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Capítulo VI

Doña María Josefa Ezcurra

    Después del cuadro político que acaba de leerse, y que la necesidad de dejar dibujada a grandes rasgos la época en que pasan los acontecimientos de esta historia, con sus hombres, sus vicios y sus virtudes, nos obligó a delinearlo y distraer a nuestros lectores, separándolos un momento de nuestros conocidos personajes, justo es que volvamos ahora en busca de ellos, retrocediendo algunos días, hasta volver a encontrarnos con aquel de que nos separamos ya.

    El lector querrá acompañarnos a una casa donde ha entrado otra vez en la calle del Restaurador; y por cierto que habrá de encontrar allí escenas de que la imaginación duda y de que la historia responde.

    La cuñada de Su Excelencia el Restaurador de las Leyes estaba de audiencia, en su alcoba; y la sala contigua, con su hermosa estera de esparto blanco con pintas negras, estaba sirviendo de galería de recepción, cuajada por los memorialistas de aquel día.

    Una mulata vieja, y de cuya limpieza no podría decirse lo mismo que de la ama, por cuanto es necesario siempre decir que las amas visten con mas aseo que las criadas, aun cuando la regla puede ser accesible a una que otra excepción acá o allá, hacía las veces de edecán de servicio, de maestro de ceremonias y de paje de introducción.

    Parada contra la puerta que daba a la alcoba, con una mano agarrado tenía el picaporte, en señal de que allí no se entraba sin su correspondiente beneplácito, y con la otra mano recibía los cobres o los billetes que, según su clase, le daban los que a ella se acercaban en solicitud de obtener la preferencia de entrar de los primeros a hablar con la señora Doña María Josefa Ezcurra. Y jamás audiencia alguna fue compuesta y matizada de tantas jerarquías, de tan varios colores, de tan distintas razas.

    Estaban allí reunidos y mezclados el negro y el mulato, el indio y el blanco, la clase abyecta y la clase media, el pícaro y el bueno; revueltos también entre pasiones, hábitos, preocupaciones y esperanzas distintas.

    El uno era arrastrado allí por el temor, el otro por el odio; uno por la relajación, otro por una esperanza, otros en fin por la desesperación de no encontrar a quien ni en dónde recurrir en busca de una noticia, o de una esperanza sobre la suerte de alguien caído en la desgracia de Su Excelencia. Pero el edecán de aquella emperatriz de un nuevo género, si no es en nosotros una profanación escandalosa el aplicar ese cesáreo nombre a la señora Doña María Josefa, tenía fija en la memoria su consigna, y cuando salía de la alcoba la persona a quien hacía entrar, elegía otra de las que allí estaban, siguiendo las instrucciones de su ama, sin cuidarse mucho de las súplicas de unos, y de las reclamaciones de otros, que habían puesto en su mano alguna cosa para conquistar la prioridad en la audiencia: y era de notarse que precisamente la audiencia no se daba a aquellos que la solicitaban, sino a los que nada decían ni pedían, por cuanto estos últimos habían sido mandados llamar por la señora, en tanto que los otros venían en solicitud de alguna cosa.

    El pestillo de la puerta fue movido de la parte interior, y en el acto la mulata vieja abrió la puerta y dio salida a una negrilla como de diez y seis a diez y ocho años, que atravesó la sala, tan erguida como podría hacerlo una dama de palacio que saliera de recibir las primeras sonrisas de su soberana en los secretos de su tocador.

    Inmediatamente la mulata hizo señas a un hombre blanco, vestido de chaqueta y pantalón azul, chaleco colorado, que estaba contra una de las ventanas de la sala, con su gorra de paño en la mano.

    Ese hombre pasó lentamente por en medio de la multitud, se acercó a la mulata; habló con ella, y entró a la alcoba, cuya puerta se cerró tras él.

    Doña María Josefa Ezcurra estaba sentada en un pequeño sofá de la India, al lado de su cama, tapada con un gran pañuelo de merino blanco con guardas punzoes, y tomaba un mate de leche que la servía y la traía por las piezas interiores una negrilla joven.

    -Entre, paisano; siéntese -dijo al hombre de la gorra de paño, que sentóse todo embarazado en una silla de madera de las que estaban frente al sofá de la India.

    -�Toma mate amargo, o dulce?

    -Como Usía le parezca -contestó aquél, sentado en el borde de la silla, dando vuelta a su gorra entre las manos.

