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Ceremonias de rechazo

Luisa Valenzuela





Siendo el esperar sentada la forma más muerta de la espera muerta, siendo el esperar la forma menos estimulante de muerte, Amanda logra por fin arrancarse de la espera quieta y pone su ansiedad en movimiento. Como tantas otras veces, él se había separado de ella diciéndole:

-Mamacita, estar lejos de usted es como vivir en suspenso, pero debe entender que mis deberes me reclaman.

En cuanto acabe la reunión le pego un golpe de teléfono y acá me tendrá de nuevo, para servirla. Dos, tres horitas a lo sumo.

Dos, tres, veinticuatro, cincuenta horitas que ya tienen otro nombre. Se llaman días y él sin dar señales de vida, infame Coyote, mediador entre el cielo y el infierno, más infierno que cielo cuando no reaparece y nadie logra dar con su paradero o saber en qué anda, conspirador clandestino. Para la buena causa, dice él, mientras los amigos le soplan a Amanda, Cuidado, puede ser un delator, puede ser cana, y Amanda a veces le huele la traición en un abrazo y no por eso rechaza el tal abrazo, quizá todo lo contrario.

Qué le ves, le preguntan, a ese tipo de rasgos tan duros, tan distante. Y ella sabe que para los demás el problema es precisamente esa distancia: sólo ella logra ver el ablandamiento de sus rasgos, la ternura que emana de él cuando se lo tiene al alcance de la boca, horizontal y distendido. Pero él no llama y quizá tengan razón los amigos, más valdría perderlo que encontrarlo -animal depredador, carroñero- si no fuera por esos brazos que tan bien saben envolverla a Amanda por las noches.

Es a la espera de sus brazos y también de otras delicias coyoteanas que Amanda permanece junto al teléfono, cada vez menos pasivamente. Intentando por lo pronto descartar la sospecha, esa oscura que ronda cuando el Coyote no está y a veces se disipa cuando el Coyote vuelve pero otras veces la duda permanece impávida, flotando, envolviéndola a Amanda que intenta preguntarse con lucidez ¿quién es este hombre? Y sólo logra responderse, allí en la interna penumbra donde las respuestas cobran la imperiosa vaguedad del deseo: poco me importa quién es cuando bien sé qué significa para mí y cómo me estimula. Cuando estoy con él lo inconfesable en mí acata plenamente y a mis zonas de tinieblas les crecen alas y puedo sentirme angelical aunque se trate de todo lo contrario. Por eso mismo, Coyote, que me llegue tu llamado al que sé responder de maravilla, el para mí llamado de la selva, Coyote. Discá de una buena vez los números que sepan abrir las puertas para ir a jugar. Jugar conmigo, bolastristes, a algún juego más íntimo y jugoso que a estas escondidas a las que se te da por jugar con demasiada frecuencia. Piedra libre, Coyote, yo a las escondidas no juego, m'hijito, yo no espero sentada a que me llamés, yo me muevo, me sacudo, me retuerzo y bailo para invocar tu llamada, yo me calo esta peluca negra, hirsuta, y pongo el teléfono en el piso en medio de la pieza estirando bien el cable hasta su máxima posibilidad, cerciorándome al mismo tiempo de no haberlo desenchufado. Yo creo en los exorcismos, Coyote, pero no en los milagros y bien sé que si me vas a llamar será con teléfono enchufado y no a través del éter.

Para provocar la llamada lo mejor es bailar con ganas moviendo las caderas, despojando de rigideces la cintura. Olvidar con el baile el rigor mortis de la ausencia y de la espera, sacudir la peluca, sacudirse las ideas.

Y el teléfono impávido negándose a cantar su monótono rin rin para acompañar la danza de Amanda.

Darle entonces una ayudita más al teléfono encendiéndole en derredor cuatro velas verdes, una por cada punto cardinal en lo posible. Y Amanda invocando:

-De los cuatro costados del mundo, de donde estés, Coyote, llamáme. No te pierdas de mí, no me abandones. Volvé, flaco, la familia te perdona.

Sentada sobre el piso dibuja con tiza un círculo mágico alrededor del teléfono y dentro del círculo una estrella de cinco puntas. El pentáculo. Para que el pobre aparato sepa lo que se espera de él: que atraiga las fuerzas del Coyote, solitario seductor cruel en sus ausencias. Con el pentáculo completado y mascullando unas fórmulas cabalísticas de fabricación casera Amanda intenta invocar la voz del susodicho que habrá de decirle por el cable: Estoy a la vuelta de la esquina, quiero verte enseguida. Como si tal cosa, como si dos días atrás no se hubiera arrancado de ella prometiendo llamarla al rato. Es decir que de nuevo Amanda chupada por el vórtice de las promesas incumplidas, esas deslumbrantes alhajas que el Coyote traza en el aire y que poco después se diluyen como luces de Bengala.

