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Esteban Echeverría. Nota biográfica

Elena Sansinena de Elizalde




Mi corazón dolorido, ulcerado, gangrenado;
mi corazón soberbio e indomable...



Esteban Echeverría                






Ninguno de nuestros poetas... -dice Pedro Goyena- ha tenido el alma más impregnada de melancolía que «el dulce ruiseñor de los Consuelos», ni ha expresado más fielmente «la angustia de un noble espíritu en una época aciaga y en una tierra cubierta de sombras y humedecida por la sangre de luchas fratricidas».

Esteban Echeverría nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805. De España venía su padre don José Domingo, que en la capital del virreinato se casó con la joven criolla doña Martina Espinosa, muriendo en edad temprana.

En las fangosas calles del barrio del Alto el futuro poeta, llevando bajo la capa su guitarra «oculta como un delito», recorrió en su primera y ardiente juventud -nos dice su mejor amigo y más auténtico biógrafo Juan María Gutiérrez- «los caminos un tanto anchos que las señoras viudas abren comúnmente a sus hijos predilectos».

Esto no fue impedimento para que luego ingresara en el Departamento de Estudios Preparatorios de la Universidad, donde tuvo «por inmediatos maestros de latinidad y de filosofía a dos inolvidables varones cuya voz, apacible y mansa, en uno, ardiente y despreocupada en boca del otro, -escribe Gutiérrez- nos parece escuchar todavía, después de largos años, con gratitud y amor». Fueron ellos don Mariano Guerra y don Juan Manuel Fernández de Agüero.

Contaba apenas veinte años cuando una tarde de primavera, el 17 de octubre de 1825, Esteban Echeverría se embarca para Europa. Viaja a bordo de un bergantín francés la Joven Matilde, «muy hermoso y muy velero», como solían anunciar en las gacetas de Buenos Aires a los barcos que cruzaban el Atlántico. Travesía accidentada, con largas estadías en los puertos de Bahía y Pernambuco, y que termina en la fragata Aquiles que lo lleva hasta el Havre de Grâce, desembarcando en tierra de Francia el 27 de enero de 1826.

En París Esteban Echeverría sigue cursos de historia, de ciencias políticas, de filosofía. Juan María Gutiérrez nos habla largamente de los cuadernos anotados por su amigo «en los cuales -dice- ha consignado el fruto de sus lecturas en filosofía y política, extractando aquello que le ha parecido más vigoroso o más notable de los escritores franceses, desde Pascal y Montesquieu, hasta Leroux y Guizot». Síntesis de esas lecturas fue su libro el Dogma Socialista, que tanto debe a su admiración por Saint-Simón, por el abate Lammenais y por el filósofo y publicista Pierre Leroux. «Como desahogo a estudios más serios me dediqué -escribe el propio poeta- a leer algunos libros de literatura. Shakespeare, Schiller, Goethe, y especialmente Byron me conmovieron profundamente y me revelaron un nuevo mundo...».

Sin embargo no vivió largo tiempo lejos de las orillas del Plata. «Pocas veces -anota su biógrafo- pudo darse una armonía más íntima entre el hombre y el suelo, entre el alma y la naturaleza... como la que existía entre don Esteban Echeverría y el país en donde había brotado a la vida como una planta indígena. Era generoso como la tierra virgen, vasto en sus miras como la llanura, de alma tranquila y tempestuosa a un tiempo, como el mar dulce que tantas veces cantó al rumor de las crecientes que habían arrullado su cuna». En 1830, después de cuatro años de ausencia vuelve a su Buenos Aires natal.


Llegué cuando ya apenas
reliquias miserables te quedaban
del pasado esplendor, y, envilecida
sin rubor arrastrabas tus cadenas.



«El estado degradante en que encontré a mi país -dice en una nota autobiográfica- y mis esperanzas burladas produjeron en mí una melancolía profunda. Me encerré en mí mismo y de ahí nacieron infinidad de producciones de las cuales no publiqué sino una mínima parte con el título de Consuelos, en el año 1834». Luego apareció Rimas, en cuyo volumen estaba incluida La Cautiva.


Era la tarde y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes...



«No tengo la satisfacción de conocer a Echeverría -escribe desde Montevideo Juan Cruz Varela- pero lo amo sin conocerlo desde que leí sus Consuelos. Yo no sé lo que él piensa de mí, pero yo lo cuento entre mis amigos».