    -No me diga Usía. Tráteme como quiera, no más. Ahora todos somos iguales. Ya se acabó el tiempo de los salvajes unitarios, en que el pobre tenía que andar dando títulos al que tenía un fraque o sombrero nuevo. Ahora todos somos iguales, porque todos somos federales. �Y sirve ahora, paisano?

    -No, señora. Hace cinco años que el general Pinedo me hizo dar de baja por enfermo, y después que sané trabajo de cochero.

    -�Usted fue soldado de Pinedo?

    -Sí, señora; fui herido en servicio y me dieron la baja.

    -Pues ahora Juan Manuel va a llamar a servicio a todo el mundo.

    -Así he oído; sí, señora.

    -Dicen que va a invadir Lavalle, y es preciso que todos defiendan la Federación, porque todos son sus hijos. Juan Manuel ha de ser el primero que ha de montar a caballo, porque él es el padre de todos los buenos defensores de la Federación. Pero se han de hacer sus excepciones en el servicio, porque no es justo que vayan a las fatigas de la guerra los que pueden prestar a la causa servicios de otro género.

     -�Pues!

    -Ya tengo una lista de más de cincuenta a quienes he de hacer que les den papeletas de excepción por los servicios que están prestando. Porque ha de saber, paisano, que los verdaderos servidores de la causa son los que descubren las intrigas y los manejos de los salvajes unitarios de aquí adentro, que son los peores; �no es verdad?

    -Así dicen, señora -contestó el soldado retirado, volviendo el mate a la negrilla que lo servía.

    -Son los peores, no tenga duda. Por ellos, por sus

intrigas es que no tenemos paz, y que los hombres no pueden trabajar y vivir con sus familias, que es lo que quiere Juan Manuel; �no le parece que ésta es la verdadera Federación?

     -�Pues no, señora!

     -Vivir sin que nadie los incomode para el servicio.

     -Pues.

     -Y ser todos iguales, los pobres como los ricos, eso es Federación, �no es verdad?

     -Sí, señora.

     -Pues eso no quieren los salvajes unitarios; y por eso, todo el que descubre sus manejos es un verdadero federal, y tiene siempre abierta la casa de Juan Manuel y la mía, para poder entrar y pedir lo que le haga falta; porque Juan Manuel no niega nada a los que sirven a la patria, que es la Federación; �entiende, paisano?

     -Sí, señora, y yo siempre he sido federal.

     -Ya lo sé, y Juan Manuel también lo sabe; y por eso lo he hecho venir, segura de que no me ha de ocultar la verdad si sabe alguna cosa que pueda ser útil a la causa.

     -�Y yo qué he de saber, señora, si yo vivo entre federales nada más?

     -�Quién sabe! Ustedes los hombres de bien se dejan engañar con mucha facilidad. Dígame, �dónde ha servido últimamente?

     -Ahora estoy conchabado en la cochería del inglés.

     -Ya lo sé, �pero antes de estar en ella, dónde servía?

     -Servía en Barracas, en casa de una señora viuda.

     -Que se llama Doña Amalia, �no es verdad?

     -Sí, señora.

     -�Oh, si por aquí todo lo sabemos, paisano! �Pobre del que quiera engañar a Juan Manuel o a mí! -dijo Doña María Josefa clavando sus ojitos de víbora en la fisonomía del pobre hombre, que estaba en ascuas sin saber qué era lo que le iba a preguntar.

     -Por supuesto -contestó.

     -�En qué tiempo entró usted a servir a esa casa?

     -Por el mes de noviembre del año pasado.

     -�Y salió usted de ella?

     -En mayo de este año, señora.

     -�En mayo, eh?

     -Sí, señora.

     -�En qué día, lo recuerda?

     -Sí, señora; salí el 5 de mayo.

     -�El 5 de mayo, eh? -dijo la vieja meneando la cabeza, y marcando palabra por palabra.

     -Sí, señora.

     -El 5 de mayo... �Conque ese día? �Y por qué salió usted de esa casa?

     -Me dijo la señora que pensaba economizar un poco sus gastos, y que por eso me despedía, lo mismo que al cocinero, que era un mozo español. Pero antes de despedirnos nos dio una onza de oro a cada uno, diciéndonos que tal vez más adelante nos volvería a llamar, y que fuésemos a ella siempre que tuviésemos alguna necesidad.

     -Qué señora tan buena: quería hacer economías y regalaba onzas de oro! -dijo Doña María Josefa con el acento más socarrón posible.

     -Sí, señora, Doña Amalia es la señora más buena que yo he conocido, mejorando la presente.

     Doña María Josefa no oyó estas palabras; su espíritu estaba en tirada conversación con el diablo.

