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ArribaAbajoCapítulo V


   Tras breves ruegos y servicios breves,
quiero que admita luego
mi amada ninfa con amor piadoso:
y sólo mezcle de cuidados leves
nuestro dulce sosiego,
no tan grave tormento y riguroso:
mas un desdén celoso,
una esquiveza blanda enamorada
guerra, en fin, limitada;
a quien la dulce paz y tregua siga,
que en más ardor los corazones liga.


(JÁUREGUI.)                


«Cuando veo desmoronarse -dice un filósofo moderno- los sepulcros de los reyes junto a los de aquéllos que los destronaron, ¡con cuánta vehemencia siento la futileza de la ambición humana, la vanidad de los designios de los hombres!».



También la experiencia común nos enseña que los objetos de los humanos deseos son, generalmente, de poco valor intrínseco. ¿Por qué nos prometemos, pues, pura felicidad al cumplirse cualquiera de nuestros grandes proyectos, cuando debiéramos recordar que el buen éxito de nuestras empresas anteriores nunca nos produjo la ventura que por él anticipábamos? Quizá esta ilusión placentera nace del perpetuo cambio de nuestras circunstancias que nos hace esperar que los agentes que emponzoñaron nuestros pasados triunfos no obren en el caso presente; o tal vez nos acordamos, a pesar del desconsuelo unido del sentimentalismo reciente y de la antigua filosofía, de que hemos sido, a lo menos, parcialmente felices en la realización de nuestros deseos. El cansado viajero que descubre una hermosa y dilatada selva en los confines del horizonte, no hallará al llegar a ellas las áureas nebulosidades, las ricas vislumbres y espléndidos matices que deleitaron su visión desde ojos; sólo verá tierras quebradas, carcomidos troncos y desigual follaje; mas no le faltará, sin embargo, un arroyo en que apagar su sed, ni una encopada encina que le dé sombra y frescura.

Perdonemos, pues, a nuestro héroe si en el entusiasmo de su júbilo pensó asegurarse felicidad suprema en la posesión de Isabel. Estaba en la víspera de su himeneo. Su bondadoso tutor, aunque adverso al principio a que se verificase aquella prematura alianza, cedió, al fin, a las instancias de su discípulo, y aun prometió que vendría a Sevilla a bendecir al pie del altar a los esposos. Se fijó el día, y se concertó para ello que el señor de Grañina enviaría su coche a la granja por Carlos, y ambos, acompañados del cura de Aznalcóllar, irían por Isabel al convento de las damas nobles, en el cual se celebraría reservadamente el deseado sacramento. Los esposos partirían luego en un coche de colleras ya preparado y con buena escolta de miqueletes, y se dirigirían a Portugal.

Ya hemos dichos que era la víspera del día señalado para la boda. Estaba Carlos sentado a una mesa de su cuarto con una pluma en la mano, para disimular con los demás, y tal vez consigo mismo, que no estaba haciendo nada, sino embebecido en dulces pensamientos y anticipaciones del siguiente día, cuando se sintió a deshora asir los brazos por unos soldados, que dirigidos en numerosa banda por dos o tres alguaciles de Sevilla, entraron silenciosa y cautamente en la casa para apresarlo. La buena ejecución de la sorpresa quitó toda posibilidad de resistirse. Inmediatamente cargaron a Carlos de grillos y esposas, le metieron en un coche y le condujeron a la cárcel.

El peligro de la vida, aunque penosísimo para el que lo sufre, lo despreciarían los amantes si no envolviese la pérdida del adorado objeto. El corazón de Carlos se quebraba con este pensamiento al acercarse de nuevo a la circe de Sevilla. Justamente al instante mismo de tener en la mano la copa de la felicidad... El ignorar quién le había dirigido tan cruel golpe, aumentaba infinitamente su mortificación y abatimiento.

-¿Es posible -pensaba- que tal sea la bajeza de los hombres, que en el pequeño círculo de los que se sabían mi morada haya habido un traidor? No puedo sospechar del Chato, no obstante sus malas cualidades... Los campucinos aquellos ni mi nombre sabían siquiera... ¿Quién podrá ser el malvado?

Las dudas de Carlos se disiparon muchos meses después al saber la siguiente historia.

Cuando el fiel de fechos de Aznalcóllar se sentó como hemos dicho, en el suelo del locutorio, no dio vado a su desesperación desgarrándose los vestidos, sino que al contrario, se envolvió y acurrucó en ellos, embozándose hasta los ojos y encajándose el sombrero hasta la nariz. En esta guisa ocupó sollozando el rincón del locutorio adonde le dejamos en el último capítulo. Se acomodó la barba entre la s rodillas, y llenó de tristeza su mente, como si esperase que por tales medios volvería parte de su dinero a través de las rejas, o lo que es más probable, que el falso hermano Tristán se apareciese de nuevo. Chato entró por acaso pocos instantes después, pero ni vio al escribano ni le reconoció este en su nuevo disfraz.

Bajó Isabel a la reja, y no tan pronto abrió los labios para responder al mensaje verbal de Carlos, cuando su voz hirió el vivo y estimulado tímpano del fiel de fechos con una vibración tan conocida que le hizo alargar el cuello como dos tercias para ver a su sabor a la nueva monja. Escuchó atentamente sus acentos, la vio entregar una carta sellada y quedó convencido de que era aquella monja la misma Isabel. Recogió de nuevo la cabeza y su puso a pensar acerca de lo cierto o falso de aquel proverbio que dice: «por el hilo se saca el ovillo». Sacó los ojos del embozo, y tuvo el gusto de ver la espalda de Chato desde lejos, y a la izquierda una forma blanca desvaneciéndose detrás de las rejas. Se puso en pie de seguida, y siguió recatadamente a Chato, escondiéndose detrás de las esquinas de las calles en la ciudad, y detrás de los árboles en el campo. Así llegó, no sin fatiga a ver la entrada del mensajero en la quinta del señor de Grañina. Se ocultó en una arboleda que enfrente de ella había, y permaneció con eficaz paciencia escondido hasta haber visto a través de una ventana al mismo Carlos hablando con Chato. Un frígido escalofrío le pasó por el cuerpo. Al caer de la tarde, cuando ya no había por allí gente, salió de la arboleda y examinó bien las avenidas, contentísimo de tener en quien descargar su esplín y no olvidado aún de cierta capa de grana y de ciertos jaspeados cardenales, perdida la una, grabados los otros sobre el cuero. Se fue a la ciudad, alimentando su ánimo en el camino con la venganza. Se presentó a los magistrados y les reveló lo que había visto de Carlos; con el proviso, empero, de que no apareciese en el expediente su nombre, para que los compañeros de aquel desesperado no le volviesen la declaración a las costillas. Un destacamento de soldados y ministriles salió en consecuencia a prender al malhechor.




ArribaAbajo Capítulo VI

Digo que no ha de haber aquí más casamientos: los que ya están casados vivirán todos menos uno; los demás, que se mantengan como están. ¡Fuera! ¡A un convento de monjas!


(SHAKESPEARE.)                


Desde el profundo centro de sus cábalas y complicadas intrigas políticas no podían los alquimistas olvidar la inesperada fuga de Isabel. Habían efectuado sin éxito alguno el más severo escrutinio en su casa, y examinado reservadamente a cuantos individuos podían por acaso tener parte en aquella transacción. Vacilaban sus sospechas sin objeto fijo, y constantemente tenían en el ánimo la penosa memoria de que había un desconocido traidor entre ellos que podría en adelante divulgar su secreto. Algo más que su orgullo y su puntillo se había comprometido con la pérdida de Isabel. Tenían calculadas los alquimistas, con su escrupulosidad acostumbrada, las ventajas que podrían derivar en las conmociones que se esperaban de lo s atractivos de una romántica belleza. Hubieran agotado gustosos sus tesoros por descubrir la mano que rompió sus cadenas; pero no se hallaba esta en la casa.

Para obviar las continuas dificultades de su correspondencia con Tragalobos, le habían los alquimistas pedido un hombre de conciencia, que, bajo la dirección de Pistaccio, condujese sus órdenes y mensajes al dicho patriarca de los bandidos. Chato fue el elegido para este empleo, y se presentó en la casa de los alquimistas bien amaestrado por Tragalobos acerca del modo de presentar el papel del Buen Juan entre ellos, haciendo lo posible por adquirir la confianza de aquellos muy respetados señores, de modo que pudiese Tragalobos saber de sus secretos un poquito más de lo que ellos hubieran deseado. Por medio de este jovencito supo Tragalobos la detención de Isabel en su casa y otros asuntos no relativos a esta historia. Para que nadie pudiese por acaso reconocer a Chato en Sevilla, se le puso una librea que cambiaba frecuentemente con disfraces de muchos géneros, y así manejaba los negocios que le estaban encomendados con mucha sagacidad y prudencia. Un día que fue a la cueva de Tragalobos a llevar una bolsa de oro de parte de los alquimistas, encontró al baratero acompañado de Alberto, que con toda su elocuencia defendía la causa de Isabel. Cuando volvió a la casa de los alquimistas, venía ya resuelta a trabajar como pudiera en favor de la hermosa reclusa y del noble caballero don Carlos. El general Landesa estaba por aquel tiempo resuelto a efectuar el rapto de la misma señorita, para lo cual, ayudado de Pistaccio, había adquirido las llaves que conducían a su apartamento. Fingían los alquimistas ignorar estas maquinaciones, y Pistaccio suplicaba al general, tres veces cada día, que no lo comprometiese con ninguna imprudencia. El general Landesa le daba tres seguridades diarias de su secreto, y persuadido, no obstante, de que todo aquello era engaño y tortuosa política, y de que todos los alquimistas sabían tan bien como él sus planes y sus designios, condescendía en someterse a aquellas fórmulas, contento de que sólo eso se le exigiese por el rescate de la cautiva. Chato había tenido el arte de congraciarse con cuantas personas había en la casa, y especialmente con Pistaccio y con el general. Estaba oculto en un cuarto una noche, con el designio de imprimir en cera el agujero de una llave, cuando oyó al general exclamar en el descenso de la escalera de mano, si era lo que había visto aviso del cielo; a lo que respondió con un ruidoso sí, que casi precipitara a nuestro general de su eminente puesto. Con el auxilio de llaves falsas condujo Chato a Carlos a las catacumbas, del modo que ya se ha explicado.

A la noche siguiente, cuando llegó la hora señalada por el general para repetir su visita a Isabel, mandó a Chato que le acompañase como la noche antes, junto con un portero de la casa, de aceda y beata fisonomía, el cual, por disposición de Pistaccio, representaba el papel de un hombre sobornado por el general. Tenía este portero demasiada rigidez e hipocresía para hacer migas con Chato, quien no podía verlo ni pintado. El general entró en el apartamento llamando a Isabel con una modulada voz, y adelantándose al ver que no le contestaba. Como estuviese la estancia muy oscura, le dijo Chato al portero, de modo que el general lo oyese:

-¡Adelante, majadero! ¿Por qué no alumbras a su excelencia con esa linterna?

Le miró de reojo el portero, que no estaba acostumbrado a que nadie le hablase de tú ni a sufrir ásperas palabras de nadie. Se adelantó, sin embargo, exclamando entre dientes:

-¡Se habrá visto pelgar!

Notó el general Landesa la mala gana con que se movía el portero. Ya había recorrido todo el cuarto. Volvió hacia donde estaban los dos acompañantes, desnudó la espada, y preguntó al de la linterna por Isabel. Respondió el portero, con sincerísima sorpresa, que no lo sabía, aunque las llaves todas de la casa estaban colgadas de su cintura. Esta ignorancia le proporcionó cuatro o cinco desaforados espaldarazos de la tizona del general, de modo que quedó armado lo más caballero del mundo. En esto vino la vez de Chato. Le preguntó el general por Isabel, dirigiéndole la punta de la espada.

-Vuecencia se acordará, pues no hace un siglo -dijo Chato con la mayor sencillez y sangre fría-, que ya era tardecito anoche cuando yo volví del campo con un recado para vuecencia. Quizá eran ya las doce. Vinimos aquí de seguida, y aquí estaba la niña melindrosa. Nos volvimos a ir. Yo desde entonces acá no me he separado, como quien dice, de la vista de vuecencia. ¿Cómo he de saber yo ni poder imaginarme qué diablos ha sido de ella?

-Los alquimistas -vociferaba el general al hombre de las llaves- me pagarán muy cara esta chanza. ¡Por Dios que yo les enseñe que ni soy un niño ni un necio! Lo cierto es que de aquí ha salido; y usted, hipócrita y pillastrón, ha de saber cómo y cuándo.

La espada del general cayó otra vez por vía de interrogación sobre los malhadados lomos del portero, a quien dejó en el suelo sin sentido. Chato tomó la linterna y alumbró a su excelencia hasta la habitación de Pistaccio. Afortunadamente para él estaba entonces con los alquimistas, ante cuyas sabidurías se presentó el general como un maniático. Nuestros señores se quedaron del color de la cera al recibir la extraña noticia de la fuga de Isabel de los espumosos labios del general. Ambas partes se miraron sospechosamente, hubo ofensivas insinuaciones, pasaron a insultos, y en pocos instantes no parecía sino que había entrado en la biblioteca una legión de demonios. El general se marchó bruscamente, jurando venganza contra los alquimistas; éstos, por su parte, quedaron con el mismo sentimiento.

Cuando por la prisión de Carlos y las vociferaciones del escribano de Aznalcóllar se descubrió, al fin, el asilo de Isabel, general y alquimistas quedaron mutuamente penetrados de que no había habido fraude en ninguna de las partes; ambas apologizaron, y se efectuó su reconciliación.

Era amigo íntimo de uno de los alquimistas el director espiritual de la abadesa en cuyo convento residía Isabel. Por éste y otros medios tenían bastante influencia con la dicha señora, y no perdían ocasión de insinuarle cuán útil sería persuadir a la huéspeda a tomar el velo. Así querían prevenir la posibilidad de que quedase Isabel libre, y pudiese hablar de su detención en la casa de los alquimistas. Era el dicho director espiritual de la abadesa varón de severas, justas y cristianas virtudes, y aunque no se excusaba de persuadir buenamente a una joven desamparada a abrazar la vida monástica, hubiera resistido hasta lo sumo violentar su voluntad, ni valerse de la opresión, ni abusar de ningún modo de su ministerio. Conocían los alquimistas la caridad y pecho evangélico de este digno sacerdote; se acordaban del mucho ánimo que en su previa conducta había manifestado Isabel, y temían que no pudiese la noble abadesa por sí sola persuadirla a abrazar la vida monástica sin la ayuda de su confesor.

Estaba, en efecto, y para hablar sin rebozo, sobrecogido de tan grande pánico nuestro Pedro Facundo al acordarse de lo que podría decir de él y de sus secuaces la joven cuya fuga aún se ignoraba cómo había sido, que el santuario de las mismas monjas le parecía poco suficiente para guardar un secreto tan peligroso para la reputación alquimística. En consecuencia de este espanto y aprensión continua, convino con su colega Pedro Gonzaga hacer un esfuerzo para trasladar a Isabel al santo tribunal de la inquisición. Si pudieran lograr tan gran proyecto, aun cuando Isabel saliera libre y justificada el sello de infamia que dejaba tras sí una causa inquisitorial mancillaría de tal modo su carácter, que no tendrían peso ni crédito alguno sus palabras. También tenían relaciones con el inquisidor mayor de la provincia, y podían contar con que no alcanzaría Isabel ningún grande triunfo una vez acusada en forma. El hacerle cometer alguna acción herética, o que lo pareciera, era el deseo entonces de los alquimistas, y habían pasado muchas horas de vigilia antes de hallar un modo satisfactorio de conseguirlo.

