Querida doña Marina:
Perdona que te moleste otra vez, pero es que tengo tantas preguntas. Ayer se me ocurrió una, un poco maliciosa. ¿Qué hubiera pasado si te hubieras acostado con George en lugar de haberlo hecho con Hernán? ¿Te hubiéramos exigido cuentas, o nos hubiéramos sentido agradecidos? ¿Qué lugar estuviéramos ocupando ahora? ¿Opresores, oprimidos, las dos cosas, o ninguna?
L.
-¿Por qué te gusta hablar conmigo, Miguel?
-Porque, cuando era niño, algunas veces me gustaba jugar a los ciegos.
-Y, ¿por qué te gustaba jugar a los ciegos?
-Porque se me figuraba otro mundo diferente. Sentía otras cosas que no sentía cuando tenía los ojos abiertos.
-Y, ¿qué sentías?
-Lo que usted sentirá, don Braulio.
-A ver si es lo mismo. Cuéntame.
-Pues me gustaba cerrar los ojos y dar vueltas. Después me paraba y el mundo seguía girando.
-Y, ¿después?
-Después me caía mareado, me levantaba, quería ir para un lado y las piernas se me iban para otro.
-Y, ¿qué más hacías?
-Algunas veces rompíamos piñatas de puerquitos. Nos vendaban los ojos, nos hacían girar varias veces y luego teníamos que pegarle a la piñata para romperla.
-Y, ¿le pegabas?
-Al aire.
-¡Oh!
-Y, ¿usted?
-Yo también juego a la piñata de huerquitos.
-Y, ¿cómo le hace?
-Más de una vez quise pegarle con mi caña a algún niño sinvergüenza y, al querer hacerlo, me encontraba nomás con el aire.
-Entiendo.
-Nos entendemos.
-Do you like Halloween, children?
-Yes, miss Fairchild.
-Why?
-Because of trick or treat.
-I'm scared, teacher.
-Why?
-Because la Llorona will get me.
-Who?
Era la hora del recreo. La maestra me dijo: «I want to talk to you after class». Esa noche iba a haber el Halloween. «La maestra te va a agarrar», me dijo Tommy. Yo ya andaba cansado y agüitado. Durante la última clase, que era de reading, no podía concentrarme en las palabras. El dibujo de la vieja con el gorro largo y puntiagudo, y que estaba montada en una escoba que cruzaba por delante de un castillo abandonado, me ponía la piel chinita. Levantaba los ojos para distraerme, y fueron a dar sobre la maestra, que traía una blusa negra. Luego retiré la vista de ella, y los ojos fueron a dar sobre las paredes en las que había pegadas calabazas de papel amarillo y siluetas de viejas vestidas de negro y con el diente caído. Del techo, y prendidas por hilos, colgaban más viejas que se movían con el viento que desprendían los abanicos del calentón. No se sabía si salían o si iban a hacer sus cocimientos en las ollas envueltas por lenguas de fuego. La maestra me llamaba la atención, y yo la tenía que ver. Y mismamente me parecía que una de las viejas me estaba hablando, vestida de negro, aunque el diente no le colgaba, ni tenía escoba. De pronto, sonó el timbre y me hice el rezagado, porque sabía que la maestra me andaba buscando («La maestra te va a agarrar»).
En la calle se veían calaveras iluminadas por una vela amarilla. La vela hacía mover a la calabaza. Yo pronto que me metí en casa. Ni se me antojaban los candies. Pasé la noche con los ojos abiertos, viendo llorar a la maestra. Miss Fairchild iba vestida de negro, y los niños se escapaban de ella. Tenía un gemido muy doloroso. Quesque andaba buscando a sus hijos. Los niños se escapaban y le recordaban que ella no los tenía, que, aunque ya no era señorita, nunca los había tenido. Por eso se escapaban los niños, porque sabían que los quería robar. Se iban corriendo hacia sus casas, hacia sus madres. Con el vaivén, se les caían los dulces de las bolsas del Safeway. Mientras corrían, miraban para atrás y veían a la maestra que hacía pujidos y los quería agarrar. «Ayyy... de mis hijos», se oía por todas partes. Desperté, y me tapé toda la cabeza con la cobija y puse las manos sobre los oídos, después sobre los ojos y después otra vez apreté muy fuerte los oídos. Al rato, los destapé y me dolían las orejas. Ya no se oía nada, ni se veía nada. Entonces pensé en mi madre, y me volví a dormir.
-Oiga, don Braulio, ¿qué le pasó en la nariz?
-Me la fregaron, Miguel.
-Y ¿quién se la fregó?
-La alambrada que pusieron en ese terreno.
-Y, ¿ahora?
-Ahora tengo que dar la vuelta.
-¿Como las gallinas?
-¿También están ciegas las gallinas?
-No, pero tienen que dar vuelta a las alambradas para verse libres.
-Entonces yo estoy como las gallinas, pero sin ojos, y mareado.
-Johnny, what comes after Thanksgiving?
-Christmas, teacher.
-And what do you like most about Christmas?
-Santa Claus.
-Why?
-Because I want to look like Washington.
Johnny Ramírez admiraba mucho a la maestra. Hubiera querido que fuera su madre. De buena gana hubiera vuelto a ser bebé para poder ser amamantado por unas chiches rosadas y haber bebido leche pura. Cuando entró en la tienda TG&Y se fue directamente a ver los juguetes. En un estante había cajas de máscaras, sobre todo de Santa Claus. Notó que había una abierta. Miró para todas partes, y no vio a nadie. Sacó de la caja una máscara de Santa Claus, se acercó a un espejo que colgaba de una columna y se puso la máscara. Casi le dio pánico al momento. Pero se mantuvo firme. Tenía el pelo blanco y la barba blanca. «¡Chihuahua! Me miro pachiche. Como un San Bolillo». Se miró varias veces en el espejo. Blanco como la nieve. La nariz y los cachetes quedaban al descubierto. Se tocaba la barba, y después los cachetes, para ver qué parte era la suya. Volvió a mirarse en el espejo y, antes de despedirse, le dijo al otro: «Jíjoela...». Se quitó la máscara, la metió rápidamente en la caja y miró para todas partes. Nadie le había observado. Su corazón le palpitaba fuertemente.
Cuando iba saliendo, vio a muchos niños en fila. Se fijó en Santa Claus y notó que no tenía barba. Aunque le pareció que ya era grande para sentarse en las piernas de Santa, decidió hacer cola también. Al rato pasó su padre y lo vio.
-¿Qué haces aquí, hijo?
-Quiero sentarme en las piernas de Santa.
-¡Pero si es una vieja!
-Por eso.
Johnny se fue triste. Hubiera querido sentirle el palpitar del corazón de miss Fairchild y sentirle sus piernas.
-Y ¿por qué dicen que el progreso es bueno, Miguel?
-No lo dicen todos.
-También dicen que no se puede parar el progreso.
-Eso dicen.
-Pues ojalá y lo paren, porque a mí no me trae nada bueno.
-Y ¿por qué?
-Porque un día me caí en un hoyo aquí en el parque. Otro día me caí en otro hoyo en la calle, y ayer me quedó la nariz prendida en un hoyo de la alambrada. Y si a esto le llaman progreso, a mí no me conviene.
-Ni a muchos que no están ciegos.
-¿Como a quiénes?
-A los pobres y a los indefensos, como a sus amigos del parque.
-Pero ellos tienen ojos para ver, Miguel.
-También tienen ojos para leer y no entienden.
-Pero el Comunista dice que lee y comprende y, sin embargo, se la pasa aquí, como yo.
-Porque se necesita más que solamente saber leer.
-¿Como qué?
-Mire, los de arriba son los que inventan ese progreso, y los de abajo sufren las consecuencias. O se van, o se quedan enjaulados y dando vueltas como las gallinas y los gallos. Y, por muy gallos que se crean, no hacen más que dar vueltas y más vueltas a la alambrada, y no consiguen nada.
-Como yo.
-Como muchos.
-'Amá
-¿Qué, mijito?
-¿Por qué tú no eres teacher?
-Porque no puedo.
-Y, ¿por qué tú no te ves como mi teacher?
-¡Qué cosas tienes, mijito!
¡Qué bonita se veía miss Fairchild con el libro en la mano y de pie! Las manos blanquitas y las uñas de los pies pintadas. Estaba estirada, bien derechita. De vez en cuando llevaba dos dedos de la mano derecha al pelo, y se lo echaba por encima de la oreja. Bajaba la mano despacio, y la ponía sobre el libro, como para acariciarlo. Levantaba los ojos y me miraba. Dos ojitos azules muy chulos. Trataba de figurarse a su madre, y no podía. No le venía la imagen. Cerró los ojos y los apretó. Ya estaba jorobada, y sus manos parecían tener callos y nunca la había visto acariciar un libro. Jamás la había visto ir a un salón de belleza. Hubiera querido que miss Fairchild hubiera sido su madre o, por lo menos, su tía.
Se le antojó ver a su madre confeccionar un libro cuando iba poniendo página sobre página en el montón de tortillas sobre el mostrador de la cocina. La bolita de masa iba tomando forma de hoja con cada palmada, con cada caricia, con cada cariño de sus manos. A veces se enojaba y le daba fuerte. Las huellas de sus dedos quedaban impresas en la aplastada bola de masa. Parecía mascullar algo entre los dientes. Después se oía más alto. Elevaba la voz, como si estuviera hablando con alguien. Creí que le estaba reclamando algo a miss Fairchild. Yo no se lo dije para hacerla enojar. Y menos para que se fuera a encelar. Ella continuó palmoteando fuerte. De pronto, sentí un dolor muy fuerte en un cachete, y vi como unas estrellas que parecían fuegos o cohetes allí dentro, entre la sien. «Para que nunca te avergüences de la madre que te parió». Eso me dijo, y se fue avergonzada.
-Y ¿qué hace usted con el tiempo, don Braulio?
-Camino, doy vueltas y me siento.
-¿Para no marearse?
-También para eso.
-Y ¿qué más hace, don Braulio?
-Pues me siento, miro y pienso.
-Y ¿qué mira?
-Nada y todo.
-Parece contradictorio.
-No veo lo que tú ves, pero veo todo lo que yo pienso.
-Y ¿qué piensa?
-Pienso lo que oigo, que es mucho. Oigo los aviones que pasan por encima de mi cabeza, y me quedo pensando en que si suben o si bajan, si vienen o si van, si dan vueltas o si se van para no volver, si son los mismos o si son otros.
-Interesante.
-Lo mismo ocurre con los carros que pasan por las calles. Se acercan y desaparecen. No sé si son los mismos o si son otros. Pero sospecho que andan dando vueltas, yendo a muchos lugares, pero volviendo al mismo. En fin, girando.
-Y ¿cómo llega a esa conclusión?
-Párate en una esquina, cierra los ojos y verás.
-Como cuando quería pegarle a la piñata.
-Exacto.
-Lázaro, levántate que ya es hora.
-No me siento bien, 'amá.
-¿Estás enfermo?
-No me siento bien.
Su escritorio se encontraría ahora solo. Allí estaba él estirado en su cama, observando a la maestra, que se mantendría de pie. Ella clavando el ojo vacío en el pupitre. Se le llenaba la pupila de vacío. Lázaro sería un vacío. Nadie lo echaría de menos. Nadie lo extrañaría. Nadie lo añoraría. Un escritorio vacío. Era todo. Y la pupila azul seguiría llena de vacío.
Y la pupila negra permanecería clavada en el cielo raso blanco. Caleado, como una sábana, como un sudario. Sin inscripción alguna. Como un encerado, como un tablero, como un pizarrón en blanco, sin un número, sin una letra, sin un nombre. Liso, sin imágenes, vacío. Como un sepulcro negro y vacío. Un cuadrilátero, un cuadro, un cubo. Una lágrima negra y cuadrilátera rodó por su mejilla.
-Don Braulio, usted no hace más que estar sentado.
-No te creas, también camino, y algunas veces doy una vuelta en carro.
-Y ¿quién lo lleva en carro?
-Amigos que tengo. No hace mucho me llevaron en carro dizque «a dar una vuelta».
-Y ¿se subió?
-Sí, fuimos por varios lugares.
-Y ¿usted sabía por dónde iba?
-Les preguntaba y me contestaban que si para el Norte, que si para el Sur, que si para acá, que si para allá. Yo lo único que supe es que se me movía, y me parecía que estábamos dando vueltas, girando en el mismo lugar. Y esto me mareaba.
-Y ¿hasta dónde fueron?
-Hasta donde habíamos salido.
-Es decir, dando vueltas.
-Así fue. Giré, giramos, como tu piñata.
-Lázaro, levántate que ya es hora.
-No me siento bien, 'amá.
-¿Estás enfermo?
-No tengo ganas de ir.
El recuerdo roe como el cáncer. El recuerdo malo se clava como una espina, como una choya, como un alfiler. Lleno de veneno. Se adentra, se queda y pudre el alma. Se levantó y se movía para que lo dejara en paz. Pero el recuerdo seguía como un perrito, como un gato, como un zorrillo, ladrando, arañando, hediendo. Se acordó del día aquél en que la maestra llevaba la piel de zorrillo alrededor del cuello. Lo habían matado y disecado. Se lo había colgado del cuello, del de ella. Allí estaba, enroscado, sin hacer nada, como si estuviera invernando, engordando. Como si estuviera planeando a que llegara la primavera. Se enroscaba, buscaba el calorcito del cuello, de la nuca, de la «manzana de Adán, de Eva», subía y bajaba, como un ascensor, como una respiración, como una palpitación de la aorta. Estaba durmiendo. Hasta la primavera. Se enroscaba, apretaba, cortaba la circulación. A veces se le ponía la cara colorada a miss Fairchild, se tornaba morada, se le abría la boca. Levantaba la mano derecha para ajustarlo, para aflojarlo. Después continuaba la explicación. «Que los animales tienen derecho a la libertad. Que los hombres no deben ser crueles con los animales. Que éstos son los mejores amigos del hombre. Que hay hombres que son peores que los animales». La cara se le ponía morada, los ojos se le retorcían y la lengua se le caía dejando escurrir una sustancia pegajosa. Metió la mano, tiró y, de un jalón, rompió la cadena de oro. El zorrillo saltó del hombro, del cuello. Se sintió libre, y se escapó. Ya no volvió más a la escuela. Se fugó a su cueva, a su chante, a su pieza, y allí se quedó, sin ganas de salir de allí.
-Y cuando está aquí, en el parque con sus amigos, don Braulio, ¿qué hace y qué piensa?
-Como te dije. Me siento, oigo y pienso.
-Y habla...
-Algunas veces. Pero sobre todo oigo, escucho y pienso.
-¿Qué oye y qué piensa?
-Babosadas, supongo.
-Y ¿por qué supone?
-Porque a las conclusiones a que yo llego no creo que sean las mismas a las que ellos llegan.
-¿Por qué?
-Porque, por ejemplo, cuando ellos hablan se mueven. Unas veces oigo a uno que habla a mi derecha y, al rato, está a mi izquierda, o detrás, o delante de mí. Yo trato de seguirlo con los ojos, con los oídos y con la cabeza, girando siempre. Y me parece que giro con ellos. Hasta se me hace que el parque es redondo y, con frecuencia, llego a creer que hasta el mismo parque es el que gira.
-Como un torbellino, como un remolino.
-Como lo que sea.
-Lázaro, levántate, que ya es hora.
-...
-¿Estás enfermo?
-¡Ya no quiero ir más!
«Mother, I don't want to go no more. I hate school». La señorita Martínez le había llamado la atención. «Tú te llamas Juanito, no te llamas Johnny. Desde ahora te llamarás Juanito». La señorita Martínez le había castigado un día, porque le oyó hablar inglés. Solamente le dijo: «Juanito, ven acá». Lo llevó al excusado, le mandó que abriera la boca, se la lavó con jabón y se la secó. Después, lo llevó a la clase y le dijo: «No vuelvas a ensuciar tu boca». Nomás le dijo eso. Johnny se sentó junto a su hermanita Jane, que se encontraba en la fila de atrás. Los dos se sentaron juntitos, se quedaron callados y con la cabeza baja. «What is the matter with you, Johnny? And with you, Jane? What is the matter with both of you?». Pero Johnny y Jane no le sabían contestar. La madre se puso muy triste. Así pasaron muchos días, hasta que la madre de Johnny y de Jane fue a ver a la señorita Martínez. Solamente le dijo: «Miss Martínez, I don't know what is the matter with my Jane and with my Johnny. They don't want to speak». La señorita Martínez nomás le dijo: «Señora Johnson, creo que a sus hijos hay que ponerlos en otra clase especial. No pueden seguir a los otros estudiantes. Es que no saben español. Lo siento». La señora Johnson se fue muy triste, porque su Johnny y su Jane no podían explicarle nada.
«Todavía quedan unos cuantos minutos en su programa favorito 'El Pueblo Opina', de la KKDG. No los dejen pasar. Llamen y expongan libremente su opinión. ¡Ah! ¡Qué bueno, ya está sonando el teléfono!».
- Sí, yes. ¿Quién llama? ¡Ah, chihuahua! Yes, yes. ¿Mistress Dotty Carrillo?
-Yes.
-Y (¡qué caray!). ¿Cuál es su opinión?
-My opinion, Sir, is to tell you and all the people to speak English.
-¡Ay, chihuahua! ¿Y... olvidarse del español?
-That's right.
(-¿Qué se trae esa vieja ruca?).
(-Una vendida, mano, una vendida).
