Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente



  —[53]→  

ArribaAbajo- II -

Como de no creer


  —[54]→     —55→  

ArribaAbajoRebanando el tiempo

Cuando llegó, la habitación le pareció estrecha. Habían llevado sus muebles para que todo continuara igual. No la obligaron, no, sólo le dijeron que era más fácil, que ellos estarían más tranquilos al saberla en compañía. No esperaron su respuesta. Ella se quedó pensando y lo tomaron como una afirmación y, para evitar incomodidades y miradas que no sabían de dónde colgarse para no chocar con ella, rebanando el tiempo, la volvieron niña, hicieron su maleta, le arreglaron el pelo, terminando por acomodar sus cosas en un vehículo descubierto.

Miró el cielo; estaba nublado pero no llovería, aunque llevaban varios días de otoño.

Se quedó al lado de la ventana mientras los otros, los verdaderos interesados, arreglaban sus cosas, las que eran suyas. No le molestó. La verdad es que le daba igual, aunque eso de reeducar la costumbre, la que sabe el lugar exacto de las cosas, jugando con la oscuridad que las oculta en su peregrinar nocturno para deshacer el nudo de la vejiga... no sabe si está en edad de aprender cosas nuevas, de adecuarse a situaciones que se presentan de improviso, sin darle siquiera la oportunidad de decidir.

Sigue con el pensamiento cargado a una de esas pelusas flotadoras que se desprenden de la fruta que revienta de algún árbol y gana su libertad. «Se la gana o se la pierde», piensa.

Es un trayecto efímero, pero independiente.

Siempre había querido eso, es decir, ser independiente, pero estaba supeditada a otras independencias   —56→   que restaban grandes trozos a la suya.

Recuerda cuando comparaba la libertad de los demás, la de los otros del complejo doméstico, con una luna llena. La suya no podía pasar del cuarto menguante.

Ha quedado sola, a lo mejor no se dio cuenta cuando los otros se fueron, o puede ser que hayan salido tratando de no hacer ruido, como después de una fechoría. Es mejor así. Le prometieron que vendrían a verla a menudo, pero ella hizo como que no los hubiera escuchado, para evitarles el baile de los duendes de la conciencia.

«Ni siquiera tendrás que encargarte de la limpieza», le dijeron.

Siempre había sido buena para las matemáticas. Se le ocurrió pensar cómo se descomponen las horas, alineando mentalmente números que recién en ese momento los veía en otra dimensión.

«Tendrás todo lo que necesites. Nos hemos preocupado que así sea», insistieron. Se le habían quitado hasta las ganas de contestar.

Recorrió el tiempo que ya había sido, sumergida en esa actividad febril que no podía calzar eternamente en el largo de un día, superando energías más jóvenes. Estaba «siempre lista», como decía el lema, y los demás eran conscientes de eso.

Mira la habitación. Esteban no lo hubiera permitido, estaba segura, o por lo menos estarían compartiendo el ser puestos de lado por desgaste de la máquina. La voluntad también se desgasta. La pieza no es mala. No hay grietas   —57→   en las paredes ni telarañas brillando al sol. Tampoco es húmeda, pero siente frío.

Recorre el rostro con las manos ociosas palpando sus facciones, deteniendo los dedos en poros convexos, pequeñas jorobas de la piel, abolladuras del espíritu que abrevian las explicaciones, «escape de las penas», como vulgarmente quieren llamarlas.

Se detiene. No escucha el golpe en la puerta.

«Vamos a prepararnos para dormir», le dice alguien de sonrisa lisa. No entiende por qué tiene que prepararse, y menos en plural. Recuerda otros momentos, también de rostro estirado y acuerdos nocturnos en compañía. Pero era distinto.

Dice que prefiere hacerlo sola y la cara lisa le contesta que debe portarse bien. Se siente insultada porque no recuerda haberlo hecho de otra manera, y el abombamiento de la cara se hace más notorio, así como más profundos los espacios hundidos. Los ojos tiritan y la enfermedad sale.

«Parecen escombros ordenados», dice en voz alta, volviendo las manos a la cara.

«No debiste hacerme eso, Esteban», continúa hablando.

Desata el moño gris y el cabello, liviano, sin la fuerza de torrente, cubre la espalda. Le falta el espejo de luna, el del ropero grande. Le dijeron que era demasiado grande, que ya no se usa, que están los closets.

Pero a ella le gustaba mirarse de cuerpo entero, dejar salir ese olor de madera viva, abrir los cajones largos y profundos cargados de sábanas con olor a tiempo.

  —58→  

«Traeremos el televisor en colores», le habían dicho.

No se pudo acostumbrar siquiera al negro y blanco, aunque siempre le gustó el cine.

Era agradable vestirse y esperar una hora determinada para que comenzara, mientras la lengua recorría ansiosa los bordes del helado que se derretía con rapidez, en el paseo lleno de gente que esperaba lo mismo.

Le gustaban los sombreros. Cubrían una parte de su timidez, ayudaban a inclinar la cabeza con gracia, a ocultar los ojos que querían ver más lejos...

Evoca el olvido, el que se esconde detrás de nebulosas que resisten la reconstrucción. Retiene aún restos, como letras de palabras que no quieren formarse, y lucha por abonar el terreno, el terreno frágil, y la voluntad indecisa va y viene marcando fechas que se atrasan o adelantan equivocadamente. Pero no la pueden engañar, pues todo está anotado.

