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Rosalía de Castro

Biografía de Rosalía de Castro

Por Marina Mayoral

Castellano | Galego

Nacimiento y primeros años

Rosalía de Castro nació en Santiago de Compostela el 24 de febrero de 1837.

En su partida de bautismo, que tuvo lugar en la capilla del Hospital Real, quedó así reflejado:

En veinte y cuatro de febrero de mil ochocientos treinta y seis1, María Francisca Martínez, vecina de San Juan de Campo, fue madrina de una niña que bauticé solemnemente y puse los santos óleos, llamándola María Rosalía Rita, hija de padres incógnitos, cuya niña llevó la madrina, y va sin número, por no haber pasado a la Inclusa; y para que así conste, lo firmo: José Vicente Varela y Montero.

Esas palabras esconden tantos secretos y misterios que se podría escribir partiendo de ellas una novela de intriga, pero vamos a centrarnos en las investigaciones que han ido desvelándolos en parte. En primer lugar, lo que se refiere a los padres incógnitos. Durante algunos años se mantuvo silencio sobre ellos, pero hace ya tiempo que estudios rigurosos nos permiten conocer con certeza sus antecedentes familiares2 y detalles de su infancia.

Su madre, doña María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía, tenía treinta y tres años cuando nació Rosalía y pertenecía a una familia hidalga venida a menos. En el poema «Como chove miudiño» de Cantares gallegos, Rosalía evoca la casa natal de su madre, y los tiempos de bienestar ya pasados:

Casa grande lle chamaban
noutro tempo venturoso,
cando os probes a improraban
e fartiños se quentaban
ó seu lume cariñoso3.
(O. C. I, p. 623)

Su padre fue don José Martínez Viojo. Contaba treinta y nueve años cuando nació la niña y era sacerdote4. Su condición sacerdotal le impedía reco­nocer a su hija5, y delegó su cuidado en sus hermanas. La recién nacida fue llevada a Ordoño y allí amamantada por la esposa de un sastre llamado Lesteiro. Doña Teresa y doña María Josefa, tías paternas de Rosalía, tomaron bajo su tutela a la chiquilla mientras vivió en Ortoño, hasta que su madre se hizo cargo de ella.

Aunque no sabemos con exactitud cuando fue ese momento, hay pruebas documentales que demuestran que lo hizo siendo aún Rosalía una niña pequeña. En el curso de unas obras en los archivos del Ayuntamiento de Padrón se descubrió un documento que recoge los nombres de quienes vivían en la ciudad entre el 1 y el 30 de octubre 1842. Fue publicado y estudiado por primera vez por Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda6, que ofrece un detallado estudio del documento y del modo de vida de los habitantes de Padrón en ese momento. En el documento consta que doña Teresa de Castro reside en aquella localidad como cabeza de familia, con su hija Rosalía y una criada llamada María Martínez. Se dice que el estado civil de doña Teresa es el de soltera y que tiene treinta y seis años, dato erróneo, señalado también por la investigadora. Según datos del Libro de Bautizados de Iria Flavia, doña Teresa había nacido el 24 de noviembre de 1804; estaba, pues, a punto de cumplir treinta y ocho años. Y Rosalía tenía cinco años y, a lo sumo, ocho meses.

Otro punto que se ha aclarado es el de la identidad de la mujer que actuó de madrina en el bautizo de Rosalía y que se llevó con ella a la niña. Se creyó en un primer momento, debido a la similitud de apellidos, que se trataba de alguien de la familia del padre, lo cual demostraría el interés del sacerdote por el fruto de sus amores, y su intención de proteger a la criatura. En realidad, se trataba de una sirvienta de doña Teresa de Castro, sin ninguna vinculación con la familia Martínez Viojo. Es la misma mujer que aparece en el padrón de 1842 conviviendo con doña Teresa y con la niña Rosalía, aunque allí se la mencione solo como María Martínez. Es un año más joven que doña Teresa y, sin duda, era persona de su confianza.

Tras las palabras va sin número, por no haber pasado a la Inclusa se ocultan también varias incógnitas.