Permítasenos hacer aquí una corta digresión independiente del carácter divino de la religión cristiana, según felizmente se profesa en nuestro país y en otros de Europa; y considerada sólo en sus efectos materiales y palpables, habrá que confesar, so pena de descreer la historia y los hechos mejor comprobados, que no han gozado jamás los hombres de institución más sublime, benéfica y consoladora. Si admirados y bendecidos ya los preciosos frutos que ha dado el mundo, se pasan a examinar sus dogmas y principios, hallará el ánimo nuevas fuentes de pureza celestial en que hechizarse. Si contempla las páginas del martirologio cristiano, las vidas de los anacoretas, las de innumerables doctos y santos sacerdotes de todos los siglos y de todas las naciones, hallará mayor y más alto y desinteresado heroísmo que en los decantados fastos profanos de Roma, ni de los pueblos antiguos ni modernos. No es nuestro ánimo, pues, al pintar las desarregladas costumbres de un mal religioso, ni el abuso que hace de su ministerio, indicar del modo más remoto alguna idea irreverente hacia la religión ni hacia ninguno de ambos cleros, cuya piedad íntimamente veneramos. Sólo hemos querido hacer el natural contraste entre los defectos de éste y las virtudes religiosas que según nuestras cortas luces hemos pintado e iremos pintando en otros eclesiásticos que tienen parte en esta narrativa.

Para practicar, pues, su proyecto, Pedro Facundo, llamó a Sevilla al padre Narciso, aquél a quien en un momento de precipitación había Carlos herido. Este buen hombre, cuyo aborrecimiento hacia nuestro héroe y su bien amada puede con facilidad imaginarse, había casado muchos años al servicio de los alquimistas. No era grande favorito de sus secretos señores, a causa de cierta tendencia que naturalmente tenía el reverendo de obrar por sí y para sí cuando quiera que le venía la ocasión a las manos. A pesar de eso, era uno de los mejores muelles que tenían los alquimistas en sus máquinas, tanto por la intimidad de sus relaciones con gente libre y activa, como por su acreditada astucia, su valor y su arrojo. Cubría el reverendo estas cualidades con una grosera, aunque generalmente eficaz hipocresía. Su ánimo, así como sus modales, eran ordinarios, y no había que temer que vanos escrúpulos ni melindres le hiciesen desistir de ninguna de aquellas empresas, ante las cuales hubieran vacilado los de refinada intriga, Facundo y compañeros. Éstos enteraron al tremendo fraile de su misión, mandándole fuese a verse con la abadesa de nobles.

Había conservado la dama a que nos referimos, siempre y a través de todas sus aventuras mundanas, cantidad crecida de superstición, su parte no escasa de orgullo, y una porción perceptible de mojigatería. Era, por tanto, amiga peligrosa y temible enemiga. No amaba la abadesa la sociedad de Isabel extraordinariamente, ni era de esperar que una viuda de su genio y años admirase con sinceridad a una muchacha tan hermosa e interesante como Isabel. Tenemos los españoles, entre otras gracias, la de poner apodos a todas las virtudes y a todas las buenas prendas, como si fuesen nuestras enemigas irreconciliables, honrando a los vicios con altos y halagüeños epítetos. Si un hombre es valiente, decimos de él que es pendenciero y vano, y que se tiene en mucho; si generoso, le llamamos despilfarrador; al de carácter sencillo y franco, le decimos bobo; a la mujer hermosa, sin aguardar a que incurra en desliz alguno, se califica de coqueta en nuestros días, de libre, ligera y loca en los antiguos; por el contrario, si desnudo de todo sentimiento de honor, de todo decoro y dignidad personal, a costa de inmundas adulaciones y vergonzosas bajezas, logra un malvado un empleo en que puede robar el tesoro público, y enriquecerse del sudor de los que pagan las contribuciones, se dice de él que es hombre de mucho mundo, y que sabe más que las culebras, pero en buen sentido. Mas..., perdone el lector que se nos vaya la pluma, y que pasemos de historiadores a moralistas. Nuestro ánimo era decir sencillamente que no tiene una joven mayor enemigo que su belleza cuando la rodean añosas y presumidas dueñas, o jóvenes menos lindas. No obstante, empero, la antipatía de la abadesa hacia su huésped, confesaremos en justicia que reprimía cuando llegaba a conocerlos sus adversos sentimientos, haciéndose firme protectora de la razón.

-Su situación de usted, querida mía -decía la abadesa en familiar interlocución con nuestra heroína- exige un director espiritual. Yo tengo escogido, según mis cortas luces, un varón docto y piadoso que me ha sido eficazmente recomendado, y que espero podrá conducirla a usted, querida mía, por el buen sendero en la peregrinación de la vida.

Dio Isabel las gracias a su bondadosa abadesa, pensando prepararse aquella noche con la confesión para el sacramento del siguiente día. Supongo que sabrá ya el lector que están de tal modo dispuestos los confesonarios de las monjas, que no pueden verse entre sí los confesores y las confesadas Isabel casi se desmayó de horror cuando oyó distintamente la voz y reconoció el estilo del padre Narciso. Resolvió no continuar la penitencia, y quedaron las madres escandalizadas al oírle decir con tanta gravedad y reposo como firmeza que no seguiría la confesión con aquel sacerdote. Creció la murmuración y se aumentó el escándalo al circular entre las monjas desfigurados motivos a que el padre Narciso atribuía aquella conducta, rumores que aumentaban su malignidad y recibían agravaciones de portentoso tamaño al pasar de boca en boca.

En consecuencia de esta oposición, y de las escenas que produjo, suplicó a Isabel la abadesa se abstuviese de salir de su cuarto, y de comunicar con las monjas, hasta tanto que recibiese respuesta de una carta que sobre el asunto había despachado a su sobrino de Grañina. Si no hubiese sido inexorable la abadesa en materias de prerrogativa y amado mucho a su sobrino, tal vez hubieran logrado los alquimistas sacar a Isabel de su asilo en aquellos momentos de excitación; pero la noble viuda se lisonjeaba con la esperanza de aumentar el número de las esposas de Cristo con la adición de su huéspeda, dedicando todos sus ratos desocupados al logro de tan santo objeto.

Las precauciones adoptadas con el fin de incomunicar a Isabel no habían sido suficientes para prevenir su correspondencia con Carlos. Entre la imaginativa fecundísima de Chato, que para todo hallaba tiempo, y la ternura de la portera, que para todo hallaba trazas, se había abierto un canal por donde fluían secreta, pero libremente, los pensamientos de ambos amantes, y mitigaba sus sentimientos el placer de contárselos. La marquesa del E., dama de celebridad en los anales del general Landesa y en los nuestros, no era la persona que menos instigaba a la abadesa a proseguir sus planes en beneficio de la felicidad espiritual de Isabel. Aquella noble dama deseando, tal vez, la mutua felicidad de los amantes para cuando pasasen a la otra vida, se había encargado de la molesta comisión de intervenir abiertamente en sus asuntos. Visitó a Carlos dos o tres veces en la cárcel, y buscaba sin cesar hasta las ocasiones más remotas para influir en que quedase separado de su querida completa y prontamente. Una persona maliciosa hubiera sospechado de la asiduidad y eficacia de la marquesa, que bajo su rostro grave y sereno ocultaba un corazón herido hasta lo vivo por la pasada indiferencia del caballero, y que los celos, y el amor propio mortificado, eran la verdadera caridad de sus acciones.

Dos meses habían transcurrido desde la prisión de Carlos, cuando empezaron a esperar los alquimistas que lograrían dar a su causa un fin desastroso. Acallar sus labios para siempre era de la mayor importancia para estos señores, cuyos secretos había penetrado por tan extraños medios. Tampoco conocían cuáles fuesen éstos, ni podían afirmar siquiera que fuese Carlos el libertador de Isabel, pues ésta había constantemente rehusado conceder ni aun a su abadesa que hubiese estado detenida en poder de los alquimistas. Quizá ella misma no lo sabía. Contestaba a las preguntas que sobre el asunto le hacían, que atraída a una casa extraña, la aprisionaron en ella unos hombres enmascarados y otros vestidos de lacayos, que la habían tratado con mucho decoro y bondad en la prisión, y que por la misericordia divina se había visto libre sin saber cómo. No quería faltar a la discreción en este particular, por no comprometer con sus palabras a Carlos. Los alquimistas, empero, sabían que los que no eran por ellos eran contra ellos, y habrían agotado su poder para destruir un dudoso enemigo. La firmeza y rectitud del señor de Bruna eran otras tantas barreras que ni los mismos alquimistas podían allanar. Una multitud, empero, de testigos y documentos falsos, una fingida correspondencia entre Carlos y el Niño (Diego Corrientes), y diversas acusaciones de las más infames que habían tenido modo de introducir en el proceso del modo subrepticio que acostumbraban, inclinaron la balanza de la justicia, y emponzoñaron el curso de los procedimientos.

La marquesa del E., para hacerle justicia, pues aspiramos al dictado de Arístides de los novelistas, y debemos dar a cada uno lo que es suyo, según el precepto de «dad al César lo que es del César», la marquesa, decimos, no tenía parte en estos infernales artificios. Al contrario, cualesquiera que fuesen sus motivos, se mostró en diversas ocasiones tan compasiva hacia Carlos, que los dichos señores se alarmaron, reservando de allí en adelante a la marquesa cuanto decía relación24 a nuestro caballero.

En medio de todos sus infortunios, tenía Carlos el consuelo de que no se hubiese descubierto su correspondencia con Isabel. Una noche que se hallaba ésta, por causas que van después a referirse, sumergida en angustia y desconsuelo, con ardientes lágrimas invocaba la benigna protección de la Santísima Madre. Se le había dado a entender que era necesario que tomase sin tardanza el velo de las esposas de Dios, vínculo más indisoluble que los votos mismos del matrimonio, o que se preparase para ser transferida al santo tribunal de la Inquisición, adonde aprendería la doctrina, la obediencia y el desprecio de los goces mundanos. De ambos modos perdería a Carlos para siempre. Se acordaba en su calamidad de que él, su solo amigo, su solo protector, estaba en un calabozo, que se acercaba el día en que su causa había de verse, y que estaba su vida en peligro.

Contemplaba el cáliz de amargura que ante los ojos tenía; le veía rebosar, y sólo el árbitro supremo de las cosas podía disminuir su contenido. Sola y rodeada de enemigos, había consultado a Carlos sobre tan duro dilema. ¿Qué debería hacer? No le quedaba alternativa entre la inquisición y el velo.

Devorada por esta perplejidad y agonía, continuaba sus oraciones, cuando una criada le trajo su cena en un canastillo. Con la agitación que puede imaginarse tomó al salir la criada un panecillo, lo abrió, y encontró dentro un papel que mil veces llevó a los labios y a la abrasada frente, y sin osar abrirlo, se sentó de nuevo y lo regó con copiosas lágrimas. ¡Tan terribles anticipaciones herían su ánimo! Le faltaba audacia para determinarse a saber la verdad. La causa de Carlos había últimamente tomado aspecto tan temeroso, que por mucho que desease saber sus progresos, carecía de ánimo para romper el sello que ocultaba el secreto. Un frío mortal sucedió a la excitación primera, y, al fin, abrió el ominoso papel con trémula mano.

«¡Ídolo de mi alma! -decía Carlos en el lenguaje enfático de los amantes-: el poder divino que preside sobre nuestra suerte te ha decretado una separación eterna».



Isabel no pudo leer más. Cayó agobiada de dolor, y por muchos minutos estuvo privada de sentido. Fortificándose con la oración, leyó al fin la carta de Carlos, que parecía confirmar sus aprensiones, dejándole, como en legado funeral, el amor y afecto de su tutor, y aconsejándole que en la alternativa horrorosa en que se veía, antes mil veces tomase el velo con las vírgenes esposas de Jesús, que sufrir la infamia de ser juzgada en los tribunales de la fe. Sobre todo le pedía Carlos que se armase de fortaleza, que se aconsejase del cura de Aznalcóllar y con el señor de Grañina, y confiara en la felicidad y consuelo que se dignaría concederle aquel juez clementísimo ante cuyo tribunal quizá sería su suerte presentarse pronto.

No pudo Isabel permanecer por más tiempo en la posición en que se hallaba. Guardó maquinalmente el billete, y antes de llegar a su lecho cayó agitada con una convulsión violentísima. Cuando volvió a entrar la criada, gritó sorprendida, imaginando que Isabel estuviese muerta. Se mandó llamar sin dilación al médico del convento, aun cuando a fuerza de espíritus había vuelto en sí antes de que llegase. Se le atendió con la mayor ternura y cariño toda la noche, y para no molestar más a las atentas y bondadosas hermanas, dijo al otro día que ya se hallaba buena. Pasó muchas horas en amarguísimas meditaciones, leyendo mil veces la carta y comentándola sin fin. Cada una de sus sentencias, cada palabra suya daba una idea de muerte. La melancólica intensidad de las reflexiones de Isabel le causaron delirio de temibles síntomas. Pasó tres días en cruel y aguda lucha mental, de que se recobró gradualmente por su buena constitución y eficaz y cuidadosa asistencia. Desde lo más profundo de su aflicción levantó al cielo sus pensamientos, y su piedad fue premiada. Cesaron las convulsiones y el delirio, y quedó entregada a una especie de melancólica felicidad. En su convalecencia le preguntó la abadesa si estaba ya decidida a profesar. Isabel contestó que le eran indiferentes todos los sucesos futuros, que su sola plegaria era llegar por la más corta vía, si tal fuese la voluntad del Altísimo, a aquella mansión adonde los malos cesan de vejar y los que están fatigados descansan. Con estas palabras dirigió una vehemente, pero incierta mirada a la abadesa, y el pálido semblante le reclinó sobre el pecho.




ArribaAbajoCapítulo VII

No.- Si la luz de la razón no se hubiera disipado y dejádote en tinieblas, tú tenías un amuleto en la querida imagen grabada en tu corazón.

Con las manos cruzadas, los labios pálidos y entreabiertos, estaba la virgen contemplando el velo.


(LALLA ROOKH.)                


El día señalado para la celebración del religioso rito que había de separar a Isabel para siempre del mundo y de su amante, estuvo concurrida hasta no poder más la iglesia de nobles madres. Las devotas de los alrededores acudían al santo sacrificio en numerosas bandas, empujándose y descodándose en el templo para obtener una posición ventajosa. A las once de la mañana empezaron ya los monaguillos a encender las muchas velas distribuidas simétricamente por altares, rinconeras y cornisas. También resplandecían en el presbiterio tres o cuatro docenas de lámparas de plata, suspendidas de ricos y gruesos cordones de seda. Cien canarios gorjeaban, entre tanto, en dulces trinos desde sus jaulas de dorado alambre. Poco después el estruendo de varios pesados carruajes que a la puerta se oían indicaron que empezaban a llegar los patricios. Muchas familias de nobilísimas personas de ambos sexos ocuparon los lugares que les estaban destinados, dejando a la puerta sus lacayos y cocheros cargados del oro y plata de sus libreas. Los canónigos y cabildo eclesiástico, el gobernador militar, las autoridades civiles, todos estuvieron convidados al divino esponsorio, en que el arzobispo había condescendido en oficiar como sacerdote y la marquesa del E. como madrina.

No era, por supuesto, el rango ni cualidades personales de Isabel los que tanto estímulo causaron el día de su profesión; la de cualquier otra joven hubiera sido igualmente honrada, pues considerando el crecido número de monjas que había en aquel tiempo en España, una profesión pública era un acto de rarísima ocurrencia. Para interceptar la vívida brillantez del día se corrieron cortinas de seda verde por todas las claraboyas y ventanas de la iglesia; y las numerosas luces artificiales que dentro de ella había reflejando sus rayos en miles de bruñidos espejos, la llenaban de hermosura y mágica transparencia. Se oyeron algunas notas músicas en el coro superior, y poco después llenó los aires un raudal de sagrada música, divirtiendo, ya que no absorbiendo, los sentidos de los piadosos oyentes.

Cesó la música, y de una de las puertas laterales al altar mayor salieron seis mancebos vestidos de púrpura y blanco lino, con ciriales de plata en las manos, los cuales, formando una línea frente al altar mayor, se arrodillaron e inclinaron a tierra la cabeza. Siguieron seis diáconos vestidos de blancas y ondulantes ropas con sus estolas, e incensarios de plata vertiendo ante el altar deliciosos perfumes, que ascendían en rizadas guirnaldas de leve azul y transparente humo. También se arrodillaron, dejando lugar para otros seis eclesiásticos, cuyas ropas cubiertas de brillantes bordaduras y encajes indicaban que perteneciesen a un rango más alto del orden sacerdotal. Uno de éstos llevaba una maciza batea de plata con dos vinajeras de oro sobre ella. Otro, un jarro de plata lleno de agua, cubierto con un paño de delgadísimo lino, que caía con ambas partes, imitando con prolijos pliegues las alas de un pájaro. El tercero llevaba una palangana de plata para la purificación. Los misales, soberbiamente encuadernados en terciopelo carmesí, los conducían otros dos sacerdotes, seguidos por el último con el cáliz cubierto de blanquísima seda y oro. Todo se fue depositando solemnemente en varios sitios del altar.

