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Homero Aridjis

Su obra: Ambientalismo

Aníbal Salazar Anglada
(Universitat Ramon Llull, Barcelona)

El hombre que amaba las mariposas. La lucha ambientalista de Homero Aridjis en el México hostil de nuestro tiempo

La mariposa Monarca fue mi primer amor.

Homero Aridjis

Porque el poeta es como las mariposas y los sueños.

Gloria Guardia

La fiesta de las mariposas monarca: principio y fin del Paraíso

Homero Aridjis en Cerro Pelón con una mariposa monarca En la cubierta de Noticias de la Tierra (México DF: Debate, 2012), la gran obra ambientalista de Homero Aridjis que compila numerosos documentos –artículos de prensa, cartas, manifiestos, carteles, fotografías– acerca de su trayectoria como activista en defensa del medio natural y de ciertas especies en peligro de extinción, vemos al escritor mexicano con una mariposa posada en su dedo índice, a punto de volar. Es la mariposa monarca, tan íntimamente unida a la biografía del escritor. La Danaus plexippus, que tiene unos 200 millones de años de historia, viaja en otoño durante cinco mil kilómetros desde Canadá hasta el cerro Altamirano, uno de los tantos oteros que rodean Contepec, el pueblo natal de Aridjis, situado en la parte oriental del estado de Michoacán. Aridjis ha relatado en varias ocasiones el espectáculo vibrante y luminoso de los lepidópteros a su llegada al Llano de la Mula:

La fiesta comienza en el alba, cuando en los días invernales del México central millones de mariposas cubren los troncos y las ramas de los oyameles, emperchadas unas sobre otras como oros ignorados. Entonces, al salir el sol, la luz que alumbra sus cuerpos superpuestos, que aún tienen las alas plegadas, hace que, semejantes a racimos, se desprendan de los árboles. A medida que calienta el día, la actividad se vuelve más intensa arriba de los árboles, entre ellos, y sobre las plantas. El máximo esplendor se da al mediodía, cuando las mariposas en movimiento forman un cielo móvil de alas atigradas, las que en el silencio profundo del bosque se oye como una brisa de hojas secas. Al atardecer, las mariposas retornan a los árboles para empercharse de nuevo, desapareciendo poco a poco en el camuflaje perfecto de la noche.

Cuando la primavera se acerca, ríos de mariposas descienden por la Cañada del Pintor y por las faldas del Altamirano en busca de agua y calor, transformando las calles de Contepec en ríos aéreos, o en un Papaloapan del aire.

Hacia fines de marzo, las colonias emprenderán el regreso hacia el norte, sólo para retornar, otra y la misma, a comienzos de noviembre (Aridjis y Ferber, 2012: 79-80)[1].

Lo cierto es que las mariposas llegaron a la vida del escritor poco antes que su poesía. Y cuando esta vino, el poeta adolescente que era entonces Homero Aridjis la llevó en volandas, verso a verso, hasta aquel lugar mágico donde confluían cada año cientos de miles de monarcas.

Cuando comencé a escribir poesía, acostumbraba a dar paseos por el pueblo cada día, dirigiéndome hacia el Cerro Altamirano, o hacia la huerta de Trinidad Monroy, en la dirección opuesta. Como siguiendo un rito, a trechos me paraba en ciertos lugares para mirar hacia el Llano de la Mula […]. De esta manera, el cerro se convirtió en el paisaje de mi infancia, en mi memoria de niño (80-81).

Las mariposas y la poesía, como se ve, ocupaban entonces un mismo topos: el cerro Altamirano en Contepec Cerro Altamirano en Contepec. En el año 2000 Aridjis publica La montaña de las mariposas, una autobiografía con tintes novelescos –¿y qué otra cosa cabría esperar de un poeta y novelista?– en que el autor recrea su infancia y adolescencia en su pueblito michoacano. El relato de los hechos conforma, en palabras de Carlos García Gual, una "novela de formación", o, al menos, de la primera etapa de esa formación o primera educación sentimental (239). En la novela, trufada de peripecias, aparece como telón de fondo, una y otra vez, el cerro Altamirano, es decir la montaña de las mariposas. Que es, en la mitología personal de Aridjis, el lugar del rito, como él mismo confiesa, donde cíclicamente se renueva el prodigio: Miríadas de mariposas se amontonaban, se movían, se abrían y se cerraban arriba de los árboles, o como racimos vivos colgaban tantas de las ramas que éstas se doraban bajo su peso. De oyamel en oyamel, de planta en planta, iban creciendo en número… (Aridjis, 2000: 217). Mariposas monarca en Contepec. Foto: El Federalista

La montaña de las mariposas muestra, no obstante, un final abrupto nada halagüeño. Es el principio del fin del Paraíso primigenio, que coincide con la marcha de Aridjis al DF, donde comenzará a forjarse como hombre y como escritor. Atrás quedará ese poeta-niño del «Autorretrato a los 16 años» que era uno con la naturaleza: él hace el amor con todo: / con la calandria, con la encina, / con la mariposa, rememora Aridjis (1998: 361). Escrito este poema en un presente distanciado de ese pasado roto –el poema se incluye en el libro Nueva expulsión del Paraíso (1990)–, Niall Binns observa que, pese a la comunión que expresan las imágenes, el lenguaje usado delata un divorcio irreparable»: «el uso de la tercera persona abre un abismo entre la adolescencia (lejana y maravillada) y el presente del hablante, que este intenta obviar al rescatar en la memoria –y recomponer en la escritura– las huellas de la plenitud juvenil (Binns, 136). Y anota más adelante:

En cierta medida, Aridjis pertenece a la familia de poetas modernos –como Rilke, Dylan Thomas y Jorge Teillier– que han vuelto, desde la nostalgia soñadora de la madurez, en busca de los lares y lugares de la infancia, idealizados ya por el paso del tiempo y la conciencia de la pérdida. […] Sin embargo, la pérdida del mundo infantil de Contepec y de los bosques del Cerro Altamirano no se debe solo a la distancia temporal, sino concreta y brutalmente a la destrucción material de ese mundo (137).

La barbarie consume la belleza: unos cuantos desalmados del pueblo juegan a disparar contra los oyameles cuajados de mariposas, y Mauricio, un lugareño extremadamente violento, acaba por prender fuego al santuario de las monarcas. Fue esta la primera visión pavorosa de lo que el escritor mismo denomina apocalipsis ecológico (Pagacz, 2012: 46). Y fueron estos sucesos, probablemente, los que incubaron en el joven Aridjis la conciencia de que había algo que salvar que estaba siendo destruido: la naturaleza en estado puro y sus habitantes. Y con ello, su infancia, sus recuerdos, su primer amor: las mariposas monarca. La defensa de la ecología en la que Homero Aridjis se ha empeñado con tenaz pasión –señala García Gual– guarda el recuerdo de ese terrible incendio del monte de las mariposas (246).

El destino encierra no pocos azares, y el de Aridjis, más allá de su relación con las mariposas, nos depara una gran paradoja: la de una de las mayores personalidades del activismo medioambiental en Latinoamérica y a nivel internacional, que empieza a tomar conciencia de la naturaleza y la vida animal justo a raíz de un aparatoso accidente ocurrido precisamente cuando, siendo niño, se disponía a cazar pájaros. En el trajín con la escopeta, esta se disparó y fue a dar en el vientre de Aridjis. Durante varios días se debatió entre la vida y la muerte, toda vez que el médico que lo intervino quirúrgicamente dijo no poder hacer nada para salvarlo. Por supuesto, el relato que nos llega en la voz del propio Aridjis no está exento de ciertas mitologías fundacionales de las que el autor echa mano a la hora de (re)crear sus orígenes como escritor y, al mismo tiempo, para señalar el despertar de su conciencia ecológica, esta última avivada por los escenarios naturales que asoman en las primeras novelas que leyó. Sea como fuere, tal y como escribe Dick Russell con acierto: No es posible comprender esta fusión excepcional de poeta y líder ecologista sin considerar la niñez de Aridjis en el pequeño pueblo de Contepec. Allí, cuando tenía diez años, tuvo una experiencia que resuena con las imágenes de aves, muerte y renacimiento tan intrínsecas a la mitología mexicana (68).

Tenía 10 años y regresaba a casa de jugar al fútbol soccer en Contepec, pueblo donde había nacido. De pronto, descubrí recargada en la pared la escopeta que le había prestado un amigo a mi hermano Miguel para que se fuera a cazar patos. Metí el arma debajo del brazo y me dirigí al corral, donde mis padres construían una cocina nueva. Escopeta en mano, me trepé en una pila de tabiques, y escudriñé el cielo. Apunté a una bandada de pájaros que pasaba bajo el cielo azul, pero al disparar desvié el arma hacia otra parte. Esos pájaros volando me recordaron los que mi madre tenía en jaulas en el jardín de la casa, cuyo gorjeo me despertaba todas las mañanas, y me di cuenta que no quería matarlos. Bajé la escopeta, golpeando la culata en los tabiques. Se disparó el segundo cartucho y decenas de municiones me dieron en el vientre y la mano derecha. Mi cuerpo estaba ardiendo. Al oír la noticia mis padres vinieron corriendo.

Me subieron al único taxi que había en Contepec para llevarme a El Oro, el pueblo más cercano. Por fortuna, el galeno local no se encontraba, estaba de juerga.

Pasaron ocho horas hasta que llegamos a la ciudad de Toluca. En el primer hospital que encontró mi padre el médico le dijo que mejor me devolviera al pueblo porque iba a morir y después tendría que hacer muchos trámites para sacar mi cadáver de Toluca. Mi padre insistió en que me operara. La tarde siguiente abrí los ojos en un cuarto de hospital. Mis padres se me quedaron viendo como si volviera del otro mundo. Mientras me recuperaba, leía los libros sobre piratas de Emilio Salgari y los cuentos de los hermanos Grimm que mi padre había comprado en una librería de Toluca.

[…]

Contepec está lejos del mar y de la selva, a una altura de casi 3000 metros sobre el nivel del mar. Yo nunca había visto ballenas ni delfines, tigres ni leones, guacamayas escarlatas ni tortugas marinas, pero esos animales empezaron a formar parte de mi imaginación de niño, a conformar una mitología infantil.

No sospechaba que a los animales se les mataba para despojarlos de su piel, su carne, sus órganos y sus huevos, o por el puro placer de quitarles la vida; pero ya había aprendido en carne propia que en esta Tierra, en la esfera de la vida, no hay mayor lujo que la existencia misma, tanto para los hombres como para los animales y las plantas, y para los pájaros que un día quise matar cuando estuve a punto de matarme a mí mismo.

Mi accidente me llevó a los libros y a escribir; mi experiencia cercana a la muerte dominó mi vida y mi sensibilidad como escritor, y los pájaros suscitaron una preocupación apasionada por el medio ambiente. Entendí que de algún modo mi sobrevivencia estaba ligada a la suya (Aridjis y Ferber, 2012: 19-20)[2].

Escritor, diplomático y activista. El Grupo de los Cien

Situémonos varios lustros más adelante en el tiempo, con un brusco cambio de escenario: México DF, 1985. Para entonces, Aridjis tenía ya a sus espaldas una carrera como escritor de más de un cuarto de siglo, con una veintena de títulos publicados. Fundamentalmente se había forjado un nombre en el campo de la poesía, con el aval imprescindible de Octavio Paz, que descubrió a Aridjis con La tumba de Filidor (1961) y apostó por él en 1964 como firme candidato al Premio Villaurrutia de Poesía por su libro Mirándola dormir Casi llegó a considerarse a sí mismo como el descubridor de mi obra poética, mantuvimos mucha correspondencia, explica Aridjis (Stauder, 2005b: 64)–. También había probado suerte en el ámbito de la narrativa con la novela corta Noche de independencia (1978) y el libro de cuentos Playa nudista y otros relatos (1982). Y publicaría, en el 85 mismo, su primera novela: 1492. Vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla, que formará junto con Memorias del Nuevo Mundo (1988) un díptico que tiene como eje temático la convulsa España de los Reyes Católicos y el descubrimiento y conquista de Tenochtitlan.

