Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoEsposa sin desposar

Balada XXXII




    Carlos quinto, rey de España,
      a campaña
en son de guerra salió;
y con él salió Gonzalo,
      mi regalo,
el capitán que amo yo.

Es el doncel más valiente
      de la gente
que va a la lid a vencer;
en lo apuesto un pino de oro,
      y le adoro
como nunca amó mujer.

También antaño, a la guerra
      de la tierra
descubierta por Colón,
con Cortés, -el Estremeño,-
      fue mi dueño,
dueño de mi corazón.

A través de tierra y mares
      sus pesares
mi voz consoló y su afán;
y me oyó, y el indio bravo
      fue ya esclavo
de mi bravo capitán.

Y le salvó de la tumba
      en Otumba
mi ruego incesante a Dios;
porque yo soy su ángel bueno,
      y en mi seno
guardo el alma de los dos.

Con preseas y con galas
      volvió en alas
a Toledo, de su afán.
-«Bella estás entre las bellas
      »tú con ellas,»
decía mi capitán.

Pronto la ventura acaba
      que tornaba
a resonar el clarín.
Cabe las aras de Himene
      el rey viene
pidiendo su paladín.

Al partirse de Toledo
      en mi dedo
puso el anillo nupcial
y me regaló un secreto
      amuleto,
en virtudes sin igual.

Y me dio de amor en arras
      doce barras
de oro fino del Perú;
y diamantes muy bruñidos,
      y vestidos
y vestidos de tisú.

Al subir a su alazano
      de la mano
me trabó en Zocodover,
y con llanto que vertía
      me decía:
-«¿Nos volveremos a ver?

-«Sí, capitán. En el alma
      »yo la calma
»siento del que espera en Dios.
»Volverás. Soy tu ángel bueno,
      »y en mi seno
»guardo el alma de los dos.

»Cada día en mi delirio
      »iré un cirio
»ante el Eterno a encender.
»Iré a San Juan de los Reyes,
      »de sus leyes
»la más horrible a torcer.
   
«A la Virgen, mi patrona,
      »gran corona
»de oro ofrezco y de rubí,
»si mi amante no me olvida,
      »y su vida
»guarda entera para mí.»

Parte el bruto en raudo giro:-
      aun le miro,
aun le miro descender,
como torrente a los valles,
      por las calles
que dan al Zocodover.

-Pero alégrate alma mía,
      que hoy el día
es tan anhelado y tan...
vuelve de laurel ceñido
      mi querido,
mi querido capitán.

Doncellitas toledanas,
      que ventanas
y balcones inundáis,
y a los bravos vencedores
      lindas flores
desde la falda arrojáis;

Ved que ya a pasar acierta
      por la puerta
por la puerta del Cambrón
el tercio real donde viene
      el que tiene
cautivo mi corazón.

Por las chispas de su callo
      su caballo
reconoceré entre cien.
-Pasad, pasad más ligeros,
      caballeros,
que aun mis ojos no le ven.

Brillan que parecen soles
      españoles
los bravos, en confusión;
pero el tercio de Gonzalo,
      mi regalo,
más brilla... en mi corazón.

Ved al capitán Paredes:
      -tú no puedes
competir a mi galán.
Ved al alférez Fajardo:
      ¡qué gallardo!
-pues más es mi capitán.

Los laureles de tu frente,
      rey valiente,
Carlos quinto emperador,
tu corona... ¿vale nada
      comparada
con las glorias de mi amor?

A girones las banderas
      prisioneras
el suelo besando van.
Algunas habrá ganado
      mi adorado,
mi adorado capitán.

Ya relumbran los almetes,
      los mosquetes...
¡favor! vacilan mis pies.
¡Oh! dadme la enhorabuena
      que mi pena
acaba:-¡su tercio es!

Allí el cabo, y el alférez
      Pero Pérez,
sus camaradas allí.
-Pasad, pasad más ligeros,
      caballeros,
que estoy ya fuera de mí.

¿Dónde mi Gonzalo, dónde
      se me esconde,
que no le veo en mi afán?
¡Ay! ¡su caballo enlutado!
      ¡ay mi amado!
¡ay mi amado capitán!

Al suspiro lastimoso
      el glorioso
Carlos quinto, contempló
una flor sin tallo en tierra...
      -de la guerra
el capitán no volvió.




ArribaAbajoHistoria de Cádiz

Balada XXXIII


A D. Adolfo de Castro



Cuando el vencedor de Anteo
mares y tierras corría,
de la humana fantasía
traslado y símbolo fiel,
   En medio del Occeano
detuvo su heroica planta,
roca audaz que se levanta
como arabesco dosel.

   Maceta de gayas flores
regada por las espumas;
lecho de nieblas y brumas,
donde los genios del mar,
   En las noches silenciosas
vienen en conchas marinas
en brazos de las ondinas
muellemente a reposar.

   Irguió el buen dios la cabeza
de tantos lauros ceñida,
y la vista complacida
en torno suyo tendió.
    Un cielo de ondas y espumas
sonriendo a la bonanza,
y un edén en lontananza,
con alborozo miró.

   Guadalquivir, coronado
como las ricas doncellas,
de frutos y flores bellas
se casa allí con el mar.
   Ciñendo la verde oliva,
como vencido guerrero,
de vencedor altanero
las plantas viene a besar.

