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Juana Castro

Semblanza crítica

Juana Castro nació en Villanueva de Córdoba (1945), y vivió su infancia en un ambiente rural cuyos ritos y costumbres despertarían muy pronto un sentido crítico asociado a una conciencia feminista donde el paisaje nunca fue objeto de disfrute sino escenario de injusticias sociales. Cursó estudios de Magisterio y ejerció la profesión por el norte de la provincia hasta recabar definitivamente en la capital, todo ello antes de ver publicado en 1978 su primer libro, Cóncava mujer; con él ingresaría oficialmente en el mundo de la literatura y por él recibiría las primeras críticas de quienes se vieron sorprendidos con la lectura de unos versos en los que la mujer llenaba todo, si bien se encontraban ante una visión radicalmente distinta a las que venía proporcionando el imaginario tradicional. Una nueva voz se afirmaba como sujeto, transgredía tanto desde la desolación como desde el gozo y buscaba abrir los ojos de quienes, instaladas en la norma, no alcanzaban a detectar siquiera lo que la misma podía acarrear de injusticia para con las de su sexo. La novedad de su voz y la calidad de sus poemas avalaron su nombramiento como Académica Correspondiente de la bicentenaria Real Academia de Córdoba.

Su mirada fue siempre de mujer, distante tanto del decimonónico modelo del «ángel del hogar», como del finisecular de «diablesa» o "femme fatale": «ni diosa, ni dulce, ni serpiente», como canta en sus versos. Sus múltiples lecturas le sirvieron de modelo para la comprensión elaborada de lo que desde hacía mucho tiempo ella había vislumbrado y hecho suyo: la afirmación de la mujer desde su mismidad. Feminismo como compromiso, como opción de vida, sentido de manera visceral con la clara intención de dejar sentado de una vez el sentido trágico de la condición humana en general, de la clase mujer en particular y de la conflictiva relación intersexos, el descubrimiento de una identidad tan dolorosa como afirmativa y radiante en sus primeros libros para abordarla no con menos dolor, pero sí con más sosiego en el último: Los cuerpos oscuros (2005).

Los críticos señalan en su poesía un fuerte contenido autobiográfico: Del dolor y las alas (1982), a raíz de la muerte de un hijo; Paranoia en otoño (1983), reflejo de un intenso sentimiento amoroso; Del color de los ríos (2000), que emprende la recuperación de un tiempo pasado como fuente de conocimiento, y Los cuerpos oscuros, en donde la experiencia candente alucinada del Alzheimer lo convierten en un libro coral, que da voz a quienes carecen de ella y rescata para la intrahistoria social la memoria de quienes la perdieron y de sus desolados «compañeros de viaje». Una voz de mujer «cuidadora» rescata una historia de afectos y desafectos, de cuerpos humanos y también de animales, que prestan su imagen legendaria y metafórica para plasmar todo un cúmulo de pasiones-relaciones, las que se suscitan alrededor de sus protagonistas. Lo que fue durante tanto tiempo materia de la poesía, la memoria, hace en este libro un recorrido inverso, y lo revela y lo alza para devolvérnoslo en forma de experiencia colectiva.

Para Juana Castro toda poesía hay que entenderla como «un medio de conocimiento de mí misma y del mundo que me rodea. En el proceso de la escritura es donde voy encontrando las respuestas a la vida», de lo cual se deduce que cada libro salido de su pluma es una concesión a las preocupaciones del momento y al clímax poético que la embarga, «desde la carne» de la mujer que sufre, goza o se dispone a vivir y a rememorar la infancia pasada, que no es otra que la repetición de otras muchas infancias anteriores que la identifican como un eslabón más de una genealogía femenina familiar y literaria. Con Narcisia (1986) deifica lo femenino; en Arte de cetrería (1989) se impone el goce del cuerpo amado y del sometimiento como nueva fórmula de dominación. Fisterra (1992), imbuido de luminosidad cósmica, renueva sus raíces rurales, pues es en el fin de la tierra donde se puede llegar a desvelar el misterio de la existencia. No temerás (1994) refuerza su voluntad siempre transgresora; en Del color de los ríos se desnuda de las galas barrocas para transitar por el lenguaje medido y conciso del mundo rural, donde la memoria colectiva de mujeres anónimas ofrece a la autora experiencias femeninas pocas veces cantadas por la literatura canónica. Ha recibido diversos premios poéticos (ver Bibliografía). No menos distinguida ha sido su obra en prosa, que recibió el «Premio Nacional de Imagen de la Mujer en los Medios de Comunicación» (1984) por su serie «La voz en violeta», en el desaparecido La Voz de Córdoba, y el «Carmen de Burgos» (1996) por los artículos en la prensa periódica.

Su obra ha sido traducida al italiano y, parcialmente, al catalán, francés, checo, alemán, inglés, chino. Ha sido objeto de diversos estudios y publicaciones críticas, y algunos de sus versos se encuentran en un azulejo del Palacio de Viana (Patio de la Cancela) en Córdoba.

María José Porro Herrera