El trino del diablo [Selección]
Daniel Moyano
Triclinio se entretuvo los primeros días en Buenos Aires recorriendo la cuidad rítmicamente. Había calles un tá ta, calles un ta tá, y hasta de zorcico, tá ta ta tá ta. Una verdadera maravilla. La ciudad se movía sin pausas, no había silencios ni compases de espera en su eterna partitura: era un moto perpetuo sin barras de conclusión.
Le encantaba, sobre todo, oír hablar a sus habitantes. Ese cantito que tenían, tan no se sabía de dónde. Aunque no entendiese lo que decían; en primer lugar, por la rapidez de allegro con que hablaban, como si no existiesen otros aires; y también porque, dejándose llevar por las modulaciones, no prestaba atención al significado de las palabras. Memorizaba frases enteras (sin atender a su significado), las traducía a ritmos, luego se entretenía escribiéndolas en el pentagrama. Aplicaba a sus propias palabras los esquemas rítmicos obtenidos, como una manera de ir aprendiendo el idioma oficial de los argentinos y de abandonar de a poco su propia tonada, condición de «cabecita negra», según oyó que lo llamaron en cuanto lo oyeron hablar y vieron el color aceitunado de su piel.
Por las tardes le gustaba mirar el Río de la Plata hasta que anochecía, sin poder aislarlo del nombre de su descubridor y mártir, Juan Díaz de Solís, que entrando tan orondo montado en su galeón ignoraba que en una de sus orillas los nativos se lo comerían. Solís, que sin dudas hablaría con el mismo acento que el padre Francisco. Por allí mismo, justamente sobre esas pequeñas olas, ¿no habría llegado también el primer dueño del violín que él tenía ahora entre las manos? En ese caso el instrumento, por primera vez en tantos años, volvía al río por donde había entrado. Son cuatro siglos, se decía. Y sentía que él también, como la música, como todas las cosas, era esencialmente tiempo. Entonces, para distraerse de estas acechanzas históricas, valiéndose del vínculo río que había entre el Sena, el Támesis y éste de la Plata, relacionaba al último con los dos primeros, que eran de Paganini según relatos de su padre; y era hermoso imaginar al violinista italiano en medio de aquel río del Cono Sur arrojando monedas de oro, desparramando muecas diabólicas y arcadas celestiales, borrando con su música todo vestigio de tiempo metafísico y violencias gastronómicas.
El dueño de la pensión donde se instaló le dijo de entrada que sólo podría estudiar el violín por las tardes, entre las dos y las seis, siempre que lo hiciera con sordina.
Llevaba una hora de búsqueda de sonido (arco lento, notas largas, control de la respiración) cuando se le cortó una cuerda, de la que no tenía repuesto.
-¿Quedan lejos las tiendas de violín? -preguntó al dueño de la pensión.
-En el quiosco de la esquina encontrará de todo. Y ya que va, mejor compre pez para el arco, el que usa no es adecuado para este clima. Usted no es de acá, ¿verdad?
Era un quiosco enteramente de violines. No sólo había cuerdas de todas las calidades y países sino también atriles, partituras, métodos diversos (todas las obras para la escuela del arco de Sêvcík encuadernadas en dos tomos deliciosos), clavijas, mentoneras, soportes, almohadillas, almas y volutas.
Todo lo necesario para el violín, pero no violines. Los quioscos no estaban autorizados para venderlos, pero enfrente, en cualquiera de los costados de la calle, había establecimientos atestados de ellos, con grandes retratos de sus luthiers y música ambiental de las mejores obras de los grandes maestros ejecutadas por los Helmann y los Heifetz. Anochecía, los letreros luminosos rivalizaban en caprichosas estilizaciones de formas de violines, que se prendían y apagaban. Spumarola nunca le había hablado de esta particularidad de Buenos Aires. ¿Por dónde andaría ahora el pobre viejo? ¿Enseñando como siempre o rascando tripas en orquestitas de mala muerte?
Recorriendo calles se asomaba a las avenidas: iluminadas hasta el fondo, se perdían en la pampa. En casi todas ellas, letreros luminosos de violines. Eran como los ríos, o como el tiempo; y daba miedo penetrar en ellas y llegar hasta el confín, si es que lo había; porque parecían infinitas.