La armonía del coro resonó de nuevo como si llamase con sus cadencias la atención de los fieles a la memoria del Redentor divino, preparando sus ánimos para ver la repetición de aquel grande sacrificio que lavó los pecados de la humanidad, y abrió las hasta entonces cerradas puertas del cielo.

Con imponente gravedad se presentaron luego dos prelados vestidos de riquísimas albas cubiertas de encajes y casullas de raso liso blanco bordadas de oro y tachonadas de deslumbradora pedrería. El arzobispo, vestido del mismo modo, se presentó el último, con su mitra y dorado báculo, y el anillo del pescador destellando luz desde su índice. Doce caballeros de los más distinguidos de Sevilla acompañaban al arzobispo. Se situaron alrededor del altar en sillones cubiertos de terciopelo bordado de oro.

La marquesa del E., rodeada de una galaxia o rutilante cortejo de nobles damas, entró después por la puerta de enfrente en calidad de madrina de Isabel, que cubierta de las más ricas sedas y cendales que producir sabían los ingenios valencianos o los telares de Sevilla, lentamente se presentó en el templo entre la marquesa y otra señora de título. Los profusos y sedosos rizos de la cabellera de Isabel, negros como el azabache, parcialmente sombreaban una corona de trémulos brillantes que decoraba su frente. El cuello, blanco como la tez de la azucena, ceñido por una cadena de perlas, de donde una riquísima cruz iba suspendida, y reposando sobre los medio descubiertos pechos. Los anchos y multiplicados pliegues del ropaje bajaban desde la estrecha cintura por entre festones de rosas. Desnudo llevaba el brazo, excepto desde la mano hasta donde alcanzaba el guante de blanca cabritilla. En las cruzadas manos resplandecía un crucifijo de oro.

Todos los ojos se fijaron en Isabel; pero el número de las luces, y más aún la dorada reja que separaba el presbiterio del resto de la iglesia, impedían que pudiese verse desde afuera más que la forma de la joven, que pálida, abatida y casi fuera de sí, se adelantaba, no obstante, con firme paso hacia un soberbio dosel de seda blanca con franjas de oro que le estaba destinado. Su madrina y otras señoras ocuparon sofás no menos suntuosos puestos alrededor del dosel.

Entregando el báculo a uno de los diáconos levantó el arzobispo los ojos y las manos al cielo, y empezó la misa. Acabado el Evangelio, los caballeros, precedidos por los diáconos, fueron a la puerta de la sacristía a recibir y acompañar al púlpito un descalzo capuchino que subió a él con trémulo paso. Cubría el pecho del religioso su blanca barba: el pálido y descarnado semblante daba pruebas de su penitencia; y la piedad de su discurso anunciaba que era un benigno pero fervoroso cristiano. El calor de la religión animaba su pecho y resplandecía en sus palabras. Lloraba el público sus pecados, y ofrecían los hombres que le escuchaban sus corazones al cielo, puros, sin disfraz, y heridos del dolor del arrepentimiento. Habló de la virtud de la castidad, ensalzando con frecuentes alusiones a la madre de toda pureza, el especial amor con que el Hijo del Eterno se deleita en la mística hermosura de sus esposas.

Acabada la misa observó la marquesa del E. que Isabel se había desmayado. Un confuso tumulto que se observó en el mismo instante hacia los pies de la iglesia lo atribuyó la noble madrina a otra causa semejante, y aplicando un poco de elixir a su ahijada, logró que se mejorase, y aunque extremadamente pálida, la hizo aproximarse al altar.

Después de varias misteriosas ceremonias, le preguntó el arzobispo con mucha afabilidad a nuestra heroína, si consentía en renunciar para siempre al mundo, y hacía libre voto a Dios de no salir de aquellos claustros, y pasar en ellos la vida en constante retiro y penitencia como esposa digna del Señor. No se oía una voz en la iglesia. Los labios de Isabel no rompían, el solemne silencio. Repetida la pregunta, resonó, al fin, el esperado «¡Sí!», que en vez de su ahijada pronunció la marquesa del E.

Entonces pasó nuestra heroína a manos de las otras damas, que con graves ceremonias comenzaron a despojarla de sus ornatos. En medio de este rito externo, Isabel, como si volviese de un profundo letargo, o acabase en aquel punto de reunir sus fuerzas y ánimo, gritó, en resuelta voz:

-¡No! ¡No! No puedo hacer un voto que mi corazón repugna y que resiste mi alma. ¡Señor arzobispo! ¡Nobles caballeros! ¿No habrá entre tantos quien proteja a una infeliz, víctima de persecuciones que penetran hasta en este santuario? ¿Quién, por el amor de Dios, me librará de los tiranos?

Ya puede conjeturarse la sorpresa, horror, indignación, ansiedad, y lástima que se verían en todos los rostros. El arzobispo retrocedió de su lugar con involuntario movimiento, los otros clérigos abandonaron también la apática santidad e indolencia del rostro. Todos quedaron llenos de admiración en la iglesia, menos la marquesa del E., que con semblante compuesto y suave voz dijo que padecía su ahijada de algún paroxismo que no debía interrumpir la ceremonia. Este y otros argumentos de la noble dama habían ya casi persuadido al arzobispo, cuando se adelantó el marqués de Campo Sereno, el más anciano de los caballeros presentes y general de mucho crédito, e intervino en favor de Isabel. Era el arzobispo prelado de suma integridad y corazón verdaderamente caritativo; y al oír las razones del venerable marqués de Campo Sereno, mandó que volviese Isabel a su celda; y se resolvió interiormente a tomarla bajo su amparo.

Obedeció en esto, hizo el arzobispo un breve discurso a la congregación, para mitigar, si era posible, el escándalo que pudiese resultar de aquella circunstancia. Salió al punto la gente de la iglesia; los hombres, parándose a la puerta en círculos para hablar de aquel asunto, las mujeres llevando que contar a sus casas la nueva de aquella sin par maravilla.

Despejada ya la iglesia, tuvo el arzobispo más de dos horas de conferencia con Isabel. Después pasó a consultar a la abadesa, y salió, al fin, del convento dejando orden para que no se impidiese de modo alguno la comunicación de Isabel con un anciano sacerdote de su comitiva, que le dejó de director espiritual. Era este eclesiástico confesor del arzobispo, y varón muy cristiano, virtuoso y prudente.




ArribaAbajoCapítulo VIII


   Duró apenas su cólera un momento;
si durara otro instante, sofocado
la hubiera su amargura: parecía
el iracundo acceso, en trance infando
vislumbre del infierno pasajera:
¿Qué la enérgica bilis, qué hay más alto
magnífico y sublime?, aunque espantosa
a la vista cual suele el océano
las breñas combatiendo, es noble y grande
para verso y pincel. Del pecho airado
relámpagos ardientes, las pasiones
brillaban en su rostro, fiel retrato
de la tormenta y bella y viva imagen.
¡Muerte!, ¡muerte!, gritaba: ¡horror! ¡espanto!
Mas de sangre la sed y de venganza
dos raudales de lágrimas templaron.


(Traducción o imitación de un autor moderno.)                


Había gozado Carlos en la cárcel muchas consideraciones y conveniencias, debidas a la influencia del señor de Grañina. Hasta aquí llegó la protección de este caballero, que habiendo salido de Sevilla en una comisión militar de mucha importancia y trabajo poco después de la prisión de nuestro héroe, no había tenido ocasión de hacer más por él.

A poco de las escenas descritas en el último capítulo, se presentó Chato en las puertas de la cárcel, y como de ordinario, obtuvo permiso para ver a don Carlos. Le encontró deseosísimo de saber nuevas de Isabel, y de si había logrado Chato hallar nuevos medios de facilitar su interrumpida correspondencia. Chato, después de un preludio de los suyos, habló así:

-Me iba yo acercando, como digo, hacia el convento de las monjitas a ver si podía ablandar el corazón de aquella santa portera, cuando al llegar a la puerta, ¿quién se me había de cuadrar al frente sino el escribano de Aznalcóllar? A ése lo tengo yo sentenciado por ciertas sospechillas que de él me danzan por la cabeza a no dejarlo en paz cuando me caiga a la mano hacerle guerra. Con esta intención seguí a su merced, que depositó sus zancadas e interminables piernas y pescuezo en mitad de la iglesia. Había gente que era aquello ahogarse; pero tuvo el fiel de fechos la buena fortuna de quedárseme junto. Cuando estaba yo ya cansado de rezar, lo cual sucedió poquísimo después de haber entrado, ya no pude yo salir; tanta era la concurrencia que había para ver a su ilustrísima el señor arzobispo decir misa de pontifical para la profesión de una monjita. Con la calor, la gente y el incienso, empecé a adormilarme, y me hubiera quedado como un pajarito a no haberme puesto el diablo en las manos un hilo bramante y aguja que tenía para coser mi túnica de ermitaño. Como estaba así amodorrado para el caso, sin saber casi lo que me hacía ni pensar en ello, le cosí al escribano la capa por un lado a la basquiña de una beata, y por el otro lado al sayal de otra beata. Viendo lo que había hecho, me puse a bregar para separarme de allí, y pude, al fin, lograr ponerme detrás de una columna, desde la cual alcanzaba yo con la mano al notario sin que nadie me viera. ¿Qué hago? Cambio la posición de la aguja, y suavemente se la meto a mi amigo por el mollero del brazo. Imagine su merced el respingo que pegaría. Ni su caballo junto al puente de Triana. Cuando le vi ya quietecito y repuesto, se la introduje con mucho saber por las asentaderas, de modo que le hice levantar una vara del suelo, y dar de boca con las dos beatas que tenía cosidas a la capa. Empezó a luchar para escapar de allí, y a bracear como quien pierde pie y se ahoga, y tira y jala, arrastrando en pos de sí a las dos beatas de modo poco decente, que era una compasión. Ocupado con estas cosas, no veía yo, por supuesto, nada de lo que pasaba en el presbiterio. Un, ¡ay!, profundo que de allí venía llamó mi atención, y pude distinguir a la marquesa del E., y oír su voz, aunque sin entender lo que decía. Esta señora se dice que es la futura del general Landesa, a quien usted vio aquella noche en casa de los alquimistas por el agujerillo de la llave. El general quiere repudiar la pobreza con quien está ahora casado, y contraer segundo matrimonio con el mayorazgo de la marquesa. Lo que es yo, por mi parte, creía que ya estaba la buena de la señora está en el otro mundo, porque ha de saber usted, pero esto en secreto grandísimo, que a la mañana siguiente de haber usted escapado de en casa de los alquimistas, le escribí yo un billetito a la marquesa, imitando, por más señas, la letra de molde, y diciéndole que el general pensaba pasar por tal parte la noche inmediata, a tal hora, con la más hermosa niña que los cielos cubrían, y yo la vi aquella misma noche disfrazada y expuesta a la lluvia, de lo cual le resultó un resfriado que era de temer no levantase más cabeza. Pero volviendo a nuestro cuento, allí estaba, y de madrina, porque había profesión, y la nueva hermana era mi señora Isabel.

-¡Cielos santos! -exclamó Carlos con mal reprimida agonía, y se dispuso a oír la continuación de aquella triste narración, resignando sus esperanzas en manos de la Providencia. No tenía ya esperanzas ni aun remotas de que se terminase favorablemente su causa; y aun cuando sólo fuese la sentencia de destierro o presidio, produciría su separación de Isabel. ¿Cuánto mejor era, pues, que quedase protegida por el claustro, que abandonada y sin amigos ni protectores?

-Mi señora Isabel -prosiguió Chato- imploró con lágrimas el amparo del arzobispo y de los caballeros. Yo maquinalmente saqué mi puñal en su favor... ¡Dios me perdone usar de armas en la iglesia!

En este punto del diálogo, mientras el corazón de Carlos rebosaba de gozo, de amor y de pesar, los cerrojos externos de su puerta resonaron, y un momento después entró la marquesa del E. No puede expresarse la sorpresa de Chato al ver tal visita. Hizo, sin embargo, una reverencia, y dejó respetuosamente el calabozo.

Distraído cual lo estaba, y presa de agudísimos sentimientos y reflexiones, tuvo Carlos que revestirse de cierto grado de violenta compostura para recibir a la marquesa. No sentía esta ver a Carlos en situación tan crítica; así tendrían más valor los pasos que por él pensaba dar. Se sentó junto a la silla del caballero, y modelando su previsión por sus deseos, imaginó que causaba el aparente desorden mental de Carlos su falta de resolución para declararle aquella ternura que su excesiva bondad debería ya haber encendido. Triunfaba la dama anticipadamente, y aun meditaba si haría dichoso al caballero desde luego, o si le haría padecer antes su crueldad y sus desdenes. Conoció, empero, que una severidad extremada conviene poco a aquellas hermosas que han vivido ya más de medio siglo entre los peligros y vicisitudes de este pícaro mundo. Carlos, entre tanto, no se mostraba dispuesto a entrar en semejantes tópicos; y la impaciente marquesa, irritada de su timidez, e incapaz de sufrir por más tiempo tales dilaciones, determinó animarlo un poco.

-No puede ocultarse -dijo toda mimosita y haciendo con el abanico mil monadas- a un caballero de tanta penetración como usted, ¡ay!, la mucha simpatía -esta palabra la pronunció de modo que le hubiera granjeado infinitos aplausos en el teatro del Príncipe-, el afecto con que le he mirado a usted siempre, desde el malhadado instante de nuestra primer entrevista. Desde entonces, ¡ay de mí!, ¿tendré que confesarlo?, mi imaginación no ha tenido otro objeto en las horas del sueño ni en las de vigilia... ¡Ay! Perdone usted mi sensibilidad, hermoso mancebo... Yo me he resuelto a huir de tan peligroso amigo... ¿Cuántos sacrificios no haría por usted la que así compromete su dignidad... su decoro... ¡Sí, Carlos!... Yo estoy apasionada... ¡Cielos! ¿Qué he dicho? ¿Así hago traición a mi pecho?

Estaba Carlos como quien ve visiones. Mientras los rugosos y plegados labios de su hermosa conquista exhalaban la última exclamación, mientras con acorchados y marchitos dedos se apoderó de una mano del joven y la apretó suavemente; se cubrió por vía de énfasis el encendido rostro con el abanico. Luego continuó muy agitada:

-¿Pero ha de dejarse vencer así una dama de mi rango por pasiones, aunque tiernas, tal vez culpables?; ¡No! ¡Nunca se dirá de mí!

Y con esto abandonó la mano de Carlos.

Aún estaba el caballero inmoble y como petrificado. Nunca esperó ni remotamente haber sido actor de tan singular comedia, y le cayó encima, por decirlo así, el amor de la marquesa, súbito y cortante como una tormenta de granizo. La enamorada dama se levantó repentinamente y llegó hasta la puerta. La ternura interrumpió su fuga. Si Juan Jacobo Rousseau nos prestara su pluma sentimental, o Rafael el pincel maravilloso con que hermoseaba los monstruos, pintaríamos la tempestad que agitaba el pecho de la marquesa. En nuestra sencillez nos contentaremos con decir lo que pasó exteriormente. Volvió preguntándose a sí misma en un aparte de teatro:

-¿Por qué seremos las mujeres tan débiles?

Y viendo que no manifestaba Carlos poseer erudición bastante para resolver tan grande problema, continuó la dama con un gesto parecido a los que hacen las gentes cuando lloran:

-¡Adiós, Carlos!

-Sea usted feliz. Si alguna vez mi memoria...

Pero no pudo continuar. La inmovilidad constante de Carlos resfrió su elocuencia. Desengañada y herida profundamente en su amor propio, pasó la marquesa con transición instantánea del seno de la blandura al más exquisito paroxismo de ira. La vejación casi, casi sofocara a su señoría:

-¡Monstruo! ¡Monstruo! -exclamaba sin resuello y desesperada- ¿Cuándo pudo usted esperar que una señora de mi calidad le hablase una palabra que no dictasen la compasión o el desprecio?