   Sólo entre el Tigris y el Eúfrates,
do Adán y Eva moraron,
ojos nacidos hallaron
paraíso como aquél.
   Hiere el dios la dura roca
con su clava omnipotente,
y mar, roca y tierra siente
estremecidos por él.

   Rocas, tierra y mar a un punto
desgarrando sus entrañas
con sacudidas estrañas,
y fantástico vaivén,
   Abortaron mil visiones
impalpables, indecisas,
siervas ante el dios sumisas,
y diosas ellas también.

      En concha rutilante
      tirada por sirenas,
      apareció radiante
      la diosa del amor.
Ondas, espumas, arenas,
abriéndole van camino;
      y un genio marino
      las brisas serenas
      con himno divino
de Venus puebla en loor.

    Como la rosa guarda
      la perla de rocío,
      que allá en la noche parda
      el cefirillo frío
      en su lánguido cáliz vertió,
      al seno de alabastro
estrecha Venus al ciego amor,
astro que engendra luz de otro astro,
luna que roba su luz al sol.

      En carro guerrero,
      cual golpe de acero
que en chispas ardientes abrasa la mar,
      el rostro bravío,
      ferrado atavío
ostenta Mavorte de Venus a par.
      Las ondas agitadas
huyeron asustadas
al mirar en su espejo sombrío
      la lanza ponderosa,
      la espada valerosa,
como olímpicos rayos fulgurar.

   Más veloz que el pensamiento
cruzando la fantasía,
surge en la región vacía
rara, espantosa visión.
   Un dios con alas: -sus ojos
en el seno de la tierra
ven los tesoros que encierra,
y los arranca a traición.
   Sus manos siempre crispadas
como al contar del dinero,
ostentan uñas de acero
para guardarlo quizás.
   Si fuera un cristal su frente
números viéranse y sumas,
que hasta del mar las espumas
compra y vende al que da más.
   De los dioses mensajero,
y hermano en poder y esencia
él es dios de la elocuencia
y del comercio también;
   y acaso su nombre invocan
en impías oraciones
bandoleros y ladrones
que sin amparo se ven.

   Cual faro que brota inmóvil
entre tinieblas y olas,
más inmóvil, cuando ellas
más lo envuelven, más lo azotan,
a su rugir, impávido,
      sereno ante su cólera,
      y con su espuma haciéndose
      magnífica corona,
      brotó el dios de las aguas
      en su imperial carroza.
      Blande el tridente,
      los brutos doma.
y desde el medio del mar
a Hércules escucha hablar.

HÉRCULES

   Del Olimpo moradores,
de mar y tierra señores,
hijos de Júpiter caros;
venid, que quiero mostraros
la mansión de mis amores.
   En menosprecio tendré
los trabajos que emprendí,
y los lauros que alcancé,
si dejar no logro aquí
larga memoria de mí.
   Mi fama asombre a la gente,
y pase la mar cerúlea,
no por ser yo dios potente;
por vivir eternamente
en una ciudad hercúlea.

VENUS

      Yo en rosas
      la poblaré:
      yo hermosas
a sus mujeres haré.
      Mi copia en ella
      quiero dejar,
      dádiva suma,
      gloria sin par.
Que nazca de la espuma
      Cádiz la bella,
      corte del mar.

HÉRCULES

   No en valde la palma ganas
a las diosas tus hermanas
en hermosura y poder...
Gaditanas, gaditanas,
¡oh qué hermosas vais a ser!

MARTE

      En la recóndita
      futura edad,
      su cuna tendrá y tálamo
      aquí la libertad.
      En fuego bélico
      todo varón,
      siempre sentirá ardérsele
      su noble corazón.
      Brazo fortísimo
      tendrá también,
      que humille de los déspotas
      la vil altiva sien.
      Y acento mágico
      para gritar
      del Betis hasta el Pírene:
      ¡viva la libertad!

MERCURIO

   El oro, que es el poder:
le he de traer.
sobre las olas del mar
a fuerza de navegar.
   Yo haré que nazca un hombre
que al mundo asombre,
      rompiendo del mar azul
la flotante barrera de tul.
      Y allí otro mundo
      nuevo, fecundo
sus entrañas abrirá,
y de perlas y de oro
inagotable tesoro
por tributo le dará.

HÉRCULES

      Con tanta hermosura,
      con tanta grandeza,
      con tanta bravura,
      con tanta riqueza...
      ya logro dejar aquí
memoria digna de mí.

NEPTUNO

¡Ea!
¡sea!
   Hiere la roca con su tridente,
y cual sirena que de repente
hombros y pechos saca al cantar,
nace en la espuma, blanca y riente,
Cádiz la bella, corte del mar.




ArribaAbajoLa campana vengativa

Balada XXXIV




-Niña, ya la campana
te llama a misa:
si no vas, a buscarte
vendrá ella misma.
   -¡Si está tan alta,
madre!
   -Dios que es su lengua,
le dará alas.

   Al verse en trage nuevo,
nuevo y más majo,
se olvidó de la iglesia
por ir al prado;
   que hay allí flores,
y mozos, y en la iglesia
viejos gruñones.