«Qué memoria la de la abuela para recordar que el abuelo nunca cambió de dientes, que no conoció los de leche», decía uno de los nietos, hasta que llegó a grande y se dio cuenta por qué lo decía. «Aún así, un marido es el mejor bastón para una esposa», dijo después, cuando rompió el contrato.

Se había casado lejos, en otras tierras, en un idioma distinto. Tampoco eran del mismo pueblo. Ella recordaba con orgullo que la había ido a buscar, y llegó con su nombre escrito en un papel, por las referencias que le habían dado, como si se tratara de un bien cualquiera, eso sí,   —59→   de buena calidad, se lo aseguraron. Ella se dejó convencer, halagada en parte porque venía especialmente por ella, y eso se comentó en su pueblo, y también quedó escrito.

Le asustó en cierta forma ese hombre grande, demasiado rudo para su estatura baja y frágil. Hasta su tono de voz era fuerte. Pero no le disgustó, y la fecha quedó establecida, y él regresó.

Después, la caravana de pertenencias y familiares se movilizó para concretar la palabra dada.

No sabe por qué recuerda todo aquello en ese momento.

Nadie le ha pedido un examen de conciencia. Quizás porque la soledad hay que llenarla para que no empiece a flotar neutralizando todo.

Entonces, la atmósfera misma pesa, y los hombros buscan la atracción del suelo, y el descanso es inevitable.

Está asustada por todo lo que seguirá desarrollándose a su alrededor, ajeno a su voluntad, extensamente largo...

Recién comienza la semana. Varios días deberán consumarse para que aparezca el domingo.

Dijeron que vendrían a visitarla, pero sabe que no vendrán, que pensarán que aún es muy pronto, que no vale la pena, que hay que esperar que se acostumbre, a no ser que algo suceda... y tiene ganas de provocar ese algo para obligarlos... pero no... ella misma no se lo perdonaría.

Ahora la pieza le parece grande, demasiado grande, y las paredes altamente amenazadoras para ese montón de ella que está circundada por muebles que eran suyos en un lugar conocido   —60→   o familiar, y ríe pensando por qué pueden ser familiares muebles o lugares.

Cierra la ventana para que la noche quede afuera. Es lo que quiere.

Se da cuenta que llueve y teme que el golpeteo haga salir de la tierra más soledades que a lo mejor no podrá resistir...

Suena otra vez la puerta y es de nuevo la cara lisa, esa que quiere hacer las cosas en plural, que ahora trae una pastilla y se la pone en la boca y empuja el vaso de agua y ella se deja hacer, porque «no hay voluntad que resista la falta de voluntad», piensa...



  —61→  

ArribaAbajoChannel Nº 5

Abrió los ojos y bostezó, terminando en un resoplido.

Sentada en la cama, vio su imagen reflejada en el espejo. Le pareció que las bolsas de los parpados inferiores estaban más abultadas que otros días, Incorporándose sobre las rodillas, se buscó en el interior del espejo.

«No, no estoy tan mal; es el sol que cae más oblicuo que de costumbre», aseveró para tranquilizarse». Es horrible levantarse tan temprano, y encima tener que ir al centro», continuó hablando en voz alta. «Es más de lo que uno puede soportar».

No estaba despierta del todo y, restregándose los ojos, sin darse cuenta, chocó contra la puerta cerrada del baño. «Lo único que me faltaba». Masajeando la frente se paró bajo la ducha. El agua estaba en el punto adecuado. Con el calor, la crema facial nocturna resbaló en pesadas gotas y las pequeñas líneas del orgullo ancestral se marcaron todas en su sitio.

Conservaba el cuerpo delgado y la cabeza parecía ocupar, como por encargo, el lugar exacto. Deslizó la blusa bajo la falda; ambas prendas coordinaban de manera perfecta. Con la seguridad en el andar, los tacos producían un leve eco en las paredes. Encogiendo los labios y abriendo desmesuradamente los ojos, se sacó con cuidado una pestaña inoportuna que había amenazado las líneas redondeadas del rimmel. Con esa expresión diaria, cada vez distinta, con la que entraba   —62→   a ese mundo oculto detrás de la puerta, la cerró tras ella con suavidad.

Las crujientes hojas de otoño se deshacían a su paso; un polvillo imperceptible fue formándose encima de los zapatos.

«Tomaré lo primero que venga», pensó. Viendo acercarse el micro, rápidamente levantó un pie y luego el otro, sacudiéndolo con las manos al tiempo que ponía uno de ellos en el estribo.

Antes de pagar se sentó en el primer asiento con la fuerza del movimiento del vehículo y, recuperando su compostura, extendió la mano y depositó las monedas en las del conductor, evitando un roce indeseable. La mirada, ubicada en un punto siempre nuevo, seguía el desplazamiento del ómnibus. No se dio cuenta de la detención de este en la parada siguiente. Sólo sintió a su lado el descenso de un cuerpo demasiado gordo y cercano. Apretada contra la ventanilla, se redujo cuanto pudo, sintiendo encima la presencia sofocante del hombre gordo.

Una que otra mirada molesta atravesaba el tupido cortinaje de pestañas, sin tocar siquiera la apariencia ausente del recién llegado.

