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Los espacios de la maravilla en los libros de pastores españoles

John T. Cull


College of the Holy Cross



Un lector del Siglo de Oro seguramente habría concebido un espacio de la maravilla de acuerdo con la definición de la palabra expuesta en el Diccionario de Autoridades: «Suceso extraordinario que causa admiración y pasmo». A continuación, la definición evoca la etimología de la palabra que Covarrubias nos brinda en el Tesoro de la lengua. Dicho autor define la maravilla como lo que causa admiración. Y esta reacción, según el famoso lexicógrafo, «es pasmarse y espantarse de algún efecto que ve extraordinario, cuya causa ignora. Entre otras propiedades que se atribuyen al hombre, es ser admirativo; y de aquí resulta el inquirir, escudriñar y discurrir cerca de lo que se le ofrece, hasta quietarse con el conocimiento de la verdad». Hasta cierto punto, pues, para la élite intelectual aurisecular, la consideración de la maravilla formaba un tipo de juego para adiestrar y ejercitar el ingenio al buscar explicaciones racionales para aquello que, a primera vista, asusta o admira. La evocación de lo maravilloso, con tal que sea verosímil, se aprobaba también en los preceptos de Aristóteles. En su Poética, al considerar la materia apropiada para la épica, Aristóteles afirma: «Es preciso, ciertamente, incorporar a las tragedias lo maravilloso; pero lo irracional, que es la causa más importante de lo maravilloso, tiene más cabida en la epopeya, porque no se ve al que actúa [...] Y lo maravilloso es agradable; y prueba de ello es que todos, al contar algo, añaden por su cuenta, pensando agradar» (222). La llamada novela bizantina, la «épica en prosa» que Cervantes defendía en el Quijote («que la épica también puede escrebirse en prosa como en verso» [DQ 1.48, 567]) y que se manifestaba luego en el Persiles, es el género de ficción que más aprovecha las posibilidades de explotación de lo maravilloso en el Siglo de Oro. En el trabajo presente, sin embargo, intentaré demostrar el papel nada despreciable de los espacios de la maravilla en otro género popular de la época, los libros de pastores.

Como han indicado Daston y Park, la maravilla siempre ha sido una preocupación importante de la ciencia de la filosofía natural. El estudio de aquello que provoca el pasmo se ha utilizado para catalogar lo que existe en los recintos más extremados de la naturaleza con el fin de entender las leyes naturales. Las maravillas constituyen lo preternatural, lo que está al margen del mundo conocido, aunque todavía posible, pero con el resultado de provocar una reacción de admiración. Las violaciones del orden natural, por voluntad divina, resultan en milagros, fenómenos que no se pueden explicar de acuerdo con las leyes de la naturaleza. La búsqueda de explicaciones de lo maravilloso puede obedecer a un deseo de vencer el miedo ante lo desconocido, o bien puede corresponder a una curiosidad ontológica (Daston & Park 14). La admimtio provocada por ciertos fenómenos, denominados como mirabilia o miracula en latín, suscitó en los receptores emociones variadas, entre ellas, el miedo, la reverencia, el placer, la aprobación y el pasmo (Daston & Park 16).

Al considerar la topografía de la maravilla, Daston y Park hacen hincapié en la relatividad de la experiencia: la novedad que sentimos como consecuencia de una experiencia inesperada está íntimamente ligada a su rareza y nuestra ignorancia de su causa (Daston & Park 23).Ya en la Edad Media surgieron catálogos (polianteas, bestiarios, lapidarios, herbarios, crónicas, tratados topográficos, libros de viajes y de caballerías) para clasificar y dar testimonio de la realidad de lo extraño y maravilloso existente en los márgenes y recintos más exóticos del mundo (Daston & Park 24). Para, el mundo civilizado, sujeto a unas normas sociales muy rígidas, el atractivo de la periferia para la ubicación de los fenómenos maravillosos en gran parte respondía a la imaginación de las transgresiones sociales y morales que la distancia permitía, sobre todo en lo que atañe a la violación de las normas sexuales. En fin, tales libros permitían un lugar abierto y seguro por el que la imaginación y fantasía tenían campo abierto para espaciarse:

Like romances, medieval books of topography and travel offered pleasure and entertainment. They enlarged their readers' sense of possibility, allowing them to fantasize about alternative worlds of barely imaginable wealth, flexible gender roles, fabulous strangeness and beauty. Like novels or movies today, they demanded emotional and intellectual consent rather than a dogmatic commitment to belief (Daston & Park 60).



La poesía pastoril de Teócrito y Virgilio, con su valoración de lo estático, o de la otium, llamada también hasychia (Rosenmeyer 67), dista mucho de ser un ambiente propicio para la exploración de la maravilla. Pero La Arcadia de Sannazaro inaugura una nueva vertiente de la literatura pastoril, una combinación de viñetas en prosa y pasajes líricos con peripecias y fantasías dentro y fuera del prado pastoril concebidas precisamente para entretener y admirar al lector.




ArribaAbajoEl Locus amoenus

El espacio de la maravilla por antonomasia en los libros de pastores españoles es, sin lugar a dudas, el lugar ameno, el prado o vega fértil y abundante que constituye un paraíso terrestre. La belleza hiperbólica de esté lugar lo convierte en una utopía, una proyección de algo inexistente pero anhelado. Es un lugar donde la naturaleza compite con el arte, pero donde al fin ambos se entrelazan armoniosamente para crear un espacio ideal. Gonzalo de Saavedra perfila escuetamente la fusión entre arte y naturaleza en el prado pastoril de Los pastores del Betis: «se ven plazas, que con razón se duda si artificiosamente frieron hechas, aunque al fin se conoce, que no pudo llegar a su lindeza el arte: porque atravesadas de cristalinos arroyuelos, hacen que los pintados cuadros, lo parezcan de pintura, y puedan a las Diosas servir de alfombras» (6). Bernardo de Valbuena, en su Siglo de Oro en las selvas de Erífile, rastrea las características más salientes del paraíso terrestre bucólico:

Primeramente en medio de estos floridos campos, que como el espacioso mar largos y tendidos se muestran, una selva se levanta no de altura descompasada, mas de tan agradable arboleda, que, si decirse puede, allí más que en otra parte la naturaleza hace reseña de sus maravillas. Porque dejado que los árboles casi todo el año están vestidos de una inmortal verdura y de yerba, que no menos que a esmeraldas se puede comparar, los lirios, las azuzenas [...] y las demás olorosas flores, llenando de olores el campo, no otra cosa parecen que un pedazo de estrellado cielo que allí se haya caído. [...] Pues en medio de todo este ameno sitio, si ahora mal no me acuerdo, entre sauces y álamos queda hecho un pequeño llano, cubierto de canta diversidad de flores, que toda la hermosura que en las demás partes resplandece, allí junta, y con aventajadas perfecciones se muestra [...] Lugar verdaderamente sagrado y merecedor de humana reverencia.