Por otra parte, desde comienzo de los años 70 el escritor comienza a desarrollar su carrera diplomática en el extranjero, primero con el cargo de Consejero Cultural en la embajada de México en los Países Bajos entre 1972 y 1976; en este último año en calidad de embajador de México en Suiza; y entre 1977 y 1979 como embajador en los Países Bajos. Sus viajes y estancias en el exterior serán constantes desde entonces, no sólo los que tienen como destino Europa: también recala en los EE. UU., país que había visitado en varias ocasiones en los años 60 (Nueva York, Indiana, Washington, etc.). En este tiempo, e incluso ya antes, desde mitad de los años 60, Aridjis se prodiga como conferencista sobre poesía mexicana en universidades de prestigio (George Washington, Yale, Harvard, Columbia, Bristol) y lector de poesía en festivales internacionales como el de Spoleto en 1967, el de Rotterdam en 1973, 1974 y 1976, el de Struga en 1975 o el de Morelia en 1981, este último organizado por el propio Aridjis. En el año 66, además, fue invitado a participar en el mítico Congreso Mundial de Escritores del PEN Club celebrado en Nueva York y presidido por Arthur Miller[3]. Por dos veces, en 1966 y en 1979, le será concedida la prestigiosa beca de la John Simon Guggenheim Foundation para escribir poesía. Aridjis se va labrando poco a poco un nombre en el escenario internacional de las letras. Una imagen, la suya, que se verá consagrada unos años más adelante, cuando en 1997 es elegido presidente del PEN Club Internacional para el periodo 1997-2000 y resulta reelegido para un segundo mandato de 2000 a 2003.

En cuanto a su conciencia ambientalista, nacida, como se ha visto, de su visión asombrada de las mariposas y espoleada asimismo por aquel accidente fatal que a punto estuvo de costarle la vida, en los años 70 comenzaría a dar sus primeros frutos en forma de acciones. Por entonces Homero Aridjis vivía en La Haya, donde trabajaba como embajador de México en los Países Bajos, en tiempos del presidente José López Portillo. Desde la capital le hizo llegar a este un fajo de cartas de ciudadanos holandeses que protestaban enérgicamente por su pasividad ante la masacre de tortugas en el estado de Oaxaca. Contestó furioso –recuerda Aridjis–, preguntándome por qué estaba molestándolo con tortugas cuando había asuntos más importantes que atender, como vender el petróleo, el uranio y el gas natural del país (Aridjis y Ferber, 2012: 21).

Movido por su preocupación por el medio ambiente y la inminente desaparición de ciertas especies animales, y a la vez alarmado ante la creciente contaminación del DF, en 1985 Homero Aridjis impulsa, con ayuda de su esposa Betty Ferber, la creación del Grupo de los Cien (Artistas e Intelectuales por el Medio Ambiente), con sede en Ciudad de México. Estaba compuesto por un centenar de intelectuales (escritores, pintores, científicos, antropólogos, arqueólogos, ambientalistas…), mexicanos de origen o afincados en el país, a los que se sumaron algunos nombres de prestigio de procedencia extranjera. Entre otros miembros fundacionales –muchos de ellos fallecidos ya– se cuentan Octavio Paz, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Elena Poniatowska, Rubén Bonifaz Nuño, Marco Antonio Montes de Oca, Salvador Elizondo, Margo Glantz, José Emilio Pacheco, Miguel León Portilla, Carlos Monsiváis, Leonora Carrington, Francisco Toledo, Rufino Tamayo, Álvaro Mutis y Ramón Xirau. Posteriormente se unen al Grupo numerosas personalidades de relieve internacional como J. M. G. Le Clézio, Gunter Grass, Peter Matthiessen, Kjell Espmark, Allen Ginsberg, Margaret Atwood, Petra Kelly, Paul Ehrlich, Lester Brown, Amory Lovins o Edward Goldsmith. Homero y Betty se han convertido en el alma del Grupo de los Cien –comenta Russell–. La organización no lucrativa funciona desde su hogar sin presupuesto o salarios –el gobierno todavía rechaza sus solicitudes anuales para obtener el estado de desgravación fiscal–. Betty actúa como coordinadora internacional del grupo, formando alianzas con grupos ecologistas en los EE. UU. y otros países (Russell, 68).

Este gran frente ecologista nace inicialmente como movimiento de protesta ante los niveles insoportables de contaminación de Ciudad de México que venían observándose en la década del 80, y aun antes. En ese tiempo, y aunque parezca cosa de cuento en clave de realismo mágico, caían pájaros muertos del cielo, ahogados de tanta polución. Aridjis ha relatado en alguna ocasión la anécdota precisa que dio origen al Grupo de los Cien y que tiene inicialmente como protagonista a Ramon Xirau, intelectual catalán hijo del filósofo Joaquín Xirau, quien se vio forzado al exilio al final de la guerra civil, huyendo primero a París, luego a Marsella y finalmente a México DF, donde se instalará la familia Xirau-Subías.

En 1985 el nivel de contaminación en la Ciudad de México fue tan elevado que incluso un día –uno de esos días en que uno cree que se va a caer muerto en la calle– casi se pudo palpar la contaminación y sentirla en la boca. Entonces un amigo filósofo –se llama Ramón Xirau, es catalán– escribió una carta a un periódico diciendo: «En el día de ayer iba en taxi a la universidad para dar mis clases, y debido a la contaminación que había en la ciudad, cambié de rumbo para ir a poner una queja». Leyendo el periódico, le dije a mi esposa: «Qué extraño, ayer yo me encontraba en otra parte de la ciudad, pero también tuve esa impresión de ansiedad y sentía que me iba a morir». Entonces Betty me dijo: «Si todos los que nos quejamos, trabajáramos juntos, podríamos lograr un cambio. ¿Por qué no hablas con Ramón Xirau?». Y él me dijo: «¿Por qué no hablas con Octavio Paz?». Y empezamos a hablar con diferentes escritores y artistas, y todos me respondieron: «Escribe tú el texto y nosotros lo leeremos». De pronto me encontré investigando todo lo referente a la situación ecológica en la Ciudad de México.

El 28 de febrero terminé el texto y recogimos cien firmas de escritores, entre ellos Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Octavio Paz; pintores como Rufino Tamayo o Leonora Carrington –la última surrealista aquí en México, que estuvo casada con Max Ernst–, arqueólogos como Eduardo Matos Moctezuma, fotógrafos como Manuel Álvarez Bravo. Yo no pensaba formar un grupo ecológico, sino simplemente hacer una declaración común. Pero la respuesta fue tan grande, que al final me vi de líder de un movimiento ecologista sin quererlo. Estos movimientos estaban ya muy avanzados en otras partes –por ejemplo en Estados Unidos y en Europa–, pero en México se encontraban en sus inicios, casi no había conciencia ecológica (Aridjis; en Stauder, 2005b: 54).  

El primero de marzo de ese año se publica en el periódico defeño Novedades la «Declaración de 100 intelectuales y artistas contra la contaminación en la ciudad de México», que puede considerarse como el primer manifiesto del Grupo de los Cien y que incluye la nómina al completo de los firmantes. El número 100, aparte de ser una cifra de peso, tiene una simbología propia en relación a los niveles de contaminación: El Movimiento Ecologista Mexicano ha revelado que tiene pruebas incontrovertibles del grado de contaminación atmosférica que nos asfixia: ciudad de México, 97.5%; Naucalpan, 92%; Tlalnepantla, 93%. Cien es el límite, al alcanzarlo la existencia humana termina (Aridjis; en Aridjis y Ferber, 2012: 27). Uno de los párrafos más contundentes de la «Declaración» es, sin duda, este que sigue, en el que se pone de relieve la pasividad de las autoridades (in)competentes:

La verdad es que, con crisis o sin crisis, hoy como ayer, vivimos en la ciudad más contaminada del mundo, y no se hace nada. Al contrario, se talan miles de árboles en Chapultepec por las obras del Metro; se arrasan zonas verdes para hacer fraccionamientos; los 3.000.000 de vehículos y las 130.000 fábricas que arrojan diariamente 11.000 toneladas de desechos químicos siguen en aumento; los camiones foráneos y de la Ruta 100 todavía ennegrecen las calles con sus humos letales. ¿Hasta cuándo podremos resistir esta ración diaria de plomo, bióxido de carbono, azufre, cemento, gasolina de mala calidad, basura, polvo fecal, ruido; enfermedades gastrointestinales, oculares, de las vías respiratorias y de la piel; esta contaminación que mata a cerca de 30.000 niños, unas 100.000 personas al año, y nos está matando a todos, alarmando a todo el mundo, menos a las autoridades responsables?

En una comida privada celebrada en abril del 85, Aridjis entrega a Carlos Salinas de Gortari, entonces Secretario de Programación y Presupuesto –pocos años más tarde, en 1988, ocuparía la presidencia del gobierno–, a Guillermo Carrillo Arena, Secretario de Desarrollo Urbano y Ecología, y a Ramón Aguirre Velázquez, regente de Ciudad de México, entre otros funcionarios presentes, un documento con ocho puntos esenciales donde se requería la acción de gobierno para disminuir a medio y largo plazo los niveles de contaminación en México capital y asimismo para preservar algunas áreas verdes del país (Chapultepec, Desierto de los Leones, Ajusco, Xochimilco). Las propuestas incluían un endurecimiento de la legislación referida a delitos contra el medio ambiente y una mayor transparencia acerca de la contaminación urbana en la Ciudad de México. No obstante la premura de algunas de las propuestas, por ejemplo la que proponía disminuir diariamente en un 20% la circulación automovilística en Ciudad de México, distribuyendo la actividad según el número de placa de los coches; la instalación de medidores tóxicos en las entradas de las carreteras; o el control de las industrias de alto riesgo de contaminación atmosférica (271 se contabilizaban en 1987), ninguna de ellas fue tomada en cuenta. Las autoridades daban la callada por respuesta.

La batalla ecológica, sin embargo, no estaba del todo perdida, y el Grupo de los Cien no dio tregua a sus reivindicaciones, tanto a las que se centraban en Ciudad de México como a las referidas a otras regiones del país no menos preocupantes. «Mano negra sobre la ciudad», cartel de la Exposición de los Cien«Árbol de la vida», cartel de la Exposición de los Cien«El juincio final», cartel de la Exposición de los Cien«El cacto de la vida», cartel de la Exposición de los Cien Sin duda alguna, el hecho de que en las filas del Grupo de los Cien se contasen los principales representantes de la cultura mexicana e igualmente renombrados científicos, ambientalistas e intelectuales de países pertenecientes a áreas geopolíticas influyentes, acabó ejerciendo cierta presión sobre las autoridades de los distintos gobiernos priistas desde Miguel de la Madrid hasta Ernesto Zedillo. Atacábamos la polución como efecto de la corrupción política –revela Aridjis–, señalando las fuerzas que estaban detrás de los sufrimientos de la gente. El gobierno se alarmó (Rusell, 66). De manera que, relativamente pronto, llegaron los primeros frutos, a los que siguieron otros de forma escalonada. No sólo en relación a las medidas concretas que habían de tomarse en el DF y que Aridjis había desarrollado en 1985 en ocho puntos; también en lo tocante a tres especies que emigran a México y que era necesario preservar: la mariposa monarca, la tortuga marina y la ballena gris.

Primero logramos la protección de los santuarios de la mariposa monarca: en el 1986, el gobierno declaró 16.000 hectáreas zona protegida, incluido el cerro de mi pueblo, que es el cerro Altamirano. Luego la tortuga marina: se estaban matando como 100.000 tortugas marinas al año en México. Emprendimos una campaña muy fuerte y logramos que el gobierno declarara la veda total a la matanza y comercialización de tortuga marina. Y luego en 1988 logramos que el gobierno declarara los lugares donde nace y se reproduce la ballena gris la reserva de la biosfera más grande de América Latina (Aridjis; en Stauder, 2005b: 54).

