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Diego Saavedra Fajardo

El autor: Apunte biobibliográfico

Saavedra Fajardo, testigo de un mundo crepuscular

La personalidad de Diego de Saavedra Fajardo hay que situarla en la España y en la Europa controvertida de su tiempo. La España de la época era de los reinados de Felipe III y Felipe IV, cuyos intereses defendió en diversas cortes europeas desde los diferentes escalones de una brillante carrera diplomática. La Europa era la de la Guerra de los Treinta Años, la que marcó el declive exterior de la monarquía española, frente a los intereses de la cada vez más poderosa Francia, que culminaría en las épocas del cardenal Richelieu y del cardenal Mazarino. En el marco de este contexto trascendente se desarrolla la vida de Diego de Saavedra Fajardo y también su singular obra literaria, que hemos de enmarcar no en el campo de la literatura de creación sino en territorios de literatura doctrinal, ya que la figura de Saavedra Fajardo no responde al concepto habitual del escritor de su tiempo y su peculiaridad reside precisamente en la variedad de reclamos literarios que adornan su obra.

Diplomático de profesión, y con un largo ejercicio de la misma en diversos países de Europa, Saavedra es escritor político, crítico literario, poeta, filósofo, jurista, y quizá por esta variedad no se ajusta su personalidad al prototipo del escritor de creación que hoy capta la preferencia del público lector. A cambio, sus obras mantienen una insólita vigencia y despiertan el interés de los lectores, sin decaer al paso del tiempo, en sectores intelectuales de diferente origen, ya sean historiadores, filósofos, estudiosos de la historia política y diplomática, juristas de diversas ramas del Derecho, estudiosos de la historia del arte y -naturalmente- críticos y estudiosos de la literatura tanto en el campo de la teoría como en el de la historia literaria. En estos últimos ámbitos -los estrictamente literarios- interesa no sólo su escasa obra de creación, constituida por un breve pero sustanciosa obra poética tanto en latín como en castellano, sino también, -y en una medida aún mayor- su obra de crítica y teoría de las letras, su República literaria, cuya amenidad y curiosidad pueden ser motivo del interés de algunos lectores[1].

Pero es su obra maestra la que se vincula con una mayor facilidad a su valiosa personalidad cultural. Sus Empresas políticas, que se titularon Idea de un príncipe político-cristiano representa en cien Empresas, se constituyen en la obra del ingenio murciano que concita mayores devociones al ser una creación de gran dimensión intelectual, tanto por la riqueza y solidez de su contenido como por la brillantez de la exposición, el rigor de construcción, la variedad de sus fuentes informativas y la inteligencia y carácter empírico de sus planteamientos y soluciones de tipo político. En su Idea de un príncipe político-cristiano, Saavedra consigue lo que pocos escritores en su tiempo: aunar en una obra literaria la información obtenida a través de los libros y la conseguida en la experiencia diaria, en la práctica habitual de su labor de diplomático, aprendida en los foros más adversos y difíciles de su tiempo: el Vaticano y las cortes alemanas del Imperio[2].

Nacimiento y formación, primeros destinos

Nació Diego de Saavedra Fajardo en las proximidades de la ciudad de Murcia, posiblemente en una quinta cercana a Algezares o a La Alberca y fue bautizado en la iglesia de Santa María de Loreto de Algezares el día 6 de mayo de 1584.  Dalmiro de la Válgoma[3] estudió la genealogía de las familias nobles de Murcia a las que perteneció don Diego, sobre todo la materna, la de los Fajardo, que enlaza con los marqueses de los Vélez y con importantes figuras de la historia murciana de los siglos XIV, XV y XVI.

Su padre era don Pedro de Saavedra y Avellaneda y su madre doña Fabiana Fajardo Brián. Fue el menor de los cinco hijos del matrimonio, tras Pedro, Juan, Constanza y Sebastián. Por su condición de segundón fue destinado a realizar estudios de letras que quizá comenzaría, aunque no se ha podido documentar tal extremo, en el seminario de Murcia, pero a partir de 1600 se encuentran estudiando en la Universidad de Salamanca Jurisprudencia y Cánones. Se graduó bachiller el 21 de abril de 1606 y no se sabe si obtuvo una titulación más alta, aunque es posible que la alcanzara ya que en ocasiones es denominado Licenciado y más aisladamente Doctor. Lo más probable es que entre 1606 y 1608 trabajase como pasante en Salamanca y, al terminar la pasantía, obtuviese el título de Licenciado. Tampoco existe documento alguno que demuestre su condición de sacerdote, aunque posiblemente lo fue, debido a que en su testamento deja sus ornamentos sagrados a la iglesia de San Pedro de Murcia. Es seguro que alguna orden tenía, quizá órdenes menores, ya que firma con el título de capellán habitualmente y desempeña canonjías en las catedrales de Santiago de Compostela y Murcia.