Destaquemos en primer lugar que el bautizo de Rosalía en el Hospital Real permitió a los padres mantener el anonimato, inscribiendo a la criatura como de padres incógnitos, cosa que les convenía tanto al padre sacerdote, como a la madre soltera de la alta sociedad. Lo raro fue que no pasase a la Inclusa, que era el destino normal de los así bautizados. ¿Quién tomó esa decisión?

Según investigaciones de Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda, el número de muertes en estas instituciones era elevadísimo7. En 1837 de los 432 bautizados, murieron 342. La investigadora estudia el caso de la hija natural del hermano mayor de doña Teresa, José María de Castro, que se vio en la necesidad de ingresar a su hija en la Inclusa y que, por medio de un intermediario, la sacó de allí a los pocos días, pero solo pudo darle sus apellidos, tras muchos esfuerzos, una vez casado con la madre de la niña. Con estos antecedentes familiares, entendemos que doña Teresa no quisiera dejar a su hija en aquella institución. Por otra parte, que la niña fuese llevada inmediatamente a Ortoño y entregada allí a un ama de cría hace evidente la intervención del padre. Parece razonable, por tanto, pensar que la decisión fue de los dos y que ambos progenitores se pusieron de acuerdo para evitar a Rosalía el penoso destino de la Inclusa.

Rosalía y su madre

Hasta que apareció el padrón de 1842, lo que se sabía de la relación de Rosalía con su madre era que vivían juntas en Santiago de Compostela en 1852, cuando Rosalía tiene ya quince años, dato que había dado a conocer Fermín Bouza Brey8.

Siempre hubo voces que criticaron que doña Teresa hubiera ocultado en los primeros años la existencia de su hija. La influencia de Manuel Murguía, marido de Rosalía, y el respeto que inspiraban ambas figuras mantuvieron las críticas silenciadas, pero una carta las sacó a la luz. Un miembro de la familia paterna de Rosalía envió a Bouza Brey una carta, fechada en agosto de 1923, apenas seis meses después de la muerte de Murguía, que contenía gravísimas acusaciones contra doña Teresa:

La desnaturalizada madre no queriendo abrazar las penalidades de la educación de su hija, o, lo que es más probable, deseando por un sentimiento de honor mal entendido, alejar de sí la infortunada criatura, para que no fuese baldón que deslustrase el timbre de su familia ni sus rancios y ridículos pergaminos, pensó en arrojarla a la Inclusa; conocedor de ello el capellán Martínez, quitó la niña a su madre y la entregó a la mujer de un tal Lesteiro, sastre en Ortoño, quien la educó y tuvo como hija, amamantándola ella misma, satisfaciendo José Martínez los gastos de su crianza, subsistencia y demás...

Bouza Brey nunca hizo pública esta carta, que sí se publicó después de su muerte9. En contra de lo que esa carta dice, mi opinión, que mantuve desde mis primeros estudios sobre Rosalía, es que doña Teresa nunca abandonó a su hija. Me baso para pensar así en la interpretación del librito A mi madre, que Rosalía escribió tras la muerte de su madre. En él da muestras de un dolor que solo puede producirse por la pérdida de una larga y feliz convivencia con ella. Rosalía se casa en 1858. En el estudio introductorio a mi edición de En las orillas del Sar (1978), yo decía: ¿Pudo crearse un vínculo tan fuerte entre madre e hija en solo seis años de convivencia, teniendo ya Rosalía quince? Cuesta creerlo. Aunque no tengamos pruebas, hay que suponer que doña Teresa se hizo cargo de la niña mucho antes de esa fecha de 1852. Las investigaciones posteriores han dado base documental a esa interpretación.

La imagen que Rosalía nos transmite de su madre es la de una mujer cariñosa que le dio protección y amor:

Yo tuve una dulce madre,
concediéramela el cielo,
más tierna que la ternura,
más ángel que mi ángel bueno.
(O. C. I, p. 469)

Al dolor por la muerte de su madre se suma el dolor de haber perdido un refugio seguro. Pese a estar casada y tener una hija, Rosalía siente que ha perdido su «nido»:

¡Ay, qué profunda tristeza!
¡Ay, qué terrible dolor!...
¡Ella ha muerto y yo estoy viva!
¡Ella ha muerto y vivo yo!
Mas ¡ay!, pájaro sin nido
poco lo alumbrará el sol,
¡y era el pecho de mi madre
nido de mi corazón!
(O. C. I, p. 468)

