Al tener que referir el cómo y cuándo recibió Halconero la carta, y dónde fue a leerla con el curioso manuscrito que contenía, la Historia, más pudibunda y remilgada en aquel caso que en otro alguno, se tapó la cara y disfrazó su voz para que no se la tuviese por persona de baja ralea. A su parecer, era grande ignominia que aquel documento, digno de ser guardado en el relicario de Simancas, pasase a lugares profanos que envilecen todo lo que en ellos entra... La narradora de los grandes hechos humanos no tuvo reparo en decir que la costurerilla encontró a don Vicente saliendo de su casa; que le entregó la carta en la misma puerta, y que el galán, guardándola cariñosamente en el bolsillo del pecho, se lanzó al laberinto de calles y callejuelas; pero, dicho esto, se negó rotundamente a puntualizar y describir el sitio adonde fue a parar con su cuerpo el hijo de Lucila.
Digna de respeto es la gazmoñería de la sabia Matrona. Por conducto más abajo se sabe que Halconero dio fondo en un gabinete exornado de frescachonas láminas al cromo, de panderetas y pasajes taurinos, y que a su vera se puso una linda muchacha rubia, la cual con gozosos modales y tiernas —163→ voces celebraba su presencia... Sábese también que por el camino, desde la calle de Segovia a la mansión X, la curiosidad y el amor le impulsaron a romper el sobre de la carta. Lo abultado de esta le había puesto en gran inquietud. Enterose rápidamente del contenido, y con propósito de leer despacio al volver a su casa, metió la esquela y papel adjunto en el bolsillo interno de su levita... Lo que ocurrió en la entrevista con la ninfa de cabellos de oro, no se narra. La Historia está presente, y vuelta de cara a la pared para no ver nada, recomienda con bronca voz la total omisión de lo que allí se ve y se oye. Al terrible veto escapa alguna frase aguda, que sale volando como ágil mariposa o pajarita: «Por mi salud, que estoy contenta. Y tú, ¿qué tienes? ¿Por qué está mi nene tan pensatibiribiris?...».
Luego, la blanca mano sobadora, estrujando el pecho, promovió bajo el paño un áspero ruido de papel. El que usan en los Ministerios, de consistencia pergaminosa, se delata al menor roce y canta las rigideces burocráticas. «¿Qué es esto?». La respuesta fue seca: «Esto no es nada que a ti te interese. Haz el favor de...». Pasó un cuarto de hora, algo más quizás. El tiempo duerme a veces, y no sabe darse cuenta de sí mismo. Con osada rapacidad, la mano blanca sustrajo del bolsillo los papeles rumorosos, y de un brinco saltó la ninfa al otro extremo de la habitación. Reía como loca empuñando su presa, con la insolente amenaza de no dejársela —164→ quitar... Estalló de súbito una repugnante porfía entre hombre y mujer. Con no poco trabajo, valiéndose de la fuerza, de la autoridad varonil, y viéndose obligado a golpear a la linda mujer en diferentes partes de su cuerpo y rostro, pudo Halconero recobrar lo suyo. Los chillidos de ella y sus bárbaras expresiones alborotaron la casa. Acudieron a la trapatiesta dos mujeres y un hombre, que ayudaron a contener el salvaje furor felino de la chica de cabellos de oro. Estos quedaron en un bello desorden. Diríase que despeinó a la ninfa la mano de un dios iracundo. De su pecho, ahogado por el esfuerzo muscular, brotaron voces de amante duelo, amostazadas con groseras locuciones que ensuciaban los oídos. Acudieron las mujeres a sujetar a la fiera, que en el espasmo de su ira arrojaba sobre el caballero cuantos proyectiles a mano encontraba: una bota, un candelero, un corsé... Y el hombre echó sus brazos al galán, diciéndole con acento de amistad conciliadora: «Basta, Vicente... ¿Qué ha sido?... Sosiégate... A esta gente hay que tratarla de cierto modo. No vale incomodarse... Es de mal gusto llegar a la riña material...».
La Historia, que no contenta con taparse la cara se había hecho invisible dentro de una espesa nube, sugirió a los amigos la resolución de marcharse con viento fresco. Era esta la táctica mejor para dar fin a la batalla. Cogieron a toda prisa la puerta, y escaleras abajo, Vicente, que apenas hablar podía por —165→ causa del sofoco, balbució estas palabras: «En el momento de llegarte a mí para sujetarme, no te conocí, Segismundo...
-No me conociste porque me he quitado el bigote; estoy transfigurado, y parezco un respetable clérigo».
Comprendió Halconero el por qué de la metamorfosis; mas no quiso entretenerse por el momento en asunto tan baladí. Diole cuenta de lo que había motivado su enojo con la Eloísa, y añadió: «Hemos de leer juntos un papel político de importancia. ¿A dónde nos vamos?». Propuso Segismundo que se fueran a un café, y Halconero indicó que no iría donde encontraran tertulia de amigos, pues debían leer a solas, lejos de toda indiscreción y fisgoneo de curiosos. A esto dijo el otro que no le proponía llevarle a su casa, pues ya no la tenía, y el albergue en que moraba míseramente estaba muy lejos. Ya en la calle, Segismundo puso en su rostro la mixtura de aflicción y dignidad que usar solía en sus apelaciones a la bondadosa largueza del amigo: «Ateniéndome a la significación, no casual, sino providencial, de nuestro encuentro, te digo, Vicente de mi alma, que eres el hombre designado por Dios, o por los Hados, como quieras, para proporcionarme doscientos reales que me hacen mucha falta... Déjame que te explique...».
Sin esperar las explicaciones, el liberal amigo, que en cien apreturas le había echado una mano, ofreció remediarle aquel mismo —166→ día. «No puedes figurarte, querido Vicente -dijo Segismundo en tono patético-, a qué extremos llega mi desamparo. Mi padre me ha echado de casa; mi madre dice que no quiere verme ni en pintura, y el tío Beramendi, que siempre fue mi paño de lágrimas, también se me ha puesto de uñas. Yo reconozco que he sido un tronera, que he despilfarrado el dinero mío y el ajeno, que mis travesuras han llegado a la frontera del delito... Efectos de la edad, de la sangre joven, enardecida por el estudio de la Historia contemporánea... No te asombres: los que conocemos la efervescencia revolucionaria y psicológica de los tiempos modernos, padecemos la dolencia del olvido moral... Las ambiciones del hijo del siglo, como nos llama Roque Barcia, tienden al quebranto de toda ley... Discurriendo así, mi angustia y desesperación me determinaron a 4 pedir un socorro a la Josefona, mujer de buenos sentimientos y de corazón hasta cierto punto magnánimo, a pesar de su vil oficio, del cual dijo Cervantes que es de los más necesarios en la república... Y estando yo convenciendo a la Josefona de que bien podía prestarme sin menoscabo de su erario los doscientos reales, oímos el bullicio de tu altercado con la Eloísa, y al encarar contigo vi claro, como la luz del día, que la Providencia que yo buscaba en aquella casa no era la Josefona, sino tú».
Contestole Vicente risueño y afable que él actuaría de Providencia siempre que el —167→ amigo le prometiera lealmente variar de conducta y ponerse a tono con su familia y la sociedad.
«Eso haré -replicó el otro casi compungido-; pero entre tanto, como mi tocayo el de La vida es sueño, he de recitar el apurar cielos pretendo... Sin casa ni hogar, vivo del amparo que me ha dado Romualdo Cantera en un cuartucho de la casa en que tiene su barbería... La comida es por mi cuenta, y de servírmela en el pesebre se encarga una feroz harpía a quien tengo por aborto del Infierno, vulgo de la Fábrica de Tabacos. Con todo, allí vivo tranquilo y casi contento. El contacto del pueblo me tonifica, me inspira ideas grandiosas, a veces épicas... Yo digo que frente al pueblo libre me educo en la oratoria tribunicia, como Demóstenes robustecía su voz hablando frente a las olas del mar embravecido».
Del brazo atravesaron la Puerta del Sol, sin saber qué dirección tomarían para llegar a un lugar reservado. Decidiéndose a subir hacia Santa Cruz, Halconero quiso saber en que ocasión se había rapado su amigo el bigote, y Segismundo le dio franca explicación del caso. «Esa perra ecuménica pareciome rendida la víspera de Dolores... Contaba yo con que me franqueara su nido al día siguiente, y me decidí a limpiarme de pelos la cara para ser más de su gusto... Pero la indina me salió con el pío-pío de que hasta después de Semana Santa no podía ser, y no en su casa, sino en otra —168→ de una fiel amiga suya temerosa de Dios...
»No tuve más remedio que apencar con el aplazamiento, y llegado el día de Pascua me encontré compuesto y sin novia, mejor dicho, descompuesto, o dígase afeitado... Luego vino mi degradante pobreza, y encontrándome tan raso de bolsillo como de cara, no me atreví a presentarme a la Donata, pues no tenía ni para pagar un coche, ni para convidarla tan siquiera a leche merengada, o a café con media... Un caballero tronado es hombre al agua. Escribí a mi santurrona diciéndole que me había torcido un pie, y al siguiente día se me apareció en la calle con la estantigua de Domiciana. Una y otra me agraciaron con un mirar benévolo, y yo me hice el cojo y pasé de largo con el aire más compungido que pude poner en mí. No desisto, Vicente; sé que mañana irán a San Sebastián. Cuarenta Horas y Noventa del Alumbrado... A la salida irá cada pájara a su nido... Yo sé dónde podré coger a la mía, que ya no duerme en la calle de Silva, sino en la de Embajadores, junto a San Cayetano».
Completando los informes biográficos que Vicente deseaba, Segismundo acabó de pintarse a sí mismo con estos graciosos trazos: «En mi pobre domicilio estudio, leo cuanto puedo, que para eso me he llevado allí parte de mis libros. Y al propio tiempo me divierto y juego a las máscaras algunos días. En el Rastro me he comprado un bonete seboso y una sotana raída. Cuando el pueblo —169→ de aquellos barrios se agita y sale vociferando, con el refuerzo de la turba chillona de las cigarreras, me calo mi bonete, endilgo la funda negra, y con esto y mi cara de cura, salgo a mi balcón y les echo cada discurso que tiembla Dios. Ya clamen contra las Quintas, ya contra otra cosa, yo despotrico en mi púlpito, y les vuelvo locos con aquellas palabras de Lamennais: «Soldado, ¿a dónde vas? A la conquista de mis derechos», y otras majaderías por el estilo. Yo cito a Platón, a Descartes, a Roque Barcia, y les atribuyo cuantos disparates se me ocurren. Soy dichoso. Me aplauden a rabiar. Al final les doy mi bendición, saludo y me meto para adentro».
En esto llegaron a la Plaza Mayor, y Vicente propuso entrar en el café del Gallo, donde no encontrarían gente curiosa y patriotera que les estorbase. Pero Segismundo, temeroso de no hallar en aquel apartado sitio el deseado aislamiento, guió hacia otro lugar, bajando la Escalerilla y siguiendo por Cuchilleros hasta Puerta Cerrada. Metiéronse en la taberna de Lucas, que tenía un departamento interior para borrachos distinguidos, y allí se instalaron en banquetas, uno a cada lado de la mesa mojada de vino. La luz era escasa; pero se podía leer sin dificultad. Sacó Vicente el papel, arrugado en la lucha con Eloísa, y se dispuso a leerlo. «Al final -dijo- hay una nota de letra de don Santiago, en que me recomienda la mayor discreción. Entérate, Vicente: ni —170→ en todo ni en parte debe pasar esto al dominio público, pues es por hoy cosa reservada.
¿Tiene alguna cabecera o título?
-Dice así: «Bases propuestas por el general Prim para conceder a la Isla de Cuba la autonomía, o la completa emancipación».
En el momento en que Halconero esto leía, la Historia, que con los dos amigos había entrado invisible en la tasca indecente, se dejó ver... quiero decir, que espiritualmente hubo de presidir la reunión, y entre los dos jóvenes tomó asiento, sin mostrar repugnancia del ambiente plebeyo y vinoso. En la mesa puso la gentil Matrona sus codos augustos, y con ambas manos sostuvo su rostro clásico, modelado por los padres de la estatuaria. Atentos los ojos y el oído a la lectura, que era recreo inocentísimo de dos almas españolas, no vio profanación en los lectores ni en el sucio lugar que les albergaba; antes bien, dio con su presencia grave solemnidad a lo que se leía. Su laureada frente no se humilló en aquel cuadro de apariencias groseras; los bordes de su clámide recamada de elegantes grecas, resbalaban de su cuerpo soberano y caían en el suelo entre polvo, heces de vino y salivazos, sin que estas confundidas suciedades en manera alguna los manchasen.
Por abreviar, resumió Vicente en pocas palabras las cláusulas primeras: «Empieza diciendo que los insurrectos depondrán las armas, y que hecho esto, el Gobierno español concederá una generosa y amplia amnistía... —171→ En seguida procederá Cuba a la elección de sus diputados a Cortes: sin este requisito no se podrá legislar sobre aquella provincia con arreglo a la Constitución del Estado... Cuando los diputados cubanos libremente elegidos se encuentren en la Península, el Gobierno español presentará a las Cortes un Proyecto de ley concediendo a la Isla de Cuba amplias libertades, llegando, si necesario fuese, a la autonomía bajo el protectorado de España, y aun a la completa independencia, si fuese indispensable para la felicidad de ambos pueblos... El procedimiento que habría de seguirse y las compensaciones que España habría de reclamar se acomodarían a la extensión y alcance que la Nación diese a sus concesiones...».
-No está eso bien claro -dijo Segismundo- ¿Quieres que yo lo lea y le saque la miga?
-Espérate un poco, que o mucho me engaño, o la miga está en los siete artículos que siguen. Los leeré despacio, atendiendo a la idea más que a la forma, y viendo si una y otra están en perfecta concordancia. (Vicente lee con lentitud reflexiva.)
«Para llegar a la emancipación, juzgaría el Gobierno indispensable:
1.º Que así se acordara por los habitantes de la Isla, y por medio de un plebiscito.
2.º Que la Isla emancipada se obligase a garantir la seguridad individual, y las propiedades y derechos de los españoles avecindados o residentes en Cuba.
—172→3.º Que por cierto número de años, diez por ejemplo, se concedieran ventajas al comercio español, quedando este, al terminar aquel plazo, en las condiciones de la nación más favorecida.
4.º Que se daría indemnización a España por el valor de todas las propiedades inmuebles, fortalezas, establecimientos militares o civiles, caminos, puertos, faros y demás obras públicas; en una palabra, de todos los bienes inmuebles que la nación española posee en la Isla.
5.º Que esta tomaría a su cargo una parte de la Deuda pública de España. Para deslindar bien la carga que la Isla aceptaría por este concepto y por el del párrafo anterior, se computarían los valores en doscientos cincuenta millones de pesos en metálico, y España no recibiría nada de su importe, limitándose a que la Isla pagase los intereses de la parte de Deuda española que al tipo corriente, en una fecha convenida, fuese el equivalente de la indicada suma en metálico.
6.º El cumplimiento de este contrato exigiría forzosamente la intervención de una Potencia que lo garantizase; y en este concepto, España aceptaría gustosa la de los Estados Unidos de América. Esta garantía, en cuanto al pago de la suma convenida, consistiría en que los acreedores de España, a quienes cupiese tal ventaja por sorteo, tendrían derecho a canjear sus títulos por otros de la Nación garantizadora. Si —173→ no lo hiciesen, esta pagaría los intereses por semestres en Madrid o en París, a voluntad del Gobierno español.
7.º El tratado que estipulase tales condiciones se habría de someter al Poder legislativo de los Estados Unidos, así como a las Cortes Constituyentes, sin cuyo requisito no tendría valor alguno, ni crearía ninguna clase de compromiso.
Tales son las indicaciones que hoy pudieran hacerse; pero deberán ser puramente confidenciales, dando sólo lectura de ellas con toda reserva, sin entregar copia».
La última palabra de la lectura abrió el espacio de un silencio en cuyo seno se agitaban los pareceres, temerosos de manifestarse. Quiso Vicente que su ingenioso amigo echara su opinión por delante, y viendo que no alzaba los ojos de la redonda tabla tabernaria, cual si en ella hubiera signos y garabatos que prendían su meditación, le dijo: «Bueno, Segismundo: ¿qué...?». Como ni con este puntazo volviera el otro de sus reflexiones, le sacudió de un hombro, pidiéndole juicio sincero sobre el pensamiento y planes de Prim.
«No es fácil opinar tan pronto de cosa tan grave -replicó Segismundo sobándose —174→ la frente-... Aquí me tienes más que perplejo... En estos instantes he volado con una mirada de mi espíritu hacia el porvenir, y del porvenir vuelvo diciéndote... Espérate otro poco. Aún no es completo mi juicio... Esto debiera someterse al criterio de nuestro amigo Confusio, que si sabe rectificar la historia pasada, es maestro también en adelantarse a la futura.
-Yo pienso -afirmó Vicente con juicio a medio formar-, que si esto no es la venta descarada y burda de que tanto se habló, es un traspaso revestido de formas bellas, sugestivas y aun graciosas. Si la intención es discutible, debemos celebrar sin reservas la obra de arte.
-El arte es todo, mi querido Vicente. En la política, como en la vida, como en la misma religión, los grandes éxitos no son más que triunfos artísticos. ¿Quién duda que fueron artistas Moisés y el propio Jesucristo, y que en los tiempos cercanos al nuestro, Cromwell, Washington y Napoleón han sido ante todo admirables histriones?... Pero dejando a un lado el Arte, o sea la sublime pantomima que engendra las transformaciones políticas, yo, a medida que te hablo, voy completando mi juicio y acabo por decirte que... Déjame tomarlo de otro modo. Si lo que acabas de leer se hiciera público, todos los juiciosos, todos los sensatos, todos los sesudos omes de nuestro país dirían a voz en grito: 'Eso es una atrocidad, una vergüenza con taparrabo, una —175→ ignominia sobredorada'... y clamarían invocando la dignidad de una patria que nos quieren presentar con tricornio y chafarote para espantarse a sí misma... Pues yo, que más que hombre juicioso soy hombre sin juicio; yo, perdido, calavera, manirroto y dejado de la mano de Dios, te digo que en el pensamiento de Prim descubro una previsión profética, un mirar de águila que percibe lo distante mejor que lo próximo; veo el ensueño de fundar una nueva España más grande y potente, formada de pueblos ibéricos que se aglomeren y unifiquen, no con atadijos administrativos, sino con ligamento moral, filológico y étnico... ¿Me entiendes o no? ¿Crees que desvarío? Aunque estamos en una taberna, no he probado el vino; menos el aguardiente... ¡Pum, pum!... ¡Mozo...!».
Golpeaba la mesa llamando al tabernero o a su acólito, y este se apareció preguntando qué se ofrecía. Pidieron algo de beber, y en el punto en que el chico entraba con botellas y vasos, la Historia, oídos los pareceres de sus alumnos, aprovechó el ver a medio abrir la puerta para escabullirse sin que nadie advirtiera su salida. Los amigos bebieron, aplicándose Segismundo al aguardiente de caña, que le inspiraba sutiles pensamientos. Halconero lo tomó también, pero en pequeña porción, atenuada por la mezcla con gaseosa. Era el hijo de Lucila mal amigo de Baco: la bebida fuerte le repugnaba, y jamás conoció —176→ los desórdenes de la embriaguez. En cambio, Segismundo, lanzado a la vida libre sin poner freno a sus apetitos, se había connaturalizado con el alcohol, y bebiéndolo en cierta medida conservaba su serenidad, atizando y dando mayor brillo a las luces de su mente. Aquella tarde, a punto que el crepúsculo ponía entre dos luces a los descuidados amigos, Segismundo bebió con tino, y su ingenio paradójico y su fácil verbo se manifestaron gallardamente. Acariciando el vaso y consumiendo a sorbos la dulce y capitosa caña, decía:
«Este licor de América trae a mi pensamiento la idea de la comunidad pan-hispánica, que apoya uno de sus brazos en el viejo solar de Europa, para extender sin esfuerzo el otro por el continente americano... 'Libertad, fraternidad' dice la universal lengua soberana, Constitución íntima de estos gloriosísimos reinos; y por lo que toca al amigo Prim, opino que ha querido dar un salto en los tiempos, y se caerá al suelo sin que su idea por hoy tenga realidad... Y ahora, trayendo la cuestión del lado sublime al lado picaresco, te diré, ¡oh Vicentito! que será lástima el fracaso de nuestro General, porque si ese plan fuese un hecho, yo propondría que se modificara en aquella parte que trata de la indemnización y de que sólo se han de pagar los vagos intereses. Lo bonito será que nos traigan acá los doscientos cincuenta millones de pesos, para distribuirlos y aplicarlos conforme a las negras —177→ necesidades de estos empobrecidos pueblos. Muy desgraciado había de ser yo si no me tocaran algunas hebras de este vellocino...».
Tanto lo que Segismundo expresaba seriamente como lo que en picaresco decía, era muy grato a Vicente, que tenía singular predilección por aquel desordenado amigo. Las ideas de este sobre el pan-hispanismo como síntesis palingenésica le admiraban y seducían, pues él también acarició alguna vez en su cerebro aquella magna hermandad de los continentes, concibiéndola y desechándola como un rosado ensueño, y en el inofensivo picor de la gaseosa, se alumbró con las divinas luces que despedía de su mente el gracioso perdis... La conversación derivó por escalones hacia las sosas aventuras del propio Vicente, y este dijo que la carta de su novia, incluyendo la nota de Prim, era un disimulado artificio para llamarle y dar por terminados los moños. La niña le amaba, y él también a ella, con pasión discreta de las que terminan en matrimonio. Su madre Lucila le incitaba a la reconciliación, buscando para ello un pretexto, un punto de apoyo.
«Sí, sí: haz pronto las paces... cásate... ponte la marca de los privilegiados de la vida. Posees bienes de fortuna; no tienes que aguzar el entendimiento para proporcionarte el cocido de mañana. Todo te lo dan hecho: la comida, la casa, la mujer... A cambio de esto, carecerás de libertad, de —178→ aquella libertad preciosa que arraiga en el pensamiento y florece en los hechos políticos... Sí, Vicente, joven sensato: quiéraslo o no, tú serás alfonsino, trabajarás por la Restauración... Puede que seas marqués, y ministro de un Borbón futuro...».
Halconero reía, tomando a chacota los presagios de su amigo. Y este, apurando la caña, atizaba el fuego de su locuacidad. «Yo no soy sensato, y me quedo en la pobreza y en la insensatez; yo me tengo por hijo de una edad revuelta, y en este año 70, que es para mí la plenitud de los tiempos locos, me declaro ciudadano de la sinrazón, y no haré nada que sea razonable, según vuestra idea de la razón... Ya se verá lo que sale de esto. Lo que yo te aseguro es que antes de haber mundo hubo caos, un delicioso embarazo cósmico, y que viniendo a la edad histórica, la civilización y cultura han nacido del vientre abultado de una sociedad gestativa... En aquel barrio pobre me instalé, y en él vivo gozoso... Y aunque pudiera titularme Marqués de la Cascarria, me limitaré a llamarme capellán honorario de Su Majestad la Plebe... Podré ser Ministro de un Gabinete o Gabinetito con alcoba. Desde mi púlpito predicaré la piadosa destrucción. Nada me importa el decir de la gente de allá. He abandonado Atenas para establecerme en Corinto, y allí puedo disfrutar mejor que en otra parte la única riqueza que me ha dejado la sociedad, el sol, el benéfico agente —179→ de toda vida. Con mi sol y mi plebe me basta; no quiero nada más... Y para concluir, amadísimo Vicente, hombre nacido de pie y destinado a gozar de todo privilegio, no olvides que me has prometido un suministro de doscientos reales, que te devolveré el día en que se vuelvan gatos los leones de la Cibeles... No lo dejes para mañana, que en ese río del mañana, según un viejo refrán, se ahogan las buenas intenciones».
Con estas y otras donosas extravagancias, que Vicente oyó como chisporroteo del recalentado magín de su amigo, terminó la tarde. Fue Halconero a su casa, a corta distancia de la taberna, y al poco rato puso en manos de Segismundo la cantidad que este necesitaba para sus urgencias de amor y el pago de su pitanza. Separáronse, prometiendo Vicente visitar al pobre misántropo en su retiro de Corinto... Volvió a su casa Halconero, y aquella misma noche o al siguiente día (sobre esto no hay seguridad) dedicó un mediano rato a contestar a su novia. La carta era del tenor siguiente:
«Señorita: Conforme a lo que me indica en su esquela, doy recibo de la nota que incluye, para que su señor tío don Santiago tenga seguridad de la exactitud con que usted cumple sus encargos. Y tranquilizada usted sobre este punto, me permito decirle que el abismo abierto entre usted y yo es grandísimo y pavoroso. No me toca ninguna responsabilidad en la apertura o excavación —180→ del susodicho abismo, obra exclusiva de usted y de sus imaginarios agravios. No soy, pues, quien debe cegar esa cavidad, sino usted, Pilar, y para ello es menester que tenga el valor de reconocer en mí al caballero que amó a usted creyéndola dotada de tanta discreción como sensibilidad, y de un genio apacible, digno complemento de su gentileza y hermosura. Es cuanto tiene que decirle por hoy su atento servidor q. s. p. b. - Vicente Halconero.
»Como usted postdatea, no quiero ser menos. Reciba usted, por mi conducto, finas expresiones y recuerdos de esta señora casada, con quien me divierto y me divertiré hasta que logre olvidar a la que no hace mucho reinaba en mi corazón y era señora de mi pensamiento... En mis soledades no olvido a las amigas de usted, que tan bien la ayudaron a cavar el dichoso abismo. Deles memorias, y añada que me alegraré mucho de que se queden para vestir imágenes. A usted no le deseo lo mismo, aunque bien merece tener ese fin desgraciado; no se lo deseo, porque aún espero la enmienda de la interesante señorita, que ahoga las bondades de su corazón con suspicacias y reparillos sacados de su cabeza... un poquitín destornillada.
»Aunque usted me manda que no escriba palabra alguna dirigida a la que fue mi novia, y me amenaza con romper mi carta sin leerla, yo desobedezco, y escribiré cuanto me dé la gana. Quiero hacerla rabiar. Rabie —181→ usted Pilarita y conserve su furia hasta el Día del Juicio por la tarde... Allí, en el Valle de Josafat nos encontraremos».
Aunque esta carta llevaba entre líneas las paces, y paces cantó parabólicamente en su respuesta Pilarita, llamándole pillastre, libertino, granuja, epítetos que en mil casos no son más que la proyección burlesca del cariño, la reconciliación se hizo esperar, y fue Vicente el que la llevó con pies de plomo, buscando así la eficacia de la lección que dar quiso a su novia. Y aunque esta, corregida de su ligereza, trataba de apresurar el día feliz, aún fue menester que la costurerilla rompiese un par de zapatos llevando y trayendo conceptos sutiles, escrúpulos y reservas no menos prolijas que las de una negociación diplomática. Halconero se proponía rendirla y someterla de una vez para siempre, que así creía, como si dijéramos, reacuñar en nuevo troquel a su esposa futura.
Y tanto se alargó la lección, que hasta bien entrado Mayo no fue un hecho la paz, ajustada por fin en forma tal, que ambos la tuvieron por duradera. Vicente, justo será decirlo, no queriendo ser corrector incorregible, se puso también en paz con su conciencia, cortando de raíz sus livianos amores con la rubia Eloísa. Al llegar, pues, los floridos días de San Isidro, halláronse los novios en pleno éxtasis de amor sin nubes, de candorosa égloga y de idílico arrullo. Sus conversaciones, apartadas de los —182→ oídos profanos, imitaban el canto pre-matrimonial de las enamoradas avecillas. Oigase el gracioso pío-pío: «¿Verdad, Vicente, que nosotros somos felices y que la infelicidad de España nos importa un bledo? ¿Verdad que este afán de buscar Rey y no encontrarlo, nos tiene sin cuidado? Porque nosotros ya hemos salido de la maldita interinidad; nosotros ya tenemos Rey. Mi Rey eres tú, y yo tu Reina...
-Así es; y lo mismo nos importa un Rey de extranjis que la traída de la República. La República no ha de causarnos la menor molestia; haremos nuestro nido en un árbol grande y alto, a donde no lleguen los alaridos de la muchedumbre soberana.
-Yo te digo, Vicente mío, que la vida humana es muy bonita, y que hicimos muy bien en nacer y venir a este mundo, porque este mundo, digan lo que quieran los predicadores, es precioso, y en él está todo dispuesto para nuestra felicidad. ¿No lo crees tú así? No tenemos para qué pensar en la muerte. Entiéndanse con ella los viejos. Nosotros hacemos bien en ser jóvenes, y como jóvenes pensamos en Dios, sin meternos en las tristezas de la religión... Nosotros no tenemos pecados... me parece que tú y yo somos ángeles... no te rías... Yo pienso que en el cielo se casan los ángeles.
-No nos cuidemos, vida mía, de si hay en el cielo una Vicaría para los ángeles que quieran vivir honradamente en sus casitas. Sin duda habrá por arriba ángelas hacendosas —183→ que anhelan casa y marido, y ángeles que aspiren a ser cabezas de angelicales familias».
