Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoRitja

Balada XVIII





I

Como el águila del Líbano
se vuelve Ritja a su kan.
Sangrienta fue la pelea:
su dueño sangre chorrea...
      Allá van,
      allá van,
raudos como el huracán.

   Suelta el árabe su cántico,
ronco y ahogado en dolor:
«-Corre, Ritja; corre, vuela,
»que el tigre está en centinela,
      »y aun veo yo,
      »aún veo yo
»las palmas de Jericó.»

   En su garganta de ébano
sepúltase un yatagán.
Cayó el beduino bramando;
para Ritja, y relinchando,
      ¡qué animal!
      ¡qué animal!,
lame la herida fatal.


II

   Sobre la escueta duna
así habla el prisionero
      con la luna:
-«Casta madre, ya que muero,
»que a Ritja vuelvan a ver
»mis hijos y mi mujer.
      »Que los vientos
      »de mi patria
      »con sus crines
      »jugueteen.
      »Que repitan
      »sus confines
      »el relincho
      »que ella dé.

«Queda sin mí viuda mi mujer:
»sin Ritja, ¿de mis hijos qué va a ser?
      »¡Es un águila sin plumas
      »el árabe sin corcel!»

   En la cresta de la duna
dos negros ojos brillaron
      a la luna;
hondos quejidos sonaron,
y un relincho que debió
escucharse en Jericó.
      Y el herido
      sin ventura
      murmuraba
      con dolor:
      «Ritja mía,
      »¿cuándo esclava
      »he creído
      »verte yo?

»Vida perder no siento y libertad
»que perdiéndote a ti, pierdo yo más.
      »¡Antes de morir, me falta
      »de alma y vida la mitad»


III

   Arrastrando va el herido
sobre la arena abrasada,
cual ave enferma a su nido,
que ver a su yegua amada
la vez postrera ha querido.

   Verla por última vez
a la luna del desierto,
llorar su triste viudez,
su dueño cautivo y muerto,
su ya perdida altivez.

   -«Ritja, Ritja, amada mía,
»asombro de Alejandría,
»sol de mis montañas verdes,
»¿no te dice mi agonía,
»¡ay! que te pierdo y me pierdes?

   »Mi amor... y mis penas ya,
»que estas manos no te ensillen
»por nuestro mal, quiere Alá;
»qué te ultrajen y te humillen
»los caballos de un pachá.

   »En sus patios confundida
»fama perderás y brios,
»ya que no pierdas la vida...
»¿dónde serás tan querida
»como te quieren los míos?

   »No te darán las doncellas
ya la leche de camellas
»con su mano torneada,
»ni mis hijuelos con ellas
»el puñado de cebada.

   »Ya tu ancha cola de espumas
»el huracán del desierto
»no hinchará, como las plumas
»del águila que entre brumas
»se cierne sobre el Mar Muerto.

   »Tus callos no arrancarán
»de las egipcias arenas
»chispas, como de un volcán,
»ni en las corrientes serenas
»te bañarás del Jordán.

   »Tú, tan heroica y valiente,
»que al rugido del león
«pîáfas tranquilamente;
»tú, que de un salto el torrente
»atraviesas del Cedrón;

   »En el Djerid la primavera,
»sin igual en la carrera,
»rauda al trote, blanda al giro,
»la yegua más caballera
»que hay desde Sálem a Tiro;
   
   »¡Ritja, tú agena! ¡tú esclava!
»¡el huracán en cadenas!
»No, por Alá, Ritja brava.»
(Y con esto, a duras penas
rompió el árabe la traba.)

   -«Vuelve el desierto a cruzar:
»ve al kan, y a mis hijos di
»en tu lengua singular,
»que no me pude salvar,
»pero que te salvo a ti.»


IV

      Sin sentido
      el herido
postrado en tierra cayó.
      ¡Pobre Ritja!
      le miró...
      le lamió...
      De sus ojos
      en lo oscuro,
¿quién el fuego comprende que brilló?

