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Traductores presentes en el portal


Pedro Bazán de Mendoza (1758-1835) nació en Cambados (Pontevedra), en el seno de una familia de la pequeña nobleza. Tras sus estudios en Santiago, recibió el grado de doctor en derecho en 1782. De espíritu liberal y progresista, fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago y de la Real Academia de Derecho de Madrid. El juramento prestado a José Bonaparte le valió gran número de cargos y honores: intendente general del ejército, jefe de policía de Santiago, caballero de la Orden Real de España, director de la Universidad de Santiago. Con todo, al término de la ocupación francesa fue exonerado de todos sus cargos y expulsado de la universidad por sus propios colegas. Se trasladó a Francia siguiendo al ejército de Napoleón y se estableció en París, donde murió. Antes de salir de España había empezado a traducir obras francesas: Ester y Británico de Racine se representaron con cierto éxito, aunque no llegaron a imprimirse; se le atribuye asimismo la traducción de la tragedia de Sauvigny Hirza ou les Illinois, con el título Religión, patria y honor triunfan del más ciego amor, que se publicó sin nombre de traductor en 1806. Durante la guerra de la Independencia publicó una Carta de un patriota español y un Discurso sobre la toma de Tarragona por las tropas francesas. Y, ya en Francia, dio sus dos traducciones más importantes, la de La Henriada de Voltaire (1816) y la del Arte poética de Boileau (1817). Redactor: Francisco Lafarga

Leandro Fernández de MoratínLeandro Fernández de Moratín (Madrid, 1760-París, 1828) fue hijo del escritor Nicolás Fernández de Moratín. Empezó trabajando de joyero, y fue premiado en 1779 y 1782 por la Real Academia en dos certámenes de poesía; pasó un año en Francia en 1787 en calidad de secretario de Cabarrús por recomendación de Jovellanos; en 1789 publicó su sátira La derrota de los pedantes; estrenó poco después dos comedias, El viejo y la niña (1790) y La comedia nueva, sátira de los éxitos teatrales de la época (1792), y el mismo año viajó otra vez a Francia, pasando rápidamente a Inglaterra por temor a la Revolución, y de allí, ya protegido por Godoy, a Italia, redactando unas Apuntaciones sueltas de Inglaterra y el Viaje de Italia, ambos publicados con sus Obras póstumas (1867-1868). A su regreso (1796), se le nombró secretario de la Interpretación de Lenguas, y director (1799) de una Junta de dirección y reforma de los teatros, cargo al que renunció. Durante aquel periodo de estabilidad y desahogo material, se representaron sus tres últimas comedias, El barón (1803), La mojigata (1804) y su obra maestra, El sí de las niñas (1806). Durante la guerra de la Independencia, libre ya de la censura inquisitorial, reeditó en 1811 la relación, publicada en 1611, del Auto de fe celebrado en Logroño en 1610, comentándola con notas satíricas y anticlericales. Nombrado bibliotecario mayor de la Biblioteca Real, dio a luz una adaptación de Molière, La escuela de los maridos (1812), pero tuvo que huir a Valencia después de la victoria de Los Arapiles, llegando por fin a Barcelona, donde estrenó otra adaptación del comediógrafo francés, El médico a palos (1814). Pasó a Italia en 1817 y regresó a Barcelona en 1820, donde publicó las Obras póstumas de su padre (1821). Huyendo de una epidemia se estableció en Burdeos, donde trabajó en la edición de varias obras suyas y vivió en casa del exalcalde de corte Manuel Silvela, refugiado como él y que dirigía un colegio para españoles; vivió en medio de compatriotas, entre ellos su amigo Goya. En 1825 se publicaron en París, por Auguste Bobée, sus Obras dramáticas y líricas. Dos años después, habiéndose trasladado los Silvela a París, fue a reunirse con ellos y, dos meses escasos después del fallecimiento de Goya en Burdeos, un cáncer de estómago puso fin a su vida (1828). Dejaba manuscrito, por no haber conseguido publicarlo con Bobée, su estudio sobre los Orígenes del teatro español, que se había de incluir en la edición de 1830 por la Academia de la Historia. Redactor: René Andioc.

