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Anales galdosianos Año VIII, 1973

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ArribaAbajo¿Cómo era Galdós?

W. H. Shoemaker


Este artículo viene a ser como prólogo al libro de El arte novelístico de Galdós que tengo entre manos desde hace tiempo y que todavía tardará mucho en acabarse. El presente estudio no es en sí ni forma parte de ese arte mismo, pero es esencial a su claro conocimiento, su justo aprecio, su valoración. Porque antes del artista está el hombre, aunque vaya éste a veces paralelo a su obra o junto con ella. Perdóneseme esta perogrullada; pero hay que insistir en ella, porque se deja de lado con lamentable frecuencia, y sobre todo al pretender tratar de la llamada obra en sí, como si naciera y existiera sin progenitor; es decir, sin creador.

En el caso de Galdós, el hombre no sólo no está siempre visible en sus novelas, sino que rara vez sale de ese anonimato oscuro o impersonalidad observadora (y aun de fantasía) en que don Benito quiso meterse. El hecho es, como bien se sabe, que Galdós no se dejó ver claramente en sus novelas, ni concreta ni específicamente. Se ha creído que en ellas queda opaco, ocultado tal vez benigna, pero silenciosamente, detrás de sus obras. Sería sumamente difícil reconstruirle (su personalidad y carácter) a base solamente de los textos de sus libros. Así es que la novelística no nos entra adecuadamente, ni mucho menos, en la esencia del escritor. Pero ésta no es nuestra preocupación primaria, sino todo lo contrario; es decir, nos interesa principalmente comprender a Galdós por lo que él mismo signifique en su obra; no sus ideas, sus procedimientos, sus técnicas novelísticas, ni siquiera las influencias históricas, circunstanciales, literarias, etc., que han orientado y dado sesgo a cada uno de sus escritos, porque el estudio de todo esto vendrá después. De ahí que nos interese, por ahora, el propio Galdós, como ser humano y persona.

Todo galdosiano busca las claves de los secretos del arte novelístico de don Benito; pero mientras más dedicado esté a su obra, más preocupado se encontrará también en descubrirlas, a pesar de dudas, incógnitas y de su propia modesta humildad frente a los magníficos libros, ensayos y artículos que siguen produciéndose, aún más acá de la tumba, con la misma intención ambiciosa.

El arte novelístico de Galdós consta de muchos y muy variados elementos; el primero de todos ellos, de todos los que componen ese arte, es el hombre mismo, quien será la clave primera de esos secretos, tal vez de los más escondidos o huidizos. Así que, para no dejar innecesaria pero indefectiblemente truncada la crítica -el conocimiento justo, la estimativa, la valoración- de su novelística, debemos prologarla preguntando: ¿Cómo era Galdós? No se trata de trazar aquí la biografía externa del novelista, sino de traer a cuento esos rasgos de carácter y personalidad que han revelado lo que pudieran llamarse motivos internos vitales suyos, desde donde ha salido su arte. De esos rasgos se encuentran muchos citados y recogidos en obras de tan distinta intención y envergadura, y basadas en fuentes tan heterogéneas como, por ejemplo, la biografía primordial de Berkowitz y algunas obras anteriores, hasta los libros recientes de Sáinz de Robles y Carmen Bravo-Villasante.2

En su madurez, Galdós era alto y daba la impresión de ser hombre robusto y fuerte, aunque había sido en Las Palmas un niño enclenque, y por ello, y porque era el último de los diez hermanos, algo mimado, siempre dentro de las costumbres   —6→   rigurosamente piadosas y puritanas de la familia matriarcal. Ya en Madrid y Santander no sufría enfermedades serias, pero nunca pudo librarse del dominio intermitente de unas jaquecas repetidas con bastante frecuencia. Seguía un régimen de comer poco y de beber menos, o casi nada. Le cuidaban sus hermanas y cuñada y leales criados compañeros. Su único gran vicio era el tabaco: fumaba, o chupaba y mascaba, puros en cadena. Se vestía sin pretensiones y hasta descuidadamente.3

Después del primer decenio pasado en Madrid, de estudiante y periodista trasnochador, Galdós solía levantarse y acostarse temprano. Llevaba una vida disciplinada y ordenada; trabajaba mucho, lo que recomendaba repetidamente a sus amigos jóvenes después del 98, y hablaba poco, incluso en tertulias íntimas, y casi nunca de sus propias obras, de su persona o de su vida de relación. Merecía que se le atribuyera, por la sencillez4 de sus costumbres, una modestia5 extraordinaria, de cuya medalla era el reverso una gran timidez. A estas características se unía una voz muy débil.

En cierta ocasión en que sus admiradores le ofrecieron un homenaje, Galdós trató de escapar. Fue encontrado camino de Toledo, llevado más tarde a la mesa de los comensales. En otra, se hallaba tan embargado de emociones que no pudo pronunciar más palabras que «gracias», y después de una pausa: «Muchas gracias», para volver a sentarse, defraudando, aunque sin sorprender a los congregados.6 En el famoso banquete doble de 1883 con que fue homenajeado después del éxito de su novela El doctor Centeno, Galdós nada pudo decir en el primero; en el segundo circuló entre los asistentes una hoja impresa, que era una carta de gracias, la cual fue leída después en voz alta no por el autor, sino por un comensal.7 Un cuarto de siglo más tarde, en su época activa de republicano, se veía con frecuencia a Galdós en la plataforma de las reuniones del partido; él mismo preparaba muchos discursos, que eran leídos casi siempre por algún otro correligionario que poseía más voz.8

Antonio Maura, abogado de Galdós y después su contrincante político, escribió que don Benito, «aunque bondadosamente afable, resultaba seco, glacial, reservadísimo»;9 Diego San José describe la voz de Galdós como «apagada y ceceosa»;10 Enrique de la Serna, al hablar de la modestia y la timidez a la vez de Galdós, insiste en que «sentía muy hondo», que en realidad no tenía «nada de frío ni seco» y que había leído en 1897 su discurso de ingreso en la Real Academia Española, «porque no tenía más remedio que leerlo.... ¡Pero, de qué manera! No lo hubiese hecho peor un chico de la escuela».11 A jacinto Grau le llamó la atención «su acento canario, su dejo débil y suave».12 Y un día, hace unos quince años, Ramón Pérez de Ayala me explicó que Galdós hablaba con cierto «arrastrillo andaluz canario».13