      Cuando el alba
      sonreía
      por Sálem,
      por do un día
riyó el alba del mundo también,
      la cristiana
      caravana
parábase en el desierto,
de asombro muda y terror,
mientra el dragomán experto
así dice en su interior:

   -«¿A dónde va aquel caballo?
»La tierra que apenas toca,
»retiembla bajo su callo.
»¡Y lleva un hombre en la boca!

   -»Nunca el desierto, corcel
»cruzó mas a la ligera.
»Ni la corza de Betel
»le aventaja en la carrera.

   »Pacto tendrá con Alá
»el hombre que le posea.
»Ni se ha visto ni verá
»corcel mejor en Judea.»


V

      Allá van,
      allá van
Ritja y el árabe al kan.

      Tres infantes
      ved allí:
parecen tiernos pámpanos
de las viñas de Engaddí.

   Abrazan al herido
que en tierra pone Ritja sin sentido.

El olmo y la yedra se abrazan así.
   
   También sobre el arenal
cae la yegua leal:
¡ay Ritja! ¡pobre de ti!

   Toda la tribu llora;
el árabe está loco;
      ¡Ritja murió!
Con leche de camellas
brindáronle doncellas:
      no la bebió.
   Su mano halagadora
tendiole sin demora
el árabe... tampoco...
      la lamió,
      ¡y murió!

   La lira del poeta
cantó la noble hazaña
      de Ritja fiel.
«Alá en su Edén preciado
»la recibió a su lado:
      »vive con él.»
   Cuando en la duna escueta
al beduino inquieta
el turco, a Ritja invoca:
      «¡No hay corcel
      como aquel!»




ArribaAbajoHistoria universal

Balada XIX




La niña, que hurtando
el cuerpo a su madre
al monte se escapa
y vuelve muy tarde,
sus manos de leche
trae llenas de sangre.
-¡Niña! ¡niña! ¡niña!
(le dice su madre):
¿Por qué traes las manos
de color de sangre?
-¡Ay de mí! (responde
la niña), ¡Dios sabe
que al coger las rosas
de nuestros rosales
traidoras espinas
hiciéronme sangre!

   La niña escapada,
que vuelve muy tarde
de andar por los campos
con un tierno amante,
los labios trae rojos,
brotándole sangre.
-¡Niña! ¡niña! ¡niña!
(le dice su madre).
¿Por qué traes, los labios
de color de sangre?
-¡Ay de mí! (responde
la niña), ¡Dios sabe
que comiendo moras
allá en los zarzales,
teñime los labios
de color de sangre!

   La niña bonita
hoy vuelve mas tarde
sin sangre los labios,
las manos sin sangre,
que más bien parece
viviente cadáver.
-¡Niña! ¡niña! ¡niña!
(le dice su madre):
¿Por qué está tan pálido
tu hermoso semblante?
-¡Ay madre! (responde
la infeliz), ¡ay madre!
Si mis manos viste
de color de sangre,
fue porque en las suyas
las cogió mi amante;
si viste mis labios
de purpúreo esmalte,
fue porque a los suyos
los juntó mi amante;
y hoy ves en mi rostro
color de cadáver,
¡porque me ha engañado
mi pérfido amante!




ArribaAbajoLa judía castellana

Balada XX





    Anda, y anda, y anda, y anda,
porque el Señor se lo manda,
en pos del cristiano amante,
que su amorosa demanda
oye con fiero semblante.

ELLA

-Me llaman los judíos
    flor entre abrojos,
y los pechos más fríos
    queman mis ojos.
Mas yo te adoro, -buen castellano,
dáme tu mano, -toma mi fe.
¡Piedad imploró!- no mas rigores
y al Dios que adores- adoraré.

