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Expulsión y exilio de los jesuitas de los dominios de Carlos III

Notas sobre Historia de la Compañía

El papel del clero en la expulsión

San Ignacio de Loyola y San Luis Gonzaga adorando el Sagrado Corazón de JesúsCuando se habla de la expulsión siempre aparecen como causantes, a nivel propagandístico, los jansenistas y los regalistas. Ambos términos aparecen contrarios al jesuitismo. Estos encarnizados enemigos contribuyeron a crear una mala imagen de la Compañía.

El jansenismo era una corriente espiritual que apareció en Francia y que, tras desarrollarse en este país, comenzó a extenderse por Europa. En España y Portugal el éxito del jansenismo fue menor y el movimiento, además, sufrió una evolución desde posturas claramente dogmáticas y teológicas a otra vertiente más práctica. Así, el «jansenismo español» se mostraba claramente diferenciado del francés del siglo XVII.

La doctrina recibe el nombre del flamenco Cornelius Jansen, Jansenio, obispo de Ypres (1585-1638), quien vivió las discusiones teológicas de agustinos y jesuitas que tenían como origen el tema de la gracia y de la predestinación. Estas cuestiones no habían sido resueltas de modo satisfactorio por el Concilio de Trento. Los dominicos secundaban a los agustinos. Éstos defendían que Dios predestinaba a los hombres a la salvación por un decreto absoluto de su omnipotencia, por medio de la «gracia eficaz». Los jesuitas mantenían una opinión contraria; daban mayor libertad al hombre en el tema de la salvación. Dios conoce al hombre, sabe si el hombre se salvará o se condenará; por ello, con el nacimiento, Dios concede una gracia suficiente para salvarse; el hombre que aprovechaba la gracia y vivía con buenas obras, se salvaba. Esta polémica dio lugar al odio de escuelas, el «odius teologicus».

Jansenio se decantó por las ideas de los agustinos. Pero en su doctrina radicalizó estos postulados. En primer lugar, exageró el papel de la gracia eficaz. Ésta era un regalo de Dios, y sólo Dios sabía a quién se lo tenía que dar. El hombre no sabía si tenía esta gracia o no. Por tanto, el hombre estaba indefenso ante la salvación y debía llevar una vida muy rígida desde el punto de vista moral para hallarse entre los elegidos. Se excluía toda cooperación personal de la voluntad humana y entrañaba una disciplina de penitencia rígida. Estas ideas las plasmó en una obra, el Augustinus, que fue condenada por la Iglesia por la bula In eminenti (1642) y por la bula Cum occasionem (1653). La condena se llevó a cabo por una delación de los jesuitas franceses, apoyados por los jesuitas de los demás países de la Cristiandad.

Cornelius Jansen (1585-1638)A pesar de su condena, la doctrina se desarrolló en Francia gracias a los seguidores de Jansenio (abate Saint-Cyran, Jean de Hauranne). Éstos impusieron un modelo de vida religiosa de extremo rigor y de humildad. Fundaron centros de espiritualidad muy rigoristas, solidarios y dedicados al estudio. El foco difusor fue la antigua abadía cisterciense de Port-Royale; una abadía protegida por una familia nobiliaria, los Arnold.

El jansenismo se extendió entre las clases privilegiadas de Francia dando lugar a conflictos de todo tipo, sobre todo durante el reinado de Luis XIV. Irrumpió en Francia como un movimiento espiritual de profundas raíces teológicas, con implicaciones morales, proponiendo un nuevo modelo de vida cristiana. A este jansenismo se le sumaron también unos componentes de tipo político, regalista, porque acabó defendiendo la supremacía del poder temporal sobre el espiritual, convirtiéndose en enemigo de toda posición ultramontana. Una de sus principales características fue por tanto un marcado antijesuitismo.

El jansenismo español del XVIII no tiene nada que ver con el jansenismo dogmático de Jansenio. Menéndez Pelayo, al buscar con lupa a los heterodoxos españoles del XVIII, tropezó con un gran obstáculo a la hora de hallar jansensitas. Si entendía como tales a los que defendían las cinco proposiciones de Jansenio sobre la gracia, condenadas por la bula Unigenitus, no hallaba ningún jansenista. Este autor concluía que el XVIII no había sido un siglo teológico. Las preocupaciones se creaban por cuestiones canónicas y las leyes de la Iglesia; también surgieron polémicas por la primacía entre papas y obispos, y entre papas y concilios, sobre cuáles eran los límites de la potestad eclesiástica y el poder secular. Pero Menéndez Pelayo, a pesar de la inexactitud del término, decía que en España no existieron los jansenistas dogmáticos. En cambio, hablaba de otros «jansenistas» que se parecían a los solitarios de Port-Royal.

