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Embarcado Eusebio, apenas podía ya discernir los más elevados montes de la América desde el alto mar, que con viento fresco la embarcación sulcaba; pero su mente notaba todavía el sitio en que le parecía que dejaba a su amada Leocadia. Ella ocupaba continuamente sus agitados pensamientos; y el temor que sentía al verse llevado de aquellos instables elementos, no era tanto por el riesgo que podía correr su vida, cuanto que con ésta perdería también el adorable objeto que sólo tenía su temor en sobresalto, haciéndole recelar de una hora a otra un naufragio más temible y funesto que aquel de que lo libró la providencia.

Hacíase notable a todos los que conocían la suave serenidad de su rostro, la congoja que lo perturbaba. Hardyl, que más que los otros lo conocía, echó de ver el primero su temor y le aconsejó que dejara la cámara de popa y saliese afuera para que se familiarizasen sus ojos con el embate de las olas, remedio el mejor para hacerle perder el miedo al agua, y que él solo suple a todos los inútiles consejos que se suelen dar a los que temen el mar para que no le teman.

Gil Altano rebosaba ufano de contento al verse en el centro de su profesión, sin haberla de ejercitar por necesidad, haciendo ver a Eusebio la práctica y los conocimientos que había adquirido en la náutica, diciéndole los nombres de los arreos del navío; poniendo otras veces su vanidad en ayudar a los marineros en sus maniobras; lo que contribuía para divagar los temerosos pensamientos de Eusebio, especialmente con los dichos truhanescos y con las narraciones falsas y verdaderas de encuentros de navíos y de batallas navales que le hacía. Juan Taydor estaba por lo común con la Biblia en las manos metido en un rincón, sin cuidar mucho de los cuentos de Altano, que no entendía por hablar siempre con su amo en español.

Duróles varios días el viento próspero que los dejó en pesadas calmas, obligando a Eusebio a recurrir al estudio de la historia, o a la lectura de los autores griegos y latinos a ejemplo de Hardyl que, estando ya sin trabajo, hacía de su lectura en el ocio del viaje su principal ocupación, mientras el viento blando o la tranquilidad del mar se lo permitía. Pero como no hay cosa más mudable que el viento, llegó éste de nuevo, no sólo a interrumpir sus estudios, sino también a desasosegar el ánimo de Eusebio, cuando ya le parecía que comenzaba a perder el miedo al agua.

Montes de negras nubes se acumulaban en la turbada atmósfera; el sol pálido y temeroso, parecía cubrirse de espeso velo para no ver las desgracias que amagaban los elementos. El viento cobraba fuerzas; las más vigorosas amarras vibraban con temblor a sus silbidos; el mar, tanto más embravecido, bufaba y batía con mayor ímpetu la frágil embarcación, cubriéndola de sus olas. Eusebio no puede resistir a tan horrible espectáculo que le presentan los sañudos elementos y éntrase en la popa a molestar al capitán con mil preguntas.

Estaba éste tendido en su asiento apurando una larga pipa; y no haciendo mucho caso de las preguntas de Eusebio, le respondía, sí, no, viniese o no viniese a cuento. Hardyl, que estaba allí ocupado en su lectura, oyendo las preguntas que Eusebio hacía al capitán y viendo la palidez de su rostro, echa de ver el miedo que le sobrecogía, y le dice: Pues qué, ¿también os halláis, Eusebio, con el temor, que en vez de sacudirlo de vos, procuráis fomentarlo? ¿Y lo fomento?, le responde. No hay duda, le dice Hardyl, ¿creéis evitar la muerte por temerla? Venid conmigo, vamos a hacer frente a la tempestad; así disfrutaréis del más majestuoso espectáculo que la naturaleza puede presentar a los ojos de los hombres.

Diciendo esto, se lo lleva al castillo de popa, y haciéndole sentar junto a sí, comienza a mostrarle el cielo cubierto ya de amontonadas nubes, que parecían servir de firme y sólido pavimento al sonoroso carro de fuego en que, montado el Omnipotente y tirado de los dos vientos, caminaba con todo el terrible aparato de su fulminante majestad por la extensión inmensa de las regiones del Olimpo.

Ahora le hacía tender sus impresionados ojos a una y otra parte del mar enfurecido, que parecía reamontonar con porfía en torno del bajel sus irritadas olas para tragarlo, abriéndose en profundos valles para sumergirlo en el abismo. Luego, levantándolo sobre montes de olas más embravecidas, parecía que iba a estrellarlo en las nubes; pero él se abría con obstinada seguridad el camino, contrastado por los embates, como si dominase los elementos, dando argumento a Hardyl para encarecer a Eusebio la poderosa industria de los hombres y para acallar con esto sus zozobras, acostumbrándolo poco a poco a contemplar sin temor el rápido curso del navío, que avasallaba los mismos peligros que le cercaban, caminando sobre ellos como sobre el más firme pavimento.

Mucho más que las razones de Hardyl contribuía para sosegarlo la intrépida desenvoltura de Gil Altano, viendolo Eusebio discurrir sin temor por las entenas, plegando o desplegando velas con los otros marineros, y que decía gritando: Dure este bullicioso amiguito tres días más y sobre mi palabra que avistemos a Inglaterra. ¿Pues qué, es viento favorable?, le pregunta Eusebio en voz alta desde la popa. Y cómo si lo es; ¿no ve usted, mi señor, que caminamos más de cien leguas por hora? Eso si que no lo veo, dice Eusebio. Pues suba vmd. aquí arriba y lo verá, le responde Altano, poniéndose caballero sobre una entena y asiéndose de un envergue, lo arreaba con los chasquidos de la boca, como si fuera una cabalgadura. Cien leguas por hora no, dijo entonces Hardyl a Eusebio; pero que caminamos bien no hay duda.

Con esto, en medio del resto del temor que le quedaba a Eusebio, ya casi deseaba que el viento que antes temía, durase el tiempo que Altano pronosticaba. Pero al otro día, todo aquel inmenso y temible aparato de nubes, vientos y tempestad, desapareció enteramente, quedando despejada la atmósfera para recibir el sol con toda su alegre y esplendorosa majestad; y aunque el viento no era tan recio, continuaba en serles favorable, persistiendo así, ya más ya menos, por algunos días, hasta que un grumete avisó desde la gavia que descubría la Inglaterra.

El gozo fue general en todos, pero mucho más en Eusebio, pareciéndole haber perdido enteramente el miedo con tan alegre nueva; de modo que ya se atrevía a subir al árbol, a caminar sobre el borde de la embarcación, exponiéndose a otros riesgos en ausencia de Hardyl, para manifestar por juego el esfuerzo que no debiera, pues insensiblemente se preparaba la desgracia que tardó poco a experimentar cuando ya estaban a vista de Portsmouth.

El viento era fresco y tirado, rizando el mar sin alterarlo, y el navío iba a toda vela. Eusebio estaba en pie esperando de un instante a otro poder entrar en el puerto, pareciéndole que podía tocarle con la mano; pero como tales perspectivas, sobre llano sin estorbos, engañan la vista, cansado de esperar en pie, se sienta sobre el borde de la embarcación tendiendo una pierna. Cansado de esta postura y embobado con los edificios de la primera ciudad que descubría, quiere tender la otra pierna para contemplarlos más a su placer; pero perdiendo con el impulso de levantarla el equilibrio, y no pudiéndose reparar con las manos, dio consigo en el mar.

El piloto, que lo vio caer, comienza a gritar desaforadamente: ¡Amaina, amaina! ¡Pasajero al agua, pasajero al agua! El espanto, el sobresalto y la confusión, se apoderan de todos. El capitán, al oír los gritos del piloto, sale asustado para informarse del caso. Hardyl sale también tras él, medio muerto, temiéndose el mal que sospechaba, buscando con los ojos y con toda el alma a Eusebio. ¡Eusebio, Eusebio! Mas Eusebio no le responde. No viéndolo, y cerciorado que era él el que había caído, corre a la popa para ver si lo descubría. Gil Altano, que dormía bien descuidado del caso, despierta conmovido de los gritos y de la confusión, y oyendo que su amo había caído al mar, despojábase con furia de la chupa y zapatos, y arrójase tras él en el mar para socorrerlo.

Otros marineros subían a plegar las velas para torcer la embarcación. El capitán echaba al agua las pipas vacías que le venían a la mano. Mientras Hardyl y Taydor se esforzaban en precipitar al mar una media entena que allí sobre la popa estaba, trepaba entre tanto Altano por las olas con ardiente esfuerzo en busca de su señor don Eusebio, lisonjeándose ser otra vez su libertador; pero como el bastimento iba viento en popa y a todo trapo, hizo mucho camino antes que pudiese torcerlo el piloto para contener su curso.

Eusebio no se descubría. Hardyl, desamparado de su filosofía, no resiste a su sentimiento natural, ni puede contener sus lágrimas. No quedándoles ya quehacer a ninguno, estaban atónitos en su triste y silencioso espanto; ocurrióle sólo al enajenado capitán mandar echar el batel al agua, cuando un grumete dijo desde lo alto que los veía venir a nado. Manda con todo el capitán proseguir la maniobra de echar el esquife y, lanzado ya al agua, métese en él, siguiéndole el agitado Hardyl, haciéndose bogar de dos marineros hacia Altano y Eusebio que se iban llegando a nado. Hardyl, impaciente, afanado y gozoso al mismo tiempo, llamaba a su Eusebio tendiéndole el brazo para que se asiese de su mano.

Llega finalmente Eusebio y ayudado entra, aunque con fatiga, en el esquife; Hardyl se abraza con él sin reparar en su mojado vestido sin poder proferir palabra, hasta que diciéndole Eusebio: Aquí estoy, no me perdí. Os recobré, hijo mío, le dice Hardyl. Esto os sirva de recuerdo para otras ocasiones, pues no debemos menor circunspección a los otros que a nosotros mismos. El capitán lo reprendía por su poca consideración, y Altano, que dentro ya del esquife estaba atereciendo de frío como Eusebio, le dijo: Puede dar mi señor don Eusebio gracias al cielo que supo nadar, porque si no, vive Dios, que lo sacara del hondo del abismo. Ayudándolos a subir al bastimento, recibió Eusebio los parabienes de los alegres marineros y de Taydor, que con lágrimas le besó la mano.

Eusebio, después de haberse mudado de ropa, entregó dos guineas a Gil Altano por prueba de su reconocimiento a tan grande fidelidad; y aunque no las quería recibir, le obligó a que las tomase, queriendo Eusebio dejar satisfecha su gratitud. Esta desgracia sirvió para que probasen mayor gozo, viéndose entrar todos en Portsmouth; de donde pasaron a Douvres sobre un yach que estaba para hacer vela.

Un nuevo mundo parecía que se presentaba a los ojos de Eusebio; hombres de diversa especie que aquellos que dejó en la Pensilvania. El boato, la confusión, la ostentación, el lujo en el trato, traje y porte de los moradores y forasteros, le hacían mucha impresión, cotejándolos con la quietud, circunspección y modestia de los cuáqueros, entre quienes había pasado su vida. Hardyl, que siempre le acompañaba, le hacía notar esta diferencia y todo lo que podía contribuir para que su alma no se disipase con la primera impresión de los objetos opuestos que recibían sus ojos, pudiéndole enajenar el corazón. A este fin también antes de dejar a Douvres para comenzar su viaje a Londres, le habló Hardyl de esta manera:

Hasta ahora, Eusebio, no supisteis lo que era el mundo. Varias veces os hablé sobre la malicia, los engaños y las perversas pasiones de los hombres, sobre los riesgos y los accidentes temibles que ocurren con su trato; mas éstas os parecerán vanas especulaciones mirándolas desde lejos. En el lance veréis que no hay elocuencia que las pueda precaver. Sirven con todo algunas veces de lección para ser cautos; pero veréis cuánto más os enseñará la experiencia. Ésta es la gran maestra del mundo, por cuya enseñanza debéis pasar. Basta que os sepáis aprovechar de ella, pues no todos saben hacerlo, aunque reciban en sí mismos sus más funestas lecciones.

Yo procuraré infundiros buenas máximas y sentimientos, y aún puedo lisonjearme de haberos puesto en el camino de la virtud; mas dejé de ser pedagogo y vos discípulo. En adelante os seré como amigo y padre, si así lo queréis; y como tal, me atreveré a daros buenos consejos si los necesitáis, y si me los pedís. Aprendisteis conmigo a congeniar con un pobre estado y condición. Ésta es la primera escuela de la sabiduría, pero como la fortuna os dio medios prestados para poder llevar una vida holgada sin los apremios de la necesidad, es justo que sepáis usar de ellos y que comencéis a ser virtuoso en la riqueza, como aprendisteis a serlo en la pobreza de mi tienda.

El estado pobre es sólo penoso y aborrecible al que lo coteja con el rico, seducido de su holgura y vanidad. Un eskimés, un hurón sin bienes, sin utensilios y sin casa no echa de menos ni las exquisitas comodidades de un europeo, ni el oro con que éste se las procura. Ninguno se reputa infeliz sino por cotejo; tal origen tienen las quejas del pobre en sus necesidades. ¿Pero quién duda que la pobreza es la mejor maestra de la virtud?9. Ella, humillando la presunción del hombre y atando su ambición al cepo de la necesidad, pone mil obstáculos a las otras pasiones, las cuales se encogen y contienen forzosamente en los estrechos límites de la miseria.

La riqueza y la fortuna, al contrario, allanando los más arduos caminos a los ciegos deseos y caprichos de los hombres, fomentan su codicia y altanería, halagan su vanidad y provocan todas sus siniestras inclinaciones. ¿Cómo es posible que éstas quieran obedecer al freno de la virtud que las contiene en su ardor o que las guía por el opuesto camino al que debían seguir? Es forzoso que el hombre se acostumbre desde niño a llevar el yugo de la virtud, si no quiere que se le haga con el tiempo intolerable. Conviene que le ejercite en la escuela de la virtud, en humillar sus pasiones, pues voluntariamente jamás lo hará; mucho menos, retrayendo la comodidad y la riqueza que no sufren ningún freno y ninguna sujeción. Por lo tanto permitidme, Eusebio, que os acuerde todo vuestro pasado estudio, pues para ahora más que para entonces lo hicisteis. Vas a entrar dueño de vos mismo en un nuevo teatro que no conocéis, y entráis en él para no conocerlo. El hombre nació para la sociedad, no para sí solo; aunque esto le fuera tal vez mejor. Pero ahora no tratamos de hacer el mejor mundo posible, sino de vivir del mejor modo que podamos en el que nos colocó la Providencia.