Pero aunque la sencillez de Galdós se compusiera, en parte, de modestia, de timidez y de una cierta debilidad física de voz, sus cinco sentidos no carecían de fuerza y de agudeza. Sus «ojillos ratoniles», según afectuosa frase de Cristóbal de Castro,14 dejaban paso a una «retina rápida». Con esta frase y otras parecidas, Francisco Navarro Ledesma describió el extraordinario poder de la vista, que se unió eficazmente al del oído, y los dos a una memoria prodigiosa.15 Galdós escribió que vivía «con el oído atento al murmullo social», poco distraído «de este trabajo de vigía o de escucha».16 Al hablar al Bachiller Corchuelo de las campanas de la iglesia de San Francisco en Las Palmas, donde fue bautizado, aseguraba que tan bien oía y recordaba «su son... [que] no lo confundiría con ninguno. Lo distinguiría entre cien que tocasen a un tiempo».17 Habría podido hablar de sí mismo cuando escribió de Emilio Bobadilla, en su prólogo al libro de éste Viajando por España: «[...] en su   —7→   retina recoge y guarda aquel compendio de las artes hispánicas»18 encontradas en Toledo.

Galdós poseía una voluntad recia, «mansa», pero «poderosa»,19 que se veía siempre en sus costumbres de escritor. Su tenacidad20 e insistencia, su perseverancia en el trabajo pasmaban. Solía escribir con lápiz, en una mesa grande o, a veces, de pie en un pupitre cerca del balcón;21 según Bello, producía once cuartillas diarias en 1900. Un decenio más tarde, don Benito se lamentaba de no poder producir tanto. «Ahora, hay día», le dice al Bachiller Corchuelo, «que sólo hago una cuartilla, cuando más, escribo cuatro. He llegado a escribir doce en un día, y creo que una vez compuse veinte.22 Las correcciones o los cambios que hizo Galdós, tanto en sus manuscritos como en las pruebas de imprenta, eran numerosas, según el testimonio de muchos críticos23 y el escrutinio del que ahora escribe.

El poder de concentración mental y voluntaria en el trabajo, el de no dejarse distraer, era extraordinario en Galdós. Según dijo al Bachiller Corchuelo, «la máxima Age quod agis debían llevarla grabada los jóvenes en el cerebro. No se puede dedicar la atención a varios asuntos a la vez».24 Victor Hugo «sostenía [...] que la inspiración no es un estado anormal que de súbito sobreviene, sino que se obtiene haciendo versos normal y cotidianamente. Del propio modo pensaba Galdós. Y también los místicos».25 Y digamos que también el físico americano Tomás Alva Edison, quien insistía repetidamente que «genius is 90 per cent hard work».

A causa de la ceguera, don Benito tuvo que empezar a componer y a escribir dictando a mediados de 1911, explicándole a Federico Gil Asensio hacia fines del mes de septiembre de dicho año: «Me precisa dictar mis novelas, y trabajo así ya muchos meses».26 No le gustaba escribir así, porque echaba de menos el funcionamiento de la mano como extensión del pensamiento.27 Pero más tarde, ya acostumbrado o ajustado, lo hacía con aparente comodidad. Juan González Olmedilla escribió: «Dicta don Benito una oración entera, hace que la lean, y continúa, sin una sola enmienda, sin un tropiezo, con la naturalidad y la sencillez supremas que presiden toda su gigantesca obra».28 El amanuense durante algunos años de cierta época de su ceguera fue el correligionario Pablo Nougués. Ramón Pérez de Ayala ha referido lo siguiente: «No era raro que, después de haber estado dictándole largas horas a Paco Martín, que hacía también de amanuense, le dijese: 'Ahora, Paquito, vamos a descansar un poco; vamos a corregir pruebas'».29

Sobre los trabajos de lectura de Galdós, sobre si leía mucho o poco, hay dictámenes aparentemente contradictorios. Pero parece que las contradicciones se resuelven cuando se analizan las costumbres de Galdós en épocas diferentes de su vida. Él mismo declaró que en los años de su juventud, en Las Palmas, no le gustaba estudiar, pero que le «entusiasmaba leer libros amenos».30 Y lo confirmó en otra ocasión, diciendo que de joven le habían cautivado la imaginación el Quijote y las novelas de Fernández y González y de Dumas; «no pensaba aún en escribir; me gustaba mucho leer, eso sí».31 Esta afición continuó después de su llegada a Madrid y de haber vivido allí varios años; es un lugar común, de puro sabido, que durante un par de años, antes de ponerse a escribir Trafalgar, en 1873, y los otros Episodios Nacionales que lo siguieron rápidamente, Galdós se dedicó a lecturas preparatorias, encerrado casi en la biblioteca del Ateneo.32 En 1901, Navarro Ledesma declara categóricamente, desde Toledo, que «Galdós no lee», porque «leer sería perder tiempo»33 precioso y preciso para el trabajo de escribir. En cambio, Pérez de Ayala, también joven amigo que empezó a tratar a Galdós casi tan temprano como Paco Navarro,   —8→   pudo afirmar, tan categóricamente como el otro, que «Galdós leía mucho; pero, muy pocos autores... autores ingleses, algún clásico griego y algún otro castellano»: Shakespeare, Dickens, Eurípides, Cervantes, Lope «[...] y en su madurez, Tolstoy».34 En los últimos años, aún antes de quedarse ciego, para dar descanso a los ojos, el propio novelista refirió que el leal criado y compañero «Victoriano me lee los periódicos».35

