Saltar al contenido principal

Aurora Luque

Semblanza crítica

Nacida en Almería en 1962, Aurora Luque pasó su infancia en la Alpujarra, y realizó sus estudios de Filología Clásica en la Universidad de Granada. Es profesora de griego, y colabora como articulista de opinión en el malagueño Diario Sur (sus artículos están recopilados en Los talleres de Cronos, Málaga, Ateneo de Málaga, 2006). Al margen de su actividad como creadora y traductora de poesía, se ha ocupado también de tareas editoriales, siempre en relación con la lírica; así, ha dirigido la colección de poesía «Cuadernos de Trinacria» y codirige con Jesús Aguado la colección de poesía internacional «MaRemoto». Recientemente ha fundado la editorial «Ediciones Narila».

Como poeta, es un ejemplo fértil y poco frecuente de la capacidad de establecer analogías entre cultura -de neta estirpe grecolatina, preferentemente- y biografía personal, entre creación y traducción, entre originalidad e inserción en (pero no sometimiento a) la tradición elegida. Aunque su aparición como creadora se produjo en 1982, con el cuaderno de poemas Hiperiónida, la consolidación de su peculiar dicción es ya totalmente perceptible en Problemas de doblaje, libro distinguido con un accésit del premio Adonais de 1989, y aparecido al año siguiente. A partir de entonces, la andadura poética de Aurora Luque está jalonada de libros (atenidos a su personalidad reconocible, pero nunca meramente redundantes respecto al modelo que ella ha construido) y de premios. Entre los últimos, ha sido galardonada con el «Rey Juan Carlos», concedido a Carpe noctem (1994); «Andalucía de la Crítica» a Transitoria (1998), y «Fray Luis de León» a Camaradas de Ícaro (2003).

Su poesía se aleja del verbalismo y de la exterioridad culturalista a que pudieran empujarla los motivos de que se nutre y la riqueza del ritmo y del cromatismo de su escritura. En el universo cultural de sus poemas van decantándose el pálpito emotivo y la reflexión acendrada. Sometida al cedazo sucesivo de la sensibilidad autorial, ha ido pronunciándose selectivamente en antologías como Las dudas de Eros(2000), Portuaria (Antología 1982- 2002) (2002) y Carpe verbum (2004). La lectura de éstas permite ponderar lo que hay en su escritura de continuidad y de enriquecimiento, de reiteración en lo constitutivo y de ahondamiento y progresiva afinación de su voz. Los poemas de Aurora Luque han sido traducidos al inglés, italiano, rumano, griego, alemán, francés, sueco, esloveno, chino, árabe, holandés y portugués.

Por su parte, su labor como traductora, que tan ferazmente ha incidido en -y se ha alimentado de- su propia producción poética, abarca a diversos autores, lenguas y épocas históricas. Así, ha traducido a Meleagro de Gádara (25 epigramas, 1995) y a María Lainá (Los estuches de las células, 2004; en colaboración), y preparado la edición y traducción de poesía erótica griega en Los dados de Eros (2000) y de Safo (Poemas y testimonios, 2004). En la actualidad trabaja en las traducciones de Renée Vivien y Luisa Sigea, de inmediata aparición. Ha realizado ediciones de la dramaturga María Rosa de Gálvez (El valor de una ilustrada, 2005; en colaboración) y de Mercedes Matamoros (El último amor de Safo, 2003).

De su palabra creadora, de la vinculación entre mundo y lenguaje, del vaivén entre lo conocido y lo incógnito, del sentido, en fin, de su poesía, ha escrito Francisco Ruiz Noguera lo siguiente: «Una búsqueda a través de las palabras: eso es, a fin de cuentas, la poesía. Aurora Luque sabe esto, y por eso, en sus poemas, nos hace saber que es la palabra la única moneda del misterio y que es la memoria, con su garfio de palabras, la que puede trazar el plano verdadero: el mapa personal de toda vida, porque la piel es vertedero de memoria / lo mismo que el poema. Pero no ignora Luque la tensión de un combate irresoluble: los límites de la palabra para abarcar la vida, los esfuerzos titánicos del arte / por aclarar la eterna turbiedad de los días; y sabe -y nosotros con ella- que hay regiones de vida que prohíben / su paso a los poetas; y sabe que siempre queda un terreno por explorar, un lugar secreto que escapa a toda luz: el lugar donde pervive ese depósito en penumbra / de máscaras usadas hacia adentro; sabe que siempre, siempre, en el fondo del alma hay un trozo de papiro ilegible. Por eso siguen teniendo sentido la búsqueda y la poesía: porque en el fondo de todos queda algo por descifrar». Hasta aquí las palabras del crítico y también poeta Ruiz Noguera; desde aquí el tabernáculo a cuya puerta se detienen éstas. Si el tabernáculo es el lugar del signo, un espacio boscoso donde la maleza de apariencia informe puede ser interpretada como una red organizada de sentidos, atendamos a la invitación que aquellas palabras nos hacen, y entremos más adentro en la espesura.

Ángel L. Prieto de Paula