Saavedra en Italia

En 1610, posiblemente en junio de aquel año, según conjetura con suficiente convicción Quintín Aldea[4], debió de llegar Saavedra a Italia por primera vez. Quizá había partido el 17 de mayo en el séquito del nuevo Virrey de Nápoles, el conde de Lemos, en el que figuraron otros intelectuales de la época como los poetas hermanos Lupercio Leonardo y Bartolomé Leonardo de Argensola y el dramaturgo Antonio Mira de Amescua. La fecha del 1610 se ha tenido comúnmente entre los estudiosos de Saavedra como la del comienzo de su vida y de su trabajo en Italia que se desarrollaría en aquellas tierras hasta 1630, veinte años en los que se forjó una importante carrera como diplomático y como gestor de los intereses nacionales en territorios extranjeros.

Su primer cargo importante lo desempeña a partir de 1612 como familiar y secretario de la cifra del embajador de España ante la Santa Sede, el cardenal don Gaspar Borja y Velasco, tercer hijo de los sextos duques de Gandía y perteneciente a una de las familias más respetadas en la política y en la diplomacia tanto española como pontificia. Junto a este importante personaje aprendería don Diego muchos de los secretos y muchas de las habilidades de las que luego daría, a lo largo de su vida profesional y de su obra política, tan buena cuenta.

De 1612 son las primeras obras literarias que conocemos de Saavedra. Escritas en latín y en castellano, son unas poesías que figuran al frente del libro Desengaños de Fortuna de Gutierre marqués de Careaga. Luego, habrían de aparecer más poemas de este tipo suyos en otros libros en los años siguientes. Así, al frente de las Tablas poéticas de su paisano el Licenciado Francisco Cascales se imprimirá un epigrama latino firmado por Saavedra, y de 1612 es también el primer manuscrito que se conoce de la que fue su obra primigenia, la República literaria.

Por un memorial escrito por el propio Saavedra en 1644, sabemos que se encargó de los negocios de Nápoles y Sicilia durante cinco años, es decir entre finales de 1612 y 1617. Por estas fechas su nombre aparece en diferentes documentos de interés. Consigue, en 1617, una canonjía de la catedral de Santiago de Compostela, que no llegó a desempeñar por permanecer en Italia, y en consecuencia, hubo de renunciar en 1621. Por otro lado, sus destinos marchan junto al cardenal Borja, entre 1617 y 1623 en la embajada romana como secretario de cifra y provisionalmente, en Nápoles, como secretario de Estado y Guerra, cuando a su superior lo nombra Felipe III Virrey de Nápoles en sustitución del Duque de Osuna.

Con el Cardenal, vuelve a Roma y participa en los cónclaves en los que fueron elegidos papas Gregario XV (1621) y Urbano VIII (1623). En 1622 había estado brevemente en Madrid. A partir de esta fecha, la fama de nuestro diplomático alcanzará dimensiones notables, a juzgar por los ascensos y premios que van recibiendo en su carrera. En 1623 es nombrado Procurador y Solicitador de Su Majestad en Roma, por lo cual levanta su casa de Madrid y se avecina definitivamente en la Ciudad Eterna, y en 1627, el papa Urbano VIII le concede otra canonjía, la de Chantre de la catedral de Murcia, de la que tampoco podría posesionarse y habría de renunciar.

En 1630 lo encontramos en Madrid, en misión secreta, para investigar las actividades de la curia romana en relación con la Nunciatura de Madrid. En marzo de 1631, todavía en Madrid, escribe al Ayuntamiento de Murcia, con el que siempre mantuvo excelentes y permanentes relaciones, recomendándole que construya, tal como él había visto en los ríos de Lombardía, en sus viajes por Italia, un canal navegable, paralelo al río Segura, que una la ciudad con Orihuela y Guardamar, para que el comercio murciano se mejorase con una salida al Mediterráneo.