(2-3)                





ArribaAbajoEl palacio encantado o cueva subterránea mágica

Quizás el espacio de la maravilla más popular en los libros de pastores, el palacio o cueva subterránea encantada es el lugar al que recurren los pastores para buscar remedios mágicos a sus males aparentemente incurables, en el mundo real. Se trata de un espacio casi siempre paradisíaco, cuya hermosura deja atónitos a aquellos venturosos que lo visitan, y que después lo describen a sus amigos. El origen de la figura del mago en los libros de pastores españoles se remonta a La Arcadia de Jacopo Sannazaro. El pastor Enareto está dotado de ciertos poderes y conocimientos mágicos por los cuales domina los recónditos secretos de la naturaleza. Enareto, en un complicado rito que incluye el uso de hierbas y sahumerios, logra curarle a Clónico de su pestilente enfermedad amorosa.

Es Montemayor quien convierte el espacio de la cura del amor hereos en un palacio suntuoso que ocupa un espacio irreal. La descripción de las maravillas del palacio de la sabia Felicia ocupa casi todo el cuarto libro. En medio de un llano, los pastores ven; «una gran casa de tan altos y soberbios edificios que ponían gran contentamiento a los que la miraban, porque los chapiteles, que por encima de los árboles sobrepujaban, daban de sí tan gran resplandor que parecían hechos de un finísimo cristal» (158). Lo que más admira en este palacio es la artificiosa fusión del arte y la naturaleza en su hechura: «En llegando a la portada se pararon a mirar su extraña hechura y las imágenes que en ella había, que más parecía obra de naturaleza que de arte ni aun industria humana» (160). Arze Solórzano es otro de los imitadores de la convención inaugurada por Montemayor del palacio encantado. El epitalamio en honor de las bodas de Camilo y Lisarda en las Tragedias de amor incluye la descripción de los juegos pastoriles celebrados y de las barcas enramadas en el río, cuya vista «no menos era maravilloso de ver» (f. 80v). En una de las barcas están Eusebio, Acrisio y Daciano, los jueces de las competiciones pastoriles. De repente aparece el anciano Padre Sil, «cubierto de unas escamas resplandecientes, como hojas de fino acero, con un Tridente en la mano derecha como el de Hipio, padre universal de las aguas, y en la izquierda por escudo una concha verdinegra de un galápago» (f. 81r). Con sus náyades, el Padre Sil les arrebata a los pastores y los lleva seis leguas debajo de la superficie del agua hasta llegar, sin mojarse, a Montefurado, una oscura gruta subterránea. Al traspasar la entrada a este mundo escondido, se encuentran en un bosque secreto y muy bello. En su centro hay un típico lugar ameno sobre el cual se erige un palacio tan suntuoso que al narrador le faltan palabras para encomendarlo: «y lo más que había que ver, que era tanto, que ni ellos supieron acordarse de todo, ni yo tuviera caudal para decirlo» (f. 88r).Todo lo que ven y hacen los pastores en este palacio encantado les maravilla: «Estuvieron los pastores mirándolos, hasta que por entre los árboles se encubrieron, y maravillados de estas cosas que veían, estavan dudando, si era sueño, o verdad» (f. 89r-v). La visita de los pastores al reino subterráneo del Padre Sil incluye una torre de la fama con su correspondiente sala de la inmortalidad. Este episodio está estructurado para provocar una reacción de pasmo tanto de parte de los personajes ficticios como de los lectores. Y, como fue el caso en La Diana de Montemayor, se trata de una experiencia catártica y liminal, ya que se le promete a Acrisio un remedio a sus sufrimientos.

Los pastores del Betis presenta otra variante sobre el palacio encantado. Lardenio, un celoso peregrino de amor, se topa un día con un viejo pastor que, inexplicablemente, sabe su nombre y de su condición celosa. Toca una peña con su cayado y agua brota de ella por artes mágicas. Luego, el viejo pastor lo conduce a la cumbre de la peña, donde se descubre un palacio con muros transparentes. A la entrada está colocada una tarjeta con versos rojos en griego que ofrecen una profecía. Una voz u oráculo anuncia que es el templo de Júpiter, y que una mano invisible le guiará al pastor adonde encontrará el remedio de sus males. El viejo venerable les da a Lardenio y Beliso un espejo mágico en el que ven los valles de Sigura y sus amigos. Cuando Beliso ve a su Diamantina en el espejo, intentando suicidarse con un cuchillo, trata de meterse dentro del espejo para impedírselo, y mediante esta experiencia liminal, Beliso y Lardenio están transportados misteriosamente a la fuente de los tres caños al desaparecerse el espejo (368-75).

La continuación de La Diana de Montemayor compuesta por Tejeda comienza y termina en el palacio de la sabia Felicia. Toda la obra se estructura como un peregrinaje al templo de Diana, donde, reside Felicia, en búsqueda de remedios a los males amorosos que padecen los protagonistas. Se destacan «los altos y dorados chapiteles del suntuoso templo de la casta Diana» (274), un lugar donde los sueños sirven como profecías y la sabia Felicia les sirve pociones mágicas para remediar sus pasiones.

En Los diez libros de Fortuna de amor de Lofrasso, los pastores viajan hasta el palacio de la sabia Belidea para ver las cortes del amor. Al llegar, las ninfas de Belidea describen las maravillas del palacio a Frexano, atónito con lo que ve y escucha, ya que «el edificio de él está con tanto primor fabricado, y rico y suntuoso, ques tenido por el más principal de todo el mundo, por ser hecho de manos de los más sutiles y famosos maestros y arquitectos que en toda Asia y Europa se hallan» (f. 97r). A continuación se describe en gran detalle e hipérbole el palacio, incrustado con todas las piedras preciosas conocidas (ff. 97v-98r).

La Arcadia de Lope de Vega es el libro de pastores español que más abunda en templos, palacios y cuevas. La cueva del mago Dardanio, y todo lo relacionado con este personaje, es la manifestación más interesante de este espacio de la maravilla en el libro del Fénix de los ingenios. Aunque este personaje se autodenomina médico (222), es claro que está versado en todas las artes mágicas: «yo tengo fuerza sobre los elementos, templando el fuego, sujetando el aire, humillando la mar y allanando la tierra. Hago domésticas a mi voz las más rebeldes víboras y sierpes de estas horribles cuevas, detengo el raudo curso de estos sonorosos ríos, y hasta las negras furias del Cocito hago temblar con la fuerza de mis caracteres y rombos, y al son de mis conjuros haber miedo y obedecerme» (222). Dardanio, mediante un conjuro, pasea por las regiones del aire con Ánfriso, sobrevolando África, Asia y Europa. La reacción del pastor es una de admiración; «Admirábase Anfriso de ver el pequeño mundo reducido a ser punto casi indivisible de las esferas celestiales» (250). Dardanio le transforma a Anfriso en un viejo decrépito, y a sí mismo en un flaco jumentillo. Sin embargo, es la sabia Polinesta, habitadora también de una cueva, quien le proporciona a Anfriso el remedio de sus males, «sin violentar tu libre albedrío» (359).

