Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente




ArribaAbajoLibro quinto

Si Hardyl no recabó destruir en el ánimo de Eusebio la afición que había cobrado a la graciosa hija de Smith, obtuvo por lo menos sosegar su pasión e infundirle temor para no abandonarse a ella ciegamente, divirtiéndosela también en parte el estudio de la historia que continuaba, como también el ejercicio del estilo con que la interrumpía, sin perdonarle Hardyl el trabajo del oficio por las tardes, o el ejercicio de sus fuerzas en el huerto, siendo ya Eusebio tan crecido que le faltaba poco tiempo para salir de su minoridad. Para este tiempo había tratado Hardyl con Henrique Myden enviarlo a España, para que tomase posesión personalmente de sus haciendas, y con este motivo hacerle viajar, condescendiendo Hardyl en acompañarlo en su viaje.

Después de haber dejado asentada esta resolución, estaban una noche cenando Hardyl y Eusebio, cuando oyen tocar a la puerta. Era un criado de Henrique Myden que venía a suplicar a Hardyl de parte de Susana para que al día siguiente no dejase de ir a verse con ella, importándole hablarle. No atinaba Hardyl con el motivo de un recado tan extraordinario y tan a deshora; pero sospechando por lo mismo que fuese de alguna consideración, dándole temores la enfermedad habitual de Susana, fue al otro día en compañía de Eusebio para informarse de sus deseos. Eran estos nada menos que de llevarse a Eusebio al campo, habiendo determinado los médicos en la consulta del día antecedente que fuese a tomar los aires de mar y monte; y no queriendo diferir el remedio no quería tampoco privarse de la compañía de Eusebio; pero que la suya le sería también muy apreciable; y en caso que su oficio no le permitiese prolongarle el consuelo que en ello recibiría, le rogaba encarecidamente se lo diese todo el tiempo que pudiese complacerla.

Hardyl le respondió que no le era posible condescender por entonces con sus ruegos respecto de él, por deberse desempeñar de una comisión de cestos que debía remitir a la Nueva Jersey; pero que entretanto podía llevarse a Eusebio, pues luego que él hubiese satisfecho su comisión, le prometía de ir a estar con ellos en la granja. Llegó en esto Henrique Myden avalorando las instancias de su mujer, y Hardyl le renovó la misma promesa, pidiéndole le dejase entretanto a Juan Taydor, con quien iría a encontrarlos luego que se desembarazase de su comisión, pues no necesitaba de coche para hacer el viaje, teniendo costumbre y mayor complacencia de caminar a pie.

Quedó Eusebio en casa de Myden hasta la partida para la granja, la cual hízose felizmente hasta media legua antes de llegar a Salem, en donde, habiéndoseles roto una rueda del coche, se vieron precisados a quedar en el camino hasta tanto que de Salem viniese lo necesario para continuar su viaje. Envían a este fin a Gil Altano, el cual, a pocos pasos dando con una casa de campo, creyó encontrar más pronto remedio. Hallábanse en ella los dueños, los cuales, informados por Gil Altano de la desgracia del coche, salieron para ofrecer en persona habitación a los viajantes. Viéronse éstos obligados a aceptar tan cortés oferta, especialmente por la indisposición de Susana, que necesitaba de la cordial hospitalidad de aquellos señores, a cuya casa fue trasladada.

Era el dueño un español rico, mercader de Salem, el cual, por cierto encuentro habido en su mocedad con un fraile a quien maltrató, debió dejar su patria y retirarse a la América poco después de casado, estableciéndose finalmente en Salem con su familia, que se reducía a su, mujer y a una hija suya, que les nació en México, a donde se retrajo en su fuga. Llamábase la muchacha Leocadia, y era ya de edad de dieciocho años, en cuyos negros ojos brillaba la modesta vivacidad de una alma ardiente que animaba la dulzura de su noble circunspección. Su rostro delicado, aunque prendaba a primera vista, empeñaba más la afición de quien contemplaba sus finas facciones. El talle sutil de su cuerpo daba mayores quilates, a pesar de la modestia, a un pecho realzado y mayor que el que su edad y talle pudieran prometer. Su estatura, casi igual a la de Eusebio, que no era pequeña, levantábase sobre dos pies cortados de las gracias y enseñados de ellas a caminar sin arte, infundiendo a toda su presencia un atractivo hechicero. Agravaba a su espalda una rica trenza de cabello, digna de Berenice, hermanando un santo y recatado candor a la discreción de su amable trato y cortesía.

Viola apenas Eusebio, cuando su corazón se sintió acometido del tumulto de los sentimientos que le excitaron los atractivos de su hermosura. Adiós Henriqueta. Todas las instrucciones y consejos de Hardyl preséntanse en confuso a su memoria y refrenan su conmoción sin destruirla. Sólo en particular se le acuerda, pero vivamente, lo que Hardyl le dijo acerca de la diversidad de objetos que se le presentarían entrando en el mundo y que empeñarían más su afición que la hermosura de Henriqueta; y viéndolo confirmado por prueba con la vista de Leocadia, sirvióle de motivo para contener su alteración, aunque no podía dejar de empeñar vivamente su genio el dulce objeto que se la causaba y en cuya casa habitaba.

Un desmayo sobrevenido a Susana, obligóla a hacer cama y diferir por algunos días el viaje, facilitando a Eusebio el poder hablar a Leocadia, lo que no hizo en los dos primeros días, aunque se le presentaron ocasiones. El deseo de Susana de querer tener siempre a Eusebio en su estancia, y la reserva de la misma Leocadia no se lo permitían, y si alguna vez tuvo proporción Eusebio de paso, la timidez y natural modestia de su genio atábanlo de manera que sólo se ceñía a medios cumplimientos, supliendo lo demás los ojos de entrambos, resarciendo con miradas ardientes la elocuencia que faltaba a su atrevimiento. Esta misma encogida privación alimentaba más la llama de su afecto, dejando mayor campo a la imaginación para aumentar las calidades y perfecciones de Leocadia, y para admirar más en provecho de su afición la extraña combinación de la suerte que unió en una misma casa dos jóvenes españoles casaderos, y en país tan lejano a donde los trajo por tan extraños caminos y accidentes, pues no tardaron a quedar informados de esta circunstancia tan realzante para su amor. Es siempre dulce la satisfacción de verse los patriotas en países extranjeros. ¡Cuánto más dos amantes! Leocadia, aunque sabía la lengua inglesa, no había olvidado la propia, hablando siempre en ella con sus padres; y sabiéndola bien Eusebio, tenía mayor motivo de complacer a su amoroso genio y de merecer la confianza de su amada; pero el modesto encogimiento de entrambos, le servía al mismo tiempo de irritante estorbo, hasta que una mañana en que Susana se dejó tomar del sueño, velándoselo Eusebio, entró en la estancia Leocadia enviada de su madre para informarse de la salud de la enferma.

El justo pretexto de su venida, el silencio y oscuridad de la estancia, tan favorable a los amantes, el sueño de la enferma, facilitábales una larga conversación, y a Eusebio el lance de declararle sus sentimientos. Éste, al verla entrar en la estancia, sintióse oprimido de la palpitación que le causó su vista. Leocadia, que ignoraba las circunstancias del sueño de Susana y de que estuviese allí solo Eusebio, acercóse a la cama sin distinguirlo por la oscuridad; mas conociendo por el resuello que la enferma dormía, íbase a retirar pasito, cuando Eusebio, cobrando aliento, se acerca a ella para ver lo que deseaba. Leocadia sorprendida dícele su comisión, mas sintiéndose asir de la mano y queriendo apartarla antes por recato que por disgusto, dio motivo a Eusebio para que, apretándosela más, la detuviese con modesta porfía, diciéndola con voz baja y que más exprimía su ternura: ¡Cielos, huir de quien os adora! ¡De quien anhela este momento para juraros un amor eterno, si por ventura mi puro afecto pudiera merecer vuestra correspondencia! ¡Oh Dios! Dejadme, don Eusebio, dice Leocadia. ¿Pensáis merecer con esta violencia el ser correspondido? Sabéis que tengo padres, esos solos serán los depositarios de mi afecto; si mis ojos dieron alguna confianza a vuestra inclinación, tendré motivo de arrepentirme, sin habéroslo dado jamás para abusar de mi inadvertencia.

Eusebio, que a la primera tentativa de su honesta afición probó tan noble fiereza de parte de un objeto tan adorable, aunque sintió enfriársele su atrevimiento, se le dobló el aprecio y el respeto para con ella, sin entibiársele la pasión; antes bien, obligado de esta misma, la dobla una rodilla diciéndola: No, amable Leocadia, mi corazón no es capaz de ofender vuestra modestia. Si un transporte de irresistible afecto provocó mi osadía, hácemela detestar vuestro noble recato. Merezca mi tierna sumisión vuestra piedad, como vuestra virtud y vuestras gracias obtuvieron mis adoraciones. Si vuestros padres deben ser los depositarios de un secreto de que depende mi dicha ¿podré atreverme a consultarlos? ¿Obtendrá por lo menos vuestra aprobación este designio de mi amor ardiente?

Don Eusebio, respondió Leocadia, vuestros designios no necesitan de mi aprobación, ni vuestras intenciones deben depender de las mías; mucho menos debiendo estar éstas subordinadas a quien puede tener sobre ellas pretensiones opuestas a las vuestras. ¿Opuestas pretensiones a las mías?, replicó Eusebio. ¡Justos cielos! ¿Por ventura seré tan desgraciado que otro tal vez usurpe...? ¡Ah!, lo veo. ¡Triste de mí!... El llanto interrumpió sus lamentos apasionados y Leocadia, sintiéndose también conmovida, tomó el expediente de salirse de la estancia al tiempo que en ella entraba Henrique Myden para saludar a Susana, y oyendo sollozar a Eusebio pensó que hubiese sobrevenido algún accidente a su mujer. Sobresaltado acorre a la cama, pero despertando al mismo tiempo la enferma los sollozos de Eusebio, pregunta la causa de ellos a su mando que llegaba.

Henrique Myden, sosegados sus temores con la pregunta de su mujer, la dice que lo ignora; y acércase luego a Eusebio para saberlo de él mismo; mas éste le responde con más doliente llanto, el cual dio motivo a Henrique Myden para sospechar la causa, acordándose de la salida de la estancia de Leocadia. Procura Myden el consolarlo, y no sufriéndole el corazón en tan doloroso estado, previene su vergonzosa confesión preguntándole si era Leocadia la causa de su tristeza. Porque si lo es, le añade, dilo luego; pues si la amas y deseas casarte con ella, pronto estoy para pedírsela a sus padres. Eusebio, penetrado de la fácil bondad de Henrique Myden y del dolor de las sospechas que le había infundido la respuesta de Leocadia, por temor de que estuviese prometida a otro, prorrumpió en nuevo llanto y aflige más los ánimos de sus padres, especialmente el de Susana; la cual, llamándole a la cama, le toma la mano y le ruega con vivas instancias que le descubra su corazón, pues veía cuán dispuesto estaba su padre para satisfacerle sus deseos. Eusebio, algo confortado, les declara los temores en que lo dejó la respuesta de Leocadia, cuando le dijo que sus padres pudieran tener sobre ella pretensiones opuestas a las suyas.

Nada más que temores, dijo entonces Henrique Myden, pues verás, bobillo, cómo se hace para salir de ellos sin llorar como niño. Y levantándose de su asiento, se fue en busca del padre de Leocadia, a quien cuenta lo sucedido, deseando saber de él solamente si había prometido a Leocadia. Diciéndole éste que no, sin inquirir más, vuelve inmediatamente a Eusebio y lo asegura de la verdad por boca del mismo padre. Aunque quedó aliviado su pecho de este temor, dando en él la entrada a un consuelo que no esperaba, no se lo dejó disfrutar todo entero la nueva sospecha que le vino, si por ventura los rigores de Leocadia procedían de inclinación que tuviese a otro. Recaían estos asomos de celos sobre un joven francés muy bien parecido y dispuesto, que el padre de Leocadia tenía en su casa, llamado Orme, y en cuyo talento descansaba su confianza, dirigiendo él con mucho acierto los intereses de su comercio.