-¿Usted tiene hijos, mistress Carrillo?
-Yes, I have four.
-Y ¿no les habla usted en español?
-Never.
-Y cuando van a México, pongamos por caso, ¿no lo necesitan?
-We never go to México. Besides, they know English down there.
-Y ¿cómo lo sabe usted si nunca fue?
-Some friends of ours told us so.
-¿Chicanos?
-No. Americans.
-Y ¿se puede saber por qué no hablan ustedes español?
-Because it is of no use. Besides, we are in America.
(-¡Aztlán, babosa, Aztlán!).
(-Otra agringada).
(-¡Oprimida, indoctrinada, burguesa!).
-Pero, señora Carrillo, ¿no sabe usted que los «americanos» anglosajones están aprendiendo español más y más y que algún día llegarán a ser predominantes en nuestra habla cuando ya los nuestros, como usted, como sus hijos, se hayan olvidado de su lengua y de su cultura? Se llevarán otra vez todos los trabajos y oportunidades que debieran tener sus hijos. Además, sus hijos se levantarán contra usted un día y le echarán en la cara su ignorancia y, como los zopilotes, le sacarán los ojos? Y le...
-I don't really understand you. Bye.
(-Chingada ruca, quesque «I don understan yu»).
(-No te hagas, agabachada).
(-El capitalismo, con nuestra propia lengua, se quiere apoderar de toda la América, camaradas. Ésta es la pura pelona verdad).
-Mister and mistress Villa. The Principal, mister Rockwood, sent me here to inquire as to Lázaro's absences from school.
-My son no want to go to school.
Lázaro se quiso echar a correr. Pero no sabía para dónde. Se acordaba de cuando el perro del vecino quería agarrar a su gatito. El gatito se salvó, porque se subió a un árbol, y el perro ya no pudo. El gatito se quedó allá arriba por mucho tiempo. Se sentía libre de peligro. Y se puso a pensar, y su imaginación lo llevó muy lejos, aunque todo estaba cerca. Creyó haber visto a una jauría de perros que lo seguían. Echaban espuma por la boca, como si estuvieran cansados de correr, o como si les hubiera pegado algún mal. Tenían los ojos blanquecinos y, a veces, se les retorcían. Como Lázaro todavía no se podía subir a los árboles, y no tenía un tree-house, se tuvo que esconder en el garaje, detrás de la nevera que ya no servía para nada. Allí estaba todo oscuro, y no se veía nada. Oyó confusamente palabras de dos hombres y de una mujer. Creyó haber oído a su madre, pero no estaba muy seguro. Se creía que venían detrás de él, y se volvió a acordar de su gatito. Solamente lo perseguían, porque era diferente, porque los perros eran más grandes y más fuertes. Solamente porque estaba tratando de chupar un hueso roído, se echaron encima de él. Solamente por eso. A lo mejor ni siquiera por eso, porque el hueso ya estaba roído. A lo mejor, porque nomás querían hacer maldades. A lo mejor, porque no tenían nada qué hacer y andaban jugando al escondite. A lo mejor solamente porque no lo querían cerca de ellos. Esto creía él que creía el gatito. Pero también creía él que es lo que hacían los chamacos en la escuela. También creía que es lo que trataban de hacer esas voces de hombres que se oían confusamente en la puerta de su casa. Como no tenía un tree-house, se escondió en el garaje detrás de la nevera, en donde todo estaba oscuro y él se encontraba seguro.
«Solamente queda tiempo para que otra persona exponga su opinión. A ver, a ver quién llama a la KKDG. No se detengan, que el tiempo es oro, como decía el otro. Ándenle, aprisita».
-Señor Tirado.
-Diga usted.
-Habla don Epiceno, el de Epiceno's Ball Room.
-Buenas tardes, don Epiceno, y ¿qué se le ofrece hoy en «El Pueblo Opina»?
-Quisiera dirigirme a los radioescuchas de KKDG y decirles que no se crean de los rumores que se trae la Raza.
-¿Podría aclararnos un poco más su opinión?
-Sí, cómo no. Como usted sabrá, se ha corrido por ahí, sin fundamento de seguro, que alguien vio, hace dos semanas, en mi Ball Room a el Pata 'e Chivo.
-¿Al Diablo, al Demonio, a Satanás?
-No se haga, don Juan, no se haga, usted sabe bien lo que digo.
-Bueno, sí, oí... algún rumor.
-Pues, no es cierto. El Pata 'e Chivo nunca estuvo en mi Ball Room.
-Y ¿cómo lo sabe usted?
-Pues porque yo no creo en él. Eso es cosa de algún fanático, envidioso y mafista o mafioso.
-Porque usted no crea en él, eso no quiere decir que no dejara de estar en su Ball Room.
-¿Quiere decir que usted, señor Tirado, también cree en él?
-Yo no he dicho eso. Lo que digo es que a lo mejor otra gente cree en él y lo vieron en su Ball Room.
-Pues no es cierto. Porque me dijeron que se había ido echando humo por un tobillo al Gumersinda's Ball Room.
-Entendámonos, don Epiceno, entendámonos. Entonces usted cree en él.
-No. Yo nomás digo lo que oí. Que se había ido al Gumersinda's Ball Room, jediendo a humo.
-Es decir, que usted quiere quitarle la chamba, digo, la clientela al Gumersinda's Ball Room.
(-Le dites en la torre, deslenguado).
(-La ruca doña Gumersinda le va a arrancar los ojos a Epiceno).
(-Es la opresión capitalista y la superstición la que divide a nuestra gente).
(-Cállate ya, Comunista, que si no hubiera mitote nos aburriríamos de la vida).
(-Eso, Comunista, cállate el hocico).
-Mister and mistress Villa, there is a law, you know, whereby the parents are guilty for their children's misbehaviour, looting and crime.
-My child is good, he no is criminal.
-Send him to school.
-¡Dios mío, qué voy a hacer!
Se creía haber oído a unos cazadores, y el venado levantó la cabeza, movió las orejas, clavó el ojo y desapareció como una bala. Al rato ya estaba junto al arroyo, bebiendo agua helada. Había cogido una bicicleta vieja que se encontraba medio abandonada en una de las banquetas. Se subió y comenzó a darle a los pies como si estuviera corriendo. Ya no volvió la cabeza. Sólo miraba hacia adelante, como los perros, cuando, con el olfato, persiguen a su víctima, o como los gatos, cuando escapan de los perros. Llegó al canal, y se acordó de la Llorona. Pero era de día. Apenas se notaba el movimiento del agua. Se acordó de la historia que le contaron una vez. Que los canales, como los arroyos, eran ríos de lágrimas que salían de los ojos de los lagos. Estos ojos grandes, llenos de lágrimas, eran de los indios que lloraban mucho, porque tuvieron que escaparse, como los venados de los cazadores y los gatitos de los perros. También había oído que eran las lágrimas, muchas lágrimas de muchos años, que se le habían caído de los ojos de la Llorona. Se puso de rodillas, como si fuera a beber, pero sólo lo hizo para mirar. No podía ver nada allá abajo, porque el fondo estaba oscuro. Quería ver pescaditos, pero no pudo. Quería hacerse pescadito, porque así se podía librar de los hombres, como lo había hecho su gatito. Pero sólo podía ver su cara, allí abajo. Se sentía llamado. Una fuerza sentía allí adentro, en su ser, al principio muy pequeña, después muy grande. Oía una voz, como si otra persona, otro niño, como él, le llamara. Creyó que era su propia voz, porque la cara que veía allí abajo se parecía a la suya. Quiso tocarle, y el que estaba allí abajo le alargó la mano para tocarle la suya. Los dos se tocaron. Pero notó que la del otro estaba fría. Le dio un poco de recelo, porque pensó que a lo mejor estaba muerto. Pero no, no podía estar muerto, porque los muertos no se mueven. Volvió a bajar la mano, y el otro volvió a dársela. Ya no estaba tan frío el dedo. Le tocó toda la mano, y se hicieron amigos. Sintió otra vez la fuerza, pero esta vez más grande, más fuerte. Le dieron ganas de bajar y jugar con el que estaba allí, debajo del agua, libre como un pescadito. Ya estaba cansado de que los perros, los dos hombres, los cazadores, le siguieran siempre.
-¡Lázaro! -suspiraba a lo lejos su madre.
Querido José Ortega y G.:
Sabia ecuación: «Yo soy yo y mi circunstancia». El «yo» original y edénico era angelical e inocente. Es así que el «YO» actual es el de un fracasado. Luego, se sigue que la (mi) larga y cruel «circunstancia» chingó a mi «yo» original. ¡Qué claro y cristalino lo veo todo!
L.
Aquella noche tenía muchas ganas de preguntárselo, de hacerle muchas preguntas, pero no se atrevía, porque no sabía cómo hacérselas. No le venían a la mente, no le salían del pecho. Se le quedaban atoradas en la garganta, como una canica dura y fría. Pero tenía muchas preguntas. Solamente podía ver y pensar. Podía ver que miss Fairchild tenía muchos libros. Su escritorio estaba lleno de libros, y también en los estantes había muchos libros. Había sobre las estrellas, sobre la luna, sobre los astronautas, sobre los animales, sobre los pescados, sobre los mares, sobre los árboles y los montes, sobre Hawai, sobre Alaska, sobre África, sobre otras muchas cosas. Miss Fairchild sabía mucho, tenía muchos libros. Siempre estaba sentada, con medias y zapatos nuevos, el pelo bien peinado y las uñas muy pintadas. Estaba sentada, no hacía comida ni lavaba los trastes. Nomás leía. Tenía unos lentes con piedritas, como las que le ponen a los anillos o a los aretes. Por eso su madre no tenía lentes, porque no tenía piedras y porque en su casa no había libros. No se atrevía a preguntarle a su mamá ni a su papá. Sólo veía y pensaba. «Si mi mamá tuviera lentes...», pensaba para sus adentros. Si mi mamá fuera maestra, tendría muchos libros, y entonces yo podría hacerle muchas preguntas sobre muchas cosas. Me gustaría saber muchas cosas. Me gustaría saber por qué mi papá y mi father Washington no se parecen. Pero mi mamá no tiene libros. También quisiera saber por qué mi mamá no se ve tan peinada como miss Fairchild, por qué los otros niños no andan por mi barrio, ni viven en mi barrio. En dónde vive miss Fairchild y cómo son los papás de los otros niños. Por qué yo no vivo en donde viven ellos, por qué hay muchos de ellos, cómo les pintaron el pelo y los ojos, por qué miss Fairchild no sabe español y por qué se enoja conmigo. Después me puse a pensar que si yo tuviera el pelo güero y me viera como ellos, podía jugar con ellos y miss Fairchild me llamaría «Dear, o Darling», o me dijera otras palabras bonitas, como les dice a algunos chamaquitos y chamaquitas. A veces, hasta les pasa la mano por el pelo y se agacha como para tocarles el cachete con el suyo o para verle los ojitos. Si yo fuera como Scotty también ella me llamaría «Darling» o «Dear», y se agacharía para sonreírme con esos labios tan bonitos que tiene ella cuando se sonríe. Quisiera preguntarle a mi mamá todo eso, pero mi mamá no tiene libros, ni lentes, ni piedras. Creo que a mi mamá le diera pena no saber contestar a estas preguntas sobre estas cosas, porque me daría vergüenza a mí y ella nomás agacharía la cabeza y no me diría nada. Y todo esto me da mucha pena. Porque yo no sé por qué mi mamá no es como miss Fairchild, ni ella como mi mamá. Son muy diferentes. Ni yo sé por qué los otros niños no son como yo, ni yo como ellos. Cuando me peina mi mamá por la mañana quisiera preguntarle yo esas y otras muchas cosas, como por qué ella me hizo como soy y no como los otros niños. Yo no sé, y quisiera saberlo. En casa veo unas cosas y en la escuela veo cosas muy diferentes. Yo quisiera no ir, no tener que ir a la escuela y quedarme siempre en casa. Si mi mamá tuviera libros y lentes quizás y pudiera leerme y así quizá pudiera quedarme en casa y jugar con los chamaquitos de mi barrio, o solito. No sé por qué tengo que agarrar el bus todas la mañanas. Estas cosas no las sé, y me siento mal, porque no las sé. Me digo que cuando yo crezca, cuando sea ya un hombrecito, como dice mi papá, sabré muchas cosas. Quisiera ser ya hombrecito para saberlas y no tener que ir a la escuela.
Querido don Miguel de Unamuno:
Tu San Manuel, aunque me desconcertó, me encantó. ¿Para qué despertar al ignorante e imbécil? Un instrumento bien afinado y entonado desentonará en una orquesta desentonada. Mírame a mí, don San Miguel, mírame a mí. Al verme, te veo y, al verte, te veo. ¡Bendita ignorancia, maldito conocimiento! Nos entendemos.
L.
-Deja al Mayate tranquilo, Casimirón.
-Está bien grifo el cabrón.
-Déjalo que mate sus penas.
-¿Qué penas, Chango?
-Muchas, Focos, pero sobre todo la de su crío.
-¿Qué crío?
-Pos el que enterró junto al camino.
-Pero eso ya hace tiempo, ¿que no, Chango?
-Pos sí, Focos, pero una espina tamaño ansina queda clavada p'al resto de la vida.
-Y ¿por qué estás siempre ahí arriba, en el árbol, Chango?
-Porque desde aquí se mira más y mejor, Focos.
-Y ¿qué más ves?
-Miro mucho más que tú y algo más que los otros.
-Es que el Chango le tiene miedo a los perros, Focos.
-Ustedes son los que se ven como perros, desde aquí arriba.
-Seguro, como que tenemos cuatro patas y, de pilón, rabo.
-Y, cuando se enojan, andan dando vueltas, enseñan los dientes para morderse unos a otros.
-¡Basta! Yo solamente pregunté que qué es lo que el Chango veía desde allá arriba, desde el árbol.
-Es que estás ciego, Focos, y no ves lo que nosotros vemos.
-Y ¿tú qué ves, Casimirón?
-Muchas cosas, Focos, pero no me entenderías si te las dijera.
-Tú estás como él, Casimirón.
-Casi, Comunista. Por algo me llaman como me llaman.
-Ese «casi» es casi nada.
-Lo que yo veo es que ustedes ven poco o casi nada.
-Más que tú, Focos.
-Ustedes con ojos no saben lo que ven. Yo, sin ojos, sé lo que veo.
-¿Y eso, Focos?
-Veo que son ustedes una bola de mensos. Que están tapados y que no saben más que darle vueltas a las mismas cosas, y que ustedes mismos giran y giran, y no pueden salir de ese alambre que les echaron encima de sus cabezas. Como cuando les tapan los ojos para pegarle a la piñata y no hacen más que pegarle al aire.
-¿Qué te traes, Focos?
-Pues que ustedes, Chango, nomás andan hablando de que si esto, de que si aquello, y, al fin, no es más que aire caliente, pedos que se lleva el viento dando vueltas.
-Ja, ja, Focos. ¿Es que mirastes tú alguna vez un pedo dando vueltas por el aire?
-Tantas como tú, Casimirón, y como tú, Chango, y como tú, Comunista.
-Cállate, Focos, que aunque no vide un pedo dar vueltas por el aire, yo sé de qué mal sufrimos.
-¿De cuál, pues?
-Pos que esta sociedad capitalista nos tiene chingados y amarrados con la alambrada que tú dices, Focos.
-Sí, Comunista, pero, ¿y lo del pedo? ¿También le quieres culpar al capitalismo, cuando sabemos que son gases de frijoles?
-Los gases no, Focos, pero los frijoles y lo de que los gases anden dando vueltas por el aire, sí, como los culos de donde salen y nuestras cabezas y nuestras vidas oprimidas, eso sí. Eso es capitalismo.
-Tú sabrás.
-Ni lo dudes, Focos.
-'Amá, voy al parque.
-¿A qué, mijito?
-A ver los pajaritos.
-¿Vas a ser cazador, como tu padre?
-Voy a ver pajaritos.
Durante la primavera de aquel año había ido muchas veces al parque que estaba detrás de las casas del barrio. Había observado cómo algunos pájaros llevaban plumas e hilachos en los picos y se escondían entre las ramas de los árboles verdes. Los seguía con la vista. Un día subí a uno, y vi un nido muy bien hecho. Me bajé. Me quedé sentado esperando a que el pájaro llegara. Eran dos, de diferentes colores. Los dos traían hilachos en los picos. Otro día fui, pero ya no llegaban los pájaros. Me subí y noté que había dos huevos pequeños con pinguitos de color verde. Los dejé. Volvía todos los días. Por fin, observé una vez que sólo venía un pájaro, pero ya no traía hilachos ni plumas. Era como un gusano que coleaba en el pico. Entró por entre el ramaje. Al irse, me subí, y otro pájaro salió del nido. Toqué los huevos, y estaban calientes. El pájaro se puso a piar, como si tuviera dolor. A los pocos días volví y oí piar muy débilmente al acercarse los dos pájaros con sus lombrices en los picos. Me subí al árbol. Al acercarme al nido, vi tres picos amarillos y varios ojitos prendidos de una masa de carne, cubierta de pelusa blanca. Al principio me dio asco. Pero, después, me dio lástima, porque los papás se acercaban y saltaban de rama en rama alborotados. Se acercaban más a mí, piando más fuerte y con sus picos afilados. Me dio miedo, y me bajé. No dejaron de piar y de saltar de rama en rama, hasta que me fui.
