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ArribaAbajoEl juglar

Balada VIII


... des premiers trovadours du moyen áge; de ces rapsodes chretiens, qui n'avaient au monde que leur épée et leur guitare, et s'en allaient de cháteau en cháteau, payant l'hospitalité avec des chants.


VICTOR HUGO.                




EL JUGLAR

    Yo soy el pobre bardo peregrino,
que vengo a divertir a los señores:
sentadme al fuego y escanciadme vino.
-¿Queréis cantos de guerras o de amores?

EL SEÑOR

      Limpiadle el polvo, pajes;
      traedle ricos trajes;
      sentadle a nuestra mesa;
      colmadle el plato de esa
      carne de ciervo asada.

LA CASTELLANA

Cántanos, trovador, una balada.

EL JUGLAR

   Del Rhin y de sus plácidas riberas
cantar en mi laúd sé las sencillas
historias que en las noches placenteras
niños y viejos gozan en oíllas.
De duendes, trasgos, brujas y quimeras
yo te diré, señora, maravillas,
o dulces cuentos de amorosos males,
que placen más a damas principales.

EL SEÑOR

   Soldado soy. Del batallar contino
cántanos, de la guerra y sus horrores.

EL JUGLAR

   Mandad. Yo soy el bardo peregrino,
que vengo a divertir a los señores.
-Yo cantaré como el tercer Fernando
ardiendo en ira que le gana el cielo
entra a cuchillo el agareno bando,
y el Betis puebla de terror y duelo.
Yo cantaré, señor, el cómo y cuándo,
el santo rey en su cristiano anhelo
clavó la cruz del Cristo sin mancilla
en las torres de Córdoba y Sevilla.

EL SEÑOR

      Pajes, su lira empolvada
      traed al pobre juglar;
      dadle la copa colmada...
      -y desceñidme la espada,
      no me encienda su cantar.

LA CASTELLANA

   Nací mujer. -Amar es mi destino:
cántanos, trovador, trovas de amores.

EL JUGLAR

   Mandad. Yo soy el bardo peregrino,
que vengo a divertir a los señores.
-Acaso, noble dueña, de Macías
los dulces cantos guarda tu memoria;
él fue mi amigo, que murió en mis días.
¿Quieres saber su lamentable historia?

LA CASTELLANA

      Pajes, traed prontamente
      el alhamí recamado
      para reclinar mi frente.
      -Cuentan que murió inocente.

EL JUGLAR

      Murió por enamorado.

EL SEÑOR

   Cantos de guerra por tu vida quiero:
canta romances de los moros, canta,
o por quien soy, cristiano y caballero,
que ahogo la canción en tu garganta.

LA CASTELLANA

Entre estos muros que a prisión trascienden,
paso, señor, mi vida: tú, en las lides;
¿por qué trovas de amor tanto te ofenden?

EL SEÑOR

   ¿Por qué trovas de amor tanto le pides?
-Canta guerras, juglar, que pierdo el tino.

LA CASTELLANA

   (¡Ay de mí, ni cantados oigo amores!)

EL JUGLAR

   Mandad. Yo soy el bardo peregrino,
que vengo a divertir a los señores.
   Gócense castellana y castellano,
en dulces trovas de su patria y mía,
do la bravura lleva por la mano
al amor, a la fe y a la hidalguía.
Todo es aquí divino y todo humano;
el pueblo héroe y galán es a porfía...
¡Oh! para historias de bravura y gala,
España de mi amor, nadie te iguala.

 (Cantando.) 

      «¿Dónde hay pueblo como España,
      »ni guerras como sus guerras,
      »ni nobles como sus nobles,
      »ni bellas como sus bellas?
      »España ¡España! no tienes par;
      »Dios no lo quiso por dicha hacer.
      »¿Quién ha podido nunca igualar
      »tu gentileza ni tu poder?
      «Aquí es de ver
      »tanto lidiar,
      »tanto vencer,
      »tanto rondar,
      »tanto querer:
      »como sabemos amar
      »sabemos aborrecer,
      »y matar,
      »y caer.»
      »España ¡España! no tienes par:
      »Dios no lo quiso por dicha hacer.»

