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Chañarcillo

Versión íntegra

Antonio Acevedo Hernández



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Esta obra fue reestrenada por el Teatro Experimental de la Universidad de Chile en 1953, de acuerdo al siguiente reparto:



PERSONAJES
 
ACTORES
 
UN MINERO.JORGE ACEVEDO.
CANTORA PRIMERA. COCA MELNICK.
EL CERRO ALTO.ROBERTO PARADA.
LA RISUEÑA. CLAUDIA PAZ.
CARMEN.FANNY FISCHER.
ATIENZA,   Minero rico.RUBÉN SOTOCONIL.
DON PATRICIO. JORGE BOUDON.
SEBASTIÁN,   Minero.FLOVIO CANDIA.
CANTORA SEGUNDA.KERRY KELLER.
LA PLANCHADA,   Maclovia.BÉLGICA CASTRO.
MATILDE,   Cantora.SHENDA ROMÁN.
EL VERDE CÁRDENAS. FRANCISCO MARTÍNEZ.
CANTORA TERCERA.MECHE CALVO.
EL CHICHARRA. DOMINGO TESSIER.
PEDRO EL SUAVE. AGUSTÍN SIRÉ.
ÑO SE FUE.EMILIO MARTÍNEZ.
EL MAYORDOMO.PEDRO ORTHOUS.
JOAQUÍN,   Minero. LUIS A. FUENTEALBA.
CHANCACA.CARLOS GAREFA.
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EL MINERO JOVEN.ALFREDO MARIÑO.
EL GRINGO. VALERIO ARREDONDO.
EL HOMBRE DEL DESIERTO.EUGENIO GUZMÁN.
EL SUJETO BIEN VESTIDO. HÉCTOR MAGLIO.
MINEROS. ENRIQUE MARÍN, HÉCTOR ORTIZ, RENÉ VILLEGAS, MARIO LORCA.
ACOMPAÑANTES DEL SUJETO BIEN VESTIDO. SERGIO ARRAU, RAMÓN SABAT, HERNÁN YÁÑEZ, JAIME MORÁN, JORGE MENDOZA, JAIME FERNÁNDEZ, PATRICIO RÍOS.

Actuación especial de MARGOT LOYOLA

Dirección: PEDRO DE LA BARRA



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ArribaAbajoEtapa Primera


ArribaAbajoLa pulgada de sangre

 

Fonda en el pueblo de Juan Godoy. Es una taberna donde se vende de todo, desde el vino, que se presenta en toneles, odres y cántaras, y comestibles; entre otros, charqui, que se exhibe colgado en ristras y el queso en zarandas, hasta los artículos femeninos de más lujo; igualmente, arreos de mineros y también perfumería. Naturalmente, hay mostrador o mesón y armario que corren adosados al muro de la izquierda. Una cortina disimula una puertecita que conduce a las habitaciones particulares de DON PATRICIO, el propietario del negocio, que es de un abigarramiento definitivo. Además de la puertecita de la izquierda, hay una gran puerta a la derecha abierta a la calle. El muro del foro juega, es decir, puede alzarse. Hay, desde luego, mesas y taburetes ocupados por los clientes, mineros en su totalidad.

 
 

A telón corrido, se oyen los últimos versos de una tonada, seguidos de una gran algazara.

 
 

Sube el telón. En este momento, LA RISUEÑA (ANITA), una   —10→   muchacha bajita, entrada en carnes, que tanto puede tener catorce como veinte años, huye, riendo a carcajadas, de GABINO ATIENZA, minero rico, que ha encontrado un filón riquísimo que lo ha hecho millonario de un día a otro. ATIENZA conserva sus gustos antiguos, cree que la felicidad consiste en todos los derroches y los realiza. EL CERRO ALTO (A. DONOSO) sale de atravieso y coge a LA RISUEÑA. Simultáneamente hablan -como se detalla más adelante- los personajes. Sobre el sitio destinado al baile, que está al fondo ocupando más de la mitad de la escena y que consiste en una tarima como un pequeño escenario, están las dos CANTORAS, de arpa y guitarra, y las TAÑEDORAS. Detrás del mostrador, DON PATRICIO, gordo y satisfecho, muy cruel o muy indiferente, agente y promotor de todo lo que pueda producir dinero. Sentada en un piso bajo, LA PLANCHADA (MACLOVIA), una mujer de edad indefinible, flaca, sin formas; es una celestina consagrada y repugnante; junto a un brasero toma mate, muy alegre de lo que pasa. Ella y todos celebran la cacería a carcajadas. LA RISUEÑA ríe también, pero su risa cubre el llanto.

 

VOCES.-  ¡A que no la pilla!

UNA CANTORA.-  No te arranquís pa juera, zamba, porque te friegan.

EL CERRO ALTO.-  Párate mejor, zamba, tenís que caer no más. Y t'estái encalillando mucho. Hoy día tenís qu'irte conmigo.

LA RISUEÑA.-   (Asediada en forma terrible por los dos   —11→   hombres, cae de rodillas implorante; pero siempre riendo. Entre carcajadas habla.)  ¡Déjenme, háganlo por Dios; déjenme que ya me muero! ¡Ayayaicito!

 

(Cae entre convulsiones.)

 

VOCES.-  Le dio la pataleta.

LA PLANCHADA.-  Se hace la zorra renga. Es así cuando le quiere amarrar el cuero a alguien... Es así.., y cuando le da de veras... se le pasa con un trago.

GABINO ATIENZA.-  Venga un vaso grande.

LA PLANCHADA.-   (Pasándolo.)  Aquí tiene.  (Empiezan a dárselo. Trata LA RISUEÑA de defenderse y la inmovilizan, vertiendo después el vino en su boca cerrada, que le abren a la fuerza con un cuchillo. El vino corre por su cuello y busto. Todos se han aproximado y ríen con mucho placer.)  Esto es pa que no te dé más la pataleta, pa que no engañís más a nadie.

LA RISUEÑA.-   (Muy vejada y colmada de indignación, se levanta.)  ¿De modo que no me pueo defender de estos hombres tan crueles y tan cobardes, y de estas mujeres tan malas? No'stoy enferma... ¡Quiero que me dejen tranquila! Me gustaría morirme... Morirme antes de estar aquí con ustedes ¡Me tratan peor que a una bestia! Y toos ustedes son bautizaos... ¡y han tenido madre y me tratan así! ¿Es que yo no soy mujer?

EL CERRO ALTO.-  ¿Mujer? Qué vai a ser mujer vos... Soi... un peacito en cangalla pa que toos te lleven y te traigan... Vos tas aquí pa divertir... y si no lo querís   —12→   hacer, me voy a divertir harto con vos.

 

(La tira hacia arriba, recogiéndola en el aire.)

 

LA RISUEÑA.-   (Ríe y llora y dice como en un ritornello trágico, muy debilitada la voz.)  Dejenmé, dejenmé...

EL CERRO ALTO.-  ¡Te venís conmigo! ¡Vamos, ya!

LA RISUEÑA.-  ¡No..., no pueo, no! ¡No quiero! ¡No! ¡Mátame, es mejor! ¡Mátame!

 

(Él la toma en sus brazos y se dispone a salir, cuando entra LA CARMEN, mujer de veinticinco años, morena y resuelta.)

 

EL CERRO ALTO.-   (La suelta de golpe.)  Carmencita, siempre tan guapa... Agora sí que voy a bailar... Toquen refalosa, niñas.

LA CARMEN.-   (Que ha atendido a LA RISUEÑA Conmigo no vas a bailar; yo no bailo con perros.

EL CERRO ALTO.-  Ya le hago una biricoca, ya, y le doy muerte e conejo, por insolente.  (Cuando este personaje habla, todos celebran, porque le temen; es de alta estatura y de fuerza poco común.)  ¡Ya, vení a bailar!

LA CARMEN.-  No quiero, ¿no me oíste?

ATIENZA-  Tengamos calma, señores, divirtámonos como caballeros. Toos estamos aquí persiguiendo a la suerte, que pa muchos es color del viento; a toos nos llaman los derroteros que tienen riqueza y que tienen muerte. El cerro es como la mujeres, que se dan... algunas veces sin preguntar a quién, y otras veces... pa qué hablamos. Agora, que la cosa es sin picarse, Cerro Alto; somos harto amigos, y en nombre   —13→   d'esa amistá hablo. Vengo de Copiapó a rendirle un homenaje a la Carmelita. Yo m'iba a mi tierra, debí embarcarme en Caldera hace cuatro días, pero no púe hacerlo sin despedirme d'ella, que me parece tan simpática y tan... hombre.

TODOS.-  ¡Viva la Carmen! ¡Viva!

ATIENZA.-  Toos los que no tengan plata, los enfermos, los tahúres perdidos, toos los que necesiten, aquí'stá Gabino Atienza, que tiene socorro pa toos, qu'está dispuesto a dar too lo que a él le dio el cerro.  (Tira el dinero y lo arroja por la puerta izquierda.)  A un perro le rompí las costillas a pataconazos. Don Patricio, quiero brindar por mi negra en este vasito.  (Ha tomado un vaso de la mesa.)  Póngame del barril del mejor vino que tenga, en este vasito; es pa ella, pa ella, ¿entiende?, y quiero que sea del mejor.

TODOS.-  ¡Vivan los lachos que saben querer!

LA CARMEN.-  Pero, señor, yo...

ATIENZA.-  Niñita, zambita de oro, no me diga na, no hable na... El que en este momento habla soy yo, que le voy a rendir un homenaje; un modesto trago de mosto... Si quiere mi sangre, mi sangre le doy... Si quiere mi corazón pa echarlo al trapiche, échelo al trapiche... ¡Tan agraciá y tan tirana qu'es! ¡tan..., no es ni güenamoza y tanto que la quiero!

EL CERRO ALTO.-  Amigo Gabino, le voy a dar en el gusto, porque veo que se le va a perder el derrotero, así como a mí y a toos. Si a esta damita -que toos sabimos quién es- no le gusta ni Dios del Cielo.

  —14→  

LA RISUEÑA.-  Ella los quiere a toos.

DON PATRICIO.-  Este barril tiene el mejor mosto.

 

(Lo ha escogido con todo sosiego, y con él, LA PLANCHADA, con la que ha cambiado gestos de inteligencia.)

 

ATIENZA.-  Yo los dejo hablar no más, m'hijita, sé que voy bien... A mí los derroteros no me engañan.  (Toma el vaso.)  Por usté y pa usté este modesto traguito.  (Vacían en el vaso todo el vino del barril, el vino se derrama y sale hasta la calle. Hay expectación; los presentes han formado un corro. Al centro, LA CARMEN, muy impresionada, sigue la operación. Cuando sale el último vino, el minero dice:)  Aquí está el alma del vino..., el alma es pa usté. Sírvasela y en este momento piense en mí, que sería capaz de dale mi vía a tragos... Piense que el derrotero que m'hizo rico lo hallé nombrándola a usté. ¡Qué tiene esta zamba fea que uno la quiere tanto!

LA CARMEN.-  Pensaré siempre en usté, porque sé que no merezco homenajes como éste, que le agradezco. Pero, créame, no quiero su cariño; ni creo en él, ni en el de nadie... Yo no soy más que una mujer más... Por usté...

