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Capítulo III

La Constituyente


SUMARIO

La Constitución elaborada en 1822.- La Constituyente suprimió el Poder Ejecutivo y tuvo la temeridad de ejercer el gobierno nacional por medio de tres delegados que fueron elegidos de su seno.- Segunda Campaña de Intermedios.- Fue el plan sanmartiniano de grandiosa concepción.- Derrota de Alvarado en Moquegua.- Consecuencias que trajo el desastre.- Riva Agüero y Santa Cruz se aprovechan de la situación y consiguen que el Congreso acepte la renuncia de La Mar y de sus compañeros.- Fue un error que la Constituyente se hubiera decidido por la forma republicana.- Razones que tuvieron los representantes para combatir la monarquía.- No tuvieron los nobles limeños condiciones para el gobierno nacional.- Opiniones de Paz Soldán y de Prado.- Fueron gentes de segunda categoría las que hicieron la Patria.- Estas gentes no solamente odiaban el absolutismo sino también la monarquía.- Casi todos revelaron superiores dotes para la labor legislativa y gubernamental.- Sensata opinión del historiador de Pradt.- Aznapuquio y el mal ejemplo que dejó en la República.- Males producidos por las revoluciones.- Pronunciamiento de 1823.- Condiciones que favorecieron el buen gobierno de Riva Agüero, en los primeros   -121-   meses de 1823.- Se piden auxilios militares a los países vecinos.- Portocarrero, Larrea y Blanco Encalada salen respectivamente para Colombia, Chile y Buenos Aires.- Situación de estos países.- El ejército de Santa Cruz sale a campaña.- Fraccionado sube la cordillera y por diferentes partes ocupa el Alto Perú.- Se intenta batir a Olañeta, y estando Canterac en el Norte no se aprovecha durante las primeras semanas del dominio absoluto que los patriotas tuvieron del territorio ocupado.- Como relata Bulnes la campaña y la derrota de Santa Cruz.- Riva Agüero pretendió conseguir la emancipación del Perú sin el concurso de Bolívar.- Causas que hicieron infructuoso este gran anhelo.- Acusaciones contra Santa Cruz.- Comentarios de Bulnes.- La derrota de Santa Cruz fue un terrible golpe para el nacionalismo peruano, y causa de sucesos adversos y dolorosos que tuvieron su término en 1827.- Sin la venida de Bolívar, el Perú hubiera quedado en poder de los españoles.- San Martín tuvo la grandeza de alma de ceder el paso a Bolívar.- Los próceres peruanos, por propia dignidad, tuvieron que agotar los medios de libertar a su patria sin el auxilio de extranjeros.- Esta aspiración patriótica quedó frustrada por causa de la guerra civil.- La rebeldía de Riva Agüero a las insinuaciones de Bolívar hizo gran daño al nacionalismo naciente.



I

Habiendo sido irrevocable la renuncia de San Martín, el Congreso por él instalado, el 20 de septiembre de 1822 y ante el cual resignó el mando supremo que por ley de la victoria ejercía, eligió para reemplazarle una junta que se llamó de Gobierno. Fue compuesta del general don José de La Mar, de don Felipe Antonio Alvarado y de don Manuel Salazar y Baquijano, Conde de Vista Florida.

Falto el Perú por aquellos años de eso que se llama educación política, y hallándose entonces sus pueblos en condiciones únicas para el gobierno absoluto, la instalación de un   -122-   Congreso en los momentos en que menos lo necesitaba, fue un hecho de consecuencias adversas y desfavorables para la lucha y causa del estado de cosas que perduró hasta el año de 1827, en que vino la reconstrucción del país con la salida de Bolívar. Un Congreso es una fuerza poderosa de opinión pública. Puede hacer mucho bien cuando esta opinión existe y cuando la influencia legislativa tiene el contrapeso de un Ejecutivo fuerte y lleno de prestigio. Ni una ni otra cosa existían en el Perú a la salida de San Martín, y en tales condiciones la Constituyente del año 22 no tuvo contrapeso alguno. No teniéndolo, estuvo dominada por los naturales instintos de las corporaciones colegiadas e irresponsables. Desconocedora de sus fines netamente legislativos, tuvo la audacia de suprimir el Poder Ejecutivo y la temeridad de ejercer el gobierno nacional por medio de tres delegados que fueron elegidos de su seno y que en todo quedaron a merced de la omnipotencia legislativa.

No fue esta organización anodina y nunca más vista en el Perú, la única que produjo el desastre guerrero de Moquegua. Hubo otras, pero positivamente ella fue la más directa y la que introdujo en la máquina administrativa el desconcierto y falta de unidad, consiguientes a ese inadecuado estado de cosas.

Recibiendo instrucciones de la junta y, lo que fue inaudito, del mismo Congreso, partió el general Rudesindo Alvarado para el Sur al frente de 4000 hombres. A costa de grandes sacrificios, y deseando San Martín recuperar el prestigio nacional que Tristán perdió en la acción de Macacona, en sus últimos tiempos de gobierno, armó, equipó y disciplinó este cuerpo expedicionario, en su propósito de atacar por Intermedios.

Fue el plan sanmartiniano de grandiosa concepción y de seguro triunfo, si multitud de causas no le hubieran sido adversas. Un ataque por el extremo derecho de la línea   -123-   realista, un amago por la izquierda en el Alto Perú y un intento de cortar el centro, forzando para ello las formidables posiciones españolas de Puno y Cuzco, hubieran dado los resultados apetecidos, si cada uno de los combatientes hubiera atacado con matemática precisión, y si Chile y Buenos Aires hubieran proporcionado los auxilios que se les pidieron. Bulnes, en su libro Bolívar en el Perú, analiza el plan de Intermedios en los siguientes términos.

El plan que ideó era atacar simultáneamente la línea enemiga por su extremo derecho, que se apoyaba en la población de Huancayo, donde tenía su residencia el general Canterac, con un ejército de 4000 hombres mandados por Arenales, que saldría de Lima en esa dirección; amagar su extrema izquierda, que se extendía hasta la línea actual de frontera entre Bolivia y la República Argentina, con un ejército auxiliar que fue a solicitar de las Provincias Unidas el coronel don Antonio Gutiérrez de la Fuente; y cortar el centro de las formidables posiciones contrarias con el ejército de 4000 hombres que mandaba el general Alvarado, y que desembarcaría en alguno de los puntos de la región del Perú que se conocía con el nombre de Intermedios, para marchar rápidamente a situarse en Puno o en el Cuzco.

Este vasto plan de guerra necesitaba el concurso de los países limítrofes. Era preciso que Chile lo secundase proporcionando víveres y algunos refuerzos militares. Con este objeto San Martín envió a Chile como ministro diplomático a don José Cavero y Salazar a solicitar estos auxilios. Aunque el ministro Cavero y Salazar llegó a Santiago en los momentos más desfavorables, tanto por la pobreza en que se encontraba el país como porque el público estaba cansado de los sacrificios incruentos y aparentemente estériles que había hecho en favor del Perú, sin embargo, no tocó en vano la cuerda del patriotismo en el corazón del director O'Higgins, quien le ofreció proveer de víveres al ejército expedicionario, y le envió desde luego un cuerpo de dragones de caballería de 300 plazas y cien hombres de infantería para reemplazarlos.

Al mismo tiempo que San Martín acreditó a Cavero y Salazar para gestionar estos auxilios ante el gobierno de Santiago, envió a las Provincias Unidas al comandante Gutiérrez de la Fuente a solicitar el concurso de ellas en la parte respectiva del plan. Éste cumplió su misión con celo, pero sin fortuna, porque no halló en los gobernadores de Mendoza, San Juan y de Córdoba, sino buenas palabras o expectativas que pudieron engañarlo, un   -124-   momento, pero que no tardaron en disiparse. En Buenos Aires no encontró eso siquiera, y decepcionado de su viaje volvió al Perú, y dijo al ministro Cavero y Salazar que no deba esperarse nada de Buenos Aires.

Este vasto plan de campaña era bueno para ser desarrollado en un texto de estrategia, porque tiene apariencias de sencillez y de grandiosidad capaces de entusiasmar a un alumno de estudios militares; pero en la práctica ofrecía los más serios inconvenientes y las más insuperables dificultades.

Estimando las posiciones del ejército español como una línea militar, y contando con la superioridad que daba a la causa patriota el dominio del mar, se creyó posible cortarla por medio de ataques simultáneos sobre diferentes puntos. Se consideraba al ejército real como una cadena extendida sobre la sierra del Perú, cuyos principales eslabones eran los campamentos, militares. La campaña tenía por objeto aislar las divisiones e impedir que se reunieran en un esfuerzo común.

El ejército era el martillo que debía romper los eslabones de la cadena de hierro que ataba la libertad del Perú.

Concebida así, la operación parece sencilla. La causa de la Patria podía utilizar la vía del mar que el genio de lord Cochrane, le entregó para siempre, y amagar a su antojo el punto más débil del enemigo; pero en la práctica ofrecía inconvenientes de otro orden que habrían frustrado el esfuerzo de generales mucho más hábiles que Alvarado.

Es cierto que la línea militar del enemigo era muy extensa, pero como estaba situada en la sierra, que está separada de la costa por un glacis de arena de 10 a 20 leguas por término medio y por una muralla almenada de 4000 metros, la línea del ejército español debía considerarse como posición fortificada. Para llegar hasta ella había que atravesar el desierto de la costa y escalar la cordillera; el desierto, que es la sed, la arena en que se atascan los bagajes y la artillería, la falta de víveres, y la cordillera, que es la puna, el cansancio, el frío. Antes de que los patriotas pudieran llegar a los campamentos realistas, éstos, corriéndose sobre su centro, se concentrarían en el punto amenazado, y entonces todo el plan se trastornaba, porque el ejército real reunido combatiría en detalle a las divisiones independientes en el orden en que fueran llegando.

Exigía además una coincidencia tan perfecta como rara vez se realiza aun en los ejércitos mejor preparados: se requería que Alvarado, las fuerzas argentinas y Arenales obrasen simultánea y matemáticamente. En esta eventualidad podía suceder o que Canterac desamparase a Huancayo para defender el Cuzco y salir en masa al encuentro del enemigo que vendría fatigado de la costa, o que defendiese su posición. En el primer caso   -125-   entregaba a los contrarios la parte del país que ocupaba, y dejaba descubierto y amenazado el flanco del ejército del Cuzco. En el segundo habría un combate entre Arenales y Canterac, sin que pudiesen venir en auxilio de éste las fuerzas del Cuzco, porque tendrían sobre sí las de Alvarado, de frente.

En cualquiera de estas eventualidades había condiciones de inferioridad para el ejército patriota, porque el paso de las cordilleras lo colocaba en situación desventajosa respecto de las tropas reales que lo aguardarían descansadas y provistas de todo en sus campamentos.

Había además que contar con otros inconvenientes basados en las condiciones peculiares del ejército enemigo. Las tropas reales se componían, en su inmensa mayoría, de soldados peruanos con jefes y oficiales españoles, y especialmente de indios reclutados en la altiplanicie, después que el ejército realista fue casi disuelto en el paseo espléndido, pero caro e inútil, que hizo con Canterac a la plaza del Callao en 1821. El hombre de la altiplanicie es el más andador del mundo.

Su costumbre secular de viajar a pie por las montañas, al lado de las llamas a quienes sigue pacientemente y cuyo carácter se ha asimilado por adaptación, ha desarrollado en él aptitudes fisiológicas diversas de las del hombre de las llanuras. Un ejército compuesto por soldados de esta clase y mandado por jefes emprendedores y valientes como los generales españoles, podía burlar con su agilidad planes militares que se fundaban en la concordancia matemática de movimientos, ejecutados con hombres de otros climas y menos familiarizados que ellos con el país en que debían maniobrar.



El ejército de Rudesindo Alvarado salió del Callao el 10 de octubre de 1822 y días después desembarcó en Arica. Como se ha dicho, su número alcanzó a 4000 hombres, de los cuales, 700, al mando de Miller, eran peruanos. Tenía La Serna su cuartel general en el Cuzco y a sus órdenes las tropas que le acompañaban, pudiendo disponer además de las que estaban en Jauja con Canterac, en número de 5000, y también de las de Valdés y Olañeta, respectivamente en Potosí y La Paz, cada uno con 3000 soldados. Con parte de estas fuerzas, Valdés avanzó hasta los valles de Locumba, Moquegua y Sama, llevando 2500 hombres. Su imprudencia no fue aprovechada por Alvarado, que, inactivo en   -126-   Arica por falto de movilidad y otras causas, se puso en movimiento algunas semanas después, y en momentos en que Carratalá y Canterac habían entrado en acción. Las fuerzas patriotas llegaron a Tacna el 19 de enero. De allí se pasó a Moquegua, donde se intentó desalojar, a Valdés, que ya unido con Canterac ocupaba las alturas de Torata. El ataque duró varias horas. Legión Peruana, al mando de Miller, se comportó con notable valor. Durante la noche, Alvarado se retiró sobre Moquegua. Allí lo atacaron los realistas, lo derrotaron y con muy poca parte de su tropa fugó hacia Ilo, donde se embarcó para el Callao.

La derrota repercutió dolorosamente en los afiliados a la causa de la libertad y acabó con sus mejores esperanzas. Los realistas, orgullosos, se extendieron por casi todo el país, y la movediza opinión, fascinada por el éxito, aplaudió el triunfo de las armas españolas. En Lima, el suceso causó el más profundo desconcierto. Las personas acaudaladas se apresuraron a poner a salvo sus fortunas, y el temor de que Canterac viniera sobre la capital, aumentó aún más el pánico. Fue la Junta la única entidad constituida que no perdió la moral y reveló una energía antes no desplegada. A pesar de todo, no pudo continuar en el gobierno. Riva Agüero y Santa Cruz, aprovechándose de su descrédito y del desaliento general, consiguieron que el Congreso cambiara de régimen, que aceptara la renuncia de La Mar y de sus compañeros, y que eligiera presidente de la República a Riva Agüero.




II

Si en los asuntos de guerra y en los de administración, la iniciativa del Congreso no correspondió al éxito esperado por las gentes patriotas, en lo referente a novedades legislativas tampoco estuvo en lo justo al declarar   -127-   como base de la constitución política propuesta el sistema de gobierno republicano popular. Con anterioridad a este radical acuerdo, por resolución de 22 de noviembre, se puso término a los poderes conferidos a los agentes diplomáticos que fueron enviados por San Martín a Europa para conseguir de las casas reinantes un príncipe que gobernara el Perú. Por esos años de 1822, en los que el significado de las palabras libertad e independencia era sinónimo de libertinaje y anarquía, y en los que la necesidad de un estado libre regido por el sistema monárquico contó con el prestigio y la decidida cooperación del alto clero, de la nobleza y de todas aquellas gentes que se distinguieron por el nacimiento, la fortuna o el saber, fue un error haber contrariado la opinión, haber pasado sobre ella, y haberse decidido por algo que muy pocos sabían definir, y que se enunciaba por «la fórmula la soberanía descansa en la nación libre e independiente». El ejemplo de lo que pasaba en Chile y en Buenos Aires debió haber servido de experiencia para ver con claridad lo inadecuado que era para el Perú el sistema de gobierno escogido por esas naciones. Con un candor que toca en los linderos de lo inverosímil, el Congreso de 1822 promulgó las bases provisionales de la primera Constitución del Perú, con la siguiente proclama:

Grande y peligroso es el tránsito de la esclavitud a la libertad: y el pueblo Peruano puede gloriarse de haber salvado un escollo que ha precipitado a todos los pueblos de la tierra, de los males del despotismo, a los horrores de la anarquía. El suelo del Perú, semejante a su apacible cielo, no ha sido, ni será jamás agitado por tempestades civiles.

Estas bases se han publicado y jurado con entusiasmo verdaderamente republicano. El Todopoderoso oyó con agrado nuestro juramento, y sonrió a nuestros votos. Mientras en Lima se celebraba con trasporte una fiesta cívica, él quiso que los intrépidos defensores de la Patria pusiesen su pie victorioso en las   -128-   playas que terminan la sierra, infestada aún por los enemigos de la libertad.

¡Gloria a Dios, y gracias inmortales a Dios que protege nuestra causa! Y honor eterno a nuestros hermanos que en medio de los peligros y grandes privaciones, llevando fuerza en su brazo, valor en el alma, y en el corazón amor de patria y odio a los tiranos, llevan consigo todos los elementos de la victoria.

Pueblos del Perú. Las bases que os presentamos son los principios eternos de la justicia natural y civil. Sobre ellos se levantará un edificio majestuoso que resista a las sediciones populares, al torrente desbordado de las pasiones y a los embates del poder: sobre ellas se formará una Constitución que proteja la libertad, la seguridad, la propiedad y la igualdad civil; una Constitución en fin acomodada a la suavidad de nuestro clima, a la dulzura de nuestras costumbres, y que nos recuerde esa humanidad genial de la legislación de los Incas nuestros mayores.

Pasaron los siglos de barbarie en que era un crimen amar y buscar la luz, y en que la verdad gemía cautiva en el seno de los buenos patriotas. La política desembarazada ya de sus nubes, hará consistir la felicidad pública en el libre goce de los derechos de los pueblos y de los hombres, y ensanchando los canales de la ilustración, de la población y del comercio, nos presentará como una nación coronada de la soberanía popular, grande y poderosa, amiga de todas las naciones, asilo de todos los desgraciados del mundo y patria de todos los que quieran ser libres. La Religión santa y pura como el resplandor que circunda a la Divinidad, no será ya profanada con el infame ministerio de la tiranía. La naturaleza y la filosofía unirán sus voces para aplaudir a esta feliz transformación.

Ved aquí, ¡oh pueblos del Perú! la Constitución que os prepara el Congreso peruano. Ved aquí el lazo fraternal con que desea uniros estrechamente, y el pacto solemne con que os convida para que forméis un Estado próspero, incontrastable y cuya duración estará vinculada en la gloria de nuestras armas, en el vuelo de las artes, en la bondad de las leyes, en vuestros talentos y virtudes, y en la fuerza poderosa del espíritu público.



Numerosas razones decidieron a los representantes a favorecer el sistema republicano. Entre ellas, ninguna de tanto peso como el recuerdo de la tiranía colonial, y el convencimiento de que era difícil hacer patria nueva con una aristocracia ignorante, y no sólo escasa de méritos y virtudes, sino también corrompida y con tendencias al cretinismo.   -129-   Con raras excepciones, esa aristocracia fue goda, y estuvo sometida al Rey por conveniencia y por razones de alta política. No habiendo tenido nuestros nobles limeños condiciones para el gobierno, se les dio en la Colonia únicamente puestos de relumbrón. Pocos intervinieron en los asuntos de Estado; y como sus prerrogativas y privilegios les fueron siempre respetados por los virreyes, nunca pretendieron cosa mayor. Hablando Paz Soldán de las gentes que con su dinero compraron títulos de Castilla dijo lo que sigue:

Hasta ese día no se sabía cuál sistema de Gobierno se adoptaría en el Perú: el Monárquico tenía por partidarios a todo lo antiguo en el alto clero y en aquellas clases que, ya sea por su dinero o por nacimiento, poseían lo que llamaban títulos de Castilla. Desgraciadamente muchos de ellos no habían cuidado de que la distinción del título estuviera acompañada de una instrucción sólida, de acciones nobles, ya fueran civiles o personales, del mérito y virtudes, verdaderos títulos de nobleza; alucinados con honores heredados o adquiridos con gran cantidad de dinero creyeron que les bastaría, para tener siempre esa influencia y superioridad que antes habían ejercido sobre otros: con muy raras y honrosas excepciones, los que se llamaban nobles en el Perú eran ignorantes, botarates, desprovistos de mérito; y por su ninguna o viciosa educación eran en su mayor parte mentecatos; de tal suerte que hasta hoy se dice que un individuo parece un Marqués o Conde para denotar que es tonto, necio o presumido. Semejante nobleza ni podía inspirar respeto, ni infundía deseos de conservarla, y fue fácil echar por tierra un sistema que no tenía grandes ejemplos a su favor.



Javier Prado tuvo visión clara de lo que fue la psicología de nuestros nobles, y en el más notable de sus estudios, dijo:

Habiendo sido el Perú el centro del imperio incaico, y continuando en esta superior condición, en la época del Virreinato, natural era que en ningún otro país sudamericano se hubiera extendido más que en él la nobleza española. Téngase, también en cuenta, que los impuestos que ella demandaba no podían ser atendidos en otros países pobres en aquella época, como Chile   -130-   , de la espléndida manera que lo permitían las riquezas del Perú.

Así, había en el Perú un duque con grandeza de España, cuarenta y cinco condes, cincuenta y ocho marqueses, caballeros cruzados en las órdenes militares y numerosos hijodalgos.

Con el mismo propósito que en España, de mantener el lustre de las familias de América, y sujetos a las complicadas leyes que regían en la Península sobre la naturaleza de los mayorazgos, ya fueran regulares o irregulares, sobre la manera de fundarlos, sus probanzas y sus pérdidas, se desarrollaron en el Perú los mayorazgos. Estos significaban moralmente una injusticia irritante, al favorecer con grandes, fortunas a un individuo con perjuicio de todos los de su misma sangre, que quedaban sin derecho sobre los bienes de sus padres; establecían socialmente divisiones de familia y fomentaban hábitos de ocio y de ignorancia entre los elegidos por el solo hecho de la suerte; y económicamente, la vinculación de la propiedad, condición esencial de los mayorazgos, producía los mismos funestos resultados que hacía desmerecer muchísimo el valor de los bienes raíces en poder de manos muertas.

Los nobles peruanos, como los de la Península, además de su privilegiada categoría social en la que conforme a su tradición no debían ocuparse en oficios de villanos, como eran los trabajos industriales y aun los intelectuales, se hallaban colocados también legalmente en condición superior: su testimonio tenía mayor fe en los juicios, sus compromisos debían darse por hechos; no se les podía embargar sus bienes, armas etc.; ni encarcelárseles por deudas que no fueran en favor de la real hacienda, y entonces en cárcel especial; no se les podía aplicar tormento, ni penas infamatorias y estaban exentos de servir las contribuciones que pagaban los plebeyos.



Habiéndose excluido voluntariamente la nobleza de tomar parte en la revolución separatista, con lo cual ellos mismos se hicieron daño y lo causaron también al Perú, fueron gentes de segunda categoría las que, primero con San Martín y después con Bolívar, hicieron la Patria. Brillando esas gentes por su saber, inteligencia y carácter, no fueron la cuna ni las riquezas lo que les dio prestigio. Opuestos a la tiranía y al privilegio, por educación y sentimientos, sus aspiraciones tenían que ser republicanas. Pero no solamente odiaban la monarquía sino también el absolutismo.   -131-   Fueron ellos los que con más desconfianza miraron el Protectorado de San Martín y los que posteriormente, como era lógico, se ensañaron contra la tiranía y la dictadura de Bolívar. Estos hombres, a quienes hemos calificado en segunda categoría, porque en verdad en la vida social ocupaban un plano inferior a la nobleza, y que en realidad no fueron muchos, hicieron la Constitución de 1822. Siendo republicanos y hallándose dominados por el deseo de mando, crearon un edificio político nuevo, en el cual la piedra angular fue la soberanía popular. Con raras excepciones, todos ellos revelaron superiores dotes para la labor legislativa y hasta para la difícil acción de gobernar a los demás, no siendo humano suponer, que quienes tuvieron el convencimiento de poderse gobernar solos, y aun ocupar la primera magistratura republicana, llamaran un príncipe que posiblemente hubiera buscado consejeros y auxiliares en la nobleza existente, y quién sabe si también en la nobleza europea que con él habría venido al Perú.

«El sentimiento monárquico fue general en toda América, en los primeros días de la lucha emancipadora. México -afirma Paz Soldán-, solicitó su independencia admitiendo un príncipe español; Buenos Aires y Chile lo proyectaron también; Colombia dio quizá el primer ejemplo. San Martín lo pidió expresamente en las primeras negociaciones de Miraflores y después de Punchauca, y no hay duda de que si entonces hubiera venido un príncipe, cualquiera que hubiera sido su mérito, se le hubiera aceptado. América quería únicamente su libertad, pero pasados los primeros momentos vino la reflexión, y con ella el cambio de propósito».

España no tuvo noticias de esta natural tendencia de los pueblos americanos hacia el gobierno monárquico, o si las tuvo no supo aprovecharlas. De Pradt afirma en su   -132-   estudio sobre la Revolución Americana, que sólo un deseo animaba el pensamiento de los criollos en 1814: era éste el de la independencia, y que los anhelos republicanos vinieron mucho después.

Si España -sostiene el susodicho De Prat- en vez de enviar soldados hubiera mandado Reyes, la América entera habría sido realista. Tuvo la desgracia de perder la ocasión, despreciando los saludables consejos que se le dieron. Jamás España ha tenido otro recurso que el de la conquista por las armas. Una larga costumbre de superioridad inspiraba su ciega y falaz confianza. El mal cálculo de España es pues el primer móvil de las repúblicas americanas. Sobre esta causa aparece el primer rayo de claridad que luce sobre esta cuestión, y este horizonte se desprende de las oscuridades que lo cubren.






III

La ejecución de Gonzalo Pizarro y de Carvajal puso término a las guerras civiles que a raíz de la conquista provocaron los mismos españoles en el Perú. Tres siglos después ocurrió lo de Aznapuquio, y el buen éxito alcanzado por Valdés y Canterac, en el movimiento insurreccional que derrocó al virrey Pezuela, sirvió de ejemplo en los tiempos de la República para levantarse en armas contra el poder supremo constituido. De las muchas causas políticas que han ocasionado el atraso del Perú, no hay ninguna durante los cien años de su vida independiente, que le haya causado el cortejo de perjuicios sociales y económicos y la completa desmoralización en todo orden de cosas que el que le han producido las revoluciones. Y es que por lo general no fue la reforma ni el cambio de sistema lo que motivó la rebelión, sino la existencia de males que por otros medios pudieron eliminarse o modificarse.

Realizose la primera insurrección republicana en febrero de 1823, y el suceso ocurrió con los detalles que consigna   -133-   Bulnes en su libro Bolívar en el Perú, y que son los siguientes:

Todo estaba listo para hacer la revolución. El 26 de febrero el ejército envió al Congreso una nota exigiéndole que se disolviese y entregase el gobierno a don José de la Riva Agüero. «Es notorio -dice esa representación- que la junta gubernativa no ha merecido jamás (la confianza) de los pueblos y del ejército que gobierna». Arenales, que había hecho la revolución trasladando el ejército a Miraflores para amedrentar a Lima, y haciendo firmar a los comandantes una representación colectiva contra la conducta de la Junta, no tuvo la triste lógica de llegar al fin, y, como se negase a suscribir la nota de ese día, dejó el mando del ejército a Santa Cruz y se retiró a Lima. En el momento a que hemos llegado, Arenales era impotente para dominar la revolución, y, no queriendo encabezarla, no le quedaba otra cosa que hacer que delegar el mando en el que estaba listo para efectuarla. Él había levantado la compuerta de la disciplina, que es lo único que contiene en sus límites los apetitos y pasiones que fermentan en toda asociación armada, y ahora no tenía sino dos caminos que adoptar: o ponerse al frente de las pasiones que había desencadenado, o dejar que otra las explotara y dirigiera.

