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El que vendrá

José Enrique Rodó



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El que vendrá

     El despertar del siglo fue en la historia de las ideas una aurora, y su ocaso en el tiempo, es, también, un ocaso en la realidad.

     Mejor que Hugo, podrían los que hoy mantienen en aras semiderruidas los oficios de poeta, dar el nombre de crepusculares a los cantos en que adquiere voz la misteriosa inquietud de nuestro espíritu, cuando todo, a nuestro alrededor, palidece y se esfuma; y mejor que Vigny, los que llevan la voz del pensamiento contemporáneo, podrían llorar, en nuestro ambiente, privado casi de calor y de luz, el sentimiento, de la «soledad del alma» que lamentaba, en días que hoy nos parecen triunfales, su numen desolado y estoico.

     La vida literaria, como culto y celebración de un mismo ideal, como fuerza de relación y de amor entre las inteligencias, se nos figura a veces próxima a extinguirse. De la última y gran protesta sólo dura en la atmósfera intelectual que respiramos, la vaga y desvanecida vibración en que se prolonga el golpe metálico del bronce. Sobre el camino que conduce a Medán crece la hierba que denuncia el paso infrecuente. La Némesis compensadora e inflexible que restablece fatalmente en las cosas del Arte, el equilibrio violado por el engaño, la intolerancia o la pasión, se ha aproximado, a la escuela que fue traída por su mano, hace seis lustros, para cerrar con las puertas de ébano de la realidad la era dorada de los sueños, y ha descubierto ante nuestros ojos sus flaquezas, y nos ha revelado su incapacidad frente a las actuales necesidades del espíritu que avanza y columbra nuevas e ignoradas regiones.

     Quiso ella alejar del ambiente de las almas la tentación del misterio, cerrando en derredor el espacio que concedía a sus miradas la línea firme y segura del horizonte positivo; y el misterio indomable se ha levantado, más imperioso que nunca en nuestro cielo, para volver a trazar, ante nuestra conciencia acongojada, su martirizante y pavorosa interrogación. Quiso ofrecer por holocausto, en los altares de una inalterable Objetividad, todas las cosas íntimas, todas esas eternas voces interiores, que han representado, por lo menos, una mitad la más bella mitad, del arte humano; y el alma de nuevas generaciones, agitándose en la suprema necesidad de la confidencia, ha vuelto a hallar encanto en la contemplación de sus intimidades, ha vuelto a hablar de sí, ha restaurado su imperio al «yo» proscrito por los que no quisieron ver «sino lo que está del lado de afuera de los ojos»; triste reclusa que se rehace, en el día del asueto, del mutismo prolongado de su soledad. Quiso cortar las alas al sueño y de los hombres ensangrentados por el golpe de la cuchilla cruel y fría, han vuelto a nacer alas.

     Allá, sobre una cumbre que señorea, en la cadena del Pensamiento, todas las cumbres, descuella, como ayer, la personalidad del iniciador que asombró con el eco lejano y formidable de sus luchas, nuestra infancia; el maestro taciturno y atlético. Suya es todavía nuestra suprema admiración; pero al alzar hacia él la frente, en medio de nuestras ansias y nuestras inquietudes, nosotros hemos visto rotas las tablas de la ley entre sus manos; y separando entonces de entre las muchas cosas caducas de su credo una luz de verdad, que se ha incorporado, definitivamente también, en el campo donde él sembró su palabra, la doctrina y la obra, la fórmula y el genio. Sobre el naufragio del precepto exclusivo, de la limitación escolástica, del canon -frágiles colores que no respetan nunca la pátina del tiempo en las construcciones del espíritu- queda en pie y para siempre, la obra inmensa: nosotros la consideramos a la manera de una montaña sobre la cual se ha extinguido la luz que era claridad para las inteligencias y orientación para las almas, pero cuya grandeza adusta y sombría sigue dominando, llena de una misteriosa atracción, allá en el fondo gris del horizonte. Y como un símbolo perdurable, sobre la majestad de la obra inmensa, se tiende, señalando al futuro, el brazo del niño que ha de unimismar en su alma las almas de Pascal y Clotilde; personificando acaso, para los intérpretes que vendrán, el Euforión de un arte nuevo, de un arte grande y generoso, que ni se sienta tentado, como ella, a arrojar a las llamas los legajos del sabio, ni, como él, permanezca insensible y mudo ante las nostalgias de la contemplación del cielo estrellado por la dulce discípula, sobre el suelo abrasado de la era...