EL CRISTIANO

-Llevas en el vestido
    señal bermeja2,
que al fruto prohibido
    tu amor semeja.
Yo soy cristiano- tú eres judía:
tu raza impía- maldita está.
¡Darte mi mano!- de tus amores
cogí las flores...- pésame, ya.
   Y anda, y anda, y anda, y anda,
porque el Señor se lo manda,
muerto el color del semblante,
y desde el lecho demanda
así al desdeñoso amante.

ELLA

      -Morir envilecida
      por él me veo...
      doy a un hijo la vida
      que muerte creo.
Brisa galana- de mi lamento
lleva el acento pronto a mi amor.
Venga al Alcana3- la vez postrera,
para que muera- yo sin dolor.

EL CRISTIANO

      -¡Ir yo a la Judería
      do escomulgada
      tiene tu raza impía
      su vil morada!
Baño cristiano,-cristiano techo,
cristiano lecho- no ha de adunar
al castellano- y a la judía4;
si él la amó un día- fue torpe amar.
   Y anda, y anda, y anda, y anda,
porque el Señor se lo manda,
y llora su niño hambriento,
y compasión y alimento
así la infeliz demanda:

ELLA

      -¡Ay! que en mi pecho apenas
      encuentras vida;
      bebes, hijo, en mis venas
      sangre podrida.
Mas no, la toledana- flor de este suelo
tendrá consuelo- para los dos.
Querida hermana- tu pecho, fío
que al hijo mío- salve por Dios.

LA TOLEDANA

      -¡De mis pechos el jugo
      pídesme artera!
      al hijo del verdugo
      mejor lo diera.
Mi ley lo dice:- «cristiana pura
»a tal criatura- no haga tal bien5
¿Cómo, infelice,- que Dios maldijo,
al mundo un hijo- lanzas también?
   Y anda, y anda, sin consuelo
como arista por el suelo,
muerto el hijo y el amor,
olvidada ya del cielo,
que así olvida su dolor.

ELLA

      -¡Maldito y solitario
      mi pueblo gime:
      la sangre del Calvario
      no le redime!...
De ti reniego- Castilla mía;
patria en Turquía- nos da Selim6...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas oye luego- voz que le manda
andar... y anda...- y anda sin fin.




ArribaAbajoEl ciprés del Buen Retiro

Balada XXI


A D. Diego de Luque



    Niñas, mis niñas galanas,
que por tardes y mañanas
pasear gozoso os miro
con vuestras madres ancianas
por los bosques del Retiro;

   Torced a la izquierda mano,
y cuando encontréis después
un ciprés triste y lozano,
os contaré en verso llano
la historia de ese ciprés.-

   Ese ciprés macilento
al columpiarse en el viento
dice en lánguido suspiro:
-«Yo soy un remordimiento
»del palacio del Retiro.»

   »Mis hojas lágrimas son
»con que Isabel de Borbón
»lloró contrita y cristiana
»su malograda pasión
»al conde Villamediana.

   »De sangre y llanto nací,
»sobre una tumba broté,
»entre suspiros crecí,
»y aun dos almas aquí
»vienen a llorar su fe.

   »En vano me azota el viento,
»y un siglo y otro pasó,
»y tempestades sin cuento...
-»¡Niñas! el remordimiento
»es eterno como yo.»




ArribaAbajoEl fuego fatuo

Balada XXII




    Sobre la enhiesta loma, entre el tapiz de flores,
cuando su carro Febo sepulta en el nadir,
me place mi tesoro de luz y de fulgores
vertiendo entre los pliegues de las tinieblas ir.

   El amador mancebo que la señal espera
para volar al seno de su querida fiel,
por mí tuerce engañado su rumbo y su carrera,
y me maldicen ambos, la enamorada y él.

   Si en el desierto rugen los fieros huracanes,
y el caminante pierde rumbo, esperanza y luz,
la mía le conduce a simas y volcanes,
y do buscaba asilo, encuentra el ataúd.