Galdós era un hombre curioso, no por cierto fastidioso ni imprudente, de cosas y personas grandes y pequeñas. Clarín pudo afirmar de él, en 1889, que no era un sabio, sino «un curioso de toda clase de conocimientos».36 De niño había sido coleccionista de estampas y cromos, de lo que sentía orgullo aún mucho después.37 Maura sostenía que a pesar de sus «variadas y extensas lecturas... nunca emprendió verdaderos estudios de materia alguna; todas sus aficiones y sus curiosidades se sacrificaron [diría yo que se supeditaron] al devotísimo hojear»38 del gran libro de la vida. Viajaba incesantemente por toda España, acompañado del leal criado y compañero Rubín o de amigos por tierra cantábrica, buscando, mirando, oyendo; por muchas partes de Europa, en compañía de Pereda (por Portugal) o de Pepe Alcalá Galiano (por los Países Bajos, Alemania, Escandinavia e Italia); solo por Inglaterra y Francia, y solo y a pie por todos los barrios y rincones de Madrid. Curioseaba los misterios de crímenes y procesos criminales, como lo atestiguan sus reportajes enviados a La Prensa, de Buenos Aires, y en la misma época sus novelas La Incógnita y Realidad.39 Y todo lo que fisgaba lo retenía su extraordinaria memoria, para verterlo si llegaba la ocasión en algún escrito. Una sola visita a Gerona, tan breve como de un solo día con su noche, en septiembre de 1868, pudo servir para que se grabaran en la mente de Galdós «impresiones indelebles» que le permitieron escribir el Episodio titulado Gerona seis años más tarde, sin otros datos ni haber vuelto a la ciudad.40 Don Benito dijo al Bachiller Corchuelo, en 1910, que al visitar por vez primera la capital de Francia, «en poco tiempo me aprendí de memoria a París. Lo recuerdo como si fuera ahora».41 A Mesonero Romanos le parecía «sorprendente» la fuerza de la intuición y la memoria de Galdós.42 Pérez de Ayala ha evocado «un viaje que hicimos juntos, de Madrid a Bilbao a documentarse para escribir uno de sus Episodios Nacionales: Luchana [?]. Ahora estaba ciego. Pues bien; recordaba y me iba describiendo el camino, a entrambos costados, con todos sus accidentes y circunstancias».43 Como había afirmado Navarro Ledesma de lo descrito por Galdós, no sólo «lo ha visto mejor que nadie»,44 sino que lo ha recordado exactamente. Robert Ricard cree que se encuentran elementos de L'éducation sentimentale, de Flaubert, en La familia de León Roch, lo cual se debe a que Galdós «a su utiliser... les éléments que lui fournissait sa merveilleuse mémoire».45 Cuanto se ha dicho de la fabulosa memoria que poseía Galdós para cosas y lugares, era igualmente cierto en relación con sus lecturas y las personas y personajes creados en la literatura, sobre todo los suyos propios.46

Galdós tenía otros talentos artísticos, además del literario, en manifestaciones cronológicas concurrentes, y tal vez antes incluso de que se desarrollara éste. Toda su vida, y desde sus más tiernos años fue un aficionado, que llegó a ser adicto constante y empedernido, hasta alcanzar cualidades casi profesionales, a la música, a la pintura y, sobre todo, al dibujo. Estas aficiones de Galdós corresponden, naturalmente, a la extraordinaria agudeza de sus sentidos de la vista y del oído y a su vivo poder recordativo. Tenía inclinaciones también hacia la arquitectura, como lo demuestran la construcción que de joven hizo de un modelo de una ciudad medieval   —9→   y, cuarenta años más tarde, la explicación que ofreció de la forma de su obra dramática, al decir que «tracé y construí la ideal arquitectura de Alma y vida, siguiendo, por espiritual atracción, el plan y módulos de la composición beethoviana».47

Llevado por su afición, el joven Galdós fue esencialmente un autodidacta en las artes plásticas;48 pero en lo que se refiere a la música, no sólo estudió en el Colegio de San Agustín, de Las Palmas, con el profesor Agustín Millares,49 sino que llegó a ser un notable crítico musical;50 por otra parte, durante toda su vida tocó el piano, el órgano, o un armónium al que solía dedicarse una hora diaria en casa de Eduardo Navas. Más tarde, compró este instrumento para su casa de Santander, donde Eduardo Zamacois lo vio en 1909;51 ahora se encuentra en la Casa-museo de Galdós, en Las Palmas. Gregorio Marañón aseguró que Galdós era buen organista y fue durante mucho tiempo a tomar lecciones, con su sobrino, a casa de un viejo maestro muy conocido en Madrid, don José Aranguren, que vivía en la Plaza del Progreso».52 También Emiliano Ramírez Ángel ha referido que, en San Quintín, don Benito tocaba dúos de armónium y piano con su sobrino Pepe.53

En su juventud, Galdós pintaba lo mismo acuarelas que cuadros al óleo, siendo premiado con una «mención honorífica» en una exposición provincial del año 1862.54 Marañón ha declarado que «se conservan varias tablitas pintadas al óleo de paisajes y marinas montañesas, realizadas con una gracia candorosa...».55 A lo largo de su vida, Galdós fue amigo y compañero de varios pintores, destacándose en la intimidad de su compañerismo los hermanos Mélida (Enrique y Arturo), Antonio Beruete y el toledano Ricardo Arredondo, quien le enseñó a apreciar El Greco.56 «Ningún escritor estuvo más en contacto con el mundo artístico... ni más al corriente de las tendencias del arte español que Galdós».57