José García de Villalta (Sevilla 1801 (?)-1846) fue, además de escritor, periodista. De ideología liberal, emigró a Francia y a Suiza. A su regreso colaboró en la revista El Siglo (1834) de la que fue fundador, entre otros, junto con Ventura de la Vega, Antonio Ros de Olano y Espronceda quien, por cierto, le dedicó un poema: «A ti de las musas/alumno querido,/mi dulce Villalta,/mis versos te envío». Fue autor de El astrólogo de Valladolid (1839), comedia histórica en cinco actos y en verso, y de El golpe en vago: cuento de la 18ª centuria (1835), novela anticlerical. Como traductor, destacan, además de El último día de un reo de muerte de Hugo, el Macbeth de Shakespeare en 1838 y la Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón de Washington Irving en 1834. Redactor: Antonio Álvarez de la Rosa

Francisco Gutiérrez-Brito, Su carrera profesional abarca las facetas de periodista, escritor, traductor y político. Después de residir bastantes años en París, donde ejerció de corresponsal para varios periódicos madrileños, regresó a España a principios del siglo XX tras haber sido elegido diputado a Cortes. Su producción incluye especialmente traducciones del francés, aunque también escribió varias obras originales, y en ambos casos la temática es variada (historia, literatura y física, entre otros campos). Tradujo dos novelas de Walter Scott: Kenilworth (París, Garnier Hermanos, 1906), y Waverley o Hace sesenta años (París, Garnier Hermanos, s. a.), esta última con Isidoro López Lapuya. Redactor: José Enrique García González.

Tomás de IriarteTomás de Iriarte (Puerto de la Cruz, 1750-Madrid, 1791). Pertenecía a una familia de intelectuales y poetas y fue educado en Madrid dentro de la tradición francesa por su tío Juan de Iriarte, que fue condiscípulo de Voltaire en un colegio de París. Pronto entró en contacto con los círculos literarios de la capital y empezó a traducir obras francesas a partir de 1768. En 1770 escribió su primera obra de teatro, Hacer que hacemos, que sin embargo no llegó a estrenarse. Tras la muerte de su tío, heredó su cargo de oficial traductor de la Secretaría de Estado y accedió a la dirección del Mercurio histórico y político. Se convirtió en el prototipo del intelectual y cortesano afrancesado de la época de Carlos III, a la vez que era conocido por las variadas polémicas literarias y extraliterarias que provocó y sostuvo; una de ellas, dirigida contra personas e instituciones eclesiásticas, le acarreó problemas con la Inquisición, que le acusó de «seguir errores de los filósofos ultrapirenaicos». Una de las causas del procesamiento fue una sátira de 1786, Metrificatio invectivalis contra studia modernorum, en la que irónicamente se pronuncia contra las ciencias físicas, naturales, matemáticas, la astronomía, etc. y alaba las disputas de escuelas, prácticas rutinarias, limitación de estudios, etc. En 1773 publicó una sátira literaria, Los literatos en cuaresma, fundamental para conocer la profesión literaria de la España dieciochesca. Es una de las figuras más características de la tertulia literaria y artística de la fonda de San Sebastián, donde entabló amistad con Moratín y Cadalso. Su traducción del Arte poética de Horacio (1777) es programática de su orientación clasicista y fue muy discutida. Gran éxito tuvo su poema didáctico La música (1779), que fue traducido al inglés, al francés, al alemán y al italiano. La fama literaria le vino a Iriarte por sus Fábulas literarias (1773), otra muestra de su interés por la educación y los asuntos didácticos. Él mismo insistía en que no eran imitaciones de las de Esopo, sino textos originales conformes a la poética neoclásica y que tenían por fin mejorar los gustos literarios de los lectores y la producción literaria de su época. También en sus comedias al gusto francés, neoclásicas todas ellas, se refleja su preocupación por los problemas derivados de la educación de los hijos: El señorito mimado (1783) trata de un señorito irresponsable que en lugar de estudiar se dedica al juego y La señorita malcriada (1788) de la excesiva tolerancia que algunos padres conceden a sus hijas. A esta temática se ajusta perfectamente El nuevo Robinsón (1789), versión del alemán Campe. Su última obra dramática, El don de gentes (1790), no llegó a estrenarse. En Guzmán el Bueno (1791) introdujo el monólogo dramático con acompañamiento de orquesta. De su faceta como humanista ha dejado algunas composiciones neolatinas y, fundamentalmente, traducciones de clásicos latinos, en concreto Horacio, Virgilio y Fedro. Es de destacar, además, que cuidó de la edición de la Gramática latina de su tío Juan. Gran parte de su producción puede leerse en la propia Colección de obras en verso y prosa, que él mismo preparó en 1787, aumentada y corregida posteriormente en la edición de 1805. También hay que recordar que al morir en 1791, con solo 41 años, dejó inéditas unas Lecciones instructivas sobre la Historia y la Geografía, que se publicaron en 1794 y que hasta 1878 se reimprimieron nada menos que 38 ocasiones. Redactor: Francisco Salas Salgado.