-A ver, Chango, tú que estás ahí arriba, en ese árbol, y puedes ver mejor, ¿por qué hay racismo?
-Porque hay colores, Focos. Porque ser prieto no es lo mismo que ser blanco.
-Y ¿qué tiene que ver eso?
-Para ti nada, porque no distingues, pero para ellos sí.
-Yo no veo por qué. Cuando oigo a una mujer, no sé de qué color es. Todas me parecen iguales, y todas apetecibles.
-No lo son, Focos, no lo son. Unas tienen las chiches de un color y otras de otro col...
-Cállate ya, Casimirón. No comiences otra vez.
-Sí, Casimirón, cállate mejor. Aunque me gustaría saber de qué color son, mejor es que te calles.
-Ya te lo dijo, ¡cállate!
-Es que cuando yo oigo la voz de una mujer, no importa de qué color sea, yo siento cosquillas en el alma.
-En los tanates, Focos, que no en el alma.
-También ahí, Mayate, también ahí.
-Pos, ¡explícate, carajo!
-Pos sí, pero sintieras más cosquillas si pudieras ver, porque algunas están como para chupártelas y otras pos... hasta te da coraje verlas.
-¿Cuáles, Chango?
-¿Cuáles qué?
-Las que te dan más comezón.
-¡Bah! Pos todas, pero unas te dan más comezón que otras.
-Dile la verdá, Chango, la que trabaja en el Circle-K de la esquina.
-¡Oh! ¿Aquella gringota? ¡Jíjoela! Tiene unas nalgotas que deben de ser un encanto. Pink y todo.
-No seas embustero, Chango, que nunca se las vistes.
-¿Y eso es todo lo que tiene y vale una mujer, las nalgas?
-Y las chiches, y la... y...
-Pero esas cosas las tienen todas, ¿que no?
-Simón, pero unas son de un color y otras de otro.
-Y... ¿qué color te gusta más a ti?
-Pos... todas, creo yo.
-Mientes, Chango. A ti te gustan más las güeras, ¿que no? Di la verdá.
-Pos sí, Casimirón.
-¿Por qué, Chango?
-Pos porque están más blanquitas, Focos, creo yo.
-No le creas, Focos. Es porque es manzana prohibida.
-¡Cállate tú la boca, Profeta! Retácate ese libro en el fondillo y vete a hacer preach muy a la...
-Pos yo no veo por qué.
-De seguro, porque no ves, y ya.
-¿Pos sabes qué, Chango? Yo no sabré de qué color tienen las chiches esas chamaconas del skid road, pero te voy a decir que se me hace que tú, a tu manera, eres tan racista como esos que tú dices que son racistas.
-Y tú, ¿qué sabes de eso, Focos, si no ves?
-Pos cierra tú los ojos a ver cuál te gusta más de ellas. Ya verás cómo las ves a todas igualitas.
-Te chingó, Chango.
-A mí no me chinga naiden.
Dos semanas después me subí otra vez al árbol. Vi tres picos amarillos y seis ojos. Ya no estaban pegados a la masa de carne. Ahora se veían muchas plumas de muchos colores muy bonitos. Al verme, se juntaron y se apretujaron los tres picos, y se quedaron muy calladitos y sin moverse. Los papás se alborotaron otra vez. Yo no sabía cómo hacerle. Determiné echarles una mano encima y, con la otra, levanté el nido que estaba pegado a la rama. Difícilmente bajé del árbol. Con mucho miedo levanté la mano que cubría a los pajaritos. Uno se escapó volando a una rama. Otro quiso hacer lo mismo, pero se dio contra el tronco de un árbol y se cayó al zacate pataleando. El tercero no se movió. Aunque todavía estaba caliente, no se movió. Además de miedo, me dio mucha pena. Lo agarré en la mano y todavía no se movía. La mamá pasó volando por cerca de mi mano, como para recoger el alma de su hijito. Después se fue y se paró junto al que estaba en el zacate con las patitas volteadas hacia el cielo. Pió muy dolorosamente, como si le saliera una lágrima. Levanté los ojos para ver al otro que se había ido volando hasta la rama, pero dos pájaros grandotes, como zopilotes, se lo llevaron en las garras. Los papás los siguieron, y yo los perdí de vista.
Días después, vi que dos hombres vestidos de negro y con una cachucha habían entrado en casa de los Gutiérrez, que vivían en la misma calle. Salieron con tres muchachos, agarrándolos muy fuertemente con las manos. Se los llevaron a la prisión, dizque porque habían robado. Los papás se alborotaron y gritaban. Se fueron corriendo detrás del carro que llevaba a sus hijos, y yo los perdí de vista. Esa noche tuve mucho miedo.
Era a mediados de verano, cuando se celebraba el final de la eliminatoria para el campeonato de la Little League. Los Zopilotes del barrio Las Milpas retaban a los Coyotes del barrio Las Pencas. Había comenzado ya la octava entrada. Los Zopilotes estaban bateando. Antonio Saltillo ocupaba la primera base, y tenía la pata ligera. Todos esperaban a que se robara la segunda base. El quécher de los Coyotes, en una ball, disparó a segunda base, a la que se dirigía el cervatillo Antonio Saltillo. Éste se deslizó a raso, pasando por entre las piernas de Frank Castillo. En un abrir y cerrar de ojos, se paralizó la moción. El árbitro decidió en favor de Antonio, pero Frank protestaba diciendo que le había palmoteado con el guante en las nalgas de Antonio.
-Mentiroso.
-Tú eres el liar.
-Yo toqué base primero.
-Y yo your dirty ass.
-Te voy a dar en la madre.
-Fuck you!
-¿Que no sabes insultar en tu lengua?
-Yes, tú eres un puto.
-Puta, tu puta madre.
-Eres un wetback.
-Y tú un vendido.
-México nos vendió.
-Por tener vergüenza de ser mexicanos.
-We are chicanos.
-Muy agringados.
-Que te meto una ching...
-¡Cállense!...
El árbitro, Tony Cedillo, se interpuso a tiempo. Echó manos a la sien para que no se le hendiera en dos. Sintió punzadas alternas como corriente secular que quería estallar. Estridencias subterráneas que vociferaban en los tímpanos. Seguían los ecos vibrando y retumbando de base en base y de barrio en barrio. Habían correteado ocho entradas, dando vueltas al diamante, girando y girando. Estaban mareados. Un ciclón alborotado y un remolino de polvo había quedado girando en el aire, en la atmósfera. Un rodeo en el empalizado, unas zorras en el circo, unos gallos en el palenque. Entrenados al auto-aniquilamiento, se olvidaron del entrenador. Seguían los insultos espirales dando vueltas al círculo, al campo, al parque.
Don Braulio Quezada caminaba despacio, apuntando con su bastón hacia el suelo, como una antena delante de sus pies. Sabía su camino, pero desconfiaba de los cambios que consigo traía el progreso. A pesar de su cautela, un día, al entrar en el parque de San Lázaro, metió el pie en un hoyo que habían hecho y dejado al descubierto los del Departamento de Parques y Recreos, y se fue de narices, como lo hiciera un espantapájaros con la zancadilla de un muchacho travieso. El Chango, que estaba encaramado en su árbol, fue el primero que lo atisbó. Saltó de las ramas y se fue a socorrerlo.
-Pero, ¿qué te pasó, Focos?
-¡Chingao hoyo!
-Pero mira nomás, ¡cómo te ves! ¡Como un zopilote desplumao!
-Aquí uno nunca sabe qué trampa le van a poner en el camino. Ya no hay respeto.
-Mira la nariz, ¡cómo la tienes, chihuahua! Con sangre y mocos. Toma mi pañuelo y límpiatela.
-Ya no hay respeto para un pobre ciego.
-Ni para los que no estamos ciegos. Estamos todos chingaos.
-Y más los ciegos.
-Anda, y no llores más. Límpiate los mocos, y vamos a sentarnos.
-Hoyos por todas partes, Chango. Yo ya tengo miedo de salir de casa y de caminar.
-Es el progreso, Focos.
-Eso es lo que dicen, pero yo creo que son trampas que hacen para que nos caigamos y nos matemos todos.
A mi mamá le gustaba tener gallinas en su backyard. Siempre me mandaba a que recogiera los huevos. A mí me gustaba hacerlo, y también echarle grano para que comieran. A veces se enojaban las gallinas cuando tenían mucha hambre. Tenía un gallo blanco y otro medio café, con pingos colorados, como si le hubiera dado el sarampión.
-Papá, ¿por qué los gallos se están peleando siempre?
-Porque son unos cabrones.
-¿Nomás por eso?
-Nomás por eso.
-Y las gallinas, ¿por qué se pelean?
-Por cabronas.
-¿Nomás por eso?
-Nomás por eso.
El gallo blanco parecía que tenía más fuerza. Eso parecía. Pero yo creo que también era porque las gallinas se le arrimaban más. Se paseaba con el cuello muy estirado. Hacía mover su cresta colorada, como la melena de Sonny Boy cuando pasa por delante de la casa de la Chona. A veces se estiraba todo, batía las alas y cantaba, como mi padre cuando pone discos de mariachis y está algo tomado. Entonces las gallinas se voltean para mirarlo. Unas bajan la cola, aunque las más no lo hacen, las levantan.
Mi mamá tenía gallinas de todas clases y colores, aunque casi todas eran prietas y algunas blancas, como los huevos. Nunca me olvidaré de cuando una gallina prieta se enojó mucho. A esta gallina, a quien mi papá le llamaba la Piruja, le gustaba agacharse siempre, para que el gallo blanco se encaramara encima. Cuando la veía siempre así, el gallo se le encimaba. Siempre el mismo gallo blanco, nunca el otro. Un día andaba muy enojada. Mi mamá me dijo que era porque «estaba clueca». Yo no le entendí bien, pero vi que se metió dentro del gallinero y se acostó sobre unos huevos que allí había. A veces se movía muy fea, con las plumas así, espeluznadas. Me di cuenta que, cuando se levantaba, torcía el pico para abajo y picoteaba un blanquillo prieto. Yo no sabía por qué siempre picoteaba a ese blanquillo. Siempre el mismo.
-'Amá, ¿por qué la gallina prieta, la clueca, pica al huevo prieto que tiene debajo?
-Porque es como algunas madres a quienes yo conozco.
-¿Como doña Molly Peña, cuando le pega a su Johnny?
-Sí, mijo.
-Y ¿por qué doña Molly le pega a su Johnny?
-No sé, mijo, no sé...
La gallina clueca tuvo sus pollitos. Todos, menos el del huevo picoteado. Andaba muy copetona la gallina que había sido clueca. Siempre alrededor de su gallo. No quería que las otras gallinas mugrosas se le acercaran a ella y a sus pollitos. Tampoco quería que su gallo se anduviera encaramando sobre las otras gallinas. Pero un día su gallo, al encaramarse sobre ella, le apretó muy fuerte con sus uñas y le jaló muy feo de la cresta. Después ya no se encimó más. La dejó, y se fue con otras. La gallina que había sido clueca no se lo podía explicar. «Después de todo», se decía, «mis pollitos salieron a ti, de blanquillos blancos». Eso se lo decía también a él. Pero él no le dio explicaciones. Y ella no supo a qué lado arrimarse. Hasta notaba que sus polluelos se alejaban de ella.
Cerca del parque San Lázaro habían estado haciendo obras. Varios trabajadores de la ciudad perforaron un segmento de asfalto para emparchar la tubería de drenaje. A las tres de la tarde se fueron y dejaron el boquete sin tapar. Pusieron dos caballetes para que los carros no fueran a enterrar sus llantas en él. El ojo de la punta de la caña del ciego iba palpando de derecha a izquierda. Dio con la pata del caballete a la derecha que, por medio de una pila intermitente, producía una luz brillante emitida por un ojo de córnea amarilla. Movió el bastón hacia la izquierda, y se encontró con otra pata de otro caballete que emitía otra luz guiñando el ojo amarillo a los transeúntes. Pero el ojo duro de la punta del bastón del ciego brincaba por el piso del asfalto negro y oscuro. Entre los dos caballetes, había un espacio de aire que podía albergar dos cuerpos humanos. La córnea blanca de la punta de la caña del ciego midió la distancia, pero no vio el boquete que lo llevaba al precipicio del ojo negro que conducía a las capas subterráneas de los desperdicios gastronómicos, despedidos por ojos oscuros de cuerpos humanos. Dio dos pasos hacia adelante y, al tercero, fue a dar en el boquete que, como boca de animal hambriento, se tragó la pata derecha del incauto don Braulio Quezada. Como una mosca negra en la negra mano de King Kong, o como una inocente sirena en la redonda ventosa de un gigantesco pulpo, quedó el pobre ciego prendido por la pata derecha. El pulpo de la ciudad extendía una vez más sus largos tentáculos por los barrios de Sunset District. De Norte a Sur, de Este a Oeste, entrecruzados paralelamente, o formando cul-de-sacs, los tentáculos iban exhibiendo sus ventosas cónicas, tratando de chupar sangre y vida humanas. Eran paraguas, hongos, tejados invertidos, como girasoles, bocas, embudos hambrientos de sudores, miserias y almas.
La viejita doña Silvina, con su bolsa de charol escarapelada colgada del brazo izquierdo, y la mano derecha encachuchándose sus ojos amagados por los años, divisó al ciego don Braulio postrado como un musulmán rogando a Alá, la cara besando el asfalto enlodado y salmodiando improperios contra el progreso.
-¿Qué le ha pasado, buen caballero?
-¡Qué caballero, ni qué chingao!
-¡Ah, pero si es don Braulio!
-Era don Braulio, y ahora soy un...
-¿Qué le ha pasado, don Braulio?
-¿Pero es que está usted ciega?
-No, se me hace que el ciego es usted.
-¿No ve que me han desmadrado otra vez?
-Mire nomás, si tiene la nariz como un jitomate de los que vende tan caros doña Sarita en su tienda.
-Sí, pero no se quede ahí contemplándome nomás, y déme una mano para salir de esta mierda de hoyo.
-Al revés, don Braulio, al revés.
-Como sea.
-Pos mire nomás, cómo se quedó ahí enterrado.
-Carajo de vieja. Déjese de mitotes y deme una mano.
-Yo no acostumbro a dar la mano a un hombre así... en público. No señor, nunca.
-Vieja cabrona, pero sí que la usa para coger en privado a su viejo.
-Jesús, María y José, ¡qué lengua tan sucia tiene este viejo apestoso!
-Déjese de babosadas y ayúdeme a salir de aquí.
-Ya le he dicho que no acostumbro a...
-Pos arrime pa'cá una pierna.
-¡Grosero! Serías capaz de...
-Sí, y de tentarte esas nalgas arrugadas y apestosas que tienes.
-Estas nalgas ni están arrugadas ni apestan. Son de mi amoroso Chuito, que no tuyas, viejo sinvergüenza.
-Y del Pepote y del Juanote, vieja puta.
-Pos quédate ahí mesmo enterrao, Focos, pa' que se te apacigüen esos deseos que tienes en el cuerpo.
-Vete al carajo, vieja nalgona.
-Y ¿cómo sabes que estoy nalgona, si no ves?
-Pero las huelo, vieja cochina.
-Con esa nariz de jitomate que tienes, no hueles ni a una señorita sin entoavía abusar.
-Traime a tu hija y verás.
-Que se abra el hoyo y te trague el diablo.
Doña Silvina se fue refunfuñando y se oían los pasos menuditos que despedían sus tacones asustados, como los de una ardilla seguida de un perro. Don Braulio se quedó meditabundo, haciendo planes. Enseguida los puso en práctica. Se tendió en el suelo, abrió la palma de la mano, ennudó los bíceps y comenzó a dar pujidos. En uno de los esfuerzos, se le escapó un pedo. Miró alrededor, y no oyó a nadie. Trató de nuevo. Esta vez concentró las fuerzas en el muslo de la pierna derecha. Forcejeó varias veces y notó que el lodo iba cediendo. Momentos después quedó la pierna libre de la ventosa, pero pringando una sustancia pegajosa y maloliente. Recogió el bastón del suelo, trató de sacudirse un tanto, y se enderezó. Orientó sucesivamente sus dos antenas para la derecha y para la izquierda, para adelante y para atrás, y oyó, por la dirección que momentos antes había tomado doña Silvina, pasitos menudos, secundados por otros caballudos. No tardó mucho en oírse una voz femenina.
-Chuy, éste es el hombre que me ofendió.
-Usted ha ofendido a mi Silvinita.
-Quién ¿yo?
-Sí, usted. Y más vale que presente sus disculpas a mi Silvinita.
-Yo no he injuriado a nadie, y menos a una dama como doña Silvina.
-No le hagas caso, Chuy, que me llamó vieja...
-No, don Chuy, yo nomás le pedí que «por caridad de Dios me diera una mano», y ella me dijo que «en público no, que de ninguna manera», y yo la congracié de ver que todavía había damas decentes hoy día en este cochino mundo.
-Está diciendo mentiras, Chuyito, dale en la madr... Me dijo palabras muy feas. Me llamó vieja... que tenía hombres...
-Yo nomás le dije que «bendito el joven que pudo llevarse una flor tan hermosa y primaveral como usted».
-¿Eso le dijo, don Braulio?
-Eso mismito le dije, don Chuy.
-Entonces, ¿qué te traes, vieja mitotera?
-Es que yo no oí esas palabras tan bonitas...
-Pues abre los ojos, vieja argüendera.
-¡Que Dios les bendiga y les dé muchos años de felicidad!