Y para eso ella ha encendido las velas, maldito sea, para invocar más luces de Bengala, más fueguitos artificiales, maldito sea, y el pentáculo embadurnando el buen piso de baldosas en procura de algo que durará lo que duran estos mismos hechizos porque Amanda ya les está zapateando encima, apagando las velas, conteniendo apenas las ganas de darle una buena patada al teléfono para mandarlo bien lejos, donde se merece.




II

Una puede decirse maldito el momento en que este tipo se cruzó por mi vida o puede en cambio decirse ese momento también fue mío, como todos los otros, y no agregar nada de nada. Nada. De nada, no hay de qué. Porque motivos de agradecimiento bien que tiene Amanda por el Coyote cuando por fin él se apersona en su casa, como si nada, y Amanda lo recibe como si nada o mejor dicho como la respuesta a todos sus alaridos hormonales. Un tiempo de aceptación de los cariños y después los reclamos más o menos verbalizados, y el Coyote entonces bajando la cortina de sus ojos sin siquiera mover los párpados, volviéndose impenetrable, hermético, con la mirada fuera de la órbita de Amanda.

Pero Amanda ya ha decidido perdonar, una vez más, gracias al simple milagro de un abrazo ha decidido perdonar y no provocarlo demasiado al coyotesco Coyote.

Dejar que los acontecimientos sigan su curso natural aunque la naturaleza de ella a veces se encabrite y se rebele.

Hay caballos sueltos dentro de la naturaleza de Amanda y no todos han sido domados. Pero en presencia del Coyote los potros suelen no manifestarse, los potros aparecerán después cuando él haya partido.

-¿Tomamos una copa? -ofrece la mansa Amanda.

-No, dejémosla para más tarde si no te importa, mamacita. Me estoy muriendo de hambre. Vayamos al chino de Las Heras y Callao, ando necesitando un buen chop suey. Amanda y el Coyote avanzan por calles arboladas, de la mano. Amanda trata de indagar algo sobre el Coyote, quiere una reiteración de sus promesas, quiere aclaraciones -después de tantos meses de estar juntos- sobre su vida y obra, quiere saber más sobre la organización a la que él sólo alude de pasada y pretende -sobre todo- compartir sus inquietudes y lo que él denomina sus peligros. Y el Coyote como de costumbre responde con frases truncas, se distrae en el camino, cambia de tema, insinúa, entrega y quita sin dejarse ir por ningún resquicio de palabras. Trasmitiendo eso sí a través de sus dedos todos los mensajes que Amanda quiere recibir y recibe sin preocuparse si allá arriba, en las remotas regiones cerebrales, los mensajes que parecen tan sabios en la piel pierden toda consistencia.

En el restaurant chino, Coyote con palitos. Es decir que Amanda lo va tomando delicadamente entre brotes de bambú y hongos negros, trocitos de pollo, trocitos de palabras y envolvimientos de amor que ella sabe no se van a cumplir y sería tan maravilloso que se cumplieran. Los palitos en la mano derecha de Amanda funcionan como hábiles pinzas, el Coyote no tiene paciencia para estas sofisticaciones orientales y usa el tenedor con cierta furia. Con gula. La gula de Amanda no radica por el momento en las papilas gustativas -el paladar de Amanda ansiando otros gustos- y mientras saborea la oscura viscosidad de un alga piensa que el Coyote es eso, su oscuro deseo. Es el que nunca está allí donde se lo busca, nunca donde promete estar, y por lo tanto está en todas partes porque en todas partes ella lo busca y no logra encontrarlo.

Frente a la parada del colectivo que habría de llevarlos de regreso a casa de Amanda ambos parecen felices. Por el rato de la espera, apenas, porque cuando llega el 59 y Amanda está ya a punto de subir el Coyote se despide de ella. Chau, preciosa, mañana te llamo.

Y Amanda, quitando su pie del estribo, recupera la calzada y una furia naciente:

-¿Cómo, chau? ¿Estás loco, Coyote? ¿Qué es esto de despacharme sin previo aviso cuando todo hacía suponer que te venías conmigo?

-Usted sabe que no soy dueño de mi tiempo, mamacita, de otra forma me pasaría la vida con usted. Bien sabe que las circunstancias me reclaman.

