Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
ArribaAbajo

Baladas españolas

Vicente Barrantes



Ex-diputado a Cortes, Caballero de Cristo de Portugal, Oficial primero del Consejo de Estado, etc., etc.





ArribaAbajo

Dedicatoria

A D. Ángel Fernández de los Ríos

Madrid 5 de Abril de 1855.

     Hoy hace justamente cuatro años, amigo mío, que un joven oscuro, -muy oscuro,- remitió a V. sin conocerle varios artículos de crítica literaria, que a la suya, tan inteligente, sometía. Fuera imposible -sobre inoportuno- pintar aquí la ansiedad con que el joven esperaba su fallo; ansiedad que sólo puede compararse al júbilo que le inspiró una carta de V., cuyas lisonjeras frases nunca se borrarán de su memoria.

     Haya alcanzado poco, haya merecido menos, aquel joven debe a v. cuanto hoy goza de nombradía en la república de las letras. Deuda de su alma, la puede sólo pagar con versos de su alma.

     Aquel joven era yo.

     Al frente, pues, de mis BALADAS, primera producción algo pretensiosa que doy a luz, pláceme poner, mi querido Ángel, el nombre de V.; con que mi libro y yo ganaremos, -él a los ojos del público,- yo a los de aquellos que en algo tienen la amistad y la gratitud.

     Si vale poco la ofrenda, la engrandece la intención.

V. B.



ArribaAbajo

Al que leyere

     Este libro es un adiós a la poesía, y nada más. Huye para el autor, -quizá demasiado pronto,- la época de sus ilusiones y sus creencias poéticas, y ha querido consagrarles un monumento bueno o malo. Todos los hombres hacen lo mismo, vanidad harto disculpable, principalmente con las cosas queridas o halagüeñas. En todos los sitios bellos o célebres, en los monumentos del arte o de la tradición, se ven siempre a montones firmas desconocidas o ilustres. Es que el hombre sabe que se va pronto, y quiere quedar ligado a la tierra, aunque sólo sea con recuerdos.

     Permítasele, pues, al poeta la misma debilidad, que con harta razón lo merece.

     Nacido en una época sorda a la poesía, época, que al fin se reasumirá, en una tabla de logaritmos o en un libro de caja, cuanto ve en torno suyo es miserable o liviano, cuanto hiere su imaginación desentona y rompe su magnífica armonía. Se le exige que sea enciclopédico; que instruya y deleite al par: que escriba para su corazón y para su bolsillo; -como si ideas tan contradictorias pudieran caber en la imaginación de un poeta verdadero.

     De aquí ha nacido, sin duda alguna, el afán de todos por dar a la forma ese carácter churrigueresco y estrambótico que al pensamiento se pide. Nadie los culpe, no. En los campos del Indostán una estatua de Fidias llegaría a barbarizarse, por decirlo así, para inspirar siquiera menos desden a aquellas tribus bárbaras.

     Estas reflexiones engendraron este libro.

     Necesitaba el autor cantar, y para que alguno le escuche ha pedido a las literaturas estranjeras de prestado una fórmula y un género. A decir verdad, la balada merece tomar en la nuestra carta de ciudadanía. ¡Así pudiéramos alcanzársela nosotros! -pero nos falta el genio de Goethe o de Schiller, de Walter Scott, de Byron o de Moore, de Delavigne o de Victor Hugo, que en Alemania, Inglaterra y Francia han aclimatado este género, poniéndolo sobre todos los de la poesía lírica.

     Nos queda, sin embargo, un consuelo en nuestra pequeñez. Hemos abierto un camino. Otros lo seguirán con pie más seguro o con mejor fortuna.

     Si se nos preguntare -y sea dicho de paso- cuál es el carácter distintivo de las baladas, no sabríamos, francamente, cómo responder. Aunque tan hermanas de la poesía popular, que son a los pueblos del Rhin, de Irlanda y de Escocia, lo que los romanceros a nuestra España, y el poema del Tasso a los gondoleros de Venecia, al pasar por el crisol de las nuevas civilizaciones poéticas se han reformado de tal modo, que ni podríamos atinar con el verdadero significado que hoy tienen en las literaturas, ni asentar en absoluto si han ganado o han perdido.

     Las baladas de Walter Scott, -por ejemplo,-que viven con tanta fama, son leyendas históricas en su mayor parte, de acción dramática, dialogadas las más, y distintas en fin de todo en todo, de las de Goethe y Schiller, que conservan mejor su primitiva forma y sencillez. Adoptan Delavigne y Victor Hugo un término medio, y aunque dramatizando en el fondo la acción, como era necesidad de escritores franceses, imitan la forma y el no sé qué apacible y vago de los alemanes, maestros en este género. Byron, en cambio, hace lo que nos otros hemos hecho: imita lo que le place de unos y otros, aunque les muda el nombre en melodías.

     Resulta, pues, imposible de señalar el verdadero carácter de la balada. Adoptándola en nuestra literatura, podría decirse que tiene: -de la égloga, la sencillez; -de la leyenda, el calor; -de los romances antiguos, la melancolía; -y de los cantos populares, el espíritu.

     Quédanos por hacer una advertencia.

     Aunque hemos imitado y aun traducido baladas inglesas, alemanas y francesas, haylas en nuestra colección enteramente originales, -y no es corto el número. Lleva al final un apéndice donde los modelos o los autores se señalan escrupulosamente. Ni queremos, como la corneja de la fábula, vestirnos de agenas plumas, ni apadrinar estravagancias -muy bellas por otra parte,- como Loco de amor, traducida de Goethe casi al pie de la letra.

     Si a pesar de esto las llamamos Baladas españolas, es porque las históricas están acomodadas a nuestra historia, las de costumbres a nuestras costumbres, y las de pasión a nuestras pasiones.

     Mayo -1853.



*****

     Algo tiene el autor que añadir a lo que dijo en la primera edición de las Baladas.

     Aunque el público, juez inapelable, haya pronunciado sobre ellas un fallo lisonjero, no me hago ilusiones, ni me las haré nunca. Estoy muy lejos de alcanzar la perfección que mis modelos estranjeros han conseguido. No acierto a manejar el idioma con aquella difícil facilidad que Moratín exige a los escritores, y en balde me afano por producir en este rebelde instrumento las combinaciones peregrinas, los tonos singulares, las dulces armonías, que en otros autores de baladas me embelesan.