La defensa suicida de las tortugas marinas

Ni que decir tiene que estos frentes ecológicos abiertos por Aridjis y su Grupo de los Cien en oposición a las autoridades gubernamentales y a poderosos intereses financieros de empresas y corporaciones multinacionales han colocado al escritor y ambientalista en el punto de mira de unos y otros, poniendo en riesgo su propia vida. Uno de los momentos más delicados vividos por Aridjis tuvo lugar en 1990, en medio de una campaña suicida para salvar de la matanza a miles y miles de tortugas marinas. La esposa del entonces presidente de Pronatura había solicitado al escritor que mediase en favor de esta especie amenazada. En enero de aquel año Aridjis inicia la publicación de una serie de artículos en el diario capitalino La Jornada, bajo el título «La tortuga marina, a la extinción»[4]. En ellos el escritor mexicano señala los puntos calientes de venta de productos procedentes de la tortuga marina (lugares como Islas Mujeres, Cozumel, en Quintana Roo; Mérida y Puerto Progreso, en Yucatán; Campeche, las playas de Michoacán, Guerrero y Oaxaca, entre otros) y arremete sin disimulos contra aquellas empresas, establecimientos y matarifes con nombre y apellido que, con el beneplácito de las autoridades locales y centrales, y pese a la Ley Federal de Cacería y a la Ley General del Equilibrio Ecológico, aniquilan masivamente a las tortugas y comercian con su carne, piel, huevos, vísceras y coraza de forma ilegal. Los datos que aporta Aridjis en aquella serie de artículos son escalofriantes respecto a lo que está sucediendo en 1990:

Nada más en el mes de julio de este año, México exportó a Japón 259 kilos de carey por un valor de 6.483 dólares; en el mes de agosto, 265 kilos por un valor de 10.585 dólares, compitiendo con Jamaica, Haití, las islas Salomón y las Islas Fiji en este miserable negocio. Para sacar kilos de carey unas 174 tortugas fueron sacrificadas. En 1973 sólo se exportaron ocho kilos; en 1983 sólo 36 kilos de carey. Como se ve la exportación ha aumentado este año, no obstante que la captura y la comercialización de la tortuga carey está [sic] prohibida por la ley en México (La Jornada, 23 de enero de 1990; en Aridjis y Ferber, 130-131).

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Se estima que anualmente 10 millones de huevos de tortuga se venden en el país debido a la matanza legal e ilegal de las hembras. Para su explotación comercial existe una red bien organizada y administrada de hueveros compradores, distribuidores, mayoristas y vendedores al menudeo. Mejores medios de comunicación han contribuido a mayores niveles de saqueo en comparación a la década de los setenta.  

[…]

El tráfico de huevos de tortuga de Morro Ayuta lo lleva a cabo descaradamente un oficial de la Marina, quien establece retenes para confiscar todo lo que sale de allá. Según informantes del Grupo de los Cien, en esa playa y en otra de Oaxaca con menor número de nidos de tortuga, se está tomando cerca de 100% de los huevos. Cuando los hueveros son detenidos con cantidades excesivas de huevos, el Ministerio Público de Puerto Escondido los deja libres por 100.000 pesos y pronto vuelven a la playa a saquear los nidos (La Jornada, 24 de enero de 1990; en Aridjis y Ferber, 133-134).

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En el año 1989, a comienzos de octubre, de dos a 12 lanchas piratas pescaban día y noche frente al santuario de la playa de Escobilla entre 40 y 50 tortugas en cada viaje; un promedio de 80 a 600 tortugas al día. Las lanchas piratas operan al lado de los barcos de los cooperativistas, sin que las patrullas de la Marina intervengan para evitar lo que está a la vista de todos.

Los piratas cortan las aletas delanteras y traseras de la tortuga y la arrojan viva al mar, antes de descargar las pieles… (La Jornada, 25 de enero de 1990; en Aridjis y Ferber, 135).

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Los cooperativistas tienen que vender la tortuga a Propemex y Retesa, dos empresas del gobierno, que procesan y comercializan piel, concha, huevo tierno, aceite, carne, harina y vísceras. Los cooperativistas reciben 23.000 pesos por cada tortuga entregada al rastro. En cambio, en el tráfico ilegal, cada par de aletas (delanteras o traseras) valen 20.000; es decir, 40.000 pesos tan sólo por la piel.

Retesa (refrigeradora Tetepan, S. A.) distribuye las pieles, vendiéndolas principalmente a Japón a través de varias empresas privadas, entre ellas Empresa Artesanía y Tenería Minerva, S.A., y Pielmar, S.A., ambas en el Distrito Federal. Retesa también vende pieles importadas de los países centroamericanos. En 1989, las dos empresas citadas exportaron más de 27.000 pieles de tortuga golfina. Actualmente, Tetepan tiene toneladas de carne de tortuga congelada (La Jornada, 26 de enero de 1990; en Aridjis y Ferber, 139).

Las denuncias de Aridjis alarmaron enseguida a los responsables gubernamentales, quienes por medio de la entonces Secretaria de Pesca, M.ª Ángeles Moreno, exigieron al escritor que revelara sus fuentes. A lo que Aridjis se negó en rotundo por su compromiso con los informantes, expuesto en una Nota final en el último artículo de la serie: No los cito por nombre por respetar sus demandas expresas de anonimato. Las razones son obvias (en Aridjis y Ferber, 142). De haberlo hecho, tales informantes, miembros o simpatizantes del Grupo de los Cien, hubiesen sufrido la misma suerte del escritor o aun peor. El gobierno presidido por Carlos Salinas de Gortari, puesto en evidencia y presionado por algunos sectores de la sociedad mexicana y de grupos ambientalistas internacionales (WWF, Earth Island Institute, Deutscher Naturschutzring, Wider Caribbean Sea Turtle Conservation Network), se vio obligado a promulgar un decreto en mayo de 1990 por el que se prohibían por completo y de forma permanente la captura, matanza y comercialización de la tortuga marina. Aun así, y pese a algunas tímidas actuaciones de la policía federal de cara a la galería, el negocio ilegal siguió imparable por parte de saqueadores, matarifes y agentes policiales conchabados con aquellos.

En aquellos días, Homero Aridjis quiso comprobar in situ hasta qué punto se estaba cumpliendo con el citado decreto por el que se vedaba la caza y comercialización de la tortuga marina. Se presentó, junto a su esposa Betty, una de sus hijas y un corresponsal de The New York Times en México, en la playa de Escobilla, uno de los lugares adonde las tortugas van a desovar y, por ello, uno de los puntos a los que acudían cada tanto los actores del gran negocio de la tortuga marina, moderno Vellocino de Oro. Homero Aridjis acariciando una tortuga golfina El matrimonio Aridjis y el periodista se ubicaron junto a un campamento de biólogos marinos que, como ellos, habían acudido a contemplar el maravilloso espectáculo del desove de la tortuga marina en las costas mexicanas.

Todo está en silencio, y de pronto la tortuga empieza a moverse muy lentamente. Camina unos ochenta metros y comienza a cavar con sus aletas. Tarda entre veinte minutos y media hora en hacer un hueco. Puedes acercarte y tocar su cabeza. Y cuando pone los huevos, puedes ver lágrimas caer (Aridjis; en Russell, 72).

Al día siguiente de asistir a este milagro de la naturaleza, los biólogos se marcharon, pero no los infantes de Marina que guardaban la playa de Escobilla.Homero Aridjis y Betti Ferber en la playa con tortugas golfinas Con no poca intuición, Aridjis comprendió que su presencia en ese lugar era algo comprometida, debido a sus denuncias contra el ejército de la Marina, al que implicaba directamente en el negocio de comercialización de la tortuga marina.

Tuve un presentimiento. Siempre trato de no darles la espalda [a los infantes de Marina]. Les dije a Betty y a mi hija que debíamos quedarnos juntos. Invité a dos mecánicos que estaban arreglando nuestro carro a venir también, como medida preventiva. Sabía que algo iba a pasar. Le dije al comandante militar: «Este es un periodista de uno de los diarios más importantes del mundo, y si le pasa algo, va a ser una noticia universal». Más tarde encontramos a uno de los cazadores furtivos, un hombre alto. Se acercó y fingió que no sabía que estaba hablando conmigo. Me dijo: «Me gustaría encontrarme con ese hijo de puta Homero Aridjis». Y yo le dije: «Hola, ¿cómo está? Ese soy yo». Dijo: «No creas que vamos a cuidar de esos animales, porque son billete, dinero». Luego el hombre se fue (Aridjis; en Russell, 72).

Lamentablemente, y a pesar del mencionado decreto de mayo de 1990, la matanza y comercialización ilegal de algunas especies de tortuga marina siguen vigentes en México, con el conocimiento de las autoridades. Así lo explicaba el propio Aridjis en un artículo del 23 de julio de 2000 publicado en el diario Reforma: Cada año mueren más de 10.000 tortugas, sobre todo tortuga negra y caguama, en las aguas de Baja California, por captura ilegal y por ser atrapadas en las redes de los pescadores. […] Según la ley, quienes vendan tortugas, o sus productos, son susceptibles a recibir una sentencia de entre seis meses y tres años, pero la ley no se cumple (en Aridjis y Ferber, 151).Cartel de la Campaña del Grupo de los Cien contra el consumo de huevos de tortuga No deja de reconocer, sin embargo, ciertos esfuerzos realizados por el ejército y por la agencia estatal de protección de especies, Profepa. Pero también se necesita que se hagan cambios en la legislación actual para que los delitos ambientales que cometen los traficantes de flora y fauna sean considerados como graves (151). Sin duda, hay en todo ello una responsabilidad civil, a la que apela Aridjis en lo tocante a la tradición gastronómica de los mexicanos, tan dados a la sopa de tortuga y a su carne.

Que, durante las celebraciones de Semana Santa, la tortuga marina sea el platillo preferido de los mexicanos de Baja California es un desperdicio y una inconciencia. La tortuga marina tiene unos 100 millones de años de habitar el planeta Tierra y algunos mitos se refieren a ella como nuestra abuela. La trivialidad de comernos a la abuela en un plato de sopa o en un taco no tiene nombre («Comerse a la abuela», Reforma, 15 de abril de 2001; en Aridjis y Ferber, 152).

«Hacia el fin del milenio»: 1991, la Declaración de Morelia

En 1991 tiene lugar un hito importante en el activismo ecológico del Grupo de los Cien que encabezan Homero Aridjis y Betty Ferber. En Morelia, capital del estado de Michoacán, Aridjis reunió durante una semana a ecologistas, científicos, activistas políticos, intelectuales y representantes de numerosos pueblos indígenas de toda Latinoamérica para hablar de la situación del planeta, de los peligros que lo acechan. La propuesta bajo la que se convocó el encuentro, Hacia el fin del milenio, invitaba a una reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro de la especie humana y de su entorno natural. Amén de la deforestación preocupante por la destrucción masiva de los bosques tropicales, del calentamiento paulatino de la Tierra y del aumento del nivel del mar, en la memoria de todos estaba el desastre de Chernobyl ocurrido en 1986, cuya expansión radioactiva llegó a afectar, aunque en distinto grado, a unos 35 millones de personas. En el documento resultante de este encuentro, conocido como la «Declaración de Morelia», se habla de ecocidio y etnocidio, dos términos que se han instalado en el discurso ecológico de las últimas décadas.