-Pero qué le ha pasado, hombre, por qué se demoro -le dijo el dueño de la pensión-. Como usted tardaba tanto y el tiempo se perdía, tuve que pasarle el resto de su turno a otro violinista.
-No sabía que en esta casa había otro violinista -dijo Triclinio con vergüenza.
-En esta pensión sólo admitimos violinistas, por haber tantos en Buenos Aires, y así tenemos asegurada la clientela. Y esto, téngalo muy en cuenta, no es un sueño. Quién más quien menos, en esta cuidad todos tocan el violín. Pero no para ganarse la vida, como parece que usted pretende, y perdone que me meta en sus cosas privadas. La gente acá vive del comercio de carnes y revistas, y se dedica al violín por motivos puramente estéticos o psicoanalíticos. Y ahora permiso, es mi turno de estudio. Sólo una hora, por desgracia. Mi violín no suena tan bien como el suyo. Me gustaría verlo. ¿Sería tan amable de atender la recepción mientras practico unas escalas?
El tono bajo y monocorde, y siempre autoritario, de la voz del dueño de la pensión, mortificaba a Triclinio. Después se acostumbró a ver detrás de esa máscara sonora a un hombre desvalido y acabado, melancólico congénito, que sin abandonar su agresividad le regalaba entradas para conciertos y lo mantenía informado de cuanto asunto relacionado con el violín sucediese en el mundo, gracias a las revistas extranjeras que leía en su lengua, alemán para empezar, y muchos otros idiomas todavía.
Una tarde, intentando disimular su agresividad con una sonrisa mal dibujada, le contó su mini historia:
-Yo también fui joven y violinista brillante como usted, cuando vivir en este país todavía era una promesa. Después vino el fatídico año treinta, del que todavía no hemos salido, y mire cuántos años han pasado. Entonces amaba a una mujer y era socialista. Ella me dejó y desde entonces me dedico a informar a la policía cuando aparece por aquí uno de esos violinistas sospechosos de querer hacer una revolución. Soy un miserable. Cualquier tango cuenta mi historia. Así que ya sabe con quién trata. Si le interesa, me han pasado el dato, con pedido de que no lo divulgue mucho para que no se presente tanta gente, de que en la Orquesta Sinfónica del Ministerio del Interior hay una vacante de segundo atril. ¿Por qué no se presenta? Si gana ese concurso podrá dejar este tugurio y trasladarse a una pensión más decente.
Pese al secreto de la convocatoria, se presentaron más de mil. Pero los finalistas, por unanimidad, fueron Triclinio y un coronel retirado. El coronel era un instrumentista buenísimo, originalmente de la escuela de Spumarola, y la seguridad germánica de su técnica convencía tanto como la «celestialidad» del instrumento del riojano. El jurado, compuesto por generales y cardenales, no sabía por cuál de los dos inclinarse. En cuanto al público asistente al concurso, compuesto exclusivamente por policías nacionales, aplaudía a ambos por igual. Aquello parecía un duelo entre la Iglesia y el Ejército-Estado. Lo cual, tanto histórica como constitucionalmente, era absurdo. La falta de hábitos eclesiásticos de Triclinio, pese a su cara ascética, inclinó el fiel de la balanza hacia el coronel.
El ganador felicitó a Triclinio por su digno segundo puesto y le dio una tarjeta de recomendación para un puesto de trabajo en una planta envasadora de lenguas vacunas, que le permitiría vivir en una pensión sin turnos estrictos de violín, y estudiar más tranquilo.
-Tu violín -dijo el coronel- suena como los dioses. ¿De dónde lo sacaste?
-Es un violín bendito -respondió Triclinio, que no sabía mentir.
-Muy bueno tu chiste -dijo el coronel tras una larga carcajada solitaria.
La carcajada sonó toda la noche en las orejas de Triclinio, junto a la visión inolvidable de los dientes del militar sonriendo, como si nunca fuera a cerrar más la boca, dientes perfectamente blancos y alineados, como teclas de piano.