LA CASTELLANA

      Cantar sencillo,
      que me enternece.

EL SEÑOR

      Toma un bolsillo.

LA CASTELLANA

      Bien lo merece.

EL JUGLAR

   A tus pajes el oro da mezquino,
que el pie te besarán como lo dores.
-Yo soy el pobre bardo peregrino,
que vengo a divertir a los señores.
Canto, porque cantar es mi destino;
¿no nacen a cantar los ruiseñores,
las auras, el arroyo cristalino,
y en su lengua los brutos y las flores?...
Mas en púrpura el cielo se colora.
¡Adiós!

EL SEÑOR

¿Ya partes?

EL JUGLAR

A cantar la aurora.




ArribaAbajoReconvenciones

Balada IX




    Sentada en la ribera
      la niña llora
desdenes del ingrato
      que la enamora;
      y un pajarillo
la dice en melodioso
      canto sencillo:

-«Más lágrimas no viertas
      »por el perjuro,
»que del arroyo enturbian
      »el cristal puro,
      »y Dios se queja
»porque el azul del cielo
»ya no refleja.»

Y otra vez enturbiando
      del agua el brillo,
dijo la triste joven
      al pajarillo:
      -«¡Ave del alma!
»Recobrarán las ondas
      »pronto su calma;

»Que la noche el silencio
      »turba si llora,
»y más pura y brillante
      »sale la aurora,
      »rica de perlas,
»que pájaros y brisas
      »ansian beberlas.

»Y si turba el rocío
      »la flor lozana
»más belleza recobra
      »por la mañana,
      »cuando en desmayo
»quiebra el sol en sus hojas
      »su amante rayo.

»¡Ay! tú que a mis amores
      »testigo fuiste,
»¿por qué al pérfido amante
      »no le dijiste:
      »¡Turbas su alma,
y esa ya no recobra
      «nunca la calma!»

A D. Antonio Arnao




ArribaAbajoEl bautismo

Balada X


 

En el fondo una ciudad romana, bulliciosa como en día de fiesta. -Ruinas magestuosas bañadas por un río. -A la orilla, en una fragosidad, una gruta, a cuya puerta se ve un patriarca de luengas canas, arrodillado tristemente. -Por detrás de las ruinas serpentea una magnífica vía o camino real, por donde salen y entran en la ciudad los gentiles, ora soldados, ora esclavos, ora labradores, ora doncellas. -Empieza a amanecer.

   

Los CRISTIANOS, saliendo en procesión de las ruinas, precedidos del NEÓFITO, con palmas en las manos.

 

De tu mortal levadura
del pecado de Satán,
purifícate, criatura,
en las aguas del Jordán.
Para vencer en el rudo
combate que aquí te espera
sólo puede ser tu escudo
la religión verdadera.
CORO DE SOLDADOS

  dentro de la ciudad.  

Ya se abrió el templo de Jano:
Marte el clarín toca ya;
al Capitolio romano,
¿quién en triunfo subirá?
EL PATRIARCA

  en éxtasis. 

      Tu trono se desploma,
      ¡oh déspota perverso!
¡Oh Roma!
CORO DE LABRADORES

 entrando en la ciudad. 

¡Gloria a Roma,
      al sol del universo!
LOS CRISTIANOS
Allí es la santa morada
del piadoso cenobita,
por sus manos socavada
bajo la ciudad maldita.
Ése es nuestro templo, hollado
por un pueblo envilecido;
pueblo que será humillado,
cuando el templo engrandecido.
EL NEÓFITO

 adelantándose a sus compañeros en dirección a la gruta. 

Tú, que habitas entre rocas,
lejos del mundano afán
y sus vanidades locas,
ven, condúceme al Jordán.
Patriarca solitario
que entre silicios y abrojos
riegas la flor del Calvario
con la sangre de tus ojos;
tú, que pasas noche y día
en cristiana adoración,
purifica el alma mía
con agua de redención.
Llévame a beberla: ven;
sediento mi labio está.
CORO DE DONCELLAS

 dentro de la ciudad. 

Al templo de Venus ¿quién
no vendrá? ¿quién no vendrá?
EL PATRIARCA
Tu mano ¡oh Dios! resplandece
que trueca en blasón la cruz.
Allí noche, aquí amanece...
de nuevo caos, nueva luz.