Otra variante de la cueva encantada recibe un tratamiento bastante elaborado en El premio de la constancia de Jacinto de Espinel Adorno. El pastor Arsindo visita un edificio morisco llamado «la mina» con un amigo. Siente una atracción misteriosa hacía el edificio y vuelve solo otro día. Al descender al estanque, lo espera un moro, quien lo guía por otras salas exóticas del palacio subterráneo del Rey Celimo. Resulta que el rey vive encantado con un morabito mágico en la mina y necesita de un mancebo envidiado y malhadado en el amor para romper el conjuro que lo tiene atrapado. Un gallo, comiendo granos de trigo enfrente de todas las letras del alfabeto en árabe deletrea con los que come el nombre de Arsindo, para comprobar que es el mancebo destinado a ponerles en libertad. Después de un largo peregrinaje con muchas peripecias de índole mágica, Arsindo cumple con su misión y es premiado con muchas riquezas y la mano de Celia. En realidad, este episodio, fundamental en la historia, incluye aspectos de todos los espacios de la maravilla resaltados en este análisis.

La cueva subterránea del mago Erión se describe en gran detalle en El pastor de Fílida de Gálvez de Montalvo. Como es frecuente en los libros de pastores, el mago de la cueva o del palacio ofrece curas para los casos de excesiva pasión humana. En esta obra el pastor Livio se ha vuelto loco debido al olvido de Arsia. Ella lo huye porque en el pasado ha tratado de violarla, compelido por su incontrolada lujuria. Los pastores lo ven haciendo «extremos extraños». Es llevado, pues, «a la morada de Erión, donde le hallaron curando con hierbas a un miserable pastor que, siguiendo a una ninfa a quien amaba y se huía, con rabia y dolor se había despeñado, y sus amigos lleváronle al mago sin sentido [...] volvió en sí, y haciéndole beber de un precioso licor, quedó totalmente reparado y arrepentido» (472).

El anciano Aristeo refiere algunos ejemplos de la sabiduría popular en Siglo de Oro en las selvas de Enfile de Bernardo de Valbuena. Se trata de cuentos que escuchó de su padre. Además de ciertas bebidas compuestas de hierbas encantadas que restituían a la mocedad los pastores canosos, Aristeo revela la existencia de una cueva secreta:

en estas mismas selvas que ahora tenemos, bien que el camino sea oculto, en cierta conjunción de menguada luna, cuando la tierra menos cargada de fruta vive, una temorosa cueva súbitamente debajo de los pies se abre, de aspecto tan espantoso y divino, que luego por sí misma se hace adorar [...]. Mas, ¡o admirable cosa de decir! que así tú volando por aquellos oscuros aires poco a poco sentirás caerse de tu corazón el dolor que ahora te aflige


(109-111).                


Eventualmente, el pastor llega hasta la cueva. Al acercarse a la entrada, la tierra tiembla y se abre. Aunque está debajo de tierra, puede oír todo lo que pasa fuera de la cueva. Transportado a otro nuevo mundo con ríos de oro y charcos de plata, el pastor pasa por debajo de una laguna hasta llegar a «Una soberbia y populosa ciudad»: la Grandeza Mejicana que tanto lo admira (130-40).




ArribaAbajoEl hombre salvaje y otras bestias

En el mundo pastoril, con su énfasis en la belleza corporal y la proporción o justo medio de las partes, la irrupción sobre el escenario del hombre salvaje o de una bestia feroz es siempre una causa de admiración. El hombre salvaje suele representar la pasión incontrolada o los deseos oscuros cuya represión se, exterioriza mediante esta proyección. La Diana de Montemayor es el primer libro de pastores en España que intenta admirar al lector por medio de la intervención de hombres salvajes. Quieren tomar por la fuerza lo que no han podido alcanzar sus requiebros amorosos con tres ninfas de Diana. La descripción de los salvajes resalta su bestialidad:

[salieron] tres salvajes de extraña grandeza y fealdad. Venían armados de coseletes, y celadas de cuero de tigre; eran de tan fea catadura que ponían- espanto; los coseletes traían por brazales unas bocas de serpientes, por donde sacaban los brazos, que gruesos y vellosos aparecían, y las celadas venían a hacer encima de la frente unas espantables cabezas de leones; lo demás traían desnudo, cubierto de espeso y largo vello


(85).                


Felismena, una pastora tan bella que deja «admirados» a los que la contemplan, libra a las ninfas de los deseos lujuriosos de los salvajes, matando a dos con saetas de su arco, y al tercero con su bastón, «apuntándole con la acera punta a los ojos, con tan gran fuerza le apretó que por medio de los sesos se lo pasó a la otra parte: y el feroz salvaje, dando un espantable grito, cayó muerto en el suelo» (88).

En las Tragedias de amor de Arze Solórzano, una procesión funeraria se dirige hacia el templo de Apolo para enterrar el cadáver de un pastor muerto. De repente, «de entre la espesura de los árboles, se les ofrecieron al paso doze hombres rústicos, de rostros feroces, y cabellos ásperos, y tan largos, que les cubrían los hombros: vestidos de unos capotes negros [...] las piernas cubiertas de sólo vello» (f. 4r-v). La vista de estos monstruos humanos suscita en los pastores esta reacción:

«estaban no poco maravillados» (f. 4v). El desplazamiento del prado pastoril al templo fúnebre trastorna la calma y deja entrar el caos. La presencia de los salvajes confirma un mundo patas arriba.

En La Diana de Tejeda, Aristeo se encuentra en otro lugar asociado con la maravilla, una encrucijada. Poco después de que unos pastores le indican el camino que debe seguir, se duerme en un prado, y entre sueños ve a su querida Marfisa en los brazos de un «feroz salvaje» (301). Por mucho que corre detrás de ellos, no los puede alcanzar, y Marfisa lo acusa de ser traidor. Se despierta del sueño físicamente molido y oye la voz de la sabia, cuya canción revela que Marfisa se casará con él. Otros sueños de pastores y pastoras en el templo incluyen mastines y lobos que despedazan a los seres queridos. En el séptimo libro de la Diana de Tejeda, otro salvaje, éste real, intenta raptar a Marfisa: «vieron [...] un fiero y gran salvaje que entre' sus brazos una pastora llevaba, la cual iba dando voces» (II. 91). Este salvaje, el hermano de los tres matados por Felismena en la Diana de Montemayor, se describe como una «descomunal Bestia». Intenta matar al pastor Delicio tirándole su bastón. Éste logra evitar el golpe y hiere al salvaje, clavándole su puñal dos veces en el «velloso pecho». Enfurecido, el salvaje ataca al pastor y está a punto de matarlo entre sus brazos cuando otro pastor, Disteo, lo salva: «que si no acertara a llegar el noble Disteo que con una cortadora espada que traía cortó los dos brazos del salvaje por los codos fuera imposible que de entre ellos Delicio con vida saliera» (II. 94).Y, en el mismo libro, la sabia Felicia ordena que una de sus ninfas, Felismena, vaya a liberar a Partenio de la prisión donde lo tiene encerrado otro salvaje, el fiero Goforosto: «como tan diestra en el arco era, puso con presteza una saeta en el que en las manos tenía, apuntando con ella al pecho del salvaje se lo pasó por medio atravesándole el corazón» (II. 195).