Iban mal fundadas estas celosas sospechas de Eusebio respecto del inculpable corazón de Leocadia; pero bien se las merecía el amor que el joven Orme alimentaba por ella, y las esperanzas que tenía de que la misma pusiese el colmo a su felicidad y a su fortuna, y así no podía ver con ojo quieto a Eusebio, cuyas tiernas miradas encontradas con las de Leocadia en la mesa, eran tantos rayos que pasaban su corazón y que lo abrasaban vivo, maldiciendo a sus solas el accidente de la rueda, causa de que Eusebio conociese a Leocadia. Así se amartelaban por ella los corazones de los dos amantes; y Eusebio, que no podía a su grado alimentar sus tristes pensamientos en presencia de sus padres que se lo estorbaban, tomó ocasión de la entrada en la estancia del padre de Leocadia para evadirse y retraerse a la suya, en donde, libre de testigos, soltó de nuevo la rienda al llanto reprimido y dejó vagar su imaginación por todas las ideas que su pasión le sugería. Hasta que cansado de trasegarlos, dio lugar también a los consejos y máximas de Hardyl que le presentó su conciencia; y después de haberlos rumiado en su pensamiento, decía: ¡Cielos! ¿En qué estado me veo? ¿Yo soy aquel que enardecido de los documentos de mi santo maestro, me lisonjeaba que el amor no avasallaría mi pecho? ¡Oh desvanecida confianza! ¡Oh Hardyl! ¿Dónde estás?

¡Ah!, si vieras a tu Eusebio hecho juguete vil de aquella pasión misma, contra la cual lo habían fortalecido tus sabios consejos y precauciones. No, tus ojos no me reconocerían, pues yo mismo no me reconozco. Dulce tranquilidad del alma, ¿qué te has hecho? ¡Oh paz inalterable de la virtud, mil veces preferible a todos los atractivos de la belleza! ¿Dónde estás? ¡Ah!, el solo seno de Hardyl es tu templo y asilo. Allí te reconozco, después que rindiendo yo mi corazón a los alicientes de la hermosura, te deseché de mi pecho, dejándolo apoderar de las pasiones, que como en vil esclavo ejercen en mí su desarreglado imperio. ¡Oh si pudiese desprenderme y detestar...!

¡Detestar! ¿Por qué? ¿No me dijo el mismo Hardyl que me acontecería todo esto si hubiese de casarme? Isidoro, el feliz Isidoro, ¿no sufrió por Dorotea mucho más que lo que yo padezco por causa de Leocadia? ¿Es ésta acaso inferior en gracia y en belleza a Dorotea? ¡Ah!, no es posible. Ojos teñidos de más ardiente dulzura, talle más fino y más delgado, majestad de porte más agraciada, facciones mejor delineadas, pecho... ¡Oh Dios, qué pecho! ¡Ah cielos!, no resisto. ¡Oh Leocadia! ¡Oh dulce amor mío! ¡Oh si conocieras el puro y santo ardor de mi pasión, que tuvo poder para rendir los sentimientos de un alma superior a toda belleza que la tuya no fuese! Por ti sola puede dignamente abatirse Eusebio, y suspirar sin bajeza. Tu superior hermosura engrandece la flaqueza de mi pasión, y ennoblece mi abatimiento. ¡Oh, si estuviera cierto de ser de ti correspondido, si llegase a fomentar ese adorable pecho algún asomo de afecto por Eusebio! ¿Qué concepto no mereciera tu virtud armada del fiero recato que humilló mi honesta osadía?

¿Mas la virtud se opone acaso a una honesta correspondencia? ¿Tanto le costaba a su recato mismo el confesar afecto si lo tenía? No, no rebajemos los quilates de la delicadeza de sus sublimes sentimientos... ¡Loco de mí!, ¿para qué voy fantaseando perfecciones y buscando excusas a un corazón que tal vez otro tiene ocupado? ¡Oh Orme! ¡Oh feliz Orme! ¿Por ventura el reconocimiento de Leocadia a tu fidelidad y a tus honestos sudores abrió brecha en su alto y adorable seno? ¿Tu hermosa presencia y tus atentos esmeros fijaron su atención con el pretexto de serte agradecida? ¡Ah, si tú fueras el dichoso! Esta felicidad te envidia Eusebio. Otro objeto no tiene la tierra digno de mi aprecio... ¿Mas yo quién soy, huésped advenedizo, para contrapesar los derechos que tiene Orme a su posesión? ¡Ah!, lo veo; puedo amarla, ámola sí, más que tú; mas no soy más digno de poseerla. A despecho del resentimiento de mi pasión, fuerza es que el resto de la virtud que me queda, use contigo la forzosa necesidad de cedértela. Devoraré mi dolor, pero sujetaré mi frente a las leyes irresistibles del destino. Hallaré en ésta mi obligación, compensación bastante a todas las acerbas penas de perderla. ¿De perderla? ¡Oh Dios!, ¿de perder Leocadia?... ¡Oh Epicteto!... ¿mas no es ésta tu severa sombra que viene a fortalecer mi constancia vacilante? He aquí, he aquí mi pecho, apodérate de él; ardo ya del deseo de expiar en los brazos de Hardyl mi indigno abatimiento.

Así iba recobrando Eusebio la entereza de su virtud cuando lo llamaron a comer. Entre tanto que él daba vado a sus amorosos sentimientos en la soledad del cuarto, Henrique Myden contaba al padre de Leocadia, con la ocasión de la pregunta que le hizo poco antes, las circunstancias de la venida de Eusebio a Filadelfia, la nobleza de su nacimiento y las excelentes partidas de su ánimo, la dulzura y docilidad de su genio, y las luces que había adquirido con la educación de Hardyl. No necesitaba de tanto el padre de Leocadia para concebir ardientes ansias de casar su hija con Eusebio, bastándole haber oído con admiración el apellido de su ilustre familia, que él conoció muy bien en la ciudad de S... para abrazar la suerte que se le presentaba de ennoblecer su casa con tal unión, y para hacer feliz su hija con un joven de prendas tan singulares. Con esto fue el primero que solicitó el casamiento. Díjole Henrique Myden que por su parte no quedaba estorbo, pero que debiendo ir Eusebio a España a tomar posesión de sus haciendas y queriéndolo hacer viajar con este motivo, podían establecer desde entonces el casamiento para efectuarlo a la vuelta de su viaje.

Prestóse a estas condiciones el padre de Leocadia, y en ellas quedaron convenidos, al tiempo que entró en la estancia la misma Leocadia para llamarlos a la mesa. Su padre, sin poderse contener, transportado del júbilo del efectuado contrato, échale los brazos al cuello, le da mil parabienes por el noble y rico esposo que el cielo tan inopinadamente le había traído a su casa, nombrándole Eusebio. Leocadia, sorprendida, aunque procura disimular su alborozo con modestia, hácele traición el llanto que empañó sus ojos y que procuraba ocultar con mayor recato, mientras ofrecía a su padre su corazón para que dispusiese de él a su grado. Susana, oído su tierno y modesto consentimiento, hácela acercar al lecho, donde, llevada de su mismo padre, hace la demostración de darla un abrazo como estaba desde la cama y la dice: Hija de mis entrañas, pues tal expresión me arranca la ternura y el gozo de verte destinada a Eusebio, aunque éste no es hijo mío, sino por adopción, no extrañes que jubile mi pecho de ver tu amor prometido a quien más que ninguno en la tierra lo merece, y a quien será entre todos los hombres de ti más digno.

Leocadia llora entonces de ternura. Henrique Myden, para explayar la suya, sálese de la estancia con el pretexto de llamar a Eusebio, para no diferirle más tiempo tan cumplido gozo. Y viéndolo en la sala en compañía del joven Orme, a quien tenía de la mano hablándole cariñosamente, lo llama, bien ajeno del colmo del consuelo que le había de causar tan serio llamamiento. Entra. Su hermoso rostro todavía conservaba los dejos de la tristeza a que se había abandonado, aunque mezclados con la dulzura y majestad de los nobles sentimientos que le había inspirado la virtud y la generosidad de ceder a Orme el triunfo del corazón de Leocadia. Su afable seriedad se turba al verla asida de la mano de Susana y rodeada de sus padres, que hacia él volvían sus llorosos ojos. Henrique Myden lo tomó del brazo, y presentándole a Leocadia, le dice antes: ¿No es esta señorita la que deseabas por esposa? Eusebio, sobresaltado, dice: ¿Cómo? ¿Qué es? ¡Cielos! ¿Será verdad? El padre de Leocadia, levantando entonces la mano a su hija, se la ofrece a Eusebio, diciéndole: Tened, ésta es su mano; recibidla de su amado padre, pues como a esposa os la presenta.

Eusebio, enajenado, inundado del colmo de tan grande consuelo, imprime en la mano de Leocadia los labios y la suelta para doblar las rodillas a quien le había ofrecido tan precioso don. El padre, que lo ve en aquella postura digna de la efusión de su tierno y agradecido amor, lo abraza y desahoga así su alegre ternura con lágrimas, y la compunción que su postura le causaba. La madre de Leocadia, no pudiendo tampoco contener su ternura, abraza a su hija también, y ella esconde entonces en el seno de la madre el dulce y tierno llanto de su modesto contento, teniéndola todavía Susana de la mano sin dejarla.

Almas que no conocéis el sublime consuelo del santo amor, vedlo aquí mal delineado en los ojos y suave tristeza de los corazones de los padres y de los amantes. La vana risa, el ufano gozo y el presumido contento con que exhaláis vuestros corazones, reciben sólo fomento del interés y de la vanidad que presiden a vuestros contratos y que os usurpan las más puras delicias de la tierra. Ellos os hacen libar la alegría en copa de oro, para amargaros después con las heces que brinda la ambición a un corrompido himeneo.

¡Oh Myden!, no quieras interrumpir estos deliciosos instantes con el pretexto de la comida que los espera. Sus almas enajenadas se prestan sólo al sublime consuelo de la virtud que las tiene absortas. ¿Qué manjar equivaldrá al destello de la ambrosía que regala sus corazones? Eusebio, a instancias de Henrique Myden, se desprende del padre de Leocadia y ésta levanta del seno de la madre su lloroso rostro, semejante a la estrella de la mañana bañada de brillante rocío. Una dulce y serena satisfacción sucede al tierno gozo, sin privarlos de sus suaves y deliciosos resabios. Susana, que los ve encaminar hacia la mesa, siéntese con fuerzas para no dejar de asistir a ella, y lo ejecuta sin atender a los que la aconsejaban lo contrario.

El desgraciado Orme, rabioso y cansado de tanto esperar, viendo a Eusebio que conducía de la mano en triunfo a su Leocadia para asentarla a su lado, se abandona al furor de las funestas sospechas que le había causado la tardanza. Los amargos sentimientos que a tal vista le excitan sus envidiosos celos, acrecientan la rabia de su desesperación y el dolor de la pérdida de su fortuna con la herencia de Leocadia. Esta terrible idea redobla la confusión de su estado pobre y dependiente. En el alborozo que veía jubilar en el semblante de los padres, y en las ardientes y desfallecidas miradas que de soslayo se daban los amantes, leía la fiera sentencia de su desgracia irreparable. Parábasele la comida en la garganta; ni las bebidas repetidas sin sed podían humedecerle la seca aspereza que sentía, y no pudiendo al fin resistir a la rabia y escarbamiento de sus celos ni al dolor de su desventura, se levanta de la mesa para ir a desahogarlos en secreto.

¡Oh Orme! ¿Dónde vas a fabricar tu perdición? ¿Qué esperanzas dio jamás a tu amor el recato de Leocadia, para que a tanto grado las fomentase tu codicia? Tu pasión no tiene otro cimiento que tu vana fantasía. Cede al desengaño, aunque amargo, que no te da la traición de Leocadia, mas bien sí el cielo que premia la virtud de tu rival. Usa con él de la misma generosidad que usó contigo y de que te dio pruebas después de su vencimiento, tratándote como a su más feliz amigo, aunque te ocultó la cesión que te hizo de Leocadia. Pero el tuyo no conoce la sublimidad de la moderación de los sentimientos y tus pasiones te van a precipitar en tu ruina.

