupuesto, y por lo tanto, reducir los gastos sociales, para conseguir, a su vez, la reducción de la deuda externa, y tener dinero para pagar los intereses de la deuda externa, son las reglas de oro de esa cartilla. Y privatizarlo todo, porque bajo esa misma cartilla, el estado, bajo la acusación de pésimo administrador, debe entregar aún los servicios básicos como la energía eléctrica, el agua potable, y los teléfonos. Este cambio de manos generalmente trae más despidos, y no pocas de esas empresas públicas, una vez privatizadas, quiebran porque no son tan rentables como sus nuevos dueños creían. O sirven para amparar operaciones corruptas.

El que la democracia de papeleta funcione nada más el día de las propias elecciones, puede resultar una exageración. Y en América Latina no hay que culpar de exageraciones a los escritores, pues muchas veces la realidad es aún mucho más exagerada. Pero aunque en un sistema que hasta hoy yo llamaría «de prueba y error», los electores siguen eligiendo gobernantes poco eficaces por lo general, y tantas veces corruptos, la mejor pregunta que me hago siempre es si estaríamos mejor bajo las viejas dictaduras militares que reprimían a muerte en nombre de la seguridad nacional, y cerraban los espacios ciudadanos, cero opinión libre, y cero prensa libre.

Padecemos muchas democracias ineficaces en cuanto a la capacidad de los gobiernos de enfrentar los problemas más agudos de la sociedad, y son gobiernos que se tiñen también con las manchas indelebles de la corrupción antes de que haya pasado poco tiempo. Pero la sociedad civil tiene fuerza ahora, tienen fuerzas los organismos defensores de los derechos humanos, y tienen fuerzas los medios de comunicación, sobre todo cuando toman por bandera la investigación y la denuncia de los actos de corrupción. Y a ninguna cúpula militar se le ocurriría hoy en día deponer a un presidente electo para colocar a la cabeza del gobierno a un general, o a una almirante, como pudimos ver aún en el fracasado intento de golpe de estado de Venezuela, cuando los militares lo que hicieron fue llamar a un empresario para sustituir efímeramente a Chávez.

Mejor entonces la democracia de papeleta, o como queramos llamarla, que las viejas dictaduras que padecimos ayer, aunque las crisis abiertas por los gobiernos civiles que llegan al poder por el voto, se sigan repitiendo con distintas variantes en el continente, y no tengamos a la vista soluciones para las crisis que nos sacuden. Mejor, para la futura salud de la democracia, que la gente tenga la posibilidad de salir a las calles haciendo sonar sus cacerolas, y pueda tumbar de manera cívica a un gobierno electo que se agota son remedio, a que salgan los carros blindados de antes.

Ya habían sido tumbados gobiernos por votantes aburridos de promesas incumplidas, y asqueados por la corrupción, en Brasil y en Ecuador. Pero el ejemplo más dramático es el de Argentina. Desde la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, provocada por la protesta popular, la estabilidad política parece lejos de conseguirse. En América Latina nos acostumbramos por mucho tiempo a ver a Argentina como el modelo de desarrollo europeo a que todos aspirábamos, y si los argentinos se veían a sí mismo como europeos, y querían ser como los europeos, nosotros queríamos ser como los argentinos. Es un sueño de estabilidad económica, clase medida pujante, pleno empleo, inflación controlada, exportaciones crecientes, educación y salud de calidad, que las dictaduras militares, la ineficiencia repetida, y sobre todo la corrupción de la cúpula política, se encargó a lo largo de varias décadas de deshacer, hasta llegar a la explosión final.

