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Lo fundamental en la pintura de hoy

     Desde luego que el título que le he dado a estos apuntes para tratar sobre tema tan polémico como es todo lo que se refiere a la interpretación de la pintura de hoy, es demasiado ambicioso. Ello hay que atenuarlo con la advertencia de que se trata solamente de un juicio muy personal, producto de la observación y experiencia, lo que naturalmente distará mucho de ser la exposición erudita del consagrado al estudio y análisis de tan compleja cuestión.

     Pero, no obstante, cuento a mi favor con el deseo de aquellas personas que gustarían conocer lo que al respecto piensa o siente un factor tan importante como lo es el propio pintor. Esto, como es sabido, ya lo han hecho muchos pintores de universal nombradía. Pero como resulta que cada uno de ellos ha traído en sus alforjas visiones diferentes, y como yo creo haberme asomado también a alguna parte, pudiera ser que, a lo mejor, igualmente dijese algo.

     Yo abrigo la convicción de que para llegar a comprender en alguna forma la pintura de hoy, como paso previo hay que sentirla o, si se quiere, vivirla antes de pretender explicarla, pues como todos sabemos, se trata de un sentimiento que, por su propia naturaleza emotiva, siempre está más allá de toda elaboración mental. Por eso yo estimo que el mejor equivalente de lo que la nueva pintura tiene de emotividad, lo encontramos en ese otro sentimiento tan hermanado al arte como lo es el amor, al cual sólo se le comprende cuando se le ha vivido.

     Como quiera que comprensión equivale a razonamiento en este caso, nos tropezamos con el nervio central de la cuestión pues, precisamente, el fundamento de esta pintura -su gran hallazgo- es la negación de toda primacía del razonamiento intelectual, situando en su lugar su �sin razón� que es la razón del espíritu, por llamar de alguna manera a esa ansia que domina al hombre por encima de toda realidad.

     Cuando en el arte de la pintura primaba lo intelectual y hasta se le comprendía a primera vista, la misma sólo existía para una ínfima minoría. Hoy, en cambio, a pesar de que por todos los ámbitos se escucha la misma exclamación de ��No entiendo!�, ��No comprendo!�, el gusto por la nueva pintura se extiende más y se generaliza prodigiosamente. No se la entiende, pero se la siente y se la quiere como algo muy íntimo y entrañable, porque conlleva (cuando es creación original) lo que de humano hay en nuestros sentimientos. Esto ha hecho que su cultivo se multiplique por todas partes, invadiendo el gusto público en forma avasalladora y definitiva.

     Para agotar este tema de la subversión de lo intelectual por lo emotivo y aún para acercarnos un poco más a la verdad de la pintura de hoy, habrá que imaginarse en sus respectivos momentos al pintor clásico y al actual. El de antes rendía culto a la belleza de las formas de la Naturaleza y hasta las idealizaba; pero este culto o idealización partían de un razonamiento o inspiración mental que hacía que el pintor iniciara su trabajo, dibujando en el lienzo cuanto había pensado, antes de entrar en el proceso de color que, a la postre, resultaba una especie de vestimenta de aquel dibujo. De ahí surgía que lo razonado previamente -lo intelectual- era lo que señoreaba en la obra. A la inversa, vemos cómo el pintor de hoy sólo se enfrenta con su lienzo cuando no piensa nada; es decir: cuando ha desconectado la corriente que le unía al pensamiento, quedando en una especie de casi inconsciencia, que es el momento en que ninguna realidad se ha de interponer a su emoción, la que ha de guiar. En este estado, el artista se dará a llenar de color su lienzo, en una acción involuntaria rayana en la locura. Después, como quien despierta de un sueño, le dará entrada a la conciencia y el intelecto, dominado por la emoción, vendrá con el dibujo a traducirnos el mensaje emotivo que descubrió en el color. En este punto, es bueno advertir que toda pintura moderna, cualquiera que sea su tendencia, se caracteriza por el dibujo superpuesto sobre las masas de color; es lo contrario de la pintura clásica, en la que la línea del dibujo desaparece debajo del color. Todo esto demuestra cómo los términos han quedado invertidos; es decir, antes, la pintura partía de una premeditación que era el dibujo previo, por lo tanto su mensaje era intelectual, obra de la mente. Hoy, a la inversa, parte de una emoción que es el color y su mensaje es antimental.