La nota del ejército fue contestada el mismo día por el Congreso diciendo que la tomaría en consideración.

El ejército, estimando esta respuesta como una dilatoria, le ofició nuevamente exigiéndole que se pronunciara, y entonces el Congreso, después de deliberar en sesión secreta, le contestó por segunda vez diciéndole que, para no aparecer coactado en sus resoluciones, siendo la materia sumamente grave y muy avanzada la hora para resolver, había resuelto suspender la sesión ese día y dejar pendiente la discusión.

El día siguiente, 27 de febrero, Santa Cruz acercó los batallones a la chacra de Balconcillo, en los suburbios de Lima. Desde allí envió al teniente coronel Eléspuru, el futuro general de este nombre que murió en la batalla de Yungai, con este recado verbal para el presidente del congreso: «Que dentro de media hora debía resolverse, si no se quería que el ejército tomara resoluciones del momento».

Dentro de la sala había luchas y protestas, Luna Pizarro, tuvo nobleza y energía para defender las prerrogativas del Congreso, y, poniéndose a la cabeza de un grupo de diez y ocho diputados que lo reconocían como jefe, se negó a suscribir lo que se le pedía con el puñal al pecho.

Enfrente de esa corriente, que representaba la dignidad de las instituciones, se pronunció otra, la de los contemporizadores   -134-   y blandos, que saben sacar partido de todas las situaciones, encabezada por don Hipólito Unanue. Estos presentaron un proyecto con tres cláusulas que dicen: que el ejército se retire a sus cuarteles; que la Junta de gobierno termine de hecho, volviendo sus miembros al Congreso; que se encargue del Gobierno el jefe de mayor graduación, hasta que el Congreso resuelva quién debe ejercerlo en definitiva. Estas proposiciones estaban calculadas para darle al Congreso las apariencias de una libertad que no tenía, pero aceptando en el fondo la imposición del ejército.

Entretanto, Santa Cruz estaba impaciente por terminar la comedia, y, mientras tenían lugar estas discusiones, penetró con el ejército en la ciudad, ocupó las calles y plazas y redujo a prisión al general La Mar, presidente de la Junta de Gobierno.

Luna Pizarro y sus amigos, en presencia de estos actos, redactaron el siguiente voto en respuesta a la proposición de Unanue: «No teniendo libertad bastante, en las actuales circunstancias, para deliberar en un negocio de que depende la salvación del pueblo peruano: 1.º, es mi voto que mientras la fuerza armada no sobresea de sus pretensiones que necesariamente envuelven la coacción del Congreso, no se delibere en esta materia; 2.º, que serenada la actual tormenta, desde luego proceda el Congreso con conocimiento de causa y la detención debida a variar el Gobierno, si lo tiene por conveniente, y resuelva lo que estime más oportuno a la salud de la Patria; 3.º, que debiendo protestar contra toda violencia o miedo grave, protesto de mi parte contra el que siento en el día, declarando que en consecuencia no puedo dar otro voto que el presente». Desde ese momento Luna Pizarro y los diez y ocho diputados que suscribieron ese voto, se retiraron de la sala para no volver. Inmediatamente después se nombró jefe interino del Gobierno al marqués de Torre Tagle, declarando cesante de hecho a la Junta gubernativa, y se comunicó el acuerdo a Santa Cruz.

La noche de ese día (27 de febrero) pasó sin novedad. Al día siguiente el Congreso se volvió a reunir y se presentó en su sala de sesiones el general Santa Cruz, quien con frases melosas y estudiadas, aparentando respeto, manifestó la necesidad de que se nombrase a don José de la Riva Agüero, jefe del Estado, y protestando que si no se hacía, él y sus compañeros renunciarían sus empleos y saldrían del país. En la misma sesión, Unanue, «recomendó la persona del señor Riva Agüero para que la elección de la administración del Poder ejecutivo recayese en él, por sus méritos personales y que de ningún modo se entendiese que dicha elección era porque el pueblo que había a la barra del salón y los jefes del ejército lo habían pedido».

En ese día y en esa propia sesión se nombró a Riva Agüero Presidente del Perú, y la Junta pasó a la historia.

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Hacía tiempo que estaba decretada su caída. Riva Agüero y Santa Cruz, que estaban unidos, venían atisbando cuidadosamente el momento de adueñarse del Gobierno.

Para lograr la intervención del ejército empujaron a la revolución a Arenales, y cuando éste se retiró para no ligar su nombre a esa primera y vergonzosa página de la vida del Perú, la lógica de los hechos ponía a su frente a su segundo, que era Santa Cruz.



La actividad patriótica de Riva Agüero levantó el espíritu público. Fueron afortunados los primeros meses de su gobierno, y benéfica la cordialidad que al principio existió entre él y el Congreso. Su exaltación a la presidencia coincidió con las buenas noticias que fueron enviadas de Londres, donde García del Río y Diego Paroissen, como representantes del Perú, obtuvieron, en octubre de 1822, un préstamo de 1200000 libras esterlinas. Por ley de 12 de marzo de 1823, el Congreso prestó aprobación al Contrato y este hecho puso término a la penuria fiscal. Con prestigio y con crédito Riva Agüero dedicó de preferencia sus esfuerzos a preparar nuevas tropas. Su labor durante los meses de marzo y abril fue extraordinaria, si se tiene en cuenta que la situación del Perú en los días en que asumió el mando eran deplorables en todo sentido. Encontró al ejército y a la marina atrasados en sus pagos. Al uno se le debían dos meses y a la otra siete, hallándose las tropas contagiadas del terror que el desastre de Moquegua les había causado.

Puestas las tropas en condiciones de expedicionar al Sur, y atribuyéndose el fracaso de Alvarado a la incompetencia de tan digno jefe, nuevamente se pensó en un ataque por Intermedios, repitiéndolo en la misma forma en que San Martín lo había concebido. Como dicho ataque requería la cooperación de varios ejércitos, no disponiendo el Perú sino de uno, necesario fue acudir a los países vecinos en busca de auxilios militares. Para obtenerlos, Larrea y Loredo   -136-   fue enviado a Chile, el general don Mariano Portocarrero a Colombia y el contralmirante Manuel Blanco Encalada, al Río de la Plata. Portocarrero obtuvo en Guayaquil del representante de Bolívar el auxilio de 6000 colombianos, de los cuales 3000 salieron para el Callao en los mismos transportes que llevó para dicho objeto el plenipotenciario peruano. Lima contempló con inmenso júbilo la llegada de estas tropas. Su presencia levantó el espíritu patriótico, y la esperanza en el triunfo, por muchos perdida después de lo ocurrido en Moquegua, volvió a recuperarse.

Encontró éxito también la misión Larrea en Santiago. El arribo del representante de Riva Agüero a Valparaíso coincidió con el conocimiento que se tuvo por las autoridades de Buenos Aires de que habían salido de Cádiz y estaban en camino hacia el Pacífico dos fragatas españolas. Alarmado el gobierno de Chile con lo que ocurría y dando al hecho más gravedad que a lo ocurrido en Moquegua, propuso el gobierno del Perú unir las escuadras de ambas repúblicas para salir en busca de las citadas fragatas, a fin de atacarlas en los momentos en que entraran al Pacífico. Teniendo en cuenta los temporales del Cabo de Hornos y el cansancio y las enfermedades consiguientes a una larga navegación, el plan de Chile estuvo bien ideado.

V. E. debe conocer la importancia de esta medida y la urgencia con que ella ha de adoptarse -decía el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, en Santiago, en abril de 1823, al diplomático Larrea. La suerte de la América peligra. Es preciso no omitir esfuerzo para resistir a este último embate de la tiranía, y el Supremo Director de Chile está dispuesto a todo sacrificio, a todo paso, que conduzca a la salvación de nuestro continente. Peligroso puede ser en las presentes circunstancias desamparar las costas del Perú. Peligroso también salir a atacar al enemigo, cuyas fuerzas aparecen superiores; pero incomparablemente más peligroso es no hacer el último esfuerzo antes de dejar las armas de la mano y ceder al enemigo el imperio del Pacífico, que indudablemente ha sido el que nos ha dado la prepotencia en que nos hemos visto.



  -137-  

El estado de alarma en que se hallaba el gobierno de Chile, obligó al Director Freire a suscribir con el ministro Larrea el tratado de auxilios de 23 de abril, cuyas principales condiciones fueron:

Chile enviaría al Perú una división de 2500 a 3000 hombres, siendo de cuenta del Perú el gasto de equipo, el transporte y los víveres para cuatro meses. Además continuaría sirviendo al Perú la división chilena que estaba en Lima.

Chile le prestaba al Perú la quinta parte del empréstito de Irrisari, en la misma forma y condiciones en que él lo había recibido, dando el Perú en garantía de su pago el empréstito que se decía que ya habían contratado en Londres para él García del Río y Paroissen, los diplomáticos que envió San Martín a Europa durante el Protectorado.

El Perú anticiparía a Chile, del millón que Chile le prestaba, 50000 pesos para reparar su escuadra y ponerla a disposición del Perú.



Designado, como hemos dicho, el contralmirante Encalada para pedir auxilios al gobierno de Buenos Aires, su misión, que fue la de solicitar el envío de una división al Alto Perú, a fin de contrarrestar el poder de Olañeta, tuvo el mismo fracaso que un año antes hizo estéril la labor del coronel peruano La Fuente, por ese entonces representante diplomático de San Martín.

Coincidió la llegada de Blanco Encalada a Buenos Aires, con las conferencias que Rivadavia, en esos días de mayo de 1823, tenía con dos representantes españoles enviados desde Madrid para arreglar los asuntos americanos mediante pactos equitativos y pacíficos. Habiéndose convenido en esos acuerdos un armisticio por 18 meses, Rivadavia cruzó la labor de Blanco Encalada en forma tan radical, que hasta pensó retirar la división de los Andes que se hallaba en Lima al servicio del Perú. Algunos acápites de la obra de Bulnes aclaran los fundamentos que tuvo Rivadavia para no dar el auxilio que se le pidió, y de ellos apuntamos los siguientes:

  -138-  

Había en España dos corrientes de ideas en cuanto a la guerra con las colonias americanas. El partido absolutista, a cuya cabeza estaba el rey Fernando VII, ofuscado por una ceguedad invencible, no comprendió jamás el alcance social, económico y político del movimiento revolucionario de América, y no viendo en la guerra de la emancipación sudamericana otra cosa que una sedición vulgar, creía que se la debía sofocar con medidas de rigor implacable. Para un cerebro como el Fernando VII las pretensiones de las colonias debían ser mucho menos dignas de respeto que las aspiraciones a la libertad de sus súbditos españoles; y si a éstos les negaba todo derecho, ¿con cuánta mayor razón debía negárselos a los apartados habitantes de sus dominios ultramarinos, siervos de siervos, que no luchaban por un cambio de sistema, como los españoles, sino por destrozar la corona, que él creía que Dios le había puesto en la cabeza? Naturalmente, para el rey y sus secuaces todo lo que semejara transacción con ellos, era un crimen de lesa patria y de lesa majestad y se negaba a escuchar cualquier proposición tendiente a informarse de la justicia de las quejas de los americanos, y mucho menos a discutir el reconocimiento de la independencia.

El partido constitucional, que luchaba contra él, rechazaba también la idea de reconocer esa independencia por razón de patriotismo, el que, con ser un sentimiento tan poderoso en España, ha ofuscado siempre toda consideración de prudencia. Los constitucionales no querían aceptar los hechos consumados en América, pero estaban más dispuestos que el rey a informarse de lo que sucedía y a buscar la solución del conflicto por medios conciliatorios y transacciones pacíficas.

Cuando estas brisas halagadoras de pacificación cruzaban sobre el cielo enrojecido del continente sudamericano, el Gobierno de Buenos Aires y el ministro diplomático que tenía Colombia en aquella ciudad, fueron invitados por Portugal a formar una alianza constitucional, en oposición a la de los soberanos, entre él, las naciones libres de América, los Estados Unidos y Grecia, para defender sus respectivos derechos. Bolívar creyó que la idea era sugerida por Inglaterra y que ella se pondría a la cabeza de esta nueva confederación, que podía afianzar la independencia sudamericana por el predominio que tenía en los mares.

La expectativa era tentadora y no carecía de algún fundamento en vista de la actitud del partido constitucional de España. Este año se habían hecho algunos esfuerzos en las Cortes de Madrid en favor de América. Uno de ellos fue del diputado Fernández Golfín, para que se reconociera la independencia de las colonias, formándose entre España y ellas una confederación bajo el protectorado de Fernando VII, que la gobernaría con un Congreso, que se reuniría todos los años en la Península. En febrero   -139-   de 1823 las Cortes adoptaron una resolución que no desdecía enteramente con estos propósitos. Ordenaron: que el Gobierno enviara a América «sujetos» a oír y tramitar las proposiciones que se les hicieran, «exceptuando aquellas que quitaran y limitaran de cualquier modo a los españoles, europeos y americanos que residen en cualquiera de las provincias de Ultramar, la libertad absoluta de trasladarse y disponer de sus personas, familias y propiedades como mejor les convenga»; que España comunique a todos los Gobiernos que mirará como una violación de los tratados el reconocimiento parcial o total de la independencia de cualquiera sección de América, porque «España no ha renunciado hasta ahora a ninguno de los derechos que le corresponden en aquellos países»; y las mismas Cortes votaron los fondos necesarios para reforzar los puntos en que se sostenía la lucha.

Este decreto era un primer paso, aunque tímido y encubierto, para tratar con los pueblos americanos. La palabra «sujetos» indica que no se quería que los enviados fuesen investidos con carácter diplomático; pero al facultarles para transmitir proposiciones no se excluían las que tuvieran por base la independencia, sino las que privasen de la libertad de residencia o de comercio en América a los españoles o a los americanos que defendían su causa; diferencia considerable que revela que la idea de una transacción había hecho mucho camino. Las demás cláusulas revelan que España no quería que nadie se entrometiese en el arreglo de un negocio que miraba como de su incumbencia, y, en resumen, el conjunto de aquella resolución decía, manifiestamente, que estaba resuelta a luchar por su integridad, pero no sorda ni recalcitrante a una solución.

Conformándose con la voluntad de las Cortes, el Gobierno envió comisionados a Méjico, Guatemala, Nueva Granada y Buenos Aires.

Los comisionados de España para Buenos Aires fueron don Antonio Luis Pereira y don Luis de la Robla, y aunque se presentaron sin credenciales Rivadavia, que era el ministro de la Junta de Representantes de la ciudad y que se manifestaba ansioso por entenderse con ellos, no tomó en cuenta esta omisión capital y empezó a tratar.

El 4 de julio se firmó el documento diplomático que se conoce con el nombre de Convención de Buenos Aires, en que se estipuló una suspensión de hostilidades por diez y ocho meses, con las siguientes condiciones: se restablecía el comercio entre España y sus antiguas colonias, sin más restricciones que el contrabando de guerra; los beligerantes del Perú conservarían la situación en que los encontrase la tregua, y no se podrían renovar las hostilidades sin una notificación previa de cuatro meses.

  -140-  

Durante la vigencia de la suspensión de hostilidades, Buenos Aires negociaría, por medio de un plenipotenciario, conforme a la ley dictada por la Junta de Representantes, la paz definitiva «entre S. M. C. y los Estados del continente americano a que la dicha ley se refiere». El mismo día y junto con este convenio firmó Rivadavia un proyecto de ley y una minuta de decreto, en que por el primero concedía a España liberal 20 millones de pesos para defenderse de la invasión francesa; y por el segundo declaraba que las tropas de los Andes que estaban en el Perú formaban parte del ejército permanente de Buenos Aires.

La Convención de Buenos Aires fue un grave error de la diplomacia argentina. La Convención era buena para Buenos Aires, porque no tenía nada que perder en dos años, ni nada que temer: Chile le guardaba las espaldas; Bolívar le alejaba al enemigo de la frontera Norte; no tenía frontera militar que cuidar, ni ejército que sostener, ni un interés inmediato en la solución de la guerra. Lo que era bueno para Buenos Aires no lo era para los pueblos del Pacífico, directamente amenazados por el lado del Perú, y esta contraposición de intereses explica las divergencias de la diplomacia sudamericana en esta época, estudiando su acción en el Atlántico y en el Pacífico.






IV

A mediados de mayo desembarcó en Iquique el ejército preparado por Riva Agüero. Semanas después, dicho ejército ocupó Arica y a mediados de junio, desobedeciendo órdenes recibidas de Lima, el jefe de la expedición, que era Santa Cruz, dividió sus tropas, confiando parte de ellas al general Gamarra, su jefe de Estado Mayor, que con su fuerza salió inmediatamente para Tacna. Santa Cruz quedó con el resto de las tropas y con ellas se internó hacia el Alto Perú, tomando la vía que va de Moquegua al Desaguadero y haciendo sus movimientos en combinaciones con los de Gamarra, que Pasó de Arica a La Paz. Este simultáneo ascenso a la cordillera tuvo por objeto realizar el plan de atacar a Olañeta, que se encontraba entre Oruro y Potosí, y de conseguir, después de vencerlo y de quedar con la retaguardia libre, que el virrey sólo contara con las fuerzas   -141-   del Norte. En carta, que en julio 20 Santa Cruz dirigió a Riva Agüero, le decía:

Carratalá se halla en Arequipa con 2000 hombres y he tenido un estudio en formar un desierto entre él y yo. No es por cierto lo que más conviene buscarlo allá. Olañeta viene replegándose hacia Oruro y por lo tanto voy a tomar el Desaguadero y La Paz para interponerme, mover todos los pueblos y batir en detalle las guarniciones y al mismo Olañeta, a quien buscaré con empeño para desembarazar mi espada antes de que llegue Canterac».



Olañeta recibió orden de hacer frente al peligro, acercándose al Desaguadero, cuyo paso pudo interrumpir contando con 2000 hombres. La fuerza efectiva de los realistas la comandaba Canterac, y su número fluctuaba entre ocho y nueve mil soldados. Sin embargo, hallándose éstos en el Norte, casi a 200 leguas del sitio invadido por los patriotas, Santa Cruz durante las primeras semanas de su campaña tuvo el dominio absoluto del territorio ocupado. Es numerosa y muy extensa la relación que Bulnes hace de la Segunda campaña de Intermedios. De su largo relato hemos extractado los acápites correspondientes a los párrafos que van a continuación.

Cuando se supo en los campamentos españoles que el ejército expedicionario iba destinado al Sur, el virrey, con clara comprensión de su conveniencia, mandó que Valdés marchase a reunírsele, que Olañeta se aproximara a la Paz, y que Canterac se retirase al interior para poder acudir con más presteza al punto que los acontecimientos hicieran necesario.

La celeridad y concentración eran los deberes que fluían naturalmente de la situación: la celeridad para no darle tiempo al enemigo de reunir sus divisiones, y la concentración para destruirlo más fácilmente y con mayor seguridad.

Santa Cruz no comprendió su conveniencia con la claridad que el virrey. Dijimos que a mediados de junio la mitad de su ejército, mandada por Gamarra, tomó posesión de Tacna, y él con el resto ocupó a Moquegua. Sin que haya un motivo bastante poderoso que le sirva de excusa, permanecieron en ambas ciudades un mes completo, y a fines del siguiente (23 de julio)   -142-   él y Gamarra marcharon al interior: él, a La Paz a presentarse como libertador de su ciudad natal; Gamarra, a establecerse en Oruro, donde había un fuerte guarnecido con algunos cañones, y donde, además, cortaba la comunicación entre el general Olañeta, que venía desde Tupiza juntando las guarniciones dispersas del Alto Perú y las divisiones situadas al Norte del Desaguadero.

Santa Cruz se fue al interior sin aguardar la llegada de Sucre, a quien debía suponer de viaje, y no le dejó ninguna comunicación explicándole la operación que emprendía, ni siquiera avisándole adónde se iba; irregularidad gravísima en un jefe de división como él, respecto de Sucre, que era el general en jefe.

Él atravesó la cordillera y llegó al punto en que el Desaguadero sale del lago Titicaca, donde hay un puente sobre el camino entre Puno y La Paz, y Gamarra, que partió el mismo día que él de Tacna, tomó el de Tacora y llegó a Viacha, aldea indígena situada a corta distancia de La Paz, entre esta ciudad y Oruro. Ambos ocuparon estos puntos entre el 8 y el 9 de agosto.

Entretanto el general Olañeta, que venía en marcha desde el Sur, se encontró cortado por la doble fuerza que ocupaba las márgenes del Desaguadero. Santa Cruz reforzó la división de Gamarra con una columna de cazadores del batallón número 1 y un escuadrón de húsares, y el 12 de agosto éste continuó el movimiento a Oruro. Olañeta retrocedió al Sur, guardando corta distancia con Gamarra, que le picaba la retirada, y cuando éste hubo tomado posesión de Oruro y de su fuerte, guarnecido de 22 cañones, de que se apoderó sin combate, aquel se retiró a Potosí.

Marchando con la actividad y resolución que le eran características, Valdés llegó el 16 de agosto a Pomata, que estaba ocupada por una vanguardia de Santa Cruz mandada por el coronel don Blas Cerdeña. En esos mismos días Santa Cruz había despachado a Gamarra en persecución de Olañeta y ocupado el Desaguadero.

La avanzada patriota se retiró a sus líneas y Valdés permaneció en Pomata hasta el 22, en que se le juntó Carratalá. Doblada su columna con ese refuerzo, reconoció el puente del Desaguadero, con el objeto de atraer la atención de Santa Cruz, y evitar que acudiese en auxilio de Gamarra contra Olañeta, y como encontrase el puente defendido por cuatro piezas de artillería, no intentó forzar su paso, lo que tampoco le interesaba, puesto que aguardaba de un momento a otro la llegada del virrey, que venía marchando aceleradamente a Pomata a juntarse con él.

Después del reconocimiento del puente, retrocedió a Zepita, aldea situada sobre el Titicaca, a muy corta distancia de la   -143-   frontera peruana, en el camino de Pomata, Santa Cruz, informado del movimiento de Valdés y de su retirada, pasó el río en su busca, haciendo uno de los movimientos decisivos de la campaña.

Si en vez de atravesarlo con la mitad de su ejército, lo hace con todo; si no se comete el error de dividir sus tropas cuando el enemigo concentraba aceleradamente las suyas, y envuelve los 2000 indios de Valdés con una masa de 5000, todo hace creer que el éxito le hubiera sonreído, y que el virrey, encontrándose solo, al frente de una división de menos de 2500 hombres y separado de Olañeta, se habría visto en graves e irremediables conflictos.

Ese día pudo reparar Santa Cruz la imperdonable falta militar de haberse alejado de Sucre, y ceñir la frente de su patria con laureles peruanos. Valdés era el alma, la inspiración de ese ejército que cruzaba con vuelo de águila las montañas del interior, el que no tenía nada intrínsecamente mejor que los batallones patriotas sino las cualidades de sus directores, y principalmente del ilustre jefe de la vanguardia, que ponía abnegadamente al servicio de España todo su genio militar, al revés de lo que ocurría en el ejército contrario, donde imperaban otros cálculos y otras ambiciones.

El 25 de agosto, por la mañana, la avanzada de caballería que Valdés tenía sobre el puente le avisó que el enemigo lo había restablecido y que repasaba el río. Efectivamente, Santa Cruz había venido de Viacha a unirse con la fuerza que tenía destacada sobre el Desaguadero, que eran dos batallones y un escuadrón a cargo del coronel graduado don Blas Cerdeña, comandante de la Legión peruana.

La fuerza que Santa Cruz reunió en la ribera Norte del río ascendía próximamente a 2500 hombres distribuidos en cuatro batallones y dos escuadrones. Cuando inició la marcha sobre Valdés, éste se redujo a ofender su vanguardia con guerrillas, mientras sus tropas marchaban en columnas paralelas, protegidas por la caballería.

Temiendo comprometer la acción en un terreno desventajoso y contra fuerzas superiores, buscó una planicie que hay a legua y cuarto de Zepita, limitándose a tirotear la vanguardia contraria, hasta llegar al punto en que había resuelto aceptar el combate. Sus batallones coronaron la loma: estableció la artillería a media cuesta, dominando la llanura del frente, y puso la caballería bajo la protección de las piezas.

La división de Santa Cruz, que lo perseguía, se encontró enfrente de esta línea, y Valdés, colocándose a la cabeza de la infantería, cargó a la bayoneta sobre el centro de las fuerzas   -144-   enemigas, mientras el brigadier Carratalá arremetía por la izquierda.

Todo fue obra de un momento.

La infantería patriota vaciló, y el batallón número 4, que era el más comprometido en el choque, se puso en fuga. Hasta aquí están acordes los combatientes; pero Santa Cruz dice que la retirada fue simulada y ordenada de antemano, para obligar al enemigo a salir de sus fuertes posiciones y bajar a la llanura del frente, y Valdés sostuvo que el batallón patriota se retiró en completo desorden.

Entonces el general español hizo entrar en acción la caballería para decidir el combate, persiguiendo a la infantería fugitiva; pero la caballería enemiga le cruzó el paso, y la puso en derrota, haciéndola huir hasta su línea de infantería. Contrajeron aquí especial mérito el mayor extranjero Soulanges, el comandante del tercer escuadrón de Húsares don Eugenio Aramburu, peruano, y el coronel don Federico Brandzen.

Las cargas de la caballería pusieron fin a la acción. Santa Cruz sostiene que quedó en posesión del terreno, y cantó victoria; otro tanto dijo e hizo Valdés; pero en la noche uno y otro abandonaron el campo de batalla, replegándose el primero al Desaguadero y el segundo a Pomata, a encontrarse con el virrey.

Este fue el primero y único combate de la campaña. Santa Cruz se reunió con el resto de su ejército en Viacha, y el general Valdés se estableció en Pomata, donde se le reunió el virrey, el 28 de agosto.

Sucre salió a campaña dominado por el presentimiento de lo que le iba a suceder: sin fe, contrariado, sólo por obedecer las órdenes terminantes del Libertador, que había recibido mientras estaba en el Callao. Poseíalo un profundo desaliento, y cualquiera que hubiera podido leer en su alma habría visto que estaba escrito en ella el parte de la derrota.

Temía que Santa Cruz no le obedeciera, aunque llevaba nombramiento en forma de general en jefe; sospechaba que su presencia lo contrariaría y que, en vez de cumplir el plan de operaciones, que era oponer grandes masas al virrey, se le había de alejar para no someterse a su dirección y para no debilitar la importancia de la parte peruana del ejército.

