10 de marzo
El regalo de Rivington, una copia suntuosamente enmarcada y hecha por mano de maestro del cuadro que adorna su sala, llegó hace cuatro días a mi hotel. Fue en el salón donde abrí la caja, retirando yo mismo los tornillos, levantando las tablas, rompiendo los papeles que lo envolvían, hasta contemplar la ideal imagen de la Idolatrada. Imposible permitir que una mano servil hubiera ejecutado aquella tarea. La pintura es un perfecto espécimen de los procedimientos de la cofradía prerrafaelita: casi nulo el movimiento de la figura noble, colocada de tres cuartos y mirando de frente, maravillosos por el dibujo y por el color los piececitos desnudos que asoman bajo el oro de la complicada orla bizantina que borda la túnica blanca, y las manos afiladas y largas que, desligadas de la muñeca al modo de las figuras del Parmigiano, se juntan para sostener el manojo de lirios, y los brazos envueltos hasta el codo en los albos pliegues del largo manto y desnudos luego. El modelado de la cabeza, el brillo ligeramente excesivo de los colores, agrupados por toques, todo el conjunto de la composición se resiente del amaneramiento puesto en boga por los imitadores de los quattrocentistas. Está detallado aquello con la minuciosidad extrema, con todo el acabado que satisfaría al Ruskin más exigente: distingue quien lo mira uno a uno los rayos que forman la aureola que circuye los rizos castaños de la cabeza, los hilos de oro de la orla bordada, las ramazones de los duraznos en flor, los pétalos rosados de éstas, las hojas de las rosas amarillas sobre la verdura de los matorrales y, en los retoños y yerbas del suelo, podría un botánico reconocer una a una las plantas copiadas allí por el artista. Al pie de la pintura, sobre la orla negra, brilla en dorados caracteres latinos la frase MANIBUS DATE LILIA PLENIS.
¿Quién era el pintor, ese J. F. Siddal cuyo nombre está al pie de la tela, que con tan extremado amor puso la mística expresión de unción soberana y casi extática en el lienzo que puebla ahora mi casa y mi vida de dulcísimos ensueños? Ni lo mencionan los críticos que han escrito sobre la Pre-Raphaelite Brotherhood, ni figura su nombre en ninguna galería ni catálogo de museo.
¡Qué me importa el ideal de arte que le dictaba su técnica minuciosa, si ante mis ojos sonríes, con la suave gracia de los largos lineamientos de tu cuerpo delicado, con la misteriosa irradiación de tus pupilas azules que alumbran la sobrenatural palidez del semblante, enmarcado por los sedosos rizos castaños de la destrenzada cabellera, oh imagen que llenas mi vida y mi alma!
He aquí lo que he encontrado para que, en el cuarto vecino al escritorio, donde amplia cortina de antiguo tejido y desteñidos matices deja caer sus pliegues a los lados del balcón, enmarcándolo, esté junto lo mejor de mí mismo: sobre las paredes tendidas de oscuro cuero de Córdoba sólo atraen las miradas dos telas, la copia enviada por el doctor Rivington y el retrato de la abuela, con su perfil de Santa Ana y las canas blancas destacándose sobre un fondo oscuro que pintó para mí James Mac'Neil Whistler, el extraño artista que, al decir de un crítico, sabe con extralúcida intuición desprender en sus obras, bañadas de misterio, lo suprasensible de lo real.
Al pie del retrato de Helena, pesada mesa de bronce cincelado sostiene las jardineras llenas de flores que pedí a Cannes por telégrafo. Sube hasta sus pies el aroma de las rosas rojas, de las rosas amarillentas y de las rosas blancas, de los ramos de violetas de Parma que languidecen en altas copas de cristal opalescente, de los montones de claveles blancos, áureos, sonrosados, purpúreos, confundidos con la suave emanación de las mimosas y de los lirios. Aquella oposición de vívidos tonos que cantan, tentaría la paleta de un colorista. Sobre el verde de los veladores de malaquita contrasta el blanco de las pastas, ornamentadas con las tres hojas y la mariposa, de los tomos de versos que compré en Londres e hice encuadernar a mi antojo. Un solo sillón, donde bajo la mirada apaciguadora de sus ojos azules voy a leer a Shelley y a Longfellow, y el pesado cofre de hierro donde guardo las joyas, su camafeo y el ramo de rosas de Ginebra forman el mobiliario del cuarto.
¡Ese ambiente de espiritualidad es el que requieres, amor de alma, para que vivas con intensa vida, y el único que me parece respirable hoy, en que mi ternura aspira a ti con todas sus fuerzas como débil planta que vuelve sus hojas hacia el sol!
10 de abril
Charvet, fastidiado de esperarme en el despacho mientras me vestía, estaba acomodado en el sillón, la cabezota contra el espaldar de éste, los quevedos de oro montados en la nariz, y los poemas de Keats en la mano, cuando entré al saloncito.
-Los poetas ateos, de jóvenes, no creen en Dios, pero creen en los ángeles y en la Virgen Santísima -dijo levantándose al verme-. Hasta ahora éste es el sitio donde he respirado atmósfera más espesa de misticismo desde que paseo mi persona por este pícaro mundo. Si el pobre Scilly Dancourt entrara a este cuarto se arrollidaría al ver el retrato colocado en este ambiente de capilla... Se pone usted malo... ¿Qué le pasa a usted? -añadió con cara de sorpresa- ¿He cometido una indiscreción al entrar aquí?... Perdóneme usted: vi la puerta entreabierta y no resistí la tentación de hacerlo. Vamos a su escritorio.
Sentado cerca de éste, Charvet, instado por mí con no sé qué frases locas para que me explicara qué quería decir con lo que me había hecho temblar de sorpresa al oírlo, me dijo más o menos lo siguiente:
-Hizo doce años a fines de enero, estaba en Provenza huyéndole al frío del invierno, cuando recibí un telegrama de un hotelero de Niza ofreciéndome gruesa suma por ir a pasar algunos días allí y prestarle mis servicios a un enfermo grave. Era tan halagüeña la oferta que no vacilé en ponerme en camino, para presenciar a mi llegada una de las escenas más angustiosas que he visto en la práctica de mi profesión, tanto más cuanto que mi ciencia nada podía hacer para evitarla. Ahora, al ver ese cuadro, del cual poseo una fotografía regalada entonces por Scilly Dancourt, creo ver a la pobrecilla con la admirable belleza de sus veintitrés años y recuerdo como si fueran cosas de ayer los horribles sufrimientos del pobre hombre cuando, arrodillado al pie del lecho, bebiéndole el aliento envenenado y besándola, volvía los ojos hacia mí, como pidiéndome que la defendiera contra la muerte. «Doctor: ¡sálvela usted y le serviré de rodillas toda mi vida; soy rico; disponga usted de mi fortuna, pero sálvela!», me decía, suplicante; y yo comprendía el paroxismo de dolor que lo crispaba al ver la figura ideal y la mirada de ternura sobrehumana con que lo envolvían los ojos azules de la tísica. La enfermedad había sido un resfriado, cogido la noche en que salieron de París; pero la frágil constitución de la enferma y quién sabe qué herencia de tuberculosis hicieron estallar una tisis galopante, ante la cual fueron inútiles mis esfuerzos. Decirle a usted qué especie de dolor, de locura, fue la del marido al convencerse de que estaba muerta sería tarea imposible. «Fuera de esta criatura -me decía, mostrándome días después una chiquitina de cuatro años que parecía comprender el horror de lo que había pasado, lo miraba con los mismos ojos azules de la madre y tenía aspecto delicado como el de una flor enferma- no tengo a nadie en el mundo. Me voy a África, me voy a Extremo Oriente, a recorrer toda la América, a viajar por años enteros para no morirme aquí de melancolía». ¡Pobre hombre! Me causó tal impresión verlo en ese estado que recuerdo hasta sus últimas frases: «Doctor: no se extrañe usted al verme sufrir así, al ver mi desesperación; usted no sabe que era una santa, usted no sabe que todas las de su raza han sido adoradas así, frenéticamente. ¿No ha oído usted contar la historia de Rossetti, el poeta pintor que casó con María Isabel Leonor Siddal, que era de la misma familia de mi mujer, hace veintitantos años, y que jamás pintó en sus cuadros ni cantó en sus versos a otra que a ella, y que muerta ella depositó en el ataúd el manuscrito de sus poemas para que durmiera junto a la que los había inspirado? Rossetti estuvo, al morir María Isabel, casi loco; y si años más tarde el cloroformo y la tristeza dieron cuenta de su vida, fue porque no hizo lo que voy a hacer yo: pedirle a los viajes y al estudio de las religiones la fuerza necesaria para no dejar a esta chicuela sola en el mundo», decía mostrándome a la niña.
-¿Y la fotografía, doctor?
-¡Ah, sí! Ese cuadro que tiene usted es un retrato de la mujer de Scilly Dancourt hecho por un hermano que abandonó la pintura después, para irse a la India, según me dijo entonces aquél... Y oiga usted: el amanerado imitador de los prerrafaelitas no hizo más que dañar el modelo al sujetarlo a las invenciones de su escuela, porque la muerta era más hermosa todavía; tenía una cabellera castaña de visos dorados, ese color auburn que dicen los ingleses, y unos ojos azules como no he visto otros después. Pobre hombre; no lo he vuelto a ver nunca.
-¿Ni a saber de él, doctor? -le pregunté con mal disimulada impaciencia.
-Ni una palabra. Creo que la única persona a quien le escribe en París es al general Des Zardes. Sirvió a sus órdenes como capitán en la guerra con Prusia en 1870, y éste lo tiene en grande estima por su valor... ¿Y cómo vamos de salud? -inquirió, volviendo a sus carneros.
Charvet me autorizó desde ese día para volver a mi vida de antes de la enfermedad:
-Está usted hoy más fuerte que la tarde en que vino a mi consulta por primera vez. Goce usted suavemente de la vida. Sea usted feliz -me dijo golpeándome el hombro al salir.
¿Gozar de la vida sin ella? Gozaré de la vida cuando me arrodille a sus pies. ¡Bendito seas rayo de luz que has caído en la noche de mi alma y que me permitirás encontrarla!
20 de marzo
-Cuanto le puedo contar es cuanto le he contado; diríjase usted al profesor Mortha, a quien Scilly Dancourt le escribe con frecuencia sobre sus chifladuras de orientalismo y de historia religiosa -dijo con su voz ruda y levantándose de la silla en el salón del Círculo el viejo General des Zardes-. Diríjase usted a Mortha... ¿Ahora resulta usted preocupado también de esoterismo y de religiones? Creía que la vida de cuartel que ha llevado lo había preservado de esas vagabunderías. Y es usted joven para ser General -agregó con irónica expresión, torciéndose el viejo mostacho canudo.
-Yo no soy General -le contesté riéndome al oír aquella salida.
-Pues es extraño... Todos los paisanos de usted que yo he conocido en el Círculo son generales -gruñó despidiéndose.
Poco más había adelantado con la conversación que tuve con él y que acabó con aquella frase evocatoria de las charreteras de fácil adquisición en nuestras repúblicas latinoamericanas. Contome en ella la campaña hecha por ambos, él como coronel, Scilly Dancourt como capitán, en la quinta división del ejército mandado por el general De Tailly, las marchas y contramarchas, las indecisiones y los desaciertos de la funesta campaña; me pintó al pobre Emperador átono y decaído, sumido en la incertidumbre y en el silencio; puso por las cumbres a Trochu que, al decir suyo, habría salvado a Francia si hubiera realizado sus planes; llamó imbéciles a Rouher, a Montauban y a Chevreau; insultó a Bazaine, glorificó a Mac-Mahon; me describió a gritos y con voces técnicas las batallas de Saint-Privat, de Wissenbourg y de Froeschwiller, y el aire de mortal tristeza y de embrutecimiento de Napoleón al ver entrar sucesivamente a la Prefectura de Sedán a Ducrot, a Douay luego, a Lebrun después; el diálogo brutal entre Ducrot y Wimpfen y la salida de éste a parlamentar con el enemigo.
-Scilly Dancourt -me dijo energizándose- no vio el fin de la batalla, ni figura su nombre en el registro de las vergonzosas capitulaciones, ni se llevó de Sedán en los ojos el horror de ver a nuestros noventa mil soldados que, inutilizados por los días que pasaron en el campo de la miseria, con los pies metidos entre el barro, empapados por la lluvia, temblando de hambre y de sed, de frío y de vergüenza, y sintiendo la trágica sacudida del desmoronamiento del imperio, esperaban a los batallones de reclutas alemanes que habían de llevarlos prisioneros a Prusia. No, Scilly Dancourt no vio nada de esto. Después de animar a los nuestros con su coraje de león, de excitarlos con el grito, con el ademán y con el ejemplo, y de recibir tres heridas, al ver perdida la batalla, desapareció, nadie sabe cómo. Revuelta el alma por las desgracias de Francia, pasó a Inglaterra, donde contrajo matrimonio unos años después con la hija de un actor o de un músico de fama y, cuando murió ésta, se ausentó de Europa... Ya le digo a usted, el único que sabe de él es Mortha, a quien le escribe sobre esas chifladuras de religiones y de orientalismos.
El corazón se me saltaba del pecho al entrar la última vez al entresuelo de techo bajo y ruin aspecto situado en una callejuela del Barrio Latino, donde el autor de Las Religiones de Oriente recibe los escasos visitantes que van a distraerlo de sus preocupaciones habituales: la interpretación de seculares textos sagrados, de los viejos himnos litúrgicos y de los cultos primitivos de la humanidad. ¡Voy a hablarle de Scilly Dancourt y va él a decirme dónde encontraré a Helena!, pensaba dentro de mí, sentado ya en un canapé de la pobre y aseada salita que precede el cuarto de estudio, contemplando una escultura asiria, un cuerpo de león alado con cabeza humana de luenga y rizada barba coronada por la tiara sacerdotal que, frente a frente del Budha ventrudo que sonríe sobre la pobre y negruzca chimenea, forma el único adorno de la estancia.
Mortha es un viejecito adorable, con una cara larguísima cuya amarillenta y apergaminada piel cruzan hondas arrugas verticales, y una cabellera de seda blanca toda despeinada de la cual le caen pelos sueltos y largos por sobre la frente enorme y los ojos vivísimos y negros. Cuando se ríe hay algo de infantil en la alegría que le anima la cara y canas, arrugas y ojos, todo se ríe. Sus libros y la necesidad de obtener indicaciones sobre una inscripción lapidaria fueron la disculpa con que me presenté hace ya varios días. Me habló en la primera entrevista de unos pergaminos egipcios que estaban para la venta en Londres, hícelos comprar allí por Morrell y Blundell, se los envié, y estamos a partir un confite; me cree un egiptólogo consumado.
Al entrar al cuarto, lleno de papeles, de piedras, de restos de estatuas y de inscripciones, estaba escribiendo algo con su letrica finísima, y un rayo de sol que se colaba por la ventana le hacía brillar como plata las canas blanquísimas.
-¿Escribía usted, querido maestro? -preguntele.
- Sí, anotaba la traducción hecha por mi cofrade Máspero del himno descubierto por Grebaut cerca de las necrópolis de Zaouyet-el-Anyan. Oiga usted qué sublimidad: «Tú te levantas, benéfico Ammón Ra Harmakouti. / Tú te despiertas, verídico Señor de los dos horizontes, ardes, resplandeces, subes y culminas. / Los hombres y los dioses se arrodillan ante ésa que es tu forma. / ¡Oh, Señor de las formas!»
Una hora entera en que lo hice hablar y no hablé para que no descubriera mi superchería, y al cabo de la cual lo traje por enredados caminos al asunto en que tengo puesta toda mi alma.