En 1837 Marcos Sastre, Echeverría, Alberdi, fundan el Salón Literario «especie de institución o academia libre a donde concurrían a leer, a disertar y conversar, muchos amigos de las letras». «Leíamos de día -anota en su autobiografía Vicente Fidel López-, conversábamos y discutíamos de noche. El célebre Prefacio de Cronwell de Víctor Hugo llamado entonces el nuevo arte poético, el nuevo dogma literario, regía como constitución sobre las ideas; las Palabras de un Creyente de Lammenais, los discursos parlamentarios de Guizot, Thiers, Berryer; la Roma Subterránea de Ch. Didier... Entre ellos había tres que eran los que más nos arrastraban: Lerminier, Pedro Leroux y Sainte Beuve. En el Salón conocí a Echeverría y formé amistad con él. Se anunció la lectura de tres cantos de La Cautiva. El Salón se llenó de gente y Gutiérrez nos leyó esos trozos con énfasis y con elegancia».

«A fuer de padre de la institución Marcos Sastre procura mejorarla y darle un programa de trabajos y publicaciones que, de cumplirse -escribe Alberto Palcos- habrían marcado una época en el desarrollo de la cultura nacional... Descubre en Echeverría aptitudes de conductor intelectual...». «Yo pienso señor Echeverría y me atrevo a asegurar que usted está llamado a presidir y dirigir el desarrollo de la inteligencia en este país. Usted es quien debe encabezar la marcha de la juventud. Usted debe levantar el estandarte de los principios que deben guiarla».

El Salón Literario tuvo pocos meses de vida y el 8 de julio de 1838 surge la Asociación de la Joven Generación Argentina, presidida por Esteban Echeverría, la que años más tarde, en 1846 y en Montevideo, llevará el nombre célebre de Asociación de Mayo.

Esta sociedad tuvo un carácter netamente político, tan contrario a los federales como a los unitarios; buscaba su cauce y origen en la revolución de Mayo. «Los socios de la institución se reúnen en las casas de Posadas y Gutiérrez, en la quinta de los Rodríguez Peña y en otros lugares, entrando y saliendo sigilosamente de dos en dos, a fin de despistar a la policía» -anota Palcos.

En la noche del 23 de junio de 1838 «más de treinta y cinco jóvenes... saludaron con una explosión eléctrica de entusiasmo y regocijo, tanto el discurso elocuente que pronunció Echeverría..., como la lectura que él mismo hizo de las Palabras Simbólicas del credo de la nueva generación» -escribe Gutiérrez, testigo ocular, y vicepresidente de la joven Argentina-. El libro de Echeverría el Dogma Socialista, «no es más que el desarrollo de esas palabras» -agrega don Juan María.

El Dogma apareció por primera vez el 10 de enero de 1839 en las columnas del Iniciador, diario que en Montevideo dirigían Andrés Lamas y Miguel Cañé (padre), con el título de Códigos o Declaración de los principios que constituyen la creencia social de la República Argentina; y meses después, en una edición anónima sin nombre de autor. Más tarde, en 1846, en segunda edición y precedido por una Ojeada Retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año 37, llevará el título definitivo de Dogma Socialista de la Asociación de Mayo.

«El libro de Echeverría o más bien de la juventud que lo adoptó por órgano, -dirá Alberdi en 1851 con motivo de la muerte de su amigo- es el punto de partida de toda propaganda sana y fecunda para estos países. Contiene el credo político con que la juventud de Buenos Aires se preparó a la vida pública en 1837, cuando parecía llegada la hora de sus destinos».

Para Echeverría el socialismo «es el predominio de la sociedad, como conjunto orgánico y solidario, sobre los intereses individuales, de círculo o de clase... -observa Alberto Palcos- es sinónimo o poco menos de social, o mejor, lo social armónicamente desenvuelto, ajustado a un criterio de fraternidad cristiana, de condena para cuanto importe monopolizar la vida económica de la República en pocas manos, y de estímulo de todas las energías sanas, de todas las capacidades útiles. Haberlo proclamado constituye un título lógico de gloria de aquella generación ilustre...».

«Dios, centro y periferia de nuestra creencia religiosa: el cristianismo, su ley» -escribe Echeverría en las Palabras Simbólicas. Y luego: «El honor y el sacrificio, móvil y norma de nuestra conducta social...».

