 Libro quinto
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Si Hardyl no
recabó destruir en el ánimo de Eusebio la
afición que había cobrado a la graciosa hija de
Smith, obtuvo por lo menos sosegar su pasión e infundirle
temor para no abandonarse a ella ciegamente, divirtiéndosela
también en parte el estudio de la historia que continuaba,
como también el ejercicio del estilo con que la
interrumpía, sin perdonarle Hardyl el trabajo del oficio por
las tardes, o el ejercicio de sus fuerzas en el huerto, siendo ya
Eusebio tan crecido que le faltaba poco tiempo para salir de su
minoridad. Para este tiempo había tratado Hardyl con
Henrique Myden enviarlo a España, para que tomase
posesión personalmente de sus haciendas, y con este motivo
hacerle viajar, condescendiendo Hardyl en acompañarlo en su
viaje.
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Después de
haber dejado asentada esta resolución, estaban una noche
cenando Hardyl y Eusebio, cuando oyen tocar a la puerta. Era un
criado de Henrique Myden que venía a suplicar a Hardyl de
parte de Susana para que al día siguiente no dejase de ir a
verse con ella, importándole hablarle. No atinaba Hardyl con
el motivo de un recado tan extraordinario y tan a deshora; pero
sospechando por lo mismo que fuese de alguna consideración,
dándole temores la enfermedad habitual de Susana, fue al
otro día en compañía de Eusebio para
informarse de sus deseos. Eran estos nada menos que de llevarse a
Eusebio al campo, habiendo determinado los médicos en la
consulta del día antecedente que fuese a tomar los aires de
mar y monte; y no queriendo diferir el remedio no quería
tampoco privarse de la compañía de Eusebio; pero que
la suya le sería también muy apreciable; y en caso
que su oficio no le permitiese prolongarle el consuelo que en ello
recibiría, le rogaba encarecidamente se lo diese todo el
tiempo que pudiese complacerla.
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Hardyl le
respondió que no le era posible condescender por entonces
con sus ruegos respecto de él, por deberse desempeñar
de una comisión de cestos que debía remitir a la
Nueva Jersey; pero que entretanto podía llevarse a Eusebio,
pues luego que él hubiese satisfecho su comisión, le
prometía de ir a estar con ellos en la granja. Llegó
en esto Henrique Myden avalorando las instancias de su mujer, y
Hardyl le renovó la misma promesa, pidiéndole le
dejase entretanto a Juan Taydor, con quien iría a
encontrarlos luego que se desembarazase de su comisión, pues
no necesitaba de coche para hacer el viaje, teniendo costumbre y
mayor complacencia de caminar a pie.
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Quedó
Eusebio en casa de Myden hasta la partida para la granja, la cual
hízose felizmente hasta media legua antes de llegar a Salem,
en donde, habiéndoseles roto una rueda del coche, se vieron
precisados a quedar en el camino hasta tanto que de Salem viniese
lo necesario para continuar su viaje. Envían a este fin a
Gil Altano, el cual, a pocos pasos dando con una casa de campo,
creyó encontrar más pronto remedio. Hallábanse
en ella los dueños, los cuales, informados por Gil Altano de
la desgracia del coche, salieron para ofrecer en persona
habitación a los viajantes. Viéronse éstos
obligados a aceptar tan cortés oferta, especialmente por la
indisposición de Susana, que necesitaba de la cordial
hospitalidad de aquellos señores, a cuya casa fue
trasladada.
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Era el
dueño un español rico, mercader de Salem, el cual,
por cierto encuentro habido en su mocedad con un fraile a quien
maltrató, debió dejar su patria y retirarse a la
América poco después de casado,
estableciéndose finalmente en Salem con su familia, que se
reducía a su, mujer y a una hija suya, que les nació
en México, a donde se retrajo en su fuga. Llamábase
la muchacha Leocadia, y era ya de edad de dieciocho años, en
cuyos negros ojos brillaba la modesta vivacidad de una alma
ardiente que animaba la dulzura de su noble circunspección.
Su rostro delicado, aunque prendaba a primera vista,
empeñaba más la afición de quien contemplaba
sus finas facciones. El talle sutil de su cuerpo daba mayores
quilates, a pesar de la modestia, a un pecho realzado y mayor que
el que su edad y talle pudieran prometer. Su estatura, casi igual a
la de Eusebio, que no era pequeña, levantábase sobre
dos pies cortados de las gracias y enseñados de ellas a
caminar sin arte, infundiendo a toda su presencia un atractivo
hechicero. Agravaba a su espalda una rica trenza de cabello, digna
de Berenice, hermanando un santo y recatado candor a la
discreción de su amable trato y cortesía.
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Viola apenas
Eusebio, cuando su corazón se sintió acometido del
tumulto de los sentimientos que le excitaron los atractivos de su
hermosura. Adiós Henriqueta. Todas las instrucciones y
consejos de Hardyl preséntanse en confuso a su memoria y
refrenan su conmoción sin destruirla. Sólo en
particular se le acuerda, pero vivamente, lo que Hardyl le dijo
acerca de la diversidad de objetos que se le presentarían
entrando en el mundo y que empeñarían más su
afición que la hermosura de Henriqueta; y viéndolo
confirmado por prueba con la vista de Leocadia, sirvióle de
motivo para contener su alteración, aunque no podía
dejar de empeñar vivamente su genio el dulce objeto que se
la causaba y en cuya casa habitaba.
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Un desmayo
sobrevenido a Susana, obligóla a hacer cama y diferir por
algunos días el viaje, facilitando a Eusebio el poder hablar
a Leocadia, lo que no hizo en los dos primeros días, aunque
se le presentaron ocasiones. El deseo de Susana de querer tener
siempre a Eusebio en su estancia, y la reserva de la misma Leocadia
no se lo permitían, y si alguna vez tuvo proporción
Eusebio de paso, la timidez y natural modestia de su genio
atábanlo de manera que sólo se ceñía a
medios cumplimientos, supliendo lo demás los ojos de
entrambos, resarciendo con miradas ardientes la elocuencia que
faltaba a su atrevimiento. Esta misma encogida privación
alimentaba más la llama de su afecto, dejando mayor campo a
la imaginación para aumentar las calidades y perfecciones de
Leocadia, y para admirar más en provecho de su
afición la extraña combinación de la suerte
que unió en una misma casa dos jóvenes
españoles casaderos, y en país tan lejano a donde los
trajo por tan extraños caminos y accidentes, pues no
tardaron a quedar informados de esta circunstancia tan realzante
para su amor. Es siempre dulce la satisfacción de verse los
patriotas en países extranjeros. ¡Cuánto
más dos amantes! Leocadia, aunque sabía la lengua
inglesa, no había olvidado la propia, hablando siempre en
ella con sus padres; y sabiéndola bien Eusebio, tenía
mayor motivo de complacer a su amoroso genio y de merecer la
confianza de su amada; pero el modesto encogimiento de entrambos,
le servía al mismo tiempo de irritante estorbo, hasta que
una mañana en que Susana se dejó tomar del
sueño, velándoselo Eusebio, entró en la
estancia Leocadia enviada de su madre para informarse de la salud
de la enferma.
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El justo pretexto
de su venida, el silencio y oscuridad de la estancia, tan favorable
a los amantes, el sueño de la enferma, facilitábales
una larga conversación, y a Eusebio el lance de declararle
sus sentimientos. Éste, al verla entrar en la estancia,
sintióse oprimido de la palpitación que le
causó su vista. Leocadia, que ignoraba las circunstancias
del sueño de Susana y de que estuviese allí solo
Eusebio, acercóse a la cama sin distinguirlo por la
oscuridad; mas conociendo por el resuello que la enferma
dormía, íbase a retirar pasito, cuando Eusebio,
cobrando aliento, se acerca a ella para ver lo que deseaba.
Leocadia sorprendida dícele su comisión, mas
sintiéndose asir de la mano y queriendo apartarla antes por
recato que por disgusto, dio motivo a Eusebio para que,
apretándosela más, la detuviese con modesta
porfía, diciéndola con voz baja y que más
exprimía su ternura: ¡Cielos, huir de quien os adora!
¡De quien anhela este momento para juraros un amor eterno, si
por ventura mi puro afecto pudiera merecer vuestra correspondencia!
¡Oh Dios! Dejadme, don Eusebio, dice Leocadia.
¿Pensáis merecer con esta violencia el ser
correspondido? Sabéis que tengo padres, esos solos
serán los depositarios de mi afecto; si mis ojos dieron
alguna confianza a vuestra inclinación, tendré motivo
de arrepentirme, sin habéroslo dado jamás para abusar
de mi inadvertencia.
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Eusebio, que a la
primera tentativa de su honesta afición probó tan
noble fiereza de parte de un objeto tan adorable, aunque
sintió enfriársele su atrevimiento, se le
dobló el aprecio y el respeto para con ella, sin
entibiársele la pasión; antes bien, obligado de esta
misma, la dobla una rodilla diciéndola: No, amable Leocadia,
mi corazón no es capaz de ofender vuestra modestia. Si un
transporte de irresistible afecto provocó mi osadía,
hácemela detestar vuestro noble recato. Merezca mi tierna
sumisión vuestra piedad, como vuestra virtud y vuestras
gracias obtuvieron mis adoraciones. Si vuestros padres deben ser
los depositarios de un secreto de que depende mi dicha
¿podré atreverme a consultarlos?
¿Obtendrá por lo menos vuestra aprobación este
designio de mi amor ardiente?
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Don Eusebio,
respondió Leocadia, vuestros designios no necesitan de mi
aprobación, ni vuestras intenciones deben depender de las
mías; mucho menos debiendo estar éstas subordinadas a
quien puede tener sobre ellas pretensiones opuestas a las vuestras.
¿Opuestas pretensiones a las mías?, replicó
Eusebio. ¡Justos cielos! ¿Por ventura seré tan
desgraciado que otro tal vez usurpe...? ¡Ah!, lo veo.
¡Triste de mí!... El llanto interrumpió sus
lamentos apasionados y Leocadia, sintiéndose también
conmovida, tomó el expediente de salirse de la estancia al
tiempo que en ella entraba Henrique Myden para saludar a Susana, y
oyendo sollozar a Eusebio pensó que hubiese sobrevenido
algún accidente a su mujer. Sobresaltado acorre a la cama,
pero despertando al mismo tiempo la enferma los sollozos de
Eusebio, pregunta la causa de ellos a su mando que llegaba.
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Henrique Myden,
sosegados sus temores con la pregunta de su mujer, la dice que lo
ignora; y acércase luego a Eusebio para saberlo de él
mismo; mas éste le responde con más doliente llanto,
el cual dio motivo a Henrique Myden para sospechar la causa,
acordándose de la salida de la estancia de Leocadia. Procura
Myden el consolarlo, y no sufriéndole el corazón en
tan doloroso estado, previene su vergonzosa confesión
preguntándole si era Leocadia la causa de su tristeza.
Porque si lo es, le añade, dilo luego; pues si la amas y
deseas casarte con ella, pronto estoy para pedírsela a sus
padres. Eusebio, penetrado de la fácil bondad de Henrique
Myden y del dolor de las sospechas que le había infundido la
respuesta de Leocadia, por temor de que estuviese prometida a otro,
prorrumpió en nuevo llanto y aflige más los
ánimos de sus padres, especialmente el de Susana; la cual,
llamándole a la cama, le toma la mano y le ruega con vivas
instancias que le descubra su corazón, pues veía
cuán dispuesto estaba su padre para satisfacerle sus deseos.
Eusebio, algo confortado, les declara los temores en que lo
dejó la respuesta de Leocadia, cuando le dijo que sus padres
pudieran tener sobre ella pretensiones opuestas a las suyas.
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Nada más
que temores, dijo entonces Henrique Myden, pues verás,
bobillo, cómo se hace para salir de ellos sin llorar como
niño. Y levantándose de su asiento, se fue en busca
del padre de Leocadia, a quien cuenta lo sucedido, deseando saber
de él solamente si había prometido a Leocadia.
Diciéndole éste que no, sin inquirir más,
vuelve inmediatamente a Eusebio y lo asegura de la verdad por boca
del mismo padre. Aunque quedó aliviado su pecho de este
temor, dando en él la entrada a un consuelo que no esperaba,
no se lo dejó disfrutar todo entero la nueva sospecha que le
vino, si por ventura los rigores de Leocadia procedían de
inclinación que tuviese a otro. Recaían estos asomos
de celos sobre un joven francés muy bien parecido y
dispuesto, que el padre de Leocadia tenía en su casa,
llamado Orme, y en cuyo talento descansaba su confianza, dirigiendo
él con mucho acierto los intereses de su comercio.