-Gracias, don Braulio.
La anciana pareja se retiró arguyendo, y don Braulio ensayó unos pasos. Mientras el ojo de la caña iba abriendo camino y evitando otros tropiezos, el pantalón de la pierna derecha dejaba a intervalos en la banqueta una estela de una sustancia almidonada, pegajosa y hedionda.
Las tribulaciones de don Braulio se hacían más numerosas. Otro día iba caminando hacia su casucha. Al terminar la calle Salcedo había un terreno baldío. Las muchas pisadas de la gente formaron un caminito que servía de atajo para llegar a la calle Ventura. En un rinconcito de esta calle vivía don Braulio. Como un perro perdiguero, que sigue con el hocico el rastro de su pieza, los ojos de mármol seguían esta vereda todos los días. Cualquiera que no supiera que adolecía de esta privación, hubiera jurado que se trataba de un hombre cabal y completo. Dio la casualidad de que la propiedad había cambiado de manos y de papeles. El nuevo propietario quiso poner fin a tanto peaje. En un santiamén, fincó una alambrada por la parte Norte, la parte más cercana al parque San Lázaro. Queriendo proceder de acuerdo a las leyes de los hombres que se llaman cristianos, el nuevo dueño colocó a la vista de todos un letrero en la alambrada que rezaba: «No Trespassing - Private Property». Don Braulio había salido de su casucha con la algarabía de los pájaros. Se internó por el terreno baldío y, como si poseyera los dos luceros con que Dios y la naturaleza agracian a la mayor parte de sus hijos, siguió, a paso normal, la ruta que tantas veces había pisado. Llegó a la alambrada y, sin disminuir velocidad, dio de plano con toda la superficie de su ya torturada cara contra la red metálica, en los meros cachetes. Quedando un poco tronado y desconcertado, lo que de inmediato le preocupó fue lo de la nariz, que le quedó encajada en uno de los cuadriláteros que dibujaba el tendido.
-¡Me chingaron la trompa!
Desde las ramas del árbol, el Chango se percató del accidente. Avisó a Casimirón, que se encontraba con él, y saltó al suelo. Acudieron ambos apresuradamente a la ayuda de su hermano de sinsabores. Entre tanto, Focos estaba abierto de brazos y piernas como una araña intentando subir y bajar el mecate metálico. Ante esta aparición de espantajo, Casimirón exclamó:
-¡Pero mira nomás, cómo estás, 'mano!
-Estoy como estoy, ¿o es que no ves? ¡Ayuda!
-Lo que veo es una nariz tamañota ansina.
-¡Chihuahua!, si hasta parece la del payaso Bozo.
-Te la jodieron, Focos, te la jodieron mismamente.
-Déjense de chingaderas y ayúdenme a salir de aquí.
-N'hombre, Focos. Si hasta tamaño letrerote no pudiste leer. Fregao estás, 'mano, fregao estás.
-Para de llorar, Casimirón, y échame acá una mano.
Con su rapidez característica, el Chango metió los dos índices en el cuadrilátero, forcejeó, los dobló, y los alambres dejaron libre la presa engarrotada. Don Braulio se echó las dos manos encanastadas a la nariz y comenzó a lamentarse.
-¡Jijo 'e su acalambrada madre!
-¿Cómo la sientes, 'mano?
-Jodida.
-Pos mira que si no fuera por el Chango, entoavía estarías con ella prendida de este mecate.
-Gracias, Chango.
-Si te digo que sirve pa' doctor cirujo.
-Cirujano, Casimirón.
-Pos pa' eso, pues.
Los separaba el nuevo bardal, y don Braulio se sentía perdido y sin orientación precisa. La solución la tuvo el Chango que, ágilmente, trepó la cerca y se traspuso al lado del ciego. Sirviéndole de lazarillo, fueron circunvalando el terreno y se metieron por una calle lateral y, al poco rato, ya estaban en el parque. Durante el trayecto, el pobre don Braulio no hacía más que quejarse de su desventura, y no soltaba la mano derecha que llevaba prendida de la nariz amoratada. Más de una vez, el Chango, enternecido, se pasó el dorso de la mano derecha por las lacrimosas fosas nasales.
Casimirón, que sintió su corpachón ablandarse, compartió su enorme pañuelo cuadriculado que, aunque mugroso, lo aceptó el ciego agradecido y sin miramientos.
-Aunque es el único que tengo, a ver si te sirve de algo.
-Muchas gracias, hermano Casimirón.
Se guardó silencio hasta que llegaron el Comunista y el Mayate. Desde lejos, se percataron de que algo raro había acontecido. El Chango no estaba en el árbol y Casimirón caminaba nervioso para adelante y para atrás, como un gallo descolado.
-¿Qué pasó?
-Nada. Que el hermano Focos tuvo otro incidente.
-«Accidente», Casimirón, «accidente».
-Pos eso. Y se le quedó atorada la trompa en la nueva alambrada que levantó el gringo ese.
-¿Qué alambrada?
-¿Es que no la ves allí, Comunista?
-Pos sí, tienes razón. Otra trampa armada por el sistema capitalista.
-¡Es el progreso, Comunista!
-El progreso, tu madre, Casimirón. Lo que pasa es que estás tuerto de un ojo, y también de la mente.
-No insultes, Comunista.
-Abre los ojos, pues, y mira. ¿No ves que nos están cercando, y dentro de poco nos encerrarán en el parque?
-El Comunista tiene razón. Nos encerrarán como gallinas en un corral, o como a los indios en reservaciones.
-Y tú ¿qué sabes de eso, Mayate?
-Pos yo trabajé en los files y sé muchas cosas.
-El derecho a la propiedad privada es la privación de los derechos ajenos y comunistas y comunales.
-A ti no te entiende ni Dios, Comunista.
-Ni falta que hace, Casimirón.
-Pos entonces, ¿pa' qué hablas?
-Para destaparte esa torre que tienes tan grandota.
-A ti no te entenderé, pero, con el permiso de Focos, a mí se me hace muy chula esa cerca.
-Como tú no perdiste la trompa...
-Imagínate que yo fuera el dueño de esas tierras y del parque. Me sentaría yo en el medio mirando a todos desde adentro.
-Te mirarías como un oso, grandote y greñudo como eres.
-Y después que toda la Raza se fuera acercando y mirara por la alambrada sin poder entrar.
-Así, como un Dios, ¿que no, Casimirón?
-Como ese mentado ranchero Henderson, o como el presidente del Banco de downtown.
-Además de tuerto, estás degenerado, Casimirón.
-Y después los mandaría entrar para que me pizcaran la milpa, mientras yo daría vueltas con un sombrero tejano en uno de esos caballotes bien chaineados.
-Chingando a tu misma gente, cabrón.
-O vestido de corbatita, esperando a que todos, uno detrás de otro, como en el welfer, me trajeran su feria.
-Tienes la mente podrida, Casimirón.
-Y después tener un chante bien grande, mucha birria y una güerota.
-Serías peor que los gringos, Casimirón.
-Y yo juntaría a toda la plebe, y marcharíamos a tu casota, te sacaríamos como a un puerco engordado, te colgaríamos de un árbol y te haríamos barbacoa...
-Y ¿por qué no lo haces ahora con ese gringo mugroso que desmadró a nuestro hermano Focos, Comunista?
-Porque ustedes no me ayudan y la Raza está sorda, Casimirón.
-Tiene razón el Comunista. Con ciegos y sordos estamos fregados.
-Pos eso. Así nos tiene el sistema capitalista.
-Y Focos, ¿qué? ¿También le enciegó el sistema capitalista?
-No, pero la alambrada capitalista le jodió la trompa. Y el perro que necesita para ayudarlo a caminar se lo negó el sistema capitalista.
-¡Cállense, por favor, que me duele la cabeza de tanto pedo que están haciendo!
-No tenemos aspirinas, Focos, pero yo tengo unas heladitas. ¿Se te antoja una?
-Pos tira pa' cá una, Mayate.
-Ándale, aliviánate una, que hasta te cayerá bien pa' la trompa esa que tienes tan colorada.
-Mayate, no te olvides de mí.
-Ni de mí, 'manito.
-No te hagas el rogón, y comparte.
-Mañana es mi turno.
-Ok.
-No agarres la lagartija por la cola.
-¿Por qué, mamá?
-Porque se la vas a quebrar, mijo.
Siempre me gustaron las lagartijas a mí. Cuando llegaba la primavera, había muchas prendidas de la cerca de la backyard. Me aproximaba, y se escapaban. Quería tocarles, agarrar una y ponerla en mi mano para mirarla de cerca. Pero nunca pude, hasta que un día oí un ruido en uno de los botes de la basura y miré dentro. Daba saltos muy grandes. No sé si porque quería correr libre, o porque tenía mucho calor allí, dentro del bote. Con una jarrita de cristal la agarré y la cubrí con la tapadera. Después me senté a mirarla. La cola era muy larga, llena de anillos pardos. Las patitas terminaban en unas uñitas muy filosas. La barriga la tenía gorda y le tocaba al fondo de la jarrita. Al respirar, se le hinchaba la papera como si se le estuviera acabando el resuello. Yo no podía saber de qué color eran la papera y la barriga. Unas veces tenía color pardo, otras blanco, otras colorado y otras verde. Le cambiaba el color con el movimiento de la papera. Los ojitos eran muy pequeños. No los movía. Parecían cristalitos. Y la boca era alargada, y le asomaban apenas unos dientecillos muy chistositos. Le di vueltas al bote de cristal, y la lagartija cambiaba de posición y de tamaño. La miré por debajo, por el fondo de la jarrita de cristal. Entonces me pareció más grande, que se hacía más grande. Como si fuera uno de los lagartos con los que se peleaba Tarzán en el río. Una boca muy grandota y unos dientes tamaños así, como para comer a Tarzán. Pero Tarzán nunca se dejaba, porque era muy, pero muy fuerte.
-¿Qué estás mirando, hijo?
-Este lagarto que se quiere comer a Tarzán, papá.
-Ese lagartijo come insectos. Déjalo que se vaya.
-Y ¿cómo comen insectos los lagartijos si están todo el día al sol?
-También eso dicen de nosotros, y trabajamos todo el día al sol.
Miguel había llegado al parque relativamente temprano. Se sentó y esperó. Sabía que don Braulio aparecería pronto. El joven quería aprovecharse de la oportunidad, y permaneció clavado en el banco contiguo. A lo lejos se oyeron los diminutos ecos del bastón blanquecino. Después siguieron las fofas resonancias de los tacones negruzcos. Más tarde se alternaban ecos y resonancias en una sinfonía pobretona y desmayada. Al rato, el césped se tragó el ritmo musical, y apareció la figura del visionario. Iba vestido de levita negra, enmohecida de verde oscuro, tirando a incipiente musgo. Con la punta de la batuta blanca tocó el banco, se acercó y, seguidamente, olfateó de qué parte venían los tenues rayos solares. De pie, y formando trípode, quedó con las córneas clavadas en el lejano Este. Como a un perro de caza, le quedó la humedecida nariz apuntando hacia el oriente. Un rey mago, o un navegante, guiándose por la estrella polar. Después se sentó y, como una gallina clueca ajustando los huevos para calentarlos, giró levemente al ritmo roquenrolero, asentando las dos mitades del mapamundi que le servían de cojinetes. Metió el bastón entre las piernas, arqueó las manos y las sobrepuso cóncavamente sobre la montura del bastón. Acto seguido, como lo hiciera el hocico de Emiliano sobre el zapato arrugado de Leñero, don Braulio recargó la perilla sobre las manos entrecruzadas. Con las córneas congeladas se quedó mirando a la eternidad.
Miguel ahogó la respiración. La palpitación se le asomaba a la aorta. Miraba hacia el Norte, pero sus pupilas brillaban con el reflejo destellado por las córneas del ciego. Los ojos de don Braulio eran dos estrellas, dos fuentes de luz prestada. Miguel se acordó de su iglesia, de cuando era niño. Repetidas veces quedó fascinado por aquella pintura en la bóveda del altar mayor. Un ojo blanquecino, incoloro, encuadrado en un triángulo de payaso de circo estático. Si un domingo se sentaba en el ala izquierda, lo miraba. Si al domingo siguiente se sentaba en el ala derecha, la pupila lo clavaba. Si en el centro, allí aparecía la mirada fija. Algún tiempo después quiso cerciorarse. Cruzó la iglesia de izquierda a derecha sin perderlo de vista, pero el ojo lo seguía mirando sin moverse. La mirada incolora estaba petrificada. Domingo tras domingo, inmutable.
Don Braulio no había pestañeado. La curvatura convexa se perdía en un horizonte de párpados. Se hundía en lo invisible de una oquedad misteriosa y sin fondo. Era el mar que desaparecía tras un firmamento azul e ilusorio, y cuya entraña guarecía una profunda vida insondable. Una concha grisácea y dura que, clavada en la arena, desafiaba al tiempo.
-¿Cuánto tiempo llevas aquí, Miguel?
-... no sé. La eternidad no se mide por horas.
-Es cierto...
-Y ¿cómo sabía usted que yo... estaba aquí...?
-Los ciegos no vemos, pero percibimos.
-Cómo.
-Como los colores que tú ves.
-Pero usted no sabe de qué colores son los colores.
-Ni tú sabes cómo se perciben las percepciones incoloras.
-Comprendo.
-Comprendes que no comprendes.
-Comprendemos que nos comprendemos...
-Papá, ¿por qué Superman no habla español?
-Porque es gringo.
-Entonces yo nunca voy a ser como Superman.
-Ni los gringos tampoco, mijo...
-... Y ¿por qué el Six-Million-Dollars-Man es tan fuerte?
-Porque lo hicieron los gringos.
-Y ¿por qué nosotros no hacemos uno también?
-Porque no tenemos dinero, mijo.
-¿Cómo es el sol, Miguel?
-Es redondo y amarillo.
-Bonito ha de ser.
-¿Por qué «bonito» si usted no lo puede ver?
-Porque calienta y me pone alegre.
-Pero eso no es ser «bonito».
-¿A qué llamas tú «bonito»?
-A algo que es bello, como una muchacha.
-Pues yo llamo «bonita» a una mujer, porque la puedo oír.
-Pero eso no es ser «bonito».
-¿Cómo llamarías tú a una música de mariachi?
-Bonita.
-¿Has visto tú alguna vez esa música?
-No.
-Luego, ¿por qué la llamas «bonita»?
-Comprendo.
-Comprendes la diferencia.
-Comprendemos.
-Papá.
-Qué, mijo.
-A ver. ¿Por qué Popeye tiene tanta fuerza?
-Porque lo hicieron los gringos.
-No. Porque come spinach...
-¿Sí?
-Sí... ¿Y si le dieran chiles jalapeños, papá?
-No tendría tanta fuerza.
-¿Por qué, papá?
-Porque es gringo, y se le quemarían las nalgas.
-Dices que el sol es redondo, Miguel.
-Sí, como un disco.
-Y, ¿cómo es un disco?
-Redondo.
-Y ¿qué es redondo?
-Lo opuesto a cuadrado.
-Y ¿qué es cuadrado?
-Lo opuesto a red... No nos entendemos.
-Sí, nos entendemos.
-¿Cómo?
-«Redondo» es como un mareo.
-Como dar vueltas antes de pegarle a la piñata.
-Como cuando pierdo la orientación, me mareo y no sé para dónde encaminarme.
-Eso no es ser redondo. Eso es ser amorfo. Es un vacío.
-Y ¿cómo es un vacío?
-Una cosa sin forma.
-Como el viento que pega en la cara.
-Exacto.
-¿Qué estás viendo, mijo?
-Speedy González, papá.
-Ese sí que es cartún, pa' que veas, ese sí que es cartún.
-Y ¿por qué anda robando queso y anda medio borracho?
-Cosas de la vida, mijo, cosas de la vida.
Un día me llevaron al rancho en donde vivían mis abuelitos. Había muchos árboles, plantas y flores. Yo andaba corriendo, cuando me topé con una mariposa que andaba entre las flores del jardín de mi abuelita. Se paró sobre una rosa, y yo me arrimé despacito para verla bien de cerca. Aunque estaba parada sobre la flor, movía muy quedito las dos alas. Las alzaba y las bajaba al mismo tiempo. Así tan quedito no podía volar. No sabía yo por qué las movía. Eran muy bonitas. Tenían rayas de color. Me acordé de cuando una vez llovía y vi un arco iris de muchos colores en el cielo y mi mamá me dijo que era «la corona de Diosito». Yo tampoco sabía por qué Diosito tenía una corona así, tan chula. Pero las alas eran como dos arco iris y no eran coronas. No estaban sobre la cabeza, eran alas. Era todo lo que podía ver, dos alas. Entonces me quise arrimar más para poder verla mejor y para tratar de agarrarla. Pero ella se me zafó por entre los dedos y se marchó de flor en flor. Al rato se paró y decidí agarrarla a como diera lugar. Después de un rato, y haciendo como mi gato cuando quiere agarrar un pajarito, yo me arrimé muy quedito, y luego luego le eché la mano. Con los dos dedos de la mano derecha la agarré por las alas. Ella pataleaba como un pajarito en la boca de mi gatito. Mientras trataba de escaparse de entre mis dedos, yo corría hacia la casa de mi abuelita.
-¿Qué traes ahí, mijito?
-Una mariposa, agüelita.
-Y ¿para qué la agarraste?
-Para verle los colores.
-Son muy bonitos, ¿que no?
-Sí. Y ¿quién se los pintó, agüelita?