   También sobre las ondas a su feroz arrullo
el náufrago me mira agonizante ya:
apenas de alegría su voz alza un murmullo;
y nada, y nada, y siempre estoy yo mas allá.

   Volando en los espacios corno la mente loca
mi luz es el deseo que, mata sin sentir,
el vaso de ambrosía que nunca el labio toca,
el postrimer fantasma que vemos al morir.

   Imagen soy del mundo: mi resplandor atrae
al náufrago, al viajero, al rondador doncel;
cercado estoy de abismos: si alguno en ellos cae,
imagen soy del mundo... ¡rogad a Dios por él!




ArribaAbajoLa cacería feudal

Balada XXIII


A D. Eduardo Gasset


Media luna las armas de su frente.


GÓNGORA.                





Ya sale la comitiva
      ¡viva!
de D. Guillén que va a caza:
      ¡plaza!
Y villanos y monteros,
pajes y palafreneros
con su señor también van;
      sin que falte
      gerifalte,
      ni el beato
      fray Torcuato,
      capellán.

EL SEÑOR

«Padre, empecemos con modo.
      »Todo
»se debe a Dios: ¿no rezamos?

FRAY TORCUATO

      »Vamos.
»-Señor, de los mundos eje,
»rey de los bosques, protege
»la caza de D. Guillén;
      »caballero
      »limosnero,
      »que tu ayuda,
      »¿quién lo duda?
      »paga bien.-»
«Él tiene en nuestra capilla
      »silla;
»a tus monges da decoro,
      »y oro.
»Cuando mueran sus vasallos
»ricas mandas obligallos
»a que te dejen sabrá.
      »Nieto y todo
      »de un rey godo,
      »es honrado,
      »buen casado...