     Y que debo culpar sólo a mi pequeñez y tosquedad, no tardo en reconocerlo, considerando que, fuera de las lenguas italiana y lemosina, difícilmente habrá otra que como la nuestra se acomode a todos los caprichos de una imaginación verdaderamente poética, y ora blanda y suave, ora enérgica y ruda, ora solemne y acompasada, se plegue a todas las exigencias de un género de poesía en que entra por mucho la forma, y que tiende a reproducir las varias y más delicadas sensaciones de un alma apasionada. Corrobora esta para mí triste sospecha la observación que hicieron los críticos al publicarse mi obra por primera vez, y que yo apunté en otros términos por varias partes del prólogo que acaba de leerse, relativa a las buenas disposiciones que nuestro pintoresco país, y nuestra poética vida histórica y social, ofrecen a los que cultivan este género.

     ¿Cómo pude yo desconocerlo nunca, si al designar los principales caracteres que la balada habría de tener en España, se me acordaron bellísimas inspiraciones de nuestros antiguos cancioneros, los rasgos más sobresalientes de nuestros romances, y hasta ciertos toques de nuestra dulce poesía sagrada, que muy de cerca lindan con este hermoso campo en que sin derecho me entremetía? ¿pude yo desconocer que no hay en ninguna lengua balada amorosa que comience en más adecuado tono que aquella canción del marqués de Santillana:

                                                 Mujer tan fermosa                     
non vi en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa,


o que el conocido romance

                                                 Paseábase el rey moro                     
por la ciudad de Granada,
desde la puerta de Elvira
hasta la de Vivarambla?


     Pero esta felicidad de circunstancias y predisposiciones, que nunca se me ha ocultado, aumenta las dificultades de mi empresa, y quizás ha sido parte a que por tanto tiempo la interrumpa, que un público acostumbrado, como lo está el español, a saborear tan deliciosos manjares, tiene derecho, cuando se le ofrece uno que aspira a reunir todos los aromas en un solo vaso, todas las flores en un solo ramillete, a ser más exigente que nunca lo fuera, más descontentadizo, mas caprichoso.

     Ni se tornen por queja estas palabras, que ninguna tengo del público, mientras él debe tener muchas de mí. Doce años he tardado en demostrarle el aliento que su aplauso me infundió en 1853; doce años, que yo mismo no acierto a esplicarme cómo se han pasado, ni volviendo los ojos al libro de mi vida, lleno de páginas tristes, de borrascas y naufragios. Menos afortunado yo que el de las Baladas, que no llegó a zozobrar habiendo visto la luz en medio de graves, convulsiones políticas, sólo en una débil tabla he salvado un resto mísero de existencia, debiéndosela dos veces al que me la ha dado, y háciéndoseme el tiempo corto para gozarla y bendecirle. Esto sin contar otras borrascas que en tan largo período he sufrido, y que todas fueron enemigas de las musas por desgracia mía.

     ¿Quise acreditar también la ficción que encabezaba mi prólogo anterior? No lo sé a decir verdad, si bien pienso que en esto de abandonar a las nueve hermanas todos los poetas nos parecemos al de Gil Blas, que en verso las despedía y así nunca acababa.

     Ello es que en doce años apenas he compuesto otra docena de baladas, que ahora entrego al público para que las juzgue.

     Nunca fue mi ánimo darle muchas. Primero, porque no soy yo, a semejanza de la tierra en que nací, de las más fecundas de España. Segundo: porque en esto de innovaciones debe irse con mucho tiento el que las hace. Y tercero, porque la misma vulgaridad en que cayó este género, inmediatamente después de publicada mi obra, puso en mi espíritu cierta desconfianza y temor de ser yo responsable de algún estravío literario. Porque no se eche esta indicación a mala parte, cosa común entre poetas, quiero recordar aquí la lluvia de baladas que cayó por los años de 54 a 56, tiempo en que, no obstante sus agitaciones febriles, hasta los periódicos dieron en la flor de hacer en sus gacetillas paráfrasis más o menos oportunas y acertadas de mis pobres composiciones, guarneciéndolas por supuesto con punzantes espinas que a ministros y hombres públicos desgarraban. La innovación de la gacetilla en verso, impresa algunas veces al común estilo de la prosa, coincide con aquella época, que no recuerdo sin sentimiento por haber brillado notablemente en ella uno de mis mejores amigos, a quien ha poco nos arrebató la muerte, D. José Joaquín Villanueva. Tuve yo mismo la debilidad de seguir la corriente, si bien no por lo político, sino por lo social, dando a luz en gacetillesca forma, entre otras baladas nuevas, la de El rey ha muerto! viva el rey! que acaso recordará a algunos lectores sus prosaicos pañales y prosaica cuna (1).

     Y porque tampoco es mi ánimo zaherir malamente a los que se me han aventajado en este camino, que no envidio yo las glorias legítimas porque a mí la fortuna me las niegue, debo hacer aquí especial recuerdo de las Baladas mallorquinas, de D. Tomás Aguiló, que en 1858 tradujo en castellano D. José Francisco Vieh, librito apreciable, que me hace el honor de remedar al mío con bastante frecuencia, como puede verse en la balada V, que principia:

                                              Cuant es mitja nit en punto,                     
y ses buscas d'es rellotje
com a jermanas parugas
s'arramban lo més que poden;
tocan dotze campanadas
que dins sas tombas retronan,
y a n'es morts els-a despertan
mentras tant que'es vius s'adormen.
Heyá llosas que tremolan,
heyá llosas que no s'moven
heyá sombras que s'axecan,
y es cementeri revoltan.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una mara desdichada
cada vespre en aques'hora,
anava a plorar sa filla
y a séura demunt sa fossa.


     Esta introducción ha sido inspirada, si no me equivoco mucho, por la de El alma en vela (balada XXX de mi primera edición) que dice así

                                              Cuando la noche tiende                     
     su manto negro,
     enmudecen las tumbas
     del cementerio,
     Porque los vivos
que despiertos olvidan
     ¿qué harán dormidos?
Pero la tumba blanca
     del tierno infante,
resuena cual capullo
     que se entreabre
     Porque ni en sueños
una madre sa olvida
     de su hijo muerto.