Enajenados todos los demás del gozo de tan solemne día, no repararon en la ida de Orme estándose ya para acabar la mesa. Mas Susana, no pudiendo dejar de acordarse del carácter de cuáquera sacerdotisa, sintiendo su manifiesta mejoría, tomó ocasión de ella para hacer un breve discurso sobre los medios, al parecer extraños, de que se vale la providencia para conducir las cosas a sus fines, haciéndolo recaer sobre el accidente de la rueda y sobre su desmayo, para detenerlos así en aquella casa y concluir el matrimonio de Eusebio y Leocadia. Recapituló mil menudencias, haciéndolas resaltar de su dulce elocuencia, y finalmente dedujo de su discurso que quedando cumplido el querer del cielo, no debía prolongar la incomodidad a sus huéspedes, ni el remedio a su mejorada salud, manifestándoles la intención que tenía de partir al otro día para su granja. No pudiendo recabar de ella los padres de Leocadia que difiriese por algunos días la partida, pusieron su hija intercesora, a cuyas instancias no pudo negar Susana otro día más de estancia. ¡Cielos, qué día este para los amantes! ¡Qué excesos de delicias en los mismos transportes de su amor refrenado de la virtud! ¿Por ventura igualan todos los deleites de la tierra a la suave confianza y ternura de un santo afecto reprimido del recato? No, todos los placeres de Síbaris y los excesos de un Sardanápalo, no son preferibles a un suspiro de un casto pecho con que exhala el contenido ardor de su pasión un amante que respeta las leyes del honor y continencia.

La ardiente sensibilidad de Eusebio llevaba todavía el velo, aunque no tan oscuro, de su inocencia. Leocadia, no menos inocente y sensible, probaba como él los asomos de la concupiscencia sin conocerla, por más que el recato y la reserva de entrambos se guardasen provocarla, tratándola como a sospechoso y no conocido amigo, de cuya entereza no se atrevían fiarse en los cortos momentos que podían robar al afectado descuido de la madre. Eusebio, lejos de empeñar el afecto de Leocadia con las vanas ideas de riqueza y nacimiento, que no le ocurrían, procuraba al contrario inspirarle el desprecio de la vanidad y de la ambición, como enemigos de la pureza y constancia del santo amor, que se afina en la virtud, como el oro en el crisol. Encarecíale las ventajas de la superioridad del alma, que levanta su afición y su vista sobre toda la bajeza de la tierra, buscando por digno asiento y asilo de sus sentimientos el templo de la sabiduría.

Aunque Leocadia no estaba acostumbrada a oír tales discursos, prestábales con afectuosa admiración su oído, sintiendo con gusto de la boca de su amante las nuevas y dulces impresiones que en su corazón le hacían, cimentando al mismo tiempo el alto concepto que el blando y sublime carácter de Eusebio le merecía. Ella, por otra parte, sin permitirle la menor libertad, aunque decente, lo irritaba más con su severo recato, el cual da mayores atractivos a la noble flaqueza del sexo, y mayor motivo de concupiscencia al vigor del sexo de los amantes; y así, decíanse más con los ojos lo que no sabía o no se atrevía a decir la lengua. A tan dulces transportes y sentimientos debió seguir la tristeza en la separación forzosa, renovándose en ella todos los huéspedes las demostraciones de su júbilo y las bendiciones al cielo, como el feliz suceso se lo pedía, hasta que ya montados en su compuesto coche, se perdieron de vista.

Sólo el infeliz Orme, desvanecidas las esperanzas que había puesto en la segura posesión de Leocadia, quedaba sumergido en una profunda tristeza que irritaba su desesperación. No acababa de entregarse a ella, porque lo contenían las lisonjas que todavía fomentaba de poder mover a compasión y de ganar por ella el ánimo de Leocadia. Para esto, se atrevió un día a declararle sin embozo su ardiente pasión, y le expone los servicios que tenía hechos a sus padres, encareciendo el esmero y la felicidad de su trabajo, todo animado del afecto que sus gracias y hermosura habían encendido en su pecho. Rogóla que considerase el rabioso dolor que lo devoraba, viendo pospuestos su antiguo amor y servicios al efímero afecto de un huésped pasajero que apenas conocía, y que tal vez burlaría sus esperanzas.

Leocadia, sorprendida de tan inesperado discurso y atemorizada del ceño triste y de los ojos descarnados del atrevido Orme, no fiándose del lugar en que se hallaba sola con él, sin darle respuesta, le vuelve la espalda y sálese huyendo del cuarto, dejándolo encendido de despecho y de deseos de vengarse del manifiesto vilipendio con que lo trataba. Este justo desdén de la recatada doncella exasperó tanto su dolor, que juró allí mismo de hacérsela su mujer por fuerza o violarla aunque debiese costarle la vida. Para poner mejor por obra su bárbaro juramento, disimula su indignación, de modo que proporcionándosele otro encuentro, échase a sus pies y la pide perdón de su atrevimiento, mintiendo en su exterior humilde el horrible proyecto que maquinaba.

Vanas veces quiso ponerlo en ejecución, mas otras tantas la fortuna de Leocadia puso estorbos que se lo impidieron, hasta que finalmente, cansando a la misma fortuna, le proporcionó el medio de tentarlo un convite de bodas de un mercader vecino, al cual debieron asistir los padres de Leocadia, dejándola a ella en casa por no parecer bien las doncellas en tales regocijos.

Vivía cerca de la casa de los padres de Leocadia en el campo, un labrador a quien Orme tenía confiado un perro de caza, no permitiéndole la madre tenerlo en su misma habitación, por el temor que cobró a los perros desde que uno rabioso mordió a un hermano suyo. El motivo de ir a tomar su perro a la casilla del labrador, todas las veces que Orme iba a cazar, le granjeó la confianza y respeto del labrador y su mujer, con cuya ayuda meditaba Orme ejecutar sus traidores designios, y en su misma casa, atrayendo a ella con engaño a la infeliz Leocadia. Estaba ésta bien lejos de imaginarse tal osadía de parte de Orme, mucho menos la impía y cruel que urdía, valiéndose del pretexto de que se sirvió. Pues siendo ya algo tarde y hora en que el convite a que sus padres asistían podía estar acabado, entra Orme en casa de Leocadia por el postigo que daba al campo y que de propósito dejó abierto, subiendo arriba en busca de ella; y habiéndola encontrado, la dice que sus padres la esperaban en el fondo de la alameda.

Leocadia, halagada de tan cariñoso aviso y deseosa de ver a sus padres de vuelta del convite, sigue al traidor que iba delante algo apartado para quitar toda sombra de sospecha a su detestable trama. Llegada al postigo, pónese a mirar desde el umbral a una y otra parte, mas no pudiendo descubrirlos con los ojos y temiendo salir sola con Orme, le pregunta a éste: ¿Dónde están, Orme? ¿Dónde están? Orme la responde: Allá en el cabo de la alameda los dejé, sin duda se habrán sentado en algún ribazo para esperaros y tomar entretanto el fresco. La tarde ya caía, y no fiándose por lo mismo Leocadia, dales voces desde el lintel diciendo a gritos: Madre mía, madre mía. Orme, carcomido de temeroso recelo de Leocadia, vuélvesela diciendo: ¿Para qué esos insulsos temores? ¿No os dije que están allá bajo? Si queréis venir, enhorabuena; si no, parto.

Acababa de decir esto cuando unas voces y el eco de una risada de gente que atravesaba el campo sin ser vista, viene a herir el oído de la doncella, pareciéndole la misma risada de su padre. Asegurada de este engaño, despidió sus temores y echa a correr avivando sus pasos la vergüenza de salir sola de casa y el ansia de juntarse con sus padres.

Orme, que ve en su mano la victoria más presto de lo que esperaba, echa también a correr tras ella para apremiarla, no como Apolo tras Dafne, que no merecían tal comparación sus traidores intentos, sino como lobo rapaz tras la inocente cordera que, balando y palpitando, corre en pos de la madre, de quien cree ser llamada desde el abrigo del redil. ¡Mas ay!, cuál fue su confusa sorpresa cuando, andada ya la alameda, volviéndose a todas partes no ve ninguno, mucho menos sus padres, que respondiese a sus repetidos llamamientos. Orme, que se la había ya juntado, finge igual sorpresa, va y vuelve como para ver si los descubría, dando con estas detenciones tiempo a la labradora de la casa que estaba allí vecina, y a quien tenía instruida de todo lo que debía hacer para que saliese de ella a decir a Leocadia que sus padres la esperaban allí en su huerto.

Alborozada de este nuevo aviso, corre también hacia la casilla, y apenas puso dentro los pies llamando vanamente a sus padres, cuando el traidor, alborozado de impío contento, se precipita tras ella, dejando afuera la labradora, y tira con esfuerzo el cerrojo, cuyo triste y áspero chirrido, llamando la dudosa atención de Leocadia, excitó en su pecho los mortales temores y angustias que no tardó a confirmarla la descarada libertad de Orme y el ademán imperioso con que comenzó a tratarla, asiéndola del brazo para descubrirla sin ningún reparo sus horribles intentos, a los cuales le dijo era forzoso que se prestase.

Pálida y palpitante Leocadia por la descarada violencia de Orme y por la soledad del lugar donde se veía atraída y encerrada, se esfuerza con todo de desprenderse de la mano con que asida la tenía del brazo, para acudir a la puerta y tentar descerrajarla, diciéndole: Dejadme Orme, dejadme. ¡Cielos! ¿Qué intentáis? Orme, sin soltarla, la dice: No Leocadia, no penséis evadiros de mi poder. Todos los pasos están tomados, y así serán no menos vanas vuestras tentativas que vuestra resistencia. Sólo os queda el medio de venir bien en casaros conmigo. El caballo nos está esperando, falta vuestro consentimiento. Prometedme de venir sobre él a pedirme ante los jueces. Esto sólo podrá eximir vuestro honor de mi violencia, y os podrá dejar intacta vuestra honestidad.

¡Qué cruel opinión, y en qué lugar! ¡Oh Eusebio! ¿De qué modo se comportaría tu virtud, tu moderación, si vieras los terribles extremos en que se ve puesta tu fiel Leocadia?

Hízole Orme la proposición con un aire y tono de superioridad tan maligna y resuelta que, irritada Leocadia, mudando su pavor en enojo, atrevióse a decirle: Cómo, ¿pensáis abusar de mi entereza como abusasteis de mi simplicidad, atrayéndome con tan cruel engaño a este lugar, para ejecutar en él vuestros infames designios? No, traidor, no te lisonjees ni de tu poder, ni de la flaqueza de mi sexo. Podrás bien sí, quitarme la vida, ¿mas el honor? ¡Oh Dios!, ¿y esto se atreve a intentar el que sacado de mi mismo padre del seno de la mendicidad y de la desesperación, y acogido en mi misma casa, era tratado y mirado en ella como hijo...? El llanto interceptóla las palabras, mas no por esto se enterneció el cruel Orme; antes bien, lisonjeándose que aquellas lágrimas eran indicio de titubear y de querer condescender con su pretensión, soltóla el brazo para abrazar con el suyo la delgada cintura de Leocadia, como lo hizo sin poderlo ella precaver, y sin poderse desprender después de cogida, por más que se esforzaba con enojo de paloma que se debate para escapar de las garras del azor, no dejándole acabar los requiebros de endulzado acíbar con que procuraba ganarla y rendirla, mezclando la ternura y la violencia.