A medida que el hombre gordo iba ganando terreno, sentía evaporarse la sensación de limpieza con la que había salido de su casa. La sensación alcanzó a la misma ropa y toda ella era nada más que un bulto inmundo que debía ser devuelto a la máquina de lavar.

Empezó a transpirar y el Channel Nº 5 se perdió, como absorbido por el volumen del cuerpo de al lado. Con una mano trató de abrir la ventana, pero el mecanismo parecía descompuesto.

  —63→  

Todos los semáforos en rojo, con el sol infiltrado en ellos y el desplazarse cansado del micro, la sumieron en una desesperación que estuvo a punto de hacerla descender antes de lo debido. Corriendo el puño buscó el reloj para ver la hora. ¡No lo tenía! La furia cosquilleaba los dedos del pie y el indio dormido en la tierra colonial soltó los labios apretados en una sola línea recta. Relucieron los dientes y pequeños dardos aparecieron en medio de los ojos. Abrió la cartera aprisionada en la falda y, sacando una larga lima de uñas, acerada y fría como su mirada, con la discreción resbalando bajo la cartera, oprimió firmemente el costado carnoso del vecino.

«¡Entregame el reloj, maldito!»

Asustado, el hombre gordo metió la mano en uno de sus bolsillos y le alcanzó el reloj, viendo con ojos desorbitados cómo la mujer lo guardaba rápidamente en la cartera para pasar, al mismo tiempo, encima suyo con agilidad desconcertante, alcanzar la puerta y bajar, coincidiendo con la luz roja.

Corrió aterrorizada y veloz una cuadra larga antes de parar un taxi e introducirse casi desarticulada en él. Dio la dirección al chofer y luego cerró los ojos tratando de recuperar el aliento que rebotaba en su pecho.

Al bajar frente a su casa, el taco del zapato se enganchó en el ruedo de la falda y estuvo a punto de caer sobre la vereda; logró afirmarse en la puerta del taxi mientras, distraída, sacaba un billete del bolsillo de la cartera, entregándoselo al conductor sin esperar el vuelto. Entró a la casa como una exhalación, llegando de la misma   —64→   manera hasta el dormitorio para dejarse caer sobre la cama.

La excitación le impedía recuperar el control de sus pensamientos, los que no se detuvieron con su cuerpo.

Cuando, por fin, una cierta coordinación le devolvió el sentido de un todo, bajó las manos que presionaban sus ojos y dio vuelta la cabeza para encender la lámpara del velador, sus dedos tropezaron con algo que cayó silenciosamente sobre la alfombra.

Se incorporó con el miedo en la punta de la lengua.

«Dios mío, ¡he robado un reloj!».



  —65→  

ArribaAbajoDe distintos colores

Me levanté sin ganas de hacerlo y los zapatos cubrieron los pies del mismo modo.

No me importó que fueran de distintos colores. Para eso estábamos en primavera.

Caminé unos pasos y me senté ante la ventana. Afuera todo parecía andar un apuro extraño a la estación, pero yo estaba a salvo, separada, protegida por esa división propia de ventana.

Una niña tiraba una pelota y la recogía entre risas, corriendo de un lugar a otro. Alrededor, un movimiento continuo.

Detrás de la ventana sólo un cuadro inmóvil, una soledad fija, un ánimo detenido por vaivenes atrasados...

«La naturaleza es sabia», recuerdo y la memoria no prende o no comprende o, en algunos casos, las normas fallan para mayor sustento mientras voces mezcladas que vienen de sitios inciertos llegan con eso de «la voluntad se está yendo con la vejez», al tiempo que los que se creen la corona del ingenio agregan «es una pena que el poder no desgaste del mismo modo».

Pero no soy vieja, nada de eso. Sólo un saco muy pesado para moverlo.

Camino varias veces el largo de la pieza, y cuando esa voluntad se satura encerrada por la división de la ventana, abro la puerta sintiendo el olor fresco de días nuevos, y llego al corredor con ese arrastre que no gusta pero que es difícil cambiar.

A veces, el día está tan desanimado como yo y llora una lluvia perezosa, fina, de esas que no   —66→   mojan mucho pero se adentran hasta enfriar lo que está oculto.

Sucede, de tanto en tanto, cuando la sequedad se vuelve insufrible, al punto de posarse con fuerza en la cara, y no se trata de rechazar esa incursión de hecho.

Con los años, el rechazo se reemplaza por la aceptación, calle de una sola vía.

Me doy cuenta que el vidrio está sucio y la plaza se ve igual como a través de algo que las manos quisieran separar.

Abro la ventana, por más que no les gusta que lo haga.

Dicen que ya no tengo capacidad de absorber tanto aire con esa respiración corta, apresurada, con el temor que de pronto se acabe.

Río al pensar en aquel día en que resbalé, no por vieja, sino por torpe.

De eso hace mucho.

Llevaba unas zapatillas viejas y la suela se había puesto brillosa, igual que los codos de las chaquetas usadas sin misericordia, la olla con agua hirviendo atajada con las dos manos.

Debió ser una excelente puesta en escena, sin ensayo.

Después, tuve que hacer un paquete con todo el pudor guardado en tantos años y cubrir la parte delantera, la de los «pechos de pintor corto de vista», como decía Manolo, el mismo que con paciencia diaria de médico recién recibido iba retirando las partes muertas de la espalda para derramar luego, a destajo, el líquido rojo.