Cariño, compasión y agradecimiento eran los sentimientos de Rosalía hacia su madre. Debió de compadecerla, como a muchas de las protagonistas de sus poemas: una mujer enamorada y engañada por el varón. Pero también la respetaba y la admiraba como a la mujer valerosa que se enfrentó a la sociedad para reconocer el fruto de su desliz. En La hija del mar, refiriéndose a una niña de la Inclusa, dice:

Hija de un momento de perdición, su madre no tuvo siquiera para santificar su yerro aquel amor con que una madre desdichada hace respetar su desgracia ante todas las miradas, desde las más púdicas hasta las más hipócritas.
(O. C. I, p. 51)

A los ojos de Rosalía, su madre sí tuvo hacia ella ese amor que santificó su yerro.

Una vez instalada en Santiago con su madre, su vida transcurrió como la de cualquier niña de su clase social. Parece que su instrucción fue escasa, como lo era la de la mayoría de las mujeres en aquella época. Según datos proporcionados por la familia Murguía, citados por Filgueira Valverde, Rosalía tocaba la guitarra inglesa, la española, el arpa, la flauta y, por último, el harmonium10. Sabemos que frecuentó las aulas del Liceo de la Juventud, institución fundada en 1847, que se dedicaba a instruir por medio de la Literatura y Bellas Artes, impartiendo clases de literatura, pintura, música y declamación que, probablemente, le proporcionaron a Rosalía conocimientos en esas disciplinas11. También participó como actriz de éxito en varias obras de teatro que allí se representaron12.

Rosalía y Murguía

Un capítulo importantísimo en la vida de Rosalía son sus relaciones con Manuel Murguía con quien contrae matrimonio el 10 de octubre de 1858.

De su matrimonio nacieron siete hijos, punto este sobre el que hubo algunas confusiones, definitivamente aclaradas tras los trabajos de Caamaño Bournacell y de Bouza Brey13:

  • Alejandra, nacida en mayo de 1859 en Santiago de Compostela, casi a los siete meses exactos del matri­monio de sus padres. Murió en 1937.
  • Aura, nacida en diciembre de 1868 (obsérvese el largo intervalo sin descendencia). Murió en 1942.
  • Gala y Ovidio, gemelos, nacidos en julio de 1871. La primera murió en 1964; Ovidio, en 1900.
  • Amara, nacida en julio de 1873. Murió en 1921.
  • Adriano Honorato Alejandro, nacido en marzo de 1875, murió en noviembre de 1876 a consecuencia de una caída.
  • Valentina, nacida muerta en febrero de 1877.

Las opiniones de la crítica sobre la vida en común de la pareja son diversas e incluso contradictorias.

Xesús Alonso Montero en un trabajo antiguo afirma: Siempre he creído que la decisión de casarse con este hombre es un acto propio de quien, abrumado por las circunstancias, se ve en la necesidad de aceptar la menor oportunidad14.

Años después matizó su opinión:

Rosalía, como tantas mujeres españolas de 1857, debió de creer que solo se alcanza la realización personal plena en el matrimonio; por otra parte, la extraña orfandad en que había vivido la empujaba a buscar compañía, amparo y ayuda15.

Bouza Brey destaca el fundamental apoyo de Murguía a su labor poética y la contribución al reconocimiento de sus méritos:

Foi o primeiro ademirador das suas escelsas coalidás poéticas [...] O nome de Murguía ten de figurar ó frente de toda obra de Rosalía polo amoroso coido que puxo no seu brilo frente á recatada actitude da súa esposa, apartada sempre dos cenáculos onde se forxan, con razón ou sin ela, as sonas literarias16.

Juan Naya, defendió siempre el amor entre ambos, calificando de leyenda envidiosa los rumores de desavenencias:

La envidia, que siempre está al acecho, forjó la leyenda de las desavenencias, y hasta hubo quien creyó que Rosalía fuera una mártir del sagrado vínculo. Tenemos que confesar que la mayor parte de esta leyenda nació en nuestro propio país17.

Poco antes de su muerte, Murguía destruyó las cartas que su mujer le había enviado a lo largo de toda su vida, privándonos así de una importante fuente de información biográfica ¿Por qué las destruyó?