     -Dígame, paisano -dijo de repente-, �a qué horas lo despidió Doña Amalia?

     -De las siete a las ocho de la mañana.

     -�Y ella se levantaba a esas horas siempre?

     -No, señora, ella tiene la costumbre de levantarse muy tarde.

     -�Tarde, eh?

     -Sí, señora.

     -�Y usted vio alguna novedad en la casa?

     -No, señora, ninguna.

     -�Y sintió usted algo en la noche?

     -No, señora, nada.

     -�Qué criados quedaron con ella, cuando usted y el cocinero salieron?

     -Quedó Don Pedro.

     -�Quién es ése?

     -Es un soldado viejo que sirvió en las guerras pasadas, y que ha visto nacer a la señora.

     -�Quién más?

     -Una criada que trajo la señora de Tucumán, una niña, y dos negros viejos que cuidan de la quinta.

     -Muy bien: en todo eso me ha dicho usted la verdad; pero cuidado, mire usted que le voy a preguntar una cosa que importa mucho a la Federación y a Juan Manuel, �ha oído?

     -Yo siempre digo la verdad, señora -contestó el paisano, bajando los ojos, que no pudieron resistir a la mirada encapotada y dura con que acompañó Doña María Josefa sus últimas palabras.

     -Vamos a ver: en los cinco meses que usted estuvo en casa de Doña Amalia, �qué hombres entraban de visita todas las noches?

     -Ninguno, señora.

     -�Cómo ninguno?

     -Ninguno, señora. En los meses que he estado, no he visto entrar a nadie de visita de noche.

     -�Y estaba usted en la casa a esas horas?

     -No salía de casa, porque muchas noches, si había luna, enganchaba los caballos y llevaba a la señora a la Boca, donde se bajaba a pasear a orillas del riachuelo.

     -�A pasear? �Qué señora tan paseandera!.

     -Sí, señora, llevaba la niña Doña Luisa y paseaba con ella sola.

     -�La niña Doña Luisa! �Y la cuida mucho a esa niña Doña Luisa?

     -Sí, señora, como si fuera de la familia.

     -�Será de la familia, pues?

     -No, señora, no es nada de ella.

     -No; pues las malas lenguas dicen que es su hija.

     -�Jesús, señora! Si Doña Amalia es muy moza, y la niña tiene doce años.

     -�Muy moza, eh? �Y cuántos años tiene?

     -Ha de tener de veinte y dos a veinte y cuatro años. -�Pobrecita! Fuera de los que mamó y anduvo a gatas. Bien, �y con quién decía usted que paseaba?

     -Sola con la niña.

     -�Con ella sola, eh? �Y a nadie encontraba por allí? -A nadie, no, señora.

     -Y las noches que no paseaba, �no recibía visitas?

     -No, señora, no iba nadie.

     -�Estaría rezando?

     -Yo no sé, señora, pero a casa no entraba nadie -respondió el antiguo cochero de Amalia, que, a pesar de toda la vocación por la santa causa, estaba comprendiendo que se trataba de algo relativo a la honradez, o a la seguridad de Amalia, y se estaba disgustando de que le creyesen capaz de querer comprometerla, por cuanto él estaba persuadido de que en el mundo no había una mujer más buena ni generosa que ella.

     Doña María Josefa reflexionó un rato.

     -�Esto echa por tierra todos mil cálculos�- se dijo a sí misma.

     -�Y dígame usted, de día tampoco no entraba nadie? -preguntó.

     -Solían ir algunas señoras, una que otra vez.

     -No, de hombres, le pregunto a usted.

     -Solía ir el señor Don Daniel, un primo de la señora.

     -�Todos los días?

     -No, señora, una o dos veces por semana.

     -�Y después que ha salido usted de la casa ha vuelto a ella a ver a la señora?

     -He ido tres o cuatro veces.

     -Vamos a ver: cuando usted ha ido, �a quién ha visto en ella, a más de la señora?

     -A nadie.

     -�A nadie, eh?

     -No, señora.

     -�No había algún enfermo en la casa?

     -No, señora, todos estaban buenos.

     Doña María Josefa reflexionaba.

     -Bueno, paisano; Juan Manuel tenía algunos informes sobre algo de esa casa pero yo le diré cuanto usted me ha dicho, y si es la verdad, usted le habrá hecho un servicio a la señora, pero si usted me ha ocultado algo, ya sabe lo que es Juan Manuel con los que no sirven a la Federación.

     -Yo soy federal, señora; yo siempre digo la verdad.

     -Así lo creo: puede retirarse no más.