 (Le abraza y da el ósculo de paz.) 

El martirio ¿no te espanta?
¿no temes la muerte, hermano?
LOS CRISTIANOS
Con el hierro a la garganta,
adora a Dios el cristiano.
EL PATRIARCA
Cristiano s piden las fieras;
¿no te asustan sus rugidos?
LOS CRISTIANOS
En vano probar esperas
la fe de los elegidos.
EL PATRIARCA

 (Elevando los brazos al cielo.) 

¿Qué fuego divino es
el que nos abrasa así?
¿Es el que abrasó a Moisés
en el monte Sinaí?
Lozano y fragante lirio
abierto al sol en Belén
tu corona de martirio
sea la nuestra también.
Aunque su cuchilla infame
Roma afila sin cesar,
nunca impide que te ame
el alma que sabe amar.
CORO DE DONCELLAS

 en la ciudad. 

      La vida es el placer;
      el alma es una flor
      que gozase en beber
      las auras del amor.
EL PATRIARCA
Roma, el vicio, que es tu encanto
pudre esa flor en tu suelo;
con nosotros mora el llanto
que abre las puertas del cielo.
Triunfos vanos, vanagloria,
para tu sien, viles palmas...
para nosotros la gloria
de regenerar las almas.
¿Cómo solazarte puedes
en ese impuro festín,
cuando brilla en las paredes
mañana será tu fin?
Todos los vicios pasaron
por tus mejillas enjutas,
y los surcos te dejaron
de las torpes prostitutas.
Más vil que Sodoma eres,
que ves a tu emperador
usurpar a las mujeres
de los hombres el amor.
LOS CRISTIANOS
      Tu trono se desploma,
      ¡oh déspota perverso!
¡Oh Roma!
CORO DE GENTILES

 a lo lejos. 

¡Gloria, a Roma
      al sol del universo!
EL PATRIARCA
En vano afirmarse quiere
en sus ejes inseguros:
Roma con sus vicios muere:
nosotros nacemos puros.
Desde que Dios en Judea
tuvo un pesebre por solio,
vacila y se bambolea
el altivo Capitolio.
Gentes feroces, del Rhin
intentan romper la valla,
y ábreles camino al fin
la mano de Caracalla.
Ellas traen un bautismo
de sangre a este cuerpo inmundo
nosotros... el cristianismo
que da un alma nueva al mundo.

 (Suena en las ruinas la campana bautismal.) 

LOS CRISTIANOS
De tu mortal levadura,
del pecado de Satán,
purificate, criatura,
en las aguas del Jordán.

 (Van bajando al río precedidos del PATRIARCA.) 

EL PATRIARCA
Ondas del sagrado río
que el mismo Dios consagró,
lavad al hermano mío
del pecado que heredó.

 (Al Catecúmeno.) 

El rostro vuelvo a Occidente
adonde el Tíber murmura
allí noche solamente,
tiniebla de horror impura.
EL NEÓFITO

 vuelto a Occidente. 

Yo abjuro del mundo vano
pompa y poder infecundo
por el nombre de cristiano
trocara el cetro del mundo.
EL PATRIARCA
Los ojos a Oriente lanza,
en donde brilla la cruz,
símbolo de tu alianza
con el sol de toda luz.
EL NEÓFITO

  vuelto a Oriente. 

Pues haces de noche umbría
el alba que perlas llora,
Señor, haz del alma mía una
purísima aurora.
CORO DE CRISTIANOS
      Ya se alza el estandarte
      donde la cruz campea.
CORO DE SOLDADOS
      Romanos ¡gloria a Marte!
CORO DE DONCELLAS
      A Venus Citerea.
EL PATRIARCA

 estendiendo las manos sobre las aguas. 

En el sacrosanto nombre
del Dios que aman los cristianos,
te convierten para el hombre
en fuente del bien mis manos.

 (Hace la señal de la cruz.) 

Baña en fuego, baila en luz
a aquel que en tus ondas dejo,
por la señal de la cruz
que se retrata en tu espejo.

 (Los cristianos suspenden al NEÓFITO sobre las aguas.) 

