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Entre ánimas y sueños

Sara Karlik



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Sara Karlik



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ArribaAbajoPrólogo

Una buena parte de los comentarios críticos acerca del primer volumen de cuentos de Sara Karlik de Arditi, La oscuridad de afuera (Ediciones ERGO SUM, Santiago de Chile, 1987), se halla conteste en sostener la dificultad de inventariar sus textos en el ámbito de la cuentística contemporánea, y aun en el de los géneros convencionales; igual podrá suceder con los veinticuatro breves relatos de Entre ánimas y sueños, que publica ahora nuestra Editorial ARAVERA; ello advertiría sobre algunas de las propiedades más notorias de estos cuentos -al margen de la coherencia estilística y estructural de ambos libros. Se me ocurre que esas particularidades son, primeramente, la escasez y, en ocasiones, carencia completa de acción de los personajes, o si se quiere el predominio de la actividad mental que expresa una aguda realidad psíquica, movimiento interno que enerva, descoloca y en definitiva apaga gestos, hechos y palabras «externos», al contrario de la concepción tradicional del cuento corto y, señaladamente, de su ejecución por los maestros en lengua inglesa del segundo cuarto de siglo -Faulkner, Hemingway, Dos Passos-, de quienes tanto aprendieron los monstruos ya desacralizados del «boom», e incluso escritores más recientes como Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Luisa Valenzuela, Mempo Giardinelli, Eraclio Zepeda, Saúl Ibargoyen Islas, Ricardo Piglia et alia, a los que deben sumarse Rubén Bareiro Saguier, Rodrigo Díaz Pérez, Osvaldo González Real y Helio Vera del   —8→   Paraguay; así, Sara Karlik ingresa a la nueva narrativa del subcontinente por caminos sesgados pero precisos.

La siguiente cualidad de sus narraciones es más practicada por nuestros novelistas: la continua irrupción de la función poética en el discurso/obsesión narrativo, y por consiguiente la de la emoción respectiva en el lector, según lo aclaró hace tiempo Don Alfonso Reyes; acordémonos de uno de los párrafos pertinentes del gran humanista: «La novela -aparte de que acarree elementos de diálogo dramático o de exclamación lírica- puede, sin desnaturalizarse, causar una emoción dramática o lírica».

En tercer lugar, aquel peso específico de las criaturas de Sara de Arditi, impuesto por la fiebre circular de su movilidad interior, logra por contraste que observemos sus figuraciones exteriores como al través de una difusa luz de acuario, sueltos hombres y mujeres que prolongan sus lentos ensueños más allá de la vigilia («De sobra»), presos en delicadas trampas de locura («Rebanando el tiempo») y de muerte («En esos días de culebras»), discurriendo sin tregua en la desolada embocadura del amor («Con los brazos sobre el vientre»), o intercambiándose desnudas máscaras solemnes («El hombre de la caja redonda»), en textos abiertos de par en par, con bruscas variaciones de los puntos de vista, al modo del Cortázar de Las babas del diablo. Pero junto a dichos fantasmas desamparados, la autora no desdeña incluir en su muestrario a seres afiliados en carne y hueso («Channel Nº 5», «Lady») al realismo patético que instauró Maupassant; asimismo, Sara es pasible   —9→   de decididas alegorías («Palabra de gato», uno de los mejores del volumen).

Podríamos agregar otras eficacias ulteriores de los cuentos que estamos prologando: bástenos corroborar al avisado lector el hábil manejo del recurso que en Borges ascendió hasta el paradigma, o sea el del sintagma que acota un referente de la condición humana en general y, al propio tiempo, conforma una unidad de significado en la obra gruesa del relato, v. gr. «...hay cosas que no deben ser iniciadas para no ser testigos de su término»; «...la angustia me lleva al cementerio para acallar esos fantasmas que uno no quiere que mueran por completo» o «Nació porque no tuvo otra alternativa, porque ya estaba lista y esperando».

Bienllegado, pues, este libro que manifiestamente enriquece la narrativa paraguaya de hoy, y en especial la de voz femenina; sin afán de homologaciones fáciles, digo en tal sentido que si, en nuestro medio, Neida de Mendonça y Renée Ferrer de Arréllaga acuden a rumbos tan legítimos como diversos de los de Sara Karlik de Arditi, me parece encontrar en la escritura de esta cierto aire sinónimo del naturalismo psicológico, cercado de poesía, de Raquel Saguier (La niña que perdí en el circo).

Carlos Villagra Marsal

La Alcándara, setiembre de 1987



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ArribaAbajoA modo de introducción

A la distancia, he sentido más intensamente el juego telúrico formado por tantas leyendas escuchadas a una edad que no permite calar en lo profundo por la inclinación natural al miedo.

He sentido el enfrentamiento de lo imaginario y lo real hasta no ser capaz de esclarecer sus terrenos.

He palpado el campo y sus habitantes por ese recuerdo de ciudad, parte de campo, o puede ser a la inversa, porque era así en aquella época por la proximidad de gente que, en su ir y venir, producía un intercambio, no programado, llevando pedazos de ciudad, trayendo el campo en ellos mismos, un acontecer extraño en atmósferas cargadas de duendes a punto de descender, lúdicos hasta lo enfermizo, mágicos por derechos adquiridos en tierras de arcilla y hombres de barro, auténticos por historia, reales por convencimiento.

Pienso en derechos o razones valederas para haberlos molestado.

Sólo quise revivirlos por una necesidad de volver a sentir esos temblores de campos efervescentes, de seres que se pasean a su antojo, a grandes zancadas, en tránsito etéreo hacia la ciudad para poblar sus noches y dejarlas sin sueño.

Fui más allá o más acá, en ese afán de reencuentro hombre-mujer en un mismo pie de aventura amorosa o de trabajo, en la búsqueda sin derechos de balanzas desequilibradas por enconos ancestrales, incursionando desde un solo lado para comprender ambos, poniéndome   —12→   en ambos porque pienso que no debe haber diferencia, tratando de batirme con palabras en esa lucha que no justifica inicios.