     Debo también a otro descendiente de los antiguos trovadores lemosines una imitación, que a la verdad me enorgullecería si por su mérito midiera el de mi libro, pues es una de las escenas más bellas y sentimentales de la Campana de la Almudayna, drama que pasará a la posteridad entra los mejores del repertorio moderno.

     Por último, -que, ya es hora de terminar esta relación, halagüeña para mí, para los lectores enojosa,- otro poeta insigne, el Sr. D. Carlos Rubio, a quien nunca perdonarán las musas el olvido en que las tiene, imitó una de mis baladas en su preciosa composición El mes de Mayo que principia;

                                                 Mayo ha llegado, el mes de los amores,                     
de hermosos días y de noches bellas
y se abren a la par almas y flores
éstas al sol, como al amor aquéllas.
   Mirad la juventud libre y gozosa,
húmedos los cabellos de rocío,
soñar amores en la selva umbrosa,
danzas tejer junto al tranquilo río.


     Así se esplican, en mi concepto, dos cosas: mi silencio porfiado y las alteraciones que sufre ahora este libro. Escitada por su primera aparición la curiosidad del público y la benevolencia de los críticos, estábales yo obligado por la gratitud, que tanto puede en los pechos nobles. Así no ha pasado un solo día sin hacer en él alguna corrección. Verdaderamente incorregible en esto, como he dicho en el prólogo de la tercera edición de Siempre tarde, conozco que llego a veces a desnaturalizar las obras de mi flaco ingenio, sobre toda aquellas que tienen, como las Baladas, algún perfume especial. Sin embargo, huyendo de este escollo, aun las que hay parecen, enteramente nuevas, como Magdalena, he procurado que conserven su primitiva sencillez y espontaneidad. La forma ha sido el principal objeto de mis correcciones, pues además de la imperfección de que adolecía, me hizo mucha fuerza la observación del ilustre autor del prólogo que va a leerse, tocante a la inconveniencia, de algunos metros.

     La flexibilidad y buen acomodo, por decirlo así, que desde el primer día mostró la balada, y la decidida inclinación del gusto público hacia las de tono picaresco, me ha hecho introducir en la obra algunas que hubiera de buena gana suprimido, pues antes son cuadros satíricos o escenas de costumbres, que baladas; pero a decir verdad este defecto, que puede serlo grande para los hombres de esquisito gusto, hace sobresalir el tipo romancesco y de gaya ciencia, que debe tener el libro, y así me ha parecido que se compensa el inconveniente con la ventaja. Idénticas consideraciones me mueven a no borrar la titulada el Bautismo, ni alguna otra, que por distintos rumbos va a incurrir en el defecto de las picarescas; pero sobre hacer con ellas un contraste que produce en mi opinión buen juego poético, por la especialidad y delicadeza de su género, yo no sabría asignar a estas composiciones puesto y nombre literario que entre las baladas no fuese.

     He aquí todo lo que tenía que decir al público al someter de nuevo a su fallo una obra que me recuerda los más hermosos días de mi juventud. ¡Ojalá recuerde ella también a sus antiguos lectores algunos momentos de placer, y esclamen con la maliciosa ternura de Francesca de Rimini:

     Galeotto fu il libro, e chi lo scrisse.

Enero de 1865.



ArribaAbajo

Prólogo de la primera edición

     Cuando un amigo escribe algunos renglones al frente de un libro de un amigo, puede hacer dos cosas: o elogiar cuanto el libro contiene, engañando a su autor, sin engañar por eso al público, o decir la verdad lisa y llanamente. Al tomar la pluma para escribir el prólogo de Las Baladas españolas, nosotros, que nos honramos con la amistad de Vicente Barrantes, hemos optado por el segundo medio, como siempre optaremos por lo que creamos más justo y razonable.

     El autor y los lectores pueden estar seguros de que van a oír nuestro parecer, tal vez errado, pero franco y leal indudablemente: los que quieran formar su juicio sin ayuda de nadie, dejen el prólogo para lo último, o no lo lean, en lo que no andarían muy descaminados: los que deseen saber algo de la vida literaria del autor, y notar a primera vista ciertos defectos y bellezas de este libro, que quizás podrá decirles, quien como nosotros lo ha estudiado mucho, por más que no hagamos profesión de críticos, pierdan algunos minutos en hojear nuestra desaliñada prosa, que a bien que la galana poesía que tras ella viene les indemnizará con usura del mal rato que haya, podido darles.

     Cuando el público lee una cosa que es mala o que no le gusta, suele creer y decir que el autor de aquella cosa es malo: cuando lee una cosa escrita sin talento, sienta como una verdad incontrovertible que el que la escribió carece de talento. En esto, como en otros muchos de sus juicios, el público se engaña muy a menudo: cuando un actor se equivoca en el teatro, los espectadores le echan siempre la culpa de su falta: desde la luneta esto parece justo; es necesario estar entre bastidores para conocer que muchas veces el que se equivoca es el apuntador.

     Decimos esto para hacer palpable una verdad, que de otro modo no podrían comprender los que están lejos de los círculos literarios. En España, por más que se diga, hay algunas, aunque no muchas personas que viven de su pluma: en esto número se cuentan, feliz o desgraciadamente, el autor de Las Baladas y el que escribe estos renglones. En España, y esto no dudamos en asegurar que es una verdadera desgracia, al cambiar en cuartos los productos del ingenio, se pierde un ciento por tanto (sería inesacto decir tanto por ciento) tan considerable, que casi da vergüenza de llamar cantidad a lo que resta; más claro, el género mas barato que por aquí se conoce es el literario. Dice un refrán castellano que lo que no va en lágrimas, va en suspiros; así es que como se paga poco y de ese poco hay que vivir, es preciso escribir mucho y deprisa; es menester escribir cuando se come, cuando se duerme, cuando se ríe, cuando se llora. ¿Qué estraño, pues, que un joven de mucho talento y que lo haya mostrado en muchas ocasiones, tenga este o aquel escrito malo, si el día que lo escribió, porque tenía que escribirle, pasaba por uno de esos acontecimientos de la vida que embargan el entendimiento, llevándose toda nuestra atención, y después ni aun ha podido disponer del tiempo indispensable para leerlo? Visto desde la luneta, el escritor no sabe lo que se dice: entre bastidores, se conoce que el apuntador, o llámese la falta de dinero, es el que tiene la culpa de todo.