Estas aprensiones eran proféticas. ¡Cuánto mayor hubiera sido su amargura si hubiera podido saber que la política había empezado ya a revolver aquel ejército, y que Riva Agüero atizaba la desunión por medio de emisarios, y preparaba la derrota!

Organizado en Pomata el ejército real, el virrey marchó al Alto Perú a reunirse con la división de Olañeta, para embestir vigorosamente contra Santa Cruz. Entretanto éste, al saber   -145-   que el virrey había efectuado su reunión con Valdés, después del combate de Zepita, retrocedió violentamente hacia el Desaguadero para juntarse con Gamarra, y oponer su ejército completo al enemigo.

Tan soberbio en el triunfo como tímido en presencia de las dificultades, Santa Cruz parecía estar ya poseído del sobresalto que le dominó después, porque, llegando al Desaguadero, se limitó a cortar el puente del río y a retirarse en vez de defender esa línea con energía, oponiendo en ella una barrera insalvable a la marcha del ejército realista.

El paso del Desaguadero figurará como una página notable en la historia militar del virrey La Serna y de su segundo el general Valdés, y como el preludio de los hábiles movimientos que asignan a esta campaña un lugar preferente en las guerras de Sud-América.

Con esta operación el virrey se colocaba en situación muy favorable, porque, o bien podía cortar la división de Santa Cruz de la de Gamarra, o si ambos se reunían en Oruro, como sucedió, obstruir la comunicación entre el ejército patriota y la costa, donde estaba Sucre.

Las dos divisiones, que no se veían desde que se separaron en Arica, a mediados de junio, se reunieron en Panduro (en septiembre), entre el Desaguadero y Oruro.

Parecía natural que habiendo juntado todo su ejército, y teniendo al enemigo a una jornada de marcha, Santa Cruz tratase de empeñar la batalla con el virrey, aprovechándose de que Olañeta estaba lejos y de que en ningún caso habría alcanzado a acudir en socorro de aquel; y como esta consideración era tan obvia, el enemigo no dudó que aquel día se iba a decidir la suerte de la campaña. «Varias reflexiones, dice Valdés, hicieron formar este juicio».

La posición era muy buena para batirse, y reunía más que ninguna otra todas las ventajas que podían (los patriotas) desear, pues ocupándola cubrían las provincias de Oruro y Cochabamba y los valles de Sicasica, y en caso de sufrir alguna desgracia les era fácil hacer su retirada cómoda y segura para dichos valles, para Cochabamba y aun para la costa misma si les convenía tomar su dirección. Santa Cruz desperdició la segunda gran ocasión de salvar el éxito de la campaña y su propio nombre siguiendo su retirada a Oruro.

El virrey siguió avanzando hacia el Sur, pero ya sin temor, en vista de lo que había ocurrido en Panduro; no porque confiase en la superioridad de sus fuerzas, pues tenía menos de 4500 hombres y Santa Cruz cerca de 6000, sino porque había visto la indecisión y falta de empuje del general independiente. Tres días después de esta ocurrencia, el ejército realista se preparó   -146-   a hacer el movimiento decisivo de la campaña, que consistía en abandonar el camino recto que seguía y oblicuar a la izquierda, para tomar la retaguardia de Santa Cruz, poniéndose al Sur de éste, y darse la mano con la división de Olañeta.

En esta operación el virrey dio pruebas de ser un táctico consumado, y Santa Cruz de una profunda desidia.

Santa Cruz retrocedió inmediatamente y volvió a tomar posesión de Oruro, y el virrey entonces avanzó al lugar que acababa de desocupar, y pocas horas después entraban allí los soldados de Olañeta en medio de las aclamaciones de sus compañeros de armas, que venían a buscarlos desde Lima, y que por el hecho de reunirse con ellos consideraban terminada la campaña.

El aspecto de la campaña había cambiado. La Serna tenía ahora 6500 hombres próximamente. La situación no habría sido desesperada para un hombre de más corazón que Santa Cruz, porque disponía, con corta diferencia, del mismo número de tropa, formada con la misma masa humana en que se había reclutado la del virrey; pero ¿qué podía esperarse de un general que había abandonado la línea del Desaguadero y despreciado la ocasión de batirse contra 4000 a 4500 hombres en Panduro? La fibra heroica que latía en las filas del ejército real no existía en el patriota, porque le faltaban la fe de una gran causa y la unidad de un propósito. Huyendo de Sucre había ido a caer en manos del virrey; la política lo empujó al Alto Perú y ella lo sacrificó.

Santa Cruz, creyéndose perdido, no pensó sino en retirarse al Desaguadero con la esperanza de encontrar a Sucre en Puno, cuyo concurso anhelaba por primera vez con sinceridad. Desde entonces empieza una retirada entre todo fueron vergüenza y desastres para los patriotas, porque todo cayó sin combate en poder de los realistas.

En Ayo-Ayo perdió la última esperanza de salvar, si no el ejército, al menos su honor en un combate. El enemigo, cada vez más ufano, formó una división ligera de vanguardia compuesta de casi toda la caballería, y de 800 infantes para picar su retirada, a cargo del general Valdés, quien desprendió una avanzada con el coronel don Juan Martín para sorprender el parque de artillería, que marchaba protegido por la caballería. El coronel Martín no le dio alcance, pero se encontró con el segundo escuadrón de Lanceros, mandado por el teniente coronel Novajas, y sostuvo un encuentro en que hubo muertos y heridos.

La retirada continuó en el mayor desorden. El virrey había dispuesto que el intendente de Puno cortase el puente del Desaguadero; pero la orden no fue cumplida, debiéndose a esto que el ejército patriota no fuese tomado prisionero. Su moral   -147-   estaba quebrantada y sus fuerzas considerablemente disminuidas. Desde Sicasica habían empezado a desertar grupos de oficiales y de soldados.

Santa Cruz seguía su acelerada fuga hacia la costa, y al concluir ese mes que tan triste fuera para la causa patriota y para el lustre de su nombre, llegó a Moquegua con una columna aterrorizada que no pasaba de 800 hombres.

Ahí le agregó unos 400 más, que había dejado en hospitales antes de emprender la marcha al interior, y recibió la visita de Sucre, que vino de Arequipa a oír de su boca la relación de sus espantosas desgracias. Después siguió a la costa con la sombra de aquel ejército que se había perdido en sus manos. Una parte de las tropas se fue con él a Arica y el resto a Ilo, donde había dos buques.

Así concluyó la expedición de Santa Cruz. De los 5000 y pico de hombres que sacó a campaña, volvieron de 600 a 700. El enemigo hizo, según su versión, 4000 prisioneros, y el general García Camba agrega que la mayor parte de ellos «ingresaron en las filas de los leales».

La indecisión de Santa Cruz contrasta con la fijeza del plan adoptado por el virrey. En el campamento realista no impera otra idea ni otro deseo que salvar la soberanía de la metrópoli; en el de Santa Cruz tiende sus alas la discordia, y los altos propósitos de la guerra se subordinan a móviles mezquinos.

Vencido sin pelear, Santa Cruz no tuvo la excusa de los grandes infortunios en que los errores se lavan con el heroísmo de una catástrofe.

Sucre salvó su ejército, lo que no es poco decir, si se considera que todo fracasó entonces, y probó la nobleza de su carácter desdeñando sus agravios personales en favor de la causa de América. En este sentido su personalidad descuella en el cuadro de esta desgraciada campaña, como el Misti sobre la pampa yerma y calcinada que lo rodea.






V

Hemos sido minuciosos en relatar con detalles los principales sucesos guerreros del año 1823, con el propósito de hacer patentes los esfuerzos de todo género realizados por el gobierno de Riva Agüero, en su deseo de conseguir la emancipación del Perú sin la venida de Bolívar. Desgraciadamente,   -148-   ni él ni los patriotas que le fueron hostiles tuvieron carácter y abnegación para posponer sus asuntos personales, y evitar la guerra civil que ellas provocaron. Fueron también adversas al buen término de la campaña, la deslealtad con que se procedió con Sucre y sus colombianos, y la negligencia de Chile y la Argentina, el primero enviando auxilios cuando ya no existía el ejército del Perú, y la segunda encerrándose en una equívoca neutralidad. Este cúmulo de malandanzas malogró en su ejecución un plan que tuvo origen en el genio militar de San Martín y que fue bueno y hubiera dado resultados definitivos si todo se hubiera realizado en la forma en que fue previsto. Hubo algo más en favor del buen éxito que debió tener el plan sanmartiniano, y fue el avance de las tropas de Canterac sobre la costa y su entrada a Lima con 9000 combatientes, cabalmente en los precisos momentos en que la acción decisiva de las armas se realizaba en el Sur del Perú. No se supo sacar ventaja de esta circunstancia fatal para los españoles, que en esos días de mayo dispersos tenían sus encantonamientos; tampoco de la cooperación sincera y abnegada de Sucre, ni aun siquiera de los conocimientos militares de Gamarra. Y de todo esto fue responsable Santa Cruz, quien, dominado por ambiciones personales y temeroso de que Sucre le arrebatase los laureles que fácilmente pensó obtener, quiso solo y sin auxilio de nadie vencer a los españoles. Comenzó su campaña con un error que fue el de no haber aprovechado la situación desguarnecida de Arequipa y aun la del Cuzco mismo en los días que siguieron a su desembarco.

Suponga usted, decía Sucre a Bolívar en una de sus cartas, que después de haber desembarcado el general Santa Cruz en Ilo, pacíficamente y no teniendo otra oposición todo su ejército que los 700 hombres de Carratalá en Arequipa, debió haber caído sobre esa fuerza y seguidamente sobre el Cuzco, donde, por todo existían 300 veteranos y 800 o 1000 reclutas acabados   -149-   de tomar. Tenía para esto y para tomar el Apurímac antes que Canterac pudiera mandar ningún refuerzo. En vez de ejecutar estas operaciones, Santa Cruz dio tiempo al Virrey para que juntase un ejército y consiguiese oponer una sola masa a la invasión.



Bulnes comenta así la tercera expedición a Intermedios:

La campaña del Desaguadero, que fue una sucesión de derrotas, deja enseñanzas que conviene señalar. El plan trazado en Lima no se realizó porque la conducta de Riva Agüero hizo imposible la cooperación del ejército del Centro, que era una pieza indispensable de la máquina de guerra lanzada contra el ejército español. La división chilena tampoco llegó oportunamente.

Se cometió el error de hacer salir el ejército del Callao antes de que todas las piezas estuviesen montadas, sin tener en cuenta las demoras y tropiezos que son ordinarios en las operaciones de guerra. Es cierto que el ejército de Santa Cruz no fue enviado propiamente a abrir las operaciones, sino a esperar la llegada de la división que conduciría el general en jefe y a la expedición chilena; pero la orden era buena para ser dada en el papel, porque desde el momento en que ocupase provincias enemigas, la campaña empezaba, y en la guerra nadie puede evitar la necesidad de ajustar sus movimientos a los del enemigo.

Sin examinar la parte de culpa en que incurrieron Riva Agüero y el Gobierno chileno con su falta de cooperación, hay el derecho de motejar como una imprevisión el envío de un cuerpo aislado sin tener la seguridad de que los demás estén prontos. Si en vez de ir directamente a Arica, el ejército de Sucre y Santa Cruz se hubiese reunido en Coquimbo, como se lo pidió el Gobierno de Chile, la campaña habría tenido otro aspecto, porque, concentrado en un solo punto un ejército de tres países compuesto de 11 a 12000 hombres, Riva Agüero no se habría atrevido a negar su concurso, ni la guerra civil se habría declarado, ni el enemigo habría podido resistir al empuje de una masa tan considerable dirigida por un jefe como Sucre.

Santa Cruz debió juntar su ejército como el virrey juntaba el suyo, oponiendo una gran masa a otra. Si lo hace, la historia le perdonaría la residencia prolongada en Moquegua y Tacna, porque si a la llegada de Sucre se pone en marcha para el interior y presenta batalla, probablemente la campaña se habría salvado. El ejército patriota disponía de 8000 soldados largos, el realista menos de 5000 y La Serna y Valdés tenían en Sucre un competidor digno de la bravura del primero y de la habilidad del segundo.

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«Si yo me hubiera internado un mes antes y reunídome a Santa Cruz, decía Sucre, las cosas tendrían otro semblante; pero las intrigas de Riva Agüero para demorar mi expedición, y la idea de Santa Cruz de que estemos separados, nos ha puesto en el aprieto en que estamos».

Estos errores, por grandes que sean, habrían sido reparables si Santa Cruz no comete otro mayor permitiendo al enemigo pasar el Desaguadero. Allí se le presentó la oportunidad más brillante de destruirlo a poco costo, cerrándole el paso del río, que tiene sólo vados determinados.

Debió cubrirlos con tropas de observación, y colocándose en un punto céntrico aparecer oportunamente sobre el lugar amagado, puesto que el virrey tenía que moverse, como él, con infantería y bagajes. En vez de hacerlo se limitó a cortar el puente del camino principal de Puno y a poner 60 soldados malos en la ribera del Sur del vado de Calacoto, los que se dejaron ahuyentar por unos cuantos jinetes del virrey que lo atravesaron a nado.

La razón que dio en apoyo de su conducta fue que no podía hacerlo por estar separado de Gamarra, lo que no lo justifica, puesto que su división era suficiente con exceso para impedir que el enemigo realizase una operación tan riesgosa. Si quería juntarse con Gamarra, debió llamarlo y aguardarlo, para disputar con oportunidad el paso del río.

Desde que el virrey penetró con su ejército en el Alto Perú, el semblante de la campaña cambió. Por razón de la distancia, Santa Cruz no podía contar con el apoyo de Sucre, y encerrado en las montañas de su país nativo, no tenía otra alternativa que empeñar el combate, antes que el enemigo engrosase sus fuerzas con la división de Olañeta.

Es cierto que la batalla no presentaba ya las mismas expectativas de victoria; pero en cambio, obligado a batirse, más le valía empeñarla luego. Esta oportunidad se le presentó en Panduro y la dejó pasar. Desde entonces no le quedaba nada que hacer sino huir.

No repetiremos lo que ya hemos dicho sobre la conducta de Riva Agüero, pero sí dejaremos constancia de que sus intrigas políticas estimularon a Santa Cruz a alejarse sistemáticamente de Sucre, para no cederle la supremacía del mando. El general Sucre hizo oír su primera y única queja pública contra esta conducta en su parte oficial diciendo:

«El general Santa Cruz recibió órdenes del general Riva Agüero para abandonar la campaña en cualquier estado que estuviese, y cualesquiera que fuesen las ventajas que hubiese obtenido, y bajar con el ejército. Nada se me avisó de tal medida y S. E. se persuadirá cuánta es la mala fe con que he sido   -151-   tratado. La fortuna sólo ha podido salvarme hasta ahora de una conducta tan doble y de tantos riesgos en que se me ha metido para destruirme».

La conducta del general Sucre en la campaña es digna de elogio. Es cierto que permaneció en Arequipa cerca de un mes, sin emprender ninguna operación; pero ¿qué podía intentar cuando no sabía lo que hacía Santa Cruz ni los lugares que ocupaba?

Tal fue la campaña del Desaguadero. Enfrente de Riva Agüero y de Santa Cruz, que todo lo perturbaban con sus propósitos políticos, estaba el virrey, que no aspiraba a otra cosa que a servir a su patria y a mantener su soberanía colonial.

Éste luchaba por España; Santa Cruz, por Riva Agüero. El primero desplegaba una bandera aborrecible para los hombres libres; el segundo, el estandarte de la emancipación para millones de seres humanos, pero lo hacía por tan malos medios y con procedimientos tan torcidos, que, a despecho de la simpatía que nos merece la noble causa de América, estamos tentados a decir que fue una ventaja para la humanidad que quedase escrita en los campos del Desaguadero la lección de que no es digno de la gloria el que trueca el estandarte de la patria por la bandera de un hombre.



La derrota de Santa Cruz fue un terrible golpe para el incipiente nacionalismo peruano y una de las causas principales que ocasionaron los sucesos adversos y dolorosos que sólo tuvieron término en 1827, año en que salió del Perú en forma definitiva la última división colombiana. Entre los muchos hechos contrarios al bienestar y a la buena marcha de la naciente República, ninguno causó los males que fueron consiguientes a la obligada necesidad en que se vio el país después de la Jura de 1821 de recibir las tropas de un caudillo extranjero y, lo que fue más grave, la de admitir la dictadura de ese mismo caudillo. Esto pasó con Bolívar, que como americano expulsó a los españoles del Perú, pero que como colombiano, hizo del Alto y Bajo Perú lo que le correspondía hacer, siendo vencedor en una tierra que no solamente no era suya, sino en la que vio, dadas su grandeza y riqueza, un rival poderoso de la Gran Colombia.

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La entrada de Bolívar en el Perú fue un hecho fatal, inevitable y de absoluta necesidad. Sin su venida, el Perú por muchos años más hubiera quedado en poder de los españoles. San Martín, hombre de ideales y de corazón, viendo que no le era posible organizar el país según sus ideas y que peligraba su magna obra, tuvo la desconocida grandeza de alma de cederle el paso. Su conducta fue lógica, si se tiene en cuenta que su única aspiración fue la de independizar la América. No pasó ni podía pasar lo mismo con los próceres peruanos, que por propia dignidad tuvieron que agotar los medios de libertar su patria sin el auxilio de un caudillo extranjero. Esta aspiración genuinamente patriótica, fue noble, digna de encomio, y sus resultados hubieran sido eficaces si la división entre ellos en la forma repugnante en que se produjo, no la hubiera malogrado. La llamada de Bolívar por muchos peruanos, tuvo por objeto no sólo darle el comando de las fuerzas y la dirección de la campaña, sino también arrojar a Riva Agüero, quien indudablemente no estuvo patriota en continuar en el mando después de la derrota de Santa Cruz. Riva Agüero no supo caer, ni tampoco retirarse en la forma honrosa en que las circunstancias lo exigieron. Tuvo la desgracia de entrar en lucha con Bolívar y de perder el prestigio que les hizo falta a él y a los suyos, para haber exigido al día siguiente de Ayacucho la salida de Bolívar y de sus tropas.





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Capítulo IV

Dictadura de Bolívar


SUMARIO

Nota del Secretario de Bolívar reclamando Jaén y Maynas.- Conducta intolerable del general Paz del Castillo.- Misión de Mosquera en Lima en 1822.- Proféticas palabras de Luna Pizarro.- Pactos de Guayaquil, en 1823, entre Bolívar y el general Portocarrero, representante del Presidente Riva Agüero.- Llegada de Sucre a Lima.- Su labor en el Perú.- Bolívar, con gran entusiasmo, ofrece a los delegados peruanos embarcarse para el Perú.- Arriba el 1.º de septiembre y encuentra el palo en completa anarquía.- Se le conceden facultades extraordinarias para combatir a Riva Agüero y para gobernar dictatorialmente.- La insurrección de Olañeta evitó el fracaso patriota.- Batallas de Junín y de Ayacucho.- Causas por las cuales ellas significaron una contrariedad para las gentes ricas y aristocráticas.- A la salida de Bolívar, para Trujillo, casi todo Lima volvió a jurar al Rey.- Causas por las cuales la guerra separatista en el Perú no fue hecha por el único esfuerzo de sus propios hijos, ni fue tampoco el producto de una convicción netamente nacional.- Conceptos del doctor Lissón.- ¿Qué hubiera pasado en el Alto y el Bajo Perú, en los años que siguieron   -154-   al de 1824, si Bolívar, como Sucre le aconsejaba, hubiera tenido que retirarse del Perú, o si las batallas de Junín y de Ayacucho hubieran sido adversas a los patriotas?- La liquidación política iniciada en 1814 y que culminó en la capitulación de Ayacucho, provocó también la ruina financiera.- Las tesorerías y las aduanas quedaron también en situación miserable.- Labores de minas en el Cerro de Pasco dos veces interrumpidas.- La Casa de Moneda fue tres veces paralizada.- Memorias de Hacienda presentadas por Unanue, en 1821 y 1825.- Probablemente nunca se sabrá lo que costó la independencia del Perú.- Los realistas quedaron derrotados y junto con el poder perdieron sus propiedades y sus caudales.- Liberalidad de San Martín con O'Higgins.- Regalo de la Municipalidad de Lima a los generales de San Martín.- Los obrajes paralizan la fabricación de sus tejidos de lana.- Conceptos emitidos por Bulnes y Paz Soldán.- Organización del poder público después de Ayacucho.- Segundo dictadura de Bolívar.- El Congreso, invistiendo al Libertador de facultades ilimitadas, hizo al Perú y al héroe daños que perduraron hasta 1829.- El viaje del Libertador hasta Potosí fue un paseo triunfal.- Daños que le causaron el fausto, la adulación y el placer.- Creación de Bolivia.- Sucre convocó la Asamblea de Chuquisaca, sin la anuencia de Bolívar.- La formación de la Gran Colombia en un ejemplo bien sugerente para coligar a los pueblos y no para desunirlos.- Cuando Bolívar entró en La Paz en septiembre de 1825, la creación de Bolivia era un hecho consumado.- Siendo vidente, debió haber experimentado profunda pena por el estado constituido.- Sucre, sin preverlo, al crear Bolivia favoreció la expansión de Chile y del Brasil.- Los beneficios no fueron para Colombia, como él lo imaginó.- El Perú que apareció a la vida independiente por la intervención de Bolívar, sufro todavía las consecuencias de la división que se hizo de su herencia colonial.- Es indudable que si Bolivia hubiera formado un solo estado con el Perú, los contingentes fiscales de Lima hubieran costeado su administración y obras públicas en los tiempos del guano.- Afirmaciones de Claudio Pinilla.- Primeras dificultades que la existencia de Bolivia creó al Perú.- Bolívar intentó dividir el territorio del Perú y formar con el de   -155-   Bolivia tres estados.- Tratado de Federación Boliviana.- Bolívar aspira al gobierno de las naciones libertadas por él.- En Bolivia Sucre inicia los primeros trabajos para conseguir la presidencia vitalicia del Libertador.- Congreso de Panamá.- La Dictadura de Bolívar sólo causó males al Perú.- Conspiración contra Bolívar.- Estado económico del Perú en los tiempos en que gobernó el Libertador.- Contribución de castas e indígenas.- Liquidación y consolidación de las deudas que dejó la guerra.- Situación de la deuda española.- Datos que proporcionan las Memorias de Hacienda, de Larrea y de Morales, y la Historia del Perú, de Paz Soldán.



I

Corría el mes de octubre del año de 1822, cuando una nota del Secretario de Bolívar, reclamando para su país Jaén y Maynas, alborotó al Congreso. La incorporación de Guayaquil a Colombia contra la voluntad y los intereses de sus pobladores, y el recuerdo de un brindis en que el Libertador manifestó deseos de intervenir en los negocios del Perú y aun en los del Río de la Plata, tuvieron por mucho tiempo alarmados a los patriotas limeños, resueltos a repeler con la fuerza las usurpaciones de territorio si ellas se hubieran llevado a cabo. En sesiones secretas, en ese año de 1822, se dictó una ley para crear cuerpos peruanos, y se acordó enviar a Bogotá un Ministro plenipotenciario. Coincidieron estos temores con la conducta intolerable y los procedimientos ofensivos del general Juan Paz del Castillo, comandante en Jefe de la División Colombiana Auxiliar del Perú, compuesta de los batallones Boyacá, Yaguachi, Pichincha y Voltígeros. Constituían estos cuerpos la totalidad de las fuerzas ofrecidas por Bolívar a San Martín, y todas ellas en el Perú, excusándose con frívolos pretextos, se negaron   -156-   siempre a marchar al lugar en que se les necesitó. Su jefe recibía órdenes de Bolívar, observaba las que le dictaba la junta de Gobierno, y, en su propósito de no batirse ni salir de Lima, exigía que la División obrase siempre unida, nunca desmembrada, y únicamente bajo las órdenes de un general peruano. Posteriores exigencias, todas ellas temerarias y ofensivas al Gobierno y formuladas en tono insolente y con el carácter de inalterables, condujeron a Paz del Castillo a realizar su propósito, que fue, desde un principio, que se le diera permiso para regresar a Colombia con sus fuerzas. La necesidad de librarnos cuanto antes de tan inútiles como insolentes auxiliares, obligó al Gobierno, haciendo extraordinarios sacrificios, a buscar dinero, a pagarles y a embarcarlos. La División salió del Callao el 8 de enero de 1823, con rumbo a Guayaquil; y como se temía que Paz del Castillo, cuya mala fe fue manifiesta, desembarcara en alguno de los puertos del Norte o ejecutara un movimiento sospechoso, se dio orden a Guisse para que hiciera fuego al convoy, si los jefes militares querían trasbordarse de un buque a otro, o alguno de éstos pretendía adelantarse a los demás. No existiendo en el Congreso el propósito de ofender a Bolívar, ni de hacerle el menor desaire, por conducto de la junta de Gobierno se le dio amplia y hasta humilde satisfacción.

Con anterioridad a estos sucesos, Bolívar, desde Cuenca, en septiembre de 1822, ofreció al Perú 4000 hombres más y con ellos un plan de campaña. Coincidió esto con la labor de Mosquera, Ministro de Colombia en Lima, que en esos días del año 1822 tomaba gran empeño para que el Congreso llamara a Bolívar y a su ejército. Luna Pizarro, que por entonces, al frente del Poder Legislativo, era el árbitro de los destinos del Perú, se opuso, no sólo a la venida del Libertador, sino a que se le aceptaran los 4000 soldados   -157-   ofrecidos. En un discurso notable, que pronunció en sesión secreta, dijo: «Si damos entrada a la anarquía, Bolívar tendrá un pretexto para introducirse en el país. Guerrero feliz, con toda seguridad conseguirá nuestra independencia; pero obtenida ésta, se convertirá en un déspota y nos dominará como a esclavos. Acuérdense -añadió- de que los sucesos confirmarán la exactitud de mi pronóstico». Como por esos días se tenía por seguro el triunfo de Alvarado en el Sur, contestósele al Libertador que sólo se necesitaban fusiles, cuyo precio se pagaría al contado.

La derrota de Alvarado en Moquegua y la caída de la Junta de Gobierno deprimieron el espíritu público. La primera medida del presidente Riva Agüero fue entenderse con Bolívar. Le mandó como Plenipotenciario al general don Mariano Portocarrero, y sin esperar los resultados de su misión, conferenció en Lima con el enviado del Libertador, Coronel don Luis Olañeta. El 29 de marzo de 1823, o sean, once días después de firmados los pactos de Guayaquil entre Bolívar y Portocarrero, Riva Agüero concedía en Lima a Colombia mayores beneficios. Con posterioridad, Riva Agüero declaró válido lo de Guayaquil y nulo lo de Lima. Bolívar exigió la ratificación absoluta del tratado de Lima y la condicional del de Guayaquil. El Libertador, que no deseaba otra cosa que poner término a la guerra del Perú para consolidar la independencia de América y en especial la de Colombia, sin esperar la ratificación de los tratados, en los transportes que del Callao salieron para Guayaquil junto con Portocarrero, comenzó a embarcar tropas. Para fines de abril estuvieron todas en Lima. Su número alcanzó a tres mil combatientes, y todos ellos reconocían como jefe a un hombre muy astuto, muy lleno de sutilezas de ingenio y que, si en la guerra fue valerosísimo, en materias diplomáticas se distinguió por su destreza. Este hombre fue   -158-   Sucre, el más noble y modesto, el más hábil y valiente de los generales de Bolívar. Este general, tan sencillo como obediente y tan ajeno a la política como libre de ambiciones, reanudó en Lima la buena amistad entre colombianos y peruanos, que Paz del Castillo dejó rota, y fue el precursor de Bolívar como San Juan lo fue del Mesías.