Luis Lamarca y Morata (Torrente, 1793-Valencia, 1850) era hijo del ingeniero mecánico Luis Lamarca Artola y de Antonia Morata Pellicer. En Torrente pasó los primeros años de su infancia hasta finales de 1796, en que la familia se trasladó a Valencia; allí realizó los estudios primarios y más tarde los de Humanidades. Estudió gramática latina con el maestro Maura y asistió a la academia nocturna de gramática francesa de Bouynot. Muy joven, y con motivo de la guerra de la Independencia, se alistó en un regimiento de artillería, donde permaneció siete años. Mantuvo una cordial relación con su capitán Ildefonso Díez de Ribera, conde de Almodóvar, como él liberal y más tarde preso en las cárceles de la Inquisición. El alzamiento de Riego sacó a ambos de la prisión y aclamó al conde de Almodóvar como capitán general de Valencia. Fueron años de gran agitación política motivada por las luchas entre las dos facciones en que se había escindido el liberalismo. Lamarca fue un personaje inquieto, polémico, heredero de la tradición iniciada por los preilustrados valencianos. Su gran personalidad está conformada por su faceta de autor literario, su actividad política en el bando liberal, sus vicisitudes y vivencias en el extranjero (exilado en Francia e Inglaterra), su labor como traductor, su trabajo en el ayuntamiento de Valencia y más tarde en la Diputación y en el Consejo Provincial. Durante el Trienio liberal (1820-1823) entró a trabajar en el Ayuntamiento como ayudante en la secretaría, y tuvo a su cargo la redacción de las actas de las sesiones de la corporación, así como los bandos y edictos políticos. El fin del período liberal trajo consigo el regreso al ayuntamiento de los cesados en 1820 y la subsiguiente expulsión de los empleados liberales. Lamarca fue reclutado de nuevo para la milicia sin tenerle en cuenta los siete años que había pasado como artillero en el ejército. Ante esta situación prefirió emigrar a Francia e Inglaterra. En el exilio contó con la protección de una familia valenciana, la del editor Vicente Salvá, que le ofreció trabajo en sus establecimientos de París y Londres, iniciando con ellos una considerable tarea como traductor. Sabemos que tradujo mucho tanto del inglés como del francés, que era muy amigo de los principales editores valencianos como Ferrer de Orga, Salvá, Cabrerizo, Mallén y Berard, Miguel Domingo e Ildefonso Mompié, y que, sin duda alguna, tradujo muchas novelas para ellos. Introdujo el pensamiento europeo desde las traducciones que realizó al castellano de obras, entre otros, de Víctor Hugo, Chateaubriand, Norvins, Irving, Buffon, el vizconde d'Arlincourt, Cohen, etc. Se le atribuyen la Historia de Napoleón del barón de Norvins, Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, El Buffon de los niños del conde de Buffon, El renegado o el triunfo de la fe del vizconde d'Arlincourt, Isidoro o el paje misterioso de Cohen, El lente. Novela satírico-moral de autor desconocido, etc. Como miembro de la Sociedad Literaria participó en la versión de obras de Chateaubriand y en otras muchas traducciones que se publicaron sin su firma. Al regreso del exilio mantuvo relaciones con un grupo de jóvenes intelectuales que habían creado una academia, la Academia Apolo, que se convirtió en un incipiente foco del romanticismo. Fue socio de número de la Sociedad de Amigos del País y de mérito del Liceo Valenciano. También fue un asiduo a las tertulias político-literarias que organizaba Mariano Cabrerizo en su casa de Valencia para difundir las ideas románticas a la vez que la agitación literario-política. Lamarca fue habitual colaborador de diarios y revistas. Son notables sus escritos en El Turia. Periódico de agricultura, artes, comercio, literatura y ciencias, de tendencia liberal. También lo hizo en La Verdad, continuador del Turia, y en El Diario de Valencia. A su vez colaboró en las revistas El Fénix, semanario de literatura, arte, historia y teatro y en El Liceo Valenciano. Al regresar a Valencia, sus amigos liberales le colocaron en la Diputación Provincial como oficial de la secretaría, donde llevaba la sección de censor de teatros (era un gran aficionado a la escena, llegando a representar como actor diferentes comedias), luego fue oficial mayor, secretario interino y secretario en propiedad. En 1843 se le propuso para ocupar la plaza de secretario de la recién creada Junta de Centralización de Fondos del IV distrito militar. Al constituirse el Consejo Provincial de Valencia, la principal institución para su gobierno político, Lamarca fue nombrado uno de sus cinco consejeros. Durante los años de dedicación a la Diputación, publicó numerosos trabajos sobre historia y temas eruditos. Son monografías de corta extensión, editadas todas en la imprenta de su amigo José Ferrer de Orga. En 1831 apareció la obra Valencia vindicada en el carácter de sus naturales; y en 1838 la Noticia histórica de la conquista de Valencia por el rey D. Jaime I de Aragón. Le siguió en 1839 el Ensayo de un Diccionario valenciano-castellano. En 1840 apareció El teatro en Valencia desde su origen hasta nuestros días, al que siguió su último libro, editado en 1848, Valencia antigua o sea relación de las puertas, calles y plazas que tenía dicha ciudad en los siglos más inmediatos a la conquista y las que respectivamente les corresponden en el día. Se tienen noticias de que escribió poesías, un ensayo Sobre el arte dramático. Apuntes sobre el arte de representar y una obra inédita titulada Dos tardes de paseo. Redactor: Javier Villoria Prieto.