Me encontré con personajes que creí puestos a buen resguardo en alguna etapa del olvido y ante la seguridad de su inexistencia, no pude evitar un temblor recurrente que la memoria ha registrado.

Muchas veces quise jugar con ella (con la memoria), cambiando lugares, reemplazando hechos, cansándola hasta conducirla a la claudicación más vergonzosa.

La civilización no ha inventado aún los borradores de recuerdos.

Ahí están, llenando esas páginas que ya no pudieron permanecer blancas por tanta presión.

Con los «brazos sobre el vientre» me miro en el «espejo del tiempo», detenidamente, tratando de detectar si hay algo «de sobra», por esas cosas que impulsan a querer alargar cada instante, a detenerlo, fijarlo quizás, «antes que todo lo borre el viento».

Sólo veo lunas y ánimas, lluvias y colores, animales, «herederos desheredados», venganzas y sueños, parejas y puertas, y es «como de no creer».

Puede que no todo sea cierto.

La verdad es que puede ser.

La autora

Santiago de Chile, agosto de 1987





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ArribaAbajo- I -

Casi un ánima


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ArribaAbajoCon los brazos sobre el vientre

Levantó la cabeza sabiendo que estaba frente al espejo, pero no pudo verse.

Se sentía parada, sin reflejo en el lugar apropiado.

Empezó a palpar el contorno por los pies, tratando de sentirlos. Antes de seguir hizo un movimiento rápido para sorprenderse, quizás en una esquina pillando el juego, pero no, era como si una pared impidiera el paso. Siguió con las manos buscando su cuerpo. Todo en su lugar. Sólo el corazón estaba algo extraño, un solo golpeteo sin eco, un medio corazón miedoso.

Se le ocurrió pensar si no sería cosa de Jerónimo, de tanto decirle que siempre andaba perdida, que un día no se iba a encontrar por más que se buscara. Pero no, no tiene por qué ser como él dice, aunque la verdad se tira siempre hacia su lado, como sino supiera mantenerse firme con los brazos extendidos, dejando caer lo justo, igual que esa balanza de la abuela que la gringa decía que era renga, pero la renga era ella por no ser capaz de observar como corresponde.

Son extrañas las cosas que le están pasando, como un sube y baja de frío y calor desparramado por los lugares más raros, sin respeto siquiera por esos que no se deben mencionar, como le enseñaron de chica, porque había peligro de que se juntara la tierra con el cielo. Pero nada de eso sucede, según piensa Eulogia que ya tiene quince años y más de alguna vez se le habrá escapado eso prohibido.

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Ahora la hacen sentarse dos veces por semana en la sala, los martes y los jueves, antes de que oscurezca, para esperar a Jerónimo que viene del pueblo de al lado sólo para verla, pero ella no entiende por qué lo hace y para qué ella lo espera.

Esos días le dicen que se bañe mejor que los otros y se ponga el vestido de volados que no le gusta, pero le dicen que es necesario por más que tiene la sensación de parecerse a esos hongos inmensos que brotan en el campo después de las lluvias.

Y él también viene con ropa distinta, pero sin poder desprenderse del olor a establo y otras cosas.

Cuando siente el relincho y la caída del cuerpo de Jerónimo con un solo golpe, seco y parejo, tiene ganas de correr al espejo aunque sea sin verse, pero para sentir lo que estaba sintiendo, de lo que quiere y no quiere saber o acordarse por esos decires con los que fue creciendo.

No sabe qué hacer con ese cuerpo que le sobra por todas partes y, sentada en esa silla de la sala, los brazos largos se le enroscan en el respaldo, los ojos se tuercen y caen y los pies oblicuos se tocan y empujan bajo la silla.

El tiempo está sentado también, visible, no va ni viene, ni se esconde. Pesa con todo el drama de la falta de palabras.

«La casa me está sobrando», dice Jerónimo, pero ella no entiende. Sólo abre los ojos queriendo interesarse, pero no hay caso. Es el espejo, cree, ese que no la mostró, el que le llena la cabeza y está muy lejos como para darse cuenta de que ahí nada más está Jerónimo, y empieza a   —17→   darle un poco de razón con eso de que «anda perdida».

Es algo distinto y le gusta. La lleva lejos de esos días que no pasan, que sólo están ahí, como metidos entre tanta tierra que tiñe los pies descalzos y forma surcos de igual color.

Eulogia lo mira. Tiene los dientes apretados y los colmillos sobresalen, levantando labios y bigotes cuando ríe, y ríe demasiado para su gusto, y sin motivo.

Su madre y su abuela están sentadas enfrente, a la espera. Eulogia siente esa espera pero tampoco la comprende. Entonces se levanta y va hacia la única ventana de la sala, una con barrotes que deja pasar el fresco y la mirada, por donde Eulogia escapa sin necesidad de moverse.

Jerónimo también se levanta y al mismo tiempo la madre y la abuela.

Las dos cruzan los brazos sobre el vientre, tomándose las manos, y Jerónimo revuelca la mirada en el suelo y el sombrero entre los dedos.

Llaman a Eulogia y ella se despide y sale corriendo apenas abren la puerta.

No hay padre en la casa.

Dos generaciones arrastran la costumbre, pero con Eulogia será distinto. Así se ha propuesto la madre del mismo modo como lo ha hecho la suya con ella, y la de más arriba con la suya, sin resultado.

Pero las otras quizás no tuvieron el temblor del espejo sin imagen como Eulogia, y la cabeza viajando por su cuenta.

«Algo raro le ocurre», dice la abuela y la madre   —18→   asiente, y el miedo de lo extraño, de lo anormal, las aleja de la sala porque quieren probarlo, y mientras oscurece, más de lo aceptado en las visitas pasadas, Jerónimo deja de reír y Eulogia está asustada y tiembla dentro de ese abrazo inesperado, violento, del que no puede deshacerse, y tantas manos, hasta en los lugares prohibidos, y el vestido se levantan.