ATIENZA.-  Hágamela.

LA CARMEN.-  Se l'hago... Estoy contenta; en este momento pienso en mi madre, ¡en nuestras madres, Risueña!

LA RISUEÑA.-  ¡En nuestras madres, Carmen!

 

(Se abrazan.)

 

LA CARMEN.-   (Bebe.)  Por usté.

 

(Le da el vaso a ATIENZA.)

 

  ATIENZA.-Por vos, que decís tantas cosas tristes; porque no se me brocee este cariño, que es el último, el más   —15→   soñado y el más bonito.

 

(Beben; todos aplauden.)

 

DON PATRICIO.-  ¿Y esas cantoras tan entumías? Un cogollo pa Gabino Atienza.

 (Cantan las CANTORAS una tonada que termina con el siguiente cogollo.)  



La fortuna es inconstante
llega cuando no se piensa;
así llega el fino amante
que es don Juan Gabino Atienza.

Trae fortuna y amor,
trae una pasión inmensa,
pero es duro el corazón
del amor de Juan Atienza.

Para don Gabino Atienza
derrotero floreció,
que Dios le abra bien los ojos
y vea el corazón mío...,
y vea el corazón mío...

 

(Todos aplauden. ATIENZA les da dinero a manos llenas a las CANTORAS y les llena la guitarra de pesos.)

 

ATIENZA.-  ¡Una corría general, quiero que toos estén contentos, y que cada uno tome trago por mi zamba!

 

(Todos beben y alguno brinda.)

 

LA CARMEN.-  Yo tomo por toos, y... porque Atienza no me quiera, no me gusta que me quieran.

ATIENZA.-  Ahora, señores, los convío a toos. Don Patricio tiene aquí en su labor un pique brujo aonde nos   —16→   vamos a servir una meriendita en honor de la niña que tanto querimos.

 

(Pasan todos, menos LA PLANCHADA y las CANTORAS. Llegan y salen mineros que ocupan las mesas o beben en el mostrador.)

 

LA PLANCHADA.-   (Aludiendo a LA CARMEN.)  Si esta zamba no fuera lesa, lo dejaría como cuesco al tonto de Gabino Atienza. Y es fea la tonta... ¡Qué le hallarán los hombres! ¡Creo en Dios Padre, qué tontos son los hombres!

UNA CANTORA.-  Desechan la suerte... A mí me tocara...

LA PLANCHADA.-  Eso de la suerte es cuestión de decir sí...

UN MINERO.-  Por decir tanto sí te fregaste vos.

LA PLANCHADA.-  Vos te callái, roto intruso, perejil sin hojas... Digo que es cuestión de decir sí a tiempo..., cuestión de ojito, de estirar la mano y de sacarla cerrá. Los hombres son como los relámpagos en materia de amor, se apagan en cuanto nacen. Hay, pues, que aprovecharlos.

 

(Aparece DON PATRICIO.)

 

DON PATRICIO.-   (A LA PLANCHADA.)  ¿No es hoy cuando tiene que venir Meneses, pa verse con El Verde de la Mina Olvidada?

LA PLANCHADA.-  El caballero ese..., El Verde..., ya'stuvo aquí preuntando por él. El pobrecito viene cayendo del nial... Y también anda ladiao de la Carmen. Parece qu'esa tonta fea tiene piedr'imán.

UNA CANTORA.-  Te escuece a vos que tanto sabís y que te habís eido en banda..., too se te ha brociao...

LA PLANCHADA.-  ¿Sos hablaora vos, no?

 

(EL VERDE -GERMÁN CÁRDENAS- golpea la puerta.   —17→   Es un señor de cuarenta años, de buen aspecto; ha venido a Chañarcillo a enriquecerse y no tiene idea de la gente con que trata. Es generoso y algo ingenuo.)

 

EL VERDE CÁRDENAS.-  ¿Se puede entrar?

LA PLANCHADA.-  En hablando del rey de Roma, luego asoma. En este momento nos acordábamos de usté..., lo'stábamos esperando.

DON PATRICIO.-  Cuánto gusto de verlo.

 

(Le ha estrechado la mano. EL VERDE ha saludado efusivamente a LA PLANCHADA.)

 

UNA CANTORA.-  Nosotros no seremos gente, a la Maclovia no más la saluda.

EL VERDE CÁRDENAS.-  Dispensen, es que...

 

(Las saluda igualmente y acaricia la barba de una de las CANTORAS. Mira después como buscando algo.)

 

UNA CANTORA.-  Sea por Dios, ya se le perdió la Carme... Cuando venga la voy a'marrar de una patita.

LA PLANCHADA.-  Tan apetitoso... o goloso qu'es... Cómo serán las que tiene en su tierra, onde dicen que son tan lindas las mujeres..., y aquí anda mirando ese susto que es la Carmen...

EL VERDE CÁRDENAS.-  Si no..., si yo..., me voy por l'amistá no más.

LA PLANCHADA.-  No diga, si se le conoce qu'es fino pa'l amor...

 (Él sonríe con vanidad y rubor.) 

DON PATRICIO.-  Pero déjenlo alguna vez, cargante. Parece que usted, señor Cárdenas, anda trayendo liga; en dos días se ha levantado a todas las mujeres...

LA PLANCHADA.-  Y tiene que andarse con cuidado, que aquí   —18→   los zambos son de mal genio...

 

(Risas.)

 

UNA CANTORA.-  Yo le defiendo.

DON PATRICIO.-  ¿Usté viene a ver a Meneses? Aquí'stuvo y se aburrió de esperarlo. Y créame que yo me alegro de poder hablar con usté antes que cierren el trato. Le diré que el negocio de la Mina Olvidada es bueno; lo querría hacer yo; pero usté habló primero y no tengo ni que gestiar. La suerte es pa quien es y no hay más.

EL VERDE CÁRDENAS.-  Es que si usté tiene interés... yo me retiro. Creo que a usté le corresponde...

LA PLANCHADA.-  Onde habrá como un hombre generoso.

EL VERDE CÁRDENAS.-  Yo soy así.

DON PATRICIO.-  Pero yo no puedo despojarlo, no puedo quitarle su negocio..., yo no soy desleal. Lo único que me atrevería a proponerle es que me asocie; seríamos tres: usté, Meneses y yo... ¿Qué le parece?

EL VERDE CÁRDENAS.-  ¿Usté conoce la mina?

DON PATRICIO.-  Tengo aquí muestras. Es pura piña, plata pura, no se ha visto nada mejor. Vea.  (Le muestra varias piedras plateadas.)  A cincel vamos a cortar la plata. Hay que agarrar luego a Meneses, antes que se le ocurra meterse con los ricos que pueen explotar el asunto en grande.

EL VERDE CÁRDENAS.-  ¿Cuánto se necesitará?

DON PATRICIO.-  Con quince mil pesos más o menos...

EL VERDE CÁRDENAS.-  Yo los pongo.

LA PLANCHADA.-  Me gustan los hombres determinaos; cuando la Carmen lo sepa va'bailar en una patita...

DON PATRICIO.-  Ahora yo creo que sería bueno que usté se   —19→   fuera, que no se mostrara mayormente interesado... Él va a venir luego a buscar trabajo aquí.

LA PLANCHADA.-  Yo lo tengo bien aguachao, y no lo voy a largar. De mí no tiene que olvidarse...

DON PATRICIO.-  Si no fuera que está aquí mi socio, te habría dado unos buenos azotes por interesable, zamba tal por cual.

EL VERDE CÁRDENAS.-  Tiene razón, todas alcanzarán.

LAS MUJERES.-  ¡Viva! Cómo no se va a querer a un hombre así.

 

(CÁRDENAS sonríe y se dirige a la puerta.)

 

EL VERDE CÁRDENAS.-  Hasta luego, me voy confiando en ustedes... Hagan lo que puedan, ya saben que yo no conozco estas cosas. Tengan la seguridad de que yo sé agradecer...

DON PATRICIO.-  Váyase confiado. Quedamos en que me asocia, no se olvide.

EL VERDE CÁRDENAS.-  ¡Cómo se le ocurre, claro, pues!

LA PLANCHADA.-  ¡Qué lindo pueblo debe ser Chillán! Cuando se vaya me lleva, ¿no?

EL VERDE CÁRDENAS.-  Con mil amores. Pero si me pongo a platicar no me voy a ir nunca. Saludos a la Carmelita...

 

(Mutis.)

 

UNA CANTORA.-  ¡Pobrecito! Ta sin pelo e marca, se le puee sacar leche.

LA PLANCHADA.-  Creyó que esa piedra con azogue era de plata.

DON PATRICIO.-  Pero la muestra que le di ayer es harto buena.  (Pausa.)  Yo no lo creía tan..., es blando como cera.

LA PLANCHADA.-  ¡Yo lo cirqué! ¡Guagüita!

 

(Risas. Aparecen   —20→   JUAN, EL CHICHARRA; PEDRO, EL SUAVE, y ÑO SE FUE.)

 

EL CHICHARRA.-  Güenas noches, don Patricio... ¿Cómo dice que está el ponche?

DON PATRICIO.-  Cómo quiere que esté...

EL CHICHARRA.-  Ponga una corría.

DON PATRICIO.-  A ningún flojo se lo ha dicho. Planchá, al derrotero. Yo me voy a ver la gente, ya se lo habrán comido todo. Gabino Atienza..., pues, tiene una fiestoca y ustedes saben cómo es. Anda con una niña.

 

(Mutis.)

 

LA PLANCHADA.-   (Sirviendo.)  Adivina, Chicharra, quién es.

EL CHICHARRA.-  No soy bueno yo pa las adivinanzas.

LA PLANCHADA.-  Este Juancho... Habla como si su prenda no l'importara...

EL CHICHARRA.-  Si ha de venir, vendrá sin que la llame con la boca; vendrá porque la pide mi corazón.

Ntilde;O SE FUE.-  En puerta...

LA PLANCHADA.-  Sírvete, pues; sírvanse, señores.

EL CHICHARRA.-
A mí me llaman Chicharra
y soy bueno pa cantar;
soy valiente pa pedir
y cobarde pa pagar.

 (Bebe.) 

LA PLANCHADA.-  Tan asegurado que se cree éste con su pior es na. Se figura que a la mujer se la puee sujetar haciéndole cariño, como a los perros. No sabís que andan quienes tienen mucha plata...

EL CHICHARRA.-  Sé que hay mineros con plata y mujeres   —21→   intrusas y maleras que de too quieren sacar pan y peazo.

LA PLANCHADA.-  A lo mejor t'estái figurando que yo m'he metío en tus asuntos... El que no quiere no más, no piensa mal de una...

Ntilde;O SE FUE.-Ave Marida, niña por Dios.

EL CHICHARRA.-  Y pa qué querrá plata esta... lindura, parece pescao seco... Y ni pa un apetito sirve. Cuentan que tenía antorchao a un ciego y qu'éste le amarró el cuero.

 

(Risas.)

 

LA PLANCHADA.-  De amarraúra de cueros va la luna. Voy a tomar un trago por tu novia..., prenda de otro.