-¡Ah, sí! Scilly Dancourt -me dijo-; pero Scilly Dancourt no es un especialista, es un hombre que quiere saber todo lo referente a todas las religiones. Los ritos egipcios del Antiguo Imperio los conoce bastante. Hace seis años recibí su última carta, datada en Abydos, donde estaba estudiando los bajorrelieves del templo. Tenía buenos datos para ser dados por un aficionado, pero su fuerte son las religiones de la India. Es uno de los pocos europeos que ha logrado entrar al fondo de los santuarios de Benarés y cultivar relaciones íntimas con los sacerdotes budistas de las pagodas del sur; pero no vaya usted a creerlo un hombre de ciencia, y sobre todo, un hombre desinteresado en sus estudios. Lo que él persigue es la esencia misma de las religiones, lo sobrenatural, con que nada tenemos que ver los que procedemos de buena fe. No hay religión que no haya estudiado, haciendo para ello enormes viajes e inauditos gastos, visitando los santuarios y recorriendo los lugares en que nació. A estos últimos charlatanismos de la fuerza psíquica y de las telepatías, de las sugestiones a largas distancias y de las apariciones luminosas, los conoce como Crookes y creo que se ríe de ellos. Estuvo en el Congreso de Religiones de Chicago, en 1893, sin tomar parte en él, y estoy seguro de que les habría podido enseñar algo de la suya a cada uno de los asistentes. Nosotros nos escribíamos hasta hace seis años, y de repente dejó de contestarme. Supe después por mi colega Chennevières, que lo encontró en Roma, que estaba allí con un hijo suyo. Parece que ese joven ha hecho los mismos estudios que el padre, y que fue quien lo indujo a abandonarlos, para entregarse al culto católico con raro fervor. Me ha referido Chennevières que vivían cerca del Vaticano, que el Papa los recibía frecuentemente y que comulgaban todos los días en la misa dicha por Su Santidad. Yo he seguido escribiéndole a Scilly de acuerdo con la promesa que le hice de comunicarle los resultados obtenidos en mis estudios de las antiguas religiones de Egipto, pero no me ha vuelto a contestar.
-¿Y le escribe usted a Roma sabiendo que él viaja continuamente? -le pregunté.
-No, son sus banqueros quienes corren con dirigirle las cartas; yo las envío a la oficina de Lazard, Casseres y Compañía. Poco más deben de interesarle mis pacientes investigaciones a nuestro amigo, que lo que buscaba en sus viajes no era la ciencia de los orígenes y del desarrollo de las religiones, sino un culto que practicar, y por fin vino a dar al catolicismo, para lo cual sobraban todas las vueltas que dio. ¡Cuando yo le digo a usted que Scilly Dancourt no ha sido nunca un sabio y que sus investigaciones no eran desinteresadas!
Al fin di con el hilo de la luz que busco, con la pista que sigo para encontrarte, ¡oh, camino que me llevarás hacia ella!, pensé sorprendido de la feliz casualidad que me hizo poner en manos de Lazard, Casseres y Compañía las sumas que había mantenido en casa de Miranda hasta el año antepasado. ¡Bendita seas tú, Actriz de los Bufos, ídolo de mi amigo el instintivo repórter don Vicente, que, con tu apetito de diamantes y el dominio que ejerces sobre él y el temor que sentí de que fuera a caer mi oro en tus rosadas manecitas junto con los patacones de don Mariano, hiciste surgir en mi cerebro la idea de trasladar mis fondos a casa de los judíos!, pensaba subiendo la escalera monumental del escritorio de éstos. Un banquero judío sirve para todo... hasta para decirle a uno dónde está la visión con que sueña. ¡Oh, Israel!, murmuré dentro de mí mismo al empujar la puerta del escritorio.
Nathaniel Casseres, doblado en dos, las narices de águila, los ojos verdosos, el collar de barba rubia, todo él encantado de verme, me estrechó la mano con afectuoso ademán y me juró que su familia había estado consternada con mi enfermedad. Vivió el tipo cuatro años en Buenos Aires y habla español, un español aprendido en Francfort, que destroza los oídos.
-¿A qué depemos el fonor de per al señor Fernández en ésta su casa? ¿Tiene compras que hacer u órtenes que tar?
Y al explicarle que deseaba saber el lugar donde estaba su cliente y que le suplicaba me informara de él:
-¡Ah, sí! Puen cliente, puen hombre, puena persona el señor Chilly... Puen cliente, puen hombre, puena persona, pero no puedo informarlo a usted te lo que tesea.
Y más o menos me explicó esto: los únicos negocios que la casa de Lazard, Casseres y Compañía tiene con el Conde consisten en recibir de una compañía de seguros sobre la vida gruesa suma que le paga ésta, a la cual entregó su capital para recibir renta viajera. Al oírlo me corrió un estremecimiento de frío por las espaldas. Y si llegara a morir, ¿qué sería de la suerte de Helena, abandonada, sola, sin fortuna, sin amigos?
-Otra operación hacemos por su cuenta -continuó el obsequioso Nathaniel-: es pagar instalamentos de un seguro de vida de una hija suya, para que ésta lo reciba al cumplir veinte años; un seguro fuerte, que le devolverá a la señorita Scilly Dancourt el capital que su padre entregó a la compañía, hábil operación, pero que sobre todo satisface los gustos de nuestro cliente, que no quiere ocuparse de negocios, ni de dinero, y que gira a nuestro cargo por cualquier suma que se le ofrezca, desde cualquier punto de Europa, Asia, América, África u Oceanía, donde toman sus cheques nuestros banqueros... porque la casa tiene agentes en todo el mundo -agregó complacido-. Para él no llega aquí más correspondencia que la de un sabio su amigo. Hace tres años recibimos del señor Chilly telegrama de Roma, dando orden de no enviarles esas cartas, y la casa, cumpliendo las suyas, las guarda aquí. Él no escribe nunca.
-¿Y dónde está fechado el último cheque del señor de Scilly? -pregunté.
-He dado a usted todos esos datos en estricta reserva, y así le daré el otro. Permítame usted; hablo con el tenedor de libros para informarlo.
-De Alejandría, y es por una suma fuerte. Probablemente seguiría para Oriente... El año pasado, por esta época, recibimos un cheque de Benarés. ¡Puen cliente, puen amigo, puena persona el señor de Chilly Tancourt!
Y haciendo reverencias y ofreciéndome que la casa estaría a mis órdenes siempre, me acompañó hasta la puerta, por donde salí desesperado.
¡Dios mío, un mes perdido así, cultivando imbéciles, oyendo referir la batalla de Sedán, leyendo los himnos a Ammón Ra Harmakouti y sabiendo por los judíos cómo está colocada la fortuna del padre, todo esto sin encontrar el camino que me lleve hacia ella! Hoy me sé la historia de los Scilly como tal vez no la sabrá el Conde, que no tiene cara de darle importancia a esas vanidades. Cuanto libro he encontrado que pueda darme luz sobre los antepasados de Helena, lo he leído con una paciencia de benedictino. Tengo la cabeza llena de nombres y de hechos que van desde el año cuarenta y ocho, en que un Scilly, amigo íntimo de Lamartine, figuró en la política, hasta el mil trescientos veintisiete, en que otro partió para la primera Cruzada. Sé sus armas y sus blasones, su escudo de combate y su grito de guerra. ¡Dios mío! ¿Y qué me importa todo eso si pierdo la esperanza de encontrarla y si me desespera perder esa esperanza? ¡Helena, amor mío, Helena, amor mío de mi alma, ven, surge, aparécete ante mis ojos cansados de buscarte y hunde en ellos las penetrantes miradas de tus pupilas azules, para que veas hasta mi alma y que en ella sólo te reflejas tú, como en las aguas de un lago dormido el cielo constelado de astros!
12 de abril
Sólo una ventaja retiré de las entrevistas con el general Des Zardes, con Mortha y con el obsequioso judío, que mi amor por Helena, de quien conozco ya la familia, la historia del padre y la inversión de la fortuna de éste, se haya dulcificado, sin disminuirse, pero humanizándose, por decirlo así. Sólo el amor comprende, Idolatrada, de quien por intuitiva adivinación sé hasta los más recónditos secretos de bondad y de nobleza; ¡sólo el amor comprende! Para el general Des Zardes no existes, sólo vive en su imaginación la imagen de tu padre, tal como lo vio en los días de la funesta campaña; para el profesor Mortha eres un mozo ocupado en estudios de historia religiosa, el judío sólo sabe de ti el oro que recibirás al cumplir los veinte años! ¡Sólo el amor comprende! Charvet, a quien la práctica de su profesión no le ha endurecido el alma, como a tantos de sus queridos colegas, sabe la agonía del ser que te dio la vida, recuerda el horrible dolor de tu padre cuando el trágico suceso, y entrevió en tus ojos de niña el fulgor que tienen hoy, el fulgor terrible de santidad y de dulzura que alumbró mi alma en la noche de Ginebra. Sólo yo, que quiero buscar en ti la luz que me alumbre y el áncora que me salve, sé de ti todo cuanto saben ellos juntos y te adivino tal como eres... ¡Sólo el amor comprende!
Hoy hay dos lugares en la tierra donde no se posan pies humanos. Envuelve sagrado silencio la atmósfera que en ellos se respira: son la estancia donde murió la santa de los cabellos de plata cuyo perfil sonríe a seis pasos de este sitio, en el cuadro de Whistler, y el cuarto, tomado en alquiler por diez años al hotelero suizo y cuya llave está en la caja de hierro cerca del camafeo; el cuarto por cuyo balcón me arrojó ella el ramo de rosas en la noche inolvidable.
13 de abril
Decía ayer que mi amor se dulcificaba, humanizándose... ¡Ah, sí!... ¡Sólo mi espíritu la reclamaba hace unos días, y ahora todo mi ser la reclama! Antes de encontrarla no sabía lo que era el amor y había besado sólo con la imaginación mis ideales de poeta; con mis labios de carne las bocas lascivas y entreabiertas de mis fáciles idolatradas. Ahora mi espíritu y mis labios sueñan con ella y si en ella pienso vibra todo mi ser, como las cuerdas de un instrumento sonoro bajo el arco inspirado del artista que les comunica su alma. Puesto que revestida de misterio y de más allá entraste en mi vida, virgen inmaculada y dulcísima, nuestro amor será un éxtasis. Ennoblecidos por ti, los detalles de la existencia diaria se transfigurarán y cada paso andado por los caminos de la tierra será un paso hacia lo alto. Por ti abandonaré los planes destinados a hacer pasar mi nombre a los tiempos venideros. ¡Qué más gloria que vivir arrodillado a tus pies sintiendo la caricia de tus manos y bebiendo en tus labios la esencia misma de la vida!
Oye: en la tierra que me vio nacer hay un río caudaloso que se precipita en raudo salto desde las alturas de la altiplanicie fría hasta el fondo del cálido valle donde el sol calienta los follajes y dora los frutos de una flora para ti desconocida. Las cataratas del Niágara, profanadas por los ferrocarriles y por la canallería humana que va a divertirse en los hoteles que las rodean, son un lugar grotesco cerca de la majestad de templo del agreste sitio, donde cae en sábana de espumas, atronando los ecos de las montañas seculares, el raudal poderoso. Cortada a pico sobre el abismo, donde la niebla se irisa y resplandecen las aguas a la salida del sol, álzase ingente y rígida roca de basalto. Aquella roca es el lindero de una de mis posesiones. Sobre ella construiré para ti un palacio que revista por fuera el aspecto de renegrido castillo feudal, con sus fosos, sus puentes levadizos y sus elevados torreones envueltos en verdeoscura yedra y grisosos musgos, y que en el interior guarde los tesoros de arte que poseo y que animarás tú con tu presencia. Viviremos, cuando la vida de Europa te canse y quieras pedir impresiones nuevas a los grandiosos horizontes de las llanuras y a las cordilleras de mi patria, en aquel nido de águilas que por dentro será un nido de palomas blancas, lleno de susurros y de caricias. Habrá mañanas de sol en que nos verán pasar cabalgando en una pareja de caballos árabes por los caminos que se extienden en la sabana, y los rudos campesinos se arrodillarán al verte, creyendo que eres un ángel, cuando claves en sus cuerpos deformados por las rústicas faenas la resplandeciente mirada de tus pupilas azules; habrá noches en que en el aire perfumado del cuarto, donde humea el té rubio en las tazas de China y alumbra el suntuoso mobiliario la luz de las lámparas atenuada por pantallas de encaje, vibren las frases sublimes de una sonata de Beethoven, arrancada por tus pálidas manos al teclado sonoro y en que, desfalleciente de emoción contenida, te levantes del piano para contemplar desde el balcón de piedra la catarata iluminada por la luna. ¡Apoyarás entonces la cabeza en mi hombro, me envolverán los rizos castaños de la destrenzada cabellera, volverás hacia los míos tus radiosos ojos azules, y la palidez sobrenatural de tu semblante, la mortal palidez exangüe de tus mejillas y de tu frente se sonrosará bajo los besos de mis labios!
¡Helena! ¡Helena! Me corre fuego por las venas y mi alma se olvida de la tierra cuando pienso en esas horas que llegarán si logro encontrarte y unir tu vida con la mía!
14 de abril
Ayer saltó otro edificio destrozado por una bomba explosiva, y la concurrencia mundana aplaudió en un teatro del bulevar, hasta lastimarse las manos, La Casa de Muñecas de Ibsen, una comedia al modo nuevo, en que la heroína, Nora, una mujercilla común y corriente, con una alma de eso que se usa, abandona marido, hijos y relaciones para ir a cumplir los deberes que tiene consigo misma, con un yo que no conoce y que se siente nacer en una noche como hongo que brota y crece en breve espacio de tiempo. Así, a estallidos de melinita en las bases de los palacios y a golpes de zapa en lo más profundo de sus cimientos morales, que eran las antiguas creencias, marcha la humanidad hacia el reino ideal de la justicia que creyó Renan entrever en el fin de los tiempos. Ibsen y Ravachol le ayudan, cada cual a su modo; cae el primer magistrado de Francia herido por el puñal de Cesáreo Santo, y escribe Suderman La dama vestida de gris, donde la abnegación y el amor a la familia toman tintes de sentimientos grotescos, sin que el final de cuento de hadas, agregado por el novelista a su obra como un farmaceuta hábil echaría jarabe para dulcificar una pócima que contuviera estricnina, alcance a disimular el acre sabor de la letánica droga.
Tórnase el arte en medio de propaganda antisocial, síntoma curioso que coincide con la tendencia negadora de la ciencia falsa, la única al alcance de las multitudes.
¡Mientras más pura es la forma del ánfora más venenoso puede juzgarse el contenido; mientras más dulce el verso y la música, más aterradora la idea que entrañan!
Moriste a tiempo, Hugo, padre de la lírica moderna; si hubieras vivido quince años más, habrías oído las carcajadas con que se acompaña la lectura de tus poemas animados de un enorme soplo de fraternidad optimista. Moriste a tiempo; hoy la poesía es un entretenimiento de mandarines enervados, una adivinanza cuya solución es la palabra nirvana. El frío viento del Norte, que trajo a tu tierra la piedad por el sufrimiento humano que desborda en las novelas de Dostoievski y de Tolstoi, acarrea hoy la voz terrible de Nietzsche.