Y diciendo así se desmayó de veras. Estos sucesos, aunque su descripción es larga, pasaron en pocos instantes. Carlos, el hombre menos a propósito de España para salir airoso de tal compromiso, sustentó a la señora en sus brazos, le roció el rostro con agua, operación en que anduvo indiscretísimo por habérsele quedado impresas las gotas en las mejillas cual si fuesen milagrosas, y últimamente, tuvo la inadvertencia de tocar la campanilla, como pudiera hacer un rústico, para pedir auxilio. Entró el carcelero, y salió con él la dama vuelta en sí.

-Una de las más extrañas aventuras -dijo Carlos frotándose los ojos para asegurarse de si estaba o no despierto- que jamás le han sucedido a persona humana. Esta buena señora debe de sufrir, precisamente, extrañas aberraciones de ánimo, o no estoy yo en mis sentidos.

Mientras Carlos conjeturaba en esta guisa, juró en su resentimiento la marquesa venganza contra el malvado caballero, y sin dar tiempo a la meditación, se encerró en el interior de su estupendo coche, cuya caja no era mayor que una capillita. Se movía este vehículo lentamente por los esfuerzos de cuatro poderosas mulas, y según la guía de dos cocheros vestidos de interminables casacas, o más bien túnicas de librea, y cubiertos con sombreros de tres picos proporcionados al tamaño de la carroza. Este complicado y ambulante edificio se dirigió con atronador estrépito (como es de suponer en una casa que va de viaje) hacia la del señor de Bruna, en cuya puerta hizo alto.

El tamaño del hombre físico del señor de Bruna era notablemente reducido; su opinión de las franquicias y prerrogativas de su empleo grandes en proporción contraria. Su carácter, firme y decidido; sus modales, repulsivos y llenos de aspereza, cuales suelen acompañar al celibato. Se consideraba la marquesa profunda conocedora de las rarezas y peculiaridades de este solterón regañador, y estaba persuadida de que si alguna vez era posible que llegase a dirigir su conducta por los deseos ajenos, sería para obrar en contradicción de lo que se le había pedido.

-Debe un juez íntegro -repetía con frecuencia el señor de Bruna- imitar a la sombra, que va siempre en dirección contraria del sol, cuando personas poderosas y eminentes quieren intervenir con sus deberes y prescribirle el modo de cumplir sus obligaciones.

Resuelta a perseguir su predeterminado proyecto contra Carlos, entró la marquesa, antes de tener tiempo para refrescar su mente, en casa del magistrado. El señor de Bruna bajó la mitad de la escalera para recibir a su noble visitadora, le hizo una profundísima reverencia, como era loable costumbre de nuestros antepasados, y le dijo que le besaba los pies con voz sumisa y galante.

La dama contestó con remilgadísima cortesía, y aceptó con la siniestra la derecha mano del juez, y ambos subieron lo que de escalera quedaba, y entraron en el estrado haciendo tantos ademanes y contoneos, tan estirados y serios como si fueran bailando el minué de la corte.

Después que hubo el señor de Bruna regalado los oídos de la marquesa con mil cumplidísimos e intrincados cumplimientos, sus ojos, enseñándole repetidas veces la coronilla de la empolvada peluca, y todo su cuerpo, en fin, con el descanso de un blando sofá, empezó así la dama con melodiosa voz y dulce sonrisa:

-Supongo, presidente, que he logrado sorprenderle a usted.

Y el juez, haciendo nuevo alarde de la coronilla de su peluca.

-Sí, así es, marquesa: no pudiera haberme sorprendido visión más agradable.

-Vaya, vaya, presidente, al fin me hará usted creer es justa y bien ganada la opinión que goza de galán y fino entre las damas sevillanas.

-Seguramente que la merezco, y mucho, si esa opinión y fama se limita a pintarme como su más ardiente, pero humilde admirador. Al mismo tiempo me es forzoso confesar, marquesa, que soy tan tierno de corazón como desgraciado.

-Muchísimo lo siento, presidente -replicó la dama con afectada incredulidad-; pero siempre merecerán las niñas de Sevilla esa queja menos que usted su buena fama. A mí, por mí parte, me dolería mucho la crueldad de mis paisanas, pues que yo vengo expresamente a pedirle a usted misericordia.

-Siempre, marquesa, es dulce para mi alma la fragancia de la misericordia, y lo sería aún más si por usted la ejerciera.

-Veremos, presidente. Acepto esa palabra con gratitud extrema, y espero que mi intercesión conducirá a buen éxito la causa de un caballero joven que se halla hoy en la cárcel pública.

Al nombre de cárcel, la última sonrisa del juez se convirtió en rígida compostura, endureciéndose, además, la expresión de su rostro hasta llegar a una seriedad repulsiva que parecía la personificación de una sentencia. En tan severo ademán replicó así a la dama:

-Debo recordarle a usted, señora marquesa, que por desgracia no está en mis facultades conceder esa petición. Yo no tengo autoridad para otra cosa que para hacer cumplir la letra, cuando más el espíritu de la ley. Ni puedo disminuir ni aumentar sus efectos; y cuando la ley fuese de algún modo ambigua, o dejase cabida a la equidad, es obligación mía ser antes misericordioso que cruel. Antes eviten cien criminales la vindicta de la ley, que permitir la sufra una sola cabeza inocente. Por esta máxima, a que yo me adhiero sincera y constantemente, verá usted, marquesa, que hasta la misericordia que suelo yo emplear con los acusados es poco graciosa, pues que podría no emanar libremente de mis pensamientos, sino de mis más sagradas obligaciones.

-Deponga usted parte de esa severidad, presidente -dijo la marquesa con hechicera sonrisa-, hasta conocer, por lo menos, la persona en cuya suerte me intereso. ¿Puede usted en razón rehusar su favor a mis buenas intenciones, sin conocer siquiera la persona a quien se refiere?

-Si es preso, señora marquesa, recibirá justicia. La ley debe proteger con igualdad a todos los hombres.

-¡Ojalá fuera así, presidente! Dice la fama, que sus juicios de usted están siempre dictados por la imparcial justicia; pero yo creo, y perdone usted una opinión de señora en materias de legislación, que los crímenes no han de castigarse todos con igual severidad. ¿Quién no ve, señor presidente, que los impensados errores de un ánimo juvenil merecen más compasión que los fríos y premeditados delitos de los años maduros?

-El hombre, señora marquesa, no se madura nunca, ni es nunca sabio, ni perfecto. Todos somos frágiles, y la ley ha proveído misericordiosamente en favor de la fragilidad humana. Si usted, señora marquesa, se tomara la molestia de examinar los motivos y objetos que en sí tienen los castigos, vería que no necesitan menos represión los crímenes de la ignorancia; ni son menos nocivos para la república, que los que comete la más emponzoñada perversidad de corazón. La ley de España habla, empero, de circunstancias paliativas, de grados de probabilidad y otras cosas, y el preso a quien usted protege nada tiene que temer, yo le aseguro a usted bajo mi palabra, del administrador de la ley.

-Nunca he podido yo dudarlo ni por un momento, señor de Bruna -replicó la dama; y con la benévola intención de irritar al juez más de lo que ya lo estaba, continuó sus peticiones, confiada en inspirarle al magistrado cuanto odio fuese posible contra Carlos-. Perdone usted, presidente -le dijo- si aún insisto en hablar en favor de este joven. La excesiva clemencia es la falta que con más facilidad perdonaría usted en una mujer.

-Yo creo que sea la conmiseración -contestó el juez, componiendo sus facciones hasta formar una especie de sonrisa como la que proviene a veces del dolor de muelas- una de las prerrogativas más amables de las señoras. ¿Cómo se llama ese preso que tiene tan persuasivo abogado?

-Don Carlos Garci-Fernández.

-Le conozco personalmente, y doy a usted mi palabra de que no olvidaré su recomendación.

Dio la marquesa las gracias al cortés magistrado del modo más expresivo, empezándose entre ambos una reñida escaramuza de cumplimientos, que duró mientras ambas antigüedades bajaban la escalera, y se mantuvo viva hasta después de estar en movimiento la casa volante de la señora.

El juez de Bruna volvió a su estrado mucho más deprisa de lo que había salido de él. Nunca había visto, pensaba, en todos los días de su vida tan impertinente ni desvergonzada bruja. Quería que hubiese sido un hombre para haberle arrojado por la ventana. Blasfemó del bello sexo como si la quinta esencia del celibatismo corriese pura por sus venas. Sospechó que conociendo lo que se le pedía, vino a verlo con la diabólica intención de injuriar al pobre muchacho.

Declaró que eran todas las mujeres demonios chicos de los infiernos, excepto la marquesa, que era un demonio monstruosamente grande. Animadvirtió contra, y aún maldijo sus descarnadas mejillas, y los encarnados matices en ellas sobrepuestos, y se resolvió, en fin, a proteger al caballero, usando con él de cuanta lenidad le permitiese el rigor de las leyes.

No pudo el señor de Bruna obrar con la suavidad que quería, como podrá verse en las siguientes páginas.

Se grato vi sará l'istoria udire.




ArribaAbajo Capítulo IX

BARNAR.-  ¿Quién sois vos?

CLOWN.-  Vuestro amigo, señor, el verdugo; es menester que tengáis, señor, la bondad de levantaros para que os quite la vida.


(SHAKESPEARE.)                


Habían oprimido a Carlos las más tenebrosas predicciones desde que se sustanció contra él el cargo de haber escalado la cárcel, por falso testimonio del glotón y obeso carcelero, de quien ya hemos hablado, y por otras declaraciones que sólo podía contradecir con su palabra. Conociendo lo crítico de su situación, escribió a Isabel la carta de que se ha hecho memoria en otro capítulo. También escribió a su tutor, y se dispuso a esperar resignadamente las fatales nuevas. Jamás se corrían los poderosos cerrojos de la cárcel que no le resfriara su chirrido la sangre de las venas. Estudiaba maquinalmente la fisionomía del carcelero, como si quisiese adivinar por ella el estado de la causa. El día en que había de pronunciarse la sentencia, muchas horas antes que el sol saliese ya estaba sentado en su solitario lecho, envuelto en oscuridad y en silencio.

El tedioso día resplandeció, en fin, al través de la férrea claraboya, y el crujido de los cerrojos se oyó en el corredor adyacente. Resonaron los de su calabozo en armonía con la voz áspera del carcelero. Carlos esperó inmoble la temida inteligencia. Se abrió la puerta, y entró Alberto, que había llegado la noche anterior de Aznalcóllar.

-¿Cómo estás, hombre? -le preguntó Alberto, afligidísimo- Al cura le he dejado malo con un fuerte ataque de gota que le ha impedido venir a Sevilla. Mucho ansiaba verte...

-¡Paciencia! -replicó Carlos, con voz bastante desmayada.

-¿Pero tú, cómo estás, qué es de ti, cómo ha sido esto? ¿Quién te ha descubierto?

-Yo estoy en la situación más desastrosa. Ignoro cómo se han rodado las cosas, pero temo que acabarán fatalmente.

Parecía que abandonaba la vida al pobre Alberto, cuando oyó esta respuesta. Se sentó pálido, trémulo e incapaz hasta de pedir aclaraciones.

Muchas horas pasaron en triste y desesperado silencio. Al fin se abrió la puerta del calabozo, y se presentaron los oficiales competentes a comunicar al reo la decisión del tribunal, y con todas las formalidades pronunciaron contra él la sentencia de muerte. Había Carlos temido el mal futuro, mucho más que temió después su presencia. Continuó con la serenidad inmoble de antes, cual si no fuese él el interesado. Su amigo, al contrario, después de muchos sollozos cayó sin sentido y convulsivo en tierra. Las muchas atenciones de Carlos le volvieron el conocimiento. Parecía, al ver los sentimientos respectivos, que era Alberto la destinada víctima, en vez de su casi indiferente compañero.

La terrible decisión que acababa de comunicarse a nuestro caballero era en primera instancia, y podía, por consiguiente, apelar a ella. Había escrito repetidas veces al señor de Grañina, pidiéndole viniese a verlo, si le era posible, pues nadie podía mejor que este caballero justificar su conducta y modo de obrar el día en que se escaló la cárcel; y, sin embrago, no se hallaba en el proceso la interesante declaración de este jefe, que tanta parte tuvo en aquellos sucesos. Considérese cuál sería el gozo de Carlos, cuando vio entrar en el calabozo al mismo mayor de Grañina, y a su primo el caballero de Guzmán, de literaria reminiscencia. Ambos le abrazaron con el mayor afecto.

-Anoche, a las doce -dijo el mayor en su estilo militar-, recibí su última carta de usted, y supe por ella el maldito estado de estos negocios. Tomé la posta al punto mismo, y el polvo que traigo encima le hará ver a usted que acabo de llegar ahora. Vine con este eruditísimo pariente mío, que me trae atolondrado y vuelta la cabeza, porque lo que este habla es indecible. A la puerta tengo los caballos, y ni me mudo ni descanso hasta ver al señor de Bruna. Por supuesto que sería necedad que no la imaginara ni un literato dudar de que se abrogue esta brutal sentencia. Yo vi cómo usted se condujo, y mi declaración paralizará el efecto de las de esos infames que le han acusado de hechos que no ha cometido jamás. Puedo hacer mucho, y lo haré todo. Adiós; aquí queda mi docto primo, que le explicará a usted alguna cosa de patología, mineralogía o cualquier otra logia. Estos asuntos requieren viveza. No hay que desanimarse.

-En cuanto a mi erudición, señor Aquiles -dijo el de Guzmán sonriéndose- nullam deprecor poenam. Y debería usted saber, señor primo del temido brazo, que si yo hablo de logi, nunca logos ridiculos vendo. ¿Y no daría usted ahora, ¡la verdad!, su lorica y galae crista por penetrar lo que en la mente tengo, lo que quiero decir con eso?

-Sí, sin duda, y mi gladius y manica militaris daría también por estar cierto de que hay sentido alguno en lo que dices.

El mayor salió del calabozo con estas palabras, mirando significativamente al caballero de Guzmán, que con un semblante en que estaba pintada la compasión tomó una silla y se sentó junto a Carlos.

-¡Qué brillante carácter sería este mi primo -dijo con un suspiro el sanjuanista- si no tuviera tan triste idea de las letras, y de nosotros los que las profesamos! Pero el verle a usted en la aflicción presente, señor estudiante, dolet mihi ex intimis sensibus.

Carlos buscó allá en su memoria alguna palabra griega con que dar gracias al caballero Guzmán, y no acordándose de otra, le contestó con una sentencia descriptiva de los prodigios que vio el agorero Teoclimeno. Luego se sentaron a la mesa recientemente cubierta por el criado de la cárcel.

-Ciertos, como lo estamos -dijo el caballero de Guzmán mientras sorbía su chocolate-, de que ha de revocarse la decisión del magistrado, y eso antes de dos revoluciones diurnas de nuestro globo, pasemos a tratar de agradables asuntos. Su situación le exonera a usted, querido estudiante, del deber de informarse de mis actuales ocupaciones literarias. Por eso quiero yo comunicarle gratuitamente y de motu proprio, que ya hace días ocupa toda mi atención una obrita que tiene por fin comparar la táctica de las antiguas legiones con la de los regimientos del segundo Federico de Prusia. Quizá este asunto le interesara a usted más que el viaje arqueológico por España; pues según mi primo de Grañina, al mismo Aristómenes no le pasaron en toda su vida tantas aventuras como a usted en estos dos o tres meses. Mucho me gustaron las últimas anécdotas de que usted ha sido el héroe; el romance es mi inclinación favorita, y he cambiado quizá por eso mis estudios, persuadido de que es más propio de un caballero blandir la espada y ondular el vexillum, o como dice Livio, in aversos transversosque impetum dare, que consumir la literaria llama en examinar antigüedades que ni sirven ya, ni puede que jamás hayan servido para cosa alguna.

-Pero, señor caballero de Guzmán -dijo Alberto con amistosa impaciencia-, díganos usted en caridad, y así Dios se lo premie, ¿qué es lo que piensa el noble mayor de Grañina hacer en favor de Carlos?