Y otro día, la enamorada dijo esto a su enamorado: «Vicentillo, quiero revelarte un secreto... Dame tu palabra de no contárselo a nadie, ni a tu mamá... Lo he sabido casualmente por unas palabras que oí a mi tío Santiago hablando con mi tía Gracia... No es que yo me pusiera a escuchar... Eso no lo haré nunca. Fue que hablaron ellos sin verme, cuando yo estaba en el gabinete de mamá, detrás de aquel biombo, ¿sabes? buscando un pedazo de satén que guardé hace días en el arca que fue de doña María Tirgo... Te lo digo a ti solo... Verás: tú has oído que mi tío sale mañana para La Guardia y Samaniego con objeto de ver los trigos y preparar la siega de las cebadas... Dicen que la cosecha será tremenda... Pues mi tío no va a La Guardia... Todo es mentirijilla y disimulo. A donde va es a Logroño, y lleva una carta que Prim escribe a Espartero ofreciéndole la corona...Vicente, tan verdad es esto como el sol que nos alumbra... Y como Espartero, naturalmente, aceptará otra esta vez la corona que le ofrecen Prim, Serrano y Sagasta, en triunfo le traerán a Madrid, y... aquí viene lo que no es más que figuración y corazonada mía. Espartero quiere mucho a mi padre, que fue su mejor auxiliar cuando preparaban el Convenio de Vergara... Pues Espartero Rey será padrino de nuestra boda, Vicente... ¡Anda, no esperabas —184→ esta, pillo!... ¡El Rey nuestro padrino!... ¿La noticia no vale que me digas alguna cosa bonita?
-No es noticia; es corazonada. Y el corazón no acierta siempre, Pilarica. Por lo demás, nuestra felicidad será la misma apadrinados por Baldomero I, o por cualquier hijo de vecino».
Aconteció que a los pocos días volvió el Coronel a Madrid, y toda la transcendencia del mensaje que había llevado a Logroño quedó en agua de cerrajas. Espartero rechazaba discreta y juiciosamente la corona. No se dio por defraudada Pilarita, y del auroral optimismo en que vivía sacó este plácido razonamiento: «A decir verdad, Vicentillo, maldita la falta que nos hace que nos apadrine un Rey. Yo pensé en Espartero, por aquello de darnos tono y de que rabiaran mis amigas; pero como de todos modos han de tragar mucha quina, bien vamos así... Para el otoño han fijado nuestra boda tu mamá y la mía. Tú has dicho que debemos poner alas al verano. Por mí, que vuele todo lo que quiera. Te advierto que mi padre quiere llevarnos este año a Arcachón; pero mamá no está por eso, y prefiere a Royan. Conque ya lo sabes. Si vas este año a París... y cuidado con París, caballerito, que es ciudad donde los hombres pierden el tino, y por eso la llaman Babel o Babilonia... ya lo sabes... a la ida o a la vuelta nos harás la visita, y ella no ha de ser corta... ¿Quedamos en eso?
—185→Y ya entrado Junio, con su blando calor y alegría, Pilar pasó una tarde tediosa esperando a Vicente, que por primera vez después de la reconciliación faltaba a la hora de costumbre. «¡Ay, qué susto me has dado! -le dijo Pilarita viéndole entrar casi de noche-. No te riño... Lo de reñir por las tardanzas está mandado retirar, ya lo sé... Pero he pasado una tarde horrible. Creí que estabas malo». Dio Halconero la explicación justa. Había ido al Congreso con Enrique Bravo y otros dos amigos... Les llevó a la tribuna el interés que despertaba el voto particular de Rojo Arias, y la votación que habría de recaer sobre él.
-¿Y qué es eso, y con qué se come?
-Pues nada... El Congreso acuerda que para elegir Rey será preciso reunir 171 votos, la mitad más uno de los diputados que han jurado el cargo...
-¿Y eso va con nosotros, Vicente? ¿Qué nos importa que sean ciento o ciento y pico?... Mi padre ha dicho que lo que es Montpensier, por más dinero que gaste en la compra de periódicos y diputados, no sacará más de veinte o veinticinco votos... ¡Ah! ¿no sabes lo que me dijo ayer tu padrastro don Ángel? ¡Qué risa! Pues quiso atraerme al montpensierismo. Me ofreció, puesta la mano sobre el corazón, que si don Antonio es Rey, me nombrarán dama de honor de la reina Luisa Fernanda. ¡Lo que pude reírme, Dios mío! ¿Qué falta me hace a mi ser dama de honor, que es como entrar en servidumbre?... —186→ Pues oye lo más gracioso... También me dijo que a ti, a los dos, nos darán un título de nobleza: seremos Marqueses de la Villa del Prado... Anda, hijo, date tono. Fruta por fruta, un Marqués de la Uva de Albillo no será menos que un Rey de las Naranjas».
Celebrando la ocurrencia, afirmó Vicente que el acuerdo votado aquella tarde por las Cortes dificultaría la elección de Rey, pues no habría candidato que reuniese 171 votos... Con esto salía ganando la República.
«Pues que venga de una vez -dijo Pilar gozosa, extendiendo su optimismo a la forma de gobierno-. ¿Y qué nos va a pasar si suben los republicanos? Porque guillotinas no han de traer... Todas las fierezas de esos buenos señores quedarán reducidas a quitar las quintas, a rebajar las contribuciones, y a suprimir unos cuantos clérigos de los muchos que hay».
Terció en la conversación el Coronel Ibero, asegurando que don Juan no se acoquinaba por la dificultad de los 171 votos; que tendríamos Rey; que ya se habían echado los anzuelos para pescar uno de familia Real de muchas campanillas, y que... por el momento no podía decir más... Entendieron —187→ los oyentes que algún secreto poseía, guardado en el arca de su discreción... Hablando de Prim y de sus dotes de gobernante, recordó Vicente el bosquejo de la emancipación de Cuba, y quiso saber si los Estados Unidos entraban por el aro. Según afirmó el Coronel, enterado por buen conducto, los yanquis estimaron aceptable la proposición y excesiva la cantidad. Entrarían tal vez, si España se contentaba con la mitad, ciento veinticinco millones de pesos... Pero aunque se llegase a un acuerdo en la cuestión metálica, el trato aquel tropezaría con enormes dificultades por los escrúpulos caballerescos del patriotismo español.
Contó Ibero que el General había dado conocimiento de su atrevido plan al Consejo Supremo de Guerra. Los primates que componían aquel alto Cuerpo se indignaron viendo reducidos a una cuestión de ochavos los sacros fueros de Marte y el glorioso atavismo. Todo les pareció mal, y sin dar informe por escrito, pusieron en el cielo sus clamores. Prim ignoraba la opinión del venerable coro de ancianos de la Milicia, y a este propósito refirió el Coronel un pequeño pasaje histórico por él presenciado. Estaba el General en su aposento familiar, vistiéndose para salir a la calle. Presentes se hallaban Sánchez Bregua, el ayuda de cámara, el ayudante Moya y Santiago Ibero. El General, parado ante el espejo, en la operación de anudarse la corbata, preguntó al Subsecretario si algo sabía del efecto causado en —188→ los del Consejo por la nota que sometió a su examen. Sánchez Bregua, recelando que el General desataría su coraje al saber la opinión de los veteranos, furiosamente contraria al proyecto, atenuó cuanto pudo la verdad de su respuesta. Ya Prim se lo tenía tragado: conocía la honda inercia de la rutina histórica y la rigidez de las corporaciones seniles, buenas para contener, ineficaces para el impulso... Sin apartar la mirada de su propia imagen en el espejo, ni desentenderse del lazo de su corbata y de la compostura de su efigie, pronunció fríamente estas palabras: «Ya lo llorarán... ya lo llorarán».
Comentaron Ibero y la joven pareja el dicho del General. Ninguno de los tres tenía bastante clara la percepción adivinatoria para saber si los españoles futuros derramarían lágrimas sobre la inmovilidad de los hieráticos consejeros. Tan sólo Vicente, recordando al iluminado y erudito Segismundo, sabio, calavera y un poco borrachín, tuvo una rápida visión de la edad futura, visión de sangre, llanto y desconsuelo; pero creyéndola hechura del pesimismo que todos los españoles del siglo XIX llevamos dentro, no se determinó a manifestarla.
El tiempo corría, precipitando a los madrileños hacia la desbandada veraniega. En todas las casas ricas se limpiaba el polvo a las maletas, y las señoras cuidaban de los complicados equipos que habían de lucir en las casas de baños y en las playas del Norte. —189→ Lucila confirmó a Vicente la promesa del viajecito a París, y para que el joven tuviera freno y compañía en la grandiosa y divertida ciudad, determinó ir con él. Demetria y su familia partirían para Royan, con escala de pocos días en Vitoria. Gracia y su marido, y el hijo cadete, que tomaría vacaciones muy pronto, seguirían la misma ruta, después de pasar un par de semanas en Samaniego y Paganos, inspeccionando la recolección. Todos aguardaban gozosos el día en que tocaran a emigrar, y Pilarita singularmente piaba y trinaba, como avecilla que se dispone a levantar el vuelo hacia los climas dulces, y hacia los aleros y los árboles donde se han de colgar los nuevos nidos.
«¿Por qué está tan alegre mi Pilarica? -le dijo su novio una tarde, viéndola batir palmas y gorjear una canción de moda.
-Pero ¿no sabes la noticia?... Nos vamos la semana que viene... Es casi seguro que iremos también a París. Allí nos veremos; allí nos pasearemos, olivarej arriba, olivarej abajo, como dijo Cúchares... Y puede que nos lleguemos a ver un poquito de Alemania... ¿Sabes ya que nos traen un Rey alemán? Lo ha dicho el tío Santiago; el nombre es algo así como Ole-Ole...
-El príncipe Leopoldo de Hohenzollern... Parece que acepta... Al fin hay un caballero que no se asusta de regir estos alborotados reinos. Salazar y Mazarredo ha traído el notición de la conformidad del Príncipe —190→ y del consentimiento del Rey Guillermo de Prusia.
-Pues esto del Rey prusiano me gusta mucho... Las modas no vendrán ahora de París, sino de Berlín, y ya no beberemos vino, sino cerveza. Tenemos que aprender algo de alemán, que es una lengua muy parecida a la que hablan los pájaros. En fin, Vicente: como no pienso más que en nuestra felicidad, todo me alegra. Y te digo también que si en vez de traernos Rey alemán nos lo trajeran turco, me alegraría lo mismo.
-Yo no... porque, según he oído, Napoleón está que trina... La noticia ha caído aquí como una bomba. Prim está en Daimiel, cazando con Milans del Bosch y otros amigos. Vendrá esta noche. Mañana sabremos si ese Hohenzollern cuaja o no cuaja.
-El nombre de Ole-Ole me hace mucha gracia. Invita a las cañas de manzanilla y al baile flamenco... Yo me río y me divierto con estas cosas, porque, la verdad, no me dan frío ni calor: sobre esto que llamáis política y sucesos públicos, mi alma vuela como una mariposita. Todo lo ve y lo mira; pero no se posa más que en lo suyo, y lo suyo es un caballerete muy simpático y muy pillo, que se llama don Ole-Ole Halconero...».
Cada hora traía nuevas impresiones. La candidatura del Hohenzollern le había sabido a Napoleón a cuerno quemado. Su Embajador, Mr. de Mercier, llegó a decir: «Antes —191→ que ese prusiano, Montpensier». Y mientras el Gobierno español convocaba las Cortes para decirles: Eureka, ya tenemos Rey, las cancillerías de Francia y Prusia se alborotaban como gallineros visitados por el zorro. «Oye, Vicente -decía Pilarica a su novio-. ¿Con que se ha roto o está para romperse el equilibrio? Explícame eso...». «No se romperá nada -repuso Halconero-, porque el Príncipe Leopoldo ha renunciado a la mano de doña Leonor. No es mala gresca la que han armado con la tal candidatura. España no puede desmentir su abolengo histórico. Es la dama guerrera que preside los torneos del mundo. Una mirada suya, cayendo como centella donde menos se pensaba, ha estado a punto de incendiar los campos europeos.
-Pues mi padre sostiene que el gallinero sigue alborotado, y que en él anda un zorro muy listo que llaman Bismarck... Pero, sea lo que quiera, podremos irnos a Francia tranquilamente».
Salió la familia Calpena, y en Vitoria supo don Fernando que Napoleón, impertinente y picajoso, había exigido al Rey Guillermo tales garantías para evitar la reproducción del conflicto, que el Soberano de Prusia hubo de mandarle a paseo en la persona del Embajador Mr. Benedetti. Partieron los Iberos para La Guardia, y en el camino se les dijo que Francia, o más claro, el Imperio, ávido de laureles militares con que galvanizar su dominio, había declarado —192→ la guerra a Prusia... Salieron Halconero y su madre, dejando en Madrid la desagradable impresión de que un guiño de España buscando Rey había encendido la guerra europea. En el descanso de Bayona oyeron la trepidación del suelo francés, y a los dos días, apenas llegados a París, presenciaron la furiosa exaltación de las turbas gritando: «A Berlín, a Berlín».
Asustada Lucila de aquel estruendo, propuso a su hijo volverse a España; pero Vicente no se avino a dejar la plataforma de donde tan bien se vería la descomunal tragedia que se anunciaba. Contagiado de la opinión corriente en Madrid y en toda España, creía que el poder militar de Francia era incontrastable; que el sol de la leyenda napoleónica no se había eclipsado, y como un lorito repetía la jactanciosa frase de Girardin: Echaremos a los prusianos a culatazos al otro lado del Rhin. Persistía en el noble mancebo el ardiente amor a Francia, por las afinidades de raza y por la exaltación de los amores literarios. Francia era Voltaire y Rousseau, Victor Hugo, Musset, Balzac... Y aun los alemanes Goethe y Heine se afrancesaban, transmigrando del hermético idioma teutónico al transparente lenguaje de las modernas Galias.
París ardía en entusiasmo y en fiebre guerrera. En los bulevares, el paso de los batallones encaminados a la guerra promovía delirios de patriotismo loco. En toda Francia los ferrocarriles conducían tropas —193→ hacia el Este; por las estaciones pasaban trenes y más trenes con la velocidad del rayo. El Gobierno francés, temiendo las indiscreciones del telégrafo, prohibió bajo penas severísimas las noticias de movilización... A pesar de estas precauciones, que pusieron en pugna el arte de la guerra con los adelantos científicos, las noticias volaban sin saberse de dónde salían. Prusia había lanzado a las orillas del Rhin medio millón de hombres... El Rey Guillermo tenía su cuartel general en Francfort... Dos formidables cuerpos de ejército, mandados por el Príncipe real de Prusia y por el Príncipe Federico Carlos, ocupaban Maguncia y Coblenza... Todas las naciones se armaban hasta los dientes. Italia y Bélgica eran verdaderos campamentos; Austria llamaba sus reservas; Inglaterra mandaba al Báltico sus escuadras... Francia retiraba de Civittavecchia las tropas que allí tenía para defender de los garibaldinos los Estados del Papa...
Halconero escribía desde París a su prometida, residente en Royan: «Estoy en el mejor sitio para ver la tragedia más grande y sangrienta que ha presenciado el siglo desde Waterloo. No temas por mi madre y por mí. Aquí no corremos peligro alguno. París es la torre desde donde podremos ver sin riesgo la reforma del mapa de Europa. La tragedia será hermosa y terrible. Nunca pensé que me fuera dado ver de cerca un hecho de los que han de ser punto culminante —194→ en la Historia de la Humanidad. ¡Qué pequeños nos sentimos ante la Historia vista en la realidad! Pero aún nos parecen más enanos los que han de leerla después de bordada en el cañamazo de la letra de molde... Vida mía, hoy no te escribo más... Voy al café Cardinal a saber noticias. Parece que algo se sabe ya de un primer encuentro, favorable a las armas de la divina Francia».
En aquellos angustiosos días, París necesitaba una victoria... París no podía vivir sin victoria, y esta le fue transmitida desde Saarbruck como un calmante telegráfico. Roto el fuego, los batallones franceses habían cortado del árbol germánico los primeros laureles. El telegrama llevó a París trompetazos de fanfarronería, y una nota sentimental: La jornada había sido brillante... El fusil de aguja había hecho maravillas... El Príncipe Imperial se mostró sereno en medio del fuego.
Enloqueció París con esta inyección de ideal napoleónico; pero poco hubo de durarle el efecto del estimulante. Lo de Saarbruck fue el 2 de Agosto, y el 4, la acción de Wissemburgo, empezó a deshojar la flor de las ilusiones, iniciando la serie de descalabros con que Francia pagó su imprevisión y el descuido de sus organismos militares... Dejando ahora lo público por lo privado, se dirá que Halconero se encontró en París con su amigo Antonio Orense. A menudo se reunían en el café de Madrid o en el Cardinal para remembrar a España, y condolerse —195→ de sus querellas y desdichas. Con otros jóvenes emigrados hizo amistad Vicente, distinguiendo a un catalán llamado Garrigó, que había corrido la suerte de Suñer y Capdevila en la sublevación federal del 69. A principios de Agosto, después de la desastrosa acción de Worth, se organizó en París un cuerpo de voluntarios, en el cual se alistaron jóvenes emigrados de distintas naciones. Uno de estos fue Garrigó, que con generoso ardimiento quería dar su sangre por la hospitalaria y gloriosa Francia.
El día en que partió para la frontera la legión de voluntarios, fueron Halconero y Orense a la estación de Estrasburgo a despedir al bravo Garrigó. Tan apretado era el gentío, que difícilmente pudieron abrirse paso hasta el andén. Entre el humano revoltijo formado por los legionarios y los que iban a despedirles, vio Halconero una cara de hombre que le produjo repentina emoción. No pudo contenerse... A codazos y empujones se abrió paso; llegó hasta el tal, que era joven, de figura gallarda y varonil belleza... y agarrándole el brazo, no se entretuvo en preguntarle quién era ni en presentarse con las formas usuales, sino que con airosa familiaridad le dijo: «Usted es Santiago Ibero.
-Sí, señor: yo soy...
-¿Y usted va también...?
-Voy... sí, señor... Perdóneme... no tengo el gusto de conocerle.
-No es ocasión de pedirle que aguce un —196→ poco la memoria. Hace algunos años, no sé cuántos, nos conocimos en Madrid, en la casa de mi tío Leoncio. Yo era un chiquillo. Paseamos juntos una tarde, hablando de...
-Ya me acuerdo.
-Por la noche estuvo usted en mi casa, calle de Segovia...
-Sí, sí: la noche que el señor de Tarfe me disfrazó de fogonero para escapar de Madrid... Y usted me ha conocido...
-Más que por mis recuerdos, por el parecido de usted con su hermana Fernanda, de triste memoria...
-¡Ah!... ¡mi hermana Fernanda...!
Dijo esto con inflexión de duelo, mientras Vicente, ahogado por la pena, hubo de contener con esfuerzo viril las lágrimas que le salían a los ojos... Este diálogo nervioso, rapidísimo, no pudo prolongarse en ocasión tan importuna. El oleaje humano separó a los que ya parecían amigos. Por un esfuerzo de ambos volvieron a juntarse... Vio Halconero a una mujer hermosa que cogida al brazo de Santiago se despedía de otras mujeres... El hijo de Lucila, movido de intensa efusión, se dirigió a ella con fraternal confianza: «Usted es Teresa. La conozco sin haberla visto nunca. ¿Pero... usted también a la guerra?
-Sí, señor. Ya que no he podido disuadirle de esta calaverada heroica, me voy con él... no quiero que esté solo».
No había tiempo para más explicaciones. Santiago abrazó a Vicente, diciéndole: —197→ «Adiós... adiós. ¿Nos volveremos a ver en París? ¡Quién sabe si nos veremos en España! Adiós».
Y Teresa, en los apretujones para subir al tren, pudo decir: «Le conocemos a usted, caballero don Vicente. En París sabemos todo. Tenemos en Madrid nuestro pequeño espionaje... Adiós... Una palabra no más. Si volvemos vivos de esta calaverada, llámela usted aventura, Santiago se reconciliará con sus padres... Yo se lo aconsejo...».
Y lo demás fue dicho por Santiago, ya en el estribo, después de subir Teresa: «Diga usted a mi madre y a mi padre que Teresa y yo iremos a visitarles en La...».
Ahogaron su voz los vivas y aclamaciones patrióticas. Halconero gritó: «En La Guardia...». Y Santiago y Teresa afirmaban con cabezadas.
Partió el tren, que al matadero llevaba tanta juventud, alucinada por un ensueño de gloria.
En el curso de Agosto vio Halconero el vertiginoso giro del desastre; vio la incapacidad militar de Napoleón; el engaño de Francia, conducida torpemente a una colosal guerra, sin organización, sin criterio estratégico y táctico, sin estudio, sin planes —198→ ni concierto; vio claramente que el Ministro de la Guerra, Leboeuf, era una hinchada nulidad; que los generales se hacían un lío al primer paso; que la oficialidad llevaba planos de la topografía de Alemania, y desconocía la de su propio país; que los batallones iban con cifra menor que la del contingente oficial; que el aprovisionamiento era una vana palabra; que las tropas tenían que entrar en fuego fiándolo todo a un heroísmo temerario y a los arranques epilépticos del valor personal. Francia, vendida por sus ineptos conductores, sucumbía con hermosa desesperación.
Al descalabro de Worth siguieron Mars-la-Tour, Gravelotte, la salida de Metz, y por fin Sedan (1.º de Septiembre), con la resquebradura y desplome del fantasmón imperial. Y cuando París furioso, desengañado de la falsa ilusión guerrera y asqueado del organismo político que había perdido a Francia, proclamó el 4 de Septiembre la República; cuando el pueblo derramó su ira por plazas y bulevares, y tras de las pisadas de la Emperatriz fugitiva, recogió del arroyo la corona imperial para refundirla en mural corona, emblema de la Soberanía de la Nación, Lucila, temblando de miedo, dijo a Vicente: «Hijo del alma, vámonos sin perder día. Has visto ya bastante Historia viva, de esa que pone los pelos de punta... ¡Sabe Dios lo que va a pasar aquí! Yo te aseguro que las palabras República y republicanos me dan escalofríos y temblor —199→ de piernas. Antes no era yo así; me gustaba lo que llaman Soberanía del pueblo. Pero ahora... hogaño, como dice mi padre, y yo lo decía también cuando era moza... hogaño, el bienestar me ha hecho bastante moderada... Vámonos, hijo. ¡Ay, París, qué feo estás! ¿Quién te conoce? ¡Oh, España mía, único país del mundo que sabe ser a un tiempo desgraciado y alegre!».
No pudo Halconero desoír el toque de retirada. En un día compró los regalos destinados a la novia, y partieron para Burdeos. Iba Lucila contenta, y su hijo triste, viendo cómo se le ajaba y desvanecía la ilusión de Francia. Hasta la literatura, desmereciendo a sus ojos, se rebajaba de su esplendor augusto. Voltaire y Rousseau, Víctor Hugo y Balzac se le representaban menos grandes de lo que fueron antes del desastre. Este sentimiento de chafadura del ideal fue por fortuna poco duradero, y tuvo su corrección en el propio espíritu del joven. De la gloriosa Nación maltrecha resurgió pronto con mayor pujanza lo que debía tener perdurable vida...
En Burdeos enteráronse hijo y madre de la concisa carta que el desdichado Emperador dirigió al Rey Guillermo declarándose prisionero: Señor y hermano: No habiendo podido morir en medio de mis tropas, sólo me resta entregar mi espada a Vuestra Majestad. -Napoleón.Con esta dolorida estrofa terminó uno de los actos de la tragedia. Pero esta no había concluido, y sus pavorosas —200→ convulsiones siguieron aterrando al mundo entero en lo restante del año 70 y en buena parte del 71.
Se comprenderá que el descanso de Halconero y su madre en Burdeos fue muy breve, y que el primer vaporcito que salió para Royan les llevó a esta risueña villa, situada en la desembocadura de la Gironda. Gran día de regocijo y plácemes. Las dos familias (Iberos y Calpenas) gozaban de excelente salud, sin otra contrariedad que el dolor por las desdichas de Francia. Pilarita no había podido echar de su mente la idea de que su prometido corría enormes riesgos en París, y hasta que le vio llegar vivo y sano no se recobró de su pavura. En sus insomnios creía que los hulanos cogían a Vicente y le llevaban preso a Berlín; mal dormida y soñando, veía que los descamisados del 4 de Septiembre le conducían a la guillotina y le cortaban la cabeza, ¡ay!
Halconero y su madre se instalaron en el Hotel de la Croix Blanche, y los Iberos y Calpenas vivían en una linda casa con jardín, propiedad de don Fernando. Todo el día pasaban juntos, y la feliz pareja irradiaba su contento sobre los demás. Mas era raro el día en que las malas noticias no arrojaban una sombra de tristeza sobre la triple familia. Hoy era la batalla de Artenay; mañana, la toma de Soissons; por fin, que los prusianos iban ya sobre París... Y una mañana, cuando Vicente fue a la casa de su amada, de donde habían de salir todos —201→ para una excursión a Vieux Soulac, pueblecito tragado por las arenas, Pilarita le sorprendió con un notición que de tan gordo parecía mentira.
«¿No sabes, Vicentillo, lo que pasa? Te quedarás atónito y estupefacto cuando yo te lo diga... Espera un poco, que ahora voy a decírtelo... Pues los garibaldinos han entrado en Roma... Como Francia tuvo que retirar sus tropas dejando indefenso al Papa, ¿qué han hecho los italianos? Pues asaltar la ciudad eterna por una puerta que se llama... Pía... Nada, hijo, que a Pío IX le han birlado sus Estados, y Roma será la capital de Italia. ¿Qué te parece? ¿Ves qué cosa tan atroz?
-Ya estaba previsto. El Papa quedará de Rey espiritual de los católicos, que es destino de gran provecho... Dejemos correr la comedia del mundo hacia el reparto equitativo de papeles. Cada cual al suyo.
-¿De modo que tú no te asustas, ni siquiera te indignas? Pues mi tía Gracia dice que esto es un robo, una usurpación, y que si todas las naciones no acuerdan devolver al Santo Padre su reino, lo que debe hacer Pío IX es abandonar a esa Roma ingrata, y venirse a España con toda su Corte Pontificia. Aquí se le recibiría como si bajara del Cielo, por ser este el país más católico del mundo... A mi tía Demetria no le da tan fuerte, y asegura que bien se está San Pedro en Roma. Por mi parte, te diré que, si me apuran, todo lo que no sea casarme contigo —202→ me importa un rábano, y que allá se las haya Pío IX con Víctor Manuel... Pero eso no quita que nos alegremos de que el Papa se establezca en Madrid... Dará gusto ver tantos Cardenales vestidos de colorado y centenares de Obispos, algunos con barbas... y figúrate el sinfín de frailes y monjas de todos colores que veremos por las calles... Confiésame que será muy bonito... Si nos traen Rey, tendremos dos Cortes; y como para el Papa habrá de ser el Palacio Real, al Rey le meteremos en la Casa Panadería o en la Platería de Martínez».
Pasados algunos días en gratas excursiones por las amenas orillas de la Gironda, llegó la ocasión del regreso a España. Partieron con pena, dejando a Francia tan agobiada de acerbas desdichas, y a medida que avanzaban hacia el Pirineo, les daba en el rostro el aliento de las calamidades españolas.
En aquella encrucijada internacional, donde se abren los portillos de Francia y España, los viajeros no lograron seguir juntos. Lucila, invitada por los Iberos, pasó la frontera para detenerse en la Rioja alavesa, gozando de una temporadilla geórgica en tierras de sus amigos. Vicente quedó con los Calpenas en Biarritz por unos días. Era tan considerable allí la colonia de españoles de viso, que no se daba un paso sin meterse en saludos y en chácharas interminables. Manolo Tarfe, Guillermo de Aransis, la Villares de Tajo, desfilaron esparciendo a un lado —203→ y otro sus ditirambos sobre la guerra franco-prusiana y sobre el obscuro porvenir de nuestra política.
Nada de esto desagradó a Vicente. Lo que le sacó de quicio fue ver al mal caballero don Juan de Urríes y a su esposa doña Mariana de Pedroche, Marquesa de Aldemur. Con ellos iba Carolina de Lecuona, formando una trinidad harto antipática. Esquivó Halconero la presentación, desairando a su amigo Tarfe, con quien a la sazón estaba, y prefirió la sociedad de un improvisado figurón, funcionario del Gobierno civil, don Telesforo del Portillo, que en su anterior vida policíaca fue vulgarmente conocido con el mote de Sebo. Este hombre del siglo y su esposa, una tal Fabiana Jaime, que había sido sastra de curas, presumían de elegancia. La sociedad estaba sin duda trigonométricamente trastrocada, como decía Raimundo Bueno de Guzmán. Los aristócratas se aburguesaban, y la señora de Sebo ponía en su sombrero los plumachos que eran signo de distinción social.
Septiembre era en años normales el mes del desfile de españoles a Francia. Los comerciantes iban a sus compras de otoño; las señoras a su acopio de perifollos de invierno, y a tomar nota de los nuevos modelos de vestir. Fabiana Jaime hacía también su escapadita, a por un abrigo de última novedad. París era la meta de las ambiciones indumentales. Pero en aquel año trágico la corriente se invertía, y el Ferrocarril del Norte —204→ más traía que llevaba españoles. Los unos huían de la guerra; los otros eran emigrados de las sublevaciones federal y carlista del 69, a quienes la amnistía concedida por el Gobierno español abría las puertas de la patria.