Me dejaron días y días sentada al sol sobre un piso para que me secara o pudriera del todo, no sé.

  —67→  

No, no fue así.

Era parte del tratamiento de Manolo.

Parecía un tótem encogido, un tótem sufriente con el calor o con el frío, viviendo y muriendo cada día con esas curaciones que me hacían gritar en el idioma de mi tierra, el que conocía a fondo, el que me llegaba a lo profundo, el que podía sentir mi sufrimiento.

Aquello también pasó.

Me regalaron un vestido nuevo, cuando pude vestirme como todo el mundo.

Era de tela suave, una etamina (ahora la llaman «voile»), para que no lastimara la piel nueva.

Tuvieron que hacerme placas nuevas también, arriba y abajo, pues para atajar la caída apreté los dientes.

Nunca volvieron a calzar como antes. Creo que con la caída se agrandó la boca en forma tan irregular que hizo difícil el ajuste de los dientes extraños.

Pasé por muchos procesos de secado, procesos que no se buscan; llegan con llave propia y se apoderan del terreno, estampándolo a su gusto.

La habitación es chica, para dar menos lugar a la soledad, creo, por más que no la necesito.

En la inquietud de mis sueños la comparo con las termitas: necesitan sólo un punto para comenzar y de ahí perforan hasta el fondo.

Sospecho que han comenzado su trabajo conmigo, o con la pieza, o con todo junto.

Es extraño. Siempre he tratado de poner una barrera al comportamiento.

Me tomaron desprevenida.

  —68→  

Tampoco tengo mucho que perder.

Sólo que siempre me ha gustado la primavera, con esa promesa que lleva colgando de alguna rama.

Pienso en Manolo, en los otros, en los que dicen lo que debo hacer o no.

Temo dormirme antes de que lleguen a verme, como a veces sucede cuando el tiempo... porque todo es cuestión de tiempo...

Les parecerá raro encontrarme con zapatos de distintos colores. Dirán que siempre fui extraña, dirán algo más, quizás.

Pero no es eso.

Me llevo así la primavera de afuera, la de la gente que pasa, la de la niña y su pelota, para alejar eso que siento como ronroneo, aunque dicen que no se siente nada...



  —69→  

ArribaAbajoComo de no creer

Ceferino no lo podía creer.

Tantos años persiguiendo ejemplares más jóvenes pero siempre regresando a la casa, eso nadie se lo iba a echar en cara, y ella esperando con su obligación obligada y, de pronto, la casa sin Escolástica, la batea silenciosa, todo dormido como si hasta las mismas ánimas hubieran abandonado esas paredes frescas, o eran frescas por obra de Escolástica. Ahora ya no lo puede saber, sentado en esa puerta que gime su desesperanza, su rencor, buscando el por qué de todo eso.

Él nunca ha pedido gran cosa, sólo el plato de comida a tiempo, sin demora; eso sí, y ella que estuviera lista como debe ser, como la ley manda, como la naturaleza lo ordena, y él ha sido respetuoso; misa todos los domingos, el puño en el pecho, golpeando hasta que llegaba a dolerle, satisfecho con tan poco.

Creyó conocer su alma a través de esa cara de puerta entornada...

Qué más podía tener esa mujer que todo lo tenía y de tanta abundancia se fue llenando hasta que no le salió más palabra.

«Sí, eso debió ser», piensa Ceferino, recordando sus monólogos cuando Escolástica decidió no hablar, y ni necesidad que había, porque «con una voz era suficiente».

Busca los pensamientos que de pronto escapan, se desgajan como si estuvieran perdiendo la raíz.

«Y se llevó todo, la muy desgraciada, hasta los hijos hechos por él».

  —70→  

Mira el fondo del campo, por si acaso, «pero no, seguro, de seguro que vuelve; dónde va a estar mejor que acá», se soba la axila con ganas «si hasta eso te gustaba», dice en voz alta buscando que alguien lo escuche «a pesar de esa cara de asco que te hacía correr al establo».

«Prefería el establo, la muy...».

Rió más que de costumbre, y tuvo que sujetarse las placas para no asustarla.

«Y esa cara de naranja agria esperando turno... te hubieras quedado esperando..., acaso no sabes que uno no puede estar todo el tiempo sacando agua del mismo cántaro, no es de hombre que se respete...».

Cierra la puerta y camina el campo hasta la luz vecina; lo dejan entrar sin preguntas ni respuestas, y come sin ganas comida de otra olla, regresando a su propia luz para no dar que sospechar, porque así son las cosas donde la ciudad termina, la cabeza se desboca como cualquier caballo y no hay rienda que pueda controlarla. Es por eso de los aparecidos de los que tanto se habla, y se habla tanto que hasta el fuego se acelera, y cuando eso ocurre, ya pasa a ser verdad...

Ceferino se encierra para ocultarse, se encierra de ventana y puerta, cosa extraña en esos lares, para que ella golpee, para que pida entrar... y amanece del mismo modo y hasta el campo parece enterado.

Enciende el fuego para que el techo humee, y lo hace a la misma hora que ella, casi viéndola en esa penumbra hexagonal, resto de cuarto que se vuelve cocina donde, entre ojos restregados y bostezos de recurso diario, empezaba todo igual,   —71→   olvidándose de sentarse para compartir, compartiendo parada en actitud de espera...