 (Bebe.) 

Ntilde;O SE FUE.-  Ya se fue, ya se fue al mordisco la perra...

LA PLANCHADA.-  Me voy a poner a rezar, tal vez...

Ntilde;O SE FUE.-  Deja tranquilos a los santos... Oye, ¿querís que hagamos un negocio?

LA PLANCHADA.-  Háblale.

ÑO SE FUE.-  ¿Cuánto me pagaríai a mí -que tuavía manijo como caballo- por consolarte, ah? Toy muy aburrío y quiero... aunque sea fregarme. Te diré, sí, que tengo una correa bien refirme y que toas las zambas que me l'han pegao se han eido de mi lao con el espinazo sin pellejo...

LA PLANCHADA.-  Le diré que yo tamién m'estoy aburriendo... y que si hago el negocio le avisaré a tiempo... Ya veremos quién tiene mejor rebenque... Y ¿qué dice, don Suave, cómo le va?

PEDRO EL SUAVE.-  Ahí vamos, suavecito siempre. Escuchando lo   —22→   que habla la gente y envidiando a las piedras, que no tienen lengua.

ÑO SE FUE.-  Echó su talla. A tu salú, Suave.  (Bebe.)  Y porque a mi amigo Chicharra no se la pegue ninguna mujer.

EL CHICHARRA.-  La verdá es, amigos, qu'esto de la mujer es un juego muy embriscao. Ustees saben que yo vine del sur, que soy lo que se llama un maucho. Vine... no sé por qué... Tenía fuerzas en los hombros y firmeza en las piernas y me llamaban los caminos... Cuando cantaba, parecía que me contestaban dende lejos.

Ntilde;O SE FUE.-  Se desplica el maucho lechero.

EL CHICHARRA.-  Yo miraba a los güeyes tan pacientes y tan grandes y hacía surcos chuecos, muchos surcos, despacito, despacito, y toos iguales. El día era largo y pesao, la plata muy poca y la pobreza callá... Si alguna vez encontraba escasos los seis centavos de mi socorro y lo decía, el mayordomo me azotaba amarraíto. Una vez me defendí... ¿y que no se me pasó la mano, pues? No me quedó otra que arrancarla culebriao por el primer camino que encontré. En Chile m'enganché pa las minas; llegué aquí, y me hice cumpa con el capacho, que en los primeros días me mordía hasta el alma, y bajé y subí por las escaleras de patilla, al principio con temblores de muerte, hasta que me acostumbré. Ya no le tengo mieo a la mina, ni a la fatiga; soy un apir, colao y nunca me ha pescao muy feo l'ambición.

  —23→  

UNA CANTORA.-  Pero aquí dentra la Carmen.

EL CHICHARRA.-  Es cierto que dentra la Carmen, que no sé de aónde vino ni por qué vino. Aquí dentra la Carmen, que no sabe que la quiero; no se lo hei dicho, ni se lo diré nunca.

LA PLANCHADA.-  Al justo salió. Estos son los enamoraos que a mí me gustan, éstos que miran de lejitos y que se alimentan con la saliva'el tricao.

PEDRO EL SUAVE.-  A mí me parece bien. La mujer, amigos, es más trabajosa que esos derroteros brujos que los esconde el diablo. La mujer ta a nuestro lao y al mismo tiempo muy lejos... Hablándonos a nosotros, dice sus recuerdos o le habla a otro que se hace el leso.

EL CHICHARRA.-  Güeno, como sea... Yo a la Carmen la quiero y la Carmen... no lo sabe... Tengo pena... Pásenme un trago pa echale encima... y pa tener valor p'hablar.

 (Le pasan un jarro.) 

UNA CANTORA.-  ¿Cree que la Carmen no sabe que lo tiene voltiao? Maucho tonto. Si hasta las piedras saben que andái ladiao d'ella.

EL CHICHARRA.-   (Bebiendo.) 


Tengo una pena amarilla
y un sentimiento morao,
una rabia cardenilla
y un suspiro colorao.

PEDRO EL SUAVE.-  Eso es lo que debís hacer, sacar versos y cantarlos. Canta pa que olvidís, te irá mejor.

TODOS.-  ¡Que cante!

  —24→  

EL CHICHARRA.-  Que alguien me acompañe, tengo los deos a mal traer.

UNA CANTORA.-  Con tu amiga.

 

(Lo acompaña y él canta, o recita, «El embajador minero», de Liborio Salgado. Mientras canta, sale EL CERRO ALTO trayendo a la fuerza en sus brazos a LA RISUEÑA, que patalea, ríe y llora. Entra DON PATRICIO, que parece muy divertido con la gracia; ríen las mujeres, LA PLANCHADA y las CANTORAS, también algunos mineros, que durante todo el acto ocuparán las mesas jugando a las cartas o bebiendo.)

 

LA RISUEÑA.-  Pero ¿no ve, Don Patricio, cómo'stá Donoso aquí? Yo no pueo resistir más. No sé qué s'estará figurando. Sosiéguese, señor, si no me deja tranquila, me voy...

EL CERRO ALTO.-  ¡Ya! ¡Andate, ándate altiro! Hei ta el camino.

 (Hace ademán de tirarla a la calle; la niña llora, ya vencida.) 

PEDRO EL SUAVE.-   (Interponiéndose.) Cerro, ya'stá güeno, deja esa chiquilla.

EL CERRO ALTO.-  ¿Vos me venís a mandar?

PEDRO EL SUAVE.-  No. Yo no mando a nadie. Te digo que la dejís... Porque... lo que hacís no es cosa de hombre. Déjala.

EL CERRO ALTO.-   (Dejándola. Ella instintivamente se acerca a EL SUAVE.)  Le voy a rogar al señor Suave que no se meta más en mis asuntos, porque de repente voy a perder la paciencia.

PEDRO EL SUAVE.-  ¿Y qué pasará cuando perdái la paciencia?  (EL SUAVE habla con mucha calma y sonriendo.)  Vos   —25→   sabís que yo no soy intruso... y que conozco, la vía.

EL CERRO ALTO.-  Te parece a vos.

PEDRO EL SUAVE.-  Vení, mocosa.  (La acaricia el pelo.)  Esta chiquilla tan chica y tan arrejá ha llegao a Chañarcillo confiá en que viviría entre hombres.

EL CERRO ALTO.-  Nos vai vos a enseñar a hombres.

PEDRO EL SUAVE.-  ¿De aónde viniste vos?

LA RISUEÑA.-  De Santiago.

PEDRO EL SUAVE.-  ¿Por qué viniste?

LA RISUEÑA.-  No sé..., vine a trabajar... Decían que aquí too era plata, y que la gente era generosa y güena... Vine porque estaba sola...

PEDRO EL SUAVE.-  ¿La oyen? Estaba sola, guacha, seguramente. Era, antes de venir, muy desgraciá. Vino... ustedes saben a qué... tal vez a buscar un amparo... a alguien que la quisiera como padre, como hermano y como... quieren los hombres, y se ha encontrao solamente con bajezas, malos tratos... cobardías; se ha encontrao con vos, figúrate.

EL CERRO ALTO.-  Y con vos, que te hacís el leso.

PEDRO EL SUAVE.-  Yo creo, amigos, que la tratamos mal; ya ha llorao mucho, ¿pa qué afligirla más?

EL CERRO ALTO.-  Parecís cura misionero... Vos dirís a qué horas empezamos a sacar ánimas del purgatorio.

 

(LA CARMEN y los demás personajes han salido y están a la expectativa.)

 

DON PATRICIO.-  Este Suave s'está poniendo muy desengáñame con el tiempo... Esta chiquilla no sirve pa na, la tengo de lástima y tuavía amenaza con irse.   —26→   ¡Ya! ¡Andate al tiro, ya, fuera!

LA RISUEÑA.-   (Se ríe con una carcajada indefinible.)  Bien, señor. Me voy. (Mira a los personajes y se dispone a salir.) 

LA CARMEN.-  Risueña, espérame, nos iremos juntas.

DON PATRICIO.-  ¡Tú no!

LA CARMEN.-  ¡Ella tampoco!

LA RISUEÑA.-  ¡Carmelita!

EL CHICHARRA.-  ¡Carmen! Esa es mujer. ¡Me dan ganas de abrazarte!  (LA CARMEN ha salido a colocarse junto a LA RISUEÑA.)  ¡Unas ganas de decirte que te quiero!

LA CARMEN.-  Abrázame. Hace mucho tiempo que te iba a decir que me abrazaras. Y te voy a decir por qué. Cuando recién llegaste, me hiciste, sin darte cuenta, un servicio muy grande.

EL CHICHARRA.-  ¿Yo?

LA CARMEN.-  Vos. Me defendiste de un grosero... Yo te miré y vi que erai distinto... que hasta teníai otra voz... Además erai alegre y cantabai... y no llevabai, como toos, el cuchillo pronto, hacíai valer las palabras...

EL CHICHARRA.-  Carmen, a veces las palabras no valen.

PEDRO EL SUAVE.-  El corvo, el cuchillo, Carmen, no es extraño al minero, como no lo es la uña maestra al puma... El corvo es la continuación del brazo, es... cómo lo diría... es lo que refuerza la palabra, que así es como una escritura... Aquí los niños quieren tanto al corvo y desprecian tanto el dolor, que juegan a la pulgá de sangre, que es un jueguecito que, como toos   —27→   saben, consiste en pelear con un cuchillo al que se le ha dejao libre sólo una pulgá de fierro pa que acaricie la carne. Pero estamos tristes, Don Patricio, un trago pa toos.

ATIENZA.-  Señores, el que paga soy yo. Yo, que soy minero como ustedes, vine a hacerle un homenaje a la Carmelita y ella está conmigo...

LA CARMEN.-  Señor, yo no estoy con nadie; acostumbro estar conmigo misma. Usté me hizo lo que llama un homenaje, que le agradezco; pero debo decirle que esa... manifestación no me obliga a ninguna cosa, y que no me interesa su plata ni na suyo. A mi lao puee estar, siempre que lo desee, mas le ruego que pierda toa otra esperanza que puea tener.

ATIENZA.-  Es que a mí no hay mujer que me diga esas insolencias. ¡Yo pago!

LA CARMEN.-  ¡Pero yo no me vendo!

EL CERRO ALTO.-  No te vendís... agora...

LA CARMEN.-  ¡Ni nunca! ¡Canalla!

 

(EL CERRO ALTO ríe sarcásticamente.)

 

LA RISUEÑA.-  ¡Cobarde!

EL CERRO ALTO.-  ¡Cállate, gorgojo!

EL CHICHARRA.-  Parece mentira que gocen insultando a las mujeres...

EL CERRO ALTO.-  Si no te gusta, saca la cara por ella, pue, guapazo... Me da rabia, te agarro, te doy doce palmás en el trasero y te mando a acostarte.

LA PLANCHADA.-  Apesta..., es mucho decirle.

LA CARMEN.-  No hagái caso...

  —28→  

EL CHICHARRA.-  Cuando querái, pégame las palmás.

VOCES.-  (En la puerta derecha.)   Los que quieran divertirse que vengan a jugar a la pulgá de sangre.