Mas ella apartaba cuanto podía su encendido rostro de la impura boca, que con extremado atrevimiento se esforzaba a ponerla en su rostro, diciéndole: Quita allá detestable y cruel enemigo, no lo recabarás. Y levantando el brazo para defenderse de su violencia, hiere con el codo un ojo de Orme, el cual, obligado del dolor, la suelta para repararse, acudiendo con la mano a la herida que lo había deslumbrado. Ella, al sentirse suelta, corre a la puerta, y cogiendo el cerrojo iba a tirarlo llamando en su ayuda a la labradora para que la amparase; mas en vano, que Orme, olvidando su dolor, se lanza como herido y provocado tigre sobre ella, y cogiéndola con los dos brazos por la cintura, quería arrastrarla con todas sus fuerzas al aposentillo de la labradora, para cebar en ella su venganza. Ella, no viendo otro medio para defenderse que dejarse aplomar en el suelo y cobrar en él nuevas fuerzas como Anteo, consigue sentar en él sus rodillas, y en aquella humilde postura con las manos juntas, procura mover a piedad a Orme con ardientes ruegos y lágrimas diciéndole: No queráis por vuestra vida amancillar mi honestidad. Pensad los funestos efectos que os puede causar una violencia tan opuesta a aquella confianza que hicieron mis padres de vuestra honradez, de la cual les disteis tantas pruebas. Añadid a éstas la mayor, que aquí postrada a vuestros pies, os pido. Eterno silencio lo ocultará por mi parte; sí, Orme, os lo juro ante el Dios que nos es testigo, la fuerza de una pasión, de que tal vez no pudisteis eximiros. Fuera yo de la casa de mis padres, vais a quedar solo en ella y a obtener de ellos todas las demostraciones de cariño y de estima, que antes profundían solamente en esta hija desdichada. Si os tientan las riquezas, os prometo de hacer que mi padre os tome a la parte de sus haberes y ganancias, y si os tienta la hermosura, podréis conseguir otra mayor que esta mía ya prometida. Otra más hermosa doncella os hará más dichoso con su correspondencia que no yo, que no puedo, teniendo ocupado el lugar en mi corazón aquel que quisieron mis padres que lo poseyese.

¡Ah, ingrata y desleal!, exclamó Orme. ¿Para dejarme oprimir de tan cruel verdad os he dado paciente oído? Mas no, Leocadia, no me dejo alucinar de razones especiosas, ni prevenir de fingidas lágrimas ni de afectadas humillaciones. Si desistí de mi violencia, no creáis que fue causa la compasión, a la cual cerré la entrada en mi pecho. Hícelo sólo por daros otra vez tiempo de reflexionar sobre mi inflexible demanda. Ninguna hermosura de la tierra, no, la mayor hermosura no envilecerá mi afición en cotejo de la vuestra, de esa vuestra mil veces mayor para mí después que queda a otro prometida. Mas, o ese advenedizo no la obtendrá, sí Leocadia, os lo juro ante el Dios que nos es testigo, o si la obtiene, será sólo a cuenta de mi violencia a cuyo arbitrio queda expuesto vuestro honor sin remedio. Escoged, os lo vuelvo a decir; el caballo está pronto, y yo sólo espero vuestra postrera determinación. Resolved.

La turbación mezclada de sollozos y lágrimas, preocupaba la mente de Leocadia, reteniendo aquella humilde postura como la más segura defensa de su honor, hasta que viendo que Eusebio sólo la obtendría con menoscabo de su virginidad, enardecióse en tan grande enojo, que prorrumpió en injurias y amenazas contra el descarado Orme. Éste, rota enteramente su paciente esperanza, dándole nuevas fuerzas su desesperación y lujuria, arrebata con ella y arrastrándola sin respeto alguno con vehemencia, la llega a tender sobre el infeliz lecho de la labradora, procurando poner a prueba todo su esfuerzo para ejecutar sus horribles intentos.

En tal estado, no dejando conocer a Leocadia su inocencia el poder que tiene una doncella contra un hombre solo, creyóse perdida sin remedio; y aunque oponía esfuerzo igual de resistencia al del furor de Orme, el ignorante temor a la vista de la fealdad del peligro, la obligó a escoger antes la promesa del casamiento, que le dio, para que desistiese de su deshonesto empeño. Orme, que mejor que ella sabía y probaba lo imposible de haberlas con el inflexible honor de una resoluta doncella, al oír promesa de casamiento, desiste de sus vanas tentativas y empeño; pero sin soltarla las manos, la pide juramento, y obtenido ya con todas las solemnes propuestas, la ayuda a levantarse de la cama, trocando su violento furor en respetuosa ternura y acompáñala de la mano al lugar donde el labrador lo esperaba con el caballo, sin poder agotar Leocadia sus gemidos y lamentos.

Muy extraña parece a primera vista la ley de la Pensilvania sobre el rapto de las doncellas, pero que, bien considerada, prueba las grandes miras del legislador. Deja esta ley en todo su vigor las penas contra los raptores criminales, dejando al mismo tiempo arbitrio a la violentada libertad de los amantes, para usar de ella con las condiciones prescritas de la ley misma. Son éstas: que todo joven que enamorado de una doncella, y ésta de él, la pidiese a sus padres, y éstos se la niegan, puede sacarla de la casa paterna montada a caballo, y el amante detrás de ella en la grupa para presentarse así ante el tribunal de los jueces, como haciendo el oficio la doncella de raptora de su amante, pidiéndolo por marido; lo que obtiene de la justicia, sin incurrir en pena alguna, no habiendo faltado a estas condiciones.

Con el pretexto de la ley, mal entendida de su ciega y violenta pasión, creía Orme forzar de grado la libertad de Leocadia para poderla obtener en casamiento y quitársela a Eusebio. Los contrastes y resistencia que ella opuso a la violencia del traidor, habían dado tiempo a la noche para cubrir con sus tinieblas la ejecución de sus designios, aunque la luna menguada daba luz bastante para poderla colocar en el caballo; lo que Orme solo no hubiera podido ejecutar sin la ayuda del labrador, a quien tenía apalabrado de antemano, el cual, mal grado de Leocadia, cogiéndola con su robusto brazo, recabó, aunque con fatiga, ponerla sobre el caballo a horcajadas, dándola la mano Orme, que montó luego tras ella, y picando de trote, teniéndola bien asida con un brazo, llevósela por sendas extraviadas hacia Filadelfia, evitando cuanto podía el camino real.

La madre de Leocadia, vuelta del convite a casa, llama y hace llamar a su hija para regalarla con algunos dulces que la traía. Mas llamada y buscada Leocadia, no se encuentra. Buscan de nuevo por toda la casa, y haciéndose vana toda diligencia, da motivo a la madre para entrar en mil funestas dudas y temores. Piensan en Orme, y no encontrándose éste tampoco, recaen sobre él todas las fatales sospechas. Los padres, fuera de sí, agravando sus angustias las circunstancias del establecido casamiento con Eusebio, envían recados y mensajes por la ciudad y requisitonas a todas partes, sin omitir aviso a la granja de Henrique Myden, en caso que la pasión la hubiese encaminado hacia aquella parte. Pasaron toda aquella infausta noche en claro con continuos sobresaltos, fomentado su duelo con llantos, y pidiendo al cielo su perdida Leocadia, mientras ésta por las tinieblas de la noche era llevada, gimiendo el forzado casamiento, oprimiendo su corazón la memoria de Eusebio, e invocándolo a veces sin temor del traidor, el cual a su nombre también gemía y suspiraba.

La oculta confianza que, sin conocerla, tenía puesta Leocadia en la justicia de los jueces y que le hizo preferir en el peligro la promesa del casamiento, la confortaba más entre los temores del camino, lisonjeándose que los jueces se persuadirían de su padecida violencia y la devolverían a su Eusebio. Orme, que no tenía mucha práctica del atajo, piérdese en el camino, ni echó de ver su error, hasta que se lo hizo advertir el nuevo día hallándose en la carretera de Salem a Filadelfia, que debió seguir para no perderse de nuevo.

Aquella mañana misma había salido Hardyl de Filadelfia en compañía de Juan Taydor, encaminándose a pie hacia la granja de Henrique Myden; y habiendo caminado como una hora, ven venir hacia ellos a todo trote un caballo, distinguiendo de allí a poco una doncella montada y un hombre que la conducía. Eran cabalmente Orme y Leocadia, la cual, viendo desde lejos aquellos caminantes, parecióla ver en ellos sus libertadores; y luego que la pudieron oír, comienza a pedir amparo con lamentos. Hardyl que sospechó lo que era, determina socorrer a la doncella y sin decir nada a Taydor párase en medio del camino esperando a pie firme el caballo, a quien Orme había azorado el galope, pero el impertérrito Hardyl, tomándole el paso, consigue pararlo del diestro.

Orme, viéndose detenido, le dice encolerizado: Suelta, infame, ¿qué atrevimiento es ése? Leocadia, prosiguiendo en sus sollozos, dice a Hardyl: Oh buen hombre, compadécete de esta infeliz que contra su voluntad, engañada, arrastran a un violento casamiento. Toda violencia, dijo con mucha mesura Hardyl, es injusta, ni la fuerza la autoriza, y por lo mismo debo oponerme a ella, y puesto que la suerte me proporciona este buen oficio, de aquí no pasaréis si no dejáis libre esta doncella. Orme, irritado, pica de nuevo su caballo para huir, pero en vano, que Hardyl le tenía la mano en el bocado. Entonces Orme salta de la grupa y desenvainando el cuchillo de monte que ceñía, lo levanta contra Hardyl diciéndole con voz y gesto amenazante: Suelta o te parto por medio. Hardyl, inmóvil e impertérrito como una piedra, sin soltar el caballo, le dice con mucha frialdad: Si me partís por medio, no habrá más que hacer, pero si cortáis este brazo que detiene el caballo, queda estotro para hacer el mismo oficio.

Taydor, que se había adelantado algunos pasos, viendo a Orme que se encaraba con el cuchillo levantado contra Hardyl, acude a él en ademán de defenderlo con el palo que llevaba. Orme, atemorizado del rostro feo del resuelto Taydor, y parado mucho más de la inalterable pertinacia de Hardyl: Tomadla pues, les dice, ahí la tenéis. Leocadia, al ver el cuchillo desenvainado en manos de Orme, comenzó a gritar sollozando, e iba a precipitarse del caballo a tiempo que Taydor, previniendo su arrojo, acudió a recibirla en sus brazos.

Hardyl, viendo ya en pie a Leocadia, entrega el caballo a Orme sin decirle palabra, el cual, envainando su acero con rabia y vomitando mil denuestos y blasfemias, vuelve a montar y a todo correr desaparece metiéndose por una senda.

Leocadia, aunque gozosa en su interior por el júbilo de su recobrada libertad, pero casi desfallecida de tanto apremio, trabajo y temores de la noche y del camino, apenas podía estar de pie, ni responder a las preguntas de Hardyl. Pero penetrada de reconocimiento besábale la mano, a la cual debía su libertad, dándole mil gracias con interrumpidos suspiros. Hardyl la consolaba y la pedía buen ánimo, aconsejándola a tomar descanso sobre el herboso ribazo del camino para donde la encaminaba, sosteniéndola del brazo, mientras Taydor iba a una casa que se descubría en el campo para ver si encontraba un jumento con que conducirla a Salem, de donde decía que la había sacado el traidor Orme. La tardanza de Taydor dio ocasión a Hardyl para preguntar a Leocadia quién era y el modo como Orme pudo sacarla de aquella manera. Ella le hace relación de todo, añadiéndole que su dolor había llegado al exceso por la circunstancia del establecido casamiento con un joven español de singular circunspección y de carácter adorable, el cual, yendo con sus padres a Salem, habiéndoseles roto una rueda del coche, viose precisado a detenerse en su casa, lo que dio motivo para que se enamorasen y se estableciese casamiento.