-Sos un bicho siniestro y macaneador, Coyote. Pero andá no más donde te reclaman las circunstancias. Y no te aparezcás más por mi vida. Me tenés requeteharta con tus misterios.

-Si así lo querés. Pero no, Amanda.

-¿No qué?

-No son misterios. Son problemas políticos, ya te lo dije mil veces. Pero vuelvo con vos, tenés razón; ganaste.

-No. Basta ya. Ya basta de torturas. No quiero verte más.

Media vuelta march, Amanda. De espaldas al Coyote internarse en la noche y dejarlo atrás. De una vez por todas. Al llegar a la esquina gira a la derecha y deriva hacia la otra calle, impulsada por la furia que ya ha crecido hasta colmarla. Lograr por fin desconcertarlo al Coyote, sacarlo de su cómodo manejo. Ya no dueño él de la situación, dueña ella aunque más no sea para destruirla: si no se puede controlar más vale retirarse a tiempo. ¿Controlar? ¿Qué parámetro es éste? Decididamente no el que Amanda quisiera reconocer como propio. Por eso al llegar a la segunda esquina, la furia ya bastante aplacada por la caminata, gira nuevamente hacia la derecha con la esperanza de volver, al rodear la manzana, no sólo al espacio sino también al tiempo donde todavía no le había dado la espalda al Coyote dejándolo plantado.

En la tercera esquina se encuentran, cara a cara, y quedan largo rato mirándose, la furia borrándosele a Amanda, dejando tan sólo lugar para el estremecimiento. Él la toma suavemente por los hombros, la aprieta contra sí y la retiene, sin palabras. Cuando por fin la suelta es para meterse de golpe en la florería de la esquina. Sale casi de inmediato con una rosa roja para Amanda. Una rosa de tallo larguísimo que Amanda recibe dándole al Coyote un casto beso de agradecimiento en la mejilla. También de despedida. Porque se mete en un taxi sin invitarlo a subir. El tampoco hace intento alguno y Amanda baja la ventanilla y le grita Adiós (para siempre). Durante el viaje Amanda se pregunta cómo puede ser que la rosa que permaneció más de tres segundos en manos del coyotesco vampiro aún no se haya marchitado.




III

Borrón y cuenta nueva. Amanda ha desconectado el teléfono y se siente liviana porque hoy no habrá más llamadas del Coyote ni de nadie, para bien o para mal. Tampoco más esperas cargadas de ansiedad con el maldito aparato al alcance de la mano. La mano libre para actividades más gratificantes si bien más solitarias. Escribir, por ejemplo, contestar todas las cartas e irse reintegrando al mundo. O la otra: lavarse del Coyote, lavarse de ella misma.

Empieza por preparar un baño a temperatura ideal con abundantísima espuma perfumada. Una forma de consuelo para su pobre cuerpo al que ha decidido arrancarle lo mejor que su pobre cuerpo poseía: el cuerpo del Coyote.

Pero antes del baño, tantas actividades previas, propiciatorias. Digamos la máscara. Las máscaras son imprescindibles para entrar en escena o para salir de escena y meter la patita en otra vida donde no hay coyotes, coyones, vampiros de sus más secretos líquidos.

De no estar segura de que ese adiós (para siempre) formulado desde el taxi iba en serio en lo que a ella respecta, Amanda no necesitaría la máscara. Ese rostro blanco, para nada. Rostro ajeno, encalado, tan pero tan radiantemente blanco que los ojos son dos carbones a punto ya de consumirla y el pelo es una llamarada viva. Soy un fuego que se quema a sí mismo, dice el rostro blanco frente al demencial espejo casi sin mover la boca para no cuartear la máscara, para no entorpecer las actividades nutritivas de la crema ni crearse arrugas. Esas máscaras prácticas, aseñoradas. Quisiera arrancársela y junto con la máscara arrancarse la cara, quedar sin cara, descarada, descastada, desquiciada ¿dúctil?

Dúctil no. Sólida en sí misma para evitar que el juego se repita y aparezca otro que intente modelarla.