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Iban mal fundadas
estas celosas sospechas de Eusebio respecto del inculpable
corazón de Leocadia; pero bien se las merecía el amor
que el joven Orme alimentaba por ella, y las esperanzas que
tenía de que la misma pusiese el colmo a su felicidad y a su
fortuna, y así no podía ver con ojo quieto a Eusebio,
cuyas tiernas miradas encontradas con las de Leocadia en la mesa,
eran tantos rayos que pasaban su corazón y que lo abrasaban
vivo, maldiciendo a sus solas el accidente de la rueda, causa de
que Eusebio conociese a Leocadia. Así se amartelaban por
ella los corazones de los dos amantes; y Eusebio, que no
podía a su grado alimentar sus tristes pensamientos en
presencia de sus padres que se lo estorbaban, tomó
ocasión de la entrada en la estancia del padre de Leocadia
para evadirse y retraerse a la suya, en donde, libre de testigos,
soltó de nuevo la rienda al llanto reprimido y dejó
vagar su imaginación por todas las ideas que su
pasión le sugería. Hasta que cansado de trasegarlos,
dio lugar también a los consejos y máximas de Hardyl
que le presentó su conciencia; y después de haberlos
rumiado en su pensamiento, decía: ¡Cielos! ¿En
qué estado me veo? ¿Yo soy aquel que enardecido de
los documentos de mi santo maestro, me lisonjeaba que el amor no
avasallaría mi pecho? ¡Oh desvanecida confianza!
¡Oh Hardyl! ¿Dónde estás?
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¡Ah!, si
vieras a tu Eusebio hecho juguete vil de aquella pasión
misma, contra la cual lo habían fortalecido tus sabios
consejos y precauciones. No, tus ojos no me reconocerían,
pues yo mismo no me reconozco. Dulce tranquilidad del alma,
¿qué te has hecho? ¡Oh paz inalterable de la
virtud, mil veces preferible a todos los atractivos de la belleza!
¿Dónde estás? ¡Ah!, el solo seno de
Hardyl es tu templo y asilo. Allí te reconozco,
después que rindiendo yo mi corazón a los alicientes
de la hermosura, te deseché de mi pecho, dejándolo
apoderar de las pasiones, que como en vil esclavo ejercen en
mí su desarreglado imperio. ¡Oh si pudiese
desprenderme y detestar...!
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¡Detestar!
¿Por qué? ¿No me dijo el mismo Hardyl que me
acontecería todo esto si hubiese de casarme? Isidoro, el
feliz Isidoro, ¿no sufrió por Dorotea mucho
más que lo que yo padezco por causa de Leocadia? ¿Es
ésta acaso inferior en gracia y en belleza a Dorotea?
¡Ah!, no es posible. Ojos teñidos de más
ardiente dulzura, talle más fino y más delgado,
majestad de porte más agraciada, facciones mejor delineadas,
pecho... ¡Oh Dios, qué pecho! ¡Ah cielos!, no
resisto. ¡Oh Leocadia! ¡Oh dulce amor mío!
¡Oh si conocieras el puro y santo ardor de mi pasión,
que tuvo poder para rendir los sentimientos de un alma superior a
toda belleza que la tuya no fuese! Por ti sola puede dignamente
abatirse Eusebio, y suspirar sin bajeza. Tu superior hermosura
engrandece la flaqueza de mi pasión, y ennoblece mi
abatimiento. ¡Oh, si estuviera cierto de ser de ti
correspondido, si llegase a fomentar ese adorable pecho
algún asomo de afecto por Eusebio! ¿Qué
concepto no mereciera tu virtud armada del fiero recato que
humilló mi honesta osadía?
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¿Mas la
virtud se opone acaso a una honesta correspondencia? ¿Tanto
le costaba a su recato mismo el confesar afecto si lo tenía?
No, no rebajemos los quilates de la delicadeza de sus sublimes
sentimientos... ¡Loco de mí!, ¿para qué
voy fantaseando perfecciones y buscando excusas a un corazón
que tal vez otro tiene ocupado? ¡Oh Orme! ¡Oh feliz
Orme! ¿Por ventura el reconocimiento de Leocadia a tu
fidelidad y a tus honestos sudores abrió brecha en su alto y
adorable seno? ¿Tu hermosa presencia y tus atentos esmeros
fijaron su atención con el pretexto de serte agradecida?
¡Ah, si tú fueras el dichoso! Esta felicidad te
envidia Eusebio. Otro objeto no tiene la tierra digno de mi
aprecio... ¿Mas yo quién soy, huésped
advenedizo, para contrapesar los derechos que tiene Orme a su
posesión? ¡Ah!, lo veo; puedo amarla, ámola
sí, más que tú; mas no soy más digno de
poseerla. A despecho del resentimiento de mi pasión, fuerza
es que el resto de la virtud que me queda, use contigo la forzosa
necesidad de cedértela. Devoraré mi dolor, pero
sujetaré mi frente a las leyes irresistibles del destino.
Hallaré en ésta mi obligación,
compensación bastante a todas las acerbas penas de perderla.
¿De perderla? ¡Oh Dios!, ¿de perder
Leocadia?... ¡Oh Epicteto!... ¿mas no es ésta
tu severa sombra que viene a fortalecer mi constancia vacilante? He
aquí, he aquí mi pecho, apodérate de
él; ardo ya del deseo de expiar en los brazos de Hardyl mi
indigno abatimiento.
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Así iba
recobrando Eusebio la entereza de su virtud cuando lo llamaron a
comer. Entre tanto que él daba vado a sus amorosos
sentimientos en la soledad del cuarto, Henrique Myden contaba al
padre de Leocadia, con la ocasión de la pregunta que le hizo
poco antes, las circunstancias de la venida de Eusebio a
Filadelfia, la nobleza de su nacimiento y las excelentes partidas
de su ánimo, la dulzura y docilidad de su genio, y las luces
que había adquirido con la educación de Hardyl. No
necesitaba de tanto el padre de Leocadia para concebir ardientes
ansias de casar su hija con Eusebio, bastándole haber
oído con admiración el apellido de su ilustre
familia, que él conoció muy bien en la ciudad de S...
para abrazar la suerte que se le presentaba de ennoblecer su casa
con tal unión, y para hacer feliz su hija con un joven de
prendas tan singulares. Con esto fue el primero que solicitó
el casamiento. Díjole Henrique Myden que por su parte no
quedaba estorbo, pero que debiendo ir Eusebio a España a
tomar posesión de sus haciendas y queriéndolo hacer
viajar con este motivo, podían establecer desde entonces el
casamiento para efectuarlo a la vuelta de su viaje.
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Prestóse a
estas condiciones el padre de Leocadia, y en ellas quedaron
convenidos, al tiempo que entró en la estancia la misma
Leocadia para llamarlos a la mesa. Su padre, sin poderse contener,
transportado del júbilo del efectuado contrato,
échale los brazos al cuello, le da mil parabienes por el
noble y rico esposo que el cielo tan inopinadamente le había
traído a su casa, nombrándole Eusebio. Leocadia,
sorprendida, aunque procura disimular su alborozo con modestia,
hácele traición el llanto que empañó
sus ojos y que procuraba ocultar con mayor recato, mientras
ofrecía a su padre su corazón para que dispusiese de
él a su grado. Susana, oído su tierno y modesto
consentimiento, hácela acercar al lecho, donde, llevada de
su mismo padre, hace la demostración de darla un abrazo como
estaba desde la cama y la dice: Hija de mis entrañas, pues
tal expresión me arranca la ternura y el gozo de verte
destinada a Eusebio, aunque éste no es hijo mío, sino
por adopción, no extrañes que jubile mi pecho de ver
tu amor prometido a quien más que ninguno en la tierra lo
merece, y a quien será entre todos los hombres de ti
más digno.
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Leocadia llora
entonces de ternura. Henrique Myden, para explayar la suya,
sálese de la estancia con el pretexto de llamar a Eusebio,
para no diferirle más tiempo tan cumplido gozo. Y
viéndolo en la sala en compañía del joven
Orme, a quien tenía de la mano hablándole
cariñosamente, lo llama, bien ajeno del colmo del consuelo
que le había de causar tan serio llamamiento. Entra. Su
hermoso rostro todavía conservaba los dejos de la tristeza a
que se había abandonado, aunque mezclados con la dulzura y
majestad de los nobles sentimientos que le había inspirado
la virtud y la generosidad de ceder a Orme el triunfo del
corazón de Leocadia. Su afable seriedad se turba al verla
asida de la mano de Susana y rodeada de sus padres, que hacia
él volvían sus llorosos ojos. Henrique Myden lo
tomó del brazo, y presentándole a Leocadia, le dice
antes: ¿No es esta señorita la que deseabas por
esposa? Eusebio, sobresaltado, dice: ¿Cómo?
¿Qué es? ¡Cielos! ¿Será verdad?
El padre de Leocadia, levantando entonces la mano a su hija, se la
ofrece a Eusebio, diciéndole: Tened, ésta es su mano;
recibidla de su amado padre, pues como a esposa os la presenta.
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Eusebio,
enajenado, inundado del colmo de tan grande consuelo, imprime en la
mano de Leocadia los labios y la suelta para doblar las rodillas a
quien le había ofrecido tan precioso don. El padre, que lo
ve en aquella postura digna de la efusión de su tierno y
agradecido amor, lo abraza y desahoga así su alegre ternura
con lágrimas, y la compunción que su postura le
causaba. La madre de Leocadia, no pudiendo tampoco contener su
ternura, abraza a su hija también, y ella esconde entonces
en el seno de la madre el dulce y tierno llanto de su modesto
contento, teniéndola todavía Susana de la mano sin
dejarla.
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Almas que no
conocéis el sublime consuelo del santo amor, vedlo
aquí mal delineado en los ojos y suave tristeza de los
corazones de los padres y de los amantes. La vana risa, el ufano
gozo y el presumido contento con que exhaláis vuestros
corazones, reciben sólo fomento del interés y de la
vanidad que presiden a vuestros contratos y que os usurpan las
más puras delicias de la tierra. Ellos os hacen libar la
alegría en copa de oro, para amargaros después con
las heces que brinda la ambición a un corrompido
himeneo.
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¡Oh Myden!,
no quieras interrumpir estos deliciosos instantes con el pretexto
de la comida que los espera. Sus almas enajenadas se prestan
sólo al sublime consuelo de la virtud que las tiene
absortas. ¿Qué manjar equivaldrá al destello
de la ambrosía que regala sus corazones? Eusebio, a
instancias de Henrique Myden, se desprende del padre de Leocadia y
ésta levanta del seno de la madre su lloroso rostro,
semejante a la estrella de la mañana bañada de
brillante rocío. Una dulce y serena satisfacción
sucede al tierno gozo, sin privarlos de sus suaves y deliciosos
resabios. Susana, que los ve encaminar hacia la mesa,
siéntese con fuerzas para no dejar de asistir a ella, y lo
ejecuta sin atender a los que la aconsejaban lo contrario.
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El desgraciado
Orme, rabioso y cansado de tanto esperar, viendo a Eusebio que
conducía de la mano en triunfo a su Leocadia para asentarla
a su lado, se abandona al furor de las funestas sospechas que le
había causado la tardanza. Los amargos sentimientos que a
tal vista le excitan sus envidiosos celos, acrecientan la rabia de
su desesperación y el dolor de la pérdida de su
fortuna con la herencia de Leocadia. Esta terrible idea redobla la
confusión de su estado pobre y dependiente. En el alborozo
que veía jubilar en el semblante de los padres, y en las
ardientes y desfallecidas miradas que de soslayo se daban los
amantes, leía la fiera sentencia de su desgracia
irreparable. Parábasele la comida en la garganta; ni las
bebidas repetidas sin sed podían humedecerle la seca
aspereza que sentía, y no pudiendo al fin resistir a la
rabia y escarbamiento de sus celos ni al dolor de su desventura, se
levanta de la mesa para ir a desahogarlos en secreto.
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¡Oh Orme!
¿Dónde vas a fabricar tu perdición?
¿Qué esperanzas dio jamás a tu amor el recato
de Leocadia, para que a tanto grado las fomentase tu codicia? Tu
pasión no tiene otro cimiento que tu vana fantasía.
Cede al desengaño, aunque amargo, que no te da la
traición de Leocadia, mas bien sí el cielo que premia
la virtud de tu rival. Usa con él de la misma generosidad
que usó contigo y de que te dio pruebas después de su
vencimiento, tratándote como a su más feliz amigo,
aunque te ocultó la cesión que te hizo de Leocadia.