Todo es rápido, atropellado, sin tiempo para sentir.

Cree que es lo mismo que lo que le ocurre con el espejo y no grita, porque quiere saber hasta dónde puede llegar. A lo mejor atraviesa ese vidrio que no la deja verse, y no tiembla más.

Jerónimo no ha regresado.

Dicen que se ha ido a otro pueblo, más lejos.

Eulogia ya no tiembla ni deja correr la mirada para buscarse, como le gustaba. Un movimiento le revuelve el vientre y presiona el pecho hasta ahogarla. No ha vuelto a ponerse el vestido de volados.

Ahora son tres las que cruzan los brazos y toman las manos y esperan la noche y el día siguiente, y el trabajo, y el nacimiento.

Después, seguirán en la espera.



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ArribaAbajoLunas acostadas

Cuando llueve se forman charcos frente a la casa, y llueve cada cambio de luna con la estridencia del cambio, hasta la última gota. Después quedan zumbando como cuerdas tensadas recorriendo círculos hasta salirse y buscar otro charco.

«Son lunas acostadas», dicen los niños de barro, los que sienten lodo y agua y esas cosas extrañas que suceden cuando los árboles se sacuden el peso y sigue cayendo agua luego que ha escampado.

Máxima espera que pase la última nube para tender la ropa. La sacude, ajusta extremos y cuelga, y se agacha hasta que el tiesto queda vacío. Luego se toma la cintura con las manos, como queriendo poner en su lugar los huesos.

Cuentan que de otro lado trajo el conocimiento, como si le hubieran puesto la etiqueta al mandarla a este mundo.

Así cuentan.

Sabino Lugo era un «hombre de paz», como gustaba llamarse a sí mismo y que también lo llamaran después del término de la guerra, la del Chaco, que lo dejó con «olor a cañón», a pesar de las refregadas que le daba Máxima en el mismo tacho de ropa, el más grande, con esas manos que podían sacar cualquier mancha.

Pero esa no.

Sabino parecía cocido a fuego lento, pero por dentro, y eran «partes imposibles de alcanzar», según Máxima. Quizás fue su intención   —20→   señalarle sus límites, desafiar su fama de lavandera a varios kilómetros a la redonda. Pudo ser la carga de tanto explosivo junto, material duro para cuerpo de hombre, lo que lo llevó a empujar el primer vaso de un solo golpe, como cargando un arma, sintiendo un calor de combate en esa mezcla de olores que subieron en forma recta hasta explotar en la boca, lagrimeando nariz y ojos, hundiendo arrugas plegadas...

Se habían juntado antes, cuando creyeron que era una cuestión de ida y vuelta, cuando el apuro dejó el matrimonio para el regreso...

Pero la ida duró tres años y después, bueno, para qué iban a casarse si estaban bien como estaban, y las ganas de hacer cosas nuevas se le habían quedado a Sabino por allá, en algún lugar que ni siquiera lo recuerda entero, una maraña de árboles demasiado juntos, y ellos un pelotón extraviado entre truenos artificiales y lluvias que hundían cuerpos enteros, equivocando senderos borrados.

Sabino luego se encontró solo, buscándose, gritando su propio nombre de puro miedo.

Dicen que la guerra había terminado, pero Sabino quiso enterarse, esperando que lo encontraran para acostumbrarse de a poco a ese silencio que fue mucho, que quedó como un hilo dando vuelta, jugando con la paciencia de sus dedos que escarbaban por turno para desenredarlo.

El susto anticipó pasos, botas, el uniforme conocido, la sospecha de la noticia, el término.

Volvió como héroe y formó parte de los veteranos con derecho a una pensión de por vida.

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Sabino Lugo pensó en la tranquilidad de los días por delante, con esa pensión que fue quedando atrás para tantos días de tranco diferente que aún faltaban.

Eso no lo pensaron.

Máxima no dijo nada y siguieron en esa relación no conversada, agregando dos nacimientos que le dejó Sabino, esperando con tiempo, con resignación de campo, con mansedumbre sufrida para recuperar a su hombre.

Sabino pasaba largo rato mirándose en los charcos para después entrar a acostarse.

Los hijos fueron aprendiendo campo hasta no prestar atención a esas «lunas acostadas», a olvidarse que lo habían dicho alguna vez alzándose por encima de los sembradíos, perdiéndose a veces bajo un sombrero de paja, detrás de los bueyes que abrían la tierra.

Las manos se hicieron pocas para empujar vasos llenos a la garganta reseca de Sabino, y la botella fue más eficiente, y la pensión fue disminuyendo igual que el líquido.

Salía poco; sólo para deshacer los charcos con caras que «no eran suyas», así decía saltando, reventando y reventándose, hasta caer.

Lo internaron para curarlo «de la botella».

Fue un descanso para Máxima, sobre todo al acostarse, cuando su sueño podía hacerse largo, sin esa interrupción nocturna que más parecía un desfile de fantasmas dirigidos por Sabino, parado en medio de la pieza marcando el paso, dando órdenes, «de frente, march» a un grupo que controlaba con la cabeza vuelta para atrás.

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«Noche a pedazos y días sin parar», hablaba Máxima a la ropa.

Lo trajeron «bueno y sano» hasta la puerta de la casa, en un vehículo blanco que parecía «hospital andante».

El tiempo, desparramado sin control, y lo demás que hizo lo suyo, mostró a un Sabino distinto, con ganas suspendidas, batallando su guerra inacabada.

En el campo se habla poco. Las fuerzas se gastan y van sembrándose junto con el grano.

La noche llega pronto y el día también.

Entremedio, el idioma de los actos, lo justo para echar a andar necesidades.

Fue cuando llovió de nuevo, después de la llegada de Sabino, de su último regreso, y se formaron los charcos en las mismas partes de tierra carcomida.