Hardyl, que a pesar del abatimiento de Leocadia echaba de ver sus singulares gracias y hermosura, no menos que la de su buena alma, al paso que oía de su boca las circunstancias del coche y del casamiento con un joven español y las alabanzas que le daba, sentía una dulce conmoción en su pecho, no dudando que hablase de Eusebio. Con todo, la dijo: ¿Y no se puede saber el nombre de ese joven adorable? Sí, responde Leocadia, llámase Eusebio M... Al oír confirmadas sus sospechas Hardyl, no puede contener su alborozo, saliéndole por los ojos transformado en llanto, exclamando con lágrimas: ¡Oh hijo, oh hijo mío! Leocadia, que no conocía a aquel hombre, maravillándose que lo llamase hijo suyo, le dice: ¿Cómo, hijo vuestro es Eusebio? Hijo mío puedo llamarle, responde Hardyl, como os puedo llamar a vos desde ahora hija mía. Pueda la virtud, a prueba de todas las desgracias, cimentar la dicha en vuestros amantes corazones. ¡Oh sabiduría infinita!, adoro los admirables medios de que se vale tu mano para conducir las cosas a sus fines. Quiera esta misma llevar estos mis dulces hijos por la senda de la verdadera bienaventuranza.

Leocadia, sorprendida de oír hablar aquel hombre de este modo, tenía fijos en él sus ojos sin saber combinar lo que decía con el humilde traje en que iba, por más que su presencia comenzase a infundirla veneración, y extrañando sobre manera de haberle oído decir que podía también llamarla hija suya, le dice: Aunque os admiro no os entiendo. ¿Hija podéis llamarme como podéis llamar hijo vuestro a Eusebio? ¿Le sois acaso verdadero padre? Pues, a lo que entiendo, Henrique Myden lo ahijó; y habiendo sabido que su padre había naufragado, ¿seríais vos ése por ventura que quiso librar el cielo, para que por tan extraña combinación vinieseis a ser mi libertador y me restituyeseis a vuestro hijo, mi amado Eusebio? ¡Ah!, si es así, oh adorable padre mío, dejad que mi reconocimiento...

Iba a ponerse de rodillas Leocadia para besarle la mano en aquella reconocida postura; mas, deteniéndola Hardyl, la dijo: No, hija mía, sosegaos. No soy su padre naufragado, pero le soy poco menos que padre. Tal vez un día llegaréis a saber quién soy; entretanto sabed que de padre le he servido desde su infancia. Yo le he criado y conmigo ha vivido hasta su salida de Filadelfia para la granja, y a verle me encaminaba cuando por tan impensado accidente llego a saber de su misma esposa el concertado casamiento. ¡Cielos!, derramad sobre ellos las bendiciones a las cuales son sus virtudes acreedoras.

Acababa de decir esto Hardyl, cuando ven comparecer a Taydor con un jumentillo conducido de un labrador, que no lo había querido fiar a cuerpo ausente. Sentaron en él a Leocadia a mujeriegas, cuya vergüenza al verse conducida de aquel modo de hombres extraños, como fugitiva de la casa de sus padres, la templaba el conocimiento y la confianza que la daba Hardyl, el cual procuraba sosegarla yendo arrimado a su lado, llevando de la siniestra el cabestro, y teniendo apoyada la diestra sobre la albarda, a la cual se tenía asida con las dos manos Leocadia. De este modo iban camino de Salem, guardando Hardyl con suma complacencia el mayor tesoro de su amado Eusebio.

Podía éste en aquella hora estar informado de la desaparición de Leocadia por el mensajero que el día antes habían enviado sus padres. ¡A qué terribles y congojosas dudas no va a quedar expuesto su amor! ¡Qué contraste de acerbos sentimientos no va a sufrir su pecho! Pura felicidad, ¿do estás? ¡Ah!, la tierra no es tu asiento. La virtud sola nos deja probar el destello de tu ambrosía con que confortas nuestros corazones. ¡Oh Eusebio!, ésta sola puede templar tu dolor, y contener tu desesperación. Aprende desde ahora a purificar tu afecto y no a colocar tu mayor dicha en perecedera hermosura; pues estando expuesta a mil fatales accidentes, te puede hacer esclavo de tu pasión, si la moderación no la refrena.

El padre de Leocadia, desvelado toda aquella noche enviando y recibiendo recados y mensajes vanos, confirmándose en las sospechas que Orme pudo robarle su hija, determina encaminarse a Filadelfia para implorar el brazo de la justicia. Su corazón agitado no le permitía sosiego en el coche en que iba, volviendo a una y otra parte de los campos su vista y oído para recibir algún indicio, si acaso le venía, de su perdida Leocadia. Había ya dejado atrás casi la mitad del camino, cuando le advierte el cochero que descubría una mujer conducida de algunos hombres. Todo lo que se espera se cree; y asaltado del júbilo de tal aviso, se asoma y le parece que la reconoce. Vuelve a mirar, y duda; teme, y cree de nuevo, influyendo en sus ojos los sentimientos de su alma. Leocadia al mismo tiempo, viendo el coche, espera que viene en él cosa que la pertenece. La esperanza mezclada del rubor y del júbilo conmueve y agita su pecho, hasta que la cercanía, quitando a entrambos las dudas, especialmente al padre, lo obliga a saltar del coche no parado todavía, y corre precipitadamente hacia su reconocida Leocadia.

Ella, conociendo a su padre, déjase caer del jumento y se arroja en sus brazos. El júbilo y la ternura átanles las palabras, quedando abrazados en silencio y absortos bañándose de lágrimas, hasta que, rompiendo el silencio el padre, la dice: Sí, te tengo hija mía, te tengo; apretándola a su seno. Leocadia, ansiosa de quitar a su padre toda duda sobre su inocencia, le decía: El traidor Orme no pudo salir con su malvado intento. Volvíala a apretar el padre a su seno y volvía a decirle: Sí, Leocadia, te poseo. ¿No eres tú mi dulce hija? Sí, el cielo te me devuelve. Hardyl dejóles desahogar su alborozo, y mirando al labrador que les había alquilado el jumento, quiso pagarlo para que volviese a su trabajo, dándole una guinea de regalo a más del precio concertado. El ruido de la moneda llamó la curiosidad del padre de Leocadia, y desabrazándola la dice: ¿Qué hace, hija mía, quién es ese hombre? Y diciéndole Leocadia que era su libertador, va hacia él penetrado de su generoso reconocimiento, y echando mano de su bolsillo, cual estaba lleno, se lo presenta, diciéndole: Toma, buen hombre, págate de lo que diste por la caballería, y recibe lo demás de mi agradecimiento por la libertad de mi hija.

Hardyl, haciendo ademán de retraerse un poco, lo rehúsa diciéndole: Quedo ya pagado de mi misma obligación; la parte mayor de la libertad de vuestra hija la tiene ese hombre, señalando a Juan Taydor, pues sin él, tal vez hubiera yo quedado víctima del traidor. Saltábale a Taydor, oyendo la noble peroración de Hardyl en su favor, el alma por los ojos tras el bolsillo, que el padre de Leocadia, sorprendido de la recusación, tenía todavía pendiente de la mano, no sabiendo qué lugar dar en su concepto a aquel hombre a pie y humildemente vestido, que había pagado por su hija después de haberla libertado; pero haciendo fuerza a su reconocimiento su insinuación en favor de Juan Taydor, que tenía el ojo hito sobre el bolsillo, se lo entrega. Éste lo recibe de mil amores, dando repetidas demostraciones a su generosa cortesía, haciendo también a Hardyl una profunda inclinación de cabeza y brazos, como para decirle que de su más generoso desinterés lo recibía.

No hay cosa que nos dé más alta idea de la nobleza y superioridad de un alma que el desinterés; porque la opinión y alta confianza que los hombres ponen en el dinero, haciéndolo mirar como el instrumento mayor de su dicha, repútase heroicidad la acción de aquel que a tal opinión se sobrepone, sobreponiéndose a la codicia, que parece imposible poderse desarraigar del corazón. Y si este desinterés procede de quien vive en pobre estado, hácese más de admirar; dando más viva idea del carácter excelso que menosprecia los bienes que se pudiera granjear.

Esto mismo hizo recelar al admirado padre de Leocadia que aquel hombre a quien había tuteado fuese persona principal, pues, cuanto más lo contemplaba, mayor respeto le infundía, y aunque se sentía movido a ofrecerle lugar en el coche, lo detuvo el traje humilde en que iba Hardyl y que lo hacía parecer un hombre vulgar. ¡Oh vanidad!, ¿más poderosa has de ser que el agradecimiento? ¡Oh cuántas veces somos más generosos de bolsa que de opinión! Contentóse pues de renovarle mil demostraciones de su gratitud, rogándole que llegando a Salem fuese a su casa a recibir las pruebas que su reconocimiento no podía darle en aquel lugar. Leocadia, aunque quiso tomarle la mano para besársela, no se lo permitió Hardyl. Entonces ella le renovó las instancias de su padre para que viniese a su casa, y prometiéndoselo Hardyl, ayudándola a subir en el coche, volaron a Salem para llevarse el padre e hija las albricias de su madre.

Estaba ésta sumergida en profundo dolor, impetrando al cielo con plegarias y llantos por el hallazgo feliz de su hija, sirviéndole de nueva agitación la ida del padre a Filadelfia, a la cual se oponía, temiendo que, interpuesto el brazo de la justicia, no llegase su hija a probar alguna ignominia, si por ventura hubiese padecido fragilidad a que pudiera quedar expuesta. Idea aguda que le pasaba el alma y que la sacaba fuera de sí, yendo y viniendo por la casa, pidiendo a todos los objetos que se le presentaban su perdida Leocadia, cuando un ruido de ruedas hácela parar, y pareciéndola que había cesado en su puerta: Es ella, es ella, exclama; y corriendo desalada, baja la escalera y, aún no acabada, descubriendo su hija que la llamaba, tomóla un desmayo y cae sin sentido en el suelo.

A la vista de su desmayada madre, el dolor y el espanto sofocado del gozo de Leocadia, hácenla también desfallecer. Toda la casa adolorida acude en ayuda de sus amas y del afligido padre, testigo de aquel lastimoso accidente. A fuerza de alivios vuelven finalmente en sí, pudiendo ser conducidas a tomar descanso, del cual sumamente necesitaba Leocadia. El padre, entretanto, entregándose al sosiego que le había restituido el dichoso hallazgo de su hija y el restablecimiento de los desmayos, no pierde de vista enviar luego aviso a la granja de Henrique Myden del hallazgo de Leocadia; y como ésta durante el viaje habíalo informado de quién era Hardyl y del modo como la libró de Orme, hizo volver inmediatamente el coche para obligarlo a venir a su casa. Pero habiendo despedido Hardyl al cochero desde el lugar en que lo encontró, no queriendo entrar en el coche, sino proseguir su viaje a pie, llegó a Salem a hora en que Leocadia y su madre, después de haber restablecido un poco sus fuerzas de sus afanes, no dejándolas sosegar los deseos de verse y hablarse, se entretenían desahogando sus alborozados corazones con tiernas demostraciones de cariño, principalmente la madre oyendo la relación que la hacía Leocadia de la traición de Orme, de los peligros en que se vio y del modo como Hardyl la libró de las manos del traidor. De él hablaban al tiempo que entraba en la estancia acompañado del padre, que con duplicados esmeros quería suplir la cortedad en que había quedado en el camino.

Leocadia, al verlo, corre hacia él y lo toma de la mano, renovándole los títulos de padre y de libertador; luego, lo coloca entre ella y la madre a quien se lo mostraba, dándoles Hardyl al mismo tiempo mil parabienes. La madre, por no saber bien el inglés, quedaba corta y atada en sus expresiones, pidiéndole perdón de esto mismo por ser española. ¿Española?, preguntó Hardyl, pues vuestra hija no me dio a probar esta complacencia. También sé yo explicarme algo en esa lengua, y así no os embaracéis con la inglesa; hablemos español. ¿Mas no pudiera yo saber vuestra gracia y patria? Mi patria, dijo ella, en S... y O... mi apellido. Al oír uno y otro, el gozo mezclado de sorpresa arrancó una demostración a Hardyl que, a pesar del esfuerzo que hizo para reprimirla y disimularla, fue notada de Leocadia y de su madre, que a una le preguntaron: ¿Pues qué, sois también vos español? Hardyl interrumpió su pregunta exclamando: ¡Cielos!, sabe el hombre donde nace, mas ¿quién le dirá el lugar de su sepulcro? El padre de Leocadia, que también estaba presente, viendo que eludía una pregunta que le picaba su curiosidad, sacóle de nuevo a plaza e insistió en ella preguntándole si era él también de S... Pero Hardyl, que conocía el apellido de la madre y de su familia, como dependiente que había sido de la suya, estuvo sobre sí, haciéndose superior a un afecto, tan dulce y tan natural al hombre de manifestarse; mucho más cuanto su ilustre nacimiento puede granjearle la veneración de quien lo pudiera reconocer.