Mejor norte, para caminar sin riesgo y sin temor por entre sus continuos peligros y precipicios, no podéis tener, que la virtud. Ésta se ha de ver puesta a prueba de mil funestos alicientes con que querrán seducirla el mal ejemplo, el mundo, la vanidad y ambición de los hombres, a despecho de todos los documentos y máximas de la filosofía moral y de todos los consejos de la sabiduría, entre los cuales quisiera que ahora grabarais en vuestra memoria aquel que debieran esculpir en letras de oro los grandes en la frente de sus casas y palacios.


Bene ferre magnam
Disce fortunam

¿Pero quién cree que necesita de aprender a vivir en la riqueza? Una gran fortuna es un peso con que todos quieren cargar y que pocos saben llevar; por esto veréis a tantos que dan con la carga en el suelo y a otros gemir y congojarse por sustentarla, y a ninguno que se exima de los cuidados, solicitudes y desvelos que le acarrea, ni de los peligros a que le induce, si no lo alumbra y le da fuerzas la virtud.

Ésta os dice: en vos está, Eusebio, el ponderar lo que debe acarrear mayor bien; si la sublime satisfacción y tranquilidad santa de vuestro interior, sobreponiéndose a los desvaríos y locos deseos que fomentan la riqueza en el hombre, allegando sus protervas inclinaciones, o bien si la inquietud, la desazón y desasosiego que le causan corrompiendo su espíritu y avasallándolo a sus desvanecidos antojos, o a los siniestros modos de obrar y de pensar del mundo y de su vanidad.

Pues si vos mismo no os llegáis a persuadir de este sólido y sincero bien de la sabiduría por más que os esté siempre al lado y os importune con repetidos consejos, probaréis la rebeldía de vuestras malas inclinaciones en el interior, en donde sólo puede dominar y triunfar la virtud, no la violencia exterior. Por esto me lisonjeo, Eusebio, que no haréis que haya yo perdido tantos años de esmeros y de amorosos cuidados, y que no se desmienta jamás vuestro aprovechamiento.

Os lo digo esto, no porque crea que necesitáis de tales consejos, sino porque quiero que quede más satisfecho mi amor y mi confianza.

Ahora bien, como debemos hacer el viaje a Londres, no a pie, sino en coche, ya que tenéis medios para ello, será mejor que os proveáis de un coche cómodo aquí en Douvres, que no que estemos atenidos a los de las postas, que suelen ser siempre malos y expuestos a mil engorros. Altano os es fiel, pero no siendo práctico en los caminos y posadas, podéis dar a Taydor el encargo de los gastos.

Trataban de esto al tiempo que Altano entraba diciendo a Eusebio: Si vmd. quisiere comprar caballos para el viaje, acaban de llegar cuatro al mesón, que no hay más que pedir. Son de un coronel que viene a embarcarse para la América. Eusebio pide consejo a Hardyl; éste le dice que le parecía buena la ocasión y que sería bien se aprovechase de ella. Dicho esto van a ver los caballos. Eran todos cuatro overos, rabones y fuertes, sin discrepar de un pelo. Eusebio los ve, le parecen bien, y no hay precio que le parezca excesivo en su estimación.

Era el camarero del coronel el que tenía el encargo de venderlos. Éste, midiendo a Eusebio de arriba abajo de una mirada, conoce que es tordo nuevo que tenía el pico por embeber, y comienza a cebarle las ganas con mil adulaciones. Teniéndolo a tiro, le pide otro tanto precio del que valían. Hardyl estaba presente, pero callaba, esperando que Eusebio le pidiese su parecer. Eusebio, enajenado de la complacencia de verse dueño de cuatro caballos que le parecían dados de barato por aquel precio, después de haberlos palpado y acariciado a su satisfacción, dijo al camarero que lo siguiese, sin decir nada a Hardyl, determinado a darle el precio que le pidió. No dudando Hardyl que quisiese entregar el dinero sin regatear la compra, iba buscando medios para impedirla, antes que Eusebio echase mano del bolsillo. No halló otro mejor que preguntar al camarero si su amo tenía también coche y si quería deshacerse de él. No sé, señor, le responde; pero si queréis, iré a informarme si lo quiere también vender. Id, pues, le dice Hardyl, esperaremos en nuestro cuarto la respuesta.

Partido el camarero, Hardyl, que había conseguido su intento, pregunta a Eusebio si había resuelto dar el precio que le habían pedido por los caballos. Voy a contarlo, le responde Eusebio; me agradan sobremanera. Al primer vuelo vais a dar en el lazo, le dijo Hardyl. Cómo así, le replica Eusebio, ¿no habéis oído lo que dijo, que no los diera el coronel por ese precio si no se viese precisado a embarcarse para la América? Lo oí, Eusebio, lo oí; ese es el cebo que os han puesto, pero sabed que los caballos no valen la mitad; si queréis salir de ese engaño dejádmelos ajustar a mí. Hacedlo, no tengo dificultad, respondió Eusebio.

Tocan a la puerta. Era cabalmente el mismo coronel que venía a verse con ellos para tratar de la venta del coche y de los caballos. Pide por ellos el mismo precio que les había pedido su camarero prevenido de él sobre ello; y por el coche un precio harto moderado. Hardyl, encargado ya del contrato, le dice haber tenido ocasión de comprar caballos en Inglaterra, y mejores que los suyos, por precio muy inferior; haciéndole ver también que no tenían necesidad de cargar con tal compra, pudiendo servirse sin tantos embarazos de los caballos de las postas; y así le rogó no llevase a mal si le ofrecía la mitad del precio que le pedía, pareciéndole ser el justo y que a ambas partes podía cuadrar muy bien.

El coronel, que lisonjeado de su camarero no esperaba tal rebaja, pensó hacerles la forzosa tomando la puerta. Eusebio, viendo desaparecer el coronel, se deja vencer de la pesadumbre y se arrepiente de haber encargado a Hardyl el contrato; y aunque nada le decía, su mismo silencio descubría su tristeza. Hardyl se la conoce y tomando motivo de ella para hacerle volver sobre sí, sin valerse de los consejos que entonces fueran inútiles e importunos, echa la cosa a bulla diciendo: Apostaría, Eusebio, que valen más esos caballos que la hermosa trenza de Leocadia. ¿Que la trenza de Leocadia?, pregunta Eusebio tocado en lo vivo con un dicho tan impensado.

Sí, que la trenza de Leocadia, replica Hardyl; porque demos el caso que sobreviniese a Leocadia una enfermedad que le hiciese perder (como acontece muchas veces) su hermoso pelo; ¿vuestro sentimiento fuera por ventura entonces tan grande, cuanto el que tenéis ahora por no haber comprado con tanto desacierto esos caballos? Eusebio no sabe qué responderle. Hardyl continúa: Ved cuán presto os dejaste enajenar de vuestros vanos deseos. Creéis que la moderación sea una cosa imaginaria y sólo aplicable a los ejercicios de la niñez.

El mundo os pondrá a cada paso en mil lances semejantes, y si no estáis sobre vos, os dará mil motivos de arrepentimiento. Bueno es que no pongamos sobrada afición en el dinero; pero no por eso se debe despreciar. Si hoy sois rico, mañana os podéis ver pobre; entre la profusión y la avaricia, encamina la moderación al sabio; y si alguna vez debe ser sobrado liberal, se vale de la mano de la compasión y de la misericordia para socorrer al desdichado.

Para que tales consejos fuesen más provechosos a Eusebio y sacase mayor desengaño de su desacertada facilidad, vino muy a propósito la vuelta del coronel, ofreciéndoles coche y caballos por la tercera parte menos del precio que les había pedido. Pero hallando firme a Hardyl en su rebaja, hubo de convenirse con ella y rematar la venta. Bien que les suplicó que si habían de servirse de cocheros tomasen los que él había traído consigo y que le habían servido fielmente, pues sentiría haberlos de dejar en la calle. Hardyl le dijo que no tendría dificultad puesto que fuesen hombres fieles. Asegurándoselo el coronel, después de haber recibido de ellos protestas de fidelidad, los admitió para que sirviesen a Eusebio.

Éste, que no hubiera cabido en sí mismo de contento si hubiese comprado los caballos por el primer precio, al verse dueño de ellos y del coche por la mitad menos, sentía contenida su complacencia del desengaño y de las reflexiones de Hardyl, sirviéndole al mismo tiempo de recuerdo y de moderación para contener su vana jovialidad en adelante. Los hechos confirmaban sólo los consejos de palabra. Entregado pues el dinero al coronel y recibido el albalá de pago, dispusieron las cosas necesarias para su ida a Londres. El coche era cómodo; los caballos lozanos, fuertes, andadores y briosos. Eusebio, al verse tirado de ellos y caminar con tal tren, no podía impedir que no le acometiesen algunos asomos de vanidad, aunque se esforzaba en sacudirlos cuando lo advertía.

Antes de salir de Douvres, Hardyl sin decir nada a Eusebio compró las epístolas de Séneca y apenas hubieron salido de la ciudad, saca el librito de la faltriquera y se pone a leerlo permitiéndolo el camino llano y buen movimiento del coche. Eusebio, curioso, le dice: ¿qué libretín es ése? Jamás os lo he visto. Pues qué pensáis, le dice Hardyl, ¿que sólo atiendo a compras de caballos? A buen seguro que no dé yo por ellos este librito viejo como lo veis y roído de la polilla. ¿Pues qué es?, le dice Eusebio, alargando la mano, ¿qué es? Dejádmelo ver.

Hardyl, que se lo quería hacer desear, retrayendo la suya, le dice: Dejadme acabar esta epístola y os le daré luego. Eusebio espera; recibiendo luego el libro que Hardyl le daba cerrado, ábrelo con ansia, ve lo que era y exclama con júbilo inocente: ¡Oh Séneca, Séneca! ¡Cuántas ganas tenía yo de leerlo! Ahí lo tenéis pues; hay paja, no hay duda, pero ella esconde más granos de oro que lo que muchos piensan. Leedlo con reflexión y con el tiempo me daréis más gracias por él que por los caballos.

Podía Hardyl decir claramente a Eusebio que había comprado aquel libro para que le conservase sus buenos sentimientos, como lo hubiera podido hacer en tiempo de su primera mocedad; pero tenía sobrada prudencia y discreción para no usar del mismo modo con un joven que, aunque dócil y bien inclinado, conocía muy bien no ser ya discípulo ni dependiente, sino dueño de sí mismo y de sus acciones; y por lo mismo, más delicado de manejar en las circunstancias en que se hallaba, en las cuales, todos los objetos halagaban y encendían sus pasiones con la novedad, contra la cual de nada aprovecha el consejo, si echa de ver un joven que procede de un pedante magisterio.

De mejor modo, ni a tiempo más oportuno, no pudo Hardyl ponerle en las manos un freno más suave contra los alicientes de las pasiones, ni más blando y eficaz remedio contra la desgracia que les había de suceder. Eusebio se empeñaba en la lectura de las epístolas de Séneca, embebiendo insensiblemente sus máximas. Pero a pesar de todos los buenos y fuertes sentimientos que le avivaba la lectura, sentía acometido su corazón de los asomos de la vanidad, especialmente cuando entraba y salía por las villas y ciudades por donde pasaban.

Llegaron a ser tan vivas aquellas impresiones vanas que al salir de Cantorberi no pudo dejar de decir a Hardyl: No sé lo que es, que luego que entro o salgo en coche por los lugares poblados y de concurso, parece que me lleno de un aire de engreimiento que no puedo contener aunque me esfuerzo en sacudirlo; y esta interior jactancia, pues no acierto a darle otro nombre, parece que se aumenta al paso que es mayor el número de gente que me mira. ¿Qué os mira? preguntó Hardyl. A la verdad, la vista ajena es el alma de nuestra presunción. Ninguno presume de sí a solas; nada extraño esa jactancia, como decís muy bien, pues no es otra la causa de esa vana complacencia que sentís. ¿Creéis acaso, Eusebio, que os mire ir en coche con tanta admiración la gente con cuanta visteis que atendía en la plaza de Douvres al que hacía los juegos de manos? Pero el hombre, ¿de qué no se ensoberbece? Nada menos desvanecido anda el villano con su sayo nuevo, gallardeándose sobre un avispado jumento, que un lord galoneado sobre un ardiente potro enjaezado de oro. ¡Mísera humanidad! Cuando lleguemos a Londres, podréis cotejar vuestro coche y caballos con los de aquellos señores, y entonces tendréis motivo para rebajar un poco de vuestra presunción, pues ésta es el origen del mal, como os dije.

Sin que lo echéis de ver, os imagináis que los que os ven tendrán en algo viéndoos en coche, porque os creerán rico y noble. ¿No os parece que es este un lindo motivo para ensorberbecerse y presumir el hombre de sí? Como si a la gente se le diera mucho que un tal de tal vaya en pies ajenos. Pero tal es la vanidad; prueba que estimáis todavía el ser tenido en algo de los otros. Bien veo que el adquirir esta sublime indiferencia del aprecio o desprecio de los hombres, es el más arduo de la filosofía moral, ni el hombre lo puede conseguir enteramente, hasta que con el tiempo y a fuerza de domar con el desprecio sus vanas imaginaciones, no se sobrepone a estas niñerías, que aunque tales, son poderosas para sojuzgar su corazón.

