A pocos años de cumplirse los 100 años de la muerte del autor, la obra de Menéndez Pelayo sigue viva. Muchas veces, es cierto, criticada, discutida, negada, a veces injustamente tratada o incluso vilipendiada. Pero solamente se combate y discute contra lo que existe, sólo se arremete contra aquello que está presente, solo se reacciona contra lo más inmediato. Las ideas de Menéndez Pelayo han echado raíces en nuestra cultura. En muchas obras ese legado está presente y expreso, mientras que en otros casos los frutos de la labor del polígrafo recorren textos y territorios sin que se les asocie con su autor. Y de los muchos campos que trató, no se puede negar que la historia de la literatura española es, en muchos de sus aspectos, creación de Menéndez Pelayo, que señaló vías, caminos, problemas, grupos, corrientes, singularidades y excepciones. Ningún crítico ha dejado una obra que perdure tanto como la del santanderino. Obra extremada y extremosa, en la que hay grandes aciertos, grandes estudios, grandes vacíos y, quizás, grandes errores. Ni santo ni demonio, ni guía inobjetable ni ridículo espantajo, hoy en día se nos presenta como un hombre que quiso interpretar nuestra historia y nuestra literatura con su peculiar manera de ser, su curiosidad omnívora y su arrolladora fuerza intelectual: interpretación a veces luminosa, otras sorprendente, a veces injusta, casi siempre apasionada, pero nunca anodina.