Las conclusiones de la «Declaración de Morelia», recogidas en cinco puntos, fueron presentadas en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992, que reunió a un centenar de jefes de Estado con su séquito de técnicos y burócratas. En el documento presentado se urgía a los países participantes en dicha cumbre, sobre todo a los más industrializados y por ello los más contaminantes, a firmar una Convención del Cambio Global del Clima por la que se comprometiesen a reducir en un 20% las emisiones de bióxido de carbono con vistas al año 2000, reforzando con ello la Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono y Protocolo de Montreal relativo a las Sustancias que Agotan la Capa de Ozono, en vigor desde enero de 1989. Asimismo, se pedía la creación de una Corte Internacional del Medio Ambiente a semejanza de la Corte Internacional de Justicia de La Haya y la firma de un Tratado Forestal Global. En su ponencia en el Open Speakers Foro Global de Río de Janeiro, Homero Aridjis denunció abiertamente las prácticas imperialistas que los países ricos implantan en los países menos desarrollados, a los que usan como proveedores de materias primas para seguir alimentando la ilusión del capitalismo salvaje allende los mares. Arremetió también contra aquellos gobiernos de las repúblicas latinoamericanas que, en nombre de la patria y el progreso, desmantelan y subastan las riquezas naturales propias en busca de pingües beneficios particulares:

Una cosa es cierta: los bosques de los países del Sur están desapareciendo a un ritmo alarmante, víctimas del insaciable apetito de los del Norte por maderas tropicales, y para hacer lugar al ganado (en el caso de Latinoamérica, un ganado que es quizá descendiente del que llegó por primera vez a estas tierras en el siglo XV), el cual a menudo sirve para proveer de hamburguesas a los sobrealimentados habitantes del Primer Mundo. Sólo en las últimas décadas, 20 millones de hectáreas de selvas latinoamericanas han sido reducidas a pastizales para vacas.

Nuestra flora y fauna desaparecen cada día. Nuestros bosques, desiertos y mares son saqueados en busca de árboles, aves, cocodrilos, tarántulas, monos, cactos, plantas y tortugas marinas, que se convierten a su vez en muebles, mascotas, zapatos, bolsas y trofeos, y en medicinas patentadas en el mundo industrializado. Nada de lo que vuela, repta, nada, anda o crece en la tierra está a salvo de la codicia propia y ajena.

[…] Pero tampoco nosotros somos inocentes de la degradación de nuestros recursos naturales. Las acusaciones de imperialismo ecológico contra el Primer Mundo son utilizadas con frecuencia por nuestros políticos para justificar planes nacionalistas que arrasan con los ecosistemas que nos quedan. La soberanía es invocada, así como un progreso espurio y efímero, para escudar los crímenes contra la naturaleza (en Aridjis y Ferber, 390).

No obstante, Aridjis se muestra algo optimista al anunciar que un nuevo humanismo recorre el mundo: el de la ecología, al que define de un modo preciso: Me refiero al humanismo como al ideal de hombres comprometidos en la defensa de las cadenas de la vida, en una época donde la extinción biológica es cosa de todos los días y de todas las horas; en una época en la que el hombre sabe que la Tierra es un organismo vivo y él es su inteligencia, su memoria y su poesía (391). En esta misma ponencia, Aridjis da cuenta de un hecho relevante en el campo intelectual puesto de manifiesto en el Congreso Internacional de Escritores del PEN Club celebrado en Maastricht en mayo de 1989. A saber: que los escritores allí reunidos no nos dividimos en bloques ideológicos de confrontación Este-Oeste, como en otros encuentros literarios. Entre las mesas de trabajo y los recitales de poesía, algunos de nosotros hablamos de la desnaturalización de la vida, de la Amazonia y la Lacandonia, del lago Baikal y el lago Pátzcuaro, de Copsa Mica y Cubatao, de Chabarovice y Katowice, de la ciudad de México y de Atenas, del río Coatzacoalcos y el mar Mediterráneo, de palmeras y elefantes, de tortugas marinas y cactos gigantes (391). Por supuesto, sobra decir que esta reflexión conjunta más allá de las ideologías enfrentadas fue posible gracias a un hecho histórico trascendente: el ocaso del «bloque comunista»[5], cuya muerte anunciada encuentra su escenificación máxima en la caída del muro de Berlín en 1989, pocos años antes de la cumbre de Río de Janeiro. De un modo clarividente, y en un tono marcadamente apocalíptico, Aridjis advierte que la humanidad ha ingresado en un nuevo tiempo, donde ya no se enfrentan dos bloques ideológicos –capitalismo versus comunismo–, donde las guerras ya no se librarán entre ejércitos enemigos. Por el contrario, las guerras serán ecológicas y las catástrofes y las hambrunas el resultado de la depredación del medio ambiente, en un mundo desnaturalizado que no ha sido todavía descrito por ninguna obra de ficción (392-393). Es precisamente el tema de sus novelas La leyenda de los soles (México: FCE, 1993), cuya escritura coincide posiblemente con el mismo año en que se celebra la Cumbre de Río de Janeiro, y ¿En quién piensas cuando haces el amor? (México: Alfaguara, 1996). Ambas piezas conforman un «díptico apocalíptico» en el que, transportado el lector al México DF futuro del año 2027, la «utopía» de un mundo mejor se trastoca en «distopía».

…mon obsession, précisément en lien avec mon activisme écologiste, est plutôt celle d’une apocalypse écologique: voir que des espèces animales, végétales, des groupes indigènes disparaissent; que les forêts, les animaux, les fleurs, les rivières, les lacs meurent, que toute cette mort biologique est en train d’arriver. Je le vois, je le vois. Par conséquent, il y a une présence très forte tant de l’apocalypse écologique, graduelle (Aridjis; en Pagacz, 46).

Pese a todos los esfuerzos del encuentro celebrado en Morelia y la «Declaración» expuesta en la Cumbre de Río de Janeiro al año siguiente, los resultados de la cumbre fueron bastante desalentadores, según puede extraerse de las declaraciones de Aridjis a posteriori. Sobre todo por los subterfugios retóricos que difuminan y rebajan el discurso de los políticos de turno, quienes, como es sabido, se preocupan por que de cada cumbre salga una declaración de intenciones, a sabiendas de que toda esa palabrería es puro humo, meros malabarismos verbales que equivalen a poco o nada, como sigue sucediendo actualmente (¿quién puede tomarse en serio el protocolo de Kioto, por ejemplo, que es sistemáticamente violado por unos y otros países a su antojo y conveniencia?).

Comprendí esto en la Cumbre de la Tierra en 1992, en Río de Janeiro, donde me llevé una gran desilusión porque tenía la esperanza de que esa cumbre sirviera como movimiento de cambio mundial de conciencia, hacia la ecología y la conservación de la Tierra. Entonces asistí a algunas reuniones en el cuadro de las Naciones Unidas, donde se estaba redactando la Carta de la Tierra. Pero me desilusioné observando a los delegados de los diferentes países, que pasaban horas y días enteros puliendo las frases hasta volverlas inofensivas y totalmente neutras; todo el trabajo de esos delegados oficiales no fue más que una excusa para que no fuera dicho que no había habido un compromiso para con la Tierra, gastando de esta manera mucho tiempo y mucho dinero y perdiendo una oportunidad histórica. En Río todos los discursos de los jefes de estado fueron todos iguales, desde los países más poderosos hasta los más pequeños: solemnes y retóricos, pero sin llegar a prometer nada en concreto, por ejemplo en lo concerniente a ciertas especies animales (Aridjis; en Stauder, 2005b: 56)[6].

Aun con ello, hubo un hecho bastante positivo nacido de esta Cumbre: la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), que vendría a ser el antecedente del Protocolo de Kioto aprobado en diciembre de 1997 –aunque no entraría en vigor hasta 2005– y que, como es conocido, tiene por objetivo primordial reducir las emisiones de determinados gases que contribuyen sobremanera al calentamiento del planeta y provocan el llamado «efecto invernadero». No obstante, cabe recordar que EE. UU., uno de los mayores emisores de gases tóxicos, nunca ratificó el Protocolo de Kioto.

Los santuarios de la ballena gris en la Baja California

En los años 90 Homero Aridjis continúa batallando en cada uno de los frentes abiertos desde los comienzos de su activismo y se erige en uno de los referentes principales en Latinoamérica de la lucha por el medioambiente. En 1993 participa en un importante encuentro científico de carácter internacional donde coincide con Lincoln Brower, conocido por sus valiosos estudios sobre los lepidópteros y enérgico defensor de la mariposa monarca. Homero Aridjis y Lincoln Brower en Cerro Pelón Rememorando aquella reunión científica, Brower ha recordado en alguna ocasión el momento más emotivo, del que fue protagonista el escritor mexicano:

Para mí, el punto culminante de esa conferencia fue la presentación de Homero sobre sus vivencias tempranas con las mariposas monarca que volaban sobre su casa. Dio la charla en español. No entendí casi nada, pero cuando terminó, yo tenía lágrimas en los ojos por escuchar esa descripción tan conmovedora de la incesante destrucción de los bosques (en Russell, 70).

A mitad de la década, Aridjis y el Grupo de los Cien emprenden una nueva cruzada en otro de los frentes que definen su empresa ambientalista, esta vez en defensa de los santuarios donde van a dar a luz las hembras de ballena gris.Ballena gris En realidad esta cruzada arranca de algunos años atrás, cuando en 1988 el Grupo de los Cien logró de las autoridades gubernamentales, en tiempos del presidente Miguel de la Madrid (PRI), que se creara la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, provista de casi tres millones de hectáreas y que incluye las lagunas de San Ignacio y Ojo de Liebre, en la Baja California, justamente donde va a instalarse la ballena gris para aparearse y dar a luz.

Por milenios las ballenas grises han hecho el viaje de 9.600 km desde las aguas árticas donde se alimentan hasta estas dos lagunas en Baja California para dar a luz a sus crías. La Reserva de El Vizcaíno, que es la mayor área así protegida en América Latina, debería garantizar que el hábitat invernal de las ballenas grises quedase protegido de cualquier proyecto industrial de gran escala (Russell, 74).

En enero de 1995, Serge Dedina, un estudiante norteamericano que cursaba estudios de doctorado y vivía en Baja California Sur –en 2000 fundaría Wildcoast–, alertó personalmente a Homero Aridjis sobre la tentativa conjunta por parte de la compañía japonesa Mitsubishi International Corporation y el gobierno mexicano, presidido por el recién elegido Ernesto Zedillo, de construir una planta salinera en la laguna de San Ignacio, un área que había sido declarada, para más inri, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Ello atentaba contra los acuerdos de protección de la especie y su hábitat contemplados en los decretos de 14 de enero de 1972, 16 de julio de 1979, 20 de marzo de 1980 y 30 de enero de 1988. Enseguida, el escritor denunció los hechos a través de las páginas de Reforma, con el siguiente titular impactante: «México vende santuario ballenero». Al mismo tiempo, el Grupo de los Cien hizo una denuncia pública que tuvo eco inmediato en el extranjero, lo que provocó la reacción de diversos grupos ecologistas. Aridjis intentó sin éxito obtener de las autoridades estatales el estudio del impacto medioambiental del área que iba a ser afectada, que se supone debía haber realizado un equipo técnico. Pasaba varias horas esperando en diferentes oficinas –recuerda Aridjis–, mientras jugaban al gato y al ratón conmigo. Finalmente pudimos obtener el documento de alguien en los EE. UU., una persona que prefiere el anonimato, pero se trata de una persona de nivel muy alto (en Russell, 76). Con el plan de obras en su poder, el 21 de febrero de 1995 Aridjis publicó un artículo en Reforma titulado «El silencio de las ballenas», donde demostraba, con datos objetivos incontestables, hasta qué punto el hábitat de las ballenas grises en Baja California iba a sufrir un trastorno y las consecuencias irreparables que ello tendría para los cetáceos.

Este proyecto es una burla del concepto de reserva de la biosfera y es posible que destruya la zona núcleo y de amortiguamiento de la más grande área protegida de México. La laguna de San Ignacio no es un lote baldío o un parque industrial, sino uno de los ecosistemas más frágiles del mundo y el hogar invernal de la ballena gris (Reforma, 21 de febrero de 1995; en Aridjis y Ferber, 174).

