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En toda esta obra se usa, como es natural, de la nomenclatura que tenían las calles en 1840, en que tienen lugar los acontecimientos que refiere.

 

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Hablando de esto mismo el Sr. D. Valentín Alsina, redactor del Comercio del Plata, en sus importantísimas efemérides, dice así:

«Qué otra cosa son esas confiscaciones que un verdadero salteamiento, con la diferencia de que Rosas ni soporta las fatigas que el salteador soporta, ni se expone a los peligros a que éste se expone.

La Convención Nacional de Francia, amenazada por una coalición de reyes, y después de tentar inútilmente otros arbitrios para contener la emigración, decretó la confiscación; pero la decretó con mesura: reglamentó su disposición y la ciñó a los emigrados, y especialmente a la nobleza, que corría a engrosar la amenazante reunión de Coblentza. Del mismo modo, cuando en un país es ella aplicada, lo es a sólo los culpables, lo es con arreglo a una ley preexistente, por los tribunales, y previa la más amplia audiencia y el más solemne juicio, en que esa culpabilidad es declarada. Aun así la confiscación penal en muy pocos países subsiste: mas la confiscación política, la aplicada indistintamente a los miembros de un partido, por sólo pertenecer a tal o cual comunión política, ¡en ninguno! Eso no es confiscación: eso es latrocinio neto, salteamiento puro.

En principios de agosto de 1840, invadió el general Lavalle la provincia de Buenos Aires; y en principios de setiembre, ya emprendió su retirada, y entonces, alegando esa invasión dispuso Rosas, el día 16, las confiscaciones; así como m octubre siguiente, dispuso las inolvidables matanzas y degollaciones de aquel mes de Rosas.

Todos los bienes, muebles e inmuebles, derechos y acciones de cualquiera clase, en la ciudad y campaña, pertenecientes a unitarios, es decir, a sus enemigos, sea cual sea su color político, son destinados por su decreto para premiar a sus soldados y reembolsar al tesoro de los gastos hechos con motivo de la invasión: como si desde antes de ésta esos soldados no estuvieran en pie, y esos gastos no hubieran sido los mismos. También son destinados con una desvergüenza que asombra a indemnizar a los buenos federales de los quebrantos o perjuicios que supone haberles causado el general Lavalle. ¡Calumnia indigna! Lavalle respetó completamente las personas y las propiedades; y aun la mayor parte de las caballadas de que dispuso y de los animales que alimentaron su ejército, le fueron llevados espontáneamente por la multitud de patriotas que en la campaña había. Provocamos a los impostores rosistas a la justificación de aquella imputación ingrata. ¿Acaso Lavalle forzó a nadie a reunírsele? ¿Acaso se ensañó contra algún enemigo armado, y, menos aún contra los desarmados? ¿Prendió, persiguió, ni fusiló a alguno? ¿Ejerció algún acto de ferocidad o de crueldad? ¿Confiscó tampoco la propiedad de nadie? ¿Incendió o destruyó? ¿Hizo exacciones forzadas o impuso contribuciones? ¿Cuáles fueron, pues, esos supuestos perjuicios?

Lo cierto es que todo eso no fue sino pretextos y palabreo del decreto, y que Rosas, sin dar tales premios a sus soldados, ni tales indemnizaciones a sus buenos federales, hizo entrar en sus arcas el producto de las confiscaciones, y le dio a su antojo el destino que mejor le plugo. Uno de ellos fue el pago a ciudadanos franceses de las indemnizaciones que la Francia le obligó a reconocer en el tratado de Mackau, de 29 de octubre. Con el sudor de los enemigos de Rosas, vio la Francia indemnizados a aquellos de sus nacionales que lo fueron por perjuicios resultivos de los excesos y locuras del mismo Rosas.

Tanto menos puede justificarse el expoliatorio decreto con la invasión de Lavalle, cuanto que él comprende y se aplicó a todos los enemigos de Rosas, y no meramente a los que la ejercieron, promovieron o ayudaron dentro o fuera del país, como en todo caso debió ser. Él condenó a la indigencia a los unitarios en masa, por el solo hecho de serlo, aunque nada hubiesen intentado contra Rosas, ni en el país ni fuera de él, es decir, el decreto se dirigía a penar una opinión. Así es que él se aplicó no solamente a los que invadieron o se unieron a los invasores, no solamente a los emigrados, sino también a innumerables individuos pacíficos, sumisos, inofensivos, que no se habían movido de sus casas, contra los cuales no se invocaba ningún hecho determinado, sino el general -es unitario-. Él se aplicó a extranjeros que en nada se habían injerido. ¡Él se aplicó aun a señoras!

Por otra parte: no se salvaron ni se tuvieron en cuenta los derechos de acreedores, socios, o de cualquier otro tercero. Fue una verdadera expoliación general de bienes ejecutada del modo más arbitrario y brutal. ¿Cuál juez o autoridad decidía quiénes fuesen los enemigos de Rosas o estuviesen incursos en el decreto? Rosas y sólo Rosas. ¿Cuáles diligencias o esclarecimientos precedían? Ningunos. ¿Qué se dejaba a los robados para sus necesarios alimentos? Absolutamente nada. Aunque los bienes perteneciesen a sus mujeres, hijos, etc., todo se les arrebataba; millares de seres inculpables e inocentes se vieron de una hora a otra hundidos en una miseria horrible. ¡Y cuántos desórdenes, cuánta desmoralización de todo género no han nacido de aquí! ¡Cuántas violencias personales no se ejecutaron! Señoras hubo a quienes, sin hipérbole ni exageración alguna, se las tomó materialmente del brazo y se las arrojó a la calle sin más auxilio que el vestido que las cubría. Y felices si además no eran golpeadas ni azotadas.

Así han acatado el derecho de propiedad esos salteadores que, no obstante, tienen la audacia de apellidarse a sí mismos restauradores y defensores de las leyes. Montesquieu, Daunou, Constant, Rossi, Thiers, Guizot y tantos otros publicistas venerados, bien pudieron excusar sus inmortales lecciones. Los restauradores del Plata son los destinados para iluminar al mundo sobre la verdadera doctrina social».



 

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Muchos ejemplos hubo de esto: lágrimas y emoción al recibir la visita del joven hijo del general Lavalle, a nombre de su madre; emoción muy notable al oír a uno de los señores encargados de presentarle la petición de los franceses; emoción también, en una conferencia con el coronel argentino D. F. Velasco. (Documentos de la época.)

 

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En algunas de las publicaciones de la época se encuentra la torpe y calumniosa acusación a este noble ciudadano de los Estados Unidos, de que vendía la protección que daba. Esto es falso e ingrato. El señor Slade era pobre. Acababa de enviar su familia a los Estados Unidos por no poder sostenerla en Buenos Aires; y se encontró de repente con ciento y tantos huéspedes en los meses de setiembre y octubre. Y como absolutamente no tenía cómo mantenerlos en más de cuarenta días que allí estuvieron, se hizo suscripción entre los asilados para dar al mayordomo lo necesario para la comida de tanta gente. Y muchos había allí que nada dieron porque nada tenían que dar. El señor Slade no recogió un real de la protección que dispensaba, y en todo el cuerpo diplomático y consular nadie hubo que fuese una sombra, siquiera, del noble y generoso proceder del cónsul de los Estados Unidos.