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La vuelta | ||||
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La decoración de la primera etapa. Ahora la dueña o administradora es LA PLANCHADA. Nada ha cambiado: el placer sigue tormentoso y miserable. Los MINEROS siguen gastando cuanto ganan, y deseando tener más para poder hundirse en el torbellino del más absurdo derroche. Cuando se alza el telón, la escena está dispuesta exactamente como en la primera etapa: las CANTORAS y TAÑADORAS sobre el anfiteatro, LA PLANCHADA detrás del mesón y los MINEROS como siempre, sentados a las mesas, bebiendo o jugando a las cartas. | ||||
LA PLANCHADA.- Pedir, niños, no se queen dormíos: el pajarete resucita muertos. Y ustedes, zambas harinosas, no se hagan las lesas... Me parece que les pago pa que canten. | ||||
UNA CANTORA.- Pero espérate, pues. Tan apurona que te habís puesto... Creíamos que Don Patri era malo y —96→ es un ángel comparao con vos..., que habís sío compañera... | ||||
LA PLANCHADA.- No quiero que se ganen la plata de balde. | ||||
UN MINERO.- Tu pajarete es puro campeche. Sabía yo qu'erai ladrona, pero nunca creí que lo fuerai tanto. | ||||
LA PLANCHADA.- Si no te gusta, anda al Clus de Copiapó, pues. | ||||
UN MINERO.- Tan perra que t'estái poniendo. ¿No te acordái ya que cuando andabai vará, yo fui el que te maté el hambre, y te cubrí las vergüenzas? | ||||
LA PLANCHADA.- Así son los hombres. Tuavía no hacen un favor cuando lo representan. | ||||
UN MINERO.- Si vos te pusierai a representar los favores tuyos no concluíai en un año... (Risas.) El negocio de las mujeres ta en callarse. | ||||
OTRO MINERO.- Te echaron talla, zamba. | ||||
LA PLANCHADA.- Zambo cochino. Dispuesta estoy a pagarte lo que creái que te debo..., chancho. | ||||
UN MINERO.- Si no estuvierai tan brociá, podíamos conversar. ¿Pa qué quiero plata yo? Lo que no se remuele en esta vía no le sirve a nadie. Esas cosas del infierno son cuentos de cura..., yo vivo pa divertirme. Me divierto cuando gano... y cuando pierdo... tamién. Un día me saldrá un mal genio y me dejará con la guata al sol..., entonce descansaré... Y a él... lo hará descansar otro... Y es natural, los pájaros tamién tienen que divertirse... Me dai risa vos. ¿Pa qué juntái plata? Parecís charqui azumagao... (Risas.) | ||||
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UNA CANTORA.- ¡Psch!, es mucho decile... | ||||
UN MINERO.- Y estoy empezando. | ||||
LA PLANCHADA.- Yo quiero que te vai de aquí; no te venderé más. | ||||
UN MINERO.- ¿No me vendís más? ¡Lo veremos! (Saca su cuchillo.) Si no me vendís lo que pía y bailái una cueca conmigo..., te saco las pepas. (Risas.) De veras. | ||||
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(Va hacia el mostrador. Aparece ÑO SE FUE.) | ||||
ÑO SE FUE.- Buenas tardes, amigos. ¿Qué te pasa? Sebastián, ah, tenís una car'e pique abandonao que da mieo... (Mira a LA PLANCHADA.) Te viniste a meter con la señora Planchá..., que antes era tan güena amiga; pero que luego se hará rica... | ||||
LA PLANCHADA.- Usté tamién se va'dejar de palique y entorches... | ||||
UN MINERO.- Ta como liona, ya ve, hasta con usté se ajiza. A mí me acaba de echar, y dice que no me quiere vender mosto. | ||||
ÑO SE FUE.- Quién sabe qué cosas l'estaríai recordando, vos, pues. Mira, si a ésta le tocaran la trompeta del juicio final, le resucitaban regimientos de recuerdos... Yo la miro y me río del pantión... Ya, Planchaíta, no te enojís con tu viejito; ya sabís ya: los zambos no te van a decir ni una cosa más..., llámalos a la cutría, y pásalos atracaos, no más...Agora, pa empezar las amistás, háceme un causeo regrande, y me ponís un cántaro de tu famoso pajarito, ¿es pajarito?, ¡ah!, pajarete... El primer trago va'ser a tu salú. (LA PLANCHADA sirve el mosto. ÑO SE FUE —98→ llena los vasos.) A la salú de La Planchá. | ||||
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(Beben.) | ||||
LA PLANCHADA.- Salú. (Prepara el causeo, que tiene cebollas, charqui machacado y queso.) | ||||
TODOS.- Salú. | ||||
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(Mientras lo prepara, entra CÁRDENAS, llamado EL VERDE.) | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- Provecho. | ||||
ÑO SE FUE.- ¿Que no es El Verde? ¿D'esta vía o de l'otra, amigazo? | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- De esta vida, amigo. Vengo a agradecerle lo que ha hecho por mí, y a rogarle que asista con los amigos a dar las últimas declaraciones. | ||||
ÑO SE FUE.- Pero sírvase un trago; se le conoce que tiene se. | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- (Bebiendo.) A la buena salud. La Mina Deseada, señores, será dentro de poco mía... y de los amigos. Usté, señora Maclovia, tendrá que presentarse a la justicia a reafirmar sus declaraciones. | ||||
LA PLANCHADA.- Yo no tengo nada que hacer; yo era mandá. | ||||
UN MINERO.- Mandá a hacer, soi vos. | ||||
ÑO SE FUE.- Too lo que le duela y la causa del dolor se lo dice al juez, na más. Amigos, propongo un trago a la salú de la justicia. ¿Qué les parece? | ||||
TODOS.- Bien. (Beben.) A la salú de la justicia. | ||||
UN MINERO.- ¿A los otros les van a quitar la participación? | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- El descubridor era Meneses, no tiene parientes... Ustedes recuerdan que murió en el asalto... Es decir, cuando me quisieron matar a mí. Yo salí —99→ bandiao; pero les anduve apuntando a los dos. Meneses la torció y Don Patricio salió con su maraquita..., que sirvió para identificarlo. (Pausa corta.) Y qué es de la Carmen, ella fue la que me salvó y puee decirse que entabló la demanda. | ||||
LA PLANCHADA.- La Carmen viene luego. Unos caballeros muy alegres que vinieron aquí... y que la conocen mucho, fueron a buscarla pa que les divirtiera... Ellos la conocen mucho... y le pueen sacar los trapitos. Así es que... tendrá que venir. | ||||
ÑO SE FUE.- La vieja bruja... goza cuando sospecha que una mujer puee sufrir... La Carme es una mujer honrá, los mineros la respetan, los verdaderos mineros, no esta chimuchina e verdes que ha llegao a ensuciar los piques y que se burlan del mismo Dios si lo pillan a tiro, siempre que anden en cuadrilla... La Carmen nunca ha negao lo que fue; pero agora nadie puee compararse a ella. Me parece que si no la traen a la rastra, no viene. | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- La Carmen, amigos, es una mujer completa. | ||||
LA PLANCHADA.- Pero va'quear viuda... | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- Yo me casaría con ella. | ||||
ÑO SE FUE.- Sacó trago... Al avío, amigos. | ||||