EL SEÑOR

      »¡Basta ya!»
   Y parte la comitiva:
      ¡viva!
ya da principio la caza;
      ¡plaza!
Los villanos y los perros
inundan montes y cerros;-
      mientras con trémula voz,
      la galana
      castellana
      desde el puente
      dulcemente
      grita: -¡Adiós!-
   Y D. Guillén lleva el pecho
      hecho
añicos por volver pronto...
      ¡tonto!
Y a gritos por la maleza
desahoga su tristeza
el pobre marido, así:
      «-¡Sus, villanos!
      »¡sus, alanos!
      »presta, presta
      »mi ballesta,
      »dadme aquí!
   «Fray Torcuato, el benedícite,
      dícite:
»que hay caza, y non sum modrego
      ego.
»¡Mal haya tanta sotana
»como en tierra castellana
»por todas partes se ve!
      »A ese fardo
      »el tabardo,
      »al bonete
      »el almete,
      »trocaré.»
   «¡Mi capellán tan devoto...
      »¡voto!...
»¡mi capellán ese sayo...
      »¡rayo!...
»Ea: seguidme al escape:
»¡pobre del ciervo que atrape!
»no le alcanza ni la unción.
      »Yo me entiendo,
      »reverendo.
      »Es locura
      »que la cura
      »un sermón.»
   -Villanos y caballeros
      fieros
al compás que la trahílla
      chilla,
inundan el campo verde
donde la vista se pierde...
¡qué barahúnda! ¡qué afán!
Fieras rugen,
      armas crugen;
      y corceles
      y lebreles,
      juntos van.
   Las herradas armaduras
      duras
brillan como fatuo fuego
      luego;
y la serpiente se estira,
y se enrosca, y se retira,
y desparece también.
      Solo el eco
      en son hueco
      trae el grito
      del bendito
      don Guillén.
   »Tras los ciervos, como gamos
      »vamos;
»que no quede, por San Bruno,
      »uno.
»Mis arqueros, ¡preparaos!
»compañeros, -¡alegraos!
»esta noche gran festín.
      »Ciervo asado,
      »¡buen bocado!
      »y bebida
      »sin medida,
      »y sin fin.»
   Un ciervo como una torre
      corre
desde la llanura al cerro...
      «-¡Perro!...
»¡Sus! ¡la mitad de mi estado
»al que mate ese venado.
»¡Sus! sigámosle en tropel.
      »Dos caballos,
      »mil vasallos,
      »seis doncellas
      »las más bellas,
      »doy por él.
»Sus cuernos para trofeo
      »deseo
»aunque mi señora Nuña
      »me gruña.
»¡Sus!»
      Y al escape volando
van, y don Guillén gritando,
en pos del ciervo infeliz,
      por llanuras,
      espesuras,
      arboledas,
      y veredas.
      de perdiz.
   Da el señor tan inauditos
      gritos,
que se lo creyera a poco
      loco.
Sangre chorrea la espuela;
el corcel no corre, vuela;
ladrando los perros van
      y el venado
      fatigado
      salta y gime
      con sublime
      vano afán.
   ¡Ay! que nadie te socorre:
      ¡corre!
Quiere en sus brazos la muerte
      verte.
¿Te ahoga cálido viento?
Es el diabólico aliento
del perro y de su señor.
      Ciervo mío,
      pasa el río;
      nada, avanza,
      que te alcanza
      el cazador.
   No, por Dios, de entre las algas
      salgas,
que te aguarda la ballesta
      presta.
¡Ay! rey de la verde zona,
has perdido tu corona,
tus pies de rayo también.
      A la orilla
      la trahílla
      te destroza.
      ¡cuánto goza
      don Guillén!
   Ya vuelve la comitiva:
      ¡viva!
ya el señor torna de caza:
      ¡plaza!
Y villanos y monteros
pajes y palafreneros
haciéndole plaza van
      y espirante
      jadeante,
      el beato
      fray Torcuato,
      el capellán.
   ¡Gran presa es el ciervo muerto!
      cierto.
Seis lustros su cornamenta
      cuenta.
-Entre hachones resplandece
doña Nuña, que aparece
a la ventana ojival,
      y admirada
      la taimada
      con ambaje
      dice a un paje
      -«¡qué animal!»
   Esta noche les das buena
      cena;
te ahogarán en el divino
      vino;
pero al fin, pobre venado,
doña Nuña te ha vengado...
¡justo castigo de Dios!
      El rastrillo
      del castillo,
      ¡linda caza!
      de tu raza
      pasáis... dos...




ArribaAbajoMagdalena

Balada XXIV


Éstas y otras más lastimeras palabras se hablarían aquellos piadosos corazones, y de esta manera se anduvo aquel trabajoso camino...