Fue al caer de la tarde, y el ruido de afuera se sintió adentro, y no pudo medirse cuál era más sentido.

Sabino gritó, rebotando el sonido de alucinado por las paredes, por los hijos, por Máxima que quería atajarlo para que el mismo no se fuera con los gritos, cayendo juntos al suelo, sujetando entre todos esos reclamos de vida no vivida.

Igual que una tormenta, Sabino fue calmándose, pero sus ojos quedaron sin dirección, retrocediendo para esconderse en las paredes, en los muebles, en el respaldo de la cama, abrazando él mismo su cuerpo para sentirse.

La botella acompañó su mano otra vez, y la   —23→   mano seguía siendo rápida, como si no perteneciera al mismo cuerpo.

Cuando la vaciaba, representaba la guerra delirante, peleando fuera de control lo que ya había terminado.

Instalaron una campana a la entrada para llamar a los muchachos cuando la fuerza de Máxima no era suficiente para tanto Sabino, un Sabino multiplicado, un despojo al mismo tiempo.

Los charcos temblaban con la campana, hasta que dejaron de hacerlo.

«Sabino Lugo falleció en la tranquilidad de su hogar, rodeado del cariño de su familia. Veterano de la Guerra del Chaco, fue hombre de honor que supo responder al llamado de la patria. Sus restos fueron enterrados en el mausoleo de veteranos».

Así rezaba la noticia.

Había sonado la campana y se vio, al fondo, por encima del maizal, tres sombreros en movimiento. Después, entre todos, ataron la cuerda a un poste.

«Luego habrá que descolgarlo», dijo uno de ellos.

Nadie habló del cuerpo que se columpió solitario, sin ruido, estando Máxima afuera, ocupada con la ropa.



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ArribaAbajoCasi un ánima

Salió a buscarlo, por más que la noche traga hombres y cosas, disfraza y los vuelve invisibles, y la estupidez de la búsqueda carcome el intento y al final se desvanece en la duda, porque todo es duda, aunque él, Agustín Mondaca, tenía figura en su mente y sentir en su cuerpo; entonces debía estar en algún lado, con ese nombre o con otro.

Pero no es el nombre el que necesita.

Apareció con la estampa que había imaginado, con todo en su lugar, como si hubiera sido hecho así, por encargo.

Llegué a acostumbrarme a la barba y los bigotes que no formaban parte de la figura que conocí antes de que estuviera.

Me vio entre otras y sus ojos, como dedo índice, me señalaron y lo seguí detrás del caballo, caminando ese campo que se me presentó nuevo, como todo desde ese momento.

«Los extraños no se quedan, sólo dejan rastros», dice la abuela, la vieja, la que acumula decires para cada ocasión, y los lanza como mensajes salidos de una cerbatana.

Pero Loida pasaba a los años que siguen a los otros, y los había cruzado hasta ser casi una mujer.

Agustín, conocedor de atajos y pasos de caminos y mujeres, no necesitó darse cuenta.

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Loida lo siguió, caminando detrás de él, como corresponde, sintiendo los pies livianos, sin cansarse en la distancia que era mucha, porque las caras conocidas iban quedando atrás, muy atrás.

Cuando Agustín quiso, chasqueó la lengua y Loida saltó como otro animal a la grupa del caballo.

Y se fueron.

Se le olvidó hasta su propio nombre, atada al caballo o al hombre, lo que cuenta en el campo y suena en el silencio cuando los ruidos del día se van amansando y queda esa perforación acústica de cese de acción que se atribuye a la cigarra.

Entonces se adormece el campo, el hombre, el deseo, y se aguanta la noche hasta que no puede más y el día explota con esa insistencia de cielo, con derecho, hasta que de nuevo sucumbe.

Pero no es todo.

Se siente y sufre, se espera y deja de esperar, el cuerpo se cansa y envejece...

Loida nació con ese miedo, se alimentó de los decires de la abuela hasta que de tanto insistir se fueron olvidando, y se trenzó ella toda en una lucha, no de clases, ni de rebeldía, ni de sentirse dejada de lado por ser mujer, sino por poder, por poder ajustarse a un hombre, al que formaba su deseo hasta dejarlo cansado, y después volver a lo mismo, como lo del día y la noche, y dormir el vientre tranquilo.

Pero la nostalgia de lo conocido empezó a dolerle.

Le dolía todo el cuerpo y se le iba hinchando como aquella vez que le picó el insecto negro,   —27→   esos que «inyectan la inquietud para siempre», según la abuela.

Y Agustín desapareció como un cielo cualquiera, noche-día-invierno-verano.

Y ella caminó sin caballo u hombre atado al caballo que seguir, y siguió andando hasta que la cigarra, enloquecida, perforó el espacio sin darse cuenta de que perforaba su vientre, y reventó ahí nomás, entre las sombras movedizas de noche de árboles o de tormenta de noche o de árboles, pero no hubo grito, porque para eso está la lengua, para morderla y dejar en ella el grito y los dientes marcados.

Tampoco sonó el otro grito, el que anuncia o grita porque renuncia desde el comienzo.

No sonó, porque el grito estaba muerto.

Loida llegó, cansada de noche y de gritos apretados y no sentidos.

Sólo la abuela la vio llegar, pero nada dijo, como si se le hubieran acabado los decires.

Desde entonces sale a buscarlo, siempre de noche, esperando que la sombra lo forme, buscando la sombra en la oscuridad, mientras olfatea para abajo y para arriba por si al aire se le escapa algo, o la tierra lo escribe en su idioma.

Pero vuelve, siempre vuelve, y espera y vuelve a esperar en ese campo que parece costumbre que el sol calienta hasta que surgen cosas que ni las ánimas sueñan, mientras la abuela murmura y sigue murmurando, y no la escuchan porque ya es casi un ánima.



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ArribaAbajoCuentos de lluvia

«Sólo un golpe de muerte la puede salvar», dijeron.

Era un pueblo de lluvia continua.