Pero, más que pintar con colores, Galdós dibujaba, a pluma a veces, pero con más frecuencia a lápiz. Existen, cuando menos, tres álbumes o cuadernos de dibujos hechos por Galdós en Las Palmas o recién llegado a Madrid, de más de treinta dibujos cada uno. Cuando los vi, en 1955, dos estaban depositados en el Museo Canario, de Las Palmas, habiendo sido uno de ellos propiedad del sobrino de don Benito, don Ignacio Pérez-Galdós y Ciria (q. e. p. d.); el tercero se hallaba en poder de don Eduardo Benítez Inglott, también recién fallecido (q. e. p. d.). Todos los dibujos son caricaturas: algunos se burlan de los políticos Fernando León y Castillo, coetáneo y muy amigo de Galdós y luego Ministro y Embajador de España, y de su contrincante palmero, Carballo Wangüemert, cuyo liberalismo Galdós apoyaba; otros satirizan el nuevo teatro, que después se denominaría de Pérez Galdós, por los peligros acuosos y las inconveniencias acústicas de encontrarse junto al mar; los demás se refieren, cómica y festivamente, a temas, asuntos, personas y personajes varios. Galdós mismo fue uno de los dibujantes que ilustraron sin firma la edición de lujo de los veinte primeros Episodios Nacionales (1881-85); bien sabido es también que el novelista trazó en los manuscritos de sus obras, manos, cuerpos enteros y, sobre todo, cabezas que se transformarían literariamente en los personajes de sus obras. Galdós escribió, por ejemplo, a su amigo santanderino Atilano Lamela sobre el crimen de la calle de Fuencarral y la asesina condenada a muerte, Higinia Balaguer, y le dice que «publicaré un retrato de Higinia hecho por mí. Está bastante parecido. Pienso hacer otro de la Dolores»58 Avila, otra mujer procesada en la misma causa criminal. A los cuatro días de la muerte de Galdós, el diario El Fígaro publicaba unos cuantos dibujos suyos.59 Rafael de Mesa que ha tratado extensamente el tema, escribió, entre muchas cosas, que Clarín «hablaba de las grandes facultades que el maestro tenía   —10→   para el dibujo» y que «muy bien pudo don Benito haber sido tan buen dibujante como escritor».60 El mismo don Benito confesó a José María Carretero [El Caballero Audaz], en 1901, que «sentía vocación por la música y por la pintura... yo he sido gran pianista. Todavía me atrevo a interpretar todo el repertorio de Beethoven. En pintura he hecho cosas muy bonitas... Para escribir me resulta [el arte gráfico] un complemento, porque antes de crear literariamente los personajes de mis obras, los dibujo con el lápiz, para tenerlos después delante mientras hablo de ellos. Es muy curioso. Tengo dibujados a lápiz todos los personajes que he creado».61

El amigo y camarada de Galdós en Las Palmas y durante sus primeros años en Madrid, don Fernando León y Castillo, recuerda que, «trasladado a Madrid, Pérez Galdós era cada día un más grande apasionado por las cosas de arte. Dibujaba y hacía música de afición y juzgábamosle sus paisanos y compañeros con notables aptitudes para lo uno y para lo otro; sus cualidades de crítico en materias artísticas, sobre todo, nos parecían extraordinarias... [Le] creíamos un hábil dibujante y un temperamento de músico, más que de un literato».62 Pérez de Ayala confirmaría esto muchos años después, diciendo que «poseía don Benito en grado pasmoso la retentiva visual del novelista y del pintor; como que dibujaba y pintaba muy bien».63 Igual testimonio facilitó Diego San José, al declarar que «el alma de Galdós era la de un artista exquisito, que lo mismo que floreció en un novelista genial, pudo haber germinado en un gran pintor o un músico insigne».64

Uno de los componentes más importantes del ser de Galdós, acaso el más esencial y dominante, el que estaba en el fondo de su carácter y personalidad, el que desde muy hondo le servía de móvil dirigente de su vida diaria de relación, así como de fuente vital de su creatividad literaria, fue el amor -el amor en varios niveles de intensidad, tanto de índole erótica como del ágape más benigno, abarcando toda clase de lealtades fuertes y firmes, pero sin exclusivismos, y de afectos desde los más apasionados hasta los de una suave bondad cariñosa. Los objetos del amor de Galdós casi no tenían límites, pero tal vez los principales fueran la patria y la patria chica, sus familiares y amigos y el prójimo, los niños, los animales, las flores, las plantas y las mujeres.

Ramón Pérez de Ayala ha escrito quizás el mejor canto del amor de Galdós, cuya «sed de vida y enorme cabida interior» le llevó a querer comprenderlo todo. «Y comprender -comprehender- es amor. En el amor, entregándose se adquiere; el amor engendra y concibe. Amor no sólo a los semejantes, la mujer, los niños y los hombres, sino también amor al mundo exterior, y al mundo puro y ecuánime de las ideas. De la dilatada experiencia y ejercicio personales de todos estos amores hay suficiente testimonio en la obra de Galdós...; el amor de amar, gaya ciencia; el amor evangélico a los hijos de los hombres, que alegran la vida; la filantropía, amor de humanidad; el amor de los sentidos..., y el amor platónico hacia las eternas verdades que exaltan el alma. Todos estos amores no eran abstractos, quimeras de gabinete, para Galdós, sino que los satisfacía en contacto constante y directo con la vida».65 El amor de Galdós no lo empañaban ni odios ni envidias. Jacinto Grau le llamó un «gran hombre niño... el hombre de menos veneno que he conocido».66 El mismo Galdós hablaba de «mi natural conciliador», como partícipe de la «tolerancia... en Canarias debida a la influencia inglesa», cuando El Bachiller Corchuelo le caracterizaba de «afectuoso, apasionado, generoso, amable, confiado».67 Uno de sus amigos jóvenes se había referido ya, en 1901, a su «indulgencia y una tolerancia incomparables» como padre de muchos hijos,68 y otro escribió después de su fallecimiento:

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«¡Cómo se manifestaba ante nosotros [sus contertulios santanderinos] el don Benito infantil, el don Benito todo sabia ingenuidad, espontáneo, familiar, paternal para los que éramos jóvenes aún y fraternal para los que eran contemporáneos suyos».69 Y José María Carretero, al recordar acontecimientos de cuando él tenía doce años y don Benito sesenta, declaró que «el alma de Galdós era infantil. Para la vida de relación nacía a cada instante».70