Sucre fue recibido en Lima el 9 de mayo, con grandes obsequio y cordialidad. Vino como Plenipotenciario, habiendo recibido reservadamente el encargo de vigilar a la división colombiana. Desde el primer momento comprendió que el ejército peruano estaba indisciplinado y que esto ocurría porque le faltaba un jefe. Fue entonces cuando públicamente, en forma franca, convincente y elevada, sembró en los buenos círculos limeños la idea de llamar a Bolívar. Su propaganda fue bien recibida por Riva Agüero, quien, como Presidente, un mes antes, sin acuerdo del Congreso ni previo aviso, ofreció a Bolívar, por conducto de sus amigos, don Francisco Mendoza y el Marqués de Avellafuertes, incondicionalmente el mando supremo de todas las tropas. Ambos comisionados salieron en el bergantín Belgrano, y en Guayaquil recibieron grandes atenciones. El Libertador les contestó que deseaba vivamente ir al Perú a combatir contra los españoles, que necesitaba el permiso del Congreso colombiano y que tan pronto corno lo obtuviera saldría para Lima. Jamás se consideró más necesaria la venida de un hombre. Reclamado por el Congreso, por el Presidente Riva Agüero y por la opinión sin la exclusión de ningún partido político, Bolívar, que tan amante fue de la gloria, debió haber sentido en esos días el más intenso, sublime y completo goce espiritual de cuantos experimentó en su larga carrera pública.

Preparábase Bolívar para embarcarse, para el Callao, concedido que le fue el permiso solicitado del Congreso de Colombia,   -159-   cuando la insurrección de los pastusos y otros asuntos urgentes le obligaron a dejar Guayaquil. Esto ocurría en junio, y como se le complicaron los asuntos públicos, por Pasto y Bogotá, su viaje al Perú no pudo realizarlo sino meses después, habiendo llegado a Lima el 1.º de septiembre. Su demora puso a la nacionalidad peruana al borde de la liquidación final. La anarquía de los partidos por un lado y la derrota de Santa Cruz por otro, dejaron al gobierno patriota en pavorosa condición. Sólo Bolívar, con su invencible carácter y su genio incomparable, pudo haberse quedado aquí después de haber desembarcado. Con anterioridad a estos sucesos, Canterac invadió Lima con 9000 hombres. Su viaje, que fue un fracaso y que le proporcionó rozamientos con el Virrey, que Valdés suavizó, obligó a los Poderes Públicos a refugiarse en los Castillos.

Riva Agüero, que por entonces tuvo la más brillante oportunidad de hacer una cosa buena, como fue la de renunciar la presidencia, se encaprichó en no soltar el poder. Gastado, ya sin prestigio y en desacuerdo con los congresales, con buena parte de ellos se fue hasta Trujillo y allí hizo un gobierno regional. Sucre, a quien se dio el mando militar y político, antes de salir al Sur para auxiliar a Santa Cruz, delegó las funciones civiles en el Marqués de Torre Tagle.

Se recibió a Bolívar como a un semidiós; vino acompañado por los diputados Sánchez Carrión y Olmedo, que a nombre del Congreso fueron hasta Guayaquil para traerle. Todo el ejército formó en la Portada del Callao, y desde que puso el pie en tierra fue llevado en triunfo hasta la mansión que se le tenía preparada en Lima.

Al día siguiente de la llegada, el Congreso le concedió facultades extraordinarias para que pusiese término a la rebelión de Riva Agüero, y ocho días después le concedió el   -160-   poder dictatorial sin limitaciones. Conseguida la deposición de Riva Agüero, Bolívar regresó a Lima, y poco después salió para Pativilca, donde unas fiebres malignas pusieron en peligro su existencia. La traición de Moyano, que entregó los Castillos del Callao, y la ocupación de Lima por fuerzas españolas, le obligaron a salir para Trujillo. La noticia que tuvo en esa ciudad de lo que ocurría entre Olañeta y el Virrey, determinó su valiente resolución de abrir campaña sobre el centro del Perú, donde estaba Canterac con nueve mil hombres.

Terminó esa campaña con los triunfos de Junín y de Ayacucho. Ellos libertaron al Perú de la dominación española. Todo lo acontecido en el año de 1824 es glorioso para Bolívar y de gran importancia para la América, siendo sensible que la aristocracia y buena parte de las personas de valer en el Perú hubieran sido godas y por consiguiente opuestas a los planes libertadores de San Martín y de Bolívar. Los ideales de libertad y de independencia sólo produjeron entusiasmo en las clases inferiores, especialmente en las gentes de provincia; y cómo los ensayos republicanos hechos en los años de 1821 a 1823 dejaron en las clases cultas y ricas de Lima amargos desengaños, la desilusión que existía en casi todo el territorio por la causa de la Patria, en los primeros meses de 1824 era completa. En esos meses, las desbandadas, las traiciones y las deslealtades de militares y civiles, cuando Monet ocupó Lima y Rodil las fortalezas del Callao, llegaron al colmo. Hasta las tropas de Buenos Aires sufrieron el contagio. Gran parte de los Granaderos de los Andes se pasaron a los realistas, y con rarísimas y muy honrosas excepciones todo Lima volvió a jurar al Rey. Torre Tagle decía: «De la unión franca y sincera de peruanos y españoles, todo debe esperarse: de Bolívar, la desolación y la muerte. Unido yo al ejército español, mi suerte será la suya. No me alucinará jamás el falso brillo de   -161-   ideas quiméricas que, sorprendiendo a pueblos ilusos, sólo conducen a su destrucción y a hacer la fortuna y saciar la ambición de algunos aventureros».

Los triunfos conseguidos en Junín y en Ayacucho no solamente fueron una sorpresa, pues nadie esperaba que Bolívar con 7000 hombres venciera a los 18000 combatientes que tenía el Virrey, sino también una contrariedad para los numerosos peruanos que estuvieron afiliados a la causa realista. El número y la calidad de los miles de personas que se refugiaron en los Castillos y se pusieron al amparo de Rodil, prueba que la población distinguida de Lima en 1824 por sentimientos y convicción era adicta al Rey.

Hubo en ese año de 1824, en los habitantes del Perú, tan decidido deseo de volver a consolidar el régimen colonial, que llegó un momento en que Sucre, en esos días en que las tropas patriotas apenas ocupaban Huaraz, Cajamarca y Trujillo, solicitó de Bolívar la capitulación con los realistas en la forma de retirar las tropas colombianas del Perú, después de pactar con el virrey un armisticio de dieciocho meses. Retirado Bolívar del Perú, su desprestigio hubiera sido tanto, que nunca más hubiera vuelto a él.

Lorente, en su Historia del Perú Independiente, pinta la situación del nacionalismo en los primeros meses de 1824, en los siguientes términos:

Había llegado la hora de prueba para los verdaderos amantes de la independencia. Se habían perdido tres campañas, en que el gobierno fundara las más halagüeñas esperanzas, y para las que hicieron los pueblos ingentes sacrificios. El territorio independiente, reducido al departamento de Trujillo con algunas provincias del departamento de Huánuco, estaba amenazado de cerca por las fuerzas realistas muy superiores a las de la patria en número y disciplina: los restos del ejército libertador y la división peruana sufrían las fatales consecuencias de la derrota y de las sediciones; los auxiliares de Colombia se elevaban a poco más de tres mil hombres; se notaba en la soldadesca mucho desenfreno contra el vecindario,   -162-   al que robaba en las calles y maltrataba de obra y palabra, y tampoco se comportaban muy bien algunos jefes, a quienes brillantes hechos de armas habían hecho salir de la condición más abyecta, permaneciendo tan inalterables sus costumbres como su oscuro rostro. El ejército realista se elevaba a más de seis mil hombres, y estaba en perfecto estado de disciplina, con el suficiente equipo, envalentonado con el triunfo y dirigido por caudillos de mérito. Hasta la escuadra enemiga, que por su cobardía, venalidad o apatía había sido hasta entonces la vergüenza de las armas españolas, aspiraba a rehabilitarse, y la iban poniendo en un pie respetable los buques tomados en el Callao y los corsarios armados por Quintanilla; además esperaba reforzarse mucho con el navío Asia y la fragata Aquiles, que estaban al llegar de la Península. Para amedrentar a los espíritus recelosos se aseguraba que, restablecido a fines de 1823 el rey absoluto mediante la intervención francesa, podían ser oprimidos los defensores de la patria no sólo por grandes ejércitos peninsulares, sino también con los poderosos auxilios de la Santa Alianza.

El mal estado de la hacienda podía agravar los temores inspirados por la preponderancia militar de los realistas. Ocupadas por éstos las provincias más pobladas y los principales puertos, se hallaban casi enteramente obstruidas para la patria las fuentes de la renta ordinaria y los recursos interiores extraordinarios; en tales apuros rentísticos, y siendo muy poco el crédito nacional, se hacía sobremanera difícil realizar en el extranjero nuevos empréstitos; Chile, que meses atrás se había negado a dar al Perú más participación en su empréstito, no podía cambiar de resolución, cuando disponía de menos fondos, y principiaba a mirar con cierto recelo la dictadura de Bolívar.

La mala situación militar y financiera no podía menos de turbar profundamente el espíritu público, ya demasiado conmovido por otras influencias. La opinión general no era muy favorable a la naciente república: la nobleza, una parte del clero y todos los apegados a la monarquía por hábito o por convicción, se empeñaban en desacreditar las instituciones democráticas, las que, decretadas y no puestas en vigor, sólo dejaban sentir los inconvenientes inevitables en toda transición violenta, sin las ventajas del gobierno propio. Las clases elevadas que habían abrazado la causa de la independencia no tanto por entusiasmo patriótico cuanto por no dividir el predominio con los advenedizos de la península, soportaban a duras penas la supresión de los títulos nobiliarios y la elevación de las clases abatidas, llevada al punto de ser dominados los antiguos señores por plebeyos de mérito o de inmerecida   -163-   influencia. El pueblo, que lo debía ganar todo en el nuevo orden de cosas, se preocupaba con los males inherentes a la revolución y a la guerra, con el poco respeto a las creencias y a las costumbres, que revolucionarios prominentes ostentaban en público, y con la agitación, los peligros, los golpes de despotismo y los sacrificios impuestos súbitamente, a nombre de la felicidad futura, a una ciudad, que había sido mimada por los Virreyes. El terror, inspirado por la severidad de Bolívar, sus destemplanzas de lenguaje, y las últimas órdenes, tan desoladoras como imperiosas, abrieron al patriotismo grandes brechas. El vulgo confundió los accidentes pasajeros con los efectos permanentes, y como de costumbre atribuyó a los principios las faltas de sus defensores: muchos creyeron perdida para siempre o por largo tiempo la causa de la independencia; otros muchos la abandonaron por temor a la dictadura, y no pocos cedieron a la corriente reaccionaria, que hacían más y más contagiosa traiciones señaladas y la acogida de personas notables al indulto ofrecido por los realistas. El 14 de febrero, mal atendidos los granaderos de los Andes apresaron a sus jefes en la tablada de Lurín y vinieron a unirse a los traidores del Callao, haciendo armas contra los defensores de la patria. Los lanceros peruanos y los de la guardia, que habían recibido orden de replegarse desde sus acantonamientos en las provincias de Cañete y Chancay, fueron entregados por sus propios jefes; otros muchos oficiales se pasaron a los realistas, que formaron un batallón de cívicos comprometidos en favor del gobierno colonial. Empleados, civiles y judiciales imitaron tan vergonzoso ejemplo, que arrastró a varios ciudadanos pacíficos, después de haber sido seguido por el Presidente del congreso, por otros muchos diputados, por el presidente y el vicepresidente de la república, y el ministro Berindoaga.



Dotado como estuvo el doctor Lissón de admirable facilidad para el análisis, en forma concisa expuso las causas por las cuales la guerra separatista en el Perú no fue hecha por el único esfuerzo de sus propios hijos, ni tampoco fue el producto de una convicción netamente nacional. Los conceptos del párrafo que a continuación copiamos dan idea de los pocos y pobres frutos que en el país dejó la semilla de la revolución americana sembrada por San Martín.

En el Perú la raza criolla se había preparado también para la Independencia; pero su situación particular hizo que   -164-   se retardase, que la guerra tomase en ella diferente aspecto, y que las consecuencias no fuesen las mismas que en las demás Repúblicas.

Centro del poder peninsular por sus riquezas; y también del sistema colonial en su más vasta aplicación; con una nobleza rica y algo considerada por la España, y con clases que sacaban abundante lucro del privilegio, tenía necesariamente que haber un crecido número de personas interesadas en sostener ese poder. Además, continuamente amagado por corsarios, era el punto más fortificado de sus posesiones, el depósito de sus municiones, la escuela de sus soldados y el núcleo de su ejército; con lo que vino a ser el campamento español en la lucha de la Independencia. De él salían las expediciones contra los insurgentes de otras partes; y a él volvían en sus derrotas por dinero y hombres para continuarla, en lo que se mostró inagotable, armando para ello a los indios y dando una lección a los criollos peruanos que los despreciaban. Bajo la presión de estas circunstancias, el Perú no podía estar en el mismo rango que sus hermanas, en el deseo, fuerzas y trabajo preparatorio para romper sus prisiones. Así, las primeras tentativas que hizo salieron desgraciadas; por lo que, conociendo aquellas su debilidad y el peligro que corría su reciente libertad, mientras dominase en él la España, se resolvieron a auxiliarlo formando una cruzada americana de sus más afamados guerreros. La lid fue corta; y sin el séquito de desafueros que en Colombia, Chile y Buenos Aires. San Martín y Bolívar habían enseñado a los españoles a reconocer la calidad de hombres en los criollos; y en dos batallas quedó afianzada la Independencia del Perú. Sin duda fue una fortuna para él conseguir tan grandioso bien, sin que sus hijos ni su suelo se mancharan con los atentados de lesa humanidad que se habían cometido en otras partes, pero en cambio fue una desgracia, y muy grande, que las virtudes, trabajos y sacrificios que exige una contienda de esta especie no hubiesen venido a depurar las costumbres públicas y privadas; a elevar con las tradiciones de gloria y la atmósfera de los combates la altivez del carácter nacional; a formar hombres de elevado temple que principiaran y dieran el tipo a la nueva generación republicana que surgía; y a crear los sentimientos profundos, que sólo se producen en el tamiz de los triunfos y derrotas, en los insomnios de la lucha y en los esfuerzos que hace la naturaleza humana para alcanzar un fin moral a través de las terrestres desgracias. La Independencia del Perú se consumó; pero no dejó tras sí ni grandes nombres que sirvieran de bandera en la nueva senda que iba a recorrer, ni convicciones arraigadas que la pusieran en primer término, ni dolorosos recuerdos que la hicieran adorada. Fue un regalo   -165-   que no se apreció en sus valiosos quilates y que hasta lo humilló.



Independizado el país con el concurso de las naciones vecinas y muerto el naciente nacionalismo por las intransigencias de Riva Agüero, de Torre Tagle, Berindoaga, Aliaga y otros patriotas, fatalmente tuvieron que ser extranjeros los hombres que gobernaron el Perú durante los primeros tiempos de su vida autónoma. Esta situación, casi de fuerza, por cierto bien rara y un tanto anodina, y que fue creada por los sentimientos de devoción y lealtad hacia el Rey que animaron a muchos peruanos durante el período de la revolución separatista, nos hace meditar en lo que hubiera pasado en el Alto y el Bajo Perú, en los años que siguieron al de 1824, si Bolívar, como Sucre le aconsejaba, hubiera tenido que retirarse del Perú, o si las batallas de Junín y de Ayacucho hubieran sido adversas al Ejército Unido. Esta suposición de lo que no sucedió, pero que pudo haber sucedido, nos lleva en alas de la imaginación a numerosas interrogaciones. Una de ellas es la siguiente: ¿Cuántos años más hubiera quedado en poder de España aquella que fue su colonia muy rica y muy extensa, como que principiaba en Guayaquil y se extendía hasta las vecindades de Salta en la Argentina y de la confluencia del Madera en la línea Yavarí por el lado del Brasil, si los españoles hubieran triunfado en 1824? Indudablemente que no es nuestro propósito afirmar que fue una desgracia para el Perú que se le hubiera dado independencia en 1821. Esa independencia, consolidada en 1824, nos evitó una nueva guerra de carácter separatista, guerra que hubiera sido muy sangrienta y muy costosa y en la que probablemente no hubiéramos tenido el auxilio de Colombia y la Argentina. Sin embargo, esa guerra, que hubiera tenido los caracteres heroicos de la de Cuba en 1868, por haber sido hecha con el   -166-   solo esfuerzo de los peruanos, hubiera formado el sentimiento de la nacionalidad y consolidado el de la unión, y el Perú, libre de España, aunque hubiera sido cincuenta años después de 1824, habría llegado a ser dueño de sus destinos por la única y libre voluntad de sus pobladores y por la grandeza de su territorio, que tal vez por el Norte alcanzara hasta cerca de Pasto y Popayán y por el Sur hasta Salta, incluso Chiloé y Juan Fernández.




II

Si deplorable fue el estado de la Hacienda pública en los tiempos en que gobernó San Martín, en peores condiciones quedó ella al término de la guerra separatista, o sea en los albores del año de 1826. Sin agricultura y sin minería, sin comercio y sin puerto (el Callao estaba ocupado por Rodil), y hasta sin numerario, nunca en años anteriores el Perú presentó un aspecto económico más pavoroso. La liquidación política iniciada en 1814, que culminó en la capitulación de Ayacucho, provocó también la ruina financiera del país que los patriotas recibieron de sus dominadores. A las sumas que se invirtieron en la campaña netamente emancipadora del Perú, hubo que agregar los gastos que se hicieron por los virreyes en los tiempos que llevaron la guerra a los países vecinos, gastos que comprometieron grandemente el crédito nacional. El Tribunal del Consulado salió garante de las cantidades que entregó el comercio para ese objeto, habiendo quedado a cargo de sus priores y cónsules el cobro y la distribución de los impuestos que se crearon para el pago de aquellos créditos. Monteagudo, en 1821, declaró cesantes las funciones del citado Tribunal y su responsabilidad en el pago de las deudas del Estado. Con mejor criterio, Unanue, como Ministro de Hacienda, de Bolívar en 1824, lo repuso en sus prerrogativas y labores.

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Las tesorerías y las aduanas también quedaron en situación miserable. Fue necesario rehacer casi de nuevo la contaduría y poner en movimiento los ramos destinados a la exacta distribución de las pocas rentas que por ese entonces ingresaban a las cajas del Estado. En peor condición quedaron las aduanas, la más importante la del Callao, sin puerto propio, y sin el concurso de sus más expertos e inteligentes empleados, muchos de ellos aislados en los Castillos. La inestabilidad del Congreso y la del mismo Gobierno, ambos contraídos en todo el año de 1824 a formar un nuevo ejército, crearon en aduanas multitud de abusos y contribuciones, las cuales en parte quedaron extirpados en 1825.

El laboreo de minas en el Cerro de Pasco en dos ocasiones quedó interrumpido, y las bombas implantadas para el desagüe, fueron dos veces paralizadas. Igual paralización sufrieron los Bancos de habilitación y rescate, algunos de los cuales liquidaron en forma ruinosa.

La Casa de Moneda de Lima fue tres veces paralizada, y en todas ellas, inhabilitadas las piezas de maquinaria que no pudieron ser llevadas a la sierra. Don Atanasio Dávalos de Rivera, Talla Mayor de la citada Casa de Moneda de Lima y abuelo del que estas líneas escribe, fue obligado a seguir hasta el Cuzco al Virrey La Serna en su retirada a la sierra.

Sin hacienda no hay Estado -dice Unanue en su Memoria de 1825-, porque ésta es el alimento y la sangre del cuerpo político. Tampoco puede haber hacienda sin ingresos, los que de necesidad deben faltar en un país en que ha desaparecido la agricultura, y donde la minería, principal fondo de él, está derrumbada, y el comercio de la capital sin puerto y sin numerario.

Al dejar los enemigos el Perú, quisieron que no quedaran sino desiertos y cordilleras, y así con furor superior al que pinta Las Casas, y algunos filósofos, haber ejercido en el tiempo de la conquista, han destrozado cuantos seres y fortunas pudieron.   -168-   De aquí es que esta capital, tan rica y opulenta en otros tiempos, lejos de ofrecer auxilios a la entrada de S. E. los exigían las innumerables familias que redujeron a la miseria.

Seis millones de pesos se consiguieron por préstamo en Londres, y consumidos y mal gastados por los gobiernos anteriores, cinco, entre cálculos y números, quedó solamente un millón en billetes y libranzas, único fondo, único recurso con que ha contado S. E. para los gastos inmensos de la lista civil y militar de la capital, del ejército libertador del Alto Perú y de la marina; siendo así que los alcances que se deben a los valerosos y beneméritos militares que, exponiendo su vida y sangre nos han dado la libertad y fundado la república, ascienden próximamente al duplo.

Si a estas cantidades se juntan las enormes de los empréstitos hechos al Gobierno con motivo de la desastrosa guerra, que anteriormente se ha sostenido, se deducirá que las rentas del Perú en el estado de ruina y desolación en que se hallan, no pueden cubrirlos ni sostener en lo sucesivo las crecidas expensas que aún restan que hacer.

De necesidad es pues, que el Congreso encomiende a S. E. haga solicitar un nuevo empréstito en Londres de diez millones de pesos: conseguidos que sean se podrá pagar al ejército y la marina, proveer a su ulterior subsistencia y cubrir los muchos créditos del Estado, reuniéndolos todos en uno solo, cuya satisfacción podía practicarse con menos embarazo, y sin aquella agonía con que cada particular oprime al Gobierno. Si en materia tan interesante quiere el Congreso que el Ministro conforme el art. 151 de la Constitución, dé más extensión, lo hará luego que tenga a bien ordenárselo.



Habiendo sido sólo dos las Memorias de Hacienda presentadas al Congreso de los tiempos corridos entre 1821 y 1825, es muy poca la información oficial que existe para decir algo concreto sobre lo que fueron las finanzas del Perú en tan importante materia, y después de mucho trabajo conseguir vaga idea de lo que fue aquel caótico estado de cosas en asuntos de hacienda, es obra necesaria y de provecho para la historia patria. No siendo las épocas revolucionarias favorables a la estadística y al estudio, es posible que nunca llegue a saberse lo que costó la independencia del Perú, ni tampoco lo que pasó de las manos de los godos a las de los patriotas. La confiscación fue general, y como los realistas   -169-   quedaron derrotados, junto con el poder perdieron sus propiedades y sus caudales. Dos mineros riquísimos del Cerro de Pasco, uno apellidado Abadía y otro Vivas, murieron en la miseria. Sus famosas minas fueron cedidas a los generales de la Patria, y hasta hace veinte años en el Cerro era de fama por su riqueza en plata y cobre la Negociación Riglos, negociación que estaba constituida por las minas con que se pagaron servicios prestados por el general argentino de este apellido.

Pando, a nombre de Bolívar, en las instrucciones que dio a Ortiz de Zeballos para promover la federación y arreglo de límites con Bolivia, disertando sobre lo gastado por el Perú en su guerra separatista, dice:

Es verdad que no parece posible liquidar con exactitud las cantidades expendidas directa e indirectamente para emancipar el Alto Perú; y que entre potencias influidas por las máximas maquiavélicas que por desgracia dominan en muchos Gabinetes, esta dificultad sería un semillero de altercados y evasiones Diplomáticas. Pero entre Gobiernos que se jactan de equidad y que se profesan recíproco afecto el asunto es susceptible de una pronta y amigable transacción. La guerra con los españoles ha sobrecargado al Perú con una deuda de más de veinte millones de pesos, para con Europeos y Americanos; prescindiendo totalmente de los incalculables daños hechos a la agricultura, a la industria, a las poblaciones, a todos los manantiales de la riqueza pública. Todos los días recibe el Gobierno reclamaciones de créditos procedentes del tiempo en que el General San Martín emprendió su expedición libertadora; y todos los días ve acrecentarse la masa de sus obligaciones, por mantenerse fiel a los rigurosos principios de la buena fe, recompensando a los que coadyuvaron a una empresa de cuyos retardados pero felices resultados goza ahora tranquilamente Bolivia. Se trata pues de calcular aproximadamente, por medio de un arbitraje privado, qué parte de estas sumas deberá reembolsarnos aquella República, como indemnización parcial de tantos males que hemos soportado, como indispensable auxilio para hacer frente a nuestros empeños y satisfacer a nuestros acreedores. Sí, por ejemplo, indicaremos la cantidad de cinco a seis millones de pesos, no creemos que deberá ser reputada sino como inferior a la que correspondería en rigor de liquidación,   -170-   sin más que recordar, después de los gastos hechos recientemente por el Ejército Unido Libertador, las costosas expediciones de los Generales Santa Cruz y Alvarado emprendidas para libertar el Alto Perú y las ingentes sumas que hemos pagado y que debemos todavía a la República de Colombia por útiles y pertrechos de guerra, y las no menos considerables que hemos satisfecho y satisfaremos por ajustes de sueldos y premios militares. Los frutos de tantos sacrificios los ha recogido también Bolivia: la justicia pide que soporte su parte de carga, aun prescindiendo de las consideraciones de la gratitud.



Paz Soldán, en su Historia del Perú Independiente, relata la liberalidad usada por San Martín, cuando regaló a O'Higgins las famosas haciendas de Montalván y La Cuiva. Trata también del reparto de propiedades urbanas que la Municipalidad de Lima hizo, a nombre de la Patria, en 1822, las que fueron valorizadas en 519069 pesos.

Este brusco cambio de dueño en las propiedades rústica y urbana, fue una de las causas que ocasionaron la desvalorización que siguió en los años posteriores al de 1825. De más importancia fue la ruina que experimentó la industria productora de tejidos de lana, tejidos que con el nombre de bayetas fueron sustituidos por similares de fabricación inglesa. Las lanas, que en su totalidad en tiempo del Rey tenían mercado en los obrajes, quedaron sin compradores nacionales y sujetas a la exportación, en condiciones muy desfavorables.