Eugenio Llaguno y AmírolaEugenio Llaguno y Amírola (Menagaray, 1724-Madrid, 1799). Político y escritor español, Se trasladó a Madrid (antes de 1744) y residió en casa de su pariente Agustín de Montiano y Luyando; bajo su protección entró en la Secretaría de la Cámara de Gracia y Justicia y de la Cámara de Estado de Castilla, para llegar a ser, sucesivamente, secretario del primer Despacho de Estado, secretario de gobierno de la Suprema Junta de Estado, ministro consejero secretario del Despacho Universal de Gracia y Justicia y, también, consejero de Estado. Consagró su vida a servir a la administración borbónica, a la causa ilustrada y al neoclasicismo. En su condición de hombre de letras debió asistir a las tertulias de la marquesa de Sarria. Fue amigo de Tomás Antonio Sánchez, de Nicolás Fernández de Moratín -otro alto servidor de la casa real- y de su hijo Leandro, e inicialmente de Juan Pablo Forner y Tomás de Iriarte. Jovellanos le dedicó su epístola III y Juan Meléndez Valdés se refiere a él en el Elogio de la vida campestre llamándole Elpino. Fue miembro de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País y de la Real Academia de la Historia, en la que ocupó el cargo de secretario (véase Palacios Fernández 1984a), y perteneció a la orden militar de Santiago. Se encargó de la edición de 1789 de la Poética de Luzán, y, según Cayetano A. de la Barrera, «renovó en la Academia el pensamiento de la publicación y reimpresión de nuestras antiguas Crónicas. Cinco de ellas, las de don Pedro de Castilla, don Enrique II, don Juan I, don Enrique III y don Pedro Niño, conde de Buelna, debieron su ilustración al señor Llaguno, imprimiéndose en los años de 1779 y 1782, con curiosos o importantes apéndices» (La Barrera 1860: 229a). Con el nombre de Patricio de España, publicó, en 1765, la traducción de la Crianza física de los niños de Ballexerd. Redactó unas Noticias de los arquitectos y Arquitectura de España, que legó a su amigo Juan Agustín Cean Bermúdez para que las incorporase a su Diccionario histórico de los profesores españoles de Bellas Artes; aunque de hecho no se publicaron, sueltas, hasta 1829, por expreso deseo de Fernando VII. En el ámbito teatral, publicó en 1754 su traducción de Athalía de Jean Racine (no representada hasta 1804) y se le atribuye la versión de La joven isleña de Chamfort, que permanece inédita. Por otra parte, sus Apuntes para la historia de la poesía no dejan lugar a dudas de su adscripción neoclásica, sin que se observen grandes diferencias respecto a la preceptiva de su maestro, Ignacio de Luzán. Redactora: Nathalie Bittoun-Debruyne y Josep M. Sala Valldaura.

Isidoro López Lapuya. Combinó la labor de escritor con la de traductor del francés, con obras literarias, filosóficas y de contenido histórico que se publicaron en España y Francia. De Walter Scott tradujo dos novelas: Carlos el Temerario: Ana de Gaierstein [sic por Geierstein] o la Hija de la Niebla (París, Garnier Hermanos, 1909), y Waverley o Hace sesenta años (París, Garnier Hermanos, s. a.), esta última con Francisco Gutiérrez-Brito. Redactor: José Enrique García González.