S. PEDRO DE ALCÁNTARA.- (Tratado de la Oración y Meditación.)                



    Lavaba Magdalena
su vaso en la serena
fuente que alegra al triste peregrino,
cuando pasa Jesús por el camino.
-Guste mi labio ardiente
agua en tu vaso de la fresca fuente.
-Es indigno mi vaso de tu boca,
profeta soberano:
beberás en la palma de mi mano.
-Tu mano mancha todo lo que toca.
-¡Ay triste mano mía!
-Si fueras virgen, yo la bebería.
-Te engañas, peregrino, soy más pura...
-Mientes.
-Yo te lo juro.
-Tu labio miente, si tu labio jura,
que ni un solo cabello tienes puro.
¡No jures, desdichada!
¡no jures, pecadora!
tu alma está abrasada
en el fuego infernal que la devora.
-Pero ¿quién eres tú, que así el secreto
del corazón arrancas? ya no lucha
mi pequeñez contigo:
te adoro y te respeto;
pero ¿quién eres? di.
-Calla, y escucha.
Tres hijos ¡tres! de la vergüenza, diste
al mundo...
-¡Torpe mundo!
-Tú más torpe. El primero
de...
-¿De quién?
-De tu padre lo tuviste;
de tu hermano, el segundo...
-No prosigas ¡ay triste!
-De un siervo del Señor es el tercero...
-¡Maldito seno por mi mal fecundo!
-¡Maldita la mujer que no resiste
las tentaciones del placer inmundo!
-Pero ¿quién eres, hijo de María,
que así conoces la existencia mía?
La altiva Magdalena,
vaso de corrupción, flor ponzoñosa,
de lágrimas y amor ya es fuente llena,
que a tu mirada y a tu voz rebosa.
Más que profeta, más que soberano,
mírame aquí de hinojos,
temblar bajo tu mano,
herida por el rayo de tus ojos.
Yo soy mísera oveja
escapada al redil, que por la loma
vaga huyendo al pastor, no en raudo vuelo
cual cándida paloma
que su amorosa queja
al mundo oculta y comunica al cielo;
sino arrastrando impura
entre viles y torpes alimañas
de mi lana la cándida madeja,
que ya cubren abrojos y espadañas.
Y tú ¿quién eres, di?
-Soy el cordero,
que bala a las ovejas campesinas.
-Llévame a mi redil.
-Llevarte quiero,
y sentir en mi frente tus espinas.
Sígueme, el pie desnudo,
por montes, y collados y laderas,
sin que te arredre el huracán sañudo,
sin que te espanten al rugir las fieras;
que así van al redil tus compañeras.
-Mas tengo taladrado
el corazón: seguirte ya no puedo.
Señor, tanto he pecado,
que solo de mirarte me da miedo.
¿No te avergonzará mi compañía?
el peso de mi culpa me anonada.
-Sígueme con tu cruz, sigue, hija mía,
o ponla sobre mí si estas cansada.
-La tuya es más pesada,
y te rinde y fatiga: sudorosa
tu frente está: consiente
que beba esos sudores de agonía
tu esclava cariñosa.
¿Está el redil muy lejos todavía?
-Sígueme con tu cruz, mansa y paciente,
que yo soy tu pastor y tu cordero.
¿No ves ya tus espinas en mi frente?
¿no es tu cruz y mi cruz este madero?




ArribaAbajoEl alma en vela

Balada XXV




    Cuando tiende la noche
su manto negro,
enmudecen las tumbas
del cementerio;
   porque los vivos,
que despiertos olvidan,
¿qué harán dormidos?

   Pero la tumba blanca
del tierno infante,
resuena cual capullo
que se entreabre;
   porque ni en sueños
una madre se olvida

   Entre sueños se abrazan,
y se sonríen,
y él, desde su sepulcro,
-«Calla,»-le dice;
   «No sueñes, madre,
»no sueñes más conmigo,
»que soy un ángel.

   »Cuando tu mente vela,
»madre querida,
»mi pobre alma no puede
»dormir tranquila;
   »que cada lágrima,
»cada suspiro tuyo
»me llega al alma.

   »Y en esta blanca tumba
»donde reposo,
»me conmueve y me pone
»lleno de gozo,
   »como una gota
»de rocío conmueve
»la blanca rosa.»

   Y su madre dormida
responde : -«Calla,
»no me impidas que sueñe,
»prenda del alma,
   »ni que te llore
»como llora el rocío
»sobre las flores.

   »Como en mis tiernos brazos,
»madre amorosa
»te arrullé en otro tiempo,
»te arrullo ahora.
   »Hijos y madres
»no hay sepulcro ni hay muerte
»que los separe.»