Oye, obrero que pasas tu vida doblado en dos, cuyos músculos se empobrecen con el rudo trabajo y la alimentación deficiente, pero cuyas encallecidas manos hacen todavía la señal de la cruz; obrero que doblas la rodilla para pedirle al cielo por los dueños de la fábrica donde te envenenas con los vapores de las mezclas explosivas, oye, obrero: ¿nada evocan en tu rudimentario cerebro las rudas sílabas de ese nombre germano, Nietzsche, cuando vibran en tus oídos? Los ecos del Norte las repercuten, suenan ya en toda Europa y sus discípulos predican el evangelio de mañana. No lo creas parecido al evangelio que cuenta la historia del pálido Nazareno diciendo las consoladoras bienaventuranzas junto a las ondas azules del dormido lago de Tiberíades y expirando en lo alto de la cruz, con el cuerpo amoratado por los golpes y la pálida frente destrozada por la corona de espinas: es un evangelio que cuenta la historia de Zaratustra, en una cueva, meditando, entre el águila y la serpiente, en el revalúo de todos los valores. ¿Nada le sugiere tampoco esa frase a tu obtuso entendimiento? Es que la humanidad había estado recibiendo como verdaderas nociones falsas sobre su origen y su destino, y el profundo filósofo encontró una piedra de toque en que ensayar las ideas como se ensayan las monedas para saber el oro que contienen. Eso es lo que se llama revaluar todos los valores. Lo que tú llamas conciencia, eso que te atormenta cuando crees haber cometido una falta, no es más que el instinto de la crueldad que puedes ejercer contra los otros y que, al no ejercerlo, porque la sociedad te lo impide encerrándote en la noción del deber, como a un león en una jaula de fierro, te atormenta como atormentarían sus inútiles garras al flavo animal si las hundiera en su propia carne al no poder destrozar los barrotes rígidos ni la presa deliciosa. Esos mismos deberes en que crees, no son más que la invención con que una raza potente y noble de hombres alegres que reían entre los incendios, los estupros, los asesinatos y los robos, sujetó a las razas de débiles vencidos, de los que hizo sus esclavos. Los buenos entre los vencedores eran los más crueles, los más brutales, los más duros, y los esclavos inventaron como virtudes las cualidades opuestas a las que veían en sus amos: la continencia, el sacrificio de sí mismo, la piedad por el sufrimiento ajeno. En la revuelta de los esclavos, que tuvo lugar hace siglos, fue necesaria una víctima para que tuvieran una bandera que levantar, un hombre que juntara en sí todas aquellas falsas virtudes y muriera por afirmarlas, e Israel crucificó al Cristo, a ése que tú creías Dios, y triunfó la moral de los débiles, la que te enseñó tu padre, ésa sobre la cual está fundada la sociedad de hoy.
¿Tú no sabías nada de eso, obrero que con las manos encallecidas por el trabajo haces todavía la señal de la cruz y te arrodillas para pedir por los dueños de la fábrica donde te envenenan los vapores de las mezclas explosivas? Pues sábelo, y regenerado por la enseñanza de Zaratustra, profesa la moral de los amos; vive más allá del bien y del mal. Si la conciencia son las garras con que te lastimas y con que puedes destrozar lo que se te presente y coger tu parte de botín en la victoria, no te las hundas en la carne, vuélvelas hacia afuera; sé el sobrehombre, el Ubermensch libre de todo prejuicio, y con las encallecidas manos con que haces todavía, estúpido, la señal de la cruz, recoge un poco de las mezclas explosivas que te envenenan al respirar sus vapores y haz que salte en pedazos, al estallido del fulminante picrato, la fastuosa vivienda del rico que te explota. Muertos los amos serán los esclavos los dueños y profesarán la moral verdadera en que son virtudes la lujuria, el asesinato y la violencia. ¿Entiendes, obrero?
Así, a estallidos de melinita en las bases de las ciudades y a golpes de zapa en lo más profundo de sus cimientos morales, que eran las antiguas creencias, marche la humanidad hacia el reino ideal de la justicia que entrevió Renan en el fin de los tiempos. Nietzsche, Ibsen y Ravachol le ayudan, cada cual a su modo.
Allá, en las más excelsas alturas de lo intelectual, noble grupo de desinteresados filósofos indaga, investiga, sondea el inefable misterio de la vida y de las leyes que la rigen, y transforma sus pacientes estudios en libros que carecen de categóricas afirmaciones, que apenas anotan lo bien sabido, lo que cae bajo el dominio de la observación; en libros que muestran en el límite de la humana ciencia «las olas negras del océano del misterio para embarcarnos en el cual no tenemos ni barca ni brújula»
, al decir de la grandiosa frase de Littré. Coincide la impresión religiosa que esos grandes espíritus experimentan al considerar el problema eterno y expresan en sus obras, con el renacimiento idealista del arte, causado por la inevitable reacción contra el naturalismo estrecho y brutal que privó hace unos años. En vez de las prostitutas y de las cocineras, de los ganapanes y de los empleadillos que ganan cien pesetas al mes, deléitanse los novelistas en pintarnos grandes damas que se mueven en suavísimos ambientes, magas que realizan los prodigios de los antiguos teúrgos y sabios que poseen los secretos supremos. Tórnase la música de sensual modulación que acariciaba los oídos y sugería voluptuosas tentaciones, en misteriosa voz que habla al cerebro; pasan místicas sombras por entre el crepúsculo que envuelve las estrofas de los poetas y toman forma en los lienzos las visiones del más allá. Los exploradores que vuelven de la Canaán ideal del arte, trayendo en las manos frutas que tienen sabores desconocidos y deslumbrados por los horizontes que entrevieron, se llaman Wagner, Verlaine, Puvis de Chavannes, Gustave Moreau.
En manos de los maestros la novela y la crítica son medios de presentar al público los aterradores problemas de la responsabilidad humana y de discriminar psicológicas complicaciones; ya el lector no pide al libro que lo divierta, sino que lo haga pensar y ver el misterio oculto en cada partícula del Gran Todo.
¿Dudas todavía del renacimiento idealista y del neomisticismo, espíritu que inquieres el futuro y ves desplomarse las viejas religiones?... Mira: del oscuro fondo del Oriente, patria de los dioses, vuelven el budismo y la magia a reconquistar el mundo occidental. París, la metrópoli, les abre sus puertas como las abrió Roma a los cultos de Mitra y de Isis; hay cincuenta centros teosóficos, centenares de sociedades que investigan los misteriosos fenómenos psíquicos; abandona Tolstoi el arte para hacer propaganda práctica de caridad y de altruismo, ¡la humanidad está salvada, la nueva fe enciende sus antorchas para alumbrarle el camino tenebroso!
¡Ah, sí! ¿Pero tú no sabes, crítico optimista que cantaleteas el místico renacimiento y, al ver esos síntomas, cantas hosanna en las alturas y paz sobre la tierra a los hombres de buena voluntad, qué es lo que le llega al pueblo, a la masa, al rebaño humano, de todos esos fulgores que te deslumbran, del inarmónico coro que forman esas voces al rezar el «Padre nuestro que estabas en los cielos», que es la oración a la moda entre los intelectuales de hoy? Pues voy a decírtelo: lo que el pueblo comienza a saber es lo que le enseñan los vulgarizadores de la falsa ciencia, la única vulgarizable, los Julio Verne de la psicología y de la doctrina evolucionista: es que el hombre tuvo por antepasado al mono y que el deber es sólo el límite de la fuerza de que disponemos. Hay voces que le gritan a las multitudes: «Mira, ese viejecito pálido, vestido de blanco, que se pasea prisionero por el Vaticano es un farsante; ese muñeco que está allá arriba en la cúspide del edificio social, un imbécil»
. Y mientras los neomísticos inventan sus religiones para poetas, para venteros millonarios o para sabios purificados por el estudio, el populacho alza los ojos y mira. Así los alzaba hace ciento veinte años, para ver, entre la atmósfera de la corte perfumada de mariscala, los tacones rojos de las favoritas, las empolvadas pelucas, las chorreras de encajes, las casacas de colorines de los cortesanos que rodeaban al sifilítico monarca. Voltaire no había reído aún; Rousseau no había llorado todavía. Oyó la fiera de repente la blasfemia y el sollozo, se sacudió del letargo en que dormía, clavó las garras en la presa dorada y el charco de sangre del Terror mostró el poder de sus garras y los destrozos de su ira sangrienta.
En los últimos años, al alzar las miradas hacia lo alto lo que el león ha visto es la cara imbécil de Papá Grévy y, tras de ella, el perfil judío de Daniel Wilson, que, como un ratero, se guardaba el oro, producto de la venta de gloriosas condecoraciones; lo que ha visto es al brave général, caracoleando en el negro caballo; lo que ha visto es el asunto de Panamá, aquella lluvia de lodo que salpicó las canas de Lesseps y las frentes de tantos de sus senadores ilustres.
¿Crees tú, crítico optimista que cantaleteas el místico renacimiento y cantas hosanna en las alturas, que la ciencia notadora de los Taine y de los Wundt, la impresión religiosa que se desprende de la música de Wagner, de los cuadros de Puvis de Chavannes, de las poesías de Verlaine y la moral que le enseñan en sus prefacios Paul Bourget y Eduardo Rod sean cadenas suficientes para sujetar a la fiera cuando oiga el Evangelio de Nietzsche? El puñal de Cesáreo Santo y el reventar de las bombas de nitroglicerina pueden sugerirte la respuesta.
15 de abril
Una oleada poderosa de sensualismo me corre por todo el cuerpo, enciende mi sangre, entona mis músculos, da en mi cerebro relieve y color a las más desteñidas imágenes y hace vibrar interminablemente mis nervios al contacto de las más leves impresiones gratas. No es fuera de él, es en el fondo de mi espíritu donde está subiendo la savia, donde están cantando los pájaros, donde están reventando los brotes verdes, donde están corriendo las aguas, donde están aromando las flores, al recibir los besos tibios de la primavera. El amor ha hecho su nido en mi alma. ¡Músicas que flotáis en ella, líneas, colores, olores, contactos, sensaciones de fuerza desbordante, sangre que me enciendes las mejillas, sueños que aleteáis en la sombra, delectación morosa que traes ante mí el voluptuoso cuadro de los placeres pasados y me hostigas con el recuerdo de sus punzantes delicias, todos vosotros bailáis un coro báquico, una saturnal en que los besos estallan y los cuerpos se confunden y caen entrelazados sobre el césped aromoso y blando! ¡Helena, Helena! Tengo sed de todo tu ser y no quiero manchar los labios que no se posan en una boca de mujer desde que la sonrisa de los tuyos iluminó mi vida, ni las manos, impolutas de todo contacto femenino, desde que recogieron el ramo de rosas arrojado por tus manos. ¡Helena! ¡Ven, surge, aparécete, bésame y apacigua con tu presencia la fiebre sensual que me está devorando!
19 de abril
Ahí estaban, en la tiendecita Bassot situada en la calle de la Paz, deleitando los ojos con el brillo de las piedras aglomeradas ante mí sobre el vidrio del mostrador por las manos del aristocrático joyero. Del gran Balzac cuentan que, enamorado de los visos rosados de dos perlas gemelas, trabajó un año para adquirirlas; de Richelieu moribundo, que hundía las flacas manos en el cofre rebosante de pedrería y que al hacerlas brillar se le iluminaban los apagados ojos. Sírvanme conmigo mismo de excusa tan ilustres ejemplos para disculpar mi pasión, superior a las de ellos, por vosotros, misteriosos minerales, más sólidos que el mármol, más duros que el metal, más durables que las humanas construcciones, más radiosos que la luz que reflejáis centuplicándola y colorándola con los matices de vuestra esencia. ¡Oh, piedras rutilantes, espléndidas e invulnerables, vívidas gemas que dormisteis por siglos enteros en las entrañas del planeta, delicia del ojo, símbolo y resumen de las riquezas humanas! Los diamantes se irisan y brillan como gotas de luz; semejan pedazos del cielo del trópico en las noches consteladas los oscuros zafiros; tú, rubí, ardes como una cristalización de sangre; las esmeraldas ostentan en sus cristales luminosos los verdes diáfanos de los bosques de mi tierra; tenéis vosotros, topacios y amatistas que ornamentáis los gruesos anillos episcopales, coloraciones suaves del cielo en las madrugadas de primavera; son azulinas, sonrosadas y verde pálidas las llamas que arden entre tu leche luminosa, ópalo cambiante; crisoberilos: vosotros brilláis con áureo brillo, como los ojos fosforescentes de los gatos, y quién dirá la delicia que procuráis a quien os mira, ¡oh, perlas!, ¡más discretas en vuestro brillo que las gemas radiantes, perlas que os formáis en el fondo glauco de los mares, perlas blancas de suavísimo oriente, perlas rosadas de Visapour y de Golconda, fantásticas perlas negras de Veraguas y de Chiriquí, perlas que adornáis las coronas de los reyes, que tembláis en los lóbulos de las orejas sonrosadas y pequeñuelas de las mujeres, y os posáis como un beso sobre la frescura palpitante de los senos desnudos! ¡Más artista y más crédula, la humanidad de otros tiempos os revistió con el sagrado carácter de amuletos y mezcló a la sensual delicia que esparcen vuestras luces la veneración por vuestros mágicos poderes, diamantes conjurados de las maldiciones y los venenos, zafiro que preservas de los naufragios, esmeralda que ayudas los partos difíciles, rubí que das la castidad, amatista que evitas la embriaguez, ópalo que te empalideces si la Idolatrada nos olvida! ¡Oh, piedras rutilantes, invulnerables y espléndidas, vívidas gemas que dormisteis por largos siglos en las entrañas del planeta, delicia del ojo, símbolo y resumen de las riquezas humanas!
Ahí estaba, en la tienda de Bassot, cuando, al frente, en la puerta, se detuvo el coche de elegante y sencillo aspecto. Con movimientos ágiles y miradas de inquietud, como de venada sorprendida, bajó de él, caminó diez pasos en que al través del vestido de opaca seda negra ornamentada de azabaches adiviné las curvas deliciosas del seno, de los torneados brazos y de las piernas largas y finas, como las de la Diana Cazadora de Juan Goujon, y vino a detenerse junto al mostrador donde estaban las joyas. Mi olfato aguzado percibió, fundidos en uno, el olor de pan fresco que emanaba de toda ella, un olor delicioso de salud y de vida, y el del ramo de claveles rosados que llevaba en el corpiño. Husmeé el olor como un perro de cacería lanzado sobre la pista y, antes de que pronunciara la primera palabra, ya la habían desnudado mis miradas y le había besado con los ojos la nuca llena de vello de oro, los espesos y crespos cabellos oscuros de visos rojizos recogidos bajo el gran sombrero de fieltro ornamentado de plumas negras, los grandes ojos grises, la naricita fina y la boca, roja como un pimiento, donde se le asomaba la sangre. Así, sonrosada y fresca, con su olor a levadura y a claveles, parecía una soberbia flor de carne acabada de abrir.
-¿Tiene usted collares de diamantes blancos? -preguntó al joyero, con el más puro acento yanqui y con una sonrisa infantil que le hizo brillar entre lo rosado de los labios el nácar de la dentadura.
-Todo esto es demasiado valioso para mí -murmuró entre dientes al oír los precios, al tiempo que en su semblante súbita expresión de mal humor y de tristeza reemplazaba la excitación que le abrió los ojos y se le asomó a la boca al ver las costosas pedrerías.
-No hay nada demasiado caro para usted. Esta joya estará en sus manos esta noche, si usted me permite presentársela -le dije, paso, en inglés, al oído casi, con voz ronca en que vibraba la tentación.
-Es espléndido -dijo en el mismo idioma, que sonaba en su boca como una música, mirándome de pies a cabeza y viendo mi mano crispada sobre el estuche de seda negra-, ¿verdad? -añadió clavando en los míos los ojos claros y con toda la cara iluminada por una expresión de felicidad indescriptible como jamás la he visto en ninguna fisonomía-. Venga usted a las nueve de la noche y hablaremos. No pregunte mi nombre al portero; lo esperaré yo misma en la puerta, como si volviera de la calle; entraremos juntos -dijo tendiéndome una hoja de papel, que arrancó de la diminuta cartera forrada en cuero de Rusia, en la cual escribió febrilmente las señas, las de una calle tranquila de los Campos Elíseos-. A las nueve en punto entraré con usted, como si volviera de la calle -agregó con voz grave y mirándome en los ojos.
Los dependientes de Bassot nos miraban, cuchicheando, sorprendidos del diálogo a media voz y en idioma extranjero que se había entablado entre nosotros, personas desconocidas, puesto que no la había saludado al entrar.