EL CERRO ALTO.-   (Toma con violencia del cuerpo a JUAN y, sacando su cuchillo, dice.)  ¡Anda! Los dos vamos a jugar a la pulgá de sangre.. En la cara te voy a poner las letras dé mi nombre.

LA CARMEN.-  Déjalo, cobarde; él es hombre de trabajo, no de presa como vos.

EL CERRO ALTO.-   (Tomándola de los brazos.)  A él le pondré mi marca y a vos te voy a hacer cariño... y va a ser ligerito. ¿Vis?

 

(La besa. Algunos ríen.)

 

LA CARMEN.-  ¡Asqueroso!  (Tratando de desasirse.)  ¡Suéltame!

EL CHICHARRA.-  ¡Un cuchillo, por favor!

 

(Un MINERO se lo pasa. Son escenas simultáneas.)

 

LA RISUEÑA.-   (Dándole con una silla.)  ¡Suéltala!

ATIENZA.-  ¡Yo pago too!

EL CERRO ALTO.-  ¡Váyase al infierno con su plata! ¿Usté cree que se la voy a entregar? ¿Usté cree que hay en el mundo quien pueda quitármela?

EL CHICHARRA.-  ¡Suéltala!

 (Cuchillo en mano.) 

EL CERRO ALTO.-   (La suelta, y al primer asalto lo desarma.)  Miren qué lión. Agora te marco.

VOCES.-¡A la pulgá de sangre, amigos!

PEDRO EL SUAVE.-  Cerro, espera. Aquí el Chicharra es amigo mío... no está acostumbrao a estas cosas... No lo marquís.

EL CERRO ALTO.-  ¿Y pa qué se mete?

  —29→  

PEDRO EL SUAVE.-  Vos lo'stai ofendiendo.

EL CERRO ALTO.-  Y vos hasta cuándo me vai a fregar.

PEDRO EL SUAVE.-  Yo no friego a nadie...

EL CERRO ALTO.-  Entonces párate vos.

PEDRO EL SUAVE.-  Con mucho gusto. Yo te juego a lo que querái, a la pulgá de sangre o... si querís te peleo a pie amarrao, como querái.

EL CERRO ALTO.-  Toma pa que aprendái a intruso.

 (Se le tira encima y lo golpea. EL SUAVE lo tiende de un golpe.) 

PEDRO EL SUAVE.-  Más sosiego... Saca tu fierro y entendámonos como hombres, ¡full en...!

 (Se levanta EL CERRO ALTO y, convulso, saca su cuchillo.) 

LA RISUEÑA.-  ¡Viva El Suave! Así son los hombres, con él te la pusiste... ¡canalla!

DON PATRICIO.-  ¡A entretenerse afuera!

 

(Se oscurece la escena. Por el transparente del foro se ven las parejas que con sus corvos juegan a la pulgá de sangre. Luego llegan hasta allí EL SUAVE y EL CERRO ALTO, LA CARMEN, LA RISUEÑA, EL CHICHARRA, ÑO SE FUE y todos los de la escena. Pelean y cae EL CERRO, que ha sido tocado varias veces.)

 

LA RISUEÑA.-   (Cuando EL SUAVE hace ademán de rematarlo.)  No, Suave, ya'stá castigao, ¡déjalo!

VARIAS VOCES.-  ¡Déjalo!

 

(Los personajes vienen a escena; quedan allí LA RISUEÑA y algunos MINEROS atendiéndolo, especialmente ella, que desgarra su pañuelo grande para vendarle las heridas. Vuelve la escena anterior.)

 

PEDRO EL SUAVE.-  Ya tiene ponche en sangre pa emborracharse   —30→   muchos días... Algo se le quitará lo matón. Ese hombre no es malo, un poco tonto no más.

DON PATRICIO.-  Qué firme soi pa los tajos. ¿De aónde diablos saliste vos?

PEDRO EL SUAVE.-  No me pregunte esas cosas, pues, Don Patricio. Nunca creí que usté pudiera meterse con los asuntos de mi mamita... Y vos, Chicharra, ya tenís una experiencia más. La palabra es güena, el canto consuela y el amor ilusiona; pero es hombre completo el que se sabe defender en cualquier forma. No habís querío aprender a manijar el corvo, fuerzas te sobran, podís llegar a ser un gran peliaor y nadie te faltará el respeto. Mañana empiezo a enseñarte y después, yo los veré...

LA CARMEN.-  Oye lo que te dice este hombre que sabe tanto y que tan lejos está de toos.

PEDRO EL SUAVE.-  A mí no me venga a roncar, gatita. El Chicharra necesita mujeres porque le hace falta sufrir. Yo me entregaré, cuando sea tiempo, a la muerte, que también es -después de too- mujer.  (A GABINO ATIENZA, que se le acerca.)  Mire, Gabino, váyase y güelva cuando se le haya espantao la rasca. No desespere. La mujer, como los caminos, tiene sorpresas; ésta, que no lo quiere hoy, lo puee querer mañana; no porfíe demasiao, eso no es cosa de hombres. Acuéstelo, don Patricio, ya enteró viaje.

DON PATRICIO.-  Tiene razón.

 

(Hace una seña a LA PLANCHADA y se lo llevan por la puertecilla del armario.)

 

EL CHICHARRA.-  ¿Sería posible, Carmela?

  —31→  

LA CARMEN.-  En la vía too es posible. ¿No es cierto, Suave?

PEDRO EL SUAVE.-  Tanta pena que tiene la gente; parece que no hubiera mineros ni gente de la que avienta la vía como la arena del desierto. Cantemos hoy, que mañana moriremos. Aquí viene La Risueña con ganas de bailar, La Risueña que ha hecho una obra de misericordia. ¡Ya, a cantar!

LA RISUEÑA.-  Un poquito más fuerte y El Cerro había quedao pianito. Me da pena cuando muere un hombre.

LA CARMEN.-  Y a mí cuando llora.

LAS CANTORAS.-
Tuve una veta de amor
y un día se me broció,
porque me falló el alcance
y el pique se derrumbó.
Minero entra a la tierra
que te aprisiona,
saca plata pa otros,
suspira y pena.
Suspira y pena, ¡sí!,
que las mujeres
no buscan en la vía
sino placeres.
Aprovecha un poquito,
dale un besito.
 

(Bailan la cueca EL CHICHARRA y LA RISUEÑA. Todos avivan clamorosamente.)

 
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ArribaAbajoEtapa Segunda


ArribaAbajoEl canto del derrotero

 

Para representar la acción en este acto y conseguir un realismo artístico dentro de los medios rudimentarios de que podemos disponer en nuestros teatros de Chile, donde están muy distantes aún el escenario giratorio y otras comodidades tan necesarias, el escenario debe dividirse en tres partes, no para lograr las mutaciones del antiguo teatro a base de cuadros, sino para darle el aspecto que ya he citado. La disposición de la escena es de acuerdo con el siguiente croquis:

 

3 Despacho Derrotero 2 Choza
1 Cancha

 

El cuadro 1 representa un puesto de la Mina Olvidada, ya en explotación. Al fondo, practicable, la boca de la mina.

 
  —34→  
 

Hacia la izquierda se inician las canchas con muchos montones de metal, y a la derecha, las tiendas de los MINEROS. Hay un transparente que cuando se levanta -al final del cuadro- el telón que representa la boca de la mina, deja ver el cuadro 2, que se destaca dentro de la oscuridad de la escena; este cuadro ocupa la mitad en sentido longitudinal del escenario no presentado y es el interior de una tienda o choza, donde habita EL CERRO ALTO, que todavía no está restablecido del todo. El cuadro 3, que se iluminará a continuación, es un aspecto del despacho de DON PATRICIO, visto en el primer acto: muestra mesas, toneles y la puerta de salida abierta hacia la lejanía azul.

 
 

Por fin vuelve el cuadro 1 y, cuando desaparece la escena, deja ver la visión de los derroteros fantásticos y fascinadores. Por ejemplo, cerros que parecen camellos, otros que se incendian o que dan la sensación del oro y de la plata. Hay otros que semejan esfinges o mujeres de piedra, que desaparecen o se mueven...

 
 

Al alzarse el telón, aparecen en el cuadro 1, EL VERDE y el MAYORDOMO de la Mina Olvidada. Llegan discutiendo a gritos.

 

EL MAYORDOMO.-  Señor, escúcheme, yo no entiendo nada de este negocio, ni tengo por qué mezclarme en sus detalles; yo no he tratado con usted, ni me importa lo que diga o lo que sea, ¿me entiende?

EL VERDE CÁRDENAS.-  Pero ¿que no oye que me robaron; que esta mina se puso en trabajo con mi plata? ¿Plata ganada   —35→   con trabajo sagrado? ¿No se da cuenta de que Meneses y el tal Don Patricio son unos ladrones que merecen la cárcel?

EL MAYORDOMO.-  Eso dígaselo al juez o a quien pueda remediarlo. Yo, se lo repito, fui contratado por ellos, y ellos me pagan.

EL VERDE CÁRDENAS.-  Si usté me ayudara le entregaría la mitad del producido, se lo daría todo con tal que no se quedaran riendo; sacaría sólo lo que he gastado. Y esta mina, usté mismo me lo ha dicho, dará millones. ¿Entiende? Ayúdeme y será rico.

EL MAYORDOMO.-  Señor, no podría ayudarlo, aunque lo deseara. Ellos tienen los títulos en regla. ¿Entiende? Son gentes que saben mucho...

EL VERDE CÁRDENAS.-  ¡Todos se han vendido a estos ladrones miserables; pero me lavan apagar!  (Saca su pistola.)  ¡Me la van a pagar! ¡Canallas!  (Su aspecto es terrible; pero una enorme conmoción lo deshace en lamentos y gemidos.)  Todo me lo han robado entre ellos y esas arpías... Me encontraron el olor..., ¡el olor a tonto!

EL MAYORDOMO.-  Señor, cómo pudiera explicarle su verdadera situación... Usted tiene derecho a la venganza, pues ha sido usurpado...

EL VERDE CÁRDENAS.-   (Interrumpe.)  ¿Lo ve? Usté me da la razón; un juez de palo me la daría...

EL MAYORDOMO.-  No se anticipe. Le quiero decir que la venganza le resultará difícil. Todo el mundo conoce su caso y se ha reído de usted. Ellos comprenden que usted está enojado y están, seguramente, prevenidos.   —36→   Yo le rogaría que se cuidara; con la vida se puede recobrar lo perdido. Usted no conoce los caminos... Son muy solitarios, y dicen que se tragan los lamentos de los que mueren y las voces de los que hablan mucho...

 

(Aparece un MINERO.)

 

EL MINERO.-  Hay que encargar más provisiones; mañana tendremos más mineros.

EL MAYORDOMO.-  Que pidan todo lo que haga falta, que los arrieros lo traigan y que no estemos después en veremos, ¿ah?

EL MINERO.-  Bien, señor.

EL MAYORDOMO.-  ¿Vendrá mañana el señor Meneses?

EL MINERO.-  Sí, señor, y lo acompañará Don Patricio.