Si en el terreno social la emancipación menoscabó privilegios y honores a las clases ricas y aristocráticas, en el económico causó males de otra naturaleza, pero de consecuencias más fatales, males que pusieron al Perú en condiciones de pobreza que nunca tuvo en los tiempos coloniales y que perduraron hasta el descubrimiento del guano.

Bulnes sostiene, y con razón, en su libro ya citado, que esta ruina económica, no fue completa, y que no obstante lo que duró la guerra y la existencia durante tres años y medio   -171-   de un ejército que llegó a tener 20000 combatientes, el Perú no experimentó el desastre financiero que verdaderamente puso en la ruina a las demás repúblicas del continente, especialmente a Venezuela.

Detalles pertinentes a las deudas internas, a la emisión de papel moneda y al sonado empréstito hecho en Londres con el banquero Tomas Kinder, los encontramos en el citado libro de Paz Soldán, del que extractamos los párrafos de más interés.

Gravísima y complicada era la situación en que se encontraba la causa de la Independencia del Perú por la apatía de la Junta Gubernativa, por el estado de ruina de la Hacienda pública, por la desmoralización del ejército y marina, y lo que es más doloroso, porque se tramaba una conspiración para la caída de la Junta que ya no inspiraba respeto ni confianza en su inteligencia y actividad.

El estado de la Hacienda empeoraba diariamente y la necesidad de aumentar el ejército y los elementos de guerra hacía del todo necesaria una operación financial para proveerse de recursos. El empréstito o contribución de cuatrocientos mil pesos impuestos al comercio no produjo efecto por la negativa de los Ingleses, tolerada por el Congreso, y por la debilidad con que procedía la Junta: hasta 18 de noviembre no se habían colectado más de 40253 pesos. Se adeudaban ingentes sumas por sueldos de las listas civil y militar y por suministros al ejército y marina. El Congreso principiaba a convencerse prácticamente de la impotencia de la Junta Gubernativa, y se vio obligado por la fuerza de las circunstancias a autorizarla ampliamente para que tomara cuantas medidas juzgase necesitar con el objeto de proporcionar recursos, sin perjuicio de hacer efectiva la contribución de los 400000 pesos (24 de octubre). El Gobierno de Chile había conseguido en Londres un empréstito de un millón de Libras; y la Junta pedía que se nombraran agentes del Perú con igual objeto, o que se habilitara a los Enviados por San Martín (18 de noviembre). Otro de los arbitrios propuestos por dicha Junta fue emitir papel moneda. Según las cuentas del extinguido Banco había en circulación 398856 pesos en papel moneda, incluyéndose en esta suma 66856 pesos que debían al Banco varios individuos; por consiguiente para que esta suma llegara a quinientos mil pesos, pedían autorización para emitir en papel moneda la cantidad de 101144 pesos los cuales se amortizarían con la moneda de cobre mandada acuñar para recoger el papel. El arbitrio era ridículo por su cantidad, incapaz de llenar las exigencias y sólo aumentaría el descrédito del Gobierno, que así abatía el suyo propio. El Congreso autorizó de pronto la emisión de papel por la cantidad   -172-   de 101144 pesos.

Ya había conseguido la Junta una amplia autorización especial (en 19 de noviembre) sin restringir la de 24 de octubre, para contratar un empréstito de quinientos mil pesos, hipotecando los bienes nacionales; pero esos arbitrios no podían servir para satisfacer las necesidades del momento: en vano se rebajó considerablemente el precio del tabaco en polvo o rama, para aumentar su venta, porque la escasez del numerario era positiva y la circulación de la nueva moneda de cobre aumentaba el mal, encareciendo notablemente los artículos de subsistencia. Las diferentes autorizaciones del Congreso para levantar empréstitos, no producían el efecto deseado; y no obstante se concedían nuevas, con condiciones ventajosas, pero faltaba la confianza. Los empréstitos no eran ya voluntarios, y conservando el nombre de empréstito se convirtieron en exacciones violentas, señalando a los comerciantes y propietarios la cantidad que precisamente debían de erogar en las arcas nacionales. Pero estos violentos y odiosos recursos tampoco satisfacían las necesidades, y fue preciso autorizar al Ministro Plenipotenciario cerca de Chile para que solicitara un empréstito de un millón del mismo que ese Gobierno había logrado contratar en Europa.

A principios de marzo llegó la noticia de que los Enviados del Perú García del Río y Diego Paroissien habían celebrado, en 12 de octubre de 1822, un empréstito en Londres de un millón doscientas mil libras valor nominal. El Congreso aprobó en el acto este contrato (12 de marzo) que levantaba el crédito del Perú y lo ponía en aptitud de emprender con desahogo todas sus operaciones militares y de hacienda. A su debido tiempo daremos cuenta de la historia de este empréstito, que pagó tan caro el Perú, como ha pagado los auxilios que no sólo eran en beneficio suyo sino también de cada una de las Repúblicas auxiliadoras; pues propiamente hablando no deben llamarse auxilios los esfuerzos que por interés propio están obligadas las Naciones a hacer en común, cuando se trata de su independencia o integridad territorial

Ahora que va a terminar el año de 1823 daremos a conocer muchos pormenores que, aunque aislados en sí, todos ellos forman un cuadro completo del estado financial del Perú al principiar el año 1824, en que se emprendió la más gloriosa   -173-   campaña, con la cual se aseguró para siempre la Independencia de América.

El Congreso autorizó al Gobierno, en enero, para que levantara un empréstito de doscientos mil pesos en metálico, cien mil entre el comercio, y los otros cien mil entre los propietarios: el 1.º debía pagarse en seis meses, girando libranzas contra la Aduana por dos terceras partes, y el resto entre la Cámara de Comercio, abonándose el interés del 5%: el empréstito de los propietarios debía ganar el 6% al año, y la mitad del capital se amortizaría el primer año y el resto en el segundo: muy reducido fue el número de los que por solo compromiso personal se suscribieron; así es que este proyectado recurso fue efímero.

El empréstito de 120000 pesos celebrado en 21 de junio y aprobado por el Congreso en 22 de noviembre de 1822, en lugar de aliviar las necesidades tan solo sirvió para disminuir los recursos, desde que apenas se recibió una parte en dinero y el resto en especies, puesto que debía pagarse con lo que importaran los derechos de tres mil cargas de cacao, y 800000 pesos de mercaderías extranjeras, según facturas.

No bastando a llenar las necesidades los escasos recursos que proporcionaban esos frustrados contratos, se apeló al trillado arbitrio de empréstito forzoso; para lo cual el Gobierno estaba autorizado a ocurrir al Tribunal del Consulado, representante de los intereses del comercio, y que en tiempo de los Españoles había manifestado tanta generosidad. Pidió por vía de empréstito la cantidad de 150000 pesos, pagaderos a los sesenta días (Agosto 22 de 1823): confió el Gobierno en la promesa del Consulado; pero pasados los días y no viendo que entraba en tesorería ni un maravedí los exigió con instancia, señalando cuatro días perentorios: trascurrieron éstos y el Ministro creyó acreditar energía reduciendo el empréstito a la suma 80000 pesos como empréstito forzoso (Agosto 28) que tampoco fueron entregadas, sino paulatinamente y a costa de vejaciones, aumentando así el odio al Gobierno.

Torre Tagle negoció otro empréstito con D. José Ignacio Palacios por sí y a nombre de varios comerciantes (en 31 de octubre) con el cual desaparecieron las entradas de la aduana. Según esta contrata, que mereció la aprobación del Congreso (noviembre 3), Palacios entregaba 50000 pesos en dinero y 150000 en víveres y útiles de maestranza: el Gobierno le pagaba 300000 pesos en derechos de aduana; pero el contratista se reservó la facultad de variar el régimen de la aduana y algunos empleados y sustituirlos con otros de su confianza. No se sabe qué admirar más, si la insolencia de la propuesta o su   -174-   aceptación: los que creen que no progresamos material y moralmente recuerden esta contrata y otras de su tenor. A pesar de las ventajosísimas condiciones del empréstito fue preciso ocurrir a medidas enérgicas para que se hiciera la entrega de los últimos de 75000 pesos.

En la imposibilidad de conseguir dinero en el país, el Congreso, a indicación del Gobierno, fue autorizado para pedir al Gobierno de Chile un nuevo empréstito de dos millones de pesos (5 de septiembre) y que se pagarían con el empréstito negociado en Londres. Nuestro Ministro en Chile solicitó ese empréstito, manifestando lo urgente que era para terminar la guerra de la emancipación de América (4 de Noviembre). Pero el Gobierno de Chile había ya suplido al Perú 1520280 pesos del empréstito y de esta suma entregó los últimos 500000 pesos con notable disgusto.

Ha llegado la vez de hacer conocer la historia de la deuda anglo-peruana; de esa deuda que tanto ha contribuido a que los ávidos especuladores desacrediten al Perú. La simple narración de esta negociación hará ver el abandono con que los primeros Gobiernos vieron la Hacienda pública; la mala fe de los prestamistas ingleses, y los atentados cometidos en Inglaterra por su Gobierno para proteger a sus súbditos. ¡Ojalá que el recuerdo de esta negociación sirva en lo futuro para enseñarnos lo que podemos esperar de aquellas Naciones!

Sabido es que García del Río y Paroissien fueron a Europa con el carácter de Ministros Plenipotenciarios del Perú, y que entre sus muchas instrucciones estaba comprendida la negociación de un empréstito de seis millones de pesos. En efecto, lo celebraron en 11 de octubre de 1822 con Tomas Kinder. Según este contrato, el empréstito era un millón doscientas mil libras esterlinas, valor nominal; y por cada sesenta y cinco libras se reconocían ciento: se abonaba el seis por ciento de interés anual, y al contratista el 2 por ciento de comisión. La entrega debía hacerse en seis plazos; debiendo abonarse el último saldo el 15 de mayo de 1823. Para la seguridad del pago del capital e interés, quedaban hipotecadas las entradas de la Casa de Moneda, las Aduanas y demás rentas fiscales, obligándose el Gobierno a no disponer de las sumas necesarias para dichos pagos, en ningún otro objeto por urgente que fuera. Para amortizar la deuda debían remitirse 30000 £, en diciembre de 1825 y en los siguientes años 14000 £. Podía el Gobierno del Perú contratar nuevo empréstito que no excediera de dos millones de libras, dando seguridades; pero se le prohibía celebrar tercer empréstito, no estando amortizado el anterior.

Este contrato era muy ventajoso, si se atiende a las circunstancias políticas de entonces, pues apenas comenzaba la   -175-   lucha de la independencia; y aun comparado con los empréstitos celebrados con otros estados de América y aun de Europa era muy favorable; pero el prestamista eludió los pagos en los plazos estipulados, y ocasionó al Perú quebrantos notables en su crédito y en su hacienda con las escandalosas protestas de las letras giradas; debido en gran parte a la desatendencia completa de las indicaciones hechas oportunamente por nuestros comisionados en Europa, muy particularmente por la discordia civil entre Riva Agüero y Torre Tagle, y muchas otras causas que sería largo referir.






III

Conseguida la emancipación del Perú, y libre la República de enemigos, no obstante que Rodil continuaba en los Castillos del Callao, se dio principio en 1825 a la gran tarea de consolidar y organizar el poder público. Convocado el Congreso, con el fin de que llevara a la práctica tales propósitos, con entusiasmo singular y júbilo no más vuelto a ver en su seno, concedió a Bolívar, por un año más, el mando dictatorial de que fue investido por primera vez en 1824. Junto con el supremo y absoluto poder se le concedió también la facultad de modificar y de suspender los artículos constitucionales que creyera conveniente, la de delegar facultades en uno o más individuos, y, por último, la de nombrar un sustituto si las necesidades de la República así lo exigían.

Bolívar no debió aceptar la prórroga de poderes. En igual infortunio incurrió el Congreso al habérsela concedido. Todo lo ocurrido en aquella época es humillante para el Perú y también para Bolívar.

Yo soy un extranjero -dijo a los congresantes. He venido a auxiliar como guerrero y no a mandar como político. Mi permanencia en Lima es un fenómeno absurdo y monstruoso, es el oprobio del Perú. Si yo aceptase el mando de la República, el Perú vendría a ser una nación parásita y dependiente de Colombia. Yo no puedo aceptar el poder que ustedes me ofrecen,   -176-   porque ese poder está en pugna con mí conciencia y porque el pueblo peruano les ha concedido a Uds. la facultad de representar su soberanía, pero no la de darme la autoridad dictatorial de que quieren investirme. Un forastero, un intruso, como soy yo, no puede ser el órgano de la Representación Nacional.



Larrea, presidente de la Comisión Legislativa encargada de conseguir de Bolívar la aceptación de la dictadura, dio cuenta de su encargo al Congreso, manifestando que después de una lucha difícil con los talentos y la moderación de Su Excelencia; éste, vencido más por la generosidad de su alma que por los argumentos dados, había dicho: «Queda mi persona consagrada al Perú en los términos que el Congreso lo desea».

Paz Soldán comenta la alegría que estas palabras de Bolívar produjeron en la Representación Nacional, en los siguientes términos:

Un soplo de vida exhalado repentinamente entre los muertos no produciría una escena tan risueña y festiva, como la que causaron y formaron estas palabras en la inmensa Asamblea. «Ahora sí, decían unos, que podemos llamarnos libres y felices»; «ya desde hoy, repetían otros, dormiremos tranquilos». «Sólo este torrente de placer, concluían todos, podía compensar el terrible sobresalto en que la modestia de Bolívar nos ha puesto». Una gracia decían los Representantes, que ha marcado de un modo tan singular las bondades de Bolívar para con el pueblo peruano merece una expresión extraordinaria. Marche, sin ejemplo, una comisión numerosa llevando a su frente al Presidente mismo del Congreso y presente al ilustre Restaurador de la República, los votos de nuestra gratitud; y encárguese otra de organizar un decreto en que se consignen para eterna memoria la generosidad de Bolívar en renunciar por complacernos a las delicadezas de su pundonor, y la del Congreso mismo en despojarse por el bien de los pueblos, de sus atribuciones soberanas. Así se hizo, y unidas por este acto las virtudes de Bolívar y de los Representantes, conspiraron todos al feliz cumplimiento del oráculo pronunciado pocos momentos antes en el solio, por aquel que jamás ha engañado a los pueblos.

Ojalá pudiera borrarse hasta el recuerdo de esas escenas de humillación. Una Dictadura se asume de hecho, o se acepta   -177-   por el imperio de las circunstancias, mas nunca se da ni menos se recibe como favor. D. Carlos Pedemonte y el colombiano Ortiz fueron los autores de la proposición y los más acalorados defensores de la nueva dictadura.

La conducta del Congreso pareció a Bolívar tan poco digna, después de increpaciones tan fuertes y violentas, que él, mismo escribía a Colombia: «Quise herir el orgullo nacional para que mi voz fuese oída y el Perú no fuese mandado por un Colombiano; pero todo ha sido vanamente: el grito del Perú ha sido más fuerte que el de mi conciencia». Las expresiones de algunos Diputados, sus ademanes, su mismo entusiasmo, excedían los límites del más abyecto servilismo. La Nación se degradó más por el modo, que por la autoridad con que invistió al Libertador.



El Congreso, invistiendo al Libertador de facultades tan ilimitadas, hizo al Perú y a Bolívar daños que perduraron hasta el año de 1829. La renovación de la dictadura y la ovación continua que el Libertador recibió de los pueblos en su viaje al Sur, perturbaron su criterio. La idea de la presidencia vitalicia no hubiera encontrado cabida en su voluntad, si en febrero de 1825 la Representación Nacional le hubiera investido de un poder temporal, de acuerdo con la Constitución y las leyes. Cometió el Poder Legislativo la insensatez de autorizar su propia clausura, y con este acto suicida enseñó al Libertador el camino del absolutismo. Fueron los dirigentes de ese Poder los causantes de lo ocurrido al héroe en el Perú, y los únicos responsables ante la Patria de la serie de malandanzas políticas y militares que terminaron en el Portete de Tarqui.

Entre los hechos políticos que hicieron daño al Perú en los nacientes días de su vida pública republicana, ninguno tan grave y de tan pavorosas proyecciones como el que originó la segunda dictadura de Bolívar, y esto no tanto por la autoridad ilimitada con que fue investido el Libertador sino por el ciego y delirante entusiasmo con que le fue ofrecida.

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Bulnes lo comenta así:

El hecho capital que dominó aquel momento de la vida del Perú fue la reunión del Congreso, que se verificó en la fecha indicada en el decreto de Bolívar.

Una salva mayor de 21 cañonazos le anunció a Lima, a las ocho de la mañana del 10 de febrero, que el Congreso se había instalado. Una comisión se trasladó al Palacio a comunicárselo al Libertador, y el Presidente de ella, que era el del Congreso, se anticipó a expresar la preocupación que dominaba en la sala y en el país, suplicándole que no insistiera en su proyecto de dimitir la dictadura. «Yo creo, señor, dijo, no faltar a la religiosidad de nuestro encargo si me tomo la libertad de prevenir a V. E. que el Congreso se estremece al considerar que pueda hoy verter a V. E. una expresión sólo alusiva a la dimisión de esa autoridad suprema, en que ahora un año libramos nuestra suerte», etc.

Bolívar fue al Congreso acompañado de esta comisión, precedido de las autoridades militares, eclesiásticas y civiles, pasando delante de las tropas extendidas en dobles hileros, en medio de una masa de pueblo que lo aclamaba y de una población frenética de entusiasmo que le arrojaba flores y lo saludaba con lágrimas de gratitud. Allí leyó un mensaje que termina así:

«Legisladores: Al restituir al Congreso el poder supremo que depositó en mis manos, séame permitido felicitar al pueblo, porque se ha librado de cuanto hay de más terrible en el mundo: de la guerra con la victoria de Ayacucho, y del despotismo con mi resignación. Proscribid para siempre, os ruego, tan tremenda autoridad: ¡esta autoridad que fue el sepulcro de Roma! Fue laudable, sin duda, que el Congreso, para franquear abismos horrorosos y arrostrar furiosas tempestades, clavase sus leyes en la bayoneta del Ejército Libertador; pero ya que la nación ha obtenido la paz doméstica y la libertad política, no debe permitir que manden sino las leyes.

»Señores: el Congreso queda instalado.

»Mi destino de soldado auxiliar me llama a contribuir a la libertad del Alto Perú y a la rendición del Callao, último baluarte del imperio español en la América Meridional. Después volveré a mi patria, a dar cuenta a los representantes del pueblo colombiano de mi misión en el Perú, de vuestra libertad y de la gloria del Ejército Libertador».

Se trabó entonces una lucha tierna y elocuente entre la sala y él; aquella suplicándole que no dimitiese todavía una autoridad que era necesaria para la salvación del Estado, no bien cimentado después de los terribles sacudimientos de la guerra, y el Libertador, espontáneo, magnífico a veces en los arranques   -179-   geniales de la palabra, llegó hasta el último límite que puede tocar un hombre en su situación para justificar su determinación de dejar el mando: a herir el amor propio del Perú, recordándole que era extranjero.

Bolívar, junto con renunciar la dictadura del Perú, dimitió la presidencia de Colombia en nobles términos, diciendo que su misión estaba concluida en su patria con haber afianzado su independencia; que se sentía lastimado y humillado con la acusación de sus enemigos, que atribuían su permanencia en el mando a su ambición personal. Agregaba que el buen concepto de Colombia en el mundo sufría con esa sospecha contra su primer mandatario.

El Congreso de Colombia, que era el poder llamado a considerar la renuncia del Presidente, reunido en sesión plena el 8 de febrero, en Bogotá, bajo la presidencia de don Luis A. Baralt, rechazó por unanimidad la renuncia del Libertador, y al proclamar la votación, el público, aglomerado en la sala, prorrumpió en vivas que traducían el sentimiento dominante en la ciudad.

En vista de esta exigencia reiterada, el Libertador aceptó conservar el mando un año más hasta la reunión del Congreso constituyente.

Renuncias de la clase de ésta que hizo Bolívar en el Perú, se llevan a cabo en la forma en que la ejecutó San Martín, yéndose del país; pero pretender conseguirlo trabando una lucha personal en el Congreso, es para ceder al fin, porque no hay hombre alguno que resista a las lamentaciones y súplicas de un pueblo que fía en él su salvación. Los enemigos del Libertador han creído ver en este acto algo como una comedia, pero nada autoriza para pensar así. La explicación humana, la natural, basta para hacer comprender lo que pasó aquel día por el espíritu de Bolívar y por el del Congreso.

El Libertador ha podido querer dos cosas: o afianzar su autoridad con una renuncia para entrar con más seguridad a la acción militar, política y administrativa que exigía la nueva situación del Perú, o realmente creyó su obra concluida, y quiso despojarse de una autoridad que es siempre antipática al país que la soporta. Si lo primero, hay que reconocer que puso de su lado las apariencias y la verdad, porque llevó las cosas a un límite que salva por completo su responsabilidad. Si lo segundo, lo que nos pareció más conforme con la psicología de su alma, obedecía a una espontaneidad de su carácter al hacer esas declaraciones inspiradas sobre su condición de extranjero y queriendo retirarse y poner fin a la discusión; pero su voluntad fue vencida por las súplicas y halagos de un pueblo que lo llamaba su padre y su salvador.

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El Congreso, por su lado, pudo ser imprevisor, si se quiere, al tomar esa actitud, pero no culpable. Los países sufren el fenómeno de sugestión. La historia de los grandes hombres es la de los grandes magnetismos morales de los pueblos, y la de los generales es la sugestión de un hombre sobre sus soldados. Someterse a la influencia de un grande hombre no es signo de decadencia.

La resolución de Bolívar de conservar el mando fue un acto de graves consecuencias en su vida y una de las causas de la reacción anticolombiana que se despertó en el Perú.






IV

Bolívar dejó el mando supremo de que había sido investido en poder de una junta de Gobierno, que, por ausencia de La Mar, presidió Unanue, y el 10 de abril de 1825 salió para Arequipa. Su viaje al Sur llenó una necesidad, la de organizar la administración de aquella zona. Hubo algo de mayor importancia: la creación de Bolivia.

El viaje del Libertador hasta Potosí fue un paseo triunfal.

De Arequipa pasó al Cuzco, donde entró el 25 de junio, en un caballo enjaezado con un lujoso arnés enchapado de oro. Si entusiastas fueron las recepciones que se le hicieron en Arequipa y en Cuzco, no fue menor el frenesí con que le recibieron las pequeñas poblaciones indígenas del tránsito.

Estos homenajes excesivos hicieron daño a la dignidad del Perú y también a la de Bolívar. Nada pudo limitarlos, y el fausto, el placer y las manifestaciones teatrales confirmaron en su espíritu la convicción de que a él y sólo a él correspondía en América el comando vitalicio de los pueblos libertados.

Algo que aún permanece en el misterio y cuyo móvil nadie ni siquiera en el campo hipotético ha tenido acierto en sospechar, es el sentimiento que inspiró a Bolívar su política hostil a la creación de Bolivia y como consecuencia   -181-   la conducta observada por él con Sucre en los días que siguieron a la batalla de Ayacucho, días en los que repetidas veces el Mariscal le pidió instrucciones sobre lo que debía hacer con las cuatro provincias que constituían el Alto Perú. El silencio del Libertador, y posteriormente la forma como él y la junta de Gobierno desautorizaron la convocatoria del 25 de febrero para la reunión en la Asamblea de Chuquisaca, hacen suponer que entre sus proyectos estuvo el propósito de constituir del Alto y del Bajo Perú un solo pueblo. Dominado por la idea de la confederación americana y su consiguiente presidencia vitalicia, probablemente pensó Bolívar que un solo estado y no dos (Perú y Bolivia) era lo que más convenía a sus vastas orientaciones. La manera precipitada como procedió Sucre al convocar en febrero la citada Asamblea, y la facilidad con que don Casimiro Olañeta y otros políticos de menor importancia le indujeron a cooperar en favor de la separación, fueron actos de trascendencia para la vida americana. La Asamblea no debió haber sido convocada hasta que Bolívar hubiera llegado a La Paz, y personalmente hubiera compulsado la opinión general del país, y las condiciones adversas y hasta peligrosas para el Perú y para Colombia que tenían que derivarse del hecho de dar independencia y formar un nuevo estado de cuatro provincias que en 1825 no tenían ninguna condición para gozar del control político absoluto. Un general peruano o boliviano (La Mar o Santa Cruz), que hubiera estado al frente del Ejército Unido Libertador que entró a La Paz, hubiera tratado los asuntos de Charcas con un espíritu unionista. La formación de la Gran Colombia era un ejemplo bien sugerente para coligar pueblos y no para desunirlos.

Cuando Bolívar entró a La Paz, en septiembre de 1825, la creación de Bolivia era un hecho consumado. Al observar   -182-   las condiciones netamente regionales de aquellas cuatro provincias, su falta de puertos y el peligro que para la nueva nacionalidad significaba la existencia de vecinos batalladores y desafectos a Colombia, el Libertador debió haber experimentado profunda pena por el pueblo constituido y del cual eran autores Sucre y Olañeta. Siendo vidente, hay motivos para suponer que previó las dificultades que la marcha política de ese nuevo pueblo debía acarrear al Perú, y la posibilidad de que el Brasil, la Argentina y Chile, aislados o juntos, le menoscabaran su libertad y su integridad. Como la existencia del Alto Perú en la forma libre e independiente en que se había constituido en nada contrariaba sus planes federales, ni tampoco sus ansias de presidencia vitalicia, y como hay motivos para afirmar que de preferencia buscó la ventura de Colombia, y que la grandeza del antiguo Virreinato del Alto y del Bajo Perú debió haberle causado siempre un vago temor, dejó la nacionalidad formada por Sucre en el mismo estado en que la encontró en septiembre de 1825, mes en el que entró a La Paz.

Los países que no se independizan por el único esfuerzo de sus hijos, quedan al constituirse a merced de sus extranjeros libertadores, los que, animados de un nacionalismo muy justo, están más interesados en su patria que en la ajena. El Perú, que apareció a la vida independiente por la intervención de Bolívar, sufre todavía las consecuencias de la manera inconsulta y peligrosa como fue constituido. Chile y la Argentina, conocedores de ese peligro en 1825, negaron al Libertador, el primero, la intervención solicitada por él para tomar parte en la campaña de Chiloé. Buenos Aires hizo lo mismo con el Libertador y sus colombianos en la guerra que tuvo con el Brasil en 1825. Carecía el Perú por esos años de la libertad y personalidad necesarias para resolver solo y con el único concurso de sus hijos   -183-   las cuestiones pertinentes a la integridad de su territorio. Por esto, el anhelo de don Casimiro Olañeta se convirtió en un hecho. Como ya tendremos oportunidad de manifestarlo, la creación de Bolivia fue para el Perú, y sigue siéndolo hasta hoy, un hecho adverso a su tranquilidad y a su integridad territorial. Su existencia débil y mediterránea (la de Bolivia) no ha favorecido al Ecuador, a Colombia, ni tampoco a Venezuela, como lo creyeron Bolívar y Sucre en 1825 cuando existía la Gran Colombia. Los beneficios han sido para Chile y para el Brasil, y para ellos trabajó el Libertador al crear la hija predilecta. Al tratar de las guerras santacrucinas y del tratado de Petrópolis, de 1867, entre Bolivia y el Brasil, evidenciaremos estas verdades.