Para cortar de raíz esta interior jactancia que sentís, se me ofrece un medio que creo sería bastante eficaz, aunque no sé si tendréis ánimo para ponerlo en ejecución. ¿No tendré ánimo?, dijo Eusebio. Proponedlo, y veréis si soy capaz de ejecutarlo. En hora buena, respondió Hardyl. El medio es que media legua antes de llegar a las ciudades por donde debemos pasar, bajemos del coche y entremos en ellas a pie enviando el coche adelante. En él van Altano y Taydor, a quienes lo podemos fiar descansadamente, puesto que no tengamos igual confianza de los cocheros.

¿Y no es más que esto lo que me proponéis? Nada más. Dadlo, pues, por hecho. Esta misma mañana quiero ponerlo en ejecución antes de llegar a Cottimbourg, a donde vamos a comer. Dicho esto, se asoma a la portezuela y encarga a Taydor que avise al cochero para que media legua antes de llegar a la ciudad, se pare. Hardyl se complace de la determinación de Eusebio y éste comenzó a probar el gozo que le había de causar el ver puesta en práctica su resolución.

Hardyl continuaba su conversación sobre la vanidad, tachando de bajos y pueriles todos sus sentimientos, pues avasallaban al hombre, haciéndolo depender de la ajena opinión. Ensalzaba, al contrario, el alma que se levantaba sobre tales bajezas y hacíale ver la noble superioridad que adquiría el ánimo de la persona que disfrutaba de la comodidad del coche, y de todas las otras inventadas de la industria y de la riqueza, desdeñando de sacar de ellas motivo de engreírse, porque la fortuna le concedía usar de tales medios, que negaba a otros por opuesto capricho y combinación.

Con estos discursos entretenían el ocio del camino, hasta que llegaron al lugar en que había avisado Eusebio que parase el coche; donde desmontados, dan orden vaya a parar al Mesón del Sombrero Verde. Hardyl y Eusebio lo seguían a pie. El día era bello y claro; el céfiro comenzaba a avivar con su templado aliento los despuntados verdores de los árboles y campos; el ruiseñor celebraba con sus dulces y requebrados trinos la venida de la primavera. Las vacadas esparcidas por los verdes prados, el eco de sus mugidos, los pastores que las guardaban apoyados en sus cayados, y el silbido del que llamaba al descarriado novillo, eran objetos hechiceros para el alma de Eusebio, el cual con aquel acto de vencimiento de su vanidad, percibía más dulce satisfacción con tan alegre vista, disfrutándola mejor a pie que encarcelado en el coche, proponiendo continuar aquel ejercicio, ya no tanto por sacudir los sentimientos de presunción, cuanto por percibir aquella pura complacencia.

Hardyl, mucho más alborozado que Eusebio, no sólo porque gustaba de caminar a pie, sino también por ver puesta en práctica su resolución, le decía: Si encontrásemos ahora alguno de esos señores que creen ser algo en la tierra, porque pueden alimentar animales que les ahorren el caminar a pie, echarían sobre nosotros, como suelen, una mirada desdeñosa; o bien si fueran compasivos, ignorando que tenemos coche y caballos a nuestra disposición, se apiadarían en su interior de nuestro estado infeliz. ¿Mas os parece, Eusebio, que podamos merecer su compasión? A buen seguro, dijo Eusebio, que no prueban ellos el dulce alborozo del alma que yo siento, mil veces preferible a la impresión que hacía en mi pecho el inspirado engreimiento de la vanidad cuando me acometía en el coche.

Dicho esto, alcanzan un viejo pastor que iba también a pie, a quien Hardyl y Eusebio saludaron afectuosamente. Él, con la risa en la boca, les vuelve el saludo, preguntándoles si eran cuáqueros. Aunque lo parecemos, dijo Hardyl, no lo somos; bien sí venimos de la Pensilvania. ¡Buena gente!, exclamó el viejo, ¡buena gente! Me acuerdo todavía del origen de esa secta. Si todas las que fueron naciendo en Inglaterra hubieran tenido el mismo espíritu, a buen seguro que no hubiera sido este país el más sangriento teatro del furioso fanatismo; porque, ¿de qué horrores no fui testigo?

¿Conocisteis pues, a Jorge Fox?, le pregunta Hardyl. No sólo lo conocí, dijo el viejo, sino que también lo oí predicar, siendo yo muchachuelo, en la plaza de la ciudad de Lancastro. Iba vestido con una media casaca de vaqueta y la cabeza cubierta de un ruin sombrero que no se quitaba a ninguno. Vi también atormentar en Londres a otros cuáqueros, sus discípulos, perseguidos de Cromwell, y os aseguro que era espectáculo digno de admiración la paciencia y constancia con que sufrían todo género de injurias y malos tratamientos, aunque después Cromwell, cuando le pareció que le podía traer cuenta, los favoreció.

¿También conocisteis a Cromwell?, preguntó Eusebio. ¡Y cómo si le conocí! ¿Y os hallabais por ventura en Londres (volvió a preguntar Eusebio) cuando cortaron la cabeza a Carlos primero? Me hallaba entonces en Londres; llevóme en brazos mi madre a la plaza de Whitehall, en donde se la cortaron. Mi padre sirvió al parlamento, bajo el lord Fairfax, y murió en la batalla de Marston, que decidió de la suerte de ese infeliz rey. Me hicieron servir después de grumete en la marina; y halléme en la expedición en que Venables y Penn se apoderaron de la Jamaica.

Mas a lo que entiendo, dijo Hardyl, esa fue una injusta usurpación que hizo Cromwell a la España sin haberle declarado la guerra. Yo no me entiendo de eso, respondió el viejo, ni quise saber más de marina luego que volvimos a Inglaterra. Mi genio era aficionado al campo; y habiéndoseme proporcionado servir de zaga a un rico labrador en las cercanías de Cantorberi, me asenté a su soldada, y en ese ejercicio me mantengo. ¿Vivís, pues, contento en él?, dijo Eusebio. Os diré, respondió el viejo. Cuando estoy entre mis vacas, no me acuerdo que haya otro mundo; y las veces que voy a la ciudad a vender mi esquilmo, a otro no atiendo que a mi ganancia. Sucedíame algunas veces en los principios, cuando pasaba por algunas casas grandes de Londres, pararme a contemplar aquellos magníficos edificios, diciendo a mí mismo: ¡Ah! ¡El mundo se hizo para los ricos, y no para los pobres infelices como yo!

Así andaba yo engañado, quejándome de la fortuna porque no me hizo nacer lord, como lo hubiera podido hacer pues de una misma harina se hacen tantas especies de panes; pero un día después de haber vendido mis quesos, volviendo a mis vacas, al pasar por la casa del marqués S... me dio la gana de entrar en el patio a contemplar una estatua que desde la calle descubría, cuando oigo de repente un gran alboroto de gritos y lamentos de mujeres y hombres que me asustó; y viendo bajar y subir algunos lacayos consternados, impelido de la curiosidad, me acerco a un lacayo viejo que bajaba la escalera llorando y le pregunto la causa de su aflicción.

Él me responde que habían encontrado a su amo muerto habiéndose cortado él mismo la garganta con una navaja. ¿Cómo?, dije yo entonces; ¿el señor más rico de Cantorberi se da la muerte, pudiendo satisfacer a todos sus deseos y caprichos, respetado de todo el mundo en el seno de la grandeza, y de todas comodidades? Éstas, pues, deben hacer más sensibles los males, pues jamás oí que ningún labrador ni pastor se quitase la vida. Volvamos a nuestras vacas.

Esto me bastó para tomar cuenta a mis deseos y para volver más que de paso a mi alquería, y tan desengañado, que desde entonces jamás me volvieron las ganas de envidiar la suerte a ninguno. Pero a lo que veo, ¿vosotros os encamináis a Cotrinbourg? Allá vamos, dijo Hardyl. Buen viaje, pues, dijo el viejo, que yo me voy por esta senda. Eusebio y Hardyl prosiguieron su camino, entreteniéndose sobre el viejo y sobre las noticias que les había dado, hasta que llegaron al mesón, donde hacía rato que Altano y Taydor los estaban esperando.

De allí pasaron a Rochester, bajando de la misma manera, media legua antes de llegar a la ciudad, dando Eusebio a los cocheros el nombre del mesón a donde habían de parar, llevándolo escrito en un libro de memoria. Hicieron lo mismo antes de llegar a Dartford, complaciéndose Eusebio de hacer aquellos cortos tramos a pie antes de llegar a las ciudades. Su alma comenzaba a revestirse de los nobles y superiores sentimientos que le infundía el desprecio con que miraba su pasada vanidad, especialmente cuando entraba a pie en las ciudades; contribuyendo para ello las reflexiones y máximas de Hardyl, como también la lectura de Séneca, solos confortativos que le habían de quedar en la desgracia que comenzaron a probar luego que llegaron a Dartford.

Entraron en ella más cansados que los otros días en las otras ciudades porque los cocheros, maquinando de antemano lo que ejecutaron, en vez de pararse media legua antes de llegar a las ciudades, según el orden que tenían, lo hicieron mucho tiempo antes de llegar a Dartford, para poder ejecutar más a su salvo la traición que habían maquinado, como lo hicieron. Hardyl y Eusebio, llegados a la posada y no viendo comparecer Altano ni Taydor, ni menos el coche, preguntan por ellos al mesonero; y oyendo que no había visto tal coche ni criados, enviaron a preguntar por ellos a los otros mesones de la ciudad, por si acaso hubiesen ido a parar a alguno de ellos. ¿Cómo podían sospechar ninguna traición de los cocheros, yendo con ellos Altano y Taydor? Pero la vuelta del mensajero y la respuesta que traía de no haber llegado tal coche a ninguno de los mesones de la ciudad, comenzó a despertar en sus pechos algunos temores, principalmente en Eusebio, por más que los acallase la confianza que ponían en sus criados.

Pregunta con todo al pensativo Hardyl qué era lo que debían hacer en tal lance. Hardyl, vuelto de su enajenamiento, le dice: ¿Cuánto dinero os queda en la faltriquera? No sé, ahora lo veré. Echa mano a el bolsillo y cuenta hasta veinte guineas. Entonces Hardyl le dice que, mientras disponían la comida, esperase en el cuarto, entretanto que iba él a informarse por sí en los mesones, no fiándose de la respuesta del mensajero.

Eusebio, cansado del largo camino, quedando solo y triste en el cuarto, acudió a la lectura de Séneca, contribuyendo las sospechas de la desgracia, para que hiciesen mayor impresión en su ánimo las máximas de constancia en los trabajos; metido en la lectura lo halló Hardyl de vuelta, y sin mostrarle alteración en su tono y semblante, confirmó la respuesta del mensajero que el coche no había comparecido en ningún mesón, lo que causó notable mudanza en el rostro de Eusebio. Advirtiéndola Hardyl, continuó a decirle: Esto con todo no nos ha de quitar las ganas de comer, pues os aseguro que tengo valiente hambre. Vamos a ello, Eusebio.

El criado del mesón, que traía la comida, les dice: Ahí hay un caballero que llegó poco tiempo antes que vmds. y dice que encontró un coche vacío con cuatro caballos media legua antes de llegar a Dartford, que iba camino de Londres. Sin duda, pues, dijo Hardyl a Eusebio, que no entendieron bien el orden los cocheros; comamos. Y vos entretanto, amigo, dijo al camarero, haced venir luego una silla de posta con buenos caballos, pues importa que vayamos pronto. Aunque Eusebio se sosegó algo con esta noticia, sentía revelársele interiormente la tristeza, contra las máximas de la constancia en las desgracias que la lectura de Séneca y la presencia de Hardyl le fomentaban. Éste, que conocía al mundo, aunque tenía casi por cierto el mal alzado de los cocheros, se esmeraba en disimular sus temores con dichos festivos para disipar la tristeza de Eusebio, sin olvidar el remediar el caso, si se podía, como lo hizo desde luego haciendo venir la silla de posta.

Estando ésta pronta, luego que acabaron de comer, montan en ella; Hardyl hace avivar el paso al postillón, esperando alcanzar el coche antes de llegar a Londres; pero descubriendo ya la ciudad, sin haber podido tener noticia de él a cuantos preguntaban, perdió enteramente las pocas esperanzas que le quedaban. Conservando con todo la misma presencia de ánimo, dijo a Eusebio: A buen seguro que entremos en Londres sin ningún residuo de vanidad. Eso os lo aseguro yo también; mas ¿a dónde se habrán ido esos cocheros? Paréceme imposible que hayan podido hacer tanto camino de una tirada desde Rochester hasta Londres sin reventar los caballos.

Allá lo veremos, dijo Hardyl. Lo malo es que no sabemos a qué mesón han ido a parar. Eso lo podremos saber presto en llegando a la ciudad. ¿Presto decís?, vais a ver qué laberinto es Londres. Entraban en ella, y, aunque la magnificencia de sus edificios y principalmente la del puente de Westminster y el numeroso concurso de la gente, divagaban un poco las tristes sospechas de Eusebio, se dejó apoderar de ellas luego que llegó al mesón no viendo ni su coche ni sus criados, ni habiendo parecido en él. Hardyl, necesitando también entonces de ponerse sobre sí y de acudir a las reflexiones de moderación sin perderse de ánimo, hízose dar la nota de los principales mesones de Londres; pero siendo muchos y queriéndolos recorrer todos en aquel mismo día, se hubo de valer de la posta para ello.

Van, pues, de mesón en mesón, teniendo la advertencia de dejar en cada uno las señas del coche, caballos y criados. Recorridos todos, volvieron entrada ya la noche al primero en donde pararon, sin saber qué hacerse ni que consejo tomar. Eusebio comenzó entonces a sentir los funestos efectos de tal desgracia; Hardyl, que ya no dudaba de ella, iba pensando en los expedientes que podía tomar para remediarla, no sufriendo dilación. Túvolo esto desvelado casi toda la noche, en que resolvió delatar el caso a la justicia, como lo hizo el día siguiente, yendo en compañía de Eusebio a dar parte del accidente al juez de paz. Vueltos a la posada, Hardyl, que conocía más que Eusebio la desgraciada situación en que se hallaban, le habló de esta manera:

Para poder hallar más eficaz remedio y alivio a los males que se temen, conviene, Eusebio, suponerlos cumplidos. Demos pues el caso que los cocheros, siendo hombres malvados con deseos de robarnos el coche, caballos y dinero, hayan tomado otro camino, llevando a Altano y a Taydor a paraje seguro, donde los hayan podido matar impunemente para robarlos... Mas, ¿qué haremos, dijo entonces el afligido Eusebio, sin dinero y sin cédulas de cambio, que todo va en los baúles? ¿Cómo qué haremos?, ¿pues qué, os olvidáis por ventura que la educación que tuvisteis había de servir para sobreponer vuestro ánimo a cualquiera desgracia que con el tiempo os pudiera acometer? Vednos puestos en el lance.