     El número de artículos literarios, satíricos y de costumbres que Barrantes ha dado a la prensa es verdaderamente prodigioso, y nos atrevemos a asegurar sin temor de equivocarnos que en esto le aventajan pocos de los escritores de nuestros días. Hay por lo tanto entre ellos algunos escelentes; muchos buenos y medianos; pocos malos. Para los que leyendo alguno de los últimos forme mal juicio de él, hemos escrito el párrafo anterior; porque por haber puesto su nombre al pie de algunas líneas, buenas tal vez para otros, malas para quien hace lo que él, no dejará de ser Barrantes uno de los jóvenes de más esperanzas, de más porvenir literario que existen, en nuestro país. El Semanario pintoresco, La Ilustración, El Museo de las familias, El Bardo (que dirigió con estraordinario acierto), cuantos periódicos literarios de alguna importancia han existido en la corte o en las provincias, están llenos de sus artículos y poesías.

     Si los reducidos límites que nos hemos impuesto lo permitieran, analizaríamos algunas de estas brillantes piezas en que, a vueltas de algunos defectos nacidos del modo con que desgraciadamente tiene que escribir en nuestro país todo el que es escritor de profesión, se encuentran a cada paso conceptos atrevidos, ideas nuevas, y elevados pensamientos: diríamos algo de su novela Siempre tarde, cuya segunda edición se ha hecho hace poco en el folletín de Las Novedades, con el mismo éxito que alcanzó la primera en El Museo español; y consagraríamos en fin algunas líneas a su primera obra dramática, La Comedia de provincia, que su modestia no lo ha permitido dar al teatro, y a su historia también inédita de los reinados de Felipe III y Felipe IV, obras que encomian cuantos las conocen; pero solo nos toca hablar del poeta lírico, del autor de las Baladas españolas.

     Con placer vemos que la poesía lírica, tan desdeñada hace pocos años, va recobrando en España el lugar que le corresponde de suyo. Tras La primavera, de Selgas, vinieron los Himnos y quejas, de Arnao, y muy poco después apareció Trueba con El libro de los cantares.

     En los encantadores y floridos apólogos de Selgas, en las elevadas inspiraciones de Arnao, en los frescos y deliciosos romances de Trueba, parecían estar comprendidos todos los géneros de la lírica castellana. Barrantes, sin embargo, pretende aclimatar uno nuevo. ¿Aceptará el público español la balada? Creemos que sí. El que saborea con la sonrisa en los labios La modestia, y siente elevarse su alma con el soneto A la virgen, y llora con La niña de ojos azules, bien puede dejarse llevar al mundo fantástico de La misma conciencia acusa y Santa Isabel y Murillo, y encontrar en él goces de otra especie, que no por más estraños, deben ser menos apreciados. La balada, en nuestra humilde opinión, a pesar de su origen estranjero, es un género de poesía que echará profundas raíces en España; y Barrantes, aun careciendo de mayor mérito, sería muy digno de elogio por haber sido el primero que se ha atrevido a dar al público una colección de baladas en nuestra patria.

     Quisiéramos examinar una por una todas las composiciones de este libro. El aroma que exhala un ramo hace formar una idea muy inexacta del que se desprende de cada una de las flores que lo forman. Pero, ya lo hemos dicho: los límites que nos hemos impuesto son muy reducidos, y para juzgar pieza por pieza las que este libro contiene sería necesario otro libro.

     Será forzoso, pues, contentarnos con analizar una sola, que esto podrá dar idea algo mas aproximada de lo que son las demás, ya que ni el espacio ni la ocasión nos permitan un juicio del conjunto. Santa Isabel y Murillo, que hace poco hemos citado, es la primera que se presenta a nuestra vista.

     «Ya han sonado las campanas de los monasterios llamando a los cristianos a la oración; ya empieza a murmurar entre las flores la brisa de la noche, y avanza el crepúsculo, y las doncellas esperan a sus amantes en las ventanas: las sombras se han estendido sobre la ciudad de la Giralda, y comienzan a lucir las estrellas en el cielo. ¡Hora de divino encanto, de sublime misterio! ¡Hora en que el poeta siente volar su fantasía al mundo de los cantares! ¡Hora en que el artista ve bullir cien entre los colores de su paleta!

     »¡Murillo duerme! El sol que se va, parece haber robado la luz a su alma: ya la inspiración le deja. ¿Será para siempre? ¡Duerme, ángel caído! ¡Duerme! A sus plantas están hechas pedazos su paleta y sus pinceles. Bien has hecho en romperlos. ¿Para qué te servían? La boca de Santa Isabel, de que tú querías que brotase la sublime palabra Dios, sólo dice amor. Esa boca no es de la Santa. Sus labios de clavel están esperando un beso: están abriéndose para decir: te adoro, -y para decirlo a un hombre: tu torpe, pincel ha profanado la sagrada inspiración. ¿No es verdad, Murillo; que estás sonando con la mujer que adoras?

     »Pero, ¿qué perfume aromatiza el ambiente? ¿Qué sublime armonía embarga los oídos? ¿Es que los ángeles dejan por la tierra su divina morada? Una visión celeste cruza los aires las sombras de la noche huyen ante el resplandor que la cerca, y envuelven en una atmósfera de amor indecible al artista y a su obra. Se detiene: le contempla... Duerme, Murillo, duerme; no ahuyentes a la visión.

                                                 »Ya se acerca... ya se fue...                     
piérdese a la vista incierta...
se para del lienzo al pie...
¡Despierta, Bartolomé,
despierta por Dios, despierta!


     »¿Qué es eso? Sus puros y divinos labios tocan los labios voluptuosos de la pintura... Se oye el rumor de un beso... la visión desaparece. Pero... esa boca animada de célica sonrisa, no es la que tú pintaste, no es la que tu Santa tenia, la que te hizo romper tus pinceles y arrojar la paleta. No; esa es el fiel traslado de la boca de la visión: al besarla, sus labios quedaron estampados en el lienzo.