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(Beben. Aparece GABINO ATIENZA muy desmejorado y casi mal vestido.) | ||||
ATIENZA.- Buenas tardes, amigos, celebro verlos reunidos. Señora, ponga una corría, ponga lo que pían toos. ¡Yo pago! | ||||
LA PLANCHADA.- Pero me tiene que pagar anticipao..., ¿no? | ||||
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ATIENZA.- ¿Qué? | ||||
LA PLANCHADA.- Tiene que pagar anticipao, no se haga el sordo. | ||||
ATIENZA.- ¿Sabe que me gusta? ¿No te acordái de mí? Yo soy Gabino Atienza, el hombre que más plata ha gastao en Copiapó, Chañarcillo, y Juan Godoy; el mejor amigo. Yo hice rico a tu patrón y a vos te llené la trompa... Yo derramé mi plata... ¿Y agora creís que no te voy a pagar? Hay que suponer que no tuviera plata... Sé una cosa..., ¿ah?, callao el loro, sé una cosa... Un derrotero que me dará más que el otro. Me río del Suave, que anda buscando « la paer de plata». No l'hallará nunca. El que sabe ónd'está esa riqueza soy yo. Este pecho. Pero cuando otra vez sea millonario, no daré como di, daré más. Empedraré el pueblo con plata, moleré la plata y en su polvo dormiré. ¿Qué tal, amigos? | ||||
UN MINERO.- Bien no más..., qué quiere que le diga. | ||||
ATIENZA.- (Introduce la mano al bolsillo.) Esta mujer es parienta de los jotes, a su moo conoce el olor de la plata... Se dio cuenta de que no la tenía. Ta bien, no tengo plata..., pero voy a tener luego... y harta. | ||||
ÑO SE FUE.- Amigo Atienza: compañeros juimos en la Descubriora y en Lomas Bayas; me creo con derecho a servirlo. ¿Quiere tomar un trago con nosotros y comer un causeíto poco? Modesto..., nosotros somos pobres... | ||||
ATIENZA.- Amigo, yo quiero qu'esta zamba me ponga la pedía que le hice. | ||||
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LA PLANCHADA.- Ya se lo referí: si no paga anticipao, no le pongo ni la mugre un cinco. El negocio no es mío y yo tengo que dar cuenta. | ||||
ATIENZA.- Ta bien. Son cortaos por la mesma tijera; en toas partes me han dicho lo mesmo. Ta bien. Amigos, dispensen. Me retiro. Tres millones son una pitijaña, no duran na. En Copiapó... Allí me quebraron... Esos caballeros son más pillos que ese despintaor de barajas que llaman el minero Maula. Me ganaron toa la plata... Y esas mujeres de Copiapó... ¡Ay! (Suspira.) Cierto es que tienen el cuerpo blanco y los besos fregaos; pero son como piedr'imán... Los trapiches son escapularios comparaos con ellas... Adiós, amigos. | ||||
ÑO SE FUE.- Pero por qué no se sirve algo... con nosotros. | ||||
ATIENZA.- Gracias. Acabo de comer. Hasta luego. | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- (Deteniéndolo.) Señor, aunque no me ha sido presentado, quiero ser su amigo y pedirle un favor. | ||||
ATIENZA.- (Dándole la mano.) El que desee... Nunca Gabino Atienza dejó de servir a un amigo. Cuando sea otra vez millonario, me acordaré de usté; Atienza Gabino, a sus órdenes... | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- Cárdenas, a sus órdenes. El servicio que le quería pedir es... que como veo que usté no tiene sencillo, quiero que me permita facilitarle..., usté, naturalmente, me paga cuando se acuerde..., unos cincuenta pesos... | ||||
ATIENZA.- Tiene usté la pinta del buen amigo. Yo, por estos generosos cincuenta pesos que usté ha sabío ofrecerme, —102→ le devolveré cincuenta mil. (Los recibe, le da la mano, y se aleja muy erguido.) | ||||
ÑO SE FUE.- Señor Cárdenas, ha hecho una acción de hombre... Así me gusta. Cuente con este pobre viejo. | ||||
UN MINERO.- Soi harto pior vos, zamba, ¿no? A vos te digo, Planchá. ¡Que tuvierai alma de negarle lo que te pidió Atienza, que los enriqueció a tu patrón y a vos! | ||||
LA PLANCHADA.- ¿Y pa qué me dio su plata? ¿Se l'estaba pidiendo yo? De tonta me hubiera pasao si no se l'hubiera recibío... | ||||
ÑO SE FUE.- A este pobre Atienza, si llega a partir, se lo comerá el desierto... Lo más seguro es que uno de estos días amanezca muerto de frío y de hambre. | ||||
UN MINERO.- No podrá tomar la huella. El vino y la alegría lo dejaron hecho peazos... No es ahora la sombra de lo que fue. Con ese cuerpo no se descubren derroteros. | ||||
UNA CANTORA.- Y ya que hablan de derroteros..., ¿qué será del Suave y del Chicharra? | ||||
LA PLANCHADA.- De ésos... no quean ni señas. Se los comieron hace tiempo los pájaros. Encontraron en un esqueleto la chaqueta del Chicharra. Parece que'l Suave lo perdió... Al Suave le gustaba la Carmen... Dicen que tenían entre los dos su cagüincito... | ||||
ÑO SE FUE.- Ya jalió la lengua ya... Mandé l'otro día a buscar al Cerro Alto y hablamos la cosa. Y el Cerro —103→ con otros guainas salieron a buscarlos. Han d'estar por llegar, si no han llegao. Ese Suave sabe mucho. Tengo la seguridá de que va a morir en la cama. (Pausa.) ¿Me dijiste que a la Carmen la habían ido a buscar? | ||||
LA PLANCHADA.- Y la van a traer. Si se bota a gorda, le sale la gata capá... Esa mujer se ha puesto tonta con el amor. ¿Saben en qué se la pasa? Ta en la casa de una señora ayuándole la cocina; se ha vestío de negro y se lo pasa llorando por el embeleco. Creo que van a traer algún provecho... Yo los veo si... llegan contando cuentos. El Suave no es más que un atorrejao. (Pausa.) ¿Oyen? Esos que vienen traen a la Carmen. | ||||
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(Se oyen muchas risotadas y salen varios HOMBRES BIEN VESTIDOS, traje 1830, y mucha chusma minera que ríe y dice pullas. Los BIEN VESTIDOS traen a rastras, el traje destrozado, a LA CARMEN.) | ||||
| VOCES.- -¡La monjita! -¡A bailar! -¡Vos soi pa divertir! -Te conocimos, buena pieza. -Mírenla, la zorra renga. -La Virgen de la Piedra. -¡Ja, ja, ja! -¡Ja, ja, ja! -Ya le doy una guantá. | ||||
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(Uno de los BIEN VESTIDOS la toma y la coloca violentamente sobre el anfiteatro. LA CARMEN no llora, —104→ tampoco se defiende; está profundamente indignada. Cuando el individuo la toma, se desase violentamente.) | ||||
LA CARMEN.- ¡Suélteme! | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- Señores, esta mujer -que se hace la enojada- es de todos los hombres, porque su misión es divertimos. ¿Y saben?, se había escondido. La niñita no quería venir a cantar, tuvimos que traerla con buenas maneras, y aquí está dispuesta a portarse bien. Yo la traje, interpretando el deseo de todos los mineros. ¿No es verdad que todos querían verla? | ||||
TODOS.- (Menos ÑO SE FUE y CÁRDENAS.) ¡Sí, sí! | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- Bueno. Ahora está muy contenta y va a cantar. Un trago para celebrar su vuelta. | ||||