Con esta avalancha tropezó Vicente en su regreso, y aconteció que el plan de las tres familias para seguir juntas hasta Madrid, no pudo realizarse por imprevisión, o descuidos de tiempo, harto comunes en la estrategia de los viajes. Ello fue que Vicente llegó al encuentro de Lucila más tarde de lo presupuesto, y ambos se quedaron rezagados en Miranda. Hijo y madre cogieron el expreso, metiéndose en un coche ya ocupado por tres personas, y no fue poca suerte encontrar aquel acomodo, pues todos los trenes ascendentes iban atestados de viajeros.
Las tres personas que en el departamento venían instaladas desde Irún, eran Portillo y su mujer, y un caballero alto, picado de viruelas, inquieto y hablador. Antes de fijar la atención en aquel hombre extraño, dígase que los señores de Portillo (alias Sebo) venían inconsolables por no haber podido llegarse a París. Billete gratis tenían hasta la frontera, y en el Midi les agraciaban con mitad de precio. Después seguían en Orleans con billete de segunda, y así podían, con arte económico, visitar la capital de Francia. Dos otoños seguidos habían efectuado su excursión, alojándose en casa de Madame Noel, donde amos, criados y huéspedes hablaban español. Hacía Fabiana sus —205→ pequeñas compras de trapos, con añadidura de sombrilla, fichú, cintajos y otras menudencias, todo baratito, pues sabía entenderse con marchantes de poco pelo; luego lo pasaba todo de contrabando por la aduana de Irún, valiéndose de mil tapadijos y de su conocimiento con vistas y carabineros, y al llegar a Madrid, en el círculo de sus variadas amistades se daba un horroroso pisto. Pero la maldita guerra, promovida por las intrigas de ese Bismar, había cortado en flor dichas tan inocentes.
Trotando el tren hacia Pancorbo, el señor parlanchín, que ocupaba un asiento junto a la ventanilla del Oeste, prosiguió su conversación con Portillo, sentado en mitad del diván frontero de espaldas a la máquina. A juzgar por lo que dijo el desconocido, Sebo se había burlado de los derechos individuales, llamándolos inaguantables, y recordando que a Sagasta le pesaban como losa de plomo. Desatose el otro en invectivas contra Sagasta, llamándole farsante y traidor a la Libertad... No intervino Halconero en la conversación, aunque a ello le incitaba el taravilla de ronca voz con su mirada insistente, como si le pusiera por fiador de lo que decía o le pidiese su testimonio. Hallábanse en lados distintos y en ventanillas diagonalmente contrapuestas.
En tanto, las dos señoras, sentadas una junto a otra en el diván zaguero, de cara a la máquina, no podían vencer el prurito netamente español de la familiaridad, y picotearon —206→ contándose sus viajatas. Fabiana, cuarentona de lucidas carnes, tomó un tonillo finústico, y sin dejar de la mano el saquito en que llevaba su dinero y algunas alhajas, ponderó a Biarritz por su elegancia y la mucha gente de la grandeza que allí veraneaba. «En Francia -decía- todo es amabilidad. En tiendas, cafés y restauranes la miran a una para adivinarle lo que quiere y servirla al instante. Eso da gusto... Cierto que cobran bien; pero paga una de buena gana la finura, acordándose de que en España no tenemos buena educación».
El hablador del otro lado despotricaba con fuertes voces y ademanes violentos, alargando los brazos casi hasta tocar con sus dedos el rostro fiero y bigotudo de Sebo, que defendió a Sagasta, su jefe en otros días, empleando los argumentos más comunes con frase arrastrada y pedestre. El discutidor viajero soltó esta rociada: «Vivimos en una sociedad infame donde los unos son egoístas hasta el crimen; los otros, ignorantes o pusilánimes hasta la estupidez... No tendremos verdad y justicia hasta que las clases trabajadoras despierten de su letargo... Esto lo digo yo, yo, que inicié la Revolución de Septiembre, y después arrastré al partido federal a la lucha violenta... No hay otro medio para facilitar al pueblo el camino de la verdadera revolución. Vengo del destierro; vuelvo a mi patria con el fin de agitar las masas... Yo no me canso; lucharé hasta morir, porque es mi temperamento —207→ luchar por el pueblo y para el pueblo... Ese caballerito que está sentado frente a mí, me conoce, y puede decir si soy hombre que lleva en sus venas horchata de chufas, o sangre caliente y rica».
Sebo y las señoras miraron a Vicente. Este habló así, dirigiéndose al exaltado sujeto: «Desde que entramos aquí le conocí a usted, señor Paúl y Angulo; pero como no había tenido el gusto de tratarle más que una vez, y eso brevemente... no sé si se acuerda... una noche en casa de don Fernando Garrido, creí que no se acordaría de mí, y no me determiné a saludarle».
Viéndose presentado al público, el hablador se aprestó a sermonear de nuevo. Lucila le miraba espantada. Nunca había visto aquel rostro cribado por la viruela, y encendido del ardor de la sangre... Los cristales azules de las gafas hacían veces de ojos, simulando los de un ser fantástico, de esos que representan el papel aterrador en los cuentos de niños. El marcado ceceo andaluz y las patillas negras completaban el cariz temerón y provocativo del viajero, que sin que nadie le excitara rompió en estas exaltadas manifestaciones:
«Yo soy todo corazón, ya lo sabe ese joven; yo llevo la honradez en mi alma y el anatema en mi boca; yo digo a España la verdad, y al pueblo señalo el camino para que llegue a la conquista de sus derechos... Los que me escuchan no me negarán que el orden existente es un conjunto repugnante —208→ de leyes injustas, de códigos infames, de gobiernos cínicos, de costumbres vergonzosas. Y yo digo a los virtuosos y desgraciados trabajadores: «Nada tenéis que esperar de los ricos, de los instruidos, de los poderosos de la tierra».
Algo pensó contestar Sebo: su descomunal bigote se agitó debajo de la nariz minúscula; los vocablos querían salir, y el bigote no los dejaba, o las ideas se recogían en el pensamiento, persuadidas de que las cerdas del mostacho bastarían a confundir al brutal preopinante. Halconero, sin ganas de discusión en tal sitio y delante de señoras que deseaban reposo, dijo que la sociedad no era perfecta ni mucho menos; pero más imperfecta sería por los medios violentos del amigo Paúl. España acababa de hacer una revolución de tres al cuarto, y anhelaba constituirse en un régimen práctico, ecléctico, que le permitiese vivir... No aspiraba por de pronto más que a un vivir de reparación y descanso, con media cabeza en el almohadón del régimen pasado, y la otra media en el de las ideas novísimas...
«¡Ah, según eso -exclamó Paúl soltando la carcajada-, usted es de los del balancín! Bonita generación de muchachos tenemos... Nada, que estamos a lo práctico. ¿Le ha dado a usted Prim un destinillo? Bien, hijo: por ese camino se va a la gloria. No ha cambiado usted poco desde que le vi en casa de Fernando Garrido... Claro: en casa —209→ de aquel amigo no hacía usted nada. Allí no daban credenciales».
La grosería impertinente del andaluz no podía ser tolerada. «Señor Paúl -le dijo Vicente con serena dignidad-, no he dado motivo a que usted me hable de ese modo. Si usted desconoce que estamos en una sociedad de personas bien educadas, le dejaremos que hable solo, y sus palabras serán para nosotros como un ruido más de las ruedas del tren.
-¡Ja, ja...! ¡Señoritos a mí! Dígame, pollo: ¿cuándo traen ustedes al bebé... al inocente Alfonsito? ¿Ya están de acuerdo con Pringue?
-Señor Paúl, lo único que puedo y debo decir por ahora, es que usted no debe molestar a estas señoras. Si no lo entiende así, será preciso decírselo de otro modo».
Lucila, viendo cómo se alborotaba su hijo, trató de calmarle con amonestaciones cariñosas, dichas a media voz. Pronunció Sebo frases conciliadoras. Vicente se movía en su asiento, cual si este fuera todo espinas. Paúl rezongaba en el opuesto ángulo, mascullando crudas ironías, y en esto se detuvo el tren en la estación de Burgos; abriose la portezuela, y entró un clérigo con maletín y una manta liada, dio las buenas noches y tomó asiento junto a Paúl. Cuando el tren proseguía su marcha, sacó de una de las maletas un gorro negro, y encasquetándoselo, se dispuso a envolver el traqueteo del viaje en un dulce sueño.
—210→Halconero se puso en pie y cubrió la luz mustia que alumbraba el departamento. En tono familiar, desvanecido ya o disimulado su enojo, dijo: «Caballeros, llegó la hora del silencio. Las señoras quieren descansar». Refunfuñó Paúl, estirando su gorra hasta taparse los ojos; los demás callaron, y Sebo se atusó los espesos bigotes, tomando un aire ceremonioso ante la majestad del sueño.
Cambió Halconero de sitio con su madre, para que esta tuviese mayor lugar de descanso. Fabiana Jaime quedó entre Vicente y el clérigo, que era joven, bien parecido y de lucida estatura. Aunque este personaje viene a empalmar en la presente historia como un bulto durmiente, justo es que el narrador le consagre alguna referencia, diciendo que al tomar el tren en Burgos traía en el cuerpo cinco horas de coche desde Salas de los Infantes, y que la noche anterior no había dormido, por causas que se ignoran... Se consigna el hecho para que nadie extrañe que al caer en las blanduras del vagón quedara dormido como un tronco.
Nada digno de mención ocurrió hasta la hora de Ávila, donde daban a los viajeros —211→ diez minutos para desayunarse. Del coche descrito sólo Paúl salió, y al volver carraspeando y renegando del frío, de Ávila y de Santa Teresa, despedía un tufo aguardentoso que tumbaba... Siguieron... amaneció... En Villalba ya venían todos despiertos, con caras descoloridas y tristes del madrugón y del mal dormir; las señoras, arreglándose un poquito para la llegada; los caballeros, requiriendo los bultos y rehaciendo los líos de mantas...
Apenas penetraron en el vagón las primeras luces del día, el truculento Paúl tomó pie de unas palabras de Sebo, tocantes a la lentitud del tren y al mal servicio, para perorar en esta forma: «Aunque ese caballerito se incomode... y yo lo siento, porque le estimo, le considero... no puedo menos de afirmar que nuestro zarandeado país no saldrá de su miseria y de su ignorancia mientras no acabemos con la taifa de gateras que se han hecho pastores del rebaño español... Los que me oyen que sean empleados, rásquense... Ya sé que pico... y pico, porque digo las verdades.
-No sentimos picor, señor Paúl -dijo Halconero-, porque usted, con su violencia extremada, quita fuerza a sus diatribas. Hable usted de otro modo, y...».
Paúl interrumpió con esta cortante afirmación: «La vergüenza política no puede tener otro lenguaje que el mío. Yo sostengo todo lo que digo.
-Yo también... Y si no quiere usted llamar —212→ a esto vergüenza política, llámelo vergüenza privada, personal».
Estas palabras y el reír descompuesto de Paúl agriaron de nuevo la conversación. Todos, menos el cura, que impasible y atento permanecía, dijeron algo para calmar los ánimos, y Lucila, encarándose con el andaluz, le soltó estas puntadas: «Caballero, deje usted en paz a los que vamos tranquilamente en este cajón del ferrocarril, sin otra idea que llegar vivos y sanos a nuestras casas, y póngase a predicar a los palos del telégrafo... Vea cómo van pasando uno tras otro... quiero decir, nosotros pasamos, y ellos nos miran quietos y calladitos... Pero si usted les dedica sus parletas, ellos las transmitirán por los alambres a todos los confines del mundo, y eso va usted ganando».
Ante la bella señora se inclinó Paúl con respeto, y acató su donaire, pues era hombre de principios. «Yo, señora, hablaré con los palos del telégrafo si su hijo de usted me promete contar a las nubes lo que me ha dicho a mí. Cada uno es como es, y yo estoy en el mundo para decir verdades como puños, hasta que me oigan... y me oirán, créalo usted. Tengo la voz muy gruesa, y unos pulmones grandísimos, y un corazón que descompondría la romana si quisieran pesármelo por arrobas.
-Lo que usted tiene -dijo Sebo envalentonándose, fiado en la erizada insolencia de sus bigotes-, es mucho tupé, pero muchísimo tupé.
—213→-Pues usted, caballero -replicó Paúl-, lo tiene mayor que el de Sagasta; sólo que lo lleva en el labio superior, para infundir más miedo.
-Yo no provoco a nadie... soy hombre de paz -dijo Portillo recogiendo velas y mordiéndose el mostacho como si quisiera comérselo-. Mi tupé consiste en cumplir con mi deber, sin meterme en dibujos... Soy jefe de Sección en el Gobierno civil...
-Por muchos años -dijo Paúl con mueca que a Sebo le pareció infernal-. Por muchos años, no; por muy pocos, señor mío, porque no tardaremos en limpiarle a usted el comedero».
El cura sonrió, y Fabiana Jaime puso unos morros harto despectivos. Lucila requirió a su hijo para que arreglase maletas y mantas, pues ya se aproximaban a Las Rozas. Paúl, no queriendo terminar el viaje sin deshacerse de las ideas que congestionaban su mente, rompió en estas duras fanfarronadas: «Yo, que inicié la Revolución de Septiembre, trato ahora de sacarla del atasco en que la han metido estos traidores. No me paro en barras. Yo grito: 'Abajo la Monarquía llamada constitucional con sus atributos esenciales y su fausto escandaloso; abajo la Unidad católica con su clero oficial; abajo el Ejército activo con sus quintas y sus ordenanzas peores que la Inquisición; abajo el centralismo administrativo con su presupuesto absurdo y su burocracia insolente... ¡Fuera el Código civil, —214→ que sanciona las iniquidades, el despojo y el acaparamiento de la tierra y sus productos! ¡Fuera el Código penal con su garrote vil y su cadena perpetua, negación del derecho a la vida y obstáculo de la ley de perfectibilidad que dignifica a los hombres y a la sociedad!... Romperemos las tres cadenas del pueblo, que son: la Monarquía, la Iglesia privilegiada, el Código civil y penal. ¡Abajo lo existente y su antecedente! ¡Muera la historia!'.
-Caballero -dijo Lucila valerosa, creyendo interpretar el sentir de los oyentes-, eso que usted se trae sería obra de romanos para muchos hombres de buena voluntad; para usted solo es obra temeraria, que quedará en pura pamplina. Tal mudanza sólo puede hacerla Dios, y Dios no está por eso; al menos, no da señales de querer dar gusto a los revolucionarios rabiosos. Más bien tira del otro lado.
-Señora -respondió Paúl creciéndose al castigo-. Ya que habla usted de Dios, palabra que aún suena bien en boca de señoras, le diré que eso que yo llamo el Gran Todo, o con más propiedad Lo desconocido, no toca pito en nada de lo que hacemos o dejamos de hacer en nuestro mundo. Sólo intervienen las fuerzas naturales, y estas, tratándose de política, ¿qué son más que el pueblo, el santo pueblo?».
Tapose el rostro Fabiana ruborizada de tales sacrilegios, y volviéndose luego al cura, que a su lado continuaba silencioso y risueño, —215→ le dijo: «Usted, Padre, contéstele...».
Y el Padre, dando al aire por primera vez en el curso del viaje su voz sonora, dejó a todos turulatos con esta rotunda declaración: «Estoy conforme con todo lo que ha dicho este caballero, con todo absolutamente». Asombro y escándalo de señores y damas. Paúl, radiante, alargó al clérigo su mano diciéndole: «Choque, choque».
Como habían pasado de Pozuelo, preparáronse todos para bajar del tren. Paúl guardó su gorra y se puso un sombrero blando de alas anchas. Su figura, sus patillas, su grueso chaquetón y su desgarro andaluz, dábanle las apariencias de un ganadero de toros.
En el andén apretujó la mano del clérigo, y este desapareció entre el gentío, llevándose sus bultos. Los señores de Portillo despidiéronse de Lucila con ofrecimiento de las respectivas casas, y el terrible demagogo cambió con Vicente palabras equívocas: «Hasta la vista, joven alfonsino. No le digo más. Soy Paúl y Angulo». Y el otro replicó: «Mi nombre es Vicente Halconero. Si me necesita... Segovia, 3». Algo más querían decirse; pero de la multitud salió don Ángel Cordero con los hermanitos de Vicente, y este se entregó a la familia, desentendiéndose del jerezano, que en el mismo instante fue cogido por los brazos de dos amigos, Ramón Cala y Pepe Guisasola.
Al tomar nuevamente posesión de Madrid, la primera visita de Halconero ya se —216→ comprende para quién fue; y por cierto que no halló bienandanzas en su presunta familia. El joven Demetrio, alumno en la Academia de Toledo, había pescado en el Tajo calenturas malignas, y allá se fueron Gracia y don Santiago... De mal talante estaba Pilarita, no sólo por la dolencia de su primo, sino porque con tal motivo hubo de aplazarse la boda. Para mayor desdicha, avanzado el mes de Octubre, la fiebre que el cadete padecía se agravó considerablemente. Demetria fue también a Toledo; las noticias que de allí venían no eran consoladoras. Pilarita encubría su destemplanza con la tristeza común a toda la familia.
«Me da el corazón -dijo a su novio un día, que debió de ser el de Santa Teresa (15 de Octubre)-, que no nos casaremos hasta San Eugenio. En nuestra boda comeremos las bellotas del Pardo. A mí me gustan; ¿y a ti? Pues... a propósito de bellotas: ¿estás ya enterado de que al fin encontraron Rey? Sí, hijo; el Duque de Aosta, que antes salió fallido y ahora parece que cuaja. Dicen que esta vez va de veras. ¿Conoces a Montemar? Pues ése es el que lleva las negociaciones directamente con Víctor Manuel». Replicó Vicente que sería venturoso para España traer a reinar al caballeresco y liberal Príncipe Amadeo de Saboya.
«Pues venga de una vez y acabemos con la jaqueca de los candidatos -dijo Pilar pensando en su trousseau, que era muy bonito, pero que corría el riesgo de anticuarse —217→ si no tocaban pronto a casorio-. Yo te aseguro que las marcas de los almohadones, con palomitas entre las letras, son de una novedad estupenda. Lo mismo digo del rebozo de las sábanas... ¿Pero en qué estoy yo pensando?... ¿De qué hablábamos? Perdona, hijo: ya ves cómo está mi pobre cabecita... Decíamos que el Duque de Aosta...
-Mi cabeza no anda más concertada que la tuya, vida mía, y cuando hablábamos del nuevo Rey don Amadeo, pensaba yo en las hermosas vistas de nuestra casa en Claudio Coello, con vuelta a la calle de Alcalá. Ayer estuve un rato en el balcón del chaflán contemplando el Retiro. Es una delicia. Se ve parte del estanque... Se oye el rugido del león.
-¡Jesús, qué preciosidad! ¡El rugido del león! -exclamó Pilar, con centelleo de sus lindos ojos-. ¡Oír al león! ¡Qué acierto tuviste en la elección de casa! ¿Y cuándo, Vicentillo...? Ello ha de ser algún día, y vendrá ese don Amadeo, trayendo a España una paz deliciosa... También te digo que mis dos vestidos de sociedad son elegantísimos, y que el blanco de boda me lo pondré un día de estos para que lo veas y te quedes bizco».
Con estas dulces tonterías iban pasando los tediosos días de espera... En tanto, Vicente no se había olvidado del pobre Segismundo García, y en cuanto tuvo una mañana disponible se fue al extremo de Embajadores, seguro de hallarle en la barbería —218→ de Romualdo Cantera. Aún moraba en el cuchitril que este le cediera meses antes; pero comía fuera de casa. Dio Vicente algunas vueltas por el barrio, hasta que tuvo la suerte de encontrar al propio Cantera que de las Peñuelas subía. Aquel buen hombre y bravo miliciano, alegrándose mucho de verle y de serle útil, se brindó a llevarle a donde Segismundo mataba su hambre, que era la taberna de Tachuela, en la calle de Toledo, frente a la Fuentecilla. Como vía más expedita cogieron la Ronda, y a cada paso encontraba Cantera correligionarios y amigos con quienes, por exigencia de su popularidad, tenía que echar un párrafo.
El Cojo de las Peñuelas, que por tal mote se le nombraba, ejercía cierto apostolado político en aquellos barrios. A cuantos le paraban en la calle decía una palabra patriótica, pertinente al suceso del día. «Estén tranquilos... Ese Rey italiano, ese Macarroni, no pisará las calles de Madrid». Subiendo por la de Toledo, frente al Matadero, el regatón de su pie de palo hería el suelo con fuerza, y al duro choque soltaba chispas el pedernal del empedrado de cuña. A su encuentro salían matachines y jiferos con los mandiles manchados de sangre; salían mondongueras hombrunas, vociferantes, y a todos atendía y arengaba: «No temáis. El patriotismo no se duerme... Estaría bueno que dejáramos entrar a ese Aosta o langosta. Italianos a la ópera... Españoles a la República».
—219→En la taberna, que era la mayor y más lujosa del barrio, había poca gente. El tabernero, Joaquín Balbona, más conocido por Tachuela, con su chaleco de Bayona y sus manguitos de lanilla verde rayada de negro, campaba en el mostrador forrado de latón, y servía copas a dos paletos. Risueño y cortés, obsequió a los amigos con un par de chatos, y enterado del objeto de la visita, dejó el despacho, y guiando hacia un cuarto interior, echó dentro estas voces: « Mundo, aquí te busca un caballero». Pasó Vicente, y Romualdo quedó en el cuerpo principal del establecimiento, agregándose a un grupo de parroquianos bulliciosos.
Segismundo celebró con alegría franca la presencia de su amigo, y después de abrazarle, se dispuso a seguir comiendo. «No te convido -le dijo-, porque estas miserias no son para ti... Ya ves: dos tajaditas de bacalao y un vaso de vino son hoy mi remedio. Me vengo a comer aquí porque este buen Tachuela me sirve por poco dinero, tan poco que no me cobra nada. Ya ves... Pocos hombres he conocido tan magnánimos. A más de gran patriota, es el mejor discípulo de Marco Aurelio, y como este, no quiere acostarse sin poder decir: «hoy he hecho algo en provecho del prójimo». Con graciosa transición pasó el pícaro a diferente asunto.
«Te has sorprendido de verme otra vez con bigote. Sí, hijo: me quité la cara eclesiástica, que ya para nada me sirve. Conquisté a Donata... Aproveché unos días en —220→ que llovió sobre mí algún dinero... ya te diré cómo... La perseguí de iglesia en iglesia, hice el papel de amante desesperado... imité como un perfecto cómico los preliminares del suicidio... Al fin cayó. En una casucha escondida de la calle de Santiago el Verde, vivienda de una mujer amiga suya, especuladora en caras de Dios, cilicios, reglas de San Benito y muelas de Santa Polonia, conocí a Donata, quiero decir, que apuré sus congojas de amor... Es mujer arrebatada, y debajo de su misticismo apócrifo esconde un corazón bueno... Torcida vive en una vida irregular y estrambótica, bajo la férula de Domiciana, de quien no puedo decir si es mujer desaforada, o bruja que ha descubierto untos maravillosos para darse olor de santidad. ¡Peste del diablo!... Pues tres días tuve a Donata en mi poder, en silenciosos escondites de dos horas y media cada tarde. Al tercer día estaba dislocada por mí... no exagero... y la conciencia se le removió con el incendio de amor. Por cada ojo echaba un río de lágrimas, y abrazándome a mí con apretón tan fuerte que me trituraba los huesos, me decía: 'Yo deseo ser tuya por toda la vida que me queda. Quiero que nos unamos para siempre; pero antes debo limpiarme de mis grandes pecados para darte una esposa enteramente pura. No conozco aquí fraile ni sacerdote con autoridad para perdonarme. Segismundo mío, si tú puedes allegar algún dinero, con eso y con lo poquito que —221→ yo poseo de mis ahorros, reuniremos lo preciso para irnos a Roma y echarnos a los pies del Padre Santo, pidiéndole un perdón general para los dos... perdón que de fijo tendríamos, y con él la licencia para casarnos santamente y ser los más felices, los más meritorios siervos de Dios'.
Yo le contesté así, mutatis mutandis: 'Donata hermosa, mujer escogida, corazón sublime, yo haré cuanto quieras por lograr el bien inefable de la unión contigo. Mi anhelo es que juntos vivamos y muramos. Mas para proporcionarme esa cantidad que dices, necesitaré robarla... no podré proveerme de metálico más que por un hurto, más bien estafa picaresca y sutil. Y como eso sería, bien lo comprendes, añadir un pecado a los muchos y gordos que habremos de llevar a Roma, tú me dirás si aumentando la carga no corremos el riesgo de que se dificulte el lavado de nuestras almas...'. Quedó ella perpleja, sumida en meditaciones, y llegado el momento de la separación, me despedí hasta otro día; y ello fue la del humo, querido Vicente, porque di por terminada mi aventura, y no volví. Como yo tuve buen cuidado de no darle las señas de mi casa, se acabó todo... Yo no había pretendido más que un triunfo sin consecuencias. Llegué, vencí, y a mi camaranchón a continuar viviendo la Historia de España».
—222→Condolido del mal traer de Segismundo y admirado de su ingenio, Halconero volvió en su busca al siguiente día, convidándole a un buen almuerzo en casa de Botín (Cuchilleros). El generoso amigo no se contentaba con matarle el hambre atrasada: era su propósito repararle totalmente, vestirle, devolverle a la familia y a la sociedad, para que tan lucido talento no se anegara en los remolinos de la plebe. No se mostró el perdulario muy conforme con aquel plan. En más estimaba su libertad, según dijo, que todos los bienes del mundo, y más dichoso le hacía el vulgo bajo que los demás vulgos que componen el conglomerado social. Sin hacer caso de estos coqueteos filosóficos, Vicente seguía en sus trece. Por de pronto, y mientras requerían un sastre que vistiera al desnudo, el amigo remedió a este con su ropa decorosamente, cosa bien hacedera, pues ambos tenían la misma talla y anchuras.
Pensaba Halconero solicitar la intervención del Marqués de Beramendi para reconciliar al pícaro con sus padres; pero antes de que lo intentara, le disuadió de su buen propósito el propio Segismundo con su desatinada conducta. En los primeros días de Noviembre, fue a visitarle en su vivienda de —223→ Corinto. Allí estaba el hombre afanado entre papeles y libros, que desordenadamente cubrían la mesa y parte del camastro. Sorprendió a Vicente ver a su amigo vestido con los pingajos que llevaba sobre su cuerpo el día del almuerzo en Botín, y antes que le pidiera explicaciones, Segismundo las dio terminantes con estos donosos conceptos:
«Ya, ya... Te asombras de no ver sobre mí las hermosas y casi nuevas prendas de vestir con que me obsequiaste. ¡Ay, querido Vicente! Si otra vez cubren mi esqueleto estos innobles guiñapos, débese, no a mi descuido, sino a mi acrisolada honradez. Sabrás que el parné que me diste para mi bolsillo tuve que traspasarlo al de unos feroces logreros, que me facilitaron fondos este verano con el módico rédito de una peseta por duro cada mes... Aquí donde me ves, pobre y casi desnudo, soy esclavo de mi palabra, cumplidor fiel de mis compromisos... Apenas llegó a mi bolsillo tu dinero, no pensé más que en pagar; pero como no me bastaba, ¿qué hice? pues depositar la ropa en los archivos de Peñaranday volver a ponerme la vieja, con la cual, dígolo sin intención de molestarte, me encuentro muy a mis anchas, y en la plenitud de la holgura y comodidad».
No sabía Vicente si reñir a su amigo o perdonarle, atendiendo al sinfín de desdichas que sobre él se acumulaban. Segismundo se hizo más digno de compasión, prosiguiendo así el relato de sus calamidades: —224→ «Pues no bastando lo que por tu ropa me dieron en las mazmorras de Peñíscola, me puse al trabajo, que en esta apartada orilla no deja de ser productivo. Yo me levanto muy temprano, y después de leer los Diálogos Socráticos de Platón, o las Tusculanas del amigo Marco Tulio, me pongo a trabajar. Verás en qué. Tengo un parroquiano, sacerdote muy ejemplar, pero más bruto que las bolas del Puente de Segovia, que se gana el cocido predicando en los pueblos de Parla, Fuenlabrada, Griñón y otros de esta ilustrada provincia. Es un zote incapaz de toda sintaxis y de toda literatura. Nos conocimos vagando en Gilimón; tuvo la sinceridad de confesarme sus dificultades para componer los sermones; brindeme yo a socorrerle de gramática y fraseología, y al fin convinimos en que yo le sacaría de apuros por el estipendio de diez reales cada pieza oratoria. El hombre quedó contentísimo, y yo más, pues con esa corta ganancia he podido bandearme en mis borrascas de verano y otoño».