Hace muchos años, basándome en las acusaciones y quejas que aparecen en las escasas cartas conservadas, llegué a la conclusión de que Murguía había destruido las que estaban en su poder para proteger su propia imagen18. Pero había otras razones que entonces no consideré.

La primera y más importante es que esa destrucción es un eslabón más de una larga cadena de actos de Murguía destinados a proteger y enaltecer la figura de Rosalía de cara a la posteridad, y que contribuyeron a convertirla en un mito, en lo que hoy es: la representación del espíritu de Galicia, su Alma Mater19. Para ello se dedicó a ocultar todo dato biográfico que pudiera perjudicar su imagen. José Ramón Barreiro comenta esta postura en su monumental biografía de Manuel Murguía:

Un ocultamento sistemático permitiulle reelaborar unha interpretación canónica das súas biografías, compracente e sen arestas, que asumiron as fillas e que repetiron mecánicamente nas escasas entrevistas que concederon, e sempre a requerimento dos biógrafos20.

Basándome en el análisis de su obra, en lo que Rosalía escribió sobre el amor y el matrimonio, mi opinión sobre ese punto es que Murguía no fue para ella lo que llamamos un gran amor ni probablemente tampoco un compañero fiel de penas y alegrías.

La imagen que dejó Rosalía de sí misma es la de una mujer sola. Cualquier lector con sensibilidad que se acerque a su obra poética percibirá el sentimiento de soledad que se desprende de sus versos, y no me refiero a una vivencia de la soledad existencial del ser humano sino a la soledad sentimental y afectiva. También debo añadir que no toda la culpa es de Murguía.

El origen de ese sentimiento de soledad, que impregna la obra de la escritora gallega, puede proceder de su infancia. Los estudios de psicología infantil aseguran que los tres primeros años de la vida de una persona marcan de modo casi indeleble su desarrollo psicológico posterior. Por ello, creo que es muy posible que la carencia de padre y madre en su primera infancia provocaran en Rosalía ese sentimiento de soledad y una necesidad de cariño que la acompañaron durante toda su vida, y que solo palió en parte la compañía y el amor de su madre durante los años en que vivieron juntas.

Tengamos en cuenta que, ya casada y madre ella misma de una niña, escribe al morir su madre:

Mas cuando muere una madre,
único amor que hay aquí;
¡ay!, cuando una madre muere
debiera un hijo morir.
(O. C. I, p. 469)

El mundo, muerta su madre, se convierte para Rosalía, en un lugar frío y desolado:

Ya desde entonces no tuve
quien me prestase calor,
que el fuego que ella encendía
aterido se apagó.
(O. C. I, p. 469)

Y ningún otro amor vino a dar calor a ese mundo en el que Rosalía va a vivir hasta su muerte.

¿Cómo era Rosalía? Carácter

La irregularidad de su nacimiento y los acontecimientos de los primeros años de su vida dejaron una impronta en el carácter y en la obra de Rosalía. Desde muy pronto la crítica tendió a destacar la influencia de aquellos hechos. Juan Rof Carballo21 señaló la coincidencia de ciertos rasgos de su mundo poético con la ausencia de una imago paterna en la formación de su personalidad.

José Luis Varela22 interpreta el símbolo de la negra sombra poniéndolo en estrecha relación con la «oscuridad» de sus orígenes.

Xesús Alonso Montero23 destaca la presión social que sufrieron la niña y la madre y cómo ese ambiente condi­cionó la personalidad adulta de Rosalía.

En cuanto a mí24, no me cabe duda de que algunas características de su visión del mundo -por ejemplo, la vinculación de amor, remordimiento y pecado, así como el tema de ser objeto de burla y persecución- están íntimamente relacionados con su historia familiar.

Es normal que en una niña sensible e inteligente la falta de padre y su condición de fruto de amores prohibidos influyeran en su carácter y en su visión del mundo.

Murguía inicia el Prólogo a la segunda edición de En las orillas del Sar con estas palabras:

Cuando la vi encerrada en las cuatro tablas que a todos nos esperan, exclamé: «Descansa, al fin, pobre alma atormentada, tú que tanto has sufrido en este mundo».

Creo que alma atormentada es una acertada definición del espíritu de Rosalía, y creo que ella misma se veía así.