   Pero se encuentra sola,
sola en el prado,
y ve que la campana
le sale al paso;
   toca que toca,
a misa de difuntos
tocando sola.

   Como loca la niña
corre que vuela;
tocando la campana
corre tras ella...
   ¡Medrosos sones,
los que corren y tocan,
tocan y corren!

   Así corrieron juntos
hasta la iglesia,
donde cayó la niña
de miedo muerta...
   Y en son profundo,
la campana tocando
siguió a difuntos.




ArribaAbajo¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!

Balada XXXV



¡Fragilidad! tienes nombre de mujer.


(SHAKESPEARE.- Hamlet.)                





I


EN EL DUELO


-¡Y se lo llevan así!
      ¡y me roban la alegría!
      ¡Desventurada de mí!
      ¿Cómo viviré sin ti,
      esposo del alma mía?


II

EN FAMILIA

   -¡Hijo del corazón, dulce presente
de aquel esposo por mi mal perdido
hijo mío querido,
solo en besarte encuentro ya consuelo!
-¿Por quién lloras, mamá?
-¡Pobre inocente!
por un ángel cuál tú, que está en el cielo.


III

EN LA ALCOBA

      ¡Sola!... ¡soledad horrible!
      suena en mi oído incesante
      su dulce voz... no hay un sitio
      donde no vea su imagen.
      ¡Hijo del alma! por ti,
      por ti no hago un disparate.
      Esta casa es un sepulcro:
      al fin tendré que mudarme.


IV

DIÁLOGO

   -¿Me trajo ya la modista
los lujos?
-Señora, sí:
aquí están.
-Quita de ahí,
que su vista me contrista.
-Páseles usted revista,
verá como se distrae.
-¡Ay!... no!... psché... ¿qué tal me cae
esta capota?
-Muy bien.
-¿Y esta mantilla?
-También.
-Aparta... mas no... trae... trae...


V

MONÓLOGO

      -¡Magnífico mausoleo
      edificarle deseo!
      allí volveremos juntos...
      ¡Qué idea!... ¿saldré a paseo,
      el día de los difuntos?


VI

OTRO DIÁLOGO

      -Señor escribano, ¡estoy
      tan triste! me faltan fuerzas
      para todo. Al fin y al cabo
      le seguiría a la tierra,
      si no fuera porque tengo
      un hijo y él me consuela.
      Vuélvase usted por aquí...
      esos negocios me apestan.
      Adiós... ¡ah! dígame usted,
      ¿será muy grande la herencia?


VII

OTRO MONÓLOGO

      ¡Qué linda casa!
      Puerta del Sol.
      Aquí respiro:
      otra aquí soy.
      ¡Qué buenas vistas
      tiene el balcón!
      Aquí se vive
      mucho mejor.
      Insoportable
      recuerdo, atroz,
      era la casa...
      ¡Válgame Dios!
      ¡Cuánto alma mía,
      mi único amor,
      te echa de menos
      mi corazón!!


VIII

PREGUNTAS

      -¡Si yo pudiera salir
      de casa! esta soledad
      me consume, esta tristeza
me ahoga.
-Pues claro está
      que debe usted de salir.
      -Y las gentes, ¿qué dirán?
      -¿Qué han de decir? ¿no la han visto
      a todas horas llorar?
      ¡si está usted desconocida!...
      tan triste, tan flaca, ¡tan!...
      y si fuera usté una vieja...
      -Oye: ¿se han cumplido ya
los nueve días?
-¡Señora!
      -Es que no sé ni contar.


IX

RESPUESTAS

   -¿Oyó usté a aquel caballero
que anoche?...
-¿Quién?... ¡yo oír!...
¡importuno! ¡mentecato!
¡insolente! ¡zascandil!
-Pues él no se propasó...
-¿Qué, no le oíste decir
que era yo muy linda?
-¡Ah!
¿con que lo oyó usted al fin?
-Ni que fuera sorda.
-Vamos...
-¡Hay tanto vago en Madrid!


X

LA INOCENCIA

      -Un caballero, mamá,
      acaba de darme un
bartolillo.
-Será algún
      amigo de tu papá.


XI

LA CONSTANCIA

      -Cuando enlutada y sola
      voy por la calle,
      paréceme que llevo
      tras mí un cadáver.
      ¡Ay! no lo llevo
      detrás, sino enterrado
      dentro del pecho.

      Y si alguno me dice
      tiernas lisonjas,
      el cadáver levanta
      su fría losa.
      Duerme, amor mío,
      que nadie ha profanado
      tu eterno asilo.


XII

CONSEJOS

      -Traes un aire de misterio...
      -Traigo... una carta de aquél...
      -Yo no leo ese papel.
      -Mire usté que el lance es serio.
      ¡Qué amor! de noche y de día
      el pobre joven se pasa
      las horas junto a esta casa.
      -Así mi difunto hacía.
      Aquello sí que era amor.
      -Pues este no le va en zaga.
      -¿Qué te parece que haga?
-Leer su carta.
-¡Qué horror!
¡leerla!
-¿Qué hay malo en esto?
      léala usté, señorita.
      -Veré si está bien escrita.
-¡Ya!
-Pero no le contesto.