«¿Qué más podía pedir ese cuerpo con cara de llapa?»

Y la puerta se hace casa y Ceferino, apostado, espera y la ronda, y vuelve a apostarse para que sepa que con él...

Y se va olvidando la rabia junto con los días, y es él ahora cuerpo sin alma, porque «cuando la mujer se larga lo lleva todo», y no le quedan fuerzas para esos cántaros que estarán abiertos, pero sin Escolástica no importa, y tampoco golpearse el pecho, y queda sentado sin llevar cuenta, haciéndose resto, resto de hombre, mirando fijo ese espejismo de Escolástica bailando, riendo en medio del cielo y la tierra, justo en el medio, hasta que como cualquier suelo reseco. Ceferino se agrieta, se endurece como arcilla, se resquebraja, se acaba en la espera.

Algunos pasan y le dejan platos con comida.

Piensan que es de humanos dar de comer a las ánimas.



  —[72]→     —73→  

ArribaAbajoInocencio Riquelme y los yacarés

«El aliento del yacaré mata», se afirma, pero el hombre no era de escuchar afirmaciones. Para eso era Inocencio Riquelme, nacido como corresponde, de madre que le dio nombre porque no pudo encontrar quien más le diera, e imaginación no le faltaba a la mujer, pues a todos les dio distinto «para que se note la diferencia».

Así solía decir.

Era buena para lo que fuera, «pues no hay peor trabajo que el que se hace a desgano».

Los días eran largos de faena y las noches estrechas para tanto revoloteo de mente, porque eso eran, un verdadero remolino de funcionamiento «al revés», según decía, «juntando cuanto viento encontraba en el camino», y así ocurrían las cosas, por ir o por venir, pero ocurrían, y ella, Ildefonsa, señalando el camino con esa panza casi permanente, con alguno que otro descanso para «abonar el terreno».

Eran tierras alejadas de ruido, metidas entre los árboles, acurrucadas por ciclones, tierras donde era preciso hundirse para entenderlas.

Inocencio Riquelme se formó en ellas cuando su madre dejó de formarlo.

Tenía la fuerza de los robles, el oído afinado por lobos o gorriones, compañero del lince por la vista y lo demás ajustado en la misma proporción.

Lo del yacaré lo tenía hundido en medio de los ojos, a pesar de sí mismo, en ese punto   —74→   donde los nervios hacen ruido y no dejan lugar a escapes hasta que la cosa resulte o, por último, no resulte, con tal de que conforme las ganas,

Al animal lo conocía de oídas, porque para agua bastaban las lluvias, antojadizas, sin estación fija, y las mismas traían algún olor, ajustable al yacaré por tamaño o cercanía.

A veces, ese olor iba cayendo, casi con molde, y quedaba parado encima de árboles o cultivos frescos hasta la siguiente lluvia, y la curiosidad se le había encaprichado, así como la memoria, cedida por tanto forcejeo, y no era más que una tira transparente, sin nada de un lado o del otro, como estar delante de un vidrio con antecedente de espejo.

Y el problema era el campo, que no parecía hecho para estar solo...

Ildefonsa los fue largando en lugares diferentes, donde le apretara el instinto, a distancia de noches y días y caballos, y fueron creciendo sin mayor conocimiento de parentesco, por esa picazón constante que hacía a Ildefonsa tan movediza.

Quizás el yacaré le lanzó lo suyo sin matarla, dejándola inquieta de muerte no terminada.

Quizás...

Quizás por eso corría de un sitio a otro...

Inocencio esperó el día de descanso para dejar el campo alimentado y bebido, y partió hacia la pulpería.

El viento estaba calmo, tibio, sin ganas de dar guerra. Más bien iba arrastrándose.

  —75→  

En cambio, Inocencio era un cargar y recargar de energía con cada galope.

«Alguien debe saber la historia completa», murmuraba.

Desmontó de un golpe frente a las luces recalentadas. Entró extendiendo las manos, como probando el terreno.

Una sensación de engaño se le pegaba a los dedos, subía por los brazos, llegando al cuello, la cara, los ojos.

Pensó que no era nada nuevo, sólo un juego de esa memoria a mal traer, a lo mejor un cuento de la misma Ildefonsa para retenerlo en los límites conocidos, una forma de protección...

Pero nadie le va a cubrir los ojos, o las ganas, y pregunta y le responden muchas veces, y agrega pedazos a la historia, borra otros, y se entera, por fin, y se lanza caballero andante, molinos de viento, y el animal vuela y el tiempo también cambiando colores, atraviesa más y menos fríos, se aleja sin vuelta, se desmancha en esa eternidad de lugar y hombres hechos...

Dicen que Inocencio tenía sus años, que fue un error de memoria mal gastada, un desperdicio de memoria...

Y no fue el aliento del yacaré, sino el fantasma de Ildefonsa que veía por todas partes, hasta con forma de animal.

Fue el silencio abandonado en esas soledades donde lo dejó, fue su corazón cuarteado sin derecho, fue la historia que buscó para terminar con ella, fue su propio aliento rancio, confundido, que venía de adentro de las profundidades de lagunas imaginarias de yacarés deseados.



  —[76]→     —77→  

ArribaAbajoLos herederos

Raimundo mira la extensión del campo sin lograr acapararlo, hasta donde la duda pone un punto de cielo o tierra.