     Inmediatamente a la salida del ex cochero de Amalia, Doña María Josefa llamó a la mulata de la puerta y le dijo:

     -�Está ahí la muchacha que vino ayer de Barracas?

     -Está, sí, señora.

     -Que entre.

     Un minuto después entró a la alcoba una negrilla de diez y ocho a veinte años, rotosa y sucia.

     Doña María Josefa la miró un rato, y la dijo:

     -Tú no me has dicho la verdad: en casa de la señora que has denunciado, no vive hombre ninguno, ni ha habido enfermos.

     -Sí, señora, yo le juro a su merced que he dicho la verdad. Yo sirvo en la pulpería que está en la acera de la casa de esa unitaria; y de los fondos de casa, yo he visto muchas mañanas un mozo que nunca usa divisa y que anda en la quinta de la unitaria cortando flores. Después yo los he visto a él y a ella pasear del brazo en la quinta muchas veces; y a la tarde suelen ir a sentarse bajo de un sauce muy grande que hay en la quinta, y allí les llevan café.

     -�Y de dónde ves esto, tú?

     -Los fondos de casa dan a los de la casa de la unitaria, y yo les suelo ir a espiar de atrás del cerco, porque les tengo rabia.

     -�Por qué?

     -Porque son unitarios.

     -�Cómo lo sabes?

     -Porque nunca que pasa Doña Amalia por la pulpería, saluda al patrón, ni a la patrona, ni a mí; porque los criados de ella nunca van a comprar nada a casa, cuando ellos saben que el patrón y todos nosotros somos federales; y porque la he visto muchas veces andar con vestido celeste entre la quinta. Y cuando vi estas noches que el ordenanza del señor Mariño y otros dos más andaban rondando la casa, y tomando informes en la pulpería, yo vine a contarle a su merced lo que sabía, porque soy buena federal. Es unitaria, sí, señora.

     -�Y qué más sabes de ella, para decir que es unitaria?

     -�Qué más sé?

     -�Sí, qué más sabes?

     -Mire, su merced: una comadre mía supo que Doña Amalia buscaba lavandera, fue a verla, pero no la quiso y le dio la ropa a una gringa.

     -�Cómo se llama?

     -No sé, señora; pero si su merced quiere yo lo preguntaré.

     -Sí, pregúntalo.

     -Y también tengo que decir a su merced que yo la he oído tocar el piano y cantar a media noche.

     -�Y qué hay con eso?

     -Yo digo que ha de ser la canción de Lavalle.

     -�Y por qué lo crees?

     -Yo digo no más.

     -�Y no puedes pasar de noche a la quinta y acercarte a la casa para oír lo que canta?

     -Veré a ver, sí, señora.

     -Mira, si puedes entrarte a la casa, escóndete y no te muevas de allí hasta que venga el día.

     -�Y qué hago, señora?

     -�No dices que allí hay un mozo?

     -Sí, señora, ya entiendo.

     -�Pues!

     -Yo creo que se ha de entrar desde temprano.

     -No; si entra a las piezas de ella, ha de ser tarde, y ha de salir antes que venga el día.

     -Yo los he de espiar, sí, señora.

     -�Cuidado con no hacerlo!

     -Sí, lo he de hacer.

     -�Y qué más has visto en esa casa?

     -Ya le dije ayer a su merced todo lo que había visto. Va casi siempre un mozo que dicen que es primo de la unitaria; y estos meses pasados iba casi todos los días el médico Alcorta, y por eso le dije a su merced que allí habla algún enfermo.

     -�Y recuerdas algo más que me has dicho ayer?

     -Ah, sí, señora: le dije a su merced que el enfermo debía ser el mozo que anda cortando flores, porque al principio yo lo veía cojear mucho.

     -�Y cuándo es el principio? �Qué meses hará de esto?

     -Hará cerca de dos meses, señora; después ya no cojea, y ya no va el médico; ahora pasea horas enteras con Doña Amalia, sin cojear.

     -�Sin cojear, eh? -dijo la vieja con la expresión más cínica en su fisonomía.

     -Sí, señora, está bueno ya.

     -Bien: es necesario que espíes bien cuanto pasa en esa casa, y que me lo digas a mí, porque con eso haces un gran servicio a la causa, que es la causa de ustedes los pobres, porque en la Federación no hay negros ni blancos, todos somos iguales, �lo entiendes?

     -Sí, señora; y por eso yo soy federal y cuanto sepa se lo he de venir a contar a su merced.

     -Bueno, retírate no más.

     Y la negra salió muy contenta de haber prestado un servicio a la santa causa de negros y blancos, y por haber hablado con la hermana política de Su Excelencia, el padre de la Federación.