Una tarde gris de tango; una tristísima tarde con ojeras; una tarde de sollozantes violines verlenianos; una tarde como las últimas tardes de este mundo; una tarde que lo encerraba en el fondo del patiecito de la nueva pensión, donde percutían y repercutían las discusiones tabernarias, las sirenas de los barcos que se alejaban entre adioses, los gritos de los fanáticos en las canchas de fútbol, las orquestas estridentes y desafinadas, el estallido de las bombas de gases lacrimógenos, las violentas cotizaciones del dólar y las declaraciones papales; una tarde patentizada por la certeza de que nunca más regresaría a la tierra de sus padres, que de paso era también la suya; en que las calles de Buenos Aires antes musicales habían perdido su inocencia y era un puro ruido sin sonido, Triclinio, haciendo un gran esfuerzo anímico, evitó el afloramiento de una lágrima inútil.
Recordando la propaganda de hombre bueno que del presidente hacía la TV, resolvió escribirle la siguiente carta, como recurso extremo ante la tristeza portuaria y la pobreza de cabecita negra y de exiliado que padecía:
Estimado Presidente: después de soportar todas las calamidades de mi tierra natal, desgraciadamente olvidadas hasta por mí mismo, algunas de las cuales enumero rápidamente para no fastidiar su magnánima atención (mortalidad infantil y mal de Chagas-Maza, niños muertos antes de los cinco años y epidemias de hambre, fracasos históricos tales como los del Chacho Peñaloza y el trágico Facundo, intervenciones militares y clima apocalíptico, folclorización e inutilización de estas verdades, y todos los etcéteras que usted pueda imaginarse), estudié durante muchos años el violín buscando una actividad que me permitiera no padecer el hambre que sufren mis comprovincianos vendedores ambulantes de higos, empanadas y pan casero, así como la que padecen los que venden los diarios y revistas que se editan en esta ilustre ciudad de Mitre, que llegan allá por toneladas produciendo momentáneo olvido.
Ha de saber, señor presidente, que mi ciudad es como la casa donde viven los pregones más tristes de este mundo. En cuanto amanece ya están por sus calles los vendedores ambulantes, en bicicleta o en burro o simplemente a pie, con los canastos colgados de los brazos, pregonando cosas que nadie entiende, porque en vez de palabras emiten unos lamentos que estremecen el alma pero de paso perturban o destrozan los oídos. Y si uno por casualidad sale a la calle para que al comprarles algo se callen de una vez, ellos ya han desaparecido en la esquina con sus plañidos consternantes.
Después están los verduleros que vienen de provincias vecinas tan pobres como la nuestra, en camiones con espantosos altavoces que convierten las palabras en gruñidos, y no ha acabado de salir el sol cuando aparecen las terribles motos que no descansan en todo el día, hasta que, llegada la noche, estas motos le pasan el ruido a los folcloristas, que en guitarras desafinadas, a través de los altavoces de los clubes, pregonan desgracias rimadas o ilusiones imposibles. Así avanza la noche, con un club pregonando en cada manzana, y cuando los altavoces callan finalmente comienzan a cantar los gallos anunciando la inmediata aparición de los vendedores ambulantes.
De esos ruidos terribles tenía yo siempre llena la cabeza, que me impedían la música. Las melodías que estudiaba en el violín se negaban a entrar en mí y permanecer, por hallarme por dentro todo sucio de pregones y altavoces deformantes.
Yo pretendía, con el violín, introducir en mi provincia, y también en mí, sonidos más hermosos y congruentes; y cuando al fin, después de muchos años de trabajo difícil aprendiendo la técnica del instrumento, quise dárselos, resultó que allá no necesitaban violinistas, no los querían, y luego me vine aquí, donde, como usted sabe, todos lo son.
Me han dicho que usted es un hombre bueno, de Cruz del Eje, un pueblo que como usted sabe ya queda más o menos cerca de mi provincia. Por poco éramos compadres, quiero decir, del mismo lugar. Ésta es, resumida, mi difícil situación. ¿Podría tener una entrevista con usted para que me escuche y si le parece bien me recomiende para algún trabajo? Reciba un fuerte abrazo de su gran amigo.
Triclinio
Se durmió pensando si su carta llegaría a las manos del presidente. Era posible que los secretarios, después de leerla, la considerasen ridícula y la tirasen al canasto de los papeles, o, ante la sospecha de que adentro hubiese un explosivo, la arrojasen a la parte más profunda del Río de la Plata.
Y entre sueños vio la imposibilidad de que el presidente en persona, abriendo el sobre, exclamase entusiasmado: ¡Miren! ¡Es una carta de mi amigo Triclinio!