XIII

OBSERVACIONES

      -¡Triste recuerdo! hace un mes...
      -Señora, buena ocasión:
      asómese usté al balcón
a verle.
-(¡Qué guapo es!)


XIV

LANCE

      -Enlutada seductora,
      que mi corazón fascinas
      con tus ojos;
      si a la iglesia vas ahora,
      a oír tus preces divinas
      voy de hinojos.
      -No entre usted conmigo:
      quiero rezar ¡ay! por mi difunto
      más tranquila;
pero...
-¡Ah!
-Pero...
-¡Dulce pero!
-Espéreme usted...
-¡Ah!
-Junto
      a la pila.


XV

PERCANCE

-¿Mamá?
-Que estoy ocupada.
-Ábreme.
-¡Chico maldito!
      ¡fastidioso! ¡impertinente!
-¿No me quieres ya?
-¡Hijo mío!
      Le abriré. Toma, y a Juan
      dile que te lleve al Circo.
      -Aquel señor que se esconde
      fue el que me dio el bartolillo.
Pídele otro.
-(¡Fatal
      memoria la de los niños!)


XVI

POST NUBILA PHOEBUS

      -Nunca en el fuego amoroso
      sentí mis venas arder:
      no el amor; era el deber
      el que me unía a mi esposo.
      ¡Qué desventuradas son
      las que ignoran los placeres
del amor!
-Y a mí, ¿me quieres?
      -Con todo mi corazón.
      -Mi bien mi vida, mi gloria,
      celos tengo del pasado.
      -¡Tontuelo! casi borrado
      está ya de mi memoria.
      -Ese niño es en la tierra
      un recuerdo... sin cesar...
      -Pues se le manda a estudiar
      a Francia, a Italia, a Inglaterra.
-¿Y el luto?...
-Es solo un tributo...
-Al muerto...
-Yo te diré:
      tres meses ha que enviudé;
      pero... me cansa ya el luto.
      -¿Y antes del año, mi afán
no premiarás?
-¡Oh! no es justo.
-¿No es tu gusto?
-Sí, es mi gusto;
      pero ¡Jesús! ¿qué dirán?


XVII

EN CASTELLANO

-¿Con que te casas?
-¿Quién? ¿yo?
-Si corre de boca en boca.
-¡Ni que estuviera yo loca!
-La verdad, hija, eso no...
¿Hace el año?
-Falta un mes...
menos horas.
-(¡Qué bien cuenta!)
-(¿Qué dice?)
-¿Estarás contenta?
Es rico, es buen mozo, es...
-Pero si no hay nada de eso.
-¡Secretos entre las dos!
Me voy.
-¿Ya? (gracias a Dios).
-¡Querida mía!
-Otro beso.
-Pero es algo calavera;
ten cuidado.
-Por mi nombre...
-El otro ¡era tan buen hombre!
-(Porque se murió. ¡Embustera!)
-Dicen que ha tenido un hijo.
-(¿Será de ella?)
-Colorada.
te has puesto.
-¡Eres más pesada!
-Me iré... veo que te aflijo...
-¡Qué obstinación! ja, ja, ja.
-Y el niño vive.
-Ya basta.
-Adiós, querida.
-Adiós... hasta...
(el valle de Josafá.)


XVIII

EN LATÍN

-Dilín.
-¿Quién?
-Parece estraño
que yo tenga que inquirir
a qué hora he de decir
la misa de cabo de año.
-Señor cura, la señora...
-¿Qué es de la triste viuda?
¿reza en su cuarto?
      -Sin duda
se estará casando ahora.




ArribaAbajoPoco y algo

Balada XXXVI


A D. Antonio Cánovas del Castillo



LA GITANA

Estudiante de mis ojos,
el valentón, el galano,
alárgame acá la mano;
de Egipto vengo por ti.
A que de mis labios
oigas tu cierta buena-ventura,
corrí toda Estremadura,
toda Castilla corrí.
Niña salí de mi tierra
      a buscarte;
ya mi cabeza está blanca;
pero al fin en Salamanca
      logro hallarte.

HERNÁN

Para mí la magia es
      gran locura;
solo el verte cual te ves
tu pretensión asegura.
 

(le alarga la mano)

 
      Habla, pues;
pero di la verdad pura
no pone susto en Cortés
ventura ni desventura.

LA GITANA

 

(cogiéndole la mano.)

 
¡Qué rayita! ¡qué rayita!
-Atravesarás los mares
con arreos militares
y con soldados en pos.
- ¿Te contentas, niño loco?

HERNÁN

Eso es poco.

LOS ESTUDIANTES

¡Bien por Dios!

LA GITANA

Para mundo de tu gloria,
que no cabrá en este mundo,
otro te ofrece un profundo
marinero ginovés.
-¿Te contentas, niño loco?

HERNÁN

Eso es poco.

LOS ESTUDIANTES

¿Poco es?

LA GITANA

Allí, tierra que espantado
el sol ve de herejes llena,
la santa cruz nazarena
con tu mano plantarás.
-¿Te contentas, niño loco?

HERNÁN

Eso es poco.

LOS ESTUDIANTES

¿Quieres más?

LA GITANA

Antorcha, cual tú, gigante,
incendiarás mil navíos,
para que admiren tus bríos
mar, tierra y cielo a la vez.
-¿Te contentas, niño loco?