Transcurrido ya el tiempo necesario se lava con agua tibia y contempla cómo la cal de su fachada surca el lavatorio. Ahí va lo blanco de mi expresión y me vuelven los colores, los dolores... Y no queda del todo satisfecha, quisiera algo más drástico para arrancarse el dolor de las facciones. Arrancarse la soledad de la cara, quedarse apenas, acompañada por lo más profundo de ella misma. Para intentarlo decide recurrir a otra máscara de belleza -las únicas que tiene-. Máscara transparente, esta vez, que al secarse se va convirtiendo en una finísima película plástica bajo la cual sus rasgos aparecen seráficamente distendidos. Y así se deja estar durante los veinte minutos que estipulan las indicaciones, sintiendo que el estiramiento se le extiende a los confines del alma. Es una dulce beatitud hasta que llega el momento de arrancar. El gran momento. Con violentos tirones empieza a desgarrarse esa cara no suya, a pelar la tersa, diáfana, iridiscente, grotesca paz incorporada que se va desprendiendo en largos girones de simulada piel, con un chasquido muy leve.

La propia piel no puede ser arrancada por más que lo intente y allí le queda configurando un rictus de disgusto alrededor de la boca. Borrar entonces el rictus, diluirlo con agua y jabón, restregarlo con el guante de crin, raspar con furia para intentar lijarse esas capas de piel que la separan de las cosas.

Y hela aquí con el pellejo dolorido y ardiente. Estos ritos caseros habría que emprenderlos con menos fanatismo y más ternura. No tan al pie de la letra esto de querer borrarse la cara: a dibujársela se ha dicho, a recrearla inventándose una cara nueva, dichosa.

Con crema nutritiva de intenso color naranja empieza a embadurnarse los párpados y la zona alrededor de los ojos. Se pone crema blanca sobre la frente y el mentón y la va diluyendo hacia los pómulos y después, con extremo cuidado, toma lápices de labios para empezar a trazar las pinturas rituales: dos anchas líneas fucsias que acaban en puntitos surcándole la frente blanca, tres finas rayas rojas sobre cada pómulo. Con el delineador verde esmeralda dibuja un círculo perfecto sobre el mentón blanco y se enmarca los ojos.

A todo esto el agua del baño se ha enfriado. La renueva y le agrega más sales.

Pero no es cuestión de meterse tan rápido en la bañera y arruinar el tatuaje. Y menos con las piernas peludas ¿cómo contaminar el agua con los pelos? Protégenos, oh Aura Mazda, de los pelos de las piernas que en las noches sin luna se convierten en moscas para envenenar el sexo.

Bueno, sin exagerar: protégenos, Señor, de los pelos de las piernas que en momentos de verdadera dicha entorpecen la mano que nos acaricia. ¿Señor? ¿Qué Señor? ¿Yo señor? No señor. ¿Pues entonces quién lo tiene?

Al Gran Bonete se le ha perdido un pajarito.

A la Gran Boneta aquí presente se le ha perdido un pajarito que mucho le encantaba, y todo por su propia culpa y su ahuyentamiento. A causa de sospechas nunca formuladas pero cada vez más palpables y asfixiantes. En cuyo caso el rechazo formaría parte de la valentía y no de esa repugnante sensación: la de haber rechazado para no ser rechazada, un gesto de cobarde.

Maquinaciones estas mientras se extirpa con furia los pelos de las piernas. Con furia y con pinzas, conjunción contradictoria, hasta que decide recurrir a la cera caliente y arrancar de verdad. Como un rato atrás la cara, pero ahora sí arrancando, extendiendo la cera y pegando el tirón en medio de los humos, quemándose, arrastrando leves velos de piel en cada tirón, revolviendo el caldero. Cera negra. Llamas.

El baño se ha vuelto a enfriar al final de esta nueva etapa. Sin desanimarse, Amanda cambia por segunda vez el agua y le agrega sales de pino. Sales y más sales hasta que toda la casa se va llenando de aroma a pino, como un bosque. Entonces se mete en la bañera y se va a pasear por ese bosque que es el de los veranos de su infancia. Pinos murmuradores de agua con el viento, y a los pies el crujir de las agujas, mullidos colchones algo hirsutos, muy a tono con Amanda. Había sapitos negros de panza colorada y amarilla en los pinares. Sapitos blandos como trapos que dejaban un charquito en la mano del que lograba agarrarlos: unas gotas de pis, defensa inútil. Toda defensa es inútil pero quizá no tanto, intuye Amanda. Y para comprobarlo del pis de los sapitos pasa al propio, manando con toda calidez de su cuerpo a la menos cálida tibieza del agua de la bañera y ella suntuosamente sumergida en ese mar contaminado por sus propias aguas, rodeada de sí misma. Extática. Su privado calor interno ahora rodeándola en el bosque de pinos con rayos de sol que se filtran entre las ramas y le confieren una especie de halo. Un aura dorada entre la espuma blanca.