Galdós amaba a España como pocos. Sin dejar de amar a su patria chica canaria, amaba a España, como nación y patria de todos los españoles, sin regionalismos ni partidismos. Llegó a tener, antes de cumplir los treinta años de edad, una visión de España y una preocupación por ella que no le fue dado concebir y poseer a ningún otro novelista de su época. La amaba tan sin medida que se permitía criticarla, censurarla y castigarla, con la esperanza y el fin de corregirla, aunque no sin cierta piadosa tristeza. Paco Navarro y Ledesma afirmaba, en 1901, que don Benito había dicho que «España es una redoma de peces, a los cuales se han olvidado de mudarles el agua, y están los pobres pececillos con sus boquitas abiertas, comiéndose unos la substancia de otros, respirando y manteniéndose con mil trabajos en aquel líquido medio corrompido».71 En el mismo año Galdós explicó en un banquete que no era «orador. Pero sé sentir; deseo, como todos, la grandeza de nuestra patria».72 Urbano González Serrano ha sabido relacionar ese patriotismo sincero con su realismo literario.73 Doña Emilia Pardo Bazán veía en la «devoción [de Galdós] a España» su «compenetración más estrecha con el alma ibérica».74 Antonio Maura, a pesar de que sus criterios ideológicos, lo mismo en política que en religión, distaban tanto de los de Galdós que le llevaron a oponerse a la candidatura de éste para el premio Nobel, no le escatimaba ni un ardite de «amor patrio», que no disminuía con las influencias extranjeras que recibía, porque estaba en el fondo del alma,75 desde donde salía con alegría de chiquillo, cuando entraba en el puerto de Santander un barco nacional, impulsándole a correr «hacia el torreón» de su casa «San Quintín», en La Magdalena, para «izar la bandera», a cuya cortesía contestaba la nave a su vez.76

Se ha discutido mucho la actitud de Galdós con su tierra natal. Había visitado pocas veces a Las Palmas, y las Islas Afortunadas no figuran en sus escritos -por lo menos, directamente-, aunque no faltan los que ven en sus personajes literarios, en su habla y en la de algunos de ellos y hasta en ciertos sucesos incorporados en sus escritos, los modelos que Galdós pudo sacar de su vida y relaciones canarias. A la pregunta de por qué no escribió de Canarias y Las Palmas, contestó una vez que «todo eso es muy chico», dando así a entender que por mucho que significara para él, no podría interesar a los españoles que no fuesen de la Isla, que eran la inmensa mayoría de sus compatriotas. En Madrid, Galdós frecuentaba mucho a los canarios, sobre todo en tertulias, y ansiaba oír noticias detalladas de su tierra. Uno de los textos más hermosos del patriotismo galdosiano es el de un discurso breve que dirigió en 1900 a sus paisanos canarios en un banquete, con motivo de los temores que ellos tenían por la pérdida en la guerra con los Estados Unidos de aquellas otras islas que se llamaban Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Galdós procuró calmar su agitado espíritu, al exhortarles a un patriotismo más alto y de más alcance.77 Claudio de la Torre, cuñado del sobrino Ignacio Pérez-Galdós, quien ha conocido bien lo que había de su tierra natal en la intimidad de don Benito, ha asegurado que «conservó hasta el fin de su vida sus recuerdos y afectos familiares» y que siempre proyectó «esta visión humana..., amante de los suyos, fiel a sus tradiciones, animado siempre, hasta el deleite, por la anécdota isleña».78

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Casi toda la vida de Galdós transcurrió en un ambiente familiar. En Las Palmas, en la casa de sus padres, bajo el dominio benévolo pero severo de su madre doña Dolores. Al ir a la península en 1862, cuando tenía diez y nueve años, se escapó de ese dominio, y bien podría servir esto de explicación, a lo menos parcial, de sus escasas visitas a Canarias, en los años siguientes (véase mi nota 76). Poco después de estar en Madrid, estableció allí (y más tarde también en Santander) otra casa familiar. Este hogar, que cambió de calle y de número varias veces durante su medio siglo, era de una gran «dulzura y tolerancia», como dijo el doctor Marañón,79 y estuvo presidido por dos hermanas -hermanas mayores, desde luego- de Benito, quien vivía cuidado, bastante mimado y en cierto sentido protegido por éstas, doña Concha soltera y doña Carmen viuda, y por su cuñada Madrina también viuda. Formaban también parte de esta familia estrecha e íntima su sobrino José (Pepe, don Pepino) Hurtado de Mendoza, hijo de doña Carmen, que quedó soltero toda la vida como su tío y compañero devoto de él, varios criados y Rafaelita. Era una vida tranquila y cómoda, de ambiente cariñoso, nunca perturbada, que le dejaba al amo seguir la regularidad de su régimen y sin deseos de alterarla casándose. El ambiente de su vida era ya esencialmente de mujeres.80

Tres criados permanecieron largos años al servicio de Galdós. Pero, mucho más que criados, eran sus compañeros, miembros del grupo familiar, casi como si algún enlace de sangre los uniera a Galdós. Victoriano Moreno, que le atendía principalmente en Madrid, era, según el Bachiller Corchuelo, «el depositario de sus secretos, una de sus afecciones predilectas, ...su ayuda de cámara», compenetrado de alma con Galdós, de quien no se separaba en excursiones y viajes, en estrenos y meetings, ni en «ninguna solemnidad a que concurra el insigne maestro». Fiol le pinta como un Sancho que sigue leal a su amo, pero no «por una ínsula sino por él mismo».81 Lo que era Victoriano en Madrid era Manuel Rubín, «su jardinero y mayordomo»,82 en Santander y en las salidas que desde allí hacía Galdós, «en busca de aventuras», viajando «en tercera, sin ninguna comodidad, en contacto con gentes humildes y sencillas...»83 Paco Martín fue el cochero, amanuense a veces, confidente y siempre criado fiel como nadie, a quien don Benito dejó «una importante manda».84

Rafaelita era hija natural del diestro cordobés Machaquito y ahijada del sobrino de Galdós. Desde muy niña fue como de la familia; de haber sido hija de Galdós, no la habría podido querer más. Federico Gil Asensio ha escrito que era «una preciosa morenita de ojos negros que miran intensamente», una «linda y simpática criatura» y el «vivo retrato» de su padre, y que don Benito «goza más cuando la supone contenta y la adivina jugueteando por la terraza».85