En la «Las literatas. Carta a Eduarda», tras enumerarle a la joven escritora los problemas que la esperan y el rechazo social que recibirá, concluye:

Una poetisa o escritora no puede vivir humanamente en paz sobre la tierra, puesto que, además de las agitaciones de su espíritu, tiene las que levantan en torno a ella cuantos la rodean.
(O. C. I, p. 659)

Esas «agitaciones del espíritu» eran en su caso problemas psicológicos antiguos, derivados probablemente de las circunstancias de su infancia. Rof Carballo, psiquiatra de profesión, además de estudioso de su obra, observó en ella síntomas de lo que se conoce como Complejo de Polícrates25. Y Murguía, en el prólogo citado, se refiere a esa característica de su carácter: Nada la asustaba tanto como la posesión de una dicha inesperada. Le parecía que forzosamente debía traer consigo una nueva tormenta.

En su obra dejó numerosos ejemplos de esa manera de sentir26.

El proceso de mitificación que se produjo en Galicia respecto a la figura de Rosalía, afectó también a su carácter. Con frecuencia se destacaron solo aspectos positivos, como la generosidad, la solidaridad con los que sufrían y su modestia. Biógrafos y estudiosos de su obra nos han transmitido numerosos testimonios de esas virtudes.

González Besada cuenta lo que una mendiga decía llorando el día del entierro de Rosalía27:

Nunca dejaba a los pobres sin consuelo, y cuando no podía dar limosna les daba consejos y palabras dulces que se agradecen a veces mucho más que el dinero. Yo nunca vine a verla que no me acompañara hasta la puerta.

Juan Naya28 cuenta que Rosalía en una ocasión se dispuso a dar a una persona necesitada prácticamente todo el dinero de que disponía, y que, a las objeciones de su hija mayor, contestó: Da eso que se nos pide, que Dios proveerá.

Un aspecto poco citado de su carácter es la modestia con la que juzgaba el valor literario de su obra. Era consciente, y así lo veremos al hablar de su poesía social, del papel relevante que había representado en el renacimiento de la lengua gallega, devolviéndole su carácter de lengua de cultura, pero al mismo tiempo, desde un punto de vista estrictamente literario, se consideraba una «medianía», tal como le dijo a Eduardo Pondal en una carta, fechada en 6/4/1864. Rosalía, después de animarlo a que se cuide, poniendo como ejemplo su propia recuperación, le dice:

Respecto a trabajar, absolutamente nada, y aun cuando V. se digna hacerme algunos elogios que estoy muy lejos de merecer, y que solo puedo deber a su buena amistad, le aseguro que se pierde muy poco con que yo no escriba. Francamente, no tengo ninguna fe en la gloria y, por otra parte, conozco demasiado mis pequeñas fuerzas. Acaso consistirá en que soy muy ambiciosa, pero es lo cierto que nada de cuanto hice me satisface en lo más mínimo y por eso, después de haber ensayado algunos nuevos trabajos de los cuales quedé muy descontenta, he roto cuanto hice y no volví a coger la pluma29.

Esto lo dice después de haber publicado La flor (1857), La hija del mar (59), Flavio (59), A mi madre (63) y Cantares gallegos (63).

Murguía siempre la animó a seguir escribiendo porque estaba convencido de su talento, y en esa carta Rosalía se lo cuenta a Pondal, pero insiste en el escaso valor de lo que hace:

Manolo me riñe algunas veces, pero nadie mejor que una conoce hasta dónde puede alcanzar. Y como no tengo demasiada paciencia para luchar me abandono, convencida de que poco se pierde.

En 1865, en el artículo «Las literatas. Carta a Eduarda», le dice a su joven colega:

Irritada contra los necios y las musas, abrí mi papelera y rompí cuanto allí tenía escrito, con lo cual, a decir verdad, nada se ha perdido.

Hay, pues, en Rosalía una tendencia a destruir su propia obra, que culminó en la petición a sus hijas, poco antes de morir, de quemar sus manuscritos; petición que estas cumplieron en ausencia del padre y en contra de lo que hubiera sido el deseo de Murguía, quien, según la tradición, les dijo al enterarse: Habéis quemado su gloria y vuestra fortuna.