Y por estos años empieza a tenerse noticia de nuevos escritos, esta vez ya carácter político. El 1.° de febrero de 1630 dedica a don Gaspar de Guzmán su primera obra en prosa, una especie de adelanto de las Empresas, que no llegaría a publicarse en aquella época y no aparecería hasta el siglo XIX: Introducciones a la política y razón de estado del rey católico don Femando. El 29 de diciembre también de 1630 fecha su Indisposizione generale della monarchia de Spagna, en Madrid. Otra vez en Roma, interviene para calmar los ánimos en el conflicto surgido entre el Papa Urbano VIII y el embajador español, el cardenal Borja, cuando éste reclamó al Papa ayuda económica para los ejércitos católicos en su lucha contra los suecos, muy fuertes y victoriosos en ese momento, cuestión que se habría de complicar aún más al designar el rey, con carácter extraordinario, otro embajador de España ante el Papa, el marqués de Castel Rodrigo.

Destinos en Europa Central

La cuestión no se resolvería sino con la salida del Cardenal hacia España, donde alcanzaría muy importantes cargos políticos. Pero Saavedra ya había marchado de Roma, dos años antes, con nuevos destinos en Centroeuropa. Se había despedido de sus superiores, había sido recibido por Urbano VIII en Castel Gandolfo y había partido hacia Baviera pasando por Milán. Allí coincide con la comitiva del cardenal-infante don Fernando, que debió causarle mucha impresión por su boato, tal como han señalado sus biógrafos y posiblemente el despliegue por calles y plazas de la comitiva, los arcos triunfales llenos de emblemas, símbolos y lemas, hubieron de influir en su imaginación y en la concepción, que ya debía estar cavilando, de las Empresas.

Es, por tanto, a partir de 1633, designado ya Residente ante Maximiliano de Baviera, cuando se desarrolla la actividad europea más intensa de don Diego. Al llegar a Braunau, lugar de residencia del Duque bávaro, los conflictos entre los poderosos del imperio alemán son muchos, ya que se hallan divididos entre los partidarios de la Contrarreforma y aliados de Francia (El Duque de Baviera era uno de ellos, por lo que sus territorios habían sido invadidos por el rey de Suecia) y los que no lo eran, entre ellos el jefe del ejército imperial, el poderoso General Wallestein-Duque de Friedland, que luego sería asesinado en 1634 y, muchos años después se convertiría en el protagonista de una trilogía dramática de Federico Schiller.

La intención de la cancillería de Felipe IV era españolizar la política del Duque bávaro, gestión que le fue encomendada a Saavedra. En 1634 se daría la importantísima batalla de Nördlingen, decisiva para el desarrollo de la guerra de los Treinta Años, entre el ejército sueco y las tropas católicas del cardenal-infante y su cuñado el rey Fernando III de Hungría y Bohemia y Archiduque de Austria, que más tarde llegaría a ser emperador de Alemania (1636). A esa elección, celebrada en la Dieta de Ratisbona (Regensburg) asistiría Saavedra Fajardo.

De la importancia diplomática de su actividad durante este tiempo dan buena cuenta los diferentes estudios publicados en torno a las gestiones vitales para la corona española por parte de Saavedra Fajardo, especialmente los libros de Fraga Iribarne y de Quintín Aldea[5]. Y también quedan testimonios de este interés en los diferentes textos realizados por Saavedra de carácter más o menos literario, en los que se percibe su buen conocimiento del terreno y sus cualidades como diplomático y gestor. Entre estos papeles, caben citarse la Respuesta al manifiesto de Francia, de 1635, en la que Saavedra, como réplica a la declaración francesa de guerra contra España de aquel año, publica este escrito fingiendo ser un caballero francés dirigiéndose a su rey; el Discurso del estado presente de Europa, de 1637, escrito en Ratisbona; o el Dispertador de los trece cantones esguízaros, de 1638. Ese mismo año da a conocer la Relación de la jornada del Condado de Borgoña, informe sobre la misión de paz que le había llevado al Franco Condado aquel año, muy activo para él, ya que ese mismo 1638, en abril, había estado en Mantua para llevar a cabo unas también delicadas negociaciones ante la duquesa de Mantua.

Saavedra imprime sus Empresas políticas

Entre 1638 y 1642 participó nueve veces como embajador plenipotenciario en las dietas de los cantones suizos. De todos estos años, el más importante para nuestro diplomático fue 1640 y no sólo porque había de ser ascendido por Felipe IV al cargo de Plenipotenciario por el Círculo de Borgoña en la Dieta Imperial de Ratisbona, sino porque el día 10 de julio, en Viena, firmaría la dedicatoria de sus Empresas políticas, que habrían de ver la luz, antes de fin de año, en Munich.