HERNÁN

Eso es poco.

LOS ESTUDIANTES

¡Qué altivez!

LA GITANA

Tus esclavos, sus monarcas,
sus princesas, tus queridas...
de haciendas, honras y vidas
tu capricho rey será.
-¿Te contentas, niño loco?

HERNÁN

Eso es poco.

LOS ESTUDIANTES

Loco está.

LA GITANA

De riquezas y tesoros
inundarás las Castillas,
y sus hijos de rodillas
te adorarán como a Dios.
-¿Te contentas, niño loco?

HERNÁN

Eso es poco.

LOS ESTUDIANTES

 

(separándose de él con enojo.)

 
¡Voto a bríos!

LA GITANA

En dos mundos, que tu brazo
hermanos hizo en la guerra,
no habrá un puñado de tierra
do espires sobre tu arnés.
-¿Te contentas, niño hidalgo?

HERNÁN

Eso... es... algo.

EL ECO DE LA GLORIA

¡ Mucho es!!!




ArribaAbajoNotas

En esta época de merodeo literario, que la antigüedad llamaba plagio más propiamente, bien hubiera podido el autor, siguiendo la moda, apropiarse las baladas que hay en su colección agenas; pero aunque la moda la disculpase, tiene el autor en mucho su reputación y su conciencia, elementos sin duda antipoéticos de que carecen los merodeadores literarios, dicho sea con su perdón, si a la verdad perdonan. Y no merece disculpa su torpeza, no por cierto, que el robo -porque es un verdadero robo- a la larga se descubre; y también hay gloria para el que pone en una obra literaria solo el hilo -como dice Calderón- si el hilo es bueno. Demás que en este comercio de las musas, por lo mismo que corre mucha moneda agena, el crédito no padece por la confesión de los recursos estraños que se utilizan, si para merecerlo queda algún fondo propio. Confesando Goethe en sus baladas y en sus lieds, las que tienen un origen suizo, finlandés, morlaco, etc., nada para sus contemporáneos ni para la posteridad ha desmerecido, como nadie censura a la abeja, porque en la fábrica del panal solo ponga el jugo de sus labios.

Así, pues, el autor de las Baladas españolas va a señalar concienzudamente al público las composiciones que ha traducido, imitado o parafraseado, seguro -porque puede estarlo- de que cualquiera que se tome el trabajo de confrontar con sus fuentes estranjeras las que en este caso se hallan, tendrá por lo menos en opinión de modesto y de verídico a quien, entre otras desventajas, acepta la de poner en parangón sus humildes versos con los primeros poetas del Norte y es decir, con los autores por escelencia de baladas.

Ni bien ni mal.- Balada II

Véase el lied de Goethe, Vanitas, vanitatum vanitas. La idea es la misma: la forma, diferente.

El page de lanza.- Balada V

Childe-Waters, que nosotros en castellano diríamos el doncel Waters, pues los antiguos poetas ingleses daban ala palabra Childe o Chield una significación que ha venido degenerando hasta el child actual (niño), Childe-Waters es más que una balada, una canción popular, cuyo origen se remonta quizás al siglo XV. Si la copiáramos íntegra se espantarían nuestros lectores de la ferocidad de sus rasgos. ChildeWaters no es vio hombre: es un verdugo de la hermosa Ellen, a quien atormenta con una saña, que no se comprendería por fortuna en nuestro caballeresco país. La hace pasar los ríos a nado, la hace dormir a los pies de su cama, la hace... hasta Celestina de sus más inmundos placeres. Repetimos que en España no se comprendería el amor de Ellen, tan sumiso a toda indignidad. Pero en esta composición verdaderamente salvaje, como la califica Mr. de Chateaubriand en su Essai sur la literatture anglaise, de donde la hemos tomado, a través de la brutalidad del fondo y de la oscuridad de la forma, brillan rasgos de esquisita poesía, que hemos querido apropiarnos, trasladándolos a un cuadro menos repugnante. Rogamos a nuestros lectores que cotegen el Page de lanza con Childe-Waters, y comprenderán las dificultades que hemos arrostrado, si no vencido.

La idea de Childe- Waters parece tomada del Decamerón de Bocacio, y el espíritu revivir en Childe-Harold's Pilgrimage, de lord Byron.

El juglar.- Balada VIII.

Después de impresa mi primera edición he advertido que en El Juglar hay algún toque, aunque casi imperceptible de El Bardo, balada de Goethe.

El bautismo.- Balada X.

A lo que dije sobre esta balada en las advertencias Al que leyere, debo añadir que es rigorosamente histórica, aparte la combinación del coro. Hasta en las palabras que he puesto en boca del Patriarca, me ceñí todo lo posible al texto de San Ambrosio, esplanado bellísimamente por Chateaubriand en el lib. I, cap. VI de El Genio del Cristianismo. Solamente he suprimido el acto de abrir las orejas y las narices al catecúmeno, diciendo: -ephpheta, ábrete,- -porque no cabía en el cuadro poético. También por dar a mi obra más colorido, en vez de celebrar el bautismo en la piscina, lo pongo en un río, llamándole Jordán por estensión.

Loco de amor.- Balada XIII.

Este lied, de Goethe, se titula El Filibustero.