Diciendo esto, Segismundo revolvió con nerviosa mano los papeles que en la mesa y en la cama tenía, y encontrando algo de lo que ansiaba mostrar a su amigo, le dijo: «Para que veas cómo las gasto en el arte de la sagrada oratoria, emulando a Bossuet, a Fray Luis de Granada y demás órganos del Espíritu Santo, aquí tienes los cartapacios de sermones que escribí para ese bienaventurado... Este es el que le hice para la —225→ fiesta del Rosario en Torrejón de la Calzada... Leeré yo. Hago el elogio de Santo Domingo de Guzmán, y digo... Escucha: 'Contra los infames albigenses luchó Domingo, y salió victorioso. ¿Con qué armas? Con la persuasión, con la oración, con la santa y dulce caridad; charitas gladium... Y en memoria de triunfo tan grande, instituyó el Santo Rosario, que los píos fieles practican y practicarán hasta el fin de los siglos; solvet saeclum...'. Y más adelante: 'Apareció Domingo en medio de las tinieblas de la herejía, y con encendida antorcha las disipó... Dios bendijo tu santo Instituto, Domingo...'. Le trato con esta confianza, tú por tú, porque así es costumbre en la literatura sermonaria».
En esto, la puerta se abrió con estridente ruido, y en su hueco apareció una bestia feroz con trazas de mujer, desgreñada, bigotuda, alta de barriga, baja de pechos y estos colgantes como pellejos puestos a escurrir, los ojos bizcos, la trompa encarnada, la boca torcida y los pies en chanclas astrosas, vestida de sucio y armada de una escoba; bruja, en fin, truculenta, la cual echó de sus fauces estos desaforados gritos: «A ver, don Chirimundo, si me deja libre el cubil para tan siquiera un barrido. ¿Qué hace ahí nadando en papelorios, escribano de los demonios?... Salga, que van tres días sin arreglarle el cuarto...». Y esgrimiendo la escoba sobre las cabezas de los dos amigos, exclamó: «¡A ver si va a poder ser!
—226→-Anda, Vicente -dijo Segismundo levantándose-; vámonos, que esta loba viene hoy de malas... ¡Ah, Señángela, si fuera yo hombre de trabuco en vez de ser hombre de pluma, ya la había puesto a usted patas arriba!... Hala, Vicente, a la calle, para que mi harpía me limpie el chiquero». Y como aún tardaran en salir, porque Segismundo se detuvo a recoger papeles, la loba volvió a blandir la escoba, rugiendo con mayor coraje: «¡A ver si va a poder ser!
-Ahí te quedas, morcón infernal -dijo-. Por burla te llaman Señángela... Ya nos vamos; no pegues...».
Y como en el angosto pasillo, y bajando por la escalera desvencijada, continuara Segismundo denostando con bromas agrias a la mujerona, salió esta y descargó un escobazo en el barandal de la escalera, repitiendo su aullido: «¡A ver si va a poder ser!
-Ahí donde la ves -dijo Segismundo a su amigo cuando cogían la calle-, es buena y me quiere... Su fealdad puerca sirve para espantar a mis enemigos. Hace días, cuando vinieron a sofocarme los forajidos mensuales, a peseta por duro, la Señángela salió con su escoba, y uno fue rodando por las escaleras, y al otro le puso un ojo como un tomate. Estos bárbaros contrastes no hallarás fuera de los barrios pobres, donde labra hoy sus madrigueras el genio brutalmente paradójico de la raza. Pasearemos un poco, y para evitar el encuentro de pelmazos y preguntones, vámonos hacia los terraplenes —227→ que dominan el Gasómetro, lugar solitario, donde podremos filosofar a nuestras anchas...».
Aunque en aquella dirección no faltaron amigotes de Segismundo que les detenían y molestaban, Cheparunda y el Mosca, no les fue difícil sacudírselos, y hallaron al fin un grato aislamiento. Dijo Vicente que mientras no saliesen maestros o apóstoles que aleccionaran a la muchedumbre, y en ella infiltraran el sentido práctico, el vecindario del Sur sería un peligro para la paz pública. A esto replicó Segismundo que él, estudiando día y noche el sentir hondo y el vago pensar del pueblo, había sacado esta enseñanza: Como en las grandes crisis políticas de nada sirven las ideas si no vienen vaciadas en pasiones ardientes, la plebe del Sur cumplía muy bien su misión de poner al fuego las ideas para que hirvieran, y con su hervor fuesen cauterio del cuerpo social. La semilla lanzada por filósofos y pensadores no germina sino cuando cae en los cerebros y en las almas de los que más directamente soportan el mal humano, de los mal comidos y semidesnudos, de los que soportan todas las cargas y no gozan de ningún beneficio.
«Es cierto -dijo Vicente-; mas para que de las revoluciones salga vida eficaz, es preciso que se casen y procreen la fuerza pensante y la mecánica o impulsiva. De otro modo, todo es barullo estéril.
-Convenido... pero yo te digo que las —228→ fuerzas mecánicas están ya fecundadas por la idea, ¡bendita vesícula!... Y el nuevo ser vendrá. Tú lo has de ver, Vicente... Y ahora gocemos de este delicioso sitio. Sentémonos en este sillar, que nuestra imaginación, ya que no nuestras nalgas, convertirá en diván blandísimo; respiremos este polvo, y contemplemos las pintorescas basuras que por todas partes esmaltan el suelo y los edificios. Esparce tu vista a un lado y otro, y abarcarás un soberbio escenario, digno de sublimes dramas históricos. A la izquierda verás el caserío de las Peñuelas, que si humilde en la realidad, en nuestra retina se vuelve grandioso; a la derecha se destaca la hinchada cúpula de San Francisco, llamado el Grande, porque es algo menos que chico. Bajo aquellas bóvedas y techos pasaron a mejor vida multitud de reverendos frailes en el zafarrancho que tuvimos el año 34... Vuelve los ojos a esta otra parte y verás la Fábrica de Tabacos, que alberga la comunidad de cigarreras, alegría del pueblo y espanto de la autoridad. Si miras a lo lejos, verás el lindo telón de la Sierra y las enramadas que bordan las orillas del Manzanares, risueño y pobre.
-No niego que este paisaje tenga cierto encanto -dijo Halconero-. No es bello; es majo. Los guiñapos y el sol le dan su colorido picante, y debe su majeza al desperdicio de las alegrías de Madrid, que caen todas hacia esta parte.
-Yo te aseguro, Vicente mío, que aquí —229→ me acomodo como una joya en su estuche. ¿Consistirá el encanto de estos arrabales en que a ellos vienen, como tú dices, las barreduras de las ideas y de los placeres de Madrid? Sea como quiera, yo amo esta vertiente, y la prefiero a lo de arriba, donde todo es artificio, importación y farándula... Pues reflexiona conmigo, y considera el sinnúmero de vidas españolas que alientan debajo de esos techos, debajo de los tenderetes y cobertizos que vemos desde aquí. Si pudieras examinarlas una a una, como yo, verías que particularmente y en conjunto todas esas almas abominan de los que nos traen ahora un Rey extranjero, un nuevo Botellas, aunque no sea bebedor; un Intruso, aunque venga por votos de 171 caballeros, si es que al fin tienen pecho para votarlo... Pues yo te digo que nuestra insigne plebe está cargada de razón, porque la razón no es privilegio de los leídos y escribidos, sino de los que conservan pura en sus entrañas bárbaras la fundamental idea de Patria y Libertad.
-Sobre esto no discutamos, Segismundo. Tú eres un hábil paradojista; tu ingenio escamotea las verdades.
-Yo estudio aquí la vida española en su estado elemental; yo veo lo que no ven los de arriba, engañados por su ambición, que sin quererlo ni pensarlo es la medula de su pensamiento. Esos... los hombres llamados públicos, los unos calvos y con lentes, los otros barbudos o con bigote y perilla, —230→ desconocen la vida elemental de España. El leer sin ton ni son libros o revistas extranjeras; el parlamentar como cotorras, han hecho de ellos hombres artificiales. De buena fe algunos, otros con las picardías que les sugiere su ambición de provechos personales, han llegado a suponerse poseedores de la clave política, y lo que poseen es un bastón como los que llevan los ciegos para guiarse en las tinieblas.
-Metafísico estás... Que me maten si te entiendo.
-Te lo explicaré mejor. Con la mano puesta sobre el corazón del pueblo, yo he meditado en el problema político; ya veo muy claro que la Gloriosa de Septiembre fue tan sólo el acopio de materiales para la revolución que piden a voces el alma y el cuerpo de nuestra raza. ¡Y ahora, de lo que no es más que preparativo, queremos hacer un estado permanente! ¿Has visto que todo el país se sacude y se agita con una exaltación formidable? Pues esa exaltación, esa fiebre, significan que España se siente dentro del período épico; sus convulsiones son la lucha contra los que quieren ahogar esa situación épica... Dime, ¿las revoluciones de los grandes pueblos, como Inglaterra y Francia, no son epopeyas? ¿Tú, que has leído tanta historia, no lo ves así, o es que a fuerza de leer has llegado a embotar tu entendimiento, y este acaba por ser pura curiosidad que se deleita en la superficie pintoresca de los grandes hechos humanos?».
—231→Vicente le miraba sin chistar, y el pícaro prosiguió así:
«El pueblo español quiere constituirse en estado de epopeya, y no lo dudes, en prólogo épico estamos. Pronto aparecerá lo que faltó en las abortadas revoluciones del 54 y del 68: el elemento trágico. Si quieres ilustrarte sobre la fatal necesidad de la tragedia, lee las páginas inéditas del divino Confusio, que supo reconstruir el movimiento sedicioso del 20 al 23, rematándolo con el toque felicísimo de llevar al patíbulo a Fernando VII. Lee en historias verídicas el suplicio de otros tiranos, Carlos I de Inglaterra y Luis XVI de Francia, y verás que, para que tenga su natural desarrollo la epopeya hispana del siglo XIX, hemos de sacrificar altas vidas; que estas vidas han de ser inmoladas para dar cumplimiento al trágico designio de la fatalidad histórica... Y esta nos dice con acento de oráculo infalible: ¡Españoles, matad a Prim!».
Oída esta barbaridad, se levantó Vicente enojado y nervioso, diciendo: «Basta, Segismundo; hasta aquí llegaron las paradojas, las bromas o epigramas picarescos. Vámonos de aquí».
Dio algunos pasos, pisando cascos de loza —232→ y vidrio, cortezas de naranja y cáscaras de piñones, mezcladas con el polvo y con escoria de fraguas. Tras él fue el amigo parafraseando sus últimas palabras: «Oye, Vicente; aguarda. ¿No somos literarios? ¿No tienes tú, como yo, atiborrado el cerebro de bellezas históricas y poemáticas? ¿No somos estéticos o amantes de lo bello? ¿Pues quién más hermoso que Julio César, envolviéndose en la toga, cuando cae traspasado por la espada de Bruto?... Yo, bien lo sabes, soy incapaz de matar un mosquito, y al decir que Prim morirá, no hago más que reproducir el latido trágico de esta epopeya que viene, que avanza... Sus pisadas hacen temblar la tierra... Prim es el tirano; Prim quiere traernos esta pamplina del Rey constitucional, que reina y no gobierna; del Rey pantalla, tras el cual seguirá él gobernando y haciendo su voluntad... Esta traída de un italiano es como petardo puesto en el corazón del pueblo, que no conoce de Italia más que a los infelices saboyanos que vienen acá con arpas y organillos... Fíjate... toda la gente brava de estos barrios está que trina; no hablan más que de traición, de venta de España, y cada techo alberga un ciudadano que si no tiene trabuco, lo compra...
-Eres tú más literario que yo -dijo Vicente, que sin saber por dónde iba, se metió en las Américas-, y tienes la cabeza llena de lugares o temas estéticos, que no podemos aplicar a la vida real.
—233→-Yo fui libresco; pero hace tiempo que me volví humanesco; he pulsado la vida, y mis libros son el pueblo. ¿Quieres instruirte en mi biblioteca? Pues vente a menudo acá, no de día, sino de noche, que nocturno es el culto de la Demagogia. No verás aquí masones con embeleco sacerdotal, sino hombres bien bragados con trabuco... Estamos en el Rastro: si quieres adquirir trabuco, carabina o pistolones, yo te llevaré a donde te sirvan lo bueno... Para el estudio ven de noche, como te digo. Iremos al templo de Tachuela, que ya conoces; subiremos luego hasta el santuario de Antón Martín, donde hay cada misa cantada que tiembla el misterio».
Replicó Vicente que no gustaba de tales templos. Hablando del pueblo, dijo que reconocía su poder anímico, pero que las multitudes, movidas por la pasión o por la idea pasional, no podían dar de sí nada bueno si no eran regidas por un maestro, por un pastor inteligente... «Esto nos lo dice el sentido común... y la literatura.
-Aquí tenemos gente arisca y resuelta -dijo el pícaro-; corazones que aman la Patria y quieren servirla... pero como cabeza no tenemos más que la de don José, a quien los más siguen y obedecen».
Comprendiendo Vicente que aquel don José, rabadán del rebaño patrioteril, era Paúl y Angulo, refirió a su amigo cómo le había conocido en el tren, y le calificó de tarambana y valentón de boquilla.
—234→«Yo tengo a Paúl por hombre de talento y de corazón -dijo Segismundo-. El odio que ha tomado a Prim, no sé por qué, lo ha convertido en grito de guerra. Discurre bien cuando tiene la cabeza fresca; pero si se excede un poco en los chatos que suele tomar, ya le tienes perdido... Yo he visto en él rasgos de bondad admirables; le he visto también pasar de la dulzura de carácter a la grosería más soez. Por una palabra inocente se dispara, y al que le contradice le provoca y le desafía... Es gran tirador: yo recomiendo a sus amigos que no le hagan caso cuando le vean alumbrado por seis o siete copas, porque si van con él al terreno los despacha para el otro mundo en un decir Jesús.
-Rebaja un poco de la ferocidad de don José -dijo Halconero-. Esos valientes, con chatos o sin ellos, se acaban cuando les sale un hombre de dignidad que les arrea un par de bofetadas.
-Puede que tengas razón -indicó Segismundo-; pero hasta ahora, que yo sepa, ninguno le ha parado los pies al jerezano. En cambio, le he visto muchas noches en Antón Martín completamente sereno, diciendo la misa demagógica con gran sentido, y afinando bien la puntería... A mí me quiere... tiene debilidad por mí... Se ha empeñado en llevarme a su periódico El Combate, que se imprime en la Plaza de los Mostenses: allí tiene la redacción, con un trabuco detrás de cada puerta... Pero no —235→ me doy a partido... Aunque don José me ofrece un sueldo, no acabo de convencerme. Temo que ofrezca y no pague... y yo con mis sermones me defiendo y gano cuartos; que mi parroquiano el cura don Trinidad es tan mal gramático como buen pagador».
Decían esto parados en la esquina de las Amazonas, donde acordaron separarse, el pícaro para ir a su comedero, la taberna de Tachuela; el otro en dirección de su casa. «Sí, chico -dijo Halconero-: no vayas al Combate, quédate por acá, en la dulce vida libre, escribiendo sermones... y yo te encargo uno dedicado a Santa Catalina, pues para esa fecha se ha fijado mi boda... aplazada ya dos veces. Y en pago de ese sermón toma cinco duros».
Cogió Segismundo la moneda de oro, y ademán hizo de besarla guasonamente. «Dios te lo pague y te lo aumente, amigo del alma; y que Catalina... con esta confianza trato yo a todos los santos del Cielo... que Catalina te traiga en su día una buena boda, y asegure tu felicidad con masculina sucesión... Adiós, adiós».
Siguió Vicente por la cabecera del Rastro, sumergido en vagas meditaciones. El pueblo español padecía de una honda enfermedad del juicio: loco estaba el Patriotismo, loca perdida la Libertad, y el año venía con una sarta de locuras trágicas engarzadas una en otra, como cuentas de rosario. Perdido de la cabeza estaba Segismundo, rematados Paúl y los brutos que le seguían.
—236→Pero aún tenía que ver otro ejemplo vivo del desbarajuste mental de la sociedad, y ello fue al pasar por la calle de los Estudios. Absorto quedó ante un caballero y una señora que hacia él venían de bracete. La mujer era Donata; en el galán reconoció al clérigo que había tenido por compañero en el ferrocarril desde Burgos a Madrid... Al apartarse para dejarles la acera, se fijó en el sujeto. No podía dudar; era el mismo: alto, guapo, con traje obscuro de paisano, la cara sin afeitar, no por desaseo, sino por determinación de dejarse la barba. Pasaron... El caballero sacerdote saludó a Vicente con expresivo sombrerazo, y la graciosa beata volvió su rostro hacia la pared, para ocultar el pavo que hasta la raíz del pelo le subía...
Detúvose Halconero para verles de espaldas, y advirtió que se entretenían ante las tiendas que en la tal calle exhiben el tráfico de baúles y maletas, y examinaban el género con atención que delataba tendencias emigratorias. «Estos pájaros -pensó Vicente- rompen por todo, y para vivir a sus anchas quieren cambiar de aires...». Lo primero que hizo el joven al llegar a casa fue contar a su madre lo que acababa de ver, y Lucila, soltando la risa, le dijo: «Yo también les he visto esta mañana en una tienda de Santa Cruz. Me quedé pasmada, y él me reconoció, saludándome con una reverencia... Ella se probaba un abrigo, un sobretodo para viaje. No sé si al fin compraron, —237→ porque yo me marché... Dirás tú que ella y él son un par de sinvergüenzas. Yo me callo... no, callar no... yo te digo que si predicáis y pedís libertad, esta no ha de consistir tan sólo en dorar las cadenas. Y otra cosa te digo: «La libertad menos mala es la que no tiene tratos con la hipocresía».
Almorzaron; llegó a la sobremesa Enrique Bravo, y suscitada conversación sobre el mismo asunto, el amigo dio más informes de la pareja sacrílega, pues al clérigo conocía, y dos días antes habló con él largamente. Llamábase don Andrés de Romeral; era hombre de mérito, pues en su espíritu se juntaban la doctrina severa y la dulce amenidad. Descolló en estudios teológicos, fue brillante alumno del Sacro Monte; después ganó en lucido certamen la Penitenciaría de Burgos. A estas evidentes galas del cacumen añadía Romeral su destreza en tañer la guitarra, su gracia para contar chascarrillos, su don de gentes y el despejo que en el comercio social mostraba. Amores tuvo con Donata, en tiempos no remotos que el narrador no podía precisar; sólo sabía que la ecuménica le guardaba fidelidad relativa en el sagrario de su corazón.
Los vientos de libertad trastornaron a don Andrés; se sentía varón, y de añadidura guapo, y dotado de espirituales atractivos. Viviendo y pensando, fue a dar en la tecla de hacerse protestante, que era un pastoreo compatible con los melindres de —238→ la carne. Hombre de recia voluntad, no se anduvo en chiquitas para su apostasía. Rompió con la Iglesia como quien se despoja de un calzado molesto, y de la noche a la mañana, pisando hablillas y dándosele un ardite de la disciplina, hizo su evolución. «Porque esto, querido Vicente -añadió Bravo-, no es más que la evolución natural de las conciencias, conforme a los grandes principios de Septiembre. Romeral, según me ha dicho, se irá uno de estos días a Gibraltar con su coima. Allí se casarán, y luego... América es grande... Las paletadas de la hélice de los vapores, pim, pam, cantan: «¡Libertad, libertad!».
Horas después, cuando acompañaba Enrique al amigo hasta la casa de su novia, hablaron de otra evolución no menos extraña que la del cura Romeral, sólo que era en sentido contrario. A los oídos de Vicente había llegado el rumor de que Bravito evolucionaba resueltamente hacia la Monarquía. Interrogó el amigo al amigo, y este, con gallarda valentía y sinceridad, confesó de plano. Se había visto constreñido a la defección por los aprietos de la vida, que ahogaban las ideas. «Las ideas no dan de comer, ni con ellas se paga la pensión de una madre loca recluida en un manicomio, ni se atiende a un padre paralítico, y a tres hermanos pequeños que necesitan educación... amén de otras mil urgencias que le agobian a uno... y atrasadas trampas que crecen como la espuma». Esclareció su informe —239→ declarando que al cambio de casaca le había llevado su amigo el Gobernador don Juan Moreno Benítez, íntimo de Prim, y uno de los hombres más simpáticos y más caballeros de la situación... Según dijo Vicente, corrían voces de que el corredor o intermediario entre Bravito y Moreno Benítez había sido Ducazcal. Negolo el interfecto, agregando que aunque era amigo de Felipe, ni este medió en el asunto, ni el paso atrás significaba ingreso en la temida y execrable Porra. Terminó Enrique su confesión, manifestando, como descargo de conciencia, que la traída de don Amadeo al trono de España, era una solución conciliadora, que satisfacía por el pronto los anhelos democráticos del país. «Contentémonos con lo posible, y no vivamos en la expectación de ideales utópicos. El don Amadeo, según dicen, es un Príncipe liberal, y con él tendremos un monarquismo templado, que casi casi será una República coronada, a estilo de la Monarquía inglesa».
Esto decía Bravo, entrando ya en la calle del Barquillo, cuando vieron los amigos que hacia ellos venían las ecuménicas, ya reducidas a dos por la voltereta de la ojerosa y sentimental Donata. Con súbito presagio, al recibir de frente el flechazo siniestro de la mirada de Domiciana, dijo Halconero: «Alguna desgracia nos anuncian las dos Parcas que quedan».
Pasaron moviendo con sus negras faldas una ola de aire, no tan frío como el acero —240→ de sus miradas. Bravo dijo: «La corneja mayor, la infernal Domiciana está que echa lumbres por la fuga de su compañera... Cree que tú y Segismundo habéis tenido alguna parte en la captación de Donata y en su traspaso al cura Romeral... Ha intentado echarle la zarpa y volverla a su esclavitud... Sabe que Romeral anda en amistades con Paúl y Angulo, y no se ha recatado de hocicar con este... Me consta que Paúl la mandó a paseo. Lo sé por Montesinos y Gabiola, amigos íntimos del jerezano». Replicó Vicente que si odiosa era para él la ecuménica, no lo era menos, por otro estilo, el desaforado, el vesánico Paúl.
Por sucesivos encadenamientos lógicos hablaron de política, y convinieron en que la elección de Rey en las Cortes sería un capital acontecimiento, y un nuevo triunfo que Prim apuntaría entre los mejores de su vida heroica. Y por otra lógica derivación del diálogo se trató de la boda. Dijo Halconero con alegría franca que ya no habría más aplazamientos. Mostrose Bravo delicadamente envidioso de tanta ventura. En esta sociedad formada de mogollón y a puñetazos, unos lo tenían todo, otros nada. La desamortización no había hecho más que cambiar los términos de la desigualdad. Aumentaba el número de ricos, y en las clases inferiores aparecía un nuevo grupo miserable, que era el proletariado de levita y botas de charol. Para esta infeliz caterva social, no había otro refugio que la burocracia. —241→ Las oficinas eran conventos modernizados en que hallaban techo y sopa los segundones de esta edad funesta... A la burocracia o pan-funcionarismo había que atenerse.
«¿Sabes lo que me ofrecen por mi resellamiento? -añadió Bravo casi con lágrimas en los ojos-. Pues la secretaría de un Gobierno de provincia, o un destino en Cuba, a elegir. Aunque no siento ganas de pasar el charco, quizás me convenga alejar de Madrid todo lo posible este oprobio que me han traído mis desgracias... Querido Vicente, estoy pasando amarguras de que tú, el mimado de la suerte, no puedes tener idea. Ya no entro en ningún café, ya no voy al teatro... El temor de encontrar amigos que me zahieran o me insulten, me retrae de la sociedad que siempre fue más de mi gusto...».
El bondadoso Vicente le dio ánimos y consuelo. En España tenemos un singular rocío de olvido, que desciende benéficamente del cielo sobre las inconsecuencias políticas, y las hace desaparecer sin que quede rastro de ellas... Se despidieron al fin, quedando en verse a la noche siguiente, cuando Halconero saliese de la casa de su novia. A la misma hora saldría Bravito del nido en que tenía la suya, una linda muchacha, con quien estaba casado en vigésimas nupcias por detrás de la iglesia. Si admitía el destino en Cuba, la llevaría consigo... Como la tal moraba en la calle de Regueros, se reunirían los dos amigos a lo largo de la —242→ del Barquillo, a la hora bien determinada, y se irían a parlotear a una extraviada chocolatería, donde no topasen con ser viviente de los que causaban espanto al desdichado Bravito.
Así lo hicieron: las diez y media serían cuando Halconero y Bravo iban de pájaros nocturnos por la calle de San Mateo, de la cual pasaron a la de la Palma. Pero con tal desdicha o mala intención guió sus pasos la fatalidad, que huyendo del perejil cayeron en él de cabeza. Todo les salió al revés de lo que pensaban, y donde creyeron encontrar paz, hallaron querella y bronca. Iba diciendo Bravito: «En esta calle, un poco más allá, tenemos una chocolatería que por lo tranquila es una sucursal del cielo», cuando se vieron interrumpidos en su marcha por un tropel de gente bulliciosa, que de la Costanilla de San Andrés desembocó en la calle de la Palma. Eran unos ocho, lo más diez sujetos; pero alborotaban por ochenta.
No les valió a los amigos detenerse para dejar paso libre al tumulto. Venían dos delante como batidores, embozados hasta los ojos; los demás en desorden, graznando y riendo, con alegría tabernaria. Pasaron los primeros. De los que seguían se destacó uno que, reconociendo a Bravo, le abordó con burlas y ademanes descompuestos: «¡Hola, don Gaita o don Judas!». Y otro se arrimó también desembozándose, y dejó ver un rostro inyectado de sangre y unos ojos chispos. —243→ De los pliegues de la capa salió el cañón de un trabuco, y de la boca del hombre este disparo: «Dile al traidor Sagasta que esta noche le vamos a descacharrar la Porra... dale el recado de mi parte, de parte de Paco Huertas... Ya me conoce». Y vino un tercero y dijo: «Eres Bravo el vendido... So monárquico, ¿ya no saludas a los que fueron tus amigos? Yo soy Paco Robles, y te desprecio»... «Sigan su camino -gritó Halconero-, y déjennos en paz».
Uno que a distancia iba ya, retrocedió en aquel instante, y plantándose en el grupo dejó ver su faz picada de viruelas, sanguinosa, sus gafas azules, su aire bravucón y desenvuelto, sin capa ni trabuco, con sólo un palo que esgrimía para marcar con acento irónico y brutal estas roncas palabras: «¡Caray, si son los niños de la aristocracia del pavo!... ¿A dónde vais, paví-paví? ¿Sois de la Porra? ¿Besáis el faldón sucio de Felipe Ducazcal? Tú, Halconerín, no andes en compañía de este lambión... Tú eres rico, tú harás carrera, por tener madre guapa. No hay como gastar madre hermosa para echar buen pelo... Por el marido de tu madre te llamas Halconero... pero nadie, ni ella misma, sabe de quién eres hijo».
Con terrible rugido se abalanzó Vicente hacia Paúl, y sus manos casi tocaron el pescuezo del jerezano; pero este se apartó con viveza, soltando carcajada de insolente desprecio, y rodeado de algunos de los suyos, siguió calle adelante. Quiso Halconero correr —244→ tras él... El llamado Huertas le detuvo con vigorosa mano, gruñendo así: «Aguántate, niño, y sigue tu camino»... Pero el pobre caballero, fuera de sí, trataba de desasirse de Huertas y del mismo Bravo, y no cesaba de gritar con toda su voz: «¡Canalla, cobarde, borrachín... déjame arrancarte esa lengua asquerosa!».
Solos al fin Halconero y Enrique, este seguía encadenando con sus dos brazos al amigo, que, poseído de frenética indignación, no se arredraba ante el número y fuerza superior de la mesnada de Paúl. «¿Pero estás loco? ¿Qué podemos nosotros contra esa cuadrilla de bárbaros armados de trabuco? ¿Traes revólver?... ¿No?... Pues yo sí, y no lo saqué, porque de nada me habría servido... Cálmate, y reflexiona. En rigor, no debes considerarte agraviado por las palabras soeces de un hombre que trae esta noche dentro del buche una bodega tan grande como las que tuvo en Jerez. ¿Qué adelantas ahora con provocarle si él había de poder más que tú?... Lo que te digo. Las injurias de ese botarate no deshonran más que al mismo que las pronuncia».
No cedía la furia de Vicente; pero la descomunal tensión muscular y nerviosa tocó —245→ a su fin, y el hombre habría caído al suelo si su amigo no le sostuviera. «Busca donde pueda sentarme», murmuró Halconero, agotado el aliento... La iglesia de Maravillas les ofreció los escalones de su puerta berroqueña, y allí se sentaron los dos. «Descansa; vuelve a la razón -le dijo Bravo-. Podemos retar a un enemigo insolente; pero a un loco de atar no... Y un loco embriagado carece de personalidad». «Pues que lo diga -replicó Halconero, con respiración-. Declárese irresponsable; eche la culpa al vino... cante la palinodia... y pida perdón...
-Eso no lo hará. Es tan soberbio como provocativo. Buscaremos la intervención de amigos suyos de los más adictos, como Balbona, Montesinos, Quintín, y no será difícil que consigan de ese bruto una explicación franca»... Sosteniendo su cabeza con ambas manos, perdida la mirada en la obscuridad de la calle, permaneció Vicente como esfinge un mediano rato sin dar respuesta al amigo. Este oyó al fin palabras dichas con estoica frialdad. «Déjate de pasteleos indignos y de parlamentar con facinerosos. Mañana, tan seguro como hay Dios, busco yo al miserable que me ha ofendido, y él y yo solos ajustaremos esta cuenta.