En su introducción «Al lector», nuestro escritor explica cómo la obra surge en los pocos ratos libres que le deja su trabajo de diplomático: «En la trabajosa ociosidad de mis continuos trabajos por Alemania y por otras provincias pensé en esas cien Empresas que forman la Idea de un príncipe político-cristiano, escribiendo en las posadas lo que había discurrido entre mí por el camino, cuando la correspondencia ordinaria de despachos con el rey nuestro señor y sus ministros, y los demás negocios públicos que estaban a mi cargo, daban algún espacio de tiempo [...] No escribo esto, oh lector, para disculpa de errores, porque cualquiera sería flaca, sino para granjear alguna piedad de ellos en quien considerare mi celo de haber, en medio de tantas ocupaciones, trabajos y peligros, procurado cultivar este libro, por si acaso entre sus hojas pudiese nacer algún fruto, que cogiese mi príncipe y señor natural, y no se perdiesen conmigo las experiencias adquiridas en treinta y cuatro años que, después de cinco en los estudios de la Universidad de Salamanca, he empleado en las cortes más principales de Europa, siempre ocupado en los negocios públicos, habiendo asistido en Roma a dos cónclaves, en Ratisbona a un convento electoral en que fue elegido Rey de Romanos el presente Emperador; en los cantones Esguízaros a ocho dietas, y últimamente, en Ratisbona, a la dieta general del Imperio, siendo plenipotenciario de la serenísima casa de Borgoña. Pues cuando uno de los advertimientos políticos de ese libro aproveche a quien nació para gobernar dos mundos, quedará disculpado mi atrevimiento».

El destinatario no era otro que el hijo de Felipe IV, el velazqueño príncipe Baltasar Carlos que, muerto aún niño, no llegaría a reinar en España. Mientras corregía las pruebas de imprenta que le llegaban desde Munich, en el último trimestre de 1640, otra buena noticia venía a premiar sus trabajos en favor de España: el rey le concede por Real Decreto de 28 de septiembre y Real Cédula de 12 de octubre el hábito de Caballero de la Orden de Santiago, que no llegó a tiempo de incluir entre sus títulos en la primera edición de las Empresas que terminaba de imprimir cuando conoció la noticia. Sí lo haría constar en la edición de Milán de 1642.

A partir de 1640, Saavedra trabajaba en otras obras suyas. Amplía por este tiempo la redacción inicial de la República literaria y prepara personalmente la segunda edición de las Empresas políticas, que habrá de corregir sustancialmente, para lo que cambia de editor y elige uno, muy prestigioso, de Milán. Trabaja en estos años también en Las locuras de Europa, que no verían la letra impresa hasta el siglo siguiente, en 1748, y en 1645 fecha la dedicatoria de su Corona gótica, una obra escrita en plenas negociaciones de Münster para ganarse la amistad de los suecos, descendientes como nosotros de los godos.

Saavedra jugaría la carta sueca en esos momentos frente a los franceses. Entabló buena amistad con el embajador sueco Rosenham y con él llegó a proyectar la boda del rey Felipe IV, viudo en ese momento, con la mítica reina Cristina de Suecia. La Corona gótica será, pues, otro de sus libros escrito sobre el terreno y con fines muy concretos. Tan febril e inagotable actividad no impide, sin embargo, el ejercicio de importantes cargos profesionales, entre los que destaca el que fue más importante de su vida, su nombramiento en 1643 de Ministro Plenipotenciario en el Congreso de Münster, que habría de acordar la paz de Westfalia, final de la Guerra de los Treinta Años. En 1643 lo encontramos en Madrid, antes de recibir este nombramiento. Aprovecha su estancia para tomar posesión, en enero, de su cargo de Consejero de Indias, para el que había sido nombrado en 1635.

Saavedra asiste al declive de la monarquía

Mientras, en Europa, las potencias se aprestan a encontrar una salida para el ya largo conflicto bélico que asola las principales naciones del continente. El emperador decide impulsar un congreso de paz, que se desarrollaría en Münster para los católicos e imperiales y los franceses y en Osnabrück para los imperiales, protestantes y suecos. Se nombra a Saavedra plenipotenciario y se despacha su credencial el 11 de julio. Nuestro diplomático realiza un penoso viaje desde Madrid, enferma durante el mismo y no se le permite detenerse en el París de la regente Ana de Austria y de su valido, el cardenal Mazarino, quien no le dio más tiempo que para oír una misa en los Cartujos. Llega enfermo a Bruselas, pasa allí algún tiempo bajo los cuidados de buenos amigos (el médico Jean Jacques Chifflet, gran amigo de España y el célebre Enrique Dupuy, Henriech van den Pute), quien dejará testimonio en sus escritos de su admiración hacia Saavedra y de su confianza en el acierto de su nombramiento como Plenipotenciario. El 13 de octubre de 1643, desde Bruselas, agradece don Diego a Dupuy, en una carta en latín, los elogios que este había dispensado en dos escritos, también latinos y fechados en Lovaina, a sus cualidades diplomáticas y a sus Empresas. Tales textos figurarían en la edición de la Idea de un príncipe de 1642 de Milán.