Este modesto silencio de Hardyl hacía más venerable su carácter, especialmente después de saber el concertado casamiento de Eusebio con Leocadia, la cual le era tan inferior en calidad; pero el alma grande de Hardyl, superior a estas vanas ideas, y que tuvo fuerza para ocultarse en tantos años a Eusebio, halló menor dificultad en celarse al padre de Leocadia, a cuya nueva instancia respondió que su vida era un tejido de extraños accidentes, por los cuales se vio precisado a vivir algunos años en S... en donde aprendió la lengua española; y empeñándose en las alabanzas de dicha ciudad y en otras particularidades, divirtió de tal modo la curiosidad de los oyentes, que fueron llamados a mesa sin ocurrirles que quedaba por satisfacer la pregunta.

En la mesa no pudieron dejar de tocar el punto del casamiento de Eusebio, sabiendo que Hardyl había sido su maestro y lo había criado desde su niñez. Esto sirvió de motivo para que Hardyl se extendiese en las alabanzas de su discípulo, que deseaban oír de su boca y que contribuyeron para hacerles apreciar mucho más el casamiento, y para que Leocadia más se le aficionase, hinchándose su pecho de complacencia por los elogios que le daba Hardyl, teniéndola colgada de sus labios y bien ajena de sospechar que el mismo Eusebio llegase a su puerta. De hecho, no estaban aún a la mitad de la comida, cuando uno de los criados los avisa de su llegada. La sorpresa, la conmoción y el alborozo, unidos a la prevención de sus elogios que acababan de oír, hácenlos suspender la comida y levantarse de la mesa al tiempo que entraba Eusebio precipitadamente diciendo: ¿Hardyl libertador de Leocadia? ¿Hardyl en su casa? Y diciendo esto, abrázase con él.

El mensajero que el padre de Leocadia enviaba con la noticia del hallazgo, habiéndolo encontrado en el camino, se la dio; y Taydor, a quien habló en el zaguán, habíalo informado de su venida. Mas viendo Hardyl que Eusebio no lo soltaba, prosiguiendo en sus tiernos sollozos, le dijo: Pues qué, ¿no queréis que acabe de comer? ¡Ah!, sí, respondió Eusebio, y dejándolo, se acercó a Leocadia para darla el parabién y el júbilo que sentía en su hallazgo; mas el padre le dijo: Tiempo habrá para eso, ahora lo es de comer; volvámonos a sentar.

Habían entretanto añadido los criados asiento y cubierto para Eusebio. Los celos que en aquella misma mesa le había dado la presencia de Orme, aviváronse más amargos con el motivo de la ausencia, dándoselo también para hablar sobre el asunto que tenía clavado en su corazón, pero lo contuvo la prudencia y se lo impidió la pregunta que le hizo Hardyl sobre la salud de Susana Myden. Leocadia, que estaba sentada a su lado, en vez de manifestar ansiosa jovialidad por su venida, se revistió, al contrario, de afable aunque afectada seriedad. Las dudas en las cuales temió dejar a su padre sobre su inocencia, quiso dejarlas todas para Eusebio, haciendo punto de honor la reserva de su entereza para con su amante. ¡Oh impenetrables corazones! Contribuyó también a fomentarle la seriedad del rostro la preferencia que había dado Eusebio a Hardyl cuando entró en la estancia, pretendiéndola para sí como debida a su hermosura.

Eusebio notó a primera vista la suave sequedad de Leocadia; pero, ¿cómo podía penetrar un amante bisoño tan profundos y delicados sentimientos? Antes bien, despertando aquella dulce austeridad de su amada las terribles sospechas de sus celos con la idea de la violencia de Orme, e irritadas mucho más de los presentes atractivos de su hermosura, dejábale en el alma una cruel carcoma que lo trastornaba. ¿Qué no diera por poder penetrar este fatal secreto y por callar tan acibaradas sospechas? Estas teníanlo a ratos tan absorto que le hacían importunas todas las preguntas a las cuales sólo forzado respondía. Notóselo Hardyl como quien más que todos lo conocía; y suponiendo que aquel enajenamiento le naciese de deseos de hablar a solas con Leocadia, luego que se levantaron de mesa, dijo: Eusebio sabe pasar sin café; a lo menos pasará sin él de buena gana a trueque de decir una palabra al oído de Leocadia.

Pues qué, dijo la madre, ¿no se la podrá decir bebiendo a solas el café con ella? Saltábales el alma a los amantes que oían esto callando. ¿Cómo pudieran exprimir mejor sus recatados deseos? Leocadia sonrióse viendo que Hardyl la miraba como dándola a entender que lo había penetrado. ¡Qué dulce sonrisa para Eusebio! Fue para su alma como blanda lluvia de primavera que baja a recrear los nacientes verdores. ¡Oh hechizos incomprensibles del sexo! Ellos son las delicias y el tormento de los mortales.

Habiendo, pues, quedado a solas los amantes como lo deseaban, dijo suspirando Eusebio a Leocadia.

EUSEBIO.-  ¡Cuánto comenzáis a costar, adorable Leocadia, a este corazón que os tengo consagrado! ¡Mi lengua no hallará expresiones al mortal dolor en que los dejó la nueva de vuestra desaparición! ¡Qué día aquel para mí! ¡Cielos! ¡Qué infernales sospechas hijas del delirio de mi amor! Pudiera ser otra la causa... Mas no, Leocadia. Pudo mi mente enajenada delirar; pero el alto concepto que vuestra virtud cimentó en mi pecho, no padeció alteración ni tacha, antes bien, él mismo tuvo a prueba mi alma de aquel rabioso dolor que, pronto a perder la moderación contra la osadía de Orme, mantuvo con todo entera la memoria de vuestra inflexible honestidad. El torpe atrevimiento del vicio, si hubiese profanado el santuario ¿debiera por eso merecerme la deidad que en él preside menor adoración?

LEOCADIA.-  Cuanto creéis bien merecido ese concepto que mi honor os debe, creo también yo tener tanto derecho de dispensarme de la obligación, que parece pretendéis imponerme, de daros inútiles declaraciones que ofendieran tal vez mi recato.

EUSEBIO.-  ¿Yo imponeros obligación? ¡Ah! Leocadia, son bastantes las de la virtud, para que vuestro amante quiera cargaros con la de la indiscreción. Mas si tal es vuestra delicadeza que se empañe al leve aliento de un amoroso recelo, podrá mi acendrado afecto echar el velo a memorias que no merecen vuestra aprobación.

LEOCADIA.-  Don Eusebio, no es sobrada la delicadeza cuando faltan títulos a la honesta confianza para declararse; y en el santuario donde no debe penetrar la profanación del vicio, no sé si es lícita la entrada a sospechas ofensivas, tal vez siendo injustas.

EUSEBIO.-  ¿Injustas mis sospechas? ¡Oh amable Leocadia! Mi amor, mi respeto, mi corazón, fueran insensibles si a vuestras plantas no expiase con la más ardiente veneración la nota de una flaqueza que, siendo de vos declarada injusta, hace vuestra sentencia inestimable.

LEOCADIA.-  ¿Qué hacéis don Eusebio? No lo sufro, alzaos, o si no parto.

EUSEBIO.-  ¿Y en qué os ofende una tierna demostración del más reconocido afecto, que no exige una declaración que me asegura de la entereza de mis desdichas?

LEOCADIA.-  ¿Y no es ofensa querer lisonjear mi vanidad para que padezca la sensibilidad de mi am...; de mi afecto?

EUSEBIO.-  ¿De vuestro amor queréis decir? ¡Oh cielo! ¡Oh cielo! ¿Y tanto debe costar una confesión que sólo confirma el consentimiento a la voluntad de vuestros padres? ¿Creéis acaso que se ofenda mi sensibilidad como se resintió la vuestra? ¿O bien teméis que se lisonjee sobrado mi vanidad a costa de vuestra sobrada reserva?

El café que les vinieron a presentar interrumpió el dulce contraste de sus tiernos afectos; y la madre, que creyó haberles dejado sobrada oportunidad para desahogar sus corazones, entró poco después para rogar a Eusebio se quedase aquella noche en su casa. Mas éste le dio por excusa la salud alterada de Susana Myden, la cual sólo le dejó venir a Salem con la condición de que volviese aquella misma noche a la granja. Insta la madre de Leocadia y pone también la hija por intercesora. Pero Eusebio se afirma en su palabra dada. Llegan Hardyl y el padre de Leocadia, y éste, viendo la resistencia de Eusebio, dícele: No hay que hacer, sois esta noche mi prisionero, y el coche y caballos quedan embargados. Hardyl callaba, ajeno de desmentir con ninguna demostración exterior las severas máximas que había impreso en el alma de Eusebio sobre la soberanía de las promesas, y su modesto silencio no podía dejar de confirmar su discípulo en su resolución; y así, cuando dijo el padre de Leocadia que quedaban embargados los caballos, eso será sólo motivo, dijo Eusebio, para obligarme a volver a pie. ¿Queréis que por complaceros sin necesidad, haga sufrir mil afanes y faltas a mi obligación para con quien tiene sobre mí los más sagrados derechos? No; permitid que sacrifique a mi gratitud el mayor gusto que tuviera de aceptar vuestra oferta y el dolor de negar a Leocadia lo que por ningún otro título debiera.

Dicho esto, iba a tomar el sombrero resuelto de marchar a pie antes que rendirse a la necesidad de faltar a su palabra, lo que obligó al padre de Leocadia a mandar disponer el coche. Hardyl se resolvió a acompañar en él a Eusebio, como lo ejecutó; recibiendo mil bendiciones de aquellos huéspedes a quienes era por tantos títulos acreedor, especialmente a la reconocida Leocadia; la cual, aprovechándose de la partida de Hardyl para desahogar más su sentimiento en la de Eusebio, le renovó con llanto todas las tiernas expresiones de su gratitud, pues aunque todas ellas iban dirigidas a Hardyl, no era él solo a quien todas se dirigían, principalmente el llanto.

El mensajero que el padre de Leocadia envió a la granja de Henrique Myden, como encontró a Eusebio en el camino no se curó de pasar adelante, con lo cual quedaban todavía inciertos Henrique y Susana Myden del hallazgo de Leocadia, hasta tanto que el mismo Eusebio y Hardyl se lo contaron. Henrique Myden, aunque era hombre lleno de bondadosa indiferencia hasta en los mismos intereses de su comercio, y de genio blando, fácil y liberal, sin mérito de serlo, y sin que hubiese cosa alguna que lo sacase de su paso, sentía con todo, por solo Eusebio, todo el empeño y pasión que no le debiera tal vez un hijo propio, llegándose a revestir de sus mismos sentimientos y afectos; de modo que el desconsuelo que le infundió el de Eusebio por la desgracia de Leocadia, fue igual a la alegría que se vio brillar en su rostro cuando Eusebio le contaba su hallazgo.

Susana amaba más entrañablemente a Eusebio; pero este mismo amor, por demasiado, declinaba en importuno y molesto para un joven a quien quería tener día y noche a su cabecera, sin darle sino rara vez tiempo de desahogo, y aunque Eusebio no le diese jamás demostración alguna de enfado; pero muchas veces necesitaba llamar a consejo sus buenos sentimientos para tener en freno su paciencia, pues siendo muy aficionado al campo, no le permitía Susana explayar en él sus deseos. Y para contenerlos sin murmurar, decíase a sí mismo muchas veces: esta inquietud y desazón que siento no me nace ciertamente de estar en esta estancia, pues aquí está Susana, y aunque enferma y en el lecho, no los padece. Luego es siniestro de mi voluntad que rehúsa prestarse a lo que le viene cuesta arriba. Mas si llego a vencer esta repugnancia, cumpliré con la gratitud que debo a quien me mira como madre afectuosa, complaciéndola en esto; y a más adquiero la virtud de la paciencia que tanto cuesta de adquirir. Si la venzo en esto poco, ¿no me será más fácil el adquirirla en otras ocasiones de mayor importancia? ¿No se me seguirá consuelo mayor de haberme vencido, que no gusto en dejarme llevar de mi desazón? ¿Qué complacencia iguala a la que otras veces he probado, sujetándome al suave imperio de la virtud? ¡Oh sublime moderación! ¿Qué males hay que no alivies o molestias que no endulces? He aquí mi pecho rendido: ven, emposesiónate de mi voluntad y amóldala a mayores sufrimientos.