-Esas joyas son magníficas, pero demasiado valiosas para mí: perdone usted señor -dijo al empleado, que se la comía con los ojos-. Lo espero a usted a las nueve -volviéndose a mí, con la expresión seria de una persona que sabe lo que hace y acostumbrada a negocios importantes.
Y con sus movimientos ágiles y sus miradas de venada, cruzó el espacio que la separaba del coche, que partió al subir ella, sin volver los ojos a la joyería.
-¡Soberbia criatura! ¡Esas americanas del Norte!, ¿eh? -me insinuó el dependiente, un cincuentón entrecano, con los ojos llenos de malicia y la chivera y los bigotes puntiagudos, retorcidos a lo Napoleón III- ¡Soberbia criatura! Tiene loco por un collar de diamantes, que no le quiere comprar, al marido, que es un jayanote yanqui con la cara afeitada y tipo de cuákero. La semana pasada estuvieron visitando todas las tiendas de joyas, él de mal modo y regañándola, ella haciéndole mil zalamerías para decidirlo. Ahora anda sola, pero seguramente no tiene el dinero completo. Estas americanas del Norte... Esté usted seguro de que no descansa hasta que tenga el collar... ¡Ah!, ¿con que se queda usted con él? -dijo abriendo tamaños ojos- Es lo mejor que hemos tenido en los últimos años -añadió con displicencia-, una joya de esas que no provoca vender.
¡En esas piedras os vais a convertir, desteñidos billetes azules de a mil francos que habéis venido a mí sin buscaros en las tres noches en que, engañando mi hambre de besos con la vertiginosa jugarreta en que volabais sobre la carpeta verde, os recogía con helada indiferencia, mientras que los otros jugadores se levantaban de la mesa con los bolsillos vacíos, los ojos irritados y las manos trémulas!
Y ahora escribo mi aventura. ¿Qué ha entendido ella al decirme que vaya a buscarla, después de mi frase brutal? No sé. Sólo sé que los diamantes, dignos de una princesa, brillan en el fondo de los cálices de las flores de un ramo, donde los hice colocar para llevárselos, y que será mía. Veo su carne desnuda, sus gráciles formas ofrecidas a mis besos, y ardo. Son las ocho de la noche: ¡dentro de dos horas estará en mis brazos, lo estoy sintiendo, y se realizarán los contenidos deseos que acumulan en mí ocho meses de loca continencia y de estúpidos sentimentalismos sugeridos por haber visto una muchachita anémica estando bajo la influencia del opio! ¡Hurra a la carne! ¡Hurra a los besos que se posan como mariposas sobre el terciopelo de la piel sonrosada, a los besos que entran como áspides por entre el raso aromoso de los labios, a los besos que penetran como insectos borrachos de miel hasta el fondo de las flores; a las manos trémulas que buscan; al olor y al sabor del cuerpo femenino que se abandona! ¡Hurra a la carne! ¡Afuera, voz de mis tres Andrades, sedientos de sangre, borrachos de alcohol y de sexo, que, tendidos sobre los potros salvajes, con el lanzón en la mano, atravesabais las poblaciones incendiadas atronándolas con nuestro grito: Dios es pa reírse dél, el aguardiente pa bebérselo, las hembras pa preñarlas y los españoles pa descuartizarlos! Grita, voz de mis llaneros salvajes: ¡Hurra a la carne!
28 de abril
¡Oh, la extraña y deliciosa criatura! Entramos juntos, abrió con su llave la puerta del vestíbulo, que atravesó rápidamente, y, cuando llegué al saloncito amable, después de quitarme el abrigo, en uno de cuyos amplios bolsillos estaba el collar de diamantes disimulado entre las flores, ya había encendido las lámparas. La desnudez de la pieza estrecha, amueblada sólo con dos sillas, un diván, un velador y una lámpara, y la expresión de su carita seria, disiparon mis últimas dudas. No, aquella no era una mujer comprable; ¡quién sabe qué capricho loco por la valiosa joya la había hecho recibirme, y qué había entendido al oír mi frase brutal!
-Siéntese usted -me dijo, ya sentada en un sillón de brocatel grisoso, al pie de una alta lámpara de la cual caía, en cuadro, la luz sobre la alfombra, suavizada por un pantallón de gasa de un verde desteñido.
Fue ella quien rompió primero el silencio. Yo me contenté, mientras duró éste, con extasiarme los ojos recorriéndola toda, desde la masa espesa de los cabellos oscuros, que le coronaban la cabeza de enérgicas y finas facciones, hasta los piececitos angostos y largos que, calzados con un zapato bajo de resplandeciente charol, dejaban adivinar su blancura por entre los calados de la media de seda negra, fina como un encaje.
-¿Usted ha vivido en los Estados Unidos? -fue la primera frase que, después de otro silencio, me dirigió la boca encarnada y fresca, en un francés gutural y bronco que me hizo sonreír involuntariamente al oírlo-. ¿No? Eso equivale, más o menos, a que usted no me entienda y tal vez a que me juzgue mal, y lo probable es que no podamos hacer nada -continuó, asomándosele a los ojos la misma tristeza de niño consentido a quien se le niega un juguete que le había visto en la joyería al oír los precios de los diamantes-; ¡ah, pero usted habla inglés mejor que yo! Tal vez podamos entendernos; perdone usted que lo deje solo unos segundos -añadió, levantándose.
¡Estas americanas del Norte!, pensaba para mi coleto, haciendo mía la frase del empleado de Bassot que había oído por la mañana.
-Aquí están -dijo, poniendo sobre una mesita que acercó unas cajas de terciopelo y de raso y encendiendo dos bujías para facilitarme el examen-. Véalas usted, evalúelas y después le haré mi propuesta.
-Valen la mitad de lo que vale el mejor de los collares que usted vio en la calle de la Paz -le contesté con calma imperturbable y sin una sonrisa, después de examinar el contenido de los estuches, marcados los unos con el nombre de Tiffany, los otros con los de varios joyeros parisienses de segundo orden, y donde no había una sola piedra sin defecto-: esto ha sido escogido más en vista del tamaño que de la calidad; usted convendrá conmigo en que los diamantes o son pajizos o tienen defectos, rayas o quebraduras que los hacen desmerecer; en que los rubíes no son del mismo matiz y en que una de las esmeraldas del broche es más pálida que las otras y tiene jardín -le dije, asumiendo de lleno mi papel de negociante en joyas.
-¡Cosas de John, que no distingue! Yo prefiero un diamantito así de grande -dijo mostrándome la punta de la uña rosada, blanca y brillante de uno de los dedos-, pero que no tenga mácula, a una tapa de botellón con viso pajizo. Y, sonriéndose por primera vez: -¡usted es un maestro, y qué refinado!, how refined! -añadió sin quitar los ojos de la perla negra que me abotonaba la pechera-. Pero, en fin: usted conviene conmigo en que estas joyas valen la mitad de lo que vale el collar; pues oiga usted mi propuesta: le daré a usted mi nombre, que ya va siendo una garantía, y esto -dijo, mostrando los estuches y un pagaré por la diferencia con el precio del collar-. Dentro de tres meses le enviaré de Chicago el valor total de éste, y usted me devolverá lo mío, junto con el pagaré cancelado, entregándolo todo en el Consulado de los Estados Unidos, donde formalizaremos la operación mañana a primera hora. ¿Acepta usted? -preguntó, sonriéndose con alegría.
-No acepto, señora -respondí con estudiada frialdad, deleitándome en ver cómo bajaba los ojos, que se le humedecieron, y cómo le caía sobre las mejillas la sombra de las largas pestañas crespas-: ¿qué ganaría yo con ese negocio?
-Como usted me dijo esta mañana que podría procurarme el collar -contestó con un mohín de despecho.
-Pero usted entendió mal -comencé, con una voz que trataba de hacer firme, sin lograrlo-: hay una combinación por la cual usted tendrá la joya esta noche, sin pagar ni un centavo por ella -insinué, mirándole al fondo de los ojos que había levantado del suelo, ya serenos, y que me miraban fijamente.
-Se ha equivocado usted, señor -me contestó, encendiéndosele las mejillas, poniéndose en pie con un movimiento brusco de todo el cuerpo y mirándome con una expresión profunda de desprecio y de ira-. ¡Se ha equivocado usted, señor! ¿Conque se ha atrevido usted a creer que mi pasión por las piedras va hasta hacerme olvidar quién soy y que esos diamantes pueden comprarme? ¿Pero no ve usted, infeliz, que esas cajas llenas de joyas que le ofrezco son mías, muy mías? ¡Ah, es que usted no sabe mi nombre y cree que le voy a robar la diferencia! -dijo gritando-: ¡soy Nelly! -y ahí un apellido alemán con falsa terminación inglesa, el de un millonario de Chicago conocido en el mundo entero como uno de los más fuertes empresarios de ferrocarriles de los Estados Unidos-. ¡Qué bien se ve que no ha vivido usted en mi tierra cuando entiende tan mal mi proceder y me juzga así! -continuó sin sentarse y con la expresión de angustia de quien se siente manchado por infame e inmerecida sospecha.
Recogí el fino pañuelo de batista y encajes, perfumado de clavel, que se le cayó al suelo al levantarse, y le dije, respirando el olor y con voz dulce:
-Señora: hónreme usted con permitirme permanecer aquí unos instantes más, y crea usted que habla con un caballero -puse el pañuelillo sobre el velador y busqué nervioso la cartera; abriéndola, le tendí una de mis tarjetas de visita-. Si usted se siente ofendida al terminar nuestra conversación, que me envíe su marido mañana dos testigos que arreglen con los míos las condiciones de un encuentro... Usted le dirá que esta noche me he entrado tras de usted, que volvía a su casa, y que he pretendido besarla y poseerla. Haga usted eso, pero déjeme hablarle -le grité casi, poseído de la furia de coronar el plan que se había formado dentro de mí en esos minutos.
-¡Cómo! ¿Usted es el señor Fernández, don José Fernández, el autor de los Poemas Paganos que tradujo Murray? -dijo, sentada ya y alzando los ojos de la diminuta hoja de papel bristol-. Y yo que no lo había reconocido... También es que el retrato es muy viejo, ¿cierto? No tenía usted barba entonces... Ignoraba completamente que viviera en París. Siéntese usted, señor Fernández; va usted a tomar el té conmigo y vamos a hablar de sus versos. Así olvidaremos la estúpida historia del collar...
¡Ah! ¿Conque leíste el articulillo aquel publicado en un magazine de Boston y escrito por el yanqui que visitó mi tierra y que me pagó los quinientos dólares que le presté, llamándome en él gran poeta, traduciendo una parte de mis estrofas y haciendo imprimir con su traducción el retrato que acompaña la segunda edición de Los Primeros Versos? ¿Conque lo has leído, mi yanqui adorable y frenéticamente altiva, y quieres que hablemos de mis Poemas Paganos?
-Hablemos de sus versos, de los Poemas Paganos. Los conozco en la traducción de Murray, publicada en el Nort American Magazine. ¡Qué hermosos, fascinadores! How lovely, fascinating! -dijo, sonriéndome-. Hablemos de sus versos, señor Fernández.
-No, señora; hablemos de usted y del collar que usted desea y que su marido no quiere comprarle, que le está haciendo cometer locuras y que me ha hecho a mí presentarme en su casa y tener el honor de hablar con usted.
-Vuelve usted al collar... Sea. ¿Qué es lo que pretende usted decirme? -me dijo con mal disimulada impaciencia y un gesto de orgullo-. Tengo la esperanza de que usted me crea una señora y de que no va a hacerme perder la ilusión de creerlo a usted un caballero.
-Lo que pretendo decirle -comencé, temblándome la voz de emoción- es que le suplico a usted, del modo más respetuoso, que acepte esa joya que pongo a sus pies sin pedirle más sino que, cuando la luzca usted sobre su cuerpo de diosa, recuerde usted al hombre a quien hizo feliz permitiéndole satisfacer un antojo suyo. Si usted acepta mi propuesta, el collar estará en sus manos dentro de un minuto y yo me iré sin haberlas besado, para no volver a verla, si usted lo exige.
-¿Habla usted en serio? -me preguntó con honda agitación inexplicable, al oír mi respuesta.
-Señora: sólo espero que usted me permita, e irme, porque temo ser inoportuno.
-¡Dios mío, Dios mío! ¡Busca el modo de hacerme feliz y me conoció esta mañana; y el otro me insulta cuando le ruego y me deja sola para irse a buscar mujeres perdidas en Nueva York! ¡Qué vida! -articuló entre los sollozos que la ahogaban, acostando la cabeza contra el espaldar del sillón y cubriéndose los ojos llenos de lágrimas con el pañuelito de batista oloroso a claveles.
Los sollozos la sacudían toda; los nervios triunfaban de aquella naturaleza rica y enérgica.
Salí a la antecámara, busqué el ramo y entrando en puntas de pies fui a arrodillarme junto al sillón donde lloraba, como la serpiente se arrastró al pie de Eva inocente al ofrecerle la poma. Los sollozos y las lágrimas seguían, y yo guardaba silencio.
-Nelly -le dije cuando comenzó a calmarse, circuyéndole el talle fino con un brazo, acariciándole la frente con las flores del ramo y cantándole una cancioncilla monótona con que las nodrizas en Florida arrullan a los chiquillos para que se duerman -, no llore, Nelly; las flores la están besando para contentarla; los diamantes la quieren ver, Nelly linda y fresca como las flores, Nelly radiosa y fría como los diamantes que valen menos que esas lágrimas.
Vencida por aquellos mimos y sorprendida al oírlos, apartó el pañuelo y hundió los ojos en los purpúreos cálices de las gloxinias y en las blancas hojas de las gardenias, donde temblaban los diamantes como gotas de luz.
-No, no -dijo sonriéndose, con una sonrisa que le alumbraba los ojos húmedos como un rayo de sol un paisaje de primavera recién mojado por la lluvia-. No, no: si usted no acepta mi propuesta, no me hable más; eso vale una suma loca. Mi padre, que es millonario y que me adora, nunca me los habría regalado. No, lléveselos usted y regáleme las flores. ¡Están lindas! -dijo, respirando el ramo-, guarde usted eso -recogiendo el hilo de platino, animado de luminosa vida por la palpitación blanca, roja, azul de las pedrerías radiosas que se irisaban a la luz de las bujías y de la lámpara-. Fernández: ¿por qué me quiere usted regalar eso?
Hablábamos, ella con la cabeza adorable, cuyos oscuros rizos me acariciaban la frente, doblada sobre la mía que casi se apoyaba en sus rodillas, hincado como estaba a sus pies, respirando su aroma de flor y circuyéndola con los brazos.
-Porque los poetas andan por el mundo sólo para realizar los antojos de las diosas como usted -le respondí cubriendo de besos una de las manos suaves y frías con que hacía esfuerzos para alejarme de ella-. Nelly: esos diamantes van a hacer que usted se acuerde de mí al verlos más tarde; no me niegue usted la delicia de pensar que voy a vivir en su memoria en sus noches de triunfo. Y mis labios, recorriendo los ramales azulosos de las venas que se transparentaban bajo el fino cutis de la muñeca delgada, subían por el brazo torneado y blanco, desnudo hasta el codo de la negra manga de opaca seda ornamentada de azabaches.
-¿Y por qué quiere que yo me acuerde de usted por los diamantes? Me acordaré de usted porque sé sus versos deliciosos y porque lo he visto así arrodillado a mis pies, queriendo realizar un antojo mío a costa de una suma enorme y diciéndome cosas que nadie me había dicho nunca... ¡Qué cosas las que usted me dice! Cómo se ve que usted es poeta, un gran poeta -añadió con tono convencido-. ¿Quiere usted oír sus versos, dichos por mí en mi lengua? Es menos hermosa que la suya. Los sé de memoria. Oiga usted...
Y recitó con su voz de oro las estrofas del canto a Venus, que dicen las glorias de la Afrodita al nacer de las olas marinas.