Perico el ciego.- Balada XVII.

Eacute;sta es una tradición popular que yo creía esclusivamente española, hasta que he sabido que todas las naciones la poseen. Con efecto, la apoteosis de la poesía y de la música, tal como se simboliza en Perico el ciego, está en el corazón de todos los pueblos inteligentes. Puede decirse que es una paráfrasis católica de las fábulas paganas de Orfeo y de Anfión. La edad media ha producido muchas trasformaciones literarias de esta misma índole, y he aquí por qué la religión en los tiempos caballerescos tuvo tanto de fanatismo, que pareció idolatría. La demanda del sancto Grial, ¿qué es en suma sino los trabajos de Hércules por místico estilo?

Ritja.- Balada XVIII.

El Kan es la vivienda del árabe del desierto. -Duna, cerro pelado, por lo común de arena, donde el beduino planta su aduar. Haylos también en Europa y en España mismo, en todo el litoral mediterráneo, donde son hasta móviles, como en África, que el viento los lleva a una parte y otra. -El patio en Oriente, más que sitio de recreo como en nuestras casas del mediodía, sirve de caballeriza. -Por último, el Djerid es una fiesta o danza que hacen los árabes a caballo, de donde quizá vienen las corridas de estafermo y sortija de la España caballeresca.

No se han puesto estas notas debajo del texto, como en la Judía castellana, porque no eran tan necesarias como allí para su inteligencia.

La cacería feudal.- Balada XXIII.

La chasse du burgrave, balada de Víctor Hugo, me ha inspirado ésta, donde además he traducido e imitado algunas de sus estrofas.


Ballesteros ¡preparaos!
      compañeros ¡alegraos!
      esta noche gran festín.


(Estrofa 9.ª española.)                



Archers, mes compagnons de fetes,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Nous ferons ce soir une chere
      chère...


(9.ª y 10.ª francesas.)                



Mientras con trémula voz,
      la galana castellana,
      desde el puente
      dulcemente
      grita: -¡Adiós!


(Estrofa 3.ª española.)                



Il part, et madame Isabelle,
      belle,
dit gaiement du haut des remparts:
      -Parts!


(15.ª francesa.)                



¡Sus! La mitad de mi estado
al que mate ese venado.


(Estrofa 10.ª española.)                



Mon chateau pour ce cerf!


(23.ª francesa.)                



No por Dios de entre las algas
      salgas.


(Estrofa 14.ª española.)                



Ah! dans les eaux du lac agreste
      reste!


(38.ª francesa.)                



Esta noche les das buena
      cena.


(Estrofa última española.)                



Et ce soir, sur les delectables
      tables,
tu feras un excellent met.


(48.ª francesa.)                


El final es idéntico en ambas baladas, aunque el pensamiento satírico está menos claro, menos comprensible en la de Víctor Hugo. También éste ha imitado su balada, según dice, de una Colección de tradiciones de las orillas del Rhin.

Magdalena.- Balada XXIV.

Eacute;sta es una canción popular de las islas del archipiélago de Feroe, cuya poesía se reduce solo a estas canciones, la mayor parte religiosas. En Les chants populaires du Nord, de Mr. Marmier, puede verse Magdelaine, cuya sublime sencillez me sedujo, y que creo francamente que ha palidecido al trasladarse a nuestro clima desde los hielos del Norte. -En esta edición he variado la forma, a mi entender mejorándola.

El ángel mudo.- Balada XXIX.

Un solo rasgo de una balada inglesa de Campbell, titulada La Florecilla, me ha inspirado esta composición, que por lo demás es enteramente original.

Un misterio.- Balada XXII.

El Dios y la Bayadera, lindísima composición de Goethe, que más que balada es un cuento fantástico, me ha inspirado un misterio. La forma y el giro de ambas composiciones son muy diferentes, aunque el fondo sea el mismo14.

Esposa sin desposar.- Balada XXXII.

El pensamiento de esta balada es en el fondo el mismo que el de la Fiancée du Timbalier, de Víctor Hugo; pero sólo en tres estrofas la, imitación o más bien paráfrasis.


Carlos quinto, rey de España,
      a campaña
      en son de guerra salió.


(Estrofa 4.ª española.)                



Monseigneur le due de Bretagne
a' pour les combats meurtriers,
      convoqué...


(1.ª francesa.)                



Cada día en mi delirio
      iré un cirio
ante el Eterno a encender.


(Estrofa 12.ª española.)                



J'ai brulé trois cierges de cire
sur la chasse de Saint-Gildas.


(5.ª francesa.)                



A girones las banderas
      prisioneras
el suelo besando van.


(Estrofa 22.ª española.)                



Quelques enseignes prissonnieres,
honteuses, passent les dernieres....


(Penúltima francesa.)                


La campana vengativa.- Balada XXXIV.

Esta balada de Goethe se titula La campana que anda.