-¡Fiel Patroclo! -contestó el caballero limpiándose un poco los ojos- No he explicado los resortes de que se valdrá de Grañina, porque considero este asunto completamente acabado. El arzobispo de la diócesis es el solo amigo íntimo que tiene el señor de Bruna. Es tío de Grañina, y yo también tengo el honor de ser su pariente, aunque lejano. Tengo muy presente lo que debí al estudiante el día que ejecutó; ¡oh dioses!, la fiesta memorable de Praxíteles, y aunque nada le debiera, mi afecto...

-Y ahora que hablamos de eso -dijo Carlos deseoso de cambiar de conversación-, ¿ha refundido usted ya del todo aquella comedia tan inicuamente despedazada por los cómicos de la legua?

-Voy a recitarle a usted la última escena..., pero no ahora. Veo que está su amigo de usted Alberto impacientísimo, y no apreciará debidamente mis entonaciones y pasión mímica. Voime, pues, al palacio arzobispal...

-Sí, buen caballero, por el amor de Dios -exclamó Alberto como fuera de sí-. No pierda usted tiempo, hable a todo el mundo, y acuérdese de que está usted en libertad y su amigo encadenado.

Intervino Carlos pidiendo al caballero se detuviese un poco, y a Alberto que refrenase su miedo; pero ambos le desatendieron. El de Guzmán dijo que se confesaba culpable de omisión, y justamente reprendido por Alberto.

-Pero yo enmendaré -continuó- esta falta, pues juro no descansar hasta conseguir verle a usted libre. Entonces hablaremos a nuestro placer de las ventajas comparativas de la antigua y de la moderna estrategia. Au plaisir, Carlos. Gracias mil, señor Alberto, por haberme recordado aquel precepto de la sabiduría. Ne remettez point au lendemain, ce que vous pouvez faire aujourd'hui.




ArribaAbajoCapítulo X

¿Y tú también querrías ser soldado, Orlando?


(SIR W. SCOTT.)                


Hubiera Carlos podido quejarse de sus amigos, no tanto porque no le aliviaban en sus calamidades, pues esto tal vez no les sería posible, como porque no le sacaron en tres largos penosos días de la suspensión en que estaba. Después de las que quedan referidas de Chato, no había tenido nuevas de Isabel, y esto aumentaba su inquietud en no pequeño grado. Al fin, le visitó el mayor de Grañina, trayéndole copia de la sentencia definitiva, por la cual se le condenaba a servir por seis años en el Ejército.

-Éste es apenas castigo -dijo de Grañina-, pues entrará usted de distinguido o de cadete, y puede dedicarse a la carrera militar, o abandonarla después si no le gusta.

Dos días más pasaron, y he aquí ya a nuestro héroe cubierto del hábito militar, libre, y dirigiéndose con su gozoso amigo Alberto al convento de las nobles monjas para dar a Isabel la grata noticia en persona. La voz que respondió en la portería rehusó dar noticia alguna respecto a Isabel. La portera de Chato había sido cambiada. Pidió el caballero hablar a la abadesa. Esta señora no conservaba, según dijo, especie alguna de su fisonomía. Cuando se le preguntó por Isabel, dijo que no tenía confianzas que hacer a un extraño, y urbanamente volvió la espalda a los dos amigos. Si hubiera sabido Isabel la persona que en aquel punto estaba en el locutorio pidiendo verla, ¿quién la hubiera detenido en su celda?

Fue Carlos sin tardanza al mayor de Grañina, que sorprendido de la conducta de su tía, le prometió visitarla a la mañana siguiente, y zanjar todas aquellas dificultades.

Entre tanto tuvo que presentarse nuestro héroe en su cuartel, a cuya puerta se despidió de Alberto, que en vano solicitaba se le permitiese entrar también y pasar allí la noche. El ayudante del regimiento señaló a Carlos su compañía y le presentó a los oficiales de ella. Sonó el tambor, se pasó lista, se distribuyeron las guardias, y cada uno se retiró a su tablado a pasar la noche. Nuestro recluta pasó su primera noche de servicio meditando sobre el placer de ver a su prometida al día siguiente.

Suele permitirse a los distinguidos dormir fuera del cuartel como los oficiales, y la solicitud de esta gracia era la primera operación que proyectaba practicar el nuestro a la otra mañana. Al toque de diana se presentó como los otros soldados a la lista, causándole alguna sorpresa hallar a los oficiales tan temprano reunidos ya en el cuartel. Se formó el regimiento, salieron al frente los dos oficiales, y se les comunicó, una orden del general Landesa, mandando que estuviese el cuerpo dispuesto para marchar a las diez de la mañana. El ayudante dio otra orden del coronel, previniendo que antes de las ocho se pasasen las revistas de las compañías, que se comiesen los ranchos antes de las ocho y media, y que a las nueve estuviese el cuerpo pronto para su examen. Después de esta orden le fue imposible a Carlos separarse ni un punto del cuartel.

En medio de la vejación que le causaba tener que salir tan precipitadamente de Sevilla, ignorando del todo la suerte de Isabel, sonaron pífanos y cajas, y nuestro héroe, lo mismo que todos los otros héroes del cuartel, se formaron en sus puestos. Aún estaban en esta actitud, cuando se presentó Alberto a su amigo derramando gozo por los ojos, y vestido también de militar.

-¿Cómo es eso? -le preguntó admirado Carlos.

-¿Qué quieres? -le replicó su compañero- No puedo abandonarte, y si pudiera no quiero. Conque senté plaza y aquí me tienes. Pero tú no sabes lo que hay. Tenemos guerra, a lo menos muy probable, con los ingleses. Toda España está en armas; se dice que vamos a Portugal para cubrir la frontera. Si acaso te ves tú apurado, y yo no me muero de miedo el día de la batalla, podré socorrerte. Si yo acabo, tú protegerás a la pobre Eugenia, y cuando viejo contarás mis hazañas a los mozos del pueblo. Pero no hay que temer. A pelear vamos contra herejes. ¿Conque quién ha de ganar? ¿Abandonará Dios a los suyos...?

Sonaron otra vez en esto pífanos y cajas, formó el regimiento por cuartas en columna, y salió a paso redoblado del cuartel. Poco tiempo había pasado, y ya no se divisaban las torres de Sevilla.

Mucho sintió el mayor de Grañina la inesperada marcha del regimiento de Carlos; pero él, fiel a su palabra, pasó aquel mismo día a ver a la abadesa. Se manifestó esta señora contentísima de ver a su sobrino, y pasaron entre ambos parientes mil y mil anticuados cumplimientos. Después se habló de Isabel.

-Tú sabes -dijo la abadesa- el escándalo que ha ocasionado en el convento y en toda la ciudad, negando al pie de los altares la profesión que tanto había deseado. El arzobispo es ahora su director espiritual, y yo tengo orden para abstenerme de hablar de esta señora hasta que se aclaren ciertos asuntos de conciencia.

Quiso, no obstante, el mayor penetrar aquellos misterios, y le habló a su tía de su juvenil apariencia, de la frescura de su cutis, de la gracia de sus palabras, pero todo fue inútil. Y como la paciencia de nuestro mayor no era proverbial de modo alguno, le dijo dos o tres docenas de cosas tan ásperas cuanto un caballero puede decir a una señora, y salió del convento echando pestes mentales contra tías y abadesas.

Había esta buena señora sentido mucho la intervención episcopal en los negocios interiores de su convento. Imaginaba disminuida su jurisdicción, y, aunque admitía que la autoridad episcopal fuese la suya, no se acordaba de caso alguno en que el prelado diocesano se hubiese mezclado en los asuntos de las monjas. Desgraciadamente era el arzobispo de disposición por extremo blanda y suave, y ya de muchos años, y la abadesa no dejaba de abusar del genio fácil y manejable del prelado. Debe, empero, añadirse en mitigación de la conducta de esta señora, que había tenido mucha influencia en sus procedimientos su sutil amigo Pedro Gonzaga, que irritando sus celos contra la autoridad del arzobispo por una parte, inflamando su superstición por otra, y finalmente, diciendo de cuando en cuando una palabrita oportuna en elogio de la hermosura de Isabel, había logrado hacer adoptar a la abadesa sentimientos consonantes en todo con sus deseos.

Los buenos de los alquimistas habían perfeccionado el arte, ya sin crédito ni uso, de hablar en favor de las personas a quienes querían arruinar, Así, habían exasperado a la abadesa, no con calumnias, sino con apologías de Isabel. Había ésta ejecutado su fuga por medios desconocidos aún de aquellos rencorosos tiranos, pero que no podía ignorar ella. El ánimo que había manifestado al implorar la protección del arzobispo, su talento para eludir las intrigas que contra ella de continuo fraguaban, les hacía temer que si llegaba a verse libre podría comprometerlos muy seriamente. Ni podían transpirar en ocasión peor que aquella secretos algunos contra los alquimistas. Sus intrigas políticas estaban muy adelantadas, y la guerra contra Inglaterra era la mejor coyuntura que podían apetecer para recobrar su perdida influencia. Aunque los alquimistas vacilaban acerca del modo con que pudo Isabel escalar sus calabozos, suponían que tuviese Carlos parte en aquel suceso, y conociese los pormenores. Esto les bastó a los buenos señores para decidir su exterminio por hierro, plomo, veneno o cualquier otro medio. El general Landesa, bajo cuyas órdenes estaba el regimiento de Carlos, se encargó del cuidado de acallarlo para siempre. La venganza era segunda naturaleza en nuestro jefe, y aún no había olvidado el brillante papel que hizo la segunda noche que fue a ver a Isabel. Desde entonces había pasado muchos momentos felices, imaginando por cuántas heridas saldría el alma de Carlos. Ni era la memoria de la marquesa del E. menos dichosa que la de su futuro. Aún se acordaba de la afrenta que recibió de su ahijada, y estando en la presente crisis extremadamente relacionada con los alquimistas e interesada en su prosperidad, no necesitaba persuasiones para agotar su poder en la erección de una barrera que separase a nuestra heroína de la comunicación del siglo.

-Jamás -decía- me hubiera yo comprometido con aquel detestable Carlos a no ser por Isabel. Y quién sabe si él le habrá comunicado aquella flaqueza mía, y así ella me desprecia... ¡Cielos! Pero llevará su desprecio a otras tierras, o tendrá que sofocarlo en los calabozos de la Inquisición...

La liga entre el general, los alquimistas y la marquesa, tanto más temible cuanto estaba envuelta en el más impenetrable secreto, la bondad del arzobispo, y las peculiaridades de la abadesa, todo conspiraba contra la desamparada Isabel. La abadesa había, con suaves persuasiones, convencídola de que debía, por entonces, estar satisfecha con la seguridad del convento. También se quejó amistosamente de la mortificación de que se la espiase en su propia casa por los agentes del palacio arzobispal, e insinuó que teniendo ya seguridad y amparo, no debía llevar las cosas a los extremos y provocar la intervención del santo tribunal de la fe. Finalmente, con reiterados ofrecimientos de amistad, y bajo la condición precisa de que nunca le hablaría de que tomase el velo, logró la abadesa persuadir a Isabel a que dijese al arzobispo por medio de su capellán, que ya se consideraba segura; dio a este último infinitas gracias por sus muchos favores, y le suplicó le enviase un confesor y viniese a verla de cuando en cuando.

Desde entonces, apenas se apartaba la abadesa de nuestra heroína. Lloraba Isabel, y se quejaba de no recibir carta de Carlos, a quien había escrito repetidas veces por el correo. Se acordaba sin cesar de su último billete, y lo leía con copiosas lágrimas. Se imaginaba verlo en el patíbulo, y oír su último aliente sofocado por el infortunio, mancillado por la infamia. La fuerza física no pudo resistir tan aguda agonía mental, agravada por las tenebrosas insinuaciones de la abadesa. Volvió a verse devorada de fiebres nerviosas; su vida era un continuo y horroroso delirio; y cuando visitó el mayor de Grañina a su tía, yacía Isabel exánime en su lecho y la mano de la muerte, levantada sobre su cabeza, parecía estar pronta a satisfacer los deseos de sus enemigos.






ArribaAbajoLibro quinto


ArribaAbajo Capítulo I

NYM.-
Operaciones tengo en la cabeza que se parecen a los humores de la venganza.
PISTOL.-
¿Y quieres vengarte?
NYM.-
¡Por el sol de las estrellas!
PISTOL.-
¿Con hierro o con ingenio?
NYM.-
Yo, con ambos humores. 5

(SHAKESPEARE.)                


No quedó un ocioso siquiera de los muchos que tenía en su seno la deliciosa Sevilla, que no se creyese ocupadísimo al día después de haber marchado nuestro héroe. Llenaban la plaza de San Francisco turbas de desocupados, sin más objeto visible que el de hacer muestra de su oratoria y profunda sagacidad política.

-Nunca -decía el tío Rapacanas, el barbero, a una boquiabierta multitud-, nunca se han visto tan amargos días. Ya se burlan los hombres de la fe, ya no hay lealtad en los españoles.

Los oyentes, al juzgar por sus gestos, se condolían mucho de estas y otras desgracias de que hizo reseña el buen rapista. También estimulaban su excitación las reflexiones de algunos frailes de misa y olla, y de algunos agentes de los alquimistas que andaban entre ellos. Cuando la elocuencia del barbero acabó, como su lealtad española, tomó la palabra un oficial de escribano, mozo avispado y despierto si en su profesión los había, y empezó a declarar en patética frase contra la inmoralidad del siglo.

Sucedió al moralista un sastre, y fue seguido este de un hermano entre ermitaño, fraile y nada, a quien tenía el público en grande estima. Se aumentaba el gentío con el acceso de nuevos oradores, y el fuego guerrero brillaba en el rostro de aquellos ardientes patriotas, en tanto que un reseco y descarnado individuo de feroz gesto, y desgastada, descolorida y pelona ropa que estaba pegado a un tremendo par de bigotes teñidos de negro, empezó a jurar por debajo de ellos, y chispeándole de cólera los sepultos ojos allá desde sus adentros, salió de improviso orando acerca de bombas y granadas, balas de palanqueta, cureñas y cañones, asalto de brechas, llamas, violaciones, sangre, muertes y heridas. Para entonces se reservaba el Cicerón de la asamblea, tundidor de oficio, patriota interino. Encaramado en una silla rompió así en su oración

-¡Caerán los herejes por la divina espada! Por aquella flamígera espada que fulmina el marqués de la Sarria en las llanuras de Tras-os-montes. Los gentiles de las Siete Islas de Inglaterra vienen en contra de España. Asinus incidit in paleas. Los finchados portugueses han formado una alianza, o como se dice en latín, jurgium, con los ingleses, y todos están ya a la hora de esta en Portugal, esperando a que llegue el general Bucklemburge, para venirse a Sevilla, saquearnos la catedral, domus mea penitus divisiebatur, como dice el retórico, y llevarse la imagen de nuestra Madre Santísima, Regna civitates, domus omnium depeculati sunt, como dice el filósofo, o en castellano, ojo al Cristo, que es de plata. Ya sabéis, hijos valientes de Sevilla, que el dicho general Bucklemburge ha celebrado pacto con los demonios, concediéndoles su alma con que le dejen nada más que tocarle el pelo a esta fidelísima ciudad, por ser la más antigua y espaciosa, la más bella y la más rica, la más cristiana y maravillosa en que jamás vivieran hombres: ciudad como aquella de que habla el Profano, en que paredes y chimeneas, techos y jardines eran de oro macizo, y las casas de doce mil y más cuerpos de alto, y eso la más baja, de modo que necesitaba un hombre de buen resuello su año largo para subir a las guardillas. ¡Qué ciudad como la nuestra, ni qué ciudadanos como nosotros!

Por este discurso, que por más de un motivo hacía ver que no era sevillano el discursista, quedaron los corazones tan inflamados, que si entonces se presentara el general Bucklemburge hubiera sido indudable su derrota.

-¿Y no habrá entre nosotros -continuó el ferviente orador, satisfecho de la impresión profunda que sus palabras causaban-, no habrá, digo, ningún valiente que defienda nuestra religión y vengue nuestra patria?

-No ze canze uzté ya maz, zeñor tundior -exclamó un majo de estentórea voz por detrás de la gente-; puee zer que ze me ponga en el moño zentar plaza, zi Dioz quiere. Y cuidadito conmigo. Mizté que zi me yego yo aliztar, ya puee uzté irle componiendo el zermón de honraz al general Bicleber.