-Ahora va usted a decírmelos en su idioma; no lo entiendo, pero suena como una música. How noble, how musical -decía, poniendo la orejilla sonrosada cerca de mi boca, que le recitaba paso, muy paso, mis mejores endecasílabos.
Hablábamos así, perdidos en la delicia de saborear la esencia de los versos y de sentirnos cerca, sin que ella, la orgullosa de unos minutos antes, ni yo, el respetuoso admirador que le había jurado que se iría sin besarle las puntas de los dedos, nos diéramos cuenta del vértigo que se estaba apoderando de ambos. Sin saber cómo, estaba sentado en el sillón y la tenía sentada en las rodillas. Uno de los piececitos colgaba sobre la alfombra. El encaje de seda negra de la media transparentaba la blancura del pie angosto y largo y de la pantorrilla de túrgida curva, descubierta por la falda negra donde lucía el brillo mate de los azabaches. Le estaba besando la nuca, llena de vello dorado, y sentía estremecerse bajo mis labios todos sus nervios. La manecita fija que agarraba la mía hundía crispada en mi carne las uñas sonrosadas y puntiagudas. En el silencio sólo oíamos las palpitaciones de nuestras arterias.
-Más versos, más paso -me dijo con expresión acariciadora, acercando a mi mejilla ardiente la suya fría y aterciopelada, y embriagándome con su olor a pan fresco y a claveles húmedos.
Le dije las estrofas que pintan los grupos de palomas blancas sobre el altar de Cypris, envueltas por el humo aromático del sacrificio y aleteando entre las rosas, y se las dije en su lengua, mientras que le envolvía la muñeca en el collar, que le circuyó el brazo pálido como una serpiente de luz y comenzó a irradiar con el brillo de sus centenares de facetas.
-¿Cuántos años tienes? -me preguntó de repente, paseándome suavemente la mano blanca por los cabellos y por la barba- ¿Veintiséis? Yo dieciocho; él tiene cuarenta y dos... ¿Con quién vives?... ¿Solo?... ¿Ni padre, ni madre, ni mujer, ni hijos? ¿Nada? ¿Solo en ese hotel?... El otro día me detuve a ver la fachada. Es antigua, ¿cierto?... Y majestuoso, majestic. ¿Y vives solo ahí?... Vives como un príncipe. ¿Y no te da tristeza estar solo?... ¿Y qué haces?... Cómo gozarás de la vida, ¿no?
-No. Adoro la belleza y la fuerza y escribo versos de esos que sabes -le dije con tono triste y mintiéndole, para acabar de fascinarla.
-¿Y recibes mujeres? -me preguntó, riéndose con una picardía deliciosa.
-No, porque no las encuentro tan bellas como Nelly -le respondí envolviéndola en una mirada de deseo loco-. Hacía ocho meses que no daba un beso ni recibía una caricia.
-¡Es imposible! ¡Es irreal! It is irreal... Júrame que eso es cierto -dijo con voz ahogada y hablándome al oído.
-Te lo juro. Yo quiero lo perfecto y no lo encuentro. Lo demás me causa asco. Y cuando hallo una mujer de quien me enamoro en una hora con todas mis fuerzas y a quien le suplico que conserve unas pobres piedras para que se acuerde de mí, una a cuyos pies pasaría la vida arrodillado y por cuyos besos daría mi alma, ella rehúsa mi amor y me tira a la cara el regalo con que sueño hacerla feliz un minuto.
-No -dijo-: suéltame y espera... Y se levantó para dejar la salita.
-¿Te vas, Nelly?
-Pero vuelvo en este momento -respondió levantando el portier, que cayó tras de ella.
¡Será tuya, será tuya!, me gritaba por dentro la voz de los llaneros. ¡Será tuya!
-¿Te gusto así? -me preguntó volviendo a sentarse en mis rodillas en el ángulo del cuarto donde había más sombra y extendía sus blandos cojines un diván turco, amplio como un lecho nupcial-. No lo he estrenado todavía. Míralo.
El corpiño de terciopelo negro de un traje de baile, sujeto en los hombros por dos lazos, sobre uno de los cuales lucía el ramo de gloxinias y de gardenias, dejaba ver las blancuras túrgidas del seno, que ondulaba con rítmico movimiento bajo el hilo de platino animado de luminosa vida por la palpitación blanca, roja y azul de las pedrerías que se irisaban en la media luz de crepúsculos.
-¿Te gusto así? -preguntó, inclinándose para ver los diamantes y dejándome hundir la mirada en los tesoros que ocultaba mal el terciopelo del corpiño.
-¡Si nos hubiéramos encontrado antes! Me voy mañana para Nueva York, Fernández, mi poeta -comenzó, reclinando la cabeza en mi hombro y envolviéndome el cuello con los brazos desnudos y fragantes-. ¡Si nos hubiéramos encontrado hace un mes! Tal vez me habrías amado... Qué felices seríamos, ¿cierto?
-No seríamos más felices que ahora, Nelly, porque te amo con toda mi alma. Pero no te irás mañana; te quedarás aquí y yo viviré de rodillas, adivinándote los pensamientos.
-Me voy mañana por la mañana; tengo todo listo, cerrados los baúles, tomado el pasaje... Esta tarde puse un cablegrama avisándolo. Mi padre me espera por minutos. Pediré el divorcio al llegar y viviré tranquila.
-Es un canalla, ¿no es cierto, amor mío? -le dije al oído- No te quiere y no te da las joyas que quieres.
-Es un canalla, un brutal, y no me quiere. ¿Qué importan las joyas? Tú me las das... Ya ves, y, si no me las das, me dices cosas dulces y deliciosas, ¿no es cierto? -contestó ciñéndose a mí-. Me llevo el collar. ¿Qué me pides a cambio? -dijo soltando los brazos y sujetándome las manos con las suyas-. ¿Qué me pides a cambio?
-Yo, nada; lo que quiero es que seas feliz un minuto y que te acuerdes de mí. Dime que lo guardarás siempre y me iré dichoso sin darte un solo beso.
-¿Conque quieres hacerme feliz e irte?... El collar es mío... ¿Aceptas un regalo que voy a hacerte? -me dijo al oído con una expresión de triunfo-. Yo también te voy a hacer un regalo, pero inverosímil, digno de ti que eres poeta; un regalo que tú mismo vas a creer que es un sueño. Yo también quiero hacerte feliz siendo feliz. Quiero ser feliz una noche. No lo he sido nunca. Odio el tiempo. El tiempo es una cosa estúpida, a stupid thing! que sólo existe para el cuerpo -añadió mirándome con la cara inspirada, como la de una pitonisa-. En mi tierra queremos suprimirlo con la electricidad, con el vapor, con la inteligencia. Allá creamos en una década ciudades más grandes que las de Europa, que tienen seis siglos, y hemos hecho una civilización de doscientos años. El tiempo es una cosa estúpida que se arrastra. Yo quiero suprimirlo en mi vida, ¿entiendes?... Te amo, Fernández... Me voy mañana. Otra se iría llevándose su amor; yo quiero dártelo; te amo -me suspiró al oído, besándome.
-Y yo te adoro, Nelly -respondí buscando con locura sus labios primero, y hundiendo luego la frente en el seno blando, perfumado y fresco...
-No; déjame, déjame; aquí, no; llévame, ¿no vives solo? -articuló ceñida a mí y crispada por el deseo-; iremos a pie, donde quieras...
-Mi coche espera en la puerta... Ven -dije como en un sueño, un instante después, en el vestíbulo, abrigándole los hombros desnudos y apagando las luces.
De la noche sólo me quedan el recuerdo de su belleza sonriente bajo las amplias cortinas de terciopelo de mi lecho, en la alcoba alumbrada apenas por la lámpara bizantina de oscuro cristal rojo; la impresión de tenaz frescura y el perfume de su cuerpo adolescente y el arrullo de su voz al instarme para que fuera a los Estados Unidos. Ven en el verano, me decía; John no estará allá. Nos encontrarás en New Port y te presentaré a mi padre y a todos nuestros amigos... Buscaremos un lugar en donde vernos, un cottage rodeado de árboles y de flores, y seré feliz... Si me ofreces venir, no pido el divorcio; tolero lo de hoy a cambio de que estés tranquilo y me ames. Júrame que irás... ¡Bésame!
Su delirio de goce frisaba a la altura del mío, y la noche fue un solo beso, entrecortado por sollozos de voluptuosidad.
-Todo ha sido irreal y adorable... Irreal and lovely... Tú eres irreal y adorable... Te espero en junio en New Port -fue la última frase, gritada desde la barandilla del enorme vapor que soltaba las amarras y la negra columna de humo, ennegreciendo el cielo del Havre hasta donde fui a acompañarla. Todavía tengo en los ojos su fina silueta envuelta en el largo sobretodo gris de viaje y la palpitación del pañuelito blanco que agitaba al irse alejando el barco sobre las olas gris verdosas del Atlántico, bajo un cielo nublado, plomizo y sombrío como un alma llena de remordimientos.
1º de septiembre
Cinco meses sin haber escrito aquí una línea. Fue un estímulo apenas la noche de delicias pasada con Nelly, una gota de licor para el que agoniza de sed, ¡sed non satiata! Me excitó, bebimos, me emborraché, y ahora tengo en el alma el dejo que queda en el cuerpo después de una borrachera.
El baile tuvo por objeto deslumbrarlas y de tal modo las deslumbró que cuando amaneció y las últimas notas de la orquesta vibraron en la atmósfera de los salones impregnados de emanaciones humanas y del melancólico perfume de las flores moribundas, ya había besado las tres bocas codiciadas y obtenido de ellas la promesa de las tres citas.
Suntuosa fiesta, al decir de los diarios bulevarderos, que me fastidiaron con los detalles del lujo en ella desplegado por le richissime americain don Joseph Fernández et Andrade. ¿Suntuosa fiesta? No sé, pero, en todo caso, un poco más elegante y más artística que las que he alcanzado a ver hasta hoy. Digo más artística, porque en los salones que amueblaban y ornamentaban objetos dignos de figurar en cualquier museo y en el hall, decorado con exóticas plantas y raras flores, se oyeron los penetrantes sones del violín mágico de Sarasate, las quejas de la guitarra incomparable de Jiménez Manjón y vibraron las cálidas notas, que al decir de Monteverde cuestan a libra esterlina cada una, de la voz del tenor a la moda. Digo más elegante porque una parte del París frívolo y mundano, que por la tarde se exhibe en la Avenida de las Acacias y se da cita en las noches de estreno en los grandes teatros, codeó en ella por unas horas al París artista y pensador, que vive encerrado en los talleres, en los gabinetes de experimentación o doblado sobre las páginas que pasado mañana serán el libro a la moda. Según decires, la concurrencia salió sorprendida de las exquisiteces de la mesa y la calidad de los añejos licores. Un murmullo de aprobación corrió por las salas cuando, al mariposear el cotillón agitando en ronda rítmica sus alas de cintas y gasas, se repartieron los regalillos a los danzantes.
La impresión verdaderamente grata que tuve fue ver mezclado lo más distinguido y simpático de la colonia hispanoamericana con lo más linajudo y empingorotado del aristocrático barrio. Logré que los compatriotas que honran a la tierra con su ciencia, Serrano el filólogo y Mendoza el estadista, dejaran su encierro claustral para asomarse aquí por unos instantes. Duquesas vejanconas de tantísimas campanillas y retumbantes nombres, cuyo origen se remonta a la Roma de los Antoninos, paseáronse al brazo de generales, ex presidentes de nuestras repúblicas, que ostentaban uniformes más de oro que de paño; hubo miembro del Jockey Club que le hiciera la corte a una chicuela recién llegada que tenía todavía en los ojos el recuerdo del cielo del trópico y en los oídos el rumor de la brisa entre los cafetales, y hasta se divirtió el grupo donde lucían la calva de Manouvier, el filósofo espiritualista, las arrugas de Mortha, mi ex profesor de arqueología egipcia, y el monóculo del novelista psicólogo, autor de Los Perfiles Femeninos, que, despreciando esa noche a las mujeres que preguntaban por él para hacerle la corte, fue a esconderse entre aquellas anticuallas y a conversar con el doctor Charvet, que me dijo al pasar cerca de él, golpeándome el hombro:
-Así se hace. Goce usted suavemente de la vida, amigo mío; goce usted suavemente de la vida.
¿Qué me importó el éxito de la fiesta, si mi lucidez de analista me hizo ver que para mis elegantes amigos europeos no dejaré de ser nunca el rastaqouère que trata de codearse con ellos empinándose sobre sus talegas de oro, y para mis compatriotas no dejaré de ser un farolón que quería mostrarles hasta dónde ha logrado insinuarse en el gran mundo parisiense y en la high life cosmopolita? Eso no impidió que las tres mujeres concurrieran y que mi plan se realizara.
¿Y eso qué me importa, si ninguna de las tres ha podido darme lo que le pido al amor, y sólo me queda hoy el orgullo de haber seducido en unas horas a las tres bellezas de quien nadie se atrevería a sospechar y que la concurrencia entera designó como las tres reinas de la fiesta? ¿Y eso qué me importa, si yo no vivo para los demás, sino para mí mismo, y si ese triunfo no me satisface, porque sé que tal vez ellas mismas ignoran las razones que tuvo cada una para entregárseme y para colmarme de caricias locas? ¿Y qué me importan esas ideas sobre el amor, ni qué me importa nada, si lo que siento dentro de mí es el cansancio y el desprecio por todo, el mortal dejo, el spleen horrible, el taedium vitae que, como un monstruo interior cuya hambre no alcanzara a saciarse con el universo, comienza a devorarme el alma? ¡Vosotros conocisteis ese mal sin nombre y sin remedio, patricios romanos que, hartos de los goces de la carne, ahítos de las declamaciones de los filósofos y de los versos de los poetas y de las creaciones del arte heleno y latino, abandonabais los triclinios de marfil recubiertos de púrpura, sobre los cuales caían en lluvia las aromosas esencias y las rosas de Paestum, tirabais al suelo la áurea copa cincelada llena de vino de Chypre y la corona de rosas que os ceñía la frente, y, despreciando la sensual delicia que os brindaba la cortesana desnuda a vuestro lado, corríais a buscar en la despreciada enseñanza de los rudos discípulos del Nazareno, en la práctica de la pobreza y de la humildad, una fe nueva y una esperanza sublime que os hiciera cambiar de vida, abrazaros a la cruz, desafiar las iras del Emperador y, transfigurados por el éxtasis, ir a esperar la hora de la muerte bajo las garras de los leones, sobre la arena ensangrentada del circo!
¡Ah!, sí, eso fue entonces. En nuestra época mediocre y ruin no queda camino abierto para las almas del temple de las vuestras, que sienten lo que sentisteis. Lo sublime ha huido de la Tierra. La fe ciega, que en su regazo de sombra les ofrecía una almohada donde descansar las cabezas a los cansados de la vida, ha desaparecido del universo. El ojo humano, al aplicarlo al lente del microscopio que investiga lo infinitesimal y al lente del enorme telescopio que, vuelto hacia la altura, le revela el cielo, ha encontrado, arriba y abajo, en el átomo y en la inconmensurable nebulosa, una sola materia, sujeta a las mismas leyes que nada tienen que ver con la suerte de los humanos. Sutiles exégetas y concienzudos comentadores estudiaron los viejos textos sagrados y los analizaron, descubriendo en ellos no las palabras, que son el camino, la verdad y la vida, sino las sabias prescripciones de los civilizadores de las naciones primitivas y la leyenda forjada por un pueblo de poetas. El cadáver del Redentor de los hombres yace en el sepulcro de la incredulidad, sobre cuya piedra el alma humana llora como lloró la Magdalena sobre el otro sepulcro.
«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre...»