     Sucesivamente entraron a la presencia de Doña María Josefa varias criadas de toda edad, y de todo linaje de malignidad, a deponer oficiosamente cuanto sabían o se imaginaban saber de la conducta de sus amos, o de los vecinos a sus casas, dejando en la memoria de aquella hiena federal una nomenclatura de individuos y familias distinguidas, que debían ocupar más tarde un lugar en el martirologio de ese pueblo infeliz, entregado por el más inmoral de los gobiernos al espionaje recíproco, a la delación y la calumnia, armas privilegiadas de Rosas para establecer el aislamiento y el terror en todos.

     En seguida de las delatoras entró en esa oficina del crimen una pequeñísima parte de los que habían llegado ese día con ruegos y solicitudes al gobierno; a cuyo invisible despacho querían que llegasen por conducto de la hermana política del gobernador, que a todos ofrecía su interposición, no obstante que jamás solicitud alguna pasaba de sus manos a Rosas; por cuanto ella sabía que su digno cuñado sólo le prestaba su atención para escuchar los informes que le interesaba saber sobre el estado del pueblo, de las familias y de los individuos; no siendo esto, sin embargo, un obstáculo para que Doña María Josefa tomase los regalos de cuanto pobre y rico se le acercaba en busca de su protección, diciendo a todos: que Juan Manuel iba a despachar de un momento a otro la solicitud muy favorablemente, por los empeños de ella.

     La pluma del romancista no puede entrar en las profundidades filosóficas del historiador; pero hay ciertos rasgos, leves y fugitivos, con que puede delinear, sin embargo, la fisonomía de toda una época; y este pequeño bosquejo de la inmoralidad en que ya se basaba el gobierno de Rosas en el año de 1840, fácilmente podrá explicar, lo creemos, los fenómenos sociales y políticos que aparecieron en pos de esa fecha, en lo más dramático y lúgubre de la dictadura.

     Los abogados del dictador han presentado siempre al extranjero la parte ostensible de su gobierno, y han dicho: si el general Rosas fuese un tirano; si su gobierno fuese tal como lo pintan sus enemigos, no hubiese sido soportado por el pueblo, después de tantos años.

     Pero �cómo ha existido?, �cómo se ha sostenido contra el torrente de la voluntad de todos? He ahí la cuestión; he ahí el estudio filosófico de ese gobierno.

     Una labor inaudita, empleada con perseverancia en el espacio de muchos años para relajar todos los vínculos sociales, poniendo en anarquía las clases, las familias y los individuos, estableciendo y premiando la delación como virtud cívica en la clase ignorante e inclinada al mal de sus semejantes; escudándose siempre con esa palabra Federación, encubridora de todos los delitos, de todos los vicios, de todas las subversiones morales, en el sistema de Rosas; tales han sido los primeros medios empleados por él para debilitar la fuerza sintética del pueblo, cortando en él todos los lazos de comunidad, y dejando una sociedad de individuos aislados para ejercer sobre ellos su bárbaro poder.

     La fortuna quiso también que ese hombre funesto encontrase en su propia familia caracteres a propósito para ayudarle en su diabólico plan. Y entre ellos el de Doña María Josefa Ezcurra era un minero inagotable de recursos para la facilitación de sus fines.

     La historia, más que nosotros, sabrá pintar a esa mujer y a otras personas de la familia del tirano con las tintas convenientes para hacer resaltar toda la deformidad de su corazón, de sus habitudes y de sus obras.

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Capítulo VII

La pareja

     Ya Doña María Josefa Ezcurra se disponía para hacer a su Juan Manuel la segunda visita de las tres que le hacía diariamente, y de las cuales mucho era que consiguiese hablarle una sola, contentándose con haber estado en las piezas interiores de la casa y poder salir de ellas aparentando que dejaba el gabinete de Su Excelencia, a los ojos de los servidores de segundo orden que cuajaban el zaguán del patio, haciéndose ante ellos, por esa ficción grosera, la agente intermediaria y necesaria a los infelices que tenían algo que suplicar, o a los pícaros que tenían algo que contar; recibiendo oblaciones de los primeros, y atando a los segundos al yugo de su servicio personal por esa esclavitud que la prostitución se labra a sí misma desde el momento en que se descubre a los ojos de un superior; ya llegaba el momento, decíamos, de salir de su casa cuando entró muy familiarmente en ella el comandante Mariño, redactor de La Gaceta Mercantil, vasto albañal por donde pasaban todas las inmundicias de la dictadura y de su partido; pasquín diario donde se difamaba individualmente, hasta en lo más recóndito de la vida privada, a cuanto hombre se había pronunciado contra la tiranía de Rosas; inventando las más torpes calumnias, hasta sobre los hombres jóvenes que no tenían un sólo antecedente público en su vida.