-Considera, querido Vicente, que estás a punto de casarte...
-Yo no me caso si antes no mato a ese hombre, o me mata él a mí. Me ha herido en lo más vivo del alma. Con cien vidas de él no quedaría mi honor bastante satisfecho... —246→ ¿Qué hora es? Será muy tarde. Las once y media escasamente... No te empeñes ahora en llevarme a cafés o chocolaterías... No podré distraerme con nada, ni comer ni beber... Dentro de mí se ha metido de repente una idea, un bulto, un mundo... no sé cómo decírtelo; y mientras no eche de mí esa idea, esa pasión o lo que fuere, mi existencia está interrumpida. A donde voy ahora es a mi casa... y no a dormir; me será imposible. Quiero estar junto a mi madre... sentirla cerca de mí aunque no la vea...».
Poco después, andando los dos taciturnos hacia la calle de Segovia, que era largo camino, Vicente rompió el silencio para decir a su amigo: «Cuidado, Enrique; cuidado con contar a mi madre el suceso de esta noche. Desde ahora te advierto que si hablas de esto a mi madre, perderás el único amigo que te queda... Más te digo: seré tu enemigo irreconciliable». Con medias palabras prometió Bravo callar, y al despedirse dejó en la puerta su promesa vaga, y se retiró con sus reservas hondas.
En vela estuvo Halconero toda la noche, viendo la inmensa procesión que no acababa de pasar por dentro de su espíritu; procesión de agravio recibido, de honor no satisfecho, de amor a su madre, de odio a su enemigo, del forzoso escarmiento que había de seguir a la soez injuria. Examinándose a sí mismo, vio llegada la gran crisis de su existencia. Hasta entonces había vivido en pasiva normalidad, arrimadito a las faldas —247→ de una madre amantísima. Sus necesidades, desde lo elemental hasta lo superfluo, estaban plenamente satisfechas; todo lo recibía de la incansable providencia materna: el vivir sereno y sin fatigas, la ilustración fácil y el solaz literario, los amores. Si estos fueron desgraciados con Fernanda, felices eran con Pilarita. Con esta le daban esposa linda, buena, rica y de familia ilustre. Bienes tan eficaces no alteraron ni en un punto la pasividad del hijo de Lucila, que con hechuras y estampa de hombre se perpetuaba en la niñez, dulcemente mimado por la madre, por los amigos, por la sociedad.
Pero ¡ay! que de pronto surgió en el Limbo infantil el momento de la virilidad activa; apareció el caso en que había de decidir Vicente si era hombre completo o no lo era. Hasta entonces no se le presentó ocasión de conocer en sí el más claro signo de la voluntad humana, que es el valor, con sus facetas de dignidad, de firmeza estoica, de menosprecio de la vida. Reconoció que al llegar ocasión tan solemne no se sentía débil, sino por el contrario asistido de una vigorosa fuerza interior, y el copioso archivo literario que llevaba en su cerebro no le estorbó para lanzarse camino de la bravura y aun del heroísmo, antes bien le alentaba, le esclarecía con rutilantes ejemplos.
En resolución, castigaría con prontitud, dureza y crueldad proporcionadas al agravio, la insolencia de su enemigo. Sin ceder en su fiero propósito, veía bien claro que se —248→ colocaba en un terreno divisorio entre la vida y la muerte, con más probabilidades de muerte que de vida. Porque el plan de Vicentito era ir enteramente solo al escarmiento de Paúl, sin padrinos ni médicos, despreciando la tramitación caballeresca y en cierto modo elegante de los lances de honor.
Aunque Bravito prometió no informar a Lucila del suceso de la calle de la Palma, no estaba Vicente seguro de que el amigo cumpliera. Temía que con miras de sentimentalismo ñoño, Enrique faltase a la discreción... ¿Qué hacer? Bien sabía que Bravo se levantaba muy tarde. Determinó, pues, el improvisado paladín echarse fuera de casa antes que el oficioso amigo llegara, y esto no había de ser hasta mediodía. Con el embuste de que Beramendi le había convidado a almorzar, despidiose de Lucila, diciéndole que no le esperase hasta la noche... ¡Oh, qué dolor ver la cara de la celtíbera, que en el hijo clavó sus ojos con cierta lumbre patética y recelosa! Al salir intentó Vicente sofocar su pena con fortísima presión de la voluntad. «Mi madre -pensaba-, se ha puesto hoy la cara trágica... ¿Sospechará?». La idea de que tal vez no la vería más le puso por un momento en consternación desgarradora, determinando en él un punzante cariño a la vida... ¡Fuera, fuera melindres! ¿Qué valía la vida sin honor?
En el café Oriental tomó un tente en pie, y después se fue a divagar por el Prado —249→ y Retiro, sin otro móvil que hacer tiempo hasta la hora en que solía visitar a su novia. En la casa de esta entró a las cuatro, después de un prolijo estudio de histrionismo para ponerse máscara y ademanes de alegría, que no dejasen traslucir el sorteo de vida o muerte que llevaba en su alma. Y tan bien hizo su papel de hombre sereno y feliz, que Pilarita no sorprendió en él la menor sombra de inquietud. Hablaron... de lo mismo, del día dichoso, sólo separado del presente por una semana cachazuda, que deslizaba sus instantes con lentitud de caracol...
Llevaba Halconero bien guardado un revólver que le regaló meses antes su tío Leoncio, dueño a la sazón de un hermoso almacén y taller de armería. Vicente no había usado nunca el arma, que era del mejor sistema conocido entonces, y en tan buena ocasión pensaba estrenarla dignamente... Quedó, pues, Pilarita engañada por la bien fingida serenidad de su prometido, que supo sustraer a toda sospecha el conflicto anímico y el instrumento de muerte. En la despedida, con promesa de volver por la noche, la señorita vio partir a su novio tranquila y risueña, prolongando su alma en pos de la de él con un cariñoso hasta luego.
Bajó Halconero rápidamente los primeros peldaños de la escalera, como si se precipitase al fondo de un abismo; mas de pronto se paró sacudido por un lúgubre pensamiento. «¡Ay, Pilar, Pilar, mujer mía! Noventa —250→ y nueve probabilidades contra una me dicen que no te veré más... Pero ¿es esto posible? ¡Y tan posible!... No te veré más... no seré tu marido; quedarás viuda antes de casada». Y al pensarlo dio tan fuerte golpe con la mano en el barandal de la escalera, que esta se estremeció en toda su angulosa longitud de abajo arriba. Por un instante vaciló su ánimo, acogiéndose a la idea del desistimiento de su aventura... ¿No sería mejor aplazarla para después de la boda? Así quedaría Pilar en viudez legal y canónica, no en la desabrida situación de viuda soltera... En el trastorno de su mente llegó a creer que, si consultaba el caso con su futura, esta opinaría lo mismo.
Al coger calle, se afianzó Vicente en su 5 resolución caballeresca. El aplazamiento era una cobardía... Y en buena lógica, ¿por qué habían de ser noventa y nueve las probabilidades de muerte? Bien pudieran ser cincuenta, mitad por mitad entre la muerte y la vida. Sobre todos los cálculos en casos tales, se cernía con las alas extendidas el ave misteriosa de lo imprevisto, la fatalidad, que lo mismo podía ser desdichada que favorable... Metiose por calles transversales para llegar a Recoletos, y seguir luego por la Castellana, recorriéndola toda sin otra idea que hacer tiempo hasta las diez de la noche, hora infalible para encontrar a Paúl en la redacción de El Combate.
En nocturno paseo por rondas y proyectadas vías fue dejando minutos, horas, y —251→ cuando se aproximaban las diez entraba en la calle Ancha de San Bernardo por la de las Navas de Tolosa. Despacito avanzó hacia el fin de su caminata. Por la calle de las Beatas hizo su entrada en los Mostenses. Antes de dirigirse a la redacción, en la esquina de la escalinata que conduce a la travesía de la Parada, dio la vuelta a los tinglados de la plaza por el Oeste, con el fin de reconocer el terreno; cruzó frente a la calle del Álamo; detúvose en la rinconada; en la bocacalle de la travesía del Conservatorio vio dos bultos que guardaban las esquinas. Nada de esto extrañó a Vicente, pues ya sabía que los mesnaderos de Paúl guarnecían la redacción, diariamente vigilada por la policía y a veces asaltada por la Partida de la Porra. Uno de los bultos que custodiaban la callejuela, dejaba ver su rostro: Vicente creyó reconocer al ferocísimo, al membrudo y peludo Paco Huertas; pero no podría jurar que fuese él... Al dar la vuelta, vio en la esquina de la calle del Rosal a otro individuo, que por lo hinchado del embozo debía de llevar trabuco bajo la capa. No se le despintó a Vicente la cara de aquel tipo. Era uno de los Quintines, héroe con Paco Huertas de la barricada del 22 de Junio en Antón Martín.
Entró en la casa de El Combate por una pieza baja en que tenían el cierre y despacho para la venta de números. El recinto estaba obscuro, y en él había hombres y muchachos cuya condición y oficio no era —252→ fácil precisar. Tipógrafos no eran, porque el periódico se componía y tiraba en la imprenta de Tello, Isabel la Católica, 23. Un chico señaló a Vicente la escalera que a la redacción conducía. Subiendo por ella topó el joven con un hombre conocido que bajaba. Era Tachuela, el dueño de la taberna donde comía Segismundo. Repitió Vicente su pretensión de ver sin demora al señor Paúl, y el tabernero, fluctuando entre la desconfianza y la cortesía, le dijo: «No sé si podrá verle. Está trabajando... Suba y pregunte, que don José recibe siempre a los amigos... y a los enemigos».
Peldaños arriba, Halconero tuvo una lúcida visión, hechura de su considerable saber histórico y literario. Y pensando que no era muy airoso compararse a una mujer, aunque esta fuese grande heroína, se comparó con Carlota Corday cuando subía la escalera de la casa de Marat, hasta llegar, guiada por la sirviente, a la estancia en que el brutal revolucionario y libelista aguardaba la muerte, metido en su baño... Apenas llegó arriba, vio Halconero la claridad de un aposento, y en este al terrible Paúl, no en el baño, sino escribiendo, encorvado sobre una mesa bajo la luz de un quinqué colgante... Junto a él, en pie, estaba el diputado federal jerezano Ramón Cala.
Sin pedir permiso ni andar en etiquetas, Halconero se coló dentro de la salita. El director y el redactor de El Combate le miraron sin gran extrañeza, quizás por estar —253→ hechos a las visitas de sorpresa, sin previa licencia de entrada. Después de mirarle, atendieron a lo suyo. Dichas por Paúl algunas palabras al redactor, este se retiró a una estancia próxima, concediendo a Vicente una sonrisa benévola.
Alzó Paúl los ojos de lo que escribía, dejando salir de su boca una interrogación rutinaria, sin interés: «¿Qué se le ofrece, caballero?...
-Yo creí -dijo Halconero firme de acento y sereno de rostro-, que bastaba mi presencia para que usted comprendiera...
-Pues no caigo... pero, en fin, señor mío, con decírmelo usted salimos de dudas... Dispénseme un momento. Déjeme acabar este sueltecillo... cuestión de medio minuto... y luego hablaremos todo lo que usted quiera».
Con un monosílabo asintió Vicente, y en la corta espera, viendo y oyendo el rasguear de la pluma del jerezano, pensaba que este se hallaba completamente fresco, y que la hora del copeo no había llegado aún.
Terminó Paúl en breve tiempo su trabajo; dio un silbido; vino un chico de la imprenta, en cuyas manos negras puso las cuartillas, con una orden seca, y...
«Pues usted dirá... ¿Por qué no se sienta?
-Gracias: estoy bien así... Si no comprende usted a qué vengo, es que ha perdido completamente la memoria...
-¿A ver, a ver?
-Perder la memoria de anoche acá, es —254→ cosa incomprensible, a no ser que usted se quite la memoria cuando le conviene, como se quita uno los guantes o el sombrero.
-¿A ver?... Explíquese mejor», dijo Paúl fríamente, sacando su revólver y poniéndolo sobre la mesa, junto a las cuartillas en blanco.
Halconero requirió en su bolsillo el arma que traía, y sin sacarla, sacó del pecho estas graves razones: «Yo le avivaré la memoria diciéndole que anoche nos cruzamos usted y yo en la calle de la Palma. Usted llevaba consigo un tropel de gente; yo iba con Enrique Bravo. Los amigos de usted se permitieron insultar a Enrique. Luego, usted, sin la menor provocación de mi parte, vino hacia mí, y con formas soeces me injurió... Personalmente no me hacían gran mella sus ofensas; pero usted injurió también a la primera señora del mundo, que para mí es mi madre, y esto no se lo tolero yo a ningún nacido. Vengo, pues, a que usted se trague todo lo que dijo, o de lo contrario tendré que romperle la crisma, exponiéndome, como es natural, a que usted me la rompa a mí.
-Bien, joven -replicó el hombre terrible tirándose hacia atrás en el sillón, con sonrisa más guasona que iracunda-. Así me gusta a mí la gente. Estoy a sus órdenes. Elija dos amigos que vengan a tratar con los míos las condiciones del lance...
-La magnitud del agravio me manda prescindir de esa farsa, de las formas y etiquetas —255→ del duelo. Sin testigos nos entenderemos mejor usted y yo... Y si no se aviene a que nos matemos con esta sencillez primitiva, me veré en la precisión de asesinarle... Decida pronto.
-Decido que sí... que se hará como lo desea el chico de Halconero -afirmó Paúl echándose adelante...-. Quiero ver si es usted un hombre, aunque el verlo me cueste la pena de matarle, con lo que haré a su señora madre daño mayor que el causado por las palabras que de ella dije... palabras y ofensas de que no me acuerdo, ¡caray!... puede creérmelo.
-¡Lo niega, lo niega y se desdice ahora! -exclamó Vicente con mayor coraje.
-No niego, señor mío -replicó Paúl flemático en grado sumo-. Digo que no me acuerdo; pero pues usted afirma que dije esto y lo otro y no sé qué, yo lo doy por cierto. Me basta su testimonio, y ya ve que hago honor a su palabra... Nada, nada: nos batiremos en esa forma primitiva que desea, forma verdaderamente trágica y hermosa... Se asombrará usted si le digo que empiezo a sentirme cansado de la vida... ¡Esta lucha, esta tensión continua...! Lo peor será que el instinto de defensa pueda más que mi cansancio, y que le mate a usted... Por muy bien que tire el chico de Halconero, yo tiro más... Nada: lo dicho, dicho... Me parece que no hay prisa, que podemos esperar a la madrugada. En cuanto yo cierre el periódico, estaré a su disposición... —256→ Tome asiento, espere, o vuelva por aquí: como usted guste».
Dijo Vicente que esperaría, y cuando con heroica paciencia se sentaba en la silla más próxima, entró Ramón Cala con cuartillas que había de someter a su amigo. Después de examinarlas rápidamente, Paúl dijo a Cala: «Este señor viene a desafiarme por palabras que, según él, pronuncié anoche... palabras ofensivas para su madre... ¿Tú te acuerdas?».
Ramón Cala, que debajo de la fiereza revolucionaria y de los arrestos demagógicos ocultaba una bondad angelical, se explicó en esta forma: «Palabras, sí, que no tienen ningún valor... dichas en momentos de abandono y alegría... alegría que sale de los vapores de la cabeza, levantados por unas copas de más... ¿Y por eso quieren matarse?». Llegose a Vicente, y agraciándole con una sonrisa y un palmetazo en el hombro, le dijo: «Mire usted, joven: yo lo arreglaría de este modo...». Y en el momento de oír Halconero el de este modo, subió del piso bajo y de la plazuela un gran estruendo; sonó un tiro... otro tiro...
Paúl saltó de su asiento gritando: « ¡La Porra, la Porra! ¡A ellos!». Con brinco felino corrió a coger un trabuco colgado tras de la puerta. Sus voces parecían gruñidos al decir: «Joven... usted no sirve para estas trifulcas. Quédese aquí. ¡A ellos, a ellos!».
—257→Ramón Cala, muy sereno, dijo a Vicente: «Esto pasa una noche sí y otra también. No salga de aquí si tiene miedo». Ofendió al joven que Cala le supusiera medroso, y sacando su revólver salió a ver la batalla, o a tomar parte en ella si era menester. Los hombres que antes vio, y otros que parecían vendedores del Mercado estaban en la calle, y enredados con la gente de la Porra, llovían garrotazos y mojicones. Parecería batalla de chicos si los disparos de revólver que de una y otra parte se hacían no encendieran y agravaran la pelea. En retirada iban los porros, unos hacia la calle de las Beatas, otros escabulléndose por entre los cajones de la plaza. En la parte baja de esta, hacia la calle de Isabel la Católica, se avivó la lucha, con tiroteo de escopeta y gran carga de palos. Desde la travesía del Conservatorio tronaron los trabucos, y la patulea, viendo cortado aquel agujero de escape, tiró en busca de otro por la calle del Rosal. Nuevos trabucazos, desde la calleja de San Cipriano, asustaron más a los fugitivos, que ya no corrían, volaban. Bueno es decir que si algún trabucaire cargaba su arma con postas y clavos, los más de ellos tiraban con pólvora sola. Paúl dejó el retaco, —258→ y apaleó a cuantos cogía por delante entre el Mercado y la redacción, pues los porros más aturdidos emprendieron la fuga por el escalerón de la travesía de la Parada.
En suma, la hueste de Ducazcal había llevado una nueva paliza, que seguramente no sería la última. Alguno de los vencedores aseguró haber visto al jefe de la Porra en la entrada de la calle del Álamo alentando a los suyos. Formaban el Estado Mayor de Felipe algunos policías. «Vaya un paso que llevan -decía Paúl runflante de gozo, rodeado de sus amigos y matones-. Vayan a contarle a Sagasta, a Martos y Prim el recorrido que han llevado». Ebrio de victoria, mas no satisfecho con embriaguez puramente abstracta, Paúl se puso a dar gritos: « Tachuela, Ramón, Pepe, que traigan jerez, coñac, cazalla, chinchón, ¡caray! y los doce judíos Apóstoles. Si no lo traen pronto, beberemos la Reina de las Tintas». Llegaban a la redacción o castillo, a recabar sus miajas de gloria, los vecinos que habían intervenido a favor de don José. Corrieron órdenes para traer bebida, y en estas alegrías estaban cuando un carnicero entró diciendo que entre los cajones de la Plaza había visto un cadáver... Un segundo mozo rectificó: no era difunto mismamente, sino herido vivo que a gatas se arrastraba, queriendo salir... Debía de ser de la Porra.
Fue allá Ramón Cala con Balbona y otros, y a poco volvió diciendo: «Es el joven ese que vino poco antes de la trifulca».
—259→-¡El Halconerín, caray! -exclamó Paúl sorprendido y lastimado-. Iba yo a preguntarte si le habías visto... ¡A ver! traerle pronto, y si hay remedio para él, se hará lo que se pueda. ¡Caray! ¡Pobre chico, en la que se metió! Como valiente, lo es. ¡Y parecía tan para poco! Pues si es perro, me muerde».
No tardaron en traer al herido entre dos de aquellos improvisados héroes, y cuidadosamente le pusieron en el suelo, mientras se buscaba colchón o cualquier blandura en que acomodarle. El rostro tenía lívido; la sangre corría por el costado derecho, invadiendo el pantalón, así como la mano del mismo lado, aunque en ella no tenía señales de herida; su mirar era de dolor resignado; su habla intercadente y trabajosa.
El fiero Paúl prorrumpió en exclamaciones compasivas que pronto se hicieron jactanciosas. «¡A ver! ¿qué hacéis ahí?... No se os ocurre nada. Hay que prestar auxilio a este caballero sin pérdida de momento. Si no estuviera yo aquí, nada resolveríais... ¡Eh!... pronto, una camilla y llevarle a la Casa de Socorro».
En tanto Ramón Cala desabrochó a Vicente, y pudo apreciar heridas en el costado derecho... algo también en el brazo. En un quejido pidió Halconero que le llevasen a su casa. Paúl siguió vociferando con atroces fanfarronadas de hombre de iniciativa. «Gracias que estoy yo aquí, joven; —260→ que si llego a faltar yo, ¡caray! se queda usted hasta el día del Juicio en los cajones de la Plaza».
Puso su mano en la sien del herido, y las jactancias tomaron un tono paternal. «Vamos, amigo, eso no es nada. Se ve que es usted nuevo en estas jaranas, y que no ha tomado gusto al plomo ni al hierro... Ánimo... que usted no es gallina, ni mucho menos. Bien ha mostrado esta noche, al venir a buscar a Paúl y Angulo, que tiene un alma como una torre... ¡Digo! venir con una cuestión grave de honor, dando la cara, como la ha dado usted, empezando por decir: ni padrinos, ni reglas ni peinetas... Eso lo hacen pocos. Y ahora que le veo caído, repito que no me acuerdo de haber dicho lo que dice usted que oyó de mi boca. O estaba usted soñando, o yo... ¡A ver! basta de matemáticas. Traéis o no esa camilla? Tendrá que ir Paúl y Angulo a buscarla. Los demonios me lleven si hay aquí quien valga para un fregado como para un barrido... Vamos, gracias a Dios, ya pareció la camilla. ¿Habéis ido a Pekín por ella, gandules? Llevad al señor con cuidado. Vete tú, Ramón... Joven, eso es poca cosa. Iré a visitarle... Con que, ¿viene o no viene el Espíritu Santo?».
Entraban botellas a punto que salía la camilla... Vicente fue transportado a la Casa de Socorro, sita en la calle de los Dos Amigos, donde un médico y sus auxiliares diligentes le despojaron de la ropa y examinaron —261→ las heridas, que eran tres, en el costado derecho. Los proyectiles fácilmente se reconocían como de trabuco: dos de ellos pasaron de través, sin otro efecto que desgarrar los tejidos, de que resultó la hemorragia venosa; otro debió de alojarse en la cara externa de las falsas costillas. «¿Pero cuándo acabáis de alborotar a Madrid con estas batallas callejeras? -dijo el médico a Ramón Cala-. Ya es intolerable. Mientras discutíais a bofetadas y garrotazos, menos mal. Pero desde que habéis dado en hablar con la boca de las escopetas y retacos, sois un peligro serio.
-Nosotros no atacamos -dijo Cala-. Si nos buscan, hemos de defendernos.
-Pero emplead en la defensa vergajos, trallas o varas de medir, ¡jinojo! -prosiguió el médico bondadoso y humanitario-. Ya le he dicho a don José que si emplean el trabuco con un fin terrorífico, lo carguen con sal o perdigón menudo. Pero esos bárbaros cargan con clavos, postas y hierros de metralla, y hasta con ochavos morunos partidos en dos pedazos... A este joven, si no me equivoco, le han metido en el cuerpo un ochavo partido, con bordes desgarrados... Gracias que el proyectil, según parece, no ha penetrado en la región torácica 6... Será preciso extraerle el ochavo... que habría estado mejor echado en el cepillo de las ánimas».
En el bíceps reconocieron otra herida, felizmente transversal. El proyectil que la —262→ produjo había salido, desgarrando a su paso el tejido y algunas venas. El afectuoso médico y sus ayudantes se esmeraron en la cura de Halconero, el cual, una vez lavadas las heridas y taponadas con hilas y bálsamo católico, quedó en relativo bienestar, recobrado de su laxitud. Diéronle caldo, y como este le repugnaba, mandó Cala traer café con leche, que el herido tomó con verdaderas ansias de vivir. En esto llegó Enrique Bravo, que desde las nueve de la noche, sospechando el mal paso de su amigo, salió a buscarle, y al fin, inquiriendo aquí y allá, dio con él en la Casa de Socorro. No se había llevado mal susto, pues en la calle de Silva, unos chicos de la Porra le dijeron que de la zaragata de los Mostenses resultaron dos muertos, y que uno de ellos parecía ser Vicentito Halconero.
Respiró Enrique al ver vivo al amigo, y al saber por el médico que las heridas no eran de muerte. El cariño que a Vicente tenía inspirole resoluciones acertadas: «¡A casa, a casa! Estáte aquí una hora más, acostadito y fumándote tu cigarro... Voy a buscar un coche. Antes iré a prevenir a tu madre, que está en ascuas. Quiero tranquilizarla con la verdad, antes que un indiscreto, un malintencionado le lleven algún cuento absurdo...».
A los pocos minutos de salir Bravo, entró en la Casa de Socorro Paúl con su amigo Guisasola. Venía el director de El Combate con los espíritus alborozados por su triunfo —263→ y por el sinnúmero de copas con que acababa de celebrarlo. No traía la cabeza fresca; pero los vapores cálidos que la ponían fuera de la normalidad, eran de carácter festivo con tendencias a la mansedumbre humanitaria. «¿Con que vamos bien? -dijo sentándose junto al lecho-. ¡Como que ello no es nada! Con pocos días de quietud en casita, podrá usted volver a las andadas. No hay vida como esta para llegar a viejo. A mí las trifulcas y el andar a tiros me rejuvenecen. Por cierto que esta noche, apenas me reparé del estómago, me volvió la memoria que había perdido... De pronto, como si en mí entrara una luz, me acordé de lo que pasó anoche en la calle de la Palma... Y en efecto, joven: me dejé decir alguna o algunas palabras incorrectas, o si se quiere impertinentes y desatinadas... Pero créame usted, caballero: no fuí yo quien dijo lo que a usted puso fuera de sí... Como me llamo José Paúl, que en aquel momento habló por mi boca una fantasma de Madrid a quien llaman Domiciana, que el día antes vino a contarme que le habían quitado una oveja... Y contándomelo con boca y babas de serpiente, habló de usted, y me echó a la cara las injurias a su señora madre... Aquí está Guisasola, testigo de que la despedí con cuatro frescas de las que yo gasto, y un empujón que la llevó de golpe hasta la escalera... Salió de estampía; pero sus palabras venenosas se me quedaron dentro, se me quedó ella misma metida en mi cuerpo. —264→ Fue, digo yo, como cuando está un hombre endemoniado... Por mi salud, que endemoniado estuve hasta la noche siguiente... Recuerdo ahora que cuando le vi a usted en la calle de la Palma, sentí como una fuerte basca... y... ¡brrum! eché por mi boca al demonio... o sus palabras, que ello viene a ser lo mismo».
Oyó Vicente esta declaración picaresca y jerezana con el interés que inspira un trozo de literatura anacreóntica... Algo quiso decir; pero el médico le cerró el pico, instando a los demás a que hablaran lo menos posible con el herido. Paúl hizo corrillo aparte con Guisasola, Cala y el médico para desfogar a media voz su locuacidad. Inspirado por su exaltada imaginación, decía, comentando el suceso de aquella noche: «¿Qué quieren que yo haga? ¿Que me deje asesinar por la patulea de Ducazcal? Tengo que defenderme. Contra el Mito, que así llaman a la PorraSagasta y Prim, trabucazo y adivina quién te dio. Ya verán quien es Paúl y Angulo. ¿No es una gorrinada que el capitán del Mito tenga un destino en la Conservaduría del Real Patrimonio?... Pues el muy gandul vive en las dependencias de Palacio, y anda por Madrid en un magnífico coche de los de la Casa Real... ¿Cabe mayor insulto a la sociedad, ni mayor cinismo en un Gobierno? Todos los días va el mitorro a tomar la orden al Ministerio de la Guerra. 'Mi General, ¿a quién silbamos o apedreamos esta noche?'. Y su General, —265→ que en vergüenza está a la altura de una alpargata, le dice: 'Felipe, quítame de en medio a Paúl, y te nombraré azafato de mi Rey Macarroni I'... Luego dicen que si yo, que si tal... Es que me sublevan, me dan asco los traidores... Yo inicié la revolución de Septiembre, yo traje la Libertad, y Prim la vende... ¿No es un miserable, no es un bandido?... ¿Estoy o no cargado de razón cuando digo: hemos de matar a ese hombre?».
Ya eran las dos de la madrugada cuando Halconero fue conducido a su casa sin más compañía que la de Enrique Bravo. La consternación que tenía en vilo a toda la familia, quedó reducida a una mediana zozobra cuando vieron al herido, que entraba por su pie, risueño y con relativa agilidad. Todos, la madre, el padrastro, los hermanitos, le rodearon, le besuquearon y le hicieron mil carantoñas. No tardó Lucila en despachar a chicos y grandes, y se quedó sola con Vicente, a quien acostó, disponiéndose a permanecer a su lado toda la noche. Ni él le dijo una palabra de la gresca en que le sobrevino aquel percance, ni ella le molestó con interrogaciones que le habrían causado inquietud y desvelo. Guardó la señora para mejor ocasión su curiosidad, y puso toda su alma en aplicar al hijo los tiernos cuidados que habían de ser, según ella, la medicina más eficaz.
Vencido de la debilidad y del horrible desgaste nervioso, cayó Halconero en un sopor hondo, con fiebre no muy alta y delirio —266→ a media voz, incoherente. De la herida no tenía la madre más informes que los traídos por Bravo, esto es, que no era de peligro, y que según el médico municipal, una operación sencillísima y quince días de asistencia cuidadosa bastarían para que el caballero se restituyese a su normal salud. Pensando en esto y sin quitar los ojos de su amado hijo, la celtíbera contaba los minutos, las horas, esperando la llegada de Augusto Miquis, a quien había mandado recado con Bravito.