     Resumiendo este aspecto tan capital en la problemática de la pintura de hoy, debo decir que si dicho mensaje fuese un mero producto intelectual, sus efectos se reducirían a las naturales divergencias de criterio, lo que no acontece cuando el factor es el sentimiento humano, que por sernos común a todos nos encuentra solidarizados. Esta es la gran razón de que la pintura actual llegue a todo el que sepa sentir la vida antes de pretender imaginársela. Los resultados de esta revolución ya los estamos palpando; el hombre ha encontrado más allá de todas las teorías filosóficas, un asidero positivo que le comunica con la misteriosa esencia de su vida, al subvertir el viejo concepto que se tenía de la belleza, que era la de las formas visibles de la Naturaleza, no la belleza en sí, la esencial y definitiva. Como lo que hay al respecto en nuestro espíritu es esencia no contaminada, de ahí que él mismo repela por mixtificadora la presencia de la belleza natural, facultando al eterno descontento para que vete con un rotundo �no� todo lo que sea la simple realidad.



Sobre las distintas tendencias dentro de la pintura moderna

     Ya en posesión de esta especie de suelo patrio, el pintor moderno comprendió la necesidad de edificar su mundo plástico. Sobre los cimientos levantados primero por el impresionismo y luego más sólidamente por el cubismo, se vieron surgir distintas tendencias de las cuales son dos las de mayor arraigo y transcendencia. Ellas son el abstraccionismo geométrico y el manchismo. Desde luego que, a partir del cubismo, toda forma de la pintura nueva es potencialmente abstracta; lo que sucede es que hay distintos grados de abstracción. El máximo lo representa el puro abstraccionismo geométrico, porque él condensa el propósito del completo alejamiento de lo que sea realidad. El pintor que inició esta escuela tuvo, sin duda, una revelación genial. A la palabra de orden dada por el cubismo: deshacer las formas naturales reduciéndolas a meras alusiones de la realidad, el abstraccionismo geométrico se adelantó con una consigna más nueva y radical: romper las raíces mismas y todo vestigio de formas naturales, para crear un mundo completamente aparte del que representaba las formas creadas por la Naturaleza. Si ésta utiliza sistemáticamente la línea curva en todas las obras que nos muestra, el empleo de la línea recta será la perfecta abstracción, la fuga definitiva de toda realidad. Y por eso se dio la nueva consigna: en un cuadro sólo debe haber la línea recta vertical y horizontal.

     Pero a pesar de que, incuestionablemente, esa concepción geométrica fue una genialidad, ella se ha quedado en pura teoría porque es de procedencia intelectual. Por sus venas no corre ni una gota de vitalidad espiritual porque, al separarse tan radicalmente de la realidad lo que hizo fue propiciar la muerte al desunir al cuerpo del alma, perdiendo el contacto con nuestros sentimientos; su mensaje único es el de la frialdad de la muerte. Es el caso del niño fenómeno que no lloró ni rió nunca; o el del robot que camina e imita los gestos humanos pero que nunca nos dirá nada porque le falta la emotividad que no es cosa que se fabrica.

     Desde que lo emotivo triunfó tan rotundamente en pintura, todo lo que no lo sea se quedará en mera cosa intelectual, que derivará hacia lo utilitario. Por eso el geometrismo se hace un arte aplicado a la decoración que, como es sabido, es adorno, lo bonito o novedoso para regodeo tan sólo de los ojos.

     El manchismo, en cambio, es el que ha descubierto la mejor vía para ponernos en contacto con el misterio que nos rodea. Alguien podrá decir que la mancha no es nada nuevo, pues ella existió siempre. Efectivamente, la mancha no es una novedad, pero lo que sí es algo de incalculable transcendencia es el descubrir la vida que palpita en la mancha.

     Desde luego, no se trata de la mancha accidental que se produce a cada momento. No, es la que elabora la acción del tiempo asociado con la de la humedad y el sol. Esto ya lo había advertido Leonardo de Vinci, cuando aconsejaba a sus discípulos que si observaban con emoción este tipo de mancha, de seguro encontrarían sugerencias para sus composiciones.

     Así, por ejemplo, mis mejores momentos de felicidad, de esa felicidad que busca el hombre corriente que tenemos todos, paradójicamente resultarían ser los más desastrosos para el pintor que se sentía poco menos que anulado. En cambio, cuando las tribulaciones de la vida me han asediado, en ese instante en que todos los sentimientos parecen estar bullendo, es cuando más he sentido la angustiosa necesidad de pintar. Lo que, sin que yo mismo me lo haya podido explicar, ha encontrado su mejor caldo de cultivo en la incomodidad y la molestia. De ello ha resultado que yo nunca haya tenido un local de estudio ad-hoc, ni tampoco los materiales que necesitaba a mano.