Sumergidle, hermanos míos,
tres veces: la Trinidad
dele sus tres dones píos:
fe, esperanza y caridad.
Fe, escudo de la razón;
esperanza, luz bendita,
que abrase su corazón,
y en deseos lo derrita;
caridad, capullo tierno
que toda virtud encierra;
por caridad, el Eterno
dio al hombre cielos y tierra.
La fe alumbre su destino;
la esperanza le sonría;
la caridad el camino
le enseñe que al cielo guía.
Dadme la túnica blanca
para cubrir su inocencia,
que al reino del mal arranca
la bendita penitencia.

 (Le ciñe la túnica.) 

Hermano, ya eres cristiano;
El martirio no te espante.
EL NEÓFITO
Para ser de Dios hermano,
¿es el martirio bastante?
EL PATRIARCA
Los dolores que aquí esperas
laureles eternos son.
SOLDADOS GENTILES

 apareciendo de repente. 

¡Cristianos!... ¡hola! a las fieras,
que hay en el circo función.
 

(Maniátanlos, béfanlos, y se dirigen al circo por la vía, cantando unos y otros, LOS GENTILES con algazara, LOS CRISTIANOS, con mística dulzura:)

 
LOS SOLDADOS
Ya rugen los leones
      de hambre y de placer.
LOS CRISTIANOS
      Alzad los corazones
      a Dios que nos dio el ser.


ArribaAbajoNo miréis a la novia

Balada XI




    ¿Veis aquel grupo lijero,
que como vago fantasma
en alas del invisible
viento, atraviesa la plaza?
Es Ana y Antón su novio;
Ana y Antón, que se casan
delante del padre cura
como el catecismo manda...
      Mas no miréis a la novia,
      que se pone colorada.

   ¿Veis que llegan a la iglesia,
y que a la puerta se paran,
y con misterio les abren,
porque con misterio llaman?
Yo soy también convidado:
entrad conmigo, muchachas,
y callandito atisbemos,
que ha de haber materia larga...
      Mas no miréis a la novia,
      que se pone colorada.

   ¡Qué tieso viene el padrino!
y la madrina ¡qué maja!
¡De gala también el cura!
los convidados de gala,
¡y hasta el sacristán se ha puesto
su bonete y su sotana!
¿Y los novios?,... ¡ay! ¡qué tristes!
casi parecen estatuas...
      Mas no miréis a la novia,
      que se pone colorada.

   Ya el padrino y la madrina
se ponen... vamos, en facha,
los novios se dan las manos,
y los convidados callan.
Ya abre el libro el padre cura,
y el sacristán se prepara
a ponernos con su hisopo
como de ropa de pascua...
      Mas no miréis a la novia
      que se pone colorada.

Ya empieza... -«In nomine Domini.
»Virgo...»-¡No os riáis, muchachas!
que yo os lo iré traduciendo
en la lengua castellana.
Dice... -¡Antón baja los ojos!
Dice...-¡ella también los baja!
Dice que... -Sois la más pícara,
la más pícara canalla...
      ¿por qué miráis a la novia,
      que sé pone colorada?

   Prosigue el latín. Dejadme
escuchar. -«Ana, oye, Ana,
»yo te caso con Antón
»para aumento de tu raza...»-
¡Muchachas! ¿queréis callaros?
¡qué cuchicheos! ¡caramba!
»Crescite et multiplicamini...
¿Queréis callaros, muchachas,
      y no mirar a la novia,
      que se pone colorada?

   ¡Chist! ya empieza lo más bueno:
no la miréis... no miradla.
El cura dice: -«Ana, eres
»de Antón, tu marido, esclava.»-
¡Y Ana le mira... y se ríe!
¡qué bueno es lo que se calla!
un -nones- mondo y lirondo:
un -nones- como una casa...
      Mas no miréis a la novia,
      que se pone colorada

   Ya el cura dice el responso...
no, la postrera palabra;
y Antón ya se da por muerto...
muerto me encuentre en su cama.
La niña sale del susto,
y los padrinos la abrazan,
y Antón la coje... la coje
por estrechar las distancias...
      Mas no mires a la novia,
      que se pone colorada.