O el caso no menos dramático de Venezuela. Ante el agotamiento del sistema político, malversado por los mismos partidos democráticos, un militar subalterno pudo alzarse como héroe popular después de un fallido golpe de estado. Un héroe populista, que ofrece soluciones para todo y no tiene eficacia para manejar la economía de un país inmensamente rico gracias a su petróleo, y por paradoja, inmensamente pobre, porque en amplios sectores de su población la miseria tiene niveles tan altos como los de Nicaragua, que no produce petróleo del todo. Son las promesas incumplidas de Chávez las que han dividido hoy a Venezuela, y mientras un sector inmenso de la población que ya no cree en él, demanda su salida, otro sector, donde están los más pobres, quiere que se quede, porque todavía cree en él, y antes sólo ha visto que los de arriba se reparten el pastel. Pero sin lograr el consenso, que es clave para cualquier democracia, difícilmente podrá salir adelante.

La corrupción, madre de todos los vicios. Llegan a los palacios presidenciales gobernantes con mentalidad de nuevos ricos, que ven al estado como un botín, y quieren tenerlo todo de una sola vez, yates de lujo, mansiones, casas de veraneo, flotillas de Mercedes, y como buenos nuevos ricos, no se cuidan de ocultarlo. La riqueza instantánea que adquieren en pocos años, ofende a la inmensa mayoría de ciudadanos que viven en las peores condiciones de miseria, y son quienes a la hora de la aplicación de los programas de ajuste monetario, pagan los platos rotos, porque suben las tarifas de los servicios públicos, y los salarios se mantienen deprimidos, o se van a engrosar las legiones de desempleados, al tiempo que ven a otros derrochar lo que no es suyo.

En Nicaragua, el presidente Arnoldo Alemán y su círculo de allegados íntimos saqueó al país sin ningún pudor en apenas cinco años, algo que a la familia Somoza le llevó medio siglo. Hoy, los nicaragüenses tienen claro que sin terminar de raíz con la corrupción, no podrá haber posibilidades de progreso económico. La corrupción ha minado la credibilidad de los tribunales de justicia, para empezar. Hoy, la revelación sorpresiva es el presidente Enrique Bolaños, un hombre escogido por el propio Alemán como su sucesor, que ha empezado la difícil tarea de devolverle al país los valores éticos perdidos, abriendo procesos penales contra los corruptos. Unos están yendo a la cárcel, otros se fugan del país.

Si Arnoldo Alemán, caudillo del partido liberal, no comparece ante los tribunales de justicia, es porque el pacto político que firmó con Daniel Ortega, caudillo del partido sandinista, lo protege. Ortega, en este pacto de repartición de cuotas de poder político firmado antes de las últimas elecciones que ganó Bolaños, le regaló un asiento gratuito en la Asamblea Nacional a Alemán, quien se protege detrás de la inmunidad parlamentaria antes los múltiples acusaciones judiciales que llueven hoy en su contra. Las cacerolas podrían lograr el milagro de que Alemán tenga que terminar en los tribunales.

Los modelos económicos planteados como alternativa para América Latina en las últimas décadas están en muchos casos agotados, pero los sistemas políticos no lo están de ninguna manera. Lo que necesitan es ser fortalecidos, y se necesita darle continuidad al acto de elegir, ejercido por los ciudadanos, con gobiernos que empiecen por establecer la decencia como regla, y que conviertan la corrupción en el peor de los anatemas. Las quiebras bancarias fraudulentas, cuyos costos terminan pagando los contribuyentes de los impuestos -como ha ocurrido en Nicaragua-, las ventas ilegales de armas -como ocurrió bajo el gobierno de Menem en Argentina-, la compra en dinero al contado de dueños de canales de televisión, parlamentarios, dirigentes políticos -como ocurrió en Perú bajo el dúo Fujimori-Montesinos-, la mezcla de los dineros del narcotráfico en los conflictos bélico -como en Colombia- son males urgentes de combatir, porque corroen los cimientos de la democracia.

Y también los negocios sucios en la privatización de las empresas públicas, el uso de partidas presupuestarias secretas, son fenómenos que debilitan la democracia, minan las instituciones públicas, desencantan a los electores, y hacen, por fin, que salgan a la calle a reclamar contra los desmanes. Allí empieza la respuesta. Mientras existen medios de comunicación dispuestos a dar la batalla en contra de la corrupción, y ciudadanos dispuestos a hacer sonar las cacerolas en las calles, la democracia, como proceso abierto, estará siendo defendida.

Pero la lucha en contra de la corrupción no puede limitarse a los ámbitos locales. El lavado de dinero, el trasiego de los fondos mal habidos hacia bancos en el extranjero, la compra de empresas y bienes en Europa y Estados Unidos con ganancias ilícitas, debe ser tratado como un delito internacional. De poco servirán los programas de apoyo al desarrollo de los países pobres, si los recursos se fugan por la cañería rota de la corrupción. Uno de los funcionarios del gobierno de Arnoldo Alemán está respondiendo ante los tribunales ahora en Managua, por algo que parece increíble: haber utilizado fondos de la cooperación internacional destinados a la emergencia que provocó el huracán Mitch, para construirse un palacete en la playa a orillas del océano pacífico.

Por otra parte, los organismos financieros internacionales, y los países del primer mundo que controlan las políticas de esos organismos, tendrán que abrirse a políticas más flexibles en cuanto a los ajustes monetarios. Cada vez que se elige un gobierno, los plazos de complacencia y espera de los electores se van haciendo más cortos, porque a mayores niveles de pobreza, mayor desesperación. Lo estamos viendo en las calles. La inflexibilidad de los modelos económicos, que tratan de aplicarse de manera homogénea, sin tomar en cuenta la diversidad en las realidades de los países latinoamericanos, vuelve los programas de ajuste inútiles por inaplicables. Y la gente en la calle ya no quiere seguir viendo más de lo mismo.

Pero dentro de esa relación con los países del primer mundo, está otro asunto clave, que es la propuesta de mercados integrados. Siempre he creído que países tan pequeños y desvalidos como los de Centroamérica, no podrán ser viables en el futuro por sí mismos, de manera aislada. Deberán abrirse rápidamente a procesos de integración en los que desaparezcan los controles aduaneros y el control de las migraciones. Y luego, deberán, ya juntos, como una sola pieza, entrar a formar parte de esquemas mayores de integración. No hay otro camino. El aislamiento en tiempos de globalización, para empezar, es equivalente al suicidio.

Pero lo que necesitamos son reglas honorables y justas de participación, cuando se habla de esquemas de libre comercio y mercados integrados con países como Estados Unidos, y cuando se habla de relaciones de intercambio con países como los que forman la Unión Europea. Por mucho tiempo, y esto no es un reclamo caritativo, seguiremos siendo países en necesidad de un trato preferencial, hasta que no alcancemos estándares compatibles de desarrollo y competitividad. Y para comenzar, el primer acto simple de justicia es levantar las barreras arancelarias para los productos latinoamericanos de exportación, pues de lo contrario, lo que sufrimos es un trato discriminatorio.

Las barreras arancelarias que Estados Unidos ha impuesto a las importaciones de acero, no son un buen ejemplo, y sus repercusiones en países como Chile serán altamente negativas. Y lo mismo sucede con el azúcar, con la carne, con los bananos, para los países del área centroamericana en su relación con Estados Unidos y con la Unión Europea. Y lo mismo es para México, socio del NAFTA, cuando se impide que su flota de transporte pesado lleve mercancías al territorio de Estados Unidos, o peor, el trato discriminatorio para sus inmigrantes.

La suma de todos estos factores: estabilidad democrática, fortalecimiento de las instituciones, funcionamiento independiente de los tribunales, control estricto para prevenir los actos de corrupción; más el papel de los organismos financieros internacionales en verdaderos agentes del cambio económico y social, y no de estancamiento, o castigo, y la relaciones equitativas y justas de mercado, sin barreras proteccionistas, tendrá mucho que ver en el futuro con la paciencia, o la impaciencia de los electores, y con la suerte de los gobiernos electos.

Pero eso sí, deberemos seguir eligiendo. Cuando hallamos dejado de elegir, porque perdimos la fe en la democracia, o la democracia sea sustituida por sistemas autoritarios, o mesiánicos, habremos caído otra vez al fondo del abismo.

Managua, mayo 2002.





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