     »Despierta; ángel caído; ya tu cuadro tiene el fuego que apetecías. La misma Santa Isabel se lo ha traído del cielo en sus purísimos labios.»

     Mucho habrán palidecido en verdad los pensamientos que Barrantes espresa en sonoros, y armoniosos versos al trasladarse a nuestra desaliñada prosa. Esta es la gran prueba a que puede someterse una obra poética. Si a pesar de perder los encantos de la rima y de la medida, dice algo al corazón o a la cabeza, mucho debe valer. La gala de fantasía que en ella hace, lo delicado de los pensamientos, la estraña novedad del conjunto, todo contribuye a que sea una composición notabilísima. Sin embargo, no la hemos elegido por mejor, que en otras tan buenas abunda el libro, siendo la más acabada de todas, a nuestro entender, Esposa sin desposar, que pocas leerán con ojos enjutos y corazón tranquilo.

     Sólo elogios hemos tenido hasta ahora, para este libro; tiempo es pues de que hablemos de sus defectos. Pero, ¿qué valen algunos versos flojos; cierta estravagancia en los metros, poco conveniente quizás, y tal cual locución no muy castiza; si todo ello va cubierto y rebozado de tales y tantas bellezas, que la vista apenas lo columbra? Críticos hay que buscan la escoria entre los diamantes. ¡Cuán dignos son de lástima para los que, como nosotros, sólo caminan en pos de lo bello, y lo bello es lo que buscan por do quiera!

     Poeta de gran inspiración, Barrantes se deja arrastrar por ella, y eso mismo le hace no reparar a veces en la forma, que de ordinario es buena, e intachable en algunas composiciones. Defecto es este, que el tiempo y el estudio corregirán: poco se echa de menos en él del poeta que nace: fállale algo del poeta que se hace. La lozana imaginación del autor de Ritja, El ciprés del Buen Retiro, Humo, y Flor trasplantada, necesita acaso de un dique que la contenga: este dique, no puede ser otro que la forma. No somos nosotros de los que pretenden que se la sacrifique al pensamiento, alma de toda composición; pero queremos que ese alma está encerrada en un cuerpo robusto y hermoso como ella, y por más que nos entusiasmemos algunas de estas magníficas poesías no dejamos de conocer que aun podían ganar mucho con la corrección. Poco somos en verdad para poner defectos a lo que tanto vale: sírvanos de disculpa la buena intención con que lo hacemos.

     El nuevo sol de la lírica española comienza a brillar, disipadas las sombras de una noche que amenazaba ser eterna. En los momentos en que escribimos estas líneas, Selgas acaba de dar a luz otro libro más hermoso, si cabe, que La primavera: Trueba comenzará en breve la publicación de un romancero popular, que debe añadir algunas hojas más a su corona de poeta: al lado del puesto que ocupan estos dos jóvenes, las más risueñas esperanzas de nuestra lírica, está el que aguarda al autor de las Baladas españolas.

Luis de EGUILAZ.



                                                                    Ie sui Arnaut, que plor, e vai chantan
con si tost vei la passada fotor;
e vei iausen lo iorn, que esper, denan.
Arnaldo el trovador.
(PURGATORIO del Dante, canto XXXVII.)


                                           Yo soy trovador del alma:                     
cantar quiero sus arcanos
             tenebrosos;
su tempestad y su calma,
el hervor de las pasiones,
que hice a los pobres humanos
             tan dichosos...
¡ilusiones de ilusiones!
   
   ¿Queréis saber, niñas mías,
lo que encierran mis baladas
              españolas?
Devaneos, fantasías,
venturas y desventuras
verdaderas o soñadas
               a mis solas,
entre goces y amarguras.
   El poeta es un espejo,
donde el placer y el dolor
             variamente
van pintando su reflejo,
ya con risas ya con llantos,
como el dolor es amor,
             más frecuente
lo encontrareis en mis cantos
   
   Pero no en música vana,
que solo al gusto penetra
              no en mis días.
Cuando el trovador no hermana
en la sentenciosa letra
lo divino con lo humano...
              niñas mías,
¡téngale Dios de su mano!


ArribaAbajo

La golondrina

Balada I

                                                       A bordo de un navío                     
      que en la ciudad hercúlea
      su ancla mojada en Chío
      lanzó a la mar cerúlea,
      en noche sosegada
      oí esta balada
      a un viejo marinero,
      inválido sin par
      que de su cuerpo mísero
      sembrado tiene el mar:
      -un pie en el Trocadero,
      -un brazo en Trafalgar.
   
 Como brilla en el cielo la luna
 suspendida de un hilo de plata
     peregrina
      golondrina
 en el aura meciéndose grata
 se distingue en el palo mayor.
      Es de aquella
      caravana
      que en la popa
      va galana,
      capitana;
      y con ella
      desde Europa
 va cumpliendo un hermoso destino,
 a adorar el sepulcro divino,
 a posarse en el monte Tabor.
         Guardia-marina
      de ojos azules,
      cabellos blondos,
      palabras dulces,
      ¿adónde llevas
      el arma lúgubre
      que bajo el brazo
      se te descubre?
      -La golondrina...
      ¡Ah! ¡no la apuntes!
      ¡Ah! no la mates,
      sin que la escuches.
LA GOLONDRINA
         «Bajo mi pico
      »llevo un papel,
      »prenda de amores
      »de una mujer.
      »En él su vida,
      »su alma va en él...
      »¡lloraba tanto
      »cuando volé!...
   
      »¡Chis! vocingleras,
      »¡chis! compañeras,
 »¡chis! comadres, ¡chis! ¡chis! atended,
 »que son cosas más dulces que miel.
   
         »Me dio mil besos
      »por galardón
      »de la visita
      »que haré a su amor;
      »y cuando en mayo
      »luzca otro sol,
      »llevaré a España
      »contestación.»
   
      »¡Chis! vocingleras
      »¡chis! compañeras
 »¡chis! comadres, ¡chis! ¡chis! atención,
 »que estas cosas son cosas de amor.
¡Maldito el que los cantos del pájaro no entiende,
que ese jamás del cielo la música escuchó!
¡Maldito el que los plomos a dirigir aprende!
¡Maldito el que la pólvora villana descubrió!
   