Yo no digo que el caso sea desesperado; mas suponiéndolo tal, ¿no nos daría ocasión para que tocásemos con la mano la utilidad de la educación que recibisteis? Bien veo que cuesta mucho aplicar las buenas máximas a los siniestros accidentes; las pasiones se exasperan a la vista de la adversidad, que las humilla y amenaza. La virtud misma se altera viendo el duro ceño de la desventura, mas el ánimo, que se armó de fuertes sentimientos, ¿deberá por eso desfallecer? ¿creéis que el llanto, la tristeza, el abatimiento y la desesperación os volverán el coche, caballos y baúles, si se perdieron?

Ved, Eusebio, cuánto conviene llevar siempre frescos en la memoria los consejos de Epicteto sobre la necesidad que tiene el hombre de tener siempre en freno sus deseos, y de apartar su afición de las cosas de la tierra, que hoy disfruta y mañana puede perder; para no depender de ellas, ni colocar la dicha en bienes tan inciertos y perecederos, que sin hacer dichosos a los hombres, que con afición los poseen, los pueden hacer, si los pierden, sumamente desdichados.

Esto lo sabéis, y me atrevo a decir que estáis persuadido de ello. ¿No me atreveré pues a esperar que volviendo sobre vos mismo, no os sobrepongáis al sentimiento de esa pérdida, en caso que la hayáis hecho? De combate necesita la fortaleza para ejercitarse. La virtud sin prueba, se reduce a sólo especulación que poco o nada cuesta; los hechos solos la caracterizan. No quiero pretender que no sintáis tal pérdida; hombres somos, y ninguna flaqueza nos debe parecer ajena de la humanidad. El corazón más esforzado se asusta de cualquier improviso y violento ademán; pero recobrando luego su valor y entereza, hace frente a mil muertes, si cara a cara lo embisten.

Ved aquí el caso de la virtud: la suerte pretende amedrentarla y abatirla armando la mano de la desgracia con el trabajo, con la ignominia, con la necesidad, que la están amenazando; ¿qué mucho que se amedrente y conmueva a primera vista de su impensado y repentino acometimiento? Pero reflexionando luego sobre sí misma, recobra su entereza, se arma de sus buenos sentimientos y del escudo de la sabiduría, la cual le hace ver que aquellos bienes que pierde era cosa prestada de la fortuna, no suya, pues no estaba en su arbitrio el dejarlas de perder.

Esta reflexión engendra en el ánimo la indiferencia, que nace de la conformidad; y ambas a dos fomentan en el corazón el desprecio de la cosa perdida; de donde procede insensiblemente la complacencia de la virtud, cuando advierte que puede y sabe pasar sin tales cosas, las cuales son sólo cargas apetecibles en aparencia a la ambición y a la vanidad, e indiferentes para la sublime y noble libertad de los sentimientos del alma.

Y si no, decidme: ¿nos son absolutamente necesarios el coche y caballos para caminar; el dinero y cédulas de cambio para vivir? ¿No nos sabremos servir sin los brazos de Altano y de Taydor? ¿No llevamos nuestra hacienda en las manos? El oficio de cestero, que nos daba en Filadelfia una honrada subsistencia, ¿no nos la dará mejor aquí en Londres? Y preguntaréis ahora afligido, ¿qué deberemos hacer en tales circunstancias, como si el mundo se hubiera acabado para nosotros? Pecho a la desgracia y manos al remedio. Ved a quién iban dirigidas las cédulas de cambio.

Eusebio, que llevaba escritos los nombres de los mercaderes a quienes iban dirigidas en el libro de memoria, lo saca y ve que eran Daniel Black y Oliver Horrison. Este paso, dijo entonces Hardyl, es necesario. Vamos a vernos con esos mercaderes para prevenirles de la pérdida de las cédulas y con esta ocasión tentaremos si nos quieren adelantar algún dinero; cuando no, los juncos serán nuestra libranza.

Van, pues, a verse con los dichos mercaderes, y aunque éstos se les mostraron muy atentos y compasivos por tal pérdida, la respuesta que dieron fue encogerse de hombros a la petición del dinero adelantado.

Hardyl esperaba esta respuesta, pero quiso hacer la petición para que Eusebio viese mejor el desengaño y para que no sintiese tanto la necesidad en que se hallaban de volver al oficio de cesteros; solo refugio que les quedaba en tan fatales circunstancias, porque ¿a quién apelar y acudir desconocidos de todo el mundo? ¿Qué empleo tomar para vivir, ni en qué ejercicio ocuparse, si no era el de la mendicidad?

En esto insistía Hardyl de vuelta al mesón; y llegado a él, hace contar otra vez a Eusebio el dinero que le quedaba. Viendo que eran once guineas, le dice: No hay pues, Eusebio, por qué perder tiempo; ni nos queda más que hacer que llevar la virtud por el camino de la necesidad. Veis que es cosa muy incierta el que se encuentre el coche; y aunque lo halle la justicia, a quien dimos parte, Dios sabe cuánto tiempo podrá pasar antes que se nos restituya. Entretanto, si gastamos el dinero galanamente aquí en el mesón, dentro de dos días nos hallaremos sin un chelín.

Mi parecer es, pues, que nos acojamos a una pobre habitación, donde podamos proporcionar el gasto a las circunstancias. Con parte del dinero que nos queda, proveámonos de instrumentos y materiales para poner tienda, en donde podamos ganar con nuestro oficio el sustento, sin ninguna servil dependencia, hasta que se mude la fortuna. No hay otro remedio, lo veo; conviene acomodarnos a las circunstancias. Hagámoslo, pues, con esfuerzo y sin abatimiento, dijo Hardyl, y llamando al criado del mesón, le paga todo lo que le pidió por el alojamiento.

Luego le pregunta si por allí cerca habría algún aposento que alquilar, pues no podían llevar el gasto del mesón. Sí lo hay, dijo sonriéndose con fisga el criado; aquí cerca encontraréis una pobre viuda que alquila camas a pordioseros. Nos haréis un singular favor, dijo Hardyl, si quisieseis enseñarnos esa casa. Quien tiene lengua a Roma va, le respondió con desdén el criado. ¿Creéis que me hallo tan desocupado que haga también de criado a mendigos? No está malo eso; y habiendo cobrado ya su dinero, les vuelve la espalda y desaparece.

¡Oh Eusebio! Tus oídos acostumbrados al halago de los títulos honoríficos que te daban en los otros mesones, y tus ojos a los profundos y respetosos saludos, ¿cómo llevan ahora la desdeñosa petulancia del que ni aun se digna de ejercitar contigo un acto de humanidad? ¡Cuán liviana es la pompa y cuán mentirosa! Mira la adulación y comienza a conocer al hombre en ese insolente criado que te da motivo para conocerlo. Aprende a no engreírte en mejor estado de las aparentes demostraciones y a desconfiar de la adulación, hija del sórdido interés y de la codicia que a todo se presta.

Hardyl, sin alterarse por la respuesta del criado, antes bien, haciendo del que no había reparado en ella, se vuelve a Eusebio y le dice: A buena cuenta no tenemos fardo que llevar a cuestas; vamos, pues, a buscar esa casa. Eusebio, vuelto en sí del abatimiento en que lo dejó la respuesta del doméstico, sigue a Hardyl que había tomado la escalera, y al salir del mesón le dice: Valiente desengaño nos ha dado ese hombre. Ayer nos trataba con respeto y hoy nos echa con desdén en el rostro nuestra miseria, y nos envía enhoramala. ¿Pues qué esperáis en el mundo?, respondió Hardyl. Sólo el dinero es el bien venido y el acatado en la tierra.

¿Os hubierais imaginado jamás, Eusebio, en medio de las ansias que padecíais de comprar los caballos y el coche, y del gozo de haberlos comprado, que pudierais recibir dentro de tres días una lección tan acerba? Tales son las lecciones que da el mundo; nosotros que lo estudiamos, debemos sacar de ellas provecho y no resentimiento, como les sucede a la mayor parte de los hombres que, irritados de respuestas semejantes, sólo sacan de ellas desazones y pesadumbres.

Sin insistir más Hardyl sobre esto, iba de puerta en puerta y de tienda en tienda, preguntando por la casa de la viuda que les había dicho el criado del mesón. Y no sabiendo ninguno de cuantos preguntaba darle razón, echó de ver que el criado los había querido engañar. No importa, Eusebio, no importa, le decía; paciencia y esfuerzo, que esto es el mundo; conocedlo, y aprended a estimar más la virtud, pues ésta sola lo hace todo llevadero, supliendo a todo lo demás que falta al hombre, o que le quita la desgracia. Continuaba así a caminar de calle en calle y de puerta en puerta, informándose Hardyl si habría algún cuarto desalquilado, sudando Eusebio de congojosa vergüenza; hasta que viendo Hardyl una casilla baja, con encerados rotos en las ventanas, dijo a Eusebio: Me parece, si no me engaño, que hallaremos aquí aposento, veámoslo. Aunque la ruin puerta estaba medio abierta, tocó a ella con la mano por faltarle aldaba; y oyendo que respondían de dentro, entraron.

Sale a la puerta de la cocina, que estaba al mismo piso, una mujer anciana, armada de su rueca, y les pregunta qué querían. Hardyl la dice que iba en busca de un cuarto por alquilar, y que si lo tenía y se lo quería dar, a más del debido agradecimiento, le pagarían el alquiler adelantado. Eso se entiende, dijo ella. Cuarto lo hay y no lo hay; esto es, tenemos un aposento vacío, pero dependiente del que habitamos mi marido y yo; debiendo servir de paso para éste. Pero hay otras dos dificultades: la una, que no tengo cama que daros, y la otra, que no sé si mi marido tendrá a bien el alquilarlo.

En cuanto a la cama, dijo Hardyl, se puede remediar; y la voluntad de vuestro marido la podremos saber de él mismo. ¿Está en casa por ventura? Poco puede tardar en venir; si os queréis sentar entretanto, aquí tenéis sillas. Eran cabalmente dos las que había, y esas no enteras. Siéntanse con tiento; luego Hardyl pregunta a la vieja qué oficio tenía su marido. Ésta, habiéndose sentado también en un poyo cerca del hogar, le responde que era zapatero remendón, pero que ya por su edad no estaba para ello y que se vería necesitado dentro de poco a pedir limosna y a morir en el seno de la miseria, siendo así que nació noble y en medio de la riqueza.

Eusebio, que extendía los ojos por las desmesuradas y negras paredes de aquella cocina y por los rotos cachivaches que yacían en los rincones, oyendo decir a la vieja que su marido había nacido rico y noble, volvió hacia ella toda su atención, como buscando compañeros en su desgracia. Hardyl, maravillado también de lo que acababa de decir la vieja, le pregunta la causa de la mudanza de estado de su marido; y al tiempo que iba a darle razón, se ven comparecer un viejo parándose en la puerta, como sorprendido de ver allí a Eusebio y Hardyl.

Éstos, atentos y prendados del aspecto venerable de aquel anciano, levantáronse de las sillas para saludarlo. Su mujer le dice entonces que aquellos hombres pedían un cuarto por alquilar, y que les había dicho las circunstancias del que tenían vacío; y que lo esperaban para saber su voluntad. La mía es, dijo el buen viejo, de favorecer a quien puedo, y puesto que la suerte me proporciona en mi miseria esta ocasión de hacerlo, la abrazo de buena gana; mucho más diciéndome vuestro traje lo que sois; cuáqueros, ¿no es verdad? Llevamos el traje, dijo Hardyl, mas no lo somos. No importa, tened por vuestro el cuarto que hay en casa, si os contentáis con él; pero será necesario proveer de cama.

¿Qué es, pues, lo que os debemos dar por el alquiler? dijo Hardyl. Nada, hijos, nada; pues de cualquier manera pago el alquiler, si me faltase esta posibilidad, contaré entonces con la vuestra, si la tenéis, y si no, cualquiera lugar será bueno para acabar una vida miserable. Penetrado estoy de vuestro noble desinterés; por lo mismo, os debo decir que no somos tan pobres que no podamos adelantar el dinero del alquiler. Bien pues; valdrá más que me prive de la complacencia de usar con vosotros de mi buena voluntad, que no que padezcáis la vergüenza de aceptarla; me daréis cuatro chelines al mes.

¿Cuatro chelines solos? Vuestra petición realza más la nobleza de vuestro ánimo. Los daremos, pero sabed que no nos dejamos vencer en generosidad. Dejemos todos esos cumplimientos; la casa, cual es, ya que no puedo ofrecer otra mejor, reconocedla por vuestra. ¡Ah, la fortuna me privó de todo, de todo; veis al hombre más infeliz de toda la Inglaterra! ¿Cómo es posible, habiendo sido este reino el teatro de los más horribles excesos? Con todo me dierais razón, si supieseis todas mis desgracias.

Habíase levantado del poyo su mujer para tomarle una pequeña espuerta en que traía un poco de bacalao, y lo iba a disponer para cocerlo. Hardyl, que sabía los sucesos atroces del fanatismo y las maldades a que había inducido los ánimos de los ingleses y escoceses, no dudando que si el viejo no exageraba sus desgracias habían de ser muy grandes, le dijo movido de curiosidad: Si no fuera por renovaros el sentimiento que os deberá causar la memoria de vuestras desventuras, os rogaría nos hicieseis la relación de ellas, pues tal vez nos pudiera ser útil en las circunstancias en que nos hallamos. Aunque es preciso renovar, no hay duda, mi acerbo dolor con la narración de ellas, tendré a lo menos la dulce complacencia de granjearme vuestra compasión, satisfaciendo a vuestros deseos. Sentaos, os ruego, y oíd, ya que nos da tiempo la comida; y perdonad si mis lágrimas se anticipan a la relación.