     La dueña de la casa no se hizo esperar mucho tiempo de su digna visita, y salió a la sala a recibirla diciéndole:

     -Sólo a usted lo recibo, porque ya me iba a lo de Juan Manuel; y empiezo por decirle que estoy muy enojada.

     -Y yo también -le contestó Mariño, sentándose en el sofá de la sala, al lado de ella.

     -Sí, pero usted no ha de tener los motivos que yo.

     -También lo creo; empiece usted por los suyos, que yo después explicaré los míos -le contestó el redactor, hombre a quien la Naturaleza había tenido el capricho de envolverle el alma entre un velo negrísimo, tejido con las peores fibras de que brotan las malas pasiones en las degeneraciones de la raza humana, al mismo tiempo que salpicándole la inteligencia con algunas brillantes chispas de imaginación y de talento.

     -�Que empiece los míos?

     -Eso he dicho.

     -Pues bien: tengo motivos de queja contra usted, porque nos está sirviendo a medias solamente.

     -�Nos está sirviendo! �A quiénes, señora Doña María Josefa?

     -�A quiénes! A Juan Manuel, a la causa, a mí, a todos.

     -�Ah!

     -�Pues! Y a Juan Manuel, no le puede gustar esto.

     -Respecto a eso yo me entiendo con el señor gobernador -contestó Mariño, mirando a la vieja, aun cuando nadie lo hubiera creído por cuanto sus ojos miraban siempre al sesgo.

     -�Sí, como ahora lo ve usted todas las noches!

     -Mientras usted lo ve tres o cuatro veces al día, señora -contestó Mariño queriendo lisonjear a Doña María Josefa, pues aun cuando Mariño no la quería, por la razón de que a nadie quería en el mundo, sabía cuánto importaba el estar bien con ella siempre, y especialmente en esos momentos en que interés individual le aconsejaba buscar su auxilio.

     -�Cuatro? No, tres veces no más lo suelo ver.

     -Es mucha suerte. Pero vamos a esto: �en qué sirvo yo a medias?

     -En que está usted predicando en la Gaceta el degüello de los unitarios, y se olvida de las unitarias, que son peores.

     -Pero es preciso empezar por los hombres.

     -Es preciso empezar y acabar por todos, hombres y mujeres; y yo empezaría por las mujeres porque son las peores, y después hasta por sus inmundas crías, como ha dicho muy bien el juez de paz de Monserrat, Don Manuel Casal Gaete(1), que es un modelo de federal.

     -Bien, hemos de tratar a su tiempo de las unitarias, pero por ahora es preciso que yo le diga a usted que también hay damas federales que no son buenas amigas.

     -No, pues por lo que hace a mí...

     -Precisamente es a usted a quien me refiero.

     -�Vaya! Esa es broma.

     -No, señora, es serio: yo le confié a usted un secreto hace quince días, �recuerda usted?

     -�Lo de Barracas?

     -Sí, lo de Barracas; y en alma y cuerpo se lo ha embutido usted a mi mujer.

     -�Qué! Si fue una broma que yo tuve con ella.

     -Pero una broma que me cuesta caro, pues mi mujer me saca los ojos.

     -�Bah!

     -No, no �bah! La cosa es seria.

     -�Qué!

     -Muy seria.

     -No diga eso.

     -Sí; lo repito, muy seria, porque no tenía usted para qué dar este disgusto a mi señora, ni a mí.

     -�Qué! Mire usted... �qué ocurrencia, Mariño!... Como ella lo había de saber por otro conducto, yo le dije que a usted le parecía muy buena moza la viuda de Barracas, pero nada más, �qué ocurrencia!, �cómo cree usted que había de querer yo indisponerlos?

     -Bien, ya el mal está hecho y olvidémoslo -dijo Mariño revolviendo los ojos, proponiéndose sacar partido de la traición de esa mujer, para quien no había tales hombres ni mujeres unitarias en el mundo, sino hombres y mujeres a quienes quería hacer mal.

     -Bueno, suponga usted que esté hecho el mal, Mariño, pero también es preciso que usted sepa que ya está hecho el bien.

     -�Cómo!

     -�Toma! �Qué me dijo usted?