     En tanto que en los dominios de la Prosa, y coronando el pórtico austero y grave desde donde señalaron los hombres de la generación que trajo a Taine y a Renan la ruta nueva del saber, se afirmaba un escudo que tenía por inscripciones: Culto de la Verdad, madre de toda belleza y toda vida -único imperio del análisis- substitución del lirismo por la impersonalidad y de la invención por el experimento, -los justadores del Ritmo, que regresaban entonces de la gran fiesta romántica, juntaban sus corceles en derredor de una bandera cuyos lemas decían: odio a lo vulgar- amor a la apariencia bella, -adoración del mármol frío e impecable que mezcla el desdén a la caricia.

     Hubo una escuela que creyó haber hallado la fórmula de paz, proscribiendo de su taller, donde amontonó el tributo de luz y de color que impuso regiamente a las cosas, todos los angustiosos pensamientos, todas las crueles dudas, todas las ideas inquietantes, y buscando la non curanza del Ideal en brazos de la forma. -Puso en su pecho las flores que simbolizan el imperio del color sin perfume; colmó su copa del nephente que trae el bien del olvido. -Obedeciendo a Gautier, cerró su pensamiento y su corazón, en los que reinó la paz silente del santuario, al estrépito del huracán que hacía estremecer sus vidrieras; y fue impasible mientras las llamas de la pasión devoraban en torno a su mesa de trabajo las almas y las multitudes; amante del pasado, evocación del hecho vivo; desdeñosa y serena cuando la tempestad de la renovación y de la lucha precipitaba más frecuentes e impetuosas sus ráfagas sobre la frente de un siglo batallador. -Pero esta escuela que olvidó que no era posible desterrar del alma de los hombres, como lo soñó el monarca imbécil, «la fatal manía de pensar», fue condenada por los dioses del Arte que no consienten el triunfo del vacío más que los dioses de la Naturaleza, al martirio de Midas. -Quiso saciar su hambre y halló que el manjar de sus vajillas era oro; quiso saciar su sed y halló que las ondas de sus fuentes eran plata. -Entonces, la triste escuela dobló la cabeza sobre el pecho, para morir, guardando aún en la actitud de la muerte la corrección suprema de la línea, porque conoció que el corazón humano no hubiera querido trocar por las migajas del pan del sentimiento y de la idea sus tesoros inútiles. -Hoy su legado es como una ciudad maravillosa y espléndida, toda de mármol y de bronce, toda de raros estilos y de encantadoras opulencias, pero en la que sólo habitan sombras, heladas y donde no se escucha jamás ni en forma de lamento, la palpitación y el grito de la vida.

     Del numen que se cernió sobre el palacio de Medán, pasó, pues, si no la gloria, el imperio; y los que hoy guardan los retales de su enseña negra y purpúrea, suelen mezclar con ellos telas de distintos colores. De las tiendas de orfebres que abrió el «Parnaso», brindando en el alma de una generación de poetas una morada mejor y más suntuosa que la vieja Torre de Nesle a Benvenuto Cellini; de aquellas tiendas que encendieron los aires en el choque del oro y de la luz, sólo quedó un taller donde el artista de «Trofeos» labra un cáliz precioso que ya no ha de levantar, en los altares del arte, mano alguna.

     Voces nuevas se alzaron. Generaciones que llegaban, pálidas e inquietas, eligieron señores. Como en los tiempos en que se acercaba la hora del Profeta divino, apareció en el mundo del arte una multitud de profetas.

     Predicaron los unos, contra el culto de la Naturaleza exterior, el culto de la interioridad humana; contra el olvido de sí, en la visión serena de las cosas, «la cultura del yo». -Los otros se prosternaron ante el Símbolo, y pidieron a un idioma de imágenes la expresión de aquellos misterios de la vida espiritual, para los que las mallas del vocabulario les parecieron flojas o groseras. -Estos alzaron, poseídos de un insensato furor contra la realidad, que no pudo dar de sí el consuelo de la vida, y contra la Ciencia, que no pudo ser todopoderosa, un templo al Artificio y otro templo a la Ilusión y la Credulidad. -Aquéllos se llamaron los demoníacos, los réprobos; hicieron coro a las letanías de Satán; saborearon cantando las voluptuosidades del Pecado descubierto y altivo; glorificaron en la historia el eterno impulso rebelde, y convirtieron la blasfemia en oración y el estigma en aureola de sus santos. -Aquellos otros volvieron en la actitud del hijo pródigo a las puertas del viejo hogar abandonado del espíritu -ya por las sendas nuevas que traza la sombra de la cruz, engrandeciéndose misteriosamente entre los postreros arreboles de este siglo en ocaso, ya por las rutas sombrías que conducen a Oriente,- y buscaron, en la evocación de todas las palabras de esperanza y la renovación de todas las respuestas; que dieron los siglos a la Duda, el beneficio perdido de la Fe.