Mientras gozaba el nuevo Escipión el aplauso ruidoso del senado, se oyeron cajas, y se volvieron todos los ojos hacia la calle de la Sierpe. Habían los ingleses, en efecto, desembarcado considerable número de tropas en Portugal, y amenazado al mismo tiempo nuestros puertos del Mediterráneo. Por esta causa se armaba a su propio coste la nobleza andaluza, y estaba en movimiento la tropa permanente. Una división compuesta de tres regimientos organizados, como solemos nosotros decir y hacer las cosas después de pensarlas mucho, de cualquier modo, sin otra disciplina militar que la estrechez del r ancho, que antes podría llamarse penitencia, y vestida desairada, pero incómodamente, se presentó en aquel punto en la plaza de San Francisco, Traían los soldados estupendos sombrerazos de tres picos, casacas de desmesurado faldón que les iban dando en los tobillos, y armas de tamaño proporcionado. Todo a lo Federico, según la táctica prusiana y de última moda. Es bien sabido que el soldado español se pasa semanas y semanas con cuatro cigarrillos y un trago de aguardiente, si le hay, caso poco frecuente. Pero cuando sólo de humo se alimenta, llegan a ponérsele los bigotes desmayados, decaídos, como lo estaban los guerreros de que hablamos.

Venía esta división de las anchas casacas y pies casi descalzos al mando interino del mayor de Grañina, que en un fogoso caballo cordobés marchaba a la cabeza de la columna como el bistonio Marte, animando las trapajosas y desalentadas bandas de Troya. Interrumpió la falange los raudales de elocuencia que sediento bebía el público, y marchó a juntarse con la hueste en que se hallaba Carlos. Todas estas fuerzas debían unirse a las que ya estaban en Extremadura para ir en paz y concordia a Portugal a atravesar los hígados a los súbditos de S. M. Fidelísima.

Era el general Landesa comandante de las tropas levantadas en Andalucía para defender al rey, y cabeza de la conspiración que contra el rey tramaban los alquimistas. Según sus planes, había este jefe sacado de Sevilla algunos de los regimientos mejor organizados, y los pocos jefes en quienes tenía confianza. Marchó con estos cuerpos, en uno de los cuales iba nuestro héroe, pero no existía la sospecha más remota, ni entre soldados ni entre oficiales, de que se fraguase una conspiración en que debían ellos mismos tener parte. No estaban, empero, los planes del general concebidos sin juicio, ni seguidos sin prudencia. Acababa de ocupar el trono un príncipe joven y extranjero, tácita, pero profundamente desamado por la nación, y de declarar el Portugal la guerra bajo la protección de los ingleses. El clero en general, y especialmente algunos de sus miembros, ansiaban tener mayor parte en los negocios públicos de la que el nuevo rey parecía inclinado a concederle. En estas circunstancias se puso un ejército en manos del general Landesa. ¿Qué ocasión más oportuna podía desear para distinguirse con algún hecho importante que paralizase los efectos de la causa que contra él obraba? En lo íntimo de su corazón resolvió por consiguiente encender con mano osada la antorcha de la revolución, y en caso necesario apagar después su llama, abriéndose así camino al favor del soberano. Desesperado remedio, pero también su situación era desesperada, y la alternativa, completa ruina. En la persecución de su proyecto salió el general de Sevilla para poder obrar más libre y reservadamente; y tales eran su sagacidad y secreto, que el gobierno, el ejército y el pueblo, todos creían firmemente que pensaba sólo en ejercitar bien sus tropas, acercarse a Extremadura, tomar el mando de las que había allí, e irse a poner con todas a las órdenes del capitán general marqués de la Sarria. Pero nada distaba más de su ánimo. Ni un instante se detuvieron jamás sus pensamientos en Portugal. Dio, sí, las órdenes para marchar hacia aquella frontera a los regimientos, de cuyos jefes y oficiales desconfiaba para sus intentos, pero él se detuvo, en tanto, con las tropas que en persona mandaba, combinando el modo de proclamar su desafecto, o más bien el de sus tropas, cuyos motines pensaba hacer nacer entre los soldados bajo ciertos pretextos, y como si él sólo hubiese tenido parte para reprimirlos. No se proponía el general comenzar sus operaciones rebeldes hasta que la s tropas que salían a la sazón de Sevilla, parte de ellas al mando del mayor de Grañina, hubiesen llegado a Portugal. Ya empeñadas en aquella guerra bajo el marqués de la Sarria, podría Landesa operar en Andalucía a su antojo, sin que fuerza alguna le refrenase, y cierto de que en menos de un mes no podrían reunirse contra las suyas tropas ningunas, y que él solo y personalmente lograría, por lo menos, la gloria de haberlas pacificado, si ya no alcanzaba otros fines mucho más altos en caso de que vacilara el gobierno. Algunos despachos de grande importancia relativos a la conspiración se habían interceptado por mano desconocida; y era cuestión constante, pero aún no resuelta, entre Landesa y los pocos amigos de confianza que le rodeaban, si deberían, en vista de este accidente, cambiar o no el plan de operaciones que se habían propuesto.

Ya se supone que ignoraba Carlos completamente estas intrigas; y lleno de mortificación por haber salido de Sevilla sin saber la suerte de Isabel, marchaba triste y descontento en su columna como si nada del mundo le importara un ardite. Su amigo Alberto solía distraerlo a veces, y otras llamaban su atención hacia el mundo sublunar el calor y las lluvias, las marchas y contramarchas, los ayunos y vigilias de la vida guerrera. Miraba el general Landesa del modo más estoico del mundo sus propias incomodidades, y no era de esperar que le importasen mucho las de los otros. Mandaba el regimiento de Carlos un coronel amigo íntimo del general, a quien con sorpresa de nuestro héroe le presentó el día primero de la marcha, diciendo que tenía su excelencia particular deseo de conocer personalmente al caballero distinguido. Se recibió a Carlos con mucha ceremonia, asegurándose el general por medio de algunas capciosas preguntas de su identidad con el joven recomendado por los alquimistas como probable libertador de Isabel.

Una tarde que ya cerca de las oraciones estaba nuestro distinguido moralizando con Alberto en la vena del cabo Trim de Sterne, en la espaciosa cocina de un labrador que le tenía de huésped, recibió una orden de las de luego, luego para presentarse al coronel. Había ya el tiempo refrescado bastante, y hasta un veterano hubiera sentido tal vez abandonar un cómodo asiento entre los de la familia de su patrón, que con varios contertulios escuchaba atentamente los cuentos de magia y aparecidos con que los divertía el boticario del lugar mientras se disponía la cena.

Pasó Carlos a la plaza, adonde encontró muchos soldados en confusos círculos, dando voces sediciosas, disputando uno con otros, y queriendo apenas escuchar a varios oficiales que había entre ellos. Estaba el coronel rodeado de oficiales a la puerta de su alojamiento, y Carlos recibió de él un pliego, con orden de entregarlo sin demora al comandante de la retaguardia, acampado con su gente casi a una legua del pueblo.

Al cuarto de legua de camino llegó nuestro caballero a las solitarias ruinas de una capilla cubierta de rancia vegetación. Tres cruces negras se veían en el camino al pie de las ruinas. En aquella hora y sitio la vista de las tres cruces recientemente plantadas en la malsana sombra de una higuera, no era nada agradable. Nuestros lectores saben que son estos signos de otras tantas muertes perpetradas en aquel sitio; especie de simbólico epitafio que inventó la piedad para pedir con él sufragios en favor del difunto a los viandantes. En la época de nuestra historia estaba unida esta práctica a numerosas supersticiones. Temían algunos que si pasaban por junto a una de estas cruces sin rezar el Padrenuestro por el que allí había finado, se le aparecería el muerto para reprender su poca caridad, y no tendría luego quien a él le rezara cuando de esta pasase a la otra vida.

No era Carlos adicto a creencias irracionales ni por naturaleza ni por educación. Pero frecuentemente, según la trivial máxima, cede el hombre a las impresiones de su infancia aun en contradicción de los dictados de su entendimiento. Nuestro héroe miró en el caso que referimos sin particular gusto las tres cruces, y lo que es más, le pareció que se movían a su lado. Hizo alto, y se detuvieron las cruces. Continuó su marcha, y los ominosos signos se pusieron instantáneamente en movimiento. Volvió a las vacilantes ruinas, que también parecían acompañarlo, y oyó que una voz desmayada decía:

-Mira por ti.

Volvió la vista hacia el punto de donde la voz salía, pero no percibió otra cosa que el medio caído paredón de las ruinas, el cual parecía que se localizaba y adquiría solidez y asiento, como suelen los objetos que nos rodean en el instante en que despertamos de un sueño opresivo.

Si Carlos fuera el héroe de cualquier otro cuento o historia diverso del que vamos contando, diríamos que tuvo su poco de miedo; pero limitándonos al modo indicativo, que es el que al historiador conviene, sin meternos en síes ni abstracciones del subjuntivo modo, nos limitaremos a referir lo que hizo, sin querer escudriñar lo que tenía in petto. Subió, pues, a las ruinas resuelto a averiguar si en ellas había alguna persona oculta, y si la voz había sido, como otras tan tas, ilusión de los sentidos, hija de la debilidad y del cansancio. Ascendió, repetimos, a las desmoronadas ruinas, y halló ocultas dentro de sus cavidades seis crecidas y risueñas, aunque en toda apariencia mal intencionadas lechuzas, con crecido número de cuervos y algunos murciélagos, todos los cuales, sorprendidos y vejados con tan inesperada visita, empezaron a abanicarle la cara a aletazos por vía de salutación, y salieron luego velozmente por los aires, dejando a Carlos libre para seguir o detener su marcha ad libitum. Volvió al camino, pero observando que alguna cosa se movía entre las cruces y la pared, quiso examinar lo que era, y vio saltar por entre las ramas y las hojas al tambor de su compañía, que repitiéndole: «Mira por ti»; con la misma desmayada voz de antes, se ocultó corriendo en la espesura de la adyacente floresta.

Ya era de noche, y tenía nuestro distinguido que aligerar en lo posible a la luz de una escasa luna frecuentemente velada por las nubes. Subió por una rápida y solitaria cuesta que cerca de las ruinas estaba, y cuyo triste aspecto en cierto modo disminuían algunos deshojados árboles que se levantaban a ciertas distancias. Cuando ya estaba próximo a la cumbre, oyó una fuerte voz que desde abajo le llamaba por su nombre. Volvió la cabeza, y pudo apenas percibir dos formas humanas, lentamente subiendo la cuesta. Un rayo de luna que atravesó en aquel instante las grietas de una despedazada nube lució sobre los fusiles de los que venían. Dio Carlos algunos pasos, pero acercándose cada vez más las voces, desnudó la espada, se cubrió con un árbol, y dio el quién vive a los de los fusiles. Se paró uno de ellos, pero siguió el otro firme y resueltamente, montando su fusil, y diciendo a Carlos pidiese a Dios misericordia, por quedarle ya pocos momentos de vida. Carlos no tenía armas de fuego, y se vio, por tanto, obligado a defenderse dando vueltas alrededor del árbol para evitar la puntería de su enemigo. Circunvalaba el asesino a Carlos, jurando y execrando al mismo tiempo, mientras el otro iba también aproximándose y tomando una vuelta que no dejase huida a la víctima. En ese instante se lanzó el joven repentina y velocísimamente sobre el primero de los rufianes, le asió el fusil, y empezó entre los dos una reñida lucha, que quiso decidir el segundo malvado, y para ello corrió presuroso hacia el lugar del combate. Carlos, entre tanto, arrojó por tierra a su antagonista, le arrebató el fusil, y sin más reflexión ni pensamiento, oprimiendo con la derecha rodilla el estómago del caído, dirigió la boca del fusil al ya vacilante y dudoso adversario que en su contra venía, y se le disparó sobre el pecho.

Apoderándose sin perder un momento de las armas y municiones de ambos asesinos, y horrorizado al ver el raudal de sangre que mostró la luna fluyendo del pecho del uno, dijo al otro que seguiría inevitable muerte al menor de sus movimientos. Continuó postrado el hombre, y reconoció Carlos en los dos rufianes a dos soldados de su mismo regimiento. Uno de ellos era el matón y baratero de la compañía; el otro su segundo y camarada. Preguntó el caballero al que sobrevivía por qué había querido asesinarle.

-Yo por mí nada tengo con usted -respondió el hombre-. Aquí no ha habido otra cosa, sino que mi sargento me andaba siempre diciendo que tenía que pedirme una gracia. Ya se ve, como yo soy el baratero del cuerpo, tengo que tener a los jefes contentos para que me saquen en bien de mis trapisondas. Estando hoy bebiendo un trago me preguntó el sargento si me determinaba yo a verme con usted la cara.

-Lo mismo se me dan a mí -le dije-, hablando con perdón, veinte de esos señoritos de miel y azúcar, que un niño de teta.

Me respondió entonces que valdría mi bolsa diez onzas más si me atrevía a hacerle a usted tortilla los sesos.

-Lo que es dejarme ahorcar -le respondí-, no quiero yo que nadie me ahorque ni por cien onzas.

Entonces me dijo el sargento que el coronel y otros señores gordos estaban en el ajo. Pues a ello, y a la paz de Dios. Cogí al tamborcillo, que es mi alano, y lo puse de escucha para que me diera el punto; ya el sargento me había dicho a la hora que pasaría usted por junto a las ruinas. Esto es lo que sé, y aquí se acaba mi cuento. Publíquelo usted, o téngalo callado, como quiera; porque yo voy a desertarme, y a ocultar por el camino real la vergüenza de que me haya cascado las liendres un mocosillo... hablando con perdón. No tengo yo cara para volver al regimiento; a desertarme voy.

Con la vista llena de sangre, y el ánimo de perplejidad al oír la extraña relatación del asesino, estuvo Carlos pensando en silencio si seguiría o no hasta llegar al punto destinado. Al fin resolvió, como debía, entregar sus pliegos, cualesquiera que fuesen las consecuencias. Después mandó al hombre que se levantase.

-¿Y para qué? -le preguntó el asesino.

-Para evitar la muerte que pienso darle -replicó Carlos-, a la primera palabra que me responda. ¡Arriba! Vengan antes los brazos para que los ate yo con esta correa; más atrás, así. Eche usted a andar por ahí. Haga usted el menor movimiento de resistencia, y le descargo el fusil en la nuca. ¡Adelante!

Obedeció el asesino, y salió braciatado por donde el caballero quiso llevarlo. Llegaron al punto destinado, un pequeño pueblecito, y no hallando en él tropas, entregó Carlos al alcalde bajo su custodia y responsabilidad el preso y armas que llevaba. De allí le dio el mismo alcalde las señas para pasar a una aldea, media legua más allá, adonde iba a permanecer toda la noche la división que buscaba. Se dirigió, pues, Carlos al indicado sitio, y al fin oyó el quién vive de un centinela, que le indicó la casa del comandante en jefe. Entregó sus despachos a la puerta, y permaneció cerca de un cuarto de hora en ella esperando la contestación, cuando repentinamente se apoderó de él la guardia, le mandó entregar la espada en nombre del rey, y se le condujo entre bayonetas a la presencia del general. Le recibió en una sala llena de oficiales el marqués de Campo Sereno. Este caballero, el mismo que había tomado tan eficaz parte por Isabel el día de la profesión, era el bello ideal de un anciano, si bello ideal por ventura significase algo en nuestro idioma. Poseía una presencia a la vez imponente, dulce y venerable. Cubrían sus mejillas largos y resplandecientes rizos blancos; animaba todavía sus ojos una penetración majestuosa y viva, cual tiene el águila en sus miradas; la sabiduría y la prudencia parecían morar en su ancha frente; era su voz sonora y persuasiva, irresistible su elocuencia en los consejos militares, y más irresistible aún su audaz valor en el campo. Llamábanle el Néstor del ejército, y hubiera podido servir de modelo para personificar al patriarca de los guerreros.

-¿Cuándo recibió usted estos papeles? -preguntó el general a Carlos.

-Hoy cerca del anochecer.

-¿De quién?

-Del coronel de mi regimiento.

-¿Con qué instrucciones?