No era fácil diferenciar los rostros a través de esas rayas puestas por decisión de cielos pesantes, donde el agua era costumbre, y los techos chorreaban ruidos de esas costumbres, donde los tonos se hacían solos, cayendo altos o bajos, siguiendo caminos seguidos hasta llegar allá, al fondo, a ese precipitarse alocado donde se hacía una verdadera orquesta para después calmarse, dejar vanidades acumuladas, cortando el valle hasta donde llega el recuerdo.

Pero en un pueblo viejo, de viejos, la insistencia del agua encoge huesos, relaja la vejiga y las ganas se salen del cuerpo, y es también agua, cansancio húmedo, y agota el aguante.

Se han quedado sin soledad joven porque el apuro de tiempo, sin marca, sin nada en su pasar, los hizo irse.

«Hasta cuando pasen las lluvias», dijeron con las manos en alto, corriendo huellas en los cerros hasta perderse del otro lado y dejar las alturas tan serias como estaban.

Pero ¿por qué dijeron lo que dijeron, si saben bien que es función continua lo que allí ocurre, desquite de alguien que dio la orden allá arriba y se olvidó del resto?

«Un emisario para revocar la orden», dicen, «eso debe hacerse», y se miran los años, sentados,   —30→   esperando, y se desconocen entre ellos para no ser elegidos.

Todo ocurrió con esa seca que casi hizo estatuas de todos ellos y el jefe sacó palabras guardadas para esos casos, sucias de tan guardadas, equivocándose al sacarlas, y se armó el revoltijo.

De una inmensa urna sacaron mensajes escondidos por antiguos moradores.

No todos supieron leer los suyos por esos borrones que quedan sin argumento cuando es mucho el encierro.

Y, el que pudo, lo leyó a pleno pulmón, olvidando que los cerros retumban y hablan, y la lluvia no se hizo desear.

Cayó con ganas de quedarse.

Quizás también venía de algún encierro.

Estuvieron contentos al principio y se dejaron lavar por dentro y por fuera, parados frente a las chozas, con la boca abierta mirando el cielo.

Se les fue el tinte terroso y empezó a arrugarse la piel.

Se dieron cuenta de que la cosa era para rato, después de varias vueltas del conocimiento, hasta ajustarlo demasiado.

Cerraron sus propias salidas y todos estaban en lo mismo.

Entonces, empezaron a escuchar la frase, a tomarle miedo sin entender, a sentirla rondar con ruido propio, a verla casi.

Y no fue necesario buscar elegidos.

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Parecía un acuerdo, una combinación de fuerzas venidas a menos o un abandono total de ellas.

Y cada cual se fue consumiendo en su estilo personal, como mejor le acomodara.

Algunos tomaron el camino del bosque y nada más se supo.

Otros se apostaron a esperar el momento en su sitio, para desairar al miedo.

Los más se dejaron estar, entregándose en silencio, «como debía ser».

Hasta que ninguno quedó a quien la lluvia pudiera molestar.

Entonces, los cerros se dieron vuelta y los del otro lado fueron cayendo, los que se habían ido, hasta que se formó de nuevo el pueblo, y eran jóvenes y muy fuertes para que el agua pudiera despintarlos o arañarles la piel.

De tanto en tanto, la lluvia se daba el gusto y caía, pero nunca más para quedarse a su antojo.

El niño escucha a la vieja india que lo acuna en sus brazos. La mira buscando el fondo de sus ojos, de los ojos de esa mujer que hace llover de tantas formas para armar historias.



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ArribaAbajoEl hombre de la caja redonda

El cabello le salía por encima del sombrero y en la mano llevaba, por lo general, una caja con un sombrero de repuesto, el que era necesario cambiar apenas las puntas del pelo se torcían, lo que significaba que la humedad era excesiva.

Así me hablaron de Celestiano Meza cuando me lo presentaron a la distancia, antes de la presentación personal, un preámbulo necesario para formar el ambiente.

Claro que, cuando lo vi, parado en la posición anunciada de brazos colgando sosteniendo la caja, no presté tanta atención a lo ya conocido como al resto, una pulsera gruesa de oro en una muñeca y en la otra el reloj, también de oro, que no hacía ningún juego con la camisa de vegetación abundante y colorida y el pantalón verde agua.

Miré el sombrero, pero el cabello no asomaba.

Lo volví a mirar y, como en los dibujos animados, se le levantaron algunos pelos, no sé si complaciendo mi curiosidad o porque era el momento en que lo hacían, cansados del encierro indecorosamente traspirado.

La presentación fue muy especial, lenta diría, con mis ojos siguiendo cualquier cambio que pudiera haber en la cabeza de Celestiano Meza.

El nombre me pareció justo. No podía haber sido distinto.

La verdad es que creo haberlo sabido antes de que lo pronunciara.

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Me preguntó por el viaje, pero mi respuesta fue escasa en medio de un tartamudeo del cual sólo ahora me hacía cargo.

No soltaba la caja del sombrero y, con el brazo libre, se ofreció a cargar mi maleta, pero aún me quedaba cierta presencia de ánimo y me opuse con la dificultad de lengua y palabras con las que ya estaba en franco diálogo.

Había algo terriblemente atractivo en Celestiano Meza.

El movimiento del cuerpo buscaba el de la pulsera y, junto al crujir de los zapatos blancos de charol, formaban un conjunto cadencioso, un ritmo con forma que hizo sentirme bastante poca cosa.

Caminamos por largos corredores antes de encontrar la calle. Celestiano se movía sin esfuerzo, a pesar del vientre que trataba de defender a punta de hojas y troncos que caían de la camisa en varias direcciones. Sus palabras eran tibias, sin apuros innecesarios, masticadas hasta lograr la mezcla justa.

Iba moviendo las manos a la velocidad del paisaje que se desprendía a lo largo y ancho de la ventanilla del auto.

No valía la pena interrumpir el relato manual apuntalado por algunas palabras.