: la oración que la santa de las guedejas de plata me enseñó de rodillas cuando apenas podía balbucirla, viene a mis labios de hombre y no la puedo rezar. ¡Tú estás vacío, oh cielo, hacia donde suben las oraciones y los sacrificios! ¡Neomisticismo de Tolstoi, teosofismo occidental de las duquesas chifladas, magia blanca del magnífico poeta cabelludo de quien París se ríe, budismo de los elegantes que usan monóculo y tiran florete, culto a lo divino de los filósofos que destruyeron la ciencia, culto del yo inventado por los literatos aburridos de la literatura, espiritismo que crees en las mesas que bailan y en los espíritus que dan golpecitos, grotescas religiones del fin del siglo XIX, asquerosas parodias, plagios de los antiguos cultos, dejad que un hijo del siglo, al agonizar éste, os envuelva en una sola carcajada de desprecio y os escupa a la cara!
Es esa hambre de certidumbres, esa sed de lo absoluto y de lo supremo, esa tendencia de mi espíritu hacia lo alto, lo que he venido engañando con mis aventuras amorosas, como engañaba mi sed de éstas con las jugarretas de las últimas noches de castidad. Pero el hambre de creer no hay con qué saciarla que no sea con la creencia misma... ¿Y en qué creerás, alma mía, alma melancólica y ardiente, si los hombres son ese miserable tropel que se agita, cometiendo infamias, buscando el oro, engañando a las mujeres, burlándose de lo grande, y si ya murieron los dioses?
Quizás el Amor tuvo sabores acres y extáticos que pudieran reemplazar a la fe. El de lo místico vino en las rudas épocas medievales y en la expansión grandiosa de pasiones que fue el Renacimiento. Amar temblando, porque al través de la puerta de la alcoba, tibia y perfumada por los besos, se oía el ruido de los pasos y de las armas de los matones enviados por el marido que subían a vengar la afrenta; amar orando, porque la Dama revestía aspecto de Madona; amar sin satisfacer el amor e inmortalizando el nombre de Ella en canciones o en estatuas, ser Benvenuto Cellini o Godofredo, Alighieri, Petrarca o Miguel Ángel, cuando Ellas se llamaban Beatriz Portinari, Laura o Vittoria Colonna, fue empresa de hombres; pero hoy, en estas sociedades decrépitas en que el adulterio es fácil y practicable sin peligro, como un sport, en que la vida de la mujer es toda entera una lenta y gradual preparación para la caída y en que los maridos vienen a visitar al afortunado para pedirle favores, es miseria indigna de un hombre.
Tal vez mi misantropía me lleva a juzgar a esos infelices engañados peor de lo que merecen. Habrán creído que lo que vieron la noche del baile fue un flirt sin consecuencias y explotable para ellos gracias a mi juventud y a mi dinero; pero lo cierto es que las circunstancias se han enlazado de tan extraño modo que se necesitaría benevolencia de santo para no juzgarlos como los juzgo, por lo menos como unos imbéciles.
-Oye, Pepillo -me dijo el amigo Rivas, usando el antipático nombre con que me llama-, vengo a pedirte un favor que sólo tú puedes hacerme.
-Estoy a tus órdenes -le respondí, creyendo que se trataba de un duelo en que debía acompañarlo como testigo, y sorprendido de oírlo hablar así-. ¿Tomas café? -añadí ofreciéndole, porque tomaba el mío acabando de comer en el cuarto de fumar cuando entró como un huracán y con aire agitado y la respiración anhelante.
-No, no tomo; me pone nervioso. Oye, Pepe: vas a hacerme un serviciazo, de esos que sólo a un amigo íntimo se le pueden pedir. No me lo niegas, ¿eh? -añadió, entrecortado-, júrame que no me lo niegas.
-Si te digo que estoy a tus órdenes.
-¿Conque dejas de ir a Fausto por ayudarme? ¿No tienes plan para esta noche?... Bien, ¡cómo te lo agradezco! Pues, mira: tenemos cuatro, Amortegui, Rodríguez, Saavedra y yo, una cena con cuatro mujeres, pero de lo fino, ¿oyes?, cuatro horizontales que te quedarías bobo si te dijera los nombres... ¡Cuatro de lo bueno!, y... ¡suponte la que se me atraviesa!: Consuelo está indispuesta y no tengo quien me la acompañe y me da pena dejarla sola. Ya ves... Y eso de quedarse uno conversando con su mujer porque ella se siente débil y de acostarse a las once después de tomar el té, cuando tiene entre manos una cena con cuatro tipos como Rodríguez y con cuatro mujeres así, de lo fino... No, si estaba desesperado. A fuerza de cavilar mientras comíamos, se me ocurrió la cosa; ¿no ves?... Yo me vuelvo a casa, porque le dije que salía por un momento; entras tú de visita y te haces el afanado; me dices que Amortegui me estaba buscando con urgencia en el bulevar, porque tiene que hablar conmigo esta noche de un negocio: ¡te juro que es ella la que me hace salir! Me voy y tú me la acompañas hasta lo más tarde posible, ¿no?, para que no caiga en la cuenta de la hora a que vuelvo si se desvela, como le sucede casi todas las noches. ¿Qué tal el plan, eh? ¿Cómo te parece mi combinación? Admirable, ¿cierto? ¿Me ayudas?
-Admirable -le dije-. De mil amores; me tienes allá dentro de media hora a lo sumo. Y salió hecho unas pascuas, retorciéndose los bigotes y sintiéndose un Maquiavelo.
-¿Qué primor me trae usted ahí? -me preguntó la dejativa y lánguida criatura cuando, después de salir el otro, nos quedamos solos en el cuartico donde recibe a sus íntimos-. ¿Alguna de esas cosas que sólo usted encuentra? -dijo para disimular la turbación en que estaba al sentirse sola conmigo después del beso delicioso cambiado en el fondo del invernáculo desierto donde me la llevé por unos segundos la noche del baile, y de los juramentos de amor con que lo acompañé-. ¿Qué primor me trae, José? ¿Flores? ¡Dios mío, flores rosadas de las de Guaimis! Las mismas -dijo, toda trémula, como acariciando con los ojos el ramo de orquídeas que se había puesto en las rodillas y que acababa yo de formar en el invernadero al salir de la casa-. ¡Dios mío!, ¿y dónde consigue usted flores de nuestra tierra en París, José?
-En casa, Consuelo -le dije, sentándome a su lado sobre la misma turquesa de donde se había levantado al verme entrar unos momentos antes-. En casa, Consuelo... Desde una tarde, hace nueve años, tengo siempre, esté donde estuviere, unas plantas que cuido mucho para que den flores de ésas... Desde hace nueve años y desde una tarde -dije, mirándola, para ver el efecto de las sugestiva frase que había estudiado desde el momento en que el astuto Rivas me contó su plan en el cuarto de fumar.
Se puso pálida, más pálida de lo que está siempre; le temblaron las manos y los labios, y bajó los ojos al suelo.
Nueve años antes, casi niños ella y yo, una tarde deliciosa, una tarde del trópico de esas que convidan a soñar y a amar con el aroma de las brisas tibias y la frescura que cae del cielo sonrosado por el crepúsculo, volvíamos por un camino estrecho, sombreado de corpulentos árboles y encerrado por la maleza, al pueblecillo donde salía a veranear su familia. Nos habíamos adelantado al grupo de paseantes. Yo, diciéndole que la adoraba, recitándole estrofas del Idilio de Núñez de Arce y sintiéndome el Pablo de aquella Virginia vestida de muselina blanca, que apoyaba su bracito en el mío.
-Quiero flores de ésas -me dijo, mostrándome un ramo de parásitas rosadas que colgaban de la rama de un arbusto. Y, al entregárselas, en la semioscuridad del camino, donde el aire era tibio y volaban las luciérnagas y aromaban los naranjos en flor, la cogí en mis brazos y la besé con todo el ardor de mis dieciocho años, y ella me devolvió los idílicos besos con su boca virgen y fresca.
-Son flores de Guaimis, Consuelo -le dije-: desde esa tarde tengo siempre plantas de ésas en casa para respirar en su olor el beso de entonces, que ha sido el minuto más feliz de mi vida. Desde entonces hasta la noche en que, viviendo ya aquí, supe que usted se había casado con Rivas, no ha habido un solo día en que no piense en usted con la misma ternura. Si su padre no se hubiera reído entonces de mi amor, porque era yo un niño, y no me hubiera prohibido volver a su casa como lo hizo, ¡qué feliz hubiera sido y qué distinta mi suerte! Entonces me amó usted, no me lo niegue; déjeme creer que fue así; después me olvidó. Ojalá hubiera hecho yo lo mismo. Antes de anoche, al verla a usted en casa, entre las verduras del invernáculo, con ese vestido de muselina blanca que la hacía parecida a la que me hizo feliz con su cariño de niña, y al sentirme cerca de usted, me olvidé de todo, me sentí el de entonces, sentí por usted el mismo amor de ese instante aumentado por nueve años de pensar en usted, y tuve la audacia de robarle un beso, que fue un éxtasis... Ahora vengo a pedirle a usted perdón, Consuelo, por esa audacia sin nombre, y se lo pido en nombre de nuestro amor de niños, y de rodillas... Consuelo: ¿me perdona? -continué, ya arrodillado al pie de ella y besándole las manos que me abandonaba, inertes-. ¿Usted, con toda su dulzura, no le podrá perdonar a un hombre que la ha adorado toda su vida y que no hace más que soñar con usted que le hable así, porque no puede callar por más tiempo? Dime -añadí, volviendo al tuteo delicioso que usábamos cuando niños-, dime, Consuelo: ¿no ves que te adoro con toda mi alma?, ¿no comprendiste que la fiesta de la otra noche no tuvo más objeto que verte en casa, que sentirte cerca unos minutos, que sentir tus manos en las mías?, ¿no sientes que estas flores tienen el mismo olor de nuestras flores del Guaimis? Respíralas: ¿no les sientes el olor del beso de entonces?
Ya la tenía en mis brazos, envuelta, fascinada, subyugada por mi comedia de sentimentalismos, que se transformó dentro de mí en sensual delirio al sentir que me devolvía los besos que le daba y al oírla decirme:
-La otra noche me iba muriendo en el invernáculo cuando me besaste. Yo no he hecho más que pensar en ti desde entonces. Si me casé, fue por venir a París y verte. Yo nunca le he dado un beso a Rivas. Júrame que me adoras, porque me parece un sueño oírtelo decir... ¡José, José! ¡Por Dios! Pero esto es un crimen ¡adorarnos así!; un crimen espantoso siendo yo su mujer.
-No, no es un crimen, mi amor; sería un crimen si él te quisiera, si no fuera quien es, si no se hubiera casado contigo por tu fortuna, si no te abandonara como te abandona, si yo no te adorara así. Consuelo, ¿no es cierto que es una locura que me quede aquí un segundo más -dije, dominándome para lograr la promesa que buscaba-, cuando puede volver de un momento a otro y sorprender algo en nuestras caras de la delicia que han sido estos momentos? ¿No es cierto que es una locura, cuando mañana podemos pasar horas enteras juntos, donde no tengamos qué temer, en casa, donde haremos cuenta de que no estamos en París y respiraremos en el invernáculo el olor de nuestros bosques? ¿Qué? -insistí al oír la respuesta-, ¿que te da miedo ir? ¿Y no te acuerdas de que estamos en París, donde nadie mira a nadie, y de que vivimos a dos pasos? ¿Alguna vez ha venido Rivas a mediodía, mientras andas tú por los almacenes, o te pregunta dónde has estado? Podemos pasar juntos seis horas, que valdrán para mí por seis años de felicidad. ¿Me tienes miedo?... ¿No sabes que mi amor es tan puro como lo era entonces, que me basta verte, oírte, para ser feliz y que no te daré un beso si no quieres?
Y vino y fue mía; y después ha venido dos veces, sin pedírselo casi, porque ha querido, porque necesita caricias como necesita respirar, y porque el otro, el hombre astuto de las maquiavélicas combinaciones, anda cenando con sus horizontales, que le están comiendo medio lado, y tiene abandonada esa flor de sensualidad y de inocencia que se pasa muchos días y muchas noches sola, porque no tiene casi relaciones en París.
Con otras armas cayó la otra, la rubia baronesa alemana, que tiene la carnadura dorada de las Venus del Tiziano y está exenta de todo prejuicio, según dice ella, la lectora de Hauptmann y de German Bahr. Con ésa afecté frialdad absoluta la noche del baile y me limité a hablarle en alemán y referirle con sencillez el duelo con su pariente el Secretario de Embajada, y a hacerla confidente de mi desprecio por los hombres. Creyéndome de mármol, mientras paseábamos juntos por las salas emprendió una conversación destinada probablemente a cerciorarse de mis escasas facultades amatorias y a escandalizarme con el desprecio profundo que manifestaba por todas las conveniencias sociales y todas las ideas corrientes sobre moral. La dejé hablar largamente. La oía como si no la entendiera, sin contestarle más que lo necesario para que siguiera hablando y clavándole los ojos en el seno de Juno, medio desnudo de un corpiño de terciopelo verde oscuro, sobre el cual esplendían magníficos diamantes, y en los labios rojos como una fresa madura. Clavaba ella los ojos en mí, como buscando el efecto de sus frases audaces y de su belleza majestuosa, y se sonreía con una sonrisa de desafío al verme palidecer por instantes al crecer dentro de mí la tentación que me estaba crispando los nervios.
-Todas ésas son teorías, señora; teorías y nada más. Usted en la práctica es una puritana rígida y respeta hasta los más estúpidos lazos con que nos sujeta la sociedad. Si usted viviera de veras más allá del bien y del mal, como dice Nietzsche, sería otra cosa; pero no es así. Si yo le diera a usted un beso ahora -dije haciéndola sentarse en un saloncito donde no había nadie-, usted haría que su marido me mandara un par de testigos; y si la invitara a comer sola conmigo mañana, a las siete de la noche, no volvería a contestarme el saludo.
-Haga usted el ensayo -me respondió, llevando su audacia y mi excitación al paroxismo y valiéndose de una frase que lo envolvía todo.
La besé frenéticamente, y acudió a la cita al día siguiente por la tarde.
-Lo que me ha fascinado en usted -decía al salir de casa- es su desprecio por la moral corriente. Los dos nacimos para entendernos. Usted es el sobrehombre, el Über mensch con que yo soñaba.
Con la Musellaro fue otra historia: so pretexto de amor al arte pagano y de mi entusiasmo por los poetas modernos de Italia, habíamos tenido en los últimos tiempos conversaciones indeciblemente libertinas. La iba a ver desde tres meses antes, los martes por la noche en que recibe en su casa a la flor y nata de los condes y marqueses arruinados y de los pintores y músicos de la Colonia. Me había recitado los más ardientes poemas en que D'Annunzio canta las glorias de la carne con voz ligeramente ronca y velada, medio cerrados los oscuros ojos que, con la mate blancura de la piel, lo puro del perfil y lo espeso de la cabellera negra, hacen soñar con una romana de los tiempos del Imperio; me había oído decirle cosas sin nombre, sin ruborizarse. Sus formas esculturales y sus ademanes de reina atraían las miradas masculinas la noche del baile. Por haber venido varias veces a casa, con el marido, a ver mis colecciones de medallas, de camafeos y de piedras grabadas, se sentía como en la suya y hacía los honores. Esa noche emanaba de ella un tibio olor de Chypre que, confundido con el de su cuerpo, la envolvía, al bailar, en una atmósfera espesa de voluptuosidad. En los brazos redondos y de ideal blancura, sobre el descote cortado en cuadro y sobre los negros cabellos ondeados y brillantes, ardían los rubíes sangrientos, que tenían el mismo matiz de la opaca seda del traje bordado de argentadas pasamanerías que llevaba puesto.
-Julia -le dije llevándola hacia el rincón donde una copia de la Venus de Milo destaca sus blancuras de mármol sobre la pesada cortina del fondo-, esta noche la belleza de usted embriaga como embriagaría un vino de Falerno bebido en copa de oro. Si usted pudiera verse con unos ojos de hombre, se enamoraría de usted misma. Sueña uno al verla a usted con no vivir en este siglo dejativo y triste en que hasta el placer se mide y se tasa, sino en la época de los Borgias; provoca verla presidiendo una orgía de príncipes, en que el sabor de los besos se mezclara con el del veneno.