Murguía tendía a presentarla como una mártir: en el Prólogo a la segunda edición de En las orillas del Sar dice de ella:

Jamás ojos algunos derramaron en sus días de aflicción lágrimas más amargas que las suyas, ni otro corazón como el suyo soportó en la Tierra más duros golpes.

Y esa misma imagen la repite en Cuentas ajustadas medio cobradas, su diatriba contra doña Emilia Pardo Bazán. Refiriéndose a la casa en la que vivía Rosalía, escribe:

Tras aquellas paredes, silenciosas como la muerte, había una esposa y una madre que sufría lo que solo su corazón de mártir pudo soportar sin romperse30.

Con todo ello se configura la imagen de una mujer toda dulzura y paciencia, que está muy lejos de la realidad. Rosalía tenía un carácter fuerte, y su bondad y generosidad no impedían que reaccionara con energía cuando se sentía atacada o lo eran aquellos a quienes ella estimaba. El propio Murguía viene a confirmarlo en el Prólogo ya citado:

Quien hablase a Rosalía, vería que era la mujer más benévola y sencilla, porque en su trato todo era bondad, piedad, casi, para los defectos ajenos. Mas cuando la herían, ya como enemiga, ya como acosada por el infortunio, era tal su dignidad, que pronto hacía sentir al que había inferido la herida todo el peso de su enojo.

En las pocas cartas que conservamos dirigidas a su marido, hay muestras de impaciencia, irritación, aspe­reza o deseos de molestar. Bien es verdad que, muchas veces, seguidas de peticiones de perdón y de reconocimiento de las propias faltas. Conmueve la imagen de Rosalía que nos dan estas cartas: una mujer enferma, con poco dinero, alejada de su marido, irritándose con la ignorancia de los médicos y los tiquis­miquis de la familia política. ¡Cuánto más humana, más cercana a nosotros que la imagen del mito!

Por otra parte, en sus versos, Rosalía nos dejó constancia de sentimientos que no encajan en la imagen idílica de la «mater galaica»: odio, rencor... Sobre todo al final de su vida, es frecuente que aparez­can mezclados sentimientos contradictorios de amor y odio. Así, ante el paisaje de las orillas del Sar, afirma en el primer poema del libro:

Dudo si el rencor adusto
vive unido al amor en mi pecho.
(En las orillas del Sar, Clásicos Castalia, p. 100)

Y, de vuelta a Galicia, exclama ante esas tierras, tantas veces anheladas en el pasado:

Ódiote, campo fresco
cos teus verdes valados,
cos teus altos loureiros
i os teus camiños brancos.
(«En Cornes», O. C. II, p. 400)

Este sentimiento procede muchas veces de su desesperanzada visión de la existencia, de su amargura. Pero, otras veces, el resentimiento y el odio deben de proceder de antiguas heridas mal cicatrizadas; quizá del tiempo en que la niña Rosalía sentía la burla hacia ella y su madre. En La flor, su primer libro de poemas, escribió:

La risa y el sarcasmo por doquiera
que fuera yo mi corazón palpaba.
(O. C. I, p. 10)

Viejas ofensas perdonadas, quizá, pero no olvidadas, que engendran sentimientos que repug­naban a la nobleza innata de Rosalía; un odio que surge a pesar de ella:

¡Odio!, fillo do inferno,
pode acabalo amor; mas ti n'acabas,
mamoria que recorda-las ofensas.
Si, si, ¡de ti mal haia!
(«Rico ou probe, algún día», O. C. II, p. 291)

La imagen real de Rosalía es quizá menos perfecta, menos modélica que la del mito, pero es mucho más humana, cercana, entrañable.

Muerte de Rosalía

Rosalía murió de un cáncer de útero en su casa de Padrón, a los cuarenta y ocho años, el 15 de julio de 1885.

Con frecuencia manifestó en su obra el deseo de un reposo definitivo, que identificaba con la muerte. A veces, este deseo se convierte en tentación de suicidio, sobre todo cuando se encontraba ante las aguas profundas del mar. La identificación del mar con la muerte es un tema recurrente en la literatura española desde las coplas de Jorge Manrique, pero en Rosalía no es un símbolo, una identificación abstracta. Habla de un mar real, e incluso previene de su peligro, como en el poema «As Torres de Oeste» de Follas novas, en el que una mujer acaba cediendo a la tentación y busca su descanso en las aguas del mar:

¡Alá vou! Lles dixen.
Daime morte dóce,
auguas onde as penas
para sempre dormen...
(O. C. II, p. 432)

Poco tiene poco que ver con el tópico romántico del suicido. Rosalía le añade incluso cierto humor negro. En «Co seu xordo e costante mormorío», del mismo libro, compara el sonido constante de las olas con la voz insistente de un amante que la invita a reposar en su lecho misterioso y frío.