ArribaBaladas españolas de Don Vicente Barrantes

Artículo crítico de D. Agustín Bonnat


[Nota15]

El poeta, ha dicho Victor Hugo, no debe nunca escribir como los demás han escrito; debe estudiar, y después trasladar al papel lo que su alma y su corazón han sentido. Nosotros, completamente de acuerdo con esta máxima, no podemos menos de elogiar cumplidamente el libro de que vamos a ocuparnos. Era muy difícil para cualquier poeta, como lo es siempre para todo escritor, introducir un género nuevo en una literatura. Barrantes ha salido victorioso en su empresa; ha enriquecido la nuestra, vasta y rica, con las baladas, tan conocidas y populares en el estranjero, como desconocidas en el nuestro. Estraño nos parecía que un género de poesía tan nuevo como popular, tan dramático y tan lírico al mismo tiempo, no hubiera sido trasplantado a nuestro suelo; por fin, hoy le vemos introducido bajo favorables auspicios; le vemos en nuestra literatura para formar parte de ella.

Ahora, si se nos preguntase a qué género de Baladas pertenecen las de Barrantes, diríamos que a todos; y es lo cierto. Víctor Hugo en las suyas ha querido introducir en la moderna literatura las antiguas poesías de los trovadores de la edad media; ha dicho que sus Baladas se diferencian de todas sus demás poesías, como se diferencia el alma de la imaginación; en las de Barrantes, encontramos varias de ese mismo género, escritas con el alma más que con la cabeza, en que lo tierno predomina; en que lo dramático no es más que acesorio. Otras hay, sin embargo, que cumplen perfectamente con los preceptos de la escuela alemana; pequeñas poesías en que la vibración de la oda y la peripecia del drama se encuentran reasumidas en un cuadro sencillo y franco. El libro de que nos ocupamos las tiene, y basta con leerle para ver que en su colección las hay escritas a la manera de Goethe, participando más del poema que del drama, o viceversa, como en las de Schiller. Ha comprendido nuestro poeta que el sentimiento solo no da la verdadera poesía, y que los maestros alemanes han tenido que hermanar la rapidez del drama, la filosofía de la epopeya y la sencillez pura del corazón en el mismo cuadro, bajo las mismas formas: esto es lo difícil del arte; éste es el triunfo del genio, y lo que ha elevado a Luis Uhland, a Wilhem Muller, al Conde de Plasen, a Justino Kerner y a la mayor parte de las celebridades de la Alemania.

La balada es, a pesar de su género exótico, de fácil aclimatación en cualquiera literatura, y por eso la poesía moderna en general participa mucho de ella; por eso muchas piezas que llevan otros títulos podrían tomar el de baladas, sin que los críticos más severos tuvieran nada que decir del título, tales como la Dolorida, del conde de Vigny, uno de los poetas más sentidos y correctos de Francia; la Juana la Roja, de Beranger; la Severie, de Sainte Beuve, y otras y otras. A nosotros no nos choca verla introducida y adoptada por todos los poetas, porque vemos en ella la aspiración de la época, el carácter de la sociedad: en otros tiempos no se concebiría; pero desarrolladas ya la poesía dramática del siglo XVII y la lírica de nuestros poetas a estilo de Italia, era preciso en los tiempos modernos la unión de esos dos elementos para formar, digámoslo así, la novela de la lírica; no como las leyendas de España en tiempo del nuevo Romanticismo, en la época del Trovador y del Macías, ni como los recuerdos caballerescos de Zorrilla, sino un género nuevo que uniera todos éstos, que formara la poesía popular dramático-lírica, como las Sombras de los viajes, de Kerner; como las profundas concepciones de Krummacker. Cada época tiene su género, o como dirían otros, cada género marca su época; ha pasado la inesperta de los poetas bucólicos de Italia; ha acabado la lírica ardiente y exaltada de la edad guerrera de los pueblos; ha muerto el Clasicismo regenerador de Andrés Chenier, de Bernard y de Millevoye, de Jovellanos, Cadalso y Meléndez Valdés; ahora la literatura necesita correr suelta como el viento, embalsamar como las flores, suspirar como las brisas entre las ramas; en una palabra, ser el reflejo fiel de la naturaleza, única verdadera maestra que debe tener el poeta siempre presente, para escribir con arreglo al corazón y al alma.

Barrantes en este libro ha comprendido el objeto del nuevo género que iba a legar a su patria; ha estudiado profundamente el carácter peculiar de la poesía a que iba a dedicarse y ha triunfado en su empresa. Prolijo sería enumerar las buenas que contiene este precioso tomito; léanse Esposa sin desposar, llena de la frescura y sentimiento de las baladas de Uhland, El Ciprés del Buen Retiro, que parece arrancado a una página de Krummacker, y El alma en vela, de deliciosa ternura, de poética forma y de correcto colorido.

Al lado de éstas tan sencillas y tan profundas, se hallan otras llenas de fuego, como Ritja y Dos Santos y un Rey, dramáticas como La misma conciencia acusa, Santa Isabel y Murillo, y otras y otras.

En cuanto a las bellezas y defectos de que pudieran adolecer las Baladas de Vicente Barrantes, diremos que aquellas son muchas, que éstos, aunque haya algunos, palidecen al lado de aquéllas. Efectivamente, «¿qué es, como dice muy bien el autor del prólogo algunos versos flojos, cierta estravagancia en los metros, poco conveniente quizás, y tal cual dicción no muy castiza, si todo ello va cubierto y rebozado de tales y tantas bellezas, que la vista apenas lo columbra?» Barrantes ha tenido el talento de hermanar el sentimiento con el entusiasmo, de unir la imaginación con el alma, y ha formado de ese conjunto la verdadera balada; no ya la de Byron en sus Melodías, no la de Víctor Hugo en Silfo y en el Lutin, tan parecidas a muchas de sus odas; no la novelesca de Walter Scott, ni las serenatas italianas que los viajeros califican de baladas sentimentales; sino la verdadera balada, la poesía franca y natural de las de Moore y de las buenas de Hugo, escritas al modo de Goethe y de Muller, de Uhland y de Grunn.