   ¡Cómo corren, cómo corren,
que se retiran a casa!
Antón vuela como un pájaro;
la niña... como una pájara.
Pero los pobres padrinos,
que son ya viejos, se cansan,
y solitos los casados
adelantan... adelantan...
      Mas no miréis a la novia,
      que se pone colorada.

   Ya sonó el último brindis:
ya son las doce muy dadas:
ya los viejos se hacen señas:
ya se ríen las muchachas:
ya las madres dan consejos:
ya cierra los ojos Ana:
ya los abre su marido...
-y ya mi cuento se acaba,
porque el cuarto queda oscuro,
y nadie sabe si Ana...
      palidece o reverdece,
      o se pone colorada.




ArribaAbajo¡Pan!

Balada XII




    Señores que en el banquete
a los perros arrojáis
el pan como vil juguete;
      ¿no miráis
temblar la estendida mano
      de ese anciano
que os pide muerto de afán:
      ¡pan! ¡pan! ¡pan!?

Damas que en nada hay quien tilde,
y el pan bendito rehusáis
por ser un manjar humilde;
      ¿no miráis
a esos miles de mujeres
      ¡tristes seres!
que acaso a venderse van
      por un pan?

Niños, niños, dulces prendas,
que en migas desmenuzáis
el pan de vuestras meriendas
      ¿no escucháis
a esos niños tan hermosos,
      que llorosos
pidiéndoos sin tregua están:
      ¡pan! ¡pan! ¡pan!

Decid, labriegos sencillos,
que de la choza ahuyentáis
a los tiernos pajarillos;
      ¿no pensáis
que ese grano, que esa espiga,
      que esa miga
de pan, que buscando van,
      es su pan?

¡Mundo ciego, que no sabes
que lo que dejas perder
hombres puede, y niños y aves,
      mantener!
reciban pan tus hermanos
      de tus manos
que las de Dios te darán
      mejor pan.




ArribaAbajoLoco de amor

Balada XIII




Mi casa no tiene puerta,
mi puerta no tiene casa;
-pero yo a todas las horas
entro y salgo con mi amada.

   Mi lecho no tiene alcoba,
mi alcoba no tiene lecho;
-pero nosotros en ella
perfectamente cabemos.

   Soñamos y no dormimos,
dormimos y no soñamos,
-pero soñando, o durmiendo,
siempre estamos abrazados.

   No hay noches en nuestros días,
en nuestros días no hay noches;
-pero nuestro amor sin alas
en alas del tiempo corre.




ArribaAbajoFlor trasplantada

Balada XIV


A D. Francisco M. Tubino

... esto lo ha de descir el que fase hestorias de tiempos malos.....


Crónica del siglo XV.                




Un pobre niño estranjero
por las calles de Triana
iba pidiendo limosna
al dulce son de su arpa;
y la gente le decía:
   -«¡Qué mal que cantas!
   ¡Ay! ¡en mal hora
   flor trasplantada!
   ¡siglo maldito!
   ¡siglo sin alma,
   que no respeta
   ni la desgracia!

   Era un Enero muy frío;
el Guadalquivir se helaba;
y el cantador tiritando
hería apenas el arpa.
Limosna pido, y contestan:
   -«Ve noramala.»
   ¡Ay! sí, en mal hora,
   flor trasplantada!
   ¡siglo maldito!
   ¡siglo sin alma,
   que no respeta
   ni la desgracia!

   Por dar a su pecho alivio,
y desahogo a sus ansias,
el niño torna a su canto
en trémula voz helada:
¡Ay, no es voz, es un suspiro
   que parte el alma!
   -Flor, que en mal hora
   fue trasplantada
   desde pensiles
   a tierra ingrata,
   solo a los vientos
   su aroma exhala.

    »Verdes orillas del Rhin,
»¡dulce patria! ¡dulce patria!
»la de las rubias doncellas,
»la de las tiernas baladas,
»¡si yo volara a tus brazos...!
   »¡no tengo alas!
   »¡Ay! ¡en mal hora
   flor trasplantada!
   »¡siglo maldito!
   »¡siglo sin alma,
   »que así envenenas
   »mi triste infancia!