-Diosito, mijo.
-Y ¿cómo le hizo, agüelita?
-Pues, así nomás. Lo pensó, y ya.
-¿Así nomás?
-Así nomás.
Ya apenas palmoteaba la mariposa. Abrí los dedos y la dejé volar. Apenas podía. Se iba tambaleando. Pero ahora ni se dirigió hacia las flores. Se fue lejos, muy lejos, hasta que la perdí de vista. Todavía tenía los dedos abiertos. Bajé la vista para verlos. Me quedé con los ojos abiertos al ver que se me habían quedado los colores de las alas en la punta de los dedos.
-Agüelita, yo también tengo arco iris.
-Sí, mijo. Como Juan Diego.
-¿También tenía arco iris ese muchacho?
-No. Él vio a la Virgen de Guadalupe.
-Pero yo nomás vi una mariposa.
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Plans to expand the Airport have been approved. The City and State need bigger and better air travel facilities. A group of rebels have demonstrated against the plans. |
| The Republic Free Press | ||
| El Clarín del desierto | ||
-Yo ya no puedo con tanto ruido.
-Pos vas a tener que acostumbrarte, Focos, porque el número de aviones es más grande cada día.
-Uno se acostumbra a una cosa y, cuando ya está orientado, lo desacostumbran y lo pierden a uno con otra cosa, Chango.
-Pos sí. Pero así dizque es el progreso, Focos.
-Yo ya estoy cansado del progreso. Yo lo veo como trampas que se arman a cada paso.
-El progreso es la obra del diablo, y Dios castigará a esos que inventan tales cosas.
-Déjate de payasadas, Profeta. Esas cosas no son obra del diablo ni de Dios. Son obras del capitalismo y de los capitalistas. Y así como ves a ese pájaro que va volando, así puedes ver que vuela el sudor y la sangre del trabajador.
-Yo lo que veo, Comunista, es que las alas vuelan por el aire y que dentro va gente volando sin mover las alas.
-La gente que va dentro es la gente capitalista que vuela con el sudor del trabajador que hizo las alas.
-Es el hombre que tiene el diablo metido y que quiere desafiar a Dios. Quiere sentirse tan grande como Él.
-Lo que quiere el hombre capitalista, Profeta, es chingar cada día más al pobre, al que está jodido, y eso es todo.
-Yo lo único que sé es que oigo ruido y que ese ruido continuo me tiene la cabeza atontada y me vuelve loco. Oigo el ruido, y no veo quién lo produce, ni cómo, ni con qué. Siento la cabeza como una vejiga lista para reventar.
-No durará mucho, Focos, porque tengo entendido que van a fincar aún más en el aeropuerto, y nos echarán a nosotros y a nuestra gente de los barrios.
-Para dejar paso al progreso.
-Y dale con el progreso, Casimirón. Es que somos juguetes en manos de los capitalistas. Eso es todo.
-Capitalistas o no, Comunista, nos echarán y tendremos que recoger el metate y los tiliches, y ya.
-Es la maldad del hombre que oye al diablo y no se arrepiente. Es el acabamiento total del mundo.
-Será, Profeta, pero será porque el hombre capitalista explota el sudor y la sangre del pobre, y no porque el diablo se mete de por medio.
-¡Cállense ya! Ustedes hacen más ruido que esos pájaros voladores. Están gritándose y, al cabo, vienen a decir lo mismo.
-Mamá.
-Qué, mijo.
-En la televisión dicen que regalan una perrita sin casa.
-Sí, y qué.
-Yo la quisiera, para que tenga casa.
-No puede ser, ya tienes gato.
-...Y, ¿qué quiere decir «spay», mamá?
-Algo así como que ya está arreglada.
-Y, ¿qué quiere decir «arreglada»?
-Pues que no puede tener babies.
-Si no puede tener babies, se acabarán los perritos.
-No, mijo. Hay más perritas.
-Pero, ¿y si también están «arregladas»?
-Entonces sí, mijo, entonces sí.
-Mamá..., ¿y también arreglan a las mamás?
-A veces sí, mijo, a veces sí.
-Entonces nos quedaremos sin chicanitos.
-Y sin chicanitas que sean mamás.
-Y, ¿qué es un día, Miguel?
-Un día completo se compone de mitad día y mitad noche.
-Y, ¿cómo mides dos mitades de un día?
-Una mitad cuando alumbra el sol y la otra cuando se oculta.
-Es decir, cuando hace calorcito y cuando hace frío.
-Sí, es otra manera de medirlo. Y..., ¿para qué usa usted los ojos, don Braulio?
-Para ver.
-¿Para ver qué?
-Para ver lo que veo.
-Y, ¿qué ve usted?
-Un mundo de ciegos.
-El mundo de los ciegos es un mundo oscuro, sin colores.
-Es un mundo de ideas, de pensamientos.
-Pero los pensamientos no tienen colores.
-Ni los colores tienen pensamientos.
-Entonces, no podemos entendernos.
-Sí, podemos.
-¿Cómo?
-Porque si los que ven cierran los ojos, entonces pueden ver y pensar como los ciegos.
-Pero esto no es práctico y se hace difícil.
-Tan difícil como el racismo de que habla la gente.
-¿Quiere usted decir que en el mundo de los ciegos no hay racismo?
-Quiero decir que todavía no entiendo qué significa la palabra racismo.
-Porque no puede distinguir los colores, ¿verdad?
-Supongo.
-Entonces el racismo se acabaría si toda la gente fuera de un solo color.
-O incolora, como en el mundo de los ciegos.
La parroquia de la Virgen de Guadalupe era la iglesia más frecuentada por los chicanos. Le llamaban «La Basílica». Se celebraban en ella misas, bautizos, bodas, entierros, bingos, comidas, bailes y otras muchas cosas que producía la imaginación de la gente. Tenía una cocina grande y un gimnasio amplio, recuerdos de cuando a la parroquia asistían los muchachos y muchachas de la High School. Ya hacía años que habían cerrado la escuela. Al principio decían que porque no había bastante dinero, pero más tarde la gente se malició otras razones. En fin, se cerró. A pesar de esto, los parroquianos seguían con sus actividades religiosas y no tan religiosas. El párroco, en ese entonces, se llamaba padre José Escamillo, hombre maduro y tolerante, pequeño y regordete. Se corría un runrún de que le gustaba la movida. Se la pasaba siguiéndole la onda al Señor Obispo, Sean McIntire. A no ser por aquello de que era algo «pediche», y también «coliche», dejaba a la gente en paz y que hiciera tranquilamente sus cosas. Tampoco esto disgustaba al Señor Obispo, por parecerle que así podía distraerse la Raza sin meterse en la «routine business», como la llamaba Su Excelencia.
Aunque había varias organizaciones de hombres y de mujeres, la que más frecuentaba el Centro Parroquial era la organización de las Guadalupanas. Allí estaban ellas, encargadas de adornar el altar, limpiar la iglesia y, sobre todo, a cargo de la comida o comidas. Todos los domingos había menudo, pan dulce y café. También, aunque no siempre, hacían tamales y burritos de chile verde o colorado, a como diera lugar. Los parroquianos las conocían muy bien, y siempre preguntaban que «quién hizo el menudo este domingo». Como es natural, a unas se les daba mejor la mano que a otras ya fuera para los tamales, ya para el menudo, o para lo que fuera. También ellas eran muy conocedoras de los feligreses. Hasta los conocían por nombre y, en muchos casos, por sus vidas privadas.
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Después de haber anunciado en el boletín parroquial las proclamas de matrimonio, y después de haber enviado las invitaciones para la boda, se casaron Nancy Espinoza y John Pacheco, y celebraron la ocasión hasta pasada la media noche. Las Guadalupanas se ofrecieron para hacer la cena. Doña Rosa «la Chancla» Castillo era la presidenta. Formaban la crema del grupo, por así decir, además de la presidenta, doña Remedios «la Pisafuerte» Arce, doña Rosario «la Chipotla» Jiménez, doña Jesusita «la Resuellos» García y doña Gumersinda «la Molcajeta» González. Todas ellas eran señoras ya entradas en años. Doña Gumersinda era la dueña de Gumersinda's Ball Room. Doña Jesusita era la esposa del Comunista, el del parque San Lázaro. Las otras estaban más o menos bien casadas, algunas menos que más, pero todas casadas y con críos, unos grandes ya y otros no tan grandes, aunque esto depende del punto de vista. Desde temprano habían ido a la cocina con los preparativos para hacer la comida. La presidenta era la que supervisaba todo, para que no faltara nada y para que se procediera con orden.
-¡Qué chula se miraba la Nancy en la misa!
-Y el Johnny, ¡hasta se miraba más hombre!
-Y el sermón del padre Escamillo estuvo a todo dar.
-No, mujer, eso ya cansa.
-Porque dijo la verdad.
-¡La verdad! Esa verdad ya no existe.
-Porque sean traviesos los chamacos, eso no quiere decir que esté bien lo que hacen.
-No empiecen con el chisme y pónganse a trabajar, que hoy es un día para celebrar.
Se acercó Miguel a don Braulio y quiso leerle en el ojo. Era el ojo derecho, el más contiguo. Quiso verse en él. Era incoloro, como el azogue de un espejo, resbaloso y cristalino. Se acercó más. Dejó de pestañear para asegurarse de que no se movía. Todo blanquecino. Creyó ver una pupila diminuta del tamaño de la punta de un alfiler. Extasiado, observó que la punta del alfiler se iba haciendo cabeza. Como una gota de sangre que iba dibujando una estela a medida que se movía. Semejante a un capilar rojo era la estela. En su movimiento giratorio, parecía un bastón de dulce de Santa Claus, un cilindro de barbería en rotación, una rueda floreada de carro alegórico. Otros dos ojos se acercaron, después otros dos, más tarde otros dos, y así se iban acercando los demás. Todos querían ver, todos querían verse. Unos ojos empujaban a otros, se cruzaban, cambiaban de posición, se acercaban, se estrujaban, se machucaban.
-Apártate, cabrón.
-No seas maricón.
-Deja ver, sinvergüenza.
-No machuques, Papaluches.
-No aplastes, Eufemia.
-No sobes, Eleuterio.
-No chingues, Efigenia.
-No jodas, Eusebia.
-El que jodes eres tú, Cantú.
-Que te muerdo el ojo, Sinforoso.
-Que quiero ver mis ojos.
-En el espejo de otro ojo.
-En el ojo de otro ojo.
-En la niña del ojo.
-En el ojo de la niña.
-En la niña del viejo.
-En el viejo de la niña.
-En la niña del niño.
-En el niño de la niña.
-En la vieja de la niña.
-En la tuya.
-En la niña de tu madre.
-En la madre de tu niña.
-En el ojo de tu madre.
-En el ojete de la tuya.
-Que lo tiene lleno de mierda.
-En la madre.
-En la niña.
-En el ojo.
-En la mierda.
Giró. Frotó los ojos y le pareció ver estrellas. Estrellas en las niñas de los ojos, como líneas rojas de dulce de Santa Claus, de barberías invitando a clientes. Volvió a girar, y se dio la vuelta. Se puso detrás del ojo, de los ojos, de las niñas de las pupilas, de sus ojos, de su ojo, del de él. Las líneas rojas concéntricas, como la franja colorada de los bastones navideños, de las barberías, estaban quietas, estáticas, inmutables. Afuera se veían ojos negros, cachetes inflados, caras oscuras. Daban vueltas, como abanico o ventilador eléctrico, como rueda floreada de carro alegórico de flores prietas y oscuras. Los ojos se clavaron en el ojo, en la pupila, en la niña. Giraban y giraban. Se convertían, se hacían, se volvían más grandes, más infladas, más prietas, más oscuras, más nocturnas las caras. Buscaban el ojo, la niña, la miel, la vida. Se enervaban, se enfurecían, se mareaban. Querían ver, verse, sentir, sentirse, vivir, vivirse, desvivirse. Lo miraban y los miraba. Él por detrás, y ellos por delante. Se miraban, giraban y se mareaban. Lo hipnotizaron, se hipnotizó, se mareó. Dio la vuelta, abrió los ojos y se quejó viendo el aire, la nada. Sintió una estela giratoria de dolor.
Arriba, en el salón, se oía ruido de algunas personas que preparaban las mesas y decoraban las paredes de papeles policromados y rótulos de enhorabuena a los novios.
-Pos sí, el vestido de la novia se miraba bonito, pero le quedaba algo guango.
-Es que tenía que ser ansina.
-¿Es que ya cambiaron las modas, Chipotla?
-No, las modas no.
-¿Luego?
-Las costumbres, la moral, como dijo el Padrecito.
-¿Qué dices?
-¿Que no te fijastes, Resuellos, que la novia traiba ya gorda la panza?
-¡Cómo! ¿Y viste de blanco?
-Pos sí. La moda no cambió, nomás la vergüenza.
-¿Y eso qué, Chipotla? La vida cambia, ¿que no?
-Seguro que sí, Molcajeta. Como tú tienes una hija... a la moderna, por eso dices que es la vida...
-Y tú, ¿quién eres para juzgar a la gente?
-Cállense y a trabajar.
Por segunda vez metió la mano la presidenta. La Molcajeta tenía una hija, Susy. Ya había terminado la High School y trabajaba de dependienta en una tienda de ropa para señoras. Como había sido el blanco del mitote del barrio, decidió alquilarse un apartamento en una vecindad más hacia el Norte. Como el salario le llegaba a duras penas para pagar el alquiler, se le hizo fácil aceptar la oferta de Tony Barragán. Fueron a medias, y Tony se quedó dentro.
-El free love, Molcajeta, el free love.
-¿Y eso, Chipotla?
-No te hagas pendeja, Pisafuerte. La peladez, el arrejuntarse.
-Por eso el Padrecito...
-No se metan en la vida de las demás, que eso es más pecado que el free love mentado.
-¡Qué santita te has vuelto, Chancla!
-Porque se arrima al Padrecito.
-¡No levanten falsos! Ustedes no se aguantan, chihuahua.
-Anda, Chancla, dinos la verdad. ¿Cómo llegaste a ser presidenta de las Guadalupanas?
-¿Quesque ustedes no me eligieron acaso?
-Sí, pero...
-¡Córtenle ya!
Esta vez fue la Resuellos la que intervino, después de dar un profundo suspiro. Era muy paciente la mujer del Comunista. Había practicado esta virtud a través de numerosos años de batallar con su esposo. Había parido ocho varones y casi todos salieron al padre. Aunque, a decir verdad, también ellos modelaron a su jefe, sobre todo el mayor. Tanto éste como su esposo le habían dicho muchas veces que ella era «esclava del sistema capitalista». A pesar de haberlo oído muchas veces, nunca supo exactamente qué quería decir eso. Sólo sabía que tenía que cocinar, lavar la ropa y limpiar su casucha. Y allí estaba ella, detrás del cañón. Tampoco entendía mucho sobre lo del free love, quizás por no haber parido a ninguna hija.
Don Braulio se acercó a la laguna. Bajo el sol de mediodía desabrochó la pretina. Sacó el clarinete y se oyó una armonía de cascada musical. En la noche del mediodía, la catarata cayó en la pupila azul del ojo de la laguna cristalina. Los peces nadaban temerosos de violar el agua virginal. El chorro de la cascada oscurecía la tarde de la laguna cristalina. Los peces diminutos y esperpénticos jugaban como niños inocentes en el agua contagiada y maternal. El ojo azul de la laguna se oscureció, y los peces se enamoraban al abrigo del agua del preñado cafetal.
-Papá, ¿para qué es esa bazooka?
-Para que juegues con ella, hijo.
-Sí, pero ¿las otras bazookas? ¿Las de a de veras?
-Para que los soldados se maten en la guerra.
-Pero yo vi en la televisión que también mataban a mamás y a chamacos.
-Sí, hijo.
-Y... ¿nos pueden matar a mi 'amá y a mí?
-...
La oquedad del cráneo guarecía el ojo fijo de la cara prístina, conquistada y mestiza. Miraba a todas y a ninguna parte. Miraba a la eternidad. La eternidad de la historia inmutable. La inmutabilidad de lo inmutable. Un dios hebreo, un dios griego, un dios azteca, un dios ojo-de-dios clavado en el espacio inmutable del altar mayor de la iglesia parroquial del Santo Niño de Atocha. El ojo de don Braulio estaba clavado en el banco de piedra del parque San Lázaro. Era la bóveda cristalina y etérea que, al igual que la córnea grisácea del altar mayor, se cernía sobre los ojos del barrio Las Pencas.
-¿Te fijaste, Chipotla, cuántas damas llevaba la novia y qué bonitas se miraban con sus vestidos color salmón?
-Sí, Chancla. Y de ese color debiera vestir la novia también.
-También yo soy del mismo parecer, porque hoy una no sabe quién es inocente y quién no.
-Es que ya no hay orgullo ni vergüenza. La culpa la tienen los hombres.
-Sí, Molcajeta, pero ¡si ellas se hicieran rogar...!
-¿Es que no se te hace que también se cansa una de esperar a que llamen tantas veces a la puerta y, mientras, se muere una de vieja y con el gustito dentro del cuerpo?
-Pos sí, pero ansina debe de ser, ¿que no, Chipotla?
-Sí, ansina debe de ser. Que se aguanten los hombres.
-Y si no, que se corten ese relajo que llevan colgado.
-Fuchi. Ellos se van a desaguar con las gringas.
-Tienes razón, Molcajeta. Las gringas son más fáciles.