El Bachiller Corchuelo declaró que «Don Benito idolatra en ella», y la oye tocar entusiasmado el piano, que tocaba muy bien; ha referido, ademas, varias anécdotas que ilustran la indulgencia cariñosa con que la trataba. «En cierta ocasión se empeñó la niña en que le dibujase unas letras para bordar. Y don Benito, que andaba aquellos días con prisas para terminar una obra, la interrumpió y se pasó dos mañanas dibujando. Trabajo inútil y tiempo gastado en balde: Faelita perdió los dibujos. -Ya verás cómo se va a poner don Benito- le dijo la familia.» La niña se escondió y «la familia estaba verdaderamente aterrada... nadie sabía cómo darle la noticia». Cuando no apareció Rafaelita, le explicaron a Galdós lo que había pasado, y él exclamó, «respirando tranquilo. -¡Vamos! ¿Todo eso era? Pues que venga sin miedo. ¿Se han perdido los dibujos? Pues le haré otros, y en paz. ¡Faela!,   —13→   ¡Faelita!... [Y ésta] recibió por todo castigo a su descuido una tanda de besos cariñosos».86

Cuando estaba fuera, de viaje, Galdós solía escribirle tarjetas y cartas breves, una de las cuales, preciosísima de comprensión amorosa publicó Emilio Fornet87 y otra también preciosa que se encontraba hace poco en el Museo Canario de Las Palmas, escrita desde Santander el 14 de septiembre de 1916, y que reza como sigue: «Querida Rafaelita, alegría de esa casa y de ésta. Desde que fuiste a Madrid, aquí no hay más que tristeza y un vacío muy grande. Solo en mi despacho, pasan horas, no oigo más que el gemido lastimero de las moscas presas de patas en el papel pegajoso. El buen Tito [perro] se pasea de una parte a otra como buscando a la niña, y con el tronquito de rabo que le queda, parece preguntarme dónde te has ido. Rinconete y Cortadillo [dos gansos] andan solitos por la huerta desde el anuncio de tu parte anoche». Luego de prometer ir a Madrid pronto y de mandar «recuerdos a tu padrino, a Vicenta y Petra, a doña Matilde... a Aniceta [niña de la vecindad]... a Victoriano, y a cuantos se acordarán de mí», concluye así: «No te escribo más hoy, porque mis ojos malditos no me dejan. Sabes cuánto te quiere Don Benito».

Si Rafaelita era la niña predilecta de Galdós, otra predilección temporal suya fue Aniceta, amiguita de Rafaelita, una chiquilla de la vecindad, de rizos rubios, que don Benito gustaba de acariciar, quien en cierto momento sustituye «en el cariño de Galdós a aquel Alfonso, hijo de una portera vecina, a quien Galdós educó, enseñó a leer, encauzó».88 Pero Galdós los quería a todos. Se entendía fácil y naturalmente con ellos y sabía hablar su lenguaje con esa riqueza de «apodos y motes, llenos siempre de un hiperbólico gracejo, muy de la calle».89 Congeniaba el niño grande con los otros que eran todavía chiquillos. El don de gentes que poseía don Benito se veía muy especialmente en sus relaciones con la gente menuda.

El Bachiller Corchuelo ha anotado ese «don... de hacerse amar de los niños. Los niños todos le adoran», y declara que «por su ternura [hacia ellos], es digno de ser abuelo». Más bien parece que, a pesar de los años maduros, seguía viviendo un espíritu joven, de niño, «su alma de niño bueno».90 Él mismo escribió, cuando no tenía más que veintidós años, que no era «uno de esos que tienen placer en ocuparse en lenguaje irónico de las cosas más serias. Nosotros [su yo editorial] nos extasiamos ante los nacimientos, porque amamos los recuerdos de nuestra juventud y reverenciamos los símbolos de nuestra religión».91 Muchos años después, teniendo más de sesenta, en el «Prólogo» a Vieja España, de José María Salaverría, al comentar el interior de la catedral de Burgos, confiesa que no se avergüenza de «decir que jamás, en mis frecuentes visitas, perdí el encanto inocente de ver funcionar el infantil artificio del Papamoscas».92 Y Marañón, al contar una «infantil travesura» del Galdós maduro en la catedral de Toledo, explica que don Benito metió una chinita «en la boca de una de las bichas de bronce que sostienen el cuerpo del púlpito del Evangelio, en el crucero» y en cada visita introducía el dedo para asegurarse de que estaba allí todavía, hasta que un día se enteró un compañero y llegó la noticia al oído del obispo, quien, furioso por tal irreverencia, la mandó sacar, poniendo punto final al jueguecito.93

Galdós no podía, tal vez no sabía castigar, ni siquiera reprender a los niños. El idolatrado hermano mayor Manolo del joven Carretero, que tenía a la sazón doce años, envió a éste a ver a Galdós, para que le riñera como era debido por haberse ausentado de casa varios días, motivando así hondas inquietudes familiares, en una   —14→   larga escapada a pie a Valladolid. Don Benito «fingió que estaba muy enojado y... dijo: Sí, pollo, sí. Es verdad que tengo que regañarle, y... mucho... ¡mucho!» Pero acto seguido empezó a hablarle de Valladolid y de su aventura.94 Asensio cuenta que Galdós dejaba a los muchachos robarle la fruta de su huerto, diciendo que «para ellos se produce...; si... les impusiera un castigo, ¿no pagarían muy caro el fruto que saborean? ¡Pobrecillos! ¡que les aproveche!».95

El sentimiento que Galdós tenía y demostraba por los animales y por las flores era también una especie de amor. Siempre hubo en su casa un perro, que, además del nombre poco usual, tenía, como los niños, los parientes y los amigos, algún apodo gracioso. Secretario, un can negro, y el favorito Polo fueron muy fotografiados en Santander con Galdós. Otros perros de San Quintín fueron Tito, Canario (regalado por el padre Manjón), Rif, Don Napoleón y Don Pablo; los que tuvo en Madrid se llamaban Filo, Albrit, que «se me murió», y Taft (un «cachorro de nueve meses», en 1917). Como don Benito le explicó a Diego Montaner, «son tan fieles los perros...». También tenía en su familia santanderina dos gallinas, «la pinta y la negra», dos gansos, «Rinconete y Cortadillo», dos cabras, «Quintina y la Chiva», y una cordera negra llamada «Mariucha».96 Y en Madrid le gustaba echar diariamente «miguitas de pan a los pájaros».97