En la familia de Calpena, la noticia del hecho levantó mayor sobresalto y ruido, por haber llegado repentinamente y sin preparación. Demetria y Gracia, avanzado ya el día, hubieron de emplear sin fin de circunloquios y artificios de lenguaje para dar a Pilarita conocimiento del triste caso. Cayó la doncella con un descomunal síncope, y fue menester meterla en la cama, llamar a Moreno Rubio, y probar en ella todo el arsenal de antiespasmódicos que ha inventado la ciencia para conjurar las tempestades del ánimo en el sexo femenino.
Las buenas noticias que durante todo el día administraron a Pilarita, no fueron parte a sosegarla. Rota la disciplina de sus nervios, pedía que su hermana Juanita no se separase un momento de su lado, y abrazándose a ella le contaba al oído sus imaginarias penas. Por la noche, después de disfrutar algún descanso, despertaba, tapándose los oídos, y sobresaltada y temerosa decía: —267→ «Mamá, ¿no oyes el rugido del león? Si no lo oyes, estás sorda como una tapia. Yo lo oigo dormida y despierta... ¿Pero te ríes, mamá? Es el león del Retiro. Ya sabes que está muy enfadado... A nuestra casa llegan los rugidos... Juana me ha dicho que ella también los oye... ya ves... no soy yo sola...».
Al siguiente día reaccionó la señorita, y funcionaba ya su entendimiento hacia la normalidad. Ya no decía que don Juan Prim había mandado matar a Vicente, ni que don Amadeo y su señora, la de la Cisterna, al posesionarse del trono habían hecho ministro a Paúl y Angulo y al Carbonerín... Todo volvió al estado de realidad, y se vio clara la desgracia sin tenerla por irremediable. Diariamente iban a visitar al herido don Fernando Calpena y el Coronel don Santiago, que volvían a la otra casa con noticias lisonjeras. Recobró la novia la paz de su alma por virtud de una cartita que le escribió su prometido con firme pulso, en la cual tuvo buen cuidado de poner cuantas esperanzas, ternezas y alegrías le sugirieron su amor y su literatura. Pero ¡ay! ni la literatura ni el amor podían impedir que la boda se retrasara un siglo más... dígase un mes.
A los cinco días del percance, un hábil operador extrajo del cuerpo de Vicente dos postas y un fragmento de ochavo moruno, y desde la salida de estas piezas entró la mejoría franca, y poco después la convalecencia, que si no fue corta, no llevó consigo ninguna complicación. A fines de Noviembre, —268→ cuando permitieron al herido el tónico moral de recibir la visita de su novia, se dio franca entrada a los amigos que quisieran entretenerle con pláticas no muy largas ni de temas excitantes. Don Santiago Ibero quiso referirle con pormenores curiosos, por él presenciados, la famosa sesión del 16 de Noviembre; pero Lucila le suplicó que dejase para otro día la votación de Rey, asunto complejo y peliagudo que podría perjudicar a Vicente si su cabeza, todavía muy débil, se obstinaba en discurrir sobre él.
Obediente a la señora, Ibero se metió en el despacho del candoroso don Ángel, el cual, siempre que encontraba una víctima, no la soltaba sin espetarle sus especiales puntos de vista sobre la elección de Rey. «Si miramos a la calidad más que a la cantidad, mi querido Ibero, valen más los veintisiete votos por Montpensier que los ciento noventa y uno que se ha cargado don Amadeo... ¡Valiente cuadrilla le ha salido al italiano!... ¿Quiénes son y que significan ese Albareda, ese Juanito Valera, ese Navarro y ese duque de Tetuán? Yo puedo asegurarle a usted que fueron nuestros hasta hace poco... Y del pollo antequerano, ¿qué me dice usted?... Para mí que Ayala es el corruptor de toda esta familia, con el dinero que han traído de Cuba don Manuel Calvo y demás negreros para hacer propaganda en favor de la esclavitud... ¿Ha visto usted cómo la Bolsa ha saludado la elección con un alza considerable? Vea usted la mano —269→ de Manzanedo, de Herrera, de Vinent. El dinero cubano nos perderá... Y hay que reconocer que los federales han sabido cumplir... Sus sesenta votos indican que hay en España hombres que no se venden. Los carlistas serán esto y lo otro; pero no se les puede negar la decencia. Viendo estas cosas -añadió sacando un número de El Combate-, casi estoy por dar la razón a este loquinario de Paúl, que dice (se cala los lentes y lee): 'El 16 de Noviembre de 1870 será para la España revolucionaria de Septiembre la marca de una vida afrentosa, que en vano intentará borrar de su frente la sangre del tirano'. Pues fíjese ahora en la salutación cariñosa que dirige a las Cortes y al nuevo Rey: 'El edificio está coronado; lo remata un mamarracho, obra de la desesperación de algunos hambrientos'. ¿Qué tal, Ibero amigo?... ¿Medita usted?... Nosotros los montpensieristas nos lavamos las manos, y a su tiempo se verá si la Soberanía Nacional se lava, no las manos, sino el rostro, con la sangre del tirano».
Ibero llevaba con paciencia la derrota de Espartero (ocho votos no más, ocho leales), y sólo pensaba en describir a su amigo la efervescencia y algarabía de la Representación —270→ Nacional en aquellas solemnes horas. Momentos hubo en que la semejanza de las Cortes con un circo de gallos fue completa. Federales y carlistas se levantan, se sientan, soltando de sus gargantas enardecidas voces de guerra y desafío. Figueras, Múzquiz, Vinader, Blanc, Moreno Rodríguez, Abárzuza, se suceden como en galope infernal, presentando exposiciones contrarias a la candidatura de Amadeo, o leyendo listas de los diputados que en las Constituyentes del 54 votaron contra doña Isabel II. Uno pide que se lean tales artículos del reglamento; otro reclama la lectura de la Bula de Excomunión fulminada por Pío IX contra Víctor Manuel y su familia. El barullo crece, la temperatura parlamentaria llega al rojo, el Presidente rompe campanillas. En lo más recio del tumulto, se levanta Paúl, y en medio del hemiciclo, la voz ronca, los brazos por alto, la cara echando fuego, pronuncia estas atrocidades que el pudoroso Diario de las Sesiones no admite en sus columnas: En nombre de todos los españoles que tienen vergüenza y dignidad, y que no son presupuestívoros como lo sois vosotros, protesto de las farsas indignas que aquí se representan.
Por fin, cuando el Presidente, afónico ya y sudoroso, logra establecer una calma relativa, aporreando la mesa y mandando que callen, que se sienten, que respeten la majestad del lugar, empieza la votación... En el curso de esta, surgen cómicos entorpecimientos. —271→ El General Izquierdo: Pido la palabra. El Presidente: No hay palabra. El General Izquierdo: «La pido, señor Presidente, para decir tan sólo que si hasta este momento he defendido la candidatura del señor Duque de Montpensier, ahora voto al señor Duque de Aosta». (Aplausos aquí, risas allá.) Desfilan uno tras otro los diputados, formulando su voto en una papeleta donde constan el nombre del votante y el del Rey elegible. En la Mesa, los Secretarios y los que intervienen la votación forman una piña espesa. El escrutinio dura largo rato, y es presenciado con expectación, que en ningún momento es silenciosa. Nadie ocupa su asiento. Van y vienen, y un vórtice de impaciencia y ansiedad llena la Cámara. Cuentan, recuentan, se lee la lista de los ausentes, la lista de los votantes. Del cúmulo de cifras y del laberinto de nombres, emerge al fin la voz del Presidente que dice: « Queda elegido Rey el Duque de Aosta.» Eran las siete y media.
Mas con esto no se termina el acto ruidoso y memorable. Suspendida la sesión para designar los diputados que habrán de ir a Italia a presentar a don Amadeo el acta de su elección, se reanuda después de las ocho. Otra vez a votar. Los caballeros que por voluntad de la Cámara habían de ir a Italia a cumplimentar al Rey y a traerle al hispano redondel, recibieron desde aquella noche el nombre de cabestros. La guasa española ni en las ocasiones más solemnes se desmentía.
—272→Y mientras allá en la Montaña del Príncipe Pío, cañones roncos anunciaban a Madrid y a España que teníamos Rey, el Presidente Ruiz Zorrilla pronunciaba con ronquera y cansancio un discurso apologético del hijo de Víctor Manuel. No quiso Dios que con este sermón acabase la borrascosa jornada del 16 de Noviembre, porque de nuevo se enredaron mayoría y minorías en acerbas disputas. Tronó Castelar, granizó Figueras, y el Presidente hubo de hacer frente con descomunal esfuerzo a la nueva tempestad que amenazaba. Sobre si después de la elección de Rey podía este ser discutido, resurgió la borrasca, un nuevo desate de los vientos airados, y de las voces y réplicas que parecían gritos callejeros. La ingente pelea entre Monarquía y República, coleaba todavía con vigorosas convulsiones. ¡Y lo que aún habías de colear, morena!... Por fin, como quien despierta de angustiosa pesadilla, el Presidente respiró y dijo: «Se levanta la sesión». Eran las nueve. El cañón lejano había enmudecido.
Rebañando en su memoria sacó Ibero detalles interesantes de la votación. Los conservadores, con Cánovas al frente, habían votado en blanco. Dos tan sólo, Iranzo y Otero Rosillo, dieron gallardamente su voto a don Alfonso de Borbón. No recataba el Coronel su derivación hacia el aostismo o amadeísmo, guiado por el criterio superior de su hermano político don Fernando Calpena. En realidad, era el único partido viable —273→ en las anómalas circunstancias del día. Los 191 votos decían bien claro que los hombres de orden entraban en aquel despejado camino, conducidos por don Juan Prim, ante cuya firme voluntad y agudeza cedían todos los obstáculos y dificultades.
Reconocía don Ángel Cordero las dotes políticas del jefe; pero echaba de menos en él la potencia administrativa y el golpe de vista económico. «Créame usted, amigo Ibero -dijo a su amigo cogiendo de la mesa un librejo de pocas hojas-. El señor de Prim no será nunca económico ni administrativo. Vea usted lo que dice este papel, obra de un notabilísimo escritor a quien llaman don Roque Barcia. (Lee.) «Ese General (Prim) tiene de sueldo diez mil reales mensuales, y gasta mil duros todos los días... Ese General gasta su sueldo en el postre ordinario de su mesa... Ese General recibió dinero de los moderados, de los unionistas, de los progresistas, de los demócratas; lo recibiría mañana de los republicanos si estos no le conocieran... Ese General, plebeyo insaciable, plebeyo ingrato, venderá a don Amadeo como vendió a su augusta comadre doña Isabel II... Si España diese a Prim un palacio de piedra, lo querría de plata; si fuese de plata, lo querría de oro; si fuese de oro, habría de ser de diamantes...». No leo más; basta. Pues con un hombre así no voy yo a ninguna parte, don Santiago de mi alma. Digo con este don Roque: «Señor Duque de Aosta, venid confesado».
—274→Como se ve, el candoroso don Ángel, al volver mohíno y desalentado del campo administrativo de Orleans, se prendaba de las doctrinas hiperbólicas y del bíblico estilo de Roque Barcia. España estaba loca, y la propia Economía política se iba del seguro, como decía Vicente Halconero. Este mejoraba rápidamente, y desentumecía su cerebro con el amigo Enrique remembrando los hechos pasados. Entre otras cosas, contó Vicente que en la noche de marras había salido de la redacción de El Combatesin saber si tomaría partido por los de Paúl o por los de la Porra. Unos y otro éranle profundamente antipáticos. En cuanto se vio en el terreno de la lucha, sintiose inclinado a dar su apoyo a los que viera más débiles. Su único fin era que no se le tuviese por cobarde. Dos disparos hizo con su revólver desde los cajones de la Plaza. Con ellos alentó a unos paulistas, que tenían traza de panaderos y se batían a garrotazo limpio. Después supo que eran operarios de una tahona cercana... A los pocos minutos, se vio envuelto en un grupo de porros, los cuales le estrecharon tanto que no podía moverse. Un disparo les dispersó. Cuando intentaba reconocer de dónde había venido el tiro, ¡pum! le descerrajaron casi a quemarropa el trabucazo que le dejó tendido. En el tirador creyó reconocer al ojalatero Gabiola.
«Estás equivocado -dijo Bravito-. Gabiola no llevaba esa noche trabuco, sino escopeta, y cargada con sal para meter ruido sin —275→ matar. Me consta esto de un modo indubitable.
-¿Sería Langarica? El demonio lo sabrá... Cuando me llevaron herido a la redacción, vi caras conocidas, ojos que me miraban con lástima. Los nombres relacionados con aquellas caras huían de mi memoria. Quizás eran de esos nombres que uno no sabe nunca, porque nada nos interesan las personas que los llevan.
-El que de seguro estaba era Montesinos.
-¿Uno pequeño, flacucho, vivaracho?
-No: Montesinos es figura procerosa. El chiquitín que dices, debía de ser ese que llaman Matacristos. Y estaría también otro tipo inconfundible, Torralba. De fijo lo viste allí. Es un madrileño neto y barbián, más conocido que la ruda.
-Buena figura: barba y pelo castaños, ojos garzos...
-El mismo. Pero más que las señas particulares de talle y rostro, le caracteriza el que tiene una mujer llamada Pepita, buena, inteligente y simpática, tan enamorada de su marido y tan celosa, que va con él a todas partes, incluso a los sitios y ocasiones de mayor peligro: barricadas, motines, trifulcas... Allí donde esté Torralba peleando por la libertad o contra las quintas, no puede faltar Pepita, exponiéndose al fuego por vigilar bien de cerca al marido, tan valiente como pinturero.
-Pues te diré: si de haber visto al hombre —276→ no tengo idea clara, sí recuerdo que cuando en la camilla me llevaban a la Casa de Socorro, fue junto a mí una mujer acompañándome con sus lamentaciones: ¡pobrecito... qué dolor!... De cuanto en aquella noche me pasó, de las diferentes impresiones que entraron en mí por los ojos y los oídos, algunas han quedado en mi cerebro con tal intensidad, que no las olvidaré nunca. La voz de Paúl, jactanciosa, sin ningún acento de odio contra mí; la figura de Pepita plañidera, y el sonido del trabucazo que me tumbó, son sensaciones inolvidables. Durante muchas noches de insomnio y fiebre oía el terrible disparo... Era... no puedo explicártelo... algo como cien campanas que a la vez dieran el golpe, del cual quedaba en el aire una vibración nunca extinguida...».
De estas y otras cosas atañederas al suceso de la infausta noche hablaron los amigos, llevando graciosamente el asunto al vago humorismo, en que se desvanecían las trágicas emociones. Y lo más peregrino en los comentarios de aquella página histórica, fue la sinceridad con que declaró Vicente la transformación de sus sentimientos con respecto a Paúl. Ya este le inspiraba menos odio que lástima; le tenía por un loco irresponsable, peligrosísimo...
«Es un iluminado, un poseído, un epiléptico, a quien no se debe permitir que ande suelto por el mundo -afirmó Bravo-. Lo mismo podría decirse de los bárbaros que le siguen. Casi todos ellos son en la vida privada —277→ hombres de bien; viven de su trabajo, y algunos tienen una holgura ganada honradamente. El fanatismo que don José ha metido en sus almas podrá llevarles a los mayores desafueros. Pero no hallarás entre ellos ninguno que vaya al crimen por interés. No son asesinos asalariados, sino matones espontáneos, espirituales, movidos por una exaltación morbosa y mecánica».
Sobre el jerezano hizo Halconero observaciones muy atinadas. En él veía la representación personal de la fiebre o locura que en aquel año fatídico padecía la sociedad española... Completará la figura el hecho que a continuación se refiere.
Una noche de las últimas de Noviembre, los mitológicos asaltaron el teatrito de Calderón, donde había de estrenarse un sainete cómico-burlesco, titulado Macarronini I. Tomadas y ocupadas por la cuadrilla todas las butacas, desde la fila 4.ª a la 24, apenas se levantó el telón empezó el disparo de patatas y de verduras arrojadizas sobre los pobres comediantes; y como estos protestaran con ira, los alborotadores invadieron el escenario, y allí no quedó decoración entera, ni mueble sano, ni actor sin desgarrones en la ropa y cardenales en el rostro. Huyó el público despavorido, se desmayaron muchas señoras, y algún niño salió magullado. A los agentes del Orden no se les vio el pelo, y el acto vandálico se consumó con discreto alejamiento de la autoridad. Y menos mal que no hubo muertos, como en el salvaje atropello —278→ del Casino carlista de la Corredera.
De este y otros desmanes quedó en el público un rastro de indignación, de acres disputas. Paúl en su Combate y Ducazcal en La Iberia, se pusieron de vuelta y media, achacándose uno a otro la culpa del escándalo. Felipe se jactó de haber maltratado al jerezano en plena calle. Lo más suave que Paúl dijo a su enemigo fue este puñado de flores: «Al jefe de la partida de asesinos, protegidos por el Gobierno que a España deshonra, a Felipe Ducazcal, tiene dicho el Director de El Combate: -Que le reconoce como vil y cobarde agente del ignominioso Gobierno de Prim y Prats. -Que mintió como un villano al asegurar que le había maltratado, quitándole el revólver. -Y, por último, que sin embargo de su despreciable condición, dispuesto estaba a batirse con él cuando quiera y como quiera».
Inevitable fue salir al campo del honor; empezaron las visitas de caballeros, el discutir y fijar las condiciones del lance. Este se concertó al fin a muerte. Padrinos de Paúl fueron Santamaría y La Rosa; los de Ducazcal, Doñamayor y Menéndez Escolar, teniente de Cantabria. El 10 de Diciembre, muy de mañana, habían de encontrarse los dos valentones con sus testigos detrás de las tapias del cementerio de San Isidro. Si un duelo es siempre cosa de cuidado, para Ducazcal fue aquel atrozmente inoportuno, porque se hallaba el hombre en la luna de miel: días antes se había —279→ casado con una hermosa pescadera de la calle Mayor.
Tempranito salió Felipe de su casa, próxima a la llamada de Pajes, detrás de la Armería, y en coche de la Casa Real, tirado por magnífico tronco de mulas, se fue con sus padrinos al Tiro de Leonardo, en la Castellana, donde estuvo más de una hora ejercitándose en el tiro de pistola. Con admirable destreza puso doce blancos. Los padrinos le felicitaron, asegurándole un triunfo si en el terreno apuntaba y afinaba tan bien como en la Castellana. Después del feliz ensayo, partieron a la carrera para San Isidro; llevaban las mismas pistolas que en Marzo de aquel año sirvieron para el duelo en que Montpensier mató al Infante don Enrique.
La llegada a San Isidro coincidió con la de un lujoso entierro escoltado de innumerables coches. Viendo de lejos los dos simones en que venía Paúl con sus padrinos, comprendieron la dificultad de escabullirse tras el cementerio sin llamar la atención. Vacilaron entre ir a lo suyo o agregarse a la cáfila del entierro, y estando en estas dudas, se les presentó un sargento de la Guardia Civil de a caballo con dos números, interrogándoles en forma que indicaba el propósito de impedir el duelo. Grande fue la contrariedad de Ducazcal, que agotó todo el repertorio de apóstrofes para maldecir su suerte. Le sacaba de quicio la idea de que el otro le supusiera capaz de haber dado el —280→ soplo a la policía, para librarse de un encuentro en tan graves condiciones.
Invocando a todos los demonios, dio con una estratagema que salvaría su opinión de caballero intachable. Convino con sus padrinos en echar pie a tierra para confirmar lo que habían dicho al guardia civil, esto es, que formaban parte de la comitiva del entierro. Y en tanto, el amigo Menéndez Escolar corrió a donde estaban los dos simones de Paúl, y contó a este lo que pasaba. El mejor medio para salir del atranco era que don José y sus padrinos se metieran en el coche de la Real Casa, y salieran pitando para el Arroyo Abroñigal, mientras Felipe y los suyos irían en los alquilones al Gobierno Civil para ver a Martos y exponerle el caso. No dudaban que el Gobernador interino les daría permiso para matarse como caballeros en donde lo tuvieran por conveniente.
Así se hizo, no sin que Paúl, escamón, pusiera el ceño de matachín perdonavidas. Mientras los unos iban al Abroñigal en el coche regio, los otros emprendieron la carrera hacia el Gobierno Civil, donde Ducazcal, con fieras maldiciones, pintó a su amigo Martos el desairado trance en que le ponía echando la Guardia Civil en persecución de los honrados paladines. Martos le dijo: «Váyanse, váyanse al Abroñigal; pero a prisita, y despachen lo más pronto que puedan, que yo aguardaré un poco... Calcularé el tiempo para que la Guardia Civil llegue allá cuando —281→ de los dos valientes no queden más que los rabos».
Salieron Ducazcal y los suyos con loca impaciencia, ofreciendo propina de un duro a cada simón; y ya eran más de las once, cuando se juntaron unos y otros en un barranco del Abroñigal, a la izquierda y fuera de la vista de las Ventas... Pero no había tiempo que perder, y aunque el sitio era estrecho, sin espacio bastante para partir el sol, no se entretendrían en buscarlo más cómodo, por no parecerse a Bertoldo eligiendo el árbol en que había de ser ahorcado. El día era glacial. De la nieve caída en la noche anterior, quedaban enormes cuajarones en los sitios no acariciados por el sol.
¡Al avío, al avío! Activaron los padrinos las prolijas funciones preparatorias: medir distancias, sortear los puestos y las armas, cargar, etc... Llevaba Ducazcal un majestuoso carrick nuevo de última moda, levita inglesa y chistera flamante. Paúl iba envuelto en luenga capa de paño verde, con larga esclavina y cuello alto. Sobre este campeaba un sombrero de alas anchas. Llegado el instante de recibir las pistolas, cada uno de los duelistas dejó ver su peculiar temperamento y psicología. Felipe, con gesto semejante al de un tenor de ópera en la escena de las bodas de Lucía, arrojó lejos de sí el carrick elegante y la bimba lustrosa; Paúl se quitó la pesada capa, y doblada cuidadosamente, como si apreciase la prenda pluvial más que su propio cuerpo, la dejó en un —282→ sitio despejado de nieve, y sobre ella puso el blando chapeo. Quedó la figura escueta, con zamarra, pantalón de pana y botas altas.
Tocó a Ducazcal disparar primero. También en la manera de tirar se declaraba la diferencia de temperamentos. Ambos eran valientes; pero el valor, como todo lo humano, reviste formas variadísimas. El de Felipe era enfático y decorativo; el de Paúl, reconcentrado, profundamente austero... Tiró Ducazcal con precipitación desdichada, disgustando a sus padrinos, que en la mañana de aquel día le habían visto hacer blancos con admirable precisión en el Tiro de Leonardo... Por segunda vez disparó con más arrogancia que tino, con teatral guapeza. Y se le acercó su padrino Menéndez Escolar, diciéndole: «Afine usted, afine por Dios... o ese hombre le mata».
Siguieron tirando. En una de las suertes, le falló a Ducazcal la pistola; arrojola con gallardo gesto, volviendo la cabeza. En aquel momento la bala de Paúl le entró por una oreja. Felipe dio una gran voltereta y cayó como muerto. Mientras los padrinos, acudiendo a socorrerle, daban por terminado el lance, Paúl recogió y desdobló su capa tranquilamente, se la puso, se caló el sombrero, y sin más saludo que una grave reverencia, se marchó con su padrino La Rosa.
—283→En las primeras referencias que del lance llegaron a la casa de Halconero, se dijo que Ducazcal había muerto. Pero en la noche del mismo día (10 de Diciembre) rectificó Bravo la triste noticia, por testimonio del propio Menéndez Escolar. Cuando los padrinos llevaron a su casa en el coche de Palacio al jefe de la Porra, creyeron que se les quedaba en el camino. Pero no fue así. Vivía, y podría salvarse si se lograba extraer la bala. Los comentarios de desafío y de la relación del mismo con la cosa pública, no tenían fin en la tertulia de Halconero. Allí se leía El Combate, que en su número del 12 traía estas convulsiones epilépticas: «La traición revolucionaria está probada; el volcán de las iras populares está próximo a estallar... se aguarda un momento terrible; se aproxima una tempestad siniestra; óyense los primeros rugidos del aquilón revolucionario; se necesita una víctima para reivindicar nuestros derechos... Esta víctima la traéis vosotros al sacrificio... ¡Sobre vosotros caerá su sangre, y la sangre generosa del pueblo que por vuestra culpa se derrame!».
En otro número echaba estas flores a don Nicolás María Rivero: «Un Ministro de la Gobernación, tan tirano como cobarde, que —284→ no tiene el valor del progreso ni de la reacción; apóstata y traidor por temperamento, que vendió la República española por un cuartillo de vino; ese gitano y regateador político, que adopta el procedimiento del hurto y de la estafa, detiene en las calles y en las estaciones inmediatas a Madrid los ejemplares de El Combate...».
Leídas estas ignominias, Bravo se afirmaba en sus nuevas aficiones monárquicas. Pero si el espíritu del ex-federal se avenía bien con el cambio, no se conformaba con la tardanza en recibir el premio de su resello. El ofrecido turrón no parecía. Cansado de esperar, puso toda su confianza en los buenos oficios de Vicente. Este habló del caso con su presunto suegro don Fernando, el cual era grande amigo de Moret, Ministro de Ultramar, y quedó concertado que en la primera combinación iría Bravito a Cuba, con un buen momio en la Aduana, o en otro benéfico ramo...
En su convalecencia, Halconero fue visitado por amigos de diferentes castas, entre ellos Romualdo Cantera y el Carbonerín. Ambos milicianos se mantuvieron en el altar de sus sacros ideales. No transigirían con el nuevo Rey, no formarían en los actos solemnes de la entrada de Amadeo; protestaban de que Prim quisiera desarmarles, para refundir la Milicia en el molde monárquico... Pero esto no significaba que simpatizaran con las desvergüenzas y locuras de Paúl, ni a tan desaforado capitán prestarían —285→ vasallaje. No reconocían otros ídolos que los antiguos: Figueras, Pi, Orense, Estévanez... Con estos irían hasta el fin del mundo, guiados por la santa doctrina, no por el pregón de la violencia y el asesinato. Indicaron además que el don José no tardaría en quedarse solo con su cuadrilla de valentones. Muchos que seguían al jerezano en sus andanzas callejeras, como Matacristos, Torralba y el mismo Tachuela, se iban apartando de él, a instancias de Figueras o de Pi.
En estos aislados hechos, y en otros que los graves individuos de su nueva familia le mostraban, vio Halconero un instintivo retroceso de la sociedad española, la querencia del Orden, como si todo el país sintiese la necesidad de buscar el abrigo de las ideas conservadoras. No en vano él, desde que intimó con los Iberos y Calpenas, se sentía retrógrado y, como si dijéramos, un poquito neo. ¿A dónde iba a parar la sociedad si no seguía la despejada senda que el genio sagaz y enérgico de Prim le marcaba? Y como la soledad en que vivía (fuera de las visitas de su futura y sus amigos) convidábale al examen interior y al análisis de sus propios sentimientos, dedicaba al monólogo la parte de ociosidad sobrante de sus lecturas. El siguiente soliloquio merece ser conocido.
«La exaltación de dignidad y el acto de arrojo temerario que me llevaron al percance de los Mostenses, han determinado en mí esta dirección conservadora que quiero tomar. —286→ Mi alma no estaba fortalecida para ninguna clase de acción. Me faltaban los bríos, el arranque, el desprecio de la vida. Ese valor y ese desprecio tuve, y aunque el Destino impidió que yo apurase aquel estado anímico, por circunstancias de tiempo y lugar, por el rendimiento de mi enemigo, etcétera, conservo las virtudes conquistadas en ocasión tan crítica. ¿Y a qué fines debo aplicar las nuevas virtudes y las que ya poseía, inculcadas por mi querida madre en los días placenteros, llanos, sin ningún saliente ni alteración de la superficie vital? ¿Debo aplicarlas a los ideales atrevidos del pueblo? No, porque este tiene ya sus directores bien calificados, y porque yo, aunque plebeyo, o aristócrata villano más bien, no siento en mí entusiasmo por reivindicaciones que apenas se marcan vagamente en la media luz de los siglos futuros. ¿Me aplicaré a los ideales e intereses de las clases superiores, nobleza de abolengo, y sus similares, ejército, religión? Tampoco. Esos cultos tienen ya sacerdotes del mismo pelambre, de la propia hilaza linajuda...».
Deteníase en un punto de confusión; mas luego hallaba fácil salida: «Mi novia, la que será mi mujer dentro de algunos días, es mi Ariadna; ella me conduce al través del laberinto. Yo cojo de sus lindas manos el hilo salvador. Cuando me veo junto a ella, pienso que nuestra clase, la suya y la mía, estas familias medianamente ilustres, medianamente ricas, medianamente aderezadas —287→ de cultura y de educación, serán las directoras de la Humanidad en los años que siguen. Este último tercio del siglo XIX es el tiempo de esta clase nuestra, balancín entre la democracia y el antiguo régimen, eslabón que encadena pobres con ricos, nobles con villanos, y creyentes con incrédulos...».