-No te creyas, Chipotla. También nuestras chamaconas se dan su maña. Aprendieron ya el negocio.
-Dime, luego, Molcajeta, ¿cómo es que las gringas no se ponen panzonas y las nuestras sí?
-Pos porque las gringas se dan más maña.
-Y tu Susy, ¿cómo le hace, Molcajeta?
-Pos quién sabe.
-A lo mejor y ni puede tener críos.
-Mi hija puede parir, si ella quiere.
-No va ansina la cosa, Pisafuerte. Es que usan el condón ese mentado.
-Y, ¿qué es eso, Chipotla?
-Pos el hule ese que se pone el hombre.
-No, es que a la Susy le debieron haber atado los tubos.
-Capada, pues.
-A lo mejor y hasta aborta a los hijos.
-¡Cálmense y no sean mitoteras! Mi hija es una persona decente. ¡Es mi hija, viejas chismosas!
-Tiene razón la Molcajeta. Es su hija, y ya. Así que ¡córtenle!
El deber de la presidenta forzó a evitar que los ánimos se recalentaran demasiado, en particular el coraje que ya se asomaba a los ojos de la Molcajeta. Las otras del barrio le habían apodado así dizque porque tenía la panza de tinaja y las patas zambas, abiertas y renegridas. Siempre que estaba de pie, o cuando caminaba, apoyaba las manos abiertas sobre la panza, como si estuviera moliendo algo, o como si dos avionetas acabaran de aterrizar en una pista de aeropuerto. Cuando metía las manos en los bolsillos delanteros del delantal, parecían jaulas de niños con conejitos-de-india o hamsters traviesos.
Venía del Este. Como un carámbano suspendido del cielo venía acercándose, siguiendo al sol. Una estalactita, flotando en una cueva cavernal, clavaba su afilado filo sobre la tierra terregosa. Un ojo vacío, como la bóveda del cielo, apuntaba su pupila puntiaguda por una catarata de escaleras de ventosas hacia un círculo cercado de corral. Un retorcido tentáculo de pulpo palpaba paulatinamente con sus ventosas los vientos que le servían de abanicos en un borrascoso verano de desierto. De las colinas venía, chupaba la vida en la miseria. Como un niño trepando la palmera, se encaramaba subiendo a la escalera. De peldaño las ventosas le servían, e incautos en sus vacíos desaparecían. Cientos, millares de engañados creían conseguir un cielo de placeres y de bienes materiales. Escapándose del zorro las gallinas, en las garras del pulpo se metían. Córneas del tamaño de dátiles colgaban de las palmeras hasta el suelo, preñadas de jugo y de huevo. Y el tronco se metía en las raíces, y las raíces se filtraban en el cielo. El pulpo soltaba tinta, y las córneas perdían la vista. Córneas, dátiles, ventosas y niñas desaparecían en la noche oscura de la tinta.
-Ándenle, muchachas, que ya está entrando la gente.
-Que se esperen.
-Apúrate, Resuellos, ponle más fuego a esos tamales.
-Y tú, Molcajeta, date prisa con el mole, que ya anda la gente con la tripa vacía.
-No te preocupes, Chancla, que pronto la llenarán de birria.
-Sí, y los viejos se pondrán pedos antes del baile.
-Eso es lo que te preocupa a ti, Chancla, que tus compadres no puedan llevar el ritmo.
-No es eso, Chipotla. Lo que la Chancla no quiere es que se le arrimen mucho en público.
-Eso ha de ser, Pisafuerte, porque lo que es a escondidas... sabrá Dios.
-¡Carajas viejas mitoteras! Yo no peladeo con ninguién, si eso es lo que están pensando.
-Tú lo has dicho, Chancla, que no nosotras...
-Ustedes son las que se lo maliciaron.
-Y, ¿no es así?
-Y, ¿qué culpa tengo yo si me gusta tirar chancla?
-Pos baila con tu esposo.
-Mi esposo ya está pedo antes de entrar por la puerta del salón.
-Por eso arrejuntas tus chiches con el viejo Silva, pa' que te las sobe.
-¡Vieja puta y mitotera Chipotla! Que te rompo el hocico ése que tienes lleno de mierda.
-¡Cállense...!
La Resuellos había henchido el fuelle de aire que le salió con estrépito en una sola bocanada. Por unos segundos se oyó un silencio raro en el salón que se cernía sobre sus cabezas. Eso les ayudó a ellas para dar los últimos toques a la cena que pronto se serviría a los invitados. Se aprovecharon, sin embargo, de los pocos minutos que les quedaban para continuar su conversación, y así matar el tiempo.
-Oye, Pisafuerte, ¿quesque a tu Juanita la arreglaron el año pasado?
-Sí. Ya está arreglada.
-Ése es un pecado muy grave, Pisafuerte.
-Más grande es aliviarse de un crío que ya da pataditas, como hacen otras.
-¿Quiénes, Pisafuerte?
-Y, ¿por qué tienes que meter la nariz en todo, Chipotla?
-Yo oigo nomás.
-Pos tápate las orejas.
-Es que es una vergüenza eso de arreglar a las chamacas.
-Arreglan a las gatas, ¿que no?
-Sí, pero la Juanita ni es gata ni perra, ¿o sí?
-Perra tú, Chipotla, que, cuando te da comezón, todos los viejos del barrio ladran por la noche como perros.
-Yo no soy perra, Pisafuerte, yo soy una mujer decente que tengo seis hijos.
-Sí, pero de diferentes hombres, como las perras.
-¡Cállense!
-Tú, Pisafuerte, eres la que sirves de cama a los viejos...
-¡Cállense!
-... debieran llamarte Chingafuerte, que tienes cabida para un batallón, como la María de los Guardias.
-Que te rompo el hocico, chipichingachipotla.
-¡Cállense, he dicho que yo soy la presidenta de las Guadalupanas! Aquí debemos portarnos bien, como dice el padre Escamillo.
-¡Sí, porque tú le sacas escama, Chancla!
Dos mocetones que bajaban para llevar la comida interrumpieron el diálogo y no llegó a más el acaloramiento. Uno de ellos tenía bigote y el otro se había dejado crecer la melena.
-Chulo el del bigote.
-Jotillo el de la greña.
-No te creas, que de seguro las puede.
-Quién lo pudiera bailar.
-Como un trompo a girar.
-No te derritas, Chancla, que tu viejo está bueno.
-Déjame, Pisafuerte, que me dé un gustito para el pellejo.
-Que está muy joven para ti.
-Yo soy un dulce de pirulí.
-El pirulí lo tiene él.
-Para mis labios amargos.
-Para tu nido pachiche.
-¡No sean peladas!
-¡Que somos Guadalupanas!
-Papá, ¿por qué esta gente tiene casas tan bonitas?
-Porque tienen dinero.
-Y, ¿por qué nosotros no tenemos casa bonita?
-Porque...
-¿Porque el Presidente no nos quiere?
-...
Después de que se fue el perro, llamé a mi gatito, pero no quiso bajar. Lo llamé muchas veces y no bajó. Entonces yo me subí. Al principio me dio miedo y dificultad, porque el tronco era muy gordo. Pero arrimé una escalera que mi papá tenía en la backyard. Me subí a ella y alcancé la primera rama. Apoyando los pies contra el tronco, me encaramé. Después ya se me hizo fácil. Fui subiendo de rama en rama hasta que llegué junto a mi gatito. Todavía estaba un poco aterrorizado. Le hice cariños y allí estuvimos los dos un rato. Luego se me ocurrió subirme más. Me encaramé hasta las últimas ramas. Entonces me dio miedo, porque las ramas estaban muy tiernas y me figuraba que se iban a romper con mi peso. Pero no, no se rompían. Luego me agarré bien para estar más seguro, y me di cuenta que mi gatito me había seguido. Allí estaba conmigo. Los dos solos. El viento movía las hojas y también las ramas. A veces, cuando se movían las ramas, me daba miedo, pero pronto se me iba, porque se veía todo muy bonito desde allá arriba. Nunca había visto las cosas desde la punta de un árbol. Se me hizo un poco difícil saber qué casas eran cuáles, porque lo más que se veían eran tejados. Los había de todas formas y colores. El de nuestra casa estaba escarapelado, no sé por qué, pero no se veía muy bonito. Allá, a lo lejos, se veían edificios muy grandes y altos. No se les veían los tejados, nomás las ventanas de cristal. Como hacía sol, a veces me cegaba el brillo de las ventanas. Me daba coraje, porque quería verlos mejor y no podía. Me cegaban. Parecía que estaban hechos de oro, o de piedras muy bonitas. Quería saber quién vivía allí, quería ver a la gente, pero no pude ver a nadie, porque el brillo de las ventanas me cegaba los ojos. Miré para abajo, y vi muchos carros que andaban de una parte para otra, pequeñitos y muy bonitos, como los que se ven en los cartúns de Batman y en otros. También se veía el canal, pero no como cuando yo voy a jugar junto al agua. Ahora se veía largo, muy largo. Yo lo iba siguiendo con mis ojos. Primero en una dirección, después en otra. Se retorcía, como esas culebras que aparecen en la televisión, en la jungle. Pero no le podía ver ni la cabeza ni la cola. No sabía por qué tenía tanta agua. Ni sabía a dónde iba a parar. Me daba lástima de la Llorona, porque tenía que caminar mucho por todo lo largo del canal, y, desde donde yo estaba, no se veía el fin. También se me venían otras cosas a la mente, y no las podía explicar. Como cuando me baño, me pregunto de dónde viene tanta agua y, después, a dónde iba a parar. Y cuando hago del excusado, a dónde va a parar tanta porquería. Traté de ver si el agua del canal iba puerca, pero estaba muy lejos y no se podía distinguir. Hasta se me figuró que si un día yo me cayera por el excusado, a dónde iría yo a parar. Me dio miedo pensar en esto. Al rato me di cuenta que nomás mi gatito y yo estábamos encaramados en el árbol. Yo me creí que a él no le gustaba estar encaramado tan alto, pero él estaba muy contento. Creo que porque el perro de mi vecino no lo podía corretear. A lo mejor y estaba pensando las mismas cosas que yo pensaba. A lo mejor. Yo también estaba muy a gusto, porque podía ver muchas más cosas que antes no había podido ver, y también porque nadie me molestaba y nadie me podía regañar.
-¡Lázaro!
-¡Mande, mamá!
-¿En dónde estás?
-Aquí arriba.
-¡Alma de Dios! ¿Qué haces ahí arriba? ¡Bájate!
-Miguel.
-Mande, don Braulio.
-¿Por qué a mí me tocó tan mala suerte?
-¿Qué entiende usted por mala suerte?
-El no poder ver, Miguel.
-Y, ¿cómo sabe usted que el poder ver es buena suerte?
-Porque los que ven pueden saber por dónde van.
-Y, ¿por dónde van los que pueden ver, don Braulio?
-No sé, Miguel, porque no veo.
-Van por donde van todos. Como las ovejas.
-Y, ¿por dónde van las ovejas, Miguel?
-Para todas y para ninguna parte. Se juntan en bola. Si una se mueve, todas se mueven. Dan vueltas.
-Y, ¿por qué hacen eso?
-Porque no ven. Como sus amigos del parque.
Cuando el barrio se aletargaba, don Braulio Quezada sabía que era hora de cerrar los ojos. Si no le venía el sueño, no le importaba que los tuviera abiertos o cerrados. Se sentaba y se quedaba paralizado con las ventanas de sus pupilas clavadas en la noche. Repasaba los ecos del día, recordaba lo que había oído, pensaba en sus propias creaciones y, paulatinamente, se hundía en su mundo. Se sentía libre, sin ataduras al mundo externo. «Los ojos distraen», se decía. Su visión creaba y recreaba objetos, cosas informes. Las líneas, los contornos, los bordes se esfumaban. Nunca se repetía la misma figura en la misma forma. Un caleidoscopio de diseños incoloros cruzaba por su mente como pantalla cinematográfica. Había oído hablar de muchas cosas, de muchos objetos. El sonido era claro. El sonido de la palabra, pero su representación nunca llegaba nítida. Vocabulario, diccionario sin forma, hueco, fofo, vacío («Pichonear.¿Qué es pichonear, Mayate»). Como las palomas en el parque en primavera («Cucurrucucú, paloma...»). Corren unas detrás de otras, dan vueltas, giran, rodean («Noche de ronda...»). Se miran a la cara, a los picos, en la cara, en los picos. Tocan picos, rozan picos, estallan picos en una algarabía sinfónica y mariachil («Pichonear es lo que hacen los pichones, ¿entiendes Focos?»). Abren y cierran las alas, aletean, cada vez con más velocidad, unas veces frente a frente, otras alrededor, y más tarde por encima y por debajo, hasta que se cansan y se aletargan en un éxtasis primaveral («Pichonerar debe de ser muy bonito y muy hermoso, Mayate»). El éxtasis del desprendimiento, el desprendimiento de los lazos, el aleteo de la libertad, el vagabundeo total. Se acordaba de aquel susurro. Un susurro clavado en los tímpanos, cristalizado en la perennidad de la memoria.
-Don Braulio, usted es ciego, ¿que no?
-Sí, hija.
-Y, ¿qué ven los ciegos, don Braulio?
-Los ciegos vemos la belleza.
-Y, ¿cómo pueden verla si no tienen ojos, don Braulio?
-Nosotros creamos la belleza, hija.
-¡Qué chistoso habla usted, don Braulio!
-La belleza del candor es muy bella.
-Usté no habla como yo, don Braulio.
-Pero vemos las mismas cosas, porque la belleza es una.
-¡Qué chistoso!
Todavía le cosquillea el susurro permanente. Se abrían, se dilataban las pupilas en la noche sin fondo. El susurro se estiraba como una culebra, larga y sedosa y resbaladiza. Una noche sin formas, hermosa. Se retorcía, se hinchaba, se volatilizaba. Iba y venía, como el viento que sopla al viento. Una dama enlutada y etérea. Enana y gigante, delgada y corpulenta. Con los ojos de la noche contemplaba el vaivén. Allí estaba girando en torno a sí misma, desprendiendo su susurro de perfumes. Aleteaba con los brazos, subiendo y bajando a un ritmo pichonero. Cortaban el aire como las cuchillas de abanicos veraniegos. Delicada y transparente, como el viento. Una mariposa nocheriega que zumbaba en el círculo del sueño. Una paloma de primavera que revoloteaba en el sueño del amor. Giraba, giraba la dama de la noche sobre sí misma, sobre él mismo. Como una estela de perfumes, de sonidos, de vientos incoloros y etéreos. Se frotó las córneas grises con el dorso de la mano. Pero nada. Trataba repetidas veces y con más presión. Creyó haber visto chispas que saltaban de la retina ennochecida y muerta. Pero nada. Se imaginó colores. «Güera», «Prieta», «Mayate». Pero nada. La eternidad incolora de la noche y de la nada. El runrún de las mujeres del skid road le cruzaba por la retina sin colores («¿De qué color serán las chiches de esas chamaconas, Casimirón?»). Pero nada. Quisiera haber ido al skid road para tocarlas en los colores proyectados por la ceguera. Quisiera haberse encaramado sobre una, sobre todas, para sacarle los colores con el tacto de las yemas de los dedos («Blonds are more fun», decía Casimirón). Quisiera hacerle el amor a todas, «güeras», «prietas» y «negras». A todas. Sobre todo a las «blond» de Casimirón. Los colores no existen, no deberían existir, como yo, como la noche. Todo parejo. Todos deberían hacer el amor de ciegos, el amor ciego. Como a mi dama, la mía, la de la noche. La dama de la noche continuaba su movimiento giratorio. El movimiento incoloro, la noche incolora, la retina incolora, el creador incoloro, el pintor de colores incoloros, el soñador de colores ciegos... Nada, nada, nada.
Lentamente alargó los brazos. Se le escurría por entre los dedos. Trató de encarnar el susurro, de sujetarlo entre las palmas de las manos. El viento y la noche giraban en sus manos. Sintió la forma de lo informe. Con las manos creadoras iba modelando un ser nocturno y escurridizo. El viento maleable se dejó labrar por el tacto creador. Formas curveadas se desprendieron de la nada y fueron adquiriendo vida, como palomas en el nido de las palmas. Unas manos visionarias recogían voluptuosas curvaturas, privación exclusiva del dueño hacedor. Crecía y crecía la criatura. Se levantó para alcanzarla y se le olvidó el bastón. Veía con las manos creadoras, y comenzó a girar. Vueltas y mis vueltas en el colorido escenario de la nada. La noche tragaba a las dos siluetas enamoradas. El torbellino las fundió en un tumultuoso éxtasis pichonero. El gallo quebró el idilio nocturno, y una miríada de ensueños cayeron retintineando, esparcidos en diminutos cristales córneos por el espacio infinito del recuerdo.
-Sí, hija, el éxtasis del ensueño y del amor («Me escapé de una buena...»).