Esta clase de afectos abarcaba también a los árboles frutales y las flores, que, a pesar de tener jardinero, Galdós cuidaba con gusto y esmero, podando, criando y dirigiendo los trabajos de Rubín. Según escribió José de Cubas en enero de 1894, Galdós había dicho, hablando en su jardín, el mayo anterior: «-¿Preguntaba usted por mi última obra? Aquí la tiene usted: estas flores recién abiertas; aquella huerta que está a espaldas de la casa-. Y con verdadero amor de creador nos fue enseñando huerta y jardín y haciéndonos la historia de sus moradores».98 Azorín vio este amor proyectado en los escritos de Galdós, cuando escribió: «Con Galdós las cosas que antes estaban muertas comienzan a vivir... la gran revolución que Galdós inaugura en España es el amor a las cosas».99

Los amigos de Galdós eran legión. Lo fueron para siempre, lo mismo los de la niñez y juventud que los que llegaron en los años maduros y aún después de muerto, formándose el grupo de «amigos de Galdós», en Toledo, en 1923. Muchos eran de ideas muy distintas a las de Galdós, como en el terreno político Fernando León y Castillo y Antonio Maura, y en el religioso José María de Pereda y Marcelino Menéndez Pelayo, lo que no impedía que todos entrasen en el calor amoroso de la amistad del isleño canario. Entre los literatos se contaban Pereda, Leopoldo Alas, Menéndez Pelayo, Armando Palacio Valdés, y José Ortega Munilla,100 como bien se sabe, y también doña Emilia Pardo Bazán, Narciso Oller, Francisco Navarro Ledesma, con quienes ligaba también a Galdós un respeto cordial y una admiración calurosa por su talento y obra literarios.101

León y Castillo, el amigo de los años juveniles en Las Palmas, llegó a ser una eminencia en la política conservadora y en el servicio del gobierno español como Ministro y Embajador, pero Galdós pudo satirizarle sin piedad en sus dibujos y visitarle en su casa de París, desde donde cumplimentó con él, también en la Avenida Kléber, a la destronada reina Isabel II.102 Margarita Xirgu, su «Marianela», y Margarita Nelken supieron corresponderle el cariño que las tenía, llamándolas «mis dos Margaritas», lo mismo «por el amor que por la galantería».103 Don José Alcaín, su abogado y albacea, fue un devoto que pudo devolverle a Galdós su afecto y lealtad. Al joven argentino Alberto Ghiraldo estimaba y quería tanto Galdós que le cargó   —15→   con la oportunidad y la responsabilidad de recoger y publicar póstumamente varios escritos dispersos suyos; el amigo cumplió con la obligación amorosa, haciendo salir a luz, entre 1923 y 1933, los diez tomos de Obras inéditas e incluso el tomo de la Crónica de Madrid.

Dos médicos participaron, sobre todos, de la intimidad cariñosa de Galdós. Uno fue don Manuel Tolosa Latour, el «Doctor Fausto» para el «Mefistófeles» de Galdós, quien le trataba desde los años setenta sirviéndose de él como modelo para su personaje novelístico Augusto Miquis.104 El otro, don Gregorio Marañón, a quien citamos mucho en este estudio por las relaciones estrechas que tuvo en los últimos años con el maestro, conociéndole bien y estimándole con una gran correspondencia amorosa. Galdós le apodaba «La Facultad», y le denominaba «activa y piadosa lumbrera».105

Tal vez fuera José Estrañi el amigo de más larga intimidad y confianza, a quien trataba Galdós como a un hermano; «popular director y poeta zumbón de las Cartas infernales y las Pacotillas» en el periódico santanderino El Cantábrico, algo izquierdista, tenía casi los mismos años de Galdós y falleció sólo seis días antes que él.106 Los íntimos de Galdós en Santander, quienes formaban la tertulia casi diaria en San Quintín y entraban allí como en su propia casa, eran, además de Estrañi, otros cinco santanderinos llamados Esteban Polidura, José Ferrer, el coronel Aroca, Atilano Lamela y Policarpo Alemán.107 De los contertulios de café en Madrid en los primeros años poco se sabe (véase la nota 60), pero por la compañía que daban al ciego don Benito en su casa y aún en su dormitorio, en los últimos años, sus jóvenes admiradores se ha escrito que éstos le querían y trataban «con veneración pero con franca camaradería». En la tertulia figuraban los devotos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, Torralva Beci, Roberto Castrovido, Andrés González Blanco, el dibujante La Rocha, el escultor Victorio Macho, Menéndez Pallarés, Julio Mesa, Ramón Pérez de Ayala, Emiliano Ramírez Ángel, Sánchez Díaz, Diego San José, Marciano Zurita.108

Además del amor que tenía Galdós por personas de su familia, por sus amigos y por todos los niños que conocía, tenía otro, suave y generalizado, al prójimo, a quien amaba impersonalmente por ser hijo de Dios.

De las relaciones con mujeres que tuviera Galdós se sabe muy poco en definitiva. Sin embargo, cunde la creencia de que el amor erótico siguió siendo muy intenso hasta los últimos años de su vida. Uno de los motivos que pudo tener Mamá Dolores para enviar a su hijo menor a la península, a la edad de diecinueve años, fue el separarle de su prima Sisita, la hija natural del tío José María Galdós y Adriana Tate, viuda de Hurtado de Mendoza y suegra del hermano Domingo y de la hermana mayor Carmen. Esta niña marchó con su madre a vivir a Las Palmas, para gran escándalo de la familia; Benito se enamoró de ella perdidamente. Más tarde, volvió Sisita a Cuba, se casó y tuvo un hijo, a quien Galdós regaló al nacer un reloj; con Sisita mantuvo siempre unas relaciones nostálgicas y melancólicamente cariñosas, aunque separadas por la distancia. ¿Fue por esta experiencia, entre otras, por la que se quedó soltero?»109