     Sin embargo, las cosas más interesantes que he logrado fueron realizadas en esas circunstancias. Por eso, cuando alguien me ha preguntado qué procedimiento técnico y cuáles materiales uso, no he sabido contestar pues, dicho con la mayor sinceridad, cuando comienzo un trabajo no tengo conciencia de cómo ejecuté el anterior. Pero de lo que sí estoy seguro es de que siempre he tratado de conseguir, por cualquier procedimiento, la expresión de mi emotividad y sin tener en cuenta lo que pensaban o hacían los demás. Y como yo estaba consciente de que esa emotividad eran tan particularmente mía como lo pueda ser mi cara, ello me ha dado una especie de seguridad de que estaba haciendo algo distinto a lo ya manoseado. De todo ello se desprende la razón por la cual todo lo que he pintado haya podido estimarse como algo a destiempo o inactual; es que quizás me haya relacionado más con el espacio que con el tiempo.



Sobre la obra de arte

     La obra del artista creador es un diálogo entre la vida y él mismo. Cuando este diálogo se produce entre el artista y los demás, la obra que aquél realiza podrá ser cualquier cosa menos la obra de arte, verdadera y perdurable.

     El artista auténtico -el pintor en este caso- trabaja frente a la vida y de espaldas a la gente, pues lo contrario es la presencia de los demás en su obra; de aquí parten todos los oportunismos y formas acomodaticias de los que buscan los éxitos efímeros del momento. Pero como la vida de convivencia no es lo perdurable o consustancial del hombre, cuando ese momento ha pasado, lo único que sobrevive es lo que en la obra haya de humano, de lo eterno del sentimiento íntimo en la obra. Por eso es que lo que queda es ese sentir con la vida; lo que fue, es y será siempre nuestro solo nexo con la esencia de lo que somos.

     La ausencia de espíritu es lo que caracteriza la obra del oportunista acomodaticio quien, en el mejor de los casos, realiza una mera producción intelectual y, como que el sentimiento poético, que es la esencia de todo, no nace del pensamiento, el resultado es lo intrascendente y falto de vida en esas obras llamadas �de moda�. El mediocre, que cuenta como su mejor aliado con la habilidad, por mucho que medre con su cliché con el que imprime siempre la misma cosa, es decir, sin aportar el nuevo y variado mensaje que la vida nos trae en cada momento, lo que produce es amaneramiento adocenado, muy útil comercialmente, pero con carencia de lo que es la verdadera obra de arte. De este concepto nace mi íntima convicción de que el mayor enemigo del arte es cierto tipo de profesionalismo artístico, adoptado como carrera para vivir. Si el sentimiento no es una mercancía con la que se puede especular, y si el arte es puro sentimiento y emoción, lógicamente la obra del artista tiene que ser tan desinteresada como lo es el amor verdadero.



El arte en Cuba

     Yo tengo gran fe en el cubano y en lo cubano en el arte. No hay en el mundo un pueblo más sensible y emotivo, vale decir: más artístico. Ese espíritu, esa emoción nuestra es el pivote sobre el que está cimentado todo lo bueno y grande que ya hemos conquistado. En lo que se refiere a la pintura, yo me imagino que si a la gran masa popular se le sigue estimulando el sentimiento estético, a la vuelta de no muchos años habremos de asombrar al mundo por el alto grado de nuestra cultura artística. Cuba será el país pictórico por excelencia. Yo estimo, que cuando se generalice la afición por la pintura -siguiendo las normas establecidas por el Estudio Libre, es decir, pintar aunque sólo sea por encontrar una delicada recreación del espíritu, sin pensar si se tiene o no habilidad-, toda persona de cualquier edad comprobará que, aparte de haber encontrado un gran entretenimiento espiritual, está descubriendo las insospechadas características de su propia personalidad, está abriendo a su espíritu una gran ventana para ver una vida más amplia. Ello, además, conlleva a la moralización de las costumbres, pues aquella subconsciente emotividad que antes nos llevaba a los juegos de azar y a otros vicios, no era otra cosa que lo poético de nuestro espíritu que buscaba una fuga para huir de la vulgar realidad.



�Y de su pintura?

     Para juzgar bien la obra de un artista es necesario conocer también las peculiaridades íntimas del mismo con relación a su trabajo. A este respecto puedo decir que, es posible se estimen como absurdas o paradójicas, pero puedo asegurar que constituyen la verdad del pintor que pueda haber en mí. Yo he comprobado que la lucha más intensa que sostiene un artista es la que libra consigo mismo. Es decir, la pugna que se establece entre el individuo de carne y hueso, como los demás, frente al espíritu que, inquebrantablemente, se afana por huir de cualquier forma de acomodo con la realidad que tanto planea aquel otro yo.

La Habana, 1963

(En La Gaceta de Cuba, n� 70, año 7, febrero 1968)

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