Partidarios de un fuerte rigorismo moral, los puntos en común versaban sobre su deseo de vivir con gran austeridad. También defendían la idea de volver a la antigua disciplina de la Iglesia primitiva. Otro punto general era la postura crítica contra los excesos de la Curia Romana y el poder omnímodo del Papa. Junto a todo esto, el aborrecimiento hacia la Compañía de Jesús y la necesidad de la creación de una Iglesia de corte nacional definían sus rasgos. Menéndez Pelayo advertía lo que otros historiadores han corroborado: la imposibilidad de hablar de un jansenismo dogmático y la existencia de un jansenismo histórico. Mestre o Appolis han descubierto nuevos rasgos de este jansenismo español. Le definía la preferencia por una religiosidad interiorizada, no gestual, que en España adquiría una peculiaridad, pues conectaba con el erasmismo y con la filosofía Christi (defendida por Erasmo). Además, el biblismo (la necesidad de beber en lo que se llama la teología no especulativa, consagrando las Sagradas Escrituras como fuente única) era otra de sus características. Y a todos estos rasgos se sumaba la adscripción a las corrientes de la crítica histórica para fundamentar, recopilar y ordenar los cánones de la Iglesia y contraponerlos a las leyes civiles, para que así saliera a la luz la verdad de las leyes.

Este jansenismo español no estuvo integrado por un grupo uniforme de personas con un cuerpo ideológico determinado. A lo sumo, el jansenismo implicó una serie de actitudes o rasgos que a veces fueron asumidos globalmente por intelectuales españoles (por ejemplo, Mayans), y otros que asumieron unos rasgos determinados (como Roda). No existió un grupo, sino gente que conectaba con estas ideas. Pensaban que la defensa de estas ideas podía servir para sacar a España del marasmo en que se encontraba. Jansenismo equivale a una postura regeneracionista, regenerar España, en el sentido de volver atrás, a los modelos antiguos, a la Iglesia primitiva. Buscaban sus modelos de actuación en españoles de la época clásica (siglo XVI) no contaminados por el Barroco. Esto no quiere decir que no existieran jansenistas con matices extranjerizantes. Pero otro de los rasgos comunes a estos jansenistas históricos es su posición antijesuita.

Gregorio Mayans (1699-1781)Junto al jansenista, aparecía, como enemigo del jesuita, el regalista, con sus dos facies. Por un lado, la facies beneficial (control de los nombramientos y rentas de la Iglesia), y por otro, la facies episcopalista (que tendía a dar mucho peso a la institución del episcopado, resaltando su origen divino para contrarrestar el poder del Papa). El regalista no podía observar con buenos ojos la existencia de la Compañía, obediente a Roma, un poder extranjero. Los consideraban, por tanto, como enemigos de la monarquía, pues limitaban su campo de actuación.

En el siglo XVIII se puede hablar de obispos filojansenistas, gracias a los trabajos de Mestre. Éstos aparecieron en la escena política española a comienzos del reinado de Carlos III. Con su llegada al poder, el grupo de obispos de tendencia jansenista se hizo más numeroso y vio crecer su poder al estrechar sus relaciones con determinadas figuras del gobierno. En la Valencia de Carlos III apareció un círculo de futuros obispos que se educaban bajo la tutela del arzobispo de la ciudad, Andrés Mayoral (1737-1769). En su corte protegía y animaba a una serie de eclesiásticos que fueron nombrados obispos por Carlos III. Así, aparecieron una serie de obispos filojansenistas: Felipe Beltrán (en Salamanca, que estuvo detrás de la reforma de los Colegios mayores), José Climent (en Barcelona, antijesuita convencido), Pedro Albornoz y Tàpies (en Orihuela, dominico, tomista, y no tanto filojansenista como antijesuita), José Tormo y Juliá (en la ciudad anterior, tomista, jansenita, reformó el Seminario eliminando las cátedras de doctrina jesuítica), Francisco Armanyà (en Lugo y Tarragona, manifestó abiertamente su favor por la expulsión) y Rafael Lasala (obispo auxiliar de Valencia). Otro grupo lo constituyeron los toledanos. Eran tomistas y antijesuitas. Destacaban Francisco Antonio Lorenzana, Francisco Fabián y Fuero, José Javier Rodríguez de Arellano (que escribió la pastoral al Papa para que extinguiera la Compañía). Buruaga (en Zaragoza) y Rubín de Celis (en Murcia) también se incluirían en esta categoría.