El hombre salvaje en La clara Diana a lo divino de Bartolomé Ponce tiene un papel muy secundario en la obra. Se describe como un «feroz pastor» que infunde horror por su fealdad: «se vio asomar un pastorazo alto, hombrudo, negro, feroz, y de muy terrible aspecto, con grueso y pesado cayado, sobre su ancho y osudo hombro todo lleno de pellejos de domésticas y desavisadas ovejas» (f. 18r). En cambio, el salvaje creado por Alonso Pérez en su Segunda parte de la Diana se describe en gran detalle:

Él era tan grande, que no hay hombre por bien dispuesto que fuese que con la cabeza del ombligo le pasasse. A cuya estatura en debida proporción el grueso de sus miembros correspondía. Era tan velloso, que apenas dejar se veían las carnes de su cuerpo; y no se vieran, sino que estaba el vello derecho a manera de cerdas de puerco montes. Los ojos espantosos y encarnizados [...] Casi un entero pino bastante para gobernarle de una gruesa nave, de cayado le servía, el remate del cual estava guarnescido de acero con unas grandes y agudas púas


(ff. 74r-75r).                


Gorphorosto (Tejeda parece haber copiado el nombre del libro de Pérez), corre en pos de una ninfa a quien persigue con deseos lascivos.

El pastor que se deja prender por las pasiones humanas se convierte a veces en un salvaje, tanto en su comportamiento como en su aspecto físico. Recordemos a Cardenio en Don Quijote. Vemos una manifestación de este fenómeno en el Desengaño de celos de López de Enciso: «el rostro feroz y triste el color pálido, y los ojos hundidos, el cabello largo, y todo revuelto lleno de algunas pajas, la barba luenga, y no peinada» (f. 51v).

Es bastante común en los libros de pastores el ataque de una bestia desmesurada que amenaza la vida de los pastores. La estrategia más común es hacer que un animal feroz amenace a una pastora inocente e indefensa, la cual se salva de esta violación figurada cuando su amado sale a su defensa, matando al animal, y con ello, venciendo la pasión desenfrenada, restaurando así el dominio de la razón. En Los pastores del Betis, por ejemplo, una «cruel fiera» que habita una de las cuevas vecinas, se acerca enfurecida hacia la desmayada Diamantina. Beliso se pone en pie para socorrer a la pastora contra «la ensangrentada fiera, de haber despedazado una ovejuela simple» (132). O bien, en las Tragedias de amor, Camilo se enfrenta con un oso, «el cual hambriento y furioso llegaba determinado a acometernos. Lisarda temerosa, quiso ponerse en huida» (f. 60r). Valiéndose sólo de un bastón Camilo mata al oso.

El animal que causa la muerte de un pastor en Ninfas y pastores de Henares de González de Bobadilla es un jabalí. La furia de su ataque deja desfigurada a la pobre víctima:

la no pensada y repentina muerte de Crise y del pastor gentilhombre Pindó, el cual andando en un fragoso bosque en deleitosa caza entretenido, encontró con un fiero y cerdoso jabalí, al cual con un venablo fuerte hiriendo, no acabó del todo de quitarle la vida y así arremetió tras él y ejecutando su saña en el pobre Pindó le vino a despedazar de suerte que no le quedó figura de hombre


(f. 202r).                


Y en El prado de Valencia de Gaspar Mercader, un león escapado de la Casa Real amenaza a los pastores. Fideno le mata con un tiro de honda: «tal lance hizo, que la estampó en el ojo derecho del León, con cuya sangre él mismo se bañaba todo, dando saltos sin concierto de puro dolor» (135).




ArribaAbajoLapidarios, Herbarios y Bestiarios

Los espacios de la maravilla, de acuerdo con las clasificaciones de Daston y Park, abarcan todo aquello que provoca una reacción de admiración en el receptor. En el ambiente pastoril, íntimamente ligado con la naturaleza, es muy frecuente topar con personajes, muchas veces identificados como magos, conocedores de las propiedades secretas de los elementos naturales. Se revelan sobre todo los misterios que rodean las piedras y las hierbas. Las Tragedias de amor de Arze Solórzano revelan las propiedades curativas y mágicas de doce piedras (ff. 20v-22r), El mismo pasaje, dedicado a explicar los atributos de Apolo, desarrolla con bastante detalle las virtudes del laurel (f. 25v-26r). También se revelan de forma más escueta las propiedades mágicas del laurel en El premio de la constancia de Espinel Adorno:

Grande virtud (dijo Laureno) es la del laurel, entre otras muchas que tiene, es ser contra la pestilencia, y contra serpientes ponzoñosas. También si juntas dos palos de laurel secos, y los refriegas al rayo de Sol se enciende fuego: y si te pones las hojas en la cabeza, para dormir soñarás cosas de verdad: y era tan estimado entre los antiguos, que para triunfar los grandes Capitanes se ponían coronas de laurel.


(f. 107v)                


Las virtudes de la ágata se identifican en Prosas y versos del Pastor de Clenarda, de Miguel Botello de Carvalho: «Hay una piedra que llaman Ágata, que se enciende con el agua, y se apaga con el aceite, así los celos son siempre tan ajenos de razón, que se encienden con lo que se debían apagar, y se apagan con lo que se debían encender» (f. 71r).

Un lapidario bastante completo se incluye en La clara Diana a lo divino de Bartolomé Ponce. Las piedras mencionadas y sus correspondientes virtudes son: el topacio (reprime la lascivia y movimientos carnales), la calcedonia (vale contra la herida de morbo caduco), el crisólito (es útil contra locuras, fantasías y visiones), el carbunclo (protege contra todo género de ponzoña), la esmeralda (sirve contra demonios y encantamientos), el jacinto (da protección contra los rayos), el zafiro (tiene gracia de que uno sea de todos amado y querido, servido y regalado), el diamante (quebranta el acero, aclara la vista, presta osadía y alegre ánimo), el coral (vale contra el desmayo y flaqueza de] estómago), el rubí (alegra y da contento a los corazones), el cristal (clarifica y ayuda las niñas de los ojos) y la piedra imán (atrae el hierro para sí) [ff. 38v-41r].

Los filtros causadores y remediadores de la pasión amorosa- son muy comunes en los libros de pastores españoles. Casi siempre se confeccionan a base de hierbas con propiedades mágicas, y se administran con conjuros. El origen de este recurso se remonta a La Diana de Montemayor, donde al comienzo del quinto libro, la sabia Felicia hace desaparecer las pasiones con vasos de agua mágica (206-07). Otro ejemplo típico de este recurso se encuentra en la Diana enamorada de Gil Polo: «Allí hizo gran obra el poder de la sabia Felicia, que aunque allí no estaba, con poderosas hierbas y palabras, y por muchos otros medios, procuró que Sireno comenzase a tener afición a Diana. Y no fue gran, maravilla, porque los influjos de las celestes estrellas tanto a ello lo inclinaban» (196).