Guillermo Macpherson Hemas (Gibraltar, 1824-Madrid, 1898) fue diplomático, traductor y naturalista. Perteneciente a una próspera familia de mercaderes asentados en Cádiz, Guillermo Macpherson fue el tercero de los once hijos de Donald Macpherson, inmigrante escocés, y Josefa Hemas. Pese a haber nacido y pasado los primeros años de su vida en Gibraltar, a donde su familia se había trasladado para escapar de la represión política de Fernando VII, Macpherson pasó la mayor parte de su vida en Cádiz. Allí participó en las actividades mercantiles familiares y en la intensa vida literaria de la ciudad. Sus primeros intereses se centraron en la geología y la prehistoria, y fruto de ellos lo constituyen sus primeras publicaciones, La cueva de la mujer (Cádiz, 1870-1871), en donde da cuenta de los resultados de sus excavaciones en Alhama de Granada, y Los habitantes primitivos de España (Madrid, 1876). Entró a formar parte de la Sociedad Española de Historia Natural (SEHN) en 1872, y su influencia fue determinante en la vocación de su hermano José, uno de los geólogos españoles más importantes del siglo XIX. La afición de Macpherson por la literatura fue muy temprana, como lo demuestran la fundación a los quince años de la sociedad literaria La Amistad (1839) con su amigo Eduardo Benot, con quien también publicó el periódico La Alborada en 1844. Cuando Adolfo de Castro creó la Academia de Buenas Letras Alfonso el Sabio de Cádiz en 1854, Macpherson fue uno de los promotores de la empresa. Profesionalmente, dejando de lado las diversas empresas financieras en las que participó, Macpherson fue funcionario del servicio consular británico en Cádiz y Sevilla entre los años 1865 y 1877. En 1878 fue nombrado vicecónsul en Madrid, y cónsul en 1885. Coincidiendo con el empuje que experimentó su carrera diplomática, Macpherson comenzó a publicar un importante número de traducciones shakespearianas, si bien la primera (Hamlet, príncipe de Dinamarca) ya había aparecido en Cádiz en 1873. Entre 1879 y 1882 se publicaron en Madrid siete versiones de dramas shakespearianos: una segunda versión revisada de Hamlet en 1879 y una tercera en 1882, dos ediciones de Romeo y Julieta (1880 y 1882), Macbeth (1880), Otelo (1881) y Ricardo III (1882). Posteriormente, la colaboración entre Macpherson y el editor Luis Navarro hizo posible que se publicaran un total de veintitrés traducciones de Shakespeare en la colección la «Biblioteca Clásica» (1885-1897), que incluyen las ya publicadas por el traductor más dieciséis nuevos títulos. El éxito de estas traducciones fue incuestionable, hasta el punto que llegaron a eclipsar a otras versiones rivales que aparecieron durante la misma época. Este éxito, debido tanto a la calidad de las traducciones como a la solidez de la colección, hacen de Macpherson uno de los traductores más importantes de Shakespeare en la segunda mitad del siglo XIX, y referencia obligada para evaluar el impacto de la presencia shakespeariana en España. Redactora: Laura Campillo Arnáiz.

José Marchena (Utrera, 1768-Madrid, 1821), fue comúnmente conocido como el abate Marchena por haber estudiado teología, aunque no pasó de las órdenes menores. Se le considera por sus ideas, escritos y modo de vida como un personaje controvertido y provocador, lo que le otorga para sus estudiosos un atractivo singular que llega hasta nuestros días. Calificado como afrancesado por su vinculación con el país vecino en tiempos de la Revolución y por la defensa ardiente de ideas liberales contra el régimen imperante en España, fue perseguido por el Santo Oficio y mal visto también en Francia, donde se había exiliado, valiéndole su comportamiento la prisión. Allí colaboró en L'ami du peuple y se codeó con la élite intelectual de la época, que le mostró en principio su deferencia. Exhibió asimismo buenos conocimientos en matemáticas, filosofía, economía y literatura. Cultivó con éxito la poesía, el teatro, el periodismo y la traducción literaria del francés y del latín al castellano. Regresó a España durante el gobierno de José Bonaparte, ejerció como redactor de la Gaceta y fue archivero mayor del Ministerio del Interior. Con la proclamación de las Cortes de Cádiz, en 1813, se vio obligado nuevamente a exiliarse en Francia. Se dedicó entonces a traducir a Voltaire y a Rousseau y se consagró a la historia de la literatura. Murió en Madrid, adonde había regresado un año antes tras el levantamiento de Riego y el triunfo del liberalismo. Redactor: Rafael Ruiz Álvarez.