Pero la Compañía también contaba con sus partidarios entre los propios obispos, como José Carvajal y Lancaster (Cuenca), Irigoyen (Pamplona), etc. Eran de avanzada edad y debían su ascenso a la mitra a la influencia de los Padres Confesores. Simpatizaban con Roma y eran partidarios de la autoridad incontestable del Papa. Estos prelados filojesuitas recelaban del gobierno español y de su política regalista.

Los filojansenistas eran episcopalistas, es decir, partidarios de una mayor autonomía del episcopado español respecto a la Santa Sede. Consideraban que los obispos tenían autoridad para poder convocar Concilios provinciales y sínodos diocesanos para llevar a cabo la reforma en España. Deseaban además ampliar sus competencias jurisdiccionales, competencias que acababan donde empezaban las inmunidades del clero regular, por lo que querían tenerlo bajo sus órdenes. Se inclinaron con mayor o menor intensidad hacia las posturas regalistas, porque con el apoyo del monarca creían más fácil lograr sus objetivos.

Los obispos conservadores, desde el punto de vista moral, se decantaban más hacia el laxismo o probabilismo. En cambio, los filojansenistas eran partidarios del rigorismo o probabiliorismo, que les servía para reformar la Iglesia española y para acabar con la espiritualidad exterior. Este rigorismo conectaba con el programa ilustrado, de ahí que el gobierno simpatizase con este grupo de obispos.

Las relaciones entre ambos grupos se fueron agriando con el transcurso del XVIII. Fueron importantes las polémicas entre ambos grupos de obispos, casi siempre por algún motivo relacionado con los jesuitas. Ejemplo de esto fue el caso del cardenal Noris. Era un cardenal agustino, que había vivido a fines del XVII, gran teólogo. Debido a las afinidades del agustinismo y jansenismo, Noris aplicaba las ideas de San Agustín a Jansenio, alejándose del jansenismo doctrinal. El Papa había visto la obra de Noris con buenos ojos. Pero en España los jesuitas presionaron a Fernando VI a través de Rávago, para que el inquisidor Pérez Prado incluyese el libro de Noris en el Índice. Pérez Prado lo incluyó en el Índice en 1747. El tema levantó gran polvareda en los círculos intelectuales. Y no se apaciguó con la caída de Rávago.

Padre Isla (1703-1781)En 1771 aparece una nueva polémica que avivó aún más el enfrentamiento en el seno de la jerarquía eclesiástica española: el caso del catecismo de Mesenguy. Este catecismo fue publicado en Francia con gran éxito. Era de corte claramente jansenista. Negaba la infalibilidad del Papa y pretendía el poder de un concilio para contrarrestar esa falibilidad. Era por tanto marcadamente antijesuita. Clemente XIII condenó el catecismo y envió un breve a España con la condena.

Carlos III, en principio, pensó obedecer al Papa. Pero el nuncio en España, junto al inquisidor general, Quintano Bonifaz, se adelantó y publicó el breve sin la aprobación real. El Rey entró en cólera y aprovechó la ocasión para imponer el exequatur. Se enfrentó a Roma y expulsó al inquisidor de la Corte. Estas medidas regalistas significaron un duro golpe para los jesuitas y el clero ultramontano.

Otra cuestión va a agravar la situación ganando partidarios para el antijesuitismo. Es el asunto del proceso de beatificación de Juan Palafox y Mendoza, obispo de Puebla de los Ángeles en Méjico (1756). Palafox se había caracterizado por sus simpatías hacia los jansenistas y su repulsa por la Compañía de Jesús. En Italia luchaban los jansenistas por su beatificación, oponiéndose con contundencia los jesuitas. En España no se hablaba del tema. Los intelectuales jansenistas italianos escribieron a España para recabar apoyo para su propósito, especialmente en círculos cercanos al gobierno. Con la llegada de Carlos III al Trono y la subida al poder de los manteístas (y sobre todo, Roda) la situación iba a cambiar totalmente. El Confesor Real era el padre Eleta (que era de Osma, como Palafox). Roda comentó al confesor que los italianos iban a beatificar a un obispo nacido en Osma. Eleta se convirtió en el máximo defensor de la beatificación de Palafox, ganándose la enemistad de los jesuitas. Los ánimos se enconaron de nuevo. Es cierto que la beatificación no se llevó a cabo, pero levantó tal polvareda que algún autor ha visto en esta polémica una causa de la expulsión (Blanco-White dice que Eleta se hizo antijesuita sólo por la cuestión de Palafox, y se lo transmitió a Carlos III).