   Gemido lastimero de un alma casi muerta
allá junto a las nubes oyose gorgear;
la pobre golondrina cayó sobre cubierta,
y de dolor gimieron los peces de la mar.
   
   El último aleteo del ave agonizante
el pico ensangrentado cubrió con el papel;
y de la bella ausente, de su perdida amante,
    el cazador artero memorias halló en él.
-«¡Maldito el que la mate!» -al comenzar decía.
-«¡Maldito el que la mate!» -el joven repitió;
y en sangre entrambas manos manchadas se veía,
y al mar para lavarse demente se arrojó.
EL VIEJO MARINERO
   ¿No lloráis, como lloro,
viejos, y niñas de cabellos de oro?
solo lloré en la tumba de Gravina...
¡y al recordar la pobre golondrina!


ArribaAbajo

Ni bien ni mal

Balada II

                                                    Nada mi pecho desea,                     
        ¡ay!
solamente el sufrir me recrea...
        ¡ay!
     -Compañeros
     ¡a beber!
¡que es un mal la tristeza y un bien!
   
      Yo perdí mis alegrías,
        ¡ay!
las riquezas del mundo eran mías...
        ¡ay!
     ¿Por dinero
     lloraré,
si el dinero es un mal y es un bien!
   
      Tuve queridas y amores,
        ¡ay!
¡cuánto cuestan de llanto y dolores!
        ¡ay!
     La más bella
     menos fiel...
el amor es un mal y es un bien.
   
      En odio tuve a mi España,
        ¡ay!
pero triste viví en tierra estraña...
        ¡ay!
     ¿Venturoso
     do seré,
si el vivir es un mal y es un bien?
   
      Honor gané y gloria humana;
        ¡ay!
desvelome la envidia villana:
        ¡ay!
     ¿Quién al sabio
     puede ver?
el talento es un mal y es un bien
   
      Ansioso partí a la guerra;
        ¡ay!
al vencer, moribundo di en tierra:
        ¡ay!
     otros ciñen
     mi laurel,
que la gloria es un mal y es un bien.
   
      Pero ya nada deseo,
        ¡ay!
y en llorar y en cantar me recreo:
        ¡ay!
     -Camaradas,
     ¡a beber!
¡que es un mal la tristeza y un bien!
   
      Así cantó un desdichado,
        ¡ay!
al festín postrimero sentado...
        ¡ay!
     Cayó muerto
     de placer...
el morir es un mal y es un bien.


A D. Luis de Eguilaz

ArribaAbajo

La misma conciencia acusa

Balada III

Misterios del alma son.
MORETO.


                                                 A pasos agigantados,                     
leyendo ansioso un papel,
Moreto cruza por el
Pradillo de los ahorcados
   
   Alma viviente ninguna
viene el silencio a turbar:
solo el que acaban de ahorcar
cuelga a la luz de la luna.
   
   La triste visión la inquieta,
y reza un credo, que al fin
es el buen don Agustín
hombre y cristiano y poeta
   
   Aun doblada la rodilla
siente de la yerba el roce,
cuando sonaron las doce
en el reló de la villa.
   
   En sobresalto cruel
Moreto se levantó,
y en torno a mirar volvió,
y a repasar el papel.
   
   «Si el sitio no os pone miedo,
»quien esto escribe, os espera
»hoy a media noche, fuera
»de la puerta de Toledo.
   
   «Otro mejor no elegí,
»porque asegura la gente,
»que vos y yo, solamente
»podemos vernos allí.»
   
   Poniendo mano a la espada,
mano fría y temblorosa,
don Agustín dijo: -«¿es cosa
»de burlas? ¡no está firmada!
   
   «¿Quién me sacó de la villa
»a este maldito lugar?
-»Aquí maté a Baltasar
»Elisio de Medinilla.»
   
   Esto al decir, asomaba
en su tez color de plomo,
y su mano sobre el pomo
con lúgubre son temblaba.
   
   En vano el embozo cubre
su faz, que el dolor reviste
de palidez honda y triste,
como la vid en Octubre.
   
   Con máscara engañadora,
cubrir el dolor secreto,
es doble dolor, Moreto;
más en secreto se llora.
   
   Presta la luz a la pena
consuelo, aunque baladí;
quien llora dentro de sí
con su llanto se envenena.
   
   Los ojos tiende adelante
casi cegados de miedo,
y ve en el espacio un dedo
que le señala constante.
   
   Vuelve a otros lados la cara,
y ve en uno y otro lado
que se movía el ahorcado
sin que nadie le tocara.
   
   Y una campana en la villa
dobla a muerto sin cesar:
-¡Aquí murió Baltasar
Elisio de Medinilla!
   
   De hinojos, y la cabeza
sobre el pecho doblegada,
pega a la cruz de su espada
los labios, suspira y reza.
   
   Mas cuando a mirar se atreve,
que un punto domina al miedo,
siempre le señala el dedo,
siempre el ahorcado se mueve.
   
   Así le halló la mañana
en actitud silenciosa,
su faz mucho más rugosa,
su cabellera más cana.
   
   Los ojos clava en aquel
papel, que oprime su mano,
y grita: -¡Dios soberano!...
(estaba en blanco el papel).


ArribaAbajo

El page de lanza

Balada IV

I
                                              -¿Por qué te calzas espuelas?                     
¿porque alzan los centinelas
       el rastrillo?
-Porque a lucir la alborada
partir debo, Elvira amada,
       del castillo.
   
-Que Dios te sirva de ejida;
pero me dejas sin vida,
       dueño amado.
-Si tú no fueras villana
hiciérale castellana
       de buen grado.
   
-Canta la alondra... te alejas:
un hijo en cambio me dejas
       ¡corre! ¡corre!
-Le hago merced de una villa,
un caballo, una trabilla,
       y una torre.
   
-En mis entrañas le guardo:
sólo amor para el bastardo
       de ti imploro.
-Si tú no fueras villana
hiciérate castellana,
       que te adoro.
   
-Partir déjame contigo.
Velar quiero, dulce amigo,
       por tu vida.
-Voy a fiestas y torneos.
¿No me ves estos arreos
       de partida?
   