     -Dije a usted que me interesaba saber algo sobre tal señora que vivía en Barracas: qué especie de vida era la suya, quién la visitaba, y sobre todo, quién era un hombre que vivía con ella y que parecía estar oculto, porque no salía a la calle, ni se asomaba siquiera a las ventanas; y dije a usted, también, que yo no tenía en todo esto sino un interés político; es decir, un interés de nuestra causa.

     -�Pues, un interés político!

     -Cierto.

     -Ya.

     -�Porqué lo duda usted?

     -�Yo?

     -Sí, usted, se sonríe maliciosamente.

     -�Qué! Si yo soy así.

     -Sí, señora, es usted así.

     -Mire; yo soy como soy.

     -La conozco.

     -Y yo también lo conozco.

     -�Es decir que nos conocemos?

     -Pues, prosiga, Mariño.

     -Eso fue lo único que dije a usted, creyendo que no me rehusaría usted este servicio; usted, que todo lo sabe y que todo lo puede.

     -Pues bien, ahora va usted a oír todo lo que yo he hecho y conocerá usted si soy su amiga. Hace mucho tiempo que sé que esa mujer de Barracas vive muy retirada, y, por consiguiente, debe ser unitaria.

     -�Oh, quién sabe!

     -No, unitaria, fijo.

     -Bien, prosiga usted.

     -Me dijo usted que creía que había un hombre oculto.

     -Lo sospeché solamente.

     -No, claro, oculto; yo sé lo que me digo.

     -Adelante.

     -Mandé una de las personas de mi servicio a indagar por el barrio con ciertas instrucciones mías. En la acera de la casa hay una pulpería, en la pulpería una negrilla criolla; mi emisario habló con ella; le dijo que la casa de la viuda era sospechosa; que se fijase que de noche andaba gente vigilando la casa.

     -�Y cómo lo sabía su emisario de usted?

     -Porque yo se lo dije.

     -Pero usted �cómo lo sabía?

     -�Bah!, porque yo conozco a usted, y desde que vi que usted tenía interés político en ese asunto -dijo Doña María Josefa, marcando irónicamente las últimas palabras-, me presumí que no se había de estar usted durmiendo en las pajas.

     -Prosiga usted -dijo Mariño, admirando en su interior la astucia de aquella mujer.

     Mi emisario dijo a la negrilla, pues, que la casa era sospechosa, que la vigilaban, y que si ella sabía alguna cosa, se congraciaría mucho conmigo viniendo a avisármela; pudiendo decir después que era más federal que muchas blancas que tratan de humillar a la pobre gente de color, sin prestar ningún servicio a la Federación. La negrilla no se hizo de esperar: se vino a verme, y, como si la cosa naciera de ella misma, me refirió cuanto sabía.

     -�Y qué es lo que sabe?

     -Que allí hay un hombre joven y muy buen mozo -contestó Doña María Josefa, poniendo de su parte aquellas calidades para no perder la ocasión de mortificar al prójimo.

     -�Y bien?

     -Que es muy buen mozo; que se pasea por la quinta abrazado con la viuda.

     -�Abrazado, o del brazo?

     -Abrazado, o del brazo, no me acuerdo cómo dijo la negrilla. Que toman café juntos bajo de un sauce, que él mismo le tiene la taza para que ella lo tome; y que allí se están hasta que viene la noche, y...

     -�Y qué? -dijo Mariño, ardiéndole la sangre e inyectados de ella sus oblicuos ojos.

     -Y que...

     -Prosiga usted, señora.

     -Pues viene la noche y...

     -�Y?

     -Y que después ya no los ve más -dijo Doña María Josefa, con una expresión de un contentamiento indefinible.

     -Bien -dijo Mariño-, pero hasta ahora no sacamos en limpio sino que en esa casa hay un hombre, y es lo mismo que yo dije a usted hace quince días.

     -Eso de que nada sacamos en limpio, no es del todo cierto. Hace quince días que usted deseaba saber algo de esa casa y quién era ese hombre; usted sólo era el interesado, pero desde ayer el asunto es de los dos, la mitad mío, y la mitad de usted.

     -Desde ayer, �y por qué?

     -Porque desde ayer he tomado varios informes, y se me ha fijado una idea en la cabeza; no sé por qué me parece que voy a dar con cierto pájaro; en fin, éste es un asunto mío; y por mí, por mí sola lo he de saber, y pronto.

     -Pero más que saber quién es ese hombre, me interesa saber qué especie de relación tiene con la viuda; y éste es el servicio que yo espero de usted; porque es preciso que usted sepa que esa casa es un convento; no se ven jamás, ni las puertas, ni las ventanas abiertas, y para mayor misterio, los criados parecen mudos. En tres semanas no han entrado a ella más personas que la joven de Dupasquier, tres veces; Bello, el primo de la viuda, casi todas las tardes, y Agustina, cuatro veces.