Es mucha la distancia, o la tierra es excesiva, o Raimundo se hace poco para dominar esa herencia de otro Raimundo, el abuelo, que la fue juntando de a poco hasta llegar a esa imposición que sofoca.

Despierta con ahogos de noche, sintiendo que algo se le escapa, o que lo estiran hasta que desaparece en algún doblez.

Ni siquiera conoce a los que trabajan en ella, una cifra semanal que lo remuerde, que lo molesta, que sacude algo, como si el tiempo lo hubiera llevado y traído de vuelta, y ahora está en esa vuelta.

«Hay que repartir», dice un día, y los futuros herederos lo miran con recelo al comienzo; después con cautela, porque a Raimundo le pasa algo serio.

Nadie se había animado a cortar la línea.

Empezaron a tratarlo con un cariño que rayaba en la adulación, afirmando cuanto decían, produciendo en Raimundo una erupción de piel, de sangre, de nervios.

Con caballo fresco iba recorriendo la propiedad imposible de recorrer, cambiando el animal, volviendo a cambiarlo, para regresar con el cansancio de labor incompleta, partiendo desde distintos puntos para alcanzar la idea, llegando   —78→   siempre a lugares nuevos, seguido por un peón con cara de querer saber lo que ocurría.

Vientos de intriga se colaban por puertas y ventanas, golpeándolas, mientras Raimundo se encerraba con esos mapas que el abuelo había dibujado quién sabe por qué, mapas que mostraban lo que la vista no podía abarcar.

Señaló una parte para él, la que mejor conocía, otra para los que esperaban ser reconocidos, y el resto se repartió entre desconocidos que habían pasado toda la vida en el lugar.

Aliviado, se dispuso a esperar el día.

Pero el día amaneció con otros ruidos, ruidos de bandos formados para enfrentarse, porque temían esos encierros extraños del patrón.

Y por más que enarboló el mapa y gritó a cuello destrozado, pensaron que era parte de esa locura que creyeron ver.

La tierra levantaba polvo de herraduras metidas, de patas frenando y partiendo de nuevo, remolinos de caballos desorientados por los rebenques que iban cayendo como castigo vertical, enojo de campo, de puro campo, en confusión de hombre y bestia, comulgando la misma furia, peleando por lo que querían, destrozándola por quererla.

Raimundo, con caballo puesto, se plantó en medio, corriendo a uno y otro bando para deshacer el enredo, para sofocar la agresión de unos, el rechazo de los sorprendidos en la ignorancia.

La revuelta duró hasta que la campana sorda de sonido lúgubre, por no haber sido tañida desde hacía rato, empezó a sonar lenta, melancólica.

El susto fue general.

  —79→  

No recordaban la vieja campana olvidada en el fondo de la estancia por antiguos moradores.

Tampoco comprendieron cómo pudo Anselma, con tanto cuerpo a cuestas, hacerla sonar.

Se calmaron los caballos y su carga, los rebenques.

La tierra se asentó.

Quedó Raimundo en medio de todo lo suyo sin comprender la lucha por lo ajeno, contrayendo la rabia, mostrándola en la cara.

Levantó el mapa. «Cada cual tendrá lo suyo».

Se escuchó un murmullo

Desmontó e hizo un círculo de piernas y ojos observando. Luego extendió el mapa en el suelo y fue poniendo nombres a la tierra, nombres de distintas formas, nombres limitados por otros nombres.

Los herederos entraron. Los peones buscaron distanciarse y se perdieron en las tierras más alejadas donde no podían molestar ni ser vistos.

Los herederos se cuadran con Raimundo, en redondo, en triángulo, en formas que se deforman hasta descuadrarse.

Se trenzan palabras en luchas de días claros, de lluvias, de noches que ya no llevan silencio.

Y son muchos para uno solo, tentáculos de pulpo insaciable, y lo mucho se hace poco.

Raimundo va perdiendo terreno.

Ya no se le cansan los ojos ni se prenden de lugares inalcanzables. Caen bajos, vencidos de vergüenza que no es suya.

Deja de hablar porque no puede entender.

Hacen con él un bulto, un paquete y lo calzan   —80→   dentro de una pieza. Es todo lo que le va quedando.

Le han dejado una ventana, para que reste los días hasta que no quede residuo.



  —81→  

ArribaAbajoAnonimatos

El temor está envuelto en un par de ojos que taladran el espacio. «Todo es cuestión de distancia y espacio, y el tiro justo donde acierta la neuralgia de un punto».

Quizás es una sucesión de puntos conductores, un seguir de la línea marcada.

El escenario está listo, y el hombre en él.

Podría levitar, pero no, parece a su gusto sólo parado, midiendo el silencio, o el ruido, contando aplausos, adivinando manos y el resto.

Es una presencia resumida, un manojo de presencias, pero está solo. Una mujer lo acompaña, pero da igual. Es la que alcanza, separa, sonríe, muestra el cuerpo, levanta la cara asombrada, sostiene el suspenso...

El hombre es de facciones afiladas, pequeño, entero, largo de manos, en verdad un exceso de manos, y esos ojos, ojos llenos de lo que uno no sabe.

Estoy entre los aplausos, anónima, un cuerpo como otros ocupando una butaca, extraña a mí misma, diluida en una opresión de adentro hacia afuera y de nuevo hacia adentro, reventando sin reventar.