-Seré tu paje de lanza:
iré del paje a la usanza
       tras tu huella.
-Mi escarcela toma, Elvira,
y más por tu nombre mira
       de doncella.
   
-¿Qué es mi nombre? ¿qué es tu oro?
¿la ausencia del bien que adoro
       me repara?
No abrigues tal fantasía,
que ya el resplandor del día
       nos separa.
   
-Yo me cortaré el cabello:
dirá una argolla en mi cuello
       ¡vasallaje!
-¡Villana! ¡de enojo estallo!
corre, pues, tras mi caballo
       sé mi paje.
 
II
Así van por el camino,
como raudo torbellino.
       ¡Pobre Elvira!
Él, a caballo delante;
ella a pie; ¡y el fiero amante
       ni la mira!
   
Espinoso es el sendero;
mas salva el trotón ligero
       los abrojos;
y con su lanza cargado
el pobre paje cansado
       cae de hinojos.
   
-Ve más despacio, amor mío,
que ya terminar no fío
       la jornada.
(Y el ginete corre, corre;
y nadie a Elvira socorre...
       ¡Desdichada!)
   
-Ya en mi seno ¡pobre niño!
la flor de nuestro cariño
       se marchita.
(Tiembla el doncel; y agitado
el corazón, mal su grado
       le palpita.)
   
-¿Ves, Elvira, aquel castillo
de viejo adarve amarillo
       y ancho foso?
Cuanto ordenes, sin tardanza
lo hará tu paje de lanza
       presuroso.
   
-Me espera desesperada
allí una mujer amada:
       dale aviso.
-Yo coronaré de flores
el lecho de tus amores,
       si es preciso.
 
III
Corre, corre por el prado
el caballo desbocado
       como el viento,
y la triste enamorada
detrás va desalentada,
       sin aliento.
   
-¿Ves ese torrente, Elvira,
que entre abismos salta y gira,
       rebramando?
Doncel, si al débil protejes,
a la orilla no me dejes
       suspirando.
   
-¡Que siendo tú mi pechera
que te pase caballera
       loca trates!
-Amor mío, el dulce seno
llevo de tu sangre lleno
       no me mates.
   
Salta el trotón el abismo,
y Elvira, que hace lo mismo,
       en él cae;
duda el señor; corre a asilla;
pero el amor a la orilla
       se la trae.
   
-Por ti he vencido a la muerte:
por ti el amor me hizo fuerte,
       dueño caro.
-Empuña, paje, mi lanza,
que la noche nos alcanza
       sin amparo.
 
IV
Prosiguen por la ribera
su diabólica carrera
       los amantes;
y para Elvira entre tanto
siglos son de duelo y llanto
       los instantes.
   
-A la ciudad que allí vemos
esta noche legaremos
       con ventura.
-Que allí cumplida le espere,
te ruega quien bien le quiere,
       virgen pura.
   
-Me espera justa y torneo,
celebrando de himeneo
       los fulgores.
-Si arde su antorcha en tu mano,
dicha te den, castellano,
       los amores.
 
V
Todo el palacio arde en fiestas
de amor hablan las orquestas,
       y los ecos;
mas ¿qué tienen esos sones
que dejan los corazones
       como secos?
   
Ni logra la desposada
una impaciente mirada
       de su amado,
que a duras penas contiene
la tristeza que le tiene
       dominado.
   
-¡Lindo paje del castillo
traéis! ¿canta? yo he de oíllo:
       cosa cierta.
-De mis tierras es pechero;
mas ni canta, ni yo quiero
       que os divierta.
 
VI
Del palacio en lo remoto
óyese gran alboroto
       de criados;
y estos gritos penetrantes
dejan a los circunstantes
       demudados:
   
-«Al paje de D. García
»lo hundió en mortal agonía,
       »mano aleve.
»En sangre tinto su lecho,
»clavel parece deshecho
»sobre nieve.»
   
Y más lejos, apagado
resuena un acento helado
       que prosigue:
-Hijo nacido en mal hora,
negra fortuna y traidora
       te persigue.
   
-¿Oís esa voz en calma?
esa voz me llega al alma.
       ¡Pobre madre!
-Tú que naces, alma pura,
pídele a Dios la ventura
       de tu padre.
 
VII
De suspiros y oraciones
se oye al cruzar los salones
       son medroso.
García cruza por ellos,
erizados los cabellos,
       horroroso.
   
Huir acaso querría,
y adentro, adentro le guía
       su conciencia,
que allí una mártir muriendo
está, y un ángel naciendo
       de inocencia.
-¿Quién de la villana Elvira
compasivo atiende y mira
       los dolores?
-Vive: unamos nuestras manos
para el amor no hay villanos,
       ni señores.


ArribaAbajo

La casa de todos

Balada V

                                              Del rico a la dura puerta                     
      medroso llamo,
y con desprecio me arrojan,
      un solo ochavo.
   
A la ancha puerta del noble
      toca mi mano,
y no me abren, porque visto
      pobres harapos.
   
Del trabajo la morada
      diérame amparo;
mas ¡ay! sólo escucho en ella
      quejas y llanto.
   
La mansión de la alegría
      busco y no hallo...
¿será un sueño? sus dinteles
      nadie ha pasado.
   
¡Oh dicha! junto a la iglesia
      miro allá abajo
cruz tosca, que, siempre anuncia
      lugar cristiano.
   
El mundo entero lo habita;
      mas no hay cuidado,
que el mundo en el cementerio
      cabe muy ancho.


A D. Germán Hernández, pintor, (pensionado en Roma)

ArribaAbajo

Santa Isabel y Murillo

Balada VI

I
                                                 Ya sonaron las campanas                     
de uno y otro monasterio
en las torres sevillanas:
ya murmuran las galanas
brisas de amor y misterio.
   
   Ya se duermen los dolores
a la luz de las estrellas,
como la oruga en las flores;
y ya salen las doncellas
a sus pláticas de amores.
   
   Es un bálsamo el ambiente:
el vivir dulce solaz:
blanda música la fuente:
delirios toda la mente:
consuelos el alma y paz.
   
   ¡Hora de divino encanto,
del edén de Andalucía!
cobijada por tu manto
hínchese de fuego santo
la ardorosa fantasía.
   