José Mor de Fuentes José Mor de Fuentes (Monzón, 1762-1848) fue oficial de la Armada y ejerció de ingeniero naval hasta que en 1796 abandonó la carrera militar para dedicarse al cultivo de las letras. Inició su actividad literaria con una edición de Poesías (1796), muy influenciadas por sus lecturas de los clásicos y los poetas ingleses, así como por la poesía de su admirado Juan Meléndez Valdés. La guerra de la Independencia y los acontecimientos políticos posteriores dieron lugar más tarde a una poesía épica de tintes patrióticos, y a la fundación de un periódico, El Patriota, que llegó a convertirse en portavoz de las ideas liberales próximas al espíritu renovador constitucional de Cádiz. Fue también dramaturgo (El calavera, 1800; La mujer varonil, 1800; El egoísta o el mal patriota, 1813; La fonda de París, 1836) y es autor de una de las novelas españolas originales más destacadas del momento, La Serafina (1807). De su admiración por Cervantes dejó testimonio en su Elogio de Miguel de Cervantes (1837), así como de otros escritores de su generación: para el impresor barcelonés Antonio Bergnes de las Casas editó las Obras de Leandro Fernández de Moratín (1834), el Teatro de Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1836) y las Poesías de Juan Meléndez Valdés (1838), y publicó un Elogio de D. Nicolás de Azara (1840). Hay que destacar también que José Mor cultivó un género raro aún en las letras españolas, la autobiografía (Bosquejillo de su vida y escritos, 1836). En diferentes momentos de su vida, Mor de Fuentes se dedicó a la traducción. Fiel a su interés por los clásicos, en los inicios de su carrera publicó en la prensa algunas traducciones poéticas de Horacio y, sobre todo, el Ensayo de traducciones que comprende La Germania, El Agrícola y varios trozos de Tácito con algunos de Salustio […] y una epístola a Tácito (1798), esta última en colaboración con Diego Clemencín. La obra tiene especial interés porque en su «Discurso preliminar» Mor de Fuentes desarrolla sus ideas sobre la traducción. La mayoría de sus traducciones, sin embargo, datan de los años treinta del siglo XIX, cuando, tras una estancia en París al inicio de la década, se instaló en Barcelona, y comenzó una fructífera colaboración con Bergnes de las Casas. Tradujo entonces, entre otros textos menores, las voluminosas Historia de la Revolución de Francia de Adolphe Thiers (1836), Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano de Edward Gibbon (1842) y, sobre todo, dos de las novelas más importantes del siglo XVIII, Las cuitas de Werther (1835) de Goethe, en versión hecha directamente del alemán, y Julia o la Nueva Heloísa de Jean-Jacques Rousseau (1836-1837). Redactora: Mª Jesús García Garrosa.

Eugenio de Ochoa (1815-1872) es conocido en el panorama de la literatura española por sus propias obras de creación que comprenden distintos géneros, así como por sus labores de compilador, traductor, crítico y editor. Vasco de nacimiento, cursó sus primeros estudios en Madrid completando su formación en París donde tomó contacto con los máximos exponentes del romanticismo francés. Su predilección por la pintura se vio truncada por problemas de salud y, a su regreso a España en 1834, entró en la redacción del periódico oficial del Estado, la Gaceta de Madrid. Con unos escasos veinte años asumió la dirección de El Artista, revista literaria de corta pero trascendente existencia: el periódico tomaba como modelo la publicación francesa de ese mismo nombre (L'Artiste) de Achille Ricourt, en la cual escribía la propia George Sand. Ochoa y sus colaboradores, disconformes con el nivel cultural de sus compatriotas, perseguían crear un órgano de difusión de las nuevas ideas. Pese a su deseo de apertura este presupuesto conllevaba su contrapartida: Ochoa se había sentido molesto ante las acusaciones que en el extranjero se dirigían a su patria y pretendía desmentirlas reivindicando lo nacional. En otro sentido, la colaboración con I. Sancha, impresor de El Artista, contribuyó a fomentar su producción literaria, además de alimentar su intensa actividad traductora (entre los autores traducidos figuran Victor Hugo, Alexandre Dumas, Quinet, Walter Scott o George Sand). Dicha actividad ocupa un puesto destacado si se tiene en cuenta que desde 1836 hasta 1851 Ochoa traslado al castellano casi un volumen por año. Entre sus propias obras figuran los dramas Incertidumbre y amor o Un día de 1823; las novelas Los guerrilleros y El auto de fe, así como varios cuentos, poemas y biografías de artistas o contemporáneos ilustres. Adquirió gran prestigio como hombre de letras según confirma su ingreso entre los miembros de la Real Academia o su nombramiento de director general de Instrucción Pública. Redactora: Mª Carme Figuerola.