La caja, apoyada en un costado del asiento, parecía necesitar la mano de Celestiano, quien la recorría con suavidad.

El viaje se hizo corto.

Me preguntaba si sería capaz de mostrar un comportamiento que no reflejara la inquietud que me producía la característica especial de su cabeza... si iba ser posible separar mi deseo de seguir   —35→   en la observación del objeto real de la visita.

Celestiano seguía sin apuro, corriendo días y noches sin aparentemente darse cuenta, o dándose cuenta y haciendo creer lo contrario.

Mi paciencia se iba con los días. Hasta me olvidé del porqué del viaje, del momento en que lo decidí, del tiempo que había pasado. Amaneceres tardíos sucedían a noches largas, y lo demás no era visible en ese manejar a voluntad de personas y entornos de Celestiano.

Llegué a pensar que la caja era producto de mi imaginación.

Él parecía no reparar en ella. A veces la sentía colgando de mi propia mano...

La curiosidad fue desapareciendo para ser reemplazada por el miedo. Caja de miedo, movimientos de miedo, el miedo en mí, yo en el miedo. Tuve la sensación de que no podría escapar de ese extraño encanto que lo rodeaba todo.

El espacio se iba llenando de troncos y ramas salidas de la camisa de Celestiano, una suerte de maraña atenta al primer desliz para convertirse en carnívora. Me pareció un cosquilleo en la cabeza, junto con un temor de que algún espejo viera el crecimiento del cabello en un equívoco de personaje. La caja se me hacía ojos y los ojos taladro, mientras las manos, en picazón constante y más petrificadas que nunca, reclamaban la decisión, el atrevimiento.

De pronto me olvidaba de la cabeza de Celestiano.

Cuando lo vi esa noche, sin la caja, mi mente se hizo redonda y corrí pasillos interminables,   —36→   todos en círculo para buscarla.

Allí estaba Celestiano, al final de un corredor, sin cara de Celestiano, sin cabeza de Celestiano, y la caja abierta al lado, y el cabello atravesando el sombrero, cayendo por los bordes formando un pasto negro con infiltraciones grises, y él esperando, conociendo la espera, y yo era sólo un hombre sin cabeza con una caja redonda colgando por fin de uno de mis brazos.

Celestiano Meza, dije a modo de presentación.



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ArribaAbajoMamá Checha

Mamá Checha está poniendo otra capa a sus recuerdos, «para que no se escapen», según dice.

Se le nota por los movimientos de los ojos, por las manos que envuelven trozos de aire como queriendo tirárselos para adentro, por el ritmo que llevan sus pies, hacia adelante, hacia atrás, nunca a los costados por donde se meten los espíritus perdidos, los que buscan un lugar para adentrarse, una permanencia que les evite ese vagar que cansa y acumula más maldad.

Está en su silla.

Se mueve sólo lo necesario en esos momentos de trance que aprendió por recuerdo, de memoria, por aprendizaje diario.

No se sabe si ya se ha levantado o está por acostarse, acostumbrados a verla sentada entera en esa silla que la conoce y no chirría su presencia.

Tampoco la ven comer.

Ajusta el tiempo a su medida dentro de esos anteojos que la obligaron a ponerse «porque los propios estaban empeñados», como dijo.

Sufre, afirman cuando no la encuentran en la silla ni en parte alguna.

«Sufrir en compañía es no sufrir», balbucea antes de desaparecer.

Nadie sabe adónde va para esas curas que sólo ella conoce, de donde vuelve encogida como si hubiera estado en remojo por largo tiempo.

«Son encuentros anticipados», murmuran entre dientes para no ser oídos, «se entiende con   —38→   los que penan dolores como ella, pero ya sin regreso», dicen.

Entonces, a su lado, en el suelo, aparece un atado de hierbas raras que desprenden aromas que se enganchan en el aire, olores fuertes que toman cuerpo y se parecen a Mamá Checha, y los niños corren por miedo, por lo que han escuchado, por los cuentos contados para que no puedan dormir y vean pasar la comparsa de los que se han ido, y vayan endureciendo la cara y se uniforme la tribu, y los grandes se encierran por lo mismo, pero es un temor diferente, temor de engranar en la procesión nocturna.

Mamá Checha nació con años traídos de otra parte.

Eran restos traídos o dejados por otros, y ella no es dada a los desperdicios.

Todo lo junta.

«Sólo es cuestión de agacharse», dice.

Pero se le ha ido la mano.

Desaparece con menos frecuencia y es poca la hierba que queda a su lado.

Su cuerpo cambia tan rápidamente que el aroma de los yuyos no puede imitarla.

Es como si una piedra enorme sobre la cabeza la estuviera achatando.

Quedó nada más que un agujero redondo, no muy profundo, donde solía estar.

Buscaron la silla, pero tampoco estaba.

«Le gustaba la comodidad», dijeron.

El viento fue trayendo tierra hasta que el hoyo quedó cubierto.

  —39→  

Entonces aumentó la comparsa.

Ahora cuentan historias sobre Mamá Checha, y atisban su paso por puertas apenas abiertas que, de pronto, se cierran de golpe.

Pero se equivocan. Ella no es de comparsa ni procesiones.

Es sólo resto de otros pedazos que alguien irá a juntar, para armarla de nuevo, no sea que se deje de hablar de ella y la hagan desaparecer con el olvido, con silla y todo.



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ArribaAbajoLa venganza de Mendieta

El calor parece atravesarlo todo.

Hasta los árboles están aletargados.

Un temblor suave va moviendo las hojas, como si el viento por fin se hubiera decidido.

Pero no es el viento. Sólo una forma de deshacerse del calor.

Las calles duermen la siesta.

Es la hora en que se liberan del golpeteo de pasos, del eco de la rabia.

«Va a llover», dice una voz apoyada en la ventana, y otra le responde: «a veces pasa de largo, como los mismos sueños».

Se conversa, por la necesidad de la naturaleza.

