�El bobo, soñador del Ariguanabo�
Yo desearía tener las palabras necesarias para poder reflejar, de alguna manera, la conmoción que en mi alma produce el sólo intento de expresar todo lo que siento en estos momentos en que se agolpan en mi mente recuerdos en los que afloran las más profundas sensaciones de la gratitud y el amor. Sensaciones que constituyen el eje sobre el cual gira toda nuestra vida, la verdadera vida que es la que llevamos enraizada en las sutiles venas de nuestro espíritu. Porque, como es sabido, todo lo que hayamos hecho, después de pasada nuestra primera juventud, insoslayablemente no es más que el reflejo o consecuencia de lo que se estereotipó para siempre en nuestra alma a través de la niñez y la primera juventud. Así quien quiera podrá observar en mi modesta obra artística, como toda ella no es en su fondo y esencia más que un canto a mi vida ariguanabense. Por ejemplo, aquella visión dantesca de nuestra última guerra emancipadora, que fue el primer contacto de mi conciencia con la vida. Después, la entrada triunfal de las huestes libertadoras aclamadas por las débiles voces de una población famélica deshecho por la horrible miseria. El pobre niño que al fin encuentra la escuela pública en donde comienza a aprender para ser sacado a los once años para aprender el oficio de tabaquero; el antihigiénico taller en donde la tuberculosis segaba las vidas incesantemente; el jovencito que ansiaba vivir su vida y sólo le era dable el soñar. El paradójico espectáculo de un pueblo que había conquistado libertades menos el derecho a comer.
Todo esto y mucho más fue lo que modeló el verdadero espíritu de aquella enigmática figura caricaturesca que Cuba entera bautizó con el nombre de �El Bobo de Abela�, al que también pudo llamársele �El Bobo, soñador de Ariguanabo�.
Igualmente en mi obra pictórica, en la cual los críticos de todas partes han tratado de desentrañar un misterioso lenguaje, no es más que un reflejo de las ansias de amor y de belleza que formó el espíritu de aquel niño obrero que tendido por las tardes en las riberas del Ariguanabo, le preguntaba al cielo la razón de las cosas. De toda esta obra mía en el campo de la pintura, hay dos momentos que pregonan bien a las claras cuanto vengo diciendo en esta deshibranada charla; me refiero al momento de París en 1928, cuando de espaldas a toda las tendencias en boga, apareció aquella mi pintura, extraña en aquellas latitudes, en la que siempre aparecían noches tropicales en las cuales tipos inconfundiblemente cubanos danzaban y danzaban, como único medio posible de rendir culto a la vida. Era, no lo dudéis, la repercusión de sensaciones absorbidas por el niño en la campiña ariguanabense. De la misma manera, el actual momento de mi obra, que los críticos se afanan en descifrar, no es sino las interrogaciones que al artista le plantea su cosmos, con el cual no hay otra comunicación posible que a través de las primeras emociones de nuestra existencia.
Por eso, para mí, decir San Antonio de los Baños es decir el recuerdo de mí mismo; es recordar a aquel pueblo que con tan cariñoso entusiasmo, en 1924, al regreso de mis triunfos en España, me rindió un homenaje hiperbólico, al que nunca podré corresponder debidamente; es recordar a los grandes amigos de mi vida, como los Manuel Alfonso, los hermanos Lima, los Sparolini, y de tantos y tantos amigos que, conjuntamente con el más cordial de los pueblos, hizo posible que mi vida se encauzara por derroteros que me han conducido a lo poco que he logrado ser.
Hoy, al entrar en el ocaso de mi vida, y cuando al corazón que tanto latió le están prohibidas las emociones fuertes, hago un paréntesis en la consigna médica, para exclamar desde lo más profundo:
�San Antonio de los Baños, linda villa ariguanabense, recordarte es para mí recordar mi vida!
Revolución y Cultura, n�. 60, agosto 1977.