-Con ningunas más que la orden para entregarlos.

-¿A quién?

-Al comandante de la retaguardia.

-¿De la retaguardia del general Landesa?

-Sí, señor.

-¡Extraña orden, por cierto! Bajo este sobre sólo se contienen dos o tres líneas recomendándole a usted al rebelde comandante de la división de Landesa; pero esto no es urgente, como el sobre dice. Usted repite que no llevaba mensaje verbal ninguno...

-Así lo repito y afirmo -dijo Carlos, explicando, además, sucintamente, lo que le había sucedido por el camino, y lo que el rufián le había comunicado.

Mandó el general que se devolviese al caballero su espada, y le envió con un ayudante a las órdenes del teniente coronel jefe de día. A los pocos pasos se vio Carlos con gozo suyo en presencia del mayor de Grañina.

-¡Señor don Carlos! -exclamó el mayor, abrazando a su amigo- ¿Es usted realidad o fantasía? ¿Qué vientos le traen a usted por aquí, y cómo? Muchísimo me alegro de verle a usted entre nosotros. Mala suerte fue la que le arrojó a usted a manos de un traidor infame. ¿Pero cómo es esto? ¿Se han desbandado ya esos picarones? Yo nada bueno espero de ellos.

Repitió Carlos sus aventuras de aquella noche con admiración del mayor, que le preguntó cómo había logrado, en fin, venir a parar al campo del marqués.

-Apenas lo sé yo tampoco -contestó Carlos-; creo que por equivocación. El alcalde de ese lugar que está ahí cerca me dijo que se hallaba aquí el campamento de la retaguardia del general Landesa, adonde venía yo destinado.

-Me parece -dijo el ayudante, oficial ya cuarentón de estos de buen alma, gordo, alegre de semblante y con más aire de canónigo que de soldado-, me parece a mí que el comandante de la retaguardia del general Landesa oyó decir inesperadamente que nosotros veníamos, y abandonó al punto mismo el lugar, diciendo a la justicia que pensaba alojarse aquí mismo adonde nosotros estamos, para extraviarnos con nosotros mismos en caso de que hiciéramos preguntas a los alcaldes o a la gente del pueblo.

-Pues muy simple debe de ser ese comandante si tales son sus intenciones -dijo de Grañina-. Piensen lo que quieran de nosotros, no es ésta la primera vez que tomamos las armas, y somos muy capaces de adivinar, sin ser adivinos, que están esos pillastrones interesados en unir sus fuerzas, y cuanto antes.

-Sus maniobras, mi mayor, serán disparatadas -replicó el ayudante-; en eso no me meto, aunque a mí también me parecen tontos sus movimientos de hoy; pero no hay tontería tan grande como el miedo. Nuestra marcha y aparición aquí han sido tan rápidas e inesperadas, que no me admiro de ver desconcertados a los rebeldes. Buenas noches, mi mayor y compañía, que he estado de última ronda ya hace una semana, y me pesa cada ojo un quintal.

-San Juan le dé a usted sueño -dijo el mayor.

-Buen sueño ya yo me lo tengo -replicó el de la última ronda, añadiendo ni es decir esto tampoco que me falte apetito. Todavía no he comido ni probado en todo el día más que aquel gusarapo y par de perdices que usted me regaló ayer, y por las cuales le doy las gracias, que hoy me las compusieron para almorzar. Pero me las sacó el asistente demasiado aceitosillas. Con que Dios les dé a ustedes felices noches, señor es, que voy a tomar un bocado.

-Lo mismo le deseamos a usted -contestó de Grañina; y luego dirigiéndose al recién venido amigo-: -Cante usted el Te Deum, señor don Carlos, y dé gracias al Señor que se dignó librarnos a la hora de la cena de la sociedad del ayudante de campo. Si se hubiera que dado con nosotros, habría sido forzoso ayunar, aunque ni es viernes ni estamos en cuaresma.

Algunos puntos de guitarra que sonaron en el cuarto inmediato interrumpieron esta conversación, y una voz, sonora, varonil y armoniosa cantó con maestría música un aria de Metastasio. Acabó la música con un profundo suspiro.

-¿No conoce usted la voz -preguntó de Grañina a Carlos.

Pero antes de que pudiera éste contestar, el músico mismo, un subteniente de hermosísima y juvenil figura, se presentó en el cuarto, apoyada la parte inferior de la guitarra sobre la empuñadura de la espada, y la mano izquierda recorriendo el diapasón. Parecía Apolo vestido con el resplandeciente traje de Marte. No era dios, empero, como su belleza mostraba, sino el mismo caballero de Guzmán de Saavedra, futuro autor de una docta obra acerca de antigüedades españolas.

-Dulce y siempre amado estudiante -exclamó el flamante guerrero abrazando a Carlos afectuosísimamente.

-¿Qué feliz acaso le trae a usted entre nosotros? ¿Cuándo ha llegado usted?

-Ya hace más de una hora, caballero oficial -contestó Carlos con expresiones de no menor satisfacción-; y en verdad que no esperaba el placer grandísimo de encontrarle a usted aquí con el mayor.

-Y en tan buena ocasión -dijo de Grañina señalando a la mesa.

-Ciertamente -añadió el de Guzmán-. Sine Cerere et Bachus friget, Marte lo mismo que Venus, y aun se helaría Vulcano entre sus fraguas.

Los tres caballeros se sentaron a la mesa. El de Guzmán hablando en prodigiosa diversidad de idiomas; de Grañina guerreando en la castellana con su primo; y Carlos despuntando cuando podía las flechas satíricas de ambos beligerantes.




ArribaAbajo Capítulo II


   [...] Cuando la trompa horrible diere
señal en los ejércitos, y tienda
la roja cruz el viento en las banderas;
y de la muerte la visión horrenda
envuelta en polvo y humo discurriere
por medio las escuadras y armas fieras...


(L. DE ARGENSOLA.)                


Antes que el rostro refulgente de la aurora, hubiese lanzado la noche a las regiones occidentales, ni iluminado aún la cúspide de las montañas andaluzas, el estrépito marcial de la diana despertó a nuestros guerreros, que en pequeñas partidas se fueron presentando en la plaza de la aldea, adonde acabaron de ponerse el correaje, y se prepararon para ocupar sus respectivos puestos.

-¡Hermosísimo cielo! -dijo Carlos al caballero de Guzmán por vía de saludo matutino, y señalando a las estrellas- La salida del sol debe ser hoy magnífica.

-Sí lo será, señor estudiante -replicó el sanjuanista, tiritando de frío-; pero yo, por mi parte, a pesar de las efusiones de los mejores líricos, prefiero la suave almohada a las suaves cambiantes y matices de la más espléndida aurora. No hay cosa más natural que el himno que levanta el entusiasmado vate, sentado por la noche al lado del fuego, en prez de la beldad del sol naciente; allá en su fantasía respira, por decirlo así, desde tierra firme la fragancia de la rosa y el aliento de los alhelíes. Así canta, como quien está despacio y no tiene frío, melifluos y numerosos versos a la trémula gota de rocío suspendida del entreabierto capullo de la azucena. Hasta ahora tenía yo más fe poética que un Virgilio; pero desde que me reclutó ese Aquiles de primo mío, o más bien, desde que seducido me atrajo a sus banderas, no para componer metros, sino para dar asunto a los metristas, se han desvanecido mis ilusiones. Muchas veces he visto el ascenso de Apolo por los cielos; pero acompañado siempre de tanto frío, tan hambriento y adormilado yo, por lo general, en el poético instante, que ni he oído música de pintadas avecillas, ni he gozado fragancia ninguna, ni he visto más oro y grana que los de mi uniforme, los cuales me parece que adquieren notable realce y belleza después de almorzar.

-Pero la gloria -dijo Carlos- ha de ganarse a través de un áspero, estrecho y peligroso camino. Si fueran virtudes heroicas los placeres, ¿quién no sería héroe?

-Perfectísimamente dicho, señor estudiante; pero cuando se habla de inmortalidad bélica, de siempre viva llama y de ilustres hechos, la muerte es el solo sacrificio, la sola espantosa imagen que al ánimo se ocurre, acompañada, si usted quiere, de su cortejo de mutilaciones y heridas; pero olvidamos enteramente el cansancio, la hambre, las vigilias, la desnudez y otras frioleras parecidas, objeto de mi aversión más profunda. ¿Cuánto mejor sería para mí yacer tranquilamente en mi cama, verbigracia, o en un glorioso ataúd ganado a estocadas en el campo, que padecer este frío, este apetito devorador? Sea esto un secreto entre nosotros, señor estudiante; todavía no soy yo el hombre algere et esurire consuevit, ni es probable que comprase yo la gloria de veinte Epaminondas por un solo ayuno ni una sola vigilia.

-Pero tampoco en la vida militar nos faltan a veces regocijos y fiestas...

-Mil perdones en cuanto a eso, estudiante mío. Aquí me tiene usted pronto a mantener en cualquier sazón contra mi primo, usted y otro apologista de la vida marcial, que desde que yo tomé las armas he llevado la vida de un ermitaño, no de un guerrero; he sufrido mucho sin batirme jamás; y lo peor de estas privaciones ascéticas es, que como son forzadas, de nada me han de servir en la otra vida.

Varias voces de mando resonaron por la plaza, acompañadas de un atronador redoble, que interrumpió el diálogo de nuestros amigos y los hizo marchar a sus respectivas compañías. Después de algunas evoluciones se puso la columna en movimiento.

Había Carlos sido agregado al regimiento del mayor de Grañina; pero este jefe le envió un caballo, y le nombró su ayudante interino mientras mandase la pequeña división que se le había confiado. Con este cargo marchaba al lado de su cuerpo.

Las diez de la mañana serían cuando se empezaron a ver los edecanes del general, galopando rápidamente de una parte a otra, comunicar reservadas órdenes a los varios comandantes de los cuerpos. Hizo alto la columna poco después cerca de un arroyo, para comer sus ranchos de pan y bacalao. Cuando acabó el festín militar, volvieron a verse los edecanes en continuo movimiento, y el general pasó a caballo con su estado mayor de la cabeza a la cola de la columna, dando órdenes y tomando medidas como si se esperase entrar sin tardanza en acción. Dos regimientos marcharon por diversos caminos, y los demás recibieron orden para continuar lentamente el que llevaban, precedidos por guerrillas. Al cabo de una hora de marcha, llegaron a una llanura, terminada en un lado por la sierra, y en el otro por un olivar. Tanto las cúspides de las primeras colinas como la arboleda, se ocuparon sin dilación por las tropas ligeras, mientras el cuerpo de la columna, que montaba a casi dos mil hombres, se desplegó en batalla apoyando sus alas y costados en los dos dichos objetos. Avanzaron tres compañías en guerrilla para reconocer el frente y servir de vanguardia, y al grueso del ejército se dio permiso para que se sentase y descansase en la línea, con los fusiles por supuesto en la mano.

-Sin duda este año se ha detenido el sol en su can -dijo el caballero sanjuanista aproximándose a Carlos en este momento de descanso-. Más calor hace que en Siria o en Negricia. Por otro lado, desde que soy militar creo tener una mar de jugos gástricos en el cuerpo. No hay alimentos que me satisfagan.

-Por cierto que estaba yo loco cuando traje tanta filosofía al ejército -replicó sonriéndose el mayor de Grañina al entrar en el círculo de oficiales en que peroraba su primo.

-Niego, señor mayor -exclamó el de Guzmán-. Usted se estaba en sus cinco sentidos; yo sí que me había salido de ellos para nunca volver a entrar.

-Rebaje usted, señor primo, algo de esa severidad en honor de un par de capones fiambres y de algunas botellas de excelente vino, que como mayor de edad, he provisto yo para su regalo. Mira qué pechugas. ¿No te reconciliarían aun cuando fuese con las guerras de Cortés contra mejicanos?

-Veo que eres un Cicerón, y tus palabras de miel hiblea -replicó el soldado literato chispeándole de alegría los juveniles y azules ojos.

Con esto se levantó los encajes de los puños y vueltas de la casaca (pues no había tenedor alguno a la vista), y se preparó para el ataque. Siguieron esta lección práctica los oficiales presentes, y con no común interés, aquel fornido y de alguna edad ayudante, el cual, desenvainando una afilada navaja, empezó, cual pudiera un Héctor, a dar tajos, estocadas y reveses. A este punto del almuerzo silbaron cuatro o cinco balas. La mano del caballero de Guzmán hizo alto al oír el belígero saludo entre el capón y los labios, asida obstinadamente de una de sus gordas y doradas piernas, e incapaz de subir una pulgada más arriba, o de volver con ella al plato. A la súbita llegada de las balas abandonaron todos, en efecto, aunque con diversos motivos, su parte del capón. El mayor de Grañina cambió su plácida sonrisa en fiero y amenazador gesto. El fuego de la guerra empezó a relampaguear en los ardientes ojos; se atirantaron los músculos de sus labios; brilló en su mano la espada de Toledo, y al son de un atronador redoble se puso a la cabeza del cuerpo. Prendió en el pecho de Carlos el fuego marcial del jefe, Relucía entre sus negras pestañas la llama de la guerra, y con firme asiento y viva espuela discurría rápido por las filas comunicando las órdenes del jefe. El caballero sanjuanista, pálido y mudo todavía, se puso maquinalmente a la cabeza de sus soldados.

-¡Mal haya la mala suerte! -exclamó el obeso y cuarentón ayudante apoderándose de los capones y acomodándolos en su caballo-: mal año para mí si dejo yo las aves en poder de traidor ninguno; antes me las comería yo, aunque fueran de plomo, que dejárselas a ellos. Además, que el hombre no ha de entrar nunca en acción con el estómago vacío, no sea que se lo lleve el aire.

La orden de silencio resonó por el campo desde los labios de Grañina cual un clarín la hubiera pronunciado, y la tranquilidad de la muerte sucedió al anterior murmullo. La naturaleza pintó entonces sus operaciones con alto colorido e n el semblante de los guerreros. Éste dejaba percibir a través de un entrecejo amenazador su deseo de que se decidiese prontamente el conflicto; aquel manifestaba en la vehemencia de sus miradas cierta esperanza de que se propusiese el combate. Aquí los elevados ojos de un mancebo, la rápida vibración de sus labios, los agitados ángulos de sus facciones, decían que estaba en aquel punto invocando el patrocinio del santo que en especial le favorecía; allí un fuerte veterano cubría con una forzada sonrisa su inquietud y sus aprensiones, y se esforzaba en esconderlas a todo s los ojos. Entre tal variedad de complicados sentimientos, ¿qué hombre hubiera confesado que tenía el miedo la menor parte en la composición de sus vivas y multiplicadas sensaciones?

Las compañías ligeras, previamente enviadas de vanguardia para descubrir la posición del enemigo, volvían ya retirándose hacia la línea de batalla, envueltas en nubes de humo que por todas partes desgarraban continuos fogonazos. La estimuladora y vigorosa fragancia de la pólvora tocó los sentidos de los combatientes, que formados en batalla estaban, y la muerte empezó a silbar por entre las hileras en las balas del enemigo. Dos compañías salieron en este instante por orden de Grañina a reforzar las casi dispersas guerrillas. Una especie de media luna de humo y fuego se aproximó gradualmente hacia la línea donde estaba Carlos. La faz de la muerte parecía inflamar la antorcha de la gloria en su seno, y hasta de Grañina notó con admiración su serena intrepidez y la bizarría marcial de su conducta. Las compañías de guerra volvieron a entrar y encajonarse en sus respectivos cuerpos, acosadas por el grueso del ejército enemigo, cuya línea avanzaba lenta pero decididamente, vertiendo fuego sobre los campeones de Grañina, y haciendo reverberar el cielo con el estrépito de sus armas. Se les recibió con valor invencible, y con cierto y bien mantenido fuego graneado. Se aumentaba el humo, condensando de tal modo la atmósfera, que apenas podía el soldado ver a su camarada. Estaba el tiempo bochornoso por extremo; no se movía la hoja de un árbol; y cuando hubo el fuego durado una hora, los guerreros de ambas huestes estaban bañados en sudor, cubiertos de polvo, sofocados de sed, pero peleando cada vez con más encarnizamiento y más aterrador semblante. El calor y el polvo habían enrojecido e inflamado sus ojos, y la repetida acción de morder el cartucho, hinchado y separádoles los labios, de modo que se descubrían por entre los ennegrecidos dientes las secas y henchidas lenguas clavadas de sed al paladar. El trueno incesante de la mosquetería resonaba en largos ecos por las vecinas montañas y florestas, mientras las voces de mando, los gritos de los guerreros, los ayes e imprecaciones de los heridos, la sofocadora densidad y la oscuridad impenetrable del aire recargado de humo, los sulfúreos relámpagos que en rápidos ángulos la desgarraban, todo contribuía a presentar al ánimo un símbolo del fin y agonía de la naturaleza.