-Usted sueña eso porque tiene músculos de jayán y nervios de artista del Renacimiento; a todos estos parisienses les parezco vulgar, de fijo: para ellos la distinción consiste en ser flaca y pálida. Los dos deberíamos ser más íntimos, porque nos parecemos mucho; ambos somos paganos -me dijo, quemándome con sus miradas de fuego y mareándome con su olor perverso y sugestivo.
-Esa intimidad depende de usted. Si usted viniera a verme el jueves por la mañana, nos sentiríamos paganos hasta las médulas de los huesos; le leería unos versos y le mostraría unas aguafuertes de Felicien Rops que usted no conoce, porque son dignas del Museo Secreto de Nápoles...
-Si estoy loca por verlas -me dijo con la cara iluminada por la alegría y estrechándome el brazo contra el seno de diosa-: vendré a las ocho. Musellaro no se levanta nunca antes de las doce.
Y un beso selló el tácito pacto que contenían aquellas frases; un beso dado detrás de la cortina, a que le volvían las espaldas los concurrentes empeñados en ver a Sarasate, que se levantaba para comenzar a tocar el violín al que le arrancaba misteriosos quejidos.
¿Donjuanismo? ¿Seducción?... Respecto de Consuelo, tal vez, en quien toqué las más ocultas fibras del sentimiento al recordarle nuestros infantiles y dulcísimos amores; no con las otras dos, viciosas, coleccionadoras de sensaciones, aleccionadas por quién sabe qué predecesores míos, corrompidas por el arte y la literatura y empeñadas cada una de ellas en ver en mí el personaje que les han mostrado como ideal los librejos ponzoñosos que han leído sin entenderlos. ¿Seducción? No. Si nadie seduce a nadie; si es la idea del placer la que nos seduce... Tan ardiente era el deseo en ellas como en mí; dentro de unos años no recordarán la aventura, y si la recuerdan, les parecerá a ambas tan inocente como me parece a mí ahora.
¿Y esto llaman crimen los moralistas severos que predican su moral en dramas de tres actos? ¿Crimen? ¡Halagar a una mujer, idealizarle el vicio, ponerle al frente un espejo donde se mire más bella de lo que es, hacerla gozar de la vida por unas horas y quedarse sintiendo desprecio por ella, asco de sí mismo, odio por la grotesca parodia del amor y ganas de algo blanco, como una cima de ventisquero, para quitarse del alma el olor y el sabor de la carne!
Musellaro me llamó la otra noche en el Círculo, donde le habían limpiado los bolsillos la víspera, y con mil zalamerías serviles y poniendo por las cumbres mis conocimientos de arte, me habló de un cofrecito de plata cincelado por Pollaiuolo que vendía un amigo suyo en Florencia.
-Vale siete mil francos -me dijo-. Al momento en que supe que lo vendían, pensé en avisárselo a usted, seguro de que se quedará con él. Mi amigo no quiere que se sepa su nombre. Es un objeto que ha pertenecido a su familia desde hace trescientos años y del cual se desprende obligado por las circunstancias. Usted sabe cómo van las cosas en Italia.
-De sobra. Telegrafíele usted a primera hora diciéndole que lo ha colocado y que me lo envíe -le respondí-. Le enviaré a usted el cheque mañana mismo.
¡Me río del cofre cincelado por Pollaiuolo! Recibiré algún chirimbolo recién salido del molde. ¡Lo que va a reírse de mí el afortunado marido de la admiradora de Petronio!
El de Olga, el barón alemán delgaducho y triste que tiene la manía de las estampillas de correo y las colecciona con entusiasmo de colegial, acaba de salir de aquí para pedirme un favor especial. Quiere el Busto del Libertador, una condecoración que da el Gobierno de Venezuela, y al efecto desea que hable con el simpático mozo autor de Espirales de humo que representa a aquella nación en París y con quien sabe que me ligan relaciones de amistad. Dentro de unas semanas tendrá su medalla y se la colgará al uniforme para que luzca al lado de las siete con que lo engalana al llevarlo, y recibirá una estampilla de mi colección.
-Siempre ha sido así, ¿no es cierto? -preguntó, volviéndose a mirarla, como fastidiado por mi solicitud.
-Siempre -le contestó, tendida en la otomana y envuelta en los pliegues de la rosada bata de seda floja que huele a heliotropo blanco-; siempre -le contestó sonriendo con su dulzura de moribunda.
-También es que no quiere salir; mira, Pepillo: tú que estás desocupado, paséala; a mí los negocios no me dejan un minuto libre; si lo tuviera, lo haría. Tú que sabes tanto de cuadros y de estatuas, llévamela a los museos; yo no tengo tiempo. ¿Por qué no vas al Louvre mañana con Fernández? -le preguntó-. ¿No decías que tenías ganas de ir?
-Iremos, ¿no, José? Es que cuando una no está acostumbrada a la vida de Europa, no se le ocurre salir con un amigo, ¿cierto? -y los ojos árabes me miraban con delicia, y la cabeza, recostada sobre los cojines blandos de la otomana, me ofrecía millones de besos para el día siguiente.
-Es que las mujeres no malician lo que lo absorben a uno los negocios, continuó el otro. Tú que sabes la complicación de los míos, suponte si tendré tiempo para pasearla y distraerla como querría...
«¿Y sí lo tienes para jugar billar y bacarat en el club y para pasarte las semanas enteras con tus famosas horizontales e ir a cenar con ellas, grandísimo tarambana?», pensaba yo entre mí al oírlo.
-¿De modo, Paco, que me autorizas formalmente para pasearla y distraerla? -le pregunté con una frialdad de viejo de setenta años.
-Le vengo suplicando desde que llegó que salga a conocer a París, ¡y maldito el caso que me hace!
-Oiga usted, Consuelo: su marido me la entrega para que la haga pasear y la distraiga; después usted no alegue que no le ha dado permiso para ir a tal o cual parte.
-No, llévala a donde quieras; ve con Fernández a donde te lleve, ¿oyes?... ¡Ah! las diez -dijo sacando el reloj-; tengo que salir. Tú me excusas, ¿cierto?, tengo una cita con Amortegui para un negocio importante.
Dizque al día siguiente le preguntó ella que si no hablarían los que nos conocen al vernos juntos en mi coche, y le dijo él soltando la carcajada:
-No, si a Fernández lo conocen todos... ¿Tú sabes cómo lo llaman? El Casto José. No te afanes por lo que digan, que no dirán nada...
¡Y me lo contaba ella, riéndose con la boca carnuda y deliciosa, recostada en uno de los divanes de mi biblioteca!
-Me voy a pasar contigo los días enteros, si quieres -me decía-, para que me consientas y me quieras; si no, me muero... Estoy muy enferma, ¿sabes? Tengo fiebrecita todas las noches, desde hace un año, desde que vine. No estudies tanto -agregaba, viendo los atlas, las cartas geográficas, los gruesos volúmenes abiertos sobre las mesas y los estantes enormes de la biblioteca-; te matas si sigues estudiando así. Mira: vas a descansar paseándome; desde mañana le echo la llave a este cuarto de viejo y comenzamos nuestras excursiones.
Dicho y hecho. Como no quería que la vieran conmigo, los sitios predilectos fueron los alrededores de París, los pueblecitos rientes y llenos de verdura, las salas de los museos, las iglesias más distantes del centro.
-Cluny no me gusta. ¡Hay allí tanto vejestorio! Y aquello huele a sacristía. Lo que me encanta es el Luxemburgo, que tiene cuadros nuevos, y esos jardines tan lindos cerca. ¿Y esto es lo que ponderan? -me preguntaba, viendo los arcos de piedra renegrida y las misteriosas esculturas de las torres de Nuestra Señora.
-¡Cuánto más linda San Francisco, que es nueva y tiene tantos dorados! Yo comencé una vez a leer una novela que se llama como esta iglesia, y no seguí porque no entendía nada. ¿Tú has oído hablar de ella? Creo que es de Dumas.
Resucitó con mi amor. Dio en no querer que saliéramos y se pasaba los días envuelta en la rosada bata de seda floja, viendo dibujos a la sanguínea, aguafuertes, grabados en acero y acuarelas de los que guardan mis cartones; examinando los camafeos uno por uno. Mira esta pintura, me decía, mostrándomela y paseando por las salas desiertas sus miradas curiosas y la languidez dejativa y rítmica de su cuerpo delicioso que ondula como las palmas de nuestra tierra al soplo del viento del mar. ¿Hacerla comer algo que la alimentara? No; golosinas y frutas, pastelillos rellenos de confituras, confites, caramelos y almendras de la casa Boissier, y albérchigos y uvas moscateles, que destrozaba con sus dientes de azulosa blancura.
-Te vas a morir de anemia, Consuelo -le dije una mañana en que, sentados ambos en el comedor, no quería probar un ala de pollo que le ofrecía, suplicándole.
-Pero si tú sabes que nunca como carne. Dame café negro, eso sí, y una copita de marrasquino -continuó, tendiéndome la taza de Sévres y la frágil copa en forma de lirio-. Dime, ¿a que tú no has pensado en esto?: ¿qué tienen aquí que sea tan bueno como lo que tenemos nosotros allá? Mira el café, el chocolate, las piñas, la vainilla, las esmeraldas, el oro, todo eso, que es lo mejor, viene de nuestra tierra. ¿Te acuerdas de las piñas del Guaimis? Se las manda coger uno a los negros, y se las traen por montones. ¡Aquí sólo las comen los millonarios, los príncipes!... ¿De qué te ríes? -me preguntó, seria, al ver la sonrisa que no pude contener al oírla.
-De pensar que a las mujeres que nacen allá no las consiguen ni los príncipes -le dije, aludiendo a la carcajada que le soltó al de Pontavento la noche del baile en que quiso besarle una mano.
-No, ésas son para los que las conocen desde que nacieron y las consienten como tú a mí. Estas de aquí serán más lindas y más elegantes -dijo-, pero no saben querer. Aquí nadie quiere a nadie. ¿Sabes tú lo que a mí me parecen las parisienses? Muñecas vivas -añadió soltando una carcajada-. ¿Tú crees que alguna de ésas es capaz de querer como queremos nosotras?
Así se han ido tres meses casi, en diálogos de esos, en siestas dormidas en las dos hamacas que hice colocar entre las palmas del invernáculo, en paseos de que volvíamos con los ojos llenos del color y el olor del campo, donde pasábamos las mañanas en rasguear una bandola que tenía yo en mi escritorio como adorno y hacer sonar en el aire de París las dejativas canciones de la tierra donde nacimos... Le he ofrecido ir a San Sebastián y a Biarritz, para donde se la llevó Paco a ver toros.
-Oye: allá oiremos siquiera hablar español y no me llamarán Madame. Vamos a estar felices; vendrás, ¿cierto?
-¡Me la has curado, Pepillo! Mírala cómo está de rosada y de gorda... Han sido los paseos contigo. No sé cómo agradecértelo. Si vieras el bueno humor que tiene ahora. Antes vivía suspirando. Ven a San Sebastián y allá completarás la obra. ¿Te esperamos precisamente? Ínstale tú, Consuelo -le decía el marido esta mañana al dejarlos en la estación, donde cruzamos la última mirada y le estreché la mano que no volveré a sentir en las mías por mucho tiempo, porque, cansado de besos, de mimos, de enervamientos y de lascivias, me iré dentro de tres semanas a Nueva York a ver si los negocios a la americana y el hardwork me curan del mal de vivir y del asco de la vida que estoy sintiendo.
18 de septiembre
¡Y no me he ido! Si vuelve, le cerraré brutalmente la puerta y haré que alguien le sugiera al marido que no la deje salir sola, porque corre peligro de que se rían de él si siguen viéndola conmigo. Desde su ida me he consagrado a revisar mi plan concebido en Suiza en el verano pasado, en los días en que viví en el picacho abrupto donde no llegaba ni el ruido de la canallería humana. Tranquilos los sentidos por los excesos de los meses pasados, he vuelto a vivir la vida verdadera y a sentir que me renacen las alas que me habían cortado las tres Dalilas, la lectora de Nietzsche, la sensual romana y mi sentimental y perezosa amiga, que no ha leído, a Dios gracias, ningún libro que le haya quitado del alma el perfume de sencillez que la hace adorable. ¡Es una almita cerrada, inconsciente y fresca, que guarda todo su olor a montaña y a nido y a rosas como las parásitas del Guaimis, como las orquídeas rosadas que le di la tarde en que la besé por primera vez!
1º de octubre
Camilo Monteverde, mi primo hermano, que está en París ahora, y yo no hablamos nunca de arte. En literatura se quedó en el naturalismo de Zola, que es para él la fórmula suprema. Sabe que lo considero de cuarto orden como escultor, a pesar de la fama de que disfruta en mi tierra, y no entiende mis versos, según confesión propia.
-Eso es música del porvenir, puro Wagner -me dice cuando lee algo mío-. Para mí el primer poeta contemporáneo de España es Campoamor: ése es claro y lo entiendo.
No hablamos de arte nunca. Hablamos de nosotros mismos, o, mejor dicho, me habla él de él y de mí, dada la especie de pudor que me impide dejarle ver ciertos modos de sentir míos, de los que se reiría. En cambio, exagera él un poco su cinismo: cuando me hace confidencias, toma la pose canaille, que diría un pintor, y me exhibe un personaje muy diferente del que conoce el público y muy parecido al que describe Luis Montes, que lo desprecia y lo odia con todas sus fuerzas y no le reconoce ni aun sus más positivos méritos.
-¿Tú siempre cazando el pájaro azul?-me decía antier en el cuarto de fumar- Voy mil dólares de apuesta a que estás enamorado platónicamente y a que todo lo que he visto en tu casa lo has comprado y lo has pagado.
-No conozco otro modo de hacerse uno a lo que desea -le dije-. ¿Tú has encontrado otro?
-Ya lo creo; se lo hace uno regalar o se lo lleva. Aquí en París debe ser difícil el procedimiento mío, pero en mi tierra me ha surtido resultado completo. Todos los tapices, los muebles antiguos, las armas y los cuadros que tengo han salido de los conventos y de las iglesias. ¿Cómo? me dirás tú. Pues haciendo tales bajezas para tenerlos; diciendo tales cosas respecto de ellos, que el dueño o la dueña, viejo que lo conoció a uno de muchacho, o muchacho que lo admira y quiere tenerlo contento, a las pocas vueltas manda la pintura, el broncecito, el objeto histórico, diciéndose: «Esto aquí no luce mayor cosa y en cambio Monteverde contará que es regalo mío». Es que tú no eres práctico -continuó después de un silencio y como pensando en alta voz-: tú te entusiasmas con las cosas, te enamoras de las mujeres, haces locuras por ellas, tienes la manía de trabajar y de saber. ¿Qué ha sido hasta ahora de tu vida? Una cacería al pájaro azul... Mira: el secreto es, con el menor esfuerzo posible, lograr el mayor resultado posible, sin moverse casi y a punta de imbecilidad de los otros y de las otras, de adulaciones de uno a los que no las esperan y de insolencia con los que las esperan. Así, comienza a lloverle a uno todo del cielo, amigos, fama, dinero y mujeres. ¡Mujeres! -siguió en su monólogo, apurando a tragos largos una copa grande de whisky que se había servido-. ¡Mujeres! ¡Todas incoherentes!: Jorge Sand y Cora Pearl, Sarah Bernhardt y Juana de Arco; ¡todas deliciosas, todas asquerosas, y todas mujeres! ¿Tú conoces la taberna de Rousselot en Montmartre?... ¡Qué vas tú a ir allá! ¡Tú, el soñador de aristocráticos idealismos!