Pero el tuyo no conoce la sublimidad de la moderación de los
sentimientos y tus pasiones te van a precipitar en tu ruina.
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Enajenados todos
los demás del gozo de tan solemne día, no repararon
en la ida de Orme estándose ya para acabar la mesa. Mas
Susana, no pudiendo dejar de acordarse del carácter de
cuáquera sacerdotisa, sintiendo su manifiesta
mejoría, tomó ocasión de ella para hacer un
breve discurso sobre los medios, al parecer extraños, de que
se vale la providencia para conducir las cosas a sus fines,
haciéndolo recaer sobre el accidente de la rueda y sobre su
desmayo, para detenerlos así en aquella casa y concluir el
matrimonio de Eusebio y Leocadia. Recapituló mil
menudencias, haciéndolas resaltar de su dulce elocuencia, y
finalmente dedujo de su discurso que quedando cumplido el querer
del cielo, no debía prolongar la incomodidad a sus
huéspedes, ni el remedio a su mejorada salud,
manifestándoles la intención que tenía de
partir al otro día para su granja. No pudiendo recabar de
ella los padres de Leocadia que difiriese por algunos días
la partida, pusieron su hija intercesora, a cuyas instancias no
pudo negar Susana otro día más de estancia.
¡Cielos, qué día este para los amantes!
¡Qué excesos de delicias en los mismos transportes de
su amor refrenado de la virtud! ¿Por ventura igualan todos
los deleites de la tierra a la suave confianza y ternura de un
santo afecto reprimido del recato? No, todos los placeres de
Síbaris y los excesos de un Sardanápalo, no son
preferibles a un suspiro de un casto pecho con que exhala el
contenido ardor de su pasión un amante que respeta las leyes
del honor y continencia.
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La ardiente
sensibilidad de Eusebio llevaba todavía el velo, aunque no
tan oscuro, de su inocencia. Leocadia, no menos inocente y
sensible, probaba como él los asomos de la concupiscencia
sin conocerla, por más que el recato y la reserva de
entrambos se guardasen provocarla, tratándola como a
sospechoso y no conocido amigo, de cuya entereza no se
atrevían fiarse en los cortos momentos que podían
robar al afectado descuido de la madre. Eusebio, lejos de
empeñar el afecto de Leocadia con las vanas ideas de riqueza
y nacimiento, que no le ocurrían, procuraba al contrario
inspirarle el desprecio de la vanidad y de la ambición, como
enemigos de la pureza y constancia del santo amor, que se afina en
la virtud, como el oro en el crisol. Encarecíale las
ventajas de la superioridad del alma, que levanta su afición
y su vista sobre toda la bajeza de la tierra, buscando por digno
asiento y asilo de sus sentimientos el templo de la
sabiduría.
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Aunque Leocadia no
estaba acostumbrada a oír tales discursos,
prestábales con afectuosa admiración su oído,
sintiendo con gusto de la boca de su amante las nuevas y dulces
impresiones que en su corazón le hacían, cimentando
al mismo tiempo el alto concepto que el blando y sublime
carácter de Eusebio le merecía. Ella, por otra parte,
sin permitirle la menor libertad, aunque decente, lo irritaba
más con su severo recato, el cual da mayores atractivos a la
noble flaqueza del sexo, y mayor motivo de concupiscencia al vigor
del sexo de los amantes; y así, decíanse más
con los ojos lo que no sabía o no se atrevía a decir
la lengua. A tan dulces transportes y sentimientos debió
seguir la tristeza en la separación forzosa,
renovándose en ella todos los huéspedes las
demostraciones de su júbilo y las bendiciones al cielo, como
el feliz suceso se lo pedía, hasta que ya montados en su
compuesto coche, se perdieron de vista.
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Sólo el
infeliz Orme, desvanecidas las esperanzas que había puesto
en la segura posesión de Leocadia, quedaba sumergido en una
profunda tristeza que irritaba su desesperación. No acababa
de entregarse a ella, porque lo contenían las lisonjas que
todavía fomentaba de poder mover a compasión y de
ganar por ella el ánimo de Leocadia. Para esto, se
atrevió un día a declararle sin embozo su ardiente
pasión, y le expone los servicios que tenía hechos a
sus padres, encareciendo el esmero y la felicidad de su trabajo,
todo animado del afecto que sus gracias y hermosura habían
encendido en su pecho. Rogóla que considerase el rabioso
dolor que lo devoraba, viendo pospuestos su antiguo amor y
servicios al efímero afecto de un huésped pasajero
que apenas conocía, y que tal vez burlaría sus
esperanzas.
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Leocadia,
sorprendida de tan inesperado discurso y atemorizada del
ceño triste y de los ojos descarnados del atrevido Orme, no
fiándose del lugar en que se hallaba sola con él, sin
darle respuesta, le vuelve la espalda y sálese huyendo del
cuarto, dejándolo encendido de despecho y de deseos de
vengarse del manifiesto vilipendio con que lo trataba. Este justo
desdén de la recatada doncella exasperó tanto su
dolor, que juró allí mismo de hacérsela su
mujer por fuerza o violarla aunque debiese costarle la vida. Para
poner mejor por obra su bárbaro juramento, disimula su
indignación, de modo que proporcionándosele otro
encuentro, échase a sus pies y la pide perdón de su
atrevimiento, mintiendo en su exterior humilde el horrible proyecto
que maquinaba.
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Vanas veces quiso
ponerlo en ejecución, mas otras tantas la fortuna de
Leocadia puso estorbos que se lo impidieron, hasta que finalmente,
cansando a la misma fortuna, le proporcionó el medio de
tentarlo un convite de bodas de un mercader vecino, al cual
debieron asistir los padres de Leocadia, dejándola a ella en
casa por no parecer bien las doncellas en tales regocijos.
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Vivía cerca
de la casa de los padres de Leocadia en el campo, un labrador a
quien Orme tenía confiado un perro de caza, no
permitiéndole la madre tenerlo en su misma
habitación, por el temor que cobró a los perros desde
que uno rabioso mordió a un hermano suyo. El motivo de ir a
tomar su perro a la casilla del labrador, todas las veces que Orme
iba a cazar, le granjeó la confianza y respeto del labrador
y su mujer, con cuya ayuda meditaba Orme ejecutar sus traidores
designios, y en su misma casa, atrayendo a ella con engaño a
la infeliz Leocadia. Estaba ésta bien lejos de imaginarse
tal osadía de parte de Orme, mucho menos la impía y
cruel que urdía, valiéndose del pretexto de que se
sirvió. Pues siendo ya algo tarde y hora en que el convite a
que sus padres asistían podía estar acabado, entra
Orme en casa de Leocadia por el postigo que daba al campo y que de
propósito dejó abierto, subiendo arriba en busca de
ella; y habiéndola encontrado, la dice que sus padres la
esperaban en el fondo de la alameda.
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Leocadia, halagada
de tan cariñoso aviso y deseosa de ver a sus padres de
vuelta del convite, sigue al traidor que iba delante algo apartado
para quitar toda sombra de sospecha a su detestable trama. Llegada
al postigo, pónese a mirar desde el umbral a una y otra
parte, mas no pudiendo descubrirlos con los ojos y temiendo salir
sola con Orme, le pregunta a éste: ¿Dónde
están, Orme? ¿Dónde están? Orme la
responde: Allá en el cabo de la alameda los dejé, sin
duda se habrán sentado en algún ribazo para esperaros
y tomar entretanto el fresco. La tarde ya caía, y no
fiándose por lo mismo Leocadia, dales voces desde el lintel
diciendo a gritos: Madre mía, madre mía. Orme,
carcomido de temeroso recelo de Leocadia, vuélvesela
diciendo: ¿Para qué esos insulsos temores? ¿No
os dije que están allá bajo? Si queréis venir,
enhorabuena; si no, parto.
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Acababa de decir
esto cuando unas voces y el eco de una risada de gente que
atravesaba el campo sin ser vista, viene a herir el oído de
la doncella, pareciéndole la misma risada de su padre.
Asegurada de este engaño, despidió sus temores y echa
a correr avivando sus pasos la vergüenza de salir sola de casa
y el ansia de juntarse con sus padres.
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Orme, que ve en su
mano la victoria más presto de lo que esperaba, echa
también a correr tras ella para apremiarla, no como Apolo
tras Dafne, que no merecían tal comparación sus
traidores intentos, sino como lobo rapaz tras la inocente cordera
que, balando y palpitando, corre en pos de la madre, de quien cree
ser llamada desde el abrigo del redil. ¡Mas ay!, cuál
fue su confusa sorpresa cuando, andada ya la alameda,
volviéndose a todas partes no ve ninguno, mucho menos sus
padres, que respondiese a sus repetidos llamamientos. Orme, que se
la había ya juntado, finge igual sorpresa, va y vuelve como
para ver si los descubría, dando con estas detenciones
tiempo a la labradora de la casa que estaba allí vecina, y a
quien tenía instruida de todo lo que debía hacer para
que saliese de ella a decir a Leocadia que sus padres la esperaban
allí en su huerto.
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Alborozada de este
nuevo aviso, corre también hacia la casilla, y apenas puso
dentro los pies llamando vanamente a sus padres, cuando el traidor,
alborozado de impío contento, se precipita tras ella,
dejando afuera la labradora, y tira con esfuerzo el cerrojo, cuyo
triste y áspero chirrido, llamando la dudosa atención
de Leocadia, excitó en su pecho los mortales temores y
angustias que no tardó a confirmarla la descarada libertad
de Orme y el ademán imperioso con que comenzó a
tratarla, asiéndola del brazo para descubrirla sin
ningún reparo sus horribles intentos, a los cuales le dijo
era forzoso que se prestase.
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Pálida y
palpitante Leocadia por la descarada violencia de Orme y por la
soledad del lugar donde se veía atraída y encerrada,
se esfuerza con todo de desprenderse de la mano con que asida la
tenía del brazo, para acudir a la puerta y tentar
descerrajarla, diciéndole: Dejadme Orme, dejadme.
¡Cielos! ¿Qué intentáis? Orme, sin
soltarla, la dice: No Leocadia, no penséis evadiros de mi
poder. Todos los pasos están tomados, y así
serán no menos vanas vuestras tentativas que vuestra
resistencia. Sólo os queda el medio de venir bien en casaros
conmigo. El caballo nos está esperando, falta vuestro
consentimiento. Prometedme de venir sobre él a pedirme ante
los jueces. Esto sólo podrá eximir vuestro honor de
mi violencia, y os podrá dejar intacta vuestra
honestidad.
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¡Qué
cruel opinión, y en qué lugar! ¡Oh Eusebio!
¿De qué modo se comportaría tu virtud, tu
moderación, si vieras los terribles extremos en que se ve
puesta tu fiel Leocadia?
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Hízole Orme
la proposición con un aire y tono de superioridad tan
maligna y resuelta que, irritada Leocadia, mudando su pavor en
enojo, atrevióse a decirle: Cómo,
¿pensáis abusar de mi entereza como abusasteis de mi
simplicidad, atrayéndome con tan cruel engaño a este
lugar, para ejecutar en él vuestros infames designios? No,
traidor, no te lisonjees ni de tu poder, ni de la flaqueza de mi
sexo. Podrás bien sí, quitarme la vida, ¿mas
el honor? ¡Oh Dios!, ¿y esto se atreve a intentar el
que sacado de mi mismo padre del seno de la mendicidad y de la
desesperación, y acogido en mi misma casa, era tratado y
mirado en ella como hijo...? El llanto interceptóla las
palabras, mas no por esto se enterneció el cruel Orme; antes
bien, lisonjeándose que aquellas lágrimas eran
indicio de titubear y de querer condescender con su
pretensión, soltóla el brazo para abrazar con el suyo
la delgada cintura de Leocadia, como lo hizo sin poderlo ella
precaver, y sin poderse desprender después de cogida, por
más que se esforzaba con enojo de paloma que se debate para
escapar de las garras del azor, no dejándole acabar los
requiebros de endulzado acíbar con que procuraba ganarla y
rendirla, mezclando la ternura y la violencia.