Estaba la boca abierta. Desde hacía días se iba abriendo. Se movía muy despacito. Algunas veces se dilataban los labios, otras se encogían, como una medusa. Eran unos labios sonrosados que parecían carne viva, como si quisieran sangrar. Quizás fuera la garganta la que quería sangrar. Como si fuera un tumor, una bola grande la que quería sangrar, la que estaba atravesada en la garganta. Una bola grande, llena de sangre, de jugos, de mocos. Seguía dilatándose la boca. No salían gritos, porque estaba tapada la garganta. A veces se oían voces, pero no venían de adentro. Venían de afuera. Como un susurro, como un murmullo. Más claro se hacía. Ya habían pasado varios días. Pero este día era especial. Se oía algún grito. De vez en cuando parecía de mujer. Poco a poco se fueron oyendo voces, más cerca siempre. Eran voces de mujer, muy delgaditas. De vez en cuando se oía una voz gruesa, como de hombre. Se encogían los labios, y ya no se oía tan bien. Volvían a ser murmullos, susurros. Una voz delgadita, chillona, como de niño, quería salir, se esforzaba por salir de dentro. Pero no encontraba por dónde. Todo estaba a oscuras, como un túnel, sin salida. La bola tapaba la boca. Un rayo de luz entró por la puerta. Los párpados se cerraron con el rayo. Un rayo nunca visto, delgado, brillante, fuerte, hiriente, como una aguja. Con el rayo entraron las voces. Ya no eran murmullos ni susurros. Eran voces afiladas, como rayos, como agujas, como cuchillos. Voces de mujeres y de un hombre. Ahora se oían claramente, pero no se entendía lo que decían. Solamente se alternaban. Con las voces venían los olores, también muy fuertes y penetrantes. Eran olores raros, que se metían por la boca abierta, por el túnel. Unos olores que mareaban. Olores de mujer, de hombre, de bocas, de hombre y de mujer que se metían por la boca de la medusa, por el túnel. Unos dedos, como los de un pulpo, que están en el mar, en el agua, que se agarra a una roca, a una piedra, se agarró al bulto, a la bola. La cogió y jaló, como para comerla, para tragarla. Tiró y la tragó en esta otra boca llena de luz, de voces, de olores, de mujeres, de hombre. Salió del túnel, de la boca, y se desgarró un grito, grande como un bulto, como una bolsa. Un grito que llevaba atorado dentro por mucho tiempo. Un grito de protesta, de repugnancia, de no ser aceptado. Casi de odio fue el grito. Al cortarle el ombligo soltó un chorro de sangre, mezclado con caca. De protesta era el grito, de sangre y de caca. Una voz debió de decir: «Another one», una voz de hombre debió decir eso. Las mujeres me debieron de mirar y se taparon la boca, la cara, hasta los ojos, con un trapo, con una garra blanca. Para no verme, creí yo. Más tarde sentí unos ojos soñolientos y placenteros, unos brazos calentitos, unas manos suavecitas y unos labios muy tiernos. Unos labios pequeños y delicados. Me sentí seguro por un momento.
-Oye, Chango, ¿has visto tú alguna vez a un dragón?
-Sí, Focos.
-¿Qué te traes, Chango? Si te meas de miedo cuando ves un perro, te zurrarías de miedo si vieras un dragón.
-Y tú, ¿qué sabes Casimirón?
-Yo vide un dragón en Chinatown.
-Sí, en la televisión, Chango.
-Pos sí. Y muy chulo que se miraba, con muchos colores y aventando humo por el hocico.
-No lo creas, Focos, que ese dragón no es de a de veras.
Su madre le había contado de niño historias de dragones que se comían a niños, que soplaban fuego rojo por la boca, humo blanco por las narices, que hacían un ruido muy feo, que tenían unos dientes blancos y grandotes, y una cola larga que se doblaba lentamente y que tenía piel de escamas aceitosa y de colores muy brillantes. Se le había quedado grabada la imagen borrosa. Trató de darle forma. Era el mismo dragón de su mamá, de su abuelita. No había cambiado. Una masa grande, como una bola que se alargaba y se encogía, como la noche en el campo, en el parque. Grande, grande como las entrañas ruidosas y oscuras de aquella noche («¡Qué carajos! Mi dragón es más bonito que el de mi madre o el del Chango. Tiene los colores que yo quiero que tenga»). Se imaginaba un «arco iris» de muchos colores incoloros, pero todos distintos. Unos más grises que otros, unos más nocturnos que otros, pero todos de diferentes colores incoloros («¡Qué carajo, si no quieren comprender que no comprendan! Tampoco yo los comprendo»). Estaba estirado sobre la cama. Con las córneas boca arriba. Sin parpadear. Se le iba acercando y lo veía mejor. Al principio borroso, informe. Después más claro y más detallado. Lo primero que vio fue el aliento que salía de su enorme boca. Un aliento fuerte, como viento tormentoso, del color del calor. Soplaba un rato, y después dejaba de soplar. Cuando dejaba de soplar, podía verle los dientes de color duro y macizo. Como muchas cañas y bastones de ciegos. Del mismo color. Duros. Después de un gran rato, y al ver que no venía nadie, y por habérselos comido a todos, comenzó el dragón a girar muy, pero muy lentamente. Era muy grande y muy pesado. Como una bola de noche, pero pesada y maciza. Al girar parsimoniamente él le podía ver los colores del cuerpo. Eran como escamas, como las postemillas que quedan pegadas a la piel cuando se cura una herida y se secan y se arrancan con la uña. Del mismo color que las postemillas, brillantes como las escamas, cortaba a los que todavía se acercaban, derramando sangre, que se cuajaba en más postemillas. Al ir desapareciendo, aparecían más escamas esparcidas a lo largo del cuerpo, de la cola, de la noche. Una cola grande y larga como el látigo, o como una espada llena de escamas filosas. Se alejaba el dragón y, al zarandear la cola, crujía el viento con ayes lastimeros. Don Braulio se asustó. Era una noche de invierno. Soplaba el viento y retumbaban los truenos. Los negros cuchillos de los relámpagos se clavaban por las rendijas de las ventanas.
Allí estaba yo, como un pollito en la cáscara, como un pajarito en el nido. Pero no podía decir ni pío, pío, pío. Estaba quietecito. De vez en cuando me daba vueltas, para cambiar de posición. Me cansaba si estaba en una postura solamente. A veces dormía, a veces jugaba con mis manos, a veces daba maromas. Cuando no sabía qué hacer, daba vueltas como los astronautas en el vacío. A veces nadaba como una tortuga en su caparazón. Otras podía imitar a los pajaritos, pero volaba como un pescadito con aletas. Cuando estaba aburrido, me metía los dedos en las orejas, en los ojos o me agarraba de un pie y me metía el dedo gordo en la boca. No podía hablar con nadie, porque no sabía. Tampoco podía ver, porque estaba en una cueva oscura. Como si no tuviera ojos, como si estuviera ciego. Pero siempre oía algo. Eso siempre pude hacer. Yo sabía que existía algo, alguien más. A veces me parecía que estaban enojadas. Como si estuvieran protestando y demandando. Las oía por todas partes. Me daba la vuelta, giraba, aplicaba el oído a toda la concha, a toda la cáscara, y por todas partes oía, se oían ruidos como voces. Como si vinieran de todo el mundo, de algún lugar redondo como un cascarón, como un globo, como mi cueva. Las voces se parecían a la voz de la que me ponía las manos sobre la barriga. Pero eran muchas y estaban gritando. Me dio miedo, porque me creí que me gritaban a mí. No sé por qué, pero me dio miedo. Cuando me daba miedo, las manos se posaban sobre mi cascarón y me calmaba. Yo creo que las manos me querían decir algo, para que me calmara. Me sentía muy bien después. Pero seguía oyendo las voces con frecuencia. Como si fueran huecas, redondas, como mi boca, como mi cascarón. Me imaginaba que debían de vivir y que debían de hablar en un cascarón como el mío, pero mucho más grande, porque eran muchas las voces, y muy fuertes. No sé qué se traían, pero me daba mucho miedo, como si me quisieran coger para regañarme o para que no me moviera o para que no las molestara. Pero yo no molestaba a nadie. Yo solamente me movía y jugaba. Pero se me hacía que no querían que yo no estuviera allí en donde estaba, en mi caparazón. A veces me daban ganas de correr, de escaparme para que no me cogieran, pero unas manos cariñosas me apretaban como garfios para que no me escapara. Entonces no decía ni pío. Me quedaba escondido dentro del caparazón, del cascarón, del ala, bajo las plumas. Pero las voces gritaban más tarde, y al mismo tiempo, como pájaros raros, como si me quisieran picar y comer. Entonces la mano, las alas me protegían otra vez, y otra vez me calmaban.
Así pasaron muchos días de miedo. Después ya no me daba miedo. Pero oía otras voces. Se parecían a la mía. Creo que eran como la mía, porque eran finitas, delgaditas. A veces lloraban, a veces se quejaban y a veces gritaban. Cuando gritaban, daban chillidos muy delgaditos, pero muy fuertes. Como si les tiraran de los deditos y de las piernecitas, o de la cabecita, como para llevárselos, para sacarlos de sus niditos, de sus cascarones. Como que no querían salir, pero los sacaban a como diera lugar. Nunca les preguntaban nada. Como si no tuvieran gustos y deseos y no quisieran lo suyo. Nomás porque no se podían defender. Como si estuvieran de por medio, estorbando. Por eso me daba miedo a mí, muchos días antes. Ahora ya no, porque ya había crecido un poco y porque la mano cariñosa me aplacaba y me calmaba. Pero a estos otros pollitos ninguna gallina los cobijaba. Les picaban en las crestas, en los ojitos, en las alitas y en las piernecitas. Llamaban a los pájaros feos y cochinos para que les picaran también con sus picos afilados como agujas, como jeringas. Se metían con sus picos en los nidos, en los cascarones, y les jalaban y los sacaban, como lombrices de sus hoyos.
Más tarde las gallinas veían que los huevos estaban vacíos. Se quedaban pensativas, por mucho tiempo se quedaban con los ojos idos, como si no pensaran en nada, pero se sentían solas. No sabían qué hacer. Los polluelos ya no estaban allí. Ya era muy tarde para hacer algo, porque los habían llevado a un lugar tenebroso, sin luz y sin nada. Ya no eran nadie ni nada. Entonces se les caían las lágrimas por el pico. Cacareaban, pero ya nadie las oía. Se encontraban solas. Al fin ya no cantaban, ni cacareaban, ni hablaban. Como si les hubieran sacado el alma, el corazón. Como si les hubieran cortado un ala, el pico o una pata. Comenzaba a mirar para todas partes, a ver si veían a otros pollitos. Algunas hasta les cacareaban a los pocos pollitos que había por allí, para que se acercaran a ellas, para que se quedaran con ellas, pero sus madres espeluznaban las plumas del cuello y les cacareaban malas palabras, insultándolas de malas gallinas y de malas madres. Que aquéllos eran sus polluelos, que los suyos ya estaban muertos, porque ellas no los habían querido. Ellas bajaban la cresta y se quedaban pensativas, como idas. Se apretaban las barrigas con las alas para calmar el dolor. Poco a poco se hacían raras. Cacareaban por las noches, con «ayyys» lastimeros. No comían de día, se les caían las plumas, se rascaban y herían las cabezas y las crestas con las pezuñas. Saltaban, corrían, brincaban, se tiraban por el suelo y hasta se querían meter en la pila del agua, dentro del agua, debajo del agua para no oír ni ver. Andaban como si no tuvieran cola ni cabeza.
Por las noches no podían dormir esas gallinas, porque oían voces de almas en pena, de polluelos, de niños. Muchas voces llorosas, que preguntaban, que exigían respuestas. Voces acusadoras. Se les metían por el pico, por los oídos y les picaban como piojos, como pulgas y se agarraban de las cabezas como piojos y de las crestas como garrapatas. Hasta se les torcía el pico y sus lenguas desprendían escupideras de saliva. Y las voces seguían gritando y llorando en la tranquilidad de la noche, de las noches, de todas las noches borrascosas.
-Oye, Chango, ¿es mi dragón como el tuyo?
-No, el mío es como el de Chinatown.
-Ese dragón que vites, Focos, es la ballena que tragó al profeta Jonás.
-Pendejo eres, Profeta. El dragón que vio Focos es el sistema capitalista, con los colores de la bandera capitalista y todo.
-No me llames pendejo, Comunista.
-Yo nomás digo la pura verdad.
-...
-Dame el bastón de Focos, Casimirón.
-Deja quieto mi bastón, Casimirón.
-No te caldees, Focos, que nomás quiero recordar tiempos.
-¿Qué tiempos?
-Cuando andaba agarrado del rabo del martillo aquel grandote que usábamos en los traques.
-Pos a mí se me figura más al azadón que usaba en los files, Casimirón.
-Pos a mí a las estacas de dinamita que quemábamos en las minas, Mayate.
-Pos a mí me cae como bastón de pastor de almas, Chango.
-¿Pos saben ustedes pa' qué lo usan los capitalistas?
-Pa' qué, Comunista.
-Pos unos pa' chingar a la Raza, como los polecías. Otros pa' chingar a los campesinos, como los coyotes. Otros pa' chingar a los pintos, como los guardias. Y otros, pos p'a chingar y pa' divertirse nomás, como los que juegan al mentado golf. Éstos son los meros chingones del capitalismo.
-Y, ¿cómo sabes tú eso, Comunista?
-Porque los que juegan al golf son los que dan órdenes a todos los otros.
-¡Oh!
Don Braulio Quezada se hallaba sentado como de costumbre, con las manos encorvadas sobre el mango del bastón y con la perilla descansando sobre el dorso de las dos manos. Sentía que el bastón era parte vital de su ser. Una tercera pierna. Un ojo sin vista, un lazarillo de ciegos. Le estaba agradecido, y por eso lo quería. Lo acariciaba con las palmas de sus manos. Por eso nunca comprendió lo que su madre le decía cuando era niño. «Hijo, cuídate de las víboras. Se parecen a los bastones, a tu bastón. Son largas y pican. Ten cuidado, hijo». No lo comprendía. Sabía, sí, que algunas veces se imaginaba que su bastón se doblaba, se hacía blando, se movía («Como las víboras, hijo»). Pero de ahí a que fuera peligroso, que picara, no («A la víbora, víbora de San Miguel...»).
-La víbora es peligrosa. Le pica al que se pone cerca.
-Una vez yo corté a una de por medio con el azadón. Andaba enroscada y como que se quería morder su propia cola.
-La víbora es el pecado. Tentó a Adán y a Eva.
-La víbora es una bruja. Cuando te mira haz cuenta que te hizo mal de ojo.
-La víbora chupa la sangre del indefenso, y el dinero del pobre.
-Por eso dicen que es venenosa.
-Como el sistema capitalista.
Él seguía apoyado con la barbilla en el puño del bastón. Se mantenía firme entre las piernas de don Braulio. Lo sentía y lo acariciaba. En los días de calor, a fines de primavera, reverdecía como palo, como rama de árbol. De árbol viejo y cansado. Sudaba con la savia del cuero, de la vida. Como una culebra sensual que hubiera invernado y saliera de su sueño. La veía doblarse, retorcerse, lista para picar. La veía con el tacto. Allí estaba, entre sus piernas, caliente y sudorosa. Se encogía, se estiraba, remangaba la cabeza, con la lengua líquida a punto de escupir veneno, simiente, vida («Es el bastón, la vara de Moisés que se convirtió en víbora, en una plaga de víboras», decía el Profeta). Picaría, picarían a los ingratos, a los malos, a las malas. Como una culebra, como una verga vengativa, castigaría, dando muerte, dando vida, veneno, semen. Se levantó, apuntó la caña, la vara, como Moisés, como Huitchilopochtli, pero hacia donde venía el sol, hacia el Este, hacia el Medio Este. Como un imán poderoso, la vara se mantenía fija, sin mutación, como un perro ante un conejo, ante una perra en brama. La vara, el imán reclamaba lo perdido, lo prohibido, que por perdido estaba prohibido. La vara, las varas, miles de vergas, millones de vergas. Como culebras se irían arrastrando, zigzagueando hasta encontrar el maíz, el trigo, transportados, transplantados a regiones, en regiones extrañas. Las varas, las culebras, las vergas fertilizarían los llanos, el maíz, el trigo, la cultura, la reclamarían como suya y se quedarían allí, como suya. Por esa dirección, como el águila y la serpiente, como la espada y la cruz. Otra nueva procesión de culebras incoloras, de varas incoloras, de sol incoloro, de noche incolora, de raza incolora.
-Ese bastón te sirve para dar palos.
-Y también para picar ojos.
-Y para ver.
-Y para chingar verijas.
-Y para igualar todo.
-Para todo, para todos.
Se sentó, y notó que la culebra se ponía dura. Dura como un palo, como una caña. Apoyó su descarnada mejilla sobre la curvatura del mango. Apretó las manos y tocó el rabo de un azadón que se estiraba a lo largo de un surco, unas veces derecho, otras veces retorcido, a flor de tierra. Una legión de cuerpos iba agarrada del bastón, de la caña, de los mangos de los palos de los azadones y de los surcos. Cuerpos grandes, cuerpos pequeños, cuerpos fuertes, cuerpos débiles, cuerpos varoniles, cuerpos femeniles, cuerpos añejos, cuerpos tiernos, todos los cuerpos. Todos lo iban siguiendo, como los rieles del ferrocarril. Largos, infinitamente largos, que iban para todas partes, y para ninguna parte. Duros, fríos, incoloros. Para el Norte y para el Este. Duros, férreos, incansables. Travesaño tras travesaño, riel recorriendo riel, tren para tren. Por planicies, por hondonadas, por túneles. Como topos, como culebras, como polilla. Humo de tren, de dinamita. Agujereaban, perforaban, siguiendo el túnel, siguiendo la vena, sacando plata, sacando cobre. Por el palo, por el riel, por el mango bajaba el sudor hacia el surco, hacia el riel, hacia el túnel. Por el mango subían las verduras, saltaban los minerales, corrían las mercancías. Sacaban los bienes, pero se les escapaban, se les escurrían del mango, de las manos. Sintió temblar la caña, el bastón, el mango. De coraje y de dolor.