EL VERDE CÁRDENAS.-  ¿Vendrán? Gracias a Dios, aquí me encontrarán, aquí nos veremos las caras mortales... ¿Y si los buscara, los esperara por esos caminos que no hablan?... Será como usted lo dice; pero creo que es la justicia de Dios la que me los pone a tiro.

 

(Mutis violento.)

 

EL MINERO.-  Me da... no sé qué este hombre. Yo creo que es bueno y que le robaron... Y es tan... infeliz, y habla tantas cosas... que dan risa.

EL MAYORDOMO.-  Si no se vuelve loco, no pasa un dedo de lejos... Y ahora va'salir al camino... En algunos días más los pájaros dirán lo que sepan.  (Sonríe.)  ¿A qué vendrán a aventurar gentes que no han nacido para eso?  (Suspira. Pausa.)  Bueno, váyase y cumpla lo mejor que pueda. Prepare un alojamiento para los patrones. A lo mejor adelantan el viaje.

  —37→  

EL MINERO.-  Me voy, hasta'mañana.  (Al salir.)  Ño Se Fue, ¿cómo dice que le va?

ÑO SE FUE.-    (Dentro.)  Cómo querís que me vaya. Bien me va y d'ei... ¿Te querís, tamién, reír vos de mí como este pellingajo, sinvergüenza, hijo e su madre, que me tiene asorochao?

EL MAYORDOMO.-   (De cajas.)  No le afloje, Ño Se Fue, es dorao éste..., pura broza no más.

 

(Aparecen ÑO SE FUE y un MINERO JOVEN.)

 

ÑO SE FUE.-  Qué le voy a'flojar yo, no paralas. Usté me conoce, don Santiaguito... Usté creció al lao e los patrones Matta. ¿Se acuerda de la Güena Esperanza, en Tres Puntas? Allí sí que corría plata y peliaba la gallá. Allí había guapos y zambas de ley. Este Chañarcillo lo tengo viejo. En la Descubriora de los patrones Gallo, jutres harto güenos, trabajé yo... Allí comencé de apir, allí aprendí a subir por la de patilla, y después fui allí mesmo barretero... Hei corrío la valija por minas chicas y grandes ende Chañarcillo a Lomas Bayas... A mí no me da planetas naide... Hei recorrío Chile, raya a raya, ende Mejillones hasta llegar a Valdivia, por el mar y por la tierra... A mí no hay ánima que me asuste. A los indios los hei ganao a lo que han querío... Asaores hei hecho de sus lanzas. Ni la mar enfiestá me da penetro, ni se me pierde el corazón en el fondo caliente de la mina más oscura que la noche.

EL MAYORDOMO.-  Sí, Ño Se Fue, me consta que es usted un hombre completo, que vale la pena.

  —38→  

ÑO SE FUE.-  Un sólo hombre respeto en esta vía, y ese hombre es El Suave, que vale más qu'el acero... Ese hombre..., no otros pellingajos que lo quieren pasar atracao a uno.

EL MAYORDOMO.-  No se deje, pues... Hasta mañana, Ño Se Fue. ¿Me quiere creer que no me acuerdo cómo se llama?

ÑO SE FUE.-
Me puso el cura, Olivero,
porque tal vez sospechó
que ni un roto miraría
las tierras qu'hei visto yo.
Tengo años; mas no le aflojo
al trabajo ni al amor...
Nunca ha habío quien se pare
con Olivero Muñoz...
¿Ah? Así soy yo en este mundo y en el otro...

EL MAYORDOMO.-  Va a morir en la demanda. Hasta mañana.

 

(Mutis.)

 

ÑO SE FUE.-  Y qué decís vos, pájaro niño, tuavía te hallái capaz de pasarme atracao.

EL MINERO JOVEN.-  Si no es pa tanto, eñor... Chi... Usté predica más que los misioneros.

ÑO SE FUE.-  ¿Sabe que me gusta? M'estaba barajando chueco, el lindo, a mí, y quiere que me calle... ¡Barajarme chueco a mí! ¿Entendís l'hechura? ¿Vos a mí?¿Cómo'stará la peste en Lima? Qué queará de mundo cuando ñeclas como vos quieren engañar a hombres de pelo en pecho. Si seguimos así, no me extrañaría que mañana las zambas quisieran   —39→   ponerse los calzones y bajar a la mina.

EL MINERO JOVEN.-  Ya, pues, señor, no alborote tanto... Abusa porque es viejo.

ÑO SE FUE.-  Viejo... Viejo naciste vos. Viejo porque cuando te hicieron tus padres taban aburríos... ¡Viejo!  (Hay en sus palabras una mezcla de dolor y rencor.)  Mírame.  (Distendiendo los brazos.)  ¿No vis los pértigos que tengo en cuenta e brazos? Los tengo pa machucar marditos... Y no me mire más, ni se ría, ¿m'entiende? ¿Ya se fue?

EL MINERO JOVEN.-  Le repito, eñor, que a mí no me asusta y que si no fuera viejo vería...

ÑO SE FUE.-  ¡Dale! Yo no seré viejo nunca... Tuavía me llevan de apunte las chicuelas. Mirá. Las zambas se llegan a colijuntar por el viejito. Vos no me conocís, zorzal pelao... Yo sé too lo que un hombre ha de saber. Doy lo que tengo al que lo necesita, si me lo pide en hombre. La vía es un camino que hay que saberlo andar... Se empieza con mucho vicio; pero al freír de los huevos es cuando viene la quemazón. A veces se tiene la cart'en puerta y la suerte se hace güincha y los deja con el gusto en la boca. Hay que mirar mucho; pero con disimulo. Hay que saberlo too y enseñarlo a tiempo, y sobre too, no aprontarse nunca, ni olviar que no hay enemigo chico... si sabe callar, acuérdate del verso que dice:


No te vai a'poruñar
ni vai a pasar bochorno,
—40→
mira qu'en la puert'el horno
se suele quemar el pan.

 

(Llegan varios MINEROS que saludan a ÑO SE FUE con mucho cariño y arrastran al MINERO JOVEN.)

 

EL MINERO JOVEN.-  Ño Se Fue, yo no quiero que se enoje conmigo..., yo no quiero ofenderlo más.

OTRO MINERO.-  Agárrate del viejo, zambo, irís bien. No habiendo como él pa consolar a la gente. Las chicuelas dicen qu'es el taita de las niñas, que hasta las pieiras lo quieren y que ellas no podrán nunca dejar de quererlo...

 

(Se van hacia el lado de las tiendas. Aparece EL SUAVE con EL CHICHARRA.)

 

PEDRO EL SUAVE Y EL CHICHARRA.-  Güenas tardes.

ÑO SE FUE.-  Felices se las dé Dios.

EL CHICHARRA.-M'hei acordao de usté toa la tarde.

ÑO SE FUE.-  ¿Cómo así?

EL CHICHARRA.-  ¿Por qué cantará este grillito?

 (Saca una botella de loza.) 

ÑO SE FUE.-  Aguardiente de uva... del sur. ¿De aónde lo sacaste?

EL CHICHARRA.-  Me lo dio El Verde, ese señor Cárdenas.

ÑO SE FUE.-  ¿Ése... que antorcharon entre Meneses y el tal Don Patricio? ¡Rotos maleros! Hay que ver... ¡Cuándo los castigará Dios!

PEDRO EL SUAVE.-  Déjelos que engorden no más, el castigo los encontrará aonde s'escondan. El Verde los va arruinar.

 

(Entra JUAN CHANCACA, soplón y servidor de MENESES.)

 

JUAN CHANCACA.-  ¿Hablan del Verde Cárdenas? Del finao   —41→   ése... Y pa qué se queja agora... Por qué no pidió él la mina, pa qué fue leso. En este mundo el que se manea es vaca.

PEDRO EL SUAVE.-  A vos te veo muy lengúo y muy maniao. Tengo l'idea que de repente te vaia caer a un pique... Olor a muerto t'encuentro, te diré.

JUAN CHANCACA.-  Si no les gusta el patrón, pa qué trabajan aquí.

PEDRO EL SUAVE.-  Ese es cuento de nosotros. Agora, si querís, vos que soi orejero reconocío, dile a tus patrones que yo dije qu'ieran unos ladrones. Cárdenas, qu'es hombre y honrao, les dio la plata, ellos la ocuparon en su beneficio y lo dejaron fuera de la sociedá. ¿Qué tal?

JUAN CHANCACA.-  ¿Y pa qué fue leso?

PEDRO EL SUAVE.-  No fue leso. Creyó que trataba con hombres, ¿entendís? Y esta mina, si los espíritus que mandan la dejan explotar, dará mucho, porque es tan rica como la Descubriora o la Dolores. Pero el dinero mal habío se va por entre los deos...

 

(Voces dentro. Alboroto. Fragmentos de frases que suben como una marea que se viniera acercando.)

 

VOCES.-   (Ya formadas.)  ¡El gringo mató el gaucho!

VOCES.-   (Aisladas que repiten en todos los tonos.)  ¡El gringo mató el gaucho! ¡Mató el gaucho! ¡Lo mató de puro malo!

JUAN CHANCACA.-  ¡El gaucho! ¡Cuando muere el gaucho viene la ruina!...

PEDRO EL SUAVE.-  Cuando muere ese pajarito termina la riqueza,   —42→   y en algunas partes empieza el castigo de Dios.

JUAN CHANCACA.-  ¡La mina se broceará!

 

(Las voces siguen. También protesta EL GRINGO. Se oyen golpes de pelea.)

 

ÑO SE FUE.-   (Poseído de una gran autoridad.)  ¡Que nadie lo castigue! ¡Tráiganlo aquí!

VOCES.-  ¡Hay que aplicarle la ley de la mina! ¡La muerte pa'l que mató el gaucho!

VOCES.-  ¡La muerte! ¡La muerte!

 

(Síguese gran confusión y varios MINEROS salen arrastrando a un YANQUI JOVEN, que se esfuerza por soltarse, y que da una sensación infinita de fuerza y de desprecio.)

 

MINEROS.-  Que lo juzgue Ño Se Fue.

EL GRINGO.-  A mí no tiene nadie que juzgarme. Yo solamente maté un pájaro inútil y feo que me seguía...

EL MINERO JOVEN.-  ¡Que se calle el gringo atorrejao!

ÑO SE FUE.-  Mira, gringuito insolente, llegaste y te fuiste altiro de hocico..., altiro sacaste los pies del plato. Llegando y cortando escobas, el mardito.

EL GRINGO.-  ¡Déjenme!

ÑO SE FUE.-  Si naide te hace na... tuavía... Mira, cuando llegaste te empezó la preñez de matar ese pajarito. ¿Te acordái qué te dije yo? Ese pajarito que llaman el gaucho, y que vive en la mina -te dije yo-, es como el cuidaor del mineral, como si dijéramos el ángel, el genio, el brujo de la mina. Cuando él se muere o se va, el mineral se concluye. Se brocea, o se aniega... ¿Te lo dije? ¿Sí o no?

EL GRINGO.-  Sí.

  —43→  

ÑO SE FUE.-  ¿Y porqué lo mataste?