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Mas ella apartaba
cuanto podía su encendido rostro de la impura boca, que con
extremado atrevimiento se esforzaba a ponerla en su rostro,
diciéndole: Quita allá detestable y cruel enemigo, no
lo recabarás. Y levantando el brazo para defenderse de su
violencia, hiere con el codo un ojo de Orme, el cual, obligado del
dolor, la suelta para repararse, acudiendo con la mano a la herida
que lo había deslumbrado. Ella, al sentirse suelta, corre a
la puerta, y cogiendo el cerrojo iba a tirarlo llamando en su ayuda
a la labradora para que la amparase; mas en vano, que Orme,
olvidando su dolor, se lanza como herido y provocado tigre sobre
ella, y cogiéndola con los dos brazos por la cintura,
quería arrastrarla con todas sus fuerzas al aposentillo de
la labradora, para cebar en ella su venganza. Ella, no viendo otro
medio para defenderse que dejarse aplomar en el suelo y cobrar en
él nuevas fuerzas como Anteo, consigue sentar en él
sus rodillas, y en aquella humilde postura con las manos juntas,
procura mover a piedad a Orme con ardientes ruegos y
lágrimas diciéndole: No queráis por vuestra
vida amancillar mi honestidad. Pensad los funestos efectos que os
puede causar una violencia tan opuesta a aquella confianza que
hicieron mis padres de vuestra honradez, de la cual les disteis
tantas pruebas. Añadid a éstas la mayor, que
aquí postrada a vuestros pies, os pido. Eterno silencio lo
ocultará por mi parte; sí, Orme, os lo juro ante el
Dios que nos es testigo, la fuerza de una pasión, de que tal
vez no pudisteis eximiros. Fuera yo de la casa de mis padres, vais
a quedar solo en ella y a obtener de ellos todas las demostraciones
de cariño y de estima, que antes profundían solamente
en esta hija desdichada. Si os tientan las riquezas, os prometo de
hacer que mi padre os tome a la parte de sus haberes y ganancias, y
si os tienta la hermosura, podréis conseguir otra mayor que
esta mía ya prometida. Otra más hermosa doncella os
hará más dichoso con su correspondencia que no yo,
que no puedo, teniendo ocupado el lugar en mi corazón aquel
que quisieron mis padres que lo poseyese.
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¡Ah, ingrata
y desleal!, exclamó Orme. ¿Para dejarme oprimir de
tan cruel verdad os he dado paciente oído? Mas no, Leocadia,
no me dejo alucinar de razones especiosas, ni prevenir de fingidas
lágrimas ni de afectadas humillaciones. Si desistí de
mi violencia, no creáis que fue causa la compasión, a
la cual cerré la entrada en mi pecho. Hícelo
sólo por daros otra vez tiempo de reflexionar sobre mi
inflexible demanda. Ninguna hermosura de la tierra, no, la mayor
hermosura no envilecerá mi afición en cotejo de la
vuestra, de esa vuestra mil veces mayor para mí
después que queda a otro prometida. Mas, o ese advenedizo no
la obtendrá, sí Leocadia, os lo juro ante el Dios que
nos es testigo, o si la obtiene, será sólo a cuenta
de mi violencia a cuyo arbitrio queda expuesto vuestro honor sin
remedio. Escoged, os lo vuelvo a decir; el caballo está
pronto, y yo sólo espero vuestra postrera
determinación. Resolved.
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La
turbación mezclada de sollozos y lágrimas, preocupaba
la mente de Leocadia, reteniendo aquella humilde postura como la
más segura defensa de su honor, hasta que viendo que Eusebio
sólo la obtendría con menoscabo de su virginidad,
enardecióse en tan grande enojo, que prorrumpió en
injurias y amenazas contra el descarado Orme. Éste, rota
enteramente su paciente esperanza, dándole nuevas fuerzas su
desesperación y lujuria, arrebata con ella y
arrastrándola sin respeto alguno con vehemencia, la llega a
tender sobre el infeliz lecho de la labradora, procurando poner a
prueba todo su esfuerzo para ejecutar sus horribles intentos.
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En tal estado, no
dejando conocer a Leocadia su inocencia el poder que tiene una
doncella contra un hombre solo, creyóse perdida sin remedio;
y aunque oponía esfuerzo igual de resistencia al del furor
de Orme, el ignorante temor a la vista de la fealdad del peligro,
la obligó a escoger antes la promesa del casamiento, que le
dio, para que desistiese de su deshonesto empeño. Orme, que
mejor que ella sabía y probaba lo imposible de haberlas con
el inflexible honor de una resoluta doncella, al oír promesa
de casamiento, desiste de sus vanas tentativas y empeño;
pero sin soltarla las manos, la pide juramento, y obtenido ya con
todas las solemnes propuestas, la ayuda a levantarse de la cama,
trocando su violento furor en respetuosa ternura y
acompáñala de la mano al lugar donde el labrador lo
esperaba con el caballo, sin poder agotar Leocadia sus gemidos y
lamentos.
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Muy extraña
parece a primera vista la ley de la Pensilvania sobre el rapto de
las doncellas, pero que, bien considerada, prueba las grandes miras
del legislador. Deja esta ley en todo su vigor las penas contra los
raptores criminales, dejando al mismo tiempo arbitrio a la
violentada libertad de los amantes, para usar de ella con las
condiciones prescritas de la ley misma. Son éstas: que todo
joven que enamorado de una doncella, y ésta de él, la
pidiese a sus padres, y éstos se la niegan, puede sacarla de
la casa paterna montada a caballo, y el amante detrás de
ella en la grupa para presentarse así ante el tribunal de
los jueces, como haciendo el oficio la doncella de raptora de su
amante, pidiéndolo por marido; lo que obtiene de la
justicia, sin incurrir en pena alguna, no habiendo faltado a estas
condiciones.
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Con el pretexto de
la ley, mal entendida de su ciega y violenta pasión,
creía Orme forzar de grado la libertad de Leocadia para
poderla obtener en casamiento y quitársela a Eusebio. Los
contrastes y resistencia que ella opuso a la violencia del traidor,
habían dado tiempo a la noche para cubrir con sus tinieblas
la ejecución de sus designios, aunque la luna menguada daba
luz bastante para poderla colocar en el caballo; lo que Orme solo
no hubiera podido ejecutar sin la ayuda del labrador, a quien
tenía apalabrado de antemano, el cual, mal grado de
Leocadia, cogiéndola con su robusto brazo, recabó,
aunque con fatiga, ponerla sobre el caballo a horcajadas,
dándola la mano Orme, que montó luego tras ella, y
picando de trote, teniéndola bien asida con un brazo,
llevósela por sendas extraviadas hacia Filadelfia, evitando
cuanto podía el camino real.
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La madre de
Leocadia, vuelta del convite a casa, llama y hace llamar a su hija
para regalarla con algunos dulces que la traía. Mas llamada
y buscada Leocadia, no se encuentra. Buscan de nuevo por toda la
casa, y haciéndose vana toda diligencia, da motivo a la
madre para entrar en mil funestas dudas y temores. Piensan en Orme,
y no encontrándose éste tampoco, recaen sobre
él todas las fatales sospechas. Los padres, fuera de
sí, agravando sus angustias las circunstancias del
establecido casamiento con Eusebio, envían recados y
mensajes por la ciudad y requisitonas a todas partes, sin omitir
aviso a la granja de Henrique Myden, en caso que la pasión
la hubiese encaminado hacia aquella parte. Pasaron toda aquella
infausta noche en claro con continuos sobresaltos, fomentado su
duelo con llantos, y pidiendo al cielo su perdida Leocadia,
mientras ésta por las tinieblas de la noche era llevada,
gimiendo el forzado casamiento, oprimiendo su corazón la
memoria de Eusebio, e invocándolo a veces sin temor del
traidor, el cual a su nombre también gemía y
suspiraba.
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La oculta
confianza que, sin conocerla, tenía puesta Leocadia en la
justicia de los jueces y que le hizo preferir en el peligro la
promesa del casamiento, la confortaba más entre los temores
del camino, lisonjeándose que los jueces se
persuadirían de su padecida violencia y la
devolverían a su Eusebio. Orme, que no tenía mucha
práctica del atajo, piérdese en el camino, ni
echó de ver su error, hasta que se lo hizo advertir el nuevo
día hallándose en la carretera de Salem a Filadelfia,
que debió seguir para no perderse de nuevo.
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Aquella
mañana misma había salido Hardyl de Filadelfia en
compañía de Juan Taydor, encaminándose a pie
hacia la granja de Henrique Myden; y habiendo caminado como una
hora, ven venir hacia ellos a todo trote un caballo, distinguiendo
de allí a poco una doncella montada y un hombre que la
conducía. Eran cabalmente Orme y Leocadia, la cual, viendo
desde lejos aquellos caminantes, parecióla ver en ellos sus
libertadores; y luego que la pudieron oír, comienza a pedir
amparo con lamentos. Hardyl que sospechó lo que era,
determina socorrer a la doncella y sin decir nada a Taydor
párase en medio del camino esperando a pie firme el caballo,
a quien Orme había azorado el galope, pero el
impertérrito Hardyl, tomándole el paso, consigue
pararlo del diestro.
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Orme,
viéndose detenido, le dice encolerizado: Suelta, infame,
¿qué atrevimiento es ése? Leocadia,
prosiguiendo en sus sollozos, dice a Hardyl: Oh buen hombre,
compadécete de esta infeliz que contra su voluntad,
engañada, arrastran a un violento casamiento. Toda
violencia, dijo con mucha mesura Hardyl, es injusta, ni la fuerza
la autoriza, y por lo mismo debo oponerme a ella, y puesto que la
suerte me proporciona este buen oficio, de aquí no
pasaréis si no dejáis libre esta doncella. Orme,
irritado, pica de nuevo su caballo para huir, pero en vano, que
Hardyl le tenía la mano en el bocado. Entonces Orme salta de
la grupa y desenvainando el cuchillo de monte que
ceñía, lo levanta contra Hardyl diciéndole con
voz y gesto amenazante: Suelta o te parto por medio. Hardyl,
inmóvil e impertérrito como una piedra, sin soltar el
caballo, le dice con mucha frialdad: Si me partís por medio,
no habrá más que hacer, pero si cortáis este
brazo que detiene el caballo, queda estotro para hacer el mismo
oficio.
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Taydor, que se
había adelantado algunos pasos, viendo a Orme que se
encaraba con el cuchillo levantado contra Hardyl, acude a él
en ademán de defenderlo con el palo que llevaba. Orme,
atemorizado del rostro feo del resuelto Taydor, y parado mucho
más de la inalterable pertinacia de Hardyl: Tomadla pues,
les dice, ahí la tenéis. Leocadia, al ver el cuchillo
desenvainado en manos de Orme, comenzó a gritar sollozando,
e iba a precipitarse del caballo a tiempo que Taydor, previniendo
su arrojo, acudió a recibirla en sus brazos.
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Hardyl, viendo ya
en pie a Leocadia, entrega el caballo a Orme sin decirle palabra,
el cual, envainando su acero con rabia y vomitando mil denuestos y
blasfemias, vuelve a montar y a todo correr desaparece
metiéndose por una senda.
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Leocadia, aunque
gozosa en su interior por el júbilo de su recobrada
libertad, pero casi desfallecida de tanto apremio, trabajo y
temores de la noche y del camino, apenas podía estar de pie,
ni responder a las preguntas de Hardyl. Pero penetrada de
reconocimiento besábale la mano, a la cual debía su
libertad, dándole mil gracias con interrumpidos suspiros.
Hardyl la consolaba y la pedía buen ánimo,
aconsejándola a tomar descanso sobre el herboso ribazo del
camino para donde la encaminaba, sosteniéndola del brazo,
mientras Taydor iba a una casa que se descubría en el campo
para ver si encontraba un jumento con que conducirla a Salem, de
donde decía que la había sacado el traidor Orme. La
tardanza de Taydor dio ocasión a Hardyl para preguntar a
Leocadia quién era y el modo como Orme pudo sacarla de
aquella manera. Ella le hace relación de todo,
añadiéndole que su dolor había llegado al
exceso por la circunstancia del establecido casamiento con un joven
español de singular circunspección y de
carácter adorable, el cual, yendo con sus padres a Salem,
habiéndoseles roto una rueda del coche, viose precisado a
detenerse en su casa, lo que dio motivo para que se enamorasen y se
estableciese casamiento.