El namorado está de min... o deño,
I eu namorada del.
Pois saldremos con empeño,
que se el me chama sin parar, eu teño
unhas ansias mortais de apousar nel.
(O. C. II, p. 285)

Esa visión de la muerte como un mar que te acoge en su seno debía de estar profundamente arraigada en el espíritu de Rosalía, porque volvemos a encontrarla en los últimos instantes de su vida. Ya agonizando, le dijo a su hija mayor: Abre esa ventana que quiero ver el mar31. Desde Padrón no se ve el mar, pero Rosalía debió de presentir la presencia cercana de ese mar de la muerte en el que al fin iba a reposar.

1. La fecha de 1836 es un error del capellán, ya que todas las partidas que anteceden y siguen son del año 1837.

2. El más antiguo y bien documentado fue el de José Caamaño Bournacell, Rosalía de Castro en el llanto de su estirpe, Madrid, Ediciones Biosca, 1968. Para los primeros años y juventud de Rosalía véase el de María Jesús Lama, Rosalía de Castro. Cantos de independencia e liberdade, Vigo, Galaxia, 2017. Para cualquier aspecto puntual de la vida o de la obra de Rosalía son de obligada consulta los tres tomos de Actas do congreso internacional de estudios sobre Rosalía de Castro e o seu tempo, Santiago de Compostela, Consello da Cultura Galega, Universidad de Santiago de Compostela, 1986; considero también de obligada lectura por su importancia las publicaciones de Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda, que iremos citando.

3. Las citas de las obras de Rosalía las hago por mi edición de Obras completas, vol. I y II, Madrid, Turner, Biblioteca Castro, 1993, con la única excepción de En las orillas del Sar, que citaré por mi edición renovada de Barcelona, Edhasa, Clásicos Castalia, 2019.

4. Sobre este tema tan debatido véase Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda, «16 de xullo de 1885, primeira mención do capelán José Martínez como pai de Rosalía», Revista de Estudios Rosalianos, 4, 2011, pp. 205-217. Y Lino Vilas Barbeito, «El linaje Martínez Viojo y la casa del Castro de Ortoño. Nuevas aportaciones sobre la supuesta familia paterna de Rosalía», Estudios Mindonienses, 28, 2012, pp. 599-634.

5. En aquella época, la ley indicaba que los hijos de sacerdotes no podían vivir con ninguno de los padres ni recibir su apellido. Véase Catherine Davies, Rosalía de Castro no seu tempo, Vigo, Galaxia, 1987, p. 41.

6. Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda, «Un importante documento para a biografía de Rosalía», Grial, 136, XXXV, 1997, pp. 479-499. El documento lo encontró la licenciada en Historia Dolores Poch Mariño, becaria de la Xunta de Galicia, como puede verse en la p. 497 del artículo de Victoria Álvarez. El bibliotecario de Neda, Manuel Pérez Grueiro, informó del hallazgo a varios estudiosos de Rosalía, entre los que me cuento. Andrés Pociña anunció ese descubrimiento en una conferencia pronunciada en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Granada, el 17 de mayo de 1996, Día de las Letras Gallegas, posteriormente incorporada a su libro Galicia e Granada: dous cabos dun eixo espiritual, Sada-A Coruña, Ediciós do Castro, 1998, pp. 164-165.

7. Véase «Sobre as orixes de Rosalía de Castro: a inclusa de Santiago de Compostela e o caso de Josefa Laureana de Castro», A trabe de Ouro, 39, 1999, pp. 325-351.

8. Fermín Bouza Brey, «La joven Rosalía en Compostela (1852-1856)», Cuadernos de Estudios Gallegos, XXXI, 1955.

9. La publicó Mauro Armiño en los Apéndices de su edición de En las orillas del Sar, Barcelona, Plaza y Janés, 1985, pp. 306-308. Y también en la Voz de Galicia («Caderno de Cultura») el 18 de julio de 1985.