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(Todos, menos los citados, beben y aplauden.) | ||||
LA CARMEN.- ¡Cobardes! Desafío a todos los qu'están aquí, y a todos los habitantes de Juan Godoy, ricos y pobres, a jurar que alguna vez me han visto en algo que les dé derecho a ofenderme así. | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- Pero ahora, los que tengamos ese derecho lo vamos a tener por turnos y sin pelear. El primero es para mí. (Se acerca y la abraza. Ella le sacude el más feroz bofetón.) | ||||
LA CARMEN.- ¡Bestias! Se ríen de mí porque espero a un hombre, ¡porque quiero a un hombre! ¡Desean que los divierta, que les resista sus torpezas! ¡Canallas! ¡No creí que en un mineral hubiera hombres como ustedes! ¡No creí que los que día a día desafiaban la muerte fueran capaces de ofender a una mujer! | ||||
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ÑO SE FUE.- ¡Bien dicho! | ||||
LA CARMEN.- ¡El que espero es compañero de ustedes; el que me desee, lo traiciona! | ||||
TODOS.- Ese murió. Sabimos que murió... | ||||
LA CARMEN.- ¡No es cierto! | ||||
ALGUNOS.- ¡Zamba idiota! | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- Aunque no haya muerto... Nosotros te queríamos pa nosotros. | ||||
LA CARMEN.- ¿Por qué hei de ser yo, precisamente, la que les calme los malos apetitos? No lo entiendo, no quiero entenderlo. ¿Es que les molesta que haya cambiao de vía? Déjenme retirarme, no quiero estar aquí. Me trajeron por fuerza... Me hicieron recordar los malones de los indios en «La guerra a muerte», ¡pero hasta esos indios son menos malos que ustedes! | ||||
| VARIOS.- -Ella sabe cómo son los indios. -En un malón fue la cosa. ¡Ja, ja, ja! -Por eso le gustan los malones. -¡Viva la Virgen de la Piedra! -¡Ja, Ja, Ja! | ||||
LA CARMEN.- ¿No me quieren oír? | ||||
(Menos CÁRDENAS y ÑO SE FUE.) TODOS.- -¡Que cante, que baile! -¡Que se saque el traje! -¡Que se ría! -¡Que nos bese a todos! | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- Me pegaste un golpe, me tiraste a matar, yo —106→ había de pegarte también; pero si te vistes con un vestido bonito, te perdono el atrevimiento. ¡Ya, anda! (La toca para impulsarla. Ella lo golpea otra vez.) Señores, ya no se puede aguantar más. Yo quiero castigarla. ¿Están de acuerdo en que la desnude? | ||||
| VARIOS.- -¡Sí, sí, bravo! -¡Después la rifaremos! | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- Ya oíste. (Coge el traje y lo desgarra.) | ||||
ÑO SE FUE.- (Avanzando hasta el anfiteatro.) Yo, Olivero Muñoz, estuve esperando que de entre ustedes saliera un hombre que defendiera a esta mujer, pero ese hombre no salió. ¡Entonces hei debío venir yo! | ||||
VARIOS.- -¡Que se calle el viejo! -Viejo clueco. Co... co... co... ro... có... -Viejo brociaooo. -Hasta cuándo lo aguantamos. -Viejo intruso. | ||||
ÑO SE FUE.- ¡Desafío a fierro al que se pare! | ||||
VARIOS.- -¡Ja, ja, ja! (Muchas risas.) -Miren cómo nos mete cuco... -¡Ja, ja, ja! | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- Mire, anciano, ya se habrá dado cuenta de que entre nosotros no cunde. Váyase mejor, antes que le pase algo serio. La gente quiere que esta mujer —107→ se desnude y baile... ¡y así tendrá que ser! ¡Ya las echó! | ||||
ÑO SE FUE.- Echame vos. | ||||
LA CARMEN.- ¡Déjelos, don Olivero! | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- ¿La oye?, ya'stá lista, ya'stá el chancho en la batea. Así son toas las vírgenes de piedra. Se hacen de rogar pa peliar con más bríos. | ||||
LA CARMEN.- ¡Canallas! | ||||
ÑO SE FUE.- ¡Yo no permito que se desnúe ni que nadie la toque! | ||||
EL SUJETO BIEN VESTIDO.- Mira cómo te obedezco. | ||||
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(Va a besarla. ÑO SE FUE lo tumba de un golpe y, sacando su cuchillo, queda de pie, desafiante.) | ||||
| VARIOS.- -¡Matemos al viejo! -¡Viejo infeliz! | ||||
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(Todos ríen e injurian. Hay una horrible onda de burla y seguirá hasta envolverlo todo si alguna acción más violenta aún no cambia las corrientes de infamia que lo profanan todo.) | ||||
ÑO SE FUE.- ¡Juro que si la mofa sigue, bajaré y repartiré más tajos que una tempestad de arena! ¡Hablo yo, cobardes! | ||||
UNO.- ¡Baja! | ||||
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(ÑO SE FUE baja dispuesto a luchar. Esquivan la embestida y sin dejar de reír lo rodean y reducen a la impotencia.) | ||||
| VARIOS.- -¡Ah, viejo, ah, viejo! -¡Sosegao, niñito! —108→-¡Ah, viejo guapo! -¡Aguántate, viejo! | ||||
LA CARMEN.- Son harto hombres, qué más podía soñar yo... Si quieren violentarme, háganlo... Me defenderé mientras sea capaz. (Se dirige a la salida, la traspasan de rechiflas y la tiran de uno a otro lado, como un juguete. De ese modo la desnudan. Extenuada, cae.) ¡Miserables! ¡Nadie mereció tener una madre! | ||||
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(Salen EL CERRO ALTO, LA RISUEÑA y varios otros MINEROS.) | ||||
LA RISUEÑA.- ¡Carmen! (Corre y se abraza a ella.) | ||||
EL CERRO ALTO.- (Con voz de suprema energía.) ¡Alto! ¿Qué pasa aquí? ¿Quién ofende a esta mujer? ¿Quién ha voltiao a este anciano? ¿Quién o quiénes han sío los cobardes? ¡A ellos, compañeros! | ||||
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(Hay una corta lucha. EL CERRO ALTO distribuye feroces mazazos que aturden y desconciertan a los insolentes; los otros MINEROS sacan sus cuchillos y cargan contra el grupo, que, atemorizado, escapa. LA CARMEN y LA RISUEÑA están abrazadas durante toda la lucha.) | ||||
UNO DE LOS COMPAÑEROS DE EL CERRO ALTO.- Parece que se arrancaron y tan guapazos. | ||||
EL CERRO ALTO.- ¿Quieren que los sigamos y les demos la calda más soná de Chañarcillo? Yo tengo ganas de divertirme. | ||||
TODOS.- A lo hecho: ¡vamos! | ||||
LA CARMEN.- No, Cerro, ya es bastante. Muchas gracias. | ||||
LA RISUEÑA.- Carmen, Carmen..., no sabís lo que haríamos —109→ por vos, no lo sabís. Mira, perdóname; pero me han dao ganas de llorar... de pena porque han sío capaces de ofenderte a vos. | ||||
LA CARMEN.- Sol una chiquilla güena..., seremos siempre amigas, en la buena y en la mala. | ||||
EL CERRO ALTO.- Casi me meto en la conversación y la echo a perder. | ||||
ÑO SE FUE.- (Con dolor indignado que crece.) Me hicieron burla..., ya no hay na que esperar de estos rotos chilenos, que no respetan a las mujeres, ni respetan las canas. Se relajarán y se perderán, formarán un pueblo cargao de vergüenza y de baldón, sólo preparao pa la esclavitú. ¡Yo, pa salvarlo, les impediría tener hijos a los cobardes, a los canallas y a los calambrientos! | ||||