Si hubiéramos de clasificar las baladas de Vicente Barrantes, comparándolas con otras, encontraríamos en ellas, como hemos dicho, toda la variedad que conoce la literatura de ese género; pero para concretarnos más a un tipo, en él encontramos casi los mismos elementos que en las de Muller: descripciones naturales y maestras, sencillez encantadora, y ese ideal de frescura y melodía que llamaba Goethe el soplo verdadero de la lírica.

En las notas puestas por el autor al final de su obra, ha dicho que algunas hay tomadas de otros poetas, y aun ésas tienen la particularidad de no semejarse a sus modelos. Esto, aunque parece una paradoja, no lo es. Esposa sin desposar se diferencia bastante en el colorido y en el carácter de la Fiancée du Timbalier, de Víctor Hugo; igual pasa con algunas tomadas de Goethe, como Ventura y desventura, Loco de amor y otras, lo cual no les quita mérito, sino que se le aumenta, según el dicho del mismo Goethe en sus Máximas y reflexiones, que es un gran mérito vestir de nuevo lo pasado.

Las baladas de Barrantes están llenas de riqueza de imágenes, de pensamientos nuevos y floridos, de ternura y sencillez en los detalles, y de agradables conjuntos. En ellas se ven rasgos admirables y que honran a un poeta, tales como este de La Golondrina:


Bajo mi pico
llevo un papel,
prenda de amores
de una mujer.
   En él su vida
su alma va en él...
¡lloraba tanto
cuando volé!...

O como en El copo de nieve:


¡Ay niña triste!
es la esperanza nieve
que se derrite.

O como en la de El Ciprés del Buen Retiro, que por lo corta insertamos a continuación:



Niñas, mis niñas galanas,
que por tardes y mañanas
pasear gozoso os miro
con vuestras madres ancianas
por los bosques del Retiro;

   Torced a la izquierda mano,
y cuando encontréis después
un ciprés triste y lozano,
os contaré en verso llano
la historia de ese ciprés.-

   Ese ciprés macilento
al columpiarse en el viento
dice en lánguido suspiro:
-«Yo soy un remordimiento
»del palacio del Retiro.»

   »Mis hojas lágrimas son
»con que Isabel de Borbón
»lloró contrita y cristiana
»su malograda pasión
»al conde Villamediana.

   »De sangre y llanto nací,
»sobre una tumba broté,
»entre suspiros crecí,
»y aun dos almas aquí
»vienen a llorar su fe.

   »En vano me azota el viento,
»y un siglo y otro pasó,
»y tempestades sin cuento...
-»¡Niñas! el remordimiento
»es eterno como yo.»

Poeta y muy poeta es quien ha hecho esa preciosa balada, que hemos citado como más corta, no porque la creamos la mejor del libro.

Léase la que lleva por título el caprichoso de No miréis o la novia, y cualquiera creerá estar leyendo una de las picarescas letrillas de nuestro Góngora.

En la de Las siete canciones del mes de mayo hay estrofas tan lindas como ésta:


¡Ya llega! ¡ya llega! lo anuncia la brisa,
lo anuncia al Oriente
la nube ayer negra, mas hoy sonrosada:
la brisa es tan solo su dulce sonrisa;
la nube sus ojos de ardiente mirada,
que el alma presiente,
que bebe estasiada.
   Vendrán las mañanas de plácido gozo;
a orillas del río,
vendrán las meriendas, los dulces festejos,
y luego brindando galán alborozo
las noches de estío,
las noches de luna que duermen los viejos.

Sentimos que el breve espacio de que disponemos para este artículo, no nos permita insertar El alma en vela, una de las más tiernas y sencillas del libro.

Si quisiéramos citar todo lo bueno que encierran las baladas de Barrantes, sería preciso hacerlo de casi todo él; léase, y se verá cómo no deben marcarse los defectos a quien no puede menos de conocerlos tan bien como nosotros.

Su autor es joven; y a pesar de que este libro sea, según él, un adiós a la poesía, creemos que no debe privar a las letras de obras tan poéticas como las suyas: nuestra juventud tiene entusiasmo y fe; cree y espera; anímesela, y al lado del período triste y desierto que hemos atravesado, nacerá una nueva generación como empieza una nueva era: no se duerman sobre sus laureles los poetas como Ruiz Aguilera, Arnao, Selgas, Trueba y Barrantes; traba en los que como Ayala, Eguilaz, Cazurro y Larra pueden honrar nuestra escena todo hombre se debe a sus semejantes; haga cada cual lo que su corazón y sus creencias le digan, y la obra de la regeneración llegará a su colmo.

AGUSTÍN BONNAT.

(Publicado en La Ilustración de 18 de Febrero de 1834.)