Ignacio de Ordejón. Casi nada se sabe de la vida de Ignacio de Ordejón excepto que era abogado y que residía por entonces en Madrid y que por lo que parece intentó completar sus ingresos con la traducción, al igual que hicieron otros muchos abogados, militares, clérigos y literatos. Siempre tradujo obras del francés. Además de Tom Jones de H. Fielding, constan como versiones suyas Victorina o la joven desconocida de Jean-Claude Gorjy (Madrid, 1798), con reimpresiones en 1804, 1812 y 1837 y, del mismo autor, La familia benéfica o Aventuras de Blanzé referidas por el mismo (Madrid, 1798). También tradujo Los cuadros de la penitencia del obispo Antoine Godeau (Madrid, 1819, 2 vols.), con reedición en 1856. Otras traducciones no llegaron a publicarse: el Tratado sobre el modo de criar sanos los niños, de J. P. Frank (1803) y el libreto de la ópera cómica El Jockei o Cazadorcito de moda de François-Benoît Hoffman, con música de Pierre Solié (1802). Redactor: Eterino Pajares Infante.

Emilia Pardo BazánEmilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851-Madrid, 1951) fue una de las escritoras españolas más eminentes del siglo XIX. Escribió más de quinientas obras utilizando variedad de géneros literarios, aunque se conoce más como novelista. Una de sus mayores contribuciones fue el hecho de propagar el movimiento literario del naturalismo en España, iniciando un gran debate sobre el tema. Su postura busca paliar los idearios extremos de Zola con el cristianismo; en este sentido en 1882 la condesa de Pardo Bazán inició la publicación de su serie de artículos que posteriormente reunió en La cuestión palpitante en 1883. Se dedicó también a la traducción: aparte de su versión de Los hermanos Zemganno de Edmond de Goncourt, publicada en 1891, dio una traducción del volumen París, de Auguste Vitu (1890). Antes había dado versiones de poemas de Eduardo Pondal y de Heinrich Heine, así como la traducción de Adriana Lecouvreur de Scribe y Legouvé y, posiblemente, de Stello de Alfred de Vigny. Redactor: Flavia Aragón Ronsano.

Juan de la Pezuela y Ceballos, conde de Cheste, recorrió en su larguísima vida (1809-1906) todo el siglo XIX español, una de cuyas caras, el tradicionalismo no carlista, simboliza a la perfección. Antonio Urbina, marqués de Rozalejo, publicó en 1935 (2ª edición 1939) una biografía, prologada por Joaquín de Entrambasaguas, titulada Cheste o todo un siglo 1809-1906. El isabelino tradicionalista (Madrid, Espasa Calpe). Esta biografía es, junto un completo repertorio de temas y obsesiones franquistas, una exaltación de la figura de Cheste como contrapunto del liberalismo masón que el autor considera el error esencial del siglo XIX. Juan de la Pezuela, hijo del virrey del Perú Joaquín de la Pezuela, fue militar, participó en la primera guerra carlista en el bando isabelino y fue capitán general de Madrid, jefe del ejército en Cuba y Puerto Rico (donde fundó la Real Academia de Buenas Letras) y capitán general de Cataluña en 1867, donde sofocó la rebelión del Priorato. También fue político conservador, ministro de Marina, Comercio y Ultramar (1846), senador, académico desde 1845 y director de la Real Academia de la Lengua desde 1875. Como literato es autor de un poema épico, El cerco de Zamora, y de una comedia, Las gracias de la vejez, así como de un volumen de poesías. Como traductor es uno de los nombres canónicos de la traducción en el siglo XIX a pesar de que, incluso en su época, sus versiones fueron objeto de polémica. Tradujo grandes obras del canon occidental como La Jerusalén libertada de Torquato Tasso (Madrid, 1855), Los Lusiadas de Luiz Camões (Madrid, 1872), La Divina Comedia de Dante (Madrid, 1879) y Orlando furioso de Ludovico Ariosto (Madrid, 1883). Rredactora: Elena Losada Soler.