LA CARMEN.- Me fueron a sacar a mi trabajo, diciéndome que ellos habían muerto, y que yo debía dedicarme a ganar plata divirtiendo a la gente. En el aire me trajeron..., en jirones me arrancaron el vestío, querían desnudarme pa que bailara... ¡Nunca hei padecío tanto! ¡Nunca hei tenío más vergüenza! Cuando ellos se fueron, estaba atontá por el pesar... Creo que si han muerto, hei sío yo la culpable, yo los eché al desierto a buscar plata... ¿Pa qué quería plata yo? ¡Sólo ahora me doy cuenta de lo desampará que soy y de que pa vivir de veras, con un beso de amor sobra! | ||||
LA RISUEÑA.- ¡Con un beso sobra! ¡Hasta con una pena de amor basta! Carmen..., cuándo podremos vivir pa —110→ nosotras... Cómo puee ser posible que nunca alcancemos tranquilidá... ¿Por qué los hombres, que no buscan en su vía na más que nuestra perdición, pueen obligarnos a ser güenas? Carmen, yo me siento muy cerca de vos... Mira, a mí me quea mucha risa tuavía; hei encontrao muchos besos..., besos tan terribles que parecen piedrazos, caricias que me hacen sonar los huesos, que me duelen, pero son muy buenas... Figúrate que este animal, hace algún tiempo, muy entusiasmao, me hizo unos cariños que me tuvieron ocho días en cama... (Risas.) | ||||
LA CARMEN.- Esta Risueña... | ||||
EL CERRO ALTO.- No lo crea, Carmencita... Es que... somos tan... diferentes de porte. | ||||
LA RISUEÑA.- ¡En qué forma me estruja; cree que soy de piedra! Cuando llega contento, juega conmigo a la pelota; corre conmigo en brazos y me salta. ¡Dios mío, qué hombre! Un día se va a equivocar y me va a romper en peacitos... | ||||
EL CERRO ALTO.- Ponga una corría, señora Maclovia. | ||||
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(LA PLANCHADA obedece. A su tiempo beben.) | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- Señorita, perdóneme que no me acercara durante el mal rato, ni que hasta ahora la hubiera saludado. Yo no podía defenderla..., ya ve lo que le pasó aquí a don... Olivero. | ||||
LA CARMEN.- Señor Cárdenas, no se preocupe, y créame que me alegro de verlo bueno... Mañana... Pa mañana creo qu'es una notificación que me llegó. | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- ¡Le he agradecido tanto! | ||||
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EL CERRO ALTO.- Pero sírvanse, pues. | ||||
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(Beben todos.) | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- Dispénseme, ¿no anduvo usted buscando a los amigos Suave y Chicharra? | ||||
EL CERRO ALTO.- L'hice un empeño... Anduvimos unas diez jornás contás desde aquí. Hei nos pescó el viento malo y tuvimos que volver... Si a ellos los ha pillao en el desierto, sin abrigo, ya tienen un monte encima. (LA CARMEN llora en silencio.) Pero así como los púo pillar... púo tamién suceder lo contrario. Nosotros nos salvamos del mesmo peligro... Hace mucho tiempo que faltan, lo menos medio año... Yo tengo la tincá de que van a llegar de repente... a lo mejor ya'stán en el pueblo. La verdá es que golver del desierto es como golver del otro mundo. Pero los hombres como El Suave lo vencen too. ¡Un trago por ellos! No llore, Carmen, tome por ello!... | ||||
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(Beben.) | ||||
LA RISUEÑA.- Si pasara algo, que Dios no lo permita, te llevaríamos con nosotros, que te querimos tanto. | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- Señorita, yo no quiero -Dios lo sabe- que les suceda nada malo; pero si así fuera, me permito ponerme a sus órdenes. Aprenderíamos a conocernos. ¿Y porqué no, a queremos? | ||||
LA CARMEN.- No pueo quejarme de mi suerte... La verdá es que soy una regalona del destino. Muchas gracias, amigos, acepto cuanto me ofrecen porque sé que es bueno. Risueña, vos habís sío más que una hermana; parece que la vía nos amarró con lágrimas y con risas. Nuestros destinos han sío iguales. Después —112→ de una borrasca encontraste vos amor, ¿qué de extraño tiene que encuentre yo ahora la tranquilidá? | ||||
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(Se oye un silbido.) | ||||
EL CERRO ALTO.- Juraría que ese chiflío es del Suave y viene del lao'el cerro. Esperemos. | ||||
LA CARMEN.- Señor, se me rompe el corazón. (Se sienta anhelante.) Risueña, dame agua. | ||||
LA RISUEÑA.- No oís, Planchá, pasa agua. (Recibe el vaso y da de beber a LA CARMEN, que está tan temblorosa que parece que va a morir.) Cálmate, Carmen, sé valiente, un ratito más... Ya, echa una risa... Yo no quiero que llorís, no te quiero entonce... | ||||
LA CARMEN.- ¿No han vuelto ha chiflar? | ||||
EL CERRO ALTO.- Parece que no... ¿Quién sabe si serían otros? Pero... voy a salir a ver. | ||||
LA CARMEN.- No, Cerro. Con vos s'iría mi ilusión. Yo quiero, por lo menos, soñar que llegan. | ||||
LA RISUEÑA.- Carmen, ¿qué haré para consolarte? Te quiero con toa mi alma, pero no pueo evitar tu tristeza. No llorís, porque la cosa será entre dos y se pondrá muy fea. | ||||
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(De la calle sube un aplauso, surgen voces que llegan fragmentadas a la escena.) | ||||
LA CARMEN.- ¡Son ellos! (Se levanta y vuelve a caer. LA RISUEÑA le da agua y le abre el chal con que la ha cubierto al encontrarla casi desnuda; la fricciona. Poco a poco vuelve en sí.) Gracias a Dios. (La estremece y la alivia un hondo suspiro.) Qué feo habría sío que me hubiera ido al suelo delante de —113→ ellos, que esperan una mujer pa que los consuele. (Sonríe. Pausa.) Toy muy cambiá, Risueña, a lo mejor me hallan muy seria. | ||||
LA RISUEÑA.- Yo te hallo más bonita; así seria, me gustái más. Oye, sabís, quién sabe si será una lesera mía: me da mieo decirte de vos... Parecís..., de veras..., parecís una señora. Nadie aquí tiene ese... ese mando que tenís vos. De aquí en ailante me va a dar mieo abrazarte. | ||||
LA CARMEN.- Risueña, tan buena, tan amiga..., es tu cariño el que hace milagros. | ||||
EL VERDE CÁRDENAS.- Es verdad, parece una señora, como ella se portó y se porta, proceden las señoras. | ||||
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(Se oyen pasos de mulas.) | ||||
LA RISUEÑA.- ¡Son ellos! ¡Son ellos! | ||||
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(Corre por la escena riendo, alegre como un niño y batiendo las manos y dando palmadas de entusiasmo. Se detiene y abraza a CARMEN y sigue su juego. Aparecen EL SUAVE y EL CHICHARRA.) | ||||
EL CERRO ALTO.- Amigos... | ||||
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(LA RISUEÑA les ha salido al encuentro y los ha abrazado y besado, la primera.) | ||||