   El artista en su paleta
ve fantasmas a millares,
que su mano traza inquieta;
y vuela raudo el poeta
al mundo de los cantares.
 
II
   ¡El artista! su amargura
¿quién ha comprendido, quién,
cuando en sueños se figura
a Dios igual en hechura,
y hombre se mira también?
   
   ¿Cuando sueña en soberano
ímpetu llegar al cielo,
y tiene y para su mano
el soplo vil de gusano
que le arrastra por el suelo?
 
III
   ¡Murillo! el sol que se va
roba a tu mente la luz...
¡Ay! ¿Si por siempre será?
¿Cómo no te inspira ya
aquel que murió en la cruz?
   
   Duerme, duerme, ángel caído
del cielo de los pintores,
a tu flaqueza rendido:
tus plantas han destruido
pincel, paleta y colores.
   
   ¡Ay! ¿para qué te servían
si el labio a Santa Isabel
torpes e impuros hacían;
sí -«¡Dios!»- tus labios decían,
y sólo dice -«¡amor!»- él?
   
   No con suave murmullo,
parece, apenas abierto,
cándida rosa en capullo,
que mantiene en el desierto,
brisa de celeste arrullo.
   
   No parece que del alma
exhale el perfume blando,
que todas las penas calma,
ni el dulce son de la palma
junto al cielo suspirando.
   
   Ni fuente de eterno bien,
ni vaso de alba pureza,
ni trasunto del edén;
ni sol que a rayar empieza
en los montes de Belén.
   
   Sí, pobre artista dormido
en brazos del desaliento;
pintar a Dios has querido,
y Dios es sordo al acento
de las pasiones salido.
   
   Esa boca de clavel,
que con orgullo trazó
tu vigoroso pincel,
no es la de la santa, no;
no es la de Santa Isabel.
   
   Esa boca espera un beso
envuelto en quejas y en lloro
para abrirse de embeleso,
para murmurar; -«te adoro...»
-¡Esteban! ¿sonabas eso?
   
   ¡Ay! la santa inspiración
ha profanado, Murillo,
tu amoroso corazón:
labio en que brilla tal brillo
arde en liviana pasión.
   
   Aunque el pecho te arrancaras
do esa imagen atesoras,
cayeras cuando volaras;
si a Dios ves tan a las claras
es porque en el mundo adoras.
 
IV
   Pero ¿qué perfume orea
el ambiente silencioso,
como dulce miel hiblea,
como néctar oloroso
en que el alma se recrea?
   
   ¿Tiende algún ángel los vuelos
batiendo su flébil ala?
¿rásganse los sacros velos?
¡qué vago murmurio exhala!
¿es música de los cielos?
   
Huye ante su resplandor
la tiniebla vespertina;
llama parece de amor,
que blandamente ilumina
pinceles, cuadro y pintor.
   
   La fimbria de su ropaje
son nubes arreboladas,
flor entre rico follaje;
macilentas sus miradas
como sol entre celaje.
   
   Al pobre artista caído
del sol de la inspiración,
mira con rostro afligido:
-¡Esteban! sigue dormido:
no ahuyentes a la visión.
   
   Ya se acerca... ya se fue...
piérdese a la vista incierta...
se para del lienzo al pie...
-¡Despierta, Bartolomé!
¡despierta por Dios! ¡despierta!
   
   El lienzo su labio toca
y la pintura abrillanta
el resplandor de su boca;
la mente confunde loca
a la visión y la santa.
   
   Como a la rosa la abeja
se separa o se avecina,
al lienzo corre y se aleja,
y de su boca divina
el fiel traslado le deja.
   
   Despierta ya, ángel caído
del sol de la fantasía;
fuego a tu cuadro ha traído
sola en el cielo encendido
la misma reina de Hungría.


ArribaAbajo

Humo

Balada VII

La vie est un combat dont la palme est aux cieux.
CASIMIRO DELAVIGNE.


                                                      Cabe la cuna del niño                
     voz dulce y casta resuena,
         como un beso.
     Voz de maternal cariño,
     aunque niño, ya le llena
         de embeleso.
   
        Aura que las flores riza,
     de sus labios se desliza
         risa blanda;
     y con sus ebúrneos brazos
     mil besos y mil abrazos
     a la dulce voz demanda.
   
Un ¡ay! resuena en torno, que su razón conmueve.
¡del niño los abrazos disipan humo leve!
del huérfano las lágrimas no enjuga nadie ya.
   
          Aquel humo
          ¿adónde va?
        Quince abriles. Todo flores,
     aromas, luz y rüido:
          ¡cuánta, cuánta
     sirena hermosa de amores,
     que sin cesar a su oído
          así canta!
     -«Ven: yo soy fuente escondida,
     »y dan y sorben la vida
          »mis corrientes.
     »Ven a gustar sin medida
     »la más sabrosa bebida
     »que manan todas las fuentes.»
   
   En pos de la sirena su pie ligero mueve:
¡del joven los abrazos disipan humo leve!
El mundo y la sirena son yermo y humo ya,
   
          Aquel humo
          ¿adónde va?
        En sus sienes arrugadas,
     ayer espiga de oro,
          se ven luego
     las cenizas, apagadas
     acaso con triste lloro,
          de aquel fuego.
     ¡Un corazón, una mano
     méngüenle el peso tirano
          del destino!
     Los vislumbra en lontananza,
     y tras su amigo se lanza,
     como raudo torbellino.
   
   Medroso se adelanta, al ídolo se atreve:
¡del hombre los abrazos disipan humo leve!
¡también como sus sueños es humo la amistad!
   
          Aquel humo
          ¿adónde va?
        Yerto su pecho palpita,
     que apenas es del sentido
          tronco inerte,
     su cuerpo se precipita
     por el alma retenido
          a la muerte.
     Rasgan sus pies los abrojos;
     el llanto ciega sus ojos;
          tiene frío;
     no hay para sus ayes eco
     tronco carcomido y seco
     cae al fin en el vacío.
   
   Sólo la tumba lóbrega a su dolor se mueve;
pero también sus antros exhalan humo leve.
-El alma del anciano. -¿Es humo? ¿Qué será?
   
          Aquel humo
          ¿adónde irá?

Arriba