Fernando Nicolás de Rebolleda. No se sabe prácticamente nada la vida de Fernando Nicolás de Rebolleda, conocido de modo exclusivo por ser el autor de la versión castellana de Les aventures de Télémaque de Fénelon, publicada en Madrid en 1803. Menéndez Pelayo no lo menciona en su Biblioteca de traductores españoles, como de hecho suele ocurrir con la mayoría de traductores posteriores al siglo XVIII, por lo que podríamos deducir que Rebolleda debía de ser bastante joven cuando publicó su traducción del Telémaco, o en todo caso, era un completo desconocido antes de dicha traducción. En su brevísima «advertencia del traductor» que aparece al inicio de la primera edición de 1803 no consta ninguna referencia que nos pueda orientar sobre su biografía. Con mucha cautela, nos atreveríamos a sugerir a este respecto, analizando detalladamente el prólogo de Rebolleda a su edición bilingüe de Las aventuras de Telémaco de 1829 (Madrid, Fuentenebro), que probablemente en dicha fecha aún vivía. Redactor: Juan F. García Bascuñana.

Pascual Genaro Ródenas. Poca cosa se sabe de Pascual Genaro Ródenas. En la obra de Gaspar de Jovellanos (1811), se le cita como oficial de la secretaría del Gobierno Central (Junta Suprema Central gubernativa de España e Indias). Según la heráldica aragonesa, Ródenas fue Vocal de la Comisión de Liquidación de Deuda con Francia, en 1830, concediéndole los honores de Intendente del Ejército. Por otra parte, el portal temático «Antigua. Historia y arqueología de las civilizaciones» de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recoge diversos documentos que demuestran la presencia y actuación de Ródenas en las excavaciones romanas de Cártama (Málaga), entre los años 1830 y 1834. No es extraño así que en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando conste como Académico de Honor y Honorario en 1836: fue nombrado el 18 de septiembre, a propuesta de otro académico de honor, Juan Nicasio Gallego. En esta academia, se manifiesta que es «intendente de Ejército y Provincia» y se le nombra «en consideración a su instrucción, amor a las nobles artes y demás circunstancias que le adornan». Se conserva también una carta suya acusando recibo del nombramiento y dando las gracias, fechada en Madrid el 18 de octubre de 1836. Anteriormente (de noviembre de 1834 a julio de 1835) había sido presidente de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz. Como autor consta únicamente que realizara la traducción de Atala de Chateaubriand, publicada en 1803. Redactor: Marta Giné Janer.

Dionisio Villanueva y Ochoa (Córdoba, 1774-Madrid, 1834) era el verdadero nombre de quien fue, en su sentido más pleno, un hombre de teatro. Después de estudiar música, retórica y poética en Sevilla y de trabajar como violinista con una compañía de cómicos, llegó a Madrid en 1793. Desde 1799 fue primer apuntador del teatro de la Cruz y más tarde también del Príncipe, oficio que no dejó hasta 1819. Para los teatros de la capital tradujo y refundió obras, y al teatro estuvo ligado también por su matrimonio con una actriz, María Ribera, y su amistad con grandes actores como Isidoro Máiquez. Su actividad como traductor teatral comprende una quincena de títulos. El primero de ellos es Misantropía y arrepentimiento (1800), drama alemán de August Kotzebue, traducido a partir una versión francesa. Le siguieron versiones de Corneille (Camila), Voltaire (Mohanmed, La sevillana), Alfieri (Virginia, Orestes), Gresset (El enredador), Saint-Cyr (El delirio o las consecuencias de un vicio), Chénier (Juan de Calás o la escuela de los jueces), Shakespeare (Romeo y Julieta, a través de la versión francesa de Ducis) y Ducis (Zeidar o la familia árabe), entre otras comedias, tragedias y óperas traducidas del francés y del italiano, además de alguna de atribución aún dudosa. Solís escribió también una decena de comedias y tragedias originales (Las literatas, La pupila, La comparsa de repente, Blanca de Borbón, Tello de Neira), pero su nombre está asociado especialmente a las refundiciones del teatro barroco. Sus veinticinco adaptaciones de Calderón, Lope, Tirso, Moreto y otros dramaturgos áureos reavivaron el gusto por el teatro clásico español desde la segunda década del siglo XIX, cuando este teatro no gozaba ya de tanto favor de público como en el XVIII, y sirvieron en cierto modo de puente hacia el desarrollo del drama romántico. Buena parte de sus obras quedaron manuscritas, tanto las originales como las traducidas o refundidas, pero se representaron con éxito y le ganaron la estima de otros dramaturgos contemporáneos y de la crítica, que apreció sus dotes como versificador y la riqueza de su lenguaje en sus traducciones y obras originales y su acierto al reinterpretar a los clásicos sabiendo al tiempo imitar su estilo y adaptar sus obras a los preceptos de la nueva estética. Redactor: Mª Jesús García Garrosa.


 
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