A tenor de esta lucha por salvaguardar los santuarios de la ballena gris, en 1997-1998 Aridjis y su familia sufrieron serias amenazas de muerte, todas ellas anónimas, claro está. E incluso parece que el teléfono de la casa familiar llegó a estar intervenido de forma ilegal. De modo que el escritor se vio obligado a pedir protección policial, que el gobierno le facilitó. Solía tener la libertad de salir solo, utilizar el transporte público, el metro. Me gustaba caminar […]. Es parte de mi vida como escritor. Pero ya no puedo hacerlo […]. Si salgo a la calle, es en un auto con dos guardias armados (en Russell, 74). Por supuesto, dado que Aridjis conoce de cerca los entresijos de la corruptela generalizada en su país, el hecho de contar con protección estatal no dejaba de inquietarle aún más si cabe, como el propio Aridjis ha declarado.

Desde luego, la protección me causaba más desasosiego y no descansé hasta que los agentes del gobierno se fueron. Una cosa curiosa, después de verlos llegar e irse cada día durante un año entero, mi perro Rufus, que es muy afectuoso, nunca los reconoció. Fue como si nunca hubiesen estado allí (en Guardia, 51).

En 1997, cabe recordar, Aridjis es elegido presidente del PEN Club Internacional, por lo que su visibilidad y proyección en los foros internacionales alcanzan en ese tiempo unos niveles que lo convierten en un blanco difícil. De forma que finalmente el gobierno de Zedillo se vio obligado a intervenir en el caso cuando una docena de destacados intelectuales de diversa procedencia, entre los que se contaban Arthur Miller, Nadine Gordimer, Susan Sontag y Mario Vargas Llosa, todos ellos miembros del PEN Club, enviaron al presidente mexicano una nota de protesta por la situación de indefensión que estaba viviendo la familia Aridjis. Las autoridades policiales iniciaron entonces una investigación, lo que sirvió si no para aclarar los hechos al menos sí para poner freno a las amenazas.

En esto sucedió algo extraordinario que resultaría decisivo en la resolución del pulso que el Grupo de los Cien mantenía con el gobierno en relación al proyecto de construcción de una planta salinera en la laguna de San Ignacio. Estando Aridjis en 1999 en la laguna con un grupo de parlamentarios europeos interesados en los santuarios de la ballena gris en la Baja California, el escritor recordó que en sus años como embajador de México en los Países Bajos entre 1977 y 1979 tuvo oportunidad de conocer al príncipe Bernardo (Russell, 77). Al parecer, según el relato de Aridjis, el príncipe hablaba algo de español y sentía especial aprecio por México, país que había tenido la oportunidad de visitar y que le subyugó. Después de hablar de ello con los parlamentarios, una tarde, inesperadamente, sonó el teléfono en el domicilio del escritor mexicano y le pasaron con el príncipe, quien había conocido la laguna de San Ignacio y estaba informado de que Aridjis y su Grupo de los Cien encabezaban la protesta contra el proyecto de la salinera. Se rumoreó entonces, explica Dick Russell, que el príncipe Bernardo había llamado personalmente al príncipe Felipe, duque de Edimburgo, quien había sido hasta 1996 jefe titular del World Wildlife Fund (WWF), y que este encargó al personal de la sede que dicha organización tenía en México DF que prepararan un informe sobre el impacto medioambiental que podría tener el ambicioso proyecto de la Mitsubishi en la laguna de San Ignacio.

En el año 2000 tuvo lugar un importante encuentro de ecologistas a nivel internacional. El rumor de que existía un nuevo informe de 3.000 páginas sobre el impacto medioambiental en la laguna se extendió enseguida por los corrillos de científicos, políticos y ecologistas. La tensión se palpaba en el ambiente. Sin embargo, y para sorpresa de todos los asistentes, el presidente Zedillo dio un vuelco a su discurso y se erigió en un inesperado defensor de la riqueza patrimonial que constituye la laguna de San Ignacio:

Esta laguna es uno de los pocos lugares que quedan en el planeta que casi no han sufrido perturbaciones por parte del ser humano. He tomado la decisión de instruir a los representantes del gobierno mexicano […] para que propongan suspender permanentemente el proyecto de la planta salinera. Afortunadamente, Mitsubishi respalda la decisión del gobierno mexicano (en Russell, 77).

Fue una batalla más ganada, pero desafortunadamente no la última. En 2003, Aridjis y su Grupo de los Cien tuvieron que vérselas de nuevo con el gobierno mexicano, entonces presidido por Vicente Fox, del PAN, para detener los planes de construcción de la llamada Escalera Náutica, una red de veintidós puertos deportivos repartidos por toda la costa de la Baja California. El proyecto había sido ideado por el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur) para atraer el turismo norteamericano de clase alta, con una inversión de 1.400 millones de dólares en un periodo de catorce años. Huelga decir que el impacto sobre la zona hubiese sido devastador a medio plazo. Sobre todo se habría visto afectado el Mar de Cortés, conocido como «el acuario del mundo», en el que habitan varias especies marinas, entre ellas la ballena gris, el león marino, cinco especies de tortugas y alrededor de 800 tipos de peces. En un artículo publicado en Reforma el 19 de enero de 2003, titulado «La caída de la Escalera Náutica», Aridjis daba a conocer un estudio de mercado independiente, elaborado por la prestigiosa EDAW, que contradecía los cálculos elaborados por Fonatur.

Por los resultados del estudio de mercado y las amenazas ambientales irreversibles, urge repensar y redimensionar la escala y las pretensiones de la Escalera Náutica antes de que se destruyan irremediablemente los ecosistemas frágiles y únicos de Baja California y del mar de Cortés, y se llene la región de proyectos económicamente inviables que se irán abandonando, dejando elefantes blancos por doquiera. […]

[…]

En lugar de la destructiva Escalera Náutica habría que elaborar una Escalera Ecológica que promueva el ecoturismo de bajo impacto y las pescas deportiva y sustentable. Este mercado es mucho más vasto que el de los propietarios millonarios de yates. ¿O ya están demasiado avanzadas las inversiones de los funcionarios y sus socios para que se reduzca el jugoso negocio que defraudará a los mexicanos de la región y destruirá una de las más bellas partes del planeta, la cual, para nuestra fortuna, se halla en México? (Reforma, 19 de enero de 2003; en Aridjis y Ferber, 253-254).

Años más tarde, la zona del Mar de Cortés seguía estando amenazada por el contubernio entre el poder político y financiero. En 2012, una serie de ONG y de organizaciones ecologistas, entre las que se encontraba el Grupo de los Cien, lograron que el presidente Felipe Calderón diera marcha atrás a los planes de megadesarrollo turístico en Cabo Cortés que ponían en riesgo la supervivencia del arrecife de coral de Cabo Pulmo, en el Mar de Cortés.Homero  Aridjis y Betty Ferber en el Parque Nacional Cabo Pulmo Esta vez se trataba de un proyecto creado por la empresa Hansa Urbana, con sede en Alicante, España, tal como denunciaron Homero Aridjis y Robert F. Kennedy Jr. en «El rapto del arrecife», artículo publicado en El Universal el 21 de mayo de 2011 (en Aridjis y Ferber, 254-257).

Hacia una Declaración de los Derechos de la Naturaleza. La presidencia del PEN, 1997-2003

La empresa de defensa del medio ambiente encabezada por Homero Aridjis y su Grupo de los Cien no solo ha tenido –y sigue teniendo– como objetivo primordial la protección de ciertas especies animales de las que se ha hablado hasta el momento (principalmente la mariposa monarca, la tortuga marina, la ballena gris, pero también los delfines). Como corresponde a una conciencia ambientalista de amplias miras, Aridjis y «los Cien» han librado diversos frentes por la conservación del paisaje y los recursos naturales de un país tan rico como México, cuya flora y fauna se han visto amenazadas en todo momento por proyectos empresariales que responden, como se ha visto, a intereses privados y que de llevarse a cabo hubiesen tenido efectos devastadores sobre parajes protegidos y las especies que los habitan. Y no solo eso: además se vería afectada la población autóctona, generalmente pueblos indígenas que apenas poseen relevancia social, por tanto con nula representación política, y que desde luego carecen de asistencia legal.

En realidad, la lucha medioambiental de Aridjis no puede deslindarse de su preocupación por el destino de la especie humana, preocupación acrecentada, es cierto, por las predicciones apocalípticas que rodearon al año 2000 y a las que el intelectual mexicano fue especialmente sensible, como demuestran sus escritos ambientalistas y, del mismo modo, su producción narrativa de los años 90[7]. Resulta oportuno recordar en este punto la propuesta-marco que presidió los encuentros de Morelia celebrados en 1991 y 1994: Hacia el fin del milenio, título que refleja ese sentimiento milenarista ante el cierre del siglo XX[8]. En el artículo titulado «Los Derechos de la Naturaleza», publicado en La Jornada el 28 de agosto de 1989, es decir, cuando se cumplían doscientos años de la proclamación de los Droits de l’Homme y poco más de veinte años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Aridjis reivindica una Declaración de los Derechos de la Naturaleza, y al hacerlo pone de manifiesto la clara dependencia que poseen los derechos humanos respecto de los derechos naturales, aspecto este esencial en su ideario ecologista.

Desde el origen mismo de la vida, el destino del hombre y la naturaleza han estado indisolublemente ligados. La naturaleza puede sobrevivir sin el hombre, pero el hombre no puede sobrevivir sin la naturaleza. La vertiginosa desaparición de especies que está sufriendo nuestro planeta no tiene precedente en la historia y plantea nuestra propia extinción.

[…]

Los estoicos griegos creían que el hombre tenía su lugar en el universo y formaba parte de él. El universo para ellos era un organismo vivo con un alma, una deidad materializada. La deidad era «la ley universal de la naturaleza». El logos individual era el logos universal de la naturaleza. Ahora más que nunca, es importante que el ser humano observe las pérdidas que ocurren en la naturaleza como pérdidas propias, que reflexione sobre la vida desnaturalizada que lo amenaza, pues está orgánicamente incorporado al mundo natural.

A unos cuantos años del fin del siglo XX y del fin del segundo milenio, podemos decir, parafraseando a Anaxágoras, que, como los hombres de los primeros tiempos, vivimos para contemplar los soles, las lunas y las estrellas de esta Tierra; los cuales, no son otra cosa que las obras maestras vivas de la naturaleza (en Aridjis y Ferber, 381-382).

En 1997, como se ha repetido a lo largo de estas páginas, Aridjis es elegido presidente del PEN Club Internacional tras la Asamblea General reunida en Edimburgo. Este hecho, y su reelección en 2000, tuvo una enorme repercusión en todo el ámbito de habla hispana si se tiene en cuenta que era el segundo intelectual latinoamericano en ostentar dicho cargo, después de que Mario Vargas Llosa ocupara la presidencia en los años 70. Ello sirvió, entre otras muchas cosas, para romper la férrea tradición eurocentrista que arrastraba el PEN desde sus orígenes e inaugurar así una etapa distinta sujeta a un nuevo equilibrio geopolítico y cultural en el que tuviesen mayor representatividad las minorías étnico-culturales. Por supuesto, ni que decir tiene que en la elección y reelección de Aridjis como presidente del PEN Club tuvo un peso decisivo, más allá de su obra literaria, su trayectoria como defensor del medio ambiente y cabeza visible del Grupo de los Cien, que le había granjeado una reputación a nivel internacional, dada la propia internacionalización que fue adquiriendo la defensa ambientalista. Mi experiencia ambiental me sirvió mucho para encabezar una organización como el PEN, ha declarado el propio Aridjis (en Guardia, 51). Una década antes de ser elegido presidente del PEN Club, Aridjis recibía en nombre del Grupo de los Cien el prestigioso Premio Global 500 del Programa de Naciones Unidas para la Defensa del Medio Ambiente.Homero  Aridjis y Betty Ferber con Mijail Gorbachov recibiendo el Premio del Milenio Por ese tiempo, los gobiernos de países como Noruega, Dinamarca, Suecia o Gran Bretaña contactan con Aridjis para consultarle respecto a temas relacionados con el ambientalismo. En cierto modo, su fama como activista se sitúa a la par de, e incluso excede a, su fama como poeta y novelista.