IV

Nuevos bríos con el nuevo día. Decirle buendía, día, como para congraciarse con él y tenerlo de su lado. Muchas sensaciones se han ido aclarando durante la más bien insomne noche, muchos sentimientos han recuperado su verdadera intensidad no del todo diáfana. Y la rosa olvidada sobre una mesa ya marchita por fin, entregada a su muerte. Entonces Amanda, lista para recuperarse a sí misma, se prepara una taza de té con gusto a sol, dorada, se viste con sencillez y asoma las narices a la calle. Rosa roja en mano, reseca y pinchuda, la rosa, Amanda se echa a caminar y caminar conociendo su meta. A las tres cuadras descubre: toda de blanco vestida, como en el soneto del Dante pero no tanto la suspirada Beatriz, no, más bien con pinta de enfermera.

-Ma sí. Si lo que quiero es curarme.

Curarme, ojo, no emponzoñarme, no pincharme con espina de rosa como establece la romántica tradición decimonónica, no sucumbir a la trampa literaria más de lo necesario, más de lo que una ya sucumbe por el hecho por demás literario de estar viva.

Amanda camina a marcha forzada atravesando calles, plazas, parques, descampados, el puente peatonal, cuidando de conservar un aire lo menos sospechoso posible. Avanza con la sensación de estar cometiendo un acto subversivo simplemente por querer ir hasta el río a tirar esa rosa muerta para alejar de sí la mala suerte, como si se tratara de un espejo roto. O de una pieza comprometedora. Amanda siente que esa rosa cargada por el Coyote es como un arma que le hace correr mil riesgos. Irónico sería el fin suyo: en la cárcel por portación de rosa. Pero en definitiva sabe que no se trata de un arma, ni de un espejo roto, ni siquiera de una rosa: sólo un punto final.

Seguir por eso adelante sin dejarse perturbar por policías y demás uniformados que cruza en el camino, seguir para alcanzar la meta, la avenida Costanera. Y de golpe desplegándose frente a sus ojos a pérdida de vista ese inquietante, infinito poncho de vicuña que es el río, ondulado por soplos secretos.

Amanda se acerca al parapeto y lo va recorriendo hasta dar con un muelle en semicírculo que la lleva justo sobre la lamida de las mansas olitas, un plaf plaf de saludo. A esas dulces ondas que apenas salpican les arroja la rosa. Roja. Para las aguas pardas.

Sic transit, murmura Amanda no haciendo alusión a la pinchuda que se va bogando sino a la gloria de quien se la entrego dos noches atrás como una ofrenda (una ofensa). La gloria del Coyote, por lo tanto, queda en lo que a Amanda respecta y en virtud de esta humilde ceremonia ahogada para siempre en las aguas opacas del olvido. Abur.

Para convencerse de su rechazo Amanda se larga a vagar por Palermo y la eucalíptica dulzura le va peinando el alma. Reconstruyéndola, devolviéndole aquello que había ido perdiendo en la huella del Coyote.

Mucho más liviana de lastre, casi renovada, emprende a mediodía el camino de regreso no sin antes decidirse a cerrar el ciclo coyoteano con un acto vegetal: elige cuidadosamente una plantita silvestre de bellas hojas granate y la arranca de raíz. ¡Eso sí que es actuar por propia iniciativa! Porque el jardín de su terraza es obra del Coyote.

Él lo fue armando con paciencia, trasplantando los yuyos más decorativos, robando una que otra planta, juntando gajos y rescatando macetas abandonadas hasta dejarle a Amanda una tupida fronda. La selva.

Por eso esta nueva plantita de hojas enruladas es la prueba de que Amanda no necesita más del Coyote para cultivar su jardín externo. ¿Y el interior? Bien podría tratarse del mismo jardín, el afuera y el adentro amalgamándose. De vuelta en su terraza, entre las plantas, mientras las riega con la manguera comprada e instalada por el propio Coyote -el anulado- Amanda empieza a sentirse libre, por fin libre, y va esbozando un baile de apasionada coreografía que crece y crece hasta hacerse violento, incontenible. Baila Amanda con la manguera, la florea, se riega de la cabeza a los pies, se riega largo rato y baila bajo esa lluvia purificadora y vital.

Libre, libre, canta aún en el baño mientras se quita las ropas empapadas, las sandalias empapadas. Libre, sin siquiera secarse, poniéndose a hacer gimnasia desnuda frente al espejo de cuerpo entero. Libre, mientras flexiona las rodillas, libre, libre, cantando.

Y el espejo paso a paso le devuelve las formas y le confirma el canto.





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