Hardyl y Eusebio se sientan; se sienta también el viejo en el poyo que había dejado su mujer, preguntándoles si tenían noticia de la batalla de Sedgemoor. ¿No es, dijo Hardyl, la que perdió el duque de Monmouth? Esa misma, dijo el viejo; y Eusebio que no tenía de ella noticia, los interrumpe diciendo: Yo no sé qué batalla es esa. Oídla pues, hijo mío, dijo el viejo, que comenzó a decir así: Después que el duque de Monmouth, hijo natural de Carlos segundo, intentó quitar la vida y la corona a su padre, haciéndose para ello cabeza de una conjuración que fue descubierta; perdonado con todo de su padre, se ausentó de Inglaterra hasta que, habiendo fallecido éste y sido coronado su hijo el duque de York, volvió a ella el duque, esperando atraer gente a su partido para hacerle guerra y quitarle la corona.

Habiendo desembarcado a este fin en el condado de Dorset, comenzó a juntársele tanta gente que, cuando entró en la ciudad de Bridgewater, contaba ya seis mil hombres con los cuales hubiera podido desbaratar al lord Abermale, que le presentó la batalla. Pero la obstinación del lord Gray, que seguía su bando y que rehusó darla, dio tiempo al ejército realista para engrosarse, de modo que cuando vinieron a las manos, fue vencido el duque de Monmouth; y hecho prisionero, pagó su temeridad con la cabeza, que le cortaron en la plaza de Londres.

Irritado el rey contra todos los que habían seguido el bando del duque, mandó a Jeffreys y a Kirke persiguiesen de muerte a los rebeldes, sin perdonar a ninguno, para hacer sentir a todos el furor de su venganza. Lo primero que hizo el coronel Kirke luego que entró en Bridgewater, fue mandar ahorcar veintiséis nobles de la ciudad, sin hacer proceso a ninguno; y pareciéndole ésta poca crueldad, hizo traer bien maniatados delante de su habitación ciento cincuenta ciudadanos, contra quienes hizo embestir sus soldados con arma blanca, mirándolo él desde la ventana, sin que pudiesen conmoverlo los gritos y lamentos de aquellos infelices que veían cortados a pedazos sus cuerpos antes de recibir herida mortal.

¡Ah!, pasemos por encima de otras horribles crueldades que mandó ejecutar ese cruel tigre, para venir a la que obró conmigo y con mi familia. ¡Cielos! ¡Dadme esfuerzo para acabarla!

Un hijo y una hija eran los solos frutos que concedió Dios a mi feliz casamiento; pues pude llamarlo feliz hasta la venida de ese feroz Kirke. Mi hijo había cumplido los veinte años y mi hija tocaba a los dieciséis de su edad. Todas las alabanzas que pudiera darles parecerían exageraciones del amor de padre; dejaré, pues, de encarecerlas para no disminuir cosa alguna del sumo y extraordinario cariño que se profesaban los dos hermanos; pues no creo que haya habido jamás otros que se hayan amado tanto, como lo echaréis de ver por mi narración. Antes de darse la infeliz batalla, luego que el duque de Monmouth entró en la ciudad, temiendo yo que Guillermo, mi hijo, tomase las armas para seguir el partido del duque, se lo prohibí a instancias de lady Lisle, tía suya, que me disuadió seguir el bando de un joven temerario e inconsiderado cual era Monmouth. Pero mi hijo Guillermo, atraído de la pompa y festejo con que fue recibido el duque en Bridgewater, y mucho más de sus promesas, quiso seguirlo, ocultándonos a todos su determinación y dejándonos sumergidos en llanto luego que lo supimos; especialmente a Elena su hermana, que estuvo a pique de morir de dolor cuando nos llegó la nueva de la pérdida de la batalla, temiendo que Guillermo hubiese perecido.

Pero volviendo ella en sí a su inesperada vista, pudiendo escapar sano de la batalla, nos vimos precisados a esconderlo en casa de su tía lady Lisle, porque siendo mujer de un lord, creímos que su casa se eximiría de la pesquisa de los realistas. ¡Ah! no fue así, no fue así. Kirke llegó a saberlo, y no sólo sacó presto a mi hijo de la casa de su tía, sino que también mandó arrestar a la misma lady y hacerle el proceso por haber dado asilo a un rebelde.

Aunque ella defendió su inocencia y los jueces decidieron en su favor, nada valió para quien no quería perdonarla. Kirke, a instigación del cruel Jeffreys, resolvió condenarla a muerte, como lo ejecutó juntamente con mi hijo Guillermo. No pude resistir al dolor de tal nueva. En la silla donde estaba quedé sin sentidos, presente mi mujer, que no podía socorrerme sino con gritos y lamentos, a los cuales acudieron los criados. Me llevaron a la cama, creyendo que hubiese fallecido, pues no daba ninguna señal de vida. Elena, la infeliz y deplorable hija mía, llegando a saber la causa del mortal dolor de sus padres, que era la pronunciada sentencia de muerte contra su hermano y tía, después de haber padecido los violentos efectos del dolor acerbo de tal noticia, siente avivársele una fuerte esperanza de obtener de Kirke el perdón de su amado hermano, si intercedía por él.

No pudiendo resistir su inocencia a los impulsos del atrevimiento que le daba su afecto, vino a mi cama a pedirme licencia para ejecutarlo, después que la obtuvo de su enajenada madre. Pero el mismo estado en que me vio privado de sentidos, encendió más en ella las ansias de ir a presentarse al inhumano Kirke para implorar la gracia. Vístese de luto despeinada como estaba y, haciéndose acompañar de una criada, se encamina con intrépido dolor a la casa de Kirke y, arrojándose a sus pies, dícele ser ella la hermana de Guillermo Bridway y la sobrina de lady Lisle. Los sollozos no la dejaron proseguir.

Kirke, recibiendo con risa su doliente y humilde postura, le dice: Y bien, ¿qué queréis, hija mía? Ella, creyendo sin duda que el llamarla hija era efecto de la compasión, sintióse confortada, y continuó a decirle: ¡Oh señor!, cuanto el nombre de hermana y de sobrina de esos infelices, no os declarara bastante mis ardientes y respetosos deseos, mi dolor, mi sumo dolor, sobrado os lo manifestará. No vengo triste e infeliz suplicante a desarmar en favor de esos reos la justicia; sólo sí a implorar vuestra piedad para que se suspenda hasta que la confirme el soberano.

La oía y miraba Kirke con risa silenciosa, continuando ella a decir: Conceded, os ruego, por lo que más amáis en este mundo, el tiempo necesario a mis infelices padres, enajenados del dolor, para que puedan implorar la demencia del monarca en favor de un hijo a quien, antes el ardor de una edad inconsiderada que la voluntad de rebelarse, impelió a un exceso que, aunque digno de castigo, realzará por lo mismo la demencia del ofendido soberano.

Kirke, que en vez de dar atención a la súplica de Elena, devoraba con los ojos sus gracias y su hermosura, comenzó a concebir en su infame pecho deseos de gozarla, bien ajeno de rendirse a la piedad, que no conocía. Para esto, luego que acabó de decir Elena, mostróle una floja resolución de ejecutar la sentencia de muerte, para hacerse más de rogar; tomando cruel complacencia de las instancias en que Elena persistía, con tanto mayor ahínco, cuanto era mayor la flojedad que Kirke manifestaba en la sentencia, sonriéndose, paseando el cuarto y teniéndola a ella de rodillas con los brazos levantados en acto de implorarlo.

Pero de repente, acercándose a ella, le dice: Esa postura, hija mía, no conviene a tan grande hermosura; sentaos aquí y trataremos con mayor comodidad ese negocio, que a la verdad es muy delicado; mas, ¿qué no consigue en este mundo una hermosa? Todo, sí, todo. Vamos, deja de llorar, que el amor no gusta de visajes; dadme acá esa manita digna de un cetro.

Elena, que a pesar de su inocencia echaba de ver que aquel modo truhanesco e indecoroso no decía bien con la seriedad que requería su súplica, retrayendo su mano de la de Kirke, pónese otra vez de rodillas diciendo: ¿Me concedéis, pues, la gracia? ¡Qué agradecimiento pudiera igualar al mío! ¡Qué no diera por salvarlo!

Veamos, pues, dice Kirke, qué darías. Pero levántate y toma asiento, que el amor que concibo por tu hermosura no sufre esos humildes acatamientos. Dime, pues, ahora, ¿qué darías por salvar la vida a ese tu hermano? Si no bastaran los bienes de mi padre, responde ella, resuelta estoy a ofrecer mi vida por la suya; no me fuera sensible la muerte, si por salvarle la vida la padeciera.

Aquí Kirke da una carcajada y luego dice: Ve cuán bobilla eres; querer morir por otro, aunque sea hermano, es lo sumo de la necedad, pues es principio de rematada locura. De locura, no hay duda. ¿En tan poco tienes ese delicado corte de rostro? ¿Esos dulces y vivos ojos que forman tan hechicero contraste, siendo negros, con ese cabello rubio, que te hace parecer más blanca y delicada que la cuajada servida en plato de oro?

Coteja todo esto con el feo espectáculo que darías a la gente, si te mandase ahorcar en vez de tu hermano. ¿Qué horror no padecerías antes de ser llevada a la horca ignominiosa? Y cuando te pusieran la áspera soga a ese tu cuello tan delicado, qué agonías, qué mortales angustias no sentirías al subir la escala, arrastrada sin compasión de la infame mano del verdugo que te quitaría la vida, quedando tú en el aire, fea, horrible, espantosa... no, no paso adelante; me siento estremecer de sólo decirlo; yo mismo me horrorizo. ¿Y todo esto quisieras padecer por salvar la vida a tu hermano? ¡Oh Dios! ¡Oh Dios!, exclamó ella no menos horrorizada. Pero sin dejarla pasar adelante, añadió Kirke: Ea, pues, no se te pide tanto; por mucho menos, ¡oh! infinitamente menos, ya se ve, lo podrás librar de la muerte; puesto que sobre los bienes de tu padre, que me ofreciste, no hay que contar; quedando confiscados por el rey, como bienes de un rebelde. ¿Confiscados?, exclamó ella, poniéndose a llorar amargamente.

No hay que poner duda en esto, hija mía, pero con todo lo podremos componer. Basta que quieras condescender con lo que te pida y todo quedará arreglado, ajustado, liquidado, y todo cuanto quieras.

(Permitidme, dijo aquí el viejo, que os haga estas menudas relaciones, pues ellas os harán ver mejor el brutal, descarado y abominable carácter de aquel monstruo.)

La inocente Elena, alborozada tal vez de que sólo dependiese de su voluntad la gracia de su hermano, de su tía y la restitución de los bienes a su padre, le responde: Sí, señor, todo cuanto queráis haré, aunque me deba reducir a trabajar vuestros campos, apacentar vuestros ganados. ¿Qué campos, ni qué ganados te vas a buscar ahora? No tienes necesidad de eso, dijo, para dar envidia a Ceres, a Palas, ni a Diana, ni a todas esas ninfas, partos de los insensatos poetas. ¿Había yo de permitir que esas tus tiernas y delicadas manos y carnes fuesen a perder su cándida elasticidad con las fatigas del campo y con los soles? Mucho menos es lo que pido.

¿Qué queréis, pues, señor? Te lo voy a decir con todo el ardiente amor que me infunde tu hermosura. ¿Pero no sabremos qué quiere ahí en pie ese estafermo? Señor, es Cecilia, mi criada, que me acompaña. Pero lo que quiero pedirte no necesita de testigos; y así, Cecilia, anda allá fuera, que aquí nada tienes que ver. Cecilia, afligida y temerosa por su amada Elena, se sale; Kirke continúa.

Ahora que estamos solos y sin testigos, te diré lo que vivamente deseo; y es... ya me entiendes. No, señor, no os entiendo. ¿Cómo no? ¿Tan tiernecita eres? Vales otro tanto. Señor, no os entiendo. Bien, pues me explicaré un poco más; y echándola los brazos... Ella, espantada cotejando tales cosas, sin duda con las máximas virtuosas en que la había imbuido su madre, comenzó a conocer el horror de su fatal situación; y palpitando le dijo si era aquello lo que quería.

Esto es una parte solamente, dijo Kirke. ¡Oh cielos!, compadeceos de mí, exclamó Elena. Y él, creyendo que este lamento fuese efecto de que ella flaquease, se levanta de su asiento para asirla con sus brazos y poner sus torpes labios en su rostro; mas ella, resistiendo con porfía, evitaba encontrar el rostro de Kirke, el cual, dejándola con despecho, le dice: No, no gusto de hacer violencia a nadie. Idos en hora mala que yo extenderé el brazo de mi rigor sobre esos rebeldes, y soltaré el freno a toda mi exasperada indignación. Mueran de mala muerte.

Ella, atemorizada de esta amenaza, échase otra vez de rodillas en el suelo, diciéndole con lágrimas: ¡Oh, señor!, haced que triunfe vuestra magnánima piedad sin perjuicio de mi decoro. ¡Qué decoro!, sois todas las mujeres unas embusteras, unas taimadas, unas... sí, lo sois. Hacéis valer el decoro, el honor, la honestidad y todos esos mamotretos, como queréis y cuando queréis; os conozco. ¿Una negativa al coronel Kirke? ¿Y de quién? De una paja, que al soplo de mi furor puede quedar aniquilada.

¡Oh cielos!, ¿mas qué os he hecho?, ¿en qué os ofendí? Cómo, ¿qué habéis hecho? ¿Te parece pequeña injuria, leve delito, el no condescender con mis deseos? No se pasará así. Ahora mismo voy a mandar que se le haga tragar plomo derretido a ese traidor de tu hermano, y para que veas que no me burlo, voy a llamar al criado. Kem, Kem. ¿Qué hacéis, señor, qué hacéis? Por vuestra vida, piedad os pido, un poco de piedad.