Delicio, un pastor de Siglo de Oro en las selvas de Erífile, revela las propiedades secretas de uña hierba cuyo nombre ignora: «que no muy lejos de donde ahora estamos hay cierta hierba que yo conozco, cuyo verdadero nombre determinadamente no sé, mas su escondida raíz sobre la tierra tal propiedad tiene, que de noche no de otra suerte alumbra que si encendida brasa fuese» (80). El mismo pastor se jacta de haber robado de una grulla la piedra de grandes virtudes que este pájaro supuestamente agarra para no dormirse: «he sido poderoso a sacársela de la mano; cuya virtud es tan maravillosa que quien en cierta disposición de signo la menor parte de ella se atreviere a beber, de tal manera le abrirá los sentidos que sea poderoso a entender los secretos de la noche, los lenguajes de las estrellas, y las calladas deidades que en ella presiden» (81).

El catálogo más completo de las propiedades secretas de los elementos de la naturaleza lo recita Anfriso en La Arcadia de Lope de Vega. Este pastor, «desatinado ya de todo punto, con espantables ojos y cabellos revueltos» (343), explica los secretos de muchas flores y hierbas, de los árboles, de los animales y de ciertas piedras preciosas (343-46). Por ser el más breve, citaremos aquí sólo el inventario de las piedras: «El rubí quita los malos pensamientos. El diamante atado al brazo siniestro es bueno contra los enemigos. La esmeralda causa buena memoria. El pórfido quita el dolor de la cabeza. El oro anima el corazón, quita el miedo, da virtud al pulso, y en la boca prohíbe el mal olor, y bebido ayuda a conservar la vida» (346).

En el mismo libro, al referir Menalca la fábula del gigante Alasto y la ninfa Crisalda, se añade a la lista de piedras con propiedades mágicas:

Y este vaso, que yo labré, es de aquel alabastro que entre el azogue se cría, candido y resplandeciente, cuyos polvos, mezclados con el odorífero incienso del Arabia, son para las heridas poderoso remedio [...] Ésta que con rubias venas en el lustroso negro resplandece es la piedra dionisia, que resiste la fuerza del poderoso vino; ésta me dio aquel sabio que habitaba conmigo, y se llama cinedia; críase en el celebro de un pez, y con nublado o tranquilo color pronostica la bonanza o la tormenta del mar. Ésta es la glosopetra, semejante a la lengua del hombre; dicen que cae del cielo, y que a los terceros de los amores es felicísima


(169-70).                


Los pastores que escuchan la relación de propiedades están fascinados y maravillados con «la oración de ese salvaje lapidario» (170).

Aunque no es un fenómeno frecuente, se encuentra alguno que otro animal maravilloso en los libros de pastores españoles. En Los diez libros de Fortuna de amor de Lofrasso, los amantes Fortuna y Frexano se topan con un unicornio, la vista del cual causa que la pastora; se desmaye. Frexano enumera algunas de las supuestas propiedades del cuerno del unicornio, sacadas de la historia natural: «con su cuerno va purificando el agua defendiéndola de pestíferos venenos de hierbas y serpientes, entonces dijo Frexano pues otra virtud natural tiene que ya la debes saber y es, que se muere tras de mirar y contemplar hermosas ninhas o pastoras» (f. 83r).




ArribaAbajoEl libro de la Naturaleza

Aunque no es muy frecuente, a veces los libros de pastores españoles indagan en los secretos de la naturaleza, «leyendo su libro» para revelar sus misterios. El concepto de la naturaleza como una escuela en la que se aprenden sus maravillas, leyendo su libro, se expresa con gran detalle en La constante Amarilis, de Suárez de Figueroa:

Es el mundo verdadera y docta escuela, donde callando enseña el grande artífice sus maravillas; escalera, que por ciertos grados lleva fácilmente al cielo las imaginaciones humanas [...] libro grande, donde se lee en letras distintas y bien formadas el arte maravilloso del soberano doctor. [...] En aquel sacro texto la naturaleza enseña a los más idiotas, ser con inviolables leyes gobernado el mundo de una celeste deidad. Para entender tal volumen no es menester la noticia de varias lenguas [...] el muchacho y el viejo sin arte o ciencia podrá leer allí grandezas maravillosas.


(172-73)                


El providencialismo manifestado por Suárez de Figueroa es, en realidad, la clave para entender la función de lo maravilloso en todos los libros de pastores españoles.

Entre otros secretos naturales revelados en los libros de pastores, en La constante Amarilis, contamos con una enumeración de las propiedades del agua (170-71) y de la rosa (249-50). El olor de esta flor mata los gusanos; «su simiente envuelta en redes junta y hace pescar gran cantidad de peces. Conforta el corazón, y se pone entre las medicinas benditas. Sus raíces sanan de picaduras venenosas. El rocío embebido en sus hojas, y exprimido sobre los ojos enfermos de nubes, los serena. Destilada en licor quita qualquier tristeza» (250).

Uno de los pastores de la Segunda parte de la Diana de Alonso Pérez, después de indicar cómo determinar la hora por rayas en el suelo y la altura del sol por una hierba de color azul, nos explica que las hormigas y escarabajos pueden señalar los llenos y menguantes de la luna: «Porque las hormigas entre lunas reposan, y en el lleno aun todas las noches trabajan» (f. 157v).A continuación aprendemos el secreto de la generación del escarabajo: «El cual llevando rodando vna pelotilla que de estiércol de buey hace, la forma en figura redonda. La cual bolica enterrándola en un hoyo que en veinte y ocho días ha hecho, tan sólo la tiene encerrada aquel breve tiempo, en el cual pasa la luna al sol. Y entonces abierta su pelotilla, enseñándonos el ayuntamiento del sol y de la luna, saca sus hijuelos, y no conoce otro modo de generación» (f. 158r).




ArribaAbajoTormentas en el mar

Los espacios de la maravilla a veces son horrorosos y pasmosos. Y probablemente no había nada más espantoso en la época que una tormenta en el mar que amenazara con hundir el barco, lejos de tierra.

Es un motivo que surge con una frecuencia algo sorprendente en los libros de pastores, normalmente como parte de una historia contada por un personaje que ha sobrevivido la experiencia. En La Diana de Tejeda, Aristeo narra lo que le sucedió rumbo a Cartagena. Después de cinco horas de navegación, el viento:

se mudó en un recio y furioso poniente, que nos llevó hasta la vista de Argel, pero antes de llegar a él, se comenzaron a encontrar los vientos y las olas a levantar en remolinos de tal suerte, que el Piloto comenzó a dudar de la seguridad de la nave, y así tomó él propio el cargo del timón, pero los vientos se ensoberbecieron tanto los unos contra los otros que llevaban la Nave a una y otra parte, sin que la ciencia del piloto, ni diligencia de los marineros fuese bastante a poner algún remedio.


(74-75)                


Un huracán remata el desastre, destrozando el mástil de la nave, que comienza a tomar agua: «y dando prisa a la bomba volvieron a la mar el agua que en el navío había entrado. Las hinchadas velas unas veces la gavia menor hacían tocar a las estrellas y otras el bajo espolón de la quilla en las profundas arenas besar hacían» (76).Y con esto, se hunde el navío, salvándose los afortunados en un esquife.