Hay una atmósfera de no ser, no sentir, de entrega involuntaria, de fuerza redimida.

Trato de hundirme, de desaparecer insistiendo en el fuelle de la butaca, de dejar nada más que el oído próximo al silencio para escuchar, oír lo que dice de los otros, comprobar si el anuncio de penetración «hasta lo más recóndito   —82→   de lo conocido» es verdad o mentira, o ilusión o sólo incidencia accidental aceptada por la euforia de un momento.

El hombre semeja un muñeco de cabeza que funciona en forma independiente, o son las luces las que hacen el efecto. La mujer cubre los ojos del hombre. Antes, muestra el paño al público. No hay magia, es un paño corriente, varias veces doblado. Una persona del público lo prueba. Nada se trasluce.

El hombre levanta el brazo derecho.

Al mismo tiempo, uno de la platea se para.

No ha mediado orden.

El de escena empieza a hablar, le saca a borbotones el pasado, el antepretérito, lo vuelve un espejo roto con todas las imágenes caídas, desgrava esa propiedad hipotecada por él mismo.

El público calla; goza la desnudez del otro.

El de escena estira los hilos, los desenreda hasta dejar al otro despojado de todo sin darse cuenta, sin haber podido cerrar el desborde. Cuando ya nada queda, cae sentado y se duerme.

«No recordará nada cuando despierte», dice el de escena.

Los aplausos suenan como rocas despeñadas.

Siento que desciendo con las rocas.

«Es el circo moderno», cruza la mente.

Las rocas se vuelven avalancha pidiendo más, que rueden otras cabezas, que no se detenga el verdugo.

Se levantan los brazos largos del hombre pequeño en actitud de bendición.

La bendición me esquiva.

Todos callan.

  —83→  

Es un poder aterrador que electriza el aire, haciéndolo casi palpable, fácil de asir con un estirón de mano.

Pero nadie se arriesga.

Se hace fuerza para contrarrestar la otra, la más pesada y conocedora, la que dobla y desdobla almas.

Nadie quiere ser elegido.

Nadie quiere ganar el premio.

Es la parte más excitante, la espera, la piel que se eriza, «a mí nunca me ocurren esas cosas» y el dedo clama la víctima, y soy yo, sobresaliendo sola, aislada, encima de cabezas en pleno acomodo sobre cuerpos aliviados, cabezas de distintos colores, con cabello y sin él, con los ojos bajos para no ser vistos en el cruce de alguna mirada irresponsable.

Hay un lapso de espera por uno y otro lado.

Saco puñales que están adentro para emergencias.

El hombre se apresta con su pañuelo.

Yo estoy lista. Creo estarlo.

Es una batalla dura, una defensa y un juicio.

El hombre traspira y moja el pañuelo. Se lo saca. Prueba con otro, adhiere la mirada con furia.

Estoy en lo mismo.

No puedo dejar que ausculte mi alma porque seguirá con mis entrañas y la verá, verá que está cargada y se sabrá, lo sabrán, y entonces no tendré tiempo de pensarlo, de juntar eso nuevo que siento, de saber si podré seguir sintiéndolo sola, decidir sola, o acabar sola con esas promesas entibiadas al borde de una tarde, que nada más que en mí prendieron.

  —84→  

El hombre tira el pañuelo y las cabezas de platea buscan la mía para mostrar el enojo en medio de un murmullo que se acrecienta.

«Será un secreto», dijiste, y pensé que podía serlo.

Pero estoy en peligro de que conozcan el secreto, el que dejó de parecerte secreto apenas te enteraste, cambiando la expresión de tu cara.

«No había por qué llegar a eso; es como quitarle el gusto», dijiste.

Y la culpa se puso de mi parte.

Quedé parada, con la memoria llorando esa tarde que creí era el inicio de la novela que tantas veces me habías contado.

Caíste del caballo blanco sin estrépito, y sentí el vestido estrechar aún más mis formas.

Escapo para no delatarme, y los aplausos se alzan vacíos.

Son dibujos animados, caretas alteradas por derechos concebidos, el lado de los justos, y aprieto el vientre para iniciar lo otro, esa carrera loca con la única salida que conforma, que termina, que aniquila en beneficio de las buenas costumbres, para que quede libre de culpa, libre de eso, y las entrañas se replieguen a su punto de partida, recipiente limpio de falta esperando la legalización del llenado, el consentimiento de los otros, y suenen campanas y se reúnan los ángeles para anunciarlo.



  —85→  

ArribaAbajoPalabra de gato

«Alguna vez debieran declararse incompetentes las malditas escobas», piensa.

Menos mal que no pueden correrle los pensamientos, por más que escuchó en la televisión que «nadie está en contra de los pensamientos mientras queden guardados en las celdas correspondientes», lo que no entendió muy bien, porque tenía la sensación de que «celda» era algo diferente que le producía una especie de dificultad al tragar.

El animal husmeó las zapatillas de la mujer, luego los pies, como cualquier gato adiestrado por la confianza. Después fue alejándose, cansado o aburrido. Agregó un bostezo antes de perderse en una esquina, derecho transitorio que le hacía buscar lugares diferentes para echarse sueños repentinos, seguido siempre por alguna escoba encaprichada con las esquinas.