EL GRINGO.-  ¡Porque no es cierto! ¡Ignorantes! ¡Indios! Cómo puede ocurrírseles que un pájaro feo, inútil, sirva para algo...  (Los MINEROS sacan sus cuchillos y lo cercan.)  ¡Cobardes! En grupos me amenazan; de hombre a hombre nadie es capaz para mí. ¡Bestias! ¡Son unos bestias! ¡Miren que el gaucho... dueño del mineral! ¡Ja, ja, ja!

ÑO SE FUE.-  Un momento, amigos. No se trata de castigar solamente; hay que hacer justicia. ¡Guardar los cuchillos!  (Lo hacen.)  Mira, gringo tal por cual, te acordái cómo llegaste aquí, parecíai gallo peliaor, coloriando por falta de plumas.

EL GRINGO.-  ¡Yo peleo contra todos!

PEDRO EL SUAVE.-  Aguántate en la bayona, buen mozo. Vos no sabís vivir; tu obligación de hombre -si fueras hombre- era respetar lo que los demás respetan. A la ciudad que fueres, haz lo que vieres. Ahora, yo te voy a demostrar -como podría hacerlo cualquiera aquí- que no resistís un golpe. ¡Ya!, encáchate, ármate, pórtate como un hombre; ya que tenís tan larga la lengua.  (EL YANQUI se pone en facha. EL SUAVE lo tiende de un golpe. Todos ríen.)  Amigos, estos gringos se figuran que porque son rucios son más que nosotros. No hay que aflojar nunca, que nunca nadie le gane al chileno a trabajar ni a peliar, ¿ah?

UNO.-  S'está haciendo leso pa que no lo castiguemos. ¡Mató el gaucho, merece la muerte!

ÑO SE FUE.-  Nosotros no podimos matar a un hombre   —44→   indefenso que no tiene más que la lengua; que lo azoten y que lo echen... Consideren que ha de tener una madre, una hermana, tal vez una novia que lo esperan; que no se diga que nosotros habimos hecho alguna vez llorar a una mujer.

 

(Lo arrastran al interior y lo azotan. EL YANQUI grita y jura, los MINEROS se ríen.)

 

VOCES.-  Hagámoslo bailar. Baila, gringo.

VOCES.-  ¡Si no bailái te entierro dos varas de cuchillo!

 

(Silencio. Sale uno trayendo el gaucho, que es un pajarito del tamaño de una diuca. Todos lo rodean, descubiertos. Lo ponen sobre un catafalco y desfilan tristemente.)

 

ÑO SE FUE.-  Esto traerá desgracia. Yo no sé lo que pasará, pero será algo malo. Tan bien qu'estábamos y tuvo que meter su cola el diablo...

PEDRO EL SUAVE.-  ¡El diablo no! ¡Yo creo que lo que interviene es la justicia de Dios!

 

(Se oscurece la escena y aparece el cuadro 2. En escena, EL CERRO ALTO y LA RISUEÑA. Él, tendido sobre una cama, pero con ropa.)

 

EL CERRO ALTO.-  Risueña, tenís muy güena mano; ya no me molestan las herías. Hace tiempo que me siento bien; pero no quería decírtelo porque...

LA RISUEÑA.-  ¿Por qué?

EL CERRO ALTO.-  No quería que te juerai. Soi tan amable, tan simpática. Mira, después de mi madre, vos soi l'única mujer que se ha acercao a mí, así..., con suavidad... ¿Cómo te diría?... Oye, nosotros los   —45→   mineros venimos de cualquier parte, venimos a'venturar, a trabajar en cualquier cosa, a vivir como venga y a morir del mesmo moo. Agarramos una mujer sin mirarla, como se toma un trago, y así la botamos, sin saber cómo es... güena o mala... ¿Entendís?

LA RISUEÑA.-  Güena o mala... ¿Yo, cómo seré?

EL CERRO ALTO.-  Decime, primero, ¿por qué me cuidaste, aborreciéndome como me aborrecíai? ¿Por qué te queaste a mi lao hasta agora?

LA RISUEÑA.-  Porque... estabai bandiao y... solo... Porque... yo no sé por qué te cuidé, ni entiendo la pena que me llenó cuando te dejaron tan a mal traer...

EL CERRO ALTO.-  Es que vos soi güena. Soi una santa, zamba. Si a mí, que t'hei hecho tanto daño, me habís cuidao así, ¿cómo habríai tratao a uno que te hubiera querío? Mira, le agradezco al Suave que me haya bajao a plan, porque si no... no te hubiera conocío..., no nos hubiéramos conocío...

LA RISUEÑA.-  ¡Qué hombronazo es El Suave! ¿No podríai vos ser parecío a él? Tenís la fuerza, te respetan, y si no fuerai tan aguapao, tan perro..., te querrían...

EL CERRO ALTO.-  Soy malo, yo, Risueña. Tenía de vos una idea mala. Esa noche te quería tener... y después -de puro gusto- tirarte a un pique muerto. Tenía ganas de hacerte peazos... Pa mí, esa, noche, valíai menos que un... perro. El diablo se me había metío   —46→   aentro, el diablo.  (Pausa.)  Risueña, mi chicuela güena, perdóname.

LA RISUEÑA.-  Pídele perdón a Dios. Yo no tengo que perdonarte. A mí nadie me ha tratao en otra forma... Toos han querío jugar conmigo; toos han querío mi pobre cuerpo; pero nadie me ha traído amor... Hei sío como... como los perros perdíos. Nadie ha querío entender que soy una mujer con sentimientos, que sé sufrir y también... querer, y que... merezco que me quieran. De chiquitita me han tratao así. A mí me han hecho llorar mucho... Las únicas personas que en este mundo me han defendío han sío la Carmen y El Suave.  (Pausa.)  Agora que ya'stás güeno me iré. Vos saldrís al trabajo y yo me volveré otra vez al despacho a servir de juguete a los mineros..., a terminar en un pique muerto o de una puñalá.  (Llora.)  Adiós.

EL CERRO ALTO.-  Risueña, no me dejís. Yo no podría vivir sin vos; te tengo en el pensamiento, en la sangre te llevo. Siento una pena tan grande de haberte ofendío..., no la comprendís vos... Pienso qu'estando a mi lao, no volveré a ser malo. ¿Entendís? ¡Quédate conmigo, trata de perdonarme y de quererme! Yo no te prometo na; no tengo qué prometerte... Vos sabís cómo es la vía; pero... oye... ¿Tas llorando? ¿Te duele lo que te digo?

LA RISUEÑA.-  ¿Dolerme? No, es que es la primera vez que oigo palabras así. Es la primera vez que alguien desea estar conmigo y defenderme. Es la primera   —47→   vez que una persona cree que me quiere...

EL CERRO ALTO.-  Yo siento que te quiero, que te querré siempre...

LA RISUEÑA.-  Cerro, aunqu'stís mintiendo, aunque me botís después a un pique o me dejís en el desierto, hei de vivir con vos, queriéndote como no te querrá nadie, porque vos, que no serís ya matón, serís mío. Habís cambiao por causa mía... El otro... el otro se queó jugando a la pulgá de sangre. ¡Este es el hombre mío!

 

(Se abrazan.)

 

EL CERRO ALTO.-  ¡Qué liviano me siento! ¡Correría, jugaría con vos al pillarse..., andaría por los caminos hasta cansarme! ¡Te llevaría en brazos toa la vía y te besaría tanto! ¡Risueña, me tenís embrujao! ¡No sabía yo que la bondá era tan güena! ¡No sospechaba que la mujer era otra cosa; no se me ocurría que en la vía tamién se podía querer!

 

(Se abrazan y se retiran muchas veces, riendo como niños.)

 

LA RISUEÑA.-  Esta noticia se la vamos a dar, pero ya, a la Carmen. ¿No te parece?

EL CERRO ALTO.-  ¡Pero claro! Y después a trabajar. Me imagino que agora que te tengo a vos, me costaría mucho bajar a la mina tan oscura y tan odiosa. ¿No será la mina la que nos enturbia los pensamientos?

LA RISUEÑA.-  Si es cierto que me querís, me vas a ver en toas partes. ¡En toas partes estaré yo llamándote mi grandote, mi hombre, mi cariño!

EL CERRO ALTO.-  Mi chiquilla, mi mujercita, mi amor. Oye ¿Vai a creer? Tengo ganas de cantar y de llorar... y   —48→   me da vergüenza. Tengo algo como una pena; pero que no es una pena. Háceme cariño, pa no llorar, o... pa llorar más bonito...

LA RISUEÑA.-  Figúrate que soy tuya, y que me llevái en el corazón, que el corazón es un pique que si se llena de lágrimas me ahogará, ¿ah? Llévame con cuidaíto, como te llevó tu madre, como llevaremos al hijo que nos dará nuestro amor. Llévame así, con alegría, con alegría y sin preocuparte, con la seguridá que, grandote y too, yo tamién te tengo entero en mi corazoncito chiquito que vos decís qu'es de avecita...

EL CERRO ALTO.-  ¡Risueña!

 

(Nuevos abrazos.)

 

LA RISUEÑA.-  ¿Sabís que agora me moriría de gusto?

EL CERRO ALTO.-  Ya me querís dejar... Si te morís, te juro que te doy la primera calda.

 

(Abrazo y cuadro.)

 
 

(Se hace otra vez oscuro y aparece el cuadro 3 visto a través del transparente. Representa, como se ha dicho, el despacho de bebidas y otras cosas de DON PATRICIO, es decir, es un fragmento de la escena del primer acto. En escena, LA CARMEN y LA PLANCHADA.)

 

LA CARMEN.-  Vos vaí a terminar con la tanda de Gabino Atienza, ¿no? Yo no necesito su plata. Ni creo que tu patrón tenga derecho a negociarme a mí... ¿Lo entendís? Ni quiero que vos me hablís pa güeno ni pa malo... ¿No te habís desengañao, asquerosa, de que te tengo asco?

LA PLANCHADA.-  Adiós, Virgen Marida... Cómo seríai si no te conocieran... Te han visto muchas veces así como   —49→   la sota..., en las carpetas... Se hace la que no quiebra ni un güevo, mirenlá..., ¿no digo yo?

LA CARMEN.-  Soy lo que soy; ni lo que haya sío ni lo que seré le importa a nadie. Pueo ser de quien se me ocurra, que no dé plata como Gabino Atienza, ¿entendís? No negoceo con amor, no lo hei hecho ni lo haré... Por cariño, lo que Dios disponga..., la vía, ¡too! Pero pa qué te hablo a vos de cariño...

LA PLANCHADA.-  El cariño... es como un dulce que pone malo el estómago... Vos, zamba, debíai de ser menos pasá por agua tibia, y tamién habíai de comprender que aquí tai frita. Aquí tenís que dentrar por onde te lo ordenen los que te mandan. Yo no diré más esta boca es mía, pero te vai a acordar de mí. Aquí, como en todas partes, m'hijita, manda la plata y no hay más.

 

(Aparece DON PATRICIO dando muestras de una gran furia, y se queda mirando a LA CARMEN detenidamente.)

 

DON PATRICIO.-  ¿Qué te parece lo que m'hiciste? ¡Contesta!

LA CARMEN.-  ¿Qué l'hei hecho yo?