En 1998, Aridjis emprende una reforma de los estatutos del PEN Club Internacional que a la postre será decisiva para las directrices de dicha organización con vistas a ingresar en el tercer milenio. No en vano se le ha llamado, y con razón, «el presidente de la reforma». Se trataba de romper la hegemonía eurocentrista y dar mayor visibilidad a centros culturales de Europa Oriental, África, Asia y Latinoamérica que o bien no existían o bien hasta el momento apenas poseían relevancia en el seno de la organización mundial de escritores. Esta nueva orientación aparece definida ya en la «Carta de Intención» que Aridjis hace pública tras ser elegido presidente del PEN Club Internacional.

Cuando, a fines de noviembre de 2003, Homero Aridjis entregó la presidencia del PEN Internacional a su sucesor durante la ceremonia de clausura del Primer Congreso de las Américas, convocado en Ciudad de México, a nadie le cabía la menor duda: la fisonomía de la más prestigiosa sociedad mundial de escritores había cambiado, embelleciendo sus rasgos en los últimos seis años. Ahora, es el rostro de una mestiza que tiene algo del padre europeo y las facciones originales y hermosas de una madre que bien puede ser africana, neozelandesa, caribeña, rusa, japonesa, o, acaso, también boliviana (Guardia, 38).

En lo concerniente a Latinoamérica, en sus años de presidente de la organización Aridjis luchó para abrir centros de escritores indígenas que eran sistemáticamente discriminados por las empresas editoriales y cuya obra, por tanto, quedaba inédita, en detrimento de sus lenguas maternas (el náhuatl, por ejemplo), en peligro de extinción. Algunos avances en el terreno lingüístico se habían producido con anterioridad a la primera presidencia de Aridjis: por ejemplo, en 1996 el Comité de Traducciones y Derechos Lingüísticos del PEN Internacional aprobó el texto fundacional de la Declaración Universal de Derechos Lingüísticos, que fue presentado en 1997 en la Feria del Libro de Edimburgo. Más adelante, en 2001, el que era en aquel entonces presidente del mencionado Comité, el poeta catalán Carles Torner, Homero Aridjis y otros escritores que los acompañaban hicieron entrega de dicho documento a Koichiro Matsuura, director general de la UNESCO (48-49).

No es difícil establecer, según lo expuesto arriba, la conexión entre los denodados afanes de Aridjis por preservar el medio ambiente y la lucha que desde su cargo de presidente del PEN Club Internacional emprende en favor de los derechos de las minorías étnicas, generalmente poblaciones indígenas subdesarrolladas amenazadas por la contaminación y por prácticas del capitalismo salvaje. En el punto tercero de la citada «Declaración de Morelia» se describe una de las razones fundamentales que explican esa ardua defensa del mundo indígena, más allá de las lógicas razones humanitarias:

Las sociedades tradicionales son generalmente las mejores administradoras de la biodiversidad. Durante los últimos 500 años, el conocimiento y los derechos de los pueblos indígenas americanos han sido ignorados, tanto en las Américas como en otras partes del mundo. Estas minorías, que han sido explotadas en sus propios países, son cruciales para la preservación de la diversidad biológica y cultural.

Deploramos la contaminación cultural y la pérdida de las tradiciones que han llevado a la desnaturalización de la vida, dejando a los seres humanos, por la intensidad del mercado masivo, vulnerables a las presiones de un totalitarismo económico y político, y a los hábitos de consumismo y desperdicio que ponen en peligro a la Tierra (en Aridjis y Ferber, 386).

Yo me aventuro a decir –afirma Aridjis en su conferencia leída en la Cumbre de la Tierra de 1992– que para muchos de nosotros la defensa de los derechos de la naturaleza es una defensa implícita de los derechos de los seres humanos. Porque un planeta degradado ecológicamente degrada la humanidad, puesto que nuestro bienestar físico y moral depende de la salud de nuestro medio ambiente (394). Tal como ha señalado Niall Binns siguiendo los trabajos de Alfred Crosby y Elinor Melville, entre otros investigadores, la lucha ecológica contra las grandes corporaciones neoimperialistas que tratan de devastar las reservas naturales de Latinoamérica no es sino una lucha a la par contra el ecocidio y el etnocidio (15). Esto explica la carta enviada por Aridjis al presidente de Brasil José Sarney, en 1989, entregada al embajador brasileño en México por el propio escritor y hecha pública en el diario La Jornada el 3 de abril del mismo año. En ella se pone de manifiesto la preocupación por uno de los mayores ecocidios largamente anunciado: el de la Amazonia, que vive en aquel tiempo, y antes también, como ahora, un difícil pulso por su subsistencia, amenazada por todo tipo de proyectos empresariales, públicos y privados, sobre todo de capital extranjero, y por políticas estatales, que por entonces certificaban su pronta extinción.

Las noticias que nos llegan de Brasil sobre lo que ocurre en la Amazonia son alarmantes: inversiones en gran escala para la deforestación masiva que afectará el clima del planeta; incendios criminales que arrasan con millones de hectáreas de bosques tropicales, como el de Rondonia; limpia de la selva para la colonización y la agricultura transnacional y de plantación; incentivos fiscales para los rancheros que queman los bosques para establecer áreas de ganadería extensiva; exterminio de las etnias, cuyos integrantes son cazados por los «modernizadores» del agro para apoderarse de sus tierras; desaparición de miles de especies animales y vegetales (en Aridjis y Ferber, 204).

Desde comienzos de la década de los 90, la situación de la Amazonia se irá agravando de forma preocupante.Desforestación de la Selva Amazónica. Foto: Napa Según datos ofrecidos en la Tercera Conferencia para la Conservación de la Selva Amazónica celebrada en 1996, cada minuto desaparecían 29 hectáreas de bosque tropical, lo que da como resultado que cada año se redujese la vegetación en 15 millones y medios de hectáreas, de una superficie total, la de la Amazonia, de siete millones de kilómetros cuadrados, de los cuales cinco pertenecen a Brasil. Para entonces la deforestación era imparable, mientras los distintos gobiernos brasileños no hacían sino conceder miles de acres a compañías taladoras extranjeras, varias de ellas asiáticas (Barama Co., WTK, Samling Group, entre otras)[9].  

En el área mexicana, a principios de los 90 Aridjis inicia una encendida defensa de la selva Lacandona, en el estado de Chiapas, por entonces amenazada de muerte pese a albergar una reserva natural, la Reserva de la Biosfera Montes Azules. Selva Lacandona en Chiapas, México. Fuente: Manuel Rodríguez Villegas (Wikipedia) La Región Lacandona, cuyo ritmo de destrucción era mayor si cabe que el de la Amazonia, cobraría notoriedad hacia mitad de la década, cuando surge el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, que se enfrenta al Estado mexicano, y la actualidad mediática pone su atención en la zona. Ante el anuncio de ciertos proyectos de desarrollo lanzados desde el gobierno de turno, muchos campesinos de regiones aledañas comenzaron a talar, quemar y limpiar zonas para su asentamiento, sin una actuación gubernamental clara que frenase tales acciones biodegradantes. De manera que entre 1990 y 2000 la población pasó de 263.043 habitantes al medio millón, con una tasa de crecimiento del casi 10%. No era este, ni mucho menos, el único problema que amenazaba la región, pues a ello hay que sumar los permisos sin control para la agricultura y la ganadería extensiva otorgados por la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos; las concesiones a empresas de perforación de pozos en busca de petróleo; el proyecto de la Comisión Federal de Electricidad de construir presas para levantar hidroeléctricas; o la planificación de carreteras que implican trabajos de desforestación y presencia de maquinaria pesada contaminante. En uno de los varios artículos publicados entre mayo y junio de 1990 en La Jornada bajo el título «Montes Azules, fin de la Lacandonia», Aridjis arremete sin empacho contra la Secretaría de Reforma Agraria, a la que considera responsable de fomentar el asentamiento de nuevas comunidades (sobre todo de indios choles) bajo la promesa de suelo cosechable. Una vez más, el problema, como casi todo en México, radica en la laxitud o dejación a la hora de aplicar las leyes existentes o, en su defecto, en la aplicación de medidas de urgencias por parte de los responsables competentes, dados los términos ambiguos de muchas de las leyes.

Montes Azules ha tenido varios decretos oficiales para protegerlo, pero los límites de protección no han estado muy fijos y cada reglamento los propone más y más pequeños y hay partes fuera de la reserva que no pueden ser salvadas. Ya es tiempo de que el gobierno defina muy bien los límites de la reserva y el área de protección alrededor de ella. […]

Según consenso de varios especialistas en la selva Lacandona, para evitar su acelerada destrucción, el gobierno debe prohibir los asentamientos humanos que lleva a cabo la Secretaría de la Reforma Agraria en la Reserva de la Biosfera Montes Azules, y obligarla a desalojar de inmediato las comunidades que ha asentado dentro de la reserva… (La Jornada, 28 de mayo de 1990; en Aridjis y Ferber, 233).

En el año 2000 el balance era desalentador: la selva Lacandona, uno de los ecosistemas más importantes de México y de toda Latinoamérica, había reducido en un 41% su superficie forestal debido a los incendios premeditados por parte de los nuevos pobladores, que fueron creciendo en número cada año. En 2012, la Secretaría de Turismo del gobierno priista de Peña Nieto dio luz verde para la construcción de un megacomplejo hotelero de 40.000 m² en la Reserva de la Biosfera Montes Azules, cerca de la laguna Miramar (en Aridjis y Ferber, 244). 

Sensibilizado con estos y otros desmanes ecológicos no menores cometidos en nombre del progreso en tierras americanas, ya en 1991 Aridjis había propuesto la creación de una Alianza Ecológica Latinoamericana. La propuesta, redactada por el propio escritor mexicano, fue entregada personalmente por él y por Gabriel García Márquez a los 19 presidentes de países latinoamericanos presentes en la primera Cumbre Iberoamericana, celebrada en Guadalajara, México[10]. Además de Aridjis y García Márquez, una treintena de chefs de file de la intelectualidad latinoamericana estamparon su firma en el documento. Entre ellos Ernesto Sábato, Juan Carlos Onetti, Adolfo Bioy Casares, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Arturo Uslar Pietri, Nicanor Parra, Olga Orozco, Augusto Monterroso, Isabel Allende, José Donoso, Mario Benedetti, Gonzalo Rojas. La propuesta no fue atendida, como era de esperar, aunque sí, años después, en 1997, se creó el llamado Corredor Biológico Mesoamericano-México, que cruza Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y Panamá. Se trataba de una iniciativa con vistas a la protección ecológica de la región. Hoy es ruta de inmigrantes ilegales y de narcotraficantes, apostilla irónico Aridjis en 2012 (en Aridjis y Ferber, 204).

Homero Aridjis, un activista incansable. Del Apocalipsis de San Juan al Apocalipsis ecológico

En la última década, una vez cumplido en 2003 su segundo mandato como presidente del PEN Club Internacional, el activismo de Aridjis no ha decaído lo más mínimo.Homero Aridjis delante del Iztaccíhual Como en los primeros tiempos, allá por mitad de los años 80, el Grupo de los Cien sigue en pie de guerra, con el matrimonio Aridjis al frente, sin olvidar que cada batalla emprendida lleva a otra nueva batalla y que ninguna victoria es definitiva en estas lides. A comienzos de 2014 se dieron a conocer los niveles de población de la mariposa monarca referidos a la temporada anterior, que resultaron ser los más bajos desde que se vienen monitorizando las colonias en la Reserva de la Mariposa Monarca en México. La respuesta de Aridjis no se hizo esperar. «Last Call For Monarchs» es el título del artículo denunciativo que el escritor y ambientalista mexicano publicó en el periódico digital The Huffington Post el 7 de febrero. Aridjis plantea con claridad el problema de las monarca:  

On Jan. 29, news was released of a dramatic plunge in the monarch butterfly population that overwinters in Mexico after flying thousands of miles south from the northern and eastern United States and southern Canada. This season's population, calculated by measuring the area of occupied trees, covers a tiny 0.67 hectares –the smallest ever since these measurements began 20 years ago– and a huge drop from the 1996 high of 21 hectares. The population has plummeted from an estimated 1 billion in 1996 to 33 million this year, scattered over seven sites. There have been no monarchs in Contepec for years.