LA RISUEÑA.- ¡Eran ellos, Carmen, eran ellos! | ||||
LA CARMEN.- Llegaron..., llegaron. | ||||
PEDRO EL SUAVE Y EL CHICHARRA.- Risueña, Carmen, amigos... | ||||
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(LA CARMEN y EL CHICHARRA se unen en un largo y doloroso abrazo. EL CERRO ALTO y los demás han abrazado Al SUAVE, también las CANTORAS. La manifestación es general; sólo LA PLANCHADA no —114→ toma parte en ella. LA CARMEN suelta a EL CHICHARRA y se abraza de EL SUAVE, mirándolo a los ojos, con infinita tristeza; luego, apoyando la cabeza sobre su hombro, llora en silencio; él, conmovido y como si se tratara de una niñita de pocos años, la abraza suavemente, toma su cabeza y la besa en la frente.) | ||||
LA CARMEN.- ¡Qué contenta estoy, qué contenta, qué contenta!... | ||||
LA RISUEÑA.- En verdá parece que vuelven del otro mundo; se me ocurre de repente que son ánimas... Pero los encuentro mejores... El Chicharra parece hombre ahora. | ||||
ÑO SE FUE.- (Está muy vejado.) Así llegan los hombres que devuelve el desierto, que son muy pocos. Amigos, celebro verlos antes de irme. Esta mesma tarde m'iré de Chañarcillo. | ||||
PEDRO EL SUAVE.- Antes tenimos que hablar... Hablaremos mañana... Se irá pasao mañana. (Mira la escena, que conserva las señales de la lucha.) ¿Y aquí qué ha pasao? | ||||
LA CARMEN.- Na... de particular. | ||||
PEDRO EL SUAVE.- Ahora comprendo por qué arrancaron, al vernos, varios que eran antes amigos nuestros. Vos tai desnúa. Te acaban de dar un malón... y han ofendío tamién a Ño Se Fue. Y él lo ha tomao en serio... Él, que sabe cómo son estas fieras. Nosotros sabíamos que esto no había cambiao..., los hombres se repiten eternamente. El desierto es malo, la muerte es —115→ dura; pero el hombre tiene la burla y la cobardía. Pero no hablemos así, es bajo amargarse por detalles corrientes. Díganos, fuera de esto, cómo'stán por aquí. | ||||
LA RISUEÑA.- Queriéndote..., toos te querimos..., y los zambos que no te quieren te tienen un mieo que parece un monte... Teníamos deseos de verte, de verlos, pues toos los que le querían hacer las buscas a la Carmen venían contando el mesmo cuento: que ustedes habían muerto. | ||||
LA CARMEN.- ¡Seis meses! Momento a momento pensando en ustedes... Sabiendo que habían ido casi... a la muerte. Arrepentía de haber tenío la culpa del viaje... Los hei soñao muertos... A veces m'imaginaba qu'iba por el desierto y los hallaba acurrucaítos debajo de una roca, muertos; pero que los cubría con mi llanto y resucitaban. ¡Lo que hei sentío por ustedes! No soy más que una pobre mujer, una redoma llena de lágrimas; no sirvo pa na, ni para querer... No quiero que se vayan más... (Los abraza a los dos.) | ||||
EL CERRO ALTO.- Hay que ver cómo somos nosotros. Han de venir secos de se, muertos de cansancio, y estamos dándoles palique y haciéndolos llorar. Sirva, ligerito, un causeo del porte'el desierto. (A LA PLANCHADA.) Vamos a comer, y después, que descansen. | ||||
LA RISUEÑA.- Hablaste como Salomón; ¿lo ven como tiene sus ocurrencias güenas? | ||||
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(Risas.) | ||||
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EL CHICHARRA.- (Después de beber el primer trago.) Hay que ver l'agua del desierto... y el odio que le tengo al charqui... | ||||
LA CARMEN.- Yo te haré olvidar too. | ||||
LA RISUEÑA.- Y yo tamién. | ||||
EL CHICHARRA.- ¡Estas chiquillas! ¡Cómo las quiere uno! ¡Con qué angustia! Carmen, siempre te tuve presente..., me consolabai y me hacíai daño... Te bendecía y te maldecía... A veces erai santa y otras el demonio... ¡Güena y mala, too! Yo, Carmen, soy malo, no te merezco... | ||||
LA CARMEN.- Juan... | ||||
PEDRO EL SUAVE.- Quién se acuerda de esas menudencias... La vía se retuerce tanto... Y luego... un hombre que ha encontrao la fortuna... Carmen, buscándolo pa vos, hallamos el derrotero. | ||||
LA CARMEN.- ¿El derrotero? | ||||
PEDRO EL SUAVE.- Sí. | ||||
LA CARMEN.- Me contraría... ¡Soy tan al revés de los otros cristianos, que me hubiera gustao verlos infelices, pa haberme muerto por alegrarlos y haber podío demostrarles cuánto los quiero! | ||||
PEDRO EL SUAVE.- ¡Qué mujer tan completa soi! | ||||
LA RISUEÑA.- Por algo la quiero tanto a esta zamba. ¡Ay!, ¡qué ganas m'están bajando de cantar, de bailar, de reírme y de morir! Yo nunca tomo trago porque me da por matar gente. Una vez... maté a cuatro hombres bien grandes, bien grandes... pero fue -¡qué lástima!- en un sueño. (Ríe mucho y corre por la —117→ sala. Toma un vaso.) . ¡Por la mina Carmen! | ||||
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(Beben todos.) | ||||
PEDRO EL SUAVE.- Por los buenos amigos y por las mujeres verdaderas. | ||||
EL CHICHARRA.- Es que yo tengo grandes remordimientos, no me creo con derecho a participar ni de este amor ni de esa fortuna; con El Suave he sido tan malo como con la Carmen. Yo, señores, debo alejarme a deplorar mi falta de hombría. | ||||
PEDRO EL SUAVE.- Vos te vai a callar, si soi tan tonto, disimúlalo. Amigos, somos ricos, verdaderamente ricos, y seremos ricos toos. ¡Abrir un camino en la vía nos será más fácil que seguir la huella y que resistir el viento negro! ¡Que los que hemos pecao nos enderecemos, que los buenos persistamos! ¡Desde este momento, empezaremos a abrir un nuevo camino, vamos a él con el corazón franco, con la palabra buena y el abrazo pronto, y tendremos derecho a la riqueza y hasta a la felicidá! | ||||
TODOS.- ¡Hasta la felicidá! —119→
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—121→
A los pocos días de la muerte de Antonio Acevedo Hernández -en diciembre de 1962-, el crítico teatral Nathanael Yáñez Silva escribió una columna en el diario La Nación, donde recordaba la última vez que vio al dramaturgo, durante una reunión de la Sociedad de Autores Teatrales de Chile hacía seis meses: «Ocupaba uno de los bancos. Le observé triste, callado; no habló una sola palabra durante toda aquella sesión; él, que era tan bullanguero en estas circunstancias, tan inconformista, tan pintoresco y tan simpático dentro de cierto ángulo con que se mira a los autores... Está enfermo -me dije-, pensé, más bien, al verlo pálido y, sobre todo, tan silencioso (...). Tomaba alguien la palabra y él sólo miraba al orador sin hacer ninguna demostración ante este acto, indiferente. Y volví a pensar: Acevedo, que era tan bullicioso, que las emprendía con cualquiera, porque sí, porque nunca pedía la palabra a un presidente de la Satch, sino que se la tomaba, para hacer interrupciones muchas veces graciosas, pero las más, atrevidas y llenas de orgullo...»