ArribaAbajoDos santos y un rey

Balada XXVI





    ¡Hurra! allí están. -Los turbantes,
y las corvas cimitarras,
semejan mares sangrientos
con sus espumas de rabia.
-Rey Alfonso, rey Alfonso,
¡y les vuelves las espaldas!
      ¡La media luna
      ya te acobarda!
¡Ay de mi España! ¡ay de mi España!
si te vencen los moros en las Navas.
   El rey grita: -«Caballeros,
»o a través de la montaña
»les caemos de improviso,
»o es la lucha temeraria.
»¡Y en la montaña no hay vía,
»que ni pájaros la pasan!
      »¡Maldita Sierra
      »Morena ingrata!
»¡Ay de mi España! ¡ay de mi España!
»si me vencen los moros en las Navas
   Con un río se han topado...
¡Hurra! adelante, y al agua;
mas los caballos vacilan,
que es la corriente muy brava.
A pasar probó un ginete
y tumba halló entre las algas.
      ¡Día terrible!
      ¡cuánta desgracia!
¡Ay de mi España! ¡ay de mi España!
si nos vencen los moros en las Navas.

EL REY

   «Pastorcica, pastorcica
»la que tus pañales lavas
»la del angélico rostro,
»la de la sonrisa casta,
»yo soy el rey de Castilla,
»que quiero entrar en batalla,
      »pero este río
      »mi paso ataja.
»¡Ay de mi España! ¡ay de mi España!
»si me vencen los moros en las Navas.»

LA PASTORA

   «Señor rey, yo a mi marido,
»que allá arriba en la montaña
»apacenta sus ganados,
»voy con la bendita gracia
»a llevarle el alimento
»todos los días sin falta.»

EL REY

      «¿Pasas el río?
      »¿cómo lo pasas?
»¡Ay de mi España! ¡ay de mi España!
»si me vencen los moros en las Navas
   Ligera la pastorcica
como los soplos del aura,
el cendal de su cabeza
estiende sobre las aguas.
Atónito el rey la mira
cómo boga, cómo nada;
      y grita, lleno
      de confianza:
-«¡Viva mi España! ¡viva mi España!
»que venceré a los moros en las Navas
   Los caballos de las bridas
sueltos, en tropel se lanzan;
los ginetes uno a uno
sobre el pañizuelo pasan.
Y oraron en la otra orilla,
y el rey vertió dulces lágrimas,
      viendo la mano
      de Dios tan clara.
-«-¡Viva mi España! ¡viva mi España!
»que venceré a los moros en las Navas

EL REY

-«¡Sus! ¡a la lid!
Los trotones
en los peñascos resbalan,
que van cargados de acero
y es pedernal la montaña.
En vano los acicates
se ensangrientan, se desgarran...
      Todo es despecho;
      todos desmayan.
¡Ay de mi España! ¡ay de mi España!
que nos vencen los moros en las Navas.
   Como el lucero del día
entre el celaje del alba,
un labrador aparece
sobre la cumbre más alta.
Mansas ovejas besándole
las manos, en torno balan,
      y el rey al cielo
      mira al mirarlas.
¡Ay de mi España! ¡ay de mi España!
que nos vencen los moros en las Navas.

EL REY

«¡Ah, guardador del rebaño!
»¡ah, pastorcillo del alma!
»yo te ruego que me digas:
»¿cómo cruzas la montaña?
»Cuenta, pastorcillo, cuenta
»que espera el moro a la falda,
      »y busca al moro
      »gente cristiana.
»¡Ay de mi España! ¡ay de mi España!
»si nos vencen los moros en las Navas
   «Fía de Dios, rey Alfonso,»
(los ecos del monte claman)
y de ser reconocido
el rey Alfonso se pasma.
Mira al pastor a su lado,
que ancha senda le señala,
      y a Dios invoca
      y a ella se lanza.
«¡Viva mi España! ¡viva mi España!
que venceré a los moros en las Navas

EL REY

Guía, pastor.

EL PASTOR

Dios le guía.

EL REY

   Que es áspera la montaña.

EL PASTOR

Así es la senda del cielo.

EL REY

Sepa yo cómo te llamas.

EL PASTOR

Isidro.

EL REY

Dios te lo pague,
Isidro.

EL PASTOR

Dios siempre paga.

EL REY

      ¡Sus, caballeros!
      ¡a la batalla!
¡Viva mi España! ¡viva mi España!
¡a vencer a los moros en las Navas!