In the past, most of the blame for the steady decline in monarch numbers has been placed on logging in the core and buffer zones of the reserve, out-of-control tourism and devastating climate events such as the 2002 storms in Michoacan or the severe 2011 drought in Texas. Now, it has become all too apparent that industrial agriculture in the U. S. Corn Belt (and less in Canada) is largely responsible for the dizzying drop in butterfly numbers. In the last decade, there has been a huge increase in additional land planted with corn to satisfy the demand for federally-mandated corn-based ethanol.

The main culprits are the herbicides relentlessly applied to genetically modified corn and soybean plants (grown from Monsanto's Roundup Ready seeds, among others) that guarantee sterile fields where only the engineered crops are allowed to flourish.

Poco después, secundado por científicos y escritores de relieve internacional, Aridjis hizo un nuevo llamado, a modo de ultimátum, en defensa de las monarca visto el importante descenso de las colonias que el último año ha experimentado en la Reserva. Con fecha de 14 de febrero envió una carta a los líderes de México, EE. UU. y Canadá en la que denunciaba la situación de peligro que vive actualmente la especie.

Entre el sinnúmero de organismos que han evolucionado a lo largo de la historia de la vida en la tierra, las mariposas monarca son consideradas como uno de los más extraordinarios. Muy tristemente, su fenómeno migratorio multigeneracional, considerado único entre los seres vivos y que se da a través de nuestro inmenso continente, su espectacular conglomeración invernal en el eje neo-volcánico del México central, y su valor educativo para los niños de México, Estados Unidos y Canadá se encuentran gravemente amenazados. Habiendo monitoreado la población de monarcas durante las últimas dos décadas nos hemos dado cuenta que la situación es muy desalentadora. Tras sufrir una disminución continua de la población, el área total ocupada por las mariposas se ha caído de un promedio de 6.7 hectáreas durante 20 años de monitoreo a una baja récord de 0.67 hectáreas en la temporada actual, representando una reducción del 90%.

La carta iba respaldada por 18 científicos expertos en la mariposa monarca y por decenas de firmas de prestigio como las de Tomas Tranströmer y Orhan Pamuk, ambos Premios Nobel de Literatura; escritores y artistas como Yves Bonnefoy, Simon Schama, Hugh Thomas, Pierre Alechinsky, Sebastiao Salgado, Michael Ondaatje y Sergio Ramírez; los activistas Robert F. Kennedy Jr. y Maneka Sanjar Gandhi; e intelectuales mexicanos de la talla de Elena Poniatowska, Laura Esquivel, Juan Villoro y Fernando del Paso, a quienes se sumaron Silvia Lemus de Fuentes y María José Paz, viudas de Carlos Fuentes y Octavio Paz respectivamente. Tras dar a conocer el documento, Aridjis concedió varias entrevistas a distintos medios nacionales e internacionales (Azteca, BBC, CNN), logrando así que el problema adquiriese cierta repercusión mediática. El 19 de febrero, es decir, pocos días después de que la citada carta se hiciera pública, tuvo lugar en Toluca, en el Estado de México, la séptima Cumbre de Líderes de América del Norte, celebrada con motivo del 20 aniversario del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). En la jornada de clausura del evento, que reunió a Barack Obama (EE. UU.) y Stephen Harper (Canadá) con su homólogo mexicano Enrique Peña Nieto, el presidente de México declaró en respuesta al llamado de Aridjis: «Hemos acordado la conservación de la Mariposa Monarca, que resulta una especie emblemática de Norteamérica, que integra a nuestros tres países» (en González). Por su parte, un exultante Homero Aridjis, quien por esos días participaba en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua, comunicó que los poetas asistentes al festival habían tomado a la mariposa monarca como símbolo de libertad, de belleza y, añadió, de poesía. A tenor de estos acontecimientos se constituyó en México el Grupo de Alto Nivel para la Conservación del Fenómeno Migratorio de la Mariposa Monarca, en el que Aridjis y el Grupo de los Cien representan a la sociedad civil. Esta plataforma mexicana se ha reunido ya en varias ocasiones, la última vez en Querétaro, en la región de El Bajío, ubicada en el centro de México, en el marco de una reunión trinacional dedicada a ecosistemas y especies en la que la mariposa monarca ocupó buena parte de las discusiones. Ni EE. UU. ni Canadá han constituido aún sus respectivos grupos de trabajo.

Homero Aridjis conoce bien los retos a los que se enfrenta como ambientalista en un mundo presente en donde impera el ultracapitalismo y en el que los intereses financieros mandan por encima de los jefes de gobierno, como se ha demostrado en estos años de profunda crisis sistémica que afecta a todos los países, ricos y pobres, del primer y del tercer mundo. Sabemos hoy, además, que los cambios que nuestro mundo actual necesita en todos los órdenes pasan por una concienciación a nivel individual y colectivo, por un cambio de hábitos que han imperado hasta hoy en la sociedad civil y en la clase dirigente y que nos han conducido hasta un callejón de difícil salida. A ello se refirió en su día, poco tiempo antes de morir, José Saramago, al señalar que todos nosotros, gobiernos y ciudadanos, sabemos bien lo que se necesita para salir de la crisis, pero otra cosa es tener la voluntad de llevar a cabo eso que se requiere de nosotros. Sobre todo porque ello nos obligaría a modificar ciertas formas de vida a las que nos hemos acomodado, y eso, decía Saramago, es algo que normalmente pedimos que hagan los demás pero que desde luego no estamos dispuestos a hacer nosotros (Ricardo Mazzeo; en Bauman, 15). Esa transformación en los modos de vida del ciudadano pasa, en efecto, por cambiar nuestros hábitos de consumo, que nos han conducido a hacer uso de los recursos naturales como si fueran fuentes inagotables, y activar desde instancias gubernativas políticas de preservación y sostenibilidad. A este giro copernicano de mentalidad alude Aridjis cuando afirma:            

…es mi convicción de que para frenar la carrera desastrosa de la humanidad hacia las catástrofes ambientales que han comenzado a azotar a los ecosistemas y a los habitantes animales y vegetales de la Tierra, la única esperanza reside en un cambio colectivo de conciencia y comportamiento. Lograrlo requiere convencer a la sociedad civil de que los trastornos ambientales nos afectan a todos, pero que la gente tiene el poder de efectuar este cambio; cada individuo a través de su propia vida y conjuntamente presionando a los gobiernos para actuar (en Aridjis y Ferber, 427).

Así pues, a esta tarea colectiva estamos llamados todos, como nos recuerda una y otra vez Aridjis en sus escritos ambientalistas. De lo contrario, y dado el maridaje perverso entre el poder político y el poder financiero –pero son al cabo lo mismo–, ¿quién pondrá freno a la voracidad del liberalismo, que antepone sus intereses a cualquier otro sea del orden que sea: humanitario, ecológico, cultural, sanitario, educativo? ¿Quién defenderá la redistribución de los recursos naturales, en un modelo de sociedad cada vez más desigual como es el nuestro, tanto en época de crisis como en tiempos de bonanza?[11] Llevado por un sentir irónico y paródico, Aridjis señala que ese «quién» no es otro que el Homo ecologicus, representativo de una nueva Era y abocado, cual Noé ecológico del siglo XXI, a llevar a cabo la gran selección:

…el dilema moral de este Homo ecologicus será en qué lugares y a qué criaturas escoger, con qué bases de conocimiento y sabiduría podrá hacerlo, bajo qué condiciones sociales y económicas, y bajo qué intereses podrá hacerlo: ¿biológicos, científicos, económicos, estéticos, morales?, ¿y cuál será su poder ante los otros hombres para conservar la vida? («Hacia el fin del milenio», 1995; en Aridjis y Ferber, 436-437).

La frase de Mahatma Gandhi con que principia Aridjis su artículo «Desarrollo y sustentabilidad…», ya citado en estas páginas, pone el dedo en la llaga sobre los dos tipos humanos que, a grandes rasgos, se han venido prefigurando en el siglo XX y lo que llevamos del XXI: los «pocos» y los «muchos»[12]. En la Tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de unos pocos (en Aridjis y Ferber, 423). Pues bien: a estos «pocos», que son las élites gobernantes, los empresarios sin escrúpulos, los financistas, los especuladores, los que mercadean con cualquier cosa (incluso seres vivientes, mientras valgan su peso en oro), los policías y militares corruptos, a estos pocos que últimamente vienen siendo demasiados Aridjis los señala en sus escritos con siglas, nombres y apellidos, poniendo en riesgo su propia vida y la de su familia, como se ha relatado.

«In dreams begin responsibilities», suele decir Aridjis citando a Yeats, sin duda consciente de la pesada carga que él mismo ha echado sobre sus hombros y que le mueve a no perder el compás de la lucha. Para este hombre septuagenario, mitad griego, mitad mexicano, Sancho Panza de Contepec y Quijote ecológico del siglo XXI que emprende batallas una tras de otra a sabiendas de que muchas de ellas son a fondo perdido, la lucha no tiene fin. Tal vez por eso, en vez de dormirse en los laureles, sabedor de su bien ganada fama, haya preferido bajar a la Tierra y no cejar en su empresa ambientalista.

Mientras mandamases y Midas
otorgan premios y ascensos al Olimpo,
yo voy ufano con el cabello hirsuto.
Que el Mono, el Puerco y el Gusano
se metan los laureles por el culo,
yo he bajado de mi monumento[13].

Aridjis sabe que en el transcurso de la historia algo se ha desanudado entre el hombre y la naturaleza, algo primitivo, mítico, fundamental, biológico, un eslabón que es necesario recuperar por el bien futuro. Como reflejo de ello, una nueva mirada sobre el paisaje natural y sobre el hombre mismo ha hecho mella en los territorios del arte, en la pintura, en la novela, en la poesía.

El concepto de naturaleza entre los poetas y artistas de la segunda mitad del siglo XX se ha modificado. Ya no se ve al mundo natural como en el «Himno a la Tierra» homérico, Las Églogas de Virgilio, o un libro de horas medieval, ni bajo la óptica de los poetas románticos del siglo XIX. La manera de ver el agua, el aire y el suelo es diferente. La hermandad señalada en el hermoso poema El cántico de las criaturas de san Francisco de Asís se ha roto. Hemos pasado de un espíritu contemplativo a uno activo o alarmado. Los jardines, los parques y los bosques que han deleitado al hombre están enfermos o se mueren de cáncer, exactamente como les sucede a los seres humanos. El hombre de nuestro tiempo se ha vuelto contra la idea del árbol y ha destruido, por añadidura, el bosque encantado de los cuentos infantiles («Hacia el fin del milenio», 1995; en Aridjis y Ferber, 432).

Portada de «La Leyenda de los soles» de Homero AridjisDe ahí que sus novelas centradas en el México futuro, lejos de mostrar ese «bosque encantado de los cuentos infantiles» preanuncien, en cambio, la crudeza del Apocalipsis contemporáneo. Y no sólo sus novelas: también su poesía, a partir de mitad de la década del 70, se contamina y desertiza, entra en crisis el paisaje y sus animales pobladores, anunciando con ello un páramo yerto:

Las nubes colgaron como hollejos
los ríos se estancaron muertos
se extinguieron las aves y los peces
en las montañas se secaron los árboles
la última ballena se hundió
en las aguas como una catedral
el elefante sucumbió
en el zoológico de una ciudad sin aire
el sol pareció una yema arrojada en el lodo
sin noche y sin día
caminaron solitarios por el jardín negro (Aridjis, 1998: 223-224)[14].