¿Piedad? La habrá si veo condescendencia. ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Infeliz de mí! No, no; moriré antes mil veces. Quitadme antes la vida, cualquiera muerte me será preferible. ¡No ves, no ves cuánta algazara! Bien se ve que eres muy simplecilla. No, no; la horca, el plomo derretido. ¡Oh cielos! ¡Oh cielos! El llanto la sofocaba.

Enhorabuena; vas a quedar satisfecha. Kem. Llamad a Kem cuanto queráis; no temo la muerte. Primero verás la que daré a tu hermano, y entonces veremos si la temes. No, no la temeré; me será de consuelo verme unida para siempre con ese adorable hermano. Oyendo esto el cruel Kirke, se levanta enfurecido, va a la puerta, y llamando desde ella al criado, le habla a la oreja, sin poder oír Cecilia, que estaba de pies allí fuera después que la hizo salir del cuarto, lo que decía. Vuelve a entrar y comienza a pasearse por el cuarto, diciendo: ¡Voto a tal que me la pagarán todos esos pérfidos rebeldes! ¡Vivos los he de mandar quemar! El horror agota a Elena de repente el llanto y, aunque fortalecida de su honor, quedaba como enajenada, teniendo los ojos clavados en el suelo, sin atreverse a levantarlos para no abatirse de nuevo a tentar la vía de los ruegos con su declarado tirano.

Mas éste, encendido ya de amor por ella y temiendo que no quisiese condescender ni con sus ruegos ni con sus amenazas, tentó violarla sin hacerla violencia por su parte y sin que ella pudiese oponerle resistencia que dejase dudoso su triunfo, o no tan cumplido como el impío y bárbaro lo deseaba; usando del más detestable engaño contra la inocente doncella que os podéis imaginar.

Para esto, después que la tuvo amedrentada con mil demostraciones de cólera y de venganza, caminando arriba y abajo del cuarto a largos pasos, llega a pararse de repente; y cubriéndose los ojos con la mano, quedó así buen rato como pensativo. Luego, como si se hubiese arrepentido de lo pasado, rompe el silencio, diciendo: Me propasé, lo veo. Soy una bestia, un monstruo, un impío; lo confieso, lo debo confesar. ¡Oh hermosa Elena!, perdóname; aquí a tus pies quedaré de rodillas hasta que perdones mis locos, mis furiosos desvaríos.

¿Señor, qué hacéis?, dijo ella, conmovida de la postura del arrodillado Kirke. Éste le toma entonces la mano, diciendo: Hago lo que debo; lo que por todos títulos estoy obligado a hacer. De aquí no me levantaré, no, no me levantaré hasta que te dignes perdonarme. Te prometo, te juro, divina Elena, que no me verás más prorrumpir en esos bárbaros excesos, dignos solos de un Nerón, de un Fálaris, de un Procustres; me avergüenzo yo mismo de ellos; una paloma quiero ser en adelante; tierna, cariñosa, dependiente en todo de ti, de tu voluntad. Di sólo que me perdonas.

¿Qué yo os perdone, señor? Antes bien perdonad a mi infeliz hermano. Sí, pero primero quiero obtener tu perdón; éste será el preludio de todas las demás gracias que queráis obtener de mí; mi esposa quiero que seáis, mi dulce, mi tierna esposa. ¿Cielos, qué proferís? Lo que acabas de oír: la esposa del coronel Kirke. Aquí a tus pies de rodillas, te pido, hermosa Elena, el consentimiento. De otro modo, no, no podré reparar mis arrojos y descaro, solicitando a una honrada doncella, como lo hice temerariamente, inicuamente, bárbaramente. Me arrepiento, espejo de virtud. Esta misma noche quiero que seas mi esposa; sólo depende mi dicha, mi suma dicha, de vuestra voluntad.

La pobre Elena, que por las sumisas y ardientes demostraciones del traidor Kirke, no dudó que se hubiese enteramente mudado, aunque maravillada de tan súbita mudanza, se lisonjeó con todo que de veras efectuase lo que al parecer con verdad le proponía; y así, le dijo: ¿Cómo queréis, señor, poner los ojos en mí? En vos, en vos sola, adorable Elena, exclamó él, levantándose como tigre alborozado. No tiene la Inglaterra, entre todas sus delicadas hermosuras, modelo igual a la tuya; a esa tuya, por la cual moriré si esta misma noche no la cuento por mía, si no la poseo enteramente.

Permitidme, pues, dijo ella oyéndolo, que Cecilia vaya a informar a mis buenos padres y a pedirles su consentimiento. No, no puede ser; no sufro ninguna dilación. Su gozo será mayor cuando te vean sin pensar, sin poderlo imaginar, esposa del coronel Kirke. Resucitarán de muerte a vida; no lo dudéis. ¿Pues y tu hermano y tu tía? ¡Qué júbilo van a tener!

Será inexplicable. Porque, ¿qué no hay más que verse hoy aherrojados en un calabozo, esperando a cada instante la fatal intimación, y en vez de ella verse de repente restituidos a la vida, a la libertad, a sus bienes, al mundo?

¿Y esto por quién? Por la esposa del coronel Kirke, por Elena Kirke, por lady Kirke. ¡Oh!, yo me enajeno. El gozo, el júbilo me trastorna y me saca fuera de mí. Luego, luego. Kem... es un sordo, un atolondrado este Kem. Dejad que vaya a llamarlo. Quiero que avise luego al ministro para la ceremonia del casamiento y para que haga venir los testigos necesarios. ¿No tendréis dificultad? Haré venir el ministro del regimiento, hombre grave y de mucho seso; entretanto quedaos aquí en plena libertad, como dueña que sois ya de esta casa; y para que no quedéis ociosa, aquí tenéis esta cajuela de joyas; vedlas, que son ricas.

Vase el infame a urdir el cruel engaño, dando traza para que uno de sus criados se vistiese de ministro e instruyendo a los demás sobre lo que debían hacer para representar bien aquella infernal comedia, mientras la incauta y crédula, de sobrada inocente, hija mía, quedaba a solas confusa y atónita, luchando con el gozo de la vecina libertad de su amado hermano y con el temor del inminente casamiento, sin poder fijar sus ojos en aquellas joyas que Kirke le puso delante, infames frutos de sus insolentes desafueros.

Vuelve al cabo de rato muy alborozado, seguido de sus criados que, prevenidos de él, le hacían sus fingidas zalemas a mi turbada hija. Entra luego acompañado de otros el embustero ministro, a cuyo severo y obeso aspecto comenzó a temblar la inocente víctima; mucho más cuando empezó a remedar el hipócrita sacerdote las sagradas ceremonias.

Era ya de noche cuando se concluyó todo aquel execrable ceremonial, preparándose poco después la cena, a la cual asistieron los dos testigos del casamiento, cómplices en las crueldades del desalmado Kirke.

Ellos no perdonaron a las más sucias lascivias para encender el apetito de aquel bruto feroz, mezclando tan feos enigmas a sus frases deshonestas, que la infeliz Elena, a pesar de su inocencia, comenzó a sospechar traición, especialmente viendo que no trataba de la libertad de su hermano y de su tía; de modo que no pudo contener el llanto en que prorrumpió, forzada de las angustias que acometieron su corazón, a los ademanes y libres indicios de aquellos malvados.

Entonces, mostrándose Kirke indignado contra ellos, los echa del cuarto, para manifestar a la llorosa Elena su desaprobación, pero de hecho para dar lugar a que dos criadas la llevasen al tálamo de su no creído oprobio y de su ignominiosa desventura, por más que oponía los inocentes y recatados esfuerzos de su honesto pavor.

¡Ah! poco fue que saciase aquel feroz bruto todos los caprichos de su abominable lujuria en aquel casto y virginal cuerpo... ¡Oh cielos! El corazón se me despedaza... (el viejo no pudo proseguir, sollozando amargamente). ¡Pobre doncella!, exclamó Eusebio con lágrimas en los ojos. Entonces, dirigiendo el viejo la palabra a Eusebio, le dijo: ¡Oh, hijo mío!, puedes imaginarte alguna parte de su barbaridad; mas cómo podrás creer que al otro día, después de abusar con tales violencias de la doliente y atónita hija mía, la cual apenas podía sosegar al tumulto de los sentimientos de su vergüenza y de su perdida virginidad, con la idea de verse esposa de Kirke y con la esperanza de la libertad de su hermano y tía, a los cuales se había sacrificado, cómo podrás creer, vuelvo a decir, que aquel infernal monstruo de Kirke, llevándola a una ventana cerrada la dijese, revistiéndose de inhumana severidad: Debo prevenirte, Elena, que soy un mero ejecutor de los órdenes del rey. Una declarada negativa al coronel Kirke, lleva ya su recompensa con lo que padeciste esta noche, sin tener nada de casamiento. Mi primera resolución fue quitarte la vida; pero te tuve compasión y me contenté de añadir a la venganza que has probado, la ejecución de los rebeldes, si los conoces; y abriendo la ventana le muestra... ¡Oh cielos!... su hermano Guillermo pendiente de la horca, juntamente con su tía lady Lisle...

Volvió aquí a interrumpir el buen viejo su narración con llanto, acompañando Hardyl y Eusebio, estáticos de horror, con sus lágrimas el quebranto del viejo, el cual al cabo de rato, prosiguió diciendo con palabras interrumpidas de sollozos, los había mandado ahorcar aquella misma noche. Al impulso del repentino dolor, que causó a la desdichada Elena la horrible vista de tan increíble y bárbaro espectáculo, hízola caer sin sentidos en el suelo, maltratándose la cabeza y rostro con la violenta caída; y así como estaba pálida, desfigurada y sin sentidos, mandóla llevar a sus padres acompañada de Cecilia, a quien no dejaron salir de la casa de Kirke, teniéndola encerrada toda aquella noche.

Hallábame yo en cama todavía, vuelto apenas en mí del fiero dolor que me causó la emanada sentencia contra mi hijo, cuando entraron en casa la desventurada Elena. Las fieles y amorosas criadas la llevan a la cama, procurando ocultarme tan crueles noticias, pues yo ignoraba que ella hubiese salido de casa para ir a la de Kirke.

Bien sí se vieron precisadas a dar aviso a la madre, que lo sabía; la cual, no viendo volver a su hija en toda aquella noche, la hubo de pasar entre horribles angustias y temores, especialmente no habiendo querido dar entrada en casa de Kirke al criado, que envió repetidas veces para saber de su hija y de Cecilia; y sin duda las mortales congojas que padeció aquella noche, debieron disponer su ánimo para la funesta catástrofe que la esperaba, pues al ver a su hija tendida en la cama sin sentidos, amoratado el rostro y ensangrentado, creyendo tal vez que la hubiesen ajusticiado, cayó allí mismo muerta de repente.

Los lamentos, los gritos y alboroto de los pasmados criados y mujeres, llegan a herir mi oído y a darme susto; de modo que llamando, y no respondiendo ninguno, me esfuerzo a levantarme de la cama para ver por mí mismo lo que era. Llego a la puerta y acude a mi voz el criado de mi mayor confianza; viéndolo llorar, le pregunto la causa del alboroto que había oído y de su llanto. ¡Ah!, señor, ¿dónde vais?, me dice. Volved a la cama que allí os contaré, si puedo y si podéis oírlo, el abismo de vuestras desventuras. La nueva de la sentencia de muerte contra mi hijo, había hecho la mayor prueba del temple de mi corazón; y aunque sentía desfallecer mi pecho al paso que Souval, mi fiel criado, me contaba la desgracia de mi mujer; pero luego que comenzó a declararme él mismo las iniquidades de Kirke con mi hija Elena, por lo que Cecilia le había contado, mi acerbo sentimiento, transformándose en rabia, me impele a tomar una espada que tenía en la cabecera, para vengar con ella mi violada hija.

Pero deteniéndome Souval, me dice: ¿A dónde vais, señor? Esperad, que no sabéis todavía el exceso de vuestras desgracias. ¿Cómo, quedan todavía rayos que disparar a mi rabiosa suerte? ¿Mi sufrimiento no agotó toda la saña de su furioso poder? Vuestro hijo..., milady Lisle... ¿Qué es?, decid, ¿qué sucede? No existen ya; no existen, y vuestros bienes van a ser confiscados hoy mismo. ¿Hubierais podido sobrevivir al golpe de tantas desventuras que se desplomaron a una sobre mi cabeza? Caigo otra vez desfallecido y sin sentidos en los brazos del fiel Souval; el cual, después de haberme arrastrado a la cama para socorrerme, trabajó en quitarme la espada de los dedos yertos en que quedó agarrada.

Mi infeliz hija Elena, que había dado entretanto señales de vida, las dio también de locura, diciendo que quería devorar a su marido, que quería ahorcarlo con las serpientes que le nacían en la cabeza. La desdichada había perdido enteramente el juicio. Pero nada de todo esto fue bastante para que el feroz Kirke dejase de enviar sus ministros para confiscar todos mis bienes, hasta la casa, antiguo solar de mis mayores, de donde me sacaron bárbaramente envuelto en una manta, como estaba desnudo, y sin sentidos; y en otra a la deplorable Elena, cuya violación no había podido aplacar la cruel venganza de aquel monstruo. Nos llevaron fuera de la ciudad, y dejándonos expuestos en un muladar, a beneficio de las fieras y aves de rapiña, si querían devorarnos; intimando a más de esto penas a los criados si se atrevía ninguno a socorrernos.

Sea que el rocío de la noche o que el aire abierto del campo contribuyesen para hacerme volver en mí, despierto de aquel funesto letargo; y recobrando poco a poco los sentidos, veo sobre mí las lucientes estrellas, a las cuales alcé los ojos, tendido como estaba en el suelo, ladrándome a un lado un perro, y al otro llorando y sollozando un hombre puesto de rodillas, que se apiadaba de mí. Parecíame haber muerto y que me hallaba en otro mundo. Impelido del esfuerzo de esta temerosa imaginación, hago un movimiento y arrojo un suspiro, que obligó a la persona que estaba gimiendo a mi lado a decir: ¡Ah!, ¿vivís, señor mío? ¿El airado cielo os conserva la vida todavía? Era el fiel, el adorable Souval, el que esto me decía. Lo reconozco.