-Avienta lejos de ti ese bastón, Focos.
-Que no lo quiero ver, Focos.
-Que esclavizó a mi familia, Focos.
-Que le quebró la torre a mi chamaco, Focos.
-Que me sacó un ojo, Focos.
-Que violó a mi raza, Focos.
-Que me privó de ojos, Raza.
Le tembló. De sudor y de esperma. Como un rayo incoloro que acompaña al trueno, como un tentáculo que apresa su víctima, como una ventosa que chupa la vida, como un cacto que se hunde en la tierra. Palo duro, palo fuerte, palo fálico. Bisturí perforador que taladra la tierra, el túnel, la madre. Tornillo de puerco que taladra la puerca tuerca. Sintió que se hundía en la tierra. Se levantó y apoyó la empuñadura del bastón, a la altura del ombligo. Lo apuntó hacia el Nordeste. Se mantuvo largo rato, tieso como el barreno de un toro. Hacia las mieses en sazón de trigo y de maíz se dirigía, con la cabeza descubierta, filosa, como un tornillo destuercado, como un peludo cacto. Repentinamente se dejó caer, clavándose sobre la tierra. Gotas sudorosas escurrían y salían del bastón. La tierra profirió un sollozo y se aletargó.
Eran salmones los que subían río arriba. Iban contra corriente. Se deslizaban graciosamente unas veces. Otras daban saltos, algunas veces muy grandes. Saltos como saetas de Cupido. Tenían que esquivar troncos, palos, ramas caídas, rocas, presas y diques de todas clases. Pero estaban determinados a seguir la contracorriente. Algunos saltaban por el aire y se daban topetazos contra las rocas graníticas, perdiendo allí mismo los pocos hálitos que les restaban. Otros se quedaban sin fuerzas, y la corriente los llevaba río abajo hacia el mar, flotando a la deriva. Muy pocos eran los que llegaban al remanso, a la fuente, al origen. Los que llegaban, nadaban graciosamente, como bailarinas de ballet, o como patinadores de hielo. La hembra se deslizaba, y el macho la seguía. Giraban con gracejo al ritmo del amor. Después de una larga zaga artística, la hembra premiaba al macho su tesón, y participaban en el éxtasis grandioso que culminaría en el agotamiento de la vida. Por el río del esperma se les iba el último hálito. Y todo quedaba consumado y consumido. El origen y el fin. El fin y el origen eran uno y el mismo. Lo mismo. Se transformaron en uno. Como un beso cósmico se juntaron los opuestos. La vida se entregó a la muerte, para entregarse a la vida. La argolla que une la nada con el todo, la negación con la afirmación.
Con los últimos aleteos dejaron paso al musgo, a las algas, a la vegetación acuática que renacía y se metía en la carroña pegada a las escamas, a las espinas, al esqueleto. El musgo y las algas adquirían un tono verde cada vez más fuerte, más intenso. Millares de salmoncitos jugaban entre las algas llevando el espíritu y el mensaje de sus antepasados. Lo palpaba también en los finísimos capilares que brotaban de las diminutas algas y en la pelusa que se formaba sobre los restos ancestrales. Una hermosa armonía infantil inundaba el remanso, la nítida piscina y la alberca de origen. La vida sonreía sobre la muerte, con la muerte, de la muerte. Vida de muerte y muerte de vida. La una y la otra, el uno y el otro, lo uno y lo otro. El todo y lo todo.
Aquella noche de verano, caliente y húmeda, se acordó de su mamá. Le decía, hacía años, «Braulio, nunca te acerques a lugares solitarios y escondidos, porque allí hay arañas». También se acordó, durante las altas horas del sueño, de su nariz ensangrentada y presa en la alambrada que puso el bolillo. Se acordó, en una serie de pensamientos entretejidos, de los muchos niños y adultos que jugaban con las telarañas. Transparente como la noche, allí estaba la hacendosa criatura creando su trampa. Como un explorador, como un cazador, como un guerrero en una batalla florida de madroños de sangre. La tela, la red, armada a perfección tecnológica y computadoresca. Un transformador, un reactor atómico, cargado de alto voltaje. Mecánica conocedora del intrigado tinglado de múltiples cuadriláteros, en forma de círculos concéntricos. Descubridora de la cuadratura del círculo. Recorría, como monorraíl, las múltiples redes ferrocarrileras, las desviaciones, las intersecciones, para que todo estuviera en perfecto orden sanguíneo. Hebras cerebrales, coordinadoras y mensajeras de las órdenes transmitidas burocráticamente. Tocarían a los extremos más lejanos, como ondas hercianas. Antenas de walkie-talkies que encerraban palabras indescifrables, salidas al solo tacto del pulgar rinchero. Cientos, miles de arañas patrulleras, hijas de la noche. Divisaban la obra con catalejos, con focos perforadores de las tinieblas. Helicópteros que rompían la tranquilidad del ojo pelón tecolotero. Y allí estaba la araña, las arañas. Con las patas, con los garfios bazooqueros y winchesteros, sedientos de sangre cucarachera. Por los hilos de la tela corría la costurera, los garfios fríos de las costureras, de los costureros. Una tela telegráfica de nervios y de venas. Venas que extraían la sangre de otras venas incautas. De moscas, de cucarachas, de chapulines, de topos, de ciempiés y de luciérnagas. Telas de alambre, telas de agua. De agua sangrienta, como venas portadoras de vida y de muerte. Muerte viva, viva muerte, muerte de vida y vida de muerte. Cambio, intercambio de placeres y de sudores, de vida y de muerte. La red se extendía para arriba y para abajo, para el Este y para el Oeste. La red, el radar orejudo detectaba los ruidos y las vidas. Las vidas, muchas vidas, muchísimas vidas. Vidas que se multiplicaban como plagas. La red engordaba, se hinchaba. La red portadora de vida se inflaba de vida, de sangre caliente y ajena. Sangre convertida en sangre. Como coágulos sanguíneos, se inflaban los carrillos, los pechos y las nalgas. Arañas humanoides se tambaleaban, colgándose bolsas coaguladas. Las hebras se movían, temblaban y cedían. Se rompían con la hinchazón. Estaban esterilizadas, estériles. Pero los chapulines, los topos y las cucarachas cundían y cundían. El agua se inundaba y la tela se doblaba, con el peso, con el número. Los cables se rompían y las chispas saltaban. Latigazos de anguila eléctrica, de víbora ponzoñosa. La araña, las arañas, se quemaron en su propia red metálica. Chapulines, topos y cucarachas, inmunizados, cruzaban aguas, hilos y tapias. Era el fin, el comienzo del fin, el comienzo del comienzo, el fin del comienzo.
-Oye, Profeta, ¿y por qué te hiciste preacher?
-Yo no me hice preacher, Chango, Dios me llamó.
-¿Para qué?
-Para cuidar a las ovejas perdidas.
-Para chingar a las gallinas en el corral.
-No seas blasfemo, Chango.
-No, si el Chango tiene razón. Te gustan las parroquianas.
-No seas cabrón, Casimirón.
-Y, ¿quiénes son las ovejas perdidas, Profeta?
-Las que no creen en Dios, Focos.
-Y ¿para qué quieres cuidar lo que ya está perdido, Profeta?
-Para que crean en Dios, Focos. Y para que se salven.
-Y ¿por qué creo yo en el dinero y no me salvo de la pobreza, Profeta?
-Porque eres huevón, Casimirón.
-Huevón eres tú, Profeta, que para no trabajar te agarrastes de las nalgas de ese libro y le sacas la lana a la plebe, diciéndoles que se van al infierno si no te dan lana.
-Eres un inmoral, preacher cabrón. Eres un huevón inmoral.
-¡Tú cállate, Comunista!
-No, si todavía tengo que decirte unas cosas más. Tú le metes miedo a la plebe con el infierno, cuando el infierno ya lo estamos sufriendo aquí. Además, ansina distraes a la gente para que no se meta en el mitote y no se subleve contra el culpable de este infierno asqueroso que sufrimos aquí.
-Y, ¿quién es el verdadero culpable, Comunista?
-Pos quién va a ser, menso. El sistema capitalista, que es el explotador y el creador de este infierno de pobreza y de miseria, Focos.
-Pues creo que el Comunista tiene razón, Profeta.
-Tú también eres un ateo, Focos, y te irás al infierno como ellos.
-Yo no puedo ver nada, ni el infierno, Profeta.
-Y, ¿qué remedio nos das, Comunista?
-Pos... rebelarse, comenzar una revolución, matar a esos cochinos cachetones si es necesario, y sacarles los files y las fábricas, Focos.
-Y, ¿por qué no comienzas tú, Comunista?
-Porque... pos... porque ya estoy viejo y... pos no hay quien me siga.
-¡Oh!
Aquella noche de verano todos los amigos se hallaban en el parque. Menos uno. Estaban callados, tristes. La luna había salido unas horas antes. Tenía un cachete inflado, paciente de un dentista desalmado. Como si le hubiera picado una avispa, o como si quisiera descargar un gargajo sobre la humanidad somnolienta. Una córnea pálida en la oquedad del cráneo de la noche.
Nueve ojos fatuos se habían clavado en la tierra renegrida, en la oscuridad de la nada.
-Pásame una heladita, Mayate.
-Y a mí otra, 'mano.
-Por favorcito, aviéntenme una aquí arriba.
-Gracias, que esto aliviana los pesares.
-Y los desmadres.
Ya se habían tomado más de tres six-packs. Comenzaba a soltárseles el alma. Palabras indescifrables, susurros y sonidos deshilvanados.
-N'hombre.
-Quesque la vida.
-Si yo ya lo decía.
-Yo no comprendo.
-¡Qué chihuahua!
Continuaban las frases monólogas y cortadas. De un salto aterrizó el Chango en sus dos piernas dobladas. Se enderezó, y dio veinte pasos. Contra el árbol más cercano desaguó dos cervezas. Se subió el cierre. Volvió sobre sus pasos y, de otro salto, se encaramó en las ramas. Se echó un pedo, y se quedó taciturno. La atmósfera estaba cargada de silencio, de pesadillas y de noche.
-Suénate esos mocos, Casimirón.
-¡Qué poco macho eres, Mayate!
-El muerto al pozo y el vivo al... infierno.
-El vivo a rezar.
-El vivo a que lo desmadren otra vez.
Era una noche bochornosa, calurosa y húmeda. Salían de sus trabajos y los carros parecían ratas famélicas. Don Braulio Quezada se había demorado ese día. De Norte a Sur, de Este a Oeste, un torbellino sonoro lo envolvió, lo zarandeó y lo llevó a la deriva.
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Con el ojo del bastón se agarró a algo frío y férreo. Lo encajó como un azadón en el surco, o una rueda en el riel. Se sintió atado, seguro, extático. Se detuvo un rato. Trató de orientarse. Pero los quejidos que salían de las bocinas de las ratas metálicas lo seguían aturdiendo. Sintió mareos. El silbido de la sirena, acompañado de un cosquilleo telegráfico que subía por el bastón, lo fascinó. Se quedó embelesado. Era el llamado. El llamado del principio. Como la culebra que en círculos concéntricos persigue su cola. Venía corriendo la culebra. Desaforadamente. El silbido de la sirena se hacía más claro, y el éxtasis más intenso. Una corriente eléctrica se apoderó de su bastón, de su ser. Se sintió transfigurado, transplantado a regiones etéreas. Un viajero sin origen y sin destino. Sumergido en el bólido de la eternidad.
-Y yo que pensaba llevarle mariachis.
-Los del condado no te dejarían, además de que son muy caros.
-Ni verlo nos dejaron.
-Quesque quedó hecho una basura.
-El progreso capitalista y materialista lo desmadró.
Habían recogido los pedazos. El del caboose fue el que se encontró el mango del bastón colgado del parachoques. Un puzzle. El maquinista trató en vano de reconstruirlo. Los del condado lo metieron en una ambulancia destartalada. En una caja amontonaron los miembros, sin imaginación y sin arte. Nadie les reclamó. Después de levantar el acta, un martillo enterró doce clavos herrumbrosos.
-Hijos míos, recemos por el alma de nuestro hermano Braulio Quezada. Aunque no logró ver con sus ojos este mundo, pudo ver a Dios en sus visiones. Amén.
-Amén.
-Eso fue todo.
-Se lo llevó la chingada.
-En el hoyo.
-En el infierno.
-¡Chingado Profeta!
Ya la luna había alcanzado su cenit. Con el ojo tuerto y pelón los estaba atisbando. Todavía tenía el cachete repleto de gargajos. Un rato más y los descargaría por el firmamento, sobre el barrio y en el parque. Las hojas sacudidas por el viento jugaban con la luz lunera sobre el zacate y sobre las greñas. Pensamientos acogotados de alcohol y de fantasmas. Pestañeaba la luna al ritmo de las mentes.
-Tengo miedo irme a casa.
-Se me aparecerá en el camino, de seguro.
-Si estamos juntos no pasará nada.
-Si les parece, podemos cantar un himno.
-Nos llevará a todos la chingada.
Sacando fuerzas del pecho de la noche, la luna descargó un gargajo etéreo. Se hizo añicos y cayeron esparcidos por el firmamento, como meteoritos en las mentes aletargadas. Configuraciones elásticas y caprichosas. Pegadas a la entretela del cerebro de años chiclosos y de herencia atávica. Corrían de boca en boca, desde tiempos ahistóricos, y se asentaban como ostras para germinar en la cabeza. Luna, boca, ostra, roca.
-¿Tú no vites nada, Casimirón?
-No, yo nomás tengo un ojo.
-Yo creo que vide una visión.
-Será el alma de Focos.
-Yo no creo en ninguna aparición.
Al aullido lastimero de un perro, contestaron dos, seis, doce más. Los hocicos de la serenata canina apuntaban a la luna. Sinfónicos sonidos, agudos, medios y bajos, de una marcha fúnebre rompían la tranquilidad del sueño. Una ambulancia desentonada, con una estridente sirena, deshizo los afinados acordes.
-¡Chihuahua! ¿Qué hago yo aquí solo?
El cachete de la luna se estaba ocultando. Ya era la una de la madrugada. El Comunista se encaminaba solitario hacia su casa.
Querido Platón:
¿A qué idea pre-establecida pertenecemos los chicanos? ¿Quién nos pre-estableció así? ¿Seremos pre-establecidamente eternos? ¡Qué chingadera! ¿Por qué mejor no nos borras de esa jodida constelación? Así podremos descansar mejor en la nada pre-establecida.
L.
«Lázaro. Lo que vas a ser, Lázaro. Lo que has sido, Lázaro». El punto, la juntura, la argolla, la unidad. Podía tomar una dirección u otra. Para adelante o para atrás. No importaba en ese instante, en ese punto. Tiempo y espacio, positivo y negativo. Pero el destino no estaba en sus manos, no era decisión propia. Su propio destino dependía de un capricho arbitrario y ajeno. La corriente sigue un curso descendiente. La voluntad y el instinto siguen un curso ascendente. Fuerzas centrípetas y fuerzas centrífugas. Una ciega y otra voluntarista. El llamado del salmón es tan fuerte como la corriente que obstruye el llamado. «Después de cincuenta y cinco años, sientes el llamado. Hacia la fuente, hacia el remanso, hacia el origen». Ése era el llamado. El llamado, la llamada que se hacía más intensa con los años. Y pronto se cumplía el ciclo destinado por las fuerzas subyacentes, subterráneas, las que minan la vida. Se sentía como para entregarse, para acelerar el llamado. «La aceleración merma el tiempo, pero no el llamado. El llamado no cambia. La aceleración es la velocidad incrementada, pero siempre hacia el centro, sin desviación. Un atajo, un acortamiento, sin rodeos ni escapadas». Eso es lo único que todavía él podía controlar. El camino, la peregrinación, la romería dependía de su voluntad. O dejarse ir, o marcar la pauta, la velocidad. «La meta está diseñada, marcada, destinada. Está sobre el libre albedrío». Una fuerza superior, incontrolable, aplastante. Le sonrió, le llamó y se metió.
Cruzó la línea, el punto, el instante. Vio alejarse todo. Como si le hubieran cortado, como si le hubieran cercenado el ombligo que le tenía atado a la placenta, a la vieja humanidad. Se sintió desprendido, alterado, transformado. Flotaba libre, en el vacío, en la nada, en el todo. Ya no sentía la raíz del corpulento árbol, ni los tentáculos del pulpo, ni la corriente arrolladora del río. Había juntado los extremos, entrado en otro parque, en otro barrio, en otra placenta. Se había juntado a aquellos que fueron y a aquellos que, aunque querían ser y haber sido, nunca fueron. Quisiera haber gritado «¡Cobardes!», pero no podía. El punto, la línea, habían cortado la onda vibrante. Los de este lado ya no le oíamos. Quisiera habernos advertido, amonestado, aclarado mucho, pero no pudo. Nos oía como pezuñas de caballos trotando sobre su lecho. Se asomó por la hierba, y los cascos la aplastaron. Nos guiñaba el ojo por la hoja del matorro, y el machete la cortó de un tajo. Se encaramó por la espada del ciprés, y el viento le cercenó su voz. No había manera. «Estos pendejos se hacen el pendejo», dijo, y desapareció. Desistió, y ya no quiso saber más nada.