Cervantes sin duda experimentó muchas tormentas de mar en su vida soldadesca, y no faltan descripciones de ellas con bastante detalle técnico en su obra en prosa. La Galatea nos ofrece un ejemplo típico:

se levantó una no pensada y súbita borrasca, y una ráfaga de viento embistió las velas del navío con tanta furia, que rompió el árbol del trinquete, y la vela mezana abrió de arriba abajo. Acudieron luego los prestos marineros al remedio, y con dificultad grandísima amainaron todas las velas, porque la borrasca crecía, y la mar comenzaba a alterarse, y el cielo daba señales de durable y espantosa fortuna.


(II. 106)                


El miedo en este caso no es del naufragio en alta mar, sino de la posibilidad de que los vientos los conduzcan a tierras enemigas. Pocas páginas después se nos describe otra tormenta que, en este caso, parece corresponder con el caos ocasionado por los deseos lascivos del capitán para con Nísida. La furia de la tormenta mueve montañas de agua e infunde el pánico y desesperación en turcos y cristianos: «comenzó a hacer tanta agua por las costuras, que por mucho que por todas las cámaras de popa, proa y medianía le agotaban, siempre en la sentina llegaba el agua a la rodilla; y añadióse a toda esta desgracia sobrevenir la noche, que en semejantes casos, más que en otros algunos, el medroso temor acrecienta» (II. 119).

Asimismo, en Los diez libros de Fortuna de amor de Lofrasso, Frexano y Fortuna experimentan una tormenta de mar tan terrible que rompe la vela de la nave en mil pedazos. La tormenta dura tres días:

convirtiendo sus ondas, en altísimos montes y profundos valles, de su turbia y salobre agua, los unos echando la ropa y mercadería a baño, los otros vaciando el agua, que dentro de la nave entraba, volviendo la mar, al mar, y estando en este extremo, para crecerles más la agonía de muerte, el Galeón se atravesó en un valle de mar, y dos altos montes de agua, y allí estuvo espacio de una Ave María adormido, la animosa gente, no desconfiando del favor de la divina clemencia.


(ff. 207v-208r)                


Es, de nuevo, la divina providencia lo que vuelve a poner orden y calma, rescatando a los náufragos del espacio periférico al borde de la muerte.

La furia de una tormenta de mar también se manifiesta en el primer libro de la Diana enamorada de Gaspar Gil Polo. El autor hace hincapié en el caos de los marineros que procuran evitar el naufragio: «Unos amainan la vela, otros vuelven la antena, otros añudan las rompidas cuerdas, otros remiendan las despedazadas tablas, otros el mar en el mar vacían, otros al timón socorren, y en fin todos procuran defender la miserable nave del inevitable perdimiento» (36).




ArribaAbajoLa mujer disfrazada de hombre o hermafroditismo

La popularidad del recurso de la mujer disfrazada de hombre en el teatro áureo está bien documentada. La ambigüedad sexual permite la sugerencia de aberraciones o tabúes. Mientras exista el travestismo, sabemos que hay un caso de injusticia y que la persona afectada adopta el disfraz para buscar su remedio. Para los libros de pastores españoles, esta convención tiene su origen en La Diana de Montemayor, donde Felismena se viste en hábito de hombre y sirve como paje en la corte (101) para buscar a don Felis.

En La Diana de Tejeda Felismena narra la historia de Rotilda, quien se corta el pelo y se disfraza como hombre para poder viajar libremente y buscar a su marido, un esclavo cautivo. Libia, la hija del rey, pensando que es un paje de la corte, se enamora de «Rotildo», sugiriendo, obviamente, una posible relación lésbica (248-53). La anécdota es larga y complicada, e incluye una fuente mágica-y una hechicera. En el mismo libro Lisarda se viste de hombre en tres ocasiones distintas. En el primer caso, va en búsqueda del conde Carlos, quien había prometido casarse con ella, disfrazada como Enrique, un noble de Polonia (II. 254-56). Luego, para poder entrar en la corte de Carlos, se disfraza en hábito de loco para que la admitan como bufón (II. 260). Finalmente, Lisarda finge ser un gallardo caballero de Alemania, llevando una visera para que no la conozcan (II. 277). Como ocurre en la comedia del Siglo de Oro, este recurso señala un mundo patas arriba debido a una violación del código de honor. Una vez que el Conde cumple su palabra de casamiento, la perversión de la mujer transformada en hombre desaparece y Lisarda puede asumir de nuevo su verdadera identidad, sin amenazar la estabilidad social.

Lofrasso hace que la pastora Fortuna se disfrace en hábito de hombre en Los diez libros de Fortuna de amor. En este caso se trata de una protección en contra de los posibles deseos lascivos de marineros en un viaje en barco. Fortuna asume la identidad de Beliseo, el hermano de Frexano (f. 122r). A veces la pastora adopta la indumentaria masculina para evitar la agresión sexual cuando está viajando sola, una estrategia típica en la comedia del Siglo de Oro, y que se ve también en el Quijote. Muchas veces la verdadera naturaleza sexual de la mujer se descubre, y tiene que protegerse físicamente de las violaciones. Tal es el caso de la pastora Peregrina en El premio de la constancia de Espinel Adorno. Se acerca a un grupo de pastores, huyendo de dos hombres «que a porfía estaban uno teniendo, y otro desnudando una pobre mujer, en el traje hombre: así que les vieron desembrazando las hondas, todos comenzaron una batalla, o espeso granizo de piedras sobre los dos hombres» (f. 116r). La mujer disfrazada de hombre constituye un espacio maravilloso que invita a la transgresión de las normas sociales. Pero casi siempre se salva del peligro de la violación y vuelve a reincorporarse a su entorno habitual, asumiendo su verdadera identidad.

El pastor de Iberia de Bernardo de la Vega ofrece el caso insólito de una pastora, Marfisa, que idea un plan curioso para sacar a su pastor, Filardo de la cárcel. Decide disfrazarlo en ropa de mujer, concretamente con la caperuza de Marfisa. Filardo es tan convincente como pastora que Antandro le expresa sus deseos lascivos, pensando que es Marfisa. Ésta, para dar testimonio ante el juez de la inocencia de Filardo, se pone la indumentaria masculina y adopta la identidad de Lisio. La pastora Domenga, pensando que es Filardo, le dice: «por huerça me habéis de querer» (f. 139r).

La clara Diana a lo divino de Bartolomé Ponce cuenta con un caso muy curioso de ambigüedad sexual. En un poema grabado en la corteza del tronco de un árbol, aprendemos que Barpolio, después de gozar de Vicelia bajo el engaño de la promesa del casamiento, «mis cabellos me cortaste, / como varón me vestiste» (f. 70v). Vicelia se suicida con una daga. Después, Barpolio también se mata, aparentemente después de otra inversión sexual en la que él también practica el travestismo: «Mis vestidos aquí luego / te quiero vestir señora. / yo me vestiré pastora / los tuyos, y a Dios ruego / te quedes en esta hora» (f. 80v). Después de clavarse la daga, Barpolio se arrastra hasta una hoguera donde las llamas devoran su cadáver, dejando como recuerdo un tipo de trofeo horroroso que causa maravilla:

vi un maravilloso, alto, y hojoso Álamo, al pie del cual, gran cantidad de pardilla ceniza, con algunos cabos de encendidos leños (que aun humeando estaban) había. Vi asimismo entre la fugitiva ceniza, unos muy abrasados huesos, entre los cuales una espantable, y negra calavera de humano cuerpo se mostraba. Del otro cabo del blanco Álamo, en el mismo estaba, una espada de una rama colgada...