Ganado por la arterioesclerosis, Acevedo había muerto a los 75 años sin mayores recursos económicos, tal como había vivido, a pesar de ser considerado uno de los dramaturgos chilenos más importantes y padre del teatro nacional. Su labor no sólo consistió en la escritura de dramas y comedias y, a través de ellas, cambiar la temática de las obras chilenas, sino también en impulsar a grupos y compañías, alentar —122→ a autores jóvenes, luchar con fervor por los derechos del gremio y ayudar a definir lo que después se llamó el Teatro Chileno.
Acevedo Hernández nació en el pueblo de Tracacura, provincia de Angol, en 1887. De su padre -ferroviario, contrabandista y soldado- heredó un espíritu aventurero que lo empujó a marcharse del hogar tempranamente, a los diez años. Solitario y con un equipaje miserable, Acevedo se enganchó con unos trabajadores carrilanos, aquéllos que viajaban por el país extendiendo las vías del ferrocarril. En una entrevista de 1957 contaba que «Los carrilanos son verdaderas ciudades ambulantes. Ahí cada uno hace lo que quiere (...). Me enseñaron a manejar la baraja y el cuchillo». El remordimiento para con su madre lo hizo volver al hogar, donde descubrió que su padre lo había ido a buscar a Santiago, suponiendo que había viajado hasta la casa de sus abuelos maternos. Temeroso de las represalias, Antonio volvió a huir, esta vez para siempre. No vería a sus padres sino muchos años después, en la capital.
Sin haber llegado aún a la adolescencia, Acevedo Hernández desempeñó los más variados oficios: albañil, lazarillo, vendedor, cargador de feria, labrador y obrero. En Chillán aprendió a leer, iniciando una vocación autodidacta que no abandonaría nunca. Muchas veces se ganó la vida escribiéndoles cartas a los campesinos, quienes le pagaban una chaucha por página redactada, «lo cual era mucho para la época». A medida que pasaban los años, se fue acercando a Santiago y sobreviviendo con su multitud de oficios. «Sufrí mucho y aprendí», contó una vez. «Conocí el hambre... acaso todos los dolores. Supe mucho. Trabajaba y me iba».
Un oficio que tendría singular importancia en su futuro como dramaturgo fue el de peón de fundo. Allí conoció la precaria realidad del campo chileno y el habitual sistema de injusticia con que se trataba a los trabajadores: «En ese tiempo los mayordomos azotaban a los muchachos, como se dice, de puro gusto», escribió en sus Memorias de un autor teatral. Muchas veces recordó que en ese tiempo -principios de siglo-, el dueño de fundo aún conservaba el «derecho de pernada»: tener la primera relación sexual con la recién desposada del inquilino.
—123→En Santiago, y ya de 20 años, Acevedo Hernández trabajó como obrero de la construcción -albañil-, desde donde fue expulsado por su afición a leer en las horas de descanso. Años después, cuando ya había estrenado algunas obras, ciertos caricaturistas de periódicos que no soportaban que un carpintero invadiera los dominios del teatro, lo dibujaban escribiendo con un serrucho. Había en el joven Acevedo un ansia por aprenderlo todo, por leerlo todo, por saberlo todo. Aplicadamente coleccionaba obras maestras del teatro universal y ensayos sobre teoría política. Se apasionó con las ideas renovadoras que impulsaban transformaciones universales sobre la base de una mayor justicia e igualdad. El escritor Mariano Latorre recuerda así su primer encuentro con Acevedo: «Un día, en un negocio de libros usados que había en la calle Bandera, primera cuadra, vi un joven, casi un niño, que, encaramado en una escalera, con un libro en la mano, hablaba con el dueño del puesto en voz alta y con ademanes violentos, a modo de arenga popular, en contra de los burgueses.
«Como le hiciera algunas observaciones, se bajó y me increpó directamente, cual si yo hubiese sido uno de los culpables del estado de cosas que él vituperaba. Cuando supo que era escritor y que luchaba por la vida con mi trabajo, se calmó. Conversamos; lo invité a tomar té conmigo en la oficina de la universidad, y nuestro trato continuo y amistoso me demostró en poco tiempo que bajo aquella apariencia áspera y hostil, latía un generoso corazón de artista».
En la capital sus afanes teatrales nacen junto a las preocupaciones por la sociedad de su tiempo, encarnadas de alguna forma por el anarquismo. Acevedo funde ambas inclinaciones y escribe su primera obra mayor, En el rancho, con la cual recorre algunos grupos teatrales, sin que nadie se interese por ella. Se engancha entonces con la compañía de actores de Antonia Pellicer para trabajar en pequeñas labores: barredor, boletero, apuntador, mozo de los mandados, actor de pequeños papeles, hasta llegar con el tiempo a ser re-redactor de obras ajenas, «arreglador». Porque era costumbre en esa época que obras clásicas, tradicionales, modernas o desconocidas, se rehicieran de acuerdo a las necesidades de las compañías, sus integrantes, giras, programas o recursos económicos. Así revive Acevedo la primera vez —124→ que el director de la compañía le ordenó «arreglar» algunas obras mayores: «Pellicer me llamó: 'Ya sabe lo que ha pasado. Tenemos que terminar la temporada. Somos seis, más el apuntador, el traspunte y los maquinistas. Tenemos obras que se pueden arreglar para seis (...). Aquí tiene esto'. Me entregó varios libretos: 'Haga lo posible por arreglar las obras para las seis personas. Hay una o dos de poco reparto. Vea la manera de quitar, de unir o... de agregar la letra de las figuras que haya de quitar, ¿eh? ¿Me entiende? Si puede arreglar en tres actos, lo hace, o... redúzcala a un acto'».