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Hardyl, que a
pesar del abatimiento de Leocadia echaba de ver sus singulares
gracias y hermosura, no menos que la de su buena alma, al paso que
oía de su boca las circunstancias del coche y del casamiento
con un joven español y las alabanzas que le daba,
sentía una dulce conmoción en su pecho, no dudando
que hablase de Eusebio. Con todo, la dijo: ¿Y no se puede
saber el nombre de ese joven adorable? Sí, responde
Leocadia, llámase Eusebio M... Al oír confirmadas sus
sospechas Hardyl, no puede contener su alborozo, saliéndole
por los ojos transformado en llanto, exclamando con
lágrimas: ¡Oh hijo, oh hijo mío! Leocadia, que
no conocía a aquel hombre, maravillándose que lo
llamase hijo suyo, le dice: ¿Cómo, hijo vuestro es
Eusebio? Hijo mío puedo llamarle, responde Hardyl, como os
puedo llamar a vos desde ahora hija mía. Pueda la virtud, a
prueba de todas las desgracias, cimentar la dicha en vuestros
amantes corazones. ¡Oh sabiduría infinita!, adoro los
admirables medios de que se vale tu mano para conducir las cosas a
sus fines. Quiera esta misma llevar estos mis dulces hijos por la
senda de la verdadera bienaventuranza.
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Leocadia,
sorprendida de oír hablar aquel hombre de este modo,
tenía fijos en él sus ojos sin saber combinar lo que
decía con el humilde traje en que iba, por más que su
presencia comenzase a infundirla veneración, y
extrañando sobre manera de haberle oído decir que
podía también llamarla hija suya, le dice: Aunque os
admiro no os entiendo. ¿Hija podéis llamarme como
podéis llamar hijo vuestro a Eusebio? ¿Le sois acaso
verdadero padre? Pues, a lo que entiendo, Henrique Myden lo
ahijó; y habiendo sabido que su padre había
naufragado, ¿seríais vos ése por ventura que
quiso librar el cielo, para que por tan extraña
combinación vinieseis a ser mi libertador y me restituyeseis
a vuestro hijo, mi amado Eusebio? ¡Ah!, si es así, oh
adorable padre mío, dejad que mi reconocimiento...
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Iba a ponerse de
rodillas Leocadia para besarle la mano en aquella reconocida
postura; mas, deteniéndola Hardyl, la dijo: No, hija
mía, sosegaos. No soy su padre naufragado, pero le soy poco
menos que padre. Tal vez un día llegaréis a saber
quién soy; entretanto sabed que de padre le he servido desde
su infancia. Yo le he criado y conmigo ha vivido hasta su salida de
Filadelfia para la granja, y a verle me encaminaba cuando por tan
impensado accidente llego a saber de su misma esposa el concertado
casamiento. ¡Cielos!, derramad sobre ellos las bendiciones a
las cuales son sus virtudes acreedoras.
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Acababa de decir
esto Hardyl, cuando ven comparecer a Taydor con un jumentillo
conducido de un labrador, que no lo había querido fiar a
cuerpo ausente. Sentaron en él a Leocadia a mujeriegas, cuya
vergüenza al verse conducida de aquel modo de hombres
extraños, como fugitiva de la casa de sus padres, la
templaba el conocimiento y la confianza que la daba Hardyl, el cual
procuraba sosegarla yendo arrimado a su lado, llevando de la
siniestra el cabestro, y teniendo apoyada la diestra sobre la
albarda, a la cual se tenía asida con las dos manos
Leocadia. De este modo iban camino de Salem, guardando Hardyl con
suma complacencia el mayor tesoro de su amado Eusebio.
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Podía
éste en aquella hora estar informado de la
desaparición de Leocadia por el mensajero que el día
antes habían enviado sus padres. ¡A qué
terribles y congojosas dudas no va a quedar expuesto su amor!
¡Qué contraste de acerbos sentimientos no va a sufrir
su pecho! Pura felicidad, ¿do estás? ¡Ah!, la
tierra no es tu asiento. La virtud sola nos deja probar el destello
de tu ambrosía con que confortas nuestros corazones.
¡Oh Eusebio!, ésta sola puede templar tu dolor, y
contener tu desesperación. Aprende desde ahora a purificar
tu afecto y no a colocar tu mayor dicha en perecedera hermosura;
pues estando expuesta a mil fatales accidentes, te puede hacer
esclavo de tu pasión, si la moderación no la
refrena.
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El padre de
Leocadia, desvelado toda aquella noche enviando y recibiendo
recados y mensajes vanos, confirmándose en las sospechas que
Orme pudo robarle su hija, determina encaminarse a Filadelfia para
implorar el brazo de la justicia. Su corazón agitado no le
permitía sosiego en el coche en que iba, volviendo a una y
otra parte de los campos su vista y oído para recibir
algún indicio, si acaso le venía, de su perdida
Leocadia. Había ya dejado atrás casi la mitad del
camino, cuando le advierte el cochero que descubría una
mujer conducida de algunos hombres. Todo lo que se espera se cree;
y asaltado del júbilo de tal aviso, se asoma y le parece que
la reconoce. Vuelve a mirar, y duda; teme, y cree de nuevo,
influyendo en sus ojos los sentimientos de su alma. Leocadia al
mismo tiempo, viendo el coche, espera que viene en él cosa
que la pertenece. La esperanza mezclada del rubor y del
júbilo conmueve y agita su pecho, hasta que la
cercanía, quitando a entrambos las dudas, especialmente al
padre, lo obliga a saltar del coche no parado todavía, y
corre precipitadamente hacia su reconocida Leocadia.
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Ella, conociendo a
su padre, déjase caer del jumento y se arroja en sus brazos.
El júbilo y la ternura átanles las palabras, quedando
abrazados en silencio y absortos bañándose de
lágrimas, hasta que, rompiendo el silencio el padre, la
dice: Sí, te tengo hija mía, te tengo;
apretándola a su seno. Leocadia, ansiosa de quitar a su
padre toda duda sobre su inocencia, le decía: El traidor
Orme no pudo salir con su malvado intento. Volvíala a
apretar el padre a su seno y volvía a decirle: Sí,
Leocadia, te poseo. ¿No eres tú mi dulce hija?
Sí, el cielo te me devuelve. Hardyl dejóles desahogar
su alborozo, y mirando al labrador que les había alquilado
el jumento, quiso pagarlo para que volviese a su trabajo,
dándole una guinea de regalo a más del precio
concertado. El ruido de la moneda llamó la curiosidad del
padre de Leocadia, y desabrazándola la dice:
¿Qué hace, hija mía, quién es ese
hombre? Y diciéndole Leocadia que era su libertador, va
hacia él penetrado de su generoso reconocimiento, y echando
mano de su bolsillo, cual estaba lleno, se lo presenta,
diciéndole: Toma, buen hombre, págate de lo que diste
por la caballería, y recibe lo demás de mi
agradecimiento por la libertad de mi hija.
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Hardyl, haciendo
ademán de retraerse un poco, lo rehúsa
diciéndole: Quedo ya pagado de mi misma obligación;
la parte mayor de la libertad de vuestra hija la tiene ese hombre,
señalando a Juan Taydor, pues sin él, tal vez hubiera
yo quedado víctima del traidor. Saltábale a Taydor,
oyendo la noble peroración de Hardyl en su favor, el alma
por los ojos tras el bolsillo, que el padre de Leocadia,
sorprendido de la recusación, tenía todavía
pendiente de la mano, no sabiendo qué lugar dar en su
concepto a aquel hombre a pie y humildemente vestido, que
había pagado por su hija después de haberla
libertado; pero haciendo fuerza a su reconocimiento su
insinuación en favor de Juan Taydor, que tenía el ojo
hito sobre el bolsillo, se lo entrega. Éste lo recibe de mil
amores, dando repetidas demostraciones a su generosa
cortesía, haciendo también a Hardyl una profunda
inclinación de cabeza y brazos, como para decirle que de su
más generoso desinterés lo recibía.
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|
No hay cosa que
nos dé más alta idea de la nobleza y superioridad de
un alma que el desinterés; porque la opinión y alta
confianza que los hombres ponen en el dinero, haciéndolo
mirar como el instrumento mayor de su dicha, repútase
heroicidad la acción de aquel que a tal opinión se
sobrepone, sobreponiéndose a la codicia, que parece
imposible poderse desarraigar del corazón. Y si este
desinterés procede de quien vive en pobre estado,
hácese más de admirar; dando más viva idea del
carácter excelso que menosprecia los bienes que se pudiera
granjear.
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Esto mismo hizo
recelar al admirado padre de Leocadia que aquel hombre a quien
había tuteado fuese persona principal, pues, cuanto
más lo contemplaba, mayor respeto le infundía, y
aunque se sentía movido a ofrecerle lugar en el coche, lo
detuvo el traje humilde en que iba Hardyl y que lo hacía
parecer un hombre vulgar. ¡Oh vanidad!, ¿más
poderosa has de ser que el agradecimiento? ¡Oh cuántas
veces somos más generosos de bolsa que de opinión!
Contentóse pues de renovarle mil demostraciones de su
gratitud, rogándole que llegando a Salem fuese a su casa a
recibir las pruebas que su reconocimiento no podía darle en
aquel lugar. Leocadia, aunque quiso tomarle la mano para
besársela, no se lo permitió Hardyl. Entonces ella le
renovó las instancias de su padre para que viniese a su
casa, y prometiéndoselo Hardyl, ayudándola a subir en
el coche, volaron a Salem para llevarse el padre e hija las
albricias de su madre.
|
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Estaba ésta
sumergida en profundo dolor, impetrando al cielo con plegarias y
llantos por el hallazgo feliz de su hija, sirviéndole de
nueva agitación la ida del padre a Filadelfia, a la cual se
oponía, temiendo que, interpuesto el brazo de la justicia,
no llegase su hija a probar alguna ignominia, si por ventura
hubiese padecido fragilidad a que pudiera quedar expuesta. Idea
aguda que le pasaba el alma y que la sacaba fuera de sí,
yendo y viniendo por la casa, pidiendo a todos los objetos que se
le presentaban su perdida Leocadia, cuando un ruido de ruedas
hácela parar, y pareciéndola que había cesado
en su puerta: Es ella, es ella, exclama; y corriendo desalada, baja
la escalera y, aún no acabada, descubriendo su hija que la
llamaba, tomóla un desmayo y cae sin sentido en el
suelo.
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A la vista de su
desmayada madre, el dolor y el espanto sofocado del gozo de
Leocadia, hácenla también desfallecer. Toda la casa
adolorida acude en ayuda de sus amas y del afligido padre, testigo
de aquel lastimoso accidente. A fuerza de alivios vuelven
finalmente en sí, pudiendo ser conducidas a tomar descanso,
del cual sumamente necesitaba Leocadia. El padre, entretanto,
entregándose al sosiego que le había restituido el
dichoso hallazgo de su hija y el restablecimiento de los desmayos,
no pierde de vista enviar luego aviso a la granja de Henrique Myden
del hallazgo de Leocadia; y como ésta durante el viaje
habíalo informado de quién era Hardyl y del modo como
la libró de Orme, hizo volver inmediatamente el coche para
obligarlo a venir a su casa. Pero habiendo despedido Hardyl al
cochero desde el lugar en que lo encontró, no queriendo
entrar en el coche, sino proseguir su viaje a pie, llegó a
Salem a hora en que Leocadia y su madre, después de haber
restablecido un poco sus fuerzas de sus afanes, no
dejándolas sosegar los deseos de verse y hablarse, se
entretenían desahogando sus alborozados corazones con
tiernas demostraciones de cariño, principalmente la madre
oyendo la relación que la hacía Leocadia de la
traición de Orme, de los peligros en que se vio y del modo
como Hardyl la libró de las manos del traidor. De él
hablaban al tiempo que entraba en la estancia acompañado del
padre, que con duplicados esmeros quería suplir la cortedad
en que había quedado en el camino.
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Leocadia, al
verlo, corre hacia él y lo toma de la mano,
renovándole los títulos de padre y de libertador;
luego, lo coloca entre ella y la madre a quien se lo mostraba,
dándoles Hardyl al mismo tiempo mil parabienes. La madre,
por no saber bien el inglés, quedaba corta y atada en sus
expresiones, pidiéndole perdón de esto mismo por ser
española. ¿Española?, preguntó Hardyl,
pues vuestra hija no me dio a probar esta complacencia.
También sé yo explicarme algo en esa lengua, y
así no os embaracéis con la inglesa; hablemos
español. ¿Mas no pudiera yo saber vuestra gracia y
patria? Mi patria, dijo ella, en S... y O... mi apellido. Al
oír uno y otro, el gozo mezclado de sorpresa arrancó
una demostración a Hardyl que, a pesar del esfuerzo que hizo
para reprimirla y disimularla, fue notada de Leocadia y de su
madre, que a una le preguntaron: ¿Pues qué, sois
también vos español? Hardyl interrumpió su
pregunta exclamando: ¡Cielos!, sabe el hombre donde nace, mas
¿quién le dirá el lugar de su sepulcro? El
padre de Leocadia, que también estaba presente, viendo que
eludía una pregunta que le picaba su curiosidad,
sacóle de nuevo a plaza e insistió en ella
preguntándole si era él también de S... Pero
Hardyl, que conocía el apellido de la madre y de su familia,
como dependiente que había sido de la suya, estuvo sobre
sí, haciéndose superior a un afecto, tan dulce y tan
natural al hombre de manifestarse; mucho más cuanto su
ilustre nacimiento puede granjearle la veneración de quien
lo pudiera reconocer.