Tras otro momento de confusión, proseguía: «Bien clara veo mi esfera de actividad. Casado a mi gusto, resueltos definitivamente los problemas del corazón, viviré sin ningún estímulo de nuevos amores. Estaré como el santo patrono en su altar, entre dos imágenes guardianas, que serán mi madre y mi mujer; y no teniendo que pensar tampoco en mis intereses, porque ellos están bien asegurados, me consagraré al bien público... ¡Qué hermosura poder consagrarse al provecho de todos, sin ninguna mira personal!... De este modo, la política es el arte social por excelencia... De seguro que mi madre y mi mujer me estimularán a entrar por ese camino del sublime arte... En ambas he creído notar cierta noble ambición... Tienen de mí la idea, un poco extraviada, de que por haber leído tanto, tanto, estoy habilitado para dirigir a los pueblos. ¡Qué desvarío! Bueno es enriquecer noblemente nuestro espíritu con las ideas de todos los sabios antiguos y modernos; pero eso no será eficaz sin la acción. Mi madre y mi mujer me estiman en mucho por el adorno de mis lecturas; yo me estimo en algo por la acción que adquirí en aquellas dos noches, —288→ gracias a la violenta sacudida del sentimiento humano... Y a propósito de esto: a las conquistas de la voluntad deben acompañar nuevos conocimientos. Prepárate, Vicente... Da de mano a los poemas y a la historia vieja, y busca en la moderna y en los estudios económicos el secreto del arte político... Miren por dónde, habiéndome reído de mi buen padrastro don Ángel, tengo ahora que acudir a su árida biblioteca... Ya, ya... Capital y trabajo, Tratados de comercio... Cooperativas... Crédito agrícola...».
Enumerando los elementos de su erudición futura, se adormeció el chico de Halconero... Porque estos monólogos se producían en la nocturnidad blanda y tibia del lecho, como una decantación de las ideas de cada día. Y en la última vuelta que dio buscando el profundo sueño, decía Vicentillo: «Siglo XX, ¿qué seré yo si a ti llego?... ¿Y tú qué serás?...».
Las visitas menudeaban día y noche. Fueron a verle Clavería y Ricardo Muñiz, amigos de la casa y muy allegados al General Prim. Habláronle de la próxima venida del de Aosta. El triunfo de Prim era el mayor éxito del siglo. Tendríamos un Rey democrático, que imposibilitaría de un modo absoluto la vuelta de los Borbones... La Comisión del Congreso, que había regresado de Florencia, venía encantada de la cortesía del Rey Galantuomo y de la llaneza hidalga de su hijo, ya Rey de España por los cuatro costados... Prim sería Ministro del nuevo Soberano —289→ por largo tiempo, para que pudiese implantar sólidamente, al abrigo de la majestad saboyana, los principios democráticos... Las Cortes funcionaban de nuevo, pues entre otras menudencias habían de resolver y votar la dotación del Rey, que no era grano de anís: treinta millones de reales. La energía y la paciencia del General, que habían triunfado de lo más, triunfarían de lo menos, y no quedaría el rabo por desollar, habiendo desollado con tanta fortuna el cuerpo del inmenso problema político.
En una de las visitas de Romualdo Cantera, dijo este a Vicente que Segismundo había ido con él hasta el portal, no atreviéndose a subir porque no quería dejarse ver con la desastrada ropa que cubría sus pobres carnes. Volvió más de una vez el tal a la portería, sin otro objeto que preguntar por la salud de su amigo, y en una de estas fue sorprendido y capturado por criados de Halconero con esta consigna, enteramente arbitraria y despótica: «Manda el señorito don Vicente que le prendamos a usted, y de grado o por fuerza le llevemos arriba, donde tiene dispuesta ropa interior y exterior para que se vista de caballero decente y alterne con sus iguales...».
La primera persona que ante sí vio Segismundo al entrar en la casa fue Lucila. Llevándole a un cuarto próximo a la puerta, la señora le dijo en tono de guardia civil: «Ahí tiene usted cuanto necesita para mudarse de pies a cabeza; quítese toda esa —290→ basura que lleva encima, y la mandaremos quemar... Luego que usted se vista de limpio, almorzará con Vicente y con Enrique».
¿Qué remedio tenía el pícaro más que aceptar? La gratitud se disfrazó de obediencia, y el hombre salió del cuarto como nuevo, sin ocultar el gozo que su transformación le producía. Vicente y Bravo le abrazaron. El charlar alegre, chispeante y caudaloso no cesó durante el buen almuerzo, servido para ellos solos en el gabinete del señorito... De su vida y milagros (que milagrosa parecía su existencia) refirió Segismundo varios ejemplos y casos, conforme a lo que le preguntaban sus amigos... Seguía componiendo sermones para el cura don Trinidad, pagador escrupuloso a diez reales pieza. De añadidura, le había salido trabajo de otra clase, aunque no tan productivo. Escribía discursos terroríficos para el tribuno de la plebe apodado Cheparunda. Era el tal un jorobeta que poseía las dotes mímicas y fonéticas del orador. Faltábanle las ideas y el arte retórico. Pues esto se lo suplía Segismundo redactándole las peroratas. Chepa se las aprendía de memoria y arrebataba al auditorio de la calle de la Yedra. En todos los discursos se enaltecían rabiosamente los derechos del pueblo, pisoteados y escupidos por Prim y sus acólitos. El estipendio de estos trabajos era mezquino y en especie, con el agravante de la impuntualidad. Era toque indispensable en la conclusión de las arengas pedir la cabeza de don Amadeo, y para —291→ el caso de que ello fuese materialmente imposible, pegar fuego a Madrid, convirtiendo a nuestra villa en antorcha funeraria.
Uno y otro amigo desaprobaron la industria oratoria con fines criminales. Arguyó Segismundo que los demagogos para quienes él componía tales soflamas, eran absolutamente inofensivos. « Cheparunda es un ángel afligido de una gran corcova, y sus oyentes, revolucionarios de boquilla... El mal y el peligro vienen de otro lado... Los que ahora callan son los que darán que hablar, según yo entiendo».
Siguió soltando retazos de su historia picaresca: «Ya no vivo en la barbería de Cantera, ni como en la taberna de Balbona. El dejar a Romualdo no ha sido por desavenencia con este gran patriota, sino porque la Señángela me ha dado mejor acomodo en casa de una hermana suya, calle de la Lechuga, primer piso bajando del Cielo. Es comercianta en pitos, pelotas, triquitraques y otras cosucas, que varían según las estaciones. Tiene su puesto en la calle de Toledo... Algunos días como con ella, y otros en la taberna de Casimiro, calle de Botoneras... establecimiento sosegado y limpio, a donde va gente muy callada... Y algunas noches voy a cenar a la tienda de vinos de Tachuela, con quien conservo las mejores amistades. Por cierto que si él me dio de comer de gorra por largo tiempo, yo le he pagado con creces. ¿Cómo, con qué moneda? Pues con el oro de un sano consejo que le di y él tomó —292→ y ha seguido, quedándome muy agradecido. «Joaquín -le dije-, no andes con Paúl, que la compañía de ese hombre te perderá». ¿Por qué di este consejo a Balbona? Todo no puedo decíroslo de una vez... Ni estaría, hoy por hoy, bien seguro de lo que dijera... En fin, amigos míos, si no puedo sostener que estoy otra vez en Atenas, sí afirmo que me voy acercando a ella. Un... no sé cómo decíroslo... un vago magnetismo histórico me atrae hacia el centro... No vi yo bien claro, querido Vicente, cuando te dije que la Historia elegiría para su teatro épico la vertiente del Sur donde yo habitaba.
HALCONERO.- ¿Y en qué vertiente o colina de las setecientas de Madrid pondrá su tinglado la Historia? ¿Puedes decirlo?
SEGISMUNDO.- No. Yo veo que Palatino y Capitolio se disputan el ser teatro de lo que ha de venir. Aventino está descartado.
BRAVO.- No nos hables en romano, ni vaticines tragedias.
HALCONERO.- Malos augurios no me traigas. De las heridas que recibí en los Mostenses he quedado muy débil. Mi cerebro y mi corazón rechazan las emociones fuertes, y mis ojos se cierran asustados ante todo espectáculo desagradable.
SEGISMUNDO.- Pues oye el consejo de un amigo que entrañablemente te quiere. Cásate pronto, que aun estando débil, el amor mismo te dará bríos para la iniciación matrimonial. Si tu familia y la de tu novia han señalado para la boda un día muy lejano, —293→ adelántalo tú: cásate, y sal pitando de aquí con tu mujer. Diviértete con ella en un país remoto, y no vuelvas hasta después que haya entrado don Amadeo, pues aunque muchos creen que entrará aquí como en su casa, a mí me da el corazón que antes o después de la entrada tendremos una bella catástrofe.
HALCONERO.- Me casaré; mi mujer y yo nos iremos, en luna de miel, a donde mi madre disponga. Temo estar aquí; me da miedo la Historia, que si trajese alguna desdicha, sacudiría terriblemente mis nervios. Hay momentos en que me causa terror el pensar en las felicidades de mi boda.
BRAVO.- ¡Ah, Vicente, si yo tuviera tu independencia, valiente cuidado me daría la Historia!... Yo me casaré con mi mala suerte, y huiré a la isla de Cuba si no me limpian el comedero a los dos días de llenármelo.
SEGISMUNDO.- Todo podría ser, querido Bravo. No te embarques, y espera».
Algo más y aun algos hablaron. La partida se disolvió sobre las tres, pues Halconero salía en coche todas las tardes para visitar a su novia. La inclemencia de la temperatura no le permitía echarse a las calles a pie. Invitado el pícaro a entrar en el coche para llevarle a donde quisiese, pidió a su amigo que le dejase en la Plaza Mayor.
Placenteras eran las horas de Halconero en la dulce compañía de Pilarita y de los padres y tíos de ella. A media tarde iba —294→ Lucila en coche; las señoras mayores tomaban chocolate, conforme al estilo y costumbre de los pueblos del Norte. Era la casa holgadísima. Tenía su ingreso por la Plaza del Rey, y en largo espacio se extendían las habitaciones hasta Levante, con vistas al Parque del Ministerio de la Guerra. Las señoras gustaban de charlar a solas, separadas de los chicos, tratando de algún asunto de sus inocentes ambiciones maternas. Demetria y Lucila sondeaban con mirada optimista el porvenir, que para ellas no era obscuro ni problemático, sino bien esclarecido de luminosas venturas.
«DEMETRIA.- Me ha dicho Fernando que en cuanto venga el Rey habrá nuevas elecciones. Las Constituyentes están ya deshechas. El distrito de La Guardia es nuestro; Vicente será diputado.
GRACIA.- Un chico como este, lector de cuanto se ha escrito, merece que se le lleve a la vida pública.
LUCILA.- Amigas del alma, Vicente lo agradecerá, y yo... ¡qué he de decirles! Soy tan madraza, que todos los honores me parecen pocos para mi amado hijo.
DEMETRIA.- Vicente tendrá pronto dos madres... estoy por decir tres, pues a mi hermana no le faltan motivos para quererle tanto como yo le quiero.
GRACIA.- Nuestro hijo será el gran hombre del porvenir.
DEMETRIA.- Vienen tiempos de regeneración, en que los intereses públicos estarán —295→ en manos de la juventud ilustrada, independiente, que sepa mantenerse bien derecha entre las exageraciones.
LUCILA.- Así sea».
En tanto, Santiago Ibero se corría de Poniente a Levante para remozarse con la alegría de los novios, instalados con Juanita en un risueño y luminoso aposento junto al comedor.
«JUANITA.- Oye, Vicente; oye, Pilar: si vosotros, desde vuestra casita frente al Retiro, oiréis el rugido del león, nosotros aquí oímos a otro león más fiero que el vuestro... En esas habitaciones de Buenavista que tenemos tan cerca, vive Prim.
IBERO.- Fijaos en el ángulo del edificio: dos ventanas que miran a la calle de Alcalá, otras dos que miran acá. Pues ahí duerme el General. En esa cueva, magnífica estancia tapizada de seda amarilla, se recoge de noche el león, como dice muy bien Juanita... Allí madura sus pensamientos y planes; allí afila el hierro de su voluntad; allí se reviste de la coraza de su paciencia... Pidamos a Dios que dé a nuestro león hispánico larga vida. Si le perdemos, ¿dónde encontraríamos otro?».
—296→A medias tan sólo se ufanaba el león hispano del reciente triunfo, porque si su energía, su ingenio y perseverancia habían al fin salvado el inmenso atasco de encontrar un Rey y traerle acá, no estaban con esto desarmadas las imponentes dificultades que por humana ley circundaban a un suceso tan fuera de lo común; que siempre fue más fácil despachar a un soberano y sacudirse toda una dinastía, que traer a un viejo reino familia y monarca de naciones y climas extraños. Bien lo comprendía el General, sin que le arredrase la magnitud de su empresa, así en lo ya hecho, como en lo que restaba por hacer.
Si no temía complicación internacional, porque el aplomo europeo había de alterarse muy a su gusto, de Pirineos adentro veía dos fuerzas enemigas, a cual más poderosa: de un lado el Federalismo, de otro la Aristocracia. Si distinto era el terreno en que estos fieros dragones acampaban, diferentes en mayor grado eran sus armas, su táctica y sus banderas. Con menos ruido que los republicanos, con envenenadas ironías y menosprecios de damas linajudas, el bando borbónico había de dar más guerra que las muchedumbres mal vestidas, vociferantes en el extremo contrario del social.
—297→Pero con sólo pensar en ello, a don Juan le salían del corazón y de toda el alma estímulos de resistencia contra tales enemigos, y se le ocurrían ardides para inutilizarlos; que su genio asistido de su paciencia era inagotable en recursos defensivos... Al propio tiempo pensaba en el viaje del Rey, ya próximo; en su llegada a Cartagena, y en los preparativos y precauciones para recibirle dignamente. Y aún faltaba que las Cortes despacharan asuntos pertinentes al cambio de política, y que votaran la Lista Civil; faltaba dictar infinidad de disposiciones que eran el puente por donde la Nación había de pasar de la Interinidad a un estado efectivo. En la cabecera de aquel puente estaba Prim, presidiendo el paso de la muchedumbre social, y fijándose bien en los que iban derechos o torcidos.
La actitud del General era en aquellos días serena, revelando alguna fatiga, actitud y expresión de insomnio, de mala salud y de confianza en la propia voluntad. No participaba de la zozobra de sus íntimos, que presentían atentados criminales contra él. Dos conjuraciones fueron descubiertas; pero no parecían cosa formal. Prim las tuvo por conjuras de opereta. No consentía que se le supusiera medroso, ni gustaba de ver su camino guardado por policías. A pesar de esto, algunos de sus amigos iban al Congreso armados de revólver, y no se apartaban del General cuando al pasillo curvo salía con algún otro Ministro a fumar un cigarro.
—298→La labor testamental de las Cortes era premiosa y áspera, últimos andares de un mecanismo ya oxidado. En la cabecera del banco azul, Prim apuraba su energía cachazuda; creyérase que se agotaba su numen fecundísimo para el sorteo de las dificultades. Vieron los amigos acentuado el verdor de su cara y empañado el claro timbre de su voz. Alguien dijo que la cara del General se revestía de una extraña expresión mística. Era que lo restante de la obra no había de consumarlo el valor, sino la paciencia.
El Combate de Paúl, abrumado de denuncias y multas, perseguido en los Tribunales por el Fiscal y en la calle por los corchetes, determinó suicidarse, y despidiose del público en una hoja furibunda, en la cual los defensores de los derechos del hombre declaraban que debían cambiar la pluma por el fusil. Cargando, pues, el fusil hasta la boca, y atacándolo con furia, los hombres de El Combate decían: «Una mayoría facciosa, prostituida y encenagada hasta la hediondez... maniató traidoramente la soberanía a la espuela del dictador don Juan Prim».
Y más adelante: « La Patria está en peligro. Basta ya de dudas y vacilaciones... ¿Hay algún español que dude y vacile ante el golpe de Estado de un pequeño dictador? Pues ese español es un cobarde, un ciudadano indigno, un hombre degenerado, un miserable... Ignominia y baldón para el ciudadano español que, al saber que el Rey —299→ extranjero ha manchado con su planta el suelo español, no se apresure a lavarlo con su sangre...».
En otro lugar hablaba de la Revolución, declarándola enteca, y añadía: «Mas por uno de esos milagros de ciencia de curar, el hierro, el acero y el plomo la robustecerán muy pronto, tan robustamente, que no la conocerá la madre que la parió. Al tiempo, y un poquito de calma, no más que un poquito; que el verdadero fiat lux no se hará esperar muchos días».
Nadie hacía caso de estas groseras bravatas. Pero no faltaban otros signos y barruntos de la vesania pública que a los amigos del General inquietaba. En la mañana del 26 fue Vicente Halconero a casa de su novia, no ciertamente a tortolear con Pilarita, que para esto sobraba tiempo en las tardes y noches de amoroso palique. Acompañábale Enrique Bravo, y ambos, validos de la confianza del primero en la casa, se colaron en el cuarto del Coronel, que estaba vistiéndose para ir al Ministerio de la Guerra.
«Pues llegamos a tiempo -dijo Vicente, mostrándole un papel con lista de nombres-; y usted, mi querido don Santiago, prestará un gran servicio a su amigo el General Prim, diciéndole que mande prender a los diez individuos comprendidos en esta nota».
Tomó Ibero el papel; leyó los nombres, que en unos eran apellidos, en otros apodos, en los menos designación completa de la persona, con el oficio y las señas de residencia. —300→ Quedó Ibero suspenso, y a su estupor siguió un mohín de incredulidad. «Entiendo -les dijo-, que no es este el primer soplo que a Buenavista llega. Don Juan no hace caso. Confía en su buena estrella, y en lo que hemos dado en llamar hidalguía del pueblo español. Por lo que he podido observar, más teme por don Amadeo que por sí mismo... Pero, en fin, debemos dar curso a estos avisos por lo que pudiera tronar. Decidme ahora por qué conducto ha llegado a vuestras manos este papel... Noto que la escritura es tuya, Vicente.
-Escribí los nombres al dictado -replicó Halconero-. El apuntador ha sido un amigo nuestro llamado Segismundo García. Si mi escritura me compromete, acepto la responsabilidad de la delación... Por el honor nacional doy la cara en este asunto... Yo acuso de tentativa de asesinato a los que están en esa lista.
-El delator -dijo Bravo- es un amigo a quien queremos mucho, perdonándole sus extravagancias, su vivir de bohemio en contacto con la ínfima plebe. Es hombre de talento extraordinario, nutrido por copiosas lecturas; pero en él distinguimos el hervor paradójico, la brillantez retórica y el flujo de originalidad, del sentido moral y de la rectitud del corazón».
Hechas estas manifestaciones, los amigos saludaron a las damas y señoritas, y con Ibero volvieron a la calle. Este subió a Buenavista por la rampa de la calle del —301→ Barquillo, y los amigos se reunieron con Segismundo, que les esperaba en la Plaza del Rey. Vestía el bohemio la ropa de Vicente, ya mal traída y afeada por manchas y algún siete. «He cumplido un deber de conciencia -les dijo, andando los tres hacia la calle de Alcalá-. No sé si entramos en el período épico, o salimos de una epopeya fallida, de un mal ensayo con chambones y héroes de la legua. Os confieso que estoy desorientado, y no sé si esto acabará en novela por entregas, o en diálogos filosóficos en el estilo del nuevo Platón, alias Roque Barcia.
-Has hecho muy bien -dijo Vicente- en traernos esa lista, que hacemos nuestra. Si algo temes, escóndete. Vente a mi casa. Los diez de la lista dormirán esta noche en la cárcel.
-De veras os digo que el elemento trágico traído a la Historia de España por esos Brutos de tan baja calidad, no entra en mis sentires de poeta histórico. De otro modo han de ser las tragedias. Danton y Robespierre me aterran, pero no me repugnan. Son la tempestad que purifica, no la alcantarilla que retrotrae sus aguas inmundas para verterlas sobre la sociedad. He delatado por vergüenza revolucionaria. Y ahora, mis queridos amigos, no me tildéis de pusilánime si os digo que abandono mi albergue de La Lechuga y mi pesebre de Botoneras para volverme a mi Corinto de abajo, al amparo del buen Cantera y de mi morcón —302→ tutelar la Señángela... Me hago la cuenta de que salvar una vida da derecho al sueño tranquilo. El ansia de paz y del dormir largo y sin visiones lúgubres me ha llevado de nuevo a la vertiente Sur... Dejadme correr hacia allá, que hoy he mandado con un mozo de cuerda mis pobres bártulos, un cofre con más libros que ropa, y quiero ver si han llegado felizmente las únicas riquezas que poseo... Adiós. Si esta noche o mañana tuviera que comunicaros algo nuevo, iré a tu casa, Vicente... y no dejéis hoy de la mano el asunto de la lista, que en estas cosas un minuto de pereza puede traer largos días de lágrimas. Abur».
Partió el pícaro por la calle del Turco, acompañado de Bravo, y Vicente volvió a la casa de su novia, donde había de pasar todo el día. El tiempo no era propicio para callejear. ¡Felices los que libres de cuidados tenían lumbre a qué arrimarse, y corazones amantes que dieran al alma confortante abrigo! A pesar de que la vida del afortunado mortal, hijo de Lucila, se hallaba fuertemente defendida contra la social intemperie, no gozaba el hombre la plenitud de la felicidad. Su salud no era completa; su anemia no estaba vencida; su ánimo, rebelándose a ratos contra las visiones alegres, quería llevarle a una región de sombríos presagios. Ya la boda se había fijado definitivamente para el día de Reyes, y en ambas familias nadie temía la emergencia de nuevos obstáculos.
—303→A la hora del almuerzo, le dijo Ibero que don Juan Prim había leído la nota con indiferencia. Sonrisa de incredulidad acompañó a las palabras con que hubo de ordenar al Subsecretario que pasase la lista al Gobernador. Otra relación semejante, con alguna diferencia en los nombres, había recibido por conducto de Ricardo Muñiz. En el vago interés del General hacia las delaciones, vio Halconero como un desprecio del amaneramiento histórico. Amaneramiento era la repetición pedestre de las amenazas de muerte contra los hombres colocados en la cumbre social. Por lo mismo que estos avisos acusaban una monotonía tediosa en el arte de la Historia, el grande hombre no debía darles la menor importancia. En el curso de los sucesos faltaría toda majestad, si lo que había pasado en diversas ocasiones hubiese de ocurrir siempre. Conviene desconfiar de todo lo que se anuncia y de todo lo que se espera. En aquel caso, lo artístico era pedir al Destino venturas no previstas ni anunciadas por el vulgo...
Nada digno de mención pasó en el resto del día en la feliz morada de los Iberos y Calpenas. El 27 por la mañana fue Ricardo Muñiz a Buenavista, y almorzando con Prim se quejó doloridamente de que el Gobernador no hubiese preso más que a uno de los diez de la lista. El General, con escasa atención en el asunto, le dijo que viese a Rojo Arias y al coronel de la Guardia Civil, encareciéndoles mayor diligencia, y con —304→ su amigo y sus ayudantes se fue al Congreso.
Apurada fue la labor parlamentaria en aquel día. El anterior, 26, partió de Génova la fragata Numancia conduciendo a don Amadeo, y la dotación del soberano popular no había sido aún aprobada por las Cortes. Un orador del grupo de Cánovas, el señor Bugallal, abogado de retóricas difusas y de acentos fiscales que difícilmente llevaban consigo la persuasión, combatió la Lista Civil en un discurso agrio... habló mucho de lo divino, poco o nada de lo humano que se debatía. Le contestó Prim, sacando del alma las heces de su paciencia. Se veía que el hombre anhelaba llegar al fin de una lucha que aun para titanes habría sido fatigosa. Su oratoria fue aquel día seca y dura... Habló después Navarro y Rodrigo, con despejo y firme dialéctica.
En el curso de la discusión, dilatada y sin relieve, no pocos amigos se acercaron al banco azul a saludar al Presidente del Consejo. En el propio sitio sostuvo con este una larga conversación Ricardo Muñiz. Díjole que aquel día, 27 de Diciembre, banqueteaban los masones en memoria de San Juan Evangelista. ¿Qué tenía que ver el santo Apóstol con los caballeros de la Acacia? Nada. La Masonería se congregaba en fiesta solemne dos veces al año: Solsticio de verano y Solsticio de invierno, San Juan Bautista y San Juan Evangelista. El ágape de aquel invierno se celebraba en el Hotel de las Cuatro Naciones, calle del Arenal.
—305→Prim había ingresado recientemente en el Gran Oriente Nacional de España. Diéronle el cargo de Portaestandarte del Supremo Consejo de la Orden. Su grado era el 18, con título de Caballero Rosa Cruz. Al darle cuenta de la solemnidad masónica de aquel día, Muñiz le encareció la necesidad de honrarla con su presencia. Prim se mostró indolente, poco propicio a conceder a tales comedias el poco tiempo de que disponía. «Fíjese, Ricardo, en que necesito algún reposo. Llevo una vida que no es para llegar a viejo. Mañana sin falta saldré para Cartagena a recibir al Rey, que ayer partió de Génova. En el Ministerio tengo mil asuntos que debo despachar entre esta noche y mañana. Vaya usted al banquete; discúlpeme con estas razones, y con otras que a usted se le ocurrirán...». Insistió Muñiz en que fuese, aunque su visita no durara más que algunos minutos. La asistencia del grande hombre sería muy grata, etc... En esto quedaron, y poco después se levantó la sesión. La Lista Civil fue aprobada por 115 votos contra 8. Para todos fue como el despertar de un mal sueño, y en Prim se pudo advertir la sensación de un descanso inefable.
Requerían los diputados sus gabanes o capas para echarse a la calle, que la noche se presentaba en extremo glacial, noche de infinita soledad y tristeza. Por las calles desiertas discurrían a escape las contadas personas a quienes alguna obligación ineludible lanzaba de sus hogares. Los coches rodaban —306→ sin ruido sobre un suelo acolchado de fango y nieve. En el arroyo, las ruedas dejaban paralelas serpenteantes; en las aceras, las huellas impresas a compás de andadura parecían marcar el paso de seres invisibles. La atmósfera era una opacidad quieta y lechosa que rodeaba de nimbos las luces próximas y desvanecía las lejanas en dudosas penumbras. Ruidos de la calle: un ligero roce de algodones que al ser comprimidos crujían como el serrín...
Interior del Congreso: el Conde de Reus hablaba en el pasillo curvo con Rojo Arias, Gobernador de Madrid. ¿Le recomendaba que pusiera pronto en recaudo a los hombres de la trágica lista? Es probable que así fuese, y también que el flamante Gobernador, guardándola en su bolsillo, dijera que se ocuparía del asunto... todo ello sin precipitación, y estudiando los antecedentes de cada individuo, para que no se le acusara de arbitrariedad... Poco después de esto se vio al General en el pasillo recto, frente a la puerta del salón de Conferencias. Allí encontró a varios federales, con quienes sostuvo un afable diálogo: «Lo que debiera usted hacer -dijo a García López-, es venirse conmigo a Cartagena a recibir al Rey».
Contestaron los enemigos festivamente, y uno de ellos le aconsejó con sincero interés que no confiara demasiado en su buena estrella y se precaviese contra riesgos probables. Otro habló de prontas algaradas, y Prim dijo: «Que haya juicio. Llegado el caso, tendré —307→ la mano dura»... Algunas palabras cambió con Morayta, excusándose nuevamente de asistir al banquete masónico... Aparecieron luego Sagasta y Herreros de Tejada, que habían convenido en acompañar a don Juan al Ministerio. Se encaminaron a la salida por la calle de Floridablanca. En la portería, los ordenanzas y un guardia de Orden Público charlaban tranquilamente, apiñados alrededor de un brasero.
En la calle, el intenso frío no ahuyentó a los desocupados que se recrean viendo el entrar y salir de personajes. Sagasta y Herreros de Tejada subieron a la berlina de Prim; siguioles este, dejándoles los sitios de preferencia. Pero de pronto Sagasta y su acompañante se acordaron de que una ocupación urgente les obligaba a tomar otro rumbo. Salieron; los ayudantes del General, que ya se iban a pie, retrocedieron y entraron en el coche, que al instante partió... Al doblar la esquina de la calle del Sordo, un resplandor súbito iluminó la blancura opalina de la niebla. Uno de los ayudantes miró al través del vidrio. No era nada... Un fumador que encendía su cigarro.
—308→A los pocos segundos, al torcer el coche para entrar en la calle del Turco, surgió otro fumador que daba fuego a su cigarro. Pensó el ayudante que ya eran dos las personas que en tal sitio y en noche tan fría se paraban a encender fósforos. El General iba meditabundo. Pensaba en lo que le habían dicho los federales, interesándose por su vida, que él mismo afectaba despreciar. No debió de ahondar mucho en sus reflexiones, porque ya próximo al extremo de la calle del Turco se detuvo el coche. Había un obstáculo... otro coche, parado y sin cochero. Oyose la voz del de Prim que clamaba contra el estorbo. En el momento mismo, el ayudante gritó: «Mi General, agáchese, que nos hacen fuego». Al través del vidrio empañado vio, o antes sintió que vio, el súbito peligro. A un golpe de fuera saltó en pedazos el cristal del lado derecho, y por el hueco entró, con un hierro en forma de trompeta, un estruendo aterrador. El General quedó herido en la mano derecha con que empuñaba el bastón.