     Pero ninguno de ellos encontró la paz, ni la convicción definitiva, ni el reposo, ni ante su mirada, el cielo alentador y sereno, ni bajo sus pies el suelo estable y seguro. Artífices de una Babel ideal, hízose entre ellos el caos de las el caos de las lenguas, y se dispersaron.

     El mismo impulso que tenía en otrora, del canto del Poeta al alma de sus discípulos y al alma de la muchedumbre, la cadena magnética de Platón, reconcentra hoy a los que cantan en la soledad de su conciencia. «Para realizar nuestra obra, dice uno de ellos, debemos mantenernos aislados». -El movimiento de las ideas tiende cada vez más al individualismo en la producción y aun en la doctrina, a la dispersión de voluntades y de fuerzas, a la variedad inarmónica, que es el signo característico de la transición. -Ya no se profesa el culto de una misma Ley y la ambición de una labor colectiva, sino la fe del temperamento propio y la teoría de la propia genialidad. Ya no se aspira a edificar el majestuoso alcázar donde una generación de hombres instalará su pensamiento, sino la tienda donde dormir el suelo de una noche, en tanto aparecen los obreros que han de levantar el templo en los muros verán llegar el porvenir, dorada la frente por el fulgor de la mañana. -Las voces que concitan se pierden en la indiferencia. Los esfuerzos de clasificación resultan vanos o engañosos. Los imanes de las escuelas han perdido su fuerza de atracción, y son hoy hierro vulgar que se trabaja en el laboratorio, de la crítica. Los cenáculos, como legiones sin armas, se disuelven; los maestros, como los dioses, se van...

     Entre tanto, en nuestro corazón y nuestro pensamiento hay muchas ansias a las que nadie ha dado forma, muchos estremecimientos cuya vibración no ha llegado aún a ningún labio, muchos dolores para los que el bálsamo nos es desconocido, muchas inquietudes para las que todavía no se ha inventado un nombre... Todas las torturas que se han ensayado sobre el verbo, todos los refinamientos desesperados del espíritu, no han bastado a aplicar la infinita sed de expansión del alma humana. -También en la libación de lo extravagante y de lo raro ha llegado a las heces, y hoy se abrasan sus labios en la ansiedad de algo más grande, más humano, más puro. -Pero lo esperamos en vano. En vano nuestras copas vacías se tienden para recibir el vino nuevo: caen marchitas y estériles, en nuestra heredad, las ramas de las vides, y está enjuto y trozado el suelo del lagar.

     Sólo la esperanza mesiánica, la fe en el que ha de venir, porque tiene por cáliz el alma de todos los tiempos en que recrudecen el dolor y la duda, hace vibrar misteriosamente nuestro espíritu. -Y tal así como en las vísperas desesperadas del hallazgo llegaron hasta los tripulantes sin ánimo y sin fe, cerniéndose sobre la soledad infinita del Océano, aromas y rumores, el ambiente espiritual que respiramos está lleno de presagios, y los vislumbres con que se nos anuncia el porvenir están llenos de promesas...

     ¡Revelador! ¡Profeta a quien temen los empecinados de las fórmulas caducas y las almas nostálgicas esperan!, ¿cuándo llegará a nosotros el eco de tu voz dominando el murmullo de los que se esfuerzan por engañar la soledad de sus ansias con el monólogo de su corazón dolorido?...

     ¿Sobre qué cuna se reposa tu frente, que irradiará mañana el destello vivificador y luminoso; o sobre qué pensativa cerviz de adolescente bate las alas el pensamiento que ha de levantar el vuelo hasta ocupar la soledad de la cumbre; o bien, ¿cuál es la idea entre las que iluminan nuestro horizonte como estrellas temblorosas y pálidas, la que ha de transfigurarse en el credo que caliente y alumbre como el astro del día, de cuál cerebro entre los de los hacedores de obras buenas ha de surgir la obra genial?