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Este modesto
silencio de Hardyl hacía más venerable su
carácter, especialmente después de saber el
concertado casamiento de Eusebio con Leocadia, la cual le era tan
inferior en calidad; pero el alma grande de Hardyl, superior a
estas vanas ideas, y que tuvo fuerza para ocultarse en tantos
años a Eusebio, halló menor dificultad en celarse al
padre de Leocadia, a cuya nueva instancia respondió que su
vida era un tejido de extraños accidentes, por los cuales se
vio precisado a vivir algunos años en S... en donde
aprendió la lengua española; y
empeñándose en las alabanzas de dicha ciudad y en
otras particularidades, divirtió de tal modo la curiosidad
de los oyentes, que fueron llamados a mesa sin ocurrirles que
quedaba por satisfacer la pregunta.
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En la mesa no
pudieron dejar de tocar el punto del casamiento de Eusebio,
sabiendo que Hardyl había sido su maestro y lo había
criado desde su niñez. Esto sirvió de motivo para que
Hardyl se extendiese en las alabanzas de su discípulo, que
deseaban oír de su boca y que contribuyeron para hacerles
apreciar mucho más el casamiento, y para que Leocadia
más se le aficionase, hinchándose su pecho de
complacencia por los elogios que le daba Hardyl, teniéndola
colgada de sus labios y bien ajena de sospechar que el mismo
Eusebio llegase a su puerta. De hecho, no estaban aún a la
mitad de la comida, cuando uno de los criados los avisa de su
llegada. La sorpresa, la conmoción y el alborozo, unidos a
la prevención de sus elogios que acababan de oír,
hácenlos suspender la comida y levantarse de la mesa al
tiempo que entraba Eusebio precipitadamente diciendo:
¿Hardyl libertador de Leocadia? ¿Hardyl en su casa? Y
diciendo esto, abrázase con él.
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El mensajero que
el padre de Leocadia enviaba con la noticia del hallazgo,
habiéndolo encontrado en el camino, se la dio; y Taydor, a
quien habló en el zaguán, habíalo informado de
su venida. Mas viendo Hardyl que Eusebio no lo soltaba,
prosiguiendo en sus tiernos sollozos, le dijo: Pues qué,
¿no queréis que acabe de comer? ¡Ah!,
sí, respondió Eusebio, y dejándolo, se
acercó a Leocadia para darla el parabién y el
júbilo que sentía en su hallazgo; mas el padre le
dijo: Tiempo habrá para eso, ahora lo es de comer;
volvámonos a sentar.
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Habían
entretanto añadido los criados asiento y cubierto para
Eusebio. Los celos que en aquella misma mesa le había dado
la presencia de Orme, aviváronse más amargos con el
motivo de la ausencia, dándoselo también para hablar
sobre el asunto que tenía clavado en su corazón, pero
lo contuvo la prudencia y se lo impidió la pregunta que le
hizo Hardyl sobre la salud de Susana Myden. Leocadia, que estaba
sentada a su lado, en vez de manifestar ansiosa jovialidad por su
venida, se revistió, al contrario, de afable aunque afectada
seriedad. Las dudas en las cuales temió dejar a su padre
sobre su inocencia, quiso dejarlas todas para Eusebio, haciendo
punto de honor la reserva de su entereza para con su amante.
¡Oh impenetrables corazones! Contribuyó también
a fomentarle la seriedad del rostro la preferencia que había
dado Eusebio a Hardyl cuando entró en la estancia,
pretendiéndola para sí como debida a su
hermosura.
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Eusebio
notó a primera vista la suave sequedad de Leocadia; pero,
¿cómo podía penetrar un amante bisoño
tan profundos y delicados sentimientos? Antes bien, despertando
aquella dulce austeridad de su amada las terribles sospechas de sus
celos con la idea de la violencia de Orme, e irritadas mucho
más de los presentes atractivos de su hermosura,
dejábale en el alma una cruel carcoma que lo trastornaba.
¿Qué no diera por poder penetrar este fatal secreto y
por callar tan acibaradas sospechas? Estas teníanlo a ratos
tan absorto que le hacían importunas todas las preguntas a
las cuales sólo forzado respondía. Notóselo
Hardyl como quien más que todos lo conocía; y
suponiendo que aquel enajenamiento le naciese de deseos de hablar a
solas con Leocadia, luego que se levantaron de mesa, dijo: Eusebio
sabe pasar sin café; a lo menos pasará sin él
de buena gana a trueque de decir una palabra al oído de
Leocadia.
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Pues qué,
dijo la madre, ¿no se la podrá decir bebiendo a solas
el café con ella? Saltábales el alma a los amantes
que oían esto callando. ¿Cómo pudieran
exprimir mejor sus recatados deseos? Leocadia sonrióse
viendo que Hardyl la miraba como dándola a entender que lo
había penetrado. ¡Qué dulce sonrisa para
Eusebio! Fue para su alma como blanda lluvia de primavera que baja
a recrear los nacientes verdores. ¡Oh hechizos
incomprensibles del sexo! Ellos son las delicias y el tormento de
los mortales.
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Habiendo, pues,
quedado a solas los amantes como lo deseaban, dijo suspirando
Eusebio a Leocadia.
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|
EUSEBIO.- ¡Cuánto comenzáis
a costar, adorable Leocadia, a este corazón que os tengo
consagrado! ¡Mi lengua no hallará expresiones al
mortal dolor en que los dejó la nueva de vuestra
desaparición! ¡Qué día aquel para
mí! ¡Cielos! ¡Qué infernales sospechas
hijas del delirio de mi amor! Pudiera ser otra la causa... Mas no,
Leocadia. Pudo mi mente enajenada delirar; pero el alto concepto
que vuestra virtud cimentó en mi pecho, no padeció
alteración ni tacha, antes bien, él mismo tuvo a
prueba mi alma de aquel rabioso dolor que, pronto a perder la
moderación contra la osadía de Orme, mantuvo con todo
entera la memoria de vuestra inflexible honestidad. El torpe
atrevimiento del vicio, si hubiese profanado el santuario
¿debiera por eso merecerme la deidad que en él
preside menor adoración?
|
|
LEOCADIA.- Cuanto creéis bien merecido
ese concepto que mi honor os debe, creo también yo tener
tanto derecho de dispensarme de la obligación, que parece
pretendéis imponerme, de daros inútiles declaraciones
que ofendieran tal vez mi recato.
|
|
EUSEBIO.- ¿Yo imponeros
obligación? ¡Ah! Leocadia, son bastantes las de la
virtud, para que vuestro amante quiera cargaros con la de la
indiscreción. Mas si tal es vuestra delicadeza que se
empañe al leve aliento de un amoroso recelo, podrá mi
acendrado afecto echar el velo a memorias que no merecen vuestra
aprobación.
|
|
LEOCADIA.- Don Eusebio, no es sobrada la
delicadeza cuando faltan títulos a la honesta confianza para
declararse; y en el santuario donde no debe penetrar la
profanación del vicio, no sé si es lícita la
entrada a sospechas ofensivas, tal vez siendo injustas.
|
|
EUSEBIO.- ¿Injustas mis sospechas?
¡Oh amable Leocadia! Mi amor, mi respeto, mi corazón,
fueran insensibles si a vuestras plantas no expiase con la
más ardiente veneración la nota de una flaqueza que,
siendo de vos declarada injusta, hace vuestra sentencia
inestimable.
|
|
LEOCADIA.- ¿Qué hacéis don
Eusebio? No lo sufro, alzaos, o si no parto.
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|
EUSEBIO.- ¿Y en qué os ofende una
tierna demostración del más reconocido afecto, que no
exige una declaración que me asegura de la entereza de mis
desdichas?
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LEOCADIA.- ¿Y no es ofensa querer
lisonjear mi vanidad para que padezca la sensibilidad de mi am...;
de mi afecto?
|
|
EUSEBIO.- ¿De vuestro amor queréis
decir? ¡Oh cielo! ¡Oh cielo! ¿Y tanto debe
costar una confesión que sólo confirma el
consentimiento a la voluntad de vuestros padres?
¿Creéis acaso que se ofenda mi sensibilidad como se
resintió la vuestra? ¿O bien teméis que se
lisonjee sobrado mi vanidad a costa de vuestra sobrada reserva?
|
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El café que
les vinieron a presentar interrumpió el dulce contraste de
sus tiernos afectos; y la madre, que creyó haberles dejado
sobrada oportunidad para desahogar sus corazones, entró poco
después para rogar a Eusebio se quedase aquella noche en su
casa. Mas éste le dio por excusa la salud alterada de Susana
Myden, la cual sólo le dejó venir a Salem con la
condición de que volviese aquella misma noche a la granja.
Insta la madre de Leocadia y pone también la hija por
intercesora. Pero Eusebio se afirma en su palabra dada. Llegan
Hardyl y el padre de Leocadia, y éste, viendo la resistencia
de Eusebio, dícele: No hay que hacer, sois esta noche mi
prisionero, y el coche y caballos quedan embargados. Hardyl
callaba, ajeno de desmentir con ninguna demostración
exterior las severas máximas que había impreso en el
alma de Eusebio sobre la soberanía de las promesas, y su
modesto silencio no podía dejar de confirmar su
discípulo en su resolución; y así, cuando dijo
el padre de Leocadia que quedaban embargados los caballos, eso
será sólo motivo, dijo Eusebio, para obligarme a
volver a pie. ¿Queréis que por complaceros sin
necesidad, haga sufrir mil afanes y faltas a mi obligación
para con quien tiene sobre mí los más sagrados
derechos? No; permitid que sacrifique a mi gratitud el mayor gusto
que tuviera de aceptar vuestra oferta y el dolor de negar a
Leocadia lo que por ningún otro título debiera.
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Dicho esto, iba a
tomar el sombrero resuelto de marchar a pie antes que rendirse a la
necesidad de faltar a su palabra, lo que obligó al padre de
Leocadia a mandar disponer el coche. Hardyl se resolvió a
acompañar en él a Eusebio, como lo ejecutó;
recibiendo mil bendiciones de aquellos huéspedes a quienes
era por tantos títulos acreedor, especialmente a la
reconocida Leocadia; la cual, aprovechándose de la partida
de Hardyl para desahogar más su sentimiento en la de
Eusebio, le renovó con llanto todas las tiernas expresiones
de su gratitud, pues aunque todas ellas iban dirigidas a Hardyl, no
era él solo a quien todas se dirigían, principalmente
el llanto.
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El mensajero que
el padre de Leocadia envió a la granja de Henrique Myden,
como encontró a Eusebio en el camino no se curó de
pasar adelante, con lo cual quedaban todavía inciertos
Henrique y Susana Myden del hallazgo de Leocadia, hasta tanto que
el mismo Eusebio y Hardyl se lo contaron. Henrique Myden, aunque
era hombre lleno de bondadosa indiferencia hasta en los mismos
intereses de su comercio, y de genio blando, fácil y
liberal, sin mérito de serlo, y sin que hubiese cosa alguna
que lo sacase de su paso, sentía con todo, por solo Eusebio,
todo el empeño y pasión que no le debiera tal vez un
hijo propio, llegándose a revestir de sus mismos
sentimientos y afectos; de modo que el desconsuelo que le
infundió el de Eusebio por la desgracia de Leocadia, fue
igual a la alegría que se vio brillar en su rostro cuando
Eusebio le contaba su hallazgo.
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Susana amaba
más entrañablemente a Eusebio; pero este mismo amor,
por demasiado, declinaba en importuno y molesto para un joven a
quien quería tener día y noche a su cabecera, sin
darle sino rara vez tiempo de desahogo, y aunque Eusebio no le
diese jamás demostración alguna de enfado; pero
muchas veces necesitaba llamar a consejo sus buenos sentimientos
para tener en freno su paciencia, pues siendo muy aficionado al
campo, no le permitía Susana explayar en él sus
deseos. Y para contenerlos sin murmurar, decíase a sí
mismo muchas veces: esta inquietud y desazón que siento no
me nace ciertamente de estar en esta estancia, pues aquí
está Susana, y aunque enferma y en el lecho, no los padece.