Llegaría a Münster, sin recuperarse del todo, el 20 de noviembre de aquel año. Quintín Aldea, uno de sus mejores biógrafos, se refiere a lo triste de esta última empresa del diplomático murciano: «De esta fecha hasta su vuelta a Madrid en 1648 corren los cuatro años más tristes de la vida de don Diego, reflejo del lánguido crepúsculo de aquel atardecer de España. Si la vida de Saavedra fue siempre soldada a la existencia de aquella España contrarreformista, en ningún momento se identificó tanto con ella como en estos infaustos años del fin de su vida, y hasta el mismo año de su muerte coincidió, para mayor simbolismo, con el de la paz de Westfalia, que fue el final de la hegemonía española en Europa y el cambio de rumbo de la Modernidad»[6].

Sus actuaciones en Münster fueron difíciles y no siempre bien comprendidas. Frente a los franceses era enérgico y su inmediato superior, el marqués de Castel Rodrigo, llegaría a preocuparse por la vehemencia con que llevaba las negociaciones. En Madrid empezaron a minarle su crédito político, y en abril de 1646 es relevado de su cargo, por lo que regresa a España. En agosto sería nombrado Introductor de Embajadores y ocuparía el cargo de Consejero de Indias, aunque tenía casa propia en la calle del Pez. Se estaba preparando una residencia en el Convento de los Agustinos Recoletos de Madrid, cuando le sobrevino la muerte el 24 de agosto de 1648, en el Hospital de los Portugueses, en la Parroquia de San Martín. Sería enterrado en el convento de Recoletos.

Sus restos descansarían en ese convento hasta que fueron profanados cuando la invasión napoleónica en busca de algún tesoro. Posteriormente, tales restos mortales vivirían, curiosamente, una ajetreada existencia acorde con la que su dueño experimentó en vida. Serían utilizados como símbolo en honras fúnebres en el propio convento -parece como si el mismo Saavedra se convirtiera con su propia calavera en una Empresa, similar a la número 101, que cierra la Idea de un príncipe con el lema de «Ludibria mortis»- y, a partir de la desamortización de Mendizábal, serían trasladados a la catedral de San Isidro de Madrid, donde permanecerían en la cajonería de la Sacristía suponiéndose que eran los de Cervantes por estar inscrita en ellos la palabra «Saavedra», hasta que, rescatados en 1884 por celosos murcianos, serían trasladados a la catedral de Murcia, en donde reposan definitivamente, y a partir de entonces, con la dignidad de quien fue figura excepcional en su tiempo. Cuando tales restos se encontraban aún en los Agustinos, se cuenta que un hispanista inglés que visitaba el convento con su hijo, le pidió a éste que sostuviera la calavera y le dijo: «Toma, para que digas que has tocado con tus propias manos el cráneo del primer político de esta nación y uno de los mayores ingenios de su siglo».

Obra literaria

La primera obra publicada por Saavedra Fajardo fue las Empresas políticas, pero sabemos que no fue la primera que escribió. En 1631 había redactado las Introducciones a la política y razón de Estado del rey don Fernando, que no verían la publicación hasta la segunda mitad del siglo XVIII, y se supone que realizó una primera redacción de la República literaria muchos años antes, en 1612.

Las primeras obras que conocemos impresas de don Diego son poesías que aparecieron en diferentes libros de la época, algunas de ellas escritas en latín. Son todas ellas composiciones de circunstancias, en su mayor parte laudatorias -es decir, situadas como elogio al frente de un libro escrito por un contemporáneo- o funerarias, aparecidas en certámenes de poetas reunidos con motivo de la muerte de un personaje real o principal. En el caso de Saavedra Fajardo, sus poemas fúnebres aparecieron en Roma en 1612 en una colección de este tipo dedicada a la muerte de la reina Margarita de Austria. Entre los dedicados a sus amigos, podemos destacar el poema latino que escribió para las Tablas poéticas de su paisano y admirador Francisco Cascales, aparecido el libro en 1614. Bastantes años más tarde daría a conocer otro poema de circunstancias, publicado en el libro de elogios a Felipe IV, el Anfiteatro de Felipe el Grande, en el que colaboraron otros ingenios del Madrid de 1631, como Quevedo, Ruiz de Alarcón, Calderón de la Barca, etc.