Hardyl, que conoció poco después de la llegada lo que Eusebio padecía, sin que éste le diese motivo para que lo penetrase, quiso echar el corte a la sujeción en que Susana lo tenía, haciendo ver a ésta que Eusebio necesitaba en su edad de divagarse, pudiendo serle perjudicial tan frecuente estada en su aposento, y que por el mismo amor que le profesaba debía permitirle a lo menos las tardes enteras para que se solazase; pudiendo también servirle esto mismo de instrucción, viendo él por sus ojos las labores del campo y poniendo en práctica los conocimientos que ya tenía sobre la agricultura. Rindióse Susana a las razones de Hardyl, y así pudo comenzar a disfrutar en su compañía de la amenidad del sitio que habitaban; sirviendo esto para que Hardyl diese nueva forma a las haciendas que el descuido de Henrique Myden tenía abandonadas y en gran parte incultas.

Hardyl hizo praderías dilatadas de los campos alindados al río en que pudiesen alimentarse vacadas y ganados menores; dividió cada cuatro yugadas en caseríos en que pudiesen también establecerse familias de labradores que atendiesen mejor a su cultivo; ahondó fosos que recibiesen el sobrante del agua de los campos, y éstos los dividió con hileras de árboles, haciendo por ello plantíos, y ocupándose él mismo en hacerlos en compañía de Eusebio, mezclados con los mismos labradores como si trabajasen como ellos a destajo. ¡Cuántas veces renovaban en aquel ejercicio la memoria de Isidoro y de Dorotea! ¡Cuántas divertían también su trabajo diciendo de coro los pasajes pertenecientes a la vida del campo de Virgilio y de Teócrito! ¡Cuán dulce era entonces a Eusebio la memoria de su Leocadia, como si con aquel trabajo hubiese de ganarle el mantenimiento! ¡Qué cumplida felicidad no le prometían sus enajenados pensamientos!

Otras veces se encaminaban a la playa, y sentados sobre una roca o sobre la arena, renovaban la memoria de su naufragio en aquel lugar mismo en que lo recibió la tierra. Tomaba Hardyl ocasión de esto para ensalzar y bendecir la poderosa mano de la providencia que no sólo lo sacó del furor de la borrasca, sino que también en vez de impelerlo a una playa desierta, lo puso en los brazos de tan piadosos libertadores; dándole en ellos padres, tal vez más cariñosos que aquellos a quienes dejó tragar de las mismas olas, sobre las cuales lo sacó salvo. Hacíale ver la obligación en que estaba de fortalecer su alma con los buenos sentimientos de la virtud como el mayor reconocimiento que podía mostrar a su criador. Sirvió esto mismo también a Eusebio para avivarle el agradecido amor que debía a Gil Altano, como principal instrumento de que quiso servirse Dios para salvarlo; y aunque entonces en el fervor de su gratitud hubiera deseado hacerle un establecimiento en que pudiese pasar su vida con comodidad exentándole del servicio; pero como se reconocía dependiente de Henrique Myden, remitió sus intentos a tiempo en que pudiese disponer de su hacienda, contentándose entretanto de contribuir a su buen estar, regalándolo como lo hacía frecuentemente con sus aguinaldos y con otras larguezas con las cuales empeñaba más el sumo cariño que Altano le profesaba. Éste, con el trato quieto y asentado de los cuáqueros, iba perdiendo aquel aire truhanesco y avillanado del cual quiso precaver Hardyl a Eusebio en su niñez y juventud.

Contribuyó también la frecuentación de la playa y la memoria de su naufragio para no omitir Hardyl enseñar a nadar a Eusebio, no sólo como preservativo que le pudiera ser en desgracias semejantes, sino también como remedio de su salud en muchas destemplanzas; pues el cuerpo se corrobora y fortalece con el baño, no ofreciendo tal vez la naturaleza ningún remedio más sencillo y blando para la vida, no porque ésta se pueda prolongar y hacerla exceder los términos a que la ciñe la organización del cuerpo, sino porque sin excederlos, puede el hombre llegar a ellos exento de muchos ayes y dolores a que se ve sujeto comúnmente, como efectos necesarios de la excedencia y derramamiento de los malos humores y de los encendimientos de la sangre que templa y consume el baño, reponiendo las masas en su equilibrio y devolviendo el proporcionado vigor y elasticidad a los vasos y fibras, a cuya diversa configuración difícilmente llegan las virtudes de las pócimas de la farmacia; virtudes tal vez inciertas, tal vez erradas a los fines para que se recetan, supliendo mucho mejor a todas ellas el baño.

Bien tenemos los ejemplos de los antiguos, pero los miramos con indiferencia como otras muchas cosas de sus excelentes prácticas, reputándolas, principalmente sus baños, efectos de delicia y del lujo, y no como efecto de sus mayores conocimientos en la medicina. Verdad es que se llega a abusar de lo bueno, pero por ventura, ¿el abuso desmiente o disminuye las calidades? A los enfermos rematados vemos prescribir como último remedio el uso de los baños. Los vemos ir a remotas tierras, con peligro de no llegar a ellas, para probar su beneficio. Lo que es último expediente a la quiebra de la salud, ¿no sería mejor que fuese preservativo? ¿Pero quién cree caer mañana en un mal que hoy no siente, y que por lo mismo no recela? ¿Ni quién querrá preservarlos con gastos excesivos y con muchas incomodidades para bañarse en las aguas de Spa o de Pisa? Yo no entiendo hablar de estos baños, ni pretendo tampoco renovar el uso casero de los antiguos, mas cíñome a la playa y prefiero el uso frecuente, y si pudiera a diario, del baño marino a todos los demás. Los que pueblan las playas pudieran suplir con ellos a todos los médicos y medicinas, que tal vez entonces no echarían de menos.

Eusebio probó también en esto el efecto de la enseñanza y de los consejos de Hardyl, no sólo aprendiendo a nadar como un buzo, sino también fortaleciendo su salud; siéndole más provechoso este ejercicio que los consejos que dieron los médicos a Susana, la cual fue cada día empeorando, de modo que llegó a término de hacer temer de su vida. Esto impidió la vuelta de Hardyl a Filadelfia el día que la tenía determinada, debiendo condescender con las instancias de Henrique Myden, el cual sentía que se ausentase en el crítico estado en que se hallaba su mujer. Ésta también deseaba retenerlo por las sospechas que tenía de su vecina muerte, esperando que la confortase con sus máximas e instrucciones. Éstas las recibimos con mejor ánimo de las personas que veneramos; y siendo grande el concepto que Susana había cobrado a Hardyl después de sus pasadas diferencias, escuchábale como a su Sócrates.

Procuraba éste consolarla en sus penas y prestábale toda la asistencia que podía en compañía de Eusebio. Cesaron todos los paseos y trabajos campestres y dedicaron sus esmeros en alivio y consuelo de la moribunda; pero ésta, que sentía acercársela la muerte, volviéndose a su amado Eusebio, le dice: Eusebio, va a separarnos para siempre la voluntad inescrutable de aquel Señor que te me presentó para que fueses el colmo de mi dicha en este suelo.

Supla la virtud, hijo mío, a los cariñosos esmeros de quien te fue madre y que se lleva de este suelo las esperanzas de que tu corazón, fortalecido, no se dejará avasallar de los incentivos de las pasiones que deslumbran la mente y la razón, sin que se desengañen de las vanidades del mundo, sino en la hora en que ahora me veo, y en que se presenta a la vista el abismo interminable de la eternidad, ante el cual la más larga vida parece un sueño, sirviendo de solo consuelo la virtud. Ésta es la más rica herencia que te encomiendo y la que sólo puede hacer tu felicidad. No añado más porque no puedo, y porque fuera superfluo habiéndote dado el cielo tan sabio consejero. Ve Eusebio y llama a tu padre, pues siento...

Eusebio, enternecido de las palabras de Susana, hacíase fuerza para contener su llanto, y aunque se apresuró para ir a llamar a Henrique Myden, no pudo dejar de prorrumpir en sollozos al salir de la estancia. Óyelo Henrique Myden, y creyendo por su llanto que hubiese fallecido Susana, entra fuera de sí en el cuarto; y aunque contuvo de repente su dolorosa turbación la sorpresa de ver su mujer hablando con Hardyl, se llegó a la cama enternecido, y tomando la mano a su mujer, comenzó ésta por dar gracias al cielo de los bienes de que los había colmado, y a él de los esmeros y cariño que le debía; y pasando a encomendarle Eusebio. Parecióle a Hardyl el dejarlos en libertad en momentos tan preciosos y se salió para ver de allí a poco con Eusebio, deseando que estuviese éste presente a la vecina muerte de Susana, conociendo que declinaba por momentos. Pero al volver a entrar con él, ve el rostro de Susana pendiente sobre la almohada hacia la cabeza de su marido, el cual tenía aplicado su inclinado rostro sobre la mano de la enferma, puestas las rodillas en el suelo.

Y aunque la palidez del rostro de la enferma le hizo temer al entrar que hubiese expirado; pero el silencio y postura de Myden hízolo dudar de modo que, acercándose a la cabecera, preguntó a la enferma si quería un sorbo de agua; mas no dándole ella respuesta ni señal de vida al movimiento que le hizo con la mano, acabóse de certificar de su trance, del cual cerciorados también Henrique Myden y Eusebio, dieron rienda a su dolor como muchachos. No pudiendo resistir Henrique Myden a quedarse en la estancia, salióse afuera a desahogar su acerbo sentimiento. Pero Eusebio, en quien el duelo recibía las mayores fuerzas de su gratitud a tan buena madre, arrójase de rodillas ocupando el lugar que había dejado Henrique Myden, y besando la yerta mano de la difunta, decía con lágrimas: Estos insensibles restos que beso, porque los venero; ¡ah!, bien sé que no me oyen ni sienten, ¿pero cómo puedo dejar de expresar mi dolor en estas demostraciones de gratitud, con las cuales confirmo la promesa que no pude hacerte en vida, de conservar la virtud que me encargaste como la más rica herencia?

Viendo Hardyl empeñado a Eusebio en un acto tan piadoso, salió de la estancia dejándolo solo, para ver si había perdido el miedo al cadáver y para consolar también a Henrique Myden, que necesitaba de tan caritativo oficio. Media hora después quiso volver a la estancia para ver si estaba todavía en ella Eusebio; y hallándolo en la misma postura, aunque llorando en silencio, le dice: Basta, hijo mío, basta; la deuda del dolor queda ya satisfecha, lo demás, ni la naturaleza te lo pide, ni te aprovecha a ti ni a la difunta. Obtenga tu razón el mérito que te deberá usurpar el tiempo, si no lo previenes con la moderación. Ésta debes también a tu sentimiento, aprovechándote del duelo, para no poner la dicha en ninguna cosa que tarde o presto has de perder; y haciéndolo levantar se lo llevó sollozando fuera de la estancia.

Habían llegado algunos vecinos para informarse de la salud de Susana, y poco después llegó el padre de Leocadia informado por las cartas de Eusebio del peligro de su madre. Contribuyó su venida para aliviar al inconsolable Henrique Myden y para condecorar el funeral, al cual dio más digna pompa el llanto, que la bondad y virtudes de Susana se granjeó de los asistentes, especialmente de sus criados y labradores, que no el vano aparato y lujo con que sabe conciliar la ambición las ideas de la bajeza humana, con las de la grandeza que representa.