DON PATRICIO.-  ¿Te querís hacer lesa? ¿De manera que no sabís la chanchá que m'hiciste? ¡Zamba canalla, zamba intrusa! ¿Te habís olvidao quién soy yo? ¿No sabís que conmigo no se juega nadie?

LA CARMEN.-  Sé muchas cosas de usté, muchas...

DON PATRICIO.-  ¿Me querís amenazar?

LA PLANCHADA.-  Ésta tiene ganas que le pase una mano.

LA CARMEN.-  ¿Por qué me dicen tantas cosas? ¿No hei   —50→   trabajao hasta quear rendía? ¿No hei sío condescendiente hasta con los rotos más asquerosos pa que hagan su negocio? ¿Qué más quieren que haga?

DON PATRICIO.-  Bendito sea Dios. Mirenlá como se hace la chiquitita... Dígame, ¿es cierto o no que usté declaró ante el juez que yo había estafao a Cárdenas..., ah?

LA CARMEN.-  ¿Y no es verdá?

LA PLANCHADA.-  Y a vos, zamba canalla, te hacía cominillo... Intrusa, te mataría sin asco...

LA CARMEN.-  Podría darles vergüenza... ¡ladrones!

LA PLANCHADA.-  Soi como las quiltras... Cárdenas te menió la cola.

DON PATRICIO.-  Dejalá, si la Carmelita es muy razonable y muy güena amiga mía. ¿No es cierto?  (LA CARMEN lo mira sin expresión.)  ¿No es cierto que si yo le pido un servicio me lo hace?

LA CARMEN.-  Según y cómo.

DON PATRICIO.-  Usté se da cuenta que su lesera, o su declaración, me ha hecho daño, ¿no? Güeno, yo quiero que vaya otra vez onde el juez y le diga que por enojo, por irreflexión, en fin, declaró en contra mía..., ¿ah?

LA CARMEN.-  ¿Que yo vaya a desmentir lo que declaré por propia voluntá; que yo vaya a mentir pa que un canalla haga negocio? ¡Nunca en la vía, antes me muero!

LA PLANCHADA.-  Debíai cortarle la lengua pa que aprendiera.

  —51→  

LA CARMEN.-  ¿Y por qué no me la cortan? Si lo hicieran, si me despresaran, creo que hasta el último peacito de mi cuerpo gritaría la verdá. ¡Y si Cárdenas viniera y los matara como perros, haría bien!

DON PATRICIO.-   (Saca su revólver.)  Entonces quiere decir que como usté no quiere entender lo que le conviene, me veré obligao a castigarla. ¡Mira! A sangre fría te voy a agujerear el cuerpo por estúpida; aquí va a terminar tu carrera de buena moza. ¿Querís ser dueñ'e mina, no? Cuando Cárdenas recobre la mina vai a dentrar de millonaria... Muy bonito..., muy bonito. Tonta infeliz, debíai mirarte al espejo y mmmmmm.

LA CARMEN.-  Yo no tengo ningún interés en esa mina, ni en la plata de nadie; vivo de mi trabajo y de él seguiré viviendo. A la vía... a la vía le tengo odio; el que me matare me hará un favor. Pero aquí no hay quién lo haga. ¡Hasta pa matar a una mujer hace falta un hombre!

DON PATRICIO.-   (Amartillando el arma, se acerca hasta tocarle el busto.)  Al infierno vai a ir a dar con tu terquedá inútil... Antes de terminar con vos, dime, ¿te vai a retractar?

LA CARMEN.-  ¡No!

DON PATRICIO.-  ¡Que disparo!

LA CARMEN.-  Y pa qué me lo dice a mí... ¡Ladrón!

DON PATRICIO.-  Encomiéndate a Dios.

LA CARMEN.-  Él sabe la verdá. Él sabrá volver tosca la plata o llenar de agua los piques. ¡Muera yo, pero que   —52→   se cumpla su justicia!

 

(Cuando DON PATRICIO resuelve fríamente disparar, entra GABINO ATIENZA.)

 

ATIENZA.-  Hermano Patricio, no se acrimine sin necesidá. Usté sabe que esta zamba es cosa mía. Si por causa de la mentira que le dijo al juez lo embroman a usté, yo le doy la plata que se le ocurra; pero ella ende este momento corre de mi cuenta. Yo la voy a'mansar. Conmigo no se juega. Bestias más chúcaras me han ligao. Tome, cuente, lo que hay en este saquito.  (Le da plata, que DON PATRICIO recibe.)  Cuente, too pa usté. Toy encaprichao con est'espina. Déjemela a mí.

DON PATRICIO.-  Usté la salva, mi amigo. Zamba cochina, da las gracias a mi amigo que librái el pellejo.

LA CARMEN.-  ¡Prefiero la muerte! ¡Cochinos! ¡Más asco le tengo al tal Atienza! ¡Grosero! Pa esto ganan plata... Pión ayer, millonario hoy, borracho toos los días, inventando vicios, inventando la manera de gastar la plata, de limosnero terminará... ¡cómo toos! ¡Plata maldecía! La ganan sólo pa hundirse en los vicios, sin una idea güena de trabajo ni de caridá. Vicio, vicio, maldición... Aparta. ¡Un perro estúpido no tocará jamás mi cuerpo!

ATIENZA.-  Lo vai a ver.

 

(La toma, hay una lucha terrible. Ella se defiende ferozmente logrando derribar a ATIENZA. Intervienen a favor de éste LA PLANCHADA y DON PATRICIO, que consiguen reducirla a la impotencia. ATIENZA la arrastra hasta la puerta; pero en este   —53→   momento se presentan LA RISUEÑA con EL CERRO ALTO.)

 

LA RISUEÑA.-  ¡Carmen! ¡Pa ónde la llevan!

LA CARMEN.-  ¡Risueña! ¡Cerro!

EL CERRO ALTO.-   (Arrebatándole la niña a ATIENZA y derribándolo de un golpe.)  ¡Ya, don Gabino, qué le pasa!

DON PATRICIO.-   (Apuntándole.)  ¡Los intrusos p'afuera!

LA RISUEÑA.-  ¡Con arma, no! ¡Asesino!

 

(Salta rápidamente y se coge al cuerpo de DON PATRICIO que, desconcertado, pierde la dirección y dispara al vacío.)

 

LA CARMEN.-  ¡Mataor! ¡Me han vendío a este hombre, me han vendío como a una res!

EL CERRO ALTO.-   (Con mucha ligereza ha desarmado a DON PATRICIO.)  ¡Tan lindo! Cómo juega a los balazos.  (Procede mientras habla.)  ¡Tan lindo!

 

(ATIENZA y LA PLANCHADA escapan, entretanto, intimidados.)

 

LA CARMEN.-  ¡Cerro! ¡Gracias! No l'hubiera creído nunca...

EL CERRO ALTO.-  Qué le vamos a hacer, algún día tenía yo que hacerlo bien...

LA RISUEÑA.-  Vive conmigo, yo vivo con él agora... ¡Es güeno, es güeno agora!

EL CERRO ALTO.-  Por causa de ustedes creo que me voy a ir al Cielo...

LA CARMEN.-  Llévenme pa la mina; allá'stán El Suave y Juan... Con ellos quiero estar. Llévenme.

EL CERRO ALTO.-  Altirito pues, al sordo le han dicho. Vamos, hoy la mina'stará de fiesta... Allá lo esperamos,   —53→   Don Patri, usté dirá cuándo se va a lavar.

 (Se apodera del revólver.) 

LA RISUEÑA.-  Carmencita, cierto es que nos ha pasao hartas cosas malas; pero tengo fe en que too ha de cambiar. Creo firmemente que nosotras tamién tenimos derecho a la felicidá...

LA CARMEN.-  Yo tamién lo creo. Busquemos el camino, vamos hacia la felicidá, ¡vamos!

 

(Se oscurece el teatro y vuelve al primer cuadro. En escena, JUAN, EL CHICHARRA; PEDRO, EL SUAVE; ÑO SE FUE y otros MINEROS.)

 

ÑO SE FUE.-  Cierto es que el negocio de Meneses y Don Patricio es mal habío; pero la mina... la mina es de los trabajadores. No puee Dios -sin cometer injusticia- arruinar la mina pa castigar a dos pícaros que no valen el perjuicio que sufrirán más de un ciento de hombres.

EL CHICHARRA.-  Pero ¿es bien verdá que cuando se muere el gaucho se acaba la mina?

ÑO SE FUE.-  Siempre ha ocurrío así. Pasa como cuando canta el chuncho... Vos sabís el versito:


El chuncho canta
y el indio muere,
no será cierto,
pero sucede.

Misterios son éstos en los que no los debimos de meter.

PEDRO EL SUAVE.-  Como nosotros no tenimos derecho a mezclarnos en los designios del destino, debemos seguir lo   —55→   que se acostumbra en estos casos. Dicen que si una mujer baja...

UN MINERO.-   (Lo interrumpe.)  ¡No, la mujer no! Una mujer arruinará pa siempre la mina. Se ha visto tantas veces...

ÑO SE FUE.-  Tenís razón, si una mujer bajara a la mina, se terminarían altirito las labores.

PEDRO EL SUAVE.-  Pero déjenme terminar. Digo que ha sío práctica que una mujer virgen baje al pique a enterrar el gaucho. No hay amigo que valga si no tiene como elemento a la mujer, sea como sea.

UN MINERO.-   Una virgen... y de aónde la vamos a sacar...

PEDRO EL SUAVE.-  Dios la mandará.

 

(Se oye ruido y aparecen LA CARMEN, LA RISUEÑA y EL CERRO ALTO.)

 

EL CERRO ALTO.-  Buenas noches, compañeros.

TODOS.-  ¡Cerro Alto! ¡Bienvenío!

EL CHICHARRA.-  ¿Carmen, Risueña? ¿Cómo por aquí?

LA CARMEN.-  Vos lo habís de ver.

EL CHICHARRA.-  ¿Están güenas?

LA CARMEN.-  Con el favor de Dios.

LA RISUEÑA.-Y llegamos aquí pidiendo amparo.

PEDRO EL SUAVE.-  ¿Qué ha pasao?

EL CERRO ALTO.-  Las cosas más sabrosas. La Carmen declaró a favor de Cárdenas, y Don Patricio, que está como si le hubieran echao ají, le quiso hacer una chanchá a la Carmen, y tuvimos que envelarlas p'acá.

PEDRO EL SUAVE.-  La Carmen declaró...

LA CARMEN.-  Yo fui la única; los demás le dan el favor a   —56→   Don Patricio. Yo le dije tamién al juez que toos eran unos vendíos. Si declararan hombres, la cosa cambiaría.

PEDRO EL SUAVE.-  Yo tamién conozco esa encartá. El Chicharra y yo podimos declarar.

UN MINERO.-  Muchos podimos declarar.

ÑO SE FUE.-  Entonces se pensó y se hizo. Ayudemos a la justicia.

TODOS.-  ¡Ayudemos a la justicia!

PEDRO EL SUAVE.-  Me doy a santo que se haya librao esta chiquilla.

LA CARMEN.-  Si no hubiera sío por El Cerro...

EL CERRO ALTO.-  Me tocó ponerle un poquito e pólvora.