En su libro La Creación de Bolivia, Sabino Pinilla con infantil candorosidad afirma que Sucre percibió con claridad las ventajas que reportaría para la paz y el equilibrio y el progreso de la América, la formación de Bolivia. No es de creer que Sucre en 1825 hubiera tenido este criterio. Si lo tuvo indudablemente vivió en el error, pues hasta ahora Bolivia no ha dado sino desequilibrio y guerra. Chile quiso polonizarlo en 1899. Respecto a progreso, fue miserable el que tuvo hasta los últimos años del siglo XIX, en que principió su indiscutible grandeza. Son del libro de Pinilla los conceptos que siguen:

Rápida fue la marcha del gran mariscal de Ayacucho, a la cabeza del ejército libertador, desde el campo de batalla a la ciudad de La Paz.

En la ciudad de Puno se le incorporó el Dr. Casimiro Olañeta, que en el último tercio de enero había abandonado a su tío el general, y él dio al gran mariscal extensas y exactas noticias del estado en que se hallaban las tropas realistas, igualmente que de la actitud y opresión de los pueblos del Alto Perú, manifestándole la urgencia que existía para su aproximación al centro de las operaciones y recursos del enemigo.

Olañeta, una vez que se hubo incorporado en Puno al general Sucre, abordó resueltamente la delicada cuestión de la   -184-   independencia del Alto Perú, exponiéndole con franqueza y energía que ninguna otra nación ni ningún extraño ejército podían resolverla por sí mismos, sino los pueblos directamente interesados, conforme a los democráticos y justos principios por los que se había luchado, y que, en su genuino significado, resumían la soberanía popular.

En La Paz pudo apreciar el general Sucre por sí mismo la situación del Alto Perú, convenciéndose íntimamente de la verdad que encerraba el cuadro que le había diseñado el Dr. Casimiro Olañeta, respecto a la firmeza del país por la causa revolucionaria y de su inquebrantable resolución por la independencia, separándose de toda otra potencia.

Es fama que en esos días no dejó de hablar con ninguna de las personas que le visitaron, sobre los anteriores temas, penetrándose de su fuerza y aceptación popular.

La probidad de este ilustre americano reconoció, desde lo íntimo de su imparcial conciencia, que no había justicia alguna para contrariar esa aspiración ni chocar temerariamente contra sentimientos tan delicados, a la vez que difundidos, y su tino político percibió con claridad las ventajas que reportarían la paz, el progreso y del equilibrio de la América con la aparición de un nuevo Estado, cuyos poderosos gérmenes de vitalidad no era dable destruir sin provocar reacciones de un carácter espantoso. Ratificose, pues, a mérito de consideraciones de especial valía, que en su oportunidad adujo con franqueza y vigor, en las ideas que anteriormente comunicó a Bolívar, quedando así asegurado el desenvolvimiento progresivo del país.

El Alto Perú había pertenecido primitivamente al virreinato de Lima; a la formación del de Buenos Aires en 1776, motivado por la enorme extensión del anteriormente designado, o sea por necesidades, políticas y administrativas, hizo parte de él, y cuando estalló la revolución del 25 de mayo de 1810, que en las provincias argentinas no pudo ser sojuzgada ni por un momento, volvió a depender del primero de los virreinatos que se han mencionado, en las épocas y localidades en que dominó el Gobierno español por el imperio de la fuerza.

Estos antecedentes, tan efímeros como tan insubstanciales, se objetaron a la expedición del decreto de 9 de febrero, contra la autonomía de los pueblos a que él se refería, como si su nacimiento o existencia en aquellos históricos momentos de evoluciones sociales hubieran debido reglarse por leyes más o menos antiguas del coloniaje. La formación política de los Estados americanos tenía otra causa más justa y más grandiosa, cual era la soberanía popular, principio proclamado al iniciarse la revolución, constantemente invocado en la larga y cruenta   -185-   lucha y aceptado como base de gobierno en la hora del triunfo, constituyendo en todo tiempo el secreto del entusiasmo y de los sacrificios que rememora la Historia.

La nueva nación, que en corto porvenir aparecía con aureola brillante, con elementos reconocidos de progreso y con fisonomía o genialidad propia y bien determinada, estaba ya decretada por la naturaleza misma de las cosas, importando por ello el acto del general Sucre tanto como un glorioso sello, que ningún interés podría contrariar, por cuanto aquel era la justificación y apoteosis de la contienda en favor de la independencia.

Como homenaje de gratitud al gran mariscal de Ayacucho, débese recordar que, a pesar de ser extraño al Alto Perú, llevado únicamente de los generosos sentimientos de su elevado espíritu y sin incentivo de ninguna mezquina ambición, él fijó irrevocablemente los destinos de este pueblo, sin arredrarse ante las responsabilidades y obstáculos que entrañaba su organización, cuando pudo limitarse a expulsar al enemigo y a ocupar militarmente el país, hasta que los mismos sucesos y el tiempo señalasen el camino de las decisiones.

Gran previsor, como era, consignó en el art. 21 del citado decreto que una copia suya se remitiera a los gobiernos del Perú y de las provincias del Río de la Plata, exponiéndoles las miras y aspiraciones desinteresadas del ejército libertador y la justicia que encerraba la convocatoria de la Asamblea aludida, en cuya ejecución transmitió al gobernador de Buenos Aires, con fecha 20 de febrero, una franca y leal comunicación, que en lo posterior produjo resultados muy satisfactorios.

En el intermedio Bolívar salió de Lima con dirección al Alto Perú, recibiendo en las poblaciones del trayecto portentosas ovaciones de gratitud y aprecio, especialmente en el Cuzco, donde se le obsequió una valiosa corona guarnecida de brillantes y perlas, que en el mismo instante la destinó para el vencedor de Ayacucho, expresando que él era quien la merecía.

Las comunicaciones que éste le dirigió, y que en parte quedan transcritas, así como el conocimiento que venía adquiriendo del estado en que se encontraba la opinión de los pueblos adonde se encaminaba, traíanle indeciso y vacilante. Desde el complicado punto de los planes políticos que en su mente se agitaban con rara pertinacia y actividad, con la mira de dominar en los dos Perú, sus mirajes y procedimientos no podían ser sino contradictorios o erróneos, dentro del propósito irreductible en el Alto Perú, para la formación de la nueva República.

Por un lado, las consideraciones de justicia que se destacaban en pro del gran mariscal imponiendo la necesidad de resguardar su palabra oficial, y por otro la realización de sus proyectos,   -186-   para, lo que era menester desconcertar el sentimiento de autonomía del Alto Perú, constituían el tema de sus meditaciones profundas, hasta que en Arequipa, penetrado de la inquebrantable resolución de los pueblos del distrito de Charcas y de los deseos manifestados por la Argentina, decretó con fecha 16 de mayo lo siguiente:

«1.º Las provincias del Alto Perú, antes españolas, se reunirán conforme al decreto del gran mariscal de Ayacucho, en una Asamblea general, para expresar libremente en ellas su voluntad sobre sus intereses y gobierno, conforme al deseo del Poder ejecutivo de las Provincias Unidas del Río de la Plata y de las mismas dichas provincias.

»2.º La deliberación de esta Asamblea no recibirá ninguna sanción hasta la instalación del nuevo Congreso del Perú en el año próximo.

»3.º Las provincias del Alto Perú quedarán entretanto sujetas a la autoridad inmediata del gran mariscal de Ayacucho, general del ejército libertador, Antonio José de Sucre.

»4.º La resolución del soberano Congreso del Perú de 23 de febrero (en los considerandos), será cumplida en todas partes sin la menor alteración.

»5.º Las provincias del Alto Perú no reconocerán otro centro de autoridad por ahora y hasta la instalación del nuevo Congreso peruano, sino la del Gobierno Supremo de esta República».

Adversa estrella perseguía a las disposiciones de Bolívar en este asunto. Fracasada su oposición a la reunión de la Asamblea, trató de esterilizar o desvirtuar las funciones de ella, sometiendo sus deliberaciones a la sanción de un poder extraño. Pero estaba del destino que esa oposición no surgiría; el genio omnipotente que daba impulso al desenvolvimiento de gran parte de Sud América, vencido por la generosidad y confianza del Alto Perú, vendría a rendírsele con noble lealtad.

Sin satisfacer nada ni a nadie, como no fuera tal vez sino al Bajo Perú, quien a la verdad era extraño en esta emergencia, el decreto de Bolívar, caso de ejecutarse, conduciría tan sólo a nuevas y complicadas dificultades, ya que era sencillo conocer que el distrito de Charcas, o sea el principal interesado, no se resignaría con tranquilidad, a las vez que las Provincias Unidas del Río de la Plata tampoco lo aceptarían, considerándolo como una manifestación de conquista disimulada.



Son también de interés a nuestro tema, creación de Bolivia, los párrafos del libro Historia del Perú Independiente, del que es autor Lorente.

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A falta de empresas guerreras se consagró Bolívar a desmesuradas combinaciones políticas, pretendiendo llevar a cabo una confederación de los Andes tan extensa, como la de los Estados Unidos, y con una constitución más unitaria, que al mismo tiempo preservara a la América española de la inminente anarquía y le permitiría resistir a la Santa Alianza. El nuevo estado, formado en el Alto Perú bajo su influencia más o menos directa, y que había tomado su nombre, le pareció la primera piedra para sus gigantescos proyectos, no obstante las repugnancias y tristes presentimientos de Sucre. El Gran Mariscal de Ayacucho, que rehusaba pasar el Desaguadero y ser el jefe de aquella expedición, había pedido con insistencia instrucciones explícitas desde Huamanga, Andahuaylas y Puno acerca de la organización de las provincias próximas a ser libertadas. Aconsejado e instado a su vez por don Casimiro Olañeta penetró en el Alto Perú, ocupó La Paz el 7 de febrero de 1825, y tres días después decretó la reunión de una asamblea constituyente para el 13 de abril en Oruro. Al mismo tiempo y con el mismo designio de asegurar el orden se acercaba Arenales con fuerzas y autorización del gobierno argentino. Como ambos generales eran igualmente moderados y discretos, no tardaron en ponerse de acuerdo y los diputados del Alto Perú pudieron tener la confianza de que nadie se opondría a su independencia, mucho más, cuando el Congreso del Perú desde febrero y el de Buenos Aires más tarde reconocieron explícitamente su derecho, y Buenos Aires, que luchaba con el desconcierto de sus provincias, no tenía interés, ni medios de renovar la dominación alcanzada en la última época del coloniaje sobre un territorio vastísimo y más poblado que el resto de su virreinato.

Por cuanto la independencia del Alto Perú contrariaba sus secretos planes, desaprobó Bolívar los pasos avanzados de Sucre; pero, llegando su desaprobación, cuando ya estaban principiadas las elecciones de diputados para la asamblea constituyente, y Buenos Aires había aceptado explícitamente la independencia del Alto Perú, no tuvieron más efecto, que retardar la instalación de aquel cuerpo hasta el 10 de julio, día en que se reunió solemnemente en Chuquisaca.

Procediendo con suma circunspección, pero sin abjurar sus derechos, la asamblea de Chuquisaca proclamó la independencia del Alto Perú de todas las naciones, tanto del viejo, como del nuevo mundo, el 6 de agosto, después de implorar la asistencia del Hacedor Santo del orbe y de atestiguar la tranquilidad de su conciencia. El nuevo estado fue inaugurado con el nombre de Bolívar, que luego se cambió en Bolivia; reconoció al Libertador por padre, protector y presidente; decretó en su honor lápidas, medallas y estatuas; y lo que para   -188-   él era más satisfactorio, le encargó la formación de la constitución boliviana. En ese código pensaba el futuro legislador echar las más sólidas bases de su soñada y unitaria confederación. Habiéndose aplazado la reunión de una nueva asamblea para mayo de 1826, creyó Bolívar llegada la oportunidad de asegurar la ejecución de sus planes en el Perú, dejando el gobierno de Bolivia en manos de Sucre, con plena autorización del Congreso boliviano, que les honró también con decretos de medalla y estatua y con dar el nombre de Sucre a Chuquisaca. Para la seguridad de su gobierno se había decretado, que permanecieran en el Alto Perú dos mil colombianos, y se habían reconocido sus servicios recompensando al ejército libertador con un millón de pesos.






V

No tenía todavía Bolivia un año de creada, cuando ya su existencia puso en peligro la integridad del Perú. Ansioso el Libertador de unir por el vínculo general a las naciones que había independizado, convino en que el Perú y Bolivia quedaran libres e independientes, pero entre sí enlazadas por estrechos vínculos políticos.

En las instrucciones que el Ministro Pando, a nombre de Bolívar, dio a Ortiz de Zevallos para que se entendiera en Chuquisaca con el Ministro de Relaciones Exteriores y también en una carta confidencial del mismo Bolívar leemos párrafos que merecen ser tomados en seria consideración. Algunos de ellos ponen de manifiesto algo que parece increíble, y que sin embargo arrojan sobrada luz para poner en evidencia que el Libertador intentó no sólo gobernar el Perú como presidente vitalicio, sino ejercer ese poder después de dividirlo en dos estados y de segregarle Tacna, Arica y Tarapacá, para dárselas a Bolivia. En esas instrucciones encontramos los siguientes acápites.

Para que las naciones sean respetables a los ojos de las demás y posean recursos que garanticen su estabilidad y con ella la dicha de los individuos que las componen, los inmensos territorios   -189-   sirven más bien de obstáculo que de ventaja: lo que se necesita es, como U. S. bien sabe, población proporcionada y contigua; capitales cuantiosos destinados a la industria en sus varias ramificaciones; conocimientos útiles generalmente esparcidos, y facilidad de tratos y de comunicaciones rápidas. Y esta respetabilidad, apoyada en tales elementos, debe buscarse con ansia y tesón, so pena de ser eterno juguete de las potencias extranjeras, y de someterse a sus caprichos imperiosos, y a la versatilidad de sus miras políticas.

Ahora bien: parece que no puede haber hombre alguno imparcial y despreocupado que no conozca que el Alto y Bajo Perú, en su actual estado de separación y de aislamiento, se halla a una inmensa distancia de la posesión de medios adecuados para figurar en el mundo civilizado como personas morales dotadas de la tranquila razón que guía sus pasos y de la fuerza saludable que las sostiene. No podemos disimularnos de la triste verdad que se ofrece por todas partes a nuestros ojos y a nuestro entendimiento. En una dilatada extensión de terrenos mal cultivados e interrumpidos por desiertos, tenemos una población escasa, diseminada, indigente, sin industria ni espíritu de empresa, y dividida en castas que se aborrecen recíprocamente; la esclavitud corruptora en que nos mantuvieron los españoles ha dejado hondos rastros de desmoralización, y el estado de nuestras rentas públicas; y por estos y otros innumerables motivos, presenta un cuadro desconsolador a todo individuo que medita sobre lo futuro.

El único paliativo que ocurre al patriota de buena fe, desnudo de aspiraciones y superior a los intereses puramente locales, es el de la reunión de las dos secciones del Perú en República una e indivisible. La común utilidad, la homogeneidad de los habitantes, la reciprocidad de las ventajas y de las necesidades, la mima geografía del país, todo se reúne para convidar a la adopción de tan saludable medida, hacia cuya consecución deben por tanto tender todos los conatos y desvelos de U. S.

Seguramente la federación valdría mucho más que la separación actual; pero este es un partido imprudente, lleno de embarazos y de inconvenientes, sin útiles resultados en nuestra respectiva situación, que sólo deberá adoptarse cuando se tocase la imposibilidad de obtener la fusión completa de las dos Repúblicas. El ejemplo de los Estados Unidos del Norte ha extraviado a sus irreflexivos imitadores, que han introducido en las instituciones políticas de América un elemento perpetuo de debilidad y un germen funesto de discordia. Esta importante indicación servirá a U. S. de norma, sin necesidad de insistir sobre la demostración de axiomas que creo le sean familiares.

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Más útil será apuntar las varias dificultades que pueden suscitarse en la negociación preliminar de objeto de tanta trascendencia. 1.º La diversidad de las Constituciones. El Gobierno juzga que examinada imparcialmente la del Perú, a la luz que suministran la experiencia y las teorías perfeccionadas, es forzoso confesar, aunque con dolor, que necesita ser refundida. Las circunstancias en que fue formada no eran favorables ciertamente para su perfección; los Legisladores no tenían el sosiego indispensable para ocuparse con buen éxito en tan grave empresa, y el ensayo que dieron a la Nación, sin duda con la mejor intención, no parece que debe servir de rémora a nuestra consolidación, condenándonos a oscilaciones y tentativas perniciosas. Si Bolivia aceptase, como es de esperar, el proyecto presentado por el genio del Libertador, la prudencia nos aconsejaría que la adoptemos igualmente como un don de la Providencia, salvas las modificaciones que exigiese nuestra peculiar posición. Para salvar cualquier tropiezo o dificultad, parecerá muy del caso que Bolivia pusiese por condición de la unión nuestro allanamiento a ser regidos por el mismo Código fundamental, el cual podría lograrse mediante el buen sentido de los Colegios electorales.

El segundo punto que puede ofrecer embarazos es el relativo a la designación de la Capital. Los bolivianos alegarán tal vez la distancia que media entre Lima y sus provincias. Pero entre partes influidas por intereses tan sublimes como los de la existencia, del vigor, y de la prosperidad, pequeños inconvenientes relativos no deberán entorpecer la realización de un plan grandioso. Nosotros creemos, posponiendo todo apoyo de localidades, que no hay ciudad que pueda reemplazar a Lima, como Capital del Perú Alto y Bajo; pero si el establecimiento de otra se exigiese como medida indispensable, conditio sine qua non, en esta hipótesis nos mostraríamos dispuestos a sacrificar nuestros afectos y dignidad y el convencimiento que tenemos de lo perjudicial de semejante traslación, ante las aras del bien de la patria, extendiendo también este desprendimiento a los demás puntos cuya fijación creyesen necesario los bolivianos para garantizar sus intereses.

Si ellos, guiados por el amor a la utilidad general y por el sentimiento de las evidentes ventajas que reportarían, se decidiesen por la unión, nada sería más fácil que verificarla bajo los auspicios de nuestro común Padre y Libertador. Una Asamblea compuesta de corto número de Representantes de uno y otro estado, elegidos entre los más virtuosos y despreocupados, concluirá bien pronto los indispensables arreglos, fundados sobre las bases de la buena fe y de la justicia; y un Acta solemne de unión, un contrato igual, voluntario, equitativo, anunciará   -191-   al mundo que los Americanos, amaestrados por duros escarmientos, empezábamos a progresar en la carrera de la prudencia, del orden y de los verdaderos principios sociales.

El tercer obstáculo lo producirían los celos y las intrigas del Gobierno de Buenos Aires y de los emigrados bolivianos que por muchos años vivieron en aquella Capital y parece se han adherido a sus intereses.

Otro embarazo debe presentar, la diversidad de las circunstancias en que se encuentran las dos secciones del Perú con respecto a deuda pública; pues probablemente se alegaría que no era justo que Bolivia tomase sobre sí la responsabilidad de los empeños contraídos por nosotros en varias épocas. Pero si se reflexiona que Bolivia se halla obligada por rigurosa justicia a reembolsarnos una parte de los inmensos gastos erogados para proporcionarle los bienes de que al fin disfruta; que nosotros pondríamos en la masa común un capital muy considerable de propiedades del Estado, que bien administradas pueden producir ingresos cuantiosos; y que no estaríamos lejos de ceder los puertos y territorios de Arica e Iquique para que fuesen reunidos al Departamento de La Paz, dando el movimiento y la vida en aquellas obstruidas provincias; deberá confesarse que ninguna lesión soportaría Bolivia del contrato que uniese sus destinos a los del Perú, y que por el contrario encontraría en su ejecución ventajas de inmensa magnitud. Más de diez millones que valen sin duda nuestros bienes nacionales, unidos a otros diez en que pueden apreciarse ínfimamente los mencionados territorios, y a cinco o seis millones que tenemos que reclamar de Bolivia por la parte de expendios causados por la guerra de la Independencia, componen una cantidad superior a nuestra deuda pública.

¿Cuál será la suerte de Bolivia si continúa en su actual estado de separación? Segregada de comunicaciones fáciles y directas con las potencias Europeas y aun con muchas de las Americanas, se vería como repudiada de la civilización su comercio sería precario, costoso, y dependiente de la voluntad de sus vecinos; pues nadie ignora que el puerto de La Mar es una empresa quimérica que jamás proporcionará ventaja alguna; las exportaciones se harían con grandes dificultades en tiempo de paz, y cesarían del todo en el de guerra; las importaciones podrían ser gravadas de un modo que las hiciese irrealizables; el país sería un teatro perpetuo de agitaciones por los pueblos inquietos de la raya, y de altercados con el Gobierno del Río de la Plata; y lo que es peor que todo, se hallaría siempre en inminente peligro de ser acometido e insultado impunemente por un vecino tan fuerte y ambicioso como es el Imperio del Brasil. Estos son males demasiado reales que   -192-   deben fijar la consideración de los Bolivianos, a fin de que adopten la única medida que es capaz de obviarlos, posponiendo los parciales inconvenientes que la embaracen. He aquí un vasto campo abierto al celo patriótico, y a sus persuasivas insinuaciones. Jamás se ha presentado en política una negociación como la actual, tan justa, noble, y útil para las partes contrayentes, tan trascendentales en sus consecuencias próximas y remotas, y tan felizmente desnuda de los fraudes y de las tortuosidades de la supuesta diplomacia.



Paz Soldán, en su citado libro, dio publicidad a la mencionada carta confidencial de Bolívar. Van a continuación el texto de ella y un comentario:

El plan de esta Federación lo trazó, como llevamos dicho, el mismo Bolívar: dejémosle explicar su proyecto; en una carta confidencial a uno de sus colaboradores, dice: «Al fin he terminado la Constitución de Bolivia y mando a mi edecán a que la lleve al General Sucre para que él la presente al Congreso del Alto Perú. Es pues llegado el momento que yo diga a U. que esta Constitución va a ser el Arca que nos ha de salvar del naufragio que nos amenaza por todas partes; sobre todo por aquella por donde U. menos piense. Ahora pocos días ha llegado el Sr. Pando de Panamá, y el cuadro que me ha hecho de los negocios en general y de la situación actual de Colombia, ha excitado toda mi atención, y por algunos días me ha tenido sumergido en las más angustiadas meditaciones. Ha de saber U. que los partidos tienen dividida a Colombia: que la Hacienda está perdida: que las leyes abruman: que los empleados se aumentan con la decadencia del tesoro, y últimamente ha de saber que en Venezuela claman por un Imperio. Este es el verdadero estado de cosas por allá, trazado muy a la carrera; pero lo bastante para que U. pueda calcular lo que yo siento en tan complicadas circunstancias. No es esto todo mi querido general; lo peor es que quedando las cosas como van ahora, en el Perú también sucederá lo mismo con el curso del tiempo, y que en una y otra parte veremos perderse la obra de nuestros sacrificios y de nuestra gloria. Después de haber pensado infinito, hemos convenido, entre las personas de mejor juicio y yo, que el único medio que podemos aplicar a tan tremendo mal, es una Federación general entre Bolivia, el Perú y Colombia, más estrecha que la de los Estados Unidos, mandada por un Presidente y Vice-Presidente y regida por la Constitución Boliviana, que podrá servir para los Estados en particular y para la Federación en general, haciéndose aquellas variaciones   -193-   del caso. La intención de este pacto, es la más perfecta unidad posible bajo de una forma Federal. El Gobierno de los Estados Federales o particulares quedará al Vice-Presidente con sus dos Cámaras para todo lo relativo a religión, justicia, administración civil, económica y en fin, todo lo que no sea Relaciones Exteriores y Guerra. Cada Departamento mandará un Diputado al Congreso Federal, y éstos se dividirán en las secciones correspondientes, teniendo cada sección un tercio de Diputados de cada República. Estas tres Cámaras, con el Vice-Presidente y los Secretarios de Estado, que serán escogidos, en toda la República, gobernarán la Federación. El Libertador, como Jefe Supremo marchará cada año a visitar los Departamentos de cada Estado. La capital será un punto céntrico. Colombia deberá dividirse en tres Estados, Cundinamarca, Venezuela y Quito: la Federación llevará el nombre que se quiera: habrá una bandera, un ejército y una sola Nación. De cualquier modo que sea, es indispensable que se dé principio a este plan por Bolivia y el Perú, como que por sus relaciones y situación local se necesitan más uno a otro. Después me será fácil hacer que Colombia adopte el único partido que le queda de salvación. Unido el Alto y Bajo Perú, Arequipa será la capital de uno de los tres grandes Departamentos que se formen a manera de los tres de Colombia.

»Éste es el plan que hemos concebido y el cual debemos adoptar a todo trance aunque sea haciéndose algunas modificaciones, que nunca lo destruirán en su base. Por lo mismo es preciso, mi querido general, que U. haga escribir mucho sobre esto, a fin de disuadir a aquellos que se quieran oponer a él, pues no faltarán opositores. Diré además que la reunión del Alto y Bajo Perú es necesaria a los intereses de América; porque sin esta reunión no se consigue el plan de la Federación: que esta reunión interesa al Perú; y últimamente que ningún otro Departamento debe estar más interesado en ella que el de Arequipa; porque además que le asegura la preponderancia mercantil, que naturalmente iba a perder con la separación del Alto Perú, ganará infinito con la reunión de los Departamentos del Cuzco, Puno y Arequipa que están destinados a formar uno de los Estados de la Unión, y cuya capital deberá ser Arequipa.

»En fin, mi querido general, medite U. por un solo instante las ventajas que nos va a producir esta Federación general: medite U. el abismo de males de que nos va a librar, y no le será a U. difícil conocer cuánto es el interés que debemos todos tomar en un plan que asegura la libertad de la América, unida al orden y a la estabilidad; y últimamente acuérdese U.   -194-   que nuestro destino puede abreviarse con la realización de un proyecto en el cual puede U. tener mucha parte».



