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Calderón de la Barca

Presentación

Portada de la <em>Primera parte de comedias</em>, de Calderón (Madrid, 1640).

Es posible que la celebración, en este cambio de siglo, del cuarto centenario de Calderón, sea recordada algún día por un hecho diferencial: que el dramaturgo que dominó prodigiosamente el arte y el artificio, las técnicas más audaces y sofisticadas del teatro de su tiempo pueda entrar en el espacio de las nuevas tecnologías. Este espacio virtual, caracterizado por el flexible y ágil camino que desdobla imagen y texto, le es acaso más propio que la letra muerta de manuscritos y textos impresos. Un espacio donde encontrar el rastro de una larga biografía (1600-1681) y de una producción tan amplia como heterogénea que, recogiendo el testigo de Lope de Vega, consume y cierra el prodigioso teatro del Siglo de Oro español. Lejos del perfil integrista, católico y sentimental (que existe, pues él fue asimismo contemporáneo de su tiempo), Calderón escribe no para un único escenario sino para muchos: el de la vitalista y a veces disparatada comedia de capa y espada, el de la reflexión eticista de la autoridad, el poder y el instinto, el de la tragedia de una sociedad que, por salvar el honor, asfixiaba al individuo, el del espacio imaginativo, sonoro y simbólico de la comedia palaciega y mitológica, el de la aparente ortodoxia incontestable y teológica de los autos sacramentales (teatro total y épico que, sin embargo, fascinó a Brecht), el del teatro carnavalesco e irreverente de sus entremeses y mojigangas, galería de espejos cóncavos donde poner al revés el mundo serio y trascendente de aquella república de hombres encantados que era España y que él había aprendido a conocer mejor que nadie. Lejos de cualquier banalidad, esta página sobre Calderón no pretende rescatarlo de una pesarosa y erudita historia crítica, pero sí introducirlo en una diáfana disponibilidad didáctica, dar constancia de la obra excepcional y de una guía mínima para la investigación de un dramaturgo universal y clásico sin que para ello deba dejar de ser asequible al hombre actual: no un mero artefacto cultural lleno de complejidad (que lo es) sino, sobre todo, un contemporáneo.