El bosque de Chapultepec
(Fragmento)
Concepción Gimeno de Flaquer
En el histórico bosque de Chapultepec nacen espontáneamente plantas tan sagradas para el indio, como el muérdago para el druida. Es imposible visitar América sin rendir la más entusiasta admiración a ese umbroso bosque, completamente virgen hasta que fue hollado por la planta de los toltecas; a ese trono de virreyes, querido parque de Moctezuma, paraíso del errante azteca; preciada joya de Hernán Cortés, orgullo de los tlaxcaltecas, que lo custodiaban por orden del conquistador, imperial mansión de Maximiliano, vergel predilecto de Juárez, encanto de Lerdo, Santa-Ana y Miramón, oscura tumba del audaz invasor norteamericano, altar glorioso de los descendientes de Guatimoc, en el que se halla escrita con caracteres indelebles la memorable fecha de 1847.
En el bosque de Chapultepec no se despoja la naturaleza jamás de su manto de follaje, porque hasta los seculares árboles que presenciaron las terribles tragedias de que fue teatro, han encanecido; pero no han muerto. El sagrado bosque viste siempre galas primaverales, ofrecidas como eterno laurel a la memoria de los héroes mexicanos que en él reposan; inmarcesible laurel que las hamadriadas, esas poéticas ninfas de los bosques refrescan constantemente, enlazándole coronas de nieve arrancadas el Popocatepetl. Al ocultarse el sol, cual divino artista de los cielos sentado en la escabrosidad de la montaña, dorando con sus últimos rayos el famoso castillo que se levanta en el bosque cual atalaya del pasado por donde se asoma el presente, óyense misteriosos acentos que dejan en el espacio como el vago rumor de una catarata de armonías. ¿Sabéis qué son esos acentos? La gloriosa elegía, el canto épico, la eterna epopeya entonada por los silfos en torno del obelisco que guarda la memoria de Xicotencatl y de cuantos formaron con él aquella hecatombe de valientes. Las ondinas de Chalco y de Texcoco acuden también a saludar a los héroes del cuarenta y siete, y dejan como ofrenda sobre el pedestal del obelisco, flores acuáticas y algas lacustes.
El murmurio de los manantiales brotando entre las escarpadas rocas, ennegrecidas por el aliento de los siglos; los indescriptibles rumores que se alzan desde las grutas hasta el éter; los trinos de amor que mil pájaros canoros envían a la luna mientras tiende su red de plata sobre los gigantescos sabinos que han prestado su sombra a tan distintas razas y generaciones; sobre esos corpulentos ahuehuetes que no permiten a la mirada medir la circunferencia de su tronco, y a cuyas ramas se enlazan plantas parásitas, formando un laberinto con las trepadoras campanillas, el rizado heno y la brillante yedra, convierten el agreste bosque en encantadora floresta soñada por la más fantástica imaginación.