Luego es siniestro de mi voluntad que rehúsa prestarse a lo
que le viene cuesta arriba. Mas si llego a vencer esta repugnancia,
cumpliré con la gratitud que debo a quien me mira como madre
afectuosa, complaciéndola en esto; y a más adquiero
la virtud de la paciencia que tanto cuesta de adquirir. Si la venzo
en esto poco, ¿no me será más fácil el
adquirirla en otras ocasiones de mayor importancia? ¿No se
me seguirá consuelo mayor de haberme vencido, que no gusto
en dejarme llevar de mi desazón? ¿Qué
complacencia iguala a la que otras veces he probado,
sujetándome al suave imperio de la virtud? ¡Oh sublime
moderación! ¿Qué males hay que no alivies o
molestias que no endulces? He aquí mi pecho rendido: ven,
emposesiónate de mi voluntad y amóldala a mayores
sufrimientos.
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Hardyl, que
conoció poco después de la llegada lo que Eusebio
padecía, sin que éste le diese motivo para que lo
penetrase, quiso echar el corte a la sujeción en que Susana
lo tenía, haciendo ver a ésta que Eusebio necesitaba
en su edad de divagarse, pudiendo serle perjudicial tan frecuente
estada en su aposento, y que por el mismo amor que le profesaba
debía permitirle a lo menos las tardes enteras para que se
solazase; pudiendo también servirle esto mismo de
instrucción, viendo él por sus ojos las labores del
campo y poniendo en práctica los conocimientos que ya
tenía sobre la agricultura. Rindióse Susana a las
razones de Hardyl, y así pudo comenzar a disfrutar en su
compañía de la amenidad del sitio que habitaban;
sirviendo esto para que Hardyl diese nueva forma a las haciendas
que el descuido de Henrique Myden tenía abandonadas y en
gran parte incultas.
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Hardyl hizo
praderías dilatadas de los campos alindados al río en
que pudiesen alimentarse vacadas y ganados menores; dividió
cada cuatro yugadas en caseríos en que pudiesen
también establecerse familias de labradores que atendiesen
mejor a su cultivo; ahondó fosos que recibiesen el sobrante
del agua de los campos, y éstos los dividió con
hileras de árboles, haciendo por ello plantíos, y
ocupándose él mismo en hacerlos en
compañía de Eusebio, mezclados con los mismos
labradores como si trabajasen como ellos a destajo.
¡Cuántas veces renovaban en aquel ejercicio la memoria
de Isidoro y de Dorotea! ¡Cuántas divertían
también su trabajo diciendo de coro los pasajes
pertenecientes a la vida del campo de Virgilio y de
Teócrito! ¡Cuán dulce era entonces a Eusebio la
memoria de su Leocadia, como si con aquel trabajo hubiese de
ganarle el mantenimiento! ¡Qué cumplida felicidad no
le prometían sus enajenados pensamientos!
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Otras veces se
encaminaban a la playa, y sentados sobre una roca o sobre la arena,
renovaban la memoria de su naufragio en aquel lugar mismo en que lo
recibió la tierra. Tomaba Hardyl ocasión de esto para
ensalzar y bendecir la poderosa mano de la providencia que no
sólo lo sacó del furor de la borrasca, sino que
también en vez de impelerlo a una playa desierta, lo puso en
los brazos de tan piadosos libertadores; dándole en ellos
padres, tal vez más cariñosos que aquellos a quienes
dejó tragar de las mismas olas, sobre las cuales lo
sacó salvo. Hacíale ver la obligación en que
estaba de fortalecer su alma con los buenos sentimientos de la
virtud como el mayor reconocimiento que podía mostrar a su
criador. Sirvió esto mismo también a Eusebio para
avivarle el agradecido amor que debía a Gil Altano, como
principal instrumento de que quiso servirse Dios para salvarlo; y
aunque entonces en el fervor de su gratitud hubiera deseado hacerle
un establecimiento en que pudiese pasar su vida con comodidad
exentándole del servicio; pero como se reconocía
dependiente de Henrique Myden, remitió sus intentos a tiempo
en que pudiese disponer de su hacienda, contentándose
entretanto de contribuir a su buen estar, regalándolo como
lo hacía frecuentemente con sus aguinaldos y con otras
larguezas con las cuales empeñaba más el sumo
cariño que Altano le profesaba. Éste, con el trato
quieto y asentado de los cuáqueros, iba perdiendo aquel aire
truhanesco y avillanado del cual quiso precaver Hardyl a Eusebio en
su niñez y juventud.
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Contribuyó
también la frecuentación de la playa y la memoria de
su naufragio para no omitir Hardyl enseñar a nadar a
Eusebio, no sólo como preservativo que le pudiera ser en
desgracias semejantes, sino también como remedio de su salud
en muchas destemplanzas; pues el cuerpo se corrobora y fortalece
con el baño, no ofreciendo tal vez la naturaleza
ningún remedio más sencillo y blando para la vida, no
porque ésta se pueda prolongar y hacerla exceder los
términos a que la ciñe la organización del
cuerpo, sino porque sin excederlos, puede el hombre llegar a ellos
exento de muchos ayes y dolores a que se ve sujeto
comúnmente, como efectos necesarios de la excedencia y
derramamiento de los malos humores y de los encendimientos de la
sangre que templa y consume el baño, reponiendo las masas en
su equilibrio y devolviendo el proporcionado vigor y elasticidad a
los vasos y fibras, a cuya diversa configuración
difícilmente llegan las virtudes de las pócimas de la
farmacia; virtudes tal vez inciertas, tal vez erradas a los fines
para que se recetan, supliendo mucho mejor a todas ellas el
baño.
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Bien tenemos los
ejemplos de los antiguos, pero los miramos con indiferencia como
otras muchas cosas de sus excelentes prácticas,
reputándolas, principalmente sus baños, efectos de
delicia y del lujo, y no como efecto de sus mayores conocimientos
en la medicina. Verdad es que se llega a abusar de lo bueno, pero
por ventura, ¿el abuso desmiente o disminuye las calidades?
A los enfermos rematados vemos prescribir como último
remedio el uso de los baños. Los vemos ir a remotas tierras,
con peligro de no llegar a ellas, para probar su beneficio. Lo que
es último expediente a la quiebra de la salud, ¿no
sería mejor que fuese preservativo? ¿Pero
quién cree caer mañana en un mal que hoy no siente, y
que por lo mismo no recela? ¿Ni quién querrá
preservarlos con gastos excesivos y con muchas incomodidades para
bañarse en las aguas de Spa o de Pisa? Yo no entiendo hablar
de estos baños, ni pretendo tampoco renovar el uso casero de
los antiguos, mas cíñome a la playa y prefiero el uso
frecuente, y si pudiera a diario, del baño marino a todos
los demás. Los que pueblan las playas pudieran suplir con
ellos a todos los médicos y medicinas, que tal vez entonces
no echarían de menos.
|
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Eusebio
probó también en esto el efecto de la
enseñanza y de los consejos de Hardyl, no sólo
aprendiendo a nadar como un buzo, sino también fortaleciendo
su salud; siéndole más provechoso este ejercicio que
los consejos que dieron los médicos a Susana, la cual fue
cada día empeorando, de modo que llegó a
término de hacer temer de su vida. Esto impidió la
vuelta de Hardyl a Filadelfia el día que la tenía
determinada, debiendo condescender con las instancias de Henrique
Myden, el cual sentía que se ausentase en el crítico
estado en que se hallaba su mujer. Ésta también
deseaba retenerlo por las sospechas que tenía de su vecina
muerte, esperando que la confortase con sus máximas e
instrucciones. Éstas las recibimos con mejor ánimo de
las personas que veneramos; y siendo grande el concepto que Susana
había cobrado a Hardyl después de sus pasadas
diferencias, escuchábale como a su Sócrates.
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Procuraba
éste consolarla en sus penas y prestábale toda la
asistencia que podía en compañía de Eusebio.
Cesaron todos los paseos y trabajos campestres y dedicaron sus
esmeros en alivio y consuelo de la moribunda; pero ésta, que
sentía acercársela la muerte, volviéndose a su
amado Eusebio, le dice: Eusebio, va a separarnos para siempre la
voluntad inescrutable de aquel Señor que te me
presentó para que fueses el colmo de mi dicha en este
suelo.
|
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Supla la virtud,
hijo mío, a los cariñosos esmeros de quien te fue
madre y que se lleva de este suelo las esperanzas de que tu
corazón, fortalecido, no se dejará avasallar de los
incentivos de las pasiones que deslumbran la mente y la
razón, sin que se desengañen de las vanidades del
mundo, sino en la hora en que ahora me veo, y en que se presenta a
la vista el abismo interminable de la eternidad, ante el cual la
más larga vida parece un sueño, sirviendo de solo
consuelo la virtud. Ésta es la más rica herencia que
te encomiendo y la que sólo puede hacer tu felicidad. No
añado más porque no puedo, y porque fuera superfluo
habiéndote dado el cielo tan sabio consejero. Ve Eusebio y
llama a tu padre, pues siento...
|
|
Eusebio,
enternecido de las palabras de Susana, hacíase fuerza para
contener su llanto, y aunque se apresuró para ir a llamar a
Henrique Myden, no pudo dejar de prorrumpir en sollozos al salir de
la estancia. Óyelo Henrique Myden, y creyendo por su llanto
que hubiese fallecido Susana, entra fuera de sí en el
cuarto; y aunque contuvo de repente su dolorosa turbación la
sorpresa de ver su mujer hablando con Hardyl, se llegó a la
cama enternecido, y tomando la mano a su mujer, comenzó
ésta por dar gracias al cielo de los bienes de que los
había colmado, y a él de los esmeros y cariño
que le debía; y pasando a encomendarle Eusebio.
Parecióle a Hardyl el dejarlos en libertad en momentos tan
preciosos y se salió para ver de allí a poco con
Eusebio, deseando que estuviese éste presente a la vecina
muerte de Susana, conociendo que declinaba por momentos. Pero al
volver a entrar con él, ve el rostro de Susana pendiente
sobre la almohada hacia la cabeza de su marido, el cual
tenía aplicado su inclinado rostro sobre la mano de la
enferma, puestas las rodillas en el suelo.
|
|
Y aunque la
palidez del rostro de la enferma le hizo temer al entrar que
hubiese expirado; pero el silencio y postura de Myden hízolo
dudar de modo que, acercándose a la cabecera,
preguntó a la enferma si quería un sorbo de agua; mas
no dándole ella respuesta ni señal de vida al
movimiento que le hizo con la mano, acabóse de certificar de
su trance, del cual cerciorados también Henrique Myden y
Eusebio, dieron rienda a su dolor como muchachos. No pudiendo
resistir Henrique Myden a quedarse en la estancia, salióse
afuera a desahogar su acerbo sentimiento. Pero Eusebio, en quien el
duelo recibía las mayores fuerzas de su gratitud a tan buena
madre, arrójase de rodillas ocupando el lugar que
había dejado Henrique Myden, y besando la yerta mano de la
difunta, decía con lágrimas: Estos insensibles restos
que beso, porque los venero; ¡ah!, bien sé que no me
oyen ni sienten, ¿pero cómo puedo dejar de expresar
mi dolor en estas demostraciones de gratitud, con las cuales
confirmo la promesa que no pude hacerte en vida, de conservar la
virtud que me encargaste como la más rica herencia?
|
|
Viendo Hardyl
empeñado a Eusebio en un acto tan piadoso, salió de
la estancia dejándolo solo, para ver si había perdido
el miedo al cadáver y para consolar también a
Henrique Myden, que necesitaba de tan caritativo oficio. Media hora
después quiso volver a la estancia para ver si estaba
todavía en ella Eusebio; y hallándolo en la misma
postura, aunque llorando en silencio, le dice: Basta, hijo
mío, basta; la deuda del dolor queda ya satisfecha, lo
demás, ni la naturaleza te lo pide, ni te aprovecha a ti ni
a la difunta. Obtenga tu razón el mérito que te
deberá usurpar el tiempo, si no lo previenes con la
moderación. Ésta debes también a tu
sentimiento, aprovechándote del duelo, para no poner la
dicha en ninguna cosa que tarde o presto has de perder; y
haciéndolo levantar se lo llevó sollozando fuera de
la estancia.
|
|
Habían
llegado algunos vecinos para informarse de la salud de Susana, y
poco después llegó el padre de Leocadia informado por
las cartas de Eusebio del peligro de su madre. Contribuyó su
venida para aliviar al inconsolable Henrique Myden y para
condecorar el funeral, al cual dio más digna pompa el
llanto, que la bondad y virtudes de Susana se granjeó de los
asistentes, especialmente de sus criados y labradores, que no el
vano aparato y lujo con que sabe conciliar la ambición las
ideas de la bajeza humana, con las de la grandeza que
representa.