     De todas las rutas hemos visto volver los peregrinos, asegurándonos que sólo han hallado ante su paso el desierto y la sombra. ¿Cuál será, pues, el rumbo de tu nave? ¿Adónde está la ruta nueva? ¿De qué nos hablarás, revelador, para que nosotros encontremos en tu palabra la vibración que enciende la fe, y la virtud que triunfa de la indiferencia, y el calor que funde el hastío?

     Cuando la impresión de las ideas o de las cosas actuales inclina mi alma a la abominación o la tristeza, tú te presentas a mis ojos como un airado y sublime vengador. -En tu diestra resplandecerá la espada del arcángel. El fuego purificador descenderá de tu mente. Tendrás el símbolo de tu alma en la nube que a un tiempo llora y fulmina. El yambo que flagela y la elegía constelada de lágrimas, hallarán en tu pensamiento el hecho sombrío de su unión.

     Te imagino otras veces como un apóstol dulce y afectuoso. En tu acento evangélico resonará la nota de amor, la nota de esperanza. Sobre tu frente brillarán las tintas del iris. -Asistiremos, guiados por la estrella de Betlem de tu palabra, a la aurora nueva, al renacer del Ideal- del perdido Ideal que en vano buscamos, viajeros sin rumbo, en las profundidades de la noche glacial por donde vamos, y que reaparecerá por ti, para llamar a las almas, hoy ateridas y dispersas, a la vida del amor, de la paz, de la concordia. Y se aquietarán bajo tus pies, las olas de nuestras tempestades, como si un óleo divino se extendiese sobre tus espumas. Y tu palabra resonará en nuestro espíritu como el tañir de la campana de Pascua al oído del doctor inclinado sobre la copa de veneno.

     Yo no tengo de ti sino una imagen vaga y misteriosa, como aquellas con que el alma, empeñada en rasgar el velo estrellado del misterio, puede representarse, en sus éxtasis, el esplendor de lo Divino. Pero sé que vendrás y de tal modo como el sublime maldecidor de las «Blasfemias» anatematiza e injuria al nunciador de la futura fe, antes de que él haya aparecido sobre la tierra, yo te amo y te bendigo, profeta que anhelamos, sin que el bálsamo reparador de tu palabra haya descendido sobre nuestro corazón.

     El vacío de nuestras almas sólo puede ser llenado por un grande amor, por un grande entusiasmo; y este entusiasmo y ese amor sólo pueden serles inspirados por la virtud de una palabra nueva. -Las sombras de la Duda siguen pesando en nuestro espíritu. Pero la Duda no es, en nosotros, ni un abandono y una voluptuosidad del pensamiento, como la del escéptico que encuentra en ella curiosa delectación y blanda almohada; ni una actitud austera, fría, segura, como en los experimentadores; ni siquiera un impulso de desesperación y de soberbia, como en los grandes rebeldes del romanticismo. La duda es en nosotros un ansioso esperar, una nostalgia mezclada de remordimientos, de anhelos, de temores; una vaga inquietud en la que entra por mucha parte el ansia de creer, que es casi una creencia... Espéramos; no sabemos a quién. Nos llaman; no sabemos de qué mansión remota y obscura. También nosotros hemos levantado en nuestro corazón un templo al dios desconocido.

     En medio de su soledad, nuestras almas se sienten dóciles, se sienten dispuestas a ser guiadas; y cuando dejamos pasar sin séquito al maestro que nos ha dirigido su exhortación sin que ella moviese una onda obediente en nuestro espíritu, es para luego preguntarnos en vano, con Bourget: «¿Quién hade pronunciar la palabra de porvenir y de fecundo trabajo que necesitamos para dar comienzo a nuestra obra? ¿Quién nos devolverá la divina virtud de la alegría en el esfuerzo y de la esperanza en la lucha?»

     Pero sólo contesta el eco triste de nuestra voz... Nuestra actitud es como la del viajero abandonado que pone a cada instante el oído en el suelo del desierto por si el rumor de los que han de venir le trae un rayo de esperanza. Nuestro corazón y nuestro pensamiento están llenos de ansiosa incertidumbre... ¡Revelador! ¡Revelador! ¡La hora ha llegado!... El sol que muere ilumina en todas las frentes la misma estéril palidez, descubre en el fondo de todas las pupilas la misma extraña inquietud; el viento de la tarde recoge de todos los labios el balbucir de un mismo anhelo infinito, y esta es la hora en que «la caravana de la decadencia» se detiene, angustiosa y fatigada, en la confusa profundidad del horizonte...

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