Sin embargo, las poesías más significativas y valiosas de don Diego no fueron ninguna de las señaladas, sino dos sonetos que se han hecho particularmente famosos. Están integrados, respectivamente, en sus dos mejores obras: la República literaria y las Empresas. El de la República es el titulado «A una fuente» y es un típico soneto, todavía muy renacentista, de carácter moral en el que se fomenta la candidez o sinceridad, poniendo como ejemplo la claridad de una fuente en un paisaje muy idílico. Podría ser una muestra juvenil del estilo poético de Saavedra.

En cambio, el de las Empresas, titulado «Lubidria mortis» («Los ultrajes de la muerte») es de contenido y de forma muy barrocos. Se puede relacionar con la serie de sonetos desengañados ante las riquezas del mundo y ante el poder temporal de los gobernantes o, de una forma más amplia, ante la vitalidad y juventud ya desaparecidas, tales como el «Miré los muros de la patria mía» de Quevedo o el titulado «A una calavera de mujer» de Lope de Vega.

La República literaria[7] es una obra de crítica de libros realizada bajo un planteamiento simbólico o alegórico muy bien construido. Con dos redacciones bastante diferentes, que podrían ser de 1612 y de 1640, aproximadamente, no se imprimió hasta 1670. La obra es una sátira de la ciencia y de la cultura libresca propia de un estudiante de la Universidad de Salamanca que, cansado de los libros, crea para ellos y para sus autores una vida de ultratumba que descubrimos en un relato bastante ameno y divertido. Saavedra lleva a cabo la relación de un sueño que le conducirá a un mundo de ficción, el mundo culto que va a satirizar. Se encuentra ante las murallas de una ciudad, quizá Salamanca, y tras ellos ante una urbe poblada por los ingenios más significativos de las artes, las letras, la filosofía y las ciencias, agrupados por su actividad y situados en diferentes lugares según su oficio o arte. Se hace acompañar el visitante, siguiendo la tradición de este tipo de obras alegóricas, de un guía que le informará de las diferentes estancias y personajes que van encontrando en su visita. En el caso de Saavedra, de dos guías se sirven sucesivamente: de Marco Varrón y de Virgilio Polidoro. Se trata de una experiencia bastante distinta del resto de la obra de don Diego, ya que, lejos de grandes planteamientos históricos o políticos, aquí tan sólo se lleva a cabo una sátira libresca, en la que se elaboran importantes y severos juicios sobre muchos escritores de la época y más remotos, lo que nos da una imagen de la gran cultura de Saavedra y de su conocimiento de la bibliografía de la época. Cultura libresca de la que luego hará gala, de forma muy precisa y a través de las constantes citas de autores antiguos y modernos, en las Empresas políticas.

Ya sabemos las circunstancias históricas en que se produce la Corona gótica, que aparecería en Münster en 1648, en plenas negociaciones de la Paz de Westfalia. Si en las Empresas había llevado a cabo una obra de carácter teórico, en la Corona pretende revelar la práctica de esta teoría a través de la historia. Su proyecto consistía en que tras el estudio de la monarquía goda en España, habrían de seguir la «castellana» y la «austriaca» hasta llegar a los propios días de don Diego.

De hecho, él no pudo ver terminada su obra, que sería continuada en las partes castellana y austriaca por Alonso Núñez de Castro. Se ha asegurado que esta obra no es buena y que supone el fracaso de Saavedra como historiador, él que había sido tan elogiado, y lo sería durante siglos, como teórico y tratadista político. No fue capaz de entender la historia con una visión moderna que ya se practicaba en las comunidades cultas del siglo XVII y se basó en los falsos cronicones para muchos de los asuntos por él tratados.

Las Empresas políticas

Dejando aparte otras obras menores, la que sobresale por su extraordinaria calidad es la Idea de un príncipe político-cristiano representada en cien empresas, obra maestra de don Diego. Se trata de un libro o manual de educación de príncipes compuesto de cien capítulos -ciento uno, en realidad-, en los que se van tratando todas las cuestiones que el príncipe puede llegar a encontrarse cuando ejerza como rey y sea dueño absoluto del poder.