En vísperas de tormenta, las lenguas llegan a su inquietud mayor y los desastres son una forma de vida.

Los días se guardan, como las fuerzas, para aprovechar mejor las noches, noches revolcadas en su propia oscuridad, con frecuentes golpes de temporal.

Entonces, con las luces rojas, luces de casas semioscuras donde el misterio no existe, el centro del pueblo se sacude de realidades tan apabullantes como el calor mismo.

Todo andaba así hasta que llegó Mendieta, con todas sus «marcas colgando», como decían a propósito de sus condecoraciones de «cintas teñidas» para diferenciarlas, y un sello metálico que podía ser cualquier cosa.

Llegó y se plantó en seco en medio de la plaza,   —42→   con el cigarro inquieto entre los labios, como buscando un lugar definitivo. Izquierda, derecha, casi un soldado el pobre cigarro.

Todo era grueso en él: cejas, cara, bigotes, nariz.

Todo tenía fuerza y cerraba el círculo de la cara fuerte, un atropello de cara para el que se pusiera al frente.

Mendieta no necesitaba darse vuelta para saber lo que ocurría detrás de él. Sus ojos eran iguales al cigarro.

Después de dejarse ver por todo el pueblo, en esa posición que no admite dudas, Mendieta entra a una de las casas nocturnas.

El vaso lo espera en la mesa antes de que se siente, porque el viento ya ha traído su olor, y es tan fuerte que con timidez agregan la botella.

Ríe con esa risa que se prolonga como los malos augurios, o los insultos de tartamudo, o lo que sale de los hospicios y parece risa.

Termina el trago y el eructo queda pegado al aire.

Rosana lo espera porque él así lo quiere.

Ella dice que es su forma de pagar sus pecados.

Él agrega que tiene suerte de ser la elegida. Es un acuerdo de una sola parte.

Adentro está tan caluroso como en la plaza misma, y el sudor cunde, se desplaza casi como un ser viviente, no trepa, sino resbala llevando consigo todo, hasta las ganas mismas.

Mendieta toma la botella con una mano y a Rosana le da la orden como a un caballo, con un golpe en el traste.

  —43→  

Ella traga varias veces con dificultad, tragada de hueso atravesado.

Suben la escalera y entran a una pieza.

Hay varias, pero Mendieta tiene la suya, y llega con «derechos pagados», como afirma.

Hay poca luz. Un ventilador de techo da vueltas cansadas.

Mendieta levanta los ojos como antenas y mueve las aletas de la nariz. Su pecho es un sube y baja de grasa, un desplazamiento de vello tupido, oscuro como él mismo, rescatado quizás del infierno por equivocación.

Sus manos se extienden para tomar la presa, entonces su sistema de alerta se descuadra, las luces se apagan y la pieza se llena de brazos y piernas que buscan una sola parte, la que no llegó a utilizar.

Rosana desaparece y Mendieta resbala, con sudor y todo, hasta quedar tendido, y el resto del torbellino desatado también desaparece.

El revuelo abandona la habitación y baja la escalera para alcanzar la puerta y, de pronto, todos ya saben, y el «estaba amenazado» corre su propia prisa, igual que el «arreglo de cuentas», «abuso», «detenciones», y todo se enlaza en un miedo que cierra bocas que nunca supieron nada.

«Es demasiado importante para que lo entierren en un pueblo perdido», insisten para sacarse el fardo de encima.

Pero el pueblo era suyo y ahí no más, en medio de la plaza donde se paró para que «lo vean de cuerpo entero», lo enterraron de la misma manera.

«Repartía miedo, aun en Navidad». Es lo   —44→   único que repartía. No necesitaba recipiente para cargarlo. Lo llevaba puesto para que «estos desgraciados no se salgan de su línea», decían que decía.

Eso es lo que cuentan en noches dedicadas a esa historia que se mantiene en el recuerdo, la que tomó cuerpo cuando el chorro negro atravesó la tierra en el mismo lugar donde se enterró a Mendieta, y pensaron que era el mismo diablo, pero sin ojos.

Y de tanto que se dijo o se mentó al diablo, algunos llegaron a verlo, otros a corretear a su antojo, amparados por noches sin luna o eclipses de sol producidos como por encanto.

Hubo que acostumbrarse porque era un beneficio, y se pudieron apagar los faroles y tener plata en el bolsillo, y convertir el desgano de los ventiladores de techo en verdaderos ciclones.

Entonces vino una avalancha de gente a reclamar su parte, pobres infelices sembrados por Mendieta, todos iguales sin nada de duda, una verdadera invasión, una plaga, y de nuevo se volvió a lo mismo, aunque peor, porque eran muchos Mendietas y al chorro negro se le formó cara y nombre, nombre derecho o derecho con nombre, y a la gente le «lloró el alma», como dijeron en su mejor forma de explicar.

Mendieta fue cambiando de fisonomía con el tiempo, por agregados o desprendimientos, un verdadero camaleón a voluntad de quien lo tenía en boca.

Mucho después, cuando el cambio de generación fue destiñendo su figura, «te pasará lo que   —45→   a Mendieta», se siguió diciendo a algún desubicado.



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ArribaAbajoEntre ánimas y sueños

Estaba acostado en la hamaca y el aire lo fue durmiendo.

Alcanzó a ver un colibrí entre las pestañas indecisas pero no supo si luchaba con el viento o lo aprisionaba.

Sintió la siesta mojar el sueño, enredarlo, y vio muchas bocas que soplaban juntas antes de no sentir nada.

Tenía casa y mujer, mujer de casa, mujer de campo, mujer suya, y eso a ella le constaba.

Los hijos fueron saliendo sin ruido, sin demasiado empeño, sin quererlo, casi como los panes del horno del patio, y fueron tostándose hasta tomar el mismo color pero poniéndose duros por tiempo, no por rancios.

La planta de los pies se curtió con el uso y el zapato descartado por innecesario.