De acuerdo con las instrucciones que acabamos de citar, Ortiz de Zevallos, como plenipotenciario del Perú, suscribió en Chuquisaca dos tratados: uno que se llama Tratado de Federación Boliviana y otro de límites entre el Perú y Bolivia. La República del Altiplano les prestó inmediata aprobación, pero el Consejo de Gobierno, que por ausencia de Bolívar regía los destinos del Perú, se negó a ratificarlos, y en nota que Pando pasó a Zevallos decíale:

Los Tratados han sido examinados por el Consejo de Gobierno con la atención y madurez que demanda su importancia; y después de reflexiones muy detenidas, ha creído S. E. que sus deberes le dictan el desagradable partido de no ratificarlos en su presente forma. Las poderosas razones que asisten a S. E. para semejante determinación, las he expuesto, de su orden, en las adjuntas observaciones: en las que ha procurado ser conciso, sin omitir nada de esencial. U. S., penetrándose del espíritu que las ha dictado, se servirá desenvolverlas con su acostumbrado tino, presentándolas íntegras a ese Gobierno, del modo más amistoso y conciliador; procurando que jamás puedan suscitarse dudas acerca del vivo deseo que abriga el Consejo de Gobierno, de que se realice una verdadera Federación compuesta, no sólo del Perú y Bolivia, sino también de Colombia, bajo la Presidencia Vitalicia del Libertador.

A U. S. no puede ocultarse que las estipulaciones del Tratado de límites son exclusivamente ventajosas para Bolivia. 1.º Porque en compensación de puertos y territorios que son en sumo grado necesarios para fomentar su comercio y prosperidad, tan sólo se promete amortizar cinco millones de la deuda extranjera del Perú; promesa que sería siempre ilusoria, aunque no fuese tan mezquina, ya por el estado precario en que U. S. asegura se hallan las rentas públicas de ese estado, ya porque nuestros mismos acreedores rehusarían infaliblemente cambiar un deudor embarazado, pero que presenta recursos y garantías, por otro que se encuentra desnudo de unas y otras. 2.º Porque los beneficios de la Federación (aunque suponiéndola completa como debería ser), sin duda de mayor importancia para Bolivia que para el Perú, quedan sin embargo suspensos; mientras que se pretende llevar a efecto la parte onerosa para el Perú, mediante la entrega inmediata de los mencionados puertos   -195-   y territorios. 3.º Porque se nos obliga a renunciar el derecho más justo y evidente que jamás ha asistido a Nación alguna, esto es, a reclamar indemnizaciones por los inmensos gastos hechos en una guerra larga y desastrosa, cuyo resultado ha sido arrojar a los españoles de las provincias del Alto Perú (donde bien pudimos haberlos dejado tranquilos poseedores), y darles la existencia política, cuyo primer acto se puede decir que ha sido desconocer este beneficio, y negar la obra; compensación que reclaman a la par la justicia y la gratitud. El Perú no ha solicitado un favor; ha reclamado el pago de una deuda sagrada; y las instrucciones que tuve la honra de dar a U. S., de orden del Gobierno, sobre este punto, son tan explícitas, que computan esta deuda, por un cálculo ínfimo, en cinco a seis millones de pesos.



Dice Paz Soldán en su historia, que la intentada desmembración de las provincias del Sur causó gran indignación aun en los peruanos más adictos a Bolívar, y que la noticia originó el proyecto de crear una federación departamental, la que reuniendo en un solo grupo los departamentos de Arequipa, Cuzco y Puno debía buscar medios conducentes a impedir la absorción boliviana fomentada por el mismo Bolívar. Añade Paz Soldán, que el mismo Santa Cruz, aunque boliviano de nacimiento y muy fiel servidor de Bolívar, combatió también como individuo particular y como jefe de la junta de Gobierno la cesión de Arica, y que esto lo hizo, no tanto por mantener el juramento que como funcionario público había hecho de conservar la integridad territorial, sino por temor de que el Perú se levantara en masa si se intentaba aprobar los tratados de federación y límites. Refiriéndose a dichos tratados, Santa Cruz decía en carta confidencial a La Fuente, el prefecto de Arequipa.

«Ellos se han hecho bastante vagos porque la tal Federación ha venido a resultar en simple liga, bajo la única relación común del Presidente y de un Congreso, a quienes han dado leyes y reglas, olvidándose de cosas mucho más esenciales que han dejado vacíos notables. Este es un defecto común;   -196-   pero hay tres artículos muy ofensivos al Perú. El primero, que ratificado que sea el Tratado por nosotros no se ponga en ejercicio sino en la parte de límites, de que hablaré después, mientras que Colombia no acceda: de modo que el Perú queda subordinado a Colombia. Si se dijere: mientras no acceda el Libertador sería más bien dicho, pues es sabido que él es el alma de esta Federación y no Colombia.

»2.º Que el Perú ceda Arica y Tacna por la provincia de Apolobamba y el pueblo de Copacabana, debiendo reconocer Bolivia en compensativo cinco millones por la deuda del Perú. Arica vale mucho más si se le quiere tasar como una posesión, e infinitamente más considerado geográfica y moralmente y aun físicamente por lo que produce. Es pues una loca proposición que no debiéramos aceptar aun cuando pudiéramos.

»3.º Por el anterior favor se exige que renunciemos a todo derecho de indemnización por Bolivia a los gastos que hemos hecho en la guerra de que ha producido su Independencia y libertad.

»Por consecuencia pues de todo hemos creído deber hacer observaciones juiciosas y amigables, que conduce el Comandante Gonzales y declaran que toca a la legislatura próxima resolver sobre Arica. Yo no quiero persuadirme que ningún Poder Ejecutivo puede desmembrar el territorio, cuya integridad ha jurado sostener, y esto para mí sería mucho más comprometido que para otro alguno: no lo haré pues porque no debo, porque no puedo y porque no quiero abusar de la confianza que el Perú ha depositado en mi buena fe. Por el contrario estoy resuelto a sostener a toda costa esta confianza y esta integridad nacional, mientras que no llegue el momento de que sea relevado de mis juramentos.

»Lo que digo a U. sobre los Tratados es reservado: no quiero que el pobre Zeballos que ha obrado con celo y buena fe, sienta en público la tacha de sus inadvertencias. Los Chuquisaqueños le han engañado».



Bolívar regresó a Lima el 7 de febrero. Hemos dicho ya que su marcha por el Sur del Perú y por los territorios de Charcas fue una continua ovación. Los pueblos le recibieron con honores casi divinos, le ensalzaron con arengas y sermones y hasta cantándole en su honor un himno entre la epístola y el evangelio. Dice Gonzalo Bulnes:

El viaje del Libertador por las poblaciones indígenas fue una ovación continuada. Describir una de esas fiestas sería   -197-   describirlas todas. El entusiasmo se manifestaba por medio de músicas, petardos, cantos al aire libre, acompañados de la quena. La pobre raza esclava miraba al héroe venezolano como un nuevo Inca, redentor de su vasallaje secular.

Los curas, que tanta influencia tienen en ellos, se ponían a la cabeza de esas manifestaciones de alegría primitiva e infantil. El entusiasmo idólatra por un hombre no encontraba límite siquiera en la religión. El Libertador había ordenado que se sustituyera en la misa la oración que era costumbre dedicar al Rey de España y su familia, por otra en favor del «Gobierno y pueblo del Perú», y en vez de ella, el clero introdujo los versos siguientes, que se cantaban en alta voz por el oficiante y el pueblo entre la Epístola y el Evangelio:



    De ti viene todo
lo bueno, Señor:
nos diste a Bolívar.
¡Gloria a ti, gran Dios!

    ¿Qué hombre es éste, cielos,
que con tal primor
de tan altos dones
tu mano adornó?

   Lo futuro anuncia
con tal precisión
que parece el tiempo
ceñido a su voz.

    De ti viene todo
lo bueno, Señor:
nos diste a Bolívar.
¡Gloria a ti, gran Dios!

En medio de estos homenajes, que se confunden con la apoteosis, llegó Bolívar a la aldea de Oropesa, donde encontró a las autoridades del Cuzco que habían acudido a recibirlo. El 25 de junio entró en el Cuzco, en un caballo enjaezado con un lujoso arnés enchapado de oro, que le ofreció la Municipalidad y que mal de su grado tuvo que aceptar. Las calles estaban tapizadas con alfombras y flores; las ventanas cubiertas con colgaduras, y la gente de las casas arrojaba a su paso objetos de plata para que los hollara su caballo; perfumes, palomas encintadas, etc. En la noche hubo un baile, y la esposa del prefecto, que a la sazón era el general Gamarra, le ofreció una corona de oro con perlas finas.

  -198-  

El Libertador tenía el mal gusto de no rechazar estos homenajes excesivos, que tarde que temprano serían contraproducentes; pero era hijo de los trópicos, y se había acostumbrado a servirse de la imaginación como de una palanca de propaganda para cerebros más tropicales que el suyo.



Bolívar, a quien deslumbraba la gloria y empujaba el entusiasmo, y a quien la misma grandeza de su genio contribuía a menoscabar su propio poder, llegó a la altura del vértigo. Olvidando entonces los insuperables obstáculos que a sus vastísimos y mal calculados planes pondrían el tiempo, los lugares, los intereses, la naturaleza de las cosas y hasta su propio carácter, todo lo creyó hacedero. Habiéndole cerrado Ayacucho el campo de sus empresas guerreras en el Perú, quiso enviar una expedición a Chiloé, quiso también preparar una expedición que libertara a Cuba y defender a Buenos Aires que estaba en guerra con el Brasil. Ninguno de los tres propósitos le fue posible conseguir. Fue entonces, cuando contrariado y ya sin esperanzas de gobernar toda la América, dedicó sus esfuerzos a fundar una federación que principiara en el Orinoco y que toda ella le reconociera como presidente vitalicio. Siendo Bolivia en 1825 el más débil de los estados de América y el menos capacitado para el gobierno propio, fue obra fácil y rápida imponerle la constitución, que, por haber sido aprobada en ella antes que en el Perú y en Colombia, llevó el nombre de constitución boliviana. Ella estuvo proyectada a base de un presidente vitalicio, irresponsable y con derecho de proponer a las cámaras el vicepresidente de la República, el que autorizaría todos los actos como jefe del ministerio, pudiendo ser sustituido. Dice Lorente en su obra citada:

Encantado de esta rara creación, decía Bolívar; «un presidente vitalicio con derecho para elegir al sucesor, es la inspiración más sublime en el orden republicano». Para los liberales no pasaba de ser un contrasentido, un poder ultramonárquico,   -199-   que hacía de la llamada república una monarquía despótica. En la parte trascendental del código estaban mal encubiertas las instituciones monárquicas bajo formas republicanas; faltaba la vida municipal, que es la vida y el asilo último del gobierno propio; las reformas se hacían sobremanera lentas y difíciles; la complicación del poder legislativo dificultaba también mucho el orden legal; el presidente vitalicio, que, siendo hombre de genio, absorbería todos los poderes, careciendo de talento y energía, sólo poseería una autoridad fantástica.

Se puede decir, que Bolívar había hecho la más incontestable censura de su obra predilecta, diciendo a los representantes de Bolivia «Al ofreceros el proyecto de Constitución, me siento sobrecogido de confusión y timidez, porque estoy persuadido de mi incapacidad para hacer leyes. Cuando yo considero, que la sabiduría de todos los siglos no es suficiente para componer una ley fundamental, que sea perfecta; y que el más esclarecido Legislador es la causa inmediata de la infelicidad humana y la burla, por decirlo así, de su ministerio divino; ¿qué deberé deciros del soldado, que, nacido entre esclavos y sepultado en los desiertos de su patria, no ha visto más que cautivos con cadenas, y compañeros con armas para romperlas? ¡¡YO LEGISLADOR...!! Vuestro engaño y mi compromiso se disputan la preferencia: no sé quién padezca más en este horrible conflicto; si vosotros por los males, que debéis temer de las leyes, que me habéis pedido, o yo del oprobio, a que me condenáis por vuestra confianza».

El héroe de la independencia no era en verdad el hombre llamado a dar la ley a las repúblicas, que había libertado; no sólo sus hábitos guerreros se oponían a que pudiera comprender y amar decididamente las instituciones liberales; su corazón ardiente, su imaginación inquieta, el largo ejercicio de la dictadura, su falta de experiencia legislativa, su carácter imperioso, su espíritu visionario, la misma grandeza de sus aspiraciones, y la impetuosidad de sus propósitos, todo le negaba el genio de la legislación; todo le arrebataba el tranquilo juicio y las moderadas concepciones, que formaron la gloria de Solón y de Washington.

Sus partidarios, bien penetrados de sus altivas convicciones, llamaban a la constitución vitalicia, código divino, redención del género humano, resumen de todo lo bueno en la ciencia de gobierno, germen de felicidad inmensa, presente incomparable de la divinidad al género humano. La prensa no tenía sino una voz para ensalzarlo, y en las comunicaciones oficiales pasaban los elogios de toda medida. ¡Desgraciado del que aventuraba la menor censura!

  -200-  

Si bien los proyectos monárquicos nunca fueron acogidos favorablemente por el Libertador; bastó que sus allegados hablaran de imperio, para que sus enemigos políticos le atribuyeron las aspiraciones de Napoleón y de Cromwell; no necesitaban esforzar mucho la calumnia para hacerla creíble: él les allanaba el camino con la frecuente oposición entre sus hechos y sus palabras, con el desprecio afectado y el ejercicio tenaz de la dictadura, con su malhadada constitución boliviana y con la todavía más sospechosa federación de los Andes en que puso igual empeño, si no en sus actos oficiales, en las comunicaciones íntimas con ciertos prefectos y jefes de toda su confianza. Del imperio a una federación centralizadora con un Presidente vitalicio la diferencia era sólo de nombre: el Emperador del Brasil no tenía mayor autoridad, que el futuro Presidente de Bolivia, Perú y Colombia. Aun al rechazar el consejo, que fue dado a Bolívar, por su compatriota Páez, para que hiciera con la república colombiana lo que Bonaparte había hecho con el Directorio, se corroboraron las fundadas sospechas de tendencias liberticidas.



No obstante que Bolívar se embarcó para Colombia el 2 de septiembre de 1826, y que después de este viaje no regresó más al Perú, su dictadura continuó hasta 1827, época que ocurrió el retiro de las tropas colombianas. Este acontecimiento transcendental nos emancipó del poder extranjero que representaba el Libertador.

Causa adversa a nuestra prosperidad política y económica fue la dictadura bolivariana. Si en lo administrativo se hizo muy poco, menos se consiguió en mejoras públicas y privadas. La Hacienda estuvo muy lejos de presentar un estado satisfactorio. Resentida por el peso y desconcierto de la guerra, no fue objeto de arreglos sistemados y permanentes. Era Bolívar un hombre de manos pródigas y muy acostumbrado a gastar sin orden ni medida. Sus partidarios le creyeron capaz de fundar la grandeza del Perú y por esto le concedieron la dictadura. Bolívar no supo corresponder a estas esperanzas. Fastuoso y sin dejar de pensar un solo día en la guerra, no buscó para gobernar el apoyo de la opinión sino la fuerza de las armas. Con menos   -201-   ofuscación y un espíritu más modesto, su permanencia entre nosotros hubiera significado un cúmulo de venturas. Fértil fue el suelo que encontró para crear una administración sencilla, económica y encaminada a satisfacer la manía de imitar en todo las instituciones de Norte América. En oposición al sistema español, pudo seguir los principios económicos tal como los aplicaban en la patria de Washington y haber roto antiguos lazos que entrelazaban el bienestar material e intelectual del pueblo. La grandeza le cegó y fueron sus propios amigos los que le condujeron a la ruina.

No obstante haber escrito a Colombia después de la batalla de Ayacucho, que quería convencer a Europa y a la América del horror que le inspiraba el poder supremo bajo cualquier forma que fuera, y de que le atormentaba la idea de que sus amigos le creyeran ambicioso, resolvió primero quedarse como dictador, y después aspirar a la presidencia vitalicia.




VI

La salida de Bolívar produjo una serie de acontecimientos, en su mayoría favorables al Perú y de los cuales ninguno tuvo la importancia que todos reconocieron en el hecho que culminó en la insurrección del tercer cuerpo del ejército de Colombia, acantonado en Lima. Ocurrió el suceso en la madrugada del 26 de enero, y la forma en que se realizó la prisión de los jefes Lara y Sandés por el comandante insurrecto Bustamante, puso en evidencia la desmoralización en que estaban las tropas del Libertador.

Restringida la independencia, comprimida la libertad, suplantadas las instituciones democráticas por la Constitución vitalicia, disueltas las municipalidades, desatendido el ejército nacional, deshecha la marina e insultado su jefe,   -202-   amenazada la integridad territorial, la conspiración se hizo general, y hasta los mismos colombianos tomaron parte en ella. Bolívar esperaba el suceso, y en carta que le escribió desde Caracas, al general Heres (Junio 16 de 1826), le dijo: «A mí me parece que el Perú ha obrado bien en echar esa división de allí».

Algunos capítulos de la obra de Paz Soldán, capítulos que a continuación copiamos, explican con exactitud el suceso como también sus causas y consecuencias.

Descubierto tan a las claras el plan de Bolívar; ausente éste de la República, todos sus enemigos, o mejor dicho los amigos de la Independencia y libertad nacional activaron los trabajos secretos para derribar una Constitución que no podía llamarse emanada de la verdadera voluntad de los pueblos. Las tropas Colombianas diariamente eran más y más odiadas por el pueblo que veía en ellas ya no a los auxiliares contra la tiranía de España, sino a instrumentos de un poder nuevo y extraño. Los pocos Argentinos y Chilenos que se libraron del destierro y que continuaron en el Perú relegados al olvido por la preferencia que obtuvieron los Colombianos, instigaban a la revolución. Entre las mismas tropas Colombianas estaba sembrada la discordia que reinaba en su propio país. Los unos pertenecían a la facción que representaba Páez en Venezuela y los otros deseaban conservar la unidad de Colombia. Muchos patriotas antiguos mendigaban el pan en el extranjero; y sus desgraciadas familias hacían en el Perú toda clase de sacrificios y esfuerzos para que se abreviara el plazo en que debía regresar el objeto de su puro amor y felicidad.

El Perú era un volcán, en cuyas entrañas se reunían materias cada día más inflamables y que muy pronto debían hacer una terrible explosión que variara completamente su faz política. Multitud, de Peruanos y patriotas ilustres que con su sangre, talentos o fortuna habían contribuido a dar vida y libertad a esta naciente República, estaban en el extranjero comiendo el amargo pan del proscripto; otros ocultos en su misma patria apenas se atrevían a ver la luz. Los mismos Peruanos partidarios de Bolívar principiaron a recelar de su héroe, viendo que el territorio quedaría bien pronto reducido en su extensión y sujeto al yugo de autoridades Colombianas. Ya se había oído en Venezuela la palabra Imperio repetida por Jefes muy adictos a Bolívar; y el deseo de éste de formar de toda la América meridional, o de una parte de ella, una gran Nación bajo   -203-   el simulado nombre de Federación, gobernada por un Presidente Vitalicio con facultad de elegir su sucesor, inspiraba serios recelos aun a los más adictos a su persona, y daba a los enemigos, pruebas palpables de la ambición de Bolívar. La altanería de los Colombianos y la persecución tenaz contra los que no lo eran, llegó a su colmo, y el desagrado principió a no tener miramientos desde que Bolívar se ausentó de la República. En Colombia mismo existían dos partidos fuertes: el uno que representaba Páez en Venezuela, y el otro en Nueva Granada apoyado por Santander; los unos querían la Federación; los otros deseaban conservar la unidad Colombiana; y esta división cundió en el ejército Colombiano que estaba en el Perú.

Santa Cruz como Presidente del Consejo de Gobierno se hallaba en una situación violenta: principiaba a conocer que la Constitución Boliviana había sido aceptada con mucha violencia y de un modo impropio y desconocido en la historia constitucional de las naciones: por otra el honor y la gratitud le obligaban a ser consecuente con la persona que lo elevara a tan alto puesto; obrar de otro modo, lo consideraba una traición. De esta situación vacilante se aprovecharon los enemigos del nuevo sistema para decidirlo si no a tomar una parte activa en un cambio, cuando menos a no oponerse y dejar que el pueblo obrara libremente, ya que Bolívar al saber que Guisse y los otros acusados de conspiradores habían sido absueltos escribió la célebre carta de 26 de octubre, en la cual con aquel talento y previsión que tanto lo distinguían, confesaba que habían terminado en el Perú sus glorias y su influencia.

Se hizo entender a la división Colombiana que Bolívar quería y procuraba destruir la Constitución de Colombia; como lo comprobaba la lucha abierta en que estaban Páez y Santander; estas insinuaciones principiaron a producir sus efectos. La conspiración tomaba incremento todos los días, y se consideraba tan seguro el buen resultado que públicamente se hablaba de la revolución que debía hacer la división Colombiana. El General Jacinto Lara Comandante en Jefe de esa división, hombre de limitadísima inteligencia, no quería dar crédito a los repetidos avisos que le daban el Gobierno y los particulares, al extremo de considerarse ofendido cuando supo que a varios jefes y oficiales se les seguía un sumario por orden del Gobierno del Perú: en el acto mandó cortarlo, porque presumía que era intriga para quitarle a sus mejores jefes; y porque no podía consentir que Jefes Peruanos intervinieran en negocios que exclusivamente pertenecían a sus tropas. Llega el 26 de enero de 1827; el General Santa Cruz estaba en el Chorrillo algo enfermo; la ocasión favorecía. Sin pérdida de momento, algunos oficiales Colombianos tomaron presos a los Generales Jacinto Lara   -204-   y Arturo Sandés, y a varios Coroneles y oficiales: se puso a la cabeza del movimiento el primer Comandante José Bustamante. «Se formaron en la Plaza y oficiaron al General Santa Cruz, como a Presidente del Consejo de Gobierno, protestándole que aquel hecho no tenía relación ninguna con los asuntos políticos de la República Peruana». Redactaron un Acta que se firmó por toda la oficialidad, en que declaraban «que quedaban enteramente sumisos a la Constitución y leyes de la República de Colombia y profesando el mayor respeto al Libertador Presidente».

Esta división constaba de los batallones Rifles, Vencedor, Caracas y Araure y el 4.º escuadrón de Húsares de Ayacucho. A los cuatro días (el 30) salió el bergantín inglés Blucher conduciendo para San Buenaventura a los Generales y jefes presos, custodiados por cuarenta hombres de la misma división Colombiana.

A la vez que trabajaban otros para que al siguiente día se reuniera la extinguida Municipalidad, y que en Cabildo abierto expresara su voluntad acerca de la Constitución que debía regir. Y a fin de que esa determinación fuese aprobada, se dispuso que la Corte Suprema y otras corporaciones oficiasen a Santa Cruz para que se presentara en la ciudad y evitara los desórdenes.

Las pocas tropas Peruanas de Lima estaban convenidas en secundar el movimiento ayudando o sosteniendo la voluntad general. De pronto Santa Cruz, todavía en Chorrillos, resolvió pasar a Jauja a formar fuerzas para sofocar el movimiento, de la Capital, pero llegaron los Diputados de la Municipalidad, Tribunales y personas respetables a rogarle que no contrariara la voluntad del pueblo tan libremente pronunciada. Convino en regresar a Lima.

En el mismo día 27, los vecinos más notables, reunidos en el Cabildo, firmaron un Acta y la elevaron al Presidente del Consejo.

Esta Acta fue concluida en la noche del 27 y elevada en el instante. A la vez que el pueblo gritaba pidiendo la separación de los Ministros, porque decía que permaneciendo seguiría el mismo despotismo.

Al día siguiente (el 28) Santa Cruz convocó para el 1.º de mayo próximo un Congreso Constituyente para que examinara, arreglara y sancionase la carta que debía regir; y para nombrar su Presidente y Vice-Presidente, sirviendo de regla en las elecciones, la ley de 30 de enero de 1824 «porque la Constitución Boliviana no fue recibida por una libre voluntad, cual se requiere para los Códigos políticos. El Gobierno, dijo, no puede consentir en que se crea que pudo tener la más pequeña   -205-   connivencia en la coacción; porque era el garante de la libertad nacional y de su absoluta independencia». En el mismo día, renunciaron sus carteras los Ministros de Relaciones y del Interior, Pando; y el de Guerra Heres; pero el Ministro de Hacienda Larrea y Loredo continuó hasta doce días después porque tenía que rendir cuentas y dar otros informes. El nuevo Gabinete fue organizado con el Dr. D. Manuel Lorenzo Vidaurre como Ministro de Relaciones Exteriores y negocios del Interior; el de Hacienda con el Dr. D. José María Galdiano Vocal de la Corte Suprema; el de Guerra con el General Salazar.

Para apoyar más al Gobierno, el Colegio electoral de Lima elevó su protesta (el 6 de febrero) asegurando que «los Electores fueron encerrados en la casa de la Universidad de San Marcos y rodeados de tropas: que de un lado les presentaban los satélites de la tiranía dádivas aéreas, y de otro la muerte: que en el conflicto de tantos intereses opuestos prefirieron, por entonces, los de su conservación, y que así oprimidos autorizaron aquellos atentados por efecto de las arterías y la violencia».

Este motín fue apoyado por Santander al extremo de celebrarlo «cual una victoria, paseándose por las calles de Bogotá con música y algazara» y ofreció premios y recompensas a todos los de la división; pero el Libertador reprendió ásperamente a éste y de un modo hasta injurioso; lo que contribuyó a aumentar el mal estado de los negocios de esa República.

El movimiento de Lima fue secundado con verdadero entusiasmo por todos los pueblos del Perú al verse libres enteramente todo poder extraño.

La división Peruana que a las órdenes del General Cerdeña estaba en Jauja, se movió sobre Lima por orden del Presidente para apoyar el movimiento en caso necesario porque se temía que la división Colombiana ya por su desmoralización o por otras causas ocasionara males al nuevo orden de cosas o cometiera otros excesos consiguientes a una revolución. El General Cerdeña recibió instrucciones especiales para que en su marcha sobre la Capital tomara todas las precauciones del caso como si estuviera en campaña y frente al enemigo. Algunos jefes y oficiales Peruanos de esa división creyendo que todas esas precauciones y preparativos se tomaban con el objeto de sofocar el movimiento popular de Lima acordaron prender a su General, sublevar la tropa y continuar hasta Lima en apoyo de la revolución. La conspiración fue oportunamente descubierta y sus autores presos y sometidos a juicio: la división entró en Lima, y su presencia calmó los temores que todos tenían de la división Colombiana.

De muy corta duración fue la existencia de la Constitución Boliviana: jurada el 9 de diciembre de 1826, quedó abolida el   -206-   28 de enero inmediato, es decir a los cincuenta días. En algunos pueblos estaban en las fiestas por la jura de ese Código, cuando recibieron la noticia de su variación. En los periódicos mismos de la Capital se daban noticias de que tal Provincia se había sometido gustosa al cambiamiento del 28 de enero, en seguida de otro aviso que constaba que en otra provincia juraron esa misma Constitución abolida. ¡Tal es lo que se llama voluntad nacional!... Ejemplo para probar que si a los pueblos se les fascina, la ilusión pasa luego.