Muy bien informado por las numerosas lecturas de tratadistas políticos de que hará alarde, Saavedra se vale también, como una de sus fuentes más preciosas, de su propia experiencia personal, que a la altura de 1640 es mucha y de gran valor político. Para que el príncipe comprenda bien los preceptos que Saavedra quiere inculcarle y para que vea con claridad los peligros del ejercicio del poder, nuestro autor se vale de un recurso literario y plástico ciertamente bastante extendido en tratados de educaciones diversas -principalmente de carácter moral- por toda Europa. Se sirve, en efecto, de unos emblemas o empresas, unos dibujos de contenido simbólico en los que se condensa la enseñanza política de cada capítulo que se resume con un lema habitualmente latino. Todas las ediciones de Saavedra Fajardo contaron, pues, con una hermosa colección de dibujos de una gran belleza plástica, tales como la segunda edición, la famosa de Milán, 1642, o las flamencas que se multiplicaron en lo que quedaba de siglo.

Las Empresas han sido muy valoradas desde diversos puntos de vista, como ya tenemos señalado, pero no es el menor el estrictamente literario, a pesar de no ser una obra de creación. Pero en las Empresas, como estudió Baquero Goyanes[8], se descubren todas las raíces más sólidas de la literatura y la cultura barrocas: el desengaño, el perspectivismo óptico y moral, los recursos visuales, los paralelismos y las antítesis, la simbolización moral, así como temas literarios muy integrados en la literatura de este tiempo: el desprecio del mundo y la miseria de la condición del hombre, la consideración del mundo como gran teatro, los ultrajes de la muerte y la pérdida de la juventud y la lozanía, la cuna y la sepultura, la presencia del tiempo, los engaños y disfraces, los trampantojos, los espejos, la falsedad de las apariencias. Sólo la inteligencia, el ingenio, la reflexión y la autenticidad sirven para conducir al príncipe por este mundo engañoso y lleno de peligros, simbolizados por multitud de objetos de raíz literaria, que aparecen dibujados en cada una de las empresas.

Desde el punto de vista político, Saavedra es hombre muy de su tiempo. Concibe la política con un carácter providencialista y con una gran deuda al valor de la historia para la formación del príncipe. Practica rendidamente admiración constante hacia Tácito como historiador político y de hecho el escritor latino es el más citado por Saavedra, más aún que la Biblia o que todos los demás autores juntos. Se refiere a la razón de Estado como uno de los principios más discutidos de los teóricos de la época y se sitúa frente a Maquiavelo, como muy bien acertó a observar Azorín[9], aunque sin definirse, y finalmente se considera ante todo hispanista, es decir defensor de España y de lo que la monarquía española supone en el concierto de las naciones.

Por suerte para él no llegó a conocer con claridad las consecuencias de la Paz de Westfalia, cuyo acuerdo no suscribió por haber cesado en sus responsabilidades antes de 1648. En las Empresas quedó el modelo teórico. La historia se encargaría, con su lección desengañada, de impedir la realidad y el vigor de un riguroso e ilusionado proyecto político.

Fue Saavedra Fajardo reflejo del espíritu de su época. Señala Fernández Carvajal que sus estudios en Salamanca a partir de 1600 le incardinan culturalmente con «la que podríamos llamar generación del Conde-Duque, nacido en 1587; generación que llega a su plenitud en el reinado de Felipe IV y sobre la que gravita el gran tema de la crisis de la hegemonía de España»[10]. El soneto que cierra sus Empresas, bajo el lema de «Ludibria mortis», «Los ultrajes de la muerte», con sus columnas truncadas y arrojadas por el suelo junto a la corona, es representativo, como el «Miré los muros de la patria mía» de Quevedo, de un tiempo y un espíritu singulares. Como tantos otros de su misma edad, le corresponde llegar al final de una época que había sido brillante.

Cuando Saavedra nace en las proximidades de Algezares en 1584, fray Luis de León publicaba Los nombres de Cristo, y un año después Cervantes vería impresa su primera novela, La Galatea. En ese mismo año, su admirador y paisano Francisco Cascales estaba en Flandes sirviendo al rey. Cuando en 1606 nuestro autor recibía su graduación en la Universidad de Salamanca, Cervantes ya había publicado, el año anterior, su primer Quijote. Polo de Medina, otro de sus grandes admiradores y coterráneo fiel, había nacido en 1603. Durante su larga estancia en Roma, entre 1606 y 1633, se desarrollan en España los principales acontecimientos que dan forma a la literatura de nuestro Siglo de Oro. Los grandes escritores han publicado sus mejores obras y Cervantes ha muerto en 1616. Góngora en 1627. Cuando Saavedra asiste en Ratisbona a la elección de Fernando III como rey de romanos en 1636, ya había muerto Lope de Vega el año anterior, mientras aparecía impresa La vida es sueño de Calderón de la Barca.