A partir de esas experiencias, Acevedo no se despegó nunca de los escenarios. Su amigo, el escritor José Santos González Vera lo recuerda como un afiebrado del teatro: «Acevedo Hernández no hablaba de mujeres, sino cuando una le parecía bien para representar a tal o cual heroína de sus obras futuras. No se quejó nunca de pobreza, aunque su atavío era pobre. No expresaba deseos de posesión de cosa alguna ni pretendía ser rico, tener poder ni ser monarca. No tenía en mente ninguna aspiración secundaria. Ni de comer hablaba. Su vocabulario lo usaba al perorar de teatro, de obras dramáticas, de comedias, de intérpretes y decoraciones. Los problemas de la sociedad los resolvía escenificándolos».
Por aquellos años -primera década del siglo-, el teatro era el único espectáculo que se ofrecía al público chileno. Dentro de él dominaban las compañías extranjeras, sobre todo españolas, que se instalaban durante varios meses en el país presentando fundamentalmente zarzuelas, sainetes y comedias. Las pocas obras nacionales que se estrenaban seguían la misma corriente de los visitantes, e incluso los actores debían decir sus parlamentos con marcado acento español. Así, el teatro ira concebido como un lugar de diversión y esparcimiento. «Gustaban tanto entre nosotros la zarzuela chica y el culto a las tiples españolas», relata Acevedo en sus memorias, «que los hombres peleaban a golpes a la salida del Teatro Santiago por sus respectivas tiples, y llenaban noche a noche por completo el teatro. Bien; los chilenos también perpetraban zarzuelas que resultaban siempre de una triste infancia». Y más adelante: «La zarzuela se adueñó del continente de habla hispana. Los ambiciosos que deseaban —125→ escribir para el teatro seguían, en la mayoría de los casos, burdamente a sus modelos zarzueleros, y también al llamado juguete cómico, siempre absurdo. Se dice que ese género de teatro es digestivo».
Varios años después, durante la crisis teatral de la década del 30, Acevedo volvió a la carga en las críticas contra los autores de su época: «Parece que los empresarios y los autores llamados festivos descubrieron que el público prefería reír; eso estaba dentro de sus medios; empezaron a cultivarlas y fueron poco a poco desviando el criterio que el público tenía respecto de lo nacional (...). He aquí la norma de los autores de profesión: 'Nosotros no escribimos para la posteridad; una vez que el público paga, el negocio está hecho. La única verdad es la taquilla'.
Teatro festivo, evasivo o pintoresquista, el de aquel período no estaba preocupado de una multitud de temas y personajes nacionales de los cuales la literatura se estaba haciendo cargo. En el país comenzaba a crecer una efervescencia provocada por la llamada Cuestión Social, es decir, la abrumadora pobreza en que vivía la mayor parte de la población. En parte ello se debía a la emigración desde las provincias a la capital, sin que ésta tuviera la infraestructura necesaria para acoger tamaña avalancha. Hacia 1920, la crisis de vivienda había llegado a tal punto crítico, que era inseparable de los problemas de higiene, epidemias, promiscuidad y prostitución. Así nacieron los conventillos y cités, lugares de hacinamiento de familias completas que apenas satisfacían sus mínimas necesidades. Hacia 1912, cien mil personas -la cuarta parte de la población santiaguina sobrevivía en 25 mil conventillos, con un promedio de tres habitantes por pieza, que en muchos casos llegaba a diez. Todos los historiadores coinciden en señalar la presencia de enfermedades, desnutrición, analfabetismo, alcoholismo y alta mortalidad infantil que caracterizan el período, pero que era ocultado o apenas mencionado por los hombres públicos de la época.
En este contexto, la dramaturgia de Acevedo Hernández echó mano a los temas que estaban ahí, en la calle, y propuso obras que contaran estas historias, no sumándose a la tendencia del teatro más —126→ o menos ramplón y digerible que por esos años campeaba. Durante mucho tiempo anduvo con sus dos primeras obras -En el rancho y El inquilino- bajo el brazo, mostrándolas a algunos amigos que dudaban de su éxito. Revisadas una y otra vez, Acevedo reflexionó: «Pero pensándolo bien, llegué a la conclusión de que mi obra de campesinos estaba bien. En las obras que veía diariamente aparecían demasiados marqueses, condes, duques, duquesas y hasta reyes y reinas. Creí que el pueblo chileno, nunca utilizado por los autores novicios, me entendería, sentiría su propio dolor, que era también el mío...»
Después de mucho batallar, consiguió fundar la Compañía Dramática Chilena -el primer grupo teatral propiamente nacional- la que presentó En el rancho. Lo estrenó el 24 de diciembre de 1913 en el Teatro Coliseo, bajo la dirección de Adolfo Urzúa Rozas. Acevedo llegó atrasado a la función y no lo dejaron entrar por su apariencia impresentable para un lugar público. Desde afuera escuchó los vítores y aplausos de un público fervoroso. Requerían una y otra vez la presencia del autor. Pellicer, el empresario, lo buscó y a empellones lo hizo aparecer en el escenario. La facha de Acevedo Hernández era lastimosa. Lo peor: sus zapatos. «Mi salida fue espectacular», recuerda Acevedo. Imagínese usted que de repente cubrieran el sol. El público que gritaba con entusiasmo inusitado se quedó frío y silencioso durante varios segundos, mirándome sorprendido. Jamás he visto decepción mayor. De pronto de la primera fila, donde habían venido varias hermosas mujeres, surgió una voz despechada, entristecida: '¿Y éste es el autor?' Yo contesté, sin darme cuenta, tal vez: 'Señorita, yo no escribo las obras con los zapatos'. Una ovación estupenda estalló en ese momento...»
El Teatro El Coliseo quedaba en un barrio periférico de Santiago, y en esas zonas Acevedo comenzó a conquistar su público para llegar, muchos años después, a los «teatros del centro», demostrando con ello que también existía interés por ese tipo de obras. En el rancho fue exitosa y popular. Tanto, que en una función del Teatro Excelsior el público obligó a repetirla completa, en una maratón que terminó a las dos de la mañana. Estaba echado el cimiento, pues, para el llamado teatro social: el que indaga sobre las condiciones de vida y de relación —127→ entre las distintas clases sociales y cómo éstas determinan a los individuos; da a conocer las percepciones del mundo de estos protagonistas; muestra su entorno, y toma partido por los más pobres, destacando sus anhelos de humanidad. Igualmente, el teatro de Acevedo rescata el mundo popular del lenguaje, los dichos, la música y las tradiciones, que fluyen naturalmente en sus creaciones y superan una visión puramente folklórica o pintoresquista.
Así, Acevedo mostró a unos personajes chilenos reales, y no como elementos decorativos en donde no afloraban sus problemas y conflictos más profundos. A través de sus obras fueron apareciendo las auténticas condiciones de vida de los campesinos y los mineros; las relaciones feudales entre los patrones y los obreros; la pérdida de las tradiciones, producto de la emigración del campo a la ciudad; las precarias condiciones sociales de los suburbios, que convierten en parias o delincuentes a jóvenes ignorantes; las esperanzas y deseos íntimos de personajes a la deriva y de prostitutas nobles que sueñan con establecer un hogar. En general, en la dramaturgia de Acevedo Hernández los «héroes» y los «villanos» están claramente definidos: los primeros se encuentran en el pueblo despojado y modesto, y los otros, entre los ricos y poderosos, derivando en ocasiones en cierto maniqueísmo simplista.