El ambiente siguió siendo intranquilo por otra polémica: la que giró en torno al culto del Corazón de Jesús. Éste nació a finales del siglo XVII en Francia y había sido promocionado por San Juan Eudes y por Santa Margarita. Se difundió con gran rapidez a comienzos del XVIII. Se fundaron congregaciones con el nombre de Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús. En España, los jesuitas introdujeron la devoción. El P. Hoyos se encargó de propagar el culto por el país. Felipe V influido por el Confesor jesuita se hizo muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús; incluso solicitó un oficio en favor del Sagrado Corazón de Jesús. Roma no veía este culto con malos ojos, pero no quería oficializarlo. Por ello paralizó los trámites. Aunque no concedió la misa, en España siguió extendiéndose el culto. Pronto aparecieron también sus detractores: los obispos de corte rigorista y filojansenista no lo consideraban algo serio y lo veían propio del fanatismo religioso y supersticioso que alejaba a los cristianos de la religión interiorizada. Hacia 1765 los partidarios del Sagrado Corazón, sabiendo del projesuitismo de Clemente XIII, volvieron a escribirle para solicitar la gracia de la misa de oficio que había demandado Felipe V. Pero el gobierno español había cambiado con respecto a los tiempos de ese monarca. El gobierno informó a la Santa Sede que el único que podía solicitar tal acción era el rey Carlos III y que no hiciese caso a los obispos. El asunto se paralizó.

Pero todavía la oposición entre clero jesuita y clero antijesuita se va a acentuar más a partir de 1758 por la aparición del libro Fray Gerundio de Campazas, escrito por el jesuita P. Isla. La aparición del libro incrementó la discordia. Sobre el P. Isla se ha escrito infinidad de trabajos. Hay un breve artículo de R. Olaechea: «Perfil sociológico del escritor José Francisco de Isla» en El Padre Isla, su obra, su tiempo, León, 1983. Se trata de la transcripción de una conferencia que dio en esta ciudad en 1981 con motivo del segundo centenario de la muerte del jesuita. Isla era un hombre de gran brillantez, ingenioso, dicharachero y con gracejo singular. Ingresó tempranamente en la orden: a los 15 años. Se le despertó una vocación literaria que se manifestó en el género de la polémica literaria. Utilizó el género epistolar, que es el que más se adaptaba a su voracidad crítica. La Compañía no le encargó la labor pastoral sino que le permitió escribir. En Villagarcía concibió la idea de escribir un nuevo Quijote inventando un personaje fustigador de uno de los males más extendidos en la Iglesia: los sermones, que habían degenerado de manera terrible desde la época barroca. Habían dejado de ser piezas útiles para convertirse en largos discursos enrevesados, ininteligibles, que sólo resaltaban la figura del predicador.

El P. Isla fue afortunado en criticar estos aspectos. Ridiculizó al predicador presuntuoso e ignorante: Fray Gerundio de Campazas. La novela alcanzó un éxito increíble. Se publicó entre el 22 y 23 de febrero de 1758. Se editaron 1.500 ejemplares, una gran tirada para la época. El primer día se vendieron 800 ejemplares. Pronto se acabaron. A Fernando VI, al Duque de Alba, Mayans, incluso al Papa, a todos ellos les gustó la obra. Pero los enemigos de Isla lograron que la Inquisición retirara la obra. La Inquisición interrumpió la segunda edición entre el 17 y el 24 de marzo de 1758 y no dejaron salir la segunda parte manuscrita. Después el libro fue prohibido y no se volvió a imprimir más que clandestinamente (ediciones furtivas en los años posteriores y en italiano, francés, inglés, alemán,...). El libro apareció en un momento político poco adecuado, pues los jesuitas tenían ya muchos enemigos. El Fray Gerundio contribuyó a incrementar el odio a los jesuitas porque creían que el libro proclamaba la superioridad de los jesuitas sobre otras órdenes. Fray era el título que se daban los clérigos dominicos, agustinos, etc. Se acentuó el odio contra la Compañía. El carácter crítico de Isla también incrementó este sentimiento.