Mi primer impulso, sin saber lo que por mí pasaba, fue abrazarme con él y él conmigo, bañándome de lágrimas, sin poder él ni yo proferir una palabra. Pero luego que le pregunté, ¿qué es de nosotros, Souval?, ¿en qué mundo estamos? Huyamos, señor, me dice, huyamos de este suelo, en donde no sólo no os queda piedra en donde reclinar la cabeza, sino que también, en la sima de las desventuras en que os han despeñado, me vedan alargaros la mano para socorreros.

Las potencias de mi alma y mis sentidos parecían quedar embotados, pues sólo como sueño liviano se me representaba a la memoria lo pasado; y en el estado en que me hallaba, no reconocía mi infelicísima situación, sino que respondía materialmente y como alelado a lo que Souval me decía. Mas haciendo un esfuerzo para obedecer a las instancias que me hacía de huir, me reconozco desnudo, envuelto en aquella manta, sin fuerzas para ponerme en pie, aunque lo intenté dos o tres veces. Echando de ver Souval mi flaqueza, intenta cargar conmigo, pero la importunación del perro que me ladraba, habiendo atraído dos, movían tanta algazara con sus ladridos que obligaron a los dueños de aquel campo a salir con escopetas, creyendo que fuésemos ladrones. Souval, al oírlos venir; me desampara y se aleja.

Ellos se acercan hacia mí, alumbrados de un candil que llevaba un muchacho que los precedía. Me descubren y me preguntan quién era y quién me había traído allí. Yo les digo mi nombre, sin saber darles otra respuesta. El más anciano me conoce por el nombre y me dice: ¿Vos sois sir Bridway? ¿Me toca veros expuesto a las fieras, a las inclemencias del cielo? ¿Pobre, desnudo, desamparado de todos los humanos?

Estas palabras comenzaron a hacer alguna impresión en mí, de modo que, enmudeciendo triste a sus preguntas, cruzando mis manos sobre las rodillas y bajando la cabeza, me puse a llorar sentado como estaba en el suelo y envuelto, como tenía el medio cuerpo, en la manta. Se compadece de mí aquel labrador y me ayuda a levantar; pero viendo que no podía tenerme en pie, le ayudó el otro labrador que lo acompañaba y entre los dos me llevan a su casa, que estaba allí cerca.

Souval se había retirado, recelando que aquellos labradores fuesen ministros de Kirke, pero a paraje desde donde pudiese oír lo que decían, y conociendo que me eran amigos, nos fue siguiendo a la casa, donde entró poco después que me pusieron en una pobre cama; y descubriéndose al dueño, éste lo dejó entrar en el cuarto en donde me hallaba.

Él se arroja sobre el lecho y, renovando su llanto, me decía: No os desampararé, señor mío, pues otro no os queda en la tierra que el desdichado Souval, no os desampararé. Treinta libras esterlinas que me quedan de las que me entregasteis para el gasto del mes, las pude encubrir a la pesquisa de aquellos bárbaros, que me lo requerían todo. Con ellas os podré llevar a Londres con alguna comodidad para que imploréis la justicia contra la increíble barbarie y brutalidad de esos monstruos, de cuyas garras nos conviene escapar. No hay tiempo de descanso; huir nos importa, mientras nos concede aún la noche sus favorables tinieblas.

Si vuestros corazones son sensibles, podéis imaginaros la fuerte impresión que hizo en mi pecho, aunque aturdido de tantos males, la fidelidad y el amor del fiel Souval. (Eusebio había sacado el pañuelo para enjugarse las lágrimas). Me abrazo con él y, apretándolo en mis brazos, le decía llorando: Oh, mi respetable Souval, haré lo que queráis; mas, ¿a dónde podemos huir? No me puedo mover. ¿La pobre Elena en dónde está? Hánsela también arrancado a su infeliz padre? ¡Oh cielos, exclama él, ahora se me acuerda! A vuestro lado la pusieron también envuelta en otra manta. ¿Qué sé yo lo que pudo ser de ella? Voy a ver si la encuentro. Souval parte, dejándome sumergido en mayores angustias. Él, sirviéndose del mismo candil del muchacho, fue en busca de Elena al lugar en donde me encontraron, y descubriendo algo apartado de allí una manta extendida a lo largo sobre un ribazo que daba a un foso, le excitó tal vista las tristes sospechas que confirmó el cadáver de la infeliz hija mía, que hallaron anegada en la poca agua que allí había. Tal vez la locura que había manifestado engañada de las tinieblas de la noche, debió llevarla a precipitarse en aquel foso. ¡Oh hija mía! ¡Oh hija mía! ¡Puedas gozar en el cielo el premio de tu martirizada inocencia!

Viendo Souval el mal irremediable, volvió a la casa del labrador, procurando disimular su dolor y ocultarme el funesto caso. Mas insistiendo yo en querer salir de tan crueles dudas antes de partir sin ella, lo forcé a que me le contase. ¡Oh providencia! ¡No, no murmuro de tus inescrutables secretos! ¡Ah! ¡La tierra es el áspero camino por donde llevas al hombre a merecer la sola y eterna bienaventuranza que le tienes prometida! Aquí Eusebio, el viejo y Betty, su segunda mujer, que había dispuesto la comida, se abandonan al llanto; y Hardyl, levantándose de su asiento llevado de su enternecida compasión, va a abrazar al viejo, diciéndole: Sir Bridway, en el mismo exceso de vuestra desventura, reconozco el alma grande que os da y sustenta la vida. Recibid el tributo de mi conmiseración, que tan merecida tenéis y que quisiera os sirviese de alivio.

¡Oh! sí, os lo agradezco, huésped, os lo agradezco; no hay duda que os dé algún alivio en las desgracias la ajena compasión; pero si supierais también de cuánto mayor consuelo me fue en ellas la fidelidad que experimenté de Souval, no extrañaríais tal vez que ésta sola fuese capaz de contener la rabiosa desesperación que excitó en mi pecho la noticia de la pérdida funesta de mi amada hija, maltratándome yo mismo y pidiendo un acero para matarme. Souval no sólo contuvo y sosegó mi furor, sino que también me obligó a tomar aquella misma noche el camino de Londres, habiendo concretado con el labrador llevarme en una carreta, escondido en el heno amontonado alrededor de mí, y de esta manera me sacó fuera del condado de Somerset a la casa de un pariente suyo en donde, habiéndome provisto de ropa, me condujo a Londres para implorar la justicia.

Pero para que ningún género de males dejase de saciarme de toda su amargura, me sobrevino, llegado apenas a Londres, una larga enfermedad, contraída de tantos dolores, afanes y congojas; la cual no sólo acabó con el poco dinero que Souval traía, sino también dio tiempo a mi rabiosa fortuna para levantar entre tanto al impío y desnaturado Kirke y al inhumano Jeffreys, autores de las más atroces maldades y desafueros, llamándolos el rey a la corte y haciendo a Kirke, baronet, y a Jeffreys, par de Inglaterra.

Entonces, viendo cerrados para siempre todos los caminos a mis miserables esperanzas, perdidos sin remedio todos mis bienes y reducido a la mendicidad, sin mujer, sin hijos, me abandono enteramente a la desesperación e impelido de mi fiero dolor, resuelvo acabar con mi vida infeliz, dándome yo mismo la muerte. A este fin tenía aparejado el lazo e íbalo a ejecutar, al tiempo que entrando Souval en el cuarto, viendo el fatal aparejo, conoce mis funestas intenciones.

Arrebatando entonces el lazo: ¡Cielos!, dice, ¿qué intentáis hacer? ¿Para esto expuse yo mi vida y empleé el sudor de mi rostro para salvaros y conservaros? ¿Queréis también servir al furor de vuestra cruel fortuna haciéndoos su verdugo contra vuestra misma vida? ¡Oh Souval!, le digo, ¿qué bien es para mí una vida aborrecible? No, dejad que acabe con ella; así tendrán solamente fin los males, cuyo horrible peso no puede soportar más mi flaqueza que sólo es para vos una importuna carga.

No lo permitiré, me replica, no puedo permitirlo ¡Ah!, si vuestra alma es inmortal y si el abusar de vuestro albedrío es delito contra las disposiciones de la providencia, ¿pensáis que acabarán vuestros males con la vida? No lo creáis; pues si ofendéis al autor de la naturaleza, violando las leyes que le puso, y si os condena por ello al suplicio invisible, ¿no vais a pasar de estos males, que tal vez mañana pueden tener fin o remedio, a los eternos del alma inmortal? No, no quiero llamar esa vuestra vida, aunque para mí muy apreciable, un bien. Veo el colmo de la amargura que os hace probar vuestra cruel suerte; mas, ¿no será por lo mismo más respetable vuestra paciencia, si toleráis tantas desventuras con resignación? ¿Esta misma no os será seguro medio para gozar en el cielo de la dulce compañía de vuestros hijos y para disfrutar con ellos eternamente el premio de vuestra conformidad?

Esta reflexión que me hizo penetró mi alma; y lo que luego me añadió, acabó de disipar mis funestos intentos; pues me hizo saber que para alimentarme después que se le acabó el dinero, se había puesto a zapatero, oficio de que lo sacó mi padre en Tauton en su mocedad, prendado del buen genio de Souval, prometiéndole darle en su casa una vejez descansada.

¡Ah, qué poco pensaba mi padre que la cruel suerte había de reducir a tal extremo de miseria a su hijo desdichado, y aniquilar tan presto su familia! Pasmado yo del exceso de amor y de fidelidad del buen Souval, quise saber en qué tienda trabajaba, como lo hice, luego que la convalecencia me permitió salir de casa. Su vista, unida a la viva idea que me imprimió de que mis trabajos sufridos con resignación contribuirían para ver mis hijos en el cielo, despertó en mí una suma aversión a las cosas de este mundo, de las cuales me hallaba ya privado, sin esperanza de poderlas recobrar, y me resolví a seguir el ejemplo de Souval trabajando en la misma tienda.

Hube de vencer la suma repugnancia que padecía en tomar aquel oficio, al cual se oponía el mismo Souval, no sufriéndole el corazón verme reducido a tales extremos; mas esta misma oposición empeñó mi reconocimiento para poder contribuir con mis manos a ganar nuestro sustento; cediendo él al cargo que le hice de emplearme en algún oficio para ganarme el sustento, por si acaso él, siendo más viejo que yo, me llegaba a faltar. ¡Ah! sí, me faltó; me faltó el adorable Souval. Mis lágrimas y mi dolor fueron la recompensa y tributo que obtuvo en su muerte ese hombre digno de la adoración de toda la tierra.

Aquí dio fin con llanto el buen viejo a su narración. Hardyl le dijo entonces: Aunque sois digno a la verdad de la mayor compasión, no sé si prepondera más en mí este afecto, o bien el de la admiración de vuestra constancia en tantas y tan acerbas desventuras. El caso es que os debemos y os damos muchas gracias por la relación que nos hicisteis de ellas, pues nos hallamos también en estado en que nos puede aprovechar vuestro ejemplo.

¿Cómo?, dijo entonces el viejo Bridway, ¿también sois vosotros del número de los desdichados? Si las desgracias, responde Hardyl, pueden hacer al hombre desdichado, nosotros nos pudiéramos contar en ese número; pero como colocamos la sola dicha en la virtud, podemos parecer infelices a los ojos del mundo, sin que de hecho lo seamos. A lo menos tales no nos reputamos.

¡Oh huésped!, ¿qué decís? ¿Si yo hubiera poseído la virtud, creéis que no fuera desdichado? La muerte ignominiosa de un hijo, la bárbara violencia y el sufrido deshonor de una hija inocente, su muerte aciaga, la de mi mujer, la privación de mis bienes, la horrible miseria y abandono en que me vi, tantos males desplomados a una sobre mi cabeza, ¿no me hubieran visto infeliz aunque abrumado de todos ellos, si yo hubiese poseído la virtud?

¿Pues qué, esos bienes, le dijo Hardyl, los reputabais vuestros? ¿Estuvo en vuestra mano el hacer que vuestra inocente hija no fuese violada o que no muriese vuestro hijo en la horca? El que nace a este mundo, ¿no queda expuesto a todos los accidentes buenos y malos que lo agitan? Pero todo eso, replicó el viejo, ¿qué tiene que ver con la virtud, para que ésta pueda impedir que no sean infelices los que prueban las desgracias mayores?

Os lo diré, respondió Hardyl. El alma, alimentada de estas reflexiones que son las máximas de la sabiduría, va insensiblemente fortaleciéndose con ellas, de modo que puede llevar enfrenado y regir con vigorosa mano los deseos e inclinaciones del corazón, para que no se aficione sobradamente a los objetos de la tierra, que de un día a otro puede perder arrebatados de la misma fortuna que se los dio, o de la muerte que tarde o presto debe llegar.

El hombre, persuadido de esto, no puede dejar de amar, por ejemplo, al hijo o las riquezas si las tiene. Pero este amor y esta afición contenidos de las máximas de sabiduría, se templan de modo que las fuerzas que adquiere la desconfianza con la reflexión de la incertidumbre de tales bienes, las pierde el amor de estos mismos, dando lugar en el pecho a la moderación y a la constancia; dos nobles sentimientos de la virtud, y más sublimes que los del afecto y del amor que tales cosas merecen.

¿Llegan a sobreponerse estos sentimientos de moderación y constancia a los demás afectos del alma? Entonces, si la suerte le arrebata el hijo, o si lo despoja de las riquezas, lo siente sí, porque son cosas sensibles; pero la virtud, armando su pecho de fortaleza, le dice: no era eterno, ni menos tuyo el hijo que nació para morir, ni tampoco las riquezas que te dio en préstamo la fortuna y como ganada al juego de sus caprichos. ¿Querrás oponer, hombre pequeño, ciego y miserable, tus revoltosos sentimientos al impulso terrible y eterno que dio la omnipotente mano del Criador a los bienes y males de este suelo, para que revolviéndolos con ley cierta e invariable, sirviesen a sus fines incomprensibles e inescrutables?