Había continuado el fuego con igual vehemencia por ambas partes, hasta que de Grañina, observando las evoluciones del enemigo, envió considerable parte de sus gentes a reforzar la montaña y arboleda, simultáneamente atacadas por las tropas rivales. Pero el jefe de éstas no era menos activo, diestro ni vigoroso soldado que de Grañina. Había previsto que defendería el último obstinadamente aquellas posiciones, y aún debilitaría su línea por conservarlas. Por eso atacó los flancos con aparente empeño, con el intento de formar una columna cerrada y romper con ella el centro de la ya débil línea por un repentino y oportuno esfuerzo. Conocía Landesa que llevaba la ventaja en el número y en la disciplina de sus gentes, y quiso aprovecharse de ella y sacar doble partido de su situación por haberse las de Grañina formado parte apresuradamente, y no saber aún evolucionar con prontitud. Si hubiese sido la subordinación de estos últimos menos severa, probablemente no hubieran ofrecido resistencia. Los más se hallaban por primera vez en una función de guerra, y se gozaba de Grañina indeciblemente bajo su amenazador ceño de verlos mantener su puesto cual nunca esperó de ellos. Sin embargo, cuando descubrió la marcial ordenanza de una columna que en forma triangular, y flanqueada por caballería, se adelantaba a paso redoblado a romper su centro, dudó por la primera vez aquel día si estaba destinado a ser vencedor o vencido. Reforzó, no obstante, el centro, desplegó sus guerrillas contra los flancos del enemigo, y rompió un mortífero fuego contra la columna que tenía delante. Mandó retirar fuera del alcance del fuego a todos sus jinetes, oficiales o soldados, y envió con ellos su propio caballo bajo el cuidado de Carlos, que, volviendo el rostro hacia el campo de batalla, obedeció a su comandante y se retiró pesaroso, mientras el bravo de Grañina formó su gente casi toda en columna; y no dejando más que cuatro o cinco compañías en la retaguardia, no sólo se preparó a recibir a los que a paso redoblado hacia él venían, sino que los atacó a la bayoneta fiera y denodadamente. El choque de las dos columnas fue a la vez terrorífico y sublime. Se acabaron hazañas de portentoso valor por ambas partes, y los guerreros, como en lo antiguo los campeones de Farsalia, se disputaron la victoria por mucho tiempo, combatiendo en silencio profundo, que sólo quebraba el crujir de las armas. Una ligera brisa se levantó en aquel punto, y disipando el humo, desveló al sol la heroica ferocidad de los combatientes, que con firme planta y mortífera mano sepultaban sus aceros en las entrañas de sus adversarios, y caían sin un ay, y desde el sangriento polvo blandían aún con no apagada furia el débil y no impotente hierro.

El estrépito de las armas empezó al fin a mezclarse con los lamentos de los heridos. Los caballos del general Landesa habían logrado abrir ancho camino por entre las filas de Grañina, que ya rotas, comenzaron una difícil retirada, con la esperanza de encajonarse en las compañías de retaguardia, que compuesta de gente menos cansada, podían resistir por más tiempo, con sereno y firme valor, la impetuosidad del enemigo. Lograron acabar la retirada, y se vio de Grañina otra vez a la cabeza de un respetable cuerpo de batalla. La tropa de Landesa sintió proporcionado desmayo, y hubo un momento de pausa.

Deseando aprovechar circunstancia tan favorable, mandó atacar de Grañina con voz temible como la de la tormenta, y se lanzó el primero espada en mano al enemigo. Antes, empero, que se moviesen sus soldados, ya el general Landesa, con no menor intrepidez, le había cargado en persona a la cabeza de su caballería. La victoria pareció querer coronar a Landesa por su conducta decisiva. Cedieron los soldados de Grañina, aunque con sorpresa hasta de su mismo jefe, conservaron la formación, y se retiraron paso a paso sin volver caras y en vigorosa e imponente defensiva. En este trance mandó de Grañina avanzar sus caballos, y a la cabeza de ellos se precipitó como un torbellino sobre la columna de su adversario. Frecuentemente tiene en su poder el caudillo comunicar su propio valor a sus gentes por medio de una acción generosa. Las de Grañina, animadas por la noble proeza de su jefe, ardientemente se arrojaron a las cansadas bandas de Landesa. Ambas columnas quedaron despedazadas, y el campo en una confusión desoladora, en que cada hombre quería salvar su vida dando muerte a cualquiera que llevase distinto uniforme.

En este estado del conflicto combatía el general Landesa, y dispersaba con irresistible impulso los grupos todos del opuesto partido. Con terror y sorpresa del campo se le vio rodeado de doce guerreros armados de punta en blanco, según acostumbraban los antiguos caballeros, con espléndidos y fuertes arneses, temible banda, cuyas lanzas igualmente derribaban al peón que al jinete. Se distinguía uno entre todos los caballeros por el lujo del argentado arnés claveteado de oro, por la riqueza del ondulante penacho, silla de terciopelo carmesí, y soberbio y furioso caballo de batalla. También parecía caudillo, o más bien ángel de la muerte, por la rapidez, valor y fuerza sobrehumana con que semejante al rayo llevaba la desolación y el terror por entre las filas de Grañina. Hubiera sido difícil adivinar si reasumieron los campeones sus antiguos yelmos y corseletes con el solo objeto de que ayudasen a la defensa, o si también tenían la mira de ocultar sus facciones por motivos especiales. Lo que sí es cierto, es que entraron en acción decididos a arrancar su laurel a la victoria. Así, cuando las haces se mezclaron, cuando cada hombre peleaba mano a mano, rostro a rostro, por su vida, y ni tiempo ni lugar tenía para cargar el fusil, se precipitaron los paladines con inhumanidad destructora sobre cualquiera que levantaba el brazo bajo la bandera contraria. Por fortuna de Grañina tan mezclados estaban ambos contendientes, y tal era su furor y su encarnizamiento, que no hallaba el soldado seguridad más que en la pelea. Si su tropa hubiera estado junta, o podido huir individualmente, ni un instante más habría continuado indecisa la victoria.

Carlos había acompañado a caballo al mayor de Grañina en la última carga, pero ya los había separado el subsiguiente tumulto, y se batían en lados opuestos del campo. Los doce de las lorigas y destructoras lanzas se hallaban también dispersos. Acometió Carlos a uno de ellos, cuyo negro manto y plumas, y pavonadas armas, le distinguían de los demás. Duró poco el combate, y tuvo Carlos la fortuna de arrojarlo del caballo. No obstante el embarazo del manto y la pesadez de las armas, se levantó vigorosamente el vencido caballero, y eludió con agilidad increíble la persecución de Carlos, que rodeado de nuevos enemigos, tuvo que acudir a su defensa. A los pocos instantes ya apenas se veían ondular las negras plumas desde lejos entre bayonetas y sangrientas espadas.

Crecía por momentos el furor de la batalla. En lo más vivo de ella, un soldado contra quien combatía nuestro héroe arrojó la espada y le tendió los brazos. Una bala hirió en aquel instante mismo la cabeza de Carlos, que cayó del caballo antes de haber podido reconocer en aquel soldado a su Alberto. La bala que derribó a nuestro caballero había sido disparada por el general Landesa. Se batía éste contra dos infantes armados de fusil y bayoneta, que no le permitían llegar adonde estaba nuestro héroe. Mientras con la espada hacía frente y aun perseguía a los dos infantes, sacó con la mano izquierda una pistola, que descargó con el tino que hemos visto. Muchos esfuerzos había hecho el general para aproximarse a Carlos, y muchas veces había maldecido la bala que no le atravesaba el pecho. Grande fue, pues, su gozo cuando vio cumplidos sus deseos por su propia mano. Desembarazado después de una obstinada lucha de los dos infantes de las bayonetas con quienes había estado combatiendo, voló hacia Carlos para pasarle el corazón con la espada por si acaso no estaba muerto. Aplicó la punta del acero al pecho del postrado enemigo en el instante en que por un feliz acaso le mataron el caballo y cayó a bastante distancia. Se levantó sin lesión alguna; pero no habiendo olvidado con la caída su designio, volvió hacia donde Carlos yacía. Alberto, el tímido Alberto, recibió al general con la punta de su espada, y por algunos minutos peleó en defensa de su amigo con el valor, la destreza y el entusiasmo de un héroe.

-¡Muere, infame traidor! -gritaba el iracundo jefe viéndose asaltado por uno de sus mismos soldados- ¡Perece, infame! -repetía, y cada vez le iba sacando mayor ventaja.

Al fin empezó Alberto a perder parte de su bizarría, cuando vio venir corriendo en favor del general, con un trabuco en la mano, aquel mismo caballero del negro penacho y manto que Carlos había desmontado. Vaciló Alberto, y cayó bañado en sangre por la espada de su antagonista. El hierro de Landesa descansó por segunda vez sobre el seno de Carlos; mas antes que pudiera perpetrar tan cobarde hazaña, le hizo átomos la cabeza el trabuco del caballero del negro manto. Las negras plumas del yelmo de este guerrero habían flotado toda la mañana cerca del general, a quien asistió el paladín en todas sus hazañas con notable actividad y resolución. En este caso, empero, cambió repentinamente de conducta, y ya descargada su arma de fuego, desenvainó otra vez la enrojecida espada, y se puso a defender el cuerpo de aquel caballero que poco antes le había derribado.

Ya habían los rebeldes perdido su caudillo; ya los disminuidos grupos de ambos contendientes empezaban a retroceder y a formar de nuevo sus bandas; ya el fuego empezaba otra vez a relampaguear en varias direcciones, dando paz a los embotados y ya inermes hierros; ya rasgaba el aire el trueno de la fusilería, cuando un estrepitoso redoble resonó por dos ángulos opuestos de la retaguardia rebelde, y el venerable marqués de Campo Sereno entró en la llanura a la cabeza de una doble división. La bocina del invencible caballero de la armadura de argento resonó por la primera vez en el conflicto. Se le reunieron instantáneamente todos sus paladines, y atropellando amigos y enemigos, atravesaron a galope tendido el campo, y desaparecieron como un meteoro. El del negro penacho fue el solo que no siguió a su jefe. Se quitó el yelmo, le arrojó a grande distancia, y poniéndose el sombrero de uno de los muertos, dejó ver la faz misma, el mismo semblante de Chato, en notabilísima agitación. Merced al ancho manto negro en que andaba envuelto, pudo despojarse de la armadura sin ser visto, cortando correas y no deteniéndose en niñerías. La confusión creciente del campo le ayudó mucho en su desmascaramiento. Había decaído el valor de los rebeldes. Arrojaban las armas los soldados pidiendo cuartel, y peleando los oficiales, no por conseguir la victoria, sino por la fuga. Las compañías del marqués de Campo Sereno inundaron, por decirlo así, el campo, haciendo prisioneros a cuantos rebeldes habían sobrevivido, con sus armas, municiones y bagajes.

Cuando abrió Carlos los ojos se halló en los brazos de Chato, que ya le había hecho una cura a su modo. Marchó con él a la línea que formándose estaba en la posición primitiva, adonde encontró al mayor de Grañina a la cabeza de lo que quedaba de su regimiento, recibiendo del anciano marqués los más altos elogios por su valor, pericia y fortuna. También oyó Carlos, con no poca sorpresa, las preces que el mayor, los oficiales y soldados daban a su propia conducta, y aun atribuyó el mayor a ella parte del buen éxito de la acción.

Los cuadros de los regimientos, que era casi todo lo que quedaba, se formaron al fin, y con banderas desplegadas rodearon en columna d e honor el campo en señal de victoria.

El pobre Alberto, pues ya es tiempo de que hablemos de la entidad de este individuo, fue hallado entre los muertos (aunque él no lo estaba), con dos heridas, una en el pecho y otra en la cabeza. Carlos, ayudado de algunos hombres, le llevó en unas parihuelas de cirujano, y no se separó de él hasta dejarlo en buen recaudo.

Hizo alto el ejército, se levantó un altar de campaña, y uno de los capellanes cantó un solemne Te Deum al frente de las banderas, y repitieron sus palabras con solemne gratitud todos los campeones que sobrevivieron.

Concluida esta ceremonia religiosa, mandó el marqués de Campo Sereno a de Grañina que saliese al frente, y en el nombre del rey le hizo coronel en el campo de batalla. Confirió semejantes honores a varias personas, y entre ellas nombró a Carlos subteniente. Dirigió un corto y militar discurso a los decorados y al ejército en general, a quien cedió seis carretas de vino y provisiones que se habían tomado al enemigo.

Pronto se preparó un festín marcial, mientras recorrían el campo algunas compañías para dar socorro a los numerosos heridos de ambas partes. Carlos pasó, en cuanto le fue posible, a congratular a su amigo, ya coronel de Grañina, pero principalmente con el ansioso deseo de saber nuevas del caballero de Guzmán, a quien no había visto desde el principio de la acción. Contestó el mayor con grande inquietud, que también ignoraba el destino de su primo, en busca del cual había despachado mensajeros en todas direcciones. Se proclamó y gritó por todas partes la pérdida del sanjuanista como la del hijo de Escipión, pero no respondía voz alguna. Desconsolaba profundamente a de Grañina la pérdida de su primo, y Carlos recorrió buscándolo cuantos puntos hasta tres millas en contorno podían por acaso contener sus despojos. Volvió Carlos tristísimo de su infructuosa excursión, y halló al coronel lamentando con desesperadas palabras la muerte de tan interesante joven. No quería confesarse de Grañina, ni aun a sí mismo, la sospecha de que su primo hubiese abandonado su puesto.

Estaba el nuevo coronel en amarga aflicción, aunque oculta, con Carlos, el obeso ayudante y otros oficiales, todos los que tenían más o menos necesidad del cirujano, cuando entró el de Guzmán cubierto de sangre y sudor y polvo. Es imposible pintar el gozo de los circunstantes cuando vieron a su lamentable amiga. Carlos y el coronel, en particular, pareció que revivieron a su vista, aunque este último le preguntó con severidad:

-¿Dónde ha estado usted hasta ahora, señor oficial?

-Mi mayor, recibiendo estas heridas -respondió el caballero, enseñando una que le había rasgado el pecho y cubiértole de sangre la negra cinta de San Juan.

Entonces entraron el sargento de la compañía y algunos soldados, y se supo que en una de las cargas a la bayoneta se había extraviado el sanjuanista persiguiendo algunos enemigos; que los había hecho a todos prisioneros, y apoderádose, además, de todos los papeles del ejército y del estado mayor, del tesoro, y de cinco de los jefes principales de los rebeldes. Esta gente y efectos habían quedado en poder del general, antes que el joven pensara en descansar ni en curarse.

Los ayes lastimeros de los oficiales se tornaron en panegíricos y elogios del héroe literario, quien aseguró francamente a sus amigos que se creía merecedor, en efecto, de aquellos aplausos, y haría gustoso el contrato de no morir nunca hasta dejar a su patria dos hijas como las de aquel antiguo soldado griego. Y como las alabanzas continuasen, exclamó el de Guzmán, tal vez para acabar con ellas:

-Creo, repito, que merezco inmarcesibles lauros. Ustedes, por ejemplo, son todos valientes, y la cara de la muerte ni los aflige ni asombra. Ergo: no tienen ustedes mérito en sus hechos. Pero, ¿quién puede apreciar la gloria y virtud, del que aterrado hasta el alma como yo lo estaba, temblándole cuantas vísceras y músculos tenía en el cuerpo, cumple aun con su deber?

Con estas palabras, pronunciadas en un tono que participaba del fervor belígero, y de aquel ridículo expreso e inteligente que a todas las suyas le daba, se puso el caballero de Guzmán en manos del cirujano.



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