   »A España tendí mis ojos,
»porque adoro yo a la España,
»con sus iglesias benditas,
»con sus canciones galanas
»y España, la caballera,
   »¡cómo me trata!
   »¡Ay en mal hora
   »flor trasplantada!
   »¡siglo maldito,
   »siglo sin alma,
   »que así envenenas
   »mi triste infancia!

   »La multitud me apedrea;
»arrójanme de las casas;
»¡ni pan siquiera me dieron
»para mojarlo con lágrimas!
»¡Cristianos son, y se burlan
   »de la desgracia!
   »¡Ay! ¡en mal hora
   »flor trasplantada!
   »¡siglo maldito,
   »siglo sin alma,
   »que así envenenas
   »mi triste infancia!

   »Muero de hambre y de frío,
»lejos de ti, dulce patria,
»sin el beso de mi madre,
»sin su postrera mirada.
»¡Ay! quizás en mi se ceben
   »buitres y águilas...
   »¡Ay, en mal hora
   »flor trasplantada,
   »que de su vida
   »muere en el alba,
   »sin que la agoste
   »sol de su patria!

»Vuelva a ti mi pensamiento,
»vuelva a mi madre mi alma
»como el eco torna al valle
»volando sobre las auras.
»¡Así pudiera conmigo
   »llevar mi arpa...!
   (Le insulta el pueblo
   y el niño acaba:)
   -»¡siglo maldito,
   »siglo sin alma,
   »que hasta la muerte,
   »¡ay! acibaras!»

   Vio poco después Sevilla
en su barrio de Triana,
el caso más lastimero
que nunca se vio en España.
¡Un niño, muerto... de hambre...
   sobre la escarcha...!
   ¡Ay, en mal hora
   flor trasplantada,
   que de su vida
   muere en el alba,
   sin que la agoste
   sol de su patria!

   Pasan inviernos y otoños,
tempestades y bonanzas,
y el arpa nunca se pudre
sobre la tumba clavada;
y canta, cuando en sus cuerdas
   suspira el aura:
   -«Aquí no hay flores,
   »que solo hay lágrimas.
   »¡Ay de la triste
   »que vino a España
   »a ver el colmo
   »de sus desgracias!»




ArribaAbajoEl copo de nieve

Balada XV




Subiré a la montaña
do entre la yerba,
la nieve del invierno
aún se conserva.
   Cojerla quiero,
para acordarme en Mayo
de que hay Enero.

   Susurrando y lijera
cual aura leve,
cogió la niña el último
copo de nieve.
   ¡Cosas de niña!
antojos infantiles,
¿quién no la envidia?

   Como en su virgen seno
brilla su alma,
brilla dentro del vaso
la nieve blanca.
   Nadie dijera
cuál es más blanca nieve,
la nieve o ella.

   Un galán caminante
triste y cansado,
reposa bajo un olmo
del verde prado.
   Cuándo se cruzan,
él la mira con ojos
que la deslumbran.

   -Buenos días, zagala.
-Salud, mancebo.
-¡Ay qué sed me devora!
-Agua no llevo;
   pero en la aldea
baila con mil amores,
y pura y fresca.

   -Si yo fuera contigo,
di, ¿volvería?
(La niña ya se pone
coloradita,
   y mal su grado
bajo el cendal descubre
su limpio vaso).

   -Como el fuego de amores
la dicha fragua,
del sol el fuego trueca
la nieve en agua.
   Dame tu copa,
que más que el sol de Junio
arde mi boca.
   
   Casi vertiendo lágrimas
la niña cede
y ve que se derrite
su blanca nieve.
   ¡Ay de los ayes
que en el pecho se ahogan
del pobre ángel!

   ¡Qué turbio quedó el vaso,
tan puro y limpio!
subir a la montaña
de nuevo quiso...
   Subieron juntos,
y en la fuente lavaron
el vaso turbio.

   Pero ya de la niña
no ven los ojos
aquella blanca nieve
de sus antojos;
   ni el vaso queda,
aunque lo lava y lava
como antes era.

   Barrieron ya la cima
cierzos de estío,
el cristal empañado
parece vidrio.
   La desdichada
pasa días y noches
lava que lava.