|
|
Henrique Myden
quiso volver inmediatamente a Filadelfia, resuelto a poner en
ejecución los pensamientos que llevaba de liquidar las
cuentas de su comercio para retirarse enteramente. Lo cual, no
siendo de fácil condición por la vasta
extensión de sus intereses en países extraños,
dejaba tiempo bastante para que Eusebio hiciese su viaje de modo
que a su vuelta pudiese efectuar su casamiento con Leocadia y
acabar en el seno de un dichoso descanso sus días en
compañía de tan buenos hijos, y que tanto
podían contribuir para darle una consolada vejez. El padre
de Leocadia quiso retenerlos a comer en su casa al pasar por Salem
en donde Eusebio y Leocadia renovaron sus ardientes sentimientos,
avivándoselos la tierna tristeza que dejaba en sus amorosos
corazones la memoria de la muerte de Susana y la de la pronta
partida de Eusebio para España, a cuyo tiempo
prometió de venir a despedirse de ella.
|
|
Llegado a
Filadelfia, Hardyl debió atender a despachar las obras y
materiales que le quedaban en la tienda para poder alquilar su
casa. Eusebio quedó en casa de Henrique Myden prosiguiendo
su estudio de la historia, que podía continuar sin estorbo
en el viaje. En esto atendían Hardyl y Eusebio, cuando
Henrique Myden dio a éste la noticia que estaba para partir
un bajel para Porstmouth, en el cual podía pasar a
Inglaterra para ver aquellos países, y desde allí
continuar su viaje a España, a cuyo gasto supliría
con treinta mil libras esterlinas que creía le quedaban de
fondo, y con setenta mil duros que tenía recaudados y que
había cobrado por cédulas de cambio, según las
remesas que le venían de los apoderados de sus haciendas.
Añadióle que antes de partir era muy justo hacer un
presente a Hardyl de ocho mil duros, ya los quisiese recibir en
dinero o en fondos, como mejor le pareciese.
|
|
Saltábale a
Eusebio el corazón de júbilo a la proposición
de Henrique Myden, y quisiera desde luego tener el dinero en su
poder para entregárselo. Pero no estando aprestada la
cantidad, le dejó tiempo para reflexionar, que sería
mejor que el mismo Henrique Myden le hiciese la oferta, pues
temía no poder recabar de él que los recibiese de su
mano. Pareciéndole bien a Henrique Myden la reflexión
de Eusebio, esperó que Hardyl viniese de asiento a su casa;
y estando ya en ella, después de haber alquilado la suya,
llamándole a su escritorio con Eusebio, le dijo: No puedo
encareceros, Hardyl, la admiración en que me dejó
vuestro desinterés cuando proponiéndoos paga por el
trabajo de la educación de Eusebio, rehusasteis dar
oídos a mi proposición, queriéndoos encargar
no sólo de su crianza, sino también de su
manutención, como si Eusebio fuese hijo vuestro y no
discípulo.
|
|
Por efecto de esta
misma admiración, condescendí yo con un silencio que
hubiera sido estúpido y feo, si no hubiese remitido a tiempo
y lugar satisfacer antes a mi propia gratitud, que a las
obligaciones en que os estamos, así yo como Eusebio; y para
daros una prueba de esto, os rogamos queráis aceptar estos
ocho mil duros que aquí he juntado, para que con ellos
podáis suplir a las necesidades que se os ofrecieren en caso
que os llegue a cansar el oficio.
|
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Al oír
Hardyl esta proposición tan inesperada, sin dejar continuar
a Henrique Myden, dijo: Presérveme el cielo de llegar
jamás a envilecer mis desinteresadas intenciones,
corrompiendo el puro consuelo que me da la memoria de los cuidados
y esmeros que tan bien merecidos me tiene Eusebio. No, amigo, no
esperéis que flaquee mi resolución; volved ese dinero
a su fondo y no queráis avergonzar ni mi amistad, pues os la
tengo, ni el amor que me debe Eusebio. Si jamás el querer
del cielo redujere mis brazos a la imposibilidad de poderme ganar
el sustento, me queda la dulce esperanza y alta satisfacción
de veniros a pedir entonces lo que ahora no debo aceptar. A vos,
Eusebio, os perdono esta generosa ofensa a mi concepto, y perdonad
también el disgusto que os puede causar mi
desaprobación. Y dándole un abrazo, lo besó en
la frente, demostración que jamás hasta entonces no
le había dado Hardyl. Quedó así confirmada tal
confianza entre los tres, como si fueran miembros de una misma
familia.
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Concertaron luego
entre sí el plan del viaje, en el que entraban los criados
que se habían de llevar; lo que quedando a la
elección de Eusebio, mostró deseos que fuesen Gil
Altano y Juan Taydor. Debía también tomarse tiempo
Eusebio para cumplir con la promesa hecha a Leocadia de ir a
despedirse de ella; y no quedándoles más que cuatro
días, aceleró su ida a Salem en
compañía de Hardyl. Las demostraciones con que fueron
recibidos se resentían del oculto sentimiento que les causa
el motivo de su venida, y aunque la madre de Leocadia
resolvió no dejar ocasión a los amantes para que se
hablasen a solas, como se lo dijo a Hardyl, éste se lo
disuadió, asegurándola no sólo de la modesta
reserva y del recatamiento de Eusebio, sino también del
provecho que a éste le podía resultar, convalidando
su felicidad para tan larga ausencia contra los riesgos y ocasiones
que se le pudieran presentar en el viaje.
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Persuadida la
madre, revocó el orden que tenía dado a Leocadia e
hizo nacer la ocasión para que se viesen a solas poco tiempo
antes de la partida. Al verse Eusebio con Leocadia sin testigos,
sintióse asaltado de un mudo encogimiento que enfrió
los transportes de su alborozo; mas pudiendo finalmente dar orden a
la confusión de sus afectos, dijo así:
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EUSEBIO.- He aquí el momento tanto
más agradable, cuanto menos esperado, ¡oh dulce
Leocadia!, para declararos lo que mejor os dijeron mis ojos y lo
que no podéis ignorar si conocisteis a Eusebio. ¡Ah!,
yo parto porque de mi amor no depende la quedada. La sola esperanza
de volver más digno de vos templa al grave dolor que pruebo
en mi partida.
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LEOCADIA.- ¿Podré lisonjearme que
vuelva ese corazón vuestro, no de mí más
digno, mas cual es y cual sólo lo quisiera antes de la
partida? ¡Oh!, cuánto vale más una segura
posesión aunque mediana, que una magnífica promesa,
tal vez incierta, tal vez... ¡Oh cielos!
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EUSEBIO.- ¿Cómo? ¿Llegaron
a poner duda vuestras sospechas en la pureza de mi afecto?
¿Vuestro injusto temor, no ofende antes a vuestra
sinrazón que al concepto que de vos no tengo merecido, cual
lo manifestáis? ¿El tiempo corto que
debiéramos emplear en desahogar nuestros pechos con tiernos
y dulces afectos, lo deberemos despreciar en buscar excusas a vanas
sinrazones? No, suavísimo amor mío; dejad antes que
imprima en esa mano...
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LEOCADIA.- No lo esperéis a solas.
Jamás el tiempo llamará a engaño mi sobrada
confianza, mucho menos en una separación en que mi recato
queda a cargo de la incertidumbre...
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EUSEBIO.- ¿Mas, por qué?
Declaraos; a soslayo de vuestra injusta severidad, ¿no
descubro por ventura una muda desconfianza, que ofendiendo a mi
amor, amartela también nuestros corazones?
¿Teméis acaso que alguna beldad extranjera deslumbre
una alma que os queda consagrada? ¿O bien que el tiempo y la
ausencia amortiguen el santo y puro afecto que vuestra sola memoria
hará sólo inextinguible? Porque ¿qué
significa esa mediana posesión preferible a una
magnífica promesa?
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LEOCADIA.- ¿Y por ello podéis
acusarme de celos? ¿Debo fundar mi sola desconfianza en
beldades que no sé si me la merecen? ¿No hay
peligros, no hay lances en los caminos y poder en el cielo para
hacer tal vez infeliz con el tiempo a la que pudiera tocar con la
mano su presente felicidad?
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EUSEBIO.- ¡Ah! Perdonad, perdonad, excelso
amor mío. Mas ¿mi error no se arrepentirá de
haber dado motivo a una confesión que inunda de delicias mis
oídos? ¿Yo hacer vuestra presente felicidad?
Dígolo; ¿y sufriré que se difiera? No resisto;
venid, Leocadia. Obtenga vuestro llanto suplicante a los pies de
nuestros padres lo que no querrán negar y lo que no
podíamos obtener a pesar de nuestra dicha sin su
consentimiento.
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LEOCADIA.- ¿Yo oponerme a su
determinación? Antes devoraré mi dolor que oponer a
su respetable voluntad un revoltoso afecto. Si me descubrí
indiscreta, tengo todavía valor para sobreponerme a mi
culpable ligereza.
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EUSEBIO.- ¿Culpable? ¿Y en
qué lo es? ¡Ah Dios!, ¿habráme de ser
siempre contraria vuestra severa delicadeza? ¿Vuestra
austera obligación, no me condena antes a la partida que no
la voluntad de quien no la determinó con mando?
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LEOCADIA.- ¿Y una voluntad expresa, no
debe tener fuerza de mando para con mi respeto?
¿Pretendéis acaso quebrantar una delicadeza que
parece os es sensible, pues la acusáis de severa? No,
Eusebio, partid; robaos a mis ojos, a mi dolor, aunque sea al
precio del sacrificio de mis esperanzas, antes que mi
obligación y vuestra virtud se desmientan.
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EUSEBIO.- Si llamé severa, y si no deja
de ser sensible vuestra delicadeza a mi amor, ¿no es por lo
mismo más digna de mi adoración eterna? ¡Oh
fortaleza que confunde la mía! ¿Que yo parta y me
robe a vuestro dolor? ¿Esto me mandáis, y no
sacrificaré la dicha...? ¡Ah!, no. Toda la tierra, sus
riquezas todas, mas Leocadia... ¡Oh poderoso imperio del
amor! ¿Qué dura obligación habrá que no
se someta a tan suave poderío? ¿Y temeréis que
el cielo, testigo de vuestra excelsa resignación, no la
acepte en favor mío? Sí, Leocadia; él
desviará de mis pasos los peligros, y a la fidelidad que me
merece vuestra virtud abreviará el camino para darle la
recompensa mayor en vuestros rendidos brazos, en ese seno, adorable
manantial ardiente de los poderosos atractivos...
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Cuán
importuna debió ser la entrada de la madre para decir a
Leocadia que miss Leden venía a saludarla. De este pretexto
se sirvió para interrumpirlos y para decirles que la dicha
miss Leden la traía la noticia que Orme se había
embarcado para Inglaterra como lo acababa de oír de su mismo
padre; y volviéndose a Eusebio, le dijo: A vos toca, ya que
vais hacia aquellas partes, el perseguir y hacer castigar la fea
ingratitud y la maldad que contra nosotros ha cometido. ¿Que
yo lo persiga, señora?, dijo Eusebio. ¿No nos
vengó bastante su frustrado delito? ¿Y éste
mismo no es mejor que le persiga, que no yo que le debo más
compasión que odio? Perdonad, oí siempre decir que al
ladrón y al enemigo puente de plata.
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Diciendo esto,
llegan a la sala donde miss Leden los esperaba en
compañía de Hardyl. Éste, viendo rotos los
más preciosos instantes para Eusebio, y que todo el
demás tiempo sería gravoso para diferir la partida,
esperó que llegase el padre de Leocadia para partir y
encaminarse a Filadelfia. Y aunque cuando éste llegó
quiso poner estorbos, Hardyl insistió en la necesidad de los
preparativos para el viaje, de modo que llegaron a la despedida.
Eusebio abrazó tiernamente al padre de Leocadia y
besó la mano a la madre sin poder proferir palabra. Una
desfalleciente palidez ocupaba su rostro sin asomársele
ninguna lágrima, hasta que llegando a Leocadia,
pálida y muda como él, la tomó la mano, en la
cual imprimió sus labios; y arrimándosela luego al
corazón: ¡Oh Dios!, dijo; y torciendo la cabeza,
prorrumpió en un amargo sollozo y tomó
precipitadamente la puerta. Hardyl se vio precisado a seguirlo,
dejando a Leocadia penetrada del interno enajenamiento de su
amante.
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