En la edición de Plaza y Janés, el autor agradece al hijo de Bouza que haya puesto a su disposición los trabajos inéditos de su padre.

10. Véase José Figueira Valverde, «Rosalía de Castro e a música», en Actas do Congreso Internacional de Estudios sobre Rosalía de Castro e o seu tempo, Barcelona, Consello da Cultura Galega, Universidad de Santiago de Compostela, 1986, pp. 33-53.

11. Fermín Bouza Brey, «La joven Rosalía en Compostela (1852-1856)», art. citado.

12. Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda, «Rosalía de Castro, actriz: noticias y documentos», Revista de Estudios Rosalianos, 1, 2000, pp. 11-43.

13. José Caamaño Bournacell, obra citada. F. Bouza Brey, «Adriano y Valentina, motivaciones inspiradoras de Rosalía de Castro», Cuadernos de Estudios Gallegos, LIII, 1962, pp. 374-390.

14. Xesús Alonso Montero, Prólogo a su edición de En las orillas del Sar, Salamanca, Anaya, col. Biblioteca Anaya, 1964, p. 6.

15. Rosalía de Castro, Madrid, Ediciones Júcar, 1972, p. 24.

16. Fermín Bouza Brey, Prólogo a la edición de Cantares gallegos, Vigo, Ga­laxia, 1970, p. 12.

17. Juan Naya, Inéditos de Rosalía, Santiago de Compostela, Publicaciones del Patronato Rosalía de Castro, 1953, p. 77.

18. Marina Mayoral, «Sobre el amor en Rosalía y sobre la destrucción de ciertas cartas», Cuadernos Hispanoamericanos, 233, mayo 1969, pp. 1-16.

19. Estudio con detalle esta cuestión en mi discurso de ingreso como académica de honor en la Real Academia Gallega, «Por qué Murguía destruíu as cartas de Rosalía», RAG, 2017. Reproducido en Rosalía de Castro. Obra poética e manuscritos, A Coruña, Ediciones Boreal, 2019.

20. Xosé Ramón Barreiro, Murguía, Vigo, Galaxia, 2012, p. 7.

21. Juan Rof Carballo, «Rosalía, ánima galaica», en 7 ensayos sobre Rosalía, Vigo, Galaxia, 1952.

22. José Luis Varela, Poesía y restauración cultural en Galicia en el siglo XIX, Madrid, Gredos, col. Biblioteca Románica Hispánica, 1958.

23. Xesús Alonso Montero, Rosalía de Castro, Madrid, Ediciones Júcar, 1972.

24. Marina Mayoral, La poesía de Rosalía de Castro, Madrid, Gredos, col. Biblioteca Románica Hispánica, 1974.

25. El complejo de Polícrates es una enfermedad psíquica que provoca la infelicidad o el fracaso de una persona, precisamente en el momento en el que alcanza sus máximas aspiraciones. El nombre procede de la historia de Polícrates, tirano de Samos, quien, por temor a que los dioses lo castigaran por su excesiva felicidad, les ofreció en sacrificio una valiosa sortija, que arrojó al mar. La sortija le fue devuelta por un pescador que la encontró en el vientre de un pescado. Polícrates murió torturado por el ejército de Darío, cumpliéndose así sus presentimientos de desgracia. Véase J. Rof Carballo, «Rosalía, ánima galaica», en 7 ensayos sobre Rosalía, Vigo, Galaxia, 1952, pp. 113-149.

26. Para más detalles y ejemplos véase «El Complejo de Polícrates», capítulo XIX de La Poesía de Rosalía de Castro, edición citada.

27. Augusto González Besada, Rosalía de Castro. Notas Biográficas, Madrid, Biblioteca Hispánica, 1916, p. 116.

28 Obra citada, p. 49.

29. Rosalía de Castro, Epistolario. Cartas a Eduardo Pondal, edición digital del Consello da Cultura Galega.

30. Cito por la recopilación de artículos de Murguía hecha por Xosé Benito Tucho Calvo, Murguía e La Voz de Galicia, A Coruña, La Voz de Galicia, 2000.

31. Augusto González Besada, obra citada, p. 73.

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