   Y dice que la boca
de aquel ingrato
soló puede su brillo
volverle al vaso...
   ¡Ay niña triste!
es la esperanza nieve
que se derrite.




ArribaAbajoA la hora de los sueños

Balada XVI




    Aprieta el trotón el paso
al llegar al cementerio,
grazna la corneja triste,
ahúlla medroso el perro,
la luna se envuelve en nubes,
y hace la cruz el viajero;
que es un crimen en los vivos
el despertar a los muertos.

   La campana soñolienta
da la hora de los sueños,
bajan sobre las tumbas
las almas que van al cielo.
¡Ay del indiscreto amante!
¡Ay del amante indiscreto!
que los muertos no perdonan
a quien despierta a los muertos

   ¿Por qué el amor es tan santo,
audaz y profano siendo?
¿Por qué el enlutado amante
penetra en el cementerio?
-«¡Ay! porque -aquí yace Laura-
»en aquella tumba leo,
»y no es crimen en los vivos
»el adorar a los muertos.»




ArribaAbajoPerico el ciego

Balada XVII


A D. Antonio de Trueba


Cantan los ciegos,
¡y lloramos nosotros
que la luz vemos!


TRUEBA.- El libro de los cantares.                





I

    Las gentes degeneradas
      ya solo gustan de oír
      historias desaliñadas,
      o coplas desvergonzadas,
      que en burlas hagan reír.

      Cuentecillos de ladrones
      y de mujeres perdidas;
      romances y relaciones;
      y las antiguas canciones
      de nadie son oídas.

      Y en vano el ciego se agarra
      a su podrida guitarra,
      y tañendo y punteando,
      manos y voz se desgarra,
      a todas horas cantando.

      Buen patricio a su manera,
      cantor de la hispana gloria,
      le aflige y le desespera
      que el pueblo olvide su historia,
      y recordarla no quiera.

      Nada moderno le agrada;
      y habla y oye con desdén
      a esta gente degradada,
      que no le pregunta nada
      del dos de Mayo y Bailén.

      ¡Pobre ciego! ¡Pobre Homero
      de Cides y de Bernardos!
      es español verdadero
      y canta a españoles; pero,...
      ¡qué españoles tan bastardos!

      Las blancas noches de estío,
      cuando el pueblo vive y goza,
      baja al Prado, baja al río,
      y al pobre ciego, ¡Dios mío!
      desdeña la gente moza.

      Y en corro férvido y grato
      rompiendo el aplauso apenas,
      oye a otro ciego insensato
      el vergonzoso relato
      de mil historias obscenas.

      Y más Perico se agarra
      a su podrida guitarra,
      y su perro fiel ahúlla,
      y aunque su voz se desgarra
      ¡ay! la confunde la bulla.

      Y al fin el sueño le agobia
      sin tocar su seca mano
      el busto de un rey cristiano,
      que le diga en castellano:
      -Hijo soy yo de Segovia.

      -Y juntos el perro y él
      a su bohardilla se van,
      a partir, con mano fiel
      negros mendrugos de pan,
      más negros que su mantel.


II

      El hambre es mal consejero
      del hombre desesperado;
      por culpa de Don Dinero
      se hace ladrón el honrado
      y villano el caballero.

      Pero el de buen corazón
      que firme virtud esmalta,
      no sabe hacerse ladrón,
      y busca lo que le falta
      en la santa religión.

      Por las calles de la villa
      camina Perico a tientas,
      con su perro y su varilla,
      y es triste el color que brilla
      en sus facciones hambrientas.

      Llega a un pórtico elevado,
      lleno de placer inmenso
      el ciego desventurado,
      que busca un templo sagrado,
      y olor hay allí de incienso.

    Con sus zapatos de plata,
      y su manto de escarlata
      allí está Santa Cecilia,
      a quien adora y acata
      la trovadora familia.

      Perico también la adora,
      y en sus tristezas mayores
      su ayuda eficaz implora,
      como a santa protectora
      de músicos y cantares.