Efectuada la revolución en Lima era violenta la situación de Santa Cruz que no podía inspirar confianza a los pueblos que lo habían visto trabajar tan decididamente en favor de la Constitución Boliviana. Hubieran querido quitarle el mando, pero no encontraban el hombre que lo reemplazara. Gamarra y La-Fuente carecían de crédito para ello, aunque reconocían sus méritos y servicios. La-Mar era el único capaz de reunir la confianza pública; pero se hallaba en Guayaquil; no hubo pues otro partido que dejarle continuar en el mando mientras se aseguraba el nuevo orden de cosas.

Todos los esfuerzos del nuevo Gobierno se concentraron desde luego en deshacerse de la división Colombiana de Lima cuya permanencia era una amenaza constante, ya porque pudiera hacer una reacción para restablecer el anterior orden de cosas o porque su relajada disciplina y moral podía comprometer la seguridad de los particulares, aunque a decir verdad estos temores carecían de razón, tanto porque esos Colombianos deseaban hacía tiempo regresar a su patria, cuanto porque su conducta desde el 26 fue intachable y armonizaba con el pueblo. De pronto se creyó prudente que salieran de Lima y se acantonaran en los pueblos vecinos de la Magdalena y Bellavista.

Sólo faltaban los medios para pagarles sus sueldos atrasados, la gratificación concedida por el Congreso a los vencedores y proporcionar trasportes y demás elementos de movilidad. La escasez del erario era tan grande como el deseo del Gobierno de librarse de tan peligrosos huéspedes; pero cuando un Gobierno se propone un objeto, apoyado en la opinión pública, todo se facilita; así fue que a los cincuenta y cinco días toda la división estuvo embarcada (el 19) y se dio a la vela el 21, después de haber recibido los jefes y oficiales sus sueldos atrasados y una parte de la gratificación por el premio de Ayacucho: se les dio un vestido completo y género de repuesto, con su armamento y víveres en abundancia. Al despedirse, manifestaron su agradecimiento al Gobierno y pueblo Peruano que pagaba con plata y gratitud los heroicos servicios a los que le ayudaron a conquistar su independencia.

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La división salió del callao el 21 de marzo en la fragata Monteagudo, corbeta Libertad y bergantines Santa Cruz y Palemón, convoyada por el bergantín Congreso; parte de esa división desembarcó en Payta (el 25) y se internó por tierra hasta Loja; el resto siguió hasta Manta adonde arribó el 6 de abril y poco después se dirigió a Guayaquil.

Libre el Gobierno de los temores que inspiraba la división Colombiana en Lima, se reconcentraron los recelos contra Sucre que en Bolivia y Puno tenía bajo sus órdenes el resto del ejército Colombiano. En los primeros días de la revolución eran naturales o cuando menos fundados esos temores, puesto que se ignoraba el modo como aquel recibiría tan completo cambio de política; pero ese virtuoso y patriota General sabía muy bien que los pueblos del Perú no se someterían gustosos, ni por mucho tiempo, a un régimen contrario a sus principios y que lo ponían bajo el perpetuo yugo de un gobernante extranjero.

Así terminó en el Perú la intervención colombiana y el poder de Bolívar. Éste cayó porque él mismo labró y preparó los elementos de su caída. Sus más acalorados defensores y entre ellos el ilustre Restrepo confesaban que con sólo la indicación de que se adoptara la Constitución Boliviana se alarmaron los numerosos amigos que Bolívar tenía en Venezuela y en otras partes de Colombia.






VII

Con prolija minuciosidad y hasta donde el espíritu de este trabajo lo exige, hemos puesto en evidencia las diversas causas de carácter político que entorpecieron la buena marcha política de la República en tiempos en que ella estuvo bajo la férula de Bolívar. Ellas, no solamente retardaron hasta 1827 el gobierno propio, existente ya desde muchos años atrás en Chile, Buenos Aires y la Gran Colombia, sino que en su mayor parte pusieron fuera de acción al nacionalismo peruano, mataron el entusiasmo del partido liberal, y envilecieron y esclavizaron a los llamados persas. Veamos ahora lo que era el estado económico del Perú en esos días de la reconquista de las libertades ganadas en Ayacucho, o sea en aquellos que precedieron al gobierno constitucional del Mariscal don José de La Mar.

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Como ya lo hemos dicho, la guerra, al obstruir los canales de la abundancia y de la riqueza existentes durante el coloniaje, cegó también las fuentes de la Hacienda pública. Millares de hombres enrolados en los ejércitos beligerantes fueron reclutados en los campos, en las minas y en los talleres. Fue esta causa, una de las que produjeron la desolación y la ruina a que después de un lustro de lucha llegaron el comercio, la industria, la minería y la agricultura. Cuantiosos ahorros acumulados durante tres siglos de prosperidad, sufrieron el menoscabo consiguiente a las exacciones violentas y a las contribuciones forzosas. Todo esto unido a inveterados abusos existentes en el régimen colonial, abusos que no pudieron ser modificados en pocos años, como también el imperio de las falsas ideas económicas y de la ignorancia que existía en materias económicas, hicieron grave daño al naciente gobierno republicano.

Hemos hablado anteriormente de las confiscaciones. Ellas se hicieron sobre las propiedades rústicas y urbanas de los emigrados a España y a las fortalezas del Callao, y aunque en verdad se decretaron a título de justa indemnización por daños ocasionados a los patriotas, en la práctica, las tales confiscaciones fueron ruinosas para el comercio y para la riqueza pública. Nunca llegó a avaluarse con exactitud el valor total de los bienes que el Estado adquirió por este concepto, no obstante que Larrea afirma, en su memoria de Hacienda de 1826, que el valor de ellas excedió de un millón de pesos. Las imposiciones que con los títulos de obras pías y censos pertenecieron al gobierno español, como también los bienes jesuíticos y los de la extinguida, Inquisición fueron también incorporadas a la Nación. Estos valores, con lo adeudado hasta diciembre de 1826, llegaron a constituir un capital de más de seis millones de pesos.

  -209-  

La ruina causada por la guerra, el mal estado de los catastros, la inexactitud del repartimiento, los abusos de la recaudación y la necesidad de consultar el alivio de los contribuyentes para no acabarlos de arruinar, pusieron al Estado en muy serios conflictos en lo tocante a contribuciones. Fue necesario limitar los impuestos a lo muy necesario para hacer frente a los gastos y disponer las cosas de manera que la recaudación hecha durante la guerra por medios violentos no siguiera ofendiendo la libertad y la seguridad de los ciudadanos.

Tocante a impuestos, el gobierno español había adoptado el tributo, haciéndolo gravar en la única persona del indio. La forma dura y tenaz con que este tributo fue implantado le dio cierto grado de perfección. La República, con un espíritu menos estrecho y rutinario, viendo que las recaudaciones se hacían mal, que las deudas se suscitaban a cada momento y que el cobro era arbitrario, lo hizo general a todos los habitantes con la denominación de castas e indígenas, minorando en un peso el personal de indígenas y en uno por ciento el producto neto industrial o fincado.

Estas liberalidades disminuyeron el renglón de ingresos llamado contribuciones, las cuales, según la Memoria de Hacienda del Ministro José Morales y Ugalde, en 1827, quedaron reducidas en un millón de pesos.

Crecidas fueron la deuda interna y la externa que dejó la guerra de la independencia. El Congreso dispuso que se liquidasen dichas deudas y se consolidasen con los bienes de la Nación, disponiendo que para ello se organizase una Caja o Banco que se llamó de consolidación. Diéronse a este establecimiento arbitrios suficientes para llenar plenamente su objeto. Pusiéronse a su disposición un quinto del producto libre de la contribución general, un tanto por ciento de los impuestos al lujo y a los espectáculos y otro sobre   -210-   las importaciones de igual naturaleza. Además, algo de los antiguos ramos de censos, obras pías y de la Inquisición, todos ellos en gran desorden a causa del abandono y confusión en que quedaron los archivos correspondientes a las tres instituciones.

La deuda española, acrecentada en capital e intereses durante la guerra separatista, estaba constituida en su mayor parte por lo que se debía a mineros y comerciantes, a los cuerpos colegiados y regulares y a innumerables capellanías y obras pías. Estaban afectos a esta deuda los fondos del Consulado, algunos de Tesorería y los provenientes del Estanco del Tabaco. El Tribunal del Consulado llegó a reconocer siete millones, setecientos sesenta mil pesos, pero la deuda total formada por imposiciones del gobierno español sobre los establecimientos nacionales, ascendió a catorce millones doscientos diecisiete mil pesos. Esta deuda, al ser revisada, quedó disminuida en dos millones de pesos, pertenecientes a emigrados, a residentes en países enemigos y a personas cuyo paradero no se supo más. Estos datos evidencian el motivo por el cual en menos de cuatro años la ruina y la miseria se hicieron generales, especialmente en los españoles ricos y en los criollos que no pudieron salir del Perú.

Con el título de Crédito Público, Morales, en su memoria de 1827, trae los siguientes interesantes datos sobre las deudas interna y externa:

Una nación en guerra acrecienta sus desembolsos, y cuando ésta se hace para conseguir su emancipación, aquellos se aumentan, y los fondos con que cuenta son muy pequeños; porque la ocupación enemiga de unos puntos, o la divergencia de opiniones obstruye, los ingresos de los otros y hace nulas sus riquezas. Tal fue el estado de la nación heroica a que pertenecemos. ¿Y cómo pudo evadir sus efectos sino valiéndose de su crédito y fijando para saldarlo los momentos en que empezase a disfrutar sus derechos? Así es como tomó de sus hijos cuanto   -211-   tuvieron y pudieron darle con la esperanza de reintegrárselo a su vez. No siendo ya bastantes estos medios que la misma Sociedad entabló ocurriendo a los miembros que la forman; el Congreso adoptó el crédito exterior, mandando levantar nuevos empréstitos además de los que la primera administración independiente había contraído.

En el año 25 sólo se había cancelado una parte muy pequeña y esto mismo le obligó a plantificar en 22 de septiembre de 826 la caja de amortización, cuyo establecimiento se había suspendido un año antes por acuerdo de la mano encargada de dirigir el Estado. Este gran establecimiento reúne en sí arbitrios bastantes para abrir el vasto objeto de su atribución, retribuir al territorio su fortuna y ponerlo en el grado de su magnificencia cuando ya libre de empeños dedique sus aprovechamientos a sólo su engrandecimiento y el de sus hijos.

El primer empréstito que el Perú levantó en Londres ascendió a 1200000 Libras y el segundo debió efectuarse en 616515 Libras. Mas el contratista no cumplió con sus pactos, y sólo entregó 200385 Libras.

Parece, pues, que sólo hay un capital en deuda de 1400385 Libras, mas no es así, porque el agente sin órdenes y por sola su combinación, dispuso del resto de billetes levantados con este fin y vendiendo unos con grande pérdida, e hipotecando otros; ha hecho que del segundo empréstito circulen en el Mercado de Londres por cuenta del Perú, 577500 Libras, por esto ha dicho que no son 1400000 y tantas Libras las que el Perú debe a Inglaterra, sino 1777500. Los réditos de éstas, montan, al año, a 106650 o 533250 pesos.

Como la falta de contratista se efectuase casi al mismo tiempo que se firmó el contrato, apenas pudieron ser cubiertos los réditos del primero y segundo empréstitos hasta abril del año 1825.

La deuda de intereses en Londres es hoy de 1066500 pesos. El capital acreditado, en aquel mercado por nuestro Gobierno debe consolidarse con una cantidad remisible en cada año y con el sobrante de los intereses, que deben enviarse siempre, como si no hubiera amortización: para que aplicados en solo la parte necesaria den un residuo que, unido a la suma designada para redimir el capital, haga desaparecer el empeño a los 30 años de contraído.

Suspendido el establecimiento de la caja amortizadora en el año de 25, no pudo tener efecto en principio de 26 la remesa de la suma de 150000 pesos con que debió principiar a devolverse el capital. En el de 27 tampoco han podido remitirse 70000 pesos que le correspondían y de aquí es que para el primero del 28, sería preciso trasportar esos 220000 pesos, más   -212-   127700 que en su primer día se venden, cuyas dos sumas unidas forman la de 347700.

Es visto que el capital e intereses que la Nación adeudará a esta parte del exterior en 1.º de enero del 28, acrecienta a 1414260 pesos. El estado N.º 2, que elevo al Congreso lo manifiesta demostrativamente, y también designa las cantidades que en los años siguientes deben enviarse, hasta desempeñar este gravamen nacional.

La Caja de consolidación de Lima no podrá tener fondos disponibles para ese día; mas sí podrán conciliarse los extremos de déficit que se advierten, con la falta de contratista por 416130 Libras que no hizo efectivas y con las del Agente por 300000 que le resultan de cargo y a que debe responder, si el Congreso se presta a un avenimiento con los representantes de ambos, que existen en la capital, y lo solicitan, allanándolo los fondos que pueden colectarse, y los partidos que ya ha propuesto alguno de ellos.

Hay otras deudas externas de la República, como son las contraídas con las secciones amigas de esta América. Ellas exigen una liquidación para conocerse, pero es menester que antes se agencien mutuamente, lo que hasta el día no se ha verificado, excepto con la República de Bolivia, para quien se autorizaron contadores, que habiéndola efectuado de un modo que a posterior no ha resultado cierto, sacaron en nuestro favor 207000 pesos en cuyo saldo reclama aquella igual cantidad de alcances de los auxiliares que la guarnecen. El Ministerio está cierto de que la deuda de la República de Bolivia para el Perú pasará de 800000 pesos y que cuando el alcance de los auxiliares que existen en su territorio ocupe un lugar en sus cuentas, siempre seremos acreedores a más de medio millón de pesos.

El crédito interior presenta un aspecto más favorable; se ha acrecentado más de lo que el Ministerio podía esperar, mas esto ha provenido de la paralización del último empréstito inglés y de la desgracia con que lo ha verificado quien de él ha corrido. La administración del año 25, como se ha indicado, creyó efectivo el empréstito, libró el todo de él al ejército por sus acreencias y a algunos particulares de quienes recibió dinero y con quienes celebró contratos para sus grandes atenciones. Las Letras, unas han sido protestadas y otras no han llegado a presentarse; por estar descubierta su nulidad y haberse ausentado el agente, de aquí el mayor monto del crédito interno y de aquí el que entre nosotros haya una deuda, cual el Gobierno y el Ministerio no esperaban presentar al Congreso. El Ministerio, en el reglamento dado a la Junta Legisladora, y en sus posteriores órdenes, demarcó los créditos que debía reconocer,   -213-   y que, en su cálculo ascenderían a tres millones de pesos. Jamás se propuso que excediese esa cantidad y esperó muy bien dar cuenta al Congreso de que estaban consolidados; mas lo contrario ha sucedido, pues, unidos éstos a la reversión de los libramientos expedidos contra Londres, se han reconocido siete millones de pesos, hasta fin de abril anterior; tres millones procedentes de las liquidaciones que ha hecho la Junta de calificación y cuatro de las libranzas protestadas. El Ministerio en el año de 825 amortizó, con las minas que separó del dominio nacional medio millón de pesos, mas la administración actual del Gobierno teniendo establecida la caja de amortización, creyó de su primer deber consolidar el crédito público para el que ofreció grandes capitales en imposiciones, censos, terrenos de la República, y otros derechos que le corresponden; así es que no ha perdido ocasión de verificarlo, concediendo a los acreedores del Estado la consuasasión en el momento que la han pedido. Asciende la amortización de la Hacienda Pública verificada hasta fin de abril próximo pasado a 1809000 pesos. De aquí es que la deuda externa sólo es en la actualidad de 5260000 pesos; uno y otro se demuestra en el estado número tres.



Cuanto en estos acápites queda dicho, hállase confirmado en las declaraciones emitidas en las memorias de los ministros de Hacienda Larrea y Morales, memorias que fueron escritas respectivamente en los años de 1826 y 1827. También corrobora nuestra opinión lo afirmado por Paz Soldán, en su libro ya tantas veces citado. Su último volumen, en el capítulo XXX, contiene los siguientes acápites:

La Hacienda pública era un caos; ni era posible organizarla mientras durase la guerra que consume todas las rentas públicas, ciega las fuentes de la riqueza, aniquila los capitales y lo desorganiza todo. El año 25 principió a consolidarse algo en el régimen interior, aunque la ocupación de los Castillos del Callao por Rodil, y Olañeta en Alto Perú obligaba a que continuara en pie de guerra la República, y no dejaba de inquietar algo los ánimos.

Cuando a principios de 1826 éramos libres de nuestros antiguos dominadores; pesaba sobre la naciente República la carga de un ejército extranjero que fue nuestro auxiliar en la guerra de la Independencia. El Congreso de 1825, pensó más en dar pruebas de gratitud, que en buscar los medios para satisfacerlas;   -214-   y sin tener presente que el tesoro estaba exhausto y su crédito casi perdido abrió sus arcas nacientes y decretó millones de pesos en favor de los que derramaron su sangre por darnos libertad. Si esta recompensa se hubiera repartido con prudencia y dando tiempo a que se facilitaran los recursos al erario, no se hubieran sentido sus ruinosos resultados. Bolívar no pensaba si había o no dinero o elementos para proporcionarlo: por complacer a sus amigos, o compañeros de armas, decretaba sin tasa las cantidades que como premios debía darse a los vencedores de Ayacucho, y en tal desorden que el Ministerio de Hacienda ignoraba el monto de esta deuda. Algunas de esas órdenes se giraban directamente contra el empréstito inglés, sin saber si estaba realizado; baste saber que en dos meses libró a cuenta de este premio la cantidad de 468167 pesos.

Además con Bolívar al frente de la República no podía haber hacienda, porque ordenaba gastos sin fijarse en las entradas, ni dar cuenta al Ministerio: igual sistema seguían otras autoridades civiles y militares, a tal extremo que cada una de ellas era un verdadero Ministro de Hacienda. Lo más urgente era reconcentrar en una las oficinas pagadoras y que sólo la Tesorería de Lima lo hiciera (Septiembre 24 de 1823). Este decreto quedó escrito y el desorden continuó al extremo de ignorar el Gobierno el número de oficinas que existían en cada Departamento y el estado de ingresos y egresos de cada una de ellas (Enero 14 de 1822).

El ejército y marina que habían prestado tan distinguidos servicios apenas recibían, y no con exactitud, la cuarta parte de sus haberes, y se les adeudaban fuertes cantidades: para liquidar esta deuda así como lo que se debía a los empleados civiles y a otros acreedores, se creó una Junta de liquidación (Huamanga octubre 16 de 1824) prohibiéndose admitir solicitudes relativas a cobro por deudas de cualquiera clase. Esta Junta no se organizó ni se reglamentaron sus atribuciones hasta el 12 de noviembre de 1825. La Junta constaba de 12 miembros, y sus atribuciones y modo de proceder en el examen de los créditos activos y pasivos estaban muy bien calculadas para asegurar los intereses del fisco y de los particulares. Todos los créditos anteriormente reconocidos debían ser examinados por esta Junta.

Se declararon confiscados los bienes de los que permanecieron en los Castillos del Callao durante el sitio, con ciertas limitaciones (Marzo 2-10-26 de 1825 Agosto 12). En virtud de estos decretos se declararon propiedad del Estado las minas del español Vivas, situadas en Pasco, que se tasaron en 443160 pesos y se adjudicaron a varios acreedores al fisco.

Los bienes secuestrados se administraban con despilfarro y por muchas personas y autoridades. Se puso algún coto ordenando   -215-   que los jueces no administraran por sí, ni por interpósita persona esos bienes; que los Gobernadores dieran razón de los embargados en sus distritos: que se exigiera cuenta a los que los habían manejado y que se devolvieran ciertos bienes secuestrados (Febrero 13 de 1825).

Como complemento del arreglo de la Hacienda, se puso gran interés en todo lo relativo a minas de plata, porque estaban persuadidos, y con sobrada razón, de que este ramo es la verdadera fuente de riqueza del Perú y el objeto principal de su industria; porque la naturaleza ha dado a cada país los elementos en los cuales puede encontrar su prosperidad.

Ya hemos dicho que el Libertador intentó vender todas las minas de propiedad del Estado, lo cual quedó sin efecto. El Consejo de Gobierno por su parte fomentaba el laboreo de las minas de Pasco (Septiembre 13 de 1825). Como medida de alta protección se estableció en la capital el Banco de rescate de plata piña, fijándose el precio del marco en 7 pesos 4 reales (Junio 20).

Habiéndose extinguido el antiguo Tribunal de minería y creádose en su lugar una Dirección General, se reglamentó ésta, revistiéndola con todas las facultades que tenía aquel para las ordenanzas del ramo, tanto administrativas como judiciales (Julio 4). Se impuso el gravamen de 1/2 real (5 centavos) sobre cada marco de plata piña, y 1 real de oro, para el sostén de esta Dirección y de una escuela de minas. Quedaron por consiguiente extinguidas las Direcciones de minería establecidas en las Capitales de Departamentos el 10 de febrero de 1825.

Por consecuencia de la guerra con España, el azogue estaba escasísimo y por lo mismo casi paralizada la explotación de las minas de plata. El Gobierno español tenía por sistema poner trabas o prohibir en lo absoluto toda industria en América que pudiera hacer competencia a los artículos semejantes que producía España y que se importaban y consumían en sus colonias. Los azogues de las minas de Almadén proporcionaban a España gran renta, y las ricas minas de Huancavelica, aunque imperfectamente trabajadas, producían la suficiente cantidad de azogue para hacer competencia; por esto la primera orden que se daba a los Gobernadores o Intendentes de Huancavelica decía que «fueran minorando irremisiblemente las fundiciones de Huancavelica a proporción con que se surtían las que venían de Almadén, y debían proceder en esto con gran reserva y disimulo y sin que los mineros lo sintieran». El Consejo de Gobierno creyó favorecer la explotación de estas importantes minas declarando (Octubre 24 de 1826) que todo empresario podía trabajarlas libremente sin más gravamen ni   -216-   condición que explotarlas conforme a ordenanza. Asimismo se permitió la entrada de mercaderías españolas en cualquier buque, con tal que importaran diez quintales de azogue por cada tonelada de medida del buque, que luego se redujo a dos quintales por tonelada, declarando libres de derechos los azogues de España, quedando así derogado el decreto de abril de 1825.

Cuando se hizo cargo del Ministerio don José Morales y Ugalde pudo presentar al Congreso una extensa y detallada Memoria de todo lo hecho en el pasado Gobierno, y por primera vez se supo con bastante aproximación, cuáles serían las entradas y gastos de la Nación, cuáles sus deudas y sus capitales y lo que produciría y se gastaría en el próximo año; es decir que se formaba el presupuesto por la primera vez, base fundamental y casi única del orden económico de un país, y freno poderoso contra el derroche y abusos de los que rigen sus destinos. Se calculó en 5203000 pesos las entradas del año de 1827, y los gastos en 5152000 pesos.

Curiosos e importantísimos son los datos financieros de esa época: según ellos el año 1826 las entradas generales de la República llegaron a 7387881 pesos seis reales y los gastos a 5594273 pesos 4 reales, de éstos se gastaron en el ejército y estado militar 2457000, en el estado político 96000 pesos, y en el de Hacienda 1334000, pesos. Las Aduanas produjeron por derechos 1924710 pesos 4 reales: su gasto por sueldo de empleados fue de 100618 pesos 7 reales y en gastos de escritorio y otros ordinarios y extraordinarios 26596 con 4.

Cálculo aproximativo del valor a que ascenderán las entradas y salidas de la República en el presente año.
Entradas. Tesorerías. Aduanas. Total.
Lima 750000 1082000 1832000
Ayacucho 137000 137000
Cuzco 547000 547000
Puno 102000 15000 117000
Arequipa 770000 460000 1230090
Libertad 100000 140000 240000
Junín 300000 300000
_______ _______ _______
2706000 1697000 4403000
Contribución general 800000
_______ _______
Total 5203000
  -217-  

Gastos de Gobierno. Guerra y M. Hacienda Total.
Congreso 250000 250000
Agentes Diplomáticos 50000 50000
Sueldos de guerra 1500000 1500000
Gastos de ídem 400000 400000
Marina 500000 500000
Colegios militares 50000 50000
Establecimientos de Beneficencia y de Instrucción 50000 50000
Establecimiento político y judicial 305000 305000
Establecimiento de hacienda 201000 201000
Aduanas y resguardos 276000 276000
Gastos y prensiones de hacienda 250000 250000
Consolidación de la deuda 170000 170000
Intereses de la misma 150000 150000
Gastos imprevistos 1000000
_______ _______ _______ _______
Suman $655000 2450000 1047000 5152000
Total de entradas $5203000
Id. Gastos $5152000
________
Sobrante $51000
El Ministro encargado de Hacienda.- José de Morales.
El Jefe de la Sección de Tesorerías.- Manuel Gaspar de Rosas.

El número total de los empleados de la República, exclusive el ramo de Guerra y Marina, llegaba a 752: tampoco se consideran los empleados del resguardo que eran del ejército. El sueldo de todos ellos importaba al año 773381 pesos: en gastos de escritorio 15908 pesos, y en gastos varios 17763.

La deuda interna liquidada hasta entonces era de 7069298 pesos 1 real.

Se había amortizado hasta el fin de abril de 1827. 1809665 pesos 4 reales quedando por consiguiente una deuda líquida   -218-   de 5259632 con 3 reales. Asimismo se entregó en dinero efectivo, 480068 pesos en billetes nacionales, 91205 pesos en letras sobre Inglaterra 694400 pesos, es decir un total de 1265673 pesos por el millón designado por el Congreso a los vencedores de Ayacucho.

La denominada deuda pasiva por principales puestos a rédito en distintas oficinas públicas en tiempo del Gobierno español, préstamos patrióticos sin interés, principales de fincas amortizadas y deudas a favor de varios ramos ajenos y particulares llegaba a 18161636 pesos 3 reales, que rebajando 11711971 pesos de ramos que como sobrantes se remitían al erario de España, quedaba una deuda líquida de 6449665 pesos 3 reales.

Además se debían por principales impuestos sobre el Tribunal del Consulado a favor de diversas personas particulares, monasterios y capellanías 7767803 pesos 4 reales, haciendo un total de deuda pasiva de 14217468 pesos 7 reales.

De suerte que sumada esta deuda con la que se llamaba pública interna hace un total de 19477111 pesos 2 reales.

A la Nación se le debían por réditos y arrendamientos 1969122 pesos y por deudas de venta de minas, tributos, alcance de deudas y otros ramos la cantidad de 782176 pesos.

La deuda externa constaba de créditos por los dos empréstitos de Londres, el de Chile y otros a algunas de las Repúblicas Sudamericanas. Tan sólo había podido liquidarse, aunque no de un modo seguro, la deuda de los empréstitos levantados en Londres, ascendente a la cantidad de 1777500 libras que reguladas a 240 peniques la libra hacían la cantidad de 8887500 pesos, para cuyo servicio debían remitirse 34650 libras por rédito y 5570 libras por la amortización del capital.

Según estos cálculos ese empréstito debía quedar amortizado el año de 1858. ¡Vana esperanza perdida por el derroche, la ignorancia y la desidia de los gobernantes!







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