Antes que pudieran protestar de la barbarie, estalló el vidrio por el otro lado. Una voz tabernaria, infernal, gritó: «¡Fuego! ¡Prepárate; vas a morir!». Dos, tres, cinco disparos descargaron dentro del coche sin fin —309→ de postas y hierros de metralla... El cochero fustigó furioso a los caballos, para zafarse de la horrible visión de los hombres que dispararon sus trabucos. Vio cinco, seis, repartidos en los dos costados. Vestían largas blusas. Palabras soeces, horrorosas blasfemias, eran la repercusión de los disparos... En segundos pasó todo: la descarga, el piafar de los caballos, el arrancar de estos con arrogante fiereza invadiendo la acera, el encontronazo con el coche parado, la rauda salida a la calle de Alcalá tomando la dirección de la rampa de Buenavista...
El carruaje fusilado llevaba en su interior sangre, silencio y el estupor trágico, que aún no daba paso al claro conocimiento del hecho. Subiendo la rampa empezaron las voces a manifestar las impresiones... «¿Herido?... No será nada. ¡Canallas!». Prim echó las llaves a su palabra. Manteníase derecho, mirando a los oficiales y soldados de la guardia que, al ruido de los trabucazos, salieron a ver qué ocurría. Alguien dijo: «Nada... unos miserables... tentativa de agresión...». El coche entró en el portal. Un oficial abrió la portezuela. Salió Prim con bastante agilidad y rostro ceñudo, sin hablar con nadie; se dirigió a la escalera privada y subió agarrándose al pasamanos, que dejó manchado de sangre. Contestaba con frase cortante a los que bajaron a su encuentro.
Al pronto se creyó que el General no tenía más herida que la de la mano derecha, bien manifiesta por la sangre que de ella —310→ corría. Al llegar arriba, la Condesa de Reus salió consternada. Su esposo le dijo: «No me toques... Estoy herido...». Fijáronse todos en el hombro izquierdo... Por la inmovilidad, por las señales de intenso dolor, por la sangre que empezó a calar la ropa, comprendieron que había en aquella parte gran destrozo... Pasaron silenciosamente a la alcoba del General. Este se sentó en una silla. El primer impulso fue acudir con pañuelos, con agua templada, con frases cariñosas... Siguió a esto la natural confusión, la febril impaciencia: «Losada, Losada...», y en otra parte: «Ledesma, Ledesma...».
Lentamente recobró sus fueros el método normal... Y a cada instante llegaban amigos, según se iban enterando del grave suceso. Uno de los primeros fue Muñiz, que había ido a la fonda de la calle del Arenal, donde se celebraba en santa paz el convite masónico. Presidía el ágapedon Clemente Fernández Elías, y el ritual de la Orden escrupulosamente se observaba en todos los pormenores del festín, así en la disposición de las mesas, como en el detalle de colocarse los comensales las servilletas en el hombro izquierdo. Primero Muñiz, luego Morayta, dieron cuenta de la bien motivada abstención del General, lo que desconsoló a todos; y aunque ambos dejaron entrever la posibilidad de que el Caballero Rosa Cruz asistiese por breves minutos, nadie esperaba verle aquella noche. Ya habían empezado las salvas, cuando entró un militar masón, —311→ y habló al oído del Venerable Presidente. Este palideció. Diríase que su estupor le privaba del uso de la palabra... Una onda de ansiedad suspicaz corrió de mesa en mesa. El señor Elías escribió algo en un papel, y alargó este a los comensales más próximos. Cuantos leían, quedaban suspensos y aterrados, y la general incertidumbre aumentaba. Por fin, el Venerable, sacando fuerzas de flaqueza, se puso en pie, y con voz de intenso duelo pronunció estas palabras: «Hermanos... imposible callar. No puedo ni debo ocultaros la verdad terrible. El hermano Prim ha sido asesinado».
Levantáronse todos de golpe, como a impulso de una sacudida telúrica, y confundidos el lamento y la protesta, los elementales sentimientos humanos ahogaron el sentido masónico que a tanta gente congregaba. Se acabaron las salvas; la pólvora quedó en los cañones o vasos ociosos. Todos mostraban honda pena, y los militares, que no eran pocos, añadían a la pena, la ira y el deseo de venganza. La dispersión fue instantánea. Los más acudieron a Buenavista.
A las diez, en el salón grande del Ministerio y en el despacho, recientemente decorados por el General Prim con exquisito gusto suntuario, apenas cabía la muchedumbre que acudió a condolerse del salvaje crimen y a maldecir a sus autores. Los amigos íntimos, como Damato, Muñiz, Moreno Benítez, y los funcionarios de la casa, Azcárraga, Sánchez Bregua y otros, pasaban a las estancias —312→ interiores y volvían con noticias que interpretaban en el sentido más favorable. «Losada y Vicente han hecho la primera cura. Las heridas del hombro izquierdo son las de más importancia; pero, según parece, no comprometen la vida del General...». El ayudante Nandín, que se aguantó largo tiempo con la mano herida envuelta en un pañuelo, fue conducido a la Casa de Socorro... No cesaba el ardiente comentario del suceso. Moreno Benítez y Ricardo Muñiz declaraban que al entrar don Juan en su residencia, dijo a su esposa y a los amigos: «Oí su voz bien clara...».
Prim fue acostado después de la cura. La Condesa de Reus y contadas personas de la intimidad política del héroe, no se apartaban del lecho. Aunque los médicos habían recomendado el reposo y el silencio, era forzoso tratar sin demora de una cuestión de suma gravedad. Imposibilitado el Presidente del Consejo para recibir al Rey, que habría de llegar a Cartagena el 29, ¿quién desempeñaría misión tan alta? Serrano, sentado a la cabecera del lecho, propuso la cuestión a Prim, a Topete y a dos amigos presentes. Nadie osaba pronunciar una palabra en tal asunto. Rogó Prim al Regente que decidiera, como primera autoridad del Reino en los confines de la Interinidad a punto de extinguirse. El Duque de la Torre, que en todo el tiempo de la visita no acertó a disimular su tristeza y consternación, dijo a Topete con una mirada y un apretón de manos —313→ cuanto podía decirse en trance tan crítico, impropio para discusiones de palabra.
¿Con qué cara iría Topete a recibir a un Rey a quien había negado su voto? Esta cuestión peliaguda, insoluble para espíritus de bajas miras, la resolvió el hombre generoso y bueno, el heroico soldado de mar, con un gallardo arranque de su corazón, desoyendo cuantas sutilezas pudiera sugerirle el pensamiento. Los tres caudillos de la Revolución de Septiembre, separados por distintos criterios en las postrimerías de la Interinidad, se unían de nuevo lealmente, como en los comienzos de ella. Accedió Topete a partir para Cartagena, y lo hizo casi sin articular palabra; asintió, más que con la voz, con el gesto y un palmetazo en el hombro de Serrano, mirando al General herido, a quien no podía estrechar ninguna de las dos manos. «Don Juan -dijo al fin, empañada la voz-, esté tranquilo. Yo traeré al Rey... No tema nada. De que le traeré bueno y sano, respondo con mi cabeza. Restablézcase pronto... y que al volver de este viaje le encontremos a usted tan animado como le vi en el puente de la Zaragoza».
Y Prim, inmóvil, pues sus vendajes le tenían como una momia, le contestó: «Amigo del alma... yo no dudaba que usted me sacaría de este mal paso... Dios se lo pague...». Con Serrano habló luego un instante, mostrándose uno y otro más tranquilos. «Creo que saldré de esta -dijo Prim... Y Serrano: «Para mí es indudable. Quietud, —314→ amigo. No pensar más que en remendar la pelleja, y adelante con ella. Yo pienso que nosotros tenemos siete vidas»... Y Prim: «Yo he contado siempre con setenta. Adiós. Descansar».
Topete, al salir de la alcoba, se pasaba la mano por los ojos. Era hombre de corazón tan grande, que por no temer nada, no temía que le vieran llorando. Grave y silencioso salió Serrano, queriendo engañar con vaticinios consoladores su pesimismo... Para sí, muy para sí, pensaba que la nave de la Revolución de Septiembre había encallado.
Antes de media noche contaba Muñiz en un corro de amigos, entre los cuales se encontraba Santiago Ibero, que él, por sí y ante sí, después de presenciar la cura del herido, había visitado al primer operador de España, don Melchor Sánchez Toca. Y oídas las impresiones del amigo, opinó el maestro que urgía la inmediata decolación del brazo izquierdo. De esto trataron los íntimos; pero ninguno se atrevió a proponer el caso a la familia, pues a la Condesa de Reus se había dicho que las heridas no eran de muerte, y la Facultad no consideraba precisa la intervención quirúrgica... Muñiz y Moreno Benítez resolvieron quedarse hasta el —315→ día; otros se retiraron a distintas horas de la noche.
A su casa llegó Ibero entre doce y una. Toda la familia velaba, anhelando noticias auténticas y dignas de crédito, pues en el curso de la noche habían llegado referencias distintas, las unas tranquilizadoras, las otras alarmantes. El Coronel adoptó un justo medio para informar a los suyos. Juanita no cesaba de atisbar desde la ventana de Levante, y cuando vio que de los balcones de la alcoba del General desaparecía la luz, por haber cerrado las maderas, dio por seguro que el león dormía tranquilamente.
Halconero, presente en la mansión de Calpena desde media tarde, no quiso retirarse a la suya sin noticias fidedignas. Hallábase afectadísimo, profundamente lastimado en su corazón, y se condolía de que el Gobernador y el Coronel Valencia tomaran a broma el aviso que se les dio con los nombres de los asesinos. Tal abandono era un nuevo crimen, o un reverso del acto criminal, y merecía castigo severo... El tiroteo de la calle del Turco se oyó en la casa cuando se disponían a sentarse a la mesa. El primer tiro retumbó en el cerebro de Vicente, dejándole aterrado y sin habla. Oyó los cinco restantes con el mismo estupor. Pilarita y los demás de la familia se estremecieron del susto. Todos se manifestaron con una interrogación angustiosa, y Vicente recobró así la palabra: «Han matado a Prim».
Dudas, ansiedad... Ibero corrió a Buenavista. —316→ Pronto se supo por diferentes conductos la verdad... Esta siguió entrando en la casa con versiones que variaban desde la extrema levedad a los augurios más desconsoladores. Halconero se resistió a comer, por el estado de su ánimo. Decía que el primer tiro fue para él siniestra repetición del trabucazo que le dejó tendido entre los cajones de la Plaza de los Mostenses... el mismo son simultáneo de campanas, con honda quejumbre que rompía el tímpano y el cráneo... Por un segundo fue víctima de la terrible sensación, y habría caído al suelo si los tiros siguientes no le trajeran a la realidad... Pilarita intentaba distraer a su prometido, y llevarle a la serena apreciación de las cosas; mas todo era inútil, y acabó ella por trastornarse también y ponerse un poquito trágica.
Ya era más de la una cuando el joven se decidió a volver a su casa. Fue con él don Fernando, por no dejarle solo con la turbación que padecía, y el coche hubo de tardar lo indecible por el cuidado y entorpecimientos de la nieve en las calles. Ardiendo de impaciencia esperaba la madre; retirose Calpena deseándoles descanso y buen dormir, y Lucila trató de que su amado hijo se recobrase de la tremenda emoción. Reduciéndole a meterse en la cama, la celtíbera combatió como pudo el prurito de hablar sin término, de referir el suceso, y condenar con atropellada indignación el descuido de las autoridades y el escandaloso alejamiento de —317→ la policía. Y cuando parecía dar fin a su relación y comentarios, empezaba de nuevo. Hasta el alba estuvo a su lado la madre, y no se retiró a su aposento sino cuando el adorado hijo, rendido al desgaste físico, cayó en profundo sopor.
Por la mañana, Bravito, llamado por Lucila, acudió sin tardanza. Vicente había dormido unas cuatro horas, con sueño intercadente. Despierto, le atacó de nuevo la verbosidad, ya con persistencia en una sola idea, que era la de hacer públicos los nombres de los asesinos y de pedir para ellos perentoria justicia. Como su madre y Enrique le dijesen que mirase bien lo que hacía, pues su boda estaba señalada para Reyes, y no le convenía distraerse de aquella obligación sagrada, contestó muy serio: «Madre y amigo, el casarme es asunto de dos personas, Pilar y yo; y el reclamar y obtener justicia, no sólo a dos familias afecta, sino a toda la Nación, y a la Humanidad entera.
Por precaución, y esperando que el aislamiento le calmase de aquella inquietud, Lucila le mantuvo encerrado en casa todo el día 28. Creyó Enrique ponerse a tono con la madre aguando el vino de la tragedia, y aseguró que las noticias del día eran plenamente satisfactorias. La Iberia, en un artículo truculento contra los matadores de la Libertad, decía que las heridas recibidas por el General no eran de cuidado.
El 29 mostrose Halconero más tranquilo; —318→ pero Lucila decretó un día más de encierro. Por la tarde presentose Segismundo en la casa, cuando menos se le esperaba. Los tres amigos hablaron del suceso con calor, y enaltecieron la figura del mártir, a quien un corto número de hombres fascinados y delirantes querían cerrar brutalmente el paso hacia el coronamiento de una empresa política. Si a todos no era grata tal política, merecía respeto por el brío y la perseverancia que Prim había puesto en ella. De aquí pasaron al examen y expurgo de la lista de facinerosos, que intentaron cambiar el rumbo de los destinos de España con feroz dentellada más propia de tigres que de hombres.
Rompió luego Segismundo el freno de su sinceridad, y sin preparación alguna nombró a los bárbaros de la calle del Turco. «No hay ni mediana paridad -dijo Halconero- entre esos nombres y los que traía la lista... Aquí tengo la copia, que para mi uso particular guardé». Sacó del bolsillo el papel, y examinado por el pícaro, dictó este a su amigo la rectificación, quitando dos nombres y sustituyendo otros dos por nombres nuevos. Total: ocho. Y luego que se hizo la enmienda, añadió estas palabras, dictadas por la radical convicción de lo que decía: «Ahora tienes completo y exacto el personal de la tragedia, cuyo desenlace ignoramos aún. Ahí verás al capataz de los bandidos; ahí los dos fosforeros, el del coche, y los cinco que dispararon sus retacos dentro de la berlina... —319→ ¿De dónde salieron preparados para dar muerte a don Juan? Lo sabrás todo. Lugares y personas tienen igual importancia. Entre dos luces partieron de la taberna de Botoneras, llevando su plan bien maduro, contados los pasos que habían de dar. Seguros iban de la indolencia de la policía y de la ceguera de las autoridades. Podían despachar su obra en cómodas tinieblas, en un escenario admirable para trabajar a mansalva, sin ningún peligro. Un solo contratiempo temían: que la víctima no pasase aquella noche por la vía más breve entre su palacio y el de las Cortes. Pero si pasaba, como siempre inerme y descuidado, no había de salvarle ni la Paz y Caridad.
»Salieron uno por uno del escondrijo de Botoneras, tomando distintas direcciones, bien calculados tiempo y distancias para reunirse en el Prado. Llevaban los más blusas largas; dentro de estas, los retacos... Unos subieron a la calle del Turco por la de la Greda, otros por la de Alcalá. Como habían de esperar a que terminase la sesión de las Cortes, entraron algunos en la taberna del Turco con disimulo de sus inicuas intenciones; su lenguaje fue jovial y totalmente extraño al asunto. Los demás divagaban por las proximidades andando a prisa, no como quien se estaciona, sino como quien pasa de largo... Con hábil estrategia, semejante a la de los ladrones, se juntaban para cambiar el alerta en espera del aviso. Este llegó comunicado por un sencillo telégrafo —320→ de fósforos encendidos en la obscuridad, y... lo demás pertenece a la historia visible y pública.
»Al General le ha perdido la vanagloria de su valor. Si hubiera dejado entrar en su alma un poco de miedo, ordenando que custodiara la calle una pareja no más de la Guardia Veterana, a estas horas estaría tranquilamente en Cartagena, sin otra inquietud que la de si aparecía o no en el horizonte la fragata Numancia. La bravura temeraria salva en unos casos a los hombres, y en otros los pierde. La hombrada de los Castillejos dio a Prim fama, gloria, tras de las cuales vino el caudillaje de las multitudes, el poder revolucionario, el poder de gobierno... Los hombres se endiosan por el éxito, y en el delirio de su soberbia llegan a desconocer que si en largos días no los vence la legión de enemigos descubiertos, en cinco minutos puede vencerlos y aniquilarlos la cobardía traicionera y enmascarada. En el escenario militar de África y en el teatro político de Madrid, triunfa el hombre valiente y sagaz, y en un paso estrecho y obscuro, media docena de bárbaros en acecho acaban con él y con sus ideas altas y generosas».
Dicho esto, el pícaro y bohemio abandonó a sus amigos alegando la necesidad de consagrarse a las ocupaciones que eran el nervio de su existencia. Su próvido cliente don Trinidad le apremiaba para que se pusiese al telar, pues los pueblos, ante el advenimiento —321→ de un Rey excomulgado, pedían actos de fe y el consuelo de la santa cátedra. «Me da en la nariz -dijo Segismundo al salir-, que viene a escape una época en que veremos muy floreciente la industria sermonera o sermonaria, y yo, que de ella vivo, quiero sostener, y si fuere posible, aumentar mi honrada parroquia».
Quedó Halconero, con la visita y referencias de Segismundo, más caviloso que antes estuvo, y más aferrado a la idea de lanzarse a la palestra de la Verdad como paladín de la Justicia. Guardando cuidadosamente en su bolsillo la corregida nota de los matachines de la calle del Turco, expresó con grandísimo tesón su propósito de acusarlos a cara descubierta, sacrificando a este deber su tranquilidad, su posición, sus amores, su vida misma si fuere menester. Viéndole tan decidido y ardoroso, Lucila pensó que sería peor contrariarle, y así lo dijo secretamente a Bravito cuando en la puerta le despedía. Toda la tarde y parte de la noche persistió Vicente en su temeraria idea, sin que de ella pudiese apearle ni el propio don Ángel Cordero con sesudos y amenos divagares sobre la economía y administración aplicadas al arte de pastorear a los pueblos. A media noche se durmió; junto al lecho observaba Lucila con atento amor las intermitencias del sueño del amado hijo. Retirose al tener certeza de que había caído en un dormir profundo. La estancia quedó alumbrada por una mariposa —322→ puesta en el gabinete próximo, frente a una imagen de la Virgen; la tenue llamita de la candileja proyectaba sobre el cuadro religioso extrañas claridades, que en unos puntos fingían figuras alargadas, y en otros sombras contraídas.
Media hora estuvo Lucila ausente de la habitación. Apareció de nuevo en ella, abriendo con lentitud la puerta para evitar el ruido. Venía mal cubierta de un manto, como persona que abandona su lecho para poner en ejecución una idea súbita, quizás una idea olvidada. Traía la cara trágica; podía ser comparada con Lady Macbeth cuando, en su vagar sonámbulo, intentaba lavar su mano de una mancha indeleble. Mas no era esta la intención, no era este el estado anímico de la noble señora en aquel instante, como se verá por la narración fiel de lo que hizo en la estancia donde su primogénito dormía.
Pasito a paso se acercó al lecho; sus pies descalzos no levantaban ni el más ligero ruido en la blanda alfombra. Observó a Vicente dormido, y llegándose a donde había dejado su ropa, la reconoció con dedos sutiles hasta encontrar el bolsillo en que guardaba el censo de asesinos. Suavemente lo sacó, poniendo en el mismo sitio otro papel que a prevención llevaba. Con el mismo andar de diosa o figura evocada por un ensueño, pasó de la alcoba al gabinete, y llegándose a la mesa en que estaba la candileja, miró la lista que llevaba en la mano, y segura de —323→ que no se había equivocado, acercó una de las puntas del papel a la lucecita que ardía sobre un disco de corcho, flotante sobre el aceite. El papel cogió lumbre. Viéndole arder lentamente, la señora de trágico rostro así pensaba: «Para nada sirve este infame papel, como no sea para trastornar a mi querido hijo y apartarle de su felicidad y de sus deberes. Quémate, lista criminal; quemaos, nombres de bandidos. ¡Lástima que con vuestros nombres no ardan también vuestras personas!... Descifren el acertijo los que tienen el deber de hacerlo; descubran los jueces lo que haya que descubrir, y queden los inocentes apartados de esta infamia. Ya se ha visto que no hay aquí policía ni autoridades previsoras. Para saber que tampoco hay justicia, no es necesario que este pobre hijo mío comprometa su nombre honrado y sacrifique sus días dichosos. Asesinos, pasad ignorados a la posteridad, y que esta pueda maldeciros sin conoceros».
El papel, invadido por la llama, se ennegrecía y enroscaba como cuerpo vivo sensible a los efectos de la combustión. La celtíbera no lo soltó de sus blandos dedos hasta que estos sufrieron el ardor de la quemadura. Recogidas las cenizas, las arrojó en un —324→ cubo de agua, donde se deshicieron como saliva escupida en el mar... El papel que introdujo la buena madre en el bolsillo de Vicente, en sustitución del papel sustraído, era una carta que Pilar escribió a su novio aquella noche, expresándole su cariño con la ingenuidad más intensa, suplicándole además que por amor de Dios y de ella se abstuviera de comprometer nombre y persona en enredos de Justicia.
Lo que se ha referido pasaba en la madrugada del 30 de Diciembre, día que amaneció risueño y claro para los que en Buenavista seguían con ansiosa expectación el curso de la dolencia traumática del General Prim. Este había pasado la noche muy tranquilo, y de su sueño despertó con ganas de hablar, que todos interpretaron como ganas de vivir. La noticia de la mejoría salió a correr por Madrid, llevando alegría y esperanzas a todo el vecindario, y lanzada después por el telégrafo a ciudades y pueblos, difundió las albricias por España entera. A pesar de esto, se prohibió severamente la entrada en la alcoba, sin otra excepción que la de los amigos y familia que turnaban en velar al enfermo. Tenía el General su cabeza tan despejada, que de todo quiso informarse, y aun apuntó disposiciones acertadísimas, proyectos que había de realizar en cuanto el Rey llegara.
Ya el día anterior, 29, había presentado síntomas de mejoría por la remisión natural de la fiebre. Pudo resistir la emoción de —325→ la despedida de Topete, que partió aquel día para Cartagena, revestido de la autoridad de Presidente del Consejo. Conoció y alabó la composición que en momentos tan angustiosos se dio al Ministerio. Sagasta había vuelto a Gobernación; Topete se encargó de Estado con la Presidencia, y Ayala entró en Ultramar. Asimismo tuvo Prim suficiente claridad mental para informarse de la interesante sesión del 28, y del hermoso arranque de Topete, que supo expresar su pensamiento y noble actitud con sublime elocuencia; pudo conocer las protestas contra el hecho de la calle del Turco, formuladas por amigos y adversarios, y las disposiciones y acuerdos de las Cortes para mantener el orden material en días de tanta inquietud y amargura.
No todos los que de cerca observaban y asistían al herido se hallaban conformes con las noticias optimistas que a cada instante eran lanzadas al público, ni creían que en caso de tal importancia debía ser engañado el país con piadosas mentiras. El Ministro de Hacienda, Moret, pidió que no se diesen noticias sin el refrendo de la Facultad, y el Gobierno acordó en la mañana del 30 que así se hiciera... En las rampas de Buenavista, por Alcalá y el Barquillo, se estacionaba mañana y tarde el pelotón de gente ociosa y compasiva que infaliblemente, desde que el mundo es mundo, monta la guardia pública a la vera del suceso trágico.
Salía Ibero de Buenavista, y al tomar la —326→ bajada del Barquillo fue detenido por una mujer que del pelotón salió a cortarle el paso. Desagradó al caballero la presencia súbita de Rafaela Milagro (pues no era otra la mujer aparecida), con quien tuvo algo que ver en días anteriores a su casamiento con Gracia. Alguna vez habíala visto en Madrid, pasando de largo, sin hacer caso de las miradas de ella, que pedían saludo y conversación. No pudo don Santiago librarse aquel día del repentino encontronazo, y si este no le satisfizo, menos le agradó el oírse tuteado familiarmente en cuanto abrió su boca la dama errante de antaño. «Dispensa que te detenga; pero te veo salir de Buenavista... Traerás noticias frescas de ese pobre señor... ¿Cómo está? ¿Es cierto que ha mejorado de ayer a hoy?».
«Tanto ha mejorado el General -replicó Ibero con propósito de limitar a lo preciso la contestación-, que creemos asegurada su vida...». Y la ecuménica, componiendo su rostro con guiños y muequecillas coquetiles, para que Santiago recordase los tiempos en que la llamaban perita en dulce, habló de esta manera: «Aunque no es santo de mi devoción, me alegro... Viviendo, tendrá espacio su alma para el arrepentimiento... Ya sé que hoy eres su amigo. No vienen esas amistades de muy atrás, porque este Prim pasaba por moderado y enemigo del Regente, cuando tú, Santiago Ibero, fusilaste al pobre Montesdeoca en la Florida de Vitoria...».
—327→Frunció el ceño Santiago y revistió su rostro de amargo desdén al oír el intempestivo recuerdo. Quiso dar por terminada la conversación, cuando se acercó la fantasma o estantigua mayor, que había permanecido alejada de su compañera. La huesuda y feroz Domiciana, cabeza principal de la triple Hécate, metió su viperina palabra en el coloquio con estos lúgubres conceptos: «¿Y dice usted que está mejor? Lo siento, porque esa es la mejoría de la muerte. Al verle a usted pasar tan aprisa, creímos que iba en busca del confesor... No está bien que le detengamos... Vaya, vaya pronto, que si no trae en seguida al médico del alma, podría llegar tarde...».
- XXXI -
De mal talante se apartó Ibero de las malditas cornejas, y procurando olvidar los lúgubres vaticinios, fue corriendo a su casa, ganoso de llevar a la familia las felices nuevas. Sin tardanza volvió al Ministerio, y apenas entró en la alcoba donde el General yacía, pudo advertir en las caras de los amigos presentes que las impresiones lisonjeras habían cambiado en el corto tiempo de su ausencia. Había dejado al héroe incorporado en su lecho, y le encontraba rígidamente tendido en todo su largo, la cabeza —328→ hundida en las almohadas. Habíale dejado parlero y casi jovial, y le encontraba con la cara intensamente terrosa, la mirada fija en el techo con atención incierta. No hizo el Coronel a los circunstantes pregunta alguna. Todos miraban al General, esperando que hablase. Al fin el héroe y mártir dejó caer de sus labios una vaga pregunta: «¿Qué hora es?». Contestáronle que habían dado las doce, y el silencio volvió a posesionarse de la triste y amarilla estancia.
Pasado un rato, la misma pregunta del General rasgó el silencio: «¿Qué hora es?». Le respondieron agregando a la cifra anterior lo que aumentado había el paso inexorable del tiempo... Ya no dudó nadie que en el cerebro del General se iniciaba la somnolencia que conduce al eterno dormir; y cuando por tercera vez dijo con mayor desmayo y terneza de la voz: «¿qué hora es?» el terror cundió por toda la casa. Síntomas tristísimos no tardaron en presentarse, y la Facultad acudió a ellos con remedios que sólo servían para disimular la inmensa gravedad. Aumentó la fiebre, y en el ardor de ella el General tuvo un momento lúcido para preguntar con voz entera si había llegado el Rey a Cartagena; y como le contestaran que si, lanzó de su pecho un descomunal suspiro. Fue sin duda el delantero que abría paso para la salida del alma. Pasó un rato angustioso, hasta que la noticia que habían comunicado al hombre de la Revolución tuvo de boca de este un fúnebre comentario: —329→ El Rey ha llegado, y yo... me muero.
¡Triste síntesis de la vida de España en aquellos turbados años! ¡Tanta energía y acción tan formidable concluidas en un cruce irónico del triunfo y la muerte! Llevaron apresuradamente al doctor Sánchez Toca, que no hizo más que verle, y salió diciendo: «Me traen a ver un cadáver... Ya no hay nada que hacer...». Anocheció. Las últimas claridades de un día velado y lacrimoso se despidieron del aposento amarillo en que acababa sus horas el que unió su nombre a la más amada idea del siglo: Prim Libertad. Lámparas nocturnas alumbraron la inmovilidad del moribundo y el dolor de los suyos. En su delirio, el héroe mismo se cantaba sus honras pronunciando a ratos con fuerte voz, a ratos con torpeza balbuciente, este salmo lastimero: «He salvado la Libertad... me muero... ¡Canallas!...».
El grande hombre arrastró sus instantes hasta las ocho y quince minutos, en que expiró. Su figura histórica era la puerta de los famosos jamases, la cual tapaba el hueco por donde habían salido seres e institutos condenados a no entrar mientras él viviera. Muerto Prim, quedó abierto el boquete, y por él se veían sombras lejanas que miraban medrosas, sin atreverse a dar un paso hacia acá. Era pronto para entrar; pero como quedaba franco el camino, ya les llegaría su ocasión. Aquel día, 30 de Diciembre —330→ de 1870, supo España que toda puerta es practicable cuando no hay un cuerpo bastante recio que la tape y asegure... Las devociones reaccionarias y frailunas rezaron por el muerto con esta dulce letanía: «Vivir para volver».
FIN DE ESPAÑA TRÁGICA
Madrid, Marzo de 1909.