Juanita Lund fue el amor de los años maduros de Galdós. Galdós estaba cauto e indeciso, y a los tres años de conocerla, antes que se decidiera a pedir su mano, la señorita se casó con otro.110 En los últimos años de su vejez, Galdós quería ir a pasar la noche con su querida Teodosia Gandarias, otra anciana; su sobrino tuvo que prohibírselo, siendo una de las pocas veces que Don Pepino se opuso a la voluntad y al deseo de su tío.111 Pero, ¿quién era doña Paz y qué papel hacía en la vida   —16→   amorosa de Galdós, aparte de lo poco revelado en una carta dirigida a Ortega Munilla a los pocos días de fallecido D. Benito?112 Como otras amigas y amantes, ha quedado en la penumbra de los conocimientos actuales; la mayoría de ellas efectivamente sepultadas en un oscuro olvido intencionado.113 Se ha supuesto que Galdós tuvo hijos naturales, y que éstos y sus madres constituyeron una de las razones de la casi ruina financiera que experimentó en 1897, cuando tuvo un pleito económicamente desastroso con su compañero Cámara, de la casa editorial, y en 1916, cuando se organizó una subscripción nacional para sacarle de los apuros de la pobreza. En 1905 (¿o antes?) legitimó en Bodes (provincia de Santander) a una hija -María-, al morir la madre de ésta; y María recibió el amor y la tutela paternales hasta quedar única heredera de su padre.114

Sáinz de Robles tuvo que confesar, en 1941, que la «vida amorosa» de Galdós había resultado un rompecabezas que no se descifraba ni aclaraba. Pero, que no hay duda de que hubo amores y amoríos, y muchos. «Lo afirman sus amigos más íntimos. Lo confirman sus familiares. Lo corrobora la fama... los hubo. A docenas. Galdós fue hombre normal y, cuenta la fama, bastante faldero. Hasta en sus últimos años... [Pero] un misterio más en su vida. Como el de sus relaciones familiares. ¿Cuándo amó? ¿Cómo amó? ¿A quién amó? Y debemos contestar: amó muchas veces, amó epidérmicamente, amó a mujeres de nombres cualesquiera y de condiciones sociales distintas.»115 Luis de Oteyza ha referido el encontrazo que tuvo Galdós, en la calle de la Montera, con una chulilla a quien había seducido y abandonado. Hubo insultos y amenazas; Galdós y el amigo que le acompañaba esperaban «la puñalada, el vitriolo o los arañazos por lo menos... Pero en el ánimo enfurecido de aquella mujer pesó lo que la Prensa decía del ilustre autor de los Episodios. Y refrenando su justa cólera con el tributo de admiración de los periódicos, le dejó pasar indemne, diciendo: -Si no fueses una gloria nacional».116 Otra anécdota que ilustra la misma cara de la medalla amorosa de Galdós -esa mezcla de respeto y admiración que inspiraba, junto con el enfado porque el amor hubiese terminado o hubiera significado tan poco- ha sido relatada por Blasco Ibáñez: «un día hizo una conquista y la damisela conquistada se quejaba de un vicio que la ayudaba con muy poco y la obligaba a darle chocolate por las tardes, cuando al entrar en el gabinete de la quejosa vio el retrato de Galdós sobre la chimenea y preguntó: «¿Y tú por qué tienes este retrato? -Ese es el viejo. -contestó ella.»117 El Bachiller Corchuelo, al tratar de sacar a Galdós de su pertinaz silencio sobre el sexo femenino, se ha referido a las mujeres que pasaban a su lado por la calle. De «una moza alta, guapetona, de muchas carnes», Galdós, después de echarle «una ojeada de esas que son un cálculo rápido de encantos y atractivos, exclamó «desdeñosamente: -¡Bah! Es muy basta. Parece un rosbif mal asado». Y «de otra muy delgada, pinturera y bonita», comentó -«Ya me había fijado en ella. Es una angula.» Cuando Fiol le dijo que se veía que era «hombre de gusto muy delicado en la elección de mujeres» y que tenía «fama en ese particular», Galdós «se ruborizó como un colegial, y me miró azoradísimo. -No diga usted nada de eso- me pidió. -¿Por qué? -Porque luego me sale una erupción de admiradoras, y tengo que emigrar».118

En 1905, Galdós escribió un discurso en el que elogiaba a Jacinto Benavente y destacaba, entre otras muchas cualidades del joven dramaturgo, «su creación de tipos de mujer». A continuación, dijo algo que bien pudiera ser una síntesis, no sólo de cuanto significa la mujer para el arte, sino de lo que representaba para Galdós, desde sus amores más hondos hasta los amoríos temporales y aún epidérmicos: «Sin   —17→   mujeres no hay arte; como que en ellas está el principio y fundamento de toda expresión estética... Ellas son el encanto de la vida, el estímulo de las ambiciones grandes y pequeñas; origen son y manantial de donde proceden todas las virtudes. Debemos a la parte bella y débil de nuestro linaje los altos ejemplos de abnegación y de heroísmo, y reservándonos los móviles del desorden moral y la responsabilidad de todas las formas de pecado. Obra de ellas son los más gloriosos triunfos del bien; obra nuestra las privadas desdichas y las públicas catástrofes. Es destino ineludible de ellas amar al hombre, y éste debe consagrarles toda su inteligencia y su corazón entero».119

De todos los elementos que hemos querido destacar de la esencia de Galdós, de cómo era el hombre, surge la integridad de su carácter. De su sencillez, modestia y timidez, de la finura de sus sentidos y de su voz débil, de su voluntad para el trabajo y de una curiosidad multiforme e insaciable, así como de su capacidad para amar desmedidamente a España120 y la patria chica, a sus familiares, a sus amigos, a los niños, y al prójimo, a los animales, las flores y las plantas, y a las mujeres salía siempre un Galdós sincero, directo, entero. Vivía en la sociedad, pero vivía desde dentro, sin falsedades, ni artificios, ni farsanterías, con una gracia natural, a veces, en apariencia, desgarbada.

Universidad de Missouri-Columbia



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