Le sorprendió que, ni bien dijo el hombre eso acerca de los pensamientos, su dueña lo silenció y fue gracioso verlo hablar y hablar con tanta cara y brazos, y los cabellos sin moverse de lugar, y que no fuera más que silencio hablado, igual que el suyo, a veces cuando sencillamente despierta de mal humor y los bigotes se le suben sin sentido.

Su dueña le dice en esos momentos que está listo para el aparato.

No se trata de ambiciones... tampoco de caer en ofensas...

Además, está lo del sindicato.

  —86→  

Las cosas hay que decirlas en acuerdos conjuntos.

Para eso son los sindicatos.

Claro que, de pronto, alguno se desindica (¿estará bien dicho así?) y se atreve a participar en equipos que lo tienen todo listo para absorberlo, igual que una planta carnívora; lo presentan todo fácil y hasta le ponen un manto protector, además de darle alimento balanceado, el mismo paraíso para un animal corriente, pero están esos rumores que a veces se confunden con ronroneos, y es mejor andarse con cuidado.

Por más que últimamente hay un revoltijo de animales dentro y fuera del sindicato, con las mismas características y a uno le agarra la duda porque no sabe en qué bando está o cuál es el color de su bandera.

El asunto es mantener los principios.

En eso debe reconocer que su madre fue de una sola línea.

Una cosa es husmear, porque es costumbre, y otra lamer porque no se tenga la alternativa de husmear.

Su padre, en cambio, andaba entre dos filas, para que todos lo vieran, tirándose a uno u otro lado con esa rapidez felina que le costó una pata.

Se las arregló como pudo, pero era tan reconocible que ninguna fila le dio cabida formal.

Se volvió tan inocuo (en algún lado escuché esa palabra y la uso porque cuesta pronunciar) que se formó una comisión mixta y le regalaron una muleta con la que terminó sus días, siempre equilibrándose, con lo que también se forma costumbre.

  —87→  

Su madre, en cambio, poco andaba por la casa.

Se le hizo permanente la hinchazón de un ojo, resultado de esas reuniones de «derechos de gatas sin derecho», en las que no podía permanecer como el hombre silenciado de la televisión.

Se mantuvieron juntos hasta el final, eso sí, aunque en los momentos de arrebato culpaba a otras faltas la falta de la pata de su padre.

Empezó a sonar algo de «no ser demasiado practicante», que yo tomaba como bastante natural en tiempos en que era difícil creer, y menos practicar.

Ella reía con mis elucubraciones y empezó a participar, sin mi padre, en ajetreos nocturnos acalorados sobre el zinc de los techos, de los que regresaba «con unas ganas de descansar...»

Un corte de luz dejó la televisión vacía.

Estaba preparado desde la tarde para mi entrenamiento cotidiano, cuando unos golpes apurados en la puerta hicieron correr a mi dueña.

La seguí con las orejas paradas.

Eran unos hombres batante extraños, con ojos que penetraban hasta los mismos intestinos.

Preguntaron sobre gatos revoltosos.

Ella dijo que no, que el suyo no era de esos, que apenas salía de la casa y que era más bien tonto.

Eso sí, es aficionado a la televisión y le encanta que le quite la palabra a los que se propasan con la paciencia de los otros.

Los hombres aguzaron los oídos y entraron sin invitación a «echar una mirada».

  —88→  

Eso no me gustó. Ni hablar de husmear esos pies que quién sabe qué historia tenían.

Parecían buscar algo.

El animal se apresuró a guardar la trampa para ratón, porque daría que pensar habiendo un gato en la casa.

Para despistar se apostó en un rincón, simulando lamerse un hombro. Pero hay movimientos delatores cuando la sospecha está en el aire.

Se armó la de «sálvese quien pueda».

Algo en la actitud demasiado indiferente del gato levantó el telón de alerta de los ojos inquisidores y la persecución no paró hasta llegar a la pieza del fondo, donde buscó refugio el animal.

«Acá está todo», dijeron con tono de victoria.

«Seis hondas, anote secretario, cuatro bolitas de metal, un surtido de piedras con aristas afiladas de distintos tamaños, para diferentes propósitos, evidente, cinco pistolas de agua, una radio de transistores, un "walkie-takie", y un personal stereo».

Inclinándose, el hombre que dirigía la operación descubrió pintura y pinceles recién usados.

«Agregue que se encontró también una cantidad no especificada de elementos acreedores».

«Opositores o subversivos», ratificó el gato.

Los inquisidores soltaron lo que tenían en la mano, buscando el origen de la rectificación, pero estaban solos con el gato en esa pieza.

«Debe ser ventrílocuo, y así manda mensajes», dijo el que más sabía.

Por primera vez en todos sus años de vida activa de defensor de «zinc para todos» y secretario sin cargo del sindicato, tuvo miedo, un miedo   —89→   verdadero, de esos que podía sentir solamente frente a un perro.

Por primera vez levantó las patas delanteras para juntarlas y mirar hacia arriba, por si arriba hubiera alguien, pero se dio cuenta que, cuando es tarde, es tarde, y «qué cuernos se le va a hacer».

Vio todo lo que hay que ver cuando llega ese momento y cayó con todas sus creencias bien puestas, sin miembros faltantes.

Escuchó la última orden al secretario: «intento de fuga con panfletos comprometedores», antes de quedar tieso como quedan todos, cuando las pistolas no son de agua.





Anterior Indice Siguiente