Aparecieron rayas en los talones que la tierra hundió y penetró. Eran como herraduras de caballo.

Remigia los fue criando con sol y sombra, con la cara endurecida en una sola posición, arrugando los ojos y entreabriendo la boca.

No podía saberse si era risa o llanto contenido.

Fue arrinconando los años en el olvido porque no estaba segura.

La menstruación era una medida de tiempo para ella, porque después de la primera se había casado.

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Su padre le dijo que así debía ser y fue a buscar a Nemesio, quien estaba listo y esperando.

La primera noche la aceptó como obligación y las repeticiones, frecuentes y violentas, eran compensadas con nacimientos frecuentes.

A veces olvidaba las edades... sobre todo cuando el zumbido del campo se volvía ensordecedor.

Pero era su idioma, el de todos los días, para el que no era obligatorio saber leer o escribir.

Y ella no sabía, «porque las manos hay que tenerlas para la tierra y los hijos», le dijeron cuando apenas supo hablar, en ese lugar alejado de la ruta, en medio de una selva cortada a gusto del hombre.

Nemesio la acercó al camino y la casa con olor a tierra se apoyaba casi en él.

Eso le gustó, aunque el oído tuvo que acostumbrarse a otros ruidos, como cuando con los ojos desencajados vio un auto arrojar un humo negro que marcó la ropa que tendía en el patio.

Pero eso fue la primera vez.

Claro que, cuando los mira pasar, se marea porque tiene que mover los ojos en forma muy rápida para verlos antes que desaparezcan.

Pero está acostumbrándose, por más que nunca se quejó de la carreta y los bueyes que eran parte de la casa, cuyo olor se mezcló con el suyo por convivencia.

Remigia habla poco.

No da órdenes porque para eso está Nemesio, como se lo dijo la primera noche y ella no   —49→   llegó a entender completamente.

Pero también se acostumbró y corre desde donde está cuando Nemesio la requiere, especialmente después de la siesta.

Le basta ver que la hamaca se detiene y que Nemesio baja una pierna, para después pararse entero estirando los brazos mientras se le hincha el vientre, para que ella, igual que cuando intuye la tormenta, se pare en la puerta y espere que Nemesio pase para seguirlo.

Y mientras la furia de él la remece ella recuerda todo lo que le falta hacer todavía para terminar la faena, pero debe darle tiempo, se lo repite siempre, y sabe que es mejor así para que la furia se quede en el cuarto y no la persiga como las ánimas de las que hablaba su madre, que seguro eran las mismas, porque a veces se heredan.

Después, Nemesio se sienta en el patio y espera el mate para «que la sangre se asiente», como acostumbra a decir.

Remigia casi no se da cuenta que se juntan los días.

Sólo sabe que sus ojos cada vez se inclinan menos para mirar a sus hijos.

Fue el día que quiso seguir al auto con la mirada, como siempre lo hacía, que no llegó a marearse porque paró frente a la casa, levantando tanto polvo que tuvo que cubrirse los ojos para aclararlos, y una mujer con muchos papeles en la mano le preguntó su nombre y le habló de derechos, de una causa, de leyes de protección, de agruparse con otras mujeres.

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Y ella se asustó y dijo que de esas cosas tiene que hablar con Nemesio, que ella no sabe nada, y la mujer le contestó que no se trata de Nemesio sino de ella, y Remigia río entre dientes y espacios intercalados, y quiso correr a buscar a Nemesio.

Pero eso de estar con otras mujeres no le disgustó y la mujer siguió hablando al tiempo que Remigia cerraba y volvía a abrir los ojos, porque quería entender.

Sintió algo extraño adentro, sin saber exactamente dónde.

El auto desapareció con tanto polvo como había llegado.

Pensó en las ánimas primero y después... siguió pensando...

Eso también era algo extraño, nuevo para ella.

Esperó el paso de varias lunas y varios soles, porque quería saber si la mujer volvía o era sólo eso que había heredado, de lo que hablaba su madre.

Pero la mujer volvió y Remigia se sentó esta vez a escucharla. Le hablaba como si ella fuera importante; quería respuestas. Le hablaba en su idioma, el de la tierra, lentamente para que pudiera entender.

No era difícil.

Cada vez que lo lograba, Remigia reía tapándose la boca, un poco avergonzada. Después de un tiempo la mujer quiso llevarla en su auto a conocer a otras mujeres, pero Remigia tuvo miedo.

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Nemesio empezó a mirarla de reojo, a encontrarla distinta a pesar de que todo seguía igual, a darse cuenta de que Remigia podía hablar y contestar y pensar por su propia cuenta.

Hasta el olor de su cuerpo cambió y dejó de parecerse al de los bueyes.

Se le dio por desconfiar y más que nunca quería tenerla a la vista.

Dejó de dormir siesta para no perder nada de lo que pudiera ocurrir.

Sus demandas se hicieron más violentas «porque a las vacas hay que domarlas por la fuerza», según decía.

Le dio miedo también a él, porque no quería perder terreno.

Pero tanta fuerza desplegada entre el campo y Remigia lo dejaron un día tendido boca abajo, prendido aún de su pecho.

Ella lo empujó suavemente y lo puso a su lado.

Se quedó pensando en la faena que le esperaba.

Lo enterró ahí mismo, en la tierra de su campo.

Lloró la ausencia de la voz que había mandado y empezó a conocer el sonido de su propia voz.

Reunió a los hijos varones y distribuyó el trabajo, y a la hija comenzó diciéndole que las ánimas no molestan a los vivos, para después repetir lo que le había contado la mujer del auto.

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No era mucho, pero nada fue igual después de su visita.

Remigia está vieja y a veces los sueños se le confunden con remordimientos, sobre todo cuando, antes de entrar a la casa, se queda en la puerta esperando que pase alguien antes que ella, pero eso dura poco y entra más rápidamente y se acuesta para soñar los verdaderos sueños, los que aprendió de grande.





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