¿Qué es tu hijo, su deshonor, el tuyo, tus riquezas, tus desgracias, tu vida y muerte en el rincón desconocido de una provincia, de una ciudad, en cotejo de los infinitos accidentes que alterando todos los reinos e imperios de este suelo o de otros si los hay, deben servir a las miras eternas de aquel que desde el trono, a quien son los astros brillante pavimento, no pierde de vista al insecto que tus ojos no descubren, o que descubierto, huellas por lo mismo con planta altanera y desdeñosa?

Los males que padeces limitados a tu miseria y pequeñez son sensibles; pero medítalos y verás cuánto los agravan tus mismas pasiones, tu vanidad, tu ambición, tu soberbia, tu opinión. Despójalos de estas ideales circunstancias y dime qué les queda. Perdonad, buen huésped, continuó a decir Hardyl, pues la materia me llevaría muy adelante, y no quisiera haceros mala obra, pues es tarde, y la comida os espera.

No, no; continuad, dijo Bridway. Vuestro discurso me es como una nueva luz, de la cual no tenía ninguna idea y me infunde consuelo. Bien, mas ya que con tan generosa y buena voluntad nos habéis proporcionado ocasión de disfrutar de vuestra compañía, podemos renovar estas mismas pláticas en mejores horas y sazón que no en ésta, en que no sólo os llama la comida, sino que también debemos pensar nosotros en la nuestra.

¡Oh cielos! La mía se reduce sólo a un poco de bacalao, y éste escaso para cuatro; pero si queréis, tened paciencia, iré a proveer alguna cosa más, ahora mismo, ahora mismo. Betty, dame la espuerta y la alcuza. No. ¿Qué hacéis, sir Bridway?, no lo permitiré. Perdonad; no es por rehusar vuestro convite, sino porque debemos ir a otra parte que mucho nos importa. Bien sí desearía que al favor que nos hacéis de darnos alojamiento, añadierais el otro de buscamos cama. Aquí tenéis estas dos libras esterlinas; pagad con ellas el alquiler para quince días y hacedla poner donde gustareis, pues cualquiera lugar en vuestra casa nos será apreciable, aunque sea aquí mismo. Deseara también saber a qué hora acostumbráis iros a acostar, pues no sé si podremos volver antes que anochezca. Volved cuando os dé ganas o cuando podáis, pues la hora en que llegareis esa será para mí la de disponer la cena, pues espero no me negaréis la complacencia de cenar con vosotros. Nosotros la tendremos mayor, sir Bridway, de disfrutar de vuestra compañía; y así, quedad con Dios, volveremos lo más presto que nos sea posible. Adiós, mistress Betty.

Fuera de casa de Bridway, Hardyl dice luego a Eusebio: ¿Habéis oído, Eusebio? ¿Qué os parece de los accidentes que llegan a pasar por los hombres en este mundo? ¡Oh Dios!, dijo Eusebio, ¿quién creyera tales cosas? Me ha despedazado el corazón ese buen Bridway, reducido a hacer el oficio de remendón. Pues os aseguro, prosiguió Hardyl, que si así como dimos en esta casa, hubiéramos entrado en otras de Londres, hubierais oído otras desgracias que igualmente os aturdirían.

Cuando estemos de asiento y emprendas leer la historia de Inglaterra, verás qué horrores, qué maldades son capaces de cometer los hombres, especialmente animados del fanatismo de la religión. Pero no dudo que las desgracias de Bridway contribuyan para templar un poco vuestro sentimiento por la pérdida del coche y caballos. ¿Y qué es esa pérdida, aunque hubiese sido mucho mayor, en cotejo de las que Bridway padeció?

Me alegro, pues, que su relación haya contribuido para serenar un poco vuestro ánimo, pues me pareció que lo tenías sobrado turbado. ¿Sabéis a dónde nos encaminamos ahora? No, por cierto, si no me lo decís. Aquí cerca está la plaza de Spittle-Fields. Ella nos debe servir de paso para un mesón o taberna; como aquí la llaman, en donde me acuerdo que solían dar de comer a todas horas a los que llegaban; y como no tenemos tiempo que perder, hago cuenta de matar, si puedo, dos pájaros de un tiro. Iremos a comer a ese mesón y de paso daremos una ojeada a esa plaza para ver si hallamos tienda por alquilar; y si no la encontramos, la buscaremos en otra parte. Diciendo esto, llegan a ella y después de haberla paseado dos veces, no pueden descubrir otra tienda que al parecer estuviese desalquilada, sino una que estaba cerrada. Hardyl se encamina a la inmediata, a cuya puerta había un joven de pie, a quien pregunta si aquella tienda cerrada estaba por alquilar. Creo que sí, le responde el joven. La cerró hace tres días el que la tenía por haber hecho bancarrota. ¿Sabéis por ventura qué alquiler lleva? Caro: cuarenta guineas pagaba por ella el que quebró.

¡Malo! No es hueso para nuestros dientes. ¿Pues qué, queréis poner tienda? Sí; tienda de cestero. No os trae cuenta tomar tienda en Spittle-Fields para esa mercaduría; aunque sí os debo decir mi parecer, tampoco tenéis necesidad de poner tienda en otra parte, a lo menos de tomarla en alquiler. ¿Por qué no? Porque me acuerdo que, pasando yo por una calle de Westminster, hace dos meses, vi a uno de ese oficio que con cuatro palitroques y dos esteras ponía su tienda volante, con la cual nada tenían que ver, ni la cuba de Diógenes, ni los carros de los getas.

Quorum plaustra vagas, rite trahunt domos.

Decís admirablemente, responde Hardyl. Pero, ¿nos será permitido poner tienda semejante en esta plaza? ¿Y quién es el que lo puede vedar? Si hubiera de haber oposición, había de ser por parte de los dueños de las tiendas inmediatas. El de ésta, a buen seguro que no se oponga, pues él está siempre en su casa y yo llevo el negocio. Esa otra tienda está sin dueño, y ved que queda espacio bastante entre ésta y ésa para poner holgadamente un armatoste cuan grande lo queráis hacer.

Sobre manera nos obligáis. Y puesto que con tan buena voluntad nos hacéis el favor, nos prevaldremos de él cuanto antes podamos y no os seremos ingratos. Sí, sí, cuando queráis, aunque sea mañana. Despídense con esto del mozo prendados de su cortesía, y maravillados de que se les proporcionase tan presto ocasión de poner tienda, y con ahorro de alquiler con el expediente que el mozo les había dado, y que a ellos no hubiera jamás ocurrido.

De allí van al mesón que Hardyl había indicado, y aunque ya no lo había después de tanto tiempo que faltaba de Londres, les enseñaron los vecinos un bodegón allí cerca, en donde también daban de comer. De mesón a bodegón, dijo entonces Hardyl a Eusebio, hay gran diferencia para los que les sobra dinero y vanidad. Pero para nosotros, que necesitamos tirar el cordobán para que preste y que nos formamos otras ideas diferentes de las cosas de las que se forja el mundo, es una cosa misma con otros nombres.

Verdad es también que en los bodegones suele faltar por lo común el aseo; pero tampoco lo deberemos pagar, y el aseo es un renglón caro en los mesones. Como quiera, vamos a comer que la buena hambre jamás fue melindrosa. Dicho esto entran en el bodegón que estaba lleno de gente de la que suele acudir a tales lugares.

Había en la primera mesa dos marineros que jugaban a la morra y dos lacayos un poco más arriba jugaban a los naipes. Seguía otra mesa atestada de borrachos que se desgañitaban cantando el dondorrondón, haciendo el uno de ellos el rum rum por bajo, con los carrillos hinchados, y otro que llevaba el compás con un martillo grande, dando tan recios golpes en la mesa, que uno de los lacayos que jugaban a los naipes y que perdía le dijo que desistiese, que le rompería la cabeza, oyéndolo Hardyl y Eusebio que entonces entraban.

El del martillo, sin desistir de los golpes, le responde muy serio: Quien no quiera polvo que no vaya a la era, señor mío. Y prosiguió en dar golpes más fuertes. El lacayo, enfadado de tal respuesta, le dispara de revés la baraja de los naipes al rostro. El maestro de capilla irritado de tan gran desacato, le arroja el martillo, que por buena suerte fue a dar en la botella de cerveza, haciéndola mil pedazos. Levántanse uno y otro enfurecidos para decidir a puño cerrado la contienda, al tiempo que Hardyl y Eusebio llegaban a la mesa en donde se había trabado la riña.

Los otros borrachos, al ver llegar a Eusebio y Hardyl, comienzan a gritar para poner estorbo a la riña: ¡Cuáqueros! ¡Cuáqueros! Bien venidos sean. Los pleiteantes, en ademán de salir del banco para emprenderse, se paran, contenidos de los gritos y bulla de sus compañeros para ver los cuáqueros que pasaban con gran mesura. Pues a fe que no pasarán así, dijo uno de los borrachos levantándose de la mesa. Quiero enseñarles cortesía. Y deteniendo a Hardyl del brazo, le dice: Señor Efraín, no es bien que pase vmd. por delante de estos milords sin quitarse el sombrero, y así volved atrás, y volved a pasar con el sombrero en la mano.

Hardyl, sin despegar sus labios, se quita el sombrero y se encamina hacia la puerta y luego vuelve hasta donde había quedado Eusebio. El borracho, que no esperaba tan fácil condescendencia ni con modo tan noble, parece que se avergonzó de su atrevimiento, volviéndose a sentar en su banco. Los otros mirábanse unos a otros como confusos; y los de la riña, que se habían sentado por la parte afuera de los bancos para ver pasar a Hardyl, mostraban haberse olvidado de su cólera. Cesó toda aquella behetría; la deidad del decoro parecía haber entrado en aquel lugar.

Hardyl y Eusebio pasaron adelante pidiendo un aposento al bodegonero para comer; mientras les traían la comida, Hardyl dijo a Eusebio: Me han hecho pasar por honradas baquetas pero en recompensa les hice un sermón bien elocuente, sin despegar mis labios. Dicen que el sabio no padece injuria. Si yo lo fuera me caería bien el dicho, pero no de otro modo se alcanza la sabiduría. ¿Y vos, Eusebio, habéis padecido vergüenza?

No sólo vergüenza, sino temor también de que os maltratasen esos borrachos; mucho mejor hubiéramos estado en el mesón. Eso lo creo yo también. Cualquiera hace mejor el caballero que el pobre, pero la grandeza de ánimo está en saber hacer uno y otro igualmente cuando la suerte así lo dispone. ¿Pensáis que no hay tal vez más que aprender en estos lugares que en la escuela de Sócrates?

Allí pudiéramos oír, no hay duda, excelentes consejos de moral; pero aquí los practicamos y tocamos con las manos al hombre. En primer lugar, ves en esos miserables los efectos de la falta de educación y los extremos a que los impelen sus pasiones sin freno. Ves en esos mismos un dibujo grosero de la felicidad que se forman los mundanos: beber, comer, algazara, alegría, buena vida, como dicen, pareciéndoles que con esto matan los cuidados y desazones de sus ánimos; sin echar de ver que eso es querer matar la lumbre con aceite.

Aquí también nos han dado ocasión de ejercitar la paciencia y la moderación, ¿pero quiénes?: hombres beodos que no saben lo que se hacen. Mas cotejad, Eusebio, la truhanesca familiaridad que han querido usar éstos con nosotros, con el desdén insolente y con el engaño del camarero del mesón que dejamos, tratándonos de mendigos y enviándonos en hora mala; y decidme si los mesones están exentos de disgustos. Tenéis razón, Hardyl, tenéis razón. Bien estamos aquí.

Creedme, Eusebio, que no tiene el hombre otro norte más seguro para caminar por los malos pasos de este mundo, y para no sentirlos, que la virtud. Esta es como la boya; bien pueden llevarla las olas donde quieran, jamás la anegan. Sobre esto continuó a hablar Hardyl mientras duró la comida y, acabada ya, le dice a Eusebio: Nos queda toda la tarde por nuestra y pienso emplearla en provecho nuestro; os diré en qué.

Antes de entrar en Londres, sospechando que no encontraríamos el coche y que nos habíamos de ver necesitados a volver a nuestro oficio, miraba a una y otra parte del camino para ver si descubría materiales para la tienda. De hecho, vi en un foso dos grandes matas de juncos y un eneal, y dije entre mí, éstos no se podrecerán a cielo raso sin recibir nueva forma. Pudiéramos, pues, ir ahora a darles asalto, pues esos son bienes castrenses ganados en buena guerra, cuando ninguno los reconoce por suyos.

Enhorabuena, vamos allá. De paso podemos proveemos de una hocecilla para segarlos y de soga para atar los fajos, y volveremos cada uno con el suyo y con ánimo más esforzado que un soldado victorioso cargado con los despojos del enemigo. Y os aseguro que éste ha de ser un triunfo que mirará de reojo y con despecho nuestra fortuna mal que le pese.

Dicho esto, se levanta Hardyl; Eusebio le sigue; van a comprar la hoz y la soga, encaminándose fuera de Londres al lugar en que Hardyl había visto los juncos y la enea.

Llegan allá; Hardyl siega y Eusebio dispone los fajos; atados ya, carga cada uno con el suyo y vuelven a la ciudad, animando Hardyl a Eusebio para que ejercitase antes con aquel peso la fortaleza del ánimo en los trabajos, que la del cuerpo.

¡Oh tú, desvanecido con tu linaje y ensoberbecido de tus riquezas! Ven; sigue con la imaginación a esos dos artesanos cubiertos de su carga; y si por ventura te atreves a jactar que la suerte te respetará en el asiento del honor en que te ha colocado, aprende por lo menos de ese noble y rico mancebo, reducido a tal extremo, a moderar tu jactancia y tu necia presunción y a fomentar en medio de tus riquezas los sublimes sentimientos de la virtud que rige sus pasos.



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