En 1637 don Pedro fue nombrado Caballero de la Orden de Santiago, en 1640 don Diego alcanzaría el mismo honor. Es la fecha de las Empresas y también de El político don Fernando de Baltasar Gracián. En 1648, el año de la muerte de Saavedra, aparece Arte y agudeza de ingenio del jesuita aragonés, mientras en Europa se cierra simbólicamente toda una época con la Paz de Westfalia, punto final de la supremacía española en el Continente y comienzo de una eterna decadencia.

En el tiempo que le tocó vivir le correspondió también tomar parte activa en la vida política internacional. Por eso, su figura ha sido objeto de la atención de los estudiosos desde dos perspectivas, la del político y diplomático, participante activo en la difícil Europa de su tiempo, y la del escritor, autor de una obra literaria de características singulares, pero impregnada del sentimiento de desengaño que fue la lección permanente de todo ese gran siglo de España. Pero lo más brillante de su personalidad es, sin duda alguna, la confluencia de ambas actividades en un mismo único pensamiento, en una misma única personalidad, tan vinculada al espíritu de la España de Felipe IV, decadente en lo político y en lo económico, brillante en lo artístico y en lo literario. Saavedra Fajardo fue, en definitiva, según acuñó con tanto acierto Tierno Galván, «teórico y ciudadano del Estado barroco». Fundió en su personalidad al hombre de letras, escritor simbólico y plástico, y al soldado y ciudadano militante en el exterior de la lucha más difícil, en la que sólo la inteligencia es el arma adecuada: la diplomacia.

Francisco Javier Díez de Revenga

[1] Ver Diego Saavedra, Empresas Políticas, edición de Francisco Javier Díez de Revenga, Barcelona, Clásicos Universales, Planeta, 1988, y bibliografía en esta edición recogida.

[2] Véase, sobre todo, Conde de Roche y Pío Tejera, Saavedra Fajardo, sus pensamientos, sus opúsculos, precedidos de un discurso preliminar, Madrid, Fortanet, 1884; Ángel González Palencia, «Estudio preliminar», Diego de Saavedra Fajardo, Obras Completas, Madrid, Aguilar, 1946, y Vicente García de Diego, «Prólogo», Diego de Saavedra Fajardo, República literaria, Madrid, Clásicos Castellanos, Espasa-Calpe, 1956, ya que realizan los estudios biográficos más completos sobre el autor. Véase también Francisco Javier Diez de Revenga, Saavedra Fajardo, Cuadernos Bibliográficos, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio, 1977.

[3] Dalmiro de la Válgoma, Los Saavedra y los Fajardo de Murcia, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio, 1957.

[4] Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas, edición de Quintín Aldea Vaquero, Madrid, Editora Nacional, 1977, I, p. 10 y siguientes.

[5] Manuel Fraga Iribarne, Don Diego de Saavedra y Fajardo y la diplomacia de su época, Murcia-Madrid, Academia Alfonso X el Sabio-Ministerio de Asuntos Exteriores, 1956. Y Quintín Aldea Vaquero, España y Europa en el siglo XVII. Correspondencia de Saavedra Fajardo, Madrid, CSIC, 1987.

[6] Quintín Aldea Vaquero, edición citada, p. 26.

[7] Ver Diego de Saavedra Fajardo, República literaria, edición de José Carlos de Torres, Barcelona, Plaza & Janés, 1985. Y Alberto Blecua, Las Repúblicas literarias y Saavedra Fajardo, discurso de recepción, Barcelona, Academia de Buenas Letras, 1984. También El Crotalón. Anuario de Filología Española, 1, 1984. Y recientemente recogido en Signos viejos y nuevos. Estudios de historia literaria, Barcelona, Crítica, 2006.

[8] Mariano Baquero Goyanes, Visualidad y perspectivismo en las «Empresas» de Saavedra Fajardo, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio, 1969.

[9] Ver Azorín, Saavedra Fajardo, edición de Francisco Javier Díez de Revenga, Murcia, Real Academia Alfonso X el Sabio, 1993.

[10] Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas, edición de Rodrigo Fernández Carvajal Francisco Javier Guillamón Álvarez y J. M. González de Zárate, Murcia, Real Academia Alfonso X el Sabio, 1985, p. XVI.