Dentro de esta visión, la cultura y la educación que adquieren los personajes son elementos que les ayudan a su liberación, y en donde cifran sus esperanzas de un futuro mejor. Es el caso de Salvador, en La canción rota, que ha regresado al campo después de veinte años en la ciudad, y cuyas prédicas y enseñanzas a los campesinos ayudan a formar un movimiento que termine con las arbitrariedades de que son objeto. Igualmente, El Aguilucho, en Almas perdidas, redime su pasado de delincuente cuando comienza a leer y conocer otro mundo, gracias al aprendizaje que obtiene de Óscar. Ello le confiere a la obra de Acevedo un carácter distinto en el concierto de dramaturgos de su época, porque no se limita al catastro más o menos documental de las miserias de los hombres de entonces -al estilo de un registro costumbrista-, sino que introduce un factor de cambio, movilidad y esperanzas a las situaciones, añadiendo así una perspectiva existencial. —128→ Incluso su dramaturgia alentadora de la liberación de los hombres alcanza perspectivas americanistas con Joaquín Murieta, basada en el legendario bandido chileno que se convirtió en caudillo en California, durante la fiebre del oro. Aquí, el héroe busca la justicia en tierra extranjera, rebelándose contra los patrones norteamericanos.
Chañarcillo fue estrenada en 1936, en medio de esa crisis de dramaturgia nacional provocada, entre otras cosas, por la invasión del cine sonoro. La acción ocurre en 1842, en las minas del Norte, durante el auge de la plata. Hasta allí llegan emigrantes, trabajadores y aventureros de todas partes del país para descubrir un filón del metal y hacerse millonarios por un golpe de suerte. En su historia aparecen distintas personalidades: el ambicioso y egoísta, el generoso, el descreído, el marginal, el poderoso. A través de esta aventura de la búsqueda de plata se configuran los diversos conceptos de la vida, sus choques, ajustes y desajustes. Esta perspectiva se ve enriquecida por los elementos que atraviesan la historia: bailes, canciones y ritos propios de ciertas culturas nacionales.
Pero más allá de su nivel puramente sicológico, Chañarcillo alcanza tonos épicos y míticos, perfilándose incluso como una epopeya. Así lo demuestra el viaje de El Suave y El Chicharra en busca del mineral, un recorrido que va más allá de su nivel anecdótico: se trata, también, de una conquista de la naturaleza que vence a un destino prefijado y de un viaje interior que pone a prueba la capacidad de los protagonistas. En esta dimensión alcanzan particular significado los elementos míticos, mitológicos y alegóricos de su hazaña. Allí, la fantasmagoría irreal, el mundo de los sueños y la magia, son el salto que proyecta la obra hacia un expresionismo no realista. Su triunfo es emblemático de todo un pueblo que cree en ellos y al que de alguna manera representan. Así, forma y contenido hacen que Chañarcillo sea una obra adelantada a su tiempo y clave en la dramaturgia chilena.
Juan Andrés Pina
—129→
- 1911
- La hora suprema
- A comprar materiales
- 1913
- En el rancho
- 1914
- El inquilino
- La peste blanca
- 1915
- Almas perdidas
- Carcoma
- 1916
- Camino de flores
- 1917
- Espino en flor
- 1918
- Irredentos
- Homicidio
- Navidad
- La familia de don Zenón va al cine
- 1920
- Por el atajo
- El laberinto
- Santiago en solfa
- 1921
- La canción rota
- 1922
- Ha salido el sol
- 1925
- Angélica
- 1926
- Huelgomanía
- 1927
- Cabrerita
- Cardo negro
- De pura cepa
- Un Dieciocho típico
- Rosas
- Caín
- Árbol viejo
- Agua de vertiente
- 1929
- Quién quiere mi virtud
- Los deportados
- 1931
- Las santiaguinas
—130→
- 1932
- El gigante ciego
- Madre una vez
- El milagro de la montaña
- Joaquín Murieta
- 1933
- La cortesana del pueblo
- Lo que olvidaron los Reyes Magos
- 1936
- Los payadores
- Chañarcillo
- 1937
- Los caminos de Dios
- 1940
- La Cruz de Mayo
- 1945
- El triángulo tiene cuatro lados
- 1950
- Cuando la muerte habló
- El torrente
—131→
Glosario de términos teatrales1
COMEDIA MUSICAL: Género teatral derivado de la opereta y muy popular en Estados Unidos, donde se mezclan los diálogos, las canciones, la danza y la música. Su argumento es habitualmente sentimental, muchas veces melodramático, aunque sin llegar necesariamente a lo cómico. Las comedias musicales más conocidas han nacido en los teatros de Broadway, en Nueva York, tales como Hair, Evita y West Side Story.
FLORES, ALEJANDRO (1896-1962): Uno de los actores más famosos en la historia teatral chilena. Ha sido considerado como el último del «teatro de divos», aquél en que importaba más la presencia del actor sobre el escenario que el personaje que representaba, e incluso que la obra misma. Un público masivo, esencialmente femenino, lo siguió durante muchas décadas. Durante el período de la llamada crisis del teatro chileno -entre 1930 y 1943, aproximadamente-, Alejandro Flores fue uno de los pocos que mantuvo una compañía teatral estable. En esos años fue su época de mayor popularidad, la que declinó con la llegada de los teatros universitarios en la década del 40. En 1946 recibió el Premio Nacional de Arte. Escribió algunas obras teatrales, —132→ entre las que destacan Malhaya tu corazón (1921), Match de amor (1928), El último brindis (1931) y A toda máquina (1934).
TEATRO POBRE: Forma teatral desarrollada por el polaco Jerzy Grotowski a partir de 1959. Se trata de espectáculos muy influidos por el Teatro de la Crueldad, de Antonin Artaud, donde la representación está centrada en el actor y en su estrecho contacto con el público. Así, el concepto de Grotowski es el de un actor «santo», frente al actor «cortesano» del drama burgués convencional, al mismo tiempo que un «atleta de los sentidos» que sepa liberarse física y síquicamente para así poder expresarse con plenitud y potencialidad. Su denominación de «pobre» se refiere a que el espectáculo está desprovisto de elementos, externos, y donde sólo basta el actor, su cuerpo, su voz, sus movimientos, para crear la representación.
TIPLE: La más aguda de las voces humanas, propia de los niños y también de las mujeres. Se designa con este nombre al actor o cantante infantil, o a la actriz que posee este voz, con frecuencia equiparada a la soprano.
TRASPUNTE: La persona que entre bastidores le daba la entrada a los actores y les «apuntaba» (dictaba) las primeras líneas del texto, fenómeno este último en desuso. También se utilizaba para designar al encargado de comprobar que todos los elementos de la representación estuvieran listos antes de empezar y que funcionaran adecuadamente durante ella, especialmente las entradas y salidas de los actores. Actualmente, estos trabajos son de responsabilidad del Director de Escena.
ZARZUELA: Género musical español que se presentaba para la corte en el Palacio de la Zarzuela. El gran auge de esta modalidad teatral -donde se mezclan la música y el diálogo, el verso y la prosa, al estilo de la ópera- se produjo hacia la mitad del siglo XIX, cuando se abrió en Madrid el Teatro de la Zarzuela y se estrenaron obras como La gran vía y La verbena de la paloma. Muchas de las zarzuelas pertenecen al «género chico»: obras en un sólo acto y de carácter cómico.