      Al punto a su fiel guitarra
      entusiasmado se agarra,
      y canta, puesto de hinojos,
      con voz que el dolor desgarra
      y lágrimas en los ojos:

   Madre amorosa del cantor doliente,
tú que sostienes su inspirado vuelo,
y el himno humilde que su labio exhala
      llevas al cielo;

   Dame siquiera que a tus pies espire
blanda armonía para ti exhalando,
y ya que el ciego sin ventura muera,
      muera cantando.

   Ve que el vivir en tan aciagos días,
es a mis hombros insufrible carga,
que ya el dolor en odio se convierte
      y en hiel amarga.

   El pueblo imbécil de su Dios se olvida,
y tiene el nombre de su patria en poco,
y de sus padres el honor desdeña,
      mísero y loco.

   Yo le perdono su desden impío:
a él su desdicha como a mí me abona.
¡Cantar! ¡cantar en tan menguados días
      santa patrona!

   ¿Altares ves? al oro se levantan;
¿Amores, ves? el oro es su tesoro;
¡el oro es Dios! ¡es alma! ¿quién supiera
      cantar al oro?

      A la par que el ciego canta
      en los labios de la santa
      se dibuja una sonrisa,
      leve espuma que levanta
      sobre las olas la brisa.

      Y cuando en su horror del oro
      llanto de fe y arrebato
      mezclaba al cantar sonoro
      hízole la santa el coro,
      arrojándole... un zapato.

      ¡Oh venturoso Perico!
      ¡oh cantador sin igual!
      ¡bien haya tu dulce pico!
      ya por un don celestial,
      pobre Perico, eres rico.


III

      En el siglo diez y nueve
      nadie a tener fe se atreve,
      y no hay quien milagros crea...
      ¡Cómo! ¡una santa se mueve!
      inverosímil idea.

      ¡Y su zapato de plata
      arroja desde el altar,
      en pago a una serenata...!
      ¿quién ha podido inventar
      tan risible patarata?

      -¡Alguacil! mete al inmundo
      sacrílego autor del robo
      en calabozo profundo.
      Eso es burlarse del mundo...
      ¡ni que el mundo fuera bobo!


IV

      Un cadalso se levanta
      en la puerta de Toledo;
      allí el ladrón de la santa
      ejemplo va a dar y miedo,
      muriendo por la garganta.

      Toda la Ronda está llena,
      que siempre a Madrid le plugo,
      villa ilustre, honrada y buena,
      una función de verdugo
      tanto como una verbena.

      Y no pondré yo mancilla
      por eso en la heroica villa:
      sus tradiciones respeta:
      donde tiene el rey su silla
      no hay ladrones... de chaqueta.

      En tosco sayo enfundado,
      besando al Crucificado,
      va caballero Perico
      sobre un humilde borrico
      con un religioso al lado.

      -Hermanos, ¡muero inocente!
      grita a la apiñada gente;-
      y todos responden: -¡calla!-
      y a poco un motín estalla
      contra el ladrón impudente.

      Un herege, alma sin par,
      la rienda traba al borrico,
      y así se atreve a esclamar:
      -¿Qué hace la santa, Perico,
      que no te viene a salvar?

      Al cielo su faz levanta
      Perico, y en su garganta
      seca, resonó esta frase:
      -Si la santa declarase...
      -Pues que declare la santa.

      Y ya no pudo seguir
      el fraile su santa homilía,
      que empezó el tumulto a hervir,
      y todo el pueblo a decir:
      -Declare Santa Cecilia.

      Cogen del áspera rienda
      al afrentoso animal,
      y antes que el juez lo defienda
      arrastran al criminal
      a la iglesia reverenda.


V

      El pobre ciego se agarra
      a su podrida guitarra,
      y canta, puesto de hinojos,
      con voz que el dolor desgarra,
      y lágrimas en los ojos:

      Sublime protectora
      de la familia
      de cantores y músicos,
      Santa Cecilia
      Desde tu trono glorioso,
      habla por mí,
      que en un cadalso afrentoso
      muero por ti.

      El populacho insensato
      lo escuchaba con desden,
      que se convirtió en recato,
      al ver que el otro zapato
      la santa le dio también.

      No faltando ¡voto a bríos!
      quien dijera en tono grave
      por no confesar que hay Dios:
      -Es que la santa no sabe
      que son de plata los dos.