-¿Y por qué me preguntas si la conozco? -le pregunté, riéndome.
-Porque antenoche me encontré ahí una maravilla, una de las muchachas que venden la cerveza. Es deliciosamente estúpida y estúpidamente deliciosa. Tú no entiendes de eso. Tú vas soñando siempre en alguna Dulcinea, como el caballero de la triste figura; yo soy más práctico. Los dos somos del mismo árbol, los Andrade aquellos, ¿oyes?, con dos injertos diferentes: tú de Don Quijote, yo de Sancho; tú andas peleando con los molinos, soltando a los prisioneros, vistiéndote con el yelmo de Mambrino y buscando a Merlín el encantador... Dime que no vives leyendo libros de caballerías -así llama a todos los que sean de ciencia un poco abstrusa, de novela psicológica, de poesía de alto aliento, de crítica sutil y personal.
-Yo me voy ahora para Normandía a comprar unas vacas; después iré a Inglaterra a buscar unos toros Durham. ¿Tú crees en mi pasión por el arte?... La escultura me importa un comino. Vente conmigo a Inglaterra.
-No puedo -le dije-; tengo mucho que hacer.
-¿Tú tienes mucho que hacer, viviendo en París, a los veintisiete años y con tus millones?... Pero entonces ya no tienes remedio.
Monteverde es un hombre práctico, indudablemente.
15 de octubre
En el aislamiento en que he vivido estas semanas, todos los recuerdos de lo reciente se han borrado a mi alrededor y la imagen de Helena ha ido resucitando hasta hacerse más vívida que nunca. Ayer, al abrir la puerta del cuarto donde están los retratos, la puerta cuya llave sólo tengo yo y que no había vuelto a usar desde el encuentro con Nelly, un olor extraño y nauseabundo me impidió entrar. Estaba oscura la tarde y el tono sombrío del cuero de Córdoba que cubre las paredes, acrecentaba la oscuridad de la estancia. Sólo distinguí en ella la blancura de la túnica y del manto, destacándose sobre el fondo sombrío. Volví a pasos lentos y precedido de Francisco, que entró con las bujías de un candelabro encendidas para alumbrarme el camino. El nauseabundo olor era el de las últimas flores pedidas a Cannes que, al descomponerse, habían podrido el agua de los vasos. Olía aquello a sepulcro, y los montones de hojas y de pétalos secos, de ramillos negros, de cálices, duros los unos y acartonados como momias, podridos los otros por la humedad, yacían en los floreros de Murano y en las jardineras sobre el mármol cubierto de polvo de la mesa; las rosas desprendidas del tallo y negras casi, sugerían la idea de un cementerio de flores.
El criado abrió el balcón para renovar el aire pesado. Por él entraron la difusa luz del crepúsculo violáceo y cobrizo, y la llovizna fría, que sacudió las cortinas melancólicamente. Un rayo de sol brilló en el marco del retrato de la santa de las guedejas blancas y tirité al sentir el soplo helado del aire del otoño.
Sobre los veladores de malaquita el polvo opacaba el verde de la piedra y unas moscas muertas extendían las inertes alitas y las rígidas patas. El polvo y las moscas habían manchado el marroquí blanco y los dorados de los libros que compré en Londres en el invierno pasado; y a la doble luz de las bujías del candelabro y del crepúsculo, que filtraba por el balcón su tristeza fría, me parecieron desteñidos y ajados los colores de las alfombras de Oriente que cubren el piso.
Mi alma en ese momento estaba más sombría que el cuarto abandonado y más marchita que las flores. Los pobres libros manchados han ido a dar a mi biblioteca y el pesado cofre de hierro de las joyas, a mi escritorio. La copia del cuadro de Rivington y el retrato pintado por Whistler están en mi alcoba. Duermo bajo las miradas de la santa de las guedejas de plata y de la figura que lleva en las manos el manojo de lirios blancos, y pienso a veces que, si sobre la oscura tapicería que cubre las paredes hubieran estado siempre los dos lienzos, ni Nelly, ni la de Rivas, ni la Musellaro, ni Olga habrían entrado ni a mi vida ni a mi alcoba.
25 de octubre
Han sido diez días de actividad loca, sin resultado alguno. Desde hace cinco hay un empleado mío en cada una de las capitales de Europa, sin más oficio que recorrer los hoteles y telegrafiarme. Por conducto de Marinoni y so pretexto de un negocio de grande importancia, he logrado que la agencia Charnoz les transmita a sus corresponsales del mundo entero el nombre de Scilly, para que averigüen por él, y yo me paso las horas en mi escritorio esperando, minuto por minuto, la llegada de los partes telegráficos o de los telegramas. Empresa inútil; empresa inútil y, sin embargo, tengo la seguridad de encontrarla y de que algún día, al contarle mi impaciencia de estas horas, sus pupilas azules tengan un brillo más dulce al mirarme y se sonrían sus labios apenas rosados, animando con esa sonrisa la sobrenatural palidez exangüe de las mejillas enmarcadas por la rizosa e indómita cabellera castaña que tiene visos de oro donde la luz la toca.
¡Helena!, ¡Helena! Hoy no es el grotesco temor al desequilibrio, como lo era al escribir los ridículos análisis de Londres, lo que me hace invocarte para pedirte que me salves. Es un amor sobrenatural que sube hacia ti como una llama donde se han fundido todas las impurezas de mi vida. Todas las fuerzas de mi espíritu, todas las potencias de mi alma se vuelven hacia ti como la aguja magnética hacia el invisible imán que la rige. ¿Dónde estás? Surge, aparécete. Eres la última creencia y la última esperanza. Si te encuentro será mi vida algo como una ascensión gloriosa hacia la luz infinita; si mi afán es inútil y vanos mis esfuerzos, cuando suene la hora suprema en que se cierran los ojos para siempre, mi ser, misterioso compuesto de fuego y de lodo, de éxtasis y de rugidos, irá a deshacerse en las oscuridades insondables de la tumba.
16 de enero
Estuve diez días sin saber de mí. Lo primero que vi al abrir los ojos, a la sombra de las cortinas de terciopelo de la cama y en la media luz artificial de la alcoba, fue la gran cabeza de Charvet inclinada sobre la mía. Me hundía en los entreabiertos ojos la mirada aguda y penetrante de los suyos, y los tenía tan cerca de los míos que le veía una a una las pestañas grisosas.
-¿Me conoce usted, Fernández?
-Sí, maestro -articulé con dificultad y con voz apagada.
-Está salvado -oí que decía, y, al volver a cerrar los ojos para hundirme en el pesado letargo, alcancé a ver dos cabezas de mujer que cuchicheaban en la sombra.
Después, nada, ni pensamiento alguno, ni imagen alguna que cruzara la inconsciencia en que estaba sumido. De cuando en cuando unas manos que me levantaban la cabeza, la luz de una bujía, el brillo de una cuchara de plata y el sabor de una droga que me quemaba la garganta; a veces un dolor que me cruzaba la cabeza de sien a sien y por instantes la sensación de caer, como una piedra entre lo negro de una noche sin astros.
Cuando comenzó a dolerme todo el cuerpo, como magullado y herido, y las sensaciones externas fueron acentuándose, me quejaba como un niño y me debatía como un energúmeno para no tomar las cucharadas.
-Eso es ya la mejoría; va volviendo -decía la voz acariciadora de Charvet-: ya hay voluntad. ¡Si es una naturaleza de hierro!
-Amigo mío -me dijo el primer día en que después de larguísimo sueño y de sentirme vivo al despertar hice un esfuerzo para moverme-, tiene usted enfermedades capaces de desconcertar al que más seguro esté de su ciencia. Ha estado usted entre la vida y la muerte; hubo un instante en que el corazón estuvo tan débil que con el oído puesto sobre él esperé las últimas palpitaciones, y en que la temperatura bajó grado y medio de lo normal. Ahora su corazón funciona bien y la temperatura acusa ligera fiebre. Ha sido el mismo accidente de hace un año, pero mucho más grave. Está usted hoy, como entonces, como si hubiera tenido una hemorragia copiosa. ¡Tenemos que hacer sangre, amigo mío!
Y he hecho sangre, como dice él, en la convalecencia, que le ha parecido rápida y que me ha parecido interminable, porque no veía la hora de ponerme en movimiento; mi juventud y el vigor de mi organización, ayudados por sus sabias indicaciones, triunfaron de la horrible debilidad en que me dejó el vértigo.
Ahora acabo de pasearme por el hotel, que está vacío, completamente vacío, con las paredes y los pisos desnudos. Mis pasos repercuten en los salones desiertos y como agrandados por falta de muebles. Tiene todo él, alumbrado por el frío sol de invierno, la tristeza de los sitios donde vivimos dejando algo de nosotros mismos y que no volveremos a ver nunca. Mañana vendrá a habitar entre sus cuatro paredes otro, quizá menos desgraciado que el que lo abandona.
Muebles y objetos de arte, caballos y coches, todo el fastuoso tren que fue como la decoración en que me moví en estos años de vida en el viejo continente, me esperan ya en el vapor que al romper el día comenzará a cruzar las olas verdosas del enorme Atlántico para ir a fondear en la rada donde se alza, con el eléctrico fanal en la mano, la estatua de la Libertad modelada por Bartholdi.
Voy a pedirles a vulgares ocupaciones mercantiles y al empleo incesante de mi actividad material lo que no me darían ni el amor ni el arte: el secreto para soportar la vida, que me sería imposible en el lugar donde, bajo la tierra, ha quedado una parte de mi alma. El coche que me llevará a la estación para tomar el tren que me aleje de París para siempre irá primero al lugar donde he pasado las mañanas de los últimos días.
Al llegar a él el 28 de octubre, con una tarde destemplada y húmeda, Marinoni se alejó suplicándome que lo esperara por unos momentos. Seguramente quería estar solo para conmemorar el aniversario. Caminé unos pasos y, al sentir lo mojado del piso, fui a detenerme bajo las ramas de un árbol y cerca de una columna que tenía la inscripción medio borrada por los años y la lluvia. Recorrí con las miradas el horizonte cobrizo sobre el cual cortaban sus negruras finas, como los calados de un encaje, las cimas de los árboles de la entrada sacudidos por el viento. Allá lejos, entre las sombras que empezaban a envolver el paisaje, dorada por un rayo del sol, brillaba la cúpula de los Inválidos. Por sobre la ciudad, confusamente delineada, sobresalían las masas negras de las torres de Nuestra Señora y el cielo rojizo se reflejaba en la corriente del río.
Al bajar los ojos hacia el suelo alfombrado por las hojas marchitas, cuyo olor melancólico estaba respirando en la tristeza del paisaje, tropezaron mis miradas con una rama que pendía, rota, del rosal vecino, y cuyas tres hojas se agrupaban en la misma disposición que tienen las del camafeo de Helena. Una mariposilla blanca se detuvo sobre ellas un instante y, levantando el vuelo, vino a tocarme la frente.
Sobrecogiome al verla el supersticioso terror que me invadió al ver la otra alzarse de entre el ramo de rosas blancas en la alcoba de Constanza Lansser; me crispó el recuerdo de la pesadilla de Londres, en que, rodando hacia el fondo de un abismo negro, veía arriba, arriba, las tres hojas de una rama y el revoloteo de la mariposa blanca sobre la claridad azul del cielo; y al recordar el horrible sueño, una ansiedad sin nombre, una impresión de miedo irrazonado e irresistible me aflojó las piernas y me quitó las fuerzas. Comprendí que iba a caerme en ese instante, ahí, sobre el barro, y a morirme del mismo mal que me hizo caer en el bulevar la última noche del año antepasado, al detenerse el volante y cruzarse los punteros de oro sobre la muestra de alabastro. Las doce campanadas ensordecedoras que oí aquella noche comenzaron a sonarme en los oídos. Dando media vuelta para buscar un punto de apoyo en el monumento que tenía a la espalda y cerrando los ojos, alcancé a cogerme de la verja baja de hierro y de la pilastra que formaba la esquina. Caí de rodillas apoyándome con la mano derecha en el suelo y agarrándome con la izquierda de la baranda de metal frío. El desvanecimiento iba pasando y la impresión de terror disminuía. Abrí al fin los ojos. Vi blanco. Hice un esfuerzo horrible para levantarme y, de pie ya, agarrado de la baranda, los volví a cerrar instantáneamente porque sentí que me volvía el vértigo. De repente di un grito de terror: había sentido unas manos que se apoyaban en mis hombros. Volví la cabeza: era Marinoni que había vuelto y me había cogido por detrás.
-¿Qué tienes? -preguntó asustado.
-El vértigo -alcancé a contestarle.
-Quédate quieto; deja que te pase; yo te tengo para que no te caigas -dijo, y me sostuvo con todo su cuerpo-. Suelta la verja; eso es, apóyate en mí. Quédate quieto...
-Ya pasó -le dije al sentir que disminuía gradualmente la angustia. Y levanté la cabeza. Al hacerlo, leí la inscripción negra sobre el mármol blanco que encierra la verja; di otro grito, que sonó en todo el cementerio, y caí desplomado.
De ahí hasta el despertar en la alcoba, con la cabeza apoyada en los almohadones y los ojos de Charvet fijos en los míos, no tengo recuerdo ninguno.
Hace doce días hice mi primera salida para ir al cementerio, a donde he vuelto después, todas las mañanas, a cubrir de flores la losa que reza su nombre y dice la fecha y la hora de su muerte. Es la última hora del año, en que agonicé de angustia frente al reloj de mármol negro, viendo juntarse los punteros de oro para marcar el minuto supremo sobre la muestra de alabastro, tras de la cual creí sentir que iba a aparecérseme lo Desconocido. La hora del tren se acerca. Oigo el ruido del coche que se detiene frente a la puerta del hotel. Viene a buscarme para ir a llevarle las últimas flores que pondré sobre su tumba.
¿Su tumba? ¿Muerta tú? ¿Convertida tú en carne que se pudre y que devorarán los gusanos? ¿Convertida tú en un esqueletito negro que se deshace? No, tú no has muerto; tú estás viva y vivirás siempre, Helena, para realizar el místico delirio de las abuelas agonizantes, arrojando en el alma de los poetas ateos, entenebrecida por las orgías de la carne, el pálido ramo de rosas, y para hacer la señal que salva con los dedos largos de tus manos alabastrinas.
¿Muerta tú? ¡Jamás! Tú vas por el mundo con la suave gracia de tus contornos de virgen, de tu pálida faz cuya mortal palidez exangüe alumbran las pupilas azules y enmarca la indómita cabellera que te cae en oscuros rizos sobre los hombros.
¿Muerta tú, Helena? No, tú no puedes morir. Tal vez no hayas existido nunca y seas sólo un sueño luminoso de mi espíritu; pero eres un sueño más real que eso que los hombres llaman la Realidad. Lo que ellos llaman así es sólo una máscara oscura tras de la cual se asoman y miran los ojos de sombra del misterio, y tú eres el Misterio mismo.
José Fernández, al suspender la lectura, cerró el libro empastado en marroquí negro y, ajustándole la cerradura de oro con la mano nerviosa, lo colocó sobre la mesa.
Los cuatro amigos guardaron silencio, un silencio absoluto en que se oía el ir y venir de la péndola del antiguo reloj del vestíbulo, el murmullo de la lluvia, que sacudía las ramazones de los árboles del parque, el quejido triste del viento y el revoloteo de las hojas secas contra los cristales del balcón. Adormecíase en él la semioscuridad carmesí del aposento. El humo tenue de los cigarrillos de Oriente ondeaba en sutiles espirales en el círculo de luz de la lámpara atenuada por la pantalla de encajes antiguos. Blanqueaban las frágiles tazas de china sobre el terciopelo color de sangre de la carpeta y en el fondo del frasco de cristal tallado, entre la transparencia del aguardiente de Dantzig, los átomos de oro se agitaban luminosos, bailando una ronda fantástica como un cuento de hadas.
* * *