(f. 73v).                


Con este ejemplo se aprecia que lo maravilloso se presta a menudo a proveer un escarmiento para los pastores, para que no se descaminen al seguir la senda de la virtud.

Alonso Pérez, en su Segunda parte de la Diana, incluye a una ninfa cuya naturaleza sexual se pone en duda. Acosada por el salvaje Gorophorosto, la ninfa se describe como un hermafrodita: «juzgamos o ser Ninfa disfrazada en rostro de hermoso niño o niño transformado en rostro de bella Ninfa: porque ni su hábito era en todo de varón, ni del todo estaba conforme a mujer vestida» (f. 75r).




ArribaAbajoLa locura

Los paroxismos sufridos por amantes enloquecidos por amor o celos son una fuente de admiración en los libros de pastores. La locura aleja a su víctima de la realidad cotidiana y la coloca en otro espacio mental, ajeno a los que la observan. En Desengaño de celos, López de Enciso retrata a un pastor arrebatado de un ataque de celos furiosos, y el impacto que esta escena tiene sobre los demás:

[...] con un ansia, que el alma parecía arrancársele, dando crecidos gritos, y apasionados suspiros, se dejó caer en tierra, privado de todo su sentido: bulto con el dolor frenético furioso, haciendo tales accentos, y tristísimos ecos, que [...] quedaron admirados, el cual como quien de mal de corazón está tocado por el suelo, aprisa se revolcaba, haciendo sus vestiduras pedazos, apretando las manos, y batiendo los dientes tan fuertemente, que grande espanto en los tres que le miraban ponía.


(f. 3r)                


El premio de la constancia de Espinel Adorno también ofrece un caso interesante de locura. Se trata del pastor Roselio, quien se cree Júpiter. Aparece ante la vista de sus amigos delirando furiosamente, seguido de dos pastores que procuran detenerlo. Sus propias palabras revelan su estado de enajenación mental:

Mas qué es lo que digo, ¿no soy yo aquél que puede trastornar estos árboles en ceniza, y coger sus ramas, y en un momento echarlas de esa otra parte del mar Egeo? ¿No soy yo aquél que puede tener esas volátiles aves, y encerrarlas en estos puños, ahuyentándolas de su Región? ¿No soy yo aquél que puede coger estos montes y abrasarlos con los rayos de mi cabeza, de modo que congelan fuego, como nuevos Etnas, y Volcanes? [...] ahora pues dejadme que quiero volar al cielo, y destruiros a todos. Hizo fuerza por soltarse, bregando tanto, que vino a caer en el suelo cansado, cogiéndole el cuerpo un profundo éxtasis, de que quedó casi dormido.


(ff. 23r & 24r)                


El intento de suicidarse por causas amorosas es otra fuente de la locura bastante común en los libros de pastores españoles. Mientras dura el frenesí, el sufridor existe en otro espacio, uno que causa admiración a los que lo observan. En Ninfas y pastores del Henares de González de Bobadilla, lo que provoca una reacción de maravilla en un grupo de pastores es la llegada de una pastora desconsolada quien, con lastimosos gritos, reclama justicia por la ofensa perpetuada en contra de su honor. El pastor Melampo la engañó con una promesa de matrimonio que no quiere cumplir, después de que «De mi clavel has cortado / la primera clavellina, / y con mil gustos gozado / de mi hermosura divina» (f. 53v). Ahora, desesperada, Palanea procura suicidarse: «acudieron de presto con ánimo de estorbarle, la muerte que con sus manos se quería tomar. Y en llegando la vieron con un lustroso puñal, para con él abrir lugar, por do el alma saliese y quitándosele al momento, la comenzaron gravemente a reprehender de hecho tan atroz y nefando» (f. 55v).

El frenesí amoroso que padece Celio en La Arcadia de Lope de Vega es tal que sus amigos necesitan tener a mano un bastón para reducirle a la cordura cuando le sobrevienen los ataques: «Traía el más anciano de todos, que se llamaba Tirsi, un grueso bastón de acebo con que mejor que con las palabras le sosegaba, porque el entendimiento de un furioso hasta en esto es semejante a los rudos animales» (109). Más tarde se valen de la música para calmar al loco, «pues se sabe que Ismenias tebano tañendo y cantando curaba los frenéticos» (119). Cuando Celio se despierta de su sueño, le arrebata otro episodio de locura: «pero como él se echase en el suelo y diese mayores voces, determinaron que el Rústico, por ser hombre robusto, le llevase a cuestas; pero apenas con su acostumbrado donaire le asió los brazos, cuando mordiéndole rabiosamente el pescuezo, cayeron los dos en tierra [...] porque caer en manos de un loco a las de un león hace poca diferencia» (129).




ArribaAbajoEl mundo patas arriba

Un tipo de espacio de la maravilla que infunde miedo y admiración es la representación del mundo patas arriba, donde todo sale al revés de lo que se espera. En el plano poético, una de las estrategias más comunes para evocar el mundo patas arriba es el recurso retórico conocido como adynaton: la apelación mediante imposibles («the assertion or appeal via impossibles» Rosenmeyer, 264). En los libros de pastores esta figura retórica se utiliza con bastante frecuencia. Por una parte, se aprovecha para expresar lo indecible por hiperbólico, como en Prosas y versos del pastor de Clenarda, de Botello: «mas ¿para qué procuro darte cuenta de la causa de mis enojos, si más fácil sería contar estrellas en el firmamento celeste, arenas en el abismo cristalino, y plantas en el suelo dilatado?» (f. 75r-v). El mismo libro nos brinda otro ejemplo semejante: «Pues primero que me obligues, dijo Clenarda, verás conservarse el más noble elemento con el más transparente, eternidad en la bonanza, sosiego en el celoso, salud en la enfermedad, desdicha en la ventura» (f. 60r). Otro uso de adynaton se encuentra en la Diana de Tejeda. De nuevo se trata de un encarecimiento hiperbólico: «que si yo quisiese relatar a la larga todos los Oráculos que de vuestra persona y descendientes tratan, sería querer meter la mar en una pequeña vasija y encerrar los vientos» (II. 336). Lope de Vega utiliza este recurso retórico con bastante frecuencia, sobre todo para comunicar en un nivel lingüístico la furia amorosa: «Ya no corone la aurora / aquestos montes inmensos, / ni por la tarde el ganado / vuelva de pacer contento. / Trueqúese la gloria en pena, la confusión del infierno / al cielo estorbe que al mundo / se muestre claro y sereno» (340).