Al escribir el Dogma «tenía el pie en el estribo -anota Juan María Gutiérrez- y puede decirse con entera verdad, que extendía aquel programa notable de problemas trascendentales, calado su poncho de campesino y oyendo el ruido del manotear impaciente de su caballo aguijoneado por los atractivos de la querencia». «La vida de Buenos Aires se iba haciendo intolerable -dirá el propio Echeverría-. La Mazorca mostraba el cabo de sus puñales en las galerías de la Sala de Representantes y se oía doquier el murmullo de sus feroces y sarcásticos gruñidos. La habían azuzado y estaba rabiosa y hambrienta la jauría de dogos carniceros...». Resistiéndose a la proscripción, se refugia en su campo de Los Talas, al norte de la provincia, entre los pagos de Luján y de Giles. «Emigrar -decía- es inutilizarse para su país».

Sobre las antiguas taperas de la estancia de los Echeverría se levantaban unos ranchos «cómodos y bien distribuidos», edificados entre las tunas de España y los talas descoloridos y espinosos «que formaban un bosque de algunas cuadras en donde se anidan bandadas de aves y una especie de gatos monteses grandes y bravos como cachorros de tigre».

«El paraje es desierto y solitario y conviene al estado de mi corazón... Nuestro rancho se pierde en este océano inmenso cuyo horizonte es sin límites...». Y evocando las incomparables noches de la pampa argentina, confesará alguna vez el poeta: «Son las doce... y es la hora en que yo voy, como Ossian, a interrogar mis recuerdos al resplandor de la luna...».

«Por aquellos senderos -escribe Gutiérrez- paseaba nuestro amigo su melancolía y sus sueños la mayor parte del día, revolviendo en la mente el mundo de sus ideas, fraguando sus poemas y dialogando con su corazón sobre cosas pasadas y misterios del porvenir». Allí compuso su poema sobre la Insurrección del Sud y las sentidas estrofas a Juan Cruz Varela, muerto en la expatriación.


¡Triste destino el suyo!
En diez años, un día
no respirar las auras
de la natal orilla,
no verla ni al morir...



Doloroso presagio de lo que fue el propio sino de Esteban Echeverría.

En 1840 la invasión de Lavalle -Libertad o Muerte- lo envuelve y compromete, viéndose obligado a emigrar al Uruguay.

«Uno de nuestros grandes errores políticos y también de todos los patriotas, -escribe años más tarde Echeverría, en carta dirigida a Gutiérrez y Alberdi- ha sido aceptar la responsabilidad de los actos del partido unitario y hacer solidaria su causa con la nuestra. Ellos no han pensado nunca sino en una restauración: nosotros queremos una regeneración. Ellos no tienen doctrina alguna; nosotros pretendemos tener una; un abismo nos separa».

En Montevideo, donde consagra su vida al estudio y a las letras, escribe su poema Avellaneda, el Dogma, un Manual de Enseñanza Moral, el Ángel Caído.

«He encontrado a Echeverría manso varón, como es poeta ardiente y apasionado -escribe Sarmiento-. Su intimidad me ha ahorrado las largas horas de fastidio de una plaza sitiada. ¡Cuántas pláticas animadas hemos tenido sobre aquello del otro lado del río!... no es ni soldado ni periodista; sufre moral y físicamente; aguarda sin esperanza que encuentren las cosas un desenlace para regresar a su patria a dar aplicación a sus bellas teorías de libertad y justicia... Es el poeta de la desesperación, el grito de la inteligencia pisoteada por los caballos de la pampa, el gemido del que, a pie y solo, se encuentra rodeado de ganados alzados, que rugen y cavan la tierra en torno suyo, enseñándole sus agudos cuernos».

«La existencia trabajada de Echeverría no podía ser larga. La sombra de la muerte lo siguió por muchos años; pasó la vida al borde del sepulcro...». Y en frases conmovidas recordará el más grande amigo del poeta, esa su obsesionante despedida «para un largo viaje del cual no volveré jamás», que una y otra vez aparece en su correspondencia.


Morir, sin ser al mundo tributario
quiero, en la noche tenebrosa y fría,
sin que nadie interrumpa su alegría,
morir, como he vivido solitario...



Esteban Echeverría falleció en Montevideo durante el sitio, el 19 de enero de 1851, a los cuarenta y cinco años. «Sus cenizas descansan en tierra extranjera en una tumba ignorada -escribe Martín García Merou- y su nombre glorioso, digno del homenaje de sus descendientes, ha sido buscado inútilmente por ellos entre los restos sagrados de los mártires de la tiranía y de la proscripción».





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