LA RISUEÑA.-  Agora El Cerro es buen hombre.

ÑO SE FUE.-  Si vos lo decís...

 

(Risas. Sale EL MAYORDOMO.)

 

PEDRO EL SUAVE.-  Señor, usté sabe lo que pasó en la cuestión del gauch...

EL MAYORDOMO.-  Nos van a formar un alboroto del porte de un cerro. El Gringo dice que irá a Valparaíso a reclamarle a su cónsul. Pero lo hecho bien hecho está.

UN MINERO.-  Si le hubiéramos partío la guatita no andaría formando alboroto. Si la cosa es dejarlos callaítos; los muertos son muy discretos.

EL MAYORDOMO.-  Hay que enterrar el gaucho. Necesitamos una mujer que no haya pecao.

PEDRO EL SUAVE.-  Ha de ser una mujer la que entierre el gaucho, una mujer que no haya pecao con hombre, ¿entienden? Porque hay mujeres con las que los   —57→   hombres han pecao no más..., ¿entienden? Yo propongo a la Carmen.

LA CARMEN.-  ¡A mí!

 

(Rumor de desaprobación.)

 

PEDRO EL SUAVE.-  Amigos, déjenme seguir, se trata de salvar la mina. Seguramente, la Carmen no es una virgen; pero nadie podría asegurar que es una pecadora. No es una virgen como las que califican así, es una mujer que ha exprimío la vía, que ha sufrío más que'toos nosotros, y que se conserva buena e íntegra a través de mil trabajos. Ha pasao por el mundo sin contagiarse, ha pasao por el infierno sin quemarse, la han herío toas las malas palabras, la han acechao el dinero y la fuerza, y no se ha perdío, ha llegado a ser lo que podemos llamar una mujer completa, que sufriendo ha aprendío a ser buena y a vivir. Ella, que es capaz de dar la vía por lo que sea güeno, es como... un ejemplo pa nosotros, que vivimos del dolor y del sacrificio, y que jugamos y peliamos y... muchas cosas más. ¿Quién no le rompería el alma al que le asegurase que no era honrá? A ella, que es nuestro equivalente, debemos defenderla y proclamarla. Es honrá, güena y pura, con la pureza del dolor que engendran el sufrimiento y la esperanza, que es un dolor mayor. Ella puee ser la virgen, como lo es pa los católicos la Virgen, que tuvo un hijo. Propongo que ella baje.

EL MAYORDOMO.-  Que baje.

TODOS.-  ¡Que baje!

LA CARMEN.-   (Profundamente emocionada.)  No soy na   —58→   más que una mujer pecaora. Ustedes saben que una no es más que lo que la dejan ser, pero sí tengo la certeza de no ser mala y que los quiero mucho por hombres y por... fatales. Porque es una fatalidá trabajar hasta morir pa que otros hagan fortuna, y no lograr sino lo que es desagradable. Con la fe más inmensa en Dios y en mi madre y en la vía, bajaré al pique.

 

(Sigue un gran silencio. Toma la avecita y se va, seguida de todos los MINEROS descubiertos e inclinados por la bocamina. También la sigue LA RISUEÑA. El acto es solemne. Después de una pausa que aproxima más el crepúsculo, se oyen gritos seguidos de un tiroteo. Juega el transparente y por entre una luz roja pálida se ve la escena, que es una lucha a muerte entre CÁRDENAS, MENESES y DON PATRICIO. MENESES cae muerto. CÁRDENAS lo hiere desde un parapeto de rocas, es a su vez herido por DON PATRICIO, que recibe un tiro de CÁRDENAS, que ha caído y es ayudado por otro personaje que lo saca de escena. DON PATRICIO trata de aproximarse arrastrándose a la escena de primer término, oscura ahora. El cielo se cubre de astros. Se da la luz al cuadro anterior, DON PATRICIO aparece trabajosamente y se arrastra hacia las tiendas de los MINEROS, dejando un rastro de sangre. Aparecen los personajes de la escena anterior. Escena a toda luz.)

 

EL MAYORDOMO.-  Amigos, por aquí acaba de pasar la   —59→   muerte. Vamos a ver quién es. El que sepa curar heridas que me acompañe.

LA RISUEÑA.-  Yo, señor, entiendo algo.

EL CERRO ALTO.-  Manos de ángel tiene.

 

(Todos los MINEROS siguen, con excepción de EL SUAVE, LA CARMEN y EL CHICHARRA, que se quedan en silencio contemplando la noche. Al foro se advierten los contornos de los cerros mineralógicos. Sombra en la escena, reflectores sobre los personajes, luz en las montañas.)

 

EL CHICHARRA.-  Los ricos no sufren.

PEDRO EL SUAVE.-  Sufre todo el mundo.

EL CHICHARRA.-  Cualquiera puede hallar una mina, y no volver a sufrir de hambre y desnudez.

LA CARMEN.-  Con la riqueza se puee hacer mucho bien.

EL CHICHARRA.-  ¿Vos, Suave, conocís toos los caminos, los ojos de agua y los derroteros de esta tierra?

PEDRO EL SUAVE.-  Yo soy... dicen que buen catiaor, soy medio chango. Conozco bien esto.

EL CHICHARRA.-  ¿Y no habís buscao minas?

PEDRO EL SUAVE.-  ¿Pa qué? La plata no m'interesa.

LA CARMEN.-  Con la riqueza se puee hacer mucho bien. Si una tiene plata nadie l'atropella. Se puee vivir como se quiera.

PEDRO EL SUAVE.-  A mí no m'interesan la riqueza ni la vía. No me mato porque el sufrimiento me es indiferente. No me divierto porque la manera corriente de hacerlo, me parece miserable; me retiraría del trabajo si no tuviera necesidá de moverme; pero no me arrastran   —60→   las cosas que llevan a los demás...

LA CARMEN.-  ¿No te interesa... ni el amor?

PEDRO EL SUAVE.-  ¿El amor? Tal vez. ¿Pero aónde está el amor? La mujer se acerca al hombre na más que p'hacerlo instrumento dé sus deseos. Se le entrega, no por él, sino por ella, y toa la vía está tirándolo de la rienda -el que se une a una mujer hace el papel de animal amaestrao no más-. Digo que lo tira de la rienda hasta que lo doblega por completo. Cierto es que algunas veces cae en la demanda; pero generalmente vence. Los hijos, a los que uno quiere tanto, son cadenas definitivas en esta tragedia de la vía...

LA CARMEN.-  Me hace daño oírte estas palabras a vos que soi tan güeno.

PEDRO EL SUAVE.-  Viviendo hei visto mucho. Viajando por mares y tierras desconocías, sufriendo y creyendo aquí y allá, me fui haciendo duro. Volví y me recibió el amor..., ese amor que engaña. Por esa razón no tengo interés en na. Soy güeno porque es más cómodo. Al desierto me lancé no a buscar riquezas, quise encontrar la muerte, y como la muerte es mujer, tamién se m'escondió. ¡Soy güeno, no por bondá, sino porque es más ventajoso que ser malo!

LA CARMEN.-  Nadie hay que sea más bondadoso que vos; nadie es mejor que vos... Tus palabras revelan dolor, desengaño, rencor..., pero tu vía es toa bondá.

 

(Pausa. Pasan grandes pájaros que ensombrecen el cielo.)

 

EL CHICHARRA.-  ¿Oyen? ¿Oyen? Es algo como una música   —61→   que viniera de lejos, ¿oyen?  (En efecto, inunda el momento la música de un órgano lejano que se va acercando en relación con las necesidades de la acción. Se iluminan las cimas de las montañas como si ardieran. La música crece, unas letras de oro se graban sobre los cerros.)  ¿Oyen? ¡Hablan! Los derroteros hablan. En estas montañas está la riqueza. La riqueza nos llama.

LA CARMEN.-  ¡La riqueza nos llama..., la riqueza nos llama!

PEDRO EL SUAVE.-  Tamién podría ser la muerte.

 

(Aparece el siguiente texto impreso en los cerros: «Son oscuros y ocultos los caminos; la muerte acecha en cada detalle; pero al final está la riqueza, la riqueza que es el poder, la felicidad; todo lo que el ser humano puede soñar, todo lo fino, todo lo grande, todo lo bueno, lo absurdo, lo horrible. ¡Todo! ¡Todo lo da la riqueza!»)

 

EL CHICHARRA.-  Todo lo da la riqueza.

 

(Cambian de forma los cerros, las grandes rocas parecen huir. Impreso en las rocas: «El fondo del mar tiene poder para el audaz; para el emprendedor, el centro de la tierra guarda sus metales preciosos; para el triunfador son los besos embriagantes y los finos perfumes y los exquisitos manjares. La vida puede beberse de un sorbo; fugaz es la dicha, busquémosla, todos podemos encontrarla; seamos felices antes de morir». La música es suave como un canto de amor.

 
 

Viento de las riberas.

 
  —62→  
 

Sobrevienen hoscas tinieblas; el órgano imita la tempestad, y la tempestad envuelve las cimas, ahora tenebrosas.

 
 

Impreso en las tinieblas: «Si la tempestad nos aplasta, la muerte nos sorprende; si caemos luchando, habremos cumplido con nuestro destino, que es el de morir. Estamos señalados por la muerte, pero antes que nos reclame debemos vivir. ¿Es más muerte la de la guerra y la aventura, la del desierto o el naufragio, la del patíbulo o de la desesperación, que la del blando lecho rodeado de amigos? No: la muerte tiene un solo gesto. Vamos a luchar, afrontémoslo todo para ser poderosos. Llevamos en nosotros el triunfo y la derrota. Somos jugadores del destino. ¡Tiremos el dado, luchemos!»)

 

EL CHICHARRA.-  ¡Somos jugadores del destino! ¡Jugadores del destino!

 

(Luces de diversos colores marcan la lejanía. Los cerros toman formas diversas, la música sigue, los personajes están como fascinados.

 
 

Impreso en los cerros: «Estamos en el centro de la desgracia, que es oscura como la noche y tiene garras de fiera. Escapemos de la desgracia. Los derroteros están abiertos. Ellos dicen: Venid para entregaros la riqueza y la fama, y con ellos la felicidad. Los derroteros llaman, la suerte está oculta, pero también llama; nunca los inertes podrán encontrarla; sólo son hombres los que andan, piensan y obran. ¡Marchemos, el porvenir   —63→   corre delante de nosotros, venzámoslo»!

 
 

La visión desaparece.)

 

EL CHICHARRA.-  No sé si estoy loco o embrujao; pero oí cantar los derroteros, oí hablar los caminos. Yo iré a luchar, no quiero ser más pobre ni miserable. No quiero enriquecer con mi esfuerzo a nadie más. Seré rico para ti, Carmen, para ti, para mí y para todos los demás.

LA CARMEN.-  ¡Seremos ricos!

PEDRO EL SUAVE.-  Como yo te quiero mucho y sé que en la aventura morirías si fueras solo, te acompañaré. El desierto me ha mordío, pero me conoce. ¡Iremos juntos!

EL CHICHARRA.-  ¡Y seremos ricos y felices!

LA CARMEN.-  ¡Probaremos que la riqueza puede ser una bendición!

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