Henrique Myden quiso volver inmediatamente a Filadelfia, resuelto a poner en ejecución los pensamientos que llevaba de liquidar las cuentas de su comercio para retirarse enteramente. Lo cual, no siendo de fácil condición por la vasta extensión de sus intereses en países extraños, dejaba tiempo bastante para que Eusebio hiciese su viaje de modo que a su vuelta pudiese efectuar su casamiento con Leocadia y acabar en el seno de un dichoso descanso sus días en compañía de tan buenos hijos, y que tanto podían contribuir para darle una consolada vejez. El padre de Leocadia quiso retenerlos a comer en su casa al pasar por Salem en donde Eusebio y Leocadia renovaron sus ardientes sentimientos, avivándoselos la tierna tristeza que dejaba en sus amorosos corazones la memoria de la muerte de Susana y la de la pronta partida de Eusebio para España, a cuyo tiempo prometió de venir a despedirse de ella.

Llegado a Filadelfia, Hardyl debió atender a despachar las obras y materiales que le quedaban en la tienda para poder alquilar su casa. Eusebio quedó en casa de Henrique Myden prosiguiendo su estudio de la historia, que podía continuar sin estorbo en el viaje. En esto atendían Hardyl y Eusebio, cuando Henrique Myden dio a éste la noticia que estaba para partir un bajel para Porstmouth, en el cual podía pasar a Inglaterra para ver aquellos países, y desde allí continuar su viaje a España, a cuyo gasto supliría con treinta mil libras esterlinas que creía le quedaban de fondo, y con setenta mil duros que tenía recaudados y que había cobrado por cédulas de cambio, según las remesas que le venían de los apoderados de sus haciendas. Añadióle que antes de partir era muy justo hacer un presente a Hardyl de ocho mil duros, ya los quisiese recibir en dinero o en fondos, como mejor le pareciese.

Saltábale a Eusebio el corazón de júbilo a la proposición de Henrique Myden, y quisiera desde luego tener el dinero en su poder para entregárselo. Pero no estando aprestada la cantidad, le dejó tiempo para reflexionar, que sería mejor que el mismo Henrique Myden le hiciese la oferta, pues temía no poder recabar de él que los recibiese de su mano. Pareciéndole bien a Henrique Myden la reflexión de Eusebio, esperó que Hardyl viniese de asiento a su casa; y estando ya en ella, después de haber alquilado la suya, llamándole a su escritorio con Eusebio, le dijo: No puedo encareceros, Hardyl, la admiración en que me dejó vuestro desinterés cuando proponiéndoos paga por el trabajo de la educación de Eusebio, rehusasteis dar oídos a mi proposición, queriéndoos encargar no sólo de su crianza, sino también de su manutención, como si Eusebio fuese hijo vuestro y no discípulo.

Por efecto de esta misma admiración, condescendí yo con un silencio que hubiera sido estúpido y feo, si no hubiese remitido a tiempo y lugar satisfacer antes a mi propia gratitud, que a las obligaciones en que os estamos, así yo como Eusebio; y para daros una prueba de esto, os rogamos queráis aceptar estos ocho mil duros que aquí he juntado, para que con ellos podáis suplir a las necesidades que se os ofrecieren en caso que os llegue a cansar el oficio.

Al oír Hardyl esta proposición tan inesperada, sin dejar continuar a Henrique Myden, dijo: Presérveme el cielo de llegar jamás a envilecer mis desinteresadas intenciones, corrompiendo el puro consuelo que me da la memoria de los cuidados y esmeros que tan bien merecidos me tiene Eusebio. No, amigo, no esperéis que flaquee mi resolución; volved ese dinero a su fondo y no queráis avergonzar ni mi amistad, pues os la tengo, ni el amor que me debe Eusebio. Si jamás el querer del cielo redujere mis brazos a la imposibilidad de poderme ganar el sustento, me queda la dulce esperanza y alta satisfacción de veniros a pedir entonces lo que ahora no debo aceptar. A vos, Eusebio, os perdono esta generosa ofensa a mi concepto, y perdonad también el disgusto que os puede causar mi desaprobación. Y dándole un abrazo, lo besó en la frente, demostración que jamás hasta entonces no le había dado Hardyl. Quedó así confirmada tal confianza entre los tres, como si fueran miembros de una misma familia.

Concertaron luego entre sí el plan del viaje, en el que entraban los criados que se habían de llevar; lo que quedando a la elección de Eusebio, mostró deseos que fuesen Gil Altano y Juan Taydor. Debía también tomarse tiempo Eusebio para cumplir con la promesa hecha a Leocadia de ir a despedirse de ella; y no quedándoles más que cuatro días, aceleró su ida a Salem en compañía de Hardyl. Las demostraciones con que fueron recibidos se resentían del oculto sentimiento que les causa el motivo de su venida, y aunque la madre de Leocadia resolvió no dejar ocasión a los amantes para que se hablasen a solas, como se lo dijo a Hardyl, éste se lo disuadió, asegurándola no sólo de la modesta reserva y del recatamiento de Eusebio, sino también del provecho que a éste le podía resultar, convalidando su felicidad para tan larga ausencia contra los riesgos y ocasiones que se le pudieran presentar en el viaje.

Persuadida la madre, revocó el orden que tenía dado a Leocadia e hizo nacer la ocasión para que se viesen a solas poco tiempo antes de la partida. Al verse Eusebio con Leocadia sin testigos, sintióse asaltado de un mudo encogimiento que enfrió los transportes de su alborozo; mas pudiendo finalmente dar orden a la confusión de sus afectos, dijo así:

EUSEBIO.-  He aquí el momento tanto más agradable, cuanto menos esperado, ¡oh dulce Leocadia!, para declararos lo que mejor os dijeron mis ojos y lo que no podéis ignorar si conocisteis a Eusebio. ¡Ah!, yo parto porque de mi amor no depende la quedada. La sola esperanza de volver más digno de vos templa al grave dolor que pruebo en mi partida.

LEOCADIA.-  ¿Podré lisonjearme que vuelva ese corazón vuestro, no de mí más digno, mas cual es y cual sólo lo quisiera antes de la partida? ¡Oh!, cuánto vale más una segura posesión aunque mediana, que una magnífica promesa, tal vez incierta, tal vez... ¡Oh cielos!

EUSEBIO.-  ¿Cómo? ¿Llegaron a poner duda vuestras sospechas en la pureza de mi afecto? ¿Vuestro injusto temor, no ofende antes a vuestra sinrazón que al concepto que de vos no tengo merecido, cual lo manifestáis? ¿El tiempo corto que debiéramos emplear en desahogar nuestros pechos con tiernos y dulces afectos, lo deberemos despreciar en buscar excusas a vanas sinrazones? No, suavísimo amor mío; dejad antes que imprima en esa mano...

LEOCADIA.-  No lo esperéis a solas. Jamás el tiempo llamará a engaño mi sobrada confianza, mucho menos en una separación en que mi recato queda a cargo de la incertidumbre...

EUSEBIO.-  ¿Mas, por qué? Declaraos; a soslayo de vuestra injusta severidad, ¿no descubro por ventura una muda desconfianza, que ofendiendo a mi amor, amartela también nuestros corazones? ¿Teméis acaso que alguna beldad extranjera deslumbre una alma que os queda consagrada? ¿O bien que el tiempo y la ausencia amortiguen el santo y puro afecto que vuestra sola memoria hará sólo inextinguible? Porque ¿qué significa esa mediana posesión preferible a una magnífica promesa?

LEOCADIA.-  ¿Y por ello podéis acusarme de celos? ¿Debo fundar mi sola desconfianza en beldades que no sé si me la merecen? ¿No hay peligros, no hay lances en los caminos y poder en el cielo para hacer tal vez infeliz con el tiempo a la que pudiera tocar con la mano su presente felicidad?

EUSEBIO.-  ¡Ah! Perdonad, perdonad, excelso amor mío. Mas ¿mi error no se arrepentirá de haber dado motivo a una confesión que inunda de delicias mis oídos? ¿Yo hacer vuestra presente felicidad? Dígolo; ¿y sufriré que se difiera? No resisto; venid, Leocadia. Obtenga vuestro llanto suplicante a los pies de nuestros padres lo que no querrán negar y lo que no podíamos obtener a pesar de nuestra dicha sin su consentimiento.

LEOCADIA.-  ¿Yo oponerme a su determinación? Antes devoraré mi dolor que oponer a su respetable voluntad un revoltoso afecto. Si me descubrí indiscreta, tengo todavía valor para sobreponerme a mi culpable ligereza.

EUSEBIO.-  ¿Culpable? ¿Y en qué lo es? ¡Ah Dios!, ¿habráme de ser siempre contraria vuestra severa delicadeza? ¿Vuestra austera obligación, no me condena antes a la partida que no la voluntad de quien no la determinó con mando?

LEOCADIA.-  ¿Y una voluntad expresa, no debe tener fuerza de mando para con mi respeto? ¿Pretendéis acaso quebrantar una delicadeza que parece os es sensible, pues la acusáis de severa? No, Eusebio, partid; robaos a mis ojos, a mi dolor, aunque sea al precio del sacrificio de mis esperanzas, antes que mi obligación y vuestra virtud se desmientan.

EUSEBIO.-  Si llamé severa, y si no deja de ser sensible vuestra delicadeza a mi amor, ¿no es por lo mismo más digna de mi adoración eterna? ¡Oh fortaleza que confunde la mía! ¿Que yo parta y me robe a vuestro dolor? ¿Esto me mandáis, y no sacrificaré la dicha...? ¡Ah!, no. Toda la tierra, sus riquezas todas, mas Leocadia... ¡Oh poderoso imperio del amor! ¿Qué dura obligación habrá que no se someta a tan suave poderío? ¿Y temeréis que el cielo, testigo de vuestra excelsa resignación, no la acepte en favor mío? Sí, Leocadia; él desviará de mis pasos los peligros, y a la fidelidad que me merece vuestra virtud abreviará el camino para darle la recompensa mayor en vuestros rendidos brazos, en ese seno, adorable manantial ardiente de los poderosos atractivos...

Cuán importuna debió ser la entrada de la madre para decir a Leocadia que miss Leden venía a saludarla. De este pretexto se sirvió para interrumpirlos y para decirles que la dicha miss Leden la traía la noticia que Orme se había embarcado para Inglaterra como lo acababa de oír de su mismo padre; y volviéndose a Eusebio, le dijo: A vos toca, ya que vais hacia aquellas partes, el perseguir y hacer castigar la fea ingratitud y la maldad que contra nosotros ha cometido. ¿Que yo lo persiga, señora?, dijo Eusebio. ¿No nos vengó bastante su frustrado delito? ¿Y éste mismo no es mejor que le persiga, que no yo que le debo más compasión que odio? Perdonad, oí siempre decir que al ladrón y al enemigo puente de plata.

Diciendo esto, llegan a la sala donde miss Leden los esperaba en compañía de Hardyl. Éste, viendo rotos los más preciosos instantes para Eusebio, y que todo el demás tiempo sería gravoso para diferir la partida, esperó que llegase el padre de Leocadia para partir y encaminarse a Filadelfia. Y aunque cuando éste llegó quiso poner estorbos, Hardyl insistió en la necesidad de los preparativos para el viaje, de modo que llegaron a la despedida. Eusebio abrazó tiernamente al padre de Leocadia y besó la mano a la madre sin poder proferir palabra. Una desfalleciente palidez ocupaba su rostro sin asomársele ninguna lágrima, hasta que llegando a Leocadia, pálida y muda como él, la tomó la mano, en la cual imprimió sus labios; y arrimándosela luego al corazón: ¡Oh Dios!, dijo; y torciendo la cabeza, prorrumpió en un amargo sollozo y tomó precipitadamente la puerta. Hardyl se vio precisado a seguirlo, dejando a Leocadia penetrada del interno enajenamiento de su amante.



 
 
FIN DE LA PRIMERA PARTE
 
 


Anterior Indice Siguiente