     -Y �por qué no se ha hecho usted amigo de Bello?

     -Es un muchacho buen federal, pero muy orgulloso; no me gusta.

     -Y �por qué no ha visto usted a Agustina para que lo lleve?

     -No quiero dar tanta publicidad a este asunto. Es una ganancia política que yo quiero hacer con usted sola.

     -�Política, eh? �Ah, tunante! Pero hace bien; tiene buen gusto; dicen que la viudita es preciosa.

     -Ah, señora, no hablemos de eso.

     -�Y qué más quiere la zonza?

     -�Oh!

     -�Bah! Es usted un pobre hombre lleno de melindres. Vamos a ver: �se contenta usted con que ella venga a pedirme algún servicio dentro de pocos días, y con que yo se la recomiende a usted, y se la envíe a la imprenta, o a alguna casita por ahí?

     -�Me habla usted de veras? -preguntó Mariño acercándose más a la vieja, relampagueándole los ojos.

     -�Ah, picarón, cómo se alegra! Así ha de ser, y nada será más fácil si yo no me he equivocado en cierta sospechita que tengo. Déjeme usted hacer solamente, y dentro de tres o cuatro días, asunto concluido; o salimos bien, o salimos mal.

     -Mi amiga -dijo Mariño con un tono lleno de amabilidad-, yo sólo quería de usted el que, con su poderosa influencia, con su talento que no tiene rival, se hiciera usted necesaria a esa señora, y usted parece que ha adivinado mis deseos. Hoy por mí, y mañana por ti, como dice el refrán.

     -No, pues mire usted, Mariño: en este asunto me parece que voy a hacer menos por usted que por mí; si me sale cierto lo que sospecho, creo que le voy a dar un golpe de muerte a Victorica en la opinión de Juan Manuel.

     -�Luego aquí hay algo serio? -dijo Mariño un poco intrigado.

     -Puede ser, pero no tema usted nada por la viudita; la hemos de sacar en palmas; entretanto, �con qué va usted a pagarme mi servicio?

     -�Quiere usted que le mande desde mañana cien ejemplares de la Gaceta, para distribuirlos entre nuestros buenos servidores?

     -Ya lo entiendo, picaruelo, me ha comprendido usted, y les va a dar duro a ellos y a ellas, �eh?

     -Creo que quedará usted contenta.

     -Y si no, no me contente.

     -Otra cosa, hágame usted el favor, señora, de no hablarle una palabra de estos asuntos a mi mujer.

     -�No sea criatura! Si son bromas mías -y soltó una de aquellas estrepitosas carcajadas que el diablo la inspiraba, haciéndola gozar del mal que hacía.

     -Bien, bromas o no bromas, es mejor que no se repitan: yo se lo suplico a usted -dijo Mariño, quien, a pesar del favor en que estaba con el dictador, creía muy conveniente el suplicar a aquella mujer, cuyas armas eran generalmente irresistibles.

     -Bueno: vaya no más, no tenga cuidado, si yo doy con cierta cosa, usted ha de dar con la viuda; pero con una condición.

     -Póngala usted.

     -�Palabra de honor?

     -Palabra de honor.

     -Pues bien; si yo doy con cierta cosa con que no ha podido dar Victorica, yo se la mando a usted a su cuartel de serenos, y usted la recibe, �entiende usted?

     -�A quién? �A la viudita?

     -�No, qué a la viuda!

     -Pues �a quién mandará usted a mi cuartel?

     -A la cosa que ando buscando, y que espero hallar.

     -!Ah!

     -�Entiende usted ahora?

     -Entiendo -contestó Mariño con una sonrisa indefinible, comprendiendo que se trataba de alguna víctima, pues que el hombre que entraba a su cuartel de serenos, no salía de allí sino para la eternidad.

     -�No digo? Si hemos de ser muy amigos, Mariño.

     -Hace tiempo que lo somos -contestó éste levantándose.

     -Sí, y de todo corazón. �Conque se va?

     -Y volveré, �cuándo?

     -Dentro de cuatro o cinco días.

     -Hasta entonces, pues.

     -Adiós, Mariño, hasta entonces; memorias a su mujer, y no haga caso de las zoncerías que le diga.

     -Adiós, señora -le dijo el redactor casi admirado de no ver salir de aquellos labios sino palabras empapadas en algún veneno diferente.

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