La preocupación alarmante por la degradación del planeta, manifiesta en los años 70-80 en grupos de activistas europeos y norteamericanos, conduciría hacia mitad de la década del 90 al surgimiento de una nueva corriente de estudios literarios, la ecocrítica. En pleno auge hoy, esta se detiene en las representaciones estéticas de una naturaleza –ya se trate de parajes naturales o de paisajes urbanos– en vías de destrucción, presa de los efectos contaminantes y cada vez más tóxica, en la que no son infrecuentes las reelaboraciones del mito del apocalipsis (Binns, 33), si bien este ha sido un motivo recurrente desde la era cristiana.

La novedad que aporta el siglo XX al respecto es la radicalización de la conciencia de un apocalipsis posible y efectivo a partir de la experiencia traumática de las dos guerras mundiales, especialmente la segunda. El mal radical se encarna ahora en los mecanismos de un totalitarismo destructor que sella el final de una cierta concepción de la humanidad y su «progreso» (Fabry y Logie, 13).

Una de las ideas recurrentes de Aridjis, tanto en sus novelas como en sus conferencias, entrevistas y artículos, remite a la mano hacedora de ese nuevo Apocalipsis: La tradición judeocristiana del Apocalipsis, que viene desde Ezequiel, san Pablo, san Juan de Patmos, hasta el Beato de Liébana y otros visionarios medievales, ha cambiado. A partir de la segunda Guerra Mundial, por la experiencia del Holocausto y de la carrera armamentística nuclear, podemos creer que el Apocalipsis será obra del hombre y no de Dios (432). El poema de Aridjis titulado «Descreación» resume bien este sentir, que culmina con la destrucción del hombre por el hombre:

Hecho el mundo
llegó el hombre
con un hacha
con un arco
con un fusil
con un arpón
con una bomba
y armados de pies y manos
de malas intenciones y de dientes
mató al conejo
mató al águila
mató al tigre
mató a la ballena
mató al hombre (1998: 342-343).

No obstante, siquiera por dejar un mínimo espacio al optimismo, podría decirse que mientras queden mariposas monarca nos quedará la poesía en la imaginación de Aridjis, algo menos catastrofista que su narrativa, permeable a la luz y en la que el autor dedicó siempre un lugar límpido a la naturaleza y sus habitantes. En Diario de sueños, su penúltimo poemario, los elementos naturales y las especies animales adquieren una dimensión panteísta que puede rastrearse desde sus más tempranos versos: En la tierra / no hay más dioses / que el aire, / el agua, / el árbol / y el ave (Aridjis 2011, 130). Binns señala que la poética de Aridjis, apuntalada desde sus primeros libros, puede resumirse en estos dos versos El único milagro es el de la creación / lo demás es anecdótico (134). Por encima de todas las catástrofes naturales, de la mugre corrupta, de los Midas modernos, de la megalópolis mexicana, el poeta sabe que cada día nos depara un prodigio natural, el de la vida. Por eso canta la epifanía:

Hoy hubo luz
sólo luz,
y no hubo otra cosa (2011: 131)[15].

Pero acaso esta imagen trascendente no sea sino un mero sueño arrancado de una página de su diario último. Y en cambio, cuánta responsabilidad…

BIBLIOGRAFÍA

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  • ——. La montaña de las mariposas. Madrid: Punto de Lectura, 2001.
  • ——. Antología poética [1960-1994]. México DF: Fondo de Cultura Económica, 1998.
  • ——. ¿En quién piensas cuando haces el amor? México DF: Alfaguara, 1996.
  • ——. La leyenda de los soles. México, Fondo de Cultura Económica, 1993.
  • —— y FERBER, Betty. Noticias de la Tierra. México DF: Debate, 2012.
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  • BINNS, Niall. «Desde el ecologismo hacia una ecocrítica»; «Nostalgia y militancia en Homero Aridjis: la escritura en un mundo poluto». ¿Callejón sin salida? La crisis ecológica en la poesía hispanoamericana. Zaragoza: P. U. de Zaragoza, 2004. 9-36 y 133-144.
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  • FLYS JUNQUERA, Carmen et al. (eds.). Ecocríticas. Literatura y medio ambiente. Frankfurt-am-Main/Madrid: Vervuert/Iberoamericana, 2010.
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  • ——. «"Le mythe de la fin est aussi le mythe de la vie". Entretien avec Homero Aridjis (México DF, juin-juillet 2012)». Tête-à-tête 4 (automne 2012): 44-53.
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  • ——. «Un coloquio con Homero Aridjis». Ed. Thomas Stauder. La luz queda en el aire: estudios internacionales en torno a Homero Aridjis. Frankfurt-am-Main/Madrid: Vervuert/Iberoamericana, 2005b. 53-64.

[1] La cita pertenece en origen a una conferencia dictada en el Simposio La Tierra año 2000 del PEN Internacional-Unesco de Escritores y Científicos.

[2] Inevitablemente este pasaje nos lleva a recordar a Borges y su tan repetido episodio de la ventana sucedido en la Navidad de 1938, el conocido accidente que a punto estuvo de costarle la vida y que, tal y como lo ha relatado el propio Borges, primero en sus Autobiographical Notes de 1970 y posteriormente en diversas entrevistas, marca un punto de inflexión entre el poeta local y el hacedor de relatos fantásticos que a la postre le darían fama universal. Este tipo de pasajes de muerte/resurrección resultan sin duda recurrentes en la construcción ficcional que llevan a cabo escritores, pintores, artistas en general, a la hora de señalar un punto determinante en su biografía.

[3] Por cierto que el entonces presidente del PEN Club americano, Lewis Galantiere, le había pedido a Aridjis en enero de 1966 que le facilitara una lista con los nombres de los escritores latinoamericanos más representativos, la mayor parte de los cuales estuvieron presentes en el congreso de Nueva York.

[4] Excepto el artículo que da origen a la serie, que presenta una variación en el título respecto a los que le siguen: La tortuga marina, un camino torturado a la extinción (La Jornada, 23 de enero de 1990). En México pueden encontrarse siete especies de tortuga marina, a saber: la golfina, la lora, la laúd, la carey, la negra, la verde y la camagua, todas ellas amenazadas alrededor de 1990, y una de ellas, la laúd, en peligro de extinción, según explica el propio Aridjis en la citada serie de artículos.

[5] En varios momentos de su conferencia Aridjis menciona el «colapso del comunismo».

[6] Un detalle, narrado por Aridjis en un artículo posterior de 2010, hacía augurar lo peor en la Cumbre de la Tierra del 92. A saber, que los jefes de Estado, con sus equipos de trabajo, y los representantes de la sociedad civil, casi todos agrupados en organizaciones no gubernamentales, fueron alojados en lugares diferentes, a 30 km de distancia los unos de los otros, por lo que se dieron dos tipos de reuniones bien distintas, se entenderá (Homero Aridjis, «Desarrollo y sustentabilidad: ¿cuánto, para quiénes, hasta cuándo?», Ibero, diciembre 2009-enero 2010; en Aridjis y Ferber, 424).

[7] En su novela La leyenda de los soles, de 1993, Aridjis prefigura el México DF del año 2027 como una megalópolis sin agua, y por tanto catastrófica tras haberse agotado este recurso natural. Por entonces, los índices de consumo global de agua crecían de una manera alarmante, llegando a duplicarse cada 20 años. En su artículo «La sed del mundo» (Reforma, 31 de marzo de 2002) Aridjis rememora las preocupaciones que rodearon la escritura de La leyenda de los soles, que siguen estando presentes una década más tarde, y señala al respecto: Según las Naciones Unidas, hoy en día más de 1000 millones de personas, es decir, la sexta parte de la población mundial, no tienen acceso a agua potable, y cinco millones mueren cada año por consumir agua contaminada. De seguir como vamos, para el año 2025 unos 5000 millones de seres humanos –65% de la posible población mundial de entonces– padecerán la escasez aguda o la falta total de agua potable (en Aridjis y Ferber, 409). Más allá de estos datos contrastados que toman la ONU como fuente y que sitúan la catástrofe alrededor de 2025, las visiones apocalípticas de Aridjis en los años 80 apuntaban, cómo no, al año 2000 como año simbólico al que todas las profecías se referían como fin de los tiempos. Así, en la primera «Declaración» del Grupo de los Cien, de 1985, ya citada a lo largo de este trabajo, puede leerse: Se dice que la ciudad de México habrá muerto para el año 2000, si no antes. Con ella buena parte de nuestra historia, desde Tenochtitlan a nuestros días (en Aridjis y Ferber, 28). Para profundizar en la cuestión del «apocalipsis ecológico» en relación a La leyenda de los soles, véase Pagacz 2012.        

[8] Véase asimismo el artículo de Aridjis titulado «La Tierra año 2000», publicado en el diario Reforma de México DF, el 23 de enero de 2000, en el que el autor, en unas breves páginas, muestra un balance poco optimista de la situación mundial. Aridjis alude a los índices de pobreza, que presenta en proporción inversa a los beneficios de las grandes corporaciones, y habla asimismo de la trivialización de una sociedad, la nuestra, que convierte en iconos a las grandes estrellas del cine y la televisión, a los cantantes de moda y a los ases del fútbol, al tiempo que da la espalda a los grandes temas de interés general en relación a la creciente desigualdad social y a la destrucción galopante de los recursos naturales. Vivimos en un mundo feliz –escribe Aridjis en el citado artículo– donde, apoyados por sus gobiernos, los multimillonarios y las corporaciones se siguen enriqueciendo a costa de depredar la naturaleza y sus especies, y por consecuencia a los seres humanos. Como lo dijo hace unos días el Instituto Worldwatch: "A medida que el índice industrial Don Jones sube, la salud de la Tierra baja". Nosotros podríamos añadir a esto que no solo suben las acciones de las bolsas, sino las ganancias de las corporaciones que gobiernan el mundo (en Aridjis y Ferber, 405). De igual interés por lo que a las lecturas milenaristas/apocalípticas se refiere resulta una conferencia anterior en el tiempo al artículo arriba citado, que lleva por título «Hacia el fin del milenio», dictada el 26 de septiembre de 1995 en el Banco Interamericano de Desarrollo, en Washington DC (en Aridjis y Ferber, 428-438).

[9] Véase el artículo de Homero Aridjis «La destrucción de la Amazonia», publicado en Reforma, el 12 de enero de 1997.

[10] El texto íntegro de la propuesta fue publicado primero en el diario defeño La Jornada, el 19 de julio de 1991; y al día siguiente en el rotativo madrileño El País. Se halla recogido en Aridjis y Ferber, 199-204.

[11] Tal y como nos recuerda Tony Judt, en una era de abundancia el crecimiento económico suele privilegiar a la minoría, al tiempo que acentúa las desventajas relativas de la mayoría (35). Este hecho afecta por igual a los países en vías de desarrollo y a los países plenamente desarrollados, como demuestra, en este último caso, el índice de Gini relativo a los EE. UU., uno de los países más ricos del mundo y a la par uno de los más desiguales, si no el que más, si atendemos a la renta per cápita.

[12] El tema viene de lejos, no obstante. Ya un autor como Cervantes escribió: Dos linajes solos hay en el mundo, como decía mi agüela, que son el tener y el no tener (Don Quijote, II, cap. XX).

[13] «Epílogo» (2009), en Diario de sueños (Aridjis, 2011: 149).

[14] «Profecía del hombre», en Quemar las naves (1975).

[15] Acerca de la luz como motivo recurrente en la poesía de Aridjis, símbolo de vida y sublimación poética de la naturaleza, baste reproducir la cita de Marsilio Ficino con que se abre el poema «Exaltación de la luz» de su poemario Quemar las naves (1975): Si una vez al año la casa de los muertos se abriera, y se les mostraran a los difuntos las grandes maravillas del mundo, todos admirarían el Sol, sobre las demás cosas (Aridjis, 1998: 205). En la presentación de su monografía dedicada a Aridjis, Thomas Stauder relaciona las distintas representaciones de la luz en la obra del escritor mexicano con el fenómeno estético de la epifanía (Stauder, 2005a: 20-33).