Otra manifestación del mundo patas arriba se ve en el recurso denominado pathetic Jallacy en inglés, cuando la naturaleza parece reflejar el estado anímico de los personajes. La clara Diana a lo divino de Bartolomé Ponce casi ofrece una definición de este recurso: «Fue tan grande el llanto que en acabando lo que habéis oído comenzaron a hacer este pastorcito y sus dos hermanas, que movían a dolor y suma compasión los elementos y criaturas insensibles» (f. 182v). En Ninfas y pastores de Henares de González de Bobadilla, el exilio del pastor Florino de los prados a la orilla del Henares evoca esta reacción de su acostumbrado entorno: «Luego se enturbiaron las aguas del río: los empinados árboles humillaron su pompa, y el cielo se arreboló con tenebrosas nubes, y la saludable temperie del tiempo se comenzó a convertir en aires destemplados causadores de molestas enfermedades» (f. 44r). Este mismo libro de pastores nos proporciona otro ejemplo: «ni nadie respondía a mis querellas, si no es el fresco río desusadamente, alternando sus olas, si no es el populoso soto meneando con ruido y estruendo extraordinario sus ramas frondosas, si no es el eco amargo que a mis últimos acentos respondía» (f. 126v).




ArribaAbajoVisiones, fantasmas y malos agüeros

Otro fenómeno relativamente común en los libros de pastores españoles que suele dejar a sus protagonistas no poco maravillados es la aparición súbita de fantasmas o visiones de otro mundo, acompañados o precedidos a veces por malos agüeros. En Ninfas y pastores de Henares de González de Bobadilla, nos encontramos con espectros benignos y malignos. En el primer caso, rodeados de una luz brillante, mi viejo venerable y una bella matrona, encarnaciones de Juno e Himeneo, materializan ante la cama nupcial de Epidaurio y Lidia para anunciarles su buena fortuna en su vida de casados (f. 46r). El caso siniestro incluye:

una horrenda visión (que de las entrañas de la tierra les pareció que salía) oscureciendo con unos espesos y mal olorosos humos la claridad de Febo, El rostro tenía amarillo y arrugado a manera de melancólica vieja, los ojos saltados y arrojando llamaradas, los dientes cual hierro cubierto de escoria, con unas vestiduras sucias y desaliñadas: los cabellos erizados, y las manos abiertas y prolongadas como que quería arañar a los que presentes estaban atemorizados con espectáculos tan temerosos, la cual abominable figura anunció lo que se sigue.


(f. 61r)                


Representa a la encargada de sembrar rencores en el corazón humano. Viene para anunciar las exequias fúnebres del murmurador Licilio. Su llegada se anticipa con malos portentos: «del lado siniestro volaron unos graznadores cuervos batiendo las negras alas con mucho denuedo por los aires, y de allí a un rato una manada de cornejas anunciadoras de mal suceso» (f. 61r). A la música de una canción fúnebre, la visión desaparece.

Los libros de pastores españoles constituyeron un terreno imaginativo muy fértil en el que se proyectaron los deseos y miedos más recónditos de sus autores, y, se supone, de la sociedad para la cual eran su portavoz. El fuerte elemento sobrenatural que se evoca con enorme frecuencia en estos libros nos deja vislumbrar un anhelo de escapismo, un descontento con la realidad cotidiana y las normas represivas a las que vivían sujetos. Pero al mismo tiempo, las manifestaciones de lo maravilloso en la literatura bucólica revelan una curiosidad por saber los misterios divinos y naturales, y por conocer a fondo el mundo en que vivían. La expresión de la maravilla en los libros de pastores les permitió a los lectores espaciarse por zonas exóticas, incógnitas y hasta prohibidas, sin salirse jamás de la comodidad de los amenos prados que les eran familiares y que prometían el maravilloso espacio idílico de un paraíso terrestre. La moraleja enseñada por los libros de pastores, en última instancia, sugiere que debemos contentarnos con las maravillas naturales creadas por Dios, y esquivar las tentaciones de las curiosidades humanas. Diana resume esta lección en la Diana enamorada de Gil Polo: «Cosas son maravillosas las que la industria de los hombres en las pobladas ciudades ha inventado, pero más espanto dan las que la naturaleza en los solitarios campos ha producido. ¿A quién no admira la frescura de este sombroso bosque? ¿quién no se espanta de la lindeza de este espacioso prado?» (70).






ArribaObras Citadas

  • Aristóteles, De poética, ed. trilingüe de Valentín García Yebra, Madrid, Gredos, 1999.
  • Arze Solorzano, J., Tragedias de amor, Madrid, Juan de la Cuesta, 1607. Botillo de Carvalho, Miguel, Prosas y versos del pastor de Clenarda, Madrid: por la viuda de Fernando Correa Montenegro, 1622.
  • Cervantes Saavedra, M. de, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. Luis Andrés Murillo, Madrid, Castalia, 1978.
  • —— La Galatea (1585), ed. J. B. Avalle-Arce, 2 vols., Madrid, Clásicos Castellanos, 1961.
  • Daston, L., Park, K. Wonders and the Order of Nature. 1150-1750, Nueva York, Zone Books, 2001.
  • Espinel Adorno, J. de, El premio de la constancia, y pastores de Siena Bermeja, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1620.
  • Gálvez de Montalvo, L., El pastor de Fílida, Madrid (1582), ed. M. Menéndez Pelayo, NBAE 7, Madrid, Rivadeneyra, 1907.
  • Gil Polo, G., Diana enamorada (1564), ed. Raymond L. Grismer y Mildred B. Grismer, Minneapolis, MN, Burgess Publishing Company, 1959.
  • González de Bobadilla, B., Primera parte de las ninfas y pastores de Henares, Alcalá de Henares, Juan Gracián, 1587.
  • Lofrasso, A. de, Los diez libros de Fortuna de amor, Barcelona, Pedro Malo, 1573.
  • López de Enciso, B., Desengaño de celos, Madrid, Francisco Sánchez, 1586.
  • Mercader, G., El prado de Valencia (1600), ed. Henri Mérimée, Toutouse, Edouard Privat, 1907.
  • Montemayor, J. de, Los siete libros de la Diana (1559), ed. Enrique Moreno Báez, Madrid, Editora Nacional, 1976.
  • Pérez, A., Segunda parte de la Diana, Amberes, Pedro Bellero, 1581.
  • Ponce, B., Primera parte de la clara Diana a lo divino, Zaragoza, Lorenzo de Robles, 1599.
  • Rosenmeyer, T. G., The Green Cabinet. Theocritus and the European Pastoral Lyric, Berkeley, University of California Press 1973.
  • Saavedra, G. de. Los pastores del Betis. Trani: Lorenzo Valerte, 1633.
  • Sannazaro, J., La Arcadia, trad. Blasco de Caray, Diego de Solazar y Diego López de Ayala, (Toledo, 1547), ed. facs. de Francisco López Estrada, Valencia, Cieza, 1966.
  • Suárez de Figueroa, C., La constante Amarilis (1609), Madrid, Antonio de Sancha, 1781.
  • Tejeda, J. de, La Diana de Montemayor, París, A costa del Autor, 1627, Valuuena, B. de, Siglo de Oro en las selvas de Erífile (1608), ed. corregida por la Academia Española, Madrid, Ibarra, 1821.
  • Vega, B. de la, El pastor de Iberia, Sevilla, Juan de León, 1591.
  • Vega Carpio, L. de, La Arcadia (1598), ed